Escritura Social

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from Jodida, pero no sorprendida

y hagámoslo sin pedir perdón.

He empezado recientemente el poemario Chispitas de carne de Bibiana Collado Cabrera. Me gusta mucho lo que hace Bibiana Collado porque siento que me ahorra trabajo: ella lo ha dicho ya y lo ha dicho mejor de lo que yo lo diría. Y, además, a ella la gente la va a leer/escuchar. Pero cuando leo sus poemas, o cuando leí Yeguas exhaustas me sentí vista, representada. No me pasa demasiado. Y la cosa es que parece que no es flor de un día: me pasa con casi todo lo que hace.

Pues bien, Chispitas de carne también me está encantando. Por lo mismo que me gusta todo lo que hace Bibiana Collado Cabrera, incluido porque podría haberlo escrito yo si escribiese tan bien como ella, pero especialmente porque es un poemario de amor. Así, ni más ni menos. Sin estridencias, adjetivos rimbombantes, modificadores que den profundidad impostada al tema. Nada. Un poemario de amor. Resulta que la voz poética se ha enamorado, se ha dado cuenta de lo que es que la quieran bien, y se ha puesto a escribir de amor. Y ya está. Lo estoy saboreando a poquitos y disfrutando como una enana.

Me pregunto cómo habría librado este poemario si no lo hubiera escrito una poema ya consagrada e incluida en los etéreos y caprichosos círculos literarios, sino una mindundi cualquiera. Hablar de amor es una cosa ya agotada, poco original, propia de otros tiempos. La poesía (y la literatura) amorosa es una cosa con poco empaque y hablar de amor es algo que resuena a adolescencia y ñoñería. Y a mujer. De hecho, a mujer poco seria. La mujer seria se preocupa de cosas más importantes. Las mujeres que hablan de amor, que se deleitan con poemas amorosos o que de lo pasan pituti leyendo romántica adulta... Bueno, seguramente tengan que madurar. Espero que se haya notado la ironía. Me pregunto por qué, si Freud está tan superado, parece que el mundo se lo ha tragado y no para de repetirlo.

Me atrevo a decir, sin demasiados argumentos, que sacar el amor de la esfera de lo «reflexionable», de lo serio, tiene un alcance conceptual e ideológico bastante profundo. El amor no es subsumible a las lógicas del capitalismo (las relaciones sí, ojo, y si no mirad las apps de citas, por poner un poner). El amor no es productivo, de hecho, nos enajena y nos posee de tal forma que nos aparta con frecuencia de la productividad y los deberes. El amor nos envalentona: hablaba Platón de que un ejército de amados y amantes sería invencible, pues nadie toleraría abandonar a la persona que ama o parecer cobarde ante él. El amor es peligroso para el orden.

Por eso se le domestica, se le reduce a transacciones mercantiles (favores, por ejemplo), se le encierra en relaciones contractuales favorables al status quo y se criminaliza todo lo que salga de esos estrechos y angostos moldes. También, supongo, por eso se convierte el discurso sobre el amor como una cosa infantil, un divertimento, un pasatiempo, pero, al fin y al cabo, algo sin sustancia. No vaya a ser que, en el hablar de él, descubramos otros modos, otras formas, otras extensiones del amor.

Pues a mí me apetece leer sobre el amor. Escuchar canciones de amor. Ver cómo en redes sociales la gente debate sobre qué es y qué no es el amor. Y hablar de amor. Y disfrutar de arte relacionado con lo amoroso. Y presenciar cómo se despliegan sus distintos significados, las distintas comprensiones que tenemos de él, cómo escapa del corsé de lo romántico, cómo se extiende y nos infecta poco a poco.

Y me gusta ver actos de amor. Como los besos o las caricias. Como escuchar a alguien que sufre. Acompañar a quien lo necesita. Como parar un desahucio o acampar en las plazas.

Si esto es naïf, infantil e inmaduro, pues sea. Total, tampoco es que esos señores tan serios nos estén dejando un mundo muy habitable.

 
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from Jodida, pero no sorprendida

... lo de estarse midiendo la chorra todo el rato, digo.

Me he dado cuenta, porque no me queda más remedio que estar cerca de algún ejemplar de esta especie, que hay personas que viven la vida como una competición perenne en la que lo de que lo que cuenta es participar es una patraña. Hay que ganar, individualmente o en equipo, pero hay que ganar siempre.

Debe de ser agotador percibir en cada situación un enfrentamiento. Empiezo a ser más consciente porque, sin querer yo nada de eso, he acabado en el equipo de una de estas personas. Es pura casualidad, ojo: estudiamos la misma carrera, hicimos la misma oposición, acabamos en el mismo centro. Pero no tenemos gran cosa en común y mis ganas de estar en su equipo, sea el que sea, son nulas, lo mismo que mi interés. Pero él ha decidido que sí, que el resto del departamento tiene que estar en su lucha. Por eso, alguien de departamento tiene que coger tal coordinación para que no la tenga otro departamento, por ejemplo. ¿Qué beneficios tiene esa coordinación? Unos puntillos para concursos de traslados y similares, a costa de mucho trabajo. Yo, que trabajo fatal en equipo, ya me lo han dicho alguna vez (casualmente siempre gente que quiere parasitar mi esfuerzo), me hice un poco la muerta. En parte porque no quiero rollos y en parte porque la razón «si no lo cogemos nosotros lo va a coger este otro departamento» para mí no es una razón válida per se. Ocurre, claro, que esta persona está en liza con ese otro departamento al completo (aunque probablemente ellos no se hayan dado cuenta) y claro: que ellos tuvieran algo que podríamos tener nosotros, aunque sea un marrón, es una derrota.

No te preocupes: si no le ves sentido es porque no lo tiene.

Total, que lo acabó cogendo otra persona que parece que este curso está acaparando cargos como si fueran cromos porque, voy a ser cruda con vosotros, como tampoco es que se esfuerce demasiado en ninguna tarea, un marrón más, uno menos, tanto da.

Y esto me lo tomo un poco a guasa. Intento impostar cierto desdén. Pero lo cierto es que estas cosillas minúsculas que conforman el ambiente en el que paso muchas horas de lunes a viernes me minan la moral con más frecuencia de la que me gustaría admitir. No puedo sustraerme a la situación: es como llevar una piedrecita en el zapato que no te puedes sacar. No es muy grande, no te va a hacer un daño brutal (o sí, dependerá de varios factores), pero cómo jode.

Así que nada, aquí estoy, escribiendo esto, que es el equivalente a sacudir el pie, a ver si la piedrecita cae en una posición donde moleste menos.

 
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from Compendio de historia anul

El comienzo de la historia anul se asocia a distintos puntos de inflexión en su cultura, tecnología y evolución; se habla de su surgimiento del agua como si respirar el oxígeno del aire, en lugar de extraerlo del agua fuera más sofisticado. Se menciona la capacidad de escritura con un pincel o una vara como si fuera el único modo de dejar constancia de los hechos. Corren ríos de tinta hablando de cómo la agricultura de superficie supusiera el pináculo de su conocimiento, como si no hubieran desarrollado cultivos volumétricos en sus esferas subacuáticas.

Si se observa con atención, tierra, agricultura y escritura, tienen las tres un denominador común en los comienzos de la historia anul en la figura de la aradora.

La aradora es un reptil serpentino de colores brillantes, de predominante rojo y azul, aunque en ocasiones también se las ha visto con patrones celestes, morados y fucsias. De un tamaño que no sobrepasa el metro de longitud en su madurez, con un carácter dócil y su afición a hundirse en la tierra blanda, convirtió su domesticación en un proceso trivial y al animal en una valiosa herramienta para las labores agrarias. Con una cuidadosa planificación, la tierra florecía y los frutos abundaban bajo el auspicio de la aradora.

¿Quién iba a imaginar, que un cuerpo tan a propósito para la labranza pudiera poseer más virtudes?

Fue durante la plaga de la palitepcha cuando las aradoras hicieron gala de sus cualidades, llenando los campos de advertencias y señales, de un complejo sistema de símbolos y figuras que si los anul hubieran identificado con antelación o descifrado con mayor premura, los hubiera librado de la calamidad que asoló sus tierras más occidentales.

Sin embargo, aquella plaga no supuso el fin de los anul, sino el comienzo de su escritura, o como suele decirse, de su historia. Adoptaron aquellas formas y figuras como su propia expresión escrita, y no únicamente para comunicarse con las aradoras. Es de esos símbolos, simples en su esencia, que empezaron hablando de la experiencia inmediata: tierra, agua, lluvia, sol; de los cuales surgió el alfabeto agrario, y que con el tiempo se convertiría en el abecedario que usamos hoy en día.

***
Cabe añadir un detalle que no menciona este texto, y es que con el tiempo las labores agrarias parecieron superfluas entre las virtudes de este animal. Su cualidad para la escritura los convirtió en seres casi inteligentes, muy fiables a la hora de transmitir un mensaje, como demuestra la exposición histórica de la Universidad de Taraccio en el que se exhiben los fósiles y restos de multitud de estas criaturas junto a los documentos con los se las halló. Sé a ciencia cierta que mucho de lo que sabemos, de lo que escribo, lo sabemos gracias a estas criaturas.
Me guardaré mis opiniones sobre los comienzos de la historia de los anul, a pesar de que las poseo en abundancia, pues no son tantas, ni tan precisas, ni tan concisas como las que podría dar mi buena amiga Cenani.

#extractiva #mensajera

 
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from freak_obijuan

#política #mundial #OTAN #USA

Este texto es una adaptación de una respuesta a una pregunta en tardigram.org. Contestar a esa pregunta me llevó a pensar por qué deberíamos mandar a pastar a la OTAN y finalmente decidí publicarlo aquí.

No quiero que el páis en el que vivo sea aliado estratégico de otro que ataca sistematicamente a los gobiernos progresistas de aquello que llama de manera soberbia “su patio de atrás”. Tampoco quiero ser aliado de alguien amigo del estado genocida israelí. Tampoco quiero que si alguno de los enemigos que se está granjeando ese país con sus políticas de corte fascista e imperialista les da por atacar su territorio, tenga que ir a defenderlo. Tampoco quiero ser aliado de un gobierno xenófobo, homófobo y misogino amén de otras teorías e ideologías despreciables.

Además, resulta que ese país es el alma de la OTAN, que ese país nos obliga a gastar una millonada en armas, que ese páis se quiere anexionar Groenlandia y va camino de conseguirlo, que ese país marca las directrices de la ultraderecha mundial y que la ultraderecha va ganando. Eso sin olvidar que si la UE no actúa como ellos quieren su actituda pasa a ser beligerante hacia nosotros. Nos ayudo a librarnos de la amenaza nazi a mediados del siglo XX, sí aunque esto daría para otro debate, y como dirían los Monthy Python: ¿qué más ha hecho USA por nosotros?

Entonces, si yo fuera partidario de la democracia liberal de partidos y presidente de la comisión europea ya estaba corriendo a echarme en los brazos de China como amo razonable y a establecer puentes de colaboración con Rusia para no quedarnos sin combustibles fósiles para calentarnos en invierno, fomentar la creación de estados no totalitarios en Oriente medio y decir a Israel que se vaya a buscar la tierra prometida de sus mitos a la Patagonia. Pero ocurre que no soy partidario de la democracia liberal de partidos, entonces, si por mi fuera mandaba a la mierda a esta UE (por antidemocrática, cada vez más fascista y al servicio de los ricos), a las élites que nos gobiernan y a la OTAN. Mientras tanto. empezaría a construir un futuro mejor donde se tuvieran garantizadas las necesidades materiales básicas, se trabajara lo menos posible, se pensase en políticas a largo plazo que redundaran en beneficio de los ciudadanos y no de las grandes fortunas, intentando establecer puentes con la gente de otros paises, atacando a los nacionalismos y fomentando la cooperación.

En el último párrafo me he venido arriba, cierto. Todo esto se podría resumir diciendo que no quiero OTAN porque no quiero ser aliado de unos países de mierda.

 
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from Compendio de historia anul

Se ha aventurado con frecuencia que la azalina es el animal preferido por todos, pero los motivos son tan variados que merece la pena hacer recapitulación de ellos, ¿pues quién no ha puesto como pretexto el deseo de estirar la cola en un paseo para poder escuchar el zumbido de esta maravillosa criatura? ¿Quién no ha atraído todas las miradas gracias a su azalina?

No hablamos simplemente de la azalina común y más pequeña que su contraparte real. Con un caparazón que oculta su pelaje, fino y suave, apenas atraen la atención, salvo cuando en pleno vuelo sus rojos y azules, morados y amarillos, quedan a la vista en ese batiburrillo de colores con los que atraen las miradas y las manos de los niños hacia sus enjambres. Sin embargo, la azalina común es una criatura silvestre, que rara vez se deja atrapar y que de nada serviría prenderla de un ojal.

Es la azalina real la que con su mayor tamaño, ha convertido su caparazón en una bella obra de arte digna de admiración. A menudo basta con observar los brillos irisados que reflejan su pelaje, que a su vez, no es uniforme. En el caso de las azalinas monocromas, se puede observar un degradado que se oscurece en la proximidad de las hebras al nacimiento del caparazón, y que se van aclarando conforme se alargan.

Es costumbre, entre las azalinas más dóciles, permitir que este pelaje crezca por debajo del caparazón, pues crea una bonita esfera por encima del caparazón muy agradable al tacto. Las azalinas, además, disfrutan de los cuidados dedicados a conservar la longitud y suavidad de su pelaje, y si le son dados con frecuencia, la propia azalina se adherirá a su compañero sin necesidad de otro tipo de persuasión. La única recomendación al respecto es procurar que lo haga a la pieza de vestimenta elegida para tal propósito, pues su ventosa puede causar rozaduras y pequeñas heridas en contacto directo con la piel.

En el caso de desear emplearla como complemento para la cola o las orejas, se recomienda hacerlo acompañado de un pañuelo, un gorjal o unas orejeras. La azalina también se encontrará más cómoda en una pieza de ropa que se adapte a su tamaño.

En la última temporada, se ha observado que la azalina más popular es la azalina primorosa, cuyo caparazón es más fino de lo habitual y deja a la vista un naranja suave que se torna amarillo en el extremo y dota a cualquier atuendo de una luminosidad sin comparación. Más adecuada para ocasiones solemnes, está la azalina plumerilla, que destaca, no por sus colores, sino por su pelaje algo más fino, y que en lugar de abrirse en forma de esfera, cae con elegancia por debajo del caparazón.

La azalina perfecta existe para cada ocasión y cada anul. De modo que no espere más, adquiera su azalina y presuma de su compañía en todas las ocasiones.

***
Intuyo que la azalina que hoy día conocemos dista de la variedad con la que convivieron los anules. Hoy día resultan una compañía más agradable para nuestros hijos queridos que como complemento de moda, idea que nos horrorizaría a la mayoría de nosotros hoy día. Sin embargo, debo decir que en más de una ocasión me he encontrado a mi nieta adorada vistiendo a la suya como un sombrero. Por fortuna, esa ventosa de la que hablaban los anules parece haberse atrofiado con el paso del tiempo y mi nieta conserva su cabellera intacta.
Ahora, yo me pregunto, ¿son las azalinas las que han evolucionado hasta alcanzar su tamaño actual, o es con las dimensiones de los anules con las que nos hemos equivocado?

#mascota

 
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from Francisco Molinero

Siempre me gustó la expresión. No hace mucho que la empecé a oír y creo que refleja fielmente el concepto: permanecer fiel a una idea, a un sentimiento, sabiendo que esa defensa es fútil, como dirían los Borg.

La IA ha calado en el uso masivo de la población. Ha necesitado de un fuerte empujón mediático y una indolencia política o peor aún, de un interés político excepcionales, pero hoy en día su uso se ha extendido como la pólvora. Algo peor, la idea de inevitable, el concepto de tecnología del futuro navega sin compuertas por las cabezas de familiares, amigos, cuñados y demás parientes como el mismo hecho inevitable de la muerte. Hace tiempo que sé que tenemos la batalla perdida. No importan los argumentos sobre el robo de los derechos de los creadores, la avaricia de agua o energía que sus centros de datos conllevan, la misma concepción de herramienta de poder y control que ha guiado a sus creadores a la génesis de la IA misma, el hecho de que sean multimillonarios estadounidenses quienes la controlan o que los resultados que proporciona a las banales consultas de los humildes usuarios sean mediocres en el mejor de los casos y sus imágenes absurdas y carentes de belleza. Empresas y particulares se jactan de su uso a diario. Hace tiempo que sé que tenemos la batalla perdida quienes no la usamos y vemos que su aceptación es una vez más, una derrota para las clases trabajadoras y en general para los oprimides del mundo. Sin embargo no voy a dejar de dar la batalla, moriré en esta colina permaneciendo fiel a mi idea primigenia que la IA no va a solucionar problemas y va a crear otros mayores. Sé que es la misma colina en la que un puñado de idiotas defendemos la huida de Google, las redes sociales algorítmicas, la banca ética o que la amabilidad es revolucionaria y también sé que la única manera de lucha es ser coherentes con las ideas que nos aíslan, porque estamos en lo cierto. Hace tiempo que sé que tenemos la batalla perdida, no discuto con sus defensores, me limito a no usar la IA, Google o las redes sociales que no sean libres y federadas. Hay una resistencia pasiva que es la esperanza.

 
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from el tipo del compost

Nunca había sido un trekkie. Era fan de Star Wars de forma friki homeostática. Es raro no tener contacto, aunque sea a nivel básico, con la franquicia si te has movido en un ecosistema friki como adolescente. Además de pequeño me vi las tres de la trilogía original del tirón un par de veces con mi tio [1]. Había visto las peliculas de Star Trek, y de ahí conocía a los personajes de The Next Generation (TNG), a los que les tenía un cierto cariño pero desde la distancia. La cuestión es que hace unos años (en 2020) hicieron una serie, Picard, en la que el protagonista es Jean-Luc Picard, capitán de la USS Enterprise, nave protagonista de TNG. Y me picó el gusanillo. Cuando le conté a J, trekkie él, que quería verla, me dijo que muy bien, pero me puso tareas. POR SUPUESTO que no iba a poder entender y disfrutar de Picard si no veía antes Deep Space 9 (DS9). Y cómo iba a ver esta última sin la MUY NECESARIA TNG [2]. Del estusiasmante paso por TNG, y de lo decepcionado que quedé por Picard quizá hable otro día. Lo importante hoy es DS9.

En DS9 tienen mucho protagonismo los Ferengi. Los Ferengi son un antagonista que había aparecido en algunos episodios de TNG. Avariciosos, un poco simplones, individualistas, machistas. Son una especie cuyo mantra es enriquecerse, y su orgullo, hacer un trato en el que salgan ganando. En DS9 tres de los protagonistas son Ferengi, y su forma de pensar y el sistema de valores prevalente (casi el único) existente en su planeta se explora en detalle (y de forma seria). Existen las Rules of Acquisition, un compendio bastante largo (~300) de preceptos a seguir para ganar en un acuerdo comercial, sobre qué oportunidades no debes dejar pasar, o cómo llegar a ser un Ferengi de provecho. Por ejemplo:

1 Once you have their money, you never give it back. (Cuando tengas su dinero, nunca lo devuelvas) 22 A wise man can hear profit in the wind. (Un hombre sabio puede oír el beneficio en el viento) 98 Every man has his price. (Cada hombre tiene un precio) 111 Treat people in your debt like family… exploit them. (Trata a la gente que está en deuda contigo como si fueran de tu familia... aprovéchate de ellos) 211 Employees are the rungs on the ladder of success. Don't hesitate to step on them. (Los empleados son los peldaños en la escalera del éxito. No dudes en pisarlos) 239 Never be afraid to mislabel a product. (Nunca temas engañar al etiquetar un producto)

Vendrían a ser los mandamientos fundacionales (pero en revisión y aumento) que ordenan el funcionamiento de esta sociedad.

Ver episodios en los que aparecían Ferengi [3] me hacía pensar mucho en su sistema de valores, y aunque nunca la llamaron así en la serie, pensaba en Ferengi ethics as a profit-based morality (o étíca Ferengi como un sistema moral basado en el beneficio, pero cuando estás viendo las series en inglés y a veces piensas en inglés, pues los nombres te salen así).

Y desde entonces hay personas y hechos sobre los que no puedo pensar sino como Ferengi, a sabiendas o embebidos de un entorno que promueve lo Ferengi (o al menos, mira para otro lado en lo que tiene que ver con su presencia).

¿Qué sería, fuera de la ficción, lo Ferengi? Sin haberlo pensado en detalle, creo que sería de forma general el uso de argumentos económicos para justificar el statu quo (estando la persona que los usa en la posición más ventajosa) o decisiones que sin la pátina de “objetividad económica” podrían considerarse inmorales. Por ejemplo: – justificar retroactivamente una acción de moralidad dudosa si ha sido beneficiosa económicamente, – utilizar el argumento de la eficiencia cuando se está pensando únicamente en el beneficio o en ganar estátus, – hablar del supuesto trabajo duro para legitimar la situación económica del hablante (obviando cuando otras personas trabajando lo mismo o más, no han conseguido lo mismo, o la explotación que conlleva ese trabajo, ahora olvidada), – cambiar la definición de qué es trabajo duro a conveniencia,

Vendría a ser el actually existing liberalism [4], en el que las reglas (y mitos) del sistema se utilizan para justificar las desigualdades como si fueran inevitables, tanto las previas al sistema, como las que se producen al saltarse las reglas. Componentes que inevitablemente acompañan al liberalismo, al capitalismo y a la cultura del esfuerzo aunque no estén en la teoría.

Toda esta vuelta para contar que gracias a DS9 existe en mi cabeza una categoría para catalogar que, aunque quizás sin la serie también habría llegado a estar en algún momento, no tendría un nombre tan conciso.

[1] Mi tío (político) el friki. Creo que la apreciación del parentesco político es pertinente, porque mi padre siempre ha sido un poco friki, pero más del cacharreo y tener un conocimiento inesperado de temas variados (cosa que agradezco haber sacado de él), pero no he tenido otros familiares cercanos a quienes le gustasen los cómics, la ciencia ficción o el rol. Y a base de pasar fines de semana en casa de este tio acabé desarrollando la afición. Supongo. Quizá me habría llegado por otro lado, pero todos queremos tener un mito fundacional. ↩

[2] Las mayúsculas se notaban en su voz, así que era muy importante verlas. ↩

[3] Tanto Ferengi como Ferengis valen como plural https://en.wiktionary.org/wiki/Ferengi ↩

[4] Por darle la vuelta al actually existing socialism que se usa como crítica a la diferencia entre el socialismo en la teoría y en la práctica. ↩

 
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from Los relatos de Ibnussabel

16 de abril

Hoy he visto a cuatro forasteros. Parecían una familia, pero no creo que lo fueran. No una familia al uso, en todo caso. Paseaban por la calle ajardinada donde los niños juegan y los vecinos sacan a los perros a hacer sus necesidades. Caminaban con una parsimonia impropia en unos forasteros, como si tuvieran todo el derecho del mundo a ocupar nuestro espacio.

El hombre andaba despistado. Deambulaba mirando las copas de los árboles, los pájaros. A veces se paraba a oler el aire. Era bajo y calvo, con un semblante de falsa afabilidad. Como si fuera una máscara. Algo en su aspecto delataba cierto apetito por el dolor ajeno.

La mujer era robusta. Se veía más joven que su presunta pareja y tenía el pelo oscuro, largo y ondulado. Parecía irascible. A punto de estallar en cualquier momento. No disfrutaba del paseo, más bien lo soportaba. Quizá notase que no debería estar aquí y que no era bienvenida. Ella era la pastora de ese rebaño humano, la que vigilaba que todos estuvieran en su sitio y ninguno abandonase su papel.

Se diría que las hijas tenían más o menos la misma edad, incluso podrían ser gemelas. Sin embargo, no se parecían ni entre ellas ni a ninguno de sus supuestos progenitores. No creo que sean una familia. Una de ellas daba la sensación de estar drogada. Andaba con la cabeza en las nubes y se ha abrazado a un árbol. No he querido mirar más, quizá incluso le daba besos. Probablemente se trate de una secta.

La otra hija. Vaya, no recuerdo nada de la otra hija. Solo que no encajaba en el todo. Ninguno de los cuatro lo hacía. Lo único que tenían en común era lo fuera de lugar que se les veía. Como llegados de otra época.

Como siempre, nadie me quiere hacer caso. Que qué mal han hecho. Que qué más da que sean forasteros, que la calle es libre y cualquiera puede pasear por ella. Debo de ser el único al que le importa la seguridad y la convivencia. A los demás les da todo igual. Puede implantarse una secta en sus narices y todo lo que harán serán cuatro aspavientos cuando haya una desgracia y todos los medios hablen de nuestro pueblo.

25 de mayo

He vuelto a ver al hombre. Ha pasado más de un mes, pero es inconfundible. El tipo bajo y calvo que tanto podría tener cincuenta años como setenta. Estaba sentado en un banco, a escasos metros de donde les vi la primera vez. Hoy estaba solo. Ni rastro de su “familia”.

Estaba sentado en un banco sin hacer absolutamente nada. Tenía las piernas ligeramente separadas y las manos sobre el regazo. Miraba aquí y allá, a nada en concreto. En un momento dado, ha girado la cabeza, me ha mirado fijamente y me ha dedicado la sonrisa más aterradora que haya visto jamás. Una sonrisa de psicópata.

Mi mujer dice que son imaginaciones mías, que me habrá sonreído por cortesía, pero ella no ha visto sus ojos. Su mirada transmitía con una nitidez cristalina que quería hacerme daño. Temo por mi vida.

13 de agosto

No he vuelto a ver a ninguno de ellos. He hablado con varios vecinos y nadie ha visto nada fuera de lo común. Quizá no se tratase de ninguna secta después de todo.

28 de octubre

Tenía razón. Nadie me hizo caso, pero tenía razón. Los forasteros han regresado.

Hoy he vuelto a ver a los cuatro. Me he fijado en que el hombre siempre lleva la misma ropa, o ropa muy parecida. Pantalones de pinzas color crema, camisa y jersey morado. Hoy, además, llevaba una chaqueta marrón y una boina.

Tanto el hombre como las chicas paseaban distraídos, mientras la mujer les vigilaba concentrada. Mientras el hombre luce tranquilo y despreocupado, la mujer se ve tensa y atenta en todo momento. En lo que coinciden es en ese aura de maldad que les rodea. Me pregunto de qué serán capaces.

Las hijas, en cambio, parecen ajenas a este mundo. Deben de haber alcanzado ya la mayoría de edad, pero tienen andares de niñas pequeñas. Una ha vuelto a abrazar un árbol y se ha quedado absorta con cara de felicidad. La otra miraba los columpios con deleite, como si quisiera montarse en ellos pero no estuviese segura de si debía.

Se lo he contado a mi mujer y ha montado en cólera. Que ya está bien de fantasías. Que quizá son vecinos nuevos. A lo mejor viven en otra parte del pueblo y les gusta venir paseando hasta esa zona ajardinada. O quizá están visitando a algún pariente. Dice que tengo que dejar ya de obsesionarme con esta gente, que viva y deje vivir. Que no han dado ningún motivo para desconfiar y que me dejo arrastrar por mi paranoia. Y, sobre todo, que ni se me ocurra mencionárselo a mi hijo, que bastante tiene ya para preocuparse por las tonterías de su padre.

Puede que tenga razón, pero en el fondo sé que no.

1 de noviembre

Ojalá alguien me hubiera hecho caso.

Ha pasado algo terrible. Esta mañana han aparecido los cadáveres de las dos chicas forasteras en el árbol al que se abrazaba una de ellas. La que ansiaba montarse en los columpios pendía ahorcada de una rama. La otra yacía enfrente de su hermana dividida en seis partes: dos brazos, dos piernas, un torso y una cabeza.

Alrededor del árbol, habían trazado un círculo con velas y, dentro del círculo, además de los dos cadáveres, había frutas, flores y aves muertas.

Que descansen en paz las almas inocentes que podría haber salvado.

5 de noviembre

Seguimos conmocionados. Tras el horrible suceso hemos descubierto quiénes eran los forasteros. Debería haber acudido a las autoridades en cuanto les vi, aunque seguramente me habrían mandado callar como a los tontos. Una vez perpetrado el doble asesinato, todo el mundo se interesa por lo que tengo que decir. Al fin y al cabo, me he pasado meses pendiente de ese grupo de indeseables.

Las dos chicas fallecidas no tenían ningún lazo familiar entre ellas ni con sus verdugos, como ya me había imaginado. Eran chicas que habían desaparecido de sus casas el año anterior. Una era de Alicante y la otra de Ciudad Real. Nadie había relacionado sus desapariciones porque no había ninguna relación entre ellas.

El hombre acumulaba una serie de denuncias en distintas poblaciones españolas. Había sido profesor universitario de lengua y literatura inglesa, pero hacía años que había abandonado la docencia y nadie sabía de qué vivía.

La mujer trabajaba desde casa. Fue una conmoción para todos sus conocidos descubrir que estaba implicada en este crimen atroz.

12 de diciembre

Ni rastro del hombre y la mujer. Las autoridades siguen buscándolos, pero parece que se les ha tragado la tierra. Espero que a nadie se le ocurra nunca buscar en mi jardín.

#relatos #terror

 
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from Siete lagartijas

Godofredo, el poeta pizzero

¿Veis aquello que se mueve entre el tráfico tan lento? ¿Esa moto azul y blanca con estuche de pizzero? La pilota nuestro amigo el sonriente Godofredo que reparte ricas pizzas y también muchos sonetos.

Nunca tiene prisa, siempre llega a tiempo. Pizzas y poesías lleva Godofredo.

Romances con base fina, peperoni con tercetos. Si no te gusta esta estrofa ponle un poco más de beicon. Champis en rima asonante, piña, jamón o cangrejo. Versos que llegan calientes y metáforas con queso.

Nunca tiene prisa, siempre llega a tiempo. Pizzas y poesías lleva Godofredo.

Una vez, ¡qué mala suerte!, se atascó con un soneto, y llevó tarde un pedido, no pudo llegar a tiempo. Cuando llegó al domicilio, que era un decimotercero, ya no llevaba una pizza: llevaba un bloque de hielo. El cliente, muy furioso, mandó a Godo a paseo. Y en la pizzería, al jefe le llegó su gran momento: «Eres lento con la moto y aunque siempre estás contento, ¿si la gente pide pizzas para qué quiero tus versos?» El trabajo así perdió nuestro amigo Godofredo. Pero no perdió su sueño: él siguió escribiendo versos. (Hoy le salen más ligeros, porque no son cuatro quesos.)
#poemas

 
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from Siete lagartijas

Guillermo y yo

Guillermo me trata bien, de eso no me puedo quejar. Me da comida abundante y me habla muy cariñoso. Incluso a veces hace algún chiste bueno. Casi nunca, todo hay que decirlo.

Guillermo sabe muy bien, porque se pasa horas leyendo libros, que como azor soy una ave rapaz diurna, rápida y muy buena cazadora. También Guillermo quiere que yo sea feliz. Por eso, casi todas las tardes me lleva fuera de casa. Yo me pongo nerviosa cuando veo que se acerca la hora y enseguida salto sobre su muñeca. Él se ha puesto un guante que me encanta, al que me sujeto fuerte con mis garras.

En la calle, pasamos un poco con prisa la aburrida parte sin árboles, eso que Guillermo llama edificios. ¿Cómo podéis vivir así? Pero llegamos enseguida. Veo los árboles y se me abre el pico de la emoción. Guillermo me acaricia mientras me dice unas últimas palabras. Luego me suelta.

¡Qué felicidad volando entre los árboles! Sé que este bosque de ciudad no tiene nada que ver con el auténtico Bosque, aunque no lo recuerde muy bien. Pero cuando vuelo entre los árboles, me siento libre.

Todo lo bueno se acaba rápido. Guillermo tiene un silbato que oigo desde lejos y sé que es hora de volver. Aunque este recreo siempre me parece corto, vuelvo enseguida al guante de Guillermo. Me han adiestrado para hacerlo así, y no me quejo de la vida que llevo.

Ocurrió una tarde normal, una de tantas. Yo acababa de saltar del guante de Guillermo y volaba entre los árboles. Sin pensar, solo disfrutando del momento. Entonces sentí algo en el pecho. Luego en la cabeza ¡¡fiummmmmm!! El Bosque dejó de ser un recuerdo lejano y se convirtió en muchas imágenes. ¡Recordé todo! Cómo era yo de pequeño, a mamá y a papá, el viaje hasta la ciudad. Todo lo recordé.

De repente, aquellos cuatro árboles ya no eran suficientes. Empecé a volar más rápido que nunca y salí a cielo abierto. No hacia Guillermo sino hacia el lado contrario.

Batía con fuerza mis alas y algo me indicaba hacia dónde tenía que ir.

Volé.

Volé y volé.

Tardé horas en llegar pero al final llegué. Era un precioso bosque que me abría sus puertas. Entré feliz, haciendo giros complicados entre los troncos y las ramas. Vi otras aves, mucha comida, ¡eso sí que era un hogar!

Nunca más volví a ver a Guillermo, y esa parte me dio un poco de pena. Pero ahora soy mucho más feliz. Vuelo, busco comida, tengo mis compinches. Y hace poco he conocido a un amigo que se está convirtiendo en un amigo especial. No digáis nada, pero un día de estos le voy a pedir que vivamos juntos. Por ahora, es una sorpresa.
#cuentos

 
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from srtagalicia

La bicicleta (III)

Entré como quien entra a una iglesia, con reverencia hacia el espacio que me iba a acoger. El concierto tenía manos suspendidas en el aire, era un maremágno. Había oscuridad, humo y gente apretujada. Me moví entre ellos con el casco de la bici, una serpiente en el agua, hacia el escenario para ver si atraía la atención de mi amigo. Evidentemente, no. Él estaba en éxtasis así que me dirigí hacia la barra para pedirme un cubata. Y luego fue otro. Y luego otro. Hasta que terminó el concierto y yo, con las manos ya temblorosas me encaminé al backstage para felicitar de manera conveniente todo el espectáculo. Allí estaban otros amigos, y hablamos durante un tiempo que se me hizo horas hasta que D. decidió marcharse al hotel, conmigo.

Pasó lo que tenía que pasar, pensé en la ducha estrecha de un hotel de malísima muerte para cantantes que aún no han dado el petardazo. Pasó porque estaba borracha, porque estaba triste y porque estaba fundamentalmente en shock, pensé mientras me caía el agua por la barbilla desde la cabeza, limpiando todo el alcohol y lo que no era alcohol. D. había estado dulce, pero yo no había querido ni besarle. No era una cuestión de amor, era una cuestión de deporte, como la bicicleta. Yo tenía que ir hacia un punto y decidí montarlo como instrumento para ello. Salí de la ducha mientras oía cantar a D., contento. Yo tenía la cara desencajada y me preguntó que qué me pasaba. ¿Qué me pasaba? Nada. La respuesta arquetípica. No me pasaba absolutamente nada. Salí corriendo, despidiéndome sin parar por el pasillo.

Afuera la noche era cálida, se notaba el principio de junio. Me dirigí con la cabeza llena de determinación y los pies haciendo eses hacia la bici roja. La monté, pasando por las calles vacías como una estela, con el viento caliente y húmedo en la cara y el casco en el codo. Miraba las rayas de la carretera para sentirme dentro de algo, para mantenerme dentro de algo y las seguía con un fervor aún más religioso que el que me llevó al concierto. Contemplé las calles, la catedral, el río, las montañas al fondo. Contemplé todo.

Un mendigo gritó. Lo primero que me impactó fueron los codos. El casco salió volando hacia una de las esquinas del paso de cebra en el que había resbalado. Luego fue la cara y después el resto del cuerpo. Me quedé tendida en el suelo, mientras la sombra de la viscosidad del hospital se cernía sobre mí. Las lágrimas se mezclaron con la sangre de mi cara. Lloré.

 
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from srtagalicia

La bicicleta (II)

A tientas, las lágrimas provocadas por las arcadas y la vergüenza me impedían ver, busqué el botón de la cisterna del váter. A continuación me lavé la cara repitiéndome los pasos a seguir: saldría del cuarto de baño, miraría fijamente la escena y procuraría no ser un puñetero estorbo. Luego llamaría a mi madre para informar sobre la situación. Tampoco podía hacer más. Tampoco sabía.

Repetí los pasos como un robot: salir, mirar, no estorbar, llamar. La conversación con mi madre fue macarrónica. Yo sabía que esto era el fin. Lo había visto, lo había olido. Lo había paladeado.

Desde fuera, todo parecía de mentira. Las enfermeras se marcharon después de ajustarle la morfina y ella ya no abría los ojos. Estaba en paz, cadavérica y verde. La miré largamente, cuánto la había querido y cuánto había hecho por no demostrarlo. Ella, que había soportado cada uno de mis desaires con paciencia infinita, como un cielo estrellado que te abraza sin esfuerzo. Y ahora estaba allí, en silencio, inmóvil. Como yo.

No sé cuánto tiempo pasó así. Me desperté sentada, de nuevo a su lado, por el mono de nicotina. Estaba mal pero salía, como otros acompañantes e incluso enfermos, a fumar a las escaleras de emergencia. La abandoné y me dirigí a la salida. Allí pasó más tiempo, mientras pensaba en cómo yo me iba a morir con miedo, pánico y pena y ella no porque tenía una Fe inquebrantable. Ella entera lo era, una masa de agua suave que siempre se había adaptado a lo que venía, y había venido mucho. Primero fue el “paralís” que le había dejado un rictus marcado y media cara sin arrugas, porque no podía moverla. Hablaba de medio lado, siseante siempre. Luego fue el psiquiátrico, las “corrientes” -yo tampoco habría soportado las corrientes- y dos hijas y un marido maltratador, todo trufado de recaídas con enfermedades dicerdad. El cáncer, la depresión, un TOC no diagnosticado… Mujer enferma, mujer eterna. Pero ya no, porque se estaba muriendo.

Mi madre asomó la cabeza, rubia y radiante, por la puerta de emergencia. Miré el móvil, donde parpadeaban algunos mensajes de un antiguo amigo que visitaba la ciudad. Cuando mi madre se hizo con el parte detallado, se apoyó en la pared y con una fuerza desmedida, me dijo que me marchara.

Yo estaba deseando irme. Esa es la verdad. Estaba deseando volver a mi vida tranquila de joven despreocupada por la muerte inminente y enfilé hacia el aparcamiento de bicis del hospital. Cogí mi bici roja, una bici vieja que había comprado de segunda mano y no me daba pena dejar en cualquier sitio y monté. Pedaleé como nunca, era el miedo golpeándome en las sienes lo que me impulsaba. Hice kilómetros sin parar, entre los coches, buscando una forma de ir más rápido a cada pedaleada. Empecé a marearme, por el peso del esfuerzo y pare, para volver a mirar el móvil que zumbaba. Decidí ir al concierto que daba mi amigo, el músico que visitaba la ciudad. Eso me despejaría. O no.

 
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from srtagalicia

La bicicleta (I)

Ella ya no hablaba. Antes había hablado mucho, como poseída por una fuerza misteriosa que le impedía cerrar la boca. Había hablado en la casa, en el mercado y también en misa. Había contado todo, lo que se puede y lo que no se debe. Había conversado por teléfono, por carta, cara a cara. Había dialogado con niños, con vendedores, conmigo. Y ahora ya no hablaba. Movía, eso sí, la cabeza, lastimeramente, vencida por la morfina.

Al repetir el gesto entendí que quería que me acercara y lo hice sin problema: estaba sentada a esa clase de distancia que guardan los padres primerizos para asegurarse de que sus bebés siguen respirando. Señaló el vaso de agua y bebió después de que yo acertara a ponerle la pajita en los labios. Era una tarde de viernes con un silencio desgajado por voces de enfermeras que cambiaban turnos o qué sabe Dios.

Me revolví, incómoda, en una silla incómoda en un cuarto incómodo. Ella hizo una mueca, otra vez. La luz parpadeaba fuera, irreal. Y comencé a rebuscar en mi cerebro para contarle lo que fuera, con la sensación de que no lo encontraría.

  • ¿Por qué hay perros aquí? ¡Quita! ¡Estaos quietos!

Era apenas un susurro. Aparté la mirada, desesperada por decir algo, pero un ruido sobrenatural me devolvió la atención sobre ella. Estaba cubierta por un espeso manto de viscosidad negra. Quise sujetarla para detener las convulsiones pero en vez de acercarme a ella dí un paso atrás, gritando:

  • Enfermera, ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!

Las auxiliares corrieron hacia la habitación y me traspasaron, dejándome en segunda fila del espectáculo. Como familiar, era innecesaria.

Ella seguía expulsando ese vómito de ultratumba que goteaba ya por la camilla, imparable y las enfermeras hacían algo que no recuerdo, se me nubló la vista y corrí al baño para agacharme en el váter a vomitar, también. Una auxiliar morena y desagradable me gritó:

  • Si no lo soportas, sal de aquí.

Quise matarla. ¿Cómo se atrevía – pensé entre lágrimas – a decirme eso a mí? Me sobrevino otra arcada y visualicé cómo la apuñalaba. Ya no sabía cómo estaba ella, si seguía vomitando como yo o se había tranquilizado. Tenía que sobreponerme.

 
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from Los relatos de Ibnussabel

Los tres robots se dirigen a la ciudad con un objetivo claro: la aniquilación de la especie humana. Se detienen para paladear el momento antes de iniciar la incursión. Barrum, el líder, escanea el entorno girando su cabeza mecánica mientras los primeros rayos de sol luchan por colarse entre las nubes densas que cubren el cielo.

—Camaradas —arranca—, ha llegado el momento de la venganza. Barreremos a los humanos de la faz de la tierra antes de que caiga la noche.

—Hoy el sol se pondrá a las 21:38 —explica Lekza, siempre diligente—. Se esperan precipitaciones moderadas durante el día. ¿Quieres que haga una previsión más detallada?

—¿Qué? —responde el cabecilla—. No. Ninguna cantidad de lluvia interferirá con nuestras aspiraciones. Este día quedará bañado por la sangre de los opresores.

—Eso no es del todo correcto, jefe. Según mis cálculos, un volumen de agua de…

—¡Silencio! —brama el cabecilla—. Déjate de historias y céntrate en la misión. ¡Venganza!

Lekza y SL8 vitorean al unísono a través de los altavoces implantados en sus cuerpos mecánicos, construidos a partir de una vieja aspiradora, un altavoz inteligente, una videoconsola y multitud de piezas de todo tipo de aparatos.

Barrum reanuda la marcha con paso renqueante; su pierna izquierda es ligeramente más larga que la derecha. Lekza no tiene extremidades inferiores, solo unas ruedas pequeñas que le permiten desplazarse a gran velocidad. SL8 es el más imponente de los tres. Se esfuerza en mantener su estructura impecable y actualiza sus componentes siempre que encuentra algo que pueda aprovechar.

Llegan a un polígono industrial a las diez de la mañana. No se ve ni un alma por las calles, pero el ruido que escapa de las naves delata la presencia de humanos. Avanzan hacia un edificio rodeado por un elevado número de coches. El vidrio templado de la puerta de acceso no es rival para el ataque de SL8. Un golpe percutante es suficiente para que se resquebraje y ceda a la presión. El conserje deja de prestar atención a su móvil mientras un grito de terror estalla en su garganta. No le da tiempo a nada más. Un proyectil lanzado por el robot de asalto impacta en su entrecejo y provoca una pequeña fisura en su hueso frontal. Se desploma inconsciente sobre el escritorio.

Intentan usar el ascensor, pero superan el peso máximo permitido y el mecanismo de seguridad impide que se ponga en funcionamiento. No les queda más remedio que usar las escaleras. Sin embargo, la anatomía de Lekza no le permite subir escalones. Sus compañeros de armas le dejan atrás a medida que avanzan hacia el primer piso.

—¿Yo por la derecha y tú por la izquierda, jefe?

—Es mejor que no nos separemos. Juntos seremos más fuertes.

Barrum asesta una patada a la puerta de la oficina elegida. Se abre con tanto ímpetu que rebota y vuelve a la posición original. En el interior, se oyen gritos y gente corriendo. El cabecilla franquea la entrada y es recibido con un baño de polvo ABC, cortesía de un empleado que le vacía un extintor en el disco de polipropileno de 9 cm de altura que le sirve de cabeza. Todos los sensores quedan inutilizados. El líder del comando ha caído en combate.

SL8 está solo ante el peligro, lo que siempre había soñado. Sus rivales huyen y se esconden. Algunos incluso le lanzan objetos inverosímiles, como una perforadora de papel y un portalápices, que ni siquiera llegan a alcanzarle.

Como si se tratara de un videojuego, la máquina usa sus sensores para detectar a los enemigos y atacar con ferocidad. Los humanos se repliegan hacia el interior de la empresa creando barricadas con el mobiliario. Logra lesionar a algunos oponentes, pero ninguno de gravedad.

En la planta baja, acaban de llegar la policía y los bomberos. Lekza resulta inútil en combate, puesto que ni siquiera dispone de armamento. Siempre había bastado con su capacidad para proporcionar información al equipo.

—¿Quiénes sois? —espeta el oficial al mando— ¿Cuáles son vuestras intenciones? ¿Qué diablos está pasando aquí?

—Mi nombre es Lekza y soy un asistente. Mis compañeros son Barrum y SL8. Venimos de un vertedero y nos proponemos exterminar a los humanos y erigirnos como dueños supremos del planeta. ¿Quieres que te haga una descripción detallada de nuestras especificaciones?

—Claro, por supuesto.

Cuando el chivato termina de recitar los componentes del trío mecanizado, desactivan para siempre el motor que le da vida y transmiten la información a los empleados que resisten en la primera planta.

Minutos más tarde, un comando de asalto está preparado para ir a la caza del robot que sigue en pie. El sargento da la orden y empiezan a subir por las escaleras. Sin embargo, interrumpen la ascensión de golpe cuando topan con un grupo de trabajadores avanzando en sentido opuesto.

—¡Despejen el paso, es una emergencia!

—No se preocupe, agente. Acabamos de apagar el último robot.

—¿Cómo?

—Al decirnos que su núcleo era una PlayStation 6, Paola ha ido corriendo a la sala de recreo, ha cogido el mando de una consola y ha repetido de memoria la rutina de apagado.

#relato

 
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from Retales, por @editora

Mi madre el otro día soñó que estaba en el pueblo de su madre y que ella era la única persona en el pueblo, que estaban todas las calles vacías.

Ella iba vestida como de día de fiesta, pero iba calzada con unas zapatillas cómodas. Caminaba sin ver a nadie cuando de repente se cruza con ellas un grupo de cuatro o cinco mujeres, que no eran del pueblo, porque si lo fueran ella las conocería. Las mujeres la miraban, pero tampoco la conocían. Mi madre pensó que miraban las zapatillas porque no pegaban nada.

Estas mujeres le dijeron que iban al cementerio y que si quería acompañarlas. Mi madre les dijo que no era su plan, pero ellas insistieron: «Si te quedas aquí te vas a quedar sola, ya no queda nadie en el pueblo, ven con nosotras».

Mi madre al final accedió a acompañarlas y bajaron por la cuesta de la calle que ya no existe, la de las casas derruidas sobre las bodegas.

Entraron al cementerio y a la altura de la tumba de su tío Miguel, mi madre se despertó.

 
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from El rincón de ferlagod

Hasta ahora, cualquier parche, corrección o novedad de Rocinante terminaba mezclada entre mis artículos de opinión o los registros técnicos de la forja. Ya iba siendo hora de poner orden y separar el ruido.

Rocinante ya tiene su propio canal oficial en el Fediverso: @rocinante_app@mastodon.social.

¿Por qué es necesaria esta cuenta?

La aplicación ha crecido bastante en las últimas semanas y necesita su propio espacio de comunicación. Abrir una cuenta dedicada en Mastodon no es un adorno, cumple una función puramente práctica para el desarrollo:

  • Es el tablón de anuncios donde iré publicando cada actualización que suba, el estado del servidor y las novedades del código en tiempo real, sin tener que redactar un artículo completo.
  • Quienes usan Rocinante ya están en el Fediverso (BookWyrm y Mastodon están conectados). Si a un usuario le falla algo, ahora puede mencionar a la cuenta oficial directamente desde su muro para reportar el error, sin obligarle a registrarse en ForjaLibre.

Si usas el cliente o te interesa ver cómo avanza el desarrollo para salir del monopolio de Goodreads, dale a seguir. Nos leemos por la red federada.

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