Escritura Social

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from Reflexiones desde el Keuper

Cuaderno de #bitácora

Hace unos meses que no escribo por aquí y mi vuelta es únicamente para decir que sí, que he vuelto a Instagram. Y todo a raíz del curso de introducción a la gemología que estamos impartiendo. Hemos creado una cuenta, donde vamos subiendo algunas de las gemas y minerales que tenemos en la colección del Departamento. Así, a modo de juego, vamos enseñando algunas cosas sobre gemología y mineralogía. Y la verdad, es que está dando muy buen resultado, suscita mucho interés y parece que hay gente interesada en hacer el curso el próximo año.

Como sentía curiosidad por la evolución de la cuenta y de los comentarios que llegaban, me animé a crear una cuenta personal para echar un vistazo. Los primeros días la experiencia fue buena, comencé a seguir a mis amigos/as y a todas las marcas y tiendas de estilográficas. Una vez al día entraba en la aplicación, miraba los reels y las publicaciones durante 5 – 10 minutos y a otra cosa. Pero tras una semana de uso... Un aviso de Meta: si quieres seguir usando Instagram tienes que pasar por caja o ver anuncios. Elegí muerte anuncios, claro. Ahora la experiencia es horrible. En los reels, por cada cuenta que veo, tengo que ver entre uno y dos anuncios para seguir a la siguiente cuenta. En las publicaciones, más de lo mismo.

Seguiré con mi cuenta personal (en la que tengo 4 publicaciones de gemas) mientras sigamos con la cuenta dedicada al curso de gemas, pero en el momento en el que el curso termine (o nos cansemos de subir material a IG), borraré la cuenta. Qué lugar más inhóspito para pasar el rato.

 
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from keyeoh

(Microrrelato de temática social enviado a un concurso y que no ha tenido mucho éxito. Ahora que ya sé que no ha sido seleccionado ni como finalista, aprovecho para publicarlo aquí. Sirva este sencillo lugar de cementerio de proyectos y pequeños textos desahuciados.)

Todo comenzó cuando se murieron todos. De a poco, un goteo de malas noticias fue horadando los propios cimientos de su existencia. Un descenso suave y plácido al infierno de la soledad que culminó con la visita de la elegante mujer de negro. El desvanecimiento se prolongó, elástico en el tiempo, convirtiendo los minutos en años que se deslizaban tras los párpados cual sigilosos ladrones de aliento.

Había más espacio en los pasillos, espacio que teñía de oscuro las moribundas horas que pasaba ignorando el mundo exterior. No lo decía, por miedo a ser juzgado incapaz, pero estaba convencido de que la casa había crecido. En su deambular por la negrura, había distinguido alguna habitación que antes no había estado allí. Era curioso lo que uno podía percibir cuando estaba tan solo.

La mujer de negro, tan elegante, le habló sobre el deseo. Pero no estaba allí para colmar sus ansias aletargadas de piel desnuda. Le habló de los peligros que acechaban en aquellas habitaciones oscuras por explorar, del olvido al que estaba condenado si no se exponía de nuevo al calor de una palabra amiga. Cogió su mano y la siguió, esquivando una bala, hacia la luz.

 
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from El rincón de ferlagod

Si pensabais que después de montar ForjaLibre.eu me iba a quedar de brazos cruzados viendo cómo crecen las telarañas en el servidor, es que no me conocéis.

Para los que acumulamos libros como si no hubiera un mañana, el caos es nuestra particular parada cardiorrespiratoria, por eso hoy os traigo la versión 1.5 de BiblioHouse. No es un parche de compromiso para arreglar cuatro iconos; es una actualización con peso.

Lista de Deseos (Wishlist)

Todos tenemos ese problema: ves un libro de Sanderson o la última bizarrada de Stephen King y lo quieres, pero tu cartera dice que nanay. Hasta ahora, con BiblioHouse no podias hacer nada, o lo apuntabas en un papel que acababas perdiendo o lo guardabas en el carrito de Amazon, etc.

En la v1.5 he metido una Wishlist con formato en cuadrícula para que entres por los ojos. Los datos se guardan en su propio archivo (deseos.json) para no ensuciar las estadísticas de los libros que ya tienes en casa. Se sincroniza con tu nube de Nextcloud y cuando por fin te haces con el libro físico, pulsas “Marcar como conseguido” y pasa automáticamente a tu biblioteca real sumando stock.

El radar de Sagas y Colecciones

Si lees fantasía épica o thrillers, sabes lo que jode darte cuenta de que tienes el tomo 1, 2 y 4 de una serie, pero el 3 se te escapó en una librería de segunda mano.

He implementado un Gestor de Sagas. La app agrupa tus libros por colección y, si te falta un número intermedio, te lo pinta en rojo chillón.

Esta característica está todavía en desarrollo, pero ya puedes ir probándolo, y si tienes alguna recomendación estaré encantado de escucharte.

Importador CSV Inteligente

Esta es la herramienta definitiva para los que queréis huir de Goodreads o Bookwyrm pero os da una pereza mortal meter 500 libros a mano. * Ahora puedes exportar tu archivo .csv de esas plataformas y subirlo directamente a BiblioHouse. * El importador no solo trae el título y el autor, sino que detecta tus estrellas (calificaciones) y el estado de lectura (Leído, Pendiente o Leyendo). Es la vía de escape perfecta de las garras de Amazon.

Bajo el capó

No todo son funciones nuevas; también hay que limpiar la herida para que no se infecte. * He añadido tamaños mínimos a las ventanas para que no se deformen al redimensionarlas, sea cual sea el sistema operativo que uses. * He mandado a paseo los mensajes de consola cutres y he metido un sistema de registros (Logs) estándar. Si algo falla, ahora sabremos exactamente por qué, con fechas bien formateadas y constantes optimizadas.

Descarga y Libertad

Como siempre, BiblioHouse es Software Libre (GPLv3). Aquí no hay muros de pago, ni suscripciones, ni rastreadores intentando venderte la moto.

Ya puedes descargar esta nueva dosis de libertad desde nuestra forja soberana:

👉 Descargar BiblioHouse v1.5.0 en ForjaLibre.eu

Seguimos enredando, seguimos construyendo y, sobre todo, seguimos siendo dueños de nuestro propio código y nuestras propias lecturas.

Por último, si quieres darme alguna recomendación o hacerme alguna crítica puedes escribirme a info@bibliohouse.org

#BiblioHouse #Tecnología #SoftwareLibre

 
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from O corvo gralla

Pai, Miguel Louzao Outeiro, Xerais, 2026

O primeiro que pensei cando estaba a ler o poemario foi que estaba ante un cancioneiro, coa súa estrutura de descuberta, conquista e mantemento do amor, sen a parte do desamor e o conflicto porque no amor filial iso non existe. 44 poemas que trazan a crónica sentimental dos primeiros cinco anos que un pai comparte con seu fillo.

A perspectiva é a dun novo xeito de exercer a paternidade, dunha nova masculinidade consciente do papel secundario que a natureza otorga ao home e de como esa asunción axuda a tentar superar paso a paso séculos de desigualdade.

É un poemario aberto, máis interrogativo que conclusivo, máis de establecer dúbidas que de asentar certezas...

.... un traballo de nudez, unha exposición dunha intimidade pouco “masculina”, unha descripción da fraxilidade que supón enfrontarse conscientemente á paternidade.

Unha reflexión que poucas veces se fai, unha ollada ao acto de crear unha vida e deterse en aspectos que case sempre obviamos.

Hai un poema no que lembra unha vaca da súa infancia, lembra como paría... Digamos que o nacemento que se produce no poemario é o contrario ao natural, o contrario ao da vaca, por consciente, por pensado, por pautado e proxectado, e no entanto devén na mesma naturalidade o neno que o xato pola incertidume e a natureza indefiníbel do amor.

Nalgún poema faise demasiado obvia a mensaxe, demasiado plana, prosaica de máis, seguramente en interese dunha claridade que permea todo o poemario.

En paralelo á conquista, devagar, do mundo sensíbel, por parte do pai e do fillo exploradores, tamén está a conquista da lingua, que medra no cativo impregnada co orgullo de séculos de ignominia.

Os poemas constrúense co diálogo entre voces, a do pai, a do fillo e unha terceira voz á que o autor non quere renunciar e que vén do pasado: os devanceiros, o rural, a lingua propia.

*Elos

Ela vén ao paso de boi da Baixa Idade Media. Vén coas mans cheas de terra, regos e esperanza.

Ti apareciches case sen querer, entre aparellos tecnolóxicos. Vés rachando con todo, a berros e sorrisos, coma a revolución.

Entre ela e ti hai oitenta e sete anos.

Aínda non sabedes que este é o amor que vén do fondo dos séculos.

 
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from keyeoh

Escribo estas líneas el día de mi cumpleaños. Uno de abril. Coincide además que es el día de los inocentes en bastantes partes del mundo. Eso lo podría corroborar mi madre o mi compañera, porque menuda inocentada llevan aguantando todos estos años.

Y es que son ya unos cuantos días los que llevo por aquí. Cincuenta añazos me caen hoy. Suena fuerte, ¿eh? Medio siglo. Tiene además este número la cualidad de que suena a mitad perfecta, pero no nos engañemos, que a estas alturas ya le he dado la vuelta al jamón.

Tengo tendencia a la negatividad. La salud mental, ya sabéis. La percepción. Esa especie de filtro que oscurece las imágenes de nuestra propia vida. Pero quiero aprovechar hoy este rincón para afirmar alguna cosa, para decir algo positivo.

He tenido hasta ahora cincuenta años de vida muy feliz.

Unos padres que se querían y un entorno seguro donde crecer.

Unos amigos que me siguen aguantando a pesar de ser un agonías.

Una compañera a la que le rezuma la paciencia por los poros y me sigue queriendo aunque sea un gilipollas en ocasiones.

Unos hijos que, para ser adolescentes, he de reconocer que no me han salido mal. Es broma. Van a ser muy buenas personas.

Una casa donde vivir y un trabajo que me permite ganarme la vida y darme algún capricho de vez en cuando.

Pensando en todo esto, creo que he tenido suerte. Y eso es algo que a veces se me olvida. Hay gente en el mundo pasándolo muy mal, y yo soy un privilegiado. Mi objetivo para lo que me queda es ser consciente, darme cuenta de una vez de que la felicidad son las cosas pequeñas, y seguir tratando de ayudar a todos los que lo necesitan más que yo.

Creo que con eso ya tengo bastante para estar ocupado.

 
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from keyeoh

En todo grupo que se precie hay una persona al mando. Al menos. Nos guste o no, las dinámicas sociológicas parecen converger hacia ese desequilibrio. Puede ser que les cabecillas de turno lo hayan deseado, y esa situación sea para elles un éxito. Se sabe que hay gente que nace con el gen de la cabeza de pelotón, que necesita atención para desayunar y algo de sumisión para excitarse. Felicidad en cómodos plazos, bien sea organizando un trabajo, una boda, o la lista de regalos de reyes.

Sin embargo, hay otras personas que acaban ocupando puestos de liderazgo sin querer. La mayor parte de las veces, por incomparecencia del resto. El maravilloso arte de dar un pasito atrás todes a la vez y abandonar una carga de infelicidad, con premeditación y alevosía, sobre los hombros de alguien que nunca la deseó.

Existe a su vez una tercera vía, la del acumular responsabilidades poco a poco sin darse apenas cuenta. Como la rana que muere hervida al no percibir un aumento gradual de la temperatura del agua en el que flota. La gente se acostumbra con facilidad a lo cómodo del asiento de acompañante. En otros países, más asertivos, es posible que se valore la iniciativa y se perdonen los errores, pero estamos hablando de nuestra España, la de las luces y las sombras.

Aquí tenemos por costumbre, y a mucha honra, el criticar. Es el deporte nacional aficionado por excelencia. Raro es no conocer a habituales de la puya oral, la puñalada por la espalda o el doble sentido; gente que ha hecho de la herida un verso, y del resto de la humanidad un eterno objetivo. A esta banda se les hace la boca agua al ver a alguien tratando de pastorear voluntades.

El concurso suele comenzar bien ante una necesidad, como un viaje o evento, bien tras la desaparición de la persona que ostentaba la responsabilidad anterior. Tras las bambalinas se extienden los largos dedos de la miseria moral y se manipulan las elecciones que nunca se celebrarán. Todo en beneficio del mínimo esfuerzo y la máxima superficie de exposición al escrutinio de los demás.

En mi caso, por circunstancias personales, me vi hace años encargado de responsabilidades para las que no había entrenado. No muy importantes, cierto es, pero sí poco compatibles con mi personalidad, bastante alejada del liderazgo y del protagonismo. Suelo vivir mis aficiones con cierta intimidad, y asomo la patita por contados agujeros, como pueden ser estos textos. Me gusta contar historias, y que los focos me iluminen un par de minutos. Pero ya. Hasta ahí. Luego vuelvo al rincón donde no necesito organizar nada ni decidir por los demás.

Procede una aclaración. No se me da mal el organizar un sarao. Lo admito, y con cierta sonrisilla de satisfacción además. Puede ser que mi ansiedad, mi perfeccionismo, o mi necesidad de aceptación jueguen un papel. Lo que quizás no llevo bien es el exponerme después a la intemperie, a que la gente proteste, critique, o simplemente no quede satisfecha. Estoy más a gusto en el rincón oscuro con mis juguetes que en primera línea del frente.

El origen de la fricción, en mi caso, es que la gente alrededor se haya acomodado a la hora de organizar y tomar decisiones. No es culpa suya. Ya he confesado que yo haría lo mismo. El problema es que este sistema tiende a perpetuarse y reforzarse, con el consiguiente gasto de energía para un introvertido como yo. De alguna forma deberíamos organizarnos para que las responsabilidades rotaran de una forma proporcional y adecuada a las necesidades de cada uno.

Es pura salud cognitiva. Las personas que han nacido para mascarón de proa deben dejar el bastón de mando en ocasiones, para que así florezcan otras ideas y el suelo sobre el que se asienta el grupo pueda respirar. Y la suma de vampiros sociales, entre los que me incluyo, que no queremos salir de la bodega ni decidir el rumbo, tenemos que sentir que nuestras acciones son voluntarias y no impuestas por agentes de fuera.

 
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from El escritorio de McAllus

Después de cenar mi madre friega los platos y mi padre finge leer el periódico.

Yo busco una frase para decir en voz alta pero no la encuentro.

El reloj del pasillo marca los segundos, uno detrás de otro, como gotas de agua contra la piedra.

Nadie habla. Nunca hablamos.

Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que el silencio no viene de nosotros sino de alguiensentado a nuestro lado, escuchándonos.

Esperando que pregunte por qué mi madre no parece darse cuenta del cuarto plato que coloca en la mesa.

 
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from El escritorio de McAllus

Diana atravesaba la plaza Pío XII con la mano agarrando el culo de Arancha, la chica con la que había bailado y bebido toda la noche. Al final se dieron el lote de manera salvaje, tanto que salieron corriendo del bar para ir a la casa de Arancha, que estaba relativamente cerca.

No contaban con que no habría ningún taxi ni Cabify por la zona y con la impaciencia echaron a andar mientras se metían mano y se besaban… al menos durante los primeros quince minutos, ahora Diana tiraba de una Arancha que arrastraba los pies y apenas murmuraba unas palabras para indicarle el camino a la casa.

La miró de arriba a abajo cuando ya estaban terminando de cruzar la plaza, en cuanto la vio en el pub supo que quería liarse con ella: rubia, un poco más alta que ella y canija. «Siempre te buscas las mismas barbies cuando sales», se dijo, poniendo en su mente la voz de pito de su querido amigo Víctor.

—¿Ahora pa dónde, niña? —preguntó.

—Cruzamos Herrera Oria, la primera calle a la izquierda, número 32 —respondió con la voz pastosa—. Toma, abre tú cuando lleguemos.

Arancha sacó las llaves del bolso y se las puso en la mano libre. Diana también iba bastante borracha, pero lo llevaba mejor porque su constitución era mayor, fruto de años de gimnasio, boxeo y running.

—Ahora nos vamos a dormir, pero mañana nada te va a librar de que te co…

¡PUM! ¡PUM!

Dos disparos consecutivos la interrumpieron. Por instinto se tiró al suelo, cubriendo con su cuerpo a Arancha.

—No te muevas —sacó el móvil y marcó el 091.

—Policía Nacional, ¿en qué puedo…?

—Soy la Inspectora Diana González, número de placa 27481936 —interrumpió—. Necesito apoyo policial en la Plaza Pío XII, se han efectuado dos disparos. Creo que dentro de la Parroquia de San José Obrero.

—Envío inmediatamente agentes y una ambulancia —respondió el operador—. El más cercano está a unas pocas calles de distancia. ¿Puede darnos más detalles desde su posición?

Diana miró hacia la plaza. Las farolas estaban apagadas, aunque algunas de las casas de los alrededores habían encendido luces.

—Voy a acercarme un poco, aprovechando que no hay iluminación en la plaza. Silencio el altavoz —se giró hacia Arancha— Quiero que te quedes aquí agachada entre los coches.

La chica seguía tumbada en el suelo y apenas hizo un pequeño asentimiento con la cabeza.

Diana avanzó cubriéndose con los setos y los árboles de la plaza. Una sirena sonó llegando y vio como un hombre salía corriendo, se guardaba algo en la espalda y subía a una moto. Cuando arrancó, casi se chocó con el coche patrulla que llegaba por la misma calle.

—¡Seguidlo! —gritó Diana saliendo de las sombras— ¡Es el autor de los disparos!

Por suerte, los agentes no dudaron, a pesar de que la mujer que les dio la orden iba vestida con una falda muy mini, llevaba el pelo caoba largo alborotado, la blusa mal abrochada y manchada de múltiples bebidas.

En cuanto la persecución se alejó, Diana cruzó la puerta entreabierta de la parroquia, alumbrando con el móvil. Vio que estaba muy desordenada, como si alguien buscara algo. Avanzó hasta la sacristía del fondo. Al entrar, observó el mismo desorden y el cuerpo de un hombre calvo, regordete y vestido con sotana, en el suelo. El hombre se apretaba un trapo contra el estómago.

Diana desactivó el silencio del móvil.

—El primer coche patrulla está persiguiendo al sospechoso, hay un sacerdote herido —dijo— ¿Cuándo llega la puñetera ambulancia?

—Está a menos de tres minutos —informó el operador—. Otro coche patrulla está también más o menos a ese tiempo.

Diana dejó el móvil encima de la mesa en modo manos libres y se agachó junto al hombre.

—Tranquilo, soy policía. Los sanitarios están a punto de llegar.

El hombre intentaba decir algo, pero apenas tenía fuerzas para hacerse oír. Diana acercó el oído a sus labios.

—¿Es usted una mujer de fe?

—Hace unos años que no voy a misa, supongo que se podría decir que sí.

—El hombre ha robado unos documentos con el trozo de clave que le falta, pero tardará un poco en descifrarlo —la voz del hombre se entrecortaba con una respiración cada vez más trabajosa—. Vaya a la Iglesia de la Purísima y dígale al Padre Rigoberto que la reliquia está en peligro; él sabrá qué hacer.

—Tranquilo, en cuanto le estabilicen, usted…

Diana se interrumpió al ver que el hombre ya no respiraba. «¿Una clave? ¿Una reliquia? ¿Era la pista que necesitaba para que su caso por fin tuviera sentido?». Diana sacudió la cabeza y se arrepintió al instante, cuando un mareo casi la hizo caer.

«Daré mi declaración, iré a por mi placa y el arma y visitaré esa iglesia».

Salió de la parroquia y se acercó a Arancha, justo cuando llegaban la ambulancia y otro coche de policía.

—Guapa, me temo que nuestra noche de pasión va a tener que esperar a otro día. ¿Me das tu número?


Este era el ejercicio de la semana 16 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 en el que teníamos que practicar dos finales, uno más abierto (el que continuará en mi relato largo y otro más cerrado). En este caso he decidido compartir arriba todo el relato y ahora aquí os dejo el final falso que hice para el ejercicio (el punto de divergencia es en el diálogo de «Tranquilo, soy policía».

 
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from El escritorio de McAllus

El último viernes de mi padre en la Tierra, elegí no ir verle al hospital. Durante dos semanas había ido después de trabajar y hasta la noche, para que mi madre y mi hermana descansaran.

Mi hermana me dijo que ya no iban a salir del hospital ninguna de las dos porque mi padre no volvería a casa. Ya me había despedido de él el lunes o el martes, la última vez que pareció consciente.

Murió a la mañana siguiente, sobre las ocho. Minutos después una llamada de mi hermana me despertó. Me levanté, atendí las necesidades de mis gatas y fui a reunirme con mi cuñado para ir en su coche.

Me encargué de todo el papeleo y de hablar con la mutua. Mi madre y mi hermana no estaban en condiciones para ello. El sábado por la tarde y el domingo los pasé recibiendo el pésame, besos, abrazos y palabras de ánimo de familia a la que hacía años que no veía.

Hubo una misa sin alma el domingo, poco después de comer. Fui a recoger las cenizas con mi hermana y su novio un par de días después. La urna sigue en el mueble del salón de mi madre. No he preguntado qué piensa hacer con ellas.


Este fue el ejercicio para la semana 17 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso debíamos homenajear a Annie Ernaux y practicar la autoficción (escritura del yo), procurando no embellecer la memoria, sino examinarla.

 
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from El escritorio de McAllus

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.

 
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from El escritorio de McAllus

—¡Madre bendita! —gritó Robin desde la cubierta de popa.

—Es impresionante, ¿verdad? —dijo el capitán Armand— Estoy deseando ser el primer capitán que logra atravesarla. Nadie ha vuelto a intentarlo desde lo que le pasó a la flota del almirante Leclerc.

El Vent d’Argent navegaba a toda velocidad directo hasta una tormenta que superaba en ferocidad cualquier cosa que Robin hubiera imaginado sobre la Furia. Los marineros le habían contado que aquella tormenta llevaba siglos girando sobre sí misma, impidiendo que nadie llegara al continente perdido de los ulkrudas.

Ellos navegaban sobre el agua en calma y sobre sus cabezas brillaba un esplendoroso sol, pero a unos pocos cientos de metros había unas nubes grises antinaturales que se extendían por todo el horizonte. La lluvia era tan intensa que parecía casi un muro, los rayos iluminaban la oscuridad dentro de la tormenta, las olas parecían capaces de tragarse el barco en cuanto entrara y explosiones de magma surgían del fondo del mar.

—Aunque nuestro intrépido capitán es un loco valiente y sus tripulantes los mejores que el dinero puede contratar, solo nosotros consigueremos que lleguemos a salvo —susurró Althia en la lengua druídica,—. Una vez dentro quiero que te concentres en el fuego, yo apenas podré controlar el agua y el viento.

—Sí, maestra.

—Escúchame bien, niño. Porque una vez dentro vas a entender porque viajar hasta aquí esta prohibido no solo en el Círculo, sino en tantas naciones —continuó en su lengua secreta—. Debes olvidar las enseñanzas que te hemos inculcado estos años, con estos elementos no puedes entrar en comunión. Desde la guerra elemental solo obedecen a su propia furia. Tienes que someterlos contra su voluntad.

Robin tragó saliva.

—¡Plegad las velas! ¡Poned los motores a toda potencia! —gritó el capitán y miró a los druidas— Vosotros dos sería mejor que fuerais bajo cubierta.

—No, capitán —dijo Althia abandonando la popa. Armand negó con la cabeza.

Robin la siguió hasta que los dos estuvieron en el centro del barco. Estaban a punto de entrar a la tormenta.

—Prepárate muchacho, ahora es cuando tienes que demostrarme que no me equivoqué tomándote como alumno tras doscientos años de no ver a ninguno que lo mereciera.

El chico asintió y comenzó a concentrarse en los elementos por delante de ellos. Su maestra tenía razón, no había sentido nada tan salvaje.

El barco entró en la cortina de agua. Pareció que se hacía de noche.

Una erupción de fuego surgió en medio del mar embravecido. Robin se tambaleó y golpeó con la espalda el palo mayor.

El joven enroscó su brazo con una cuerda que estaba enrollada en el mástil y recuperó la concentración. La fuerza del viento y las olas ya estaban reduciéndose, cuando consiguió someter al fuego y mantener alejadas las explosiones volcánicas.

Armand gritaba órdenes en lengua enana. Llevaban varias horas navegando. Robin había caído de rodillas pero controlaba al fuego. Althia estaba sudando y tenía los ojos cerrados, manteniéndose estable en la cubierta como si no le afectaran las embestidas del mar.

Se puso de pie ante los gritos de júbilo de los enanos. Se fijó en que por delante de ellos la lluvia parecía amainar. Pronto distinguió lo que la afilada vista de los enanos ya había visto: tierra firme, el continente perdido. Ninguna expedición lo había alcanzado desde que se formó la tormenta antinatural.

—¡No! —gritó la anciana.

Robin también lo sintió. Un elemento que había permanecido acechando, esperando lejos su momento: la ira de la tierra iba directa hacia ellos. Un monolito se elevó debajo del barco, partiéndolo en dos. El joven salió volando aún atado al mástil, que ya no estaba anclado al barco.

Luchó con todas sus fuerzas para soltarse. Algo le golpeó la cabeza y el mundo se volvió negro.

***

Robin tosió y escupió agua salada. Abrió los ojos y se enderezó con la cabeza dándole vueltas. A su lado, Pierre, el primer oficial, estaba de pie sonriendo.

—Estabas hundiéndote atado al mástil —dijo con su marcado acento—. Menos mal que no perdí mi fiel hacha de mano cuando salí despedido al agua.

El joven recorrió la cala con la mirada. Había bastantes restos del navío, así como una docena de cadáveres de enanos.

—Lo siento por tus compañeros.

—Todos conocíamos los riesgos cuando tu jefa nos ofreció el trabajo.

—Es mi maestra, y no veo rastros de ella.

—Las corrientes son salvajes en toda la Furia, pueden haber acabado a kilómetros de distancia.

—Tengo que encontrarla.

—Es improbable que haya sobrevivido.

—Tú y yo lo hemos hecho.

El enano rió.

—Yo sobreviví, a ti te rescaté.

—Vamos, la anciana es más dura de lo que parece —dijo Robin ignorando la pulla.

El enano le dio una palmada en la parte baja de la espalda.

—Andando, chaval.


Este ejercicio fue para la semana 18 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026. En este caso teníamos que demostrar que en un relato, podíamos mostrar nuestro mundo propio como parte de la narración. Creo que dejo unas pinceladas de mi mundo de fantasía propio sin que molesten a la narración, en puntos tales como la mención al almirante o a las ruinas.

 
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from keyeoh

La oscuridad amenaza con invadir el interior del coche. El tiempo abandona nuestro templado refugio al compás irregular que marcan las gotas de lluvia en una síncopa de reflejos distorsionados sobre el cristal. El calor restante no tardará en seguir sus pasos y arrancarnos del delicado abrazo del silencio.

Vemos borroso porque llevamos las gafas en la frente, justo en la linde que separa al pasado zagal del viejo en construcción. El paso a nivel de la vida, donde los chasis gastados por el uso se atascan e intentan adivinar de qué lado vendrá el tren.

Puede ser que esta vez haya suerte, y el tren sea de vía estrecha. Esos hacen menos daño al pasarte por encima, no como un martes desbocado en nuestro cubículo de color blanco sucio.

 
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from Seluloquio

Estoy empezando a entender las consecuencias de mi frágil salud mental desde que hace más de diez años tuve mi primera crisis de ansiedad. Por resumirlo en uno e ir al grano: pérdida de confianza en mí mismo. Estuve rápido tras estos peros episodios, y pronto deduje -sin entenderlo del todo- que necesitaba algo nuevo para renconciliarme conmigo mismo. La apuesta fue el teatro, y salió ganadora. Del casal de la juventud con 23 años a hacerme autónomo y estrenar mi primera obra profesional con 29. Mucha formación, mucha mierda en salas a menudo vacías, mucho teatro de las oprimidas y mucha impro en una corta y emocionante trayectoria. El escenario era mi sitio seguro, y Momo y Lea eran mis anclas. Como Diciendo Teatro fue mi hogar, un lugar donde expandirme, disfrutar, aprender y ponerme a prueba constantemente. Entonces llegó un embarazo ilusionante que transformó mi cabeza y me conectó de nuevo con la falta de confianza en mí mismo. Mis cimientos no eran sólidos y el edificio se derrumbó antes incluso de ser, de facto, padre. Pero la idea de ser padre es también poderosa, y los miedos afloraron en mí a partir del tercer trimestre de embarazo de mi pareja. Soy un artista precario, impostor, irresponsable. Necesito ser otra cosa, mi familia necesita que sea otra cosa. Esos pensamientos son el caballo de Troya para la ansiedad.

Tras estrenar este primer montaje profesional, y con el nacimiento de mi hijo al caer, una llamada lo cambia todo: ¿quieres trabajar a media jornada como auxiliar de bibliotecas en la universidad? Emoción y dudas, pero yo había aprobado ese proceso y era un trabajo estable con el niño a punto de llegar. Sí, quiero.

La sombra se cernió sobre mi, implacable. Ya era padre, y no estaba preparado para ello. Nadie lo está. Solo me preocupaba ser el padre que decidí ser: presente y cariñoso. Pero no tuve en cuenta que no sabía cómo hacerlo. No lo había visto, no tenía un modelo. La sombra. Deseos y heridas que chocan constantemente y que hacen que te cuestiones día tras día. Un juicio que no cesa, en el que llevo ya inmerso más de cuatro años. Y en camino, unas costas altísimas derivadas de la falta de amor propio y confianza: pérdida de amistades, abandono de actividades, aislamiento silencioso y paulatino… He renunciado durante mucho tiempo a ser yo mismo por miedo. Me he sentido insuficiente durante mucho tiempo. Cuánto dolor. Años en los que estar bien era un estado transitorio. Estos últimos meses, coincidiendo con crecimiento de mi hija pequeña, me he dado cuenta de que con pacientes y trabajo, poco a poco, vuelvo a sentirme iluminado. El foco me apunta a mí. Aún es un cenital bien cerrado, duro. Pero es mi marca, me muevo ahí. El momento de soliloquio. Vuelvo a verme. Voy entendiendo mi sombra, el miedo a mirarla directamente ya no es tan grande.

Hoy, puedo decir con benevolencia que no soy el padre que aspiraba a ser, pero tampoco el que temía. Y me abrazó a eso para seguir haciendo crecer mi propia voz. Empieza, de nuevo, el seluloquio.

 
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from keyeoh

Tengo una relación un poco extraña con los viajes. De joven, viajé bastante por España y por Europa, cuando era más difícil viajar. ¿Difícil? Bueno... caro, lento, sin móviles, sin Internet, etc. Nos hacemos a la idea. Les cuento a mis hijos ahora que me iba a la República Checa en autobús, dos días y medio de viaje, y que luego allí hacíamos llamadas a cobro revertido o buscábamos la tarjeta de teléfono más barata, y les queda a los pobres cara de dibujo animado, con la boca abierta hasta el suelo.

Ahora, sin embargo, me da una pereza que me muero. El sofá, la manta y un buen libro o una serie, ejercen un poder erótico e hipnótico sobre mí. Mi compañera de vida lo sabe, y cuando quiere que hagamos un pequeño viaje, comienza una campaña de acoso y derribo paulatino, hasta que no me queda más remedio que claudicar, aceptar que es bueno que me dé un poco el aire, y levantarme del sofá. Eso sí, lo hago despacito y, cuando ella no me ve, le guiño un ojo al sofá y le susurro un tórrido “ahora vuelvo”.

Me he hecho mayor, sí, pero no creo ser el único culpable de todo esto. El mundo del viajar ha cambiado también. Ahora, ser turista es una necesidad. Los medios y las redes sociales nos acosan hasta hacernos creer que si no pasamos la semana santa en Roma (plan que no me puede atraer menos) no somos más que parias. O que gastarse el diez por ciento de tu sueldo anual en un viaje de cuatro días es un “caprichito” que hay que darse, una alegría para el cuerpo. Cuerpo que luego será alimentado a base de pan y agua, porque de algún sitio habrá que recuperar el efectivo.

Legiones de influencers señalan con el dedo y todos agarramos nuestra maleta de cabina y acudimos a la llamada de nuestros amos. La diferencia es que ellos no pagan, cobran. Recuerdo mi última visita a Lisboa, en la que éramos (me incluyo) tantos turistas, que en un tranvía casi sale mi hija pequeña despedida cual rubia bala perdida. Si en algún sitio hay que hacer cola para sacar una foto sin que te estorbe nadie el encuadre, igual deberías preguntarte quién ha decidido ir allí, si tú o el inconsciente colectivo que habita tu teléfono móvil.

Por si todo esto no fuera bastante, tengo que añadir además que hace ya unos cuantos años que vengo padeciendo de problemas intestinales crónicos, lo que dificulta algo más todavía el hecho de viajar, especialmente si te vas a sitios donde el cambio de dieta se note más. Yo, además, tengo por costumbre comer todo lo comible, vaya donde vaya. Mis diarreas me ha costado ser tan abierto de mente (y de esfínter, para qué negarlo).

Todavía recuerdo con cierta ternura a un matrimonio con el que coincidimos en un viaje organizado a China. Como no les gustaba la comida de allí, se las habían ingeniado para llevarse pan de molde y paquetes de jamón serrano envasados al vacío en la maleta. No sé si iba en serio, o si se trataba de una performance sobre los efectos laterales del turbocapitalismo. Les guardo cariño porque pertenecían al sector sanitario y acudieron a mí con Fortasec cuando más lo necesitaba.

Conocí a un señor muy majete en uno de mis viajes de trabajo a Brasil que tenía por costumbre, desde su jubilación, vivir seis meses al año en otro país. Cada año, uno diferente. Acompañado de su esposa, alquilaban un piso en algún pueblo, y se dedicaban a hacer vida de jubilados por allí. Compraban, comían y tomaban el café donde lo hacían los lugareños, ya que evitaban vivir en sitios turísticos. Esto sí que me parece una forma mejor de viajar, pero claro, hay que estar jubilado y tener una pensión que te lo permita.

Porque cuando nos ponemos el disfraz de turista, ¿realmente estamos viajando? ¿Estamos conociendo otra cultura? ¿O sólo la postal artificial creada a propósito para el consumo? Yo mismo me he sentido así en alguna visita guiada, un bulto más dentro de una masa informe que circula, ríe, se asombra, hace fotos y consume. ¿Puede un documental decente, visto en la comodidad de nuestro salón, enseñarnos más sobre un país que el hecho de ir hasta allí? Parece ridículo, pero este mundo en el que vivimos no deja de sorprendernos para mal.

Los centros de nuestras ciudades cada vez se parecen más entre sí. Las mismas tiendas, los mismos bares, los mismos turistas. El viajar, paradigma de la experiencia cultural, se ha convertido en una mercancía más, algo con lo que regatear y conseguir más por menos. Además, nuestros queridos amigos los bancos, siempre pendientes de nuestro bienestar, lanzan líneas de financiación para que no pases el mal trago de ser el único de tu barrio que no se ha ido a París este puente.

¿Sueñan los turistas con franquicias eléctricas? Esto es, ¿tanta ganancia económica nos dejan al visitar nuestras ciudades? Cuando no somos turistas, pero sí lugareños, es cuando le vemos las costuras al fenómeno. Tengo la sensación de que el sistema económico asociado al turismo se parece cada vez más a una economía circular, pero en el mal sentido. Gente que viene de fuera y consume en franquicias de fuera, para gran solaz de la hostelería. Pero más allá de la barra del bar, ¿cuál es el impacto real en una ciudad y en la comodidad de sus ciudadanos?

Nosotros cuando viajamos tratamos de ser conscientes del problema. Compramos en comercios locales, nos interesamos por la cultura, la historia y la gastronomía de la zona. Intentamos no molestar a los que tienen que vivir y trabajar en la misma línea temporal en la que nosotros nos rascamos la barriga. Incluso así, tengo la sensación de que no somos más que turistillas de nivel regular tirando a cutre, pues el sistema deja poco margen a la improvisación.

Quizás por eso muchos de nuestros viajes de los últimos años han estado asociados a la “España vaciada”. Por todo esto, o simplemente porque soy un tiquismiquis y la única manera de que alguien me aguante es yéndome a un erial solitario y quejándome a los pájaros.

 
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from sgimeno

Macbook Neo

Huei m'estimo d'escribir un post sobre o nuevo portatil d'Apple o Macbook Neo, o portatil de baixo coste u barato d'Apple.

Miraba un nuevo portatil ta cambiar o mio Macbook Air M1 qui ya teneba un zarpau d'ans y caleba esviellar-lo. Bi heba rumors d'un nuevo Macbook barato y cuan plegó o momento d'a presentacion lo merqué sin garra dubda.

Dimpués de tener-lo unos dias de prueba, he de decir qui la crompa ha siu tot un acierto. O portatil rinde muito bien. Muita chen deciba en as retes socials qui s'hi os ocho chigas de RAM no bi heban suficients y totas ixas cosas. Dimpués de probar-lo y probar-lo bien he de decir qui ye un portatil sobrebueno ta un uso normal-meyo.

Yo viengo d'un Macbook Air M1 d'ocho chigas de RAM una machina pareixida a o Neo. He de decir qui o Neo ye millor, con un script qui calcula primos sale que o Neo calcula un millon de primos por minuto. Yo uso o portatil con muitas pestanyas(una quincena con tota mena de retz socials), VS Code, Libre Office, antimás d'o Logseq o Good Notes. Pues con toz y con ixo a RAM en uso yera de 7 GB, con uno libre.

Yo creigo qui iste portatil se va mercar como pan calient, especialment ta chen que tiene iPhone o usa lo portatil ta un uso normal.

 
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from Francisco Molinero

Hay mucha gente que está muy sola. Aquí la palabra muy tiene un significado distinto. Claro, no se puede estar algo sola, muy solo, casi solo, o sí, pero yo a lo que me quiero referir con el muy es que está sola en contra de su voluntad. Mi experiencia es que en muchos casos estas personas sufren distintos problemas de orden psicológico. Nunca he sabido si estos problemas son la causa o el efecto de la soledad, pero sé que están vinculados. Es fácil encontrarles en grupos de activismo autogestionado, en los que toda participación es bienvenida y las prioridades de los grupos están firmemente amarradas a los cuidados. No hacer sentir a nadie mal, cuidarnos unes a otres, etc. La cuestión es que tras estos mimbres en muchos casos no hay más que un firme deseo de no hacer daño, de ser amables y respetuoses pero nada más allá. Quiero decir que una vez terminada la reunión, el acto, la acción, cada une se va a su casa y no hay más cuidados que valgan. Es lógico, el grupo se ha generado para hacer algo en concreto, leer un libro, oponerse a un centro de datos, lo que fuere y no tiene como objetivo generar lazos estrechos, es más en muchos casos hay mucha gente que no tiene fácil las relaciones personales, neurodivergencias u otras predisposiciones culturales o personales hacen que el grupo se interpreta en un sentido de utilidad práctica, sin más corazón.

A esto se suma que los grupos de activismo usan las redes sociales para coordinarse. Grupos de mensajería donde debatir o coordinarse. La gente que está muy sola usa estos grupos de mensajería como una medicina contra su mucha soledad. Escribe mensajes a todas horas, opina o pide opinión, comparte en unos grupos lo que ha visto en otros, escribe en privado para pedir explicaciones y termina cansando al grupo, haciéndose incomode, aburriendo, pero nadie sabe cómo enderezar la situación. Mensajes que no generan respuesta, menciones al hecho “genérico” de que no hay que usar el grupo salvo para lo que está pensado. Asambleas donde algunes se quejan del exceso de mensajes ed una manera general sin llegar a decir nombres, señales de todo tipo que pasan absolutamente inadvertidos para les muy soles hasta que es tarde y alguien lo dice claro y la persona se siente herida y se va y nadie mueve una mano para evitarlo y hay un dolor pequeño, una herida, un desgarrón que acompaña a una sensación de alivio que se siente culpable.

Ahora hay una persona muy sola que lo está más.

 
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