Escritura Social

Para leer...

Lee las últimas entradas de Escritura Social.

from Jodida, pero no sorprendida

(o cómo mi cuerpo no entiende los múltiples condicionantes que atraviesan el hecho de ser madre en las sociedades patriarcales y tardocapitalistas)

Published on Feb 2, 2025

De vez en cuando escribo algo y alguna persona (generalmente mujeres) me dicen: «Qué bien que se hable de esto» o «Poco se habla de esta movida». Y es verdad. Tendemos a no hablar de las cosas que nos pasan por interpretarlas como algo propio, individual y, con frecuencia, causado por algún defecto nuestro. Nos avergonzamos o sentimos que lo que nos pasa no es importante, tal vez porque estamos acostumbradas a no identificarnos con el universal humano (que es masculino) o, más bien, que el universal humano obvie sistemáticamente nuestras experiencias.

Por eso creo que un acto profundamente feminista es hablar. Primero, porque generalmente se nos ha conminado a guardar silencio, a no molestar, a dejar que hablen los que saben (y, evidentemente, esas no somos nosotras, nunca somos nosotras) o se han devaluado nuestras historias. Segundo, porque al hablar a veces (muchas veces) nos damos cuenta de que lo que me pasa resulta que nos está pasando a unas cuantas, que no es un problema individual sino, en mayor o menor medida, colectivo y, en esa medida, tengo en quien apoyarme o, como poco, al menos puedo no sentirme absolutamente extraña y sola.

Así que hoy voy a ponerme un poco en evidencia para hablar de una de estas cosas de las que creo que no se habla o, al menos, no lo suficiente: El puñetero reloj biológico. Así es como lo llamo yo, al menos.

Cuando la gente habla del reloj biológico suele referirse a una especie de reloj de arena que se agota cuando la mujer deja de ser fértil. Es decir, lo usan como una forma más fina de decir que no te estés mucho, que el arroz se te está pasando. Algo así. Lo que yo no pensaba es que eso fuese algo verdaderamente biológico, que se notase en el cuerpo, que esa premura por reproducirse antes de un determinado momento fuese a ser algo que me hiciese pasarlo tan mal, especialmente cuando hace tiempo que decidí que no iba a ser madre.

Los síntomas empezaron pasados los 30 años. La cosa empezó porque se me iban los ojos detrás de los bebés. Mientras no tuve bebés alrededor pude obviarlo, pero en cuanto mis amistades empezaron a procrear y llegó el primer bebé... Madre mía. Tenerlo en brazos, o incluso cerca, era como sentir una descarga de tranquilizantes: todo estaba bien en el mundo. La cosa se agravó con el segundo bebé o tal vez yo lo noté más, porque lo estaba pasando bastante regulinchi a nivel de salud mental (así que el chute de hormonas felices me venía de perlas).

A eso se unieron, por esa fecha, otros síntomas. Por ejemplo, un ciclo menstrual absolutamente marcado por distintos síntomas: desde el momento en el que todos los hombres del mundo eran susceptibles de parecerme absolutamente atractivos (la ovulación) hasta el momento en el que mi vida estaba mal al completo y lo mejor que podía hacer es quitarme de enmedio (el síndrome premenstrual). Las reglas empezaron a ser más incómodas, no tanto por lo dolorosas (aunque a veces sí), sino porque venían acompañadas de síntomas que no había tenido antes: dolor de piernas, de cabeza, malestar estomacal, rechazo a ciertos olores o alimentos... No todos se dan en todas las reglas, pero bueno, se van repartiendo como buenamente pueden.

Es desagradable. Lo es porque es como si tu cuerpo fuera en tu contra: yo sé racionalmente que no quiero tener hijos (no, al menos, en estas circunstancias), que hay muchas posibilidades de que eso nunca ocurra, y entiendo que eso no me hace menos mujer, peor persona, ni nada por el estilo. Racionalmente no vivo mi no-maternidad como una carencia. Pero mi cuerpo se empeña en recordarme que no soy madre, en mandarme señales hormonales que me inducen estados de bienestar asociados a la crianza, que me generan un deseo irrefrenable de reproducirme (alabados sean los anticonceptivos). Y, a pesar de que esta sensación no me es ajena , pues cualquier persona que haya batallado con la salud mental sabe, al menos hasta cierto punto, lo que es sentir que hay varias personas dentro de ti batallando, esta es, sin duda, la más persistente batalla que he padecido. Y la que más me está tocando la moral, aunque sea únicamente por esa insistencia.

Durante muchos meses pensé que estaba loca, que estaba perdiendo la cabeza. Pero entonces hablé, pregunté a un grupo de amigas con las que compartía dudas, experiencias y demás, si a alguna de ellas le había pasado algo parecido. Y sí. No había sido la única. A una de ellas, incluso, le pegó más fuerte que a mí, llegando a montar el cuarto del bebé y tomando medidas para quedarse embarazada. Cuando por fin pudo hacerlo, el impulso se había ido y ese bebé nunca llegó. Tuvo una especie de enajenación mental que duró algo más de un año. La mía es menos intensa, pero más larga. Va y viene. Recuerdo que en algún momento se me ocurrió desear la llegada de la menopausia y una de estas amigas me dijo que mejor no, que la cosa no mejora, que es otra forma de sentirte escindida y disociada, una persona distinta a la que eras. Qué maravilla ser mujer, ¿verdad?

Así que nada, hoy quería hablar de esto. No es tan cuqui, ni tan profundo, ni tan tierno como otras cosas que suelo escribir. Tampoco es sesudo, ni incendiario. Simplemente es algo que me pasa, aunque no a mí sola, y que puede ser que le esté pasando a alguien más sin saber muy bien qué le ocurre. Pues bueno, aquí lo dejo, por si sirve de ayuda.

Para acabar, contaré algo que me enseñó ayer una amiga. Me contó que solo 3 especies, de las más inteligentes, además, tienen menopausia. Que eso ocurre porque en estas especies, además de la multiplicación de los individuos de la especie, es importante conservar la información acumulada. Por eso, cuando una hembra llega a una cierta edad, parece que el embarazo y el parto suponen un peligro demasiado grande teniendo en cuenta la cantidad de información que esa hembra puede transmitir, así que se pulsa el botón de autodestrucción en los óvulos restantes. Curioso, ¿verdad? Sobre todo me resulta curioso que mi cuerpo entienda que todavía no sé suficiente como para que mi muerte en el parto suponga un problema. Tanto leer para esto...

PD: Este post ha sido escrito en un estado emocional regu y no ha sido revisado en absoluto, así que perdoncito por cualquier errata, falta de concordancia y esas cosas. Estoy que no doy pa más. :_) Pero me apetecía escribir.

 
Leer más...

from Jodida, pero no sorprendida

Published on Dec 7, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Cantaba Sabina que «al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Estás de acuerdo?

¿Crees en las segundas partes en lo que respecta a historias de amor?

¿Prefieres la incertidumbre del recuerdo y su romantización o la certidumbre del conocimiento y su posible decepción?

Y ahora, el poema:

Oración, de Cristina Peri Rossi.

Líbranos, Señor,

de encontrarnos,

años después,

con nuestros grandes amores.

 
Read more...

from Jodida, pero no sorprendida

Published on Dec 8, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Cómo te enfrentas a la contemplación de tu «mochila emocional»?

¿Crees que tratamos con justicia «lo roto»?

¿Se te ocurre alguna manera de dignificar lo imperfecto?

Y ahora, leamos el poema:

Las cicatrices, de Piedad Bonnett

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.

 
Read more...

from Jodida, pero no sorprendida

Published on Dec 13, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Se puede mantener la ternura en un mundo que exige dureza?

¿Cómo equilibramos protegernos con querer?

¿Qué preferirías sacrificar, tu «blandura» o tu «dureza»?

Y ahora, el poema:

Fuerte, de Ana Pérez Cañamares

“Los días duros se abren a mi quilla”.

Ángela Figuera Aymerich

Soy fuerte. Me rompo en esquirlas.

El problema es que voy

quedándome afilada

y ya no soy más

aquella mujer

habitable

mullida

blanda

yo.

 
Read more...

from Jodida, pero no sorprendida

Published on Dec 9, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Qué es lo que más miedo te da/daría de criar a un hijo?

¿Qué cosas podríamos hacer mejor respecto de la infancia?

¿Qué crees que le diría la niña que fuiste a la persona que eres hoy? ¿Y tú a ella?[^femenino]

Y ahora, leamos el poema:

Un niño, un sueño de Ida Vitale

Un niño es un campo minado

de hermosos imprevistos.

Si pudiera evitarse, ay

el desvío

hacia el hombre derrumbe y lo sabido

apartar el guijarro

que va a obturar la fuente

de la gracia posible, su derecho

[^femenino]: Femenino genérico.

 
Read more...