Cuento corto – No estoy seguro
No estoy seguro
Gabriel vagaba en la frontera con la madrugada, seguía siempre la misma rutina, caminar sin guía. Hoy se le había hecho tarde, pero no había juntado ni la mitad de dinero para comer, así que, entre dormir en alguna esquina cobijado por el hambre, a deambular en busca de sustento, optó por lo segundo.
Observó una luz amarilla mezclada con vapor a lo lejos, Gabriel no tenía ninguna esperanza, a esa hora sólo las taquerías estaban abiertas. El estómago se le revolvió, y la boca se inundó de saliva salada, cruzó al otro lado de la acera, no quería vomitar. Logró sortear el puesto callejero de tacos que, como era de esperarse, tenía un trompo de carne al pastor, contuvo la respiración y pasó lo más rápido que pudo, no se salvó de una ligera arcada.
A los pocos metros tres jóvenes con botellas de cerveza y andar errático, platicaban y reían a gritos, ignorando que el vecindario debería estar durmiendo. Alentando el paso, y acercándose, pero con cierta distancia, les dijo a los transeúntes –una moneda que les sobre jefes, pa’cenar algo.
Por su aspecto sucio y peor vestido que ellos, sabían que era un pordiosero, así que lo ignoraron, rompieron la formación para dejarlo pasar, como si les fuera a contagiar lepra. Gabriel estaba acostumbrado al fracaso, así que los dejó atrás para seguir su camino.
Súbitamente sintió cómo algo le jalaba el pie, golpeando con la cara en el suelo.
-Este güey viene más pedo que nosotros -gritó entre risas el que le había metido el pie a Gabriel.
Voltearon sus dos compañeros, soltando estruendosas carcajadas.
-Hazte pendejo pinche Lacra, siempre haces tus mamadas de andarle metiendo el pie a la banda.
Permaneció tirado, intentaba levantarse, logró estar en cuatro patas y recuperar el aire. El más alto de ellos se le colocó enfrente, Gabriel ya esperaba el desenlace, no era la primera vez que se encontraba con los delincuentes locales, los conocía bien.
-Ándenle cabrones, ayúdenme a levantarlo, se pasan de pendejos; este güey ni las manos metió, se rompió todo el hocico.
Acataron la orden entre risas y lo levantaron de los brazos, apenas y se sostenía.
-Ah no mames pinche Lacra, sí se rompió toda su madre -dijo el que lo levantaba del brazo derecho.
El Lacra seguía riéndose, menos efusivamente y los increpó a modo de broma.
-No mamen pinches santitos ¿a poco no se rieron? Además, no es mi culpa que el ruco esté bien cáscara, ni aguanta nada.
Tras unos segundos Gabriel lograba sostenerse solo, y lo único que deseaba era irse cuanto antes.
-Ya estuvo -les dijo- ya me voy, perdonen que los molestara muchachos.
-Tranquilo carnal -lo detuvo el que ordenaba a los otros- le invito unos tacos, ándele, se ve que no come bien desde hace un chingo.
-No se preocupe patrón, mejor ya me voy, no los quiero interrumpir. Además, no como tacos -sabía que eso último estaba de más y lo que se avecinaba no sería nada bueno.
-A ver cabroncito, ¿cómo qué no comes tacos? de milagro te abrazan y quieres que te aprieten.
-Ya mejor me voy, los dejo que se vayan a cenar, de verdad disculpen -dijo Gabriel, mientras intentaba alejarse.
-Tráiganselo -les dijo a los otros que lo tomaron del brazo, mientras caminaban al puesto de tacos.
Al segundo paso Gabriel se soltó de sus captores e intentó correr, pero ni tres pasos había dado, cuando lo detuvieron, ahora con más agresividad.
-Cálmese ruco, no te pongas tus moños, solo te quiero invitar unos tacos, por la partida de jeta que te patrocinó el Lacra. Ya te dije que no te vamos a hacer nada -con una señal les indicó a sus amigos que lo soltaran -¿o eres de los que cree que los tacos son de carne de perro? ¿o a poco eres un indigente vegano?– los tres soltaron la carcajada.
-No jefe, pero antes de terminar en la calle, yo les vendía la carne a todos los puestos de tacos de ésta y otras dos alcaldías de la Ciudad de México.
Los tres se quedaron sorprendidos, y esperaron unos segundos a que su líder hiciera la pregunta que les rondaba la cabeza.
-¿Y cómo chingados terminaste de indigente? Seguro vendías millonadas cabrón. ¿Sabes cuántos puestos de tacos hay solo en el barrio?
-Los tengo muy presentes, créame jefe. Aunque solo vendía la carne para los tacos de al pastor, bueno me daban a vender la carne.
Sus captores no quitaban la cara de incredulidad, a uno de ellos se le ocurrió bromear.
-Pues entonces a usted le toca invitarnos, pero hasta el table dance. ¿Anda de incógnito, se volvió loco o que chingados?
-Pues un poco de todo patrón -les respondió mirando al piso.
-Sin pensarlo mucho, se sentaron los tres amigos al borde de la banqueta, y al ver que Gabriel seguía de pie, el líder le jaló la mano para sentarlo entre ellos. Sacó de la bolsa de su chamarra una licorera, le tomó un trago y se la pasó a Gabriel.
-Ándele don, jálele un poco pa’que nos cuente el chisme, o qué, ¿tampoco toma alcohol?
Sin responderle, Gabriel agarró la licorera y le dio un trago prolongado. Lo saboreó mientras los ojos se le humedecían.
-Yo trabajaba en una carnicería en Culiacán, hace como diez años. La verdad no me iba mal, me alcanzaba para construir mi casa, traía mi cochecito, y podía mantener a mi familia.
Un día se bajaron de unas camionetas varios tipos, ya sabía que eran narcos, así que esperaba lo peor. Para mi sorpresa me pidieron toda la carne, porque el jefe iba a tener una reunión, no me opuse, algo temeroso les expliqué que me iba a tardar en limpiarla toda. Me dijeron que no me preocupara, que yo también me iba con ellos. Al ver mi cara de susto me aseguraron que, si me portaba bien, me regresaban entero y con un buen billete en la bolsa.
Me pusieron una capucha, y al retirármela estaba en una cocina, inmensa y lujosa, con mucha gente trabajando, todos en silencio, como espantados. Me entregaron varios cuchillos y afiladores, y me ordenaron que le metiera velocidad, “ya hacía hambre”. Así que me puse a trabajar, cada tanto venía alguien a llevarse la carne, también me dejaban agua y algo de comida, ya casi para terminar, me llevaron una botella de whisky, una de esas caras, “te lo manda el jefe por tu buen trabajo” me dijeron, pero del miedo ni la abrí en ese momento. Estuve esperando y al final durmiendo, hasta que fueron por mí, poniéndome la capucha, y me dejaron afuera de la carnicería la mañana siguiente. Antes de entregarme un fajo de dólares, el conductor dijo, “estate al tiro, por si te volvemos a buscar”, y se fueron.
Cumplieron su palabra, regresaron varias veces, hasta una vez por semana, seguíamos el mismo ritual. Mi familia se percató de inmediato de lo que estaba pasando, y de cómo mejoraban las cosas económicamente. Para nadie es un secreto que cuando a alguien le comienza a ir demasiado bien, tarde o temprano, todo va a salir demasiado mal.
En uno de los eventos, cuando ya todo estaba en silencio, se acercó una anciana con la botella de whisky, le pregunté ¿en qué podía ayudarla? y me sonrió. Me dijo que más bien ella era la que quería ayudarme, que hacía muy bien mi trabajo, y ya había demostrado que no se me iba la lengua cuando tomaba alcohol, así que ya era el momento de darme más responsabilidades.
La tarea que me asignó fue encargarme de la preparación y distribución de carne para tacos al pastor que el gobierno les había asignado, pero solo de los puestos de la calle, que eran miles. Mi familia y yo nos venimos a vivir a la Ciudad de México, al principio no fue fácil, los chilangos son complicados. Pero con el tiempo y gastando dinero como nunca en la vida, se nos fueron abriendo las puertas.
En la fachada el trabajo era bastante común, coordinar un ejército de personas que preparaban carne enchilada, para distribuirla a lo largo de la ciudad. Yo no me enteraba ni de dónde venían los insumos, ni cómo se realizaban los pagos. Todo funcionó bastante bien durante unos tres años, pero con el cambio de presidente, todo el piso se tambaleo, y sus nuevos lujos, aunque austeros requerían más dinero, así que le subieron la cuota a la patrona, y no poco.
Al principio se armaron los madrazos, pero luego llegaron a un acuerdo. Lo que se les olvidó fue parar la matazón, se quedaron peleándose todos contra todos.
Un día me pidieron que fuera a ver a la señora que me había dado el trabajo, ella y su hijo querían hablar conmigo.
En resumen, el negocio se estaba poniendo difícil, ya no les estaban saliendo las cuentas, así que iban a mandar carne de otro proveedor. Mi chamba era que la gente no notara la diferencia, que hiciera mi “magia”, dijeron, para que no bajaran las ventas. Les pregunté de donde iban a traer la carne, pues para darme una idea. A lo que me respondieron que sólo tenía que saber que era producción nacional.
Cuando llegaron los nuevos cargamentos, lo primero que se me ocurrió fue mezclarla con la otra, para que no se notara tanto el cambio, porque la probé y era más dulce y algo más blandita; llevé un poco a mi casa y les gustó, pero al mezclarla y cambiando un poco la receta de la salsa, incluso quedó más sabrosa que la de antes.
Los clientes estaban pidiendo más, y los patrones estaban muy contentos con las ganancias.
-¿Entonces porqué terminó de muerto de hambre en la calle? -lo interrumpió el tipo con la licorera, que se la ofreció a modo de disculpa, y Gabriel tomó otro buen trago.
-Pues el problema empezó cuando los clientes de las taquerías encontraban trozos de uñas, a veces pedazos de tela o pelo. Pensé que el problema estaba ocurriendo en la preparación, pero por más que aumentaba los controles de calidad, no hallaba la explicación. Así que les avisé a los patrones, y les pedí que hablaran con el proveedor para ver si se podía resolver el asunto.
A la semana siguiente casi me muero del susto, cuando al entrar a la oficina, estaban la señora y su hijo, esperándome. Sin rodeos el jefe me dijo:
-Gabriel, tenemos que desmantelar esto a la voz de ya. El gobierno nos dio veinticuatro horas mientras se inventan una historia. Sabes muy bien lo que está pasando, así que métele velocidad o nos carga la chingada.
Preferí no enterarme más, así que con toda la gente, nos pusimos a desmantelar todo.
A la mañana siguiente los titulares de los periódicos confirmaban que, en una bodega de la Ciudad de México, descuartizaban a las víctimas del cartel.
-¿Pero qué no era donde preparaban la carne para las taquerías? -Preguntó el que no había abierto la boca en toda la noche.
-Lo mismo me preguntó mi esposa, y cuando develaron que en la bodega había material genético de centenas de desaparecidos, no fue muy difícil para ella entender lo que pasaba ahí. Por más que intenté explicar que yo no sabía nada, me abandonó, a la fecha no se nada de mi familia, y creo que es lo mejor, así están más seguros.
A mí me dijeron que desapareciera o me mandaban desaparecer, y aquí estamos.
-¿No mames, estás diciendo que la carne no era de animales?
-Estoy seguro de que no toda era de animales. De lo que no estoy seguro es que la carne de ese puesto, la haya surtido el cartel o cualquier otro.
Los tres tipos se levantaron en silencio, le dejaron la licorera y un billete de doscientos pesos.
-Ahí tiene jefe, para que se compre lo que quiera de comer.
Cabizbajos, se volvieron por donde había llegado.
...
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