Francisco Molinero

1959-

Roberto es quien me ha enseñado a preparar el Rissoto. Él es muy aficionado a la cocina de Jamie Oliver y de vez en cuando nos transmitimos algo de alquimia. He cambiado algunas cosas y he leído otro poco y de estas lecturas lo que deduzco es que como en la paella, las recetas son de base, pero cada uno debe poner su alma en el asunto.

Para comer cuatro personas he preparado 400 gr de arroz tipo bomba y dos litros de caldo de carne en el que he cocido alguna verdura y las cabezas de 8 gambones que he pelado, dejando solamente las colas intactas.

El rissoto es un arroz ligeramente caldoso pero sobre todo es una arroz meloso. El resultado que esperamos al final es una plato con arroz blando por fuera, crujiente por dentro y en un caldo espeso con guarnición.

Los principios, como siempre un sofrito. Aceite de oliva, cebolla, pimiento y las hierbas que nos gusten, además de unos trocitos de bacon ahumado. Yo lo hago muy lentamente y aprovecho para pensar en los resultados electorales de las europeas y en la dificultad de los partidos para mirar sus victorias o derrotas como producto de sus actos, de su aciertos de sus errores o de sus omisiones. El rissoto de hoy era de calamares y aunque quería haberle añadido unos bolletus no he podido. Con el sofrito a punto y el caldo cociendo, he frito los trozos de calamar muy despacio y por bastante tiempo, justo después de haber frito los gambones y haberlos separado para la presentación. Esto también hay que hacerlo despacio y moviendo frecuentemente para que no se pegue y lo más importante, para que las proteínas se rompan. Luego he añadido un poco de perejil fresco y pimienta molida.

Una vez que he tenido todo bien frito lo he puesto en un puchero y he añadido el arroz para freírlo con el resto. La fritura del arroz impide que la absorción del agua sea total, si a este dato le añadimos que este aceite está impregnado en cebolla, nos hemos asegurado la parte crujiente del centro de cada grano. hay que freírlo moviendo frecuentemente y hasta que los granos toman un cierto color perlado, Para freír el arroz he usado cerca de 100 gramos de mantequilla. Entonces he añadido un vaso de vino blanco.

El rissoto lleva queso. Queso parmesano en abundancia que hay que rallar antes de empezar con todo el lío. Cuando ha empezado a cocer el vino he empezado a echar el caldo que estaba cociendo en otra cazuela. No sé exactamente la cantidad que he puesto, algo más de litro y medio, pero eso depende de muchos factores, por lo que lo lógico es tener caldo de sobra e ir añadiendo – siempre cociendo- lo que necesitemos.

La cocción dura unos 20-25 minutos, en ese momento lo he probado de sal y de textura y he añadido el parmesano, otros 75 ó 100 gramos de queso que van a añadir bastante sal al arroz, por lo que es bueno no poner nada antes.

El rissoto lo he servido en un sopera abierta con los gambones fritos encima.


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Hace tiempo recibí la llamada de un cliente de la Universidad de Sevilla con quien había compartido unos minutos en la última feria. Anduvimos hablando de temas técnicos y comerciales y al final de la conversación me preguntó:

¿Tú eres el Francisco Molinero que traduces Ubuntu?

Sí, e inmediatamente me di cuenta de que le conocía desde hace meses por colaborar con las traducciones.

Me admira tu trabajo, me dice. Gracias -se las doy de corazón- eres la primera persona que me reconoce.

El mundo, la vida, está plagada de conexiones sutiles, pequeños hilos que se tejen y que esperan pacientemente que se los roce para avisar que alguien pasea por la tela de araña.


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Las apariencias engañan y me pasé todo el viaje por Turquía explicando que no soy un imán ni un pope. En esta zona cuadra en un momento dado metuve que hacer una foto con un niño en brazos, por deseo de sus padres, mientras visitábamos la iglesia de basilios en el pueblo de Mustafapasa, que aquí llaman de los griegos. Parece que siempre ha habido perseguidores y perseguidos; aquí les tocó a los cristianos que se escondieron de la persecución musulmana, excavando dentro de las rocas que los volcanes habían dejado, Su legado son cientos de minúsculas iglesias horadadas, escondidas. Ahora la misma naturaleza que les cobijó, destruye lentamente su obra. Es verdad que los macarras locales ayudan pintando: Yusuf ama Fatima. El mundo esta globalizado.


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Aquellos reyes magos me he regalé un libro de Caballero Bonald. «Somos el tiempo que nos queda». María prefirió a Nicolás Guillen, Raquel a Umberto Eco y Serguey se decantó, como no, por su amado Ibañez. Está bien esto de hacerse los reyes en familia, a tiro hecho y a quemarropa.

El título es muy sugerente y además el libro incluye el manual de infractores que es el que buscaba y que espero poder leer en breve. Me quedé con ganas de León Felipe, pero las malditas librerías modernas, tan pomposas como FNAC no tienen ni un solo título del poeta. Ahora tengo que tener cuidado con el librillo que tengo de él y que de tan releído está roto, casi deshojado, hasta que consiga nuevos ejemplares. ¡Qué vergüenza de país que olvida a sus poetas!

Entre la explicación científica de las cuerdas íntimas de la materia, la fusión de la cuántica y la general y en frente el pulso sublime de un poema encastrado, sutil, austero, me quedo con esto último, y nada me parece que me pudiera explicar mejor lo que me pregunto que un verso.

En otro tiempo aspiré a escribir como ellos, a ser capaz. Ahora me conformo con estos fragmentos epistolares en la red, y no es poco; pero cuando les leo, les releo, les disfruto… entonces siento la más absoluta de las envidias.

Os dejo apenas un trozo de un poema que me inspira sobre todo, pensando en que se escribió cuando yo nacía.

Un libro , un vaso, nada

Todas las noches dejo

mi soledad entre los libros, abro

la puerta a los oráculos

quemo mi alma con el fuego

del salmista.

Qué contraria

voluntad de peligro me desvela,

quiebra la vigilante

sed de vivir de mi palabra.

(Cabellero Bonald 1959)


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Yo lo primero que hago es pelar las judías, es decir quitarles la zona por donde estaban unidas a la mata y la unión entre las vainas que recubren toda la judía. Luego las corto en dos o tres trozos; depende del tamaño.

La lavo y las cuezo en agua con sal, patatas apenas cortadas en dos trozos y un casco de cebolla, hasta que están blandas, pero un poco “al dente” (crujientes por dentro). Lo importante ahora es escurrirlas muy bien, que no quede nada del agua en la que han cocido, después lo que quieras, aceite crudo, un poco de salsa mahonesa, una salsa de tomate y cebolla picada con mucho orégano y comino molido o un sofrito de láminas de ajo crujientes, en aceite de oliva.

A mi me saben a Santander, a mi tía en la casa antigua de Laredo, en la calle Cachupín a la hora de cenar, en la cocina donde el tío Ignacio comía sus sopas de leche con pan. Hay platos que tienen más nostalgia dentro. Ninguno más que este.


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Desenredar la madeja del tiempo y la distancia, olvidarse por un momento de cada momento, aplacar el viento interior. Estos trabajos y otros más difusos son los que hacen de cada día una tarea extraña, poco agradable. Al final, o sensiblemente cerca del final están las tardes soleadas para pensar en temas absurdos, en ninfas y dragones o con máquinas precisas que funcionan bien.

Me gustaría no tener obligaciones, pero no es posible, no debe ser, seguramente ni deseable. Y después la noche con su rosario de minutos ensartados.

Días encadenados, ensartados en semanas en el racimo de los meses.

Hace tiempo me encontré con Tito con quien tanto compartí y con quien tanto peleé políticamente. Últimamente no nos veíamos y se acercó a saludarme y a preguntarme por mi salud, «que me han dicho que has estado enfermo..» Dudé un instante y aunque es verdad que ningún médico me ha diagnosticado mal alguno, tengo que reconocer que he estado enfermo de tristeza, de decepción y que me ha costado salir del agujero de la incredulidad. Le dije que estaba recuperado pero que apenas bajaba por el pueblo (secuelas) que hacía vida de ermitaño.

Me confesó que él tampoco aparecía. Yo me he desenamorado, le dije. Sí yo también, de este y de todos los pueblos donde la proximidad o la pequeñez hacen salir más mezquindades de las habituales.

Coincido con su diagnóstico y es por eso que hace un tiempo le dije a Raquel que me atraía mudarme a Madrid. Se me pasó. Madrid es un agujero negro de tristeza y fango político. Me quiero ir al mar a ver pasar los cormoranes, las gaviotas, los correlimos jugando en la orilla. Juntar delante de mi un cielo azul y una tierra amarilla. Y la soledad que ya se ha adueñado del cuerpo hasta las trancas vivirla frente al mar viendo como atardece. Tengo la sensación de que se acaba un ciclo, el último y ya no queda tiempo para más, como mucho «esperar y ver si cede, la gran bola de nieve, que se levanta por doquier».


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Nada nos es ajeno, aunque bien es verdad que casi todo nos es indiferente y que pasamos por las cosas, los momentos, tan deprisa… Me quiero ir al mar. Espero poder ir al mar y dejarme llevar, descansar, ver a los amigos. Nada nos es ajeno pero casi todo nos resulta extraño y más en esos tiempos que parecen oscuros, confusos. Nada nos es ajeno, ni plenamente propio, al final todo resulta transitorio.


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Al menos llueve. Fuera, en el campo llueve fuerte y resuena en las tejas de mi casa. El salón casi desnudo me recuerda que el cambio se cierne. Las tardes primaverales se conforman con la lluvia. Yo me conformo con las tardes, con el preludio nocturno de la soledad.


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Ida y regreso

Recuerdo los viajes de fin de semana en cercanías para ir de excursión y ese misterio que suponía para mí la jerga ferroviaria que se fue desvelando poco a poco: Factor, guardagujas. Pero lo que nunca terminé de entender esa diferencia que parecía haber entre un billete de ida y vuelta y uno de ida y regreso. Sigo sin saberlo y me recuerda que hay cosas de la infancia que nunca se terminan de resolver del todo.


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Antonio era un hombre tranquilo, médico de profesión y cubano de nacimiento y de corazón. Pasé muchas horas oyéndole hablar, pues solo de esa manera los que no hemos sido aplicados en el estudio podemos aprender las cosas importantes y en aquellas conversaciones me maravilló la historia de un médico que para serlo cuando la que la guerra partió no solo el país sino a cada uno de los españoles tuvo que alistarse en el ejército durante años en una mili eterna que le trajo a Madrid y al Atlético de aviación equipo que le recogió como futbolista que era. Un médico que renegaba de su escasa formación, a pesar de que su maestro fuera Gregorio Marañon y que se quejaba aún más de la medicina moderna que gastaba ingentes sumas de dinero, según él, en pruebas diagnósticas absolutamente innecesarias, porque él era un médico que hablaba con sus pacientes, conocía su vida, sus problemas, tocaba sus manos para saber su temperatura, la tersura de su piel, le miraba a los ojos buscando en el fondo de ese iris el principio de los males por si estos fueran del cuerpo y no del alma y les visitaba en su casa, donde vivían y padecían, al lado de su cama y no solo en su consultorio. Mi tío tenía un consultorio de esos «privados» donde todas las mañanas se sentaba vestido con su bata a esperar por si venía algún enfermo o alguien que quisiera hablar con él y los últimos años sufría horas y horas de soledad porque la mayoría de sus clientes ya no vivían y por eso no iban a verle. Mi tío Antonio era católico y nunca jamás eso me supuso ningún problema con él. De convicciones morales antiguas y de trato cariñoso, no recriminaba a los demás por las suyas y seguramente por haber nacido en esa isla maravillosa vivía su religión en la intimidad, sin avasallar a nadie. Hombre de costumbres metódicas hasta límites exasperantes, leía su ABC todos los días y en los veranos que pasábamos juntos yo aprovechaba par asomarme a su mundo de derechas tras las hojas de su periódico. El sabía de mi pensamiento político y nunca jamás me recriminó ni discutió por ello. Mi tío era una buena persona y se murió con la tristeza de que muchos de sus amigos se olvidasen de él los meses que había estado enfermo. Yo quería a mi tío con lo bueno que tenía que era mucho y con lo malo también, porque el cariño es así, no hace balance ni tasa con regla.


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