Escritura Social

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from El rincón de ferlagod

Mantener la soberanía digital tiene un precio, y ese límite suele pagarse con tiempo o con dinero. Tras evaluarlo en frío, he comenzado a migrar todos los repositorios de mis proyectos a GitHub y ForjaLibre acabará cerrando sus puertas.

ForjaLibre nació como un ejercicio de independencia. La idea era montar una instancia propia (usando Forgejo) en un servidor VPS para mantener el código fuente de Rocinante, Mis Curas y BiblioHouse lejos de la infraestructura de las grandes tecnológicas.

Durante todo este tiempo ha cumplido su función. Ha sido el lugar donde se han gestionado cientos de commits, compilado actualizaciones y centralizado el desarrollo. Sin embargo, la teoría del purismo tecnológico choca con la realidad de mantenerlo.

La decisión de abandonar el servidor propio se apoya en dos problemas:

  1. El servidor lleva semanas arrastrando ralentizaciones constantes y bloqueos inesperados. Esto obliga a perder horas haciendo labores de administrador de sistemas, reiniciando servicios y parcheando errores, en lugar de utilizar ese tiempo en mejorar las aplicaciones.
  2. El obstáculo definitivo es económico. En enero entra en vigor una subida en la cuota mensual del alojamiento. Hay que ser realistas: no hago negocio con mis proyectos. Son herramientas gratuitas, sin publicidad. Asumir una cuota mensual cada vez más alta de mi propio bolsillo para alojar código gratuito ha dejado de ser lógico o sostenible.

Es la misma decisión pragmática que tomé al subir las aplicaciones a la Google Play Store para evitar la fricción a los usuarios. Renunciar a la independencia del servidor propio molesta, pero la prioridad deben ser las apps. Prefiero alojar los repositorios en una plataforma estable y gratuita que me permita dedicarme exclusivamente a desarrollar.

El software seguirá siendo libre, solo cambia el lugar donde se aloja. A partir de ahora, todo el desarrollo, las descargas y el reporte de errores se centralizan en GitHub:

👉 Perfil oficial en GitHub

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Una barrita energética tendrá que bastar. Apenas quedan provisiones y sería una canallada mermar aún más la despensa de sus compañeros. Por otro lado, ¿qué sentido tendría llevar más comida? Si todo sale bien, podrá encontrar más. Si no, tampoco la necesitará. «Es mejor que te vayas ya, Juanito. Antes de que se despierten los demás e intenten disuadirte».

Ha sido un error. Nada más salir al exterior, una fuerte irritación le llena los ojos de lágrimas. Le cuesta respirar y su corazón bombea como una locomotora. Nota la boca reseca y espasmos en manos y pies. Ocho años no han sido suficientes. «Espero que mis compañeros resistan», es lo último que piensa antes de caer al suelo.

Un momento. Aún tendido sobre la tierra, en posición fetal, empieza a respirar mediante inhalaciones más cortas y superficiales. Le cuesta un poco moverse y aún lagrimea, pero puede ver. A medida que logra tranquilizarse, toma conciencia de cómo ha cambiado el mundo durante su ausencia.

Donde antes había un pinar, ahora hay una alfombra de arbustos y hierbas altas; incluso algún árbol ha vuelto a brotar. Sin el denso mar de troncos entorpeciendo la visión, alcanza a ver edificios a lo lejos. Sin duda, vestigios de lo que antaño fue su hogar.

Su primer instinto es regresar al búnker a darles la buena noticia a los demás, pero sería precipitado. El protocolo que habían acordado exige una investigación concienzuda del entorno. Por ahora, sabe que se puede respirar y que hay plantas e insectos en la superficie. Es un principio prometedor, pero no suficiente para arriesgarse a extraer a sus compañeros.

La ausencia de árboles de dimensiones aceptables le impide trazar su camino con el marcador forestal rojo de su equipo. En lugar de eso, levanta pequeños montículos de piedras cada pocos metros con la esperanza de que sean suficientes para volver sobre sus pasos cuando haya comprobado que todo está en orden.

De camino a su destino, descubre pájaros, lagartijas, conejos e incluso algunos árboles que siguen en pie. Todo son señales esperanzadoras. De repente, cree oír un coche y empieza a perseguir el ruido, pero se queda sin resuello demasiado pronto.

Avanza hacia lo que había sido su pueblo. Todo resulta familiar y ajeno a la vez. Las calles siguen más o menos igual que en su memoria, pero hay detalles distintos. Más vegetación, basura desparramada, cristales rotos, puertas desvencijadas. No sabe qué ha ocurrido, ni cuándo, pero está claro que la actividad humana perduró un tiempo después de que se encerraran en el búnker.

Deambula por el núcleo urbano en busca de evidencias recientes de la presencia de personas, pero no encuentra nada. Por todos lados puede ver los estragos causados por lo que imagina que fue algún tipo de ataque extranjero. Biológico, quizá. Si hubiera sido nuclear, ya se habría dado cuenta.

Como era de esperar, en la tienda del pueblo no encuentra comestibles que sigan siendo viables. Tampoco es que haya mucho echado a perder. Los vecinos debieron de saquearla cuando la cosa se empezó a torcer. En cualquier caso, ha comprobado que el exterior no supone una amenaza para su grupo. Ha llegado el momento de volver para darles la buena noticia.

La flecha que le ha atravesado la corva de la rodilla izquierda interrumpe su regreso. No la ha visto venir, pero intuye su procedencia por el ángulo de entrada. Postrado en el suelo por el dolor, dirige su mirada hacia la ubicación de su atacante y descubre a un hombre que le recuerda a alguien de su pasado.

—¿José Luis? —pregunta, con un hilo de voz.

—¿Juanito? ¿Eres tú? —contesta el arquero, en un tono demasiado alegre para acabar de reventarle la rodilla—. Te daba por muerto.

—Estaba en el refugio, con los demás. —El dolor de la herida le obliga a hablar poco a poco, haciendo pausas para lamentarse y maldecir a su viejo camarada—. Nosotros creíamos que el que no habría sobrevivido eras tú.

—Siento lo de la flecha. Aprendí que es mejor inmovilizar primero y preguntar después. Ahora te la curo. Te costará andar, pero en unos días estarás como nuevo.

Tras fundirse en un abrazo, José Luis se ocupa de la herida que ha infligido a su amigo de juventud.

—Entonces, lo del búnker os salió bien. Lleváis ahí qué, ¿ocho años?

—Perdimos la cuenta, pero por ahí tiene que andar.

—Nunca creí en vuestra idea. Todos pensábamos que exagerabais, que os habías vuelto locos; y al final teníais razón. Aquí ha sido jodido, la verdad. En fin, podemos ir a buscar al resto y os llevo a casa. Tengo huerto y gallinas.

De camino al refugio, los dos viejos compinches se ponen al día. Si aguantar tanto tiempo bajo tierra ha sido duro, en la superficie fue peor. No hubo ninguna hecatombe nuclear. Las inteligencias artificiales, a base de fake news personalizadas al milímetro, sumieron al mundo en una guerra fratricida.

El incendio que había arrasado el pinar donde se esconde el búnker lo provocó un comando local que creía seguir directrices de un líder somalí que ni siquiera existía. La tecnología, la escasez y el miedo fueron el material necesario para reducir el mundo a cenizas.

Juanito entra renqueando en el refugio y vuelve a salir al cabo de poco con sus compañeros. Todos lloran, por la alegría de sentirse libres, por el reencuentro y por el brillo excesivo de la luz del día. Se abrazan, ríen. Están listos para enfrentarse a la siguiente etapa de su vida.

#relato

 
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from El escritorio de McAllus

—Cuentan las leyendas que en las noches de octubre un hombre vestido con un traje impecable y sombrero blanco vaga por estas tierras sin rumbo, como un espectro que no puede descansar. Dicen que si le dejas entrar puede concederte tu mayor deseo… o ser el causante de tu mayor desgracia.

El anciano vestido todavía con su gabardina cubierta de nieve apuró el trago de vino caliente.

—Esa historia la conoce todo el mundo por aquí, viejo —dijo un parroquiano lanzándole un trozo de pan—. Así no te vamos a invitar a nada.

—¿Para qué le has dejado entrar, Maya? —preguntó otro—. Se han colado dos kilos de nieve por nada.

—Nunca dejaré a un viajero pasar frío —replicó Maya—. Sea un extraño o un conocido, cuente buenas historias o no.

El anciano se levantó del taburete y sacó un sombrero blanco del interior de la gabardina. Todos pudieron ver que debajo llevaba un traje gris. Se hizo el silencio en la taberna.

—Maya, será mejor que se agache —dijo—. No salga hasta que cesen los gritos.

La mujer se agachó tras la barra y apretó con fuerza un trapo, mientras escuchaba los gritos de puro horror de sus clientes. Tardó unos minutos en salir tras apagarse el último alarido. Se asomó tras la barra y no había ni rastro del anciano, de sus clientes solo quedaban sus ropas.

Estaba dando unos pasos lentos hacia el centro del salón, cuando la puerta se abrió. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio aparecer a su hijo, dado por muerto en el frente de guerra un año atrás.


Me vais a aceptar que este microrrelato esté poco elaborado, pero es que lo he escrito en clase como ejercicio de escritura automática (a partir de una imagen escribir rápido lo que te inspirte). Creo que es bonito compartir también algo que ha salido de forma espontánea.

Este texto pertenece a la iniciativa Writeober26 creada por Witchy Kat en bluesky. Consiste en escribir cada día de octubre algo inspirado por la palabra que toca. Para el día 7 la palabra es Espectro.

Tenéis en esta entrada del blog el listado completo de palabras así como un listado de todos los relatos que he publicado del reto.

#Writeober26 #Writeober #RetoDeEscritura

 
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from El escritorio de McAllus

Los niños solían jugar al escondite o el pilla en el camposanto después de salir de clases. Cuando el cielo era azul no les preocupaba demasiado a los padres que jugasen allí. Ahora, ya bien entrado el otoño, anochecía muy pronto y no les gustaba que fuera. Así que el guardia jurado vigilaba la entrada para impedirles el paso.

Aquel día el guardia pensaba que no iba a tener que discutir con los pequeños… hasta que oyó unas risas que rompieron el silencio del lugar. ¿Qué pasaba con estos niños? ¿Tenían un mapa con accesos secretos?

Le tocaba sumergirse en la niebla que empezaba a flotar entre las tumbas, como un explorador que llega a las orillas de un nuevo territorio. Hizo el gesto de la cruz y entró con su linterna alumbrando en todas direcciones. Sintió un frío antinatural en la piel en cuanto entró.

Fue girando por las intersecciones según escuchaba las risas en una dirección u otra. Siempre desaparecían cuando estaba a punto de alcanzarlos. De pronto las pilas, puestas de esa misma tarde, empezaron a parpadear. Salió corriendo.

Un rato después, con la calefacción puesta en la intimidad de su hogar, escribió su carta de dimisión.


Me vais a aceptar que este microrrelato esté poco elaborado, pero es que lo he escrito en clase como ejercicio de escritura automática (a partir de palabras aleatorias que nos dada la profesora cada cierto tiempo). Creo que es bonito compartir también algo que ha salido de forma espontánea tal y como lo leí en clase. En cursiva y negrita en el texto las palabras que había que introducir en el relato.

Este texto pertenece a la iniciativa Writeober26 creada por Witchy Kat en bluesky. Consiste en escribir cada día de octubre algo inspirado por la palabra que toca. Para el día 6 la palabra es Camposanto.

Tenéis en esta entrada del blog el listado completo de palabras así como un listado de todos los relatos que he publicado del reto.

#Writeober26 #Writeober #RetoDeEscritura

 
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from El escritorio de McAllus

—No debes dejarte mangonear en el colegio, Jimmy —dijo el hombre, ajustándose la camiseta, que se ceñía a su musculatura como una segunda piel—. Si ves que va a haber pelea debes ser siempre el primero en golpear.

—Sí, papá.

—Y si te golpean, ¡te levantas! Pero, sobre todo, nunca llores.

—Vale, papá —dijo el niño cambiándose la mochila de hombro.

Padre e hijo doblaron una esquina. Había un parque a su izquierda.

—¡Guau! ¡Guau!

Un pomerania trotó hacia ellos. El hombre lo miró y cruzó rápidamente a la otra acera.

Jimmy acarició al perro antes de reunirse con su padre.


“Sé de qué va todo eso. Los que parecen grandes son pequeños por dentro” era la cita que teníamos el domingo 27 de septiembre de 2026 para escribir en “La cita que transita”. Se trata de una frase de la novela “Anuncios” de Camila Cañeque.

Laura nos proponía como reto adicional que usaremos un narrador “testigo o cámara”, que se limite a contar lo que ve y lo que oye, sin meterse en la mente del personaje: Con este tipo de narrador conseguiremos que sea directamente el lector quien interprete lo que sucede, sin intermediarios, como si colocásemos una cámara fija en un lugar, que se limita a grabar lo que sucede en la escena. Como siempre limitado a 160 palabras.

#LaVersalita #Microrrelato #LaCitaQueTransita #CamilaCañeque #Anuncios

 
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from El escritorio de McAllus

El anciano Jeremiah caminaba hacia la ventana del despacho cuando tropezó con una mesa que no debería estar allí. Oyó como se volcaba y rompía todo lo que había sobre ella.

—¡Malditos niños malcriados! —gritó mientras trataba de mantener el equilibrio—. ¿Queréis que me mate? Aún no estáis preparados para sustituirme como gran astrónomo de la corte. ¡Incluso ciego soy mejor interpretando las estrellas que vosotros!

—Perdón, maestro —dijo Alba—. Estábamos limpiando esa zona del despacho porque pensábamos que todavía tardaría más en subir.

—¡Subo a mi estudio cuando me place!

—Por supuesto, maestro —dijo Viggo—. Arreglaremos la maqueta estelar inmediatamente.

—¡No! Recogedla y dejarlo todo sobre la mesa en su sitio —ordenó—. En cuanto lo hagáis, os marcháis a ordenar mi habitación y la biblioteca.

—Sí, maestro —respondieron a la vez.

Jeremiah escuchó como recogían el destrozo y cerraban la puerta al salir. Se asomó a la ventana y elevó su nublada mirada al cielo. Notó el calor de los primeros rayos del Sol en la cara. Ese día no prometía nada bueno.

¡PUM! ¡PUM!

La puerta se abrió despacio. Le llegó el olor a perfume de rosas que usaba Alissa.

—Venerable Jeremiah, disculpe la intromisión —dijo la joven—. Me han dicho sus alumnos cuando me los he cruzado que estaba muy ocupado, pero necesito hablarle de un tema.

—¡Ja! Te habrán dicho que estaba cabreado, si conoceré yo a esos malcriados —replicó, indicándole con la mano la silla al otro lado de su escritorio—. Siempre tengo un momento para la nueva Suma Sacerdotisa.

—¿Ha oído hablar de la profecía de la luna que nos vigila?

—Sí, habla sobre que la luna es el párpado cerrado de un dios muerto en los tiempos de la Guerra en los Cielos.

—Desde que ascendí a mi puesto he estado revisando los viejos libros de la Fe Primordial... He encontrado un texto que dice “cuando el ojo se abra se alimentará del mundo”.

—Los dioses me libren de poner en duda a la iglesia, pero eso no es más que una de tantas profecías que nunca se han cumplido.

—Eso hubiera pensado de no ser porque la profecía viene con la enumeración de tres calamidades que precederán a la apertura: un hermano alzándose contra su propia sangre, un invierno de hambruna y la muerte del primogénito de la corona —añadió poniéndose de pie—. La rebelión del hermano del rey hace un año y los problemas con las cosechas del norte que han traído racionamiento en todo el reino para este invierno ya se han cumplido.

—Admito la coincidencia, niña… Suma Sacerdotisa, pero el primogénito del rey está vivo y cada día más alto, fuerte y… guapo, según me dijo Alba, entre suspiros, el otro día —replicó el anciano levantándose—. No deberías preocuparte. Ya no eres una acólita más, eres la cabeza visible de nuestra iglesia.

—Supongo que tiene razón. Será mejor que vuelva a mis deberes —Caminó hasta la puerta y añadió—. Muchas gracias por atenderme.

—Siempre estaré aquí para ti, pequeña —susurró el anciano cuando la puerta se cerró.

Un joven Jeremiah corría por los jardines de palacio. La luna estaba completamente llena y más brillante que nunca. Jeremiah elevó la mirada al cielo y vio como aparecía una herida que la rasgaba, algo rojo le miraba desde dentro. Gritó.

Alba entró corriendo en la habitación.

—¿Está bien, maestro?

—Sí, niña —respondió tembloroso—. Ha sido solo una pesadilla.

—¡Maestro, algo le pasa a la luna!

El anciano se sentó al borde la cama. Las palabras de Alissa una semana atrás le martilleaban la cabeza.

—Descríbelo.

—Parece que haya aparecido un orbe rojo en medio de ella.

—¿Como si fuera una pupila?

—Bueno… con un poco de imaginación sí, podría ser un ojo sin pestañas.

En ese momento sonaron las campanas de la catedral.

—¿Es una hora en punto? —preguntó Jeremiah.

—No, maestro.

—Manda a Viggo a averiguar que pasa y luego vuelve a ayudarme para vestirme.

Una hora después estaban entrando a la sala del consejo real. Oyó los sollozos de la reina alejándose por el corredor, acompañados por los pasos apresurados de sus damas. En el consejo ya estaban esperando el propio rey Timoteo III, la Suma Sacerdotisa Alissa con su perfume a rosas, James, el escriba real con su habitual olor a vino y el general Sir Arthur Galathar que traía olor a sudor, cuero y perfume ajeno.

—Perdón por la tardanza, majestad —dijo Jeremiah, intentando recuperar el aliento—. Siento mucho la muerte del príncipe Gabriel.

—Gracias, viejo amigo —respondió el rey—, pero ahora debo hacer de rey y no de padre para atender un asunto más preocupante.

—La profecía se ha cumplido —dijo Alissa con la voz quebrada—. No le tenía que haber hecho caso, Jeremiah. Debería haber avisado al príncipe de que tuviera cuidado.

—Ha sido una casualidad, Alissa. Era imposible que…

—Quizás usted no pueda verlo, Jeremiah —interrumpió James—, pero le aseguro que el aspecto de la luna es preocupante y unido a la profecía que descubrió nuestra Suma Sacerdotisa, debemos hacer algo.

—¿Ha averiguado algo más, Divina? —preguntó el rey.

—Encontré una cita más dentro de la profecía, pero me da miedo lo que significa.

—Usted díganoslo —ordenó el rey.

—Cuando el ojo mire al mundo, dadle aquello que todavía respira.

—¿Qué se supone que debemos darle?

—En los textos de la época “lo que respira” se refiere a ofrendas vivas. Los sacerdotes y yo pensamos que podría tratarse de un sacrificio humano.

—¿Y cree que con eso volverá a la normalidad la luna? —intervino por primera vez Arthur.

—Es posible —respondió despacio la joven.

—¡Eso son supersticiones! —exclamó Jeremiah—. No hay sacrificios humanos en este continente desde antes incluso de que se fundara este reino.

—No perdemos nada por probar con alguno de los delincuentes de las mazmorras —sugirió James.

—De acuerdo. Suma Sacerdotisa investigue la forma correcta de realizar el ritual —ordenó el rey—. Sé que es cruel, pero no permitiré que la luna devore el reino.

Continuará en noviembre...


Este texto pertenece a la iniciativa Writeober26 creada por Witchy Kat en bluesky. Consiste en escribir cada día de octubre algo inspirado por la palabra que toca. Para el día 5 la palabra es Luna.

Tenéis en esta entrada del blog el listado completo de palabras así como un listado de todos los relatos que he publicado del reto.

#Writeober26 #Writeober #RetoDeEscritura

 
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from Compendio de historia anul

De entre todas las criaturas que se han domesticado, el yansén de agua es una de las más destacables. El yanset cuenta con siglos de selección por parte de los ancestros, que con una inteligencia superior y un tamaño que sobrepasa los actuales, definieron a esta raza según sus necesidades.

Según esta selección sería posible establecer una cronología desde el dominio meletil, la era cristórica hasta los comienzos del dominio anul y la evolución de los sanuli.

Así, el yansén evolucionó en un entorno inhóspito. Poseía unas extremidades frágiles, incapaces de sostener sus propio peso y que le impedían moverse con facilidad. El yensac sacó buen partido de ellas a partir de una involución que eliminó buena parte de su masa corporal y dos terceras partes de sus órganos. Así, el yansén pisó el agua por primera vez junto a los sanul, donde el entorno acuático dotó de un nuevo propósito a esta cadena evolutiva.

El yanset es una especie hexápoda, con un sistema orgánico duplicado, con excepción del reproductivo, cuya copia no es exacta, sino la causa de su dimorfismo sexual permitiendo una serie de hibridaciones que difiere de la especie de sus progenitores.

El yansén posee, además, una coraza natural, habitual en moluscos y amonites, pero evolución infrecuente en especies nectópodas. Las placas coriáceas que cubren al yansén desde la base posterior de la cabeza a lo largo del lomo y hasta la punta de la cola, rodeando su cuerpo por completo con excepción de la parte frontal de la cabeza y la articulación inferior de las aletas. Las placas varían en tamaño y dureza, pero por lo general son alargadas y rígidas, lo que impide al yanset variar su tamaño una vez alcanzada la edad adulta.

La variación de esta característica resultó fundamental en su domesticación: los sanuli favorecieron al yansén cuyas placas eran más flexibles, que poco a poco redujeron su tamaño. Sacrificaron parte de su resistencia a cambio de una gran movilidad que los sanuli aprovecharon para multitud de funciones.

El tamaño de los yensac también varió en consonancia, en general, disminuyendo; en una mutación extraordinaria una clase de yanset multiplicó su tamaño dando muestras del gigantismo propio de la época meletil. Estos yansén aún son reverenciados entre las comunidades sanuli.

Para lo que todavía no se ha hallado explicación es a la variación de sus patrones y colores tras su adaptación al entorno acuático. Durante muchas épocas al yanset se lo percibió de un gris plateado que lo camuflaba en el agua; sin embargo, el yansén ha desarrollado una gama moteada de verdes y amarillos brillantes, placas que recorren el espectro donde se confunden el granate y el púrpura. Es esa dicotomía la discusión más reciente en las escuelas anul, y que se prevé pueda alargarse durante años.

*** Se intercambian los términos yansén, del yanset y del yensac con la misma facilidad con la que cambio mi ropa y digo que voy vestido, y sin embargo, textos como este insisten en una diferencia mayor que la existe entre un caballo y un dragón. Los anul domesticaron una gran bestia con el yansén; o más de una, si podemos confiar en las conclusiones extraídas de un texto sumamente confuso y fragmentado.

#montura

 
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from El escritorio de McAllus

Álvaro suspiró al ver que del autobús de línea se bajaba otro grupo de turistas. Tenía la esperanza de que, siendo tan tarde, el anterior grupo fuera el último. Miró el reloj, cuarenta minutos más y para casa. Observó como se acercaban hacia él. Una pareja de personas mayores, un par de jovencitas que no paraban de hacerse fotos y un japonés con una cámara al cuello y un trípode colgando de un lado de su mochila.

Los dos ancianos llegaron a su lado antes que los demás.

—¿Hay muchos escalones, niño? —preguntó la mujer en un impecable acento inglés. «De Londres, casi seguro», pensó el guía.

—No, señora. La zona que visitamos está toda en la planta baja del castillo.

—Buenas noches —dijo el hombre, ofreciéndole la mano. Álvaro se la estrechó—. Disculpe a Margaret, cuando está cansada no se acuerda ni de saludar.

—Calla, Edward.

Miró hacia el camino de subida y vio que las dos jóvenes estaban tomándose unos selfies al borde del foso seco que rodeaba la fortaleza.

—¡Buenas tardes, soy Álvaro Romero! —gritó—. Vamos a visitar la parte rehabilitada del Castillo Montalbán. Por favor, reuníos en el patio.

Las chicas se cogieron del brazo y corrieron riéndose hacia el lugar donde ya estaban esperando los ingleses.

—Ingrid y Nora —dijeron las dos chicas casi a la vez. Nunca le quedó claro quien era quien.

El japonés llegó un poco después.

—Kenji —se presentó con una ligera reverencia.

—No pasa nada —dijo Álvaro con una sonrisa—-. Vamos a empezar con la visita.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis —contó Álvaro para sí mismo y luego elevó la voz—. Perfecto, vamos allá.

Comenzaron la visita por los antiguos barracones de la guardia, siturados a un lado del patio. Tras ese pequeño edificio iban al propio castillo. Álvaro se quedó sujetando la enorme puerta de madera mientras los turistas entraban. Estaba cerrándola cuando tuvo la impresión de que faltaba alguien, se asomó al patio y no había nadie.

—Tengo que coger turnos más cortos… O no salir hasta tan tarde la noche de antes de tener jornada completa —masculló.

Durante algo más de cuarenta minutos recorrieron la capilla, el gran comedor, la sala de baile, las cocinas y dos dormitorios de invitados. Álvaro les contó la historia del castillo desde su construcción en 1522 hasta la maniobra política en la que la familia Montalbán se lo arrebató a los Moncada.

Volvieron a la entrada casi veinte minutos tarde, entre las fotos de Ingird y Nora, las paradas de Kenji y las preguntas de Edward. El conductor del autobús señalaba su reloj desde la puerta justo cuando se encendían las luces. Junto a él esperaban Ramiro, el vigilante nocturno con su habitual sonrisa, y Juan el vigilante del día con cara de pocos amigos.

Junto a la salida se hicieron unas cuantas fotos con el trípode y la cámara con mando de Kenji. Cuando salieron, Álvaro hizo su habitual cuenta de visitantes.

—Uno, dos, tres, cuatro, cinco —esperó unos instantes y miró hacia el interior— Espera. ¿Dónde está el que falta?

—¿Pero qué dice? —pregunta Margaret—. Estamos todos.

—No, no, no. Erais seis al empezar.

—Siempre fuimos cinco, guapo —dijo Nora, o quizás Ingrid.

—Estoy seguro de que conté seis.

—No, señor —intervino Kenji—. Le aseguro que siempre fuimos cinco.

—¡Vamos! —gritó Juan—. Que me gustaría ver un rato a mis mellizos antes de que se acuesten.

—De acuerdo, podéis iros —dijo Álvaro—. Ramiro, ¿te importa venir a echar un vistazo conmigo por si se ha quedado alguien dentro? Le bajo yo en mi coche si es así.

—Claro, sin problema.

Hicieron el mismo recorrido que en la visita. Llegaron a la zona final donde estaban los dormitorios. Nadie.

—Oye, Álvaro, ¿aquí no había solo dos dormitorios abiertos?

—Sí, los otros están medio enterrados porque se cayó el techo.

—Pues hay uno abierto de más.

Los dos se acercaron corriendo al cuarto dormitorio de invitados, que llevaba meses cerrado y miraron con preocupación dentro. Nadie.

—¿Cómo habrá abierto la puerta si tenía la llave echada? —preguntó Álvaro.

Ramiro se agachó, miró la cerradura y probó su llave.

—Funciona perfectamente. O sea que o es un maestro de las ganzúas o por error nunca estuvo cerrada con llave.

—Joer, ¿dónde puede estar? —dijo Álvaro con voz temblorosa—. Los falsos muros que tapan el acceso a las escaleras siguen intactos.

—Vamos a ver las cámaras. Seguro que con las grabaciones lo localizamos.

Fueron a la pequeña garita de vigilancia y Ramiro se puso a trastear con las grabaciones. Rebobinó hasta las 20:00, la hora del último grupo. Cuando le dio al play se vio llegar primero a la pareja de ingleses, luego a las jovencitas y finalmente al japonés. Cinco turistas.

—Imposible, estoy seguro de que conté seis.

—Has trabajado todo el fin de semana y ayer estoy seguro de que fuiste a las fiestas del pueblo —dijo Ramiro—. Seguro que el cansancio te ha jugado una mala pasada.

—Supongo que sí. Necesito dormir.

—Conduce con cuidado —dijo Ramiro.

Álvaro fue directo al coche. Le sonó el móvil cuando iba a abrir la puerta del coche. Varios whatsapp de Kenji. Eran las fotos que había quedado en mandarles a todos por el grupo que montó al entrar.

En la primera foto, tomada en el patioo, distinguió una silueta en la zona de sombra junto a los cinco turistas. En la capilla, la figura aparecía detrás de Edward y Margaret, Kenji había tomado la foto desde unos metros más atrás. Pasó varias fotografías sin encontrarla. Hasta que en una foto del pasillo de los dormitorios la figura volvió a aparecer al lado de Álvaro. Tragó saliva. Fue pasando más fotos y llegó a la que se hicieron todos juntos. Allí estaban los cinco turistas, con Álvaro entre ellos y la figura de rostro borroso detrás de él con las manos apoyadas en sus hombros. No distinguía los rasgos pero sí claramente el uniforme que los guías del castillo usaban antes de que él se incorporara.

Sintió una respiración junto a su oído. Se giró y no había nadie. Las luces del aparcamiento empezaron a parpadear.

A la mañana siguiente

Rocío esperaba al primer grupo del día. Un grupo de seis bajaron del autobús. Como era habitual, y le gustaba a ella especialmente, todos de distintas nacionalidades. Pasaron al patio y antes de entrar a visitar los barracones uno de los turistas le pidió que les hiciera una foto a todos con una Polaroid. Rocío disparó la cámara y al momento salió la foto por debajo. La sacudió un poco para que terminara de revelarse. Miró la fotografía, luego miró al grupo y a la zona en sombras de un lado del barracón, volvió a mirar la fotografía.

Aunque la imagen era borrosa, estaba segura de que la figura situada detrás del grupo era Álvaro. Tenía las manos en el rostro y con la boca abierta en grito. Dejó caer la fotografía y corrió hacia allí mientras marcaba su número. Álvaro no estaba allí… pero escuchó un teléfono sonar al otro lado del muro, en el aparcamiento.


Este texto pertenece a la iniciativa Writeober26 creada por Witchy Kat en bluesky. Consiste en escribir cada día de octubre algo inspirado por la palabra que toca. Para el día 4 la palabra es Castillo.

Tenéis en esta entrada del blog el listado completo de palabras así como un listado de todos los relatos que he publicado del reto.

#Writeober26 #Writeober #RetoDeEscritura

 
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from Jodida, pero no sorprendida

El otro día mi futuro marido trajo a mi mente una canción de Ismael Serrano. Me contaba que la sonda Voyager sigue por ahí dando vueltas. Entonces recordé la canción “Habitantes de Alfa Centauro encuentran la sonda Voyager” y le dije que me da una pena atroz. La canción va de que unos exiliados espaciales se cruzan con la Voyager y encuentran y examinan su disco dorado. En la nave espacial todo es alboroto y regocijo. Los sabios concluyen que esa civilización, tan tremendamente avanzada, debe vivir en paz y armonía, debe haber acabado con las desigualdades, debe habitar alegre un planeta hermoso y limpio. Así que se vienen para acá, para la Tierra, emocionados, incluso algunos lloran al avistar el Planeta Azul. La canción acaba con estos versos:

“Habitantes de la Tierra, nuestra pequeña divinidad: venimos en son de paz.”

Y ahí queda. ¿Qué les pasará a los pobres extraterrestres? Pues no les auguro nada bueno.

Me da tremenda congoja esta historia cantada. Por la decepción que les espera, sí, pero también porque los extraterrestres tienen motivos para sostener esas creencias. Si yo viese las imágenes de la Voyager, si escuchase las canciones que incluyeron, las decenas de voces saludando y mandando buenos deseos al espacio exterior... Yo también querría creer. Lo peor de todo es que no es mentira. Todo eso existe en la Tierra, los humanos han compuesto canciones, se comunican, son capaces de lanzar una botella al océano espacial. Pero supongo que el postureo no se inventó con las redes sociales: no daba aura mandar fotos de guerras, genocidios, contaminación, hambre, desigualdad...

Ando leyendo Decir el mal de Ana Carrasco-Conde y en medio de la lectura me encontré con la raíz de esta congoja: es cierto que somos capaces de hacer cosas buenas, honradas, amables, hermosas y también es cierto que somos capaces de hacer cosas atroces, corruptas, viles, horrendas. La clave es: ¿Por qué elegimos lo segundo? Por qué pudiendo hacer lo bueno elegimos el mal. ¿Por qué no estamos a la altura de lo que los pobres AlfaCentaurianos esperan de nosotros? :(

 
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from Jodida, pero no sorprendida

y hagámoslo sin pedir perdón.

He empezado recientemente el poemario Chispitas de carne de Bibiana Collado Cabrera. Me gusta mucho lo que hace Bibiana Collado porque siento que me ahorra trabajo: ella lo ha dicho ya y lo ha dicho mejor de lo que yo lo diría. Y, además, a ella la gente la va a leer/escuchar. Pero cuando leo sus poemas, o cuando leí Yeguas exhaustas me sentí vista, representada. No me pasa demasiado. Y la cosa es que parece que no es flor de un día: me pasa con casi todo lo que hace.

Pues bien, Chispitas de carne también me está encantando. Por lo mismo que me gusta todo lo que hace Bibiana Collado Cabrera, incluido porque podría haberlo escrito yo si escribiese tan bien como ella, pero especialmente porque es un poemario de amor. Así, ni más ni menos. Sin estridencias, adjetivos rimbombantes, modificadores que den profundidad impostada al tema. Nada. Un poemario de amor. Resulta que la voz poética se ha enamorado, se ha dado cuenta de lo que es que la quieran bien, y se ha puesto a escribir de amor. Y ya está. Lo estoy saboreando a poquitos y disfrutando como una enana.

Me pregunto cómo habría librado este poemario si no lo hubiera escrito una poema ya consagrada e incluida en los etéreos y caprichosos círculos literarios, sino una mindundi cualquiera. Hablar de amor es una cosa ya agotada, poco original, propia de otros tiempos. La poesía (y la literatura) amorosa es una cosa con poco empaque y hablar de amor es algo que resuena a adolescencia y ñoñería. Y a mujer. De hecho, a mujer poco seria. La mujer seria se preocupa de cosas más importantes. Las mujeres que hablan de amor, que se deleitan con poemas amorosos o que de lo pasan pituti leyendo romántica adulta... Bueno, seguramente tengan que madurar. Espero que se haya notado la ironía. Me pregunto por qué, si Freud está tan superado, parece que el mundo se lo ha tragado y no para de repetirlo.

Me atrevo a decir, sin demasiados argumentos, que sacar el amor de la esfera de lo «reflexionable», de lo serio, tiene un alcance conceptual e ideológico bastante profundo. El amor no es subsumible a las lógicas del capitalismo (las relaciones sí, ojo, y si no mirad las apps de citas, por poner un poner). El amor no es productivo, de hecho, nos enajena y nos posee de tal forma que nos aparta con frecuencia de la productividad y los deberes. El amor nos envalentona: hablaba Platón de que un ejército de amados y amantes sería invencible, pues nadie toleraría abandonar a la persona que ama o parecer cobarde ante él. El amor es peligroso para el orden.

Por eso se le domestica, se le reduce a transacciones mercantiles (favores, por ejemplo), se le encierra en relaciones contractuales favorables al status quo y se criminaliza todo lo que salga de esos estrechos y angostos moldes. También, supongo, por eso se convierte el discurso sobre el amor como una cosa infantil, un divertimento, un pasatiempo, pero, al fin y al cabo, algo sin sustancia. No vaya a ser que, en el hablar de él, descubramos otros modos, otras formas, otras extensiones del amor.

Pues a mí me apetece leer sobre el amor. Escuchar canciones de amor. Ver cómo en redes sociales la gente debate sobre qué es y qué no es el amor. Y hablar de amor. Y disfrutar de arte relacionado con lo amoroso. Y presenciar cómo se despliegan sus distintos significados, las distintas comprensiones que tenemos de él, cómo escapa del corsé de lo romántico, cómo se extiende y nos infecta poco a poco.

Y me gusta ver actos de amor. Como los besos o las caricias. Como escuchar a alguien que sufre. Acompañar a quien lo necesita. Como parar un desahucio o acampar en las plazas.

Si esto es naïf, infantil e inmaduro, pues sea. Total, tampoco es que esos señores tan serios nos estén dejando un mundo muy habitable.

 
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from Jodida, pero no sorprendida

... lo de estarse midiendo la chorra todo el rato, digo.

Me he dado cuenta, porque no me queda más remedio que estar cerca de algún ejemplar de esta especie, que hay personas que viven la vida como una competición perenne en la que lo de que lo que cuenta es participar es una patraña. Hay que ganar, individualmente o en equipo, pero hay que ganar siempre.

Debe de ser agotador percibir en cada situación un enfrentamiento. Empiezo a ser más consciente porque, sin querer yo nada de eso, he acabado en el equipo de una de estas personas. Es pura casualidad, ojo: estudiamos la misma carrera, hicimos la misma oposición, acabamos en el mismo centro. Pero no tenemos gran cosa en común y mis ganas de estar en su equipo, sea el que sea, son nulas, lo mismo que mi interés. Pero él ha decidido que sí, que el resto del departamento tiene que estar en su lucha. Por eso, alguien de departamento tiene que coger tal coordinación para que no la tenga otro departamento, por ejemplo. ¿Qué beneficios tiene esa coordinación? Unos puntillos para concursos de traslados y similares, a costa de mucho trabajo. Yo, que trabajo fatal en equipo, ya me lo han dicho alguna vez (casualmente siempre gente que quiere parasitar mi esfuerzo), me hice un poco la muerta. En parte porque no quiero rollos y en parte porque la razón «si no lo cogemos nosotros lo va a coger este otro departamento» para mí no es una razón válida per se. Ocurre, claro, que esta persona está en liza con ese otro departamento al completo (aunque probablemente ellos no se hayan dado cuenta) y claro: que ellos tuvieran algo que podríamos tener nosotros, aunque sea un marrón, es una derrota.

No te preocupes: si no le ves sentido es porque no lo tiene.

Total, que lo acabó cogendo otra persona que parece que este curso está acaparando cargos como si fueran cromos porque, voy a ser cruda con vosotros, como tampoco es que se esfuerce demasiado en ninguna tarea, un marrón más, uno menos, tanto da.

Y esto me lo tomo un poco a guasa. Intento impostar cierto desdén. Pero lo cierto es que estas cosillas minúsculas que conforman el ambiente en el que paso muchas horas de lunes a viernes me minan la moral con más frecuencia de la que me gustaría admitir. No puedo sustraerme a la situación: es como llevar una piedrecita en el zapato que no te puedes sacar. No es muy grande, no te va a hacer un daño brutal (o sí, dependerá de varios factores), pero cómo jode.

Así que nada, aquí estoy, escribiendo esto, que es el equivalente a sacudir el pie, a ver si la piedrecita cae en una posición donde moleste menos.

 
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from Compendio de historia anul

El comienzo de la historia anul se asocia a distintos puntos de inflexión en su cultura, tecnología y evolución; se habla de su surgimiento del agua como si respirar el oxígeno del aire, en lugar de extraerlo del agua fuera más sofisticado. Se menciona la capacidad de escritura con un pincel o una vara como si fuera el único modo de dejar constancia de los hechos. Corren ríos de tinta hablando de cómo la agricultura de superficie supusiera el pináculo de su conocimiento, como si no hubieran desarrollado cultivos volumétricos en sus esferas subacuáticas.

Si se observa con atención, tierra, agricultura y escritura, tienen las tres un denominador común en los comienzos de la historia anul en la figura de la aradora.

La aradora es un reptil serpentino de colores brillantes, de predominante rojo y azul, aunque en ocasiones también se las ha visto con patrones celestes, morados y fucsias. De un tamaño que no sobrepasa el metro de longitud en su madurez, con un carácter dócil y su afición a hundirse en la tierra blanda, convirtió su domesticación en un proceso trivial y al animal en una valiosa herramienta para las labores agrarias. Con una cuidadosa planificación, la tierra florecía y los frutos abundaban bajo el auspicio de la aradora.

¿Quién iba a imaginar, que un cuerpo tan a propósito para la labranza pudiera poseer más virtudes?

Fue durante la plaga de la palitepcha cuando las aradoras hicieron gala de sus cualidades, llenando los campos de advertencias y señales, de un complejo sistema de símbolos y figuras que si los anul hubieran identificado con antelación o descifrado con mayor premura, los hubiera librado de la calamidad que asoló sus tierras más occidentales.

Sin embargo, aquella plaga no supuso el fin de los anul, sino el comienzo de su escritura, o como suele decirse, de su historia. Adoptaron aquellas formas y figuras como su propia expresión escrita, y no únicamente para comunicarse con las aradoras. Es de esos símbolos, simples en su esencia, que empezaron hablando de la experiencia inmediata: tierra, agua, lluvia, sol; de los cuales surgió el alfabeto agrario, y que con el tiempo se convertiría en el abecedario que usamos hoy en día.

***
Cabe añadir un detalle que no menciona este texto, y es que con el tiempo las labores agrarias parecieron superfluas entre las virtudes de este animal. Su cualidad para la escritura los convirtió en seres casi inteligentes, muy fiables a la hora de transmitir un mensaje, como demuestra la exposición histórica de la Universidad de Taraccio en el que se exhiben los fósiles y restos de multitud de estas criaturas junto a los documentos con los se las halló. Sé a ciencia cierta que mucho de lo que sabemos, de lo que escribo, lo sabemos gracias a estas criaturas.
Me guardaré mis opiniones sobre los comienzos de la historia de los anul, a pesar de que las poseo en abundancia, pues no son tantas, ni tan precisas, ni tan concisas como las que podría dar mi buena amiga Cenani.

#extractiva #mensajera

 
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from Jodida, pero no sorprendida

El sábado pasado estuve viendo La hipótesis del amor. Paré la película para esbozar una idea a mi pareja: en las novelas románticas-adultas contemporáneas, al menos en las que yo leo, la relación con las amigas es tanto o más importante que el interés romántico. Precisamente las primeras son las que me hacen morir de envidia últimamente.

Me pongo a pensar y es así: en las novelas románticas que he leído en los últimos tiempos, o al menos en las que me han quedado en la memoria, de forma previa a la aparición del príncipe azul la protagonista tiene una red de apoyo preciosa, que suele ser una o varias amistades que la sostienen y que hacen que su vida sea una buena vida independientemente de los problemas. La vida de las protas de las novelas románticas actuales no cobra sentido con la aparición del maromo de turno: ya lo tenía. Pero ni siquiera el amor hace entrada en su vida con esa aparición: la protagonista ya tiene quien la quiera mucho y bien.

Me gusta eso. Me gusta que de forma muy explícita la amistad aparezca como un vínculo imprescindible, que se vean amistades sanas, leales, firmes y cariñosas, que cuidan y quieren en el sentido más amplio de la palabra. De hecho, casi parece que lo irreal es eso. Al fin y al cabo, hay michicientasmil apps para ligar y encontrar al “amor de tu vida”, pero lo de las amistades... Je. (Sí, ya sé que esto es mi ineptitud social hablando pero jo).

En fin, que muy bien. Y ya estaría. Eso es todo. Que me llamó la atención y quería dejarlo por aquí.

 
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from freak_obijuan

#política #mundial #OTAN #USA

Este texto es una adaptación de una respuesta a una pregunta en tardigram.org. Contestar a esa pregunta me llevó a pensar por qué deberíamos mandar a pastar a la OTAN y finalmente decidí publicarlo aquí.

No quiero que el páis en el que vivo sea aliado estratégico de otro que ataca sistematicamente a los gobiernos progresistas de aquello que llama de manera soberbia “su patio de atrás”. Tampoco quiero ser aliado de alguien amigo del estado genocida israelí. Tampoco quiero que si alguno de los enemigos que se está granjeando ese país con sus políticas de corte fascista e imperialista les da por atacar su territorio, tenga que ir a defenderlo. Tampoco quiero ser aliado de un gobierno xenófobo, homófobo y misogino amén de otras teorías e ideologías despreciables.

Además, resulta que ese país es el alma de la OTAN, que ese país nos obliga a gastar una millonada en armas, que ese páis se quiere anexionar Groenlandia y va camino de conseguirlo, que ese país marca las directrices de la ultraderecha mundial y que la ultraderecha va ganando. Eso sin olvidar que si la UE no actúa como ellos quieren su actituda pasa a ser beligerante hacia nosotros. Nos ayudo a librarnos de la amenaza nazi a mediados del siglo XX, sí aunque esto daría para otro debate, y como dirían los Monthy Python: ¿qué más ha hecho USA por nosotros?

Entonces, si yo fuera partidario de la democracia liberal de partidos y presidente de la comisión europea ya estaba corriendo a echarme en los brazos de China como amo razonable y a establecer puentes de colaboración con Rusia para no quedarnos sin combustibles fósiles para calentarnos en invierno, fomentar la creación de estados no totalitarios en Oriente medio y decir a Israel que se vaya a buscar la tierra prometida de sus mitos a la Patagonia. Pero ocurre que no soy partidario de la democracia liberal de partidos, entonces, si por mi fuera mandaba a la mierda a esta UE (por antidemocrática, cada vez más fascista y al servicio de los ricos), a las élites que nos gobiernan y a la OTAN. Mientras tanto. empezaría a construir un futuro mejor donde se tuvieran garantizadas las necesidades materiales básicas, se trabajara lo menos posible, se pensase en políticas a largo plazo que redundaran en beneficio de los ciudadanos y no de las grandes fortunas, intentando establecer puentes con la gente de otros paises, atacando a los nacionalismos y fomentando la cooperación.

En el último párrafo me he venido arriba, cierto. Todo esto se podría resumir diciendo que no quiero OTAN porque no quiero ser aliado de unos países de mierda.

 
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from Jodida, pero no sorprendida

El otro día me crucé con el nuevo anuncio del Citroën C3. En él, un señor (Omar Sy, parece ser, no tenía el gusto) lo flipa fuerte con el coche mientras una señora con bata blanca (¿ingeniera?) que trasluce cierta inseguridad le da datos sobre el espacio del coche y sus dimensiones para que él pregunte, acto seguido a su acompañante:

-¿Qué ha dicho Pitágoras?

Debe de ser alguna de esas afecciones femeninas propias de mi sexo, pero me tocó los ovarios el desprecio por el conocimiento y el hecho de que estuviese encarnado por una mujer. Porque oye, puestos a denostar podrían haber seguido con el científico-hombre-blanco, ¿no?

Me llevó a pensar en el antiintelectualismo. En cómo vivimos en una cultura y sociedad en la que saber cosas que están en los libros no solo no es importante (total, si necesitas los datos, ya se los inventará Gemini u otro LLM del estilo) sino que además es motivo de escarnio. Recuerdo unos tiempos en los que mirábamos con cierto sonrojo a los señores (fundamentalmente lo eran) que ponían en su perfil en redes sociales Universidad: la calle. Y, si bien no hay nada vergonzoso en no haber tenido estudios o en no saber ciertas cosas, de ahí a representar la figura de las personas que saben como unos seres ridículos va un salto. Es como si ahora el mundo estuviese lleno de matones de colegio riéndose del cuatroojos. Evidentemente, luego todos queremos que se cure el cáncer, y el Alzheimer, y que haya coches más eficientes y ordenadores más potentes y un nuevo modelo de iPhone cada año que justifique que nos dejemos el salario de un mes y pico en él (no, para la gente de Humanidades no hay escapatoria: somos todos tolais).

Pero claro, luego es que están los intelectuales (masculino intencional y no genérico). Coincido bastante (por desgracia) con uno. Le falta tiempo para hablar de sus dos doctorados, gran motivo de orgullo (y hasta ahí, vale) y de resistencia a la gravedad a la que estamos sometidos el resto de los mortales: él camina dos centrímetros por encima del suelo, uno por doctorado. Luego tiene esa manera de estar en el mundo, mezcla de condescendencia y desdén, en virtud de la cual todas las perspectivas son erróneas salvo las que coinciden con la suya propia. Me relacioné también, por desgracia, con muchos de esos señores en la Universidad (Catedráticos de Filosofía, ni más, ni menos), que se creían muy listos por dictar cursos sobre Hegel que nadie entendía (porque tampoco era su trabajo enseñar nada a nadie, parece ser), pero que eran incapaces de poner el interruptor del micro en OFF cuando iban a mear (admito que a veces, cuando estoy triste, pienso en esto). Y resulta que, si me pongo a pensar en los intelectuales yo también le cojo tirria a todo lo que suene a conocimiento.

Se me pasa cuando pienso en ellas, y hablo en femenino porque la mayoría son mujeres: señoras que saben muchísimo, infinito, y que, de alguna manera, se la apañan para compartirlo sin que parezca que te están perdonando la vida. He tenido la ocasión de escucharlas en eventos de divulgación (pa muestra, un botón), en vídeos, en redes sociales... Y siempre me han dejado el cerebro haciendo chiribitas y el track de la admiración a tope.

Así que supongo que, de nuevo, voy a poner mi tienda de campaña en una cierta tierra de nadie: a favor del conocimiento, del saber, del tráfico de ideas, pero en contra de los intelectuales que ejercen como capitalistas del conocimiento.

Como detalle curioso, escribiendo esto descubro la intuición de que también una perspectiva de género en relación al saber y su difusión. Qué cosas. No me había planteado antes que de los intelectuales que me repelen casi todos son hombres y las intelectuales que me apelan todas son mujeres. Je.

 
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from Compendio de historia anul

Se ha aventurado con frecuencia que la azalina es el animal preferido por todos, pero los motivos son tan variados que merece la pena hacer recapitulación de ellos, ¿pues quién no ha puesto como pretexto el deseo de estirar la cola en un paseo para poder escuchar el zumbido de esta maravillosa criatura? ¿Quién no ha atraído todas las miradas gracias a su azalina?

No hablamos simplemente de la azalina común y más pequeña que su contraparte real. Con un caparazón que oculta su pelaje, fino y suave, apenas atraen la atención, salvo cuando en pleno vuelo sus rojos y azules, morados y amarillos, quedan a la vista en ese batiburrillo de colores con los que atraen las miradas y las manos de los niños hacia sus enjambres. Sin embargo, la azalina común es una criatura silvestre, que rara vez se deja atrapar y que de nada serviría prenderla de un ojal.

Es la azalina real la que con su mayor tamaño, ha convertido su caparazón en una bella obra de arte digna de admiración. A menudo basta con observar los brillos irisados que reflejan su pelaje, que a su vez, no es uniforme. En el caso de las azalinas monocromas, se puede observar un degradado que se oscurece en la proximidad de las hebras al nacimiento del caparazón, y que se van aclarando conforme se alargan.

Es costumbre, entre las azalinas más dóciles, permitir que este pelaje crezca por debajo del caparazón, pues crea una bonita esfera por encima del caparazón muy agradable al tacto. Las azalinas, además, disfrutan de los cuidados dedicados a conservar la longitud y suavidad de su pelaje, y si le son dados con frecuencia, la propia azalina se adherirá a su compañero sin necesidad de otro tipo de persuasión. La única recomendación al respecto es procurar que lo haga a la pieza de vestimenta elegida para tal propósito, pues su ventosa puede causar rozaduras y pequeñas heridas en contacto directo con la piel.

En el caso de desear emplearla como complemento para la cola o las orejas, se recomienda hacerlo acompañado de un pañuelo, un gorjal o unas orejeras. La azalina también se encontrará más cómoda en una pieza de ropa que se adapte a su tamaño.

En la última temporada, se ha observado que la azalina más popular es la azalina primorosa, cuyo caparazón es más fino de lo habitual y deja a la vista un naranja suave que se torna amarillo en el extremo y dota a cualquier atuendo de una luminosidad sin comparación. Más adecuada para ocasiones solemnes, está la azalina plumerilla, que destaca, no por sus colores, sino por su pelaje algo más fino, y que en lugar de abrirse en forma de esfera, cae con elegancia por debajo del caparazón.

La azalina perfecta existe para cada ocasión y cada anul. De modo que no espere más, adquiera su azalina y presuma de su compañía en todas las ocasiones.

***
Intuyo que la azalina que hoy día conocemos dista de la variedad con la que convivieron los anules. Hoy día resultan una compañía más agradable para nuestros hijos queridos que como complemento de moda, idea que nos horrorizaría a la mayoría de nosotros hoy día. Sin embargo, debo decir que en más de una ocasión me he encontrado a mi nieta adorada vistiendo a la suya como un sombrero. Por fortuna, esa ventosa de la que hablaban los anules parece haberse atrofiado con el paso del tiempo y mi nieta conserva su cabellera intacta.
Ahora, yo me pregunto, ¿son las azalinas las que han evolucionado hasta alcanzar su tamaño actual, o es con las dimensiones de los anules con las que nos hemos equivocado?

#mascota

 
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