Escritura Social

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from Caparrazón

La floración del almendro es una de los fenómenos naturales más bellos que se pueden presenciar en Alicante. Bancales infinitos, secos, gobernados por las tonalidades marrones, de repente se tiñen de blanco y rosa, y nos recuerdan que el invierno siempre acaba, que la vida se abre paso y que los días vuelven a ganarle el pulso a las noches. Sin embargo, yo no he apreciado de este fenómeno hasta hace unos pocos años. Para mí, los almendros siempre han sido árboles ásperos; con sus pequeñas hojas y frutos verdes que a lo largo del verano se secaban para dar lugar a un ritual de infancia. Varear y partir almendras con piedras era una forma de compartir tiempo con mis abuelos. El escenario de este ritual era la casa que nuestra casa del Maigmó.

Allí, en parte baja de la sierra, cruzando la autovía por la carretera de la gasolinera, he pasado toda mi infancia. Porque la infancia de uno, si lo piensas, son los veranos, los eternos veranos en los que mi escuela eran una pelota, mi bicicleta, el club Megatrix y, precisamente, los almendros. Yo, que nunca he sido un gran imaginador, al menos que recuerde, incluso intente forzarme a ser amigo de uno de ellos. Como aquel personaje de Ed, Edd y Eddie que tenía una fuerte amistad con una tabla, durante un verano, a mis ocho o nueve años, subía diariamente a ver a mi amigo, el Almendro Miki (de Mickey Mouse, supongo), una suerte de acompañante que siempre me atendía cuando mi hermano pequeño ya no me proporcionaba divertimento. Ahora que lo pienso, no creo que fuera casualidad que eligiera un robusto y cercano almendro (el que estaba justo frente a la escalera que subía al 'Bancal de Arriba') como amigo imaginario, y no una tabla o una rama. El desarrollo de mi responsabilidad afectiva durante el primer tercio de mi vida fue bastante deficiente, patriarcal; por lo que yo, hombre, veía incoscientemente más factible hacerme cargo de la amistad con un almendro. Miki siempre había estado allí, insignificante testigo de mi vida. Ignorado durante años, esperando a que ese niño risueño y complaciente se acercase a él. Yo subía cada mañana a ver como estaba el almendro, le contaba qué había desayunado o qué le había pasado a Goku esa mañana. Miki dejaba que yo subiera a sus ramas y desde vigilábamos juntos lo que hacían y deshacían mis abuelos. Ese año Miki y yo fuimos los mejores amigos.

La relación con Miki, sin embargo, fue fugaz, y apenas ese verano. De hecho, ese fue uno de los últimos veranos que pasaría en la casa del Maigmó. Un verano después, ya tenía más interés en los videojuegos que en el bancal. Una suerte de nece(si)dad que mis padres obraron en su ardua tarea de conquistar el amor de su hijo con cosas que nos llenasen el alma durante el tiempo que ellos pasaban fuera trabajando. Tarde años en darme cuenta de que mi vacío interior no se puede llenar con cosas. Más bien son como un vinilo opaco que no deja ver lo que se nos mueve dentro. Pero esta no es la historia del niño que abandonó la tierra por culpa de los videojuegos. Es la historia de una familia que renunció a la poca identidad que tenía porque, paradójicamente, nunca se creyó parte de nada. Nosotros éramos el Maigmó, el sueño de un abuelo trabajador y distante, que compro un terreno y levantó una casa con el sudor de su frente; robándose el tiempo de calidad junto a su familia para levantar un austero tempo al que escapar, para respirar y compartir. Y los sueños acaban. De repente despertamos, porque mis padres decidieron comprar un chalet con piscina, mucho terreno y grandes posibilidades. Tan grandes que acabaron aplastando a la casa del Maigmó. Mis abuelos, desconcertados, decidieron que no era necesario una ermita si no había feligreses que la llenasen con su esperanza. Perdieron la fe en aquello que construyeron, se echaron a un lado, y sucumbieron al desarraigo proletario. Ese sentimiento nos hace pensar que no formamos parte de nada porque lo que tenemos es pequeño y de corto recorrido; mis abuelos, con menos de 55 años, decidieron amoldarse a los deseos y anhelos de mis padres y vender la casa del Maigmó al hijo de un vecino de la sierra.

Con esa venta, sin darme cuenta, se fue un trocito de mí. Un trocito que llama a la puerta de mis entrañas a menudo porque se siente solo, invalidado, silenciado e poco merecedor de bancal, de sierra, de aire limpio. Un niño escondido que sueña, con volver al Maigmó, y al que estoy escuchando con atención y dando la mano para, en cuanto tengamos la fuerza suficiente, volver a formar parte de otro templo austero que huela a tierra seca y romero; uno en el que hundirse hasta los tobillos al caminar por sus jardines; uno en el que sentir que los almendros son algo más que una excursión en febrero para hacer fotos con el móvil. No necesito que sea mío, ni que sea nuevo. Solo habitarlo para conectar de verdad con ese niño que fui para poder conectar de verdad con los niños que vienen.

 
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from My Favorite Things

#La máquina del tiempo

Falta el aire, falta el amor, en Japón el amor es rápido y transcurre en cápsulas opacas.

No montan a caballo y se abrazan y se quedan dormidos.

La escritora nunca ha estado en Japón pero le encantan las algas wakame aunque ni siquiera sabe si son algas verdaderas ni tampoco lo que significa wakame.

Sigue tecleando en su máquina de escribir: así cree que su huella será mayor y que el tiempo se detendrá.

Teclea con tanta fuerza que traspasa el folio de papel, lo rompe con violencia,

vuelve a fijar los mensajes de amor a su hijo a su marido y a su padre y a su hermana y a su perra,

y sale a dar un paseo en busca de algún árbol.

 
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from My Favorite Things

#Tel Aviv

Y una bomba de extraordinarias dimensiones alcanzó el centro de Tel Aviv.

esta vez el escudo antimisiles no pudo hacer nada

los servicios secretos jugaban al Backgammon

eran las doce de la mañana y

había gente haciendo barbacoas y bailando la canción de Eurovisión

cerca de los edificios Bauhaus

niños en el colegio saltando de alegría porque hoy empezaban sus vacaciones

había bebés naciendo.

había cordones umbilicales recién cortados con hermosos llantos de alegría

Había parejas haciendo el amor.

Había ancianos en las residencias jugando al Scrabble.

Había visitas de altos, importantes, los más importantes, mandatarios internacionales en Beit Aghion, en la esquina de las calles Balfour y Smolenskin en Jerusalén.

También había colas para entrar a la oficina del paro.

Había monumentos que honraban a las víctimas de la barbarie del Holocausto y rezos lejanos.

Había besos en la mejilla y abrazos de treinta segundos.

Había niños en bicicletas portando globos de colores vivos.

Había mucha gente gritando por todas partes y alarmas antiaéreas.

Hoy a las doce de la mañana cayó una bomba de extraordinarias dimensiones en Tel Aviv.

 
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from Aita escribe a ratos

Irina es una aleamante, tiene el poder de influir en la suerte. #historiadepersonaje #thedresdenfiles

Una sonrisa maliciosa bailó en los labios de Irina mientras sacaba, rápidamente, de un doble fondo de su bolso Michael Kors la pequeña pistola.

— Ya había oído que no la sabías meter. — Dijo Irina con todo agudo y burlón — Mira que es mala suerte que la pistola no te responda en un momento como este. Puede que sólo sea una rubia tonta pero hasta yo sé ver cuando el cargador está descolgado. Apenas unos milímetros, casi imperceptible, pero suficiente para que la corredera no consiga arrastrar el primer cartucho y no haya bala que disparar.

El sicario hizo el gesto de avanzar hacia ella, la gravilla crujió bajo su zapato y quedó silenciada por el disparo de la Walter PPK, una pistola de dimensiones reducidas pero tan letal como el modelo más grande y ahora inútil que tenía en la mano el hombre.

El impactó lo hizo girar sobre sí mismo, se encojió durante unos instantes y enseguida volvió la mirada hacia Irina para ver por qué no lo había rematado. Seguramente no sería la primera bala que encajaba ya que apretó la mandíbula mientras se sujetaba el brazo herido y la miraba fijamente con ojos furibundos a la par que interrogantes.

Ella se acercó lentamente mientras sacaba algo del bolso con la mano libre, sin dejar de apuntarlo con el arma humeante, y metió un fajo de billetes en el bolsillo de la americana de su frustrado asaltante.

— Ahí tienes suficiente como para pagarte un médico que te arregle el brazo, unas vacaciones y un par de botellas que te ayuden a olvidarte de mi. — Le aclaró Irina con el tono alegre con que mandaría a un niño a comprar chucherías.

Llevaba tiempo queriendo dejar Montecarlo y por eso esta noche se había dejado llevar un poco más. Sabía que antes o después alguien se daría cuenta de que estaba ganando mucho en el casino e iba a saltar alguna alarma, pero no esperaba que un local tan lujoso se rebajase a algo tan burdo como mandar un gorila con una pistola para deshacerse de ella en un callejón.

Cuando era una pequeña devushka nunca le faltó de nada. Padre tenía un buen trabajo como operario de pista en el aeropuerto Sheremétievo de Moscú. Trabajaba muchas horas pero la pequeña Irina se entretenía paseando por las tiendas del aeropuerto hasta su hora de salida. La fascinaban sobremanera los carteles de perfumes y joyas, aquellas mujeres preciosas, la ropa, el estilo de vida glamuroso y de ensueño.

Cuando al fin Padre considero que tenía una edad adecuada la permitió apuntarse en la escuela de modelos. Irina sabía que ese era el primer paso para su vida soñada. Enseguida supo también que no era la más guapa, ni la que tenía más talento de la escuela pero sí la que iba a conseguir su meta.

Trabajó duro durante meses, aprendió modales y etiqueta, postura y lenguaje corporal, maquillaje y visagismo, dicción e inglés, absorbía toda la información con avidez. Cuando llegó el primer trabajo para las chicas de su perfil seleccionaron a otra chica.

Finalmente llegó su oportunidad cuando en la escuela de modelos hubo un sorteo entre las mejores de la clase para seleccionar cual iría a un trabajo en París. Lo deseó con mucha fuerza y fue su nombre el que salió elegido.

Desde el pasillo escuchó a Yulia decir a sus amigas más íntimas que no era posible, que ella había amañado el sorteo y aún así no había ganado.

Desde ese trabajo Irina no ha vuelto a pisar Moscú.

 
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from Aita escribe a ratos

Historia de personaje para el juego de rol The Dresden Files. Howard es un criptomante, un talento menor capaz de descifrar cualquier código, encriptación, trampantojo o mensaje oculto. #historiadepersonaje #thedresdenfiles

Howard se había disociado sin darse ni cuenta. Su mente estaba flotando sobre su cuerpo mientras sus ojos se habían quedado fijos en la pantalla del escritoria que tenía un par de metros delante de él.

— ¿Qué miras, imbécil? — Null1@ sacó a DuckM4n, el nombre de hacker de Howard, de su ensimismamiento con su tacto y dulzura habituales. — Ni esto no es una película ni tú eres Hugh Jackman, nadie te va a tocar tu zona especial.

Al volver a enfocar la mirada tenía a la única mujer del grupo increpándole en otra exhibición de su agresivo carácter. Howard tenía un don para descifrar códigos y encriptaciones pero las personas le descolocaban. Estaba más acostumbrado a la soledad de su habitación, donde podía quedarse embobado mirando a un punto fijo e indefinido de la pared mientras su cerebro vagaba sin rumbo.

La ropa de Null1@ decía bastante de ella: vestía principalmente de cuero, alternado con pinchos y tachuelas, además de rejillas asomando por los estudiados cortes hechos en las pocas prendas de tela que llevaba ocasionalmente. Daba la imagen de dura y agresiva, reafirmada en su arisco modo de relacionarse con cualquiera pero a la vez requería atención y que su presencia fuese percibida.

— Lo que hagáis en vuestro tiempo libre me la suda, pero aquí el puñetero reloj sigue corriendo, ¿estamos? — El señor Smith, un sobrenombre sin pizca de originalidad, siempre estaba presionándoles. Les pagaba muy bien pero les exigía en proporción geométrica.

Howard había encontrado el trabajo resolviendo un algoritmo, escondido en una página web a la que llegó tras descubrir un código oculto en una oferta de altavoces de segunda mano. Pensó que era una opción tan mala como cualquier otra para salir unas horas al día del sótano de la casa de sus padres. Ahora que ya no estaban necesitaba alguna razón para ir al exterior y tener un mínimo de interacción humana o al menos aire fresco.

Aquello iba de hackers haciendo lo que mejor saben hacer. A veces robaban información para chantajes, otras se colaban en redes gubernamentales para conseguir objetivos más jugosos. Los demás le tomaban por un idiota, un cerebrito con miedo a pisar la calle pero los superaba de largo a todos delante de la pantalla. Para él era fácil, como leer un libro infantil.

Un día Null1@ apareció con una revista en la mano y gritando más de lo habitual. Abrió la puerta del despacho del Señor Smith de una patada y empezó a gritarle cosas desagradables, lanzó amenazas que pretendían ser, de alguna forma sutiles, pero eran totalmente directas y finalmente gritó que dejaba el trabajo. Acto seguido se marchó.

Un rato después Howard escuchó una conversación mientras fingía uno de sus momentos de disociación. Lo que había hecho explotar a Null1@ era la noticia de una actriz joven que se había suicidado por una supuesta filtración de fotos íntimas.

Esa noche Null1@ abordó a Howard mientras esperaba el autobús para volver a casa.

— Conocía a esa chica. — le dijo — Fue cosa nuestra, se lo hicimos nosotros.

Las lágrimas brotaban de sus ojos que ya parecían velas negras derretidas. Howard no supo reaccionar, se limitó a escuchar y acceder a dejarla que fuese a casa con él, tenía miedo de estar sola.

Preparó cena para los dos, ella seguía llorando de forma intermitente y le hablaba de su vida. Cómo fue una chica rarita en el instituto, cómo devoraba las revistas de informática y se marchó de casa a los 17 para buscarse la vida.

Finalmente se quedó dormida en el sofá. Howard la tapó con una manta y se bajó a su cama en el sótano. En mitad de la noche un golpe en la escalera le despertó. Null1@, completamente desnuda, se metió en su cama y comenzó a besarle. Casi parecía que pretendía devorarle, había ansiedad y necesidad en la forma en que apretaba sus labios contra los de Howard y en la forma que pegaba su cuerpo contra el suyo.

A la mañana siguiente ella ya no estaba.

Sin acabar de entender muy bien qué había pasado la noche anterior, Howard se puso en marcha hacia el trabajo como todas las mañanas. Poco antes de llegar pasó junto a un callejón cerrado con cordón policial e iluminado por luces azules en movimiento. Había una sábana en el suelo de la que asomaba una mano de mujer con las uñas negras y una pulsera de pinchos en la muñeca.

Algo se rompió dentro de Howard en el instante en que las piezas encajaron.

Unas semanas más tarde Howard contactó con el FBI, hizo un trato y les entregó a toda la organización. Alguien en la agencia reconoció el talento de Howard y se tomó las molestias de entrevistarlo fuera del caso para evaluar su potencial. Con su habilidad para descifrar cualquier código, encriptación o lenguaje de programación, en cuestión de semanas estaba contratado como analista.

Pero después de los primeros años empezó a notar un patrón. Sus compañeros obtenían méritos y ascensos mientras que él seguía en el mismo puesto. Era el mejor, capaz de conseguir resultados que equipos enteros no lograban pero la agencia no le promocionaba, quería exprimirle.

Igual que había hecho el Señor Smith.

Entonces Howard tomó la decisión de escapar.

Unos pocos clics en la dark web le consiguieron las pastillas, la habitación de hotel con el minibar repleto y los horarios de limpieza de las habitaciones. Tenía todo perfectamente controlado. Fue fácil, doloroso, pero fácil.

Un lavado de estómago después, Howard estaba de baja por depresión. La paga de la agencia mantenía sus necesidades cubiertas pero era el momento de hacer algo diferente por sí mismo.

 
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from Aita escribe a ratos

Historia de personaje para el juego de rol Cazador: la venganza. #historiadepersonaje #cazadorlavenganza

¿Qué me llevó a acabar cuidando árboles en Frafjordheiane? Te lo voy a decir: dos ojos azules como zafiros, una cabellera rubia como... como una pinta de cerveza fría y unos pech... bueno, resumiendo, una mujer. Una preciosidad nórdica que conocí en la tienda de suministros de caza y pesca que hubo toda la vida debajo de casa de mis padres. La muchacha había ido a Stonehaven como au-pair a través de una agencia para pasar el verano mejorando su inglés y conociendo Escocia.

Jodida suerte la mía que a sus amigas les apeteciese hacer un fin de semana de acampada y entrasen en la tienda a comprar suministros el mismo día que se rompió mi maldita hachuela. Joder, me preguntó por los hornillos de campaña con ese acento suyo que no me eché a reír porque tenía la mandíbula desencajada de la impresión de ver semejante valquiria sonriéndome.

Llámalo destino o llámame el hijop... ejem... más afortunado de todo el noreste de Escocia, pero conseguí enlazar dos frases con algo de sentido y me enteré de dónde iban a acampar. Después de eso no me costó mucho dar con la oficina de guardabosques más cercana. Me cobré algunos favores, ganados a base de pagar pintas, y me aceptaron como “ayudante en prácticas” para ese fin de semana.

Un par de encontronazos en el bosque más tarde, alguna demostración de mis habilidades de supervivencia y varias botellas de cerveza fueron los ingredientes necesarios para llevarme a probar esa carne, blanca como la nieve, que me traía tan loco que casi me había olvidado de comprar una hachuela nueva.

Lo que no había calculado fue que, al final del verano, iba a acabar tan enganchado de ése ángel norteño que el solo susurro de la posibilidad de irme con ella, a su tierra, sería suficiente para acabar viviendo en un pueblo a 30 minutos de la estación forestal de Frafjordheiane.

Dos años después éramos marido, mujer y un enorme bombo que no paraba de crecer.

Nunca tuve muy claro cuándo llegó Wolf a nuestras vidas. Apareció un día meándome la rueda del coche, me siguió hasta casa y ya no se fue. Wolf era nuestro perro. Bueno, perro lobo en realidad. Una mala bestia enorme de pelo más tupido que el de mis pelotas. Berit, mi mujer, le puso el nombre Wolf. Ella decía que le hacía gracia porque era lo que era y además se parecía a mi nombre. Así que a veces me tocaba los coj... la moral, vacilándome con si llamaba al perro o a mi.

Pasé de cubrir bajas a tener una plaza fija en la estación forestal de Frafjordheiane. El tiempo siguió su curso y llegó la pequeña Karin. Junto con su hermana Kristin y mi mujer Berit formaban mis propios ángeles de Charlie, en versión Noruega.

Qué cosas, contado así parece que tuve una vida de maldito cuento de hadas... Igual es que la memoria lo maquilla pero tampoco le voy a dar muchas vueltas. Me gusta recordarlas así. Mejor eso que revivir el último viaje a Stonehaven.

Fuimos en verano. Karin había cumplido 3 años y Kristin iba a hacer 7 en menos de un mes. Nos acercamos a ver a mis padres y queríamos ir de acampada al mismo sitio donde nos enamoramos. Sensiblerías de mujeres, pero con todo lo que me daba Berit en esta vida, era de lo menos que podía hacer por ella.

Pasamos un par de días con mis padres y luego fuimos a acampar. Después de preparar la tienda y todo el aparataje en el que bautizamos como Nuestro claro, dejé a las chicas preparando la cena mientras me acercaba un rato a la estación forestal. Quería tomar una cerveza con mis antiguos compañeros para recordar viejos tiempos.

Cuando volvía hacia nuestro claro pasé por detrás de un barracón. Estaba ocupado por un grupo de chavales de un colegio, o algo así, según me habían dicho en la estación. Lo recuerdo porque me pareció curioso que, para ser críos de entre 8 y 14 años, estuviese todo tan en silencio. Esos mocosos suelen armar más bulla que los hooligans en día de partido, pero no le dí mayor importancia.

Unos metros más adelante noté algo raro en el aire. Un aroma ferroso que enseguida me inundó las fosas nasales. Estaba oscuro y la luz de la luna me dejaba ver lo justo para ir por el sendero sin caerme. Empecé a maldecir y saqué la linterna. En maldita la hora...

En cuanto la levanté lo primero que ví delante mío fue un charco negro. Primero pensé que era barro, pero enseguida descubrí que era sangre. Se me helaron las venas. Levanté la cabeza y ví a Berit. Tirada y maltrecha sobre un arbusto unos pocos metros más adelante. Tenía la garganta desgarrada y abierta hasta vérsele la tráquea. Un poco más allá, por un momento, todo se mantuvo en silencio. Nunca habría dado crédito a lo que ví.

Era una auténtica carnicería. Una sangrienta batalla entre críos. El mayor de ellos no tendría más de catorce años. Al levantar la linterna y enfocarles la luz se volvió más brillante. Hubo un intenso fogonazo que iluminó todo. Entonces pude verlo. Algunas de esas criaturas no eran niños. Eran cosas, cosas con, con forma, con forma de niño, pero tenían la piel verde. Estaban cubiertos de las verrugas más asquerosas que había podido ver nunca. También tenían uñas como mejillones; eran negras, afiladas y ensangrentadas. Los otros, los otros niños, ellos tenían; aún hoy me parece que todo fue una mala pesadilla.

Los niños, pero los que parecían de verdad tenían espadas. Algunos tenían de esas mazas medievales con una bola arriba y pinchos. Por un momento habría jurado que alguna de las espadas incluso estaba ardiendo.

Fue algo, algo totalmente dantesco. Algo que no podía creer. No conseguía entender del todo lo que estaba viendo hasta que las ví a ellas. Allí estaban Karin y Kristin, la mayor había cogido una sartén y acababa de golpear a una de las criaturas verdes. La había hecho girar sobre sí misma, derribándola. Fue la fracción de segundo más larga de mi vida, pero juro que se me hinchó el pecho con orgullo de padre. Mi hija estaba luchando para defender a su hermana. En ese momento mi cuerpo experimentó un desbloqueo y supe que debía reaccionar.

Sentí un hormigueo subirme por el estómago. Mis piernas no esperaron a mi cerebro y se lanzaron a correr hacia las niñas. Una sombra oscura me adelantó y el destello de unos dientes desmadejó, por segunda vez, a la criatura que Kristin acaba de derribar.

Cuando estaba llegando a mis pequeñas extendí los brazos para, coger a cada una con una mano y, llevármelas a la carrera de ahí. Estaba a punto de rozarlas en el momento que un peso repentino me hizo bajarlos. Me desequilibró hasta el punto de tropezar y rodar por el suelo. Menos mal que un árbol tuvo a bien frenarme, regalándome un latigazo ardiente por toda la espalda.

Giré sobre mi mismo. Me incorporé y sacudí la cabeza para descubrir a uno de esos asquerosos bichos. No sabía ni cómo llamarlos. Este estaba plantado ahí, delante mío. De su boca asoman dientes mellados como los de un yonqui, pero afilados y rezumando una especie de limo oscuro, denso y con olor a cloaca.

Apenas un par de metros más atrás ví el cuerpo de un niño tirado en el suelo. Tenía la espalda ensangretada por tres cortes abiertos, largos y profundos. Volví mi atención al monstruo y me dí cuenta de 2 cosas: lo tenía casi encima y venía con la mano, la garra, lo que fuese que tenía al final brazo, levantado por encima de la cabeza. Entre sus uñas negras y melladas, como cuchillos viejos, había algunos pequeños retales de la camisa de ese pobre crio.

Por el rabillo del ojo pude ver a Wolf siendo rodeado por tres de esos gremlis pelones, mientras protegía a las niñas. Sabía que en ese mismo momento no podía hacer nada por ellas. Ya que estaba a punto de ser apuñalado por un bicho salido de una película de serie B de los 90. La impotencia hizo estallar la bilis de mi estómago. El monstruo que tenía delante se acercaba cada vez más rápido. Venía exhibiendo una sonrisa sádica y con ese limo oscuro rezumando de sus labios.

Levanté los brazos para cubrirme al tiempo que gritaba de pura frustración: “¡¡NOOOOOOOO!!”

De la garra de la criatura empiezaron a saltar chispas. Era como aquella vez que metí papel de aluminio al microondas. Impulsada por una fuerza repentina la garra salió disparada hacia atrás. El maldito bicho verde salió volando a remolque mientras su cuerpo emitía pequeñas llamas azuladas.

No se cómo, pero me convertí en el jodido centro de una explosión. Todas las demás criaturas salieron también despedidas por el aire varios metros.

Durante un segundo todo fue calma y silencio. Quedaban en pie unos siete niños. Otros tres o cuatro estaban tirados en el suelo, pero aún se movían. Recuerdo que Wolf dejó escapar un gemido canino. Me miró con una expresión casi humana que parecía decir: “¿Pero qué ha sido eso?”.

— Es un Defensor. — Escuché que decía uno de los chavales. — Sí, pero es un adulto. — Respondió otro, de los mayores.

Los niños se organizaron rápidamente. Sin palabras. Como si lo hubieran estado ensayando. En los segundos siguientes cada uno de los caídos fue levantado por otro. Los tres restantes, los más mayores, formaban en actitud de protección. Vigilaban todo el perímetro preparados por si volvían los bichos.

Me levanté. En dos zancadas estaba junto a Karin y Kristin. Acaricié la cabeza de Wolf, que no perdía de vista a los críos ni los arbustos.

El que parecía el mayor de los chavales se acercó.
— Vamos a nuestro barracón — me dijo con voz queda —. Venid con nosotros. Será más seguro permanecer juntos. De momento.

Miré al chaval y seguido desvié la vista hacia mi mujer. Su cuerpo estaba desmadejado sobre el arbusto. Volví a mirar al muchacho un instante después. Hizo un leve gesto de asentimiento. Me acerqué hasta el cuerpo de Berit mientras giraba la cabeza para no perder de vista a Karin y Kristin. Wolf estaba delante de ellas, en el mismo sitio que ocupaba yo un momento antes. Su postura dejaba claro que no permitiría que nadie se acercase a las niñas. Juro que ese bicho era el hijo que nunca tuvimos.

Besé la fría frente de Berit por última vez. Saqué el anillo de boda de su mano inerte. Con movimientos casi mecánicos me quité la chaqueta y la tapé con ella. Me despedí con un suspiro y una lágrima que se arrastró por mi mejilla. No tenía tiempo para más. Esos bichos podían volver en cualquier momento y yo tenía que poner a salvo a mis hijas.

Al darme la vuelta me encontré con el grupo de chavales ya reunidos. Habían recogido a sus heridos y estaban cerca de mis niñas. Ellas estaban agarradas al pelaje de Wolf, como hacían en casa cuando algo las asustaba. Recogí mi linterna del suelo, la encendí y les seguí en silencio hasta el barracón.

De vuelta en el refugio pude ver cómo se organizaban. Parecían una maquinaria bien engrasada. Un par de los mayores, que según parece se habían quedado en el barracón, empezaban a atender a los heridos. Les limpiaban los cortes con desinfectante, aplicaban pomadas y ponían gasas y vendas.

Karin estaba muy callada y tan sólo se mantenía abrazada a Wolf. Enterraba la cara en el cuello peludo y sollozaba. Kristin miraba a todos lados. Seguía con la sartén en la mano. No parecía asustada, estaba alerta.

En las siguientes horas, las dos cayeron dormidas. Yo aproveché para hablar con algunos de los chicos mayores. Me explicaron que el mundo no era como había creído hasta ahora. Me dijeron que, para mi desgracia, había sido despertado a una realidad atroz. Me costó entender cómo estaban tan seguros de que lo sucedido no tendría ninguna repercusión en los medios. Me contaron que ya lo habían vivido antes. Que como mucho el periódico local escribiría una columna en la página cuatro. Hablaría sobre el desgraciado caso de una mujer atacada por un oso. Y poco más.

— Las personas normales no quieren creer que existen cosas como las que has visto hoy. — Dijo uno de ellos.

No me hablaron mucho sobre ellos. Apenas me contaron que eran huérfanos. Que eran como yo porque en su momento también se toparon con algún terror sobrenatural. Y que en aquel momento de alguna forma descubrieron que tenían capacidades, o poderes, o como quieras llamarlo. También me dijeron que al amanecer se habrían marchado.

Los meses siguientes fueron muy duros. Mis compañeros de la estación forestal de Frafjordheiane me transmitieron sus condolencias. Mis jefes me comunicaron poco después unos recortes de presupuesto que hacían innecesaria mi reincorporación. Me instalé con las niñas en casa de mis padres. Según pasó el verano me dí cuenta de que sin Berit y sin mi trabajo no estaba seguro de querer volver a Noruega.

Karin se volvió muy callada y se sobresaltaba por casi todo. Kristin se seguía comportando casi igual que siempre, excepto porque se había vuelto más agresiva y desconfiada.

A finales de verano aparecieron unos hombres en nuestra puerta. Tenían la típica pinta de agentes del gobierno de las películas. Querían hablar conmigo sobre lo sucedido en el bosque. “El desafortunado incidente en el que falleció su esposa”, lo llamaron.

Al principio estaba reticente. Seguía en duelo por los recuerdos y nervioso. Enseguida las preguntas que me hacían se fueron volviendo extrañas, hasta que fuí consciente de que esos dos tíos sabían acerca de lo que realmente sucedió.

Me hablaron sobre la compañía a la que representaban. Y me ofrecieron una entrevista de trabajo.

 
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from Lo necesario imposible

Bisturí y venda y bálsamo. Territorio árido para la verdad húmeda. Huevo y germen. Cuando todas las semillas pertenecen a una empresa, cuando hasta nuestros dueños tienen amo, la poesía nos señala lo que hacemos con demasiada insistencia. Tanta que a veces nos rompemos o perdemos la condición de seres capaces de hacer una voluntad por descubrir. En lo difuso suele esperar lo posible.

LOS OBSTINADOS

despeñarse garganta abajo desdecir la boca cuartel reserva descolgar los galgos de la rama despejar el tejado de carcasas de paloma desentrañar lo terso

insistimos en vivir aturdidos desde el canal horadado en la cultura repetimos la palabra sangrada hecha roca hecha astilla hecha trizas hecha para deshacernos hecha final coda puntilla peso lastre fondo zanja fosa sima

insistimos

desgañitarse de silencio destripar la historia del poso desteñir la piel extraer la atracción destapar todas las alcantarillas dejar el aguijón en el cinto

sabemos podemos tenemos derecho a un afuera a la renuncia a marcharnos a la lumbre machete en la noche a alimentar alimañas a dejarnos devorar por lo desconocido


#poesía #revisiones

 
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from DanielSanz

Ya he comentado por aquí en alguna ocasión que mi pasión desde pequeño es la literatura. Como es lógico, en un primer momento fui un devorador de todo aquello que pillase. Ya de adulto soñaba con escribir, me atreví con algún relato, cuento corto, pero nunca pasé de ahí. ¿Quién me creía yo para escribir una novela?

Hace ya un par de años dije que eso se acabó, que yo iba a escribir una novela en seis meses y punto. Lo hice y el resultado fue un desastre... pero lo hice. Unas 50.000 palabras creo que fueron.

El año pasado comencé a escribir ideas sueltas, un prólogo un día, luego un par de capítulos, los borraba, escribía otra cosa... ni tan siquiera yo sabía lo que estaba escribiendo, tan solo hacía pruebas. Al final, para diciembre creí saber lo que estaba escribiendo. Borré muchas cosas, capítulos enteros, y cambié por completo la esencia de la novela. Tuve unas primeras 70/80 páginas con cierto sentido que entregué a unos lectores cero para ver si, en esta ocasión, alguien más aparte de mí podía comprender lo que estaba escribiendo. Y bueno, no estuvo mal, dijeron que estaba bien, entretenido, que tenían ganas de saber lo que continuaba... excepto uno que me dijo que no le decía nada, que se le hacía difícil leerlo y que no le transmitía nada.

Y eso, fue una bendición.

Comencé a leer y releer lo que había escrito, pensar qué fallaba: mi lenguaje enrevesado, las transiciones, cómo mostrar el mensaje. Reescribí esos seis capítulos por completo, lo volví a leer y releer y los volví a reescribir por completo y se lo entregué de nuevo... Y esa vez sí, dijo que era más fluido y se lo leyó del tirón.

No sé qué, pero algo había aprendido.

Continué escribiendo, cuatro o cinco capítulos más y me quedé atascado, algo pasaba... Me volví a leer todo, borré capítulos, volví a reescribir y avancé otros cuatro o cinco capítulos... Y así sucesivamente: avanzo, paro, borro, añado, reescribo y al fin soy consciente de lo que estoy escribiendo, del mensaje que quiero transmitir, a dónde quiero llegar y cómo quiero llegar hasta él. Y es una sensación maravillosa.

No solo eso, sino que además por primera vez noto que soy capaz de plasmar con letras el mensaje que tengo en mi mente y que quiero hacer llegar al lector. Ahora tengo unas 250 páginas de la novela. Iluso de mí, creía que en dos o tres semanas ya terminaba y, con suerte, eso será en tres o cuatro meses.

Pero me da igual porque ahora, por primera vez, sé que lo que estoy haciendo está bien, es bueno y funciona sin necesidad de que tenga que decírmelo alguien. Hace unas semanas volví a entregar lo que tengo actualmente a los lectores cero para ratificar que voy por buen camino... y les ha encantado, tal y como yo dije que pasaría comenzaron a leer y no pararon hasta terminar... Y eso es una sensación maravillosa.

También hay aspectos clave de autoconocimiento. Escribo porque es la única forma de expresar de forma completa a través de múltiples personajes lo que siento, pienso y creo. Porque como seres humanos las cosas no son blancas o negras. La gente no es buena o mala, hay múltiples puntos de vista, necesidades. Y en una conversación eso no se puede expresar, ¿no os ha pasado alguna vez que estáis debatiendo con algún amigo y tenéis que decir tantas cosas para rebatirle que, simplemente, os quedáis sin decir nada? A mí sí, demasiadas, y esta novela es ese grito de todo aquello que siempre he querido decir y nunca he sabido cómo hacerlo.

Así que, de nuevo, toca un último empujón. Vuelvo a desaparecer durante varios meses hasta que termine la parte final... O no, a lo mejor tengo que hacerlo de nuevo en dos bloques, ya veré.

La cuestión es que, por primera vez, puedo concentrarme al cien por cien en lo que estoy haciendo, puedo pegarme horas enteras escribiendo, pensando, leyendo concentrado en mi proyecto y es una sensación maravillosa que jamás había experimentado.

Tengo 46 años, he leído miles de libros, decenas de ellos sobre cómo aprender a escribir una novela. Jamás he aprendido nada sobre cómo hacerlo. Lo único que realmente me ha ayudado a aprender a escribir es necesitar hacerlo.

 
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from My Favorite Things

#Dia del trabajo

Ser camarera y que te miren el culo solo porque lleves unos pantalones un poco ajustados.

Hoy es Primero de mayo, Día del Trabajo y los borrachos me miran el culo, me miran las piernas, me miran las tetas.

Llevo ya así un buen rato, casi desde que empecé mi turno. Mi jefe me mira desde la puerta como diciendo: mejor no digas nada, estamos haciendo una buena caja, mientras da una calada al cigarro.

Me pagan una mierda y no puedo hacer otra cosa salvo mirar para abajo en dirección a la bandeja, donde sirvo tristes gintonics o cosas peores, tratando de no perder el equilibrio mental y físico.

Que sepas que los pantalones que llevo son del Primark porque no me puedo permitir otros, y casi siempre son los mismos.

Pero sí, me quedan que te cagas.

Anochece y casi no queda nadie en las mesas de la terraza: solo ese grupo de borrachos que no deja de mirarme y de pedir más y más. Estoy excediendo de sobra mi horario de trabajo.

Vamos a apagar las luces del bar porque ya no hay nadie, les digo.

Hay uno de ellos bastante guapo. Es uno de los que más me mira, de arriba a abajo. Se queda solo. Sus amigos se han ido a otro sitio, seguramente a seguir hablando de cómo se integran las islas en sus cocinas nuevas o de cómo instalar los puntos de luz en sus habitaciones.

Voy y le muestro la cuenta:

Chico, vamos a cerrar, lo tuyo son 27,50.

El resto está pagado.

Le guiño un ojo. No sé por qué lo hago. Quizá es un tic.

O un toc.

Gracias guapa, me sonríe de forma amable y seductora. ¿Puedo preguntarte dónde vas ahora?

Me sigue mirando: esta vez a las tetas, y eso que las tengo pequeñas, casi invisibles.

Le digo que me tengo que ir a casa, que mañana trabajo otra vez muy temprano. Me mira las piernas, otra vez. Las tengo hinchadas, doce horas de pie no son ninguna fiesta.

Le digo que si le apetece pasar dentro un momento .

Ya no queda nadie, ni el cabrón de mi jefe.

Está todo oscuro, apenas algo de penumbra, las luces de emergencia y algunas luces de las alarmas que parpadean

Miro su cara de cerca: es muy guapo y tiene ojos verdes, el pelo rubio y media melena. No tiene cara de mala persona.

Miro debajo de la barra. Hay un cuchillo de los que usamos para cortar jamón.

Le cojo de la cara, le miro, le doy un beso y le rebano el cuello.

Sangra rápidamente con pequeñas gotas de esperma, soberbia y estupor.

Lo recogeré todo con calma mañana, cuando tenga que abrir de nuevo la verja a las ocho de la mañana.

Feliz Día del Trabajo.

 
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from DanielSanz

Yo, abuelo cebolleta

Llevo muchos años navegando por internet, desde los días de IRC, pasando por bitácoras, blogs, podcasts y los inicios de Twitter. Poco a poco, me he ido alejando del ruido digital para, siendo sincero, vivir mucho más tranquilo.

He eliminado mis cuentas de Twitter, Facebook, Instagram e incluso mis canales de YouTube, quedándome solo con Mastodon y mi perfil en Escritura Social para publicar textos más extensos.

He cambiado radicalmente mi actividad. Antes dedicaba horas a leer, comentar, debatir, explicar mis experimentos y colaborar en proyectos comunitarios. Todo eso lo dejé atrás.

En primer lugar, porque tengo 46 años y eso, de forma innegable, transforma tanto mi vida como mis necesidades y obligaciones. En segundo lugar, porque también han cambiado mis experiencias y lo que espero obtener de mi tiempo libre.

Además, es evidente que tanto la sociedad actual como los usuarios de las redes sociales generalistas han evolucionado.

Antes todo esto eran campos

Hace veinticinco o treinta años, los que estábamos en internet compartíamos un perfil similar: éramos apasionados por la informática. Si entrabas en un foro sobre rol, por ejemplo, encontrabas a personas tan entregadas a ese tema que estaban dispuestas a usar internet para discutirlo, algo que hoy parece trivial porque basta con sacar el teléfono del bolsillo y conectarse en segundos. Antes, no solo era complicado, sino que conectarse a internet era carísimo… ¡y ni hablar de que tus padres no podían usar el teléfono fijo! ¿Recuerdas la última vez que usaste uno?

Con mi uso obsesivo de internet y mis ganas de participar en todo, pronto llegué a las capas más profundas y comencé a crear contenido: colaboré en fanzines, fui administrador de foros y, más tarde, podcaster.

Me dejé llevar…

Lógicamente, mi uso de internet se volvió intensivo porque quería dar a conocer los proyectos en los que participaba, lo que marcó una nueva forma de entender las redes sociales. La competencia intrínseca del ser humano se hizo evidente: ver que alguien hacía algo similar a lo tuyo, o incluso plagiaba tu trabajo, y tenía más éxito porque estaba todo el día en redes, te hacía hervir la sangre y te empujaba a reforzar tu presencia.

Esta etapa es crucial porque, sin darte cuenta, internet deja de ser un lugar para aprender y se convierte en un escaparate para que te conozcan y demuestres tu valía. Todo comienza con buenas intenciones: haces cosas porque quieres compartir lo que sabes y ayudar a otros, usando las herramientas disponibles para ganar visibilidad. Pero, sin notarlo, empiezas a competir con los demás.

Esa época en la que participabas solo por diversión, por conocer gente y aprender, se diluye de forma tan gradual que no solo no te das cuenta, sino que incluso idealizas ese pasado.

Antes sí que eran redes sociales de verdad…

Un ejemplo claro de este proceso de transformación es recordar los inicios de Twitter, una red tan peculiar que nadie sabía para qué servía. Alguien escribía que estaba comiendo un bocadillo de chorizo y otro respondía que iba a preparar palomitas para ver una serie.

Era una red social humana, sin pretensiones. Luego creció, el timeline cambió para mostrar lo más relevante… Aún recuerdo cuando, por las mañanas, mientras desayunaba, leía mi timeline entero para responder a todos o comentar sus publicaciones. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo así? Hoy, Mastodon es algo parecido: un rincón de internet que aún conserva humanidad.

Al final, todo se reduce a empresas. Las redes comienzan como proyectos de nicho, ganan prestigio y luego se transforman para priorizar números y beneficios. Del mismo modo que las redes sociales evolucionan, yo también cambio al envejecer. Ahora estoy en una etapa más reflexiva, enfocada en conocerme y darme el espacio para buscar lo que me llena a nivel personal.

Esa actividad de antes no solo consumía horas de mi día, sino que, a veces, hacía cosas solo porque esperaba muchas descargas o comentarios, buscando cierto éxito o popularidad. Por fortuna, esa etapa quedó atrás.

Desde la perspectiva de mi vida actual, esa actividad no me compensa en absoluto. Esas horas que antes dedicaba a las redes ahora las invierto en ir al gimnasio, pasear con mi mujer y nuestra perra, aprender a dibujar, escribir… en fin, en cualquier actividad de mi vida cotidiana.

Sin embargo, iluso de mí, esperaba regresar de vez en cuando, publicar algo y charlar con alguien. Pero la realidad es que, hoy en día, ya no se comenta.

Soy una rana

Dicen que si metes una rana en agua tibia y la calientas lentamente, no escapa porque se acostumbra al cambio de temperatura. No sé si es cierto (y no pienso probarlo), pero así es como me siento. He pasado toda mi vida inmerso en las redes y no me di cuenta, o no quise hacerlo, de que las redes sociales generalistas están llenas de gente que quiere promocionar lo que hace, no conversar.

Tampoco estoy seguro de si antes se hablaba tanto. Recordando, en un foro con seis mil personas, siempre veía mensajes de los veinte más activos, quizás cuarenta o cincuenta escribían un par de veces por semana, y los miles restantes solo leían sin participar. Pero eso lo olvidamos.

Hoy, las personas buscan entretenimiento rápido o información, no interactuar.

La madre del cordero

Y eso es solo la punta del iceberg. ¿Quién te va a comentar en redes sociales? Alguien acostumbrado a hacerlo. Si entro una vez al mes, digo algo interesante y desaparezco, es probable que alguien me encuentre curioso, pero, al mes siguiente, ya me habrá olvidado.

Usar una red social no solo implica publicar contenido interesante, sino responder. Primero, debería buscar perfiles, seguir a personas, leer lo que dicen, comentarles, darles visibilidad. Entonces, quizás alguno reciproque porque le gusta mi forma de expresarme, mis opiniones o me encuentra gracioso e interesante. Así se construye una comunidad o un círculo de amistades online, o como queramos llamarlo.

Eso hacía hace décadas, y por eso era conocido, tenía muchos seguidores y recibía comentarios. Mi idea de “charlar” en redes viene de esa época. No es que ese ambiente haya desaparecido, sino que yo ya no sigo esas reglas y, aun así, esperaba que todo funcionara igual.

Y ahora, ¿qué?

A día de hoy, no tengo ni el tiempo ni las ganas de hacerlo. Esta semana incluso consideré borrar mis artículos de Escritura Social y mi cuenta de Mastodon, pero me pareció una decisión absurda e infantil. Fue entonces cuando comencé a reflexionar y escribir esto.

Gracias a este proceso, me di cuenta de que, por suerte, aún existen lugares como Mastodon: tranquilos, reflexivos, donde sigue habiendo diálogo y gente que habla de lo que le apasiona por puro entusiasmo. Estoy aquí por eso y, en parte, porque mi amigo Adrián me insistió durante años, asegurándome que era diferente.

Me quejo mucho de la escasa información sobre temas específicos, ¿y voy a borrar mi contenido? ¡Sería una tontería! Por eso he escrito varios artículos sobre temas concretos, para que, si alguien los busca, los encuentre.

Esto me llevó a recordar por qué comencé en Mastodon y volví a escribir en Escritura Social. ¿Qué me mueve por dentro? Supongo que es una especie de terapia, más barata que un psicólogo. Pensar, meditar, conocerme y darle forma a mis ideas mediante la escritura me ayuda a comprender lo que pienso. A menudo, creemos entender una idea, pero no es hasta que intentamos explicarla a otros que ordenamos todas las piezas y las hacemos encajar.

Además, como mencioné, internet está lleno de artículos repetitivos. Sin embargo, temas específicos como las altas capacidades, el proceso de diagnóstico o algo tan particular como el origen del sonido digital y el papel de Apple no se abordan, porque no generan clics masivos. Pero a mí me interesan o me afectan.

Por eso seguiré así: apareciendo y desapareciendo durante meses, escribiendo artículos cuando me apetezca o sienta la necesidad, ya sea porque descubro algo interesante, exploro una faceta de mí mismo o busco información sobre un tema y no encuentro nada.

Ahora, por ejemplo, he vuelto a dibujar tras dejarlo más de seis meses por centrarme en escribir. Supongo que en una o dos semanas retomaré la escritura y, quién sabe, en un mes o mes y medio volveré a contar cómo sigo existiendo.

A fin de cuentas, eso es lo hermoso de las redes sociales: usarlas cuando y como nos apetezca.

 
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from trombón oxidado

Barrett, Cesar Aira, dadaísmo y las IAs

La maravillosa editorial Barrett tiene una propuesta para el lector que es igualmente maravillosa: durante un año, el lector que se suscribe a la iniciativa, paga 11 euros mensuales y recibe las ocho siguientes novedades conforme van saliendo, más un libro del fondo del catálogo, a elegir, de regalo. Patata cocida y una carretera. Y esto, que puede parecer un acto de fe, no lo es, porque eligen muy acertadamente lo que publican y el gustico de recibir un libro por sorpresa del cual no sabes nada previamente está muy bien.

Uno de los libros recibidos fue El mal de Aira, de Eduardo Restrepo Gómez.

El mal de Aira es la audaz primera novela de Andrés Restrepo Gómez. Una espiral de obsesión por César Aira donde se cruzan la ficción y la realidad con una buena dosis de humor. Colirrojo tizón. Una mirada irreverente hacia la literatura y sus iconos.

Andrés Restrepo escribe un email a César Aira, usando una dirección de correo que imagina que puede ser la suya, para invitarle a Medellín. El anuncio de Colacao de Jesulín. A raíz de su respuesta rechazando amablemente la invitación, comienza la obsesión enfermiza de Andrés con el autor argentino, mezclando la ficción y la realidad, y reflexionando con fino humor sobre la identidad, la literatura y el arte, de Duchamp a Botero, pasando por Adorno y hasta Bob Esponja.

Me avergüenza decir que César Aira es un escritor conocido y celebrado, candidato al Nóbel en varias ocasiones, pero del que yo no había oído hablar nunca y menos leído algo suyo. Clases de buceo gratis. Seguramente le ponga remedio en la próxima visita a la biblioteca. Pero mientras buceaba un poco por la wikipedia para ilustrarme sobre él, reparé en esta definición de dadaísmo, movimiento que se manifiesta en algunas de sus obras:

Una característica fundamental del dadaísmo es la oposición al concepto de razón instaurado por el positivismo. El dadaísmo se caracterizó por rebelarse en contra de las convenciones literarias, y especialmente artísticas, por burlarse del artista burgués y de su arte. ... La poesía era ilógica y de difícil comprensión, dado que se basaba en una sucesión de palabras o sonidos muchas veces sin sentido. ¿Tomará café el señor? Y tomaba una actitud de burla y humor contra la sociedad burguesa. Y en la pintura seguía el mismo camino, eran collages hechos con objetos de desecho y de la basura.

Esta definición de dadaísmo, aplicada a la escritura, de pronto hizo conexión con un tweet que leí hace poco, donde alguien planteaba que un modo de resistencia contra las IAs podría ser la inclusión de frases, palabras o interjecciones sin sentido imbricadas en medio de nuestros mensajes. Qué Raro Benson Señora. Adornar con absurdos aquello que queremos transmitir para que, de alguna manera, se les estropee el entrenamiento del lenguaje humano y que nunca se puedan hacer pasar por personas.

Así que sería bonito que eso funcionara. Cinturón.

 
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