Escritura Social

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from Lo necesario imposible

Esto que parece haberse convertido casi en un mantra que repiten hasta vaciarlo de sentido algunos gurús espabilaos, es en realidad una verdad contundente, que pesa, que puede experimentarse a poco que salgamos de la inercia hiperverídica de nuestras vidas.

El cuerpo sabe, el cuerpo se queja, el cuerpo señala, no abandonemos el cuerpo, dejemos que sus dolores nos adviertan, fundemos sobre sus gañidos y crujidos, sobre sus balbuceos, un nuevo pueblo en mitad de la extrañeza.

Cuando cesa el trabajo esclavo, asalariado, el que nos dicen que nos dará para ganarnos la vida, entonces es cuando nuestra carne empieza a componer borrones que se van aclarando y que nos lo dicen todo, todo lo que necesitamos para ir desertando de los lugares comunes colonizados.

TRIPALIUM

desatender el trabajo dispuesto para resquebrajar la querencia y mantenernos al filo de lo conforme

entregar la materia y apagar la razón hundir primero los pies en el hacer imaginativo en la caricia de lo roto para ir desvistiéndonos del peso

zambullirnos después tras comprobar cómo ceden las grietas que el agua no da mordiscos y nos reserva una temperatura ideal para la vida posible

entregar la virtud y lo perfecto a las cunetas que mantienen lo salvaje ser el animal que conserva de lo humano el deseo sin doblez

igual que dejamos secar la angustia la olvidamos en las azoteas hasta que el sol la muerde para hacerla jirones abandonemos la máquina que fabrica alimentos sin hondura

seamos la alimaña que regresa a por los huesos blancos sin memoria

en las ciudades quedarán varados sudando miedo bajo la armadura los últimos hombres útiles aferrados al origen

el trabajo sin su nombre el sustento sin usura la canción para dormir seguro en una tierra sin sótanos


#poesía #revisiones

 
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from Caparrazón

Nunca he llorado tanto como los últimos tres años. He tenido ganas de llorar muchas veces a lo largo de mi vida, pero en mi entorno no tenía ejemplos de libertad de llanto, así que tragaba lágrimas de forma involuntaria, reforzado por el dogma social de que los hombres no lloran. A ver, no digo que nunca haya llorado, pero sí que es verdad que no me sentía libre de hacerlo. Desde hace tres años, estoy cada día aprendiendo a integrar el llanto en mi vida, conociendo sus bondades y beneficios.

Tres años tiene mi hijo mayor, por cierto. Que no lo había dicho. Sí que es cierto que lloro más en silencio que abiertamente. Qué difícil es luchar contra nuestras creencias… Últimamente lloro por pura frustración, por pena, por desorientación, por ansiedad, por miedo, por agotamiento… Por sentir que no soy suficientemente bueno. A ver, alguna vez también lloro de alegría, no pienses que todo es negativo. Aunque de alegría no tantas, en realidad. O sea, que sí que hay muchas veces que estoy súper contento, pero pocas tanto como para llorar. Madre mía, que me estoy liando. Y todo esto desde que tengo hijos. ¿Qué fuerte, no? Decirlo en voz alta, a ti, mi íntimo y desconocido espectador. Además, suele ser aún más frustrante pensar que son para toda la vida. Insuficiente vitalicio. ¿De verdad esta intensidad nunca va a acabar?

Hace un mes, el día antes de empezar a escribir este monólogo, lloré. Lloré mucho. De hecho, tuve una crisis de ansiedad. Mira, imagínate. El niño llevaba cuatro días con fiebre, encerrados todos en casa, sin espacio para pensar, sin tiempo para idear nada. Llega la noche, y mañana tengo que tener listo el borrador de este texto para avanzar en los ensayos. Llevo tres días sin ducharme, así que me meto al agua, aprovechando que las criaturas están dormidas. El agua está muy caliente, pero no soy consciente del todo porque el contraste con mi cerebro hirviendo, perdido porque no se me ocurre nada bueno para el monólogo, hace que sienta el agua tibia. Salgo mareado de la ducha, mareado por la incapacidad de crear algo que merezca la pena. ¿Tanta intensidad y no hay nada que contar?¿En serio? No me veo capaz. ¿Qué cojones tengo que decir yo, que lo único que hago es cuidar de mis hijos y de mi casa? ¿Cómo que lo único? ¿Te parece poco? ¿Por qué? ¿Lo que hacía tu madre por vosotros era poco? ¿Por qué para un hombre como yo no es suficiente con estar presente y sostener lo privado? Si además lo he decidido yo, si es lo mejor para mi familia y creo firmemente en ello. ¿Por qué me siento así? No puc mes.

Encima el puñetero mareo al salir de la ducha no es de pensar tanto, es una bajada de tensión por el agua hirviendo. Piernas entumecidas, angustia, calor en el pecho. Y todavía me tengo que sentar a escribir el monólogo… Entonces lloro. Lloro por no tener la capacidad de crear como antes. De ser el de antes. Y me acuerdo de mi madre, siempre diciéndome que quería estudiar psicología en la UNED, y yo todo chulo: pues hazlo, no lo digas tanto y hazlo.

¿Te cuento una cosa?: he empezado en los últimos años una carrera, un master y un curso de especialista. Voy a título abandonado por año. Doctor honoris causa perdida. Porque cuidar, cuando cuidas de verdad, cuando le pones corazón, cuerpo y TIEMPO, todo tu tiempo, te succiona. Muchas generaciones de madres, ayer y hoy, absorbidas, despojadas de sus anhelos porque no había ni espacio ni tiempo para ellas. Yo estoy llorando, pero puedo estar aquí, subido a un escenario, compartiendo esto contigo. Aprovechemos el momento para pensar cómo ocupamos lo privado. A ver si conseguimos que todas tengamos el mismo tiempo para llorar y para soñar. Nosotros somos responsables, no víctimas. ¿qué cambios tenemos que llevar a cabo, chicos, para que la igualdad llegue también a lo privado?

 
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from Apuntes de Rob

El inicio del recorrido

Ser mormón (miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, o SUD) y ser homosexual, ha sido una lucha constante entre las contradicciones doctrinales de la iglesia y la lógica “progresista” de mi entendimiento sentimental e “intelectual”. (Me referiré como “mormón” o “SUD” [santo de los últimos días] a todo miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Mormonismo y todo derivado del término “mormón” hace referencia a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Aunque la iglesia ha estado haciendo campaña intensa para separarse del nombre “mormón”, pues ha pasado a ser un término descalificativo por motivo de las prácticas delincuenciales de ramas que se separaron de la iglesia SUD y la complicidad de esta, yo seguiré usando el término “mormón” para todo lo relacionado con la iglesia SUD)

Desde que me convertí miembro de la iglesia SUD (año 1998), se me enseñó y adoctrinó sobre los “peligros” de la homosexualidad y que esta es uno de los peores “pecados” que uno puede cometer (aunque la acción sea simplemente ser y aceptarse a uno mismo). Toda mi vida tuve miedo a ser descubierto en mi naturaleza, en mi homosexualidad. Al ser adoctrinado con los miedos y dogmas mormones, mi miedo se convirtió en una patología mental. Sabía que si me reconocía como homosexual, podría ser desterrado de la iglesia y “de las bendiciones de Dios”.

Cuando estaba por bautizarme y por lo tanto convertirme en miembro de la iglesia SUD, a mis 13 años de edad, tuve una “entrevista” personal con un misionero que debería aprobar si soy apto para el bautismo. En esa entrevista, se me preguntó sobre algunos puntos doctrinales que uno ha de cumplir a partir de ser bautizado, como la obligación a pagar el diezmo, por ejemplo. Hubo un momento de la entrevista en el que fui interrogado sobre algún pecado grave que pudiera haber cometido del que quisiera platicar. En ese momento, pasó por mi mente el recuerdo de un beso a un amigo, pues para ese entonces ya sabía muy bien que me gustaban los hombres. No dije nada en la entrevista, sentí que ese “pecado” ya había sido “perdonado” pues ya había pasado tiempo de ese suceso. De mi gusto por los hombres, no quise pensarlo a fondo y lo omití en la entrevista, pues podía causarme muchos problemas y tenía miedo a enfrentarlos.

A mis quince años de edad, conocí a un misionero de la iglesia, él tenía 19 años de edad. Mi trato con él fue el de un amigo íntimo y hubo muchos momentos en el que la tensión sexual entre los dos era fuerte. Estaba enamorado de él, al grado que podía tener largas conversaciones telefónicas con él, nos escribíamos cartas postales de manera regular y no podíamos dejarnos de ver hasta cierto punto, aun cuando él ya no estaba como misionero en donde yo vivía. Puedo decir que él es el primer hombre por el que sentí un enamoramiento y una gran atracción sexual. Nunca nos dijimos nada sobre la homosexualidad, yo lo pensaba y podía tener muchas fantasías sobre el tema, pero sabía que era “pecado” y que no podía pasar más allá de mis fantasías.

Pasaron varios misioneros (sí, siempre me interesaron los jóvenes misioneros de la iglesia) de los cuales yo sentí bastante atracción y con algunos de ellos tuve una relación de amistad tan íntima que me daba esperanzas, aunque pensarlo era “pecado”, me sentía bien en pensarlo, aunque fuera por unos breves momentos.

Posteriormente, ya cansado de mis estudios académicos derrotados por el miedo y un evidente analfabetismo, decidí ir a una misión en la iglesia para predicar el evangelio mormón, creyendo yo (o engañándome a mi mismo) que era por una gran convicción eclesiástica; pero en realidad sabía que en la misión podía evadir la escuela por dos años, que iba a estar rodeado de misioneros (que para mí en ese momento me causaban gran admiración), que podría encontrar a alguien como mi primer enamorado, o por lo menos, muchos de ellos podrían cumplir con el estereotipo formado en mi lista mental de requerimientos estéticos. La misión fue un escape académico y una puerta a la apreciación del ser humano.

El canadiense

Ya en la misión tuve de compañero a un canadiense de carácter templado y de grande paciencia para conmigo. Él me parecía muy atractivo físicamente y de carácter: la persona perfecta que en esos momentos pude apreciar con un corazón que avizoraba cada detalle de su esencia humana. Admiraba de él su forma de hablar, su voz, su paciencia, sus ojos y hasta el tono de piel; él era perfecto y nunca le encontré algún defecto. Nuestra relación era muy buena, platicábamos mucho sobre nuestras vidas, jugábamos mucho, escuchábamos música juntos, eramos muy buenos amigos. A pesar de que convivíamos las veinticuatro horas, no podía estar sin él (y era evidente que él también apreciaba mucho estar conmigo). Hubo un momento en el que el amor puro que emanaba de mí (también de él) y en el que la atracción sexual era tan intensa, que comenzaron mis patologías mentales, pues fue la primera vez que pensé seriamente en el suicidio.

Después, a los tres meses, él fue asignado a otra área, con otro compañero. Al recibir la notificación de nuestra separación, los dos nos miramos por un momento largo, con los sentimientos encontrados, pues él había ascendido en el escalafón de las recompensas de la profesión evangelista mormona. Él estaba feliz y yo por él también, pero los dos sentíamos un vacío en nuestras almas, pues ya no estaríamos juntos y aunque nos veríamos después por cortos momentos, no podíamos tenernos el uno para el otro. Cuando él estaba por irse, se despidió de mí, me dijo que había sido su mejor compañero, que me quería mucho y que me iba a extrañar, me abrazó fuertemente, yo también lo hice. El abrazo duró mucho y yo intenté separarme, él me miro brevemente a los ojos, él tenía sus bellos ojos azules cubiertos de lágrimas y volvió a abrazarme fuertemente y yo simplemente suspiré. Ese abrazo lo recuerdo muy bien, fue un momento especial, estábamos conectados.

Después de que fuimos separados por las dinámicas misionales, tratamos de seguirnos viendo y teniendo encuentros con gran atracción sexual. Siempre que lográbamos estar juntos, él siempre buscó que estuviéramos a solas, en la casa de él y de su compañero, siempre se las arregló para que su compañero estuviera con otros misioneros y pudiéramos estar a solas, juntos, sin que otros intervinieran en nuestros breves momentos de reencuentro. En uno de esos momentos de visitas cortas, después de nuestra separación, recuerdo largas platicas en un pequeño cuarto de su casa , él tocando la guitarra y cantando canciones “románticas” y yo escuchando atentamente. Recuerdo vividamente que él tocaba una canción de una cantante canadiense que se titulaba “All I want is you”, él estaba sentado en su cama, me miró a los ojos y penetró profundamente mi alma, aunque siempre que me veía así, yo evadía su mirada, pero esta vez no fue así. Lo miré y él no dejó de mirarme y yo me levanté para sentarme junto al él, mientras él tocaba aquella canción con su guitarra. Él miraba su guitarra por momentos mientras tocaba, pero nunca dejó de mirarme. Cuando terminó la canción, él me preguntó “¿Le gustó la canción compa?” (los misioneros hablan de usted a todas las personas, aún a sus compañeros), yo dije que sí con mi cabeza e inmediatamente él me abrazó. Aquel abrazo fue muy íntimo y luego nos miramos y él acercó su frente a mi frente hasta que se tocaron y él me dijo “le amo mucho” y yo muy nervioso en ese momento le dije “sabe que yo también” y él me dio un beso en la boca, uno muy tierno; nos pusimos de pie y nos seguimos besando, pero escuchamos un ruido en la puerta que da a la calle, nos separamos inmediatamente con mucho miedo de ser descubiertos y él me dijo muy asustado “no le vaya decir a nadie” y entonces yo le prometí que no lo haría. Después de ese día, no volvimos a vernos (aunque mantuvimos un par de llamadas telefónicas) y no porque alguno de los dos no quisiera, a él asignaron a otra área, lo mandaron a un pueblo que quedaba muy lejos. Me dolió mucho no poder volverlo a ver.

En ese momento misional del encuentro con el amor verdadero, honesto y puro, tenía yo 19 años de edad. Para mí el misionero canadiense había sido un gran amigo y una de las mejores personas que había conocido, estaba totalmente enamorado. Puedo decir que cada momento con él fue especial y lo recuerdo con gran aprecio, pero también recuerdo la gran oscuridad y gran abundancia de mis miedos. Tenía miedo a perderlo, miedo a que alguien nos descubriera, miedo a que él me “delatara” y miedo a mi mismo. Nos decíamos que nos amábamos en las noches justo antes de dormir, pues era en sentido cristiano, aunque yo lo decía en ambos sentidos. ¿Qué pasaría después de ese último encuentro? ¿Seguiríamos siendo amigos? ¿Nos convertiríamos en novios? O ¿Él me despreciaría y me denunciaría ante los líderes de la iglesia y sería excomulgado y retirado de todas mis “bendiciones”? ¿Cómo podíamos amarnos si la iglesia prohíbe que un hombre ame a otro hombre y demostrarlo? Cualquier escenario no podía ser.

El manual

En la misión tuve otro compañero que tenía una asignación especial, él era presidente de rama, por lo que pude tener acceso en secreto al “Manual de instrucciones de la iglesia: Libro 1, presidencias de estaca y obispados.” Este libro solo pueden tener acceso a él unas cuantas personas (En la sección de los derechos de autor del manual, se indica lo siguiente: “Obra inédita. Copias no distribuidas a los miembros de la Iglesia en general o al público”. ), para los demás es secreto lo que hay en él (hasta que Wikileaks lo publicó); yo lo leí muy poco sin que mi compañero se enterara. Recuerdo que mi atención se enfocó a unos párrafos enfocados a las “transgresiones graves”:

“El comportamiento homosexual viola los mandamientos de Dios, es contrario a los propósitos de la sexualidad humana, distorsiona las relaciones amorosas y priva a las personas de las bendiciones que se pueden encontrar en la vida familiar y en las ordenanzas salvadoras del evangelio. Aquellos que persisten en tal comportamiento o que influyen en otros para hacerlo están sujetos a la disciplina de la Iglesia. El comportamiento homosexual puede ser perdonado mediante el arrepentimiento sincero.” (The Chuch of Jesus Christ of Latter-day >Saints, 2006, p. 187)

Recordé muy bien aquellas líneas condenatorias en todos los momentos de demostración afectiva con mi compañero misional canadiense. No quería “violentar los mandamientos de Dios”, pero tenía una evidente necesidad de demostrar el amor y admiración que sentía por él. Quería amar, pero no “quería distorsionar las relaciones amorosas como Dios las ha mandado”. Luego, pensé que la única manera de demostrar amor hacía mi amado misional canadiense y tratando de respetar las leyes de la iglesia, era mediante el matrimonio (pues la ley de castidad de la iglesia prohíbe las relaciones sexuales fuera del matrimonio), lo que es totalmente una aberración para la iglesia en una relación homosexual.

“El matrimonio entre un hombre y una mujer está ordenado por Dios. Por ello, la Iglesia se opone a los matrimonios entre personas del mismo sexo y a cualquier intento de legalizarlos. Se anima a los miembros de la Iglesia a «apelar a los legisladores, jueces y otros funcionarios del gobierno para preservar los propósitos y la santidad del matrimonio entre un hombre y una mujer, y a rechazar todos los esfuerzos para dar autorización legal u otra aprobación o apoyo a los matrimonios entre personas del mismo género». (The Chuch of Jesus >Christ of Latter-day Saints, 2006, p. 187)

No podía fantasear de manera alguna con el matrimonio, pues es imposible en los dogmas mormones. Todo me llevaba a sentir que era “indigno” de las “bendiciones” de Dios si seguía teniendo aquellos pensamientos, mejor era tratar de evitarlos. Las contradicciones afectaban mi estabilidad emocional, quería amar y sabía que era un sentimiento puro y noble, pero era una transgresión hacerlo. Tuve que doblegar mis sentimientos de la manera más militar que pude, aunque esto afectó a mi alma, una afectación que no tiene reparo. A este gran amor que sentí, lo tuve que esconder. Con el tiempo perdí contacto con el misionero canadiense, pero el tiempo no ha borrado las heridas de mi alma.

La salida

Terminé mi autoflagelación misional y me dispuse a estudiar música (esto también por mis miedos intelectuales a la rigurosidad de la ciencia desconocida por mi entendimiento). El Conservatorio de las Rosas fue la meca del comienzo del reconocimiento de quién soy, de las razones intelectuales, de mis posibilidades e imposibilidades; fue felicidad e infelicidad, donde mi alma pudo llegar a un lugar de encuentro del reconocimiento de aquellas contradicciones y el principio de la reconciliación. Al comienzo de mis estudios musicales, el mormonismo para mí era la única vía, era mi razón dogmática para hacer las cosas, no había otro mundo. Conocí en el conservatorio a Nallely, quien abiertamente se aceptaba como lesbiana, podía ver su honestidad y su paz para con ella misma, paz que aparentemente yo tenía con los dogmas mormones; pero que en realidad era una paz basada en el autoengaño, de palabra, más no de honestidad de mi ser. Vi otro mundo en Nallely, no vi a una pecadora, transgresora y violadora de las leyes de Dios; vi a una mujer que se amaba a sí misma y que aceptaba que su preferencia para establecer una relación amorosa es con las mujeres y encuentra una paz honesta al reconocerlo y hacerlo. Sabiduría cristiana el amar y amarse a sí mismo.

Las contradicciones de los dogmas mormonísticos con la paz de la honestidad humana, llegaron a un clímax hasta llegar al comienzo de la reconciliación del alma, cuando ante mis dos mejores amigas (Nallely y Marcela) acepté que soy homosexual. Creí que todo sería más fácil a partir de aquella primera aceptación y reconciliación conmigo mismo, pero fue todo más complicado: mi primer acto sexual tuvo consecuencias sentimentales que llevaron al pensamiento suicida por la poca correspondencia amorosa del compañero de acto. No pude dejar la práctica religiosa de forma inmediata, pues tenía amigos ahí y mi familia seguía en ello y no podía aceptarme ante mi familia porque sabía que ellos seguían los preceptos de la iglesia. ¿Cómo decirle a mi familia que soy homosexual cuando sabía que en sus almas estaban los dogmas religiosos y que no podía cambiarlos a punta de mi palabra, pues esto sería contradictorio a la forma en que me gustaría que me trataran? ¿Cómo se sentirían ellos si fuera excomulgado de la iglesia? Y lo peor de todo, tenía que tragarme mi orgullo para aceptar que todo lo que prediqué en la misión y a mi propia familia no tenía sentido, pues si me aceptaba homosexual ante mi familia tenía que aceptar que los dogmas mormones están equivocados, que yo estaba equivocado y además tenía que enfrentar las sanciones de la iglesia por ser y actuar como homosexual, por violar la ley de castidad.

Disciplina

La excomunión es la sanción más alta para un miembro de la iglesia. Las transgresiones son “corregidas” por la disciplina de la iglesia, la cual puede ser “formal” o “informal”. Hubo momentos en el que yo intenté corregir mi situación en la iglesia, seguir ahí y seguir los preceptos de esta. En uno de esos momentos mi líder eclesiástico me sancionó de manera “informal”, por lo que no podía participar de manera activa en las reuniones de la iglesia, de manera que todos los miembros de la iglesia que me eran cercanos lo notaban. Aunque no podía participar a manera de castigo, sí me pedían tocar el piano y dirigir coros, pues no había alguien más que lo hiciera. El otro tipo de disciplina, la “formal”, se hace mediante un “consejo disciplinario”: una especie de juicio al transgresor, aún no he llegado a eso. La disciplina informal había sido efectiva conmigo hasta cierto punto.

En esos momentos de “disciplina”, conocí en la iglesia a una chica violinista de tes clara, delgada y rasgos finos; hermosa para los estándares de la sociedad. Salí bastante con ella y tuvimos una relación de noviazgo a la manera de la iglesia: el acto sexual solo podía ser dentro del matrimonio. Si bien llegué a quererla mucho y me sentía en cierta manera a gusto cuando mis padres y mis amigos me veían con ella, pues estaba haciendo “lo correcto” ante los ojos del Dios mormón; no logré hallar paz en mi alma, pues pensaba a menudo sobre cómo llevaría mi aceptación homosexual y que con el fin de ser honesto ¿Tendría que contarle a ella sobre mi homosexualidad? ¿Podría dejar de mirar a los hombres como prospecto para una relación amorosa? ¿Podría ser fiel cuando no puedo encontrar la plena satisfacción sexual y emocional en una mujer? Sabía que en algún momento de mi vida la lastimaría, pues por motivo de la fidelidad a los dogmas mormonísticos tendría que dejar la honestidad a un lado y mentirme a mi mismo y a ella (una especie de pragmatismo disciplinar-religioso). En un intento de saber cómo reaccionaría ella, le confesé mi homosexualidad, cosa que terminó mal, pues no volví a verla.

En esta otra etapa de mi aceptación, conocí en la Escuela Nacional de Música a un chico mormón que recién se había bautizado en la iglesia. Los dos nos enamoramos casi inmediatamente el uno del otro. Los dos seguíamos asistiendo a las reuniones de la iglesia e inclusive teníamos asignaciones dentro de ella, pero nos amábamos en secreto (en secreto para la iglesia, porque ante la comunidad de la escuela no era secreto). Él confesó ante sus líderes locales de la iglesia que me amaba, que me había besado y tenía una relación formal conmigo. La respuesta de la iglesia fue la imposición de la sanción disciplinar más grave: la excomunión. Él pensó que al ser excomulgado yo optaría por buscarla también, no fue así. Siendo que para mí la excomunión era como ser desterrado de la casa de Dios, no podía asimilar de forma alguna que yo pudiera pasar por ese proceso. Los dos nos separamos y yo seguí intentando encontrar la forma de ser mormón y homosexual al mismo tiempo. No era el primer novio miembro de la iglesia que había tenido. Anteriormente, ya había tenido una relación tremendamente confusa, borrosa y llena de contradicciones, con un miembro de la iglesia que había conocido en Pátzcuaro, Michoacán. Las contradicciones dogmáticas no permitieron que el amor creciera y produjera el entendimiento y la paz que necesitábamos los dos. Con todo y estas dos experiencias, seguí intentándolo, aunque siempre con resultados desastrosos.

La ayuda del humanismo

La rebelión intelectual en mi mente se sustentó teóricamente en las aulas de la Universidad Pedagógica Nacional junto con la ciencia de la sociología, que dieron empuje a una nueva aceptación. Las contradicciones comenzaron a tener respuestas lógicas, aunque dolorosas. Podía entender ahora que la única forma en que una institución religiosa puede mantener el poder e influencia sobre los demás es mediante el miedo: miedo a Dios, a los castigos, a la disciplina de la iglesia y a la sanción social de la comunidad religiosa. Aunque ya podía hacer una crítica al entramado del poder de las instituciones religiosas, seguía teniendo miedo a la reacción de mi familia, sobre todo a la de mi padre. En esos momentos de crítica y entendimiento, logré “descubrir” casi de manera heurística, algunas contradicciones éticas y políticas en la institución de la iglesia SUD.

En un episodio de mis patologías mentales que pudieron llevar de nuevo al suicidio, me acepté ante mi madre y en ese momento le platiqué a ella sobre las cargas que llevaba conmigo en ese momento. Su respuesta no pudo ser otra mejor: fue el entendimiento y el amor sincero que ella me tiene, amor que me hizo sentir aceptado por ella y por Dios. En ese mismo episodio tuve que contarle a mi hermana la mayor, pero no con muchos detalles y sin abrirme demasiado a las explicaciones sentimentales.

Posteriormente, me enteré que mi madre ya había platicado de esa situación con mi segunda hermana y dos de mis tías, lo cual me dio cierto alivio, pues me abrió el camino a ser honesto con mi familia. Después de eso, nadie de mi familia insiste en que me tengo que casar o tener novia, ni hablamos del tema.

En mi etapa de aceptación más alta que había tenido en ese momento, mi padre pasaba por enfermedades, no pude decirle nada a él, pues temía que empeorara su enfermedad. Él murió sin saberlo, pero de alguna manera sé que él lo sabía y que me ama de todas formas.

En todo ese tiempo de rebeliones sociológicas, mi participación en la iglesia fue más contestataria, pero sin exceder los límites. Hubo muchos señalamientos hacia mí de “apostata”, “pecador” y otros que tal vez no me enteré. Yo seguí asistiendo a la iglesia y manteniendo relaciones homosexuales en mi círculo social fuera de esta. La forma de mantener esa situación era no contar nada de mi vida sexual a mis líderes religiosos, pues ¿Por qué tendrían que estar enterados ellos de mi vida sexual? No me sentía ya como pecador, ni sentía arrepentimiento por mis sentimientos. Me gustaba que me dijeran “apostata” por el hecho de poner entre dicho el patriarcado de la iglesia, o porque decía que la pornografía era mala no por los motivos de la religión, sino porque reproduce los roles de dominación de la sociedad; me sentía orgulloso de ser señalado de herejía, porque ello reivindicaba lo que pensaba. Aunque promovía algunas banderas “progresistas” dentro de la iglesia, nunca reivindiqué la bandera LGBTI, eso lo hacía fuera de ella; pues podía ser descubierto y perder amistades, actividad musical y alumnos en la iglesia.

No era mi intención generar duda dentro de los miembros de la iglesia SUD. Aunque muchas doctrinas y decisiones dentro de la institución me parecen aberrantes y merecen la crítica de la sociedad, los miembros de la iglesia SUD que conozco y trato deberán descubrirlas por ellos mismos y si no lo hacen, no dejarán de ser excelentes seres humanos. Es muy difícil y doloroso conocer y aceptar que tus creencias, creencias sobre las que está basada gran parte de tu vida, están fundamentadas en personas que en muchos casos incurrieron en corrupción, abuso de poder y en un pragmatismo político para tener el control de un territorio y una población. Entiendo que las personas cometemos errores, pero hemos de juzgar a la institución según el dogma más repetido en la iglesia: el ser la única iglesia verdadera y que únicamente por medio de ella los seres humanos alcanzan la salvación eterna. Según este dogma, al ser los únicos y “verdaderos” daría pié a creer que no se cometen errores, porque los profetas de la iglesia tienen “revelación directa de Dios” y Dios no se equivoca. Las reformas de la iglesia ante situaciones sociales, han sido muy lentas e hipócritas en muchos sentidos, por ejemplo: la poligamia, el sacerdocio a los negros y la homosexualidad.

La iglesia SUD no puede cambiar la doctrina sobre la homosexualidad (como otras instituciones religiosas humildemente lo han hecho), pues iría en contradicción a una de las doctrinas más difundidas por la iglesia en los últimos tiempos: La familia, una proclamación para el mundo; en donde se dice que la familia comienza con la unión matrimonial únicamente entre un hombre y una mujer.

Ya no asisto a la iglesia SUD, no he sido juzgado en un “consejo disciplinario” y mucho menos excomulgado, no me interesa, me da igual. Tengo todavía algunos amigos de esa iglesia, pero ya no es como antes. Ahora, ya no me da miedo que otras personas sepan que soy homosexual, cuando me preguntan si soy gay, les respondo que sí, algunas me dicen que no lo perezco, yo simplemente digo que no trato de esconderlo que simplemente soy así, soy quien soy y seré según lo que vaya aprendiendo de la mano de otras personas y según vaya aceptando las contradicciones de la sociedad y las mías.

 
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from Lo necesario imposible

Tuve uno de esos juegos de anatomía en los que se montaba un cuerpo humano de plástico, primero el esqueleto —quizás ahí comenzó mi fascinación por las vanitas—, después se colocaban capas y capas de órganos superpuestos, finalmente la piel hasta alcanzar una falsa apariencia vivaz de ser terminado al que solo falta el traje que más se adaptara a su circunstancia. Personas completas sin genitales, como tiene que ser.

Me fascinaba esa forma desconocida de las vísceras y los recovecos que se supone todos tenemos dentro. Cuánto misterio y cuántas horas pasé manoseando esos cuerpos, cirujano infantil, fantaseando, creando monstruos: el bazo en la lengua, intestinos a la carbonara, el cráneo asomando por el ano, un cuerpo sin corazón que, sin embargo, sabía habitar el mundo ideal que se vende a los niños. Me asustaba cuando se perdía un órgano debajo de la cama, pobre cuerpo incompleto.

La poesía desvela, en cualquier momento, desde cualquier lugar inesperado, la capacidad que tenemos de ver lo real en la minuciosidad de la memoria y también en su dispersión. La poesía sabe transformar el presente, la agenda, la rutina. Poesía zahorí y chamánica que nos descubre lo que no sabemos que nos hirió o nos iluminó.

Soy ese niño que juega, también ese cuerpo de plástico que se llena de asuntos inadvertidos y cuajados de significado. Un adulto que no cree en la razón si no va acompañada de lo demás que la complete. Aún sé colocar el esqueleto en escorzos que me hacen reír.

JUEGO DE ANATOMÍA

dentro de mí hay dos lobos discuten y juegan a la brisca la lata de botones el tren puntual que me transporta cada mañana al confín de la paciencia tachuelas calendarios de santos estampas de fútbol picores un tarro con semillas dentro de mí quedan las migajas dentro de mí existe un huerto de rímel edificios sin cimientos un hambre de cría de cuco y manojo de víctimas huevos de avestruz un huerto invadido por la salvia un plátano pocho todo el tiempo perdido fragancias de calles angostas urinarios templetes también la asepsia de las avenidas el cangrejo que despedaza el cadáver de la ballena camelias caramelos espejos la lengua rota de bohemia productos para desposeer la plata eructos mal tirados que suenan a discurso de aceptación de la culpa medallas de natación ropa interior militar poluciones y escapularios revistas porno peceras con amantes humo de tabaco de café de fogata de pistola de mistos dentro de mí la jaula de las afueras plantas trepadoras plantas rastreras plantas de interior candados bajos sótanos purgatorios hábitos monjes muertos botellas vacías mudas de Casera y de la leche que mamaste niño dentro de ti hay un mí que se retuerce y se pregunta cuándo terminará el aluvión el eclipse de consejos que nos tapa las adelfas y nos pesa hasta que nos hunde en la repetición de lo que no somos dentro de mí un alguien que intenta hacer inventario de la bilis y la belleza y el polvo arrumbados en el ático en los pliegues de la realidad durante años dentro de mí un elefante sobre una tortuga sobre un terrón de azúcar dentro de mí aún en equilibrio precario un niño se retuerce en las tripas adultas para que la figura rematada del hombre con alforjas atienda y pueda abandonar la estiba que no le corresponde


#poesía #revisiones

 
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from Páramo Imperfecto

#RescatandoHilos

Al habla Ampi, auter de este blog. Con el permiso de Rocío Vega, voy a publicar en formato de post en el blog su magnífico hilo sobre cocinar verduras.
Como es la primera vez que hago una cosa así en mi blog, he añadido un nuevo hashtag para que sea más identificable. La idea es que el hilo no se pierda en Mastodon y que se pueda acceder a toda la información que contiene usando un link.

Dicho esto, os dejo con las palabras de la autora del hilo.

  • * *

¿Queréis que os dé consejos de cómo cocinar y comer (más) verduras?

Primera parte: Turra sobre verduras y cocina

A ver, la cosa de las verduras es que gustan menos o de forma más compleja que otras cosas con mayor palatabilidad. Los macarrones con tomate te los metes por el culo porque están cojonudos y entran solos. El brócoli es un gusto adquirido. Además, las verduras tienen texturas que pueden repeler por ser *demasiado blandas* o *demasiado duras* o *demasiado fibrosas*. Hay verduras que podéis aprender a comer y a disfrutar y otras que no os van a gustar nunca y no pasa nada. Hay otras que os van a gustar pero solo debajo de cinco centímetros de queso y otras que solo en crudo o solo salteadas o solo en puré. Tampoco pasa nada.

La clave de las verduras es que los boomers no saben cocinarlas. Esto es así. Nos han acostumbrado a que las judías verdes son una cosa pastosa que se sirve con un dedo de agua en el plato por escurrirlas mal, lo mismo con el brócoli o las espinacas o la coliflor.

Punto número uno: las verduras hay que cocinarlas lo justo. Es mejor a nivel nutricional y también en cuanto a su textura. Cada persona tiene su preferencia, pero os garantizo que un brócoli al dente es más agradable de comer que uno que se hace puré en la boca. Con la col pasa lo mismo. ¿La col crujiente de los rollitos de primavera? Mucho menos cocinada de lo que solemos.

Número dos: no hay por qué comer verduras solas, lo que no quiere decir que haya que sumergirlas en un mar de bechamel. Que no está mal comer coliflor con bechamel, ¿eh? Pero seguro que preferís no abusar.

Un sofrito de ajo (y pimentón, y hasta guindilla) le sienta estupendamente a la mayoría de verduras “de plato” (coliflor, brócoli, acelgas, coles de bruselas, judias verdes...). Es fácil de hacer y le da un sabor más intenso y rico que el amargor propio de la verdura.

Pero comer verdura de plato es arriesgado para el paladar desentrenado. Para comer más verdura no hace falta comer la verdura sola. Y tampoco hay que comer muchísima. Si estáis aprendiendo a comer brócoli, con echar dos o tres flores al sofrito de arroz o fideos estilo asiático os permite ir acostumbrandoos sin abrumaros ni quedaros con hambre. Si son espinacas, pues un puñado. Si es coliflor, igual os atrevéis a hacer un puré que imita al de patata y queda resultón como guarnición.

Según la preparación el gusto cambia bastante. Las espinacas cocidas tienen un sabor fuerte y terroso que a mí no me convence, pero crudas en ensalada o como lechuga de un bocata o una hamburguesa dan muy bien el pego (ojo que crudas se deben comer con moderación por contener movidas químicas que no recuerdo).

Si tenéis dificultades con las verduras en general, ¡haced salsas de verdura! La salsa típica de las albóndigas lleva cebolla, zanahoria y pimiento verde triturados. ¡Es sana! Lo mismo con muchas preparaciones indias, que constan de cebolla, tomate, ajo y jengibre triturados y están de muerte.

Si os gustan los potajes de legumbres pero no os gustan los trozos, picad la verdura de condimentación muy finito y se deshará en el caldo. Si no os parece suficiente podéis triturarlo.

Podéis “esconderos” la verdura en boloñesas y otras salsas de pastas.

Identificad qué es lo que no os gusta de una verdura en concreto y mirad si podéis cambiarlo. ¿No os gusta el puerro porque es muy dulce, porque tiene hilillos o porque se queda muy blando? ¿Hay alguna manera de introducirlo en la dieta sin esa variante?

También sois personas adultas y podéis decidir qué queréis comer y cómo. Habrá verduras que no queráis ver ni en pintura y está bien. Yo la hoja de la acelga no la soporto, me sabe a pozo.

Al final todo esto es un truco para animaros a que aprendáis a cocinar, que probablemente sea una de las habilidades más útiles que podéis adquirir.

Ya os iré poniendo ideas y recetas

Otra movida que ayuda a aumentar la cantidad de verduras es acostumbrarse a ponerle un poco de verdura a todo. Si te haces una sopa de fideo, échate una zanahoria picada. Si te salteas un arroz con pollo, echa un puñado de col. Si te haces un bocata ponle cebolla pochada, o tomate, o unas hojas de espinaca.

Si al plato no le entra verdura, pues luego te comes una manzana.

Segunda parte: Recetas

Una de las mejores cosas que podéis aprender a hacer es un salteado de fondo de nevera. El salteado de fondo de nevera es lo que hacer para comer un día que no tienes muy claro qué hay de comer.

Lo único que necesitas es algo de arroz blanco (mejor si es del día anterior, pero sinceramente a mí no me suele sobrar), fideos de algún tipo (udon, de huevo, de arroz... valen hasta espaguetis) y “lo que tengas por la nevera”. Lo ideal es meter verdura a muerte y alguna proteína. En mi casa puede ser:

-Un cuarto de cebolla en juliana
-Una zanahoria en bastones
-Un puñado de guisantes
-Un puñado de hojas de espinaca (las puedes romper con la mano)
-Un trozo de col en juliana
-Un par de flores de brócoli
-Medio pimiento (rojo o verde) en tiras

-Un puñado de gambas
-Un puñado de aros de calamar
-Media pechuga de pollo
-Tofu desmigado o en bloques
-Un puñado de carne picada
-La rara ternera en tiras
-Dos huevos en tortilla (que luego se rompe con la espátula)

Todo puede estar congelado y se descongela o antes o en la misma sartén. De hecho, la verdura congelada es ideal para empezar a comerla: como está conservada no tienes prisa por cocinarla, suele estar ya porcionada aunque sea grosso modo, es más barata y nutricionalmente es casi indistinta de la fresca.

Vas echando la verdura en la sartén o wok caliente con un poco de aceite por orden de dureza (es decir, zanahorias y col primero, espinaca lo último), luego la proteína y por último el carbohidrato (puedes hasta cocer los fideos en la sartén si le echas agua y lo tapas). Sí, la gente que hace salteados pro va haciendo cada ingrediente por separado y ni de coña le echan líquido a la sartén, pero esta batalla es en tu casa, quieres comer rico, rápido y manchando lo menos posible. Nadie te va a juzgar.

A esto le das EL SABOR, que puede ser una combinación al gusto de ajo y jengibre picados, salsa de soja, salsa de ostras, especias, mirin, vino chino, sake, salsas picantes y un poco lo que te apetezca. Cada día sale algo distinto.

Este tipo de salteados fueron los que me hicieron darme cuenta de que oye, la col está bien rica y no tiene por qué parecerse en absoluto a lo que dice mi madre que es la col.

Crema de verduras

Una crema de calabacín, calabaza o puerro (por decir algo) es de las cosas más fáciles que puedes cocinar. Totalmente apto para novatos y con preparación mínima.

Corta cebolla y ajo en juliana y a la cazuela, que sude. Mientras, corta la verdura en aros o cubos grandes y échalo. también. Puedes ponerle a todo un poco de sal para que se ablande un poco más rápido, pero tampoco tienes prisa. Puedes echarle una patata también en cubos y pelada. Llena la cazuela de agua (o caldo de verduras, o agua y una pastilla de caldo) y a cocer hasta que la verdura esté blandita. Y cuando lo esté, tritúralo todo con batidora de brazo o procesador de alimentos, lo que prefieras. Salpimenta al gusto y ya está, tienes una crema casera de verduras que se puede congelar de lujo. Si quieres que te quede mucho más cremosa, pásalo por un colador chino.

Si tienes problemas con la textura de la crema, prueba a servirla con picatostes, nueces, almendras, pistachos... Puedes saltear un poco de bacon y echárselo por encima (desgrasado, mejor). Puedes cortar una salchicha en rodajas y echarla a nadar. También puedes echarle queso rallado. Hay gente que le echa un quesito. Emberdad prueba lo que más te guste.

(Me vais a perdonar que no dé cantidades pero, como dice Angua, yo cocino a ojo, como una abuela).

Alcachofas en salsa verde con bacon

A mí no me iban mucho las alcachofas (por no decir que no las había probado) hasta que me enseñaron esta receta en la escuela de cocina. Yo las he hecho con alcachofas de bote y congeladas, nunca con alcachofa fresca. Las no frescas tienden a ser un poco más pellejudas y saber más ácidas que las frescas, pero como un acercamiento a la alcachofa no está mal.

Básicamente hay que cocinar las alcachofas al vapor, saltear bacon en trozos y hacer una salsa verde. La salsa verde es muy sencillita y la única complicación que tiene es la de hacer bien la velouté sin que salgan grumos.

Una velouté es una bechamel con proporciones diferentes y con caldo en vez de leche. Primero se calienta una grasa (aceite en este caso) y después se echa una cantidad de harina (que depende de la elaboración). Se mezcla todo bien hasta que quede homogéneo Y SE SACA DEL FUEGO. A esta mezcla se le llama roux. Una vez fuera del fuego echamos un poco del líquido total y removemos hasta que no haya grumos. Se vuelve a echar un poco más de líquido y se remueve hasta que no haya grumos, y así hasta incorporar todo el líquido. Es vital hacerlo fuera del fuego porque si rompe a hervir las burbujas nos van a crear los grumos. Hacedlo fuera del fuego, no falla nunca. Una vez está todo incorporado lo devolvemos al fuego porque la harina necesita cocinarse.

Total, que hay que saltear un poco de ajo y cebolla picada en aceite y añadir harina para crear la roux. Se saca del fuego, se añade perejil abundante y entonces se va echando el líquido como he descrito arriba. Se cocina la velouté, se pone a punto de sal y pimienta y solo queda mezclar las alcachofas con la salsa verde y servir el bacon por encima.

BIBIMBAP

Para este plato vas a necesitar gochujang, que puedes comprar en un supermercado asiático o en internet. Si te gusta el picante, lo vas a disfrutar mucho.

El bibimbap es el plato de fondo de nevera elevado. No tiene mucho misterio: es un lecho de arroz blanco sobre el que pones, ordenadamente, verdura diferente en bastones, salteada o en crudo en función de cuál sea. Zanahoria, col o kimchi, cebolla, brotes de soja, calabacín, pepino, espinacas... También admite setas y carne en tiras o tofu marinado en cubos. El bibimbap es muy bonito y colorido. Lo coronas con un huevo frito (o dos si son pequeños) y haces una salsita a base de gochujang, salsa de soja, azúcar, pimienta, un poco de agua para diluir... Se come rompiendo el huevo y mezclándolo todo. Es muy nutritivo, tiene un montón de verdura y el gochujang le da un sabor que no te esperas. Vas a comer verdura a paladas sin darte ni cuenta.

BOCATAS

Los bocatas, el sufrimiento de vegetarianos y veganos. Es *raro* encontrarte un bocata vegano y rico en estado salvaje, pero hay muchos que te puedes hacer en casa sin casi esfuerzo.

Asa (en horno o a la plancha) pimientos, cebolla y calabacín, unta el interior del bocata con hummus y dispón la verdura. Y ya está. Sabe dulce y salado, cremoso y crujiente por el pan. El calabacín y el pimiento son carnosos y agradables de morder y con el aceite son un manjar.

Seguro que hay más variantes que alguien os va a contar en los comentarios de este post.

  • * *

¡Al habla Ampi de nuevo! Como habréis podido comprobar, en el hilo hay muchas ideas interesantes que merece la pena aplicar en nuestro día a día en la cocina. No dudéis en echarle un ojo a los comentarios del hilo y aportar vuestras ideas si las tenéis.

Por último, quisiera deciros que en la firma de este blog (el párrafo final que sale de forma automática en todos los post) dice que podéis dirigir los comentarios sobre la entrada a mi cuenta. En este caso, como el contenido no es mío, os animo a dejar los comentarios a Rocío Vega

Espero que os haya gustado tanto como a mí.

 
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from torresburriel

Pues me da bastante miedito lo que acabo de leer en el artículo de TechCrunch, en relación con la crisis desatada por la utilización de herramientas de inteligencia artificial, como arranque de navegación y sesiones de búsqueda, con la consiguiente, en teoría, pérdida de relevancia de las técnicas de posicionamiento SEO convencional.

Claro, si nos vamos a los datos, es francamente impresionante. El tráfico orgánico a sitios de noticias se ha desplomado literalmente de 2.3 mil millones de visitas (mediados de 2024) a menos de 1.7 mil millones (mayo 2025). Cifras mareantes. Por otro lado, la adopción masiva de ChatGPT como herramienta para arrancar sesiones de navegación, nos devuelve otra faceta de larealidad: esto representa menos del 0.1% del tráfico total de los principales publishers y sólo el 10% del tráfico perdido está siendo reemplazado por IA. O sea, algo no cuadra, no salen las cuentas.

Si miramos un poco el cualitativo que merece el dato que voy a compartir, desde luego a los amantes de la investigación con usuarios se nos dilatan las pupilas. Las búsquedas de noticias que no resultan en clics a sitios web han crecido del 56% al 69% entre mayo 2024 y mayo 2025. Es decir, hay algo aquí debajo que no estamos viendo, pero que tiene una consecuencia tangible que además estamos midiendo. Puede ser que los usuarios encuentran lo que buscan sin hacer clic. Pero también eso tiene una derivada, y es la profundidad de la información con la que se satisface la necesidad del usuario. Y si nos ponemos un poco más ortodoxos, podríamos hablar de la carencia de necesidad en cuanto a fuentes que confirmen la veracidad de una información, su robustez o el componente longitudinal que la hace válida desde la perspectiva del usuario.

En resumen, culpar a la inteligencia artificial puede ser una tentación que está muy a mano, a la vuelta de la esquina, y probablemente sea el mejor camino para conseguir atención, likes y aplausos. Pero cuidado, porque la pauta de comportamiento que parece subyacer a estos datos puede ser más profunda. Una tormenta perfecta entre cambios de hábito, cambio generacional y adopción masiva de nuevas herramientas, de las que aún no conocemos todo su impacto.

No me negaréis que vivimos tiempos apasionantes.

https://techcrunch.com/2025/07/02/chatgpt-referrals-to-news-sites-are-growing-but-not-enough-to-offset-search-declines/

 
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from DanielSanz

Llevo mucho tiempo pensando en escribir por aquí y, sin embargo, no he sido capaz de hacerlo.

Creo que tengo muchas cosas que contar: mi proceso creativo, cómo he alcanzado cierta paz interior, el engaño que representa publicar en Amazon KDP, cómo estoy gestionando la grabación del audiolibro, mi plan de promoción en Spotify de esta primera parte de mi novela...

Sin embargo, no soy capaz de hacerlo, y hoy creo que he comprendido el motivo.

Los artículos que he ido escribiendo por aquí son —eran, en realidad— preguntas que me hacía a mí mismo. Una forma de poner en orden mis ideas, pensamientos; de preguntarme y analizar, desde diferentes ángulos, algo que me rondaba por la cabeza. Y con este ejercicio iba perfeccionando mis análisis.

Hace poco más de un mes que publiqué mi primera novela en Amazon y, os prometo, estaba seguro de que os iba a bombardear con artículos sobre el proceso, mis impresiones, en qué estaba equivocado, qué voy a hacer diferente ahora... Es más, incluso estaba deseoso de comenzar a escribir, pero, chico... dique seco.

En estas semanas de paz interior, centrado únicamente en mis cosas, alejado del ruido de las redes sociales, portales de noticias, YouTube... he visto —como acabo de comentaros— que esos artículos eran, en realidad, una terapia propia para responderme a mí mismo. Y la novela era la respuesta final.

No he alcanzado el nirvana, ni mucho menos; es más, ni tan siquiera creo en él.

Sin embargo, esas dudas o preguntas ya no existen. Entonces, ¿para qué voy a seguir escribiendo?

Creo que ya he comentado en algún otro artículo que, hasta ahora, durante toda mi vida, no sabía si lo que hacía estaba bien o no, si se comprendía, si tenía sentido o podía entretener a alguien... Ahora, por primera vez en mi vida, esa duda ha desaparecido.

Sé que mi novela está bien. Es más: sé que mi novela está de puta madre. No necesito que nadie me lo diga.

Y mi novela son todos esos artículos que tenía ganas de escribir. Por fin he logrado cumplir mi sueño de cuando era niño. Soy escritor.

A través de una infinidad de personas, de distintas clases sociales, necesidades, heridas del pasado... voy tejiendo todas mis dudas, mis temores, mis críticas, mi rayo de esperanza sobre el ser humano. Todos y cada uno de mis personajes son una parte de mí, una etapa que he atravesado, una duda o error que cometí.

Y por eso ya no puedo seguir escribiendo, ni aquí ni en ningún otro sitio. Porque mis dudas y preguntas quedan plasmadas de forma más clara en la novela.

Del mismo modo, tampoco entro en ninguna red social. Suena pedante, egocéntrico o, cómo no, de un gilipollas subido: «El payaso este está tan enamorado de sí mismo que ya no necesita a nadie más».

Como es lógico, cada uno puede pensar lo que quiera. Pero no es eso. Es que estoy tan inmerso en mi historia, mis personajes, en lo que quiero decir, en lo que necesito decir... y en cómo encontrar la forma de hacerlo... que se me pasan las horas del día sin acordarme de nada más.

Sé que mi paso por aquí ha sido breve —creo que justo un año—, tampoco he participado mucho. Dudo que alguien me eche de menos.

Así que tan solo me queda despedirme. Por regla general, borro todas mis cuentas, pero, yo qué sé... al pobre Adrián le costó años que me crease esta cuenta, así que voy a dejarla. Quién sabe, igual algún día vuelvo.

Por mi parte, tan solo queda decir que ha sido un placer conoceros, y que no me voy por vosotros, sino por mí.

 
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from Revolicant

Continúo a bastante buen ritmo. Y ahora al encender el pc, abro el procesador de textos y no el Civilization, eso ya es un avance.

#escritura creativa #escritorbrújula #escribiendo

 
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from Revolicant

#Cuaderno de Bitácora, fecha estelar, hoy mismo

Pues nada, eso que aparece una secundaria que no iba a tener mucha relevancia y acaba siendo más interesante que el protagonista.

#escrituracreativa #escritorbrujula #escribiendo

 
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from DanielSanz

Ya he hablado en otras entradas en este, nuestro pequeño rincón de internet, sobre la neurodivergencia, su diagnóstico y los principales problemas, tanto de concentración como sociales. Hoy voy a darle una vuelta de tuerca más, enfocándome en la salud, un tema, si me permitís, mucho más serio e importante.

Me vais a perdonar porque esta entrada va a ser bastante extensa. Os voy a contar mis problemas de salud en orden, para que tengáis una visión global de la importancia de cada avance y cómo, en esta etapa actual, gracias a la tecnología y la inteligencia artificial, estoy logrando descubrir y mejorar mi situación.

La tormenta perfecta…

Como suele ocurrir, es la combinación de diversos factores lo que hace difícil percibir no solo un problema, sino su causa. Para hacerlo más comprensible desde vuestra perspectiva, voy a desgranar los temas uno a uno, para que veáis las implicaciones acumulativas.

Por resumirlo lo máximo posible, estos son mis problemas de salud:

  • Obesidad desde pequeño.
  • Hipotiroidismo (diagnosticado a los 35/36 años).
  • Mala absorción de vitamina B12 (debo inyectármela dos veces al mes).
  • Síndrome de piernas inquietas (puedo dormir gracias a unos parches; las pastillas no me hacían efecto).
  • Altas capacidades (diagnosticado a los 43 años).

Primeras etapas

En orden cronológico, cuando tenía unos treinta y pocos años, decidí centrarme por completo en el deporte. Toda mi vida he tenido sobrepeso y dije: «Hasta aquí hemos llegado». Incluso dejé el podcasting por una temporada y me enfoqué en mí, mi familia y mejorar mi condición física.

Comencé con el boxeo, pero, como era de esperar con sobrepeso, estaba más tiempo lesionado que entrenando. Lo cambié por correr y me ocurrió lo mismo. Finalmente, pasé a la bicicleta, haciendo muchos kilómetros, incluso levantándome los fines de semana a las cinco de la mañana para regresar a desayunar con mi familia.

En esa etapa empecé a ver resultados, aunque no grandes avances. Fue entonces cuando me centré también en la dieta. Leí muchos libros sobre nutrición, contraté varios entrenadores personales y llegué a la conclusión de que debía enfocarme más en entrenamientos de fuerza si quería perder grasa.

Entrenamiento de fuerza

Llegados a este punto, llevaba dos o tres años entrenando distintas disciplinas y, aunque no había bajado mucho de peso, tenía una condición física decente. Comía saludable, tenía buena resistencia, algo de fuerza y ya había trabajado con tres entrenadores personales. Decidí ahorrar dinero, motivado también porque sentía que algunos entrenadores sabían menos que yo.

Investigué gimnasios en mi zona (no había tantos como ahora, que casi hay más que bares) y me apunté a uno con una buena sección de fuerza, con racks para sentadillas libres. Mi entrenamiento se centró en una rutina de cuerpo completo para empezar, y luego fui añadiendo ejercicios complementarios para cada grupo muscular.

Estuve entrenando un par de años, pasando de un porcentaje de grasa corporal del 34 % al 20 %. Pero tuve que dejarlo…

Hipotiroidismo

Si lo había logrado, estaba entrenando, tenía fuerza, músculo y estaba en el camino, ¿por qué lo dejé? Aunque entrenaba unas 10 horas a la semana y movía mucho peso (sentadillas con 130 kg, sentadilla elevada con 50 kg, peso muerto con 160 kg), no lograba seguir perdiendo peso. Me hice análisis y me diagnosticaron hipotiroidismo.

En términos simples, esta enfermedad dificulta perder peso, pero tiene otros efectos, como un cansancio constante. Todo lo que logré fue por pura fuerza de voluntad, porque siempre estoy agotado. El hipotiroidismo se trata con medicación, pero, al contrario de lo que mucha gente cree, no se cura, solo se controla. Los efectos secundarios, como el cansancio, no desaparecen con la medicación.

Por esa época también apareció el síndrome de piernas inquietas, que me impedía dormir por las noches debido a unos nervios terribles en las piernas. Por ejemplo, me he levantado a la una o las dos de la madrugada a pasear por la calle para no molestar a mi familia mientras dormía.

Gracias a los análisis, también descubrí que mi cuerpo no absorbe la vitamina B12. Hay casos leves en los que se puede tomar oralmente, pero en el mío debo inyectármela dos veces al mes para que mi organismo la procese directamente.

Supongo que os preguntaréis: «Vale, pero ¿por qué dejaste de entrenar?». Tenéis razón, disculpad que me disperso. La medicación para el hipotiroidismo, y la enfermedad en sí, tienen efectos secundarios, como mareos. Desde que empecé a medicarme hasta que mi cuerpo se adaptó y se reguló la dosis pasaron unos dos años. Con mareos, no es buena idea ponerse más de cien kilos en la espalda para hacer sentadillas ni realizar grandes esfuerzos. Así que, con gran dolor, dejé de entrenar… y han pasado siete años hasta que he vuelto.

Implicaciones en mi día a día

Para daros una imagen rápida: el hipotiroidismo me causa fatiga crónica, y el síndrome de piernas inquietas, aunque uso parches, no se cura. Por lo general, duermo entre cuatro y cinco horas, despertándome de cuatro a seis veces por noche. Además, debido a la mala absorción de B12, mi recuperación es más lenta, mi síntesis de proteínas es menos eficiente y, sumado a todo lo demás, os podéis imaginar mi estado físico.

Tecnología, ayúdame

Con este panorama, empecé a pensar que la tecnología podía ayudarme. Me compré un Apple Watch Series 3 para monitorizar mi sueño y mi recuperación. Por cierto, sigo usando ese Apple Watch a diario y espero que me dure mucho tiempo… para los que hablan de obsolescencia programada.

Las primeras aplicaciones que instalé fueron AutoSleep, para monitorizar mi sueño, y HeartWatch, una app completa con muchos datos, aunque, sinceramente, no entendía las implicaciones de cada métrica.

Regresando a entrenar

Llegamos a la actualidad, siete años después, con el diagnóstico de altas capacidades añadido a mi perfil, algo que inicialmente no consideraba un impedimento para entrenar.

Me apunté al gimnasio y, con todo lo aprendido, comencé a entrenar: ejercicios de fuerza de cuerpo completo para recuperar tono muscular y adaptarme poco a poco. Para mi sorpresa, no había perdido fuerza en estos años. En solo dos meses, superé mis propios récords, moviendo 80 kg en press de banca y alcanzando mi récord anterior en sentadilla.

Y, para sorpresa de nadie, me lesioné…

En menos de tres meses, tuve que dejar de entrenar. Sufrí una lesión increíble en la pierna izquierda que me impedía caminar. Incluso doblar la rodilla me dolía horrores; creí que me había roto el menisco. Tras un mes intentando recuperarme con masajes en casa y reposo, fui al fisioterapeuta. El diagnóstico: «Eres gilipollas».

No recuerdo todo lo que me dijo, pero tenía más de diez músculos con contracturas severas y roturas. Tras meses de sesiones, punción seca, reposo… cuatro meses después, puedo volver a caminar con normalidad y entrenar de forma suave y progresiva. Todavía tengo algo de dolor, no creáis que estoy al 100 %, y aún necesito una o dos sesiones más de fisioterapia. Para que os hagáis una idea, estuve más de seis meses sin poder hacer vida normal.

¿Y qué tiene que ver la neurodivergencia en esto?

Excelente pregunta. Si habéis leído mis otras entradas, recordaréis que en la neurodivergencia hay una especie de desconexión entre el cuerpo y el cerebro. No es analgesia (no es que no sintamos dolor), es algo distinto y difícil de explicar. Resumiendo mucho: no sé medir ni cuantificar el esfuerzo que me supone hacer algo. Si intento levantar cien kilos, solo hay dos opciones: puedo hacerlo o no.

Tampoco sé si podré hacer una repetición más. Lo intento, y cuando no puedo, digo: «Vale, puedo hacer seis». Siempre entreno al límite, lo que explica las cientos de lesiones que he tenido a lo largo de mi vida practicando deporte. Y, aunque parezca increíble, lo descubrí a los 46 años.

Saberlo no basta. No es tan simple como decir: «Bueno, ahora que lo sabes, ten cuidado y listo». ¿Cómo se hace eso? La otra opción es pecar por defecto, entrenar menos, y aunque para mucha gente eso sería suficiente porque implica mantenerse activo, no es lo que yo busco. Yo quiero entrenar, con todas las letras.

La IA al rescate

Llegamos a los últimos avances en inteligencia artificial. Buscando aplicaciones para entender los datos de salud de mi iPhone y Apple Watch, encontré Welltory, una app con mucha fama en este ámbito. No os voy a mentir: no entendía nada de los datos que mostraba, qué significaba que algo estuviera bajo un día, alto al siguiente, o bajo después. Pero… encontré una opción vinculada a ChatGPT que permite hacer todas las preguntas que quieras. ¡Toma ya!

Instalé ChatGPT, le di acceso a los datos de la app y empecé a preguntar. Le conté todo sobre mí: mi edad, problemas de salud, diagnósticos, dificultades para dormir… todo. Fue maravilloso.

Me recomendó tomar por las noches magnesio con taurina. Pensaba que el magnesio era para que los escaladores no resbalaran y que la taurina era peor que la cafeína, pero me equivocaba. Estos son sus beneficios:

  • Magnesio: relaja el sistema nervioso central, los músculos involuntarios y reduce el cortisol nocturno.
  • Taurina: potencia la acción del GABA y reduce la adrenalina nocturna.

Lo compré, y debo decir que sabe fatal. La primera noche lo tomé con agua y casi vomito. La segunda, con leche, y mejoró un poco. Aunque siga sabiendo mal, lo tomaría igual: tardo menos de 15 minutos en dormirme, me despierto solo una o dos veces por noche (en lugar de cuatro o seis) y, de media, duermo una hora más.

No lo digo a ojo. Como mencioné, llevo años usando el Apple Watch para monitorizar mi sueño, y los datos son claros. Esto no solo me afecta a mí: mi hija, que también tiene problemas para dormir (altas capacidades/Asperger, como yo), probó los suplementos y le ayudaron a descansar mejor de forma instantánea.

ChatGPT también me recomendó tomar creatina por las mañanas. Había oído hablar de la creatina en el gimnasio, pero no entendía cómo podía ayudarme. Tiene lógica:

  • Por el hipotiroidismo, mis células funcionan más lento; la creatina proporciona una reserva extra de energía.
  • Por la mala absorción de B12, mi sistema nervioso funciona peor; la creatina mejora la función mitocondrial.

Lo noto en que tengo menos sueño durante el día, llego mejor a la noche y no me arrastro por los rincones. Y, de nuevo, no son impresiones: gracias al Apple Watch y las apps, puedo verificar los datos de mi frecuencia cardíaca, variabilidad, recuperación tras el entrenamiento y cómo duermo con menos pulsaciones, lo que me ayuda a descansar mejor.

Ahora entiendo las implicaciones de cada métrica y veo cómo, semana tras semana, duermo un poco mejor, tengo más energía y progreso de forma sostenible, sin lesiones por sobrecarga.

¿Y ahora, cómo entreno?

Aunque no lo creáis, entreno cuando me lo indica la app. Así de simple. Actualmente, baso mi entrenamiento en dos aspectos clave:

  • Entrenamiento de fuerza suave (30-40 minutos).
  • Ejercicio aeróbico: remo en casa con una máquina de resistencia de agua.

Los lunes entreno fuerza en el gimnasio. Al día siguiente, la app suele indicar que he sobreentrenado y debo descansar. Cuando me dice que estoy recuperado, hago 20 minutos de remo en zona aeróbica. La próxima vez que estoy recuperado, vuelvo al gimnasio, y así sucesivamente.

Antes, entrenaba tres días de fuerza y tres de remo… siempre lesionado, cansado y con dolores, hasta que sufrí una lesión grave. Ahora, confiando en la app, estoy avanzando. Me siento mejor, más descansado y veo una progresión lógica. Esta semana, por primera vez, logré entrenar tres días. Al principio, solo podía entrenar un día porque necesitaba una semana para recuperarme.

Por cierto, hace diez días que empecé a tomar los suplementos recomendados por ChatGPT, y me siento genial.

¿Y la privacidad de mis datos?

Entiendo que muchos se preocupen por este tema, pero ahora lo veo desde otra perspectiva. Saber todo esto, poner en contexto mi estado, entender el papel de cada problema, analizar las métricas de mi frecuencia cardíaca… ha cambiado mi vida. Si compartir mis datos puede ayudar a que se asesore mejor a otras personas con problemas similares, me parece maravilloso. Del mismo modo que estoy aquí contándoos mi experiencia, espero que llegue a alguien que pueda beneficiarse.

Última coletilla

Para terminar, os comento que este espacio en Escritura Social lo reservaré para mis divagaciones mentales, filosofía de vida, deporte y lo que surja. Me he creado una cuenta en Substack donde hablaré de mi faceta como escritor, mi proceso creativo y análisis de novelas que lea. Todo lo relacionado con escritura y literatura.

Si queréis seguirme por allí, aquí tenéis el enlace:

[https://substack.com/@danielcuentacuentos]

 
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from Cartas de Berni

El refrán que habla del río que suena cuando lleva agua es bastante sabio. Por lo menos, en lo que se refiere al periodismo y el impacto que internet tiene en su consumo y beneficios. También es más compasivo que otras metáforas y comparaciones. Hannibal Lecter diría que los corderos vuelven a chillar.

Jotdown es una revista en la que la calidad de las piezas tiende a ser directamente proporcional al tiempo que tardan en escribirse. Por eso me sorprendió bastante leer un par de artículos en rapida sucesión dedicados al nuevo capítulo de la crisis del periodismo.

La historia sería como sigue: se avecina (o ya está aquí) una tormenta perfecta para el periodismo provocada por varios factores:

  1. El deterioro de los grandes buscadores.
  2. El afianzamiento de Google Discover como un diario personalizado, ajustado a cada lector.
  3. La IA Generativa y su labor como aspiradora e interfaz para todo.

La revista añade cifras que son, tal vez, lo que más miedo da, porque su tendencia es desoladora para cualquier medio que dependa del descubrimiento de los lectores para sobrevivir. El diagnóstico, pues, suena más que acertado.

Hace muchos años alguien mató al periódico para el que trabajaba. Como en una de esas películas sobre asesinatos, casi todo el mundo culpó al sospechoso habitual: la crisis, la disminución de la publicidad. Una explicación demasiado perezosa. Todavía me duele, así que me limitaré a decir que, como en los cuentos clásicos, un lobo nos devoró.

Antes de que las fauces se cerraran, hubo intentos de salvación: emporios mediáticos, políticos de la región. Ángeles con alas de papel. Escuchamos muchas cosas absurdas, pero tal vez la mayor de todas fue la de un horror cósmico enfundado en traje que nos dijo que “no esperaban que la crisis fuese a pegar tan fuerte”. Me hierve la sangre al acordarme.

En su excelente publicación La Conquista del Feed Alberto Aguiar se muestra un poquito escéptico con el plan de Jotdown de aliarse con Menéame para hacer y fortalecer comunidad. Francamente, toda idea que permita acercarse a lectores siempre será mejor que hincar la rodilla ante las compañías de IA. O peor, usar sus herramientas para algo como el fact checking, idea que vi en uno de los textos publicados y que casi me lleva al infarto.

Como me hago viejo y eso siempre te da la oportunidad de amenazar a las nubes, los consejos que una persona tan desengañada del periodismo como yo puede dar son simples, predecibles, aburridos y, lo peor de todo, tal vez no basten. Pero prefiero terminar el texto con ideas en vez de cinismo. Bueno, tal vez haga una mezcla de ambos.

  1. Cuida las suscripciones. Son la fuente de dinero más estable que jamás llegarás a tener. Crece en base a ellas, no en base a grandes cantidades de dinero que cambian o desaparecen en función del ciclo electoral. Si haces que la economía de tu medio dependa de la publicidad institucional o de partidos, acabarás siendo su esclavo, quieras o no.
  2. Cuida tus feeds RSS. Pueden ser gratuitos o de pago, pero cuídalos. El RSS es una de las pocas tecnologías que hasta un programa ejecutándose desde una tostadora puede leer. Es versátil, sólida y permite crear canales exclusivos para suscriptores con clave de acceso. Si los haces de pago, ponlos a texto completo.
  3. La publicidad masiva tipo AdSense en Internet es una estafa a gran escala. Todo el mundo lo sabe y seguro que tú también. El dinero que obtienes por clics de esos sistemas procede, probablemente, de algún almacén remoto con decenas de móviles y un señor al que le pagan por hacer clic en anuncios. Todas las personas que conozco utilizan distintos tipos de bloqueo de publicidad en sus navegadores. Si tienes que poner anuncios, utiliza publicidad propia, no intrusiva y alojada en tu propio servicio.
  4. Usa el Fediverso. Me parece increíble la cantidad de medios que todavía no han caído en esto, de verdad. En general, céntrate en cualquier red social descentralizada donde no dependas de un algoritmo para llegar a tus lectores. Con todas sus imperfecciones, he tenido más interacciones en dos años de Mastodon que en cinco de Twitter o Facebook.
  5. Huye del clickbait como de la peste. Esta es una de esas cosas que, aunque funcione a veces, todo el mundo odia. Lo odiamos incluso aunque acabemos haciendo clic. Procura no dar demasiadas excusas a tus lectores para odiarte. Es algo que siempre sale a pagar.
  6. Haz que pagar por leer un artículo sea extremadamente fácil. Esto es fundamental. En varias ocasiones, lo que me echó para atrás aa hora de pagar por una pieza no fue el precio de la misma, sino lo complicado del proceso para hacerlo. Rascal, un magazine digital especializado en juegos de rol, hace esto muy bien.

Me gustaría no ser escéptico en cuanto a la supervivencia del periodismo. Pero hasta que la profesión no solucione la gravisima situación de bancarrota moral en la que se encuentra, no veo supervivencia para el oficio más allá de pequeños medios con mucho compromiso y unos cimientos ideológicos lo suficientemente firmes. Aun así, les deseo mucha suerte.

 
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from torresburriel

Hoy me han preguntado acerca de cómo integrar inteligencia artificial #AI en procesos de experiencia de usuario #UX.

Mi respuesta: en todo lo que se pueda. Probar, disfrutar, equivocarse e intentarlo una y otra vez con todas las herramientas que tenemos hoy disponibles en el mercado.

Disfrutar de un momento de cambio espectacular desde la línea del frente, en primera persona. No juzgar, no sacar conclusiones precipitadas, disfrutar del camino.

Los resultados vendrán o no, pero el proceso de trabajo seguirá siendo el mismo. Al menos de momento.

Quizá en el futuro lo haremos de otra forma, pero de momento aún no lo sabemos.

También aplican unas cuantas frases de perogrullo: todo lo que termina tiene un final, nada es para siempre, lo único permanente es la impermanencia.

 
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from Aita escribe a ratos

Historia de personaje para el juego de rol Cazador: la venganza. #historiadepersonaje #cazadorlavenganza #garretgrey

La filosofía que siempre ha regido mi vida ha sido la de los procedimientos de laboratorio con sus pasos a seguir. Un sistema estructurado, organizado y testeado para obtener los resultados de forma eficiente. La lógica dicta que si haces A y después B, llegas a C.

No puedo decir que mi vida haya sido mala, estudié química, trabajé algunos años en laboratorios farmacéuticos y lo dejé para mudarme con mi mujer a un pueblo sencillo y tranquilo donde mi curriculum y un carta de recomendación me consiguieron un puesto como docente. Siempre he pagado mis impuestos, he respetado la vida de los demás y he procurado ser justo con mis alumnos, ni favoritismos ni zancadillas.

Hasta que el maldito mundo empezó a caérseme encima a pedazos.

Gabriel, mi hijo de 8 años, desarrolló una enfermedad que sólo se dá en un sujeto de cada 4 millones, nuestros ahorros se fueron en intentar darle una vida lo más normal posible.

Un día Barbara, mi mujer, me dijo que estaba teniendo nauseas matutinas desde un par de semanas atrás. Ella, que siempre había sido un ejemplo de buena salud, que nunca se había mareado en el coche ni en la feria. Un test después descubrimos que ibamos a volver a ser padres y, que Dios me perdone, en mi cabeza se instaló una pregunta en letras gigantescas: ¿cómo ibamos a salir adelante?

Bueno, las cosas no pintaban bien al haber tenido que rehipotecar la casa para pagar los tratamientos de Gabriel pero si conseguía algún trabajo extra para complementar mi sueldo de profesor podríamos ver luz en el túnel.

Qué ingenuo.

Todavía quedaba otro pedazo más que tenía que caérseme encima... y caérseme con una C bien gorda.

No era suficiente estar ahogado económicamente con una familia dependiendo de mi, que ahora también tenía algo dentro que quería destruirme. Al menos parecía que de momento no era excesivamente grande pero estaba en una zona del cerebro que podría propiciar que su expansión. El tratamiento inicial de pastillas tenía una posibilidad de detener el crecimiento, no me iba a curar pero me iba a hacer ganar algo de tiempo. Tenía que aprovecharlo. Tenía que dejar a mi familia protegida. Tenía que asegurarme que iban a estar cubiertos cuando yo faltase.

Lo curioso de ser un profesor justo era que a veces consiguía algo de respeto de parte los que otros consideraban “los peores alumnos”. Se debía a que era el primero que les trata igual que al resto y no pasaba de ellos porque “no valían y no merecían perder el tiempo en enseñarles”.

Jimmy Buganovski, “Buggi” para sus amigos, se sorprendió cuando le abordé en el aparcamiento detrás del instituto porque necesitaba hablar con él. Puso cara de preocupación al decirle que sabía que pasaba droga, puede que se temiese que lo denunciara a las autoridades. Finalmente se estuvo riendo varios minutos al explicarle, en voz baja aunque no había nadie en más de 100 metros a la redonda, que quería que moviese algo que había hecho yo.

Cuando se le pasó la risa y vió el material, después de que se me cayese al suelo por los nervios y la enorme cantidad de sudor que estaba segregando, al principio se negó. Me dijo que me respetaba y que no debería meterme en esos temas, que yo era un buen hombre, integro y que no debía mancharme con esas cosas.

Le expliqué un poco mi situación y el bueno de Buggi dijo que haría lo que pudiese por ayudarme. Dos días después vino a buscarme en cuanto pisé el aparcamiento. La droga que yo había cocinado era “la ostia”, según sus palabras explícitas, y quería más. Toda la que pudiese prepararle.

Durante algunas semanas Buggi movió lo que yo preparaba, pequeñas cantidades, no podía hacer demasiado ya que estaba limitado al equipamiento de reserva del instituto y a los materiales que podía costearme con el poco dinero del que podía disponer. El dinero iba llegando y cuando parecía que podría realmente llegar a algo Buggi desapareció.

Pasé dos semanas sin saber nada de él, llamé a su casa en varias ocasiones pero sólo me decían que estaba indispuesto y que no podía hablar con él. Hasta que un día apareció junto a mi coche cuando me iba a casa. Estaba demacrado, tenía ojeras oscuras y profundas y cicatrices recientes en la cara que aún estaban en proceso de cerrarse.

— ¿Señor G, tiene material para volver a ponernos en marcha? — Fueron sus primeras palabras.

Buggi me contó que le habían pillado unos pandilleros vendiendo en su zona y casi lo matan a golpes. Le habían robado la última remesa y tras probarla le habían dicho que querían a su proveedor. Pero Buggi no me delató. Cuando se convencieron de que no iban a conseguir nada matándolo le ofrecieron un trato: ellos prepararían un laboratorio, yo cocinaría la droga y me pagarían por el trabajo. Buggi podría seguir con sus trapicheos pero sólo en las zonas que ellos le permitiesen.

Al principio todo iba bien, en unas semanas hice bastante dinero para ir cubriendo los tratamientos de Gabriel y las facturas médicas de Barbara. Una noche estaba trabajando en el laboratorio clandestino cuando se me acercaron un par de los miembros de la banda. Me dijeron que los enviaba “el jefe” y que quería conocerme.

Los acompañé hasta una habitación que bien podía pasar por un salón bastante acogedor con un sofá un poco pasado de moda flanqueado por dos butacones de grandes orejas. En uno de los butacones había una bolsa de deporte llena de fajos de billetes atados con gomas elásticas, la recaudación de la semana según había oído hablar a los pandilleros.

En el otro butacón estaba más tirada que sentada una chica de rasgos latinos. Apenas tendría 19 ó 20 años y en su brazo extendido, así como en el interior de su muslo, enseguida reconocí los pinchazos de una adicción muy fea que le iba arruinar la vida si no lo había hecho ya. Una adicción a algo parecido a aquello que mis manos estaban elaborando apenas unos minutos antes.

Aparté la mirada de la chica con una punzada de remordimiento. Noté como la sangre me subía por la cara, se me hinchaban los lagrimales y se me humedecían los ojos. Mi cerebro disparó las alarmas, si me iba a plantar cara a cara con un jefe pandillero no podía hacerlo en ese estado o se me iba a comer vivo.

Fingí una tos repentina, me doblé sobre mi mismo y me giré hacia atrás dándole la espalda al sujeto sentado en el sofá. Como un minuto después me reincorporé, me limpie la boca con un pañuelo y respiré hondo. Mientras me volvía hacía el individuo al que tenía que conocer mis ojos pasaron sobre la chica de nuevo y pude ver un tatuaje que le recorría el muslo. El tatuaje era un nombre de mujer tipicamente hispano, algo como Mercedes o Maria Dolores, no lo recuerdo bien. Estaba escrito en esas letras muy elaboradas con rúbrica y plagadas de líneas curvas.

Pero juraría por lo más sagrado que la tinta de las letras empezó a moverse bajo la piel morena y recompuso un mensaje:

“ES UN MONSTRUO. MÍRALE”

Entonces puse mis ojos sobre el jefe de la banda, debajo del pañuelo que llevaba en la cabeza la carne de su cara estaba consumida y putrefacta. Bajo sus mejillas podía ver perfectamente los músculos maxilofaciales y sus caninos parecían hiperdesarrollados además de estar manchados con restos recientes de sangre. Mi cerebro ató cabos instantánemente y comprendí que los pinchazos en el brazo de la chica sí eran de jeringuilla pero los del muslo estaban perfectamente alineados por pares...

“¡Mierda! ¡Mierda ¡Mierda! ¡Mierda! ¿Dónde me he metido? Esto no puede ser real. ¿Qué demonios estoy viendo?”

Mi cuerpo estaba bloqueado, sentía las sienes palpitarme como furiosos tambores de guerra, cada poro de mi piel empezó a exudar un sudor frío como nitrógeno líquido.

Esa criatura sentada en el sofá parecía relajada, segura de sí misma, confiada. Al fin y al cabo estaba en su guarida, en su terreno, donde tenía ventaja. Hizo un movimiento brusco, un latigazo de su cuello adelantando la nariz y olfateando el aire.

Por el rabillo del ojo busqué la posición de mis dos escoltas, no dieron señal alguna de estar viendo lo mismo que yo. También me percaté de que no tenían armas en las manos aunque no las tendrían muy lejos. Uno de ellos estaba liando un cigarro y el otro miraba las piernas de la chica tirada en la butaca, sus pantalones eran tan cortos que bien podría haber estado en ropa interior.

— Profesor Grey, al fin le conozco, yo soy Alejandro Torres. Me dicen mis chicos que su material es de calidad y nos está haciendo ganar bastante dinero. Quería darle las gracias personalmente. — No ocultaba su acento latino, hablaba con una voz suave, un poco silbante y algo melosa, el tipo de voz que se utiliza para calmar a un niño o engatusarlo para que se tome el jarabe aunque sepa a rayos. — Le noto nervioso, profesor. ¿Se encuentra bien? ¿Está indispuesto, quizá?

— Bue… bueno... esta reunión ha… ha surgido tan de repente… he pensado que igual había… algún problema... — acerté a tartamudear.

El olor a muerte llenaba el aire, podía sentir la bilis burbujeando en mi estómago y las contracciones del esófago previas a las náuseas empezando a formarse en mi interior. “Concéntrate, no hagas que te maten.”

— Profesor Grey, no hay ningún problema, estamos encantados de contar con su colaboración.

La chica soltó un gemido y su cabeza cayó hacia delante, un hilo de baba blanquecina resbaló por sus labios y se descolgó hasta su ombligo para deslizarse por el piercing de bola de colores psicodélicos que llevaba.

Entonces volvió a suceder.

La chica tenía otro tatuaje asomando por encima de su corto top, le subía desde el pecho hasta el hombro, aunque no podía verlo entero eran una líneas de texto. Igual que antes la tinta empezó a moverse bajo su piel formando nuevas palabras.

“MÍRALE. CONOCE SU SECRETO”

Y lo supe.

El muy cabrón se alimentaba de chicas jóvenes como esa pero antes las drogaba. Necesitaba que la droga estuviese en el torrente sanguíneo de su víctima para poder sentir él los efectos al absorberla, era la única forma en que conseguía sustentarse. La única forma de consumir la droga experimentando sus efectos. Si no lo hacía así experimentaba el síndrome de abstinencia y en alguien como él eso era algo muy peligroso.

No tuve los arrestos para hacer algo ahí mismo, nunca he sido lo que se dice un hombre de acción pero un resorte había saltado en mi cerebro y tenía la convicción de que iba a hacer algo al respecto. Aunque no entendía cómo había sabido cual era la debilidad de ese engendro, el conocimiento había venido a mí repentinamente. Había aparecido en mi pensamiento como una idea que se te ocurre de pronto. El origen de ese saber era tan extraño como los mensajes en los tatuajes de la chica. Y al mismo tiempo ambas cosas me parecían normales.

Seguí con mi trabajo pero empecé a hacer algunas pruebas durante las siguientes semanas, pequeños cambios en la fórmula que hacían que el efecto durase menos, fuese más suave o más sedante. A través de los comentarios de los matones que solían estar con Alejandro seguía los resultados de cómo afectaban esos cambios de composición a la dieta del monstruo.

Hasta que un día llegó mi oportunidad, los matones de Alejandro no tenían tabaco y les ofrecí unos cigarros que previamente había impregnado con un sedante que reaccionaría a la combustión. No me costó descubrir quién sería la chica de la que se alimentaría Alejandro y bajo una conversación casual aproveché para proveerla de unos chicles inoculados con un compuesto que retrasaría los efectos de la droga. Al menos podría darle una oportunidad de salir corriendo y escapar. No creía que fuese a poder hacer mucho más por ella y para aquel entonces aceptaba cualquier descargo de conciencia que pudiese tener.

Cada vez que Alejandro se disponía a alimentarse mandaba a sus matones a fumar para tener algo de intimidad. Cuando ellos salieron y encendieron los cigarros aderezados esperé unos minutos para que el narcótico pudiese hacer su efecto. Después me escabullí del laboratorio hacia la habitación de ese engendro.

No tardé en escuchar sus convulsiones y gemidos de dolor, me asomé con cuidado a la puerta y lo ví en el suelo retorciéndose en agonía. La bolsa del dinero en un butacón y la chica tirada contra el rincón del fondo de la habitación, desmadejada, con el cuello partido en un ángulo antinatural, apoyado en la pared y las piernas dobladas en una pose de dibujo animado.

No podía hacer nada por ella así que reprimí una nausea y seguí con el resto del plan. Fuí hasta el butacón, cerré la bolsa de deporte y me la cargué al hombro. En ese momento una imagen de Alejandro incorporándose y sacando una pistola para apuntarme apareció en mi cabeza, como si estuviese viendo el negativo de una fotografía que ocupase toda mi visión.

Me giré para encontrarme esa misma imagen delante de mí, apenas a un metro el cañón de la pistola de ese monstruo apuntaba a mi cuerpo desde una altura de unos 30 centímetros desde el suelo. No hacía falta ser profesor ni saber mucho de trigonometría o anatomía para tener claro que una bala entrando en ese ángulo podía causar un estropicio horroroso a mis órganos internos.

— ¡AÚN NO! — acerté a gritar, no podía morir todavía, ahora que estaba tan cerca, con este dinero mi familia podría tener una vida digna incluso sin mí.

Mientras gritaba y ya me daba por muerto mis ojos se negaron a cerrarse. Ví la detonación en el cañón del arma y también cómo la bala se desviaba describiendo un ángulo de casi 90 grados. No daba crédito a lo que acababa de suceder.

La adrenalina burbujeaba en mi y me hizo alzar la pierna para encajarle una patada en la mano a ese bastardo. Acto seguido le ví retorcerse de nuevo sobre sí mismo en clara agonía.

Torpemente dejé caer al suelo la bolsa de deporte y me lancé sobre la pistola que había ido detrás del sofá, la recogí y me giré hacia Alejandro.

No estaba ahí.

Era imposible, se estaba retorciendo de dolor, ¿donde se había ido tan rápido?

De nuevo una imagen se superpuso a mi visión, como algo que ya hubiese vivido, ese maldito monstruo caía encima de mi desde el techo. Levante la mirada y ahí estaba, con los dedos clavados en el techo y a punto de dejarse caer sobre mi. Tuve el tiempo justo de levantar la pistola y descerrajarle un tiro directo a la cara. Su cuerpo giró sobre sí mismo y pude oir el inconfundible crujido de huesos de su espalda al estamparse contra el suelo con un agujero sangrante donde antes tenía la cara.

Me aparte un paso y miré a los lados. Me acerqué de nuevo. Le disparé otra vez. A través de la sien. Desparramando sus sesos por el suelo.

En las películas de zombis que Gabriel siempre quería ver lo recomendaban.

Disparé una tercera vez. Por asegurarme.

Me metí la pistola al bolsillo, cogí la bolsa de deporte y bajé al laboratorio trastabillando por las escaleras. Había dejado todo preparado antes de subir. Salí por la puerta, arrastre dentro a los dos matones dormidos y me hice con las cerillas de uno de ellos. Volví a mi mesa, encendí el mechero bunsen y antes de salir volví a abrir la llave del gas. Era innecesario, como mucho una excusa secundaria, lo realmente explosivo y que reaccionaría primero eran los compuestos químicos sobre el mechero de laboratorio pero lo hice de todas formas.

Al día siguiente los periódicos se hacían eco de la explosión en un laboratorio de droga mientras yo empecé a planear cómo iba a gestionar el dinero que tenía en la bolsa de deporte.

 
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from Aita escribe a ratos

Michelle tiene capacidades de ectomante aunque de momento sólo ha conseguido tratar con espíritus. #historiadepersonaje #thedresdenfiles

Despertar semidesnuda sobre una mesa de billar con varias personas alrededor en similar o mayor grado de desnudez asusta bastante. Añadirle un lacerante dolor de cabeza y una laguna total desde unas 16 horas antes, lo hace peor. Encontrar el lavabo, despejarte y descubrir que conoces la fraternidad donde estás y sabes volver a casa ayuda un poco.

Ya me ha sucedido antes y sé que es uno de los precios que tengo que pagar por su ayuda. Empiezo a maldecirme a mi misma por haber caido otra vez pero una punzada en el cerebro me hace dejar el autoflagelo para más tarde, al menos hasta después del segundo café.

La primera vez que me ví en una situación así fue en el primer examen de la universidad. Acababa de cumplir los 18, me había emocionado de más celebrando y tenía la certeza de que no había estudiado lo suficiente. Tuve un ataque de ansiedad delante de la hoja del examen y sin darme cuenta empecé a rezar todo lo que recordaba haber escuchado a mi abuelita cuando era pequeña. Pedí ayuda a Papa Legba, a los loa y a quien pudiera estar escuchando.

Ahí tuve mi primera laguna.

Desperté poco después de amanecer, en las cocinas de la cafetería de la universidad, rodeada de restos de comida y cubierta de migas, trozos y manchas de distintas salsas. Una semana después publicarían los resultados del examen y tendría un aprobado con nota.

Al volver a mi habitación desde la cafetería apenas tuve tiempo de cerrar la puerta y ya estaba sonando mi teléfono. Era mi abuelita, Mambo Sallie, llamándome desde una cabina en la estación de autobuses. Se me había olvidado completamente que venía a verme ese mismo día, así que me duché a toda prisa y fuí a buscarla.

Cuando estabamos sentadas tranquilas tomando una infusión le conté lo que había sucedido y su primera reacción fue encogerse y empezar a gimotear y lloriquear soltando una retahíla en su haitíano materno. La segunda reacción fue atizarme con el bolso en la cara.

Unos momentos después respiró hondo, se calmó y me dijo que ya había presentido que yo había hecho algo que me iba a poner en peligro. Me explicó que yo había rezado a Papa Legba pero que él no siempre respondía y menos a una creyente tan poco asídua como yo. Seguido me dijo que seguramente había conseguido llamar la atención de algún loa del intelecto que no dejó pasar la oportunidad de venir en mi ayuda para antes o después reclamar su pago.

No le conté que ese pagó ya lo había hecho y por eso estaba reprimiendo las nauseas ante cualquier olor a comida.

Mambo Sallie me había hablado cuando era niña de los espíritus vudú pero al crecer yo había pasado a pensar que eran sólo cuentos de viejas. Cómo no iba a saber yo, una universitaria, más que ella que se había criado con esa mitología para enseñar lecciones a los niños en forma de cuentos.

Por eso en mi momento de desesperación nunca hubiese esperado que un loa fuese a venir a mi, asistirme y después cobrarme un precio que no fuí consciente ni de negociar. Había accedido a prestarle mi cuerpo físico hasta el siguiente amanecer. Sin condiciones.

El que vino en mi ayuda tenía fascinación por la sensación humana del gusto, algo que no podía experimentar por sí mismo. De ahí el atracón de comida que me tuvo con dolor de estómago casi una semana.

Finalmente, Sallie me llevó a hacerme el tatuaje de un veve, un símbolo religioso, que permitiría atar a mi lo que llamó una sombra de Kalfu, un espíritu menor que me protegería y me ayudaría a manejar al resto de loa que iban a empezar a rondarme.

 
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from Retales, por @editora

Hoy ha habido una megatormenta en Vitoria con lluvia intensa y ráfagas de viento de 120 km/h que ha tirado varios árboles.

¿Dónde estaba yo justo en ese momento?

Atravesando un parque con árboles que se doblaban como papel.

La verdad es que daba bastante impresión cómo se movían, pero tenía que atravesarlo corriendo (eran solo 2 minutos) para llegar a biblioteca desde la parada del bus y no perderme la charla de Isabel Bono.

Iba pensando, como me caiga un árbol será «muerte por poesía».

 
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from DanielSanz

El bueno de Doclomieu ha tenido a bien añadir una actualización —por así decirlo— a una entrada que escribí hace unos meses titulada ¿Qué quieres ser de mayor? a la cual ya dedicó en su momento una primera reflexión en forma de artículo en su blog.

Al leer ayer su añadido, me inspiró a desglosar un poco en qué fase me encuentro yo y, de esta forma, continuamos retroalimentándonos en el fediverso, que es una costumbre preciosa, todo sea dicho de paso.

En primer lugar, debo decir que llevo varios años meditando mucho sobre estos temas, planteándome quién soy, quién quiero ser y, en esta última etapa, sobre todo, de quién me estoy rodeando o, mejor dicho, qué gente he dejado que me rodee. Porque no hay nada más cierto que los típicos refranes de madres: «Dime con quién andas y te diré quién eres».

Es algo en lo que no pensamos. Más o menos nos movemos a la ligera, tipo «este me cae mal, este me cae bien», aunque también hay otras barreras que trazamos con pensamientos internos del tipo «este es un borde con los demás, pero conmigo se porta bien»… Y, de esta forma, dejamos que transcurran nuestros días, meses y años, amoldando quiénes somos nosotros en base a con quien estamos en cada momento para encajar mejor en el entorno en el que nos encontramos, con miedo incluso a romper esas amistades porque, entonces, a lo mejor nos quedamos solos.

A lo mejor somos unos apasionados del arte, pero —como es habitual en nuestra sociedad actual— la gente que conocemos son aficionados (en el caso de los hombres, por lo menos) a los coches, el fútbol y las tetas gordas. ¿Queremos hablar de arte? «Esa rubia bien preta que va por ahí es arte en movimiento…». Y se acabó la conversación sobre arte. Esto, como es evidente, se trata de una generalización muy simplista, pero estoy seguro de que comprendéis que las tendencias son las que son y, como te salgas de ahí, tienes un serio problema para encontrar con quien conversar.

Lo que nos debemos preguntar es muy sencillo ¿Esas amistades nos aportan algo? ¿Nos ayudan a ser quienes queremos ser? No estoy diciendo que, si son amigos de verdad, los abandonemos. La cuestión es preguntarnos si lo son. En cuyo caso, se les acepta tal como son, igual que ellos nos aceptan pese a que prefiramos mirar cuadros a beber cerveza en una terraza.

Lo dificil es ser capaces de darnos cuenta de en qué situación nos encontramos, si somos felices con nosotros mismos, con lo que hacemos y con nuestro círculo de amistades.

Es muy fácil, pese a ser adultos, salir de nuestro círculo, buscar en nuestra ciudad exposiciones, grupos de debate —quizá a través de Facebook, si es necesario— para intentar conocer a otras personas con aficiones similares a las nuestras.

Por supuesto, esto tampoco garantiza nada. Existe la posibilidad de que sean unos pedantes, desconfiados, que nos juzguen por no conocernos… Quizá sea peor el remedio que la enfermedad y, como reza otro refrán: «Mejor estar solo que mal acompañado».

Aunque esa no es la cuestión. Aquí lo importante es: ¿intentamos mejorar?

Porque ocurre otra cosa muy curiosa, y es que consideramos amigos a gente que, en realidad, no lo es. Se limitan a estar a nuestro lado mientras la balanza de la relación sea favorable para ellos. Y, en cuanto pedimos algo… puf, lanzan una bomba de humo y solo aparecen cuando ya hemos solucionado el problema por nuestra cuenta.

Y no os equivoquéis: no estamos hablando de pedirles dinero, que nos ayuden con una mudanza o que nos donen un riñón, sino incluso con cosas triviales que nosotros, en nuestra ignorancia, jamás hemos puesto en duda que no harían. Porque, a fin de cuentas, son nuestros amigos.

Como también suele decirse «eso es muy fácil decirlo» u otro refrán que me encanta «a toro pasado todo es muy fácil» y ya que estoy con refranes, venga va, uno más «es muy fácil ver la paja en ojo ajeno».

Como ya he mencionado al inicio del artículo yo llevo años meditando sobre estos temas y consideraba que me encontraba en un punto muy bueno. Sin embargo, como siempre ocurre, tiene que pasarnos algo que nos eche sal en la herida para ver las cosas tal como son en realidad.

Como ya he comentado por Mastodon llevo meses desaparecido porque me he centrado en algo que, para mí, era muy importante. Desde pequeño he tendio la necesidad y el terror a la vez de escribir una novela. Son meses de un duro enfrentamiento con uno mismo, decirte que no eres capaz, quien te crees que eres para pensar que puedes escribir una novela, pensar que todo lo que has escrito es basura que no sirve para nada, ganas de llorar constantes, seguidas de alegría cuando crees que has encontrado lo que falla y lo has corregido. Lograr escribir el punto final es un momento de gloria, de descanso no solo mental sino incluso físico y eso se materializó la semana pasada cuando al fin publiqué mi primera novela en Amazon, Secretos Rotos, y —como es normal— lo primero que toca hacer es pedir un favor a tus amigos. Siendo consciente, por supuesto, de que no leen, confías en que te ayuden invirtiendo tres euros en comprar tu novela por el mero hecho de que son tus amigos y ya está. Son solo tres euros, ¿cómo no se van a gastar tres euros en ayudarte?

Pues no lo hacen.

He escrito a más de treinta personas en estas dos semanas. ¿Sabéis cuánta gente me ha ayudado? Tres personas. No está mal el porcentaje, ¿verdad?
Uno incluso me dijo que si podía comprarla, escribirme una reseña y devolver la compra. ¿En serio? Vamos a ver, hay que ser conscientes a quien le pedimos el favor, si somos adolescentes y no tienen un duro, pues es comprensible. O incluso si sabemos que no son personas que van muy boyantes de dinero que digamos… Pero no es el caso, como es lógico, todo son personas adultas con trabajos estables, que viven en España, se van a veranear… Es decir, soy plenamente consciente de que el dineero no es el problema para no hacerme el favor.

Decir que esta situación me decepcionó es quedarme corto. Que a lo mejor el raro soy yo —visto lo visto, todo puede ser— pero, en cualquier caso, lo que me toca es aceptarlo y buscar gente rara como yo. Desde luego no voy a ir detrás de ellos a mendigar que me compren la novela, por supuesto también podría hacerles un Bizum o darles el dineero en mano, pero es que eso agravaría la situación, por lo menos a mi modo de ver. Porque sería, encima, una ofensa hacia ellos.

Si fuese por la calle y me cruzase con cualquiera de estas treinta personas, lo más normal sería que terminásemos sentados en una terraza, tomando unas cervezas, un café o lo que proceda, y me invitarían sin ningún problema. ¿Por qué?

La diferencia es básica: porque a ellos les gusta sentarse en una terraza, tomar algo y charlar un rato conmigo. Incluso aunque la inversión económica por invitarme sea superior a esos tres euros, la percepción que ellos tienen de cómo ha sido invertido ese dinero es que han comprado algo con él, aunque sea charlar veinte minutos y beber dos cervezas.

Sin embargo, comprar una novela que he escrito yo, para ellos, es coger el dinero y tirarlo a la basura. Y es SU dinero. Da igual lo majo que yo sea, lo que les haya ayudado, los favores que les haya hecho… Todo eso es irrelevante. La cuestión es que no quieren desperdiciarlo comprando una novela que además, seguro, es una mierda.

A ellos no les importa el sufrimiento que me haya supuesto a mí escribir esa novela: las noches sin dormir pensando en cómo conectar las tramas, desarrollar los personajes, arreglar huecos y, por supuesto, el orgullo que me supone darla por concluida y publicarla.
Son sus tres euros, y no quieren tirarlos a la basura.

Y me parece bien, por supuesto que sí.

Pero, del mismo modo, yo no quiero estar rodeado de ese tipo de personas. Porque yo no dudaría un segundo en invertir dinero en algo que, para mis amigos, sea importante. Aunque por supuesto todo tiene un lado positivo, tan solo hay que saber encontrarlo y, en este caso yo lo he hecho. Por tan solo tres euros he sabido diferenciar a los que son amigos de los que no.

 
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