Escritura Social

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from Notas sueltas

Apenas oigo los trinos de los pájaros. Han vuelto o ya se van, no lo sé. Debo regresar antes de que suene la alarma. Busco con la mirada el viejo cuadro, que regalé dos semanas atrás. La distracción tensa mis cadenas. La alarma suena. Se acabo el espacio donde sólo suenan los pájaros, que ya se fueron.

 
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from Francisco Molinero

Con este hastag hemos empezado en Mastodon a poner poemas que luego son leídos por la gente. Se trata de ver cómo la poesía adquiere altura cuando el poema se regala y cada une la interpreta. Las voces, la composición, los acentos, las pausas y la comprensión de cómo se debe leer un poema son particulares, en cierta forma íntimas y cuando le autore las oye comprende como su trabajo se ha ensanchado, el tajo se ha hecho más profundo y ha llegado al hueso, ahí donde todes les poetes queremos llegar, donde se siente que la palabra tiene sentido, produce un temblor, hace rodar la lágrima, evoca, sana, lo explica todo, si es que algo tiene explicación. Este es el resumen de lo que terminó saliendo.

Autore: @SrMoshuelo@masto.es

sois lo que se ve abajo al otro lado a plena luz oculto en el hacer sinvergüenza ayudadme a no incrustar mi deseo en este panorama milimétrico de edificios y emociones sometidas sois sin saberlo el brote en lo más alto de la atalaya en vuestra voz y vuestros gestos me reconozco me detengo me permito el alivio y la esperanza

Así lo lee @fmolinero@neopaquita.es Así lo lee @gabrielTandil@rebel.ar Así lo lee @bettie@masto.es Así lo lee @jpuntoavi@masto.es Así lo lee @aguedapoesia@masto.es Así lo lee @cienfrasesMP@mastodon.social Así lo lee @Hirundo_sylvatica@masto.es

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Cuando el sol desaparecía detrás de las murallas, el mar dejaba de ser un lugar conocido. Las olas cambiaban de color; el azul habitual se volvía profundo, denso, como si una sombra antigua yaciera bajo la superficie.

Guillem lo observaba desde pequeño. Mientras los otros marineros regresaban al puerto hablando de redes y vientos, él escuchaba el silencio que se mecía entre las olas. Para él, el mar no era solo agua, sino un ente vivo que respiraba con parsimonia.

«Los niños que vienen al mundo durante una tormenta no pertenecen del todo a tierra firme», solía decir su padre. La noche del nacimiento de Guillem, truenos y relámpagos rasgaron el cielo y el viento sacudió las barcas como si pretendiera arrancarlas del puerto. El primer grito del recién nacido se mezcló con el rugido del océano, que parecía el de una enorme bestia herida.

Guillem siempre creyó que su padre se dejaba arrastrar por sus fantasías de viejo marinero. Hasta el día en que, años más tarde, sintió la llamada del mar. Esa noche había salido solo en su barca mientras el pueblo dormía. Hacía semanas que los pescadores regresaban a puerto con las manos vacías; en las tabernas se extendía el rumor de que el mar estaba cambiando.

Cuando Guillem lanzó su red, el viento viró de golpe. Las olas crecieron con una fuerza antinatural. Una embestida le hizo caer y la oscuridad lo engulló. Luchó por respirar, pero el agua le colmaba la boca y se abría paso hacia sus pulmones. Cuando apenas le quedaba un hilo de energía, sintió un contacto extraño, suave y firme a la vez, como si el mar lo sostuviera en sus brazos.

Entonces, escuchó una voz. No provenía de fuera, sino de su propio interior: «Hijo de la tormenta, te esperamos».

No se ahogó. Las olas lo depositaron con suavidad en la arena, como si fuera un objeto frágil que temieran romper. Permaneció tumbado boca arriba, con el corazón desbocado, mientras el mar recobraba su calma aparente.

Al amanecer, despertó en la cala más oculta de la costa. A su lado, aguardaba una mujer de edad indescifrable. Tenía los cabellos blancos como la sal y los ojos del color del cielo antes de una tempestad.

—Debes tomar una decisión —dijo. —¿A qué te refieres? —preguntó Guillem. —Hace mucho tiempo —retomó la dama misteriosa—, la tierra y el agua sellaron un pacto. Los hombres respetarían el mar y, a cambio, este les colmaría de vida. Años más tarde, el acuerdo se rompió. Tombau, un dragón tan antiguo como la costa, fue capturado y encadenado debajo de esa enorme roca que mira a la bahía.

Guillem había crecido escuchando leyendas como esa. Sin embargo, por primera vez, sintió que no eran tan solo cuentos que los padres contaban a sus hijos, sino una profunda herida, un desgarro.

—Si el dragón muere, también lo hará el mar —culminó la mujer.

Al caer la noche, el pescador tomó una barca y se dirigió al imponente peñón, impulsado por un viento que parecía conocer el camino mejor que él. La nave atracó casi sin necesidad de maniobrar. Guillem saltó a la arena y amarró la embarcación a un tronco cercano.

Ante él se encontraba la boca de una cueva. Se adentró en ella y avanzó a tientas en la penumbra. Alcanzó una cámara enorme, iluminada por multitud de cristales que reflejaban la luz de la luna llena que se filtraba a través de mil rendijas. En el centro, amarrado con una cadena de hierro y piedra, yacía Tombau. El dragón marino era una serpiente colosal, cubierta de escamas de distintos tonos de azul y verde. Sus ojos encerraban una tristeza tan grande que podría engullir el océano.

—Has venido. —La voz de la criatura resonó imponente. —Me llamaste —respondió Guillem. —Debes tomar una decisión, hijo de la tormenta. Si me liberas, el mar se desbocará como un animal. Será libre, imprevisible, peligroso. Los marineros arriesgarán sus vidas cuando faenen. Si me mantienes encadenado, en cambio, se consumirá poco a poco hasta desvanecerse como un recuerdo lejano.

Guillem pensó en el pueblo, en los pescadores y sus barcas amarradas en el puerto. Tomó la piedra más grande que pudo sostener y golpeó con dureza las cadenas que retenían a Tombau. Un espasmo descomunal sacudió la cueva. El dragón saludó al marinero con la cabeza antes de escurrirse entre las rocas.

Al día siguiente, el mar había cambiado. Las olas golpeaban las embarcaciones con violencia, pero las redes regresaban llenas de pescado. Los vecinos celebraban el retorno a la vida de antaño sin comprender el precio que habían pagado por ella.

A veces, en noches de luna llena, un rugido lejano atravesaba el horizonte. En esos momentos, Guillem paseaba hasta la muralla y contemplaba el vasto mar. Ya no era tan solo un pescador, se había convertido en un puente entre la tierra y el agua. Mientras alguien recordara lo que el mar había sido, el mundo no se sumiría en el silencio más profundo.

#relato

 
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from Apuntes de Rob

—Te escucho y pienso en la Francia del siglo XIX —dijo, sin mostrar condescendencia, sino una sincera admiración.

—¿Qué es lo que escuchas? —preguntó el intérprete, con gran escepticismo.

—A William Bouguereau. Muestras un estilo perfecto, resonando una belleza fácil de percibir.

—¿Es eso bueno? Porque no quiero ser de entendimiento simple —preguntó el intérprete, casi ofendido al ser comparado con pinceladas fotográficas.

—Lo es. Tienes una exactitud que muy pocos logran, pero ahora es el momento idóneo de mostrar lo que sientes ante esa sonoridad impecable.

 
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from Apuntes de Rob

Él ahora se dedicaba simplemente a mirar alrededor; ya no sentía a su compañero con quien compartía el mismo propósito. Los días pasaron sin sentirlo, sin encontrarle sentido a su existencia. Decidió cerrar los ojos para tratar de olvidar, pero, repentinamente, percibió a su compañero, quien le pedía ayuda para volver a juntar sus almas y dar vida a las vibraciones que embellecen el pasar del tiempo.

 
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from El escritorio de McAllus

Aunque odio el calor, junio es uno de mis meses favoritos porque me pillo mis dos semanas de vacaciones de verano. Así que he leído un poquito más y más tranquilo que los meses anteriores, aunque sigue siendo menos de lo que me gustaría pero he gastado mucho tiempo en entrenar, escribir (de esto a ver si pronto hago una entrada) y ponerme al día con un par de videojuegos de las últimas rebajas.

El resumen de lecturas es el siguiente: 1 poemario, 21 números de cómics americanos (en distintos formatos)

Semiótica nuclear

Un poemario obra de Ben Clark que publicó el mes pasado y que me leí de cara a la presentación que haría a principios de mes. Es muy corto pero intenso. Me causó un desasosiego tremendo su lectura por el paisaje desolador que nos presenta, aunque con pequeños momentos de luz en algunos de sus versos.

Una lectura muy recomendable.

Spiderman Noir: Crepúsculo en Babilonia

Tomo en tapa blanda que contiene 5 números americanos.

Mini serie de Spiderman Noir que recupera al personaje después de los acontecimientos del evento arácnido Spidergedón donde encontró su aparente fin. En esta aventura, aunque empieza en Nueva York, nos iremos a viajar por el mundo cual Indiana Jones para acabar en una excavación arqueológica.

Aunque mola ver al personaje fuera de su ambiente habitual debo decir que la serie es un poco más floja que las dos mini series que encontrábamos en el omnibus que leí el mes pasado. Y, además, he tenido cierto problema con los diálogos de la Doctora Huma con su coletilla (que imagino es cosa de la versión original pero no sé si la traducción hace más insoportable esa coletilla o era así también en inglés).

En cualquier caso muy entretenida y ojalá más mini series así en el futuro.

Marvel Pride 2026

Grapa con cuatro historias cortas que viene a tener la longitud de dos grapas normales americanas.

Se trata del típico número especial para apoyar a la causa que toque en ese momento y que en junio es al orgullo. Como suele pasar en estos especiales el mensaje que transmiten es importante y potente pero las historias bastante flojas. Eso sí a nivel de dibujo creo que todas están muy bien.

Mi historia favorita sin duda ha sido “Buenas noches, rosa azul”. Y es que Raven (mística) es un personaje al que le tengo mucho cariño y me gusta verla siendo feliz. “La que huye” es a nivel de acción la más potente y la segunda que más me ha gustado (aunque reconozco que no sabía de las relaciones de la Gata Negra más allá de la esporádica con Peter). Además, en esta segunda historia ver en acción a un personaje como Sera que solo conocía por el videojuego de Marvel Snap ha sido un aliciente muy interesante (y ahora tengo curiosidad por buscar en que colecciones han salido Sera y Ángela juntas para leer algo más de ellas).

Los nuevos vengadores 3

Grapa lomo con cuatro grapas americanas

Tal y como comenté el mes pasado que imaginaba, este es el último número de la colección. Solo una etapa de 10 números para este nuevo “volumen” de los nuevos vengadores. Ya no sé si Marvel los lanza con esta intención de duración o de verdad intenta hacer series abiertas que al no funcionar cancela.

La historia la verdad es que ha sido muy floja, los villanos patéticos, la traición de un miembro y los motivos cogidos por los pelos y cuando se ha resuelto que todo viene de la muerte de un villano en el evento un “Mundo bajo Muerte” más como han vencido, he soltado hasta un resoplido de lo patético que ha sido.

Como ya dije lo compré porque intento coleccionar donde sale X-23 pero a partir de ahora me lo voy a pensar mucho antes de comprar algo que no sea de este personaje en solitario (a ver si tras el evento del salto temporal vuelven a darle serie a Laura)

The Ultimates 7

Grapa lomo con tres grapas americanas

Los tres números que tenemos en esta grapa-lomo empiezan un poco antes de Endgame 2 y luego tras ese número del evento de cierre del Universo Ultimate.

Como viene siendo habitual en esta serie tenemos números centrados en un solo personaje junto a otros centrados en los equipos. En el primer número conocemos porque la avispa hizo lo que hizo y quien estaba detrás de sus acciones (con un giro de lo más interesante).

El segundo número de esta grapa sigue donde lo deja el anterior aunque se vuelve más grupal a la vez que nos cuenta el origen de otra versión de un personaje Ultimate (que, además, es Canon con el origen de un personaje que cambiaron después de la continuidad. Además explica que pasó con un héroe que perdimos de vista hace bastantes números de la colección.

En el tercer número vemos victorias de los Ultimates a la vez que intentos de contraataques de sus enemigos y, como suele ser habitual con los villanos estos se traicionan entre ellos o son dejados atrás en cuanto fracasan.

Ultimate Endgame 3

Grapa individual

Continua la serie que nos llevará al fin del Universo Ultimate con poca pinta de que esto vaya a cerrar satisfactoriamente.

Tenemos la aparición de un personaje que vimos en Invasión (la serie que lo inició todo) aunque no dura demasiado tiempo. Por supuesto, todo lleno de charlas cargantes de las que en verdad no revelan nada interesante. Además, tenemos una muerte importante que no tengo claro que sea real y es solo para crear el cliffhanger de este número.

Una cosita a destacar es la aparición de las Ultimate X-men dibujadas por alguien que no es Momoko y al verlas así dibujadas me da rabia porque creo que esa colección la habría disfrutado más solo con el guion de Momoko y con el dibujo de otro artista. Ellas junto a Killmonger han llegado al exterior de la Cúpula conectando por fin esas dos series con el resto del Universo Ultimate e imagino que se unirán a la batalla dentro de la Cúpula.

La Bruja Escarlata 2: Buscahechizos

Tomo tapa blanda con 6 números americanos

Continua la serie de Orlando al frente de la colección de la Bruja Escarlata. Con este tomo dos de la saga de Wanda con la puerta por la que llegan los que no tienen nada más. Una serie que creo solo es correcta aunque el caso de la semana suele resultar entretenido. Lo que echo de menos es que todo sea un poquito más oscuro y adulto, como en la serie que tuvimos guionizada por Robinson entre 2016 y 2017 (18 números que tengo en tres tomos 100% marvel y que me suena que Panini recopiló en tapa dura hace relativamente poco)

Después de este tomo, que se podría decir cierra este volumen de la Bruja, viene una mini serie en la que veremos a Wanda y Mercurio juntos que va antes de los tres tomos que ya tengo comprados de Wanda sin leer (dos sin numeración por parte de panini del personaje en solitario y otro con Visión que en mayor o menos medida entiendo son continuaciones uno de otros porque todos los guioniza Orlando).

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Qué estoy leyendo o voy a leer en Julio

Voy a empezar con las lecturas fijas de las novedades de cómics del mes que, por suerte, cada vez son menos conforme finaliza el nuevo Universo Ultimate: Nova Centurión 1 (tomo de 6 números surgido tras el evento Imperial), Patrulla-X Unida 1 (grapa mensual donde participa X-23) y Ultimate Endgame 4 (penúltimo número con mucho todavía por cerrar).

Voy a volver a mencionar a It, que dejé aparcada su relectura por lo voluminoso del libro físico y que me pasé a leer en el kindle. Pues bien, precisamente por pasarme a leerlo en el libro electrónico se acabó quedando relegado al olvido pero para el viaje de trabajo de junio lo retomé y, maldita sea, que bien ha envejecido este libro y que diferente es leer de adulto con respecto a cuando lo hice de adolescente. A ver si sigo avanzando con él y puedo acabarlo poco a poco en este año.

Voy a leer cuatro tomos de La Bruja Escarlata entre este mes y principios de agosto para estar al día de sus colecciones en solitario y sus mini series en equipo porque el 20 de agosto llega en español la colección de Wanda como hechicera suprema de la Tierra (sigue Orlando a la cabeza así que entiendo que respetará todo lo que él mismo ha escrito).

Me quedan rematar unos pocos relatos del libro Cortarse el cabello el libro de club de lectura para julio.

Y de rol estoy leyendo el manual básico de Blade Runner que quiero empezar a dirigirlo para la segunda mitad de agosto (o principios de septiembre si cuesta lograr quedar con la gente por el veranito)

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Los sábados, Alicia visitaba a su madre en la residencia. La encontró sentada en el jardín, con aire ausente, como si estuviera concentrada pensando en sus cosas.

—Hola, mamá —la saludó y le dio dos besos.

Paquita, su madre, la miró fijamente y tardó unos segundos en reaccionar.

—Ay, hola, hija. ¡Qué bien que hayas venido! Hacía mucho que no sabía nada de ti. —Vengo todas las semanas, mamá. Hablamos ayer por teléfono. —Bueno, bueno. Ya será menos.

La sonrisa de la anciana transmitía una enorme felicidad. Se apoyó en su hija para levantarse del banco y le pidió que la llevara a pasear un poco, que le convenía moverse.

—Qué bien que hayas venido. Necesito que me ayudes con una cosa, que tu padre nunca me hace caso.

Alicia contuvo las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos. Su madre no se percató.

—Claro, mamá. Pero demos una vuelta primero, que hace muy buen día. —Es verdad. Además, me han dicho que me conviene moverme.

Mientras paseaban, Paquita siempre agarrada del brazo de su hija, Alicia se interesaba por el día a día de su madre.

—¿Qué tal estás? Tienes muy buena cara. —Estoy estupenda. Dice el doctor que tengo una salud de hierro. —Qué bien. ¿Y qué has comido hoy? —Es pronto. Aún no nos han llamado. —Pero si son las cinco de la tarde. —Ay, es verdad —corroboró la anciana tras mirar su reloj—. A veces me despisto un poco. —No pasa nada, mamá. Es normal. Creo que hoy teníais pescado —insistió. —Puede ser, hija. Aquí todos los días son iguales; es difícil distinguir lo de hoy de lo de ayer.

Paquita señaló con un gesto de cabeza a un anciano que estaba mordisqueando una galleta en un banco.

—Mira a Lucio, pobre. No sabe ni en qué día vive. Si me quedo así, me pones algo en la comida; que me acueste y no despierte. —¡Mamá! Menudas ideas tienes. —Ya ves. Cosas que pensamos las viejas. Lo último que quiero es ser un estorbo. ¿De qué me sirve estar viva si no me entero de nada? —No digas tonterías, mamá. Anda, sigamos con el paseo.

El momento de la despedida era el más difícil. Se pasaría la semana entera pensando en su madre. La llamaba casi todos los días, pero Paquita no era muy entusiasta del teléfono y colgaba pronto.

—Ay, hija. ¿Ya te vas? No has visto a tu padre. No sé dónde se ha metido este hombre. Debe de estar al caer. —Tengo que salir ya, mamá. Se ha hecho tarde. Otro día le veo.

#relato

 
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from El rincón de ferlagod

Llevo días dándole vueltas a una decisión técnica con Rocinante. Es el clásico escenario donde te obligan a elegir susto o muerte. La duda es sencilla de plantear, pero difícil de tragar: ¿Subo la app a la Play Store o la mantengo exclusiva en F-Droid?

Hasta hace poco, la respuesta era evidente: trinchera libre y soberanía digital. Pero el panorama va a cambiar radicalmente, y los desarrolladores independientes estamos en la diana.

El cerco de Google en septiembre de 2026

A partir del 30 de septiembre de 2026, Google va a empezar a desplegar un sistema de verificación de desarrolladores que bloquea la instalación normal de aplicaciones no registradas. Básicamente, si no pasas por su aro, pagas su cuota y les entregas tu identificación, tu app pasa a ser bloqueada por defecto.

Para saltarse este bloqueo, el usuario tendrá que usar un “flujo avanzado” absurdo: activar el modo desarrollador, reiniciar el móvil, tragarse varias pantallas de advertencia y esperar 24 horas de castigo antes de poder instalar el APK. Es un mecanismo diseñado puramente para generar fricción y ahuyentar a la gente.

El problema con F-Droid

Aquí es donde mi plan original hace aguas. Yo puedo firmar mis propios paquetes y certificarlos para que os los descarguéis directamente por Obtainium. Pero la filosofía de F-Droid es que ellos cogen mi código fuente, lo compilan en sus servidores y lo firman con sus propias claves.

Esto significa que las apps distribuidas por F-Droid se van a dar de bruces contra la nueva pared de Google, ya que no pueden cumplir con el sistema de verificación de identidad propietario.

No quiero ver a usuarios que no tienen una ROM personalizada se adentre en un laberinto de 24 horas y advertencias de seguridad solo por querer utilizar apps fuera de la PlayStore. No es justo para ellos.

El muro de los testers

La alternativa lógica para evitar esta fricción es claudicar y subir Rocinante a la Play Store. Pero solo de pensarlo me da pena.

Como ya sufrí en mis propias carnes, el peaje de entrada para las cuentas independientes en Google es encontrar a probadores (testers) que se instalen tu app y la mantengan durante 14 días seguidos. Buscar a personas dispuestas a hacer de cobayas para una app de nicho es un suplicio absoluto. Es una burocracia pensada para exprimirnos, no para quienes programamos software libre.

La encrucijada

Si me quedo solo en F-Droid, defiendo la pureza del código, pero condeno a los usuarios a un proceso de instalación infumable dictado por Google. Si me voy a la Play Store, le facilito la vida a la gente, pero me toca arrastrarme durante semanas mendigando testers y cediendo a Google.

Aún no he tomado una decisión en firme. De momento, sigo sopesando si vale la pena el desgaste de pelear en busca de testers o si, por pura practicidad, toca mancharse las manos.

¿Qué haríais vosotros en mi lugar?.

#Tecnología #Desarrollo #Android #SoftwareLibre #Reflexiones

 
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from Los relatos de Ibnussabel

El Margarita’s no tenía el brunch mejor valorado de Benidorm, pero era el favorito de José Antonio. A quince minutos de su apartamento y con vistas a la playa de Levante, era un lugar perfecto para tomarse unos huevos Benedict y un bagel de salmón con aguacate. La sonrisa de Paul, el camarero, también contribuía a mejorar el ambiente del lugar.

Un señor de edad avanzada entró en el restaurante y llamó la atención de José Antonio. Tenía algo que le resultaba familiar, pero no acababa de ubicarlo. ¿Dónde le había visto antes?

—Hola, Caniche —saludó—. ¿Te acuerdas de mí?

Se quedó paralizado. De repente, recordó quién era ese hombre. Conrad. Aunque no era su nombre real. Habían pasado muchos años. Podría decirse que toda una vida.

—Veo que sí —repuso el recién llegado mientras tomaba asiento—. Me alegro. —Hola, Conrad. ¿Qué quieres? —Esa visita inesperada le había amargado el brunch. —Pasaba por aquí y quise aprovechar para ver a un viejo amigo. —Corta el rollo. Ya no tengo edad para andar perdiendo el tiempo en tonterías. —Necesito un pequeño favor. —Estoy retirado, y no te debo nada. —Vamos, hombre —insistió—. No te comportes como un viejo amargado. Te vendrá bien un poco de acción. Además, sabes que soy generoso.

La negociación se prolongó más de una hora. La capacidad de persuasión de Conrad, potenciada por su poder de manipular las mentes, fue derribando las reticencias de José Antonio hasta que, al final, logró convencerle.

Unas semanas más tarde, Caniche estaba en París con otros tres secuaces; listo para llevar a cabo el plan más descabellado de toda su carrera criminal. Sus compinches iban a acceder al Louvre disfrazados de operarios y robarían una serie de joyas de la galería de Apolo. Mientras, él llevaría a cabo el golpe de verdad.

Accedió al museo desde la entrada de la plaza del Carrusel. En el baño, se convirtió en una niebla densa y se filtró por los conductos de ventilación. Había repasado el trazado más de cien veces, pero le costó dar con la sala que buscaba. No se trataba de ninguna de las abiertas al público, sino de un almacén restringido a personal autorizado.

Ante él se erigía una enorme puerta de seguridad que daba paso a una habitación semiestanca. Para franquearla, era necesario introducir un código de acceso y superar un reconocimiento de iris. Esa doble comprobación parecía una buena medida contra los intrusos, pero se mostró inútil ante un ser hecho de gas. Para Caniche, resultó tan endeble como una cortina.

Una vez dentro, recobró su forma corpórea. Si los ladrones de joyas habían hecho bien su trabajo, las cámaras habrían dejado de grabar. Disponía de poco más de cuatro minutos de oxígeno, así que debía apresurarse. Por suerte, Conrad lo había previsto todo y le había indicado con precisión dónde estaba lo que buscaba y cómo recuperarlo.

En la cuarta sección a la izquierda, segunda columna, compartimento 0824. Un sencillo hechizo de apertura fue suficiente para forzar la cerradura sin dejar rastros. Dentro, un modesto maletín de piel marrón custodiaba la documentación que tanto ansiaba su empleador.

Le costó volver a transformarse en niebla. Los años no pasaban en balde, y cuanta más materia adicional tenía que convertir, más energía necesitaba. Además, el viaje de ida había sido más largo de lo anticipado. Pese a todo, logró escabullirse hasta los conductos de ventilación.

Durante el trayecto, le fallaron las fuerzas. Se vio obligado a retomar su forma corpórea y terminar el recorrido reptando. En su juventud, le habría parecido un problema menor. A sus setenta años, se le antojó una odisea.

Mal que bien, logró llegar hasta un baño. No era el que estaba previsto, pero tendría que servir. Mientras recuperaba el aliento y la compostura, las alarmas empezaron a sonar. Regresó al museo como un turista más y en seguida se vio arrastrado por una multitud de visitantes que eran conducidos a la salida por el personal de seguridad.

Tras abandonar el Louvre, cogió el metro para ir al punto de encuentro acordado. Cuando llegó, Conrad le esperaba impaciente.

—¡Por fin! —exclamó al reunirse con Caniche—. Pensaba que te había pasado algo. —He tenido algunos contratiempos, pero imagino que no hace falta que te los cuente —respondió el mercenario. —No pasa nada. —El gesto de Conrad se fue relajando. Volvía a ser el tipo impasible de siempre—. Lo importante es que ha acabado bien. —Hablando de finales felices; creo que esto te pertenece —dijo Caniche mientras le entregaba el maletín—. Y tú debes de tener algo para mí. —Muchas gracias, siempre es un placer trabajar con profesionales. —Conrad le dio un boleto de La Primitiva—. Está premiado. La persona que lo compró nunca recordará haberlo hecho. Es tuyo. 1,8 millones de euros limpios de polvo y paja. Que los disfrutes.

Y lo hizo. Ya lo creo. Caniche pasó a la historia. José Antonio vivió una jubilación dorada en su amada Benidorm.

#relato #canicheverso

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Caniche mata el tiempo haciendo bailar el hielo en el fondo del vaso. La garganta le reclama un trago de verdad, solo uno, para coger ánimos. Sin embargo, sabe bien dónde le conduciría dejarse arrastrar. Tiene trabajo que hacer, de esa clase que no se puede posponer.

Abandona el ridículo gastrobar y camina hacia el edificio señorial donde vive su objetivo. Un nombre y una foto es toda la información que tiene. No le han proporcionado más y tampoco le ha interesado indagar. Hace años que dejaron de importarle los detalles.

Antes, solía bastarle con esperar a que la noche cubriera la ciudad con su manto; sus poderes funcionan mejor desde las sombras. Por desgracia, la estridente iluminación de los negocios ha colonizado el centro urbano. Se ha visto obligado a adaptarse y buscar otros modos de pasar desapercibido. Por suerte, la gente suele ir a lo suyo y no presta atención a su alrededor.

Un hechizo sencillo y discreto abre la puerta del edificio. Sube las escaleras hacia la segunda planta y, antes de alcanzar el rellano, lejos de posibles mirillas indiscretas, se convierte en una niebla densa. Se cuela en el apartamento por las estrechas rendijas que el tiempo ha surcado en el burlete.

—Te estaba esperando. Supongo que te envía Morales.

Esto es nuevo. En sus cuarenta y tres años de servicio nunca le habían detectado antes de tiempo. Había cometido muchos errores a lo largo de su carrera, pero nunca el de levantar la libre. El hombre que ha destapado su ardid sigue sentado en el sofá, sin mostrar ni un atisbo de preocupación. Ante el silencio de Caniche, retoma la palabra.

—Puedes mostrarte. Los dos sabemos a qué has venido. Creo que podemos charlar un rato, conocernos un poco mejor y, a partir de ahí, vemos cómo se tercia la noche. ¿No te parece?

El cazador, cazado, se rinde ante la evidencia y vuelve a adquirir su corporalidad.

—Reconozco que esta situación es un tanto inusual. Doy por hecho que tú también tienes poderes —dice Caniche a modo de saludo. —Solo uno. No tan vistoso como el tuyo, desde luego, pero resulta útil de vez en cuando —contesta el improvisado anfitrión—. Ahora que las cartas están sobre la mesa, ¿crees que hay margen para la negociación? ¿Hasta qué punto te tiene atrapado el bueno de Morales? —No te lo tomes a mal, pero acabamos de conocernos. —Dicen que la ignorancia es felicidad. Aunque supongo que tú tendrás mucha más información de mí que yo de ti. —No te creas. Solo sé que te llamas Conrad. —Vaya. Si eso es cierto, debo admitir que estoy un poco decepcionado. Pensaba que alguien con tu experiencia sería más diligente a la hora de afrontar un caso. Ni siquiera es mi nombre real, solo uno de mis apodos. —Quizá no tengo tanta experiencia como crees —empieza a replicar el sicario. —No seas humilde, Caniche. —Al oír su mote, el interpelado no logra reprimir una mueca de asombro—. No te lo tomes a mal; saber más de lo que debería es una consecuencia inevitable de mi poder.

La situación no se está desarrollando de un modo agradable. Su especialidad son los golpes rápidos. Entrar, ejecutar y salir. Sin complicaciones, sin problemas adicionales. Se encuentra en terreno desconocido; debe improvisar.

Intenta zanjar el conflicto lanzando un hechizo que fulmine a su rival: un paro cardíaco letal que cualquier forense acreditará como muerte natural. Ha segado docenas de vidas con ese conjuro; nunca falla. Hasta hoy. No logra efectuar todos los movimientos con la precisión quirúrgica habitual y se le traban las palabras.

—¿No habrás estado bebiendo, no? Sabes que no te conviene.

El comentario de Conrad, o como se llame, es casi más hiriente que el fracaso. Porque no es verdad; lleva quince meses sobrio. Porque no le gusta recordar el hombre que fue. Porque nadie tiene derecho a hurgar en su pasado. Porque ni siquiera sabe cómo ha obtenido esa información.

—Eso te lo puedo contestar —aclara el anfitrión—. Mi poder consiste en meterme en la cabeza de la gente. Accedo a sus pensamientos. Sus recuerdos, sus anhelos, sus miedos. También puedo juguetear un poco con ellos, por eso te has vuelto torpe de repente. —Un don muy útil, sin duda —admite Caniche. —Los tuyos tampoco están mal. Si te hubieras preparado mejor, quizá habrías tenido alguna posibilidad. Ahora ya es tarde. Te has delatado y no podrás volver a acercarte a mí sin que te descubra. —¿Estoy a tiempo de retomar la negociación? —aventura el mercenario. —Nunca es tarde para eso —responde Conrad con una sonrisa—. No me interesa acabar con tu vida, ni siquiera con la de Morales. Solo necesito que me hagas un pequeño favor y estaremos en paz. —¿Qué favor? —Llévame a menos de 400 metros de tu jefe sin que nadie detecte mi presencia. Haz eso por mí y los dos quedaremos fuera de su radar. ¿Trato hecho? —Trato hecho.

#relato #canicheverso

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Juan estaba disfrutando de un agradable fin de semana con su hijo en Madrid. Había pensado que sería buena idea merendar unos churros en la mítica chocolatería San Ginés antes de volver a Palencia. El nutrido grupo de turistas que esperaba en la cola le hizo sospechar que quizá algo había cambiado desde esos años en los que solía ir con su mujer.

—Dos de churros con chocolate, por favor —pidió, confiado. —Sorry, only English —respondió el joven dependiente que le atendió. —¿Será posible? ¡Habrase visto! —Tranquilo, papá —intervino Martín—. Hay que pedir en inglés. Ya me encargo yo.

Mientras el hijo indicaba al camarero lo que querían tomar, el padre seguía con la conversación paralela.

—¿Pero cómo que en inglés? Si esto es un sitio de Madrid de toda la vida. —No seas antiguo. Además, con lo pesado que te ponías para que lo aprendiera de pequeño, que incluso me mandaste a una academia, podrías haber empezado a estudiar antes. Hace ya dos años de la ley nueva, eh. —Bueno, joder. Pero esto es pasarse.

En la mesa, pese a los esfuerzos de Martín para hablar de otras cosas, Juan seguía empecinado con lo mismo. En su momento, cuando se propuso adoptar el inglés como lengua oficial en toda la Unión Europea, de modo que sus ciudadanos pudieran vivir y trabajar en cualquier estado miembro sin necesidad de aprender ningún otro idioma, pensó que era una idea formidable. Ahora que se había materializado en ley, empezaba a verle aristas.

—Yo entiendo que lo del inglés es muy útil para que la movilidad geográfica sea real y que tú puedas ir a trabajar a Francia, Alemania, Dinamarca o donde quieras —insistió—. Eso no lo discuto. Lo que no me parece ni medio normal es que no se me permita usar el idioma de mi país estando en España. —Estamos hablando en castellano ahora mismo, ¿no? Nadie te va a prohibir eso —repuso Martín. —Sí, claro, en una conversación privada. Pero, ¿qué pasará si tengo que ir al médico y solo habla inglés? —No te preocupes por eso. Aún quedan tres años de moratoria para servicios esenciales.

El padre hundió el churro que tenía en la mano en la taza de chocolate como quien apaga una colilla en un cenicero.

—¿Qué quieres decir? ¿Que luego no me atenderán en castellano?

Su hijo le miró con ternura.

—Supongo que no lo cambiarán de la noche a la mañana. Habrá algún tipo de servicio de asistencia, ¿no? De todos modos, si vas a clase, pronto hablarás inglés a la perfección. —No sé yo… —Juan pescó el churro con ayuda de la cucharilla—. A mi edad no es tan fácil, ¿sabes? —Bueno, voy contigo cuando haga falta. Aparte, esto es Madrid. En Palencia siempre quedarán médicos que hablen castellano.

Este último argumento tranquilizó un poco a Juan. Acabaron de disfrutar de su merienda charlando de otros temas y, al salir, el padre se animó a despedirse de los camareros en inglés: «Good bye. Thank you!»

#relato

 
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from Sé verlas al revés

Antecedentes

Una cosa que me gusta tanto como leer son los propios libros. Reconozco cierto fetichismo en mi relación con ellos; con el objeto. No tengo muchos, pero poco a poco voy construyendo una colección más o menos a mi gusto.

No sé si tanto como los libros (o leer) me gusta el orden. Soy una persona bastante ordenada. Aunque sin llegar a un extremo patológico, cierto es que algún que otro quebradero de cabeza me ha traído esta afición a tenerlo todo ordenado; normal cuando convives con personas con un concepto del orden diferente al de uno mismo. Muy diferente.

Recientemente he decidido ordenar mi biblioteca con cierto criterio más allá de agrupar los libros por autores. Una vez conseguido, a ver cuánto dura.

Interior de la biblioteca de la Abadía de Göttweig (Austria) - 2015. Por Jorge Royán. La imagen muestra parte del interior de una biblioteca, desde un nivel superior, cuyas paredes están repletas de libros en estanterías de madera. Se ve a un joven en el nivel inferior, ataviado con lo que parece ser una sotana negra, leyendo sentado. La escena resulta muy luminosa gracias a la luz que entra por grandes ventanales.

Interior de la biblioteca de la Abadía de Göttweig, Austria. © Jorge Royan / www.royan.com.ar

Sobre el software

Después de una somera búsqueda de un software dedicado a este propósito y dado que uso el entorno de escritorio KDE, me decido por Tellico, un software de organización de colecciones muy completo. Por defecto viene con plantillas preconfiguradas para colecciones de libros, bibliografías, cómics, vídeos, música, monedas, sellos, tarjetas, vinos, videojuegos, juegos de mesa o archivos. Ahí es nada.

La interfaz es muy KDE, quizás algo sosa (algunos veréis aquí una perogrullada), pero muy efectiva. Además de permitir la introducción de datos a pinrel, ofrece la conexión a diversas bases de datos de internet para la descarga automática de información.

En mi caso he simplificado mucho los datos que he relacionado ya que mi objetivo es tener ordenados y localizados los libros. Con título, autor, año de publicación, género, subgénero y localización, tengo información suficiente para cubrir mis necesidades. Además he introducido algo de información complementaria como es la editorial y si forma parte de una colección.

Qué leo

Como en mi entrada anterior, en la que compartí el fichero con mis suscripciones a podcasts, pensaba hacer lo mismo compartiendo un archivo HTML o CSV exportado directamente desde Tellico, pero como en mi biblioteca no sólo hay libros míos, sino que también están los del resto de la familia, no termina de ser un fiel reflejo de mis gustos literarios así que, si te interesa, te invito a seguir mis lecturas en @luiseme@lectura.social, espero mantenerla al día. Eso sí, tras organizar mi biblioteca he descubierto libros que leí hace mucho y quiero volver a leer, junto con otros tantos que aún no he leído, por lo que me he propuesto darles una oportunidad antes de seguir aumentando la colección.

Nota mental: ¿se podrá exportar mi colección directamente (o con algún apaño) desde Tellico a BookWyrm?


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from keyeoh

Tengo un problema. Y hoy no tiene nada que ver con la ansiedad y la depresión, que esas ya se llevan a menudo su buena dosis de palabras mal escritas. El caso es que me gusta el café bueno. Y esto puede tener muchas lecturas.

Por un lado, desde un contexto sociológico y temporal, puede parecer que no soy más que el siguiente snob en la fila que ha sucumbido a la moda de los cafés de especialidad. De hecho, me resta mucha credibilidad el hecho de que me gusten los gin-tonics, los vinilos, las gildas y algún que otro revival más. Joder, si parece que van decidiendo las modas pensando en mis gustos.

Reconozco que voy a algún sitio de estos donde te preparan con ceremonias más o menos complicadas una buena dosis de ese maná negro que me tiene obsesionado. Y es verdad que los precios desprenden cierto tufillo a clasismo. Aunque me he fabricado algún argumento para plantear mi defensa ante el jurado popular.

En primer lugar, la diferencia abismal de precio no suele afectar tanto a los que nos gusta mucho el café. Y recalco lo de “suele”. Aquí en mi ciudad, conozco un sitio donde tuestan su propio café y un expresso vale lo mismo que en cualquier cafetería del montón. La clave está en lo del tipo de café, y es que creo que donde las franquicias consagradas sacan el mayor margen de beneficio es en esas bebidas derivadas llenas de leche, nata y colorines.

Pero a mí me gusta el café. Negro. Amargo. Y llevo tantos años tomando cosas sin azúcar que creo tener las papilas gustativas preparadas para distinguir un buen café de uno malo. Para mí, uno bueno es aquel que no me destruye el estómago, el intestino, y de paso se me lleva la alegría y las ganas de vivir. Ya se ve donde tengo puesto el listón.

El caso es que, siendo aficionado a lo amargo, uno es más propenso a sufrir atentados, pues no hay leche, nata o sobre de azúcar que se interponga, cual héroe de película de acción, entre el asco y mi persona. Así que, cuando me la juego, me la juego de verdad.

Puedo entender que a mucha gente, aquellas personas a las que les gusta tomar medios litros de cosas dulces y purpurina, ese dos por ciento (con suerte) de petróleo escondido en el fondo de su vaso gigante no les aporte o quite nada. Me alegro por elles. Pero no deja de hacerme gracia cuando alguna de ellas dice que le gusta más el café de un sitio que el de al lado.

Entiendo que el sustantivo se ha traspapelado, y que la palabra café ha devenido en el cóctel completo. Pero no puedo menos que sentirme triste al pensar en el pobre expresso que ha sido abandonado en el camino. Él nunca lo haría.

Esto es una lucha perdida de antemano, pues los bebedores de posos somos poquitos, y además gente con graves taras mentales  —como se puede desprender de todas las palabras anteriores. Así que no somos interesantes para el negocio. El tiempo pasará, los cafés de especialidad serán sustituidos por otra moda (que será, será) y nosotros nos quedaremos en casa, con el gotero del café inyectado en vena, graduando la dosis con cuidado, no vaya a ser que se nos descontrole la ansiedad y nos dé por escribir una entrada como esta en un diario.

 
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from El rincón de ferlagod

Publicar una aplicación en Android hoy en día es como tener que elegir entre pasar por el aro de una corporación que te trata como a un número, o someterte al escrutinio espartano de una comunidad de puristas. Como últimamente he estado lidiando con subir Rocinante y Mis Curas a ambas plataformas, os voy a contar cómo es darse de bruces con las dos realidades.

Y ya os hago el spoiler: me sigo quedando con F-Droid de calle. Pero no es un camino de rosas.

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Google Play: Los 12 probadores

En el ecosistema de Google, lo que menos importa es tu código. El verdadero muro es puramente administrativo. Resulta que, si tienes una cuenta de desarrollador nueva, Google te exige un peaje absurdo: tienes que conseguir a 12 testers (probadores) que se instalen tu aplicación y no la borren durante 14 días seguidos.

Si haces un juego chorra, igual engañas a tus amigos y familiares. Pero cuando desarrollas software de nicho, la cosa cambia. Mis Curas es una herramienta clínica para recomendar apósitos en las curas. ¿De dónde saco yo a 12 personas que quieran probar una app de heridas durante dos semanas enteras? Es un suplicio. Una barrera de entrada artificial diseñada, en mi opinión, para ahuyentar a los desarrolladores independientes y quedarse solo con los grandes estudios.

Eso sí, al César lo que es del César. Una vez que tragas saliva, pasas este bautismo de fuego y te aprueban la aplicación, la maquinaria va como un tiro. Para las siguientes actualizaciones solo tienes que subir la versión y, en un par de horas, la tienes revisada y online.

F-Droid: Rigor, pureza y paciencia

El repositorio del software libre es otro mundo. Aquí a nadie le importa cuántos colegas tienes para probar tu app. Lo que les obsesiona es que tu código esté limpio. Son más estrictos que la supervisora de planta en un turno. Si hay un solo rastro de telemetría, dependencias privativas de Google Play Services o licencias raras, estás fuera.

El proceso de publicación en F-Droid es soberanía digital en estado puro, pero tienes que remangarte:

  1. El Fork: Nada de subir un archivo APK y a correr. Tienes que clonar su repositorio principal (fdroiddata) en GitLab.
  2. La Receta: Tienes que crear un archivo de metadatos (en formato YML). Básicamente, es un manual de instrucciones donde les dices dónde está tu código en ForjaLibre y qué comandos exactos hay que ejecutar para compilarlo.
  3. El Escrutinio Automático: Abres el Merge Request y su sistema automático (lint) te revisa hasta las comas buscando bibliotecas que no sean de código abierto.
  4. La Revisión Humana: Si pasas la máquina, un voluntario revisa el tema de las licencias a mano.
  5. La Compilación Soberana: Y esta es la magia. F-Droid no confía en el instalador que tú les des. Ellos cogen tu código fuente y lo compilan de cero en sus propios servidores. Así garantizan al usuario que la app que se instalan es exactamente la que ven en el código, sin trampa ni cartón.

¿El problema? Los tiempos de espera. Todo este proceso requiere una paciencia infinita. Puedes tirarte dias enteros en la cola esperando a que sus servidores compilen tu app y la liberen.

Mi veredicto

La burocracia comercial de Google genera un desgaste innecesario y te hace sentir que trabajas para ellos. F-Droid es lento, pero el proceso es transparente, ético y te garantiza un ecosistema limpio.

A veces hay que mancharse las manos publicando en la Play Store para llegar a los compañeros que no saben salir de la tienda por defecto de su móvil. Pero mi cuartel general y mi apuesta a largo plazo será F-Droid. Prefiero esperar dias en la trinchera del software libre que andar mendigando probadores para engordar el monopolio.

#Tecnología #Desarrollo #Android #SoftwareLibre #FDroid #Reflexiones

 
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from A crit pelat

Hace unas semanas, pasé por un bazar a comprar algunas cosas que me faltaban para un proyecto del trabajo. Sorprendentemente grande, plagado de estanterías y abarrotado como lo estaría un templo en honor al horror vacui, en él me recibe una persona que leo como china, con las dos manos reposando detrás de las caderas, que sostienen una postura impecablemente recta. Tras preguntarle si me puede ayudar, se dispone a acompañarme al pasillo 1B. Se dirige hacia allí girando sus hombros casi ciento ochenta grados, apoyándose en su pie derecho. Cuando llega a la altura del pasillo donde está el alambre que necesito, lo rebasa un par de pasos más para después volver a girarse como si tuviera un resorte dentro, y me señala el producto con la mano izquierda. En su particular coreografía, la mano derecha no se separa de su cuerpo en ningún momento. Mientras me entretengo en evaluar qué tipo de alambre me viene mejor, él espera paciente. No escudriña mi proceso de decisión, pero tampoco aparta la mirada hacia otro sitio. Tras mirar un par, me doy cuenta de que no tengo un criterio formado respecto a la elección de alambres, y vuelvo al primero. Cojo un par de rollos y le miro esperando alguna reacción. Él, sin cambiar la expresión, dice de manera solemne «Este es el mejor». Emprende la marcha de vuelta a la caja. A estas alturas, no puedo evitar fijarme. En sus pies, unos zapatos blancos impolutos, con algún detalle en azul marino y marrón piel. Viste unos pantalones vaqueros cortos con el camal doblado, que dejan ver unas piernas claras y sin pelos. Arriba, una camisa a cuadros, bien remetida en los pantalones. No hay ni una sola línea que no esté completamente equilibrada respecto al resto. Atraviesa el mostrador, que todavía conserva el metacralito de la pandemia, ahora ya ajado y repleto de pegatinas de cromos de fútbol. «Perdona, ¿me puedes hacer factura de esto?», a lo que contesta afirmativamente mientras se escucha el ruido de las teclas, al que le sucede el de una pequeña impresora. En el lado derecho del mostrador, entre la torre del ordenador y una pila de cajas de plástico, hay una serie de libretas con el lomo apuntando hacia el techo. El chico, con un movimiento lento, pasa la mano por encima, comenzando por la izquierda. Los dedos de la mano sobrevuelan las libretas como sobrevuelan las gaviotas el mar, generando una ilusión de quietud. En el momento justo, caen con precisión, afectadas de nuevo por la gravedad. Dirigiéndose hacia mí, coge la libreta con ambas manos, sosteniendo los lados entre los dedos índice y pulgar, ayudándose del corazón. Mientras descienden a la superficie, los dedos índice alzan de nuevo el vuelo y quedan apuntando a mí; mientras tanto, los otros dos ejercen una pequeña presión combando ligeramente la libreta. Ésta es la primera parte que toca el mostrador, e inmediatamente los dedos corazón se elevan para dejar lugar al resto. Tiene una tapa de cartón donde se lee claramente «FACTURAS». La abre pasando por el lado corto superior. Arranca el ticket y lo trae. Amansando con dos dedos su plegarse rebelde, comienza a pasar los datos: número de factura, artículo, precio. Al terminar, me ofrece la libreta junto a un «Por favor» que adquiere sentido cuando veo el resto de datos sin completar. Es mi turno. Mientras pongo el CIF de la empresa y la dirección, no puedo dejar de mirar de reojo los movimientos del chico. Arranca una bolsa pequeña y la sacude en un movimiento firme, llenándola de aire. Mete los rollos en ella y la deja cerca mía, haciéndola aterrizar tan suavemente que me parece que el tiempo se dilata tanto más cuanto se acerca la bolsa al mostrador. Acabo con los datos y no hace falta que se lo diga: en algún momento ha cogido el sello y está listo para estamparlo en la factura. Procede. Deja el sello. Ahora, con minuciosa atención, dibuja una recta con los dedos aplicando presión sobre la línea de puntos. Nada más acabar, hay un cambio brusco en el ritmo. Arranca las hojas con un movimento rápido y seco; de manera casi impercetible, lo acaba con un pequeño chasquido en los dedos que separa la copia de carbón del original. Deja la libreta en el mostrador y me ofrece mi parte. Tardo un par de segundos en reaccionar, pero cojo la hoja. Él cierra la libreta y, entonces, posa en ella todos los dedos de la mano excepto los meñiques. Hay una pausa que clama silencio. Un artesano respeta a sus herramientas y las trata con cariño. Con la mano derecha, repasa la libreta para que la superficie quede uniforme, y la lleva de nuevo al hueco de donde proviene. En ese momento, mientras está levantando la mirada, oigo un «Gracias». Lo pienso ahora y no estoy seguro de si se dirigía a mí o era la palabra que concluía el ritual. «Gracias» es mi respuesta. Pero mi palabra no quiere ser de conclusión. Estoy de alguna manera hipnotizado por sus ordenados movimientos y aún ni he cogido la bolsa. Por primera vez, noto un desajuste, una pequeña vacilación. Se produce cuando ya ha vuelto al lugar en que estaba cuando entré a la tienda, de nuevo con las manos tras la espalda baja. Hay una mínima intención de inclinarse hacia delante que es rápidamente neutralizada, como una vieja costumbre que todavía pervive correción tras corrección. Noto que detrás mía hay otra persona que ha entrado a la tienda. Se saludan y le pregunta por una bombilla. Él se dirige al pasillo 2A. Yo le sigo con la mirada, pero ya no está bailando para mí.

 
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