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from Masa animal

Minirelato: A Serafé

—¿Nunca te has enamorado así? —No —Serafé mira a los ojos— nunca.

Yaru se pregunta si se enamoraría de ella. Ahora mismo está pensando en los tonos más hondos y oscuros de su piel, y en sus ojos marrones.

No hizo falta añadir nada más. Serafé se quedó pensando en sus cosas. Yaru tenía el pensamiento en sus ojos negruzcos, su mirada curiosa y el gusto con que se había dirigido a ella.

Serafé la abrazó antes de irse. Era cariñosa. Bromeando, le había contado a Yaru que era acuario. «Aquí todas somos muy artistas, artistas interdisciplinares».

Serafé respondió riendo al comentario de Yaru. Dijo que ella iba un poco a su bola. Serafé parecía que remaba en todos los mares.

Yaru se puso a pensar quién más en su vida es acuario o lo fue... Sabía que Serafé le había llamado mucho la atención y le apetecía verla de nuevo.

Yaru sintió una conexión en su forma de mirarse. Conversaban, reían y chismorreaban, y Yaru lo que pensaba simultáneamente era cuánto le gustaba estar conociendo y hablando con Serafé.

A cada palabra era mucho mejor. Ella sabe que las personas no son perfectas, pero Serafé parece esa persona con la que salir a desayunar y merendar y olvidarte del reloj; salir a bailar y volver tarde a casa porque te quedas contando las estrellas. Serafé era una persona nueva y traía algo nuevo y emocionante para Yaru.

¡Encima, era una tía encantadora y antirracista, activista y bollera! Torta. Sabe mucho de pedagogía y de género. Yaru querría volver a verla y que se volvieran a besar con los ojos.

Yaru compró algo en su puestecito. —¿Qué te pongo en el concepto? —Mm… Tijera. Yaru fijó su mirada en ella, asintiendo, y sonrió. — Tijera, interesante... Rieron. Más tortas que las campurrianas.

Yaru pensó que si acaso era posible que cuando le gusta alguien, le guste tanto. «Quisiera quedarme más rato hablando con Serafé y contarle qué cosas hago y me gustan. Y si acaso pudiéramos compartir más rato» pensó Yaru. «Hoy no, pero cualquier otro día podría ser».

Serafé tiene la piel como tostada y es morena. Yaru cree que es más mayor que ella. Ve a alguien lleno de ganas de vivir y se la comería con la mirada.

Si la dejaran allí con Serafé y la vida dispusiera un tiempo para que ellas hablaran, seguirían ahora mismo dentro de ese momento.

 
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from Sé verlas al revés

Si nos retrotraemos a nuestros primeros recuerdos, muchos de nosotros reconoceremos en ellos algún mapa. La fascinación de una hoja amarillenta con los bordes resquebrajados, trazando la ruta hacia un tesoro es, casi con toda seguridad, uno de esos primeros lugares comunes de nuestra infancia. En mi caso, además de ese pequeño Livingston que todos llevamos dentro, guardo un especial recuerdo de mi primer atlas y del primer globo terráqueo girando a medida que mi dedo señalaba los distintos países. Los mapas siempre han estado ahí.

Fotografía cenital de una persona mirando un mapa sobre una mesa. Sobre el mapa hay una cámara fotográfica reflex, un par de marcadores y una tablet en la que también se ve un mapa.

© Simon Migaj

Hoy, cuando gran parte de nuestra actividad está relacionada con la tecnología, las redes sociales y las interacciones personales en línea, si necesitamos un mapa, un navegador para ir de un sitio a otro o simplemente queremos saber dónde queda una dirección, todos terminamos en el mismo sitio. Pero hay vida más allá del gigante de las letras de colores [1]

Atendiendo al título de este artículo y tratándose de recursos libres y cartografía colaborativa, se hace imprescindible empezar citando a OpenStreetMap que, junto con Wikipedia, puede ser considerado uno de los proyectos colaborativos más grandes y activos de cuantos existen; no en vano es popularmente conocido como la Wikipedia de los mapas. Pero por si aún queda alguien que no sepa de su existencia y sin ánimo de profundizar en aspectos técnicos, definiremos a OpenStreetMap (OSM) como un mapamundi de acceso, uso y edición totalmente libres[2], es decir, que cualquiera puede acceder a la información ofrecida por OSM, reutilizarla en cualquier otro proyecto y editarla, contribuyendo así a su crecimiento.

Cuando OSM echó a andar allá por el año 2007, el mapa era poco más que un puñado de vías en las ciudades más importantes; olvídense de poblaciones medias o pequeñas. Recuerdo la primera vez que supe del proyecto y quise ver cómo se mostraba mi ciudad: prácticamente nada, todo estaba por hacer. Había que trazar cada una de las vías desde cero. Afortunadamente, desde el principio contaron con la ayuda de capas de fotografías aéreas que servían de referencia para el trazado de las vías y edificios, pero para todo aquello que no aparecía, ya fuera por ser posterior a la toma de dicha fotografía o porque ésta no lo mostraba correctamente, había que calzarse las botas y, GPS en mano, salir a cartografiar.

A día de hoy se podría decir que el grueso del trabajo ya está hecho, aunque siempre haya algún nuevo edificio o calle que añadir. Lo que más se necesita ahora quizá sea mejorar lo que ya hay completando la información descriptiva de los elementos (tipo de vía, direcciones, información sobre comercios, etc.).

Recursos disponibles [3]

Centrándonos en la edición de OSM, podemos distinguir dos grupos de herramientas, las utilizadas on line y las de escritorio (sea este móvil o no). En el entorno on line, la propia web de OSM nos permite la edición a través del editor iD sin tener por qué recurrir a herramientas instaladas en nuestros equipos[4]. Se trata de una interfaz de edición muy intuitiva, con la posibilidad de utilizar diversas capas de referencia y con un sistema de etiquetado muy amigable. El único requisito previo (a este y a cualquier otro medio de edición) es disponer de una cuenta de usuario en OSM para poder subir los cambios realizados.

Una vez que vas avanzando y descubriendo los entresijos de la edición y el etiquetado de los elementos, puede que notes que el editor en línea se queda un poco corto; es el momento de dar el paso a JOSM, una aplicación de escritorio altamente configurable y ampliable mediante extensiones que nos permite editar más datos a la vez, utilizando herramientas más avanzadas pero a costa de una mayor complejidad.

Para las plataformas móviles (smartphones y tablets) disponemos de algunas aplicaciones que merece la pena mencionar. En primer lugar y en consonancia con los editores al uso, nombraré a Vespucci, una aplicación para Android con un importante desarrollo detrás, lo que la hace una herramienta increíblemente potente; tengamos en cuenta que nos estamos refiriendo a un editor de OSM al que le sumamos la funcionalidad de un GPS integrado en el mismo dispositivo.[5]

Una aplicación con una filosofía muy distinta a la edición convencional en OSM que no podemos pasar por alto es StreetComplete. Programada para Android, está pensada para ser usada a medida que nos movemos por la ciudad y, básicamente, lo que hace es mostrar un mapa de nuestro entorno a la vez que nos va preguntando por información de elementos próximos a nuestra posición con objeto de completar los datos de OSM en esa zona. Esta interacción le sirve a OSM como método de verificación, corrección y mejora de la información disponible. Además de haberse convertido en la herramienta ideal de todo mapeador para ser usada en cualquier momento, puede ser la perfecta vía de entrada para todo aquel que quiera iniciarse y aún no tenga los conocimientos básicos sobre el etiquetado utilizado por OSM e igualmente válida para los más pequeños de la familia pues, además de la satisfacción que ofrece jugar con un mapa, cuenta con el incentivo de conseguir estrellas a medida que se van superando determinados objetivos[6].

Uso y aprovechamiento de la cartografía colaborativa

Si el hecho de colaborar en la elaboración de un mapa tan amplio y completo como es OpenStreetMap no nos parece suficiente motivación, existen comunidades alrededor de OSM interesadas en cartografiar diferentes características en función de sus propios propósitos de forma que el fin último no solo sea llenar un mapa de caminos, carreteras, edificios, etc., sino conseguir un aprovechamiento de toda la información volcada en esta gran base de datos. Así, podemos encontrar utilidades relacionadas con las más diversas actividades como puedan ser el ocio, la educación, la cultura, la integración social o la ayuda humanitaria. A modo de ejemplo traeré tres de los casos más representativos:

Waymarked Trails: Se trata de un sitio web que muestra rutas recreativas de senderismo, ciclismo (de ruta y MTB), patines, a caballo y esquí, permitiendo analizarlas directamente sobre el mapa accediendo a su trazado, perfil de elevación e información detallada. Facilita la descarga del fichero de la ruta correspondiente para poder ser utilizado en dispositivos externos como navegadores GPS y aplicaciones móviles.

Wheelmap.org: Proyecto comunitario interactivo que recopila y muestra información relevante sobre lugares accesibles para usuarios de sillas de ruedas, contribuyendo así a mejorar su participación e integración social. Como proyecto colaborativo que es, cualquiera puede unirse y referenciar mediante el uso de pictogramas los niveles de accesibilidad que ofrecen los diferentes lugares para dichas personas.

HOT: Acrónimo del Humanitarian OpenStreetMap Team (Equipo Humanitario de OpenStreetMap), equipo internacional dedicado a la acción humanitaria y al desarrollo de la comunidad a través de la cartografía abierta y colaborativa. No es un proyecto finalista como puedan serlo los anteriormente descritos o muchos otros, sino que forman una plataforma que trabaja proporcionando datos cartográficos para la gestión de desastres naturales, reducción de riesgos y contribución al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Junto con otras organizaciones y reunidos bajo la iniciativa missingmaps.org, organizan actividades y encuentros (mapatones)[7] promoviendo la cartografía de los lugares en vías de desarrollo y más vulnerables del mundo con el fin de que las organizaciones no gubernamentales internacionales y locales puedan utilizar la cartografía y los datos para dar mejor respuesta a las crisis que afectan a dichas zonas.

¡A mapear!

Si después de leer este artículo introductorio al mapeo colaborativo con herramientas libres deseas profundizar más o quieres unirte a la comunidad de colaboradores de OSM y empezar a editar, te sugiero que comiences por la extraordinaria Wiki de OSM. Desde ahí podrás acceder a las innumerables guías para editar, solicitar ayuda a la comunidad, estar al día de las novedades y próximos eventos, etc. ¡Ánimo!

Este artículo fue publicado originalmente el 17 de enero de 2021 en niboe.info, un medio digital para “la comunicación del conocimiento desde la diversidad”.

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from Los relatos de Ibnussabel

Las noches de viernes son las peores; y si juega el Barça, ni te cuento. Además, no ha parado de llover en todo el día. No es que jarree, ni mucho menos, pero no es agradable andar por la calle. A Bilal no le queda otra, claro. Se va a pasar unas cuantas horas repartiendo pizzas en la moto de la empresa. Encima, ya nadie da propina. Qué asco de curro.

Llega a su quinto destino de la noche. Es un barrio de las afueras, de esos que tienen bloques enormes que rodean descampados de tierra donde los vecinos aparcan los coches a bulto. La dirección no coincide con ninguna vivienda. Ya estamos; le toca llamar a central.

—Hola, soy Bilal. Estoy en Santa María y no existe el número 27. Todos los portales son pares. Me da que nos han vacilado.

—Un segundo, que compruebo. —Tras un breve rato de espera, llega la respuesta—: No creo que sea una broma, tío. Lo han pagado y todo.

—Pues ya me dirás. Estoy aquí, a tomar por culo, en un barrizal y con la lluvia calándome los huesos.

—¿Qué dices? Si es un pedido para el centro. Calle Puerto de Santa María 27. ¿Dónde estás tú?

—¡No me jodas! Aquí pone “Santa María 27”. Estoy en Can Susqueda, en la plaza de Santa María.

—Anda, que ya te vale, Bilal. Tira para el centro, venga.

De camino al destino correcto, le dan el alto en un control de los Mossos d’Esquadra. Mientras le piden la documentación, revisan el baúl, abren las cajas de pizzas y le preguntan las mismas tonterías de siempre, el teléfono del repartidor no para de vibrar. Cuando por fin puede reanudar la marcha, ve que tiene quince avisos de central. El cliente está muy enfadado por la espera. Al menos ha parado de llover.

Se apresura para llegar cuanto antes. No tarda ni cinco minutos en recorrer un trayecto que, según Google Maps, requeriría el doble. Llama al timbre y le contesta el cliente, cabreado:

—¡A buenas horas! ¡Van a estar ya congeladas! ¡Te vas a meter las pizzas por el culo, imbécil!

Qué hijos de puta. Como si fuera culpa suya que hayan anotado mal la dirección y le hayan parado los mossos. Está bastante harto del día de perros que está teniendo. A su lado, hay una plazoleta prácticamente vacía y un banco que, a pesar de estar mojado, le invita a tomarse un merecido descanso. Al fin y al cabo, ya está empapado. Se sienta y abre la primera caja. Una cuatro estaciones. Es verdad que está fría, pero a esas horas entra de vicio.

#relato

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Lo primero que notó fue el silencio. No se trataba de la quietud habitual de un edificio administrativo en horas muertas; era más denso, como si las paredes estuvieran prestando atención. Cris desechó la idea. Sin duda, el cansancio empezaba a hacer mella. Llevaba tres años trabajando en el archivo municipal. Desempeñaba una de esas tareas invisibles que sostienen la memoria de una ciudad sin que nadie repare en ellas. Catalogar expedientes, digitalizar planos, organizar carpetas que no se volverían a abrir. Su oficina era un sótano inmenso y antiguo. Hileras de estanterías metálicas formaban pasillos interminables. El olor a humedad y a papel viejo impregnaba el aire.

Para otras personas, pasar la jornada laboral en ese ambiente podría resultar deprimente; a elle, no obstante, le transmitía paz. El mundo exterior, como solía llamarlo, era un lugar ruidoso, caótico y lleno de gente con prisa. En el archivo, en cambio, cada cosa estaba en su sitio. Las piezas de inventario seguían un patrón lógico. Todo tenía una explicación. O, al menos, eso parecía.

Esa mañana, estaba clasificando planos urbanísticos de los años ochenta. Reformas, ampliaciones, ajustes de normativa. Al cabo de un rato, empezó a detectar demasiados elementos innecesarios. Hospitales con pasillos que no llevaban a ninguna parte, escuelas con muros dobles sin función aparente, oficinas con salas técnicas demasiado grandes para las instalaciones que albergaban. Etiquetó algunos documentos con notas adhesivas.

De forma aislada, las anomalías no resultaban tan extrañas. A veces las normativas cambiaban durante las obras, o el equipo técnico camuflaba discrepancias presupuestarias. No obstante, presentía que había algo más. Como si esos diseños se hubieran ideado con una finalidad oculta. Estaba revisando el plano de una reforma de su propio archivo cuando el silencio se volvió más profundo. Entonces, lo oyó. Un ruido. Muy débil. Venía de la pared. Se mantuvo inmóvil. No era un sonido constante. Era una vibración suave que aparecía y desaparecía a intervalos irregulares.

Acercó la oreja al muro. Nada. Se apartó. El ruido volvió. Era tan sutil que quizá habría pasado desapercibido en cualquier otro lugar. En ese sótano tan silencioso, en cambio, sonaba como un murmullo. Escribió otra nota en el plano. «Muro doble. Cámara interior no especificada.» No había ninguna indicación sobre qué se encontraba al otro lado de esa pared. Eso era muy raro.

Por la noche, se llevó algunas copias de los documentos a casa. Era un piso pequeño y funcional en perfecto estado de revista. Multitud de libros y papeles llenaban las estanterías en un orden calculado a la perfección. Escaneó los planos y los superpuso digitalmente. Al principio, buscaba anomalías sencillas. Pasillos huérfanos, muros demasiado anchos, habitaciones innecesarias. Al cabo de unas horas, tuvo una intuición. Pintó los huecos con marcador. Al terminar, descubrió el patrón. Los espacios vacíos no se distribuían de manera aleatoria. Formaban líneas sutiles que atravesaban los planos y se entrelazaban entre sí.

Abrió un mapa de la ciudad y superpuso los esquemas. Lo que reveló el gráfico era sobrecogedor. La red no solo conectaba habitaciones, sino edificios enteros. Hospitales, escuelas, centros cívicos, todo tipo de dependencias municipales. La ciudad escondía un entramado oculto. «Quizá solo sea una coincidencia», pensó. Entonces, recordó el ruido.

Al día siguiente, Cris habló con su amiga Clara. Se encontraron en un café cercano a la facultad de Arquitectura, donde se habían conocido hacía doce años.

—A ver —dijo ella mientras removía el café—. Explícame por qué me has hecho venir para revisar unos planos municipales de los ochenta.

—Mira esto —contestó le archiviste, mostrándole los documentos en su tableta.

La arquitecta los observó un buen rato. Al principio, con escepticismo. Después, con más atención.

—Reconozco que es un poco raro —admitió—. Las desviaciones puntuales no son infrecuentes. Sin embargo, visto en conjunto, resulta un tanto extraño.

Cris amplió el alcance del mapa para mostrar la ciudad entera. Clara arrugó la frente.

—No puede ser casualidad —sentenció.

—Entonces, no es mi imaginación, ¿verdad? —inquirió Cris.

—Las cavidades siguen una lógica. Parecen optimizadas.

—¿Con qué finalidad?

—Eso me gustaría saber —concluyó Clara.

La tercera persona que se unió al grupo no tenía ningún interés en los planos. Cosme llevaba más de veinte años encargándose del mantenimiento del edificio. Era un hombre recio. Su voz cálida y su forma sosegada de hablar transmitían confianza. Conocía cada recodo del archivo. Cris lo encontró atareado con un radiador.

—Cosme, ¿te puedo preguntar una cosa?

—A ver. ¿Qué se ha roto ya?

Cris esbozo una sonrisa.

—¿Qué hay detrás de esa pared?

Cosme fijó la mirada en el muro durante unos segundos.

—¿Por qué lo preguntas?

Le archiviste le contó lo del ruido. El encargado de mantenimiento le escuchó sin interrumpirle. Cuando acabó, apoyó la mano en el radiador.

—Es un edificio antiguo; hay espacios que ya no se utilizan.

—¿Como cuáles?

Cosme dudó.

—Cuartos de servicio, pasadizos viejos.

—Aquí no hay tuberías —aseguró Cris señalando el plano.

—No todo sale en los papeles —contestó Cosme sin mirar el documento—. Es mejor así.

Cris volvió a su mesa con una sensación extraña. El tono evasivo del encargado de mantenimiento le hacía sospechar. Tenía la impresión de que ocultaba algo. Esa tarde, volvió a oír el ruido. Pegó de nuevo la oreja a la pared. El murmullo parecía seguir un ritmo. Una pulsación lenta. Dio un par de golpes suaves con los nudillos contra el muro. El sonido cesó de inmediato. El silencio que lo sustituyó era incluso más profundo que antes. Por un breve instante, sintió que, al otro lado del muro, algo se había quedado quieto para escuchar mejor.

Al día siguiente, llegó al archivo con sensación de haber dormido mal, sin descansar. Encendió el ordenador, revisó el listado de expedientes pendientes, respondió un par de correos. Se refugió en su rutina apacible. Sin embargo, debajo de esa fingida cotidianeidad, se escondía, agazapada, la expectativa.

Contuvo el impulso de acercarse a la pared durante una hora. Se repitió que todo era normal; los edificios antiguos hacían ruidos. Tuberías, roedores, aire. No había nada extraño, solo su desbocada imaginación. Cuando no pudo resistir la tentación y volvió al muro, el murmullo ya estaba ahí. Tenue, pero audible. Como una tela rozando la piedra. Enganchó el móvil a la pared con cinta americana, encendió la grabación de sonido y se fue a trabajar al otro extremo del sótano. Un par de horas más tarde, volvió a recogerlo. Al reproducir el archivo, los primeros minutos eran un silencio continuo. Después, alejada, aparecía esa vibración familiar. Al cabo de un rato, arrancó una pulsación grave, como un corazón latiendo a cámara lenta. Un escalofrío le recorrió la piel. En la pantalla del móvil, el gráfico de ondas sonoras mostraba picos regulares. No era casualidad.

Exportó el fichero al ordenador. Abrió un programa gratuito de análisis de frecuencias. El resultado mostró una concentración de actividad en una franja muy baja, casi imperceptible por el oído humano. Pero lo más inquietante era otra cosa. Encima de la cadencia principal aparecían pequeños armónicos, como si algo hablara en medio de ese pulso. Cerró el archivo de golpe. El corazón le latía desbocado. Miró hacia el muro y sintió que no estaba sole.

Esa misma tarde, Clara se presentó en el archivo con un cuaderno de tapa dura y una mochila llena de cables.

—He tenido una idea —dijo, a modo de saludo.

Se instalaron en una de las mesas del fondo, lejos de la puerta. La arquitecta desplegó los planos impresos, colocó reglas y un pequeño micrófono de contacto.

—Esto sirve para captar las vibraciones del material —explicó.

Cris asintió. Clara fijó el micrófono contra la pared y lo conectó a su portátil. En la pantalla, aparecieron líneas finas y nerviosas.

—Ahora, silencio —ordenó.

Durante unos segundos solo se apreciaba un susurro de fondo. Después, como si hubiera estado esperando una orden, el pulso grave emergió con claridad. Clara frunció el ceño.

—Esto no es una tubería.

—Ni una rata —corroboró Cris.

Clara ajustó unos parámetros, filtró el sonido, amplió. Entonces, un patrón se reveló con mayor nitidez. Impulsos con intervalos precisos, como si se tratara de un código.

—No digo que sea un mensaje —murmuró Clara—, pero es demasiado regular para ser fortuito.

Le archiviste sintió un poco de alivio. Que su amiga compartiera sus temores era reconfortante, aunque también terrible.

—He superpuesto planos de edificios enteros. Las cavidades forman líneas por toda la población.

—Lo sé —agregó Clara sin levantar la cabeza—. He estado dos días modelándolo.

Una imagen 3D llenó la pantalla del portátil. Era una maqueta digital de la ciudad, con formas oscuras dentro de los edificios, como órganos latentes. Las líneas las conectaban de manera indirecta.

—Esto es lo que me preocupa —dijo Clara—. Los túneles se interrumpen; no se puede acceder de una cavidad a otra por ellos. Es una red de resonancia.

Cris la miró y tragó saliva.

—Como un instrumento —aclaró su amiga—. Uno gigante.

Cris recordó de pronto un detalle que le había parecido irrelevante y que ahora empezaba a cobrar sentido.

—Hay un término que se repite en los informes, ya sean de un hospital o de un almacén. «Mejora acústica». Nunca se aclaran los motivos.

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Clara.

—Porque nadie los conoce.

Cosme entró en el sótano y se encontró a la pareja de investigadores improvisados en medio de su tarea. Con la expresión de quien ve un accidente y no puede apartar la mirada, les preguntó:

—¿Qué diablos estáis haciendo?

—Escuchamos la pared —respondió Cris con calma.

Cosme observó la parafernalia que tenían desplegada.

—No es una buena idea —sentenció.

—¿Por qué? —preguntó Clara.

—Porque cuando empiezas a notar según qué cosas —respondió mientras se frotaba la frente con la mano—, es muy difícil parar.

—Tú también lo has oído, ¿verdad?

—Hace muchos años —contestó tras una larga pausa—. Cuando empecé a trabajar aquí y quería arreglarlo todo, encontré una puerta sellada. No aparecía en ningún sitio. Pregunté y me dijeron que era un antiguo cuarto de servicio.

—¿La abriste?

Cosme negó con la cabeza.

—Estaba soldada. Me apoyé en ella y sentí como… un latido.

Clara se quedó quieta, pero sus ojos tenían un brillo peligroso. Cuando la curiosidad alcanza al miedo, lo confunde con una promesa.

—¿Dónde está esa puerta?

—No lo sé —dijo Cosme en un tono de voz demasiado alto—. Y, si lo supiera, no os lo diría.

—¿Por qué? —suplicó Cris.

El de mantenimiento clavó su mirada en los ojos de le archiviste.

—Porque he visto a la gente cambiar. Funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida, como si se hubieran pasado la noche escuchando la radio en un idioma que no existe.

—Eso suena… —empezó Clara.

—No me digas a qué suena —cortó en un tono abrupto—. Ese es el problema. Que siempre hay algo que suena.

Todos callaron y el silencio denso del sótano les envolvió. Entonces, Cosme relajó los hombros y sentenció:

—Haced lo que queráis. Pero cuando empiece a meterse en vuestras cabezas, no digáis que no os advertí.

Esa noche, Cris volvió a revisar los expedientes. Buscó más coincidencias. Palabras repetidas, nombres de empresas, firmas. No encontró ningún patrón entre los implicados. Arquitectos, administraciones, presupuestos, sociedades; todos distintos. Parecía imposible que se hubieran puesto de acuerdo. Sin embargo, había detalles menores que llamaban la atención.

Todos los informes, sin importar el área o la década, contenían una línea casi idéntica en algún lugar: «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidades de absorción.» En muchos planos, las paredes dobles no estaban catalogadas como muros, sino como «junturas técnicas». Los edificios con más cavidades coincidían con los que recibían más aglomeraciones: escuelas, hospitales, juzgados. Cris percibió una asociación desagradable. Quizá la red no se había creado para comunicar, sino para recolectar.

Abrió de nuevo el archivo del pulso. Amplió la sección donde los armónicos se oían con más fuerza. Se dio cuenta de que esa «habla» no provenía de la pared. Venía de fuera, de la ciudad. Imaginó que el muro era una membrana que filtraba los ruidos externos y los transformaba en una pulsación. Cerró los ojos. Visualizó todos esos edificios: las colas, las urgencias, los lloros, los gritos, el estrés cotidiano. Pensó en la ciudad como un ente enorme, con cavidades ocultas que vibraban sin cesar. En ese momento, le vino a la cabeza una frase que había encontrado en un expediente de hacía cincuenta años, escrita en lápiz en un margen y casi borrada: «No nos está escuchando, la hacemos sonar.»

La mañana siguiente, recibió un mensaje de Clara:

«Lo he encontrado. No es una red. Ven.»

Lo leyó dos veces. Sintió que, si seguían tirando del hilo, descubrirían algo mucho mayor de lo que habían imaginado. Llegó al taller de su amiga a media tarde. Era una antigua nave industrial reconvertida en estudio de arquitectura, con mesas grandes, pantallas colgadas en las paredes y maquetas expuestas en vitrinas. El olor a madera y café impregnaba el ambiente. Clara estaba de pie enfrente de un monitor enorme. No se giró cuando Cris entró en la sala.

—Mira.

La pantalla mostraba un modelo tridimensional de la ciudad. Edificios translúcidos emergían como bloques fantasmales. En su interior albergaban formas oscuras: las cavidades.

Cris se acercó y observó.

—He tardado horas en entender de qué se trataba —dijo Clara—. Seguía interpretándolo como una red.

Giró el modelo y las formas negras se reorganizaron. Entonces, se hizo evidente. Lo que les habían parecido líneas, eran volúmenes. Estaban conectados por alineaciones precisas, como piezas de un mecanismo.

—Si eliminas los edificios y dejas solo las cavidades, aparece esto.

Pulsó una tecla y las construcciones desaparecieron. La ciudad se redujo a una silueta de sombras suspendidas en el aire. Cris notó un vacío en el estómago. La forma resultante recordaba a un organismo vivo. No se trataba de un corazón o de un pulmón, pero las salas y pasillos recreaban un órgano imposible construido con fragmentos de edificaciones humanas.

—No puede ser —susurró le archiviste—. ¿Quién haría algo así?

—¿Quién… o qué?

Cris la miró. Clara amplió una zona del modelo.

—Ningún arquitecto lo podría planificar. Las reformas son de décadas distintas. Las administraciones cambian; las empresas también.

Siguió ampliando.

—Pero el patrón se mantiene.

Cris entendió lo que su amiga estaba insinuando antes de que lo verbalizara.

—Como si…

—Como si la ciudad misma dirigiera su construcción —concluyó Clara.

Durante unos segundos, ninguno habló. Cris recordó las palabras de Cosme. «He visto funcionarios que un día eran normales y al día siguiente llegaban con la mirada perdida.»

—No es una conspiración —exclamó.

—¿Qué quieres decir? —Clara alzó una ceja.

—Una conspiración requiere personas que sepan qué están haciendo. En este caso, nadie lo sabe.

—Tienes razón. Es peor.

Esa noche recorrieron la ciudad siguiendo los puntos del modelo. No tenían un plan claro, pero sentían la necesidad de ver esos lugares con sus propios ojos. El primer edificio era una escuela pública. A esa hora estaba desierta. Algunas luces permanecían encendidas, pero no había nadie en su interior. Se colaron y Cris consultó el plano en el móvil.

—La cavidad está aquí —dijo señalando un muro.

Clara se acercó. Golpeó con los nudillos. Sonaba hueco. Apoyó la oreja contra la pintura. Cris la observaba sin decir nada. Al cabo de unos segundos, ella se apartó lentamente.

—Hay algo ahí.

—¿El mismo ruido?

Clara asintió con la cabeza.

—Pero más débil.

Cris miró a su alrededor. Las taquillas metálicas, los dibujos infantiles, los carteles informativos. Todo parecía en orden. No obstante, debajo de esa normalidad yacía un nivel de arquitectura que nadie veía. Imaginó cientos de niños corriendo por ese pasillo cada día. Gritos, risas, lloros. Ruido. La cavidad detrás del muro no estaba vacía; algo en su interior estaba escuchando.

Visitaron más edificios, aunque solo lograron acceder a un hospital y a un centro cívico. Encontraron lo mismo. En los sitios donde la afluencia era elevada durante el día, las cavidades emitían vibraciones, como ecos distantes.

—Esto no me gusta nada —comentó Clara antes de despedirse.

—¿A qué te refieres?

—Que el patrón sea tan eficiente.

—¿En qué sentido?

—Para capturar ruido.

Esa palabra penetró en la mente de Cris. Tras unos segundos, añadió:

—No solo eso.

—¿Cómo?

Pensaba en los lugares con más cavidades: hospitales, escuelas, juzgados. Sitios donde la gente espera, discute, sufre.

—También estrés.

—Bueno. —Clara arrugó la nariz—. Eso ya es especular demasiado.

—Puede ser, pero piénsalo. Si este órgano funciona por vibración, quizá algunos sonidos vayan mejor que otros.

Clara se quedó pensativa mientras caminaban en silencio. Su expresión se había ensombrecido.

—Hay una línea entre investigación y paranoia. Creo que la estamos rozando.

Le archiviste miró el mapa en el móvil. La forma invisible de la ciudad palpitaba en su cerebro.

—Puede que tengas razón. Pero si es real, ignorarlo no hará que desaparezca.

Cuando Cris regresó al archivo al día siguiente, Cosme le estaba esperando con el micrófono de contacto en la mano.

—He escuchado la grabación —espetó sin darle tiempo a quitarse el abrigo.

—¿Y qué piensas?

Cosme dejó el micrófono en la mesa.

—Que deberíais haber parado cuando aún estabais a tiempo.

—Tú ya lo sabías —especuló Cris.

—No. Sabía que había cosas que no encajaban, pero nunca intenté descifrarlas.

—¿Por qué?

—Porque cuando algo no tiene explicación humana es mejor dejarlo estar.

Cris miró la pared del pasillo. El murmullo era casi imperceptible.

—Hemos encontrado más cavidades —explicó le archiviste—. Por toda la ciudad.

Cosme suspiró.

—Me lo imaginaba.

—¿Cómo? —Cris le miró con asombro.

—Porque llevo muchos años haciendo reformas. Y hay un detalle que nadie discute; algunas paredes no se tocan.

—¿Quién lo decide?

El encargado de mantenimiento se encogió de hombros.

—La normativa, los técnicos, alguien más veterano. Siempre surge un motivo que parece razonable. No importa cuál; el resultado es el mismo.

—¿Crees que alguien influye en las decisiones?

Cosme pensó unos segundos antes de formular su respuesta.

—Creo que la gente piensa que las ideas son suyas.

A mediodía, recibió otro mensaje de Clara:

«He ampliado el modelo. No es solo la ciudad.»

El mensaje incluía un archivo adjunto. Lo abrió y no podía creer lo que estaba viendo. El fichero mostraba varias ciudades: Barcelona, Madrid, Bilbao, Valencia. En todas ellas aparecían formas similares. Órganos distintos, pero parecidos. Conectados por alineaciones aún más grandes. Estaba absorte ante la magnitud del hallazgo. Cuando despegó la mirada del móvil, el archivo se sentía más profundo que nunca. El murmullo tras la pared le pareció un gruñido de satisfacción.

Un par de horas más tarde, recibió otro mensaje de su compañera:

«He encontrado el centro. Está debajo del archivo.»

Lo leyó tres veces. «El corazón de la bestia», pensó. No habían hablado de ello, pero ambos intuían que esa forma gigantesca necesitaba algún tipo de cámara principal. En el modelo, varias alineaciones de cavidades convergían bajo el centro histórico. Y justo ahí estaba el archivo. Miró a su alrededor. El lugar que tan bien conocía se le antojó siniestro. El murmullo tras la pared continuaba con la pulsación lenta que le archiviste ya reconocía instintivamente. Una parte de elle quería apagar el ordenador y salir pitando. Otra, la que había empezado a crecer al notar el primer ruido, sabía que no lo haría. Mandó un mensaje a Clara. Una sola palabra:

«Mañana.»

Al día siguiente, Clara llegó al archivo con unas ojeras profundas y el cabello desmandado.

—No debería haber ampliado el modelo.

—¿Por qué? —se sorprendió Cris.

—Porque ahora ya no puedo dejar de verlo.

La arquitecta abrió su portátil y mostró su hallazgo a su amigue. Había añadido una nueva capa. Unas líneas finas conectaban los órganos urbanos con puntos más lejanos. Otras ciudades, centros comerciales, puertos.

—Es global —señaló Clara.

Cris sintió un vacío bajo sus pies.

—No del todo —prosiguió la arquitecta—, pero parece que cada ciudad construye una especie de órgano propio y, luego, se conectan entre ellos.

—Como si pertenecieran a un sistema más grande —reflexionó Cris.

—No podemos demostrar nada —concluyó Clara—. Solo tenemos modelos y coincidencias.

Cris indicó el pasillo.

—Podemos mirar la cámara.

—Si hay algo ahí abajo —arrancó su amiga tras un breve silencio—, tal vez no sea buena idea ir a buscarlo.

Cosme no estaba contento cuando le explicaron el plan.

—No.

—Solo queremos echar una ojeada —insistió Cris.

—He dicho que no. —Su voz sonaba cansada—. He pasado veinte años evitando determinadas puertas, y vosotros queréis abrir la peor de todas.

—Sabes dónde está —afirmó Clara con una voz calmada.

—Sí.

—Y entiendes que, si existe, no desaparecerá por más que la ignoremos.

Tras un silencio tenso, Cosme apoyó las manos en la mesa.

—Hay una puerta antigua al final del túnel de servicio. Está soldada.

Una ola de adrenalina sacudió Cris.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí?

—Más que yo trabajando aquí.

—¿La ha abierto alguien?

Cosme negó con la cabeza.

—¿Nos acompañarás? —insistió Cris.

—No debería, pero lo haré.

El túnel de servicio era más antiguo que el sótano del archivo. Las paredes de ladrillo visto estaban recubiertas de una fina capa de polvo y humedad. Las bombillas colgaban de un cable que serpenteaba por el techo. El aire era frío. Daba la impresión de estar accediendo a una parte del edificio olvidada deliberadamente. Después de unos cincuenta metros, Cosme se detuvo.

La puerta era de metal grueso, viejo. Tenía soldaduras alrededor del marco. Cris notó algo de inmediato, el murmullo. Esta vez provenía de la puerta. Se escuchaba con mayor nitidez. Como una respiración profunda que atravesara metros de piedra. Clara extrajo el micrófono de contacto de la mochila con manos temblorosas. Cuando lo colocó sobre el metal, el gráfico del portátil se llenó de pulsaciones. Mucho más intensas que antes.

—Dios mío —susurró.

—Os lo había dicho —apostilló Cosme.

Cris se acercó a la puerta y apoyó la palma de la mano. Vibraba.

—Hay algo enorme al otro lado —aventuró.

—Sí —contestó Cosme—. Y hasta ahora ha sido mejor dejarlo tranquilo.

—Podemos abrirla —propuso Cris.

—¿Cómo? —repuso Cosme.

Clara sacó un cortador térmico de la mochila. Al encargado de mantenimiento se le escapó una carcajada nerviosa.

—Habéis venido preparados.

—Quería tener la opción —repuso la arquitecta.

El cortador dibujó una línea brillante irregular alrededor del metal. Desprendía un olor amargo mientras saltaban pequeñas chispas. Durante los veinte minutos que tardó la operación, el murmullo les acompañó.

Tras romper la última soldadura, la puerta cedió con un estruendo. El aire que salió de la cámara era diferente. Más cálido. Arrastraba un olor que recordaba la tierra después de la lluvia mezclado con algo más dulzón y desagradable.

Cris encendió la linterna y descubrió una cavidad enorme. Las paredes no eran de piedra. Estaban recubiertas de un material negro e irregular que parecía mineral y orgánico a la vez.

Clara dio un paso atrás.

—Esto no es posible.

Cris avanzó un metro. La superficie negra vibraba con suavidad, como la piel de un tambor inmenso. El murmullo era más claro que nunca. No era exactamente sonido. Parecía la combinación de miles de resonancias superpuestas, como si hubieran triturado las voces de la ciudad para convertirlas en un único impulso profundo.

Cosme se quedó petrificado en la puerta.

—¡Cerradla!

Le archiviste no se movió.

—Cris —repitió el encargado de mantenimiento—, hay que cerrarla.

Elle contemplaba absorte el centro de la cámara. Ahí, el material negro formaba una cavidad aún más profunda. Una especie de membrana gruesa que se hinchaba y deshinchaba con parsimonia. Cada pulsación coincidía con la frecuencia que habían grabado.

—Es un resonador —señaló.

Clara le miró como si no lo reconociera.

—Esto está vivo.

—No exactamente. —Cris sonrió con una calma extraña—. Es un órgano.

Cosme retrocedió.

—Esto se ha terminado.

—Al contrario —objetó Cris—. Ahora todo empieza.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué quieres decir?

Cris cogió el móvil. Abrió el archivo de sonido con la frecuencia más clara.

—Si esta cosa responde a las vibraciones, podemos hablar con ella.

—¡No lo hagas! —chilló Clara.

—Hemos estado escuchando demasiado tiempo.

Cris ajustó el volumen de su dispositivo. La membrana negra tembló levemente, como si anticipara algo. Clara dio un paso atrás. Cris pulsó el botón de reproducir.

Cuando la frecuencia empezó a emitirse, no sucedió nada. El sonido era casi inaudible. Un leve zumbido que vibraba más en el pecho que en los oídos. La pequeña caja del altavoz temblaba en la mano de Cris. Durante unos segundos, la cámara continuó con su pulso lento: inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Clara sintió como el aire se volvía más espeso. Su mente repetía una sola idea con insistencia: «Esto es un error.»

—Cris —musitó—, para.

No obtuvo respuesta. Los ojos de su amigue estaban fijados en la membrana central. La vibración del altavoz se sincronizó con el pulso de la cámara durante tan solo un instante, pero fue suficiente. La membrana negra se contrajo de golpe, como un músculo que se despierta tras un largo tiempo de reposo. Entonces, el murmullo cambió. Ya no parecía una amalgama confusa de resonancias. Se reorganizó en un patrón más complejo, con capas que emergían y se hundían como corrientes dentro de una masa líquida. Una descarga de euforia invadió a Cris.

—¿Lo veis? Responde.

—Esto no es hablar —corrigió Clara, cada vez más tensa—. Solo está reaccionando.

—Es lo mismo.

Clara negó con la cabeza. La membrana se hinchó un poco más. El pulso de la sala se aceleró. Cris aumentó el volumen.

—¡Ya basta!—gritó Cosme—. No sabes lo que estás haciendo.

—Eso es —replicó sin desviar la mirada.

Dejó que la frecuencia continuara reproduciéndose. Se produjo un cambio gradual. Primero, la superficie negra de las paredes empezó a vibrar con más intensidad. Surgía de la membrana central y reverberaba por toda la sala. La vibración subía desde el suelo por las piernas de Cris. Como un eco subterráneo que se extendía hacia afuera. Clara miró el gráfico del portátil. Las líneas se habían disparado.

—Cris, está amplificando la señal.

—Es lo que queríamos.

—No, no lo entiendes. —Clara le mostró la pantalla—. No está respondiendo aquí.

Le archiviste miró el gráfico. Los armónicos se habían multiplicado, pero no provenían de la sala. Llegaban desde el exterior, de la ciudad. La red entera había empezado a resonar. Sintió un escalofrío de admiración.

—Funciona —exclamó.

Clara lo miró con incredulidad.

—Esto no es una conversación, Cris. Has desencadenado una reacción en cadena.

La membrana central se abrió ligeramente, como una grieta en la piel de un enorme lagarto. Dentro reinaba una oscuridad más profunda que en el resto de la cámara. El murmullo que emanaba de ella contenía fragmentos reconocibles. Voces. Miles de ellas. Ritmos de habla humana triturados y reordenados. Cris intentó entender ese caos. Le costó, pero lo logró. La red no escuchaba; filtraba. El ruido humano —conversaciones, gritos, lloros, discusiones— entraba en las cavidades de los edificios. Las paredes dobles actuaban como membranas. Las vibraciones se transmitían entre las cámaras alineadas. Y, al final, llegaban a estas cajas de resonancia centrales. Ahí, algo las almacenaba y absorbía su carga emocional: estrés, alegría, miedo, confusión.

Cris se puso a reír.

—No es control.

Sus compañeros le observaban en silencio mientras seguía absorte.

—No gobierna el mundo.

La membrana se abrió un poco más. Las voces trituradas se hicieron más fuertes. Sintió una presión extraña que le oprimía el cráneo.

—Nos cultiva.

Cosme dio un paso atrás.

—¡Basta! —Su voz resonó en el túnel—. Se ha acabado.

Avanzó hacia Cris.

—¡Apágalo!

Cris alzó la mano.

—¡Espera!

—No.

Cosme le agarró del brazo y le hizo tambalear. La vibración de la cámara había aumentado todavía más. El suelo temblaba.

—Cris —suplicó Clara—, si esto es una especie de órgano, tal vez esta frecuencia lo esté alimentando.

—¡Exacto! —Cris estaba eufórique.

—Esto no puede ser bueno —insistió su amiga.

—Es información —se enrocó.

La presión dentro de la cámara seguía en aumento. La membrana se movía a una velocidad inquietante. Parecía que un ser enorme se estuviera despertando. Clara oyó un ruido nuevo. Era muy lejano, pero se estaba acercando.

—Cris…

—¿Qué?

—Escucha.

Guardó silencio. El sonido era muy profundo. Como un eco gigantesco que atravesara kilómetros de piedra. Una respuesta surgida de multitud de cámaras como esa. Entonces lo entendió de golpe. La frecuencia que había reproducido era una señal. El sistema la interpretaba como una llamada. La membrana se abrió todavía más. Dentro, la oscuridad reveló una superficie que se movía con lentitud, una masa viscosa que respiraba.

Clara retrocedió.

—Esto no lo podemos controlar.

Cris miró la forma que se movía debajo de la membrana. Vaciló. Porque la vibración que sentía en su cabeza traspasaba el plano físico. Era una conexión mental. La cámara intentaba comprenderle. Sus pensamientos, sus dudas, sus temores. Entonces, sintió una idea que no le pertenecía del todo.

La membrana se tensó. La presión subió de forma brusca. Cosme fue el primero en reaccionar.

—¡Fuera!

Agarró a Clara del brazo y la atrajo hacia la puerta. El suelo tembló con fuerza. Las paredes orgánicas se contrajeron con violencia. Cris seguía absorte contemplando la membrana. Ahora entendía el sistema completo. Durante siglos —o milenios— había influido sutilmente en las decisiones humanas. Normativas absurdas, preferencias arquitectónicas, pequeños arrebatos de ingenieros. Lo suficiente para hacer crecer las cavidades correctas en los lugares adecuados. Un sistema agrícola gigantesco. La humanidad producía sonido emocional, la infraestructura lo cosechaba y estas entidades lo consumían. Le embargó una admiración terrible.

—Es perfecto —murmuró.

La membrana se cerró de golpe. La vibración se convirtió en un impulso brutal. El techo crujió.

Clara gritó

—¡Cris!

Cosme la arrastró por el túnel. El marco de la puerta se derrumbó. Cris se quedó atrapade dentro de la cámara. La oscuridad se hinchó como un pulmón inmenso. Un último pensamiento cruzó su mente antes de que la presión estallara. Miedo. Era una comprensión fría. Los humanos habían sido domesticados como ganado. El pulso sacudió toda la sala. El suelo se abrió. La membrana se contrajo con una fuerza monstruosa y se tragó a Cris.

El informe oficial del incidente fue breve. «Colapso estructural menor en el sótano del archivo municipal. Sin riesgo para la población. Una persona desaparecida durante las obras.» Las reparaciones empezaron tres semanas después. Los nuevos planos incluían algunas modificaciones. Pasillos más largos, paredes dobles, un cuarto técnico adicional debajo del sótano.

Cuando Clara lo vio, sintió una opresión desagradable en el pecho. «Se recomienda reducir la reverberación y crear cavidad de absorción.» Miró la sección transversal. La nueva cámara estaba alineada a la perfección con otros edificios del barrio. Exactamente como antes. Fuera, la ciudad continuaba con su ruido habitual. Coches, conversaciones, sirenas. Y, muy por debajo de las calles, detrás de paredes que nunca nadie pensaba escuchar, algo respiraba con una paciencia infinita.

#relato #TerrorCósmico

 
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from El escritorio de McAllus

Este mes he leído: 1 libro de relatos cortos, 2 novelas, 39 números/grapas americanos (agrupados en distintos formatos y series, como veréis a continuación)

Cortarse el cabello

Este fue nuestro libro para el club de lectura de este mes. Es la segunda vez que leemos un libro de relatos cortos.

La autora, Rosario Villajos, nos cuenta en su epílogo que estos relatos surgen por el suelo de su padre y los dueños que tenía antes y después de la muerte de él. Con esto me queda claro porque hay cosas tan oníricas/fantasiosas mezcladas con lo más mundano sin que chirrie.

Los relatos aunque la mayoría son independientes, hay un par que se continúan de forma clara y algún otro de forma velada pero deducible.

Además, tienen casi todos algún nexo con otro relato en forma de referencia más o menos directa.

Relatos muy amenos, bastante cortos (aunque varían en longitud).

Muy recomendable.

La Bruja Escarlata y Mercurio: Hermanos

Tomo en tapa blanda de cuatro números americanos.

Una mini serie que va después los 10 números anteriores de Orlando al frente de la Bruja Escarlata. Aquí no hay casos de la semana, es una trama combatiendo a alguien que quiere matarles y a la vez presentan a un gran enemigo (¿saldrá en los siguientes dos tomos que contienen la siguiente mini serie de Wanda también con Orlando al frente? Tendréis que averiguarlo en el siguiente apartado)

Patrulla-X Unida 1

Grapa individual.

Primer número de esta colección que conociendo a Marvel a saber lo que dura (le echo entre 6 y 10 números). Esta colección transcurre en la nueva época mutante tras Krakoa y el evento ese de X años en el futuro, y es la que recoge la esencia de ser una escuela para jóvenes mutantes.

La idea de la escuela me parece muy chula (aunque no sepa de que va exactamente lo de la tecnología de Siniestro que usan). Estoy en esta serie solo porque es la serie grupal donde sale X-23 tras su paso por Los Nuevos Vengadores que terminó el mes pasado.

Este primer número es básicamente de presentación aunque ya hemos visto a Cíclope dispuesto a tocar los cojones… Y el segundo número promete un pequeño equipo de élite en misión especial con Laura como miembro así que por ahora promete. Veremos que tal sigue.

La Bruja Escarlata: Reina del caos

Tomo en tapa blanda con cinco números americanos.

Continuación directa de lo que se nos planteó en la mini serie anterior de La Bruja Escarlata y Mercurio. Si en los tres tomos anteriores de Orlando pensé que aunque estaban bien no terminaban de hacerle justicia a Wanda, en este ese problema se disipa por completo.

Una amenaza muy poderosa y que hará que la Bruja Escarlata tenga que darlo todo para triunfar. Tenemos auténticas viñetas que podrían estar en una historia de terror así como las grandes referencias a Lovecraft visitando una ciudad abandonado o con la aparición de cierto ser primigenio.

Tengo el siguiente tomo ya en la mesita de lectura porque estoy deseando ver que ocurre con la amenaza liberada y con el personaje que aparece en el último número regular.

El tomo cierra con un corto oneshot que en realidad sirve de precuela al último número del tomo.

Nova Centurión

Una grapa lomo con 6 números americanos

A principios de este año finalizó el gran evento cósmico de Marvel llamado Imperial. De este evento saldrían 5 series abiertas partiendo del desenlace del evento. A mí solo me interesaban dos Nova Centurión y Guardianes Imperiales (que sale en octubre).

Pues bien dado que Panini en lugar de reunir tres números y hacerla trimestral (como suele hacer con las series “menores”) y, además, ponerle un especial en vez de un número parece indicar que en USA esta “serie abierta” se quedó en miniserie (no sé si pasará con todas las series cósmicas o solo con algunas).

El caso que, tras poneros en contexto, debo decir que esta serie podría haber dado mucho de sí porque está muy entretenida y lo de una tripulación espacial haciendo trabajitos por distintos mundos hubiera dado mucho de sí. Veremos si lanzan alguna otra mini serie en el futuro próximo o ya quedan en el olvido para siempre.

Esta magical girl se retira

Una novela muy ligerita escrita por la coreana Park Seolyeon. Es para un público claramente más joven que yo. Lo cual no desmerece para nada al libro, de hecho me lo leí casi de una tacada porque me enganchó la historia y se lee muy bien.

Simplemente, pues no es mi estilo de lectura. Prefiero cosas más crudas o con conflictos narrados de otra forma. Y no digo conflictos más serios porque los temas aquí tratados son muy serios (endeudamiento de las personas, suicidio, cambio climático, el poder absoluto en manos de quien no debe), pero está narrado todo muy “dulce” por decirlo de alguna manera.

En cualquier caso, le agradezco a Tere su recomendación porque me lo he pasado muy bien con el libro y siempre me gusta leer cosas fuera de mi zona de confort.

Y no quiero dejar comentar este libro sin decir que trae unas ilustraciones preciosas, que imagino son exclusivas de la edición de Duermevela porque las ilustra Marina Vidal.

Ultimate Endgame 4

Pues este es el penúltimo mes en el que hay algo del Universo Ultimate entre las novedades de Panini cómics. Este es el penúltimo número de la mini serie que cierra el evento (en las lecturas previstas del mes que viene hablaré de lo que queda).

Seguimos viendo como se conectan todas las series del Universo Ultimate, que permanecieron separadas estos dos años salvo por el pequeño evento de Invasión. No sé aún que vamos a tener en el quinto número pero la llegada en este número de un grupo que han puesto como tan poderoso en su versión Ultimate, no sé si desvirtuará el conflicto de cara al último número. Veremos…

Dark spaces: Buenas obras

Tomo en tapa dura con seis números americanos.

Una obra de la escritora Che Grayson, la dibujante Kelsey A. Ramsay y los colores de Ronda Pattison. Este cómic forma parte de una antología llamada Dark spaces que en España tiene dos tomos publicados (no sé si en USA hay más).

Cayó en mis manos de forma inesperada y ha resultado ser una auténtica maravilla. Una periodista acabada, una madre y una hija recién llegadas a un pueblo aparentemente feliz. Pronto verán que en este pueblo se oculta mucho más de lo que parece y nuestras protagonistas cargan sobre sus hombros mucho equipaje.

No digo más porque este es uno de esos cómics que sí o sí merece la pena leerse. En mi próxima visita a En Portada pediré el otro tomo de la antología (publicado a finales del año pasado y como toda antología con otro equipo creativo distinto).

La segunda venida de Hilda Bustamante

Este es el libro del club de lectura para el mes de agosto. Una novela ligera escrita por Salomé Esper. Está muy bien escrita con un estilo peculiar al no usar nunca diálogos directos y con una elección de capítulos muy cortos (creo que el más largo era de cuatro páginas y media o así) siendo la mayoría de página y media o dos páginas. El hecho de que tenga tantas palabras y expresiones latinas, la autora es argentina, me ha sacado una sonrisa acordándome de antiguas amistades y parejas.

Creo que no lo he leído en el mejor momento porque sé ver que hay momentos muy tiernos, otros tristes y algunos humorísticos pero no me han llegado en absoluto. He pasado por las páginas sin más.

La Bruja Escarlata: El ascenso de Amaranth

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos.

Orlando continua su etapa de mini series de la Bruja Escarlata con el Ascenso de Amaranth, Una historia que se sigue en numeración americana con Reina del Caos pero que Panini decidió no ponerles un 1 y un 2 en sus lomos.

Esta historia resuelve el cliffhanger con el que cerraba el anterior tomo y nos presenta un nuevo personaje que pasa a engrosar las filas del universo arcano de Marvel. No sé si la volveremos a ver pronto o se olvidarán de ella, pero es un personaje que promete.

La mini serie compuesta por Reina del Caos y este tomo es sin duda lo mejor que ha escrito Orlando hasta ahora de la Bruja Escarlata.

La Visión y la Bruja Escarlata: Temed al segador

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos.

Orlando cierra esta etapa de mini series (aunque en realidad podría ser todo una sola serie) antes de la llegada de Wanda como Hechicera Suprema. Y este cierre es por todo lo alto con un homenaje a la boda de Visión y Wanda hace ya 50 años.

Creo que aquí Orlando se corona como un autor que ha sabido darle a Wanda una estabilidad de números que no ha tenido desde hace muchísimos años. Estoy deseando leer el mes que viene la nueva etapa de Wanda, que espero sea muy larga.

Caballero Luna Puño de Konshu 1: Deja el hogar

Tomo en tapa blanca con cinco números americanos más dos oneshots cortitos, al principio y al final del tomo, que vienen a sumar un número americano más.

Me desconecté del Caballero Luna tras la última muerte de Marc Spector y no me leí ni la mini serie donde sus allegados de la Misión Medianoche viven las consecuencias de la muerte (y creo que resucita en esa mini serie mismo). El otro día vi el segundo tomo de este Puño de Konshu y aprovechando que la librería tenía también el primero me traje ambos para casa.

En este primer tomo vemos la nueva situación del Caballero Luna y su grupo y el nuevo mafioso que les va a poner en jaque porque es mucho más de lo que parece. Me ha encantado la historia y el dibujo (merece mucho la pena pararse en cada una de las escenas de acción).

Lecturas previstas para agosto

Para un viaje que tengo en agosto leeré, imagino que entero, Cautivo (el libro del club de lectura de Librería Luces para septiembre).

En cuanto esté con mis gatas en el nuevo piso, empezaré con Cómo escribir ciencia-ficción y fantasía de Orson Scott Card que me lo regalaron (¡muchas gracias Rodri!) y con el Pistolero que me estoy haciendo la nueva edición de cantos tintados de La Torre Oscura (en el instituto me leí prestados los tres primeros libros y ahora quiero tenerla en propiedad y terminar de leerla).

Y no pueden faltar las novedades mensuales en grapa (o grapa lomo) de los cómics Marvel: – Por un lado, el número 2 la serie grupal de los X-men, Patrulla-X Unida, donde sale Laura, que por ahora es la única forma de leer algo de este personaje. El primer número estaba interesante así que a ver cuando tiempo dura la serie o yo en ella. – Tenemos las cuatro últimas publicaciones del Universo Ultimate: The Ultimates 8 (donde hay eventos van antes que Ultimate Endgame 4 y panini podía haber roto su “cada 3 meses” y sacarlo en julio), Ultimate Wolverine 5 (que sigo sin saber si se va a cruzar con Endgame o va a cerrar completamente a su rollo), Ultimate Endgame 5 y su epílogo Universo Ultimate: Final. – Empieza Hechicera Suprema 1. Mi querida Wanda como Hechicera Suprema de la Tierra 616. Ha tenido estos años unos 25-30 números a manos de Orlando en distintas mini series que se continuaban así que ojalá esta nueva serie, también a manos de Orlando, dure mucho tiempo y no sea una mini serie más. – Y también tengo apuntado para final de mes algo llamado Midnight Nation que no recuerdo porque la anoté ni de que va exactamente (aunque imagino a los personajes implicados) pero no me sale nada en la página de Panini así que no sé si es que al final no la publican, la han retrasado varios meses o si me lo he inventado.

 
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from A crit pelat

En «Verdad y justificación. El giro pragmático de Rorty»¹, Habermas hace una defensa de una noción fuerte de verdad. Como de costumbre, Habermas se muestra dispuesto a defender conceptos puntales de la filosofía que, aparentemente, se hallan bajo asedio de los pensadores contemporáneos. Este asedio acaba por resultar en un desafío al papel que se ha autootorgado la filosofía desde los siglos de la Ilustración. Si deshacemos las nociones filosóficas más básicas, el papel de la propia disciplina filosófica se ve afectado. La defensa que realiza Habermas responde a un intento de mantener vivo el ideal ilustrado, o por lo menos, salvar lo que se pueda de él. En este caso, la defensa del concepto de verdad responde a un intento por salvar el realismo. Hijo de su paradigma, Habermas construye esta defensa desde la aceptación de que la verdad ya no puede entenderse como una correspondencia entre un elemento lingüístico y un elemento extralingüístico, pues no hay un afuera del lenguaje. En este sentido, Habermas solamente «salva» la relación de correspondencia que propone Tarski en su teoría de la verdad, permitiendo que el lenguaje «simule» la adecuación con los hechos sin la necesidad de una metafísica sustancial. Esto revela un aspecto que trataré más adelante: Habermas intenta conservar la «intuición» que supone la verdad como correspondencia, aunque rechace la metafísica que la sostiene. Pero volviendo al concepto de verdad: ¿cómo hacemos justicia a la intuición cotidiana de que, cuando decimos que sabemos algo, decimos que eso que sabemos no es meramente una creencia u opinión nuestra, sino que hace referencia a algo que está fuera de nosotros, y que compartimos con el resto? Evidentemente, en el terreno del día a día, tan poco hace falta demostrar esto como hace falta demostrar que puedo mover mi brazo izquierdo. En cambio, en nuestra disciplina quasi fantasiosa, la reconciliación de una verdad como coherencia con la existencia de un mundo objetivo es una tarea desafiante y, por tanto, que nos apela. En este texto, el interlocutor de Habermas es Richard Rorty. La conclusión de este diálogo acaba siendo paradójica, pues la respuesta que propone Habermas acaba siendo más pragmática que la de Rorty. Para este último, hay que ponerse manos a la obra con un proceso de reeducación. La autocomprensión del común de los mortales es presa de un engaño platónico: la distinción entre saber y creer, entre convencer y persuadir. La tarea de la filosofía es crear un nuevo vocabulario que nos emancipe de cuestiones como el mundo objetivo, la verdad como correspondencia, etc. Es decir, a través de los juegos del lenguaje de la filosofía, tenemos que tratar de deshacernos de la asentada institución del realismo ingenuo.

I

El realismo se relaciona con la verdad desde los tiempos en que los pensadores se caían en pozos y establecían realidades independientes a ellos mismos. Un hombre libre ateniense decía que la verdad es decir de lo que es que es y de lo que no es que no es. Así, la verdad es verdad de un juicio, de un juicio que se adecúa a la realidad. Tal y como los presocráticos establecen una distinción ontológica entre ser y apariencia, establecen una distinción epistemológica entre saber y opinión. El saber se dice de la esencia de las cosas. La esencia de las cosas no son las cosas tal y como se nos aparecen, sino tal y como son, independientemente de nosotros. Toda la noción de una objetividad hace alusión a este «independientemente»: la realidad, es independiente de nosotros. La verdad sobre la realidad, por tanto, también lo es. De esta manera, la verdad de un juicio es una cosa y «nuestra creencia en que es verdader[o], o nuestra justificación para creer que es verdader[o], es otra muy diferente»². Pero para Rorty, no hay diferencia entre la justificación, es decir, la aseverabilidad justificada de un enunciado ante una comunidad de interpretación, y la verdad. «La diferencia entre justificación y verdad no es nada más que el aviso de que la justificación frente a una audiencia no es la justificación frente a otra»³. Cuando afirmamos que algo es verdad, lo hacemos siempre sobre la verdad de un enunciado de hechos, verdad cuyo apoyo es siempre otra verdad sobre un enunciado de hechos y así ad infinitum. Estamos de alguna manera atrapadas en el diálogo, que está basado en un horizonte de interpretación intersubjetivo. Por ello, el objetivo del quehacer filosófico no debería ser la búsqueda de la objetividad, sino de la solidaridad entre una comunidad cada vez más amplia. Esto tiene sus consecuencias: desde un etnocentrismo claro hasta una negación del tesoro más preciado de Habermas, a saber, el conocimiento universal: la razón como lo universal. Todo ello, obviamente, es inaceptable para él. Para Habermas, el abandono de una noción de verdad y, con ella, la normatividad de lo racional y un noción de progreso que pretende ir más allá de la comunidad de justificación hacia una búsqueda de un conocimiento que es cualitativamente distinto de lo que la mera aseverabilidad sostenida con argumentos implica, no es un problema epistemológico, sino una mala comprensión del modo de proceder mismo de una sociedad humana que efectivamente coopera y se entiende. De manera instructiva, Habermas nos introduce lo que presenta como «intuiciones» de paradigmas pasados. Podemos entender la historia de la filosofía como la sucesión de tres paradigmas: el paradigma ontológico, el paradigma de la conciencia y el paradigma lingüístico. En el paradigma ontológico, griego y cristiano, la verdad de la aprehensión mental está garantizada por la propia estructura conceptual de las cosas, que contienen ellas mismas su esencia; esto es, la verdad es una relación del ser. El nominalismo actúa como punta de lanza que comienza a quebrar esta comprensión sacando a los conceptos, a los universales, de las cosas mismas, y presentándolos como una construcción del espíritu. Debilitada la armadura, el pensamiento moderno atraviesa definitivamente la carne del paradigma ontológico, desplazando el fundamento de la verdad de la aprehensión mental: de las cosas mismas al sujeto que se las representa. El modelo de lo verdadero deja de estar en los objetos, y pasa a estarlo las vivencias interiores del sujeto, vivencias que siempre se le presentan como verdaderas por serle claras y distintas, y a las cuales tiene un acceso privilegiado. Pero con el trasvase de la responsabilidad epistémica del objeto al sujeto surge un problema: si la verdad se fundamenta en mis vivencias, o las estructuras trascendentales de la experiencia que yo poseo como sujeto, ¿cómo estoy seguro de la verdad de aquello que no son mis vivencias? La verdad como certeza es deudora de un subjetivismo que introduce una separación tajante entre una interioridad y una exterioridad y, con ella, un escepticismo sobre el mundo externo. Para Habermas, el escepticismo viene de suyo con el paradigma moderno. Siguiendo este modelo, el problema contextualista de Rorty también viene de suyo con el giro lingüístico, pero el relativismo que Rorty propone no es para Habermas la solución. De la misma manera que el escepticismo moderno no afirma la unidad entre ser y apariencia, sino que expresa el pasmo de no poder deshacer esta unidad bajo los conceptos mentalistas, el problema contextualista que expresa Rorty expresa el pasmo entre no poder diferenciar entre justificación y verdad, pero no afirma necesariamente, para Habermas, que no haya una diferencia o, en todo caso, que no se pueda abonar el terreno de ésta con aquélla. El problema tiene una enunciación simple: ¿qué nos autoriza a afirmar que la justificación de un enunciado ante una comunidad racional nos acerca a la verdad de este enunciado? En principio, nada. La pretensión de verdad de un enunciado se mide por su capacidad para resistir los envites argumentativos de una comunidad racional: superarlos significa que que las condiciones de verdad para ese enunciado están satisfechas. Pero ello no implica la verdad:

«(...) la circunstancia de que las condiciones de verdad estén satisfechas no se convierte ella misma en una circunstancia epistémica por el hecho de que el desempeño discursivo de la pretensión de verdad sea la única vía para poder comprobar si estas condiciones (que tenemos que interpretar siempre a la luz del tipo de razones apropiadas al caso) están satisfechas»⁴.

Dicho de otra manera: si entendemos la verdad de un enunciado como algo que debería darse no solamente en nuestro contexto de justificación, sino en todos los contextos de justificación, jamás llegaremos a la verdad solamente por la vía argumentativa. La tesis habermasiana aquí es que la noción de verdad como afirmación incondicional va ligada a un realismo que se da de manera necesaria en el mundo de la vida intersubjetivamente compartido por una comunidad. La verdad tiene, para el pensador alemán, «un rostro jánico»⁵. La cooperación humana que constituye a las sociedades toma como fundamento que los sujetos nos referimos a un mismo mundo objetivo cuando utilizamos enunciados; sin esta referencia, no habría cooperación posible. Porque los enunciados no aparecen flotando y etéreos: el lenguaje aparece en forma de actos de habla, y antes de un análisis del lenguaje, hay un acto de afirmación o negación. Por ello, la verdad se presenta en el contexto de la acción como una certeza de acción, como una verdad que, de manera ingenua, tomamos como incondicional. Tomo como verdad incondicional todos los presupuestos que han cristalizado en la construcción y uso del coche con el que voy a trabajar todos los días. En el contexto de la acción, no me puedo permitir una actitud permanentemente hipotética. Pero cuando esta certeza de acción se rompe, cuando el coche no arranca, cuando la certeza de acción no es capaz es capaz de superar el test de la experiencia, es cuando paso a un plano argumentativo, donde, esta vez sí, tomo la certeza como un enunciado hipotético que tendrá que confrontarse a toda una serie de argumentaciones en contra o a favor. Cuando llevo el coche al mecánico esperando que arregle el coche, espero que el resultado de todo el proceso argumentativo (en el que expongo las condiciones del problema, el mecánico hace un diagnóstico y llega a unas conclusiones a partir de las cuales trata de reparar el coche, etc.) no sea simplemente una argumentación justificada para mi contexto particular: espero que la solución argumentativa del mecánico tenga una validez incondicional. Con esto Habermas quiere hacer hincapié en que si el resultado del proceso de argumentación no tiene la forma de una verdad, el enunciado hipotético no puede volver al ámbito de la acción donde la tomo una certeza que asumo de manera incondicional. Y es justamente para lograr esto último que el proceso de argumentación se idealiza; es decir, toma unos presupuestos que son contrafácticos (como que no hay injerencias ni presiones externas o internas, que participan todos los actores relevantes, etc.) para ir infinitesimalmente alejándose del contexto concreto de justificación. Se orienta hacia la verdad «descentrándose de la comunidad de justificación», a pesar de que el resultado del proceso argumentativo siempre tiene un resultado práctico para el contexto particular y, así, no se desliga de una motivación pragmática.

«Es cierto que la cuestión relativa al nexo interno entre justificación y verdad solamente se plantea en el plano reflexivo; pero tan sólo la interacción entre acciones y discursos permite dar respuesta a esta cuestión. (...) Solamente el entrecruzamiento de estos dos roles pragmáticos distintos —que pone en juego, en plexos de acción y discursos, aquel concepto de verdad “de rostro jánico”— puede explicar porque una justificación lograda en nuestro contexto habla en favor de la verdad (independiente del contexto) de la creencia justificada»⁶.

De esta manera, Habermas le está concediendo a Rorty que una noción de verdad como coherencia en un contexto de paradigma lingüístico no es propiamente una noción de verdad, si ésta la entendemos como incondicional. No obstante, la verdad no es el resultado de una investigación; la verdad es la condición misma del inicio del proceso de investigación. La alusión a un mundo común y compartido intersubjetivamente es una condición para se dé la cooperación y el entendimiento, así que funciona como estructura misma del mundo de la vida. La experiencia común del fracaso de una verdad que pensábamos que estaba completamente justificada es una «instancia pragmática de cercioramiento»⁷ que está basada en la suposición de un mundo objetivo. Visto así, el común de los mortales tiene todo el derecho a ser realista de manera ingenua 1. porque así lo requiere su coordinación con el resto de la comunidad y 2. porque la propia acción fallida basada en una pretendida de certeza de acción que termina no siéndolo es un mecanismo de falsación lo suficientemente convincente. Volviendo al ejemplo del motor de coche que no arranca, la condición para que yo tome una verdad como verdad incondicional, y lo haga de manera ingenua, es que esta verdad tenga la forma de un universal, de una afirmación incondicional. Creo incondicionalmente en el proceso reflexivo que ha seguido la persona que va a arreglar el coche y, cuando el motor arranca, creo que cualquier persona, en cualquier contexto, que siga este proceso reflexivo y lo aplique, hará que el motor arranque. Es decir, no le estoy pidiendo a la persona que me lo está arreglando que crea, justificadamente o no, cómo arreglarlo, sino que sepa, justificadamente, cómo arreglarlo. «La orientación hacia la verdad incondicional (...) es un reflejo de aquella otra diferencia, indispensable en el mundo de la vida, entre creer y saber»⁸. Ahora bien, esta explicación no es satisfactoria para Rorty, que, si bien acepta la ligazón entre el plano de acción y el plano de la argumentación, no acepta la relativización de un plano por el otro. Dicho de otra manera, no ve porque habría que armonizar una autocomprensión contextualista del conocimiento con la intuición cotidiana del realismo. Es más; el objetivo rortiano es conseguir el abandono de estas nociones ligadas al mentalismo, con lo que acaba perfilándose en contra del frecuente «ateísmo» de los pensadores pragmáticos: Rorty aboga por que nos despidamos de algo tan asentado en el sentido común como el realismo ingenuo mientras que es Habermas quien argumenta a su favor. Este «ir más allá de la comunidad de justificación» en el que insiste Habermas no es para Rorty más que la afirmación de que alguien está dispuesto a defender cierta proposición incluso ante otro público, es decir, ante otra comunidad de justificación. La búsqueda de la verdad para Rorty, explica Habermas, no es sino la búsqueda de un acuerdo intersubjetivo, sin coacciones, entre grupos de interlocutores cada vez más amplios: «esperamos justificar nuestra creencia frente a tantas y cuánto más amplias audiencias posibles»⁹. Pero, ¿realmente lo esperamos? ¿Hay una voluntad de ir más allá del propio etnos? Habermas afirma aquí que hay una leve idealización en la postura de Rorty: «Si “verdadero” es justamente aquello que, porque es bueno “para nosotros”, puede ser tenido como justificado “por nosotros”, no existe motivo racional alguno para ensanchar el círculo de los miembros de nuestra comunidad de justificación»¹⁰. En otras palabras, no hay ninguna razón, desde la postura rortiana, para querer defender nuestras afirmaciones antes otros públicos más allá de ciertas actitudes no dogmáticas y benevolentes que Rorty adjudica a la sociedad liberal contemporánea.

II

El origen de esta disputa se hunde en la concepción dispar que ambos autores tienen del transcurrir de la historia de la filosofía vista desde la óptica de los paradigmas. En definitiva, la postura radicalmente contextualista de Rorty no es otra cosa que llevar a sus últimas consecuencias la afirmación de que el pensamiento filosófico en el paradigma lingüístico no se ha desprendido totalmente de nociones del mentalismo asociado al paradigma de la conciencia. Para Rorty, de un paradigma a otro se produce un salto que genera una discontinuidad entre los mismos y los hace inconmensurables. En cambio, para Habermas, «el paradigma siguiente es más bien la respuesta a un problema que la devaluación del paradigma anterior nos ha legado. Los paradigmas no constituyen ninguna sucesión accidental, como piensa Rorty, sino que se encuentran en una relación dialéctica entre ellos»¹¹. La postura del primero excluye la continuidad de los procesos de aprendizaje de un paradigma a otro tanto como excluya la posibilidad de una objetividad del conocimiento. Por el contrario, la postura de Habermas, que implica una relación dialéctica entre paradigmas, permite un «poder aprender» entre diversas concepciones sobre lo primero o la fundamentación. Es en este contexto donde surge, desde mi punto de vista, una de las ideas más interesantes del ensayo: la de «intuiciones» o «imágenes» que «a pesar de haber perdido su valor continúan siendo sugestivas»¹². Una de las nociones básicas del paradigma ontológico consiste en la afirmación de que la verdad de los juicios está garantizada por una correspondencia con la realidad fundada ella misma en la realidad; aquello a lo que antes me he referido como una «relación del ser». Con el cambio de paradigma, esta «intuición» no se esfuma repentinamente, sino que permanece suspendida en el pensamiento moderno. Sin ella, no se entiende el escepticismo moderno que surge con la tajante separación entre interioridad y exterioridad. La certeza, que se apoya en el carácter privado de mis vivencias, da pie a la vez a la sospecha sobre el posible carácter ilusorio del mundo externo. Si habría que fundamentar a partir de nuestras vivencias la correspondencia entre el objeto y su representación, y cómo en caso afirmativo, es precisamente la discusión entre el idealismo y el empirismo. Tras el giro lingüístico, toda descripción de lo que ocurre en el mundo depende del uso interpretativo de un lenguaje común, de la participación en una comunidad que comparte una precomprensión lingüística. De esta manera, la realidad es ya siempre interpretada, y no hay contacto con ella sin una previa presuposición de creencias intersubjetivamente compartidas. Así se entiende que la validez de los enunciados es validez fundada para una comunidad de interpretación. Si, por tanto, las verdades son solamente accesibles en forma de lo que una comunidad de justificación puede aceptar racionalmente, surge la duda que venimos tratando más arriba: cómo separar justificación de verdad. Ante la inquietud de la posible o imposible identidad o no de este par es donde aparece de nuevo el fantasma de un paradigma pasado: la intuición de que nuestras ideas, lingüísticas, corresponden con una realidad que no es lingüística, o también, cierto contacto de nuestros sentidos con esta realidad extralingüística. Ya he apuntado a la solución que propone Habermas a través de poner este problema en la perspectiva de su teoría de la acción comunicativa. Lo que de ella no me queda claro es si es preciso llamar «certezas de acción» a aquello que acompaña a acciones de las cuales no dudo. No parece alocado decir que sí por una cuestión de definición: si no dudo, estoy seguro. Pero también sabemos, y Habermas es consciente, de que una certeza de acción más pronto que tarde se rompe ante una experiencia; es este sentido, se desvela como creencia. Entonces, ¿en qué sentido se fundamenta la verdad de un elemento de la argumentación en un elemento de la acción, si el segundo puede entenderse como una creencia? Por otro lado, ¿cómo se entiende el tránsito entre «el saber de los que actúan al saber de los que argumentan»¹³ y viceversa? Si como dice Habermas, «esta es una transformación asegurada, por decirlo así, por la unidad personal»¹⁴, ¿no estaría encerrando la clave del tránsito de la justificación a la verdad en un sujeto personal? Habría que discutir cuánto de ese «por decirlo así» está motivado por la influencia de un fantasma de paradigmas pasados o por una simple manera de expresarse. Pues sería una tontería aludir a una experiencia tan común como la de no saber corregir los propios actos aunque los argumentos en su contra sean irrefutables o, viceversa, bajar del pedestal una tesis porque la experiencia desborda las categorías que ofrece. En contraste, la solución que ofrece Rorty, volviendo a una especie de fundamento que se encuentra en una teoría neodarwiniana que, como dice Habermas, es incapaz de diferenciar entre la acción orientada al éxito y la acción orientada al entendimiento, tampoco resulta del todo satisfactoria. A pesar de ello, el ensayo resulta sumamente ilustrativo para tratar de entender, aunque a base de rodeos sea, cómo los problemas de fundamentación del paradigma lingüístico riman con los problemas de fundamentación que se han dado en otros paradigmas, aunque suenen de manera diferente. Lo que, en último término, no deja de inclinar la balanza a favor de la postura habermasiana de que hay una relación dialéctica entre distintos paradigmas, aunque está relación esté mediada por intuiciones o fantasmas.

_____ ¹ Jürgen Habermas, «Verdad y justificación. El giro pragmático de Rorty», en Verdad y justificación (Trotta, 2002). ² Michael Williams, Unnatural Doubts, p. 238, citado en Habermas, Verdad y justificación, p. 240. ³ Richard Rorty, «¿Es la verdad una meta de la investigación? Donald Davidson versus Crispin Wright», en Verdad y progreso. Escritos filosóficos, 3 (Paidós, 2000) ⁴ Habermas, Verdad y justificación, p. 249. ⁵ Habermas, Ibid, p. 244. ⁶ Habermas, Ibid, p. 253. ⁷ Habermas, Ibid, p. 252. ⁸ Habermas, Ibid. ⁹ Rorty, Verdad y progreso, p. 57. ¹⁰ Habermas, Verdad y justificación, p. 257. ¹¹ Habermas, Ibid, p. 234. ¹² Habermas, Ibid, p. 236. ¹³ Habermas, Ibid, p. 253. ¹⁴ Habermas, Ibid.

 
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from Siete lagartijas

El interruptor

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. Sube, baja, sube, ¡cero diversión!

Solo en la pared, ¡ay, qué aburrimiento! Espera el momento en el que se acerque el ansiado dedo que al fin le permita estirar el cuerpo. (Y tampoco cambia demasiado el cuento.)

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. ¡Si al menos fueras un ventilador!

#poemas

 
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from Siete lagartijas

En la Taberna del Salmón Dorado

Eran diecisiete los osos que estaban tomando un refrigerio aquella tarde en la Taberna del Salmón Dorado, y se respiraba entre ellos, entre los diecisiete, un ambiente raro.

Se acercaba la temporada de salmón y se rumoreaba que apenas se iba a poder pescar. Que si había pocos salmones, que si del valle subían negras noticias de ríos medio vacíos…

Así, los diecisiete osos estaban cabizbajos cuando entró en la Taberna del Salmón Dorado un pequeño armadillo que llevaba en la mano un maletín. Al principio nadie se dio cuenta, pero cuando el armadillo pidió un vasito de vino y empezó a hablar con el tabernero, su voz aflautada resonó y rebotó por toda la taberna. Y lo que contaba hizo que los osos fueran levantando las miradas de las mesas, y que sus orejas se fueran poniendo en punta.

—Un río vacío, ciertamente —aseguraba el armadillo—. Eso es lo que viene esta temporada. Y nadie sabe por qué. Pero el caso es que no va a haber salmón más que para unos pocos.

Los osos se sintieron aún más apesadumbrados. El armadillo, que hablaba con mucho aplomo, continuó:

—Claro que si uno sabe cómo hacer salir a los salmones del agua…

Uno de los osos se acercó de un salto y le preguntó:

—¿CÓMO?

—Hombre, bueno —respondió el armadillo haciéndose el remolón—, yo es que soy vendedor de medicamentos, sabe usted, para las farmacias. Y yo creo que si uno es un poco astuto y pone una pizquita de un producto, concretamente en este caso de bencemato de politonelo en el agua, donde va a pescar, pues…

En menos de tres segundos, el armadillo tenía a los diecisiete osos rodeándole. Los diecisiete osos querían saber qué pasaba si se ponía un poco de bencemato de politonelo en el agua.

—Lo descubrí un día de casualidad —siguió el armadillo completamente rodeado por los osos—. Resulta que si tú pones un poco de bencemato de politonelo en el agua… ¡Alehop! ¡El salmón salta fuera del agua!

Los osos saltaron también al oírlo. ¡El salmón saltaba fuera del agua! Uno de los osos preguntó con voz muy fuerte si el armadillo tenía bencemato de politonelo en su maletín. Quería comprárselo. Automáticamente, a muchos otros también les pareció una buena idea.

—Aaaaaah no, no, lo siento, muy señores míos. No llevo bencemato de politonelo. Bueno sí, la verdad es que un poco sí que llevo, pero este material es para las farmacias…

No pudo hacer mucho más. Enseguida todos los osos le quisieron comprar el bencemato de politonelo. Y se pusieron tan insistentes que al final, el armadillo casi se vio obligado a vendérselo.

En pocos minutos, cada uno de los diecisiete osos tenía su cápsula de bencemato de politonelo en el bolsillo. Después de esto, el bar no tardó en quedarse vacío, mientras que la cartera del armadillo estaba llena, rebosante de billetes. Se pidió un segundo vinito y el tabernero, que era un tejón ya entrado en años, le miró con el ojo un poco torcido.

El armadillo se bebió el vino tranquilamente y se marchó.

Un par de días después comenzó la temporada de salmón y allá fueron los diecisiete osos con sus diecisiete cápsulas de bencemato de politinelo. Cada uno se colocó en su recoveco, su roca, su zona del río favorita para la pesca. Y esperaron. Y no tardaron en ver que, en efecto, por el río subían muy pocos salmones. Así que cada uno de los diecisiete osos sacó su cápsula de bencemato de politinelo y la colocó en el fondo del río.

El río se llenó de espuma, de más y más espuma, porque las pastillas no eran otra cosa que detergente concentrado. ¡Vaya engañifa! ¡Y pobre río, como sufrió con tanta limpieza que no necesitaba! Por suerte, se le quitó pronto toda aquella espuma.

Cuando los diecisiete osos comprendieron que habían sido timados, lanzaron ruidosos gruñidos hacia el cielo y dieron zarpazos de rabia al agua. Y enseguida fueron todos corriendo hasta la Taberna del Salmón Dorado.

Nuestro amigo el armadillo, como podéis imaginar, estaba muy pero que MUY lejos de allí, y al tejón tabernero le dio un ataque de risa cuando le contaron lo que había pasado. En cambio, a los diecisiete osos todo aquello no les hacía ni pizca de gracia…

Los diecisiete osos buscaron durante mucho tiempo al armadillo y a su maletín, pero nunca jamás lo volvieron a ver por aquellas tierras.

#cuentos

 
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from Francisco Molinero

Cuando me ocurre algo inesperado, súbito y grave, mi cuerpo bloquea las emociones, gran parte de las reacciones y se dedica a analizar la situación en un estado de tensión física y con la necesidad absoluta de focalizar. Es una respuesta no habitual, parece que me paraliza y sin embargo me permite calcular mis acciones posteriores con mucha frialdad, sin pasión y termino reaccionando con cero intervenciones sentimentales. ¿Es una buena estrategia? No lo sé. El cuerpo me funciona así. Lo que sé es que tiene consecuencias. El bloqueo lo que hace es remansar los sentimientos y cuando se quita aparecen todos de manera torrencial. Generalmente esa noche no duermo y a la mañana siguiente estoy profundamente deprimido. La sensación que me invade es la de no verle sentido a la vida. No aparecen ideaciones suicidas, simplemente incomprensión y pena. Así reaccioné a la muerte de mis padres, primero mi madre y luego mi padre. Realmente entiendo que visto desde fuera parezco insensible. Lo que nadie ve es la digestión de todo eso, la que se produce días después a veces meses.

 
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from freak_obijuan

#libros #descarga #cultura #libre

Llevo un tiempo pensando en escribir este artículo. El acceso a la cultura de manera gratuita debería ser un derecho humano porque la cultura nos hace más humanos. En cuanto a las retribuciones a les creadores, entiendo que el esfuerzo debe ser remunerado, pero habría que formular procesos alternativos al de la compra a distribuidores o a través de plataformas digitales. Estos intermediarios roban al creador y con la sociedad conectada que tenemos es muy fácil tender puentes entre creador y consumidor.

Desde el momento en que comprar no es poseer, piratear no es robar

Os podéis imaginar en que lado ando yo. También he de decir que pago por contenidos cuando quiero que eses creadores sigan trabajando o si estimo que su obra lo merece. Seguro que hay modelos que puedan venir bien a consumidores y creadores. Lo importante es dejar fuera de la ecuación a los GAFAM y similares.

Vamos al lío.

¿Cómo hace une amigue de otre amigue para descargar los libros que desee?

Métodos por orden de preferencia:

epublibre.org

https://epublibre.org es la cara visible del Proyecto Scriptorium. Las dudas que os surjan las podéis resolver en sus FAQ's. Al acceder a esta pagina completamente segura, sin registro y sin publicidad, es probable que tengáis problemas al estar bloqueada por muchos proveedores de Internet. La solución al bloqueo pasa por utilizar la red Tor o una VPN de vuestra confianza.

Las personas del Proyecto Scriptorium ponen un fondo bibliográfico impresionante en ePub, sobre todo en castellano, al servicio de los visitantes a modo de enlaces magnet. Para descargar los libros usando Tor Bowser basta con copiar la ruta del enlace, pegarla en tu cliente de BitTorrent favorito y disfrutar del contenido. Si estás accediendo a través una VPN y navegas con tu browser de referencia, simplemente haz click en el enlace magnet y deja que lo abra tu cliente BitTorrent.

En esta página puedes encontrar miles de libros de cualquier pelaje: con derechos de autor, libres, descatalogados, ficción, no ficción.... Las maquetaciones son excelentes, hasta el punto haber comprado un libro digital y esperar a que esté disponible en epublibre para leerlo porque la maquetación de la editorial es pésima.

Anna's Archive

Anna's Archive es otra impresionante base de datos de contenido online. Contiene un buscador sin registro previo que permite descargar de manera directa: libros, artículos científicos y muchos mas recursos de manera gratuita.

Os recomiendo buscar y filtrar por idioma porque la mayoría de su catálogo está en la lengua de Mordor.

Si no podéis acceder al enlace que proporciono es que han bloqueado o han eliminado ese proxy. La solución es usar VPN, tor Browser o buscar “annas archive” en cualquier buscador de Internet, preferiblemente que no sea Google.

Biblioteca secreta

Este es el método más fácil y accesible. No lo recomiendo en primer lugar porque depende de Telegram y no nos gusta registrarnos obligatoriamente para acceder a contenidos y tampoco nos apetece acceder a través de una plataforma que además de ser privada, no es libre ni transparente.

La Biblioteca Secreta es un bot que permite descargar libros en PDF y ePub en castellano, catalán e inglés. Como podéis imaginar, los administradores cierran periódicamente todos esos bots pero siempre hay alguno disponible. Para encontrar una biblioteca secreta puedes hacerlo en su pagina web http://bibliotecasecreta.nl/ o buscando “biblioteca secreta” en el buscador de Telegram y accediendo al resultado que tenga una imagen parecida a esta:

Logotipo de biblioteca secreta, un libro electrónico con parche en el ojo

Una vez dentro del chat con el bot, buscad por título o por autor como si estuvieseis chateando con un bibliotecarie, navegad por los contenidos y descargad lo que estéis buscando.

Como siempre, si no podéis acceder a la página web utilizad Tor Browser o una VPN

Soy consciente de la existencia de más opciones a la hora de buscar libros, pero estas me parecen las mejores alternativas libres de peligro. Si tuvieseis otras fuentes que os gustaría que añadiera, o cualquier otra duda comunicádmela en https://masto.es/@obijuan

Sentíos libres para tomar esta guía y darle el uso que necesitéis. Sí que me gustaría saber dónde se ha utilizado, pero no es necesario.

Leed, por favor.

 
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from El rincón de ferlagod

Hace un tiempo planteé un dilema técnico y moral en este rincón: mantener el cliente de BookWyrm atrincherado en la pureza de F-Droid y ForjaLibre, o tragar arena y pasar por el aro de Google para evitar el bloqueo a las apps independientes.

Ya he tomado una decisión. Rocinante ya se puede descargar oficialmente desde la Google Play Store.

Pragmatismo para llegar a todo el mundo

El motivo de esta claudicación es simple: quiero que la aplicación llegue a todo el mundo.

Me paso el tiempo defendiendo la soberanía digital y huyendo de los monopolios, pero la realidad es tozuda. El 99% de los usuarios de Android no sabe qué es un repositorio, no va a instalar F-Droid y saldrá corriendo en cuanto el sistema operativo le suelte una advertencia de seguridad de 24 horas por intentar instalar un APK externo.

Si el objetivo real de Rocinante es sacar a la gente de las garras de Amazon (Goodreads) para llevarlos a una red federada como BookWyrm, la barrera de entrada tiene que ser cero. Ponerle trabas técnicas al usuario medio en nombre de la pureza moral es pegarse un tiro en el pie. Había que eliminar la fricción, y eso pasaba por poner la app en el escaparate que todos usan por defecto.

El código no se negocia

Quiero dejar algo muy claro a quienes ya usaban la app: el canal de distribución se amplía, pero la filosofía sigue intacta.

Rocinante es y siempre será software libre.

Que la aplicación se pueda descargar desde los servidores de Mountain View no significa que haya vendido sus tripas. Sigue sin haber telemetría oculta, sin rastreadores, sin anuncios y sin dependencias privativas chupando datos en segundo plano. Es exactamente la misma aplicación limpia que se compila para los canales alternativos, empaquetada para que cualquiera pueda instalarla con un solo clic.

El cuartel general no se mueve. El código fuente permanece abierto, auditable y alojado en forjalibre para quien prefiera revisarlo o compilarlo por su cuenta. A veces, para expandir el uso de herramientas libres, toca jugar en el campo del enemigo.

👉 Descargar Rocinante en Google Play Store

📦 Código fuente en ForjaLibre

#Tecnología #Desarrollo #Android #SoftwareLibre #Rocinante #Reflexiones

 
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from Siete lagartijas

Los Nariz y Media

Es colmado muy curioso el de los Nariz y Media. Pides uno y llevas dos, quieres veinte y llevas treinta.

Llámese de ultramarinos o tienda de todo un poco, lleva tu lista bien clara que van a volverte loco.

«Mire, señora, no olvide probar estos pepinillos; no diga que quiere quince, que quiere usted veinticinco».

«Oiga, señor Aniceto, aquí está su coliflor. ¡Cómo le mira ese pavo! Se lo pongo con arroz».

Sumando, siempre sumando hacen negocio estos vivos, pero ya muchos clientes lo comentan en corrillos:

«Yo pedí cuatro melones y me dieron dieciséis». «Pues yo vine a por dos fresas y me fui con un pastel».

«Una lata de sardinas buscaba para mi tía, y salí con tres merluzas, ¡no entraban en la cocina!»

Pues así es este colmado, el de los Nariz y Media: puedes pedir veinte olivas y llevarte mil trescientas.

(Si no te gusta, no vayas; y si entras, pues te arriesgas.)

#poemas

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Los ecos de las revueltas mineras del norte empezaban a llegar a Colbridge & Mills. El enfado de los obreros hervía en la fundición. Jasper Colbridge, el dueño, temía que una sola chispa pudiera hacerlo saltar todo por los aires. Cuando su capataz entró en el despacho, con la cara colorada y sudorosa, comprendió que la revolución había llegado a su fábrica.

—Señor —empezó a hablar el capataz mientras recuperaba el aliento—, traigo malas noticias.

Jasper no contestó. Se levantó y se sirvió una copa de licor. No necesitaba escuchar más; sabía lo que vendría a continuación.

Los trabajadores se lanzaron a una huelga salvaje. Colbridge llamó a las autoridades y movió sus hilos para que actuaran con la mayor contundencia. El capataz preparaba listas de nombres y no le temblaba el pulso a la hora de despedirlos o entregarlos a la policía para que les dieran una lección.

Sin embargo, la revuelta no se sofocó. Se propagó a las otras fábricas de la región y convirtieron Stratfield en un campo de batalla. Los obreros se llevaban la peor parte. Además de perder su sustento, muchos acababan heridos de gravedad. Los dueños de las fábricas tampoco tenían motivos de celebración. Cada día que se prolongaban las huelgas, perdían grandes cantidades de dinero y sus clientes se veían obligados a buscar nuevos proveedores.

Los dueños de las fábricas tuvieron que aceptar que les salía más rentable llegar a algún tipo de acuerdo con los trabajadores que seguir prolongando la situación. Así pues, se reunieron con los cabecillas de la revuelta proletaria y acabaron cediendo un poco a sus demandas, lo suficiente para que volvieran al trabajo y la maquinaria se pusiera en marcha de nuevo.

Los obreros estaban eufóricos. Habían ganado. Les habían mejorado los salarios y habían readmitido a la mayoría de los despedidos. Los fabricantes también estaban contentos. Volvían a producir. Podían proveer a sus clientes y ganar dinero de nuevo. Los márgenes eran un poco más ajustados, pero seguía siendo un negocio rentable.

Sin embargo, la paz social puede ser efímera. Lo que un día se ve como un gran logro, deja de parecerlo al cabo de un tiempo. Además, con una guerra en ciernes, la economía se vuelve inestable y el coste de vida se dispara. Todo ello comportó que el malestar volviera a las fábricas.

Un buen día, Jasper Colbridge regresó a su casa después del trabajo y se encontró a sus hijos mayores jugando con una pelota. Le daban patadas y se la iban pasando, no parecía más que eso. Se quedó un rato observándolos y vio que también la lanzaban contra un muro y ganaban puntos si la pelota rebotaba dentro de un cuadrado pintado con tiza.

—¿A qué jugáis, chicos? —No estamos jugando, padre. Estamos practicando —contestó el mayor de los dos. —¿Y qué practicáis? —Es un deporte nuevo al que jugamos al salir de la escuela, pero es por equipos. Como solo somos dos, practicamos así. —¿Cómo se llama ese deporte? —Lo llamamos balompié, porque le damos al balón con el pie. —¿Y en qué consiste?

Los chicos le explicaron la mecánica de ese deporte. Al parecer, estaba ganando popularidad entre los jóvenes de Stratfield. Era un poco violento para su gusto, pero parecía interesante. Además, era popular también entre los muchachos de las fábricas, puesto que lo único necesario para practicarlo era un balón.

Al día siguiente, Jasper se reunió con algunos dueños de fábricas de la región para explicarles la idea que se le había ocurrido. Estos hablaron con otros empresarios y, en menos de una semana, la mayoría de los propietarios de la zona estaban de acuerdo en poner en práctica el experimento de Jasper.

Hablaron con los trabajadores que ejercían un cierto liderazgo natural sobre sus compañeros para exponerles la nueva idea. Habían pensado que, para limar asperezas, podían organizar un torneo de balompié, ese deporte nuevo al que jugaba la juventud. Para hacerlo más interesante, habían pensado en un premio en metálico para el equipo vencedor.

Los cabecillas de los obreros estaban un poco recelosos. Conocían el balompié. De hecho, más de uno lo practicaba. Lo comentaron entre ellos y llegaron a la conclusión de que no tenían nada que perder y, quien ganara, se llevaría un buen premio. Por lo tanto, aceptaron el desafío.

A lo largo del mes siguiente, voluntarios de todas las fábricas se fueron apuntando al torneo. Viendo el éxito de convocatoria, acabaron montando un equipo por cada empresa, más uno combinado que representaba a los patrones. En total, la competición reunió a catorce contendientes.

Los trabajadores estaban muy animados con el torneo. Se esforzaban más en sus tareas para poder salir a tiempo y prepararse para competir. Además, se reforzó el ambiente de camaradería entre los obreros.

Cuando por fin llegó el día de iniciar el torneo, los trabajadores estaban pletóricos. Incluso los que no iban a jugar, acudían como espectadores para disfrutar del espectáculo. Al acabar los encuentros, los ganadores rebosaban de alegría y los perdedores casi siempre aceptaban la derrota con deportividad.

Como eran tantos equipos, la competición duró cuatro días. Los dueños de las fábricas quedaron eliminados tras su primer encuentro, lo que produjo un gran alborozo entre todos los obreros. Los ganadores se hicieron con el premio prometido.

Aunque solo uno de los equipos había logrado ganar el torneo, como estaba estipulado de antemano, los trabajadores de todas las fábricas lo vivieron con alegría. Los de abajo habían logrado vencer a los de arriba. La celebración de la victoria se prolongó durante bastantes días.

Nadie pensaba en si los turnos eran demasiado largos, en si los salarios eran demasiado escasos ni en si las condiciones del trabajo eran demasiado peligrosas. Nadie pensaba en protestas ni en huelgas. Solo en cómo habían dado una lección a esos patrones explotadores. Por fin los habían puesto en su sitio.

Por su parte, los dueños de las fábricas también estaban de celebración. El plan de Jasper había sido todo un éxito. Sin duda, habría que repetirlo. Es más, tendrían que convertirlo en tradición. Quizá celebrarlo cada año. Y espaciar los partidos en el tiempo para que la competición durara más. Lo que haga falta para tener la fiesta en paz.

#relato

 
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from Francisco Molinero

Vengo a recordaros que el tiempo no es lineal, que no fluye como la experiencia nos parece demostrar y que los conceptos de pasado y futuro son construcciones humanas con poca o nula base científica. Pero no vengo a explicaros cosas de física que no sé entender yo de una manera cabal. Vengo a hablaros de mi experiencia del tiempo y lo que es más interesante, de la vida y como transcurre esta en una especie de ciclos cortos que terminan componiendo un ciclo medio que acaba por ser un ciclo de largo recorrido. La vida no la siento como una flecha que va desde el nacimiento hasta la muerte, la siento como un muelle que en cada vuelta me aleja del principio pero me lleva a una situación similar a la de la vuelta anterior. Ligeramente parecida, ligeramente distinta y si me paro a pensar en ello soy capaz de encontrar cierto sentido en lo que pasa y si me encadeno a la actividad irreflexiva, diaria, me consume en un tedio repetitivo que me agota. No espero que estas reflexiones de filósofo barato os ayuden mucho, más espero que me ayuden a mi a sobrellevar un cierto cansancio de vivir que se me hace cada vez más empinado.

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Hace un día maravilloso para pasear por el Campo Grande. Los árboles empiezan a mudar sus colores y el parque se convierte en una fantástica paleta de verdes, ocres, amarillos y granates. El olor a resina y a tierra convive con el de los puestos de castañas asadas. Los transeúntes disfrutan del buen tiempo, ajenos a lo que sucede en el alfoz. Mencía, en cambio, no puede permitirse ese lujo. Por eso es le únique que camina con prisa.

Llega a la Academia de Caballería, un imponente palacio que aloja las sedes de algunos comités de la ciudad, y recuerda cuánto le impactó la primera vez que lo vio. El revestimiento captador de CO2 es totalmente transparente y deja a la vista la construcción original del siglo XX. Es asombroso cómo supieron adaptar los edificios históricos para hacerlos ecoeficientes sin arrebatarles el encanto de su época. Ni siquiera el ascensor y la cúpula fotovoltaica, añadidos a finales del siglo XXI, rompen la estética.

Vega y Pradillo le esperan en la sala del comité de Abastos. Aunque no hay una jerarquía formal y Pradillo es le más veterane, Mencía lidera el equipo.

—He estado en los campos del oeste. Tenemos problemas —arranca Vega—. La plaga ha destruido los cultivos cercanos al estadio. 230 hectáreas entre Valladolid, Zaratán y Arroyo.

—La buena noticia —añade Pradillo— es que los drones agrícolas han logrado exterminar la plaga y capturar varios especímenes para analizarlos y poder reaccionar antes la próxima vez.

—La mala es que nos arriesgamos a vivir la mayor escasez de los últimos treinta años —acota Mencía—. Los silos tienen un ligero excedente, pero este revés nos va a obligar a racionar el cereal durante el invierno. ¿Hemos contactado con el comité de Consumo?

—Claro, jefe. He llamado a Carlos Verdejo para concertar una reunión hoy mismo y elaborar un plan conjunto.

—¡Buen trabajo, Vega! ¿A qué hora?

—Dicen que cuando estemos listos. Nos esperan en el ayuntamiento.

Para llegar a la casa consistorial, atraviesan la calle Santiago. Se trata del principal eje comercial de la ciudad y es un placer recorrerla. Las fachadas cubiertas por jardines verticales albergan multitud de pájaros cantores que amenizan el trayecto. Al final aparece la plaza Mayor y, justo enfrente, el ayuntamiento.

Trabajar con Consumo suele ser fácil. A diferencia de otros organismos, no sienten ninguna necesidad de colgarse medallas. Se centran en optimizar el uso de los recursos para abastecer a la población y reducir los residuos. Por eso es agradable colaborar con ellos.

Carlos Verdejo, posiblemente el hombre más elegante de Valladolid, les recibe acompañado de su equipo.

—Parece que tenemos un pequeño problemilla de aprovisionamiento, ¿no es así?

—Eso me temo —contesta Mencía—. Hemos perdido unas 250 toneladas de cereal.

—Vaya —Verdejo tuerce el gesto—. Es más grave de lo que imaginábamos. El excedente de los silos no va a cubrir ni una cuarta parte, tendremos que buscar el modo de compensarlo.

—Teniendo en cuenta que nos acercamos al invierno —indica Jaizkibel, mano derecha de Carlos, mientras consulta su tableta—, lo más sensato sería recurrir a otras fuentes de biomasa. Podríamos hacer una tala controlada en el pinar de Antequera.

—No creo que a los de Espacios Naturales les haga mucha gracia —apostilla Pradillo—. Ya sabéis el empeño que ponen en mantener el equilibrio forestal.

—Tampoco les gustará quedarse sin calefacción en enero —insiste Jaizkibel—, cuando el frío aprieta y la cencellada dura semanas.

—Quizá deberíamos convocarles, y a los de Energía también —propone Vega—. Les llamo para ver cuándo tienen hueco.

Fija una reunión esa misma tarde. Como va a ser larga, se citan en un bar del pasaje Gutiérrez. Falta casi una hora, pero prefieren acercarse ya y tomarse el primer vino. Van por la segunda ronda cuando llegan los dos comités restantes. Tras los saludos y una nueva comanda, se ponen al día y empiezan a buscar una solución adecuada para todas las partes.

—Entonces, si lo he entendido bien, el problema no es tanto la alimentación como el suministro de electricidad, ¿verdad? —Carolina, cabecilla del comité de Energía, quiere asegurarse de comprender la situación.

—Así es —aclara Verdejo, que se ha erigido en portavoz de Consumo y Abastos—. El cereal perdido habría servido para generar unos 150 ­­­000 litros de biofuel.

—En ese caso os voy a dar una alegría. —Una amplia sonrisa llena el rostro de Carolina—. Hemos encontrado el modo de conservar el excedente de energía que generamos con el CO2 capturado en baterías de gel. Gracias a esta nueva tecnología de almacenamiento eléctrico, calculamos que vamos a necesitar muchísimo menos combustible. De hecho, según nuestras proyecciones, en unos años podríamos llegar a prescindir de él.

—¡Eso es una excelente noticia! —grita Mencía, un poco achispade—. ¿Cómo es posible que no supiéramos nada?

—Terminamos las últimas pruebas hace unas semanas. Está previsto anunciarlo en el pleno del martes. Creo que nos merecemos que nos invitéis a esta ronda, ¿no?

—A las que queráis —sentencia Pradillo—. ¡Tenemos que celebrarlo!

#relato #solarpunk

 
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from Sé verlas al revés

“Si algo he aprendido en esta vida, es que difícilmente puede uno escapar al funcionamiento propio de las cosas. Quiero decir que, si vives en Tokio, compartirás tu vagón de metro con once mil japoneses y, si lo haces en Oslo, raro será el día en que te libres del abrigo y la bufanda. Y yo, por aquel entonces, vivía en Londres.”

Fragmento de la portada de la película en la que se aprecia una calle residencial con viviendas de arquitectura típicamente británica y vehículos aparcados a ambos lados de la calle; y en la que asoma parte de un carro de supermercado lleno de trastos y, sobre éstos, un gallo. En la parte inferior de la imagen se puede leer el título de la película, "El factor Pilgrim".

Así da comienzo el “El factor Pilgrim”, la ópera prima de Alberto Rodríguez y Santi Amodeo. La sinopsis de la película bien podría sonar a chiste: “un español (Alex O'Dogherty), un italiano (Enrico Vecchi), un inglés (Simon Edwars) y un sueco (Jöns Pappila) sobreviven en el Londres de los noventa dedicándose al trapicheo de artículos de rastro cuando, por azares de la fortuna, cae en sus manos un objeto que podría cambiar la historia más reciente de la música y la de la banda más importante del panorama británico y mundial de los últimos tiempos, los Beatles.” A partir de este momento lo que parece ser una historia propia de la novela picaresca da un giro y se convierte en un trepidante thriller sin dejar de lado el toque humorístico y absurdo que impregna la relación de estos cuatro personajes.

Desde las primeras escenas se aprecia cómo el ingenio del equipo técnico suple el irrisorio presupuesto con el que contó la película que, por no tener, no tenían ni autorización para rodar en las calles de Londres. Un trabajo en el que esas carencias son salvadas por un guion más que acertado, un ritmo trepidante y un genial trabajo interpretativo.

Para muchos, en esta película, la ciudad de Londres se convierte en un personaje más aunque, para mí, el gran protagonista que está presente durante toda la historia es la banda sonora: magistral. Ante la imposibilidad presupuestaria de afrontar los derechos de las canciones que querían incluir, recurrieron a Lavadora, una banda formada ex profeso por músicos de la escena underground sevillana para hacerse cargo del apartado musical de esta película y con vistas a ampliar el proyecto a futuras grabaciones, cosa que, con el tiempo, se llegó a confirmar.

Cabe mencionar que en el año 2000, el año de su estreno, entre otros reconocimientos recibió una mención especial en el Festival de San Sebastián «por su hilarante frescura y energía». En palabras del propio jurado, «nos hemos sentido particularmente impresionados por el original concepto del film y la inventiva de sus diálogos».

Mi relación con la película

Hará más de veinticinco años, por motivos que no vienen al caso, me tuve que hacer a toda prisa con una videoteca en VHS a partir de una lista de títulos, algunos conocidos, otros no tanto y otros totalmente desconocidos. El listado consistía en una serie de folios grapados con tres columnas: número de índice, título de la película y género. Sin duda, entre los totalmente desconocidos se encontraba El factor Pilgrim.

No sé cuánto tardé en verla por primera vez, supongo que antes vería otras más conocidas, pero desde ese primer visionado fueron muchas las veces que volví a verla. Algunas veces solo, pero otras tantas con amigos. A la mayoría de ellos, acostumbrados a un cine más comercial y a grandes producciones, no les atraía lo más mínimo o, directamente, nos mandaban (a la película y a mí) a la mierda; pero otros veían en ella una apuesta interesante, diferente y entretenida.

Desde entonces conservé una copia en VHS aunque durante mucho tiempo también la estuve buscando en formato digital, lamentablemente, sin éxito alguno. También anduve buceando por páginas de descarga, pero no logré nada más allá de alguna copia de mala calidad a partir de un VHS o alguna versión sin el doblaje final (los actores grabaron entre inglés y español según el caso), con lo cual resultaba más caótica aún. Se dio el caso de que la pusieron en televisión alguna que otra vez, aunque siempre me enteraba tarde.

Hasta que recientemente me dio por buscarla de nuevo y gratamente he visto que está en alguna plataforma digital y, ahora sí, peer to peer mediante, tenemos una buena versión disponible; basta pedírselo a tu mula favorita.

Como colofón a este pequeño homenaje no puedo hacer otra cosa que recomendarla una y otra vez. Puede que ya la hayas visto, pero si no, no dejes de hacerlo. Tal vez te llegue como me llegó a mí entonces y, de una u otra forma, pase a representar algo especial para ti.

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