Escritura Social

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from Notas al margen

Tengo algunos posts en el tintero y, mientras se van cocinando, me he puesto a trabajar un poco en un microcuento.

Abro los ojos en medio del océano, quieto hasta el horizonte. Cada cien metros, una barca como la mía. Exactamente como la mía. Un patrón infinito. Rostros distintos; la misma distancia. Nadie se acerca. Nadie rema. Nos vemos, pero no nos alcanzamos. Uno salta. El mar lo traga. Yo no.

 
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from Francisco Molinero

Me gustaría pensar con claridad, pero para eso debería rebajar el ruido de mi deseo, la punzada de los sentimientos y no soy capaz. Hay un pozo que se va llenando con lo que no hago, las conversaciones que no he tenido. A mí me gusta hablar con la gente. Voy a contratiempo, lo sé, pero es así como me reconozco, entendiendo lo que pasa debajo de la piel de otres. Sé que para traspasar la barrera hay que dar y ahora estoy en una fase en la que soy capaz de dar mucho, desprenderme de las capas que he ido tejiendo porque la cuenta atrás ya ha comenzado y no merece la pena llevar alforjas, ni quedarse la experiencia. No me alcanza para saber qué debí hacer y tengo una sensación de estarme equivocando que no me deja ver claro. Ahora solo deseo tener el tiempo suficiente no el de ahora, el de después, el que me rescate del error.

 
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from keyeoh

Hoy vengo menos literario y más personal. Me acabo de levantar, es un domingo por la mañana y he pasado una noche horrible. Me siento en este momento como si me hubieran pegado una paliza un alegre grupo de drugos vestidos de blanco y de gustos neoliberales extremos. De hecho, me ha costado mucho esfuerzo el sentarme aquí y cumplir con mi compromiso diario. Porque sí, tengo un propósito que empezó como hábito a adquirir en el 2026 y que ya se ha instalado en mi vida. Todos los días me siento y escribo durante un mínimo de quince minutos.

Y ya está. Así de simple. Lo único que quería era seguir los consejos del señor James Clear en su famoso libro “Hábitos Atómicos”. A saber, ponerse metas muy bajas pero frecuentes, anclar los hábitos a otros ya instalados en nuestra vida, y regalarme alguna recompensa una vez terminada mi incursión diaria. Lo último fue fácil. Chocolate.

Lo bueno es que parece que la cosa ha cuajado. Llevo ya muchos días escribiendo sin pretensiones. Una entrada del blog por aquí. Avanzando con algún proyecto aparcado por allí. Sin pretensiones. Sin metas. Sin plazos. Puedo decir que la cosa funciona cuando, hasta en días como hoy, me encuentro aquí asomado al teclado.

Hoy no he dormido bien. Me he levantado como cuatro veces al baño (mi vejiga debe de ser como la de un click de Playmobil, porque tengo menos autonomía que un móvil oxidado). Arrastro un dolor de espalda continuo desde hace meses que empeora mucho en la cama. Añadimos una pizca de mi habitual ansiedad y todo listo y en bandeja.

No tengo nada grave. Sobre todo, cuando lo comparo con el estado de salud de alguno de mis amigos. Según mi psicóloga, es necesario apreciar también esa condición, esto es, nuestro lugar en el mundo del sufrimiento físico y mental. La clave, sin embargo, está en el verbo “apreciar”. Aquellos que, como yo, no tengan la salud mental en la columna de las ventajas, sabrán entender que, precisamente, la parte de la percepción es donde reside la mayor vía de agua. ¿Cómo puede uno “apreciar” lo bien que está en comparación con los demás si sus sentidos le transmiten lo contrario?

Yo, además, siempre comparo el dolor de espalda con el de muelas o el de cabeza. Son situaciones que no tienen por qué ser provocadas por ninguna dolencia grave. Sin embargo, ese runrún continuo puede llegar a afectar con gran fuerza a una estructura mental ya de por sí frágil. Por otro lado, la pequeña parte de uno que sí es consciente del privilegio de estar sano se viene arriba y sube la apuesta añadiendo un quintal de culpa a la ecuación.

Para romper con este círculo vicioso, la psicología normalmente recurre a técnicas escritas. Parece ser que el hecho de escribir y razonar sobre nuestras distorsiones cognitivas ayuda bastante a ver con claridad. Por eso a veces escribo sobre estas cosas aquí, y abandono el tono más literario. Porque quiero desahogar, soltar alguna de estas pesadas alforjas llenas de mierda y meditar sobre la situación real y privilegiada en que me encuentro.

 
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from El escritorio de McAllus

Ōka Haruhisa estaba sentado con los ojos cerrados en posición de loto. Las puertas de su despacho se encontraban abiertas hacia el pequeño jardín interior. El frescor primaveral de la madrugada le había acompañado durante toda la noche de meditación. Su kimono blanco apenas le había mantenido abrigado, y agradeció los primeros rayos de sol de la mañana sobre su rostro.

Mientras se levantaba, sus veteranas articulaciones crujieron al ponerse en movimiento tras tantas horas. Caminó despacio hacia su escritorio y se detuvo a mirar el cerezo en flor que ocupaba la mayor parte del patio. Al mirarlo su mente viajó muy atrás en sus recuerdos.

Como regalo en la ceremonia del genpukku, su padre le había entregado unas tierras donde construiría su propio hogar para vivir hasta que heredara Eizakura-jō, la fortaleza ancestral de su familia. Su madre le entregó un pequeño esqueje de cerezo que treinta años después, era un árbol maduro como él mismo. Aún recordaba el olor y la textura de la tierra cuando lo plantó con sus propias manos.

Terminó su paseo hasta el escritorio y se sentó de rodillas. Mojó el pincel en tinta y dejó su mano fluir. Leyó los versos, sonrió y dejó el papel de arroz en la mesa.

Caminó por la casa desierta, atravesando todas sus habitaciones. No había pasado una noche allí desde que heredó el liderazgo del clan hacía quince años. Detuvo su deambular junto a la puerta principal donde colgaba el kamon del clan: un kitsune de nueve colas, su pelaje teñido del delicado rosa de los cerezos en flor y del profundo verde del jade.

Salió al enorme jardín, que iba desde allí hasta los muros que aislaban la casa del resto de la ciudad. El viento trajo unas pocas gotas del riachuelo que atravesaba toda la finca. Fue como el abrazo de un viejo amigo. Sin detenerse caminó hacia el pequeño dojo que había en el extremo este.

Dentro ya estaban todos los asistentes a la ceremonia. Al entrar a la izquierda se encontraban Toyozakura Genji y Sakuragawa Haruji, los daimyo de las dos familias vasallas más importantes del clan. Les saludó con una leve inclinación de cabeza, ellos respondieron con una reverencia más profunda.

A la derecha de la entrada se encontraba su hijo Fumabei con su esposa embarazada Masako. Les dedicó a ambos una pequeña sonrisa. La joven apretó con fuerza la mano de su marido. Lamentó que su hija Rikei no hubiera podido dejar sus deberes en las lejanas Ciudades Libres para asistir.

Al fondo de la sala estaba Mitsunaga Hitsuhito, el hijo de la luz, emperador de las tierras benditas por el Sol y las Lunas. Por respeto no miró directamente su rostro pero quiso suponer que compartía la mirada de pesar con todos los demás.

A la izquierda del Emperador, Takemitsu Toki, su viejo compañero de batallas y yojimbo del emperador. Con él sí cruzó una mirada y ambos inclinaron levemente la cabeza. A la derecha del hijo de la luz una mujer de largo pelo blanco con el rostro tapado con una máscara de oni, la Voz del emperador.

Haruhisa alcanzó la esterilla que había por delante del elegido de los cielos y se arrodilló tocando con la frente el suelo. La Voz del emperador habló.

—Haruhisa-sama, estamos aquí reunidos para que pagues por tu fracaso en el ejercicio de tus deberes —su tono no expresaba ninguna clase de sentimiento—. El emperador Mitsunaga Hitsuhito-dono, en su eterna y celestial benevolencia, le permite realizar la ceremonia del seppuku debido a sus anteriores gestas al servicio del imperio.

—Y yo humildemente acepto su benevolencia y agradezco su iluminada presencia.

Se enderezó de rodillas y se giró, dejando a su izquierda al emperador con su séquito y a la derecha a su familia y vasallos. Quedó de frente, contemplando el pequeño altar a la Fortuna de los guerreros. Dejó caer la parte superior del kimono y puso las manos sobre sus muslos.

Toki se situó a su lado, para ejercer de kaishakunin, y desenvainó su katana.

—El emperador quiere que sepas que le desagrada este desenlace, pero es necesario para mantener la paz imperial —susurró su amigo—. Nos aseguraremos de que ningún otro clan intente nada más contra el tuyo.

Haruhisa asintió. El aire se volvió denso, como si el jardín entero contuviera la respiración. Desenvainó el tantō con cuidado reverencial. La hoja devolvió un destello pálido. Reconoció las muescas diminutas del acero antiguo. Había pertenecido a su padre.

Por primera vez, dudó. No del acto, sino de la palabra que le había llevado hasta allí: honor. ¿Era honor aceptar la culpa? ¿O era orgullo disfrazado de obediencia?

El pulso se aceleró y sintió un latido seco en las sienes. Clavó la punta del cuchillo en su abdomen. El dolor fue inmediato, limpio, casi luminoso. Lo deslizó con firmeza, notando como el acero abría no solo la carne, también años de decisiones.

No gritó.

Mientras trazaba el corte, comprendió que el honor no era pureza, sino peso. Y que todo linaje se sostiene sobre sacrificios que nadie celebra.

Cuando el mundo empezó a oscurecerse, sintió el movimiento de Toki a su lado.

Un susurro apenas audible:

—Descansa, hermano.

La hoja descendió.

El cerezo dejó caer un pétalo, que fue arrastrado por el viento sobre el papel de arroz:

Cae la flor. El tronco sigue erguido. No hay regreso.

FIN


Apéndice: Daimyo: Señor de familia o clan Eizakura-jō: Castillo del Cerezo Eterno Genpukku: Ceremonia de mayoría de edad Kaishakunin: Asistente en la ceremonia del sepukku encargado de decapitar al que lo realiza. Kamon: Símbolo familiar (como un escudo heráldico) Katana: Espada larga japonesa. Kimono: vestimenta tradicional. Kitsune: Zorro mitológico de nueve colas Oni: Demonio japonés Seppuku: Suicidio ritual para restaurar el honor. Tantō: cuchillo corto. Yojimbo: Guardaespaldas


Este fue el ejercicio que llevé a clase para la semana 15 del taller de escritura de librería Luces 2025/2026. La verdad es que debíamos homenajear a Katherine Mansfield, de quien solo he leído el relato Felicidad. En este relato sale un peral, que me llevó a un cerezo y a escribir tres páginas de una nación de mi mundo de fantasía que ni siquiera sale en la novela (solo se menciona porque hay un secundario de este país).

 
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from El escritorio de McAllus

Richard terminó de ajustar las cuerdas de su arpa. Se pasó la mano por su frondoso pelo blanco, como hacía siempre antes de tocar.

Unos bellos acordes recorrieron las hojas de los árboles. Incluso los insectos y animales nocturnos se callaron.

—Amor mío —susurró una voz de mujer.

Una joven vestida con un elegante y vaporoso vestido rojo surgió de la niebla que rodeaba la pequeña colina donde estaba sentado el hombre, apoyado en un enorme y viejo ciprés.

—Qué alegría verte, luz de mi vida.

—Deberías dejar de venir —Se acercó sin hacer ruido y se sentó a su lado—. Sabes que no podemos estar juntos.

—Estos instantes son mi razón de vivir.

Ella sonrió con tristeza y asintió.

—Pues toca para mí la canción con la que me cortejaste.

Él sonrió y, con lágrimas en los ojos, comenzó a tocar la más bella melodía que cualquier ser hubiera oído jamás, y que por siempre sería solo para ella.

—Deléitame con tu bella voz, Kira —le dijo al acabar.

Nuevas notas salieron del arpa para acariciar la noche. La voz de la mujer cantó una letra que habría hecho llorar al mercenario más duro.

Toda la noche se intercalaron canciones alegres, melancólicas, tristes e incluso subidas de tono.

Cuando el sol asomó de manera tímida más allá de las copas, él murmuró:

—Hasta la próxima luna nueva, hermosa guardiana de mi corazón.

—Adiós, amor mío. Ojalá pudieras olvidarme.

—No será así.

—Lo sé.

La mujer se alejó hacia el interior del lugar, perdiéndose en los últimos jirones de niebla.

El bardo bajó la pequeña colina. La niebla ya había desaparecido cuando entró en el familiar camino empedrado. Se acercó a la segunda lápida a la izquierda de la senda y la acarició antes de marcharse. Solo en ese instante los pájaros empezaron a cantar.

En la lápida podía leerse: Kira Warrington 156-173 La luz más brillante y hermosa se apagó demasiado pronto.


Para la semana 2 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 para casa nos mandaron escribir un cuento. Teníamos que tener en cuenta varios conceptos de los cuentos, entre ellos que hubiera una historia «pública» y otra escondida, que puede revelarse al final o solo insinuarse. Yo lo he insinuado y al final he revelado la verdad pero estaba pensando en dejarlo solo insinuado.

La cosa es que esto se me ocurrió yendo en el tren y luego pensé en como integrarlo dentro de mi proyecto del año en el taller, mi novela de fantasía, así que al final escribí una escena donde un personaje le cuenta a su amante este cuento en forma de leyenda porque han visitado el pueblo de donde surgió. Esa escena ya la leeréis en la novela.

 
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from Sacronte

Dragones, cuevas y lamparas.

Leía en la app de agregación de videojuegos Stash que un chico habia terminado el Animal Well pero que, parafraseo “Tienes que estar enfermo para conseguirte to los huevos”. Alguna vez he pensado en meterme en el pozo de Animal Well (jeje) porque viendo gameplays en YouTube rebosa ese aire de complejidad e infinitud en los puzzles que te lleva a tener que buscar y rebuscar en cada rincón algo que interactué con otro algo, una pieza que encaje u otra conexión insospechada y te crea una familiaridad con el entorno de tanto recorrerlo cuando al mismo tiempo esa familiaridad te puede hacer perder la claridad de que tienes que buscar sus secretos y que pueden estar delante de tus narices.

Pero ya me hago mayor y he perdido esa capacidad y paciencia de la infancia y la adolescencia de explotar cada juego hasta la saciedad, principalmente por dos razones. La primera, que antes tenía la imaginación suficiente para fantasear sobre lo que podría haber más allá de los propios límites del videojuego programado, visto de forma infantil por supuesto. Y la segunda porque vivíamos con la pensión de mi abuela y una tiendecita de “20 duros” que tenía mi madre junto a una compañera y apenas le daba ni para pagar el autónomo; si veía dos juegos al año me podía dar con un canto en los dientes.

Fue en esos años —creo que en la navidad del 99— que mi madre, imagino que con gran esfuerzo, apareció con una PlayStation y el Spyro 2. Conseguí agenciarme ese día la única televisión del piso, coloqué el disco y me puse a jugar. El primer mapa era una pradera llena de gemas y con una especie de templete, posteriormente entrabas en una cueva en la que había más gemas en una elevación, un puente y unas lamparas que colgaban del techo y por último una zona circular con un potenciador de vuelo para una misión que consistía en encender otro puñado de lamparas con fuego para recibir una recompensa. Terminé la zona y seguí jugando hasta donde pude pero claro, cuando fui a guardar la partida me di cuenta que era imposible, necesitaba otro dispositivo, una memory card, que dado el desconocimiento de mi madre en el aspecto videojueguil pues ni siquiera pensaría en su existencia y en que fuese a hacerme falta. Por suerte un primo me dio una a los tres o cuatro meses pero hasta entonces tuve que empezar el juego cada día y llegar hasta donde llegase para luego apagar la consola y volver a empezar.

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En esa repetición eterna buscaba sacar todo lo posible del juego, otras veces probaba hasta donde era capaz de llegar en una sola sesión y claro, como no solía conseguir las habilidades necesarias para acceder a los lugares donde se encontraban los tesoros pues intentaba presionar al juego de alguna manera. Y fue en esa cueva del primer mapa donde mas lo intenté, haciendo algo que ahora evidentemente con mi mentalidad de adulto y mi tiempo de adulto no se me ocurriría repetir indefinidamente: Usar el potenciador de vuelo, entrar en la cueva y encender las lamparas para conseguir el orbe de premio. Era imposible, el juego no estaba diseñado para eso y en el momento que accedía a la cueva, el temporizador de la mejora de vuelo se aceleraba y aunque conseguía encender unas cuantas siempre quedaban dos o tres después de terminarse. Era imposible y creo que aun sabiéndolo intentaba arañar milésimas de segundo, hacer un quiebro entrando por los arcos de acceso a la cueva, lanzar la bocanada de fuego desde un angulo imposible, ir casi rozando el techo para en el último momento de planeo poder avanzar unos metros más. Y nada, obviamente nunca lo logré hasta que no conseguí la habilidad correspondiente. Eso si, seguí jugando como un autentico enfermo, ya con memory card, al único juego que tenia, rebuscando en sus entrañas algo nuevo que hacer, me dejara o no el diseñador. Porque era jugar por jugar, por divertirse y por explorar, no era uno más en la lista a pasarse porque tienes diez más esperándote en el disco duro para fichar, reseñar, puntuar y olvidar.

Cuanto echo de menos disfrutar los videojuegos de esa manera...

 
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from El escritorio de McAllus

Dejé de llorar a los seis años. No tardé mucho más en aprender a ponerme delante de mi hermana, antes que él cruzase la puerta de nuestra habitación. Hoy, con las manos manchadas de su sangre, me siento libre al fin.


En el programa de radio La Versalita de Canal Sur cada semana proponen una cita de un autor o autora para que los oyentes manden un texto de hasta seis líneas para que algunos de ellos los lean en el programa. Podéis escuchar el de esta semana aquí con Cervantes como tema central.

Me tiré más de una página de mi libreta pensando, escribiendo y tachando hasta que llegué a ese texto, que por una vez me gusta como quedó. Ojalá las próximas semanas las citas también me encajen y pueda hacer algo digno de ser enviado.

 
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from El escritorio de McAllus

La Luna derrama un torrente plateado sobre las calles de la pequeña ciudad olvidada, bañando la piel de porcelana de una joven con el cabello más negro que la noche. Pasea, solitaria, entre los jazmines y el murmullo del río.

A su paso, se encienden las luces de las casas y se oyen conversaciones de tiempos lejanos. Cuando atraviesa la Plaza Mayor, el sonido de una guitarra rasga el aire y un canto profundo se eleva hacia el cielo.

Nuestra doncella llega al linde del asentamiento, desde donde se ve toda la comarca. Unas lágrimas resbalan por sus mejillas, mientras espera junto al camino empedrado.

No lo sabe, pero su amor nunca volverá. Y cuando el Sol mande a dormir a la Luna, ella se desvanecerá, para regresar, en su paseo eterno, la próxima noche.


En la semana 12 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos escribir un texto homenaje a Lorca… reconozco que nunca he leído a este clásico, algún día intentaré ponerle remedio. Para poder solventar ese tema me puse a buscar en internet sobre los temas que escribía el autor.

Usé alguna de la simbología que se puede ver por la obra de Lorca y a partir de eso tiré para escribir un relato a mi estilo. A ver que os parece. También he intentado hacerlo un poco más poético de lo que suelo escribir.

 
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from keyeoh

Mi forma de escribir es anárquica. No tengo constancia, ni mucho menos estilo, pues soy bastante flojo y nunca me lo he tomado tan en serio como se lo merece algo que, en el fondo de mi alma, sé que me gusta y me hace bien. Suelo escribir aquí, inspirado por cosas que me ocurren o que surgen cual chispa de encendido en alguna esquina de mi mente ansiosa. Me gusta jugar con las palabras, buscar sonidos más que palabras extrañas, colores y sensaciones antes que profundos significados.

No soy tan inteligente como para dotar a estos escritos de fondo, de sustancia. No creo que nada en este diario pueda ayudar a nadie. A veces me gustaría escribir sobre cosas sesudas, en las que mi opinión y mi conocimiento pudiera marcar una diferencia, pero no soy esa persona. Me pongo a rebuscar en el baúl de mis conocimientos a menudo, con el objetivo de escribir por aquí algo concreto, algún consejo o técnica que pudiera servir, y la única conclusión a la que llego es que me he quedado estancado en lo personal, laboral y emocional.

Como persona, y miembro de la comunidad, creo que nunca había estado en unos niveles tan bajos de aceptación. Al menos, en la encuesta que me hago a mí mismo unas diecisiete veces al día. Hubo épocas en mi vida en las que participé en asociaciones y ONGs, me impliqué con el objetivo de cambiar la sociedad, de forma limitada, y tuve ilusión por cambiar el mundo. Tenía ideales y creencias, más o menos acertadas, pero que me ayudaban a ir tirando.

Como trabajador, estoy atravesando una etapa de mucha desmotivación. Hubo épocas en mi vida laboral en que creía tener más claro lo que quería ser. Me gustaba el tema de los datos, y quería usarlos para ayudar a los demás. Quizás por eso recuerdo con especial cariño la etapa en la que trabajé de bioinformático en un laboratorio de investigación. Allí, rodeado de gente muy brillante, aprendí muchísimo sobre biología y sobre el proceso mediante el cual cultivamos conocimiento nuevo. Al igual que en otros muchos trabajos, también tuve mis momentos duros. Sobre todo, asociados a mi eterna inseguridad. Pero al final del día tenía un asidero. Pensaba en que mi trabajo tenía un fin, en esencia, bueno. Ojalá pudiera decir lo mismo ahora.

Como pareja, padre e hijo, creí durante largo tiempo tener mucho que decir o aportar. Sin embargo, a día de hoy, no alcanzo a ver en mí ninguna chispa que pueda iluminar las vidas de aquellos que me soportan en este viaje. Tengo la sensación de ser cada día más superfluo, más innecesario. Los hijos se hacen mayores y ya la suerte está echada. Espero haber plantado en ellos la semilla que algún día les hará convertirse en las personas buenas y honestas que sin duda serán. Pero mi rol es cada vez menos necesario.

Esta disfunción ejecutiva, que me agarra y me clava al suelo de forma violenta, acabará con mi vida de pareja o familiar si no encuentro pronto una solución. Porque cuando uno empieza por no verle ilusión a nada, no puede esperar que la ilusión le devuelva la mirada de forma altruista. Se empieza por hacer menos, y el día más inesperado, te encuentras con que no has hecho nada. Ni levantarte de la cama.

A lo mejor algún día de estos encuentro una identidad perdida en un contenedor. Quizás, con suerte, me encaje y pueda verme a mí mismo desde otra perspectiva. Experimentar la sorpresa y la ilusión de nuevo, descubrir un nuevo camino, sencillo pero inspirado, que me enseñe a ser feliz en mi mediocridad.

Sí. Eso estaría bien.

 
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from keyeoh

A veces. Sólo a veces. Quiero ver el mundo arder.

A gente mala quiero ver consumida por las llamas.

Intolerancia y falta de empatía. Un buen combustible.

Sus lágrimas no pueden pararlo. No tienen. Fueron niños secos, sin agua ni recovecos.

Hoy gritan asustados. Su piel se cae a tiras. Las manos no vendrán del futuro a rescatarlos.

Ya no hay manos.

 
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from El escritorio de McAllus

Salí a dar uno de mis paseos nocturnos que me ayudan a dormir. No suele haber mucha gente a esta hora moviéndose por la urbanización, pero hoy no había ni un alma.

Elegí bajar por la calle central donde tantos propietarios decidieron plantar jazmín en los patios de sus chalets. Es mi lugar favorito para pasear, pues su fragancia me transporta a la infancia en casa de mis abuelos, aunque hoy lo notaba demasiado tenue.

Las farolas emitían una luz fría y tintineante. Proyectaban sombras siniestras en las que me parecía ver las figuras de amigos y conocidos, largo tiempo olvidados.

Me tuve que frotar las manos y me asusté al ver cómo salía un poco de vaho de mi boca. No tenía sentido, el verano ya estaba muy avanzado. Creo que en ese momento debería haberme dado la vuelta, pero seguí bajando por una calle cada vez menos iluminada, más lúgubre.

Mi paseo terminó cuando, en medio de la calle, vi una grieta de casi dos metros y al otro lado de la misma una piedra, en cuya superficie pude encontrar mi nombre tallado. La escasa luz de las farolas se convirtió en la luz de la lámpara de mi mesita.

Abro los ojos, de regreso en mi cama, apretándome con fuerza el brazo izquierdo que nunca me ha dolido igual. La alarma de asistencia sanitaria de mi reloj se ha disparado y no puedo evitar pensar si, en verdad, quiero que lleguen a tiempo de salvarme.


Para la semana 11 del taller de escritura de Librería Luces 2025/2026 debíamos hacer un homenaje a Robert Walser y su obra el Paseo. La verdad es que solo he respetado la premisa en parte: primera persona y alguna cosa mundana al principio. Después me lo he llevado un poco al agobio sin llegar al terror con un final con cierto aire desesperanzador.

 
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from keyeoh

Hoy me he levantado algo pachucho. Mi cuerpo ha decidido declarar la revolución y abrazar a los invasores. Los muros han caído y, abrazado a un sanitario de color blanco sucio, he comenzado mi día. No se trata de nada grave, más bien parece algún tipo de proceso vírico intestinal de esos que tanto abundan. Ni me voy a morir ni quedarán secuelas. Mañana ya casi ni me acordaré.

Es curioso, sin embargo, como en ocasiones las dolencias más pequeñas nos convierten en auténticos caprichosos y quejicas. Una llamada de atención, quizás, que nos abstrae por un momento de esta adultez no solicitada y nos devuelve al niño que ya ni reconocemos en las fotos viejas. Siempre adscrito al rol de cuidador, un pequeño virus no es más que un salvoconducto para imbuirnos de un dulce e inocuo egoísmo. Por una tarde podemos volver a ser dependientes y privilegiados. Podemos ser mandones y exigir nuestra dosis de mimos.

Voy un poco más allá. Me fascina cómo una leve molestia de tripa puede afectar a mi equilibrio mental. Todo se relaciona con todo, y la falta de energía baja el listón de mi competencia a la hora de enfrentarme a mis responsabilidades diarias. Todo se me hace difícil, y me parece más lejano. Cualquier esfuerzo es insoportable. Y me tengo que recordar a cada segundo que no me estoy muriendo, que se trata sólo de un señal, un síntoma de ese capitalismo salvaje en el que vivimos, y que nos empuja cada día a dar la mejor versión (consumista) de nosotros mismos.

Vivimos al límite. En el trabajo, tenemos que usar lo último en tecnología para no quedarnos atrás. Formarnos en nuevos conocimientos que nos permitan, no ya comprender, pero sí entender, a nuestros compañeros más jóvenes. En casa debemos ponernos el traje de superhéroe y no sólo organizar compras, comidas e intendencia cual restaurante de bodas, sino también educar en valores a nuestros descendientes.

En caso de formar una pareja convencional, lo habitual ahora es que los dos tengan que trabajar para mantener el nidito. Si tu rollo es distinto en el amor y lo familiar, entiendo que tendrás que sumarle la incomprensión de los demás y la continua lucha por tu espacio en una sociedad que critica al diferente por deporte.

Hablemos de deportes. No vale con salir a caminar un rato por placer. Hay que decidirse por una actividad, comprar todo el outfit que toque y esforzarse en superarse día tras día. Porque quien no se mejora a sí mismo, se queda atrás, es un fracasado y además no ha entendido los principios básicos del capitalismo, en los que tenemos que crecer personalmente hasta reventar cual globo lleno de falsas promesas de superación.

¿Es extraño entonces que a la mínima señal de disconformidad queramos abandonar el barco? Este ritmo no hay quién lo aguante. Creo que me estoy mareando un poco al escribir. Me voy a bajar un ratito de la rueda a descansar. Por lo menos hasta que mi pareja me pida la vez.

 
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from keyeoh

A veces siento que el aire está hecho de pequeñas criaturas de colores. Que toda una civilización, con sus normas y costumbres, es aniquilada cada vez que inspiro. Millares de sueños y esperanzas compartidas, trazadas con tiza sobre la acera sucia y húmeda de una calle de Nueva York, se topan de bruces con un final inesperado.

La oscuridad que habita el interior de mis pulmones se convierte en inesperado creador. De sus invisibles dedos surge la magia que planta la luz necesaria para encontrar el camino a un nuevo día. Pequeños seres reptan a la vera del camino, y sus cuerpos luminosos alertan de futuras malas decisiones, forzándome a escoger, a tomar partido por algo y perderlo todo, mientras el aire se sigue escapando por las aberturas que mis dedos imperfectos no pueden sellar.

Sueño parece, y es, la historia que ahora vomito. De mis dedos surgen rayos, destellos sin sentido, razones y desazones que afectan a este cuerpo marchito. El tic tac es cada vez más fuerte, la pared no aguantará. El tiempo del reloj se desprende, y el ahora se va por el desagüe mientras nos hace gestos obscenos con el dedo.

Largo de mi casa, seres estúpidos de colores. Mi color, aunque pastel, no deja de ser mío. En la oscuridad me siento a silbar mi melodía. Mientras tanto, pienso, tenderé mis dudas en las ventanas y esperaré a empezar esta botella que tanto me gusta.

 
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from Notas al margen

Ha pasado un año desde que dejé de escribir. Ha pasado tiempo desde que abandoné esa primera novela que no sé cuántas veces inicié. Esos diarios que dejé a un lado.

No sé cuántos blogs he abandonado, en los que perdí más tiempo pensando en cómo se veían, dejando de lado lo más importante: escribir. Por eso ahora he abierto este blog, aquí, para volver a escribir. Siento que será difícil, pero ahora estoy más animado.

Y creo que ha sido gracias a dejar a un lado las redes sociales privativas. Se siente raro decir que ya no he abierto TikTok, que eliminé hace semanas Twitter —ahora conocido como una letra horrible como X—, e Instagram sigue ahí. He llegado a entrar, pero solo la abro para volverla a cerrar.

Y así he comenzado mi camino en el fediverso. Aunque hace mucho que me había hecho cuentas en diferentes instancias, siempre quedaron abandonadas. Pero hace como un año, un amigo y yo montamos nuestra propia instancia. Y ahora la he convertido en mi casa.

Y aunque estar lejos de esas redes me aleja de tener mayor visibilidad, me da igual. Porque al final todo está hecho para priorizar ciertos posts, ciertos videos… así que, ¿qué más da? Prefiero ser visto por pocos sin estar atado a un algoritmo.

Así que sí, quiero volver a escribir.

 
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from Francisco Molinero

Me he enrolado en una pequeña aventura de Mastodon que consiste en que una vez al mes hay que escribir una carta a alguien que te asignan dentro de un grupo y en correspondencia recibes una carta de otra persona.

Esto me ha hecho recordar que hace ya muchos años, cuando el estado español me secuestró para que defendiera la frontera exterior y me mandaron a África, concretamente a la ciudad de Ceuta de entre las muchas cosas que es mejor olvidar de lo que me pasó allí, hay una que sí me gusta recordar.

Las mañanas tenían un cierto ambiente militar, desfilar, desmontar y montar los obuses, limpiar y adecentar a los mulos, matar ratas en la cocina... mientras que las tardes, salvo excepciones eran bastante más tranquilas. Intentábamos llamar por teléfono a nuestras casas, por más que esto era poco menos que imposible, lavar nuestra ropa, recibíamos las cartas o paquetes que nos llegaban o compartíamos las viandas que le había llegado a algún compañero más afortunado. Entre todas aquellas actividades yo me apunté a enseñar a escribir a los que no sabían. Sí, había gente que no sabía escribir, algunos por falta de escolarización, otros porque su idioma materno no era el castellano. El caso es que me encontré en la tesitura de enseñar a alguien los rudimentos de la escritura sin tener yo mucha idea de cómo hacer aquello y recordando a mi abuela Paca que murió siendo analfabeta y cuyo hijo Antonio que desapareció en la batalla de Brunete en el frente de Madrid, le escribió una carta poco antes de salir para el frente, que ella guardó celosamente. La gente quería aprender para poder enviar cartas a sus padres, a su novia y poder leer en la intimidad sin que los voluntarios les tuviéramos que leer las cartas descerrajando la intimidad que se le supone a algo tan cotidiano. No fui muy ingenioso, se me ocurrió que la mejor manera de que aprendieran era escribiendo las propias cartas que querían enviar. Ellos verbalizaban lo que querían decir, yo lo escribía en un papel y posteriormente ellos copiaban aquellas palabras en su propia carta con mi ayuda y mi corrección. La leíamos en alto y una vez satisfechos ensayábamos una firma que tuviese al menos su nombre y una rúbrica rudimentaria. El método no será especialmente bueno pero como había mucho tiempo libre y lo hacíamos todos los días, la cuestión es que de a poco los chavales iban sabiendo distinguir unas palabras de otras y se iban adentrando en los misterios del lenguaje escrito. Yo me quedaba con la satisfacción de ser útil en aquél agujero negro de mi vida y aprendí lo que significa no tener las herramientas más sencillas para moverte en sociedad, ponerme a su altura y crecer con ellos. También tuve ocasión de leer decenas de cartas de padres deseando lo mejor, novias que iteraban su amor eterno y el deseo de verle lo antes posible. Entonces yo ya escribía poesía y enviaba unas cartas tremendas llenas de tristeza a mi novia que andarán en alguna caja esperando que alguien las vuelva a dar vida leyéndolas.

 
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from El rincón de ferlagod

Como os conté en el post anterior, si quiero que mi app BiblioHouse pese 300 MB o lo que me dé la gana, necesito mi propio terreno. Por eso, hoy os traigo una guía paso a paso para que cualquiera pueda montar su propia instancia de Forgejo en un VPS europeo, manteniendo el control total.

Este es el proceso que he seguido para levantar ForjaLibre.eu. Cambia midominio.com o tudominio.com por tu dominio:


Requisitos previos

Para que esto vaya fluido y no se quede colgado a la primera de cambio, vamos a necesitar:

  • Un VPS en Europa: Yo recomiendo un servidor con al menos 2 GB de RAM (un CX11 de Hetzner o un equivalente en IONOS).
  • Un dominio: En mi caso he usado forjalibre.eu. Debes añadir un registro A en tu panel de DNS que apunte a la IP de tu servidor.
  • Puertos abiertos: Asegúrate de tener abiertos los puertos 80 (HTTP) y 443 (HTTPS) en el firewall.

Pasos de instalación (ejecuta como root)

1. Actualiza el sistema e instala las dependencias

Lo primero es tener la casa limpia y con las herramientas necesarias.

apt update && apt upgrade -y
apt install git wget curl nginx-full certbot python3-certbot-nginx sqlite3 ufw -y

# Configuramos el firewall básico
ufw allow OpenSSH
ufw allow 'Nginx Full'
ufw --force enable

2. Crea el usuario y directorios de Forgejo

Por seguridad, Forgejo funcionará bajo su propio usuario de sistema.

adduser --system --shell /bin/bash --group --disabled-password --gecos 'Git Version Control' git

# Estructura de carpetas
mkdir -p /var/lib/forgejo/{custom,data,log}
chown -R git:git /var/lib/forgejo/
chmod -R 750 /var/lib/forgejo/

mkdir /etc/forgejo
chown root:git /etc/forgejo
chmod 770 /etc/forgejo

3. Descarga Forgejo

Bajamos la versión estable (v14.0.2) y le damos permisos de ejecución.

cd /tmp
wget [https://codeberg.org/forgejo/forgejo/releases/download/v14.0.2/forgejo-14.0.2-linux-amd64](https://codeberg.org/forgejo/forgejo/releases/download/v14.0.2/forgejo-14.0.2-linux-amd64)
mv forgejo-14.0.2-linux-amd64 /usr/local/bin/forgejo
chmod +x /usr/local/bin/forgejo

4. Configura el servicio systemd

Para que Forgejo arranque siempre con el sistema.

wget [https://codeberg.org/forgejo/forgejo/raw/branch/forgejo/contrib/systemd/forgejo.service](https://codeberg.org/forgejo/forgejo/raw/branch/forgejo/contrib/systemd/forgejo.service) -P /etc/systemd/system/
systemctl daemon-reload
systemctl enable forgejo

5. Configuración inicial app.ini

Aquí es donde quitamos los límites de tamaño. Crea el archivo de configuración:

nano /etc/forgejo/app.ini

Pega este contenido adaptado (ajusta tu dominio):

[server]
DOMAIN = tudominio.com
HTTP_PORT = 3000
ROOT_URL = https://tudominio.com/
ENABLE_GZIP = true

[database]
DB_TYPE = sqlite3
PATH = /var/lib/forgejo/data/gitea.db

[repository]
# Aquí ampliamos a 10 GB para tu app entre sin problemas
UPLOAD_MAX_FILE_SIZE = 10240 
MAX_FILES = 50

[session]
PROVIDER = file

[lfs]
ENABLED = true

Ajustamos permisos finales:

chown root:git /etc/forgejo/app.ini
chmod 640 /etc/forgejo/app.ini

6. Inicia Forgejo

systemctl start forgejo
systemctl status forgejo # Verifica que esté en "active (running)"

7. Configura Nginx + SSL (Let's Encrypt)

Configuramos el proxy inverso para que todo pase por HTTPS y permitamos subidas pesadas.

nano /etc/nginx/sites-available/forgejo

Contenido del archivo:

server {
    listen 80;
    server_name midominio.com;
    return 301 https://$server_name$request_uri;
}

server {
    listen 443 ssl http2;
    server_name midominio.com;

    # Clave para permitir uploads de más de 100MB
    client_max_body_size 50g; 

    location / {
        proxy_pass [http://127.0.0.1:3000](http://127.0.0.1:3000);
        proxy_set_header X-Forwarded-For $proxy_add_x_forwarded_for;
        proxy_set_header X-Forwarded-Proto $scheme;
        proxy_set_header X-Real-IP $remote_addr;
        proxy_redirect off;
    }
}

Activamos y pedimos el certificado:

ln -s /etc/nginx/sites-available/forgejo /etc/nginx/sites-enabled/
rm /etc/nginx/sites-enabled/default
nginx -t && systemctl reload nginx
certbot --nginx -d midominio.com

8. Setup inicial vía web

Ahora abre tu navegador en midominio.com y termina la configuración:

  • Base de datos: SQLite ya está listo.

  • Admin: Crea tu usuario y contraseña.

  • Confirmación: En Admin > Settings, verifica que MAXFILESIZE sea de 10240 MB.

¡Listo! Ya tienes tu forja funcionando, soberana y sin que nadie te diga cuánto tiene que pesar tu trabajo.

#Teconología #Tutorial #Forgejo

 
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