Escritura Social

Para leer...

Lee las últimas entradas de Escritura Social.

from sgimeno

Macbook Neo

Huei m'estimo d'escribir un post sobre o nuevo portatil d'Apple o Macbook Neo, o portatil de baixo coste u barato d'Apple.

Miraba un nuevo portatil ta cambiar o mio Macbook Air M1 qui ya teneba un zarpau d'ans y caleba esviellar-lo. Bi heba rumors d'un nuevo Macbook barato y cuan plegó o momento d'a presentacion lo merqué sin garra dubda.

Dimpués de tener-lo unos dias de prueba, he de decir qui la crompa ha siu tot un acierto. O portatil rinde muito bien. Muita chen deciba en as retes socials qui s'hi os ocho chigas de RAM no bi heban suficients y totas ixas cosas. Dimpués de probar-lo y probar-lo bien he de decir qui ye un portatil sobrebueno ta un uso normal-meyo.

Yo viengo d'un Macbook Air M1 d'ocho chigas de RAM una machina pareixida a o Neo. He de decir qui o Neo ye millor, con un script qui calcula primos sale que o Neo calcula un millon de primos por minuto. Yo uso o portatil con muitas pestanyas(una quincena con tota mena de retz socials), VS Code, Libre Office, antimás d'o Logseq o Good Notes. Pues con toz y con ixo a RAM en uso yera de 7 GB, con uno libre.

Yo creigo qui iste portatil se va mercar como pan calient, especialment ta chen que tiene iPhone o usa lo portatil ta un uso normal.

 
Leer más...

from FURBY FUCSIA FUMADOR

Moverme, hacer, es la forma que encuentro de sentir que tengo cierto control sobre un entorno que me resulta doloroso. Hacer podría conseguir que cambie algo, o quizás no. No hacer es la garantía de que nada cambiará. Hasta llegar a mis límites, seguiré haciendo. No quiero sentir que no hice todo lo que pude, que no lo intenté todo, hasta el último aliento, botón, camino, agujero. Cuando me detengo, por imposibilidad o extremo cansancio, es como si me contemplara cayendo al vacío, siendo alcanzada por un futuro que no deseo y del que intento huir a toda la velocidad que me permiten mis manos. Parar me llena de angustia. Sólo me alivia el hacer. Pero la certeza de que soy alguien más allá de esta persona en continua carrera hacia ninguna parte poco a poco se desdibuja.

 
Leer más...

from Notas al margen

No puedo programar.

Bueno, sí puedo. Pero no puedo hacerlo en casa. No puedo hacerlo como hobby.

Por más que lo he intentado, me aburro. Me canso. Y lo dejo.

Pero no sé por qué lo sigo intentando.

Pensé en juegos, en apps. Pero al final todo queda en la idea, en un proyecto a medio coser. Y así, poco a poco, fui dejando un montón de cadáveres en mi GitHub.

Tengo amigos que lo disfrutan. Que pueden dedicarse a esto y aun así seguir con sus proyectos personales. Pero yo, por más que lo intento, no lo puedo separar.

Para mí es trabajo.

Algo que hago para ganarme la vida.

He tenido momentos en los que lo he odiado. Otros en los que lo he amado. Pero, ante todo, sigue siendo trabajo. No un hobby. Quizás en los primeros años fue así, pero cuando me dediqué a esto dejó de serlo.

Y cuando llego a casa, lo último que quiero es trabajar.

A veces siento la obligación de hacerlo. Como si tuviera alguna obligación de crear.

Y creo que debo dejar de intentarlo.

Porque al final no me lleva a ningún lado. Solo a más proyectos muertos. A más ideas que nunca terminan.

Así que hoy dejo todo.

No más proyectos muertos. No más intentos vanos. No más repositorios abandonados.

Por fin me he dado cuenta de algo simple: no puedo convertir mi trabajo en un hobby. Me es imposible.

Seguiré programando mientras sea mi trabajo.

Pero el día que deje de serlo, será también el último día que escriba una línea de código.

 
Read more...

from Notas al margen

Tengo algunos posts en el tintero y, mientras se van cocinando, me he puesto a trabajar un poco en un microcuento.

Abro los ojos en medio del océano, quieto hasta el horizonte. Cada cien metros, una barca como la mía. Exactamente como la mía. Un patrón infinito. Rostros distintos; la misma distancia. Nadie se acerca. Nadie rema. Nos vemos, pero no nos alcanzamos. Uno salta. El mar lo traga. Yo no.

 
Read more...

from Sacronte

Dragones, cuevas y lamparas.

Leía en la app de agregación de videojuegos Stash que un chico habia terminado el Animal Well pero que, parafraseo “Tienes que estar enfermo para conseguirte to los huevos”. Alguna vez he pensado en meterme en el pozo de Animal Well (jeje) porque viendo gameplays en YouTube rebosa ese aire de complejidad e infinitud en los puzzles que te lleva a tener que buscar y rebuscar en cada rincón algo que interactué con otro algo, una pieza que encaje u otra conexión insospechada y te crea una familiaridad con el entorno de tanto recorrerlo cuando al mismo tiempo esa familiaridad te puede hacer perder la claridad de que tienes que buscar sus secretos y que pueden estar delante de tus narices.

Pero ya me hago mayor y he perdido esa capacidad y paciencia de la infancia y la adolescencia de explotar cada juego hasta la saciedad, principalmente por dos razones. La primera, que antes tenía la imaginación suficiente para fantasear sobre lo que podría haber más allá de los propios límites del videojuego programado, visto de forma infantil por supuesto. Y la segunda porque vivíamos con la pensión de mi abuela y una tiendecita de “20 duros” que tenía mi madre junto a una compañera y apenas le daba ni para pagar el autónomo; si veía dos juegos al año me podía dar con un canto en los dientes.

Fue en esos años —creo que en la navidad del 99— que mi madre, imagino que con gran esfuerzo, apareció con una PlayStation y el Spyro 2. Conseguí agenciarme ese día la única televisión del piso, coloqué el disco y me puse a jugar. El primer mapa era una pradera llena de gemas y con una especie de templete, posteriormente entrabas en una cueva en la que había más gemas en una elevación, un puente y unas lamparas que colgaban del techo y por último una zona circular con un potenciador de vuelo para una misión que consistía en encender otro puñado de lamparas con fuego para recibir una recompensa. Terminé la zona y seguí jugando hasta donde pude pero claro, cuando fui a guardar la partida me di cuenta que era imposible, necesitaba otro dispositivo, una memory card, que dado el desconocimiento de mi madre en el aspecto videojueguil pues ni siquiera pensaría en su existencia y en que fuese a hacerme falta. Por suerte un primo me dio una a los tres o cuatro meses pero hasta entonces tuve que empezar el juego cada día y llegar hasta donde llegase para luego apagar la consola y volver a empezar.

wmyx63uu7ghzxgmor8oj-3951038699.jpg

En esa repetición eterna buscaba sacar todo lo posible del juego, otras veces probaba hasta donde era capaz de llegar en una sola sesión y claro, como no solía conseguir las habilidades necesarias para acceder a los lugares donde se encontraban los tesoros pues intentaba presionar al juego de alguna manera. Y fue en esa cueva del primer mapa donde mas lo intenté, haciendo algo que ahora evidentemente con mi mentalidad de adulto y mi tiempo de adulto no se me ocurriría repetir indefinidamente: Usar el potenciador de vuelo, entrar en la cueva y encender las lamparas para conseguir el orbe de premio. Era imposible, el juego no estaba diseñado para eso y en el momento que accedía a la cueva, el temporizador de la mejora de vuelo se aceleraba y aunque conseguía encender unas cuantas siempre quedaban dos o tres después de terminarse. Era imposible y creo que aun sabiéndolo intentaba arañar milésimas de segundo, hacer un quiebro entrando por los arcos de acceso a la cueva, lanzar la bocanada de fuego desde un angulo imposible, ir casi rozando el techo para en el último momento de planeo poder avanzar unos metros más. Y nada, obviamente nunca lo logré hasta que no conseguí la habilidad correspondiente. Eso si, seguí jugando como un autentico enfermo, ya con memory card, al único juego que tenia, rebuscando en sus entrañas algo nuevo que hacer, me dejara o no el diseñador. Porque era jugar por jugar, por divertirse y por explorar, no era uno más en la lista a pasarse porque tienes diez más esperándote en el disco duro para fichar, reseñar, puntuar y olvidar.

Cuanto echo de menos disfrutar los videojuegos de esa manera...

 
Leer más...

from Notas al margen

Ha pasado un año desde que dejé de escribir. Ha pasado tiempo desde que abandoné esa primera novela que no sé cuántas veces inicié. Esos diarios que dejé a un lado.

No sé cuántos blogs he abandonado, en los que perdí más tiempo pensando en cómo se veían, dejando de lado lo más importante: escribir. Por eso ahora he abierto este blog, aquí, para volver a escribir. Siento que será difícil, pero ahora estoy más animado.

Y creo que ha sido gracias a dejar a un lado las redes sociales privativas. Se siente raro decir que ya no he abierto TikTok, que eliminé hace semanas Twitter —ahora conocido como una letra horrible como X—, e Instagram sigue ahí. He llegado a entrar, pero solo la abro para volverla a cerrar.

Y así he comenzado mi camino en el fediverso. Aunque hace mucho que me había hecho cuentas en diferentes instancias, siempre quedaron abandonadas. Pero hace como un año, un amigo y yo montamos nuestra propia instancia. Y ahora la he convertido en mi casa.

Y aunque estar lejos de esas redes me aleja de tener mayor visibilidad, me da igual. Porque al final todo está hecho para priorizar ciertos posts, ciertos videos… así que, ¿qué más da? Prefiero ser visto por pocos sin estar atado a un algoritmo.

Así que sí, quiero volver a escribir.

 
Read more...

from Cuaderno de un solo ojo

—¿Qué le pasa al gatito de la ventana? —interrumpo a papá mientras me pone los patines. Papá dice que está malito. O que está viejito. O las dos. Yo creo que no es eso. Tiene cortes como los que salen en mis tebeos. Creo que el gatito debe ser un caballero, o un pirata, porque le falta un ojo y a todos los piratas les falta un ojo. Pienso que se pasa los días peleando y robando, y riendo muy fuerte. Cuando lo veo en la ventana siempre está muy serio; seguro que pensando en su siguiente aventura. Debe ser estupendo ser gatito pirata.

 
Read more...

from Páramo Imperfecto

#Pensamientos

Si solamente voy a hacer una cosa en esta extraña vida que se me ha dado, que sea ser consciente de que soy fascinante. Un trocito muy especial del universo que se levanta, que se alza y sabe que es un trocito especial del universo. Que sus átomos fueron parte de estrellas, polvo estelar de los confines del cosmos. Y hoy, aquí, ahora, lo sabe. LO SABE. Lo sabe y ha visto estrellas, mar y nieve. Ha visto mundo extraños e increíbles con ojos que no son ojos. ¿Dónde está mi principio y dónde está mi fin? ¿Dónde está el principio de mi conciencia y dónde está su fin? No hay principio. No hay fin. Aquí. Ahora. Eternamente. La compasión como cuestión de vida o muerte. Porque lo es. El sistema causa sufrimiento y el sufrimiento causa la compasión para resistir. Y, si me equivoco, reparar. ¿Cómo de lento lo puedo hacer? ¿Cómo de imperfecto lo puedo hacer? ¿Cómo, después de toda una vida persiguiendo rapidez y perfección? Ya no corro más. Se acabó la expectativa retorcida. Se acabó correr. Se acabó huir hacia delante. Estoy bien aquí. Estoy bien así. No quiero más. NO QUIERO MÁS. Mi libertad, decir que no al trozo de comida que no quiero. RESPETARME, POR FIN. Ya no me trago más mentiras. Les digo que NO. Trazaré los surcos, trazaré los caminos. Para que sea cada vez más sencillo seguirlos. Eso es lo que anhelo. Simpleza. Belleza. Lo bello es simple a la vista y complejo ante el cosmos. ¡Qué belleza soy, capaz de generar belleza! ¿Pero cómo puedes estar quemándote y seguir escribiendo? Ésta es mi meditación, ésta es mi plegaria. La canción que no sé escribir. Lo que sale de mí porque pasa a través de mí. ¿Alguien lo entiende? Ni lo sé, ni me importa. Es un susurro en el viento, por si más tarde lo quiero oír. O no. Siempre pensé que escribiría una gran historia. Ahora sé que soy una gran historia.

 
Leer más...

from Fernando Villanueva

Miro las anteriores entradas del (quasi)blog y veo que han pasado prácticamente dos años. Mucho tiempo como para retomar nada. Sin embargo, hoy me encuentro con ganas de escribir. No obstante, lo que me cuesta a menudo es encontrar algo que decir. Entre todo el inmenso ruido que sufrimos, no creo que lo que vaya a comunicar aporte absolutamente nada. De hecho, creo que uno de los problemas que tenemos, como sociedad, es que todo el mundo está diciendo cosas continuamente: por chat, en redes sociales de diverso tipo, en vídeo..., ¡incluso por teléfono! Sin embargo, frente a esta democratización de la expresión constante y sin filtro, tampoco creo que el anterior modelo, en el que solo unos pocos podían hablar y gozar de una cierta difusión para su mensaje, fuera mejor. Además, se daba también frecuentemente el mismo fenómeno: mucho hablar para poco que aportar (simplemente lo hacía menos gente, únicamente aquella que contaba con el privilegio de poder hacerlo). Tampoco me engaño: la difusión de un mensaje a gran escala hoy día sigue obedeciendo a lógicas de poder.

En la música –y en las artes, en la literatura, en las ciencias...– pasa algo similar: seguimos teniendo mucha producción que no va más allá de repetir lo que ya ha sido dicho (a veces, incluso por el mismo emisor) hasta la náusea. Quizá sea algo necesario para que, entre tanta cosa, aparezca de tanto en tanto algo que merezca la pena, pero es algo que tiene efectos perversos bastante claros. Por ejemplo, el gasto de recursos (tiempo, esfuerzo, atención...) en cosas que, siendo honestos, no lo merecerían.

En Mastodon, donde tengo una actividad lectora más o menos frecuente, escribo pocas veces. Sin embargo, la cantidad de veces que comienzo a escribir un toot para, incluso una vez terminado, borrarlo es considerable. ¿Por qué? Depende. En ocasiones, porque me doy cuenta de que estoy contando cosas que no me apetece que sean públicas. Otras veces porque, una vez leído el toot, me parece que lo único que aporta es ruido. Y no quiero colaborar a la generación de más ruido (aunque soy consciente de que casi siempre, cuando acabo publicando un toot, es lo que hago). Por eso, desde siempre, mi producción de mensajes en distintos ámbitos es bastante escasa: en casa hablo poco; compongo poco y solo cuando tengo algo que probar que me interesa; genero pocos mensajes en chats y redes sociales; etc. En fin, que me expreso con poca frecuencia y, a veces, cuando no me queda más remedio. Probablemente estoy haciendo de la necesidad virtud y toda mi opinión sobre el asunto tenga que ver con una cuestión de carácter, un carácter condicionado por una infancia y una educación que me dejaron claro que era mejor no expresarse mucho, no te fuera a caer una hostia, real o figurada. Quién sabe. O quizá, sencillamente, es que realmente no tengo nada que decir, nada que comunicar, y soy una especie de cáscara vacía.

 
Leer más...

from Apuntes de Rob

Hoy escuché un debate informal entre un músico (flautista y director de orquesta), otro músico pero de rock y una actriz de cabaret, el moderador fue un periodista. El debate giraba sobre la música electrónica y los DJ's, sobre si se puede disfrutar un concierto de música electrónica: el músico de rock y la actriz asintieron sobre los beneficios hasta terapéuticos de asistir a un concierto de música electrónica, hasta se dijo que los mexicanos somos ruidosos y disfrutamos la música a alto volumen debido a que esa música se disfruta únicamente de esa manera. El músico clásico no asintió del todo, pues defendió que la música a alto volumen puede dañar la salud y no es entendible, a lo que el músico de rock respondió diciendo que la novena de Beethoven se disfruta a alto volumen.

A todo esto me vino a la mente lo que pienso sobre el alto volumen, pues además de los daños fisiológicos, los daños mentales tanto personales y sociales son evidentes y quiero enfocarme en lo siguiente:

La música clásica siempre se escucha sin amplificación:

Aunque hay conciertos de música clásica al aire libre o espacios demasiado grandes que necesitan amplificación electrónica, esta se disfruta plenamente en una sala diseñada acústicamente para no amplificar el sonido. Qué pena sería asistir a un concierto de música clásica al aire libre y que me toque cerca de una gran bocina, quedaría sordo y no entendería nada.

Las dinámicas musicales se disfrutan en un concierto sin amplificar y en una sala adecuada, pues generalmente cuando en un concierto se amplifica el sonido, se utilizan compresores y limitadores, lo que altera el sonido original y no se puede disfrutar un momento musical suave (piano) y cómo este puede ir creciendo gradualmente hasta llegar a un momento fuerte (forte) y mucho menos escuchar la destreza de las y los músicos para controlar estas dinámicas. Este es un problema cuando se amplifica el sonido mediante la electrónica y la ingeniería de audio, se escucha este problema en las transmisiones en línea y en grabaciones: es difícil escuchar transmisiones y grabaciones que tengan bien medidas las técnicas de ingeniería de audio y no distorsionen las dinámicas.

La música no clásica puede no necesitar amplificación:

Los conciertos de rock, pop y otros géneros conocidos masivamente, son electrónicos por naturaleza y necesitan amplificación electrónica. Son para ser compartidos en masa y puedo decir que están diseñados para la masa. Pero ¿Qué pasaría si cambiamos los instrumentos a instrumentos acústicos y que requieran poca amplificación y hasta evitar la amplificación en algunos instrumentos? Sería más disfrutable y el virtuosismo de los músicos puede valorarse mejor. Seguro hay conciertos (no para las masas) de este tipo y estoy seguro que es otro mundo.

La música grabada a todo volumen:

Además de los daños fisiológicos de la música a todo volumen, ya sea con o sin audífonos, los daños al otro pueden ser peor. Disfrutar la música a todo volumen puede “cartártico” (como ir a la feria de juegos mecánicos y gritar, o ir a una manifestación y gritar en contra del Estado), pero puede dañar a otros (incluso a los animales). Algunos aseguran el valor terapéutico de esta música a todo volumen, pero es una terapia fácil, de autoayuda, una terapia de televisión. Sería lo mismo que buscar la meditación por medio de la religión.

El debate no pudo ir más allá, el músico clásico no pudo defender del todo su postura y los otros defendieron su postura sin ceder. Pude notar que sus posiciones de privilegio social no permiten la crítica al tipo de música al que están acostumbrados (y sé muy bien que hay mucho que criticar a la música clásica por su elitismo), es difícil concebir que lo que haces tiene repercusiones, porque pierdes privilegios o pone en duda tu posición de privilegio. La mesa de debate era por personajes de clase media (acomodada) y desde mi perspectiva esto limita el debate (no debería, pero sucedió).

Además...

La novena de Beethoven no se escucha a todo volumen. Para disfrutar la novena y cualquier otra obra sinfónica (que son las que pueden llegar a decibles altos), se disfrutan en vivo y en una sala de conciertos sin amplificar de ninguna manera, pues los momentos fortes pueden ser ensordecedores, pero gracias a la vida que no son muy largos y que siempre hay momentos suaves.

La música sinfónica al aire libre, amplificada y con público masivo, es eso, para las masas. Son intentos de masificar la música clásica, de convertirlos en show para “evangelizar” al público “inculto”.

 
Leer más...

from Enredada

Chico roble
Lo encontré en un claro del bosque. Destacaba, sólido y cálido, como un roble centenario.
Parecía haber cobijado innumerables criaturas, como si dar sombra y cuidar fueran algo natural en él.
Le hablé, me sonrió, y me dormí en la hierba cerca de sus raíces, rayos de sol tamizados acariciándome la cara. Cuando desperté, ya al atardecer, un manto de hojas me cubría y me calentaba.
Me marché a casa ya entrada la noche, arropada con el recuerdo –sólido y cálido– del chico roble centenario.

 
Read more...

from Retales, por @editora

Hoy me ha llamado mi amiga Bea. Hemos estado 59 minutos y 27 segundos hablando (lo dice mi Blackberry). Ella estaba cocinando y se acordaba de mí mientras picaba la cebolla porque estaba preparando empanada, con la receta que le dio mi madre una vez que hace años se encontraron en el Eroski. Fue en aquella temporada (su último piso de estudiante) en la que podríamos haber sido vecinas pero no, porque yo ya me había ido de Vitoria.

Nos hemos puesto al día también, claro, un poco. Me ha contado que su pareja lleva de baja desde septiembre, desde que la llamó ingresado de urgencia en el hospital cuando ella estaba en la peluquería y se fue con el pelo a medio cortar y sin pagar del susto que se llevó. Eso fue la última vez que hablamos, yo me quedé en que le habían dado el alta del hospital y que iba estando mejor.

Por supuesto, hemos hablado de lavaderos, de que ya me he puesto a leer su manuscrito, de cómo pondremos los pies de página y dónde irán las fotos. De simplificar por un lado y de añadir unas grabaciones nuevas que ha encontrado.

Nos hemos reído porque de repente sin darme cuenta le he hablado en catalán (siempre que hablo sobre mi guapa salta un resorte en mi cerebro y cambio al catalán sin pensar) y eso ha servido para confesarle que hay palabras casi imposibles de pronunciar para mí a pesar de que son tan esenciales como “lata de atún” (“llauna de toninya”) —insértese aquí el recuerdo, la complicidad, de todas esas noches de conversación en su piso de estudiantes cuando nos quedábamos hasta las tantas y yo era feliz con mi “latita de atún”—.

También he puesto en voz alta el cansancio que llevo acumulado, diez años para acabar un proyecto son muchos años y ahora que ya casi está todo, que solo falta amueblar para que @casatiajulia@pixelfed.social empiece su nueva vida, es justo cuando me fallan las fuerzas. No es fácil reconocer este desánimo repentino (ya pasará).

Nunca tuve un grupo de amigas como tal con las que hacer cosas. Amigas con las que se supone que compartes la vida, esto es, compartes actividades. Siempre fui una niña rara que no acababa de encajar porque me gustaba leer y estar en mi mundo.

Lo más parecido a alguien con quien “hacer cosas” era la Mari Trini, que vivía enfrente de casa de mi abuela en el pueblo y a quien veía todos los veranos. Tenía dos años más que yo y era un poco “cabra loca” así que aprovechaba esa diferencia de edad para arrastrarme a aventuras como escalar el castillo por el lado más difícil o meternos en cuevas en las que nos prohibían entrar. Una vez, cuando aún había autobús en el pueblo, cogimos “el coche” de Zaragoza, que pasaba lunes, jueves y sábados y nos fuimos a Canfranc un jueves para volver el sábado, aunque finalmente acabamos durmiendo en Huesca capital en casa de una compañera mía de universidad. Con el tiempo la Mari Trini “sentó cabeza”, se casó y tuvo dos hijos, quién lo iba a decir.

Pero en Vitoria, en mi día a día, mientras el resto de adolescentes quedaban para salir de fiesta, de excursión o de lo que fuera, yo me quedaba en casa, sola y sintiéndome diferente.

Conocer en Inglaterra, gracias a una beca, a las que hoy, 30 años después, aún son mis amigas («amistad: Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato» -RAE) para mí lo cambió todo. Pero no porque pudiera compartir montones de actividades con ellas, para nada. Ellas, de vuelta a Vitoria, seguían con sus cuadrillas y con su grupos y su vida. Yo empezaba la universidad, en otra ciudad, y también iba a lo mío.

Lo importante, lo sustancial, es que encontré personas que me entendían, que me daban otros puntos de vista, en las que podía confiar, que de repente me miraban no como “la rara” sino como “la interesante”. Personas con las que hablar a corazón abierto y a las que, sí, también podía contarles mi vida y ellas a mí la suya.

«Ya no compartimos la vida, nos la resumimos» dice este artículo. Resumir en vez de contar. «Si pudiéramos hablar bien con toda la gente que queremos, tal como queremos, con tiempo para disfrutar de ello en un plazo narrativo, en una pausa segura para ser escuchados y escuchar, quizá no escribiríamos», dice Carmen Martín Gaite, y continúa: «En el momento en el que hay alguien con quien puedes hablar, para mí que se quiten el cine, el teatro, los viajes...» (ver en Literatube)

Quizás el problema no sea el «contarnos la vida» en vez de compartirla. Quizás la cuestión está en los tiempos, en los plazos en los que se dan esas conversaciones. Por suerte mis amigas siguen siendo para mí, precisamente, esa «pausa segura para ser escuchada y escuchar».

Ojalá más tiempo para pausas, más tiempo para la amistad.

 
Leer más...

from Enredada

Me duele mucho
cuando la gente se acerca
y luego sale corriendo.
Maldito mundo
de ventanas emergentes
scroll infinito
y atención dispersa.
El silencio
es un castigo
y el ghosting
son mis lágrimas
a la noche.

 
Leer más...

from Enredada

Arcano
Me gusta mucho el olor de la ropa de invierno cuando la sacas del fondo del armario al empezar el frío, huele así como arcano.
Huele un poco al armario de las chaquetas antiguas de mi madre, las que se ponía de joven pero se le quedaron estrechas y nunca donó, porque ella echaba de menos entrar en esa ropa y deshacerse ellas era como admitir que ese tiempo nunca volvería.
Huele un poco al armario de la casa de mi abuela, con toda la ropa de mi tía, la que se marchó del pueblo exiliada porque fue madre soltera en los 90, y eso era tal vergüenza que no volvimos a saber de ella hasta que el niño tuvo 10 años.
Huele un poco a tiempos pasados, que no fueron mejores porque ellas lo tenían todo más difícil, pero que de algún modo extraño me evocan cierta ternura, porque ellas me criaron, porque me convirtieron en la mujer que soy hoy.
Mi armario es relativamente nuevo —es sólo mi segundo invierno post-transición— pero me da mucha alegría que ya tenga ese olor a las mujeres que me precedieron, a sus historias, a sus secretos, a arcano.

 
Read more...

from Enredada

Vuelvo al sur
Nunca llega una a abandonar del todo un lugar que habitó.
Lo de volver al sitio donde creciste tiene un punto de nostalgia, por todo lo que dejas atrás —voluntaria o involuntariamente— y una parte de ilusión, por todas las cosas nuevas pero de alguna forma familiares que encuentras cuando regresas.
Yo siempre digo que dejé mi tierra para irme al exilio solo medio en broma. Y hago esfuerzos conscientes para no romantizar el pasado, porque tuvo sus luces y sus sombras, pero cuesta no hacerlo cuando vengo por unos días y acabo con el corazón partido en dos trozos iguales. Porque por una parte quiero volver a casa —al exilio— pero por otra me duele irme lejos de la gente que tantos años fue parte de mi vida y los lugares que tanto me marcaron.
Las caras nuevas en viejos espacios calan igual que las conocidas en los rincones que han cambiado. No encuentro forma buena de habitar el retorno, no consigo apartarme de la sensación de que es todo un poco onírico, de que no tengo derecho a vivirlo cono mío, de que no dejo de ser más que una invitada a la fiesta que en algún momento, indefectiblemente, acabará.
El último día del viaje tiene siempre un sabor agridulce. No sé si eso se cura, pero después de diez años yo no termino de acostumbrarme.
Nunca llega una a olvidar del todo las redes que tejió.

 
Read more...

from Enredada

Qué hace una chica como yo en un sitio como este
Aterrizo aquí después de un tiempo dándole vueltas a cómo canalizar toda esa energía que encuentro para hacer activismo de redes. Se oye mucho que la rabia es un importante factor de movilización hoy en día, y lo he podido comprobar porque yo siento mucha contra las redes privativas. Sin embargo, creo que como motor de cambio la ilusión es mucho más práctica, mucho más constructiva, y nos lleva a sitios mucho más bellos. No es que sea yo socióloga ni nada de eso, pero al menos a mi entorno y a mí siempre nos ha funcionado mejor.
Empiezo a escribir después de haber despertado del sueño profundo al que nos tienen sometidas las redes privativas. Lo que empezó hace 10 o 15 años siendo la promesa de la reconexión, la explosión de la socialización global, terminó siendo una pesadilla de tiempo secuestrado, cabezas bajas en el metro y falsa sensación de cercanía. Cuando abres los ojos ves muy claro que no es el enésimo vídeo de gatitos, ni la receta de brownies número 42 que enviamos lo que nos acerca a nuestros seres queridos; es esa llamada, ese audio, ese mensaje de texto para saber cómo estamos, cómo va la abuela, cómo está el tema ese de la casa. Y cuando lo vi —tras lo cual, como se dice comúnmente, ya no lo puedes desver—, decidí que quería hacer algo al respecto.
Estamos en un punto de inflexión, me parece. Cada vez oigo a más gente —no necesariamente cercana a la militancia del software libre— decir que está cansada de la dinámica en la que llevamos atrapadas estos años. No hay necesariamente una hoja de ruta ni una alternativa clara, pero sí hay un hartazgo generalizado de estar horas dándole al dedito para ver un montón de cosas solo tangencialmente interesantes pero altamente adictivas. El algoritmo nos conoce bien, pero no hay remedio contra el cansancio, o churn, como lo llaman en Silicon Valley.
Yo aquí he venido a dar brochazos de realidad a la gente cansada, y un hilito de esperanza a quienes decidan salir de la espiral. No solo hay vida después de Instagram o Tiktok, si no que además hay una tremenda sensación de libertad, de haber roto las cadenas, y de verte más cerca de tu gente —a pesar de que no te estén mandando tres reels cada día. Porque las redes no son Instagram, Mark Zuckerberg ni ningún tecnobró de Silicon Valley. Parafraseando el título del libro de Marta G. Franco, las redes somos nosotras. Las redes somos tú y yo.

 
Read more...