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Cosas que se le pasan por la cabeza a uno.

Llevo algunos días con muchos ataques de ansiedad. Y no es una experiencia agradable. Ayer me volvió a pasar viendo jugar a mi hijo al baloncesto. Tuve que abandonar la grada e irme a respirar aire fresco al exterior del pabellón cuando noté que no podía controlar los temblores de mis brazos y la sensación de opresión en mi pecho. Me hubiera gustado poder disfrutar del partido, de la derrota incluso, pues así fue como acabó, y aislarme de todo. Pero no pudo ser.

Escribo estas líneas, parte terapia, parte desahogo, con la ilusión del esperanzado, del que cree que las cosas todavía pueden mejorar. Pero no lo tengo muy claro esta vez. Sigo con presión en mi pecho, la respiración es dificultosa y, para colmo de males, no he dormido nada bien. A lo mejor si escribo otro párrafo más, esa pequeña muerte en vida, esa pérdida de control, se acobarda y sale con el rabo entre las piernas.

Intento relativizar. Mejor tener ansiedad que una enfermedad más grave. Por supuesto. Utilizo dicho pensamiento como punto de anclaje. Respiro con profundidad usando mi diafragma, tal y como mi psicóloga me ha enseñado. Pero la ansiedad no se va. Se esconde. Aunque mejoro, la puedo sentir agazapada tras unos arbustos, juzgando y evaluando cuál será el mejor momento para abalanzarse de nuevo sobre mi pecho.

Mi ansiedad gusta mucho de los fines de semana. Se ve que me ha salido juerguista. O sádica, ya que es en esos momentos cuando más posibilidades tiene uno de satisfacerse persiguiendo sus aficiones, por simplonas que éstas sean. Ese horizonte lleno de oportunidades, esa tierra prometida a la que se aferran millones de espíritus encadenados a la rueda del tener que ganarse el pan con el sudor de sus frentes, se está convirtiendo en mi caso en una pesadilla recurrente.

No voy a presumir de nada, ni echar de menos algo que nunca ha estado ahí en primer lugar. Si dijera que en algún momento he sacado adelante algún proyecto importante a base de constancia y esfuerzo, estaría mintiendo. Pero sí que siempre había sido curioso. Si tuviera que definirme, sería un diletante de manual. Siempre haciendo algo, aprendiendo cosas nuevas, embarcándome en cursos y formaciones de dudosa utilidad práctica pero que, siempre me he dicho, me aportaban muchos intangibles.

Pero eso ha cambiado. Quizás se trate de la edad. Los años pesan cada vez más. O la crianza de tres adolescentes. O que el mundo cada vez parezca más inhóspito, más alejado de la visión idealista y humana con la que me eduqué. Cada día se convierte en una odisea, navegando entre la negatividad y la falta de esperanza, y sin un puerto claro hacia el que poner rumbo. Lo único que sé es que, ante cualquier idea que en el pasado me hubiera provocado cosquilleos en el cerebro, mi yo interior sólo sabe encogerse de hombros y, como Bartleby, preferir no hacerlo. Si alguien acercara la oreja a mi pecho en esos momentos, escucharía el eco repetido de un “Total, ¿para qué?”.

(Pausa de tres días)

Aquí sigo, todavía sin entender los mecanismos que han activado este bloqueo total. Han pasado ya unos días y sigo sin dormir, sin concentrarme en el trabajo, sin ganas de nada. Lo que es peor, ni siquiera aparezco en mi rol habitual de padre y compañero. No sólo entierro la cabeza con el fin de no ver los problemas, sino que además parece ser que la escondo allí donde nadie más puede verla.

Mi compañera trata de animarme. Me ayuda a relativizar las cosas pero, por encima de todo, me cubre con su manto protector de amor y me hace sentir seguro. Cuando estoy con ella, siento que nada en el mundo puede alcanzarme. Ningún problema me importa cuando estoy entre sus brazos. Ella es mi refugio ante la tempestad.

Sin embargo, y a pesar de la calma pasajera, el tiempo se sigue evaporando ante mis ojos. Y con él, todas las promesas rotas que un día me hice. ¿Qué es, si no, la disfunción ejecutiva más que una traición a uno mismo? No hay placer, sino vergüenza, en esa agridulce quietud.

Me gustaría acabar esta entrada diciendo que tengo un plan. Que voy a crear nuevos hábitos, abandonar los vicios dañinos y despedirme de las conductas que sólo me hacen descender surcando espirales en tonos de gris. Que voy a empezar a llamar a mis amigos, a estar más presente. Que volveré a ser el padre de antes, el hijo, el compañero y el amigo en quién se podía confiar. Que voy a ponerme en marcha.

Pero hoy no es ese día. No me siento con fuerzas.


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A veces tengo la sensación de ser una mala persona. Que antepongo mis necesidades más idiotas al bienestar de aquellos que me rodean. Que no entiendo de prioridades vitales, y confundo lo importante con lo satisfactorio. Un patán aislado del mundo que, a pesar de ser lo suficientemente sagaz como para darse cuenta de su posición privilegiada en el orden de las cosas, obvia los hechos bajo su nariz sólo para revolcarse un rato más en el fango de la ignorancia y el vacío de aquello cuya única cualidad es la de ser basura apta para el consumo humano.

Saber con exactitud lo que tienes que hacer, y aún así ignorarlo y dedicarte a la contemplación, en especial si te pagan por ello, no deja de ser un síntoma. ¿De una enfermedad mental? Puede, pero ya no me queda sitio en la frente para todas las etiquetas que me he asignado. Quizás se trate de vagancia. Pero eso es otro melón. La vagancia puede tener múltiples significados, en función de la cultura y el contexto. En mi opinión, intrépida y poco basada en hechos, para que una conducta pueda ser etiquetada como vagancia, de ésta debiera derivarse una cantidad no desdeñable de placer. El vago disfruta de su inactividad.

A lo mejor estamos hablando de un sabotaje. Una forma de renunciar en vida, agarrar por el cuello a tu ilusión y decirle que en esta ciudad ya no hay sitio para los dos. El cuerpo puede estar mandando señales sin rumbo, botellas con mensajes envenenados cuyo único propósito es el de naufragar. Quizás cual faro, nuestra alma nos está enviando una señal con la sana intención de mantenernos alejados de las rocas y el fracaso. Pero en mi caso, llamadme suspicaz, tengo la sensación de que el farero está borracho.

Me gustaría poder echarle todas las culpas a la sociedad. A las redes sociales y a los medios de comunicación. Al continuo bombardeo de mensajes insistentes y contradictorios que te dicen que no eres la persona que quieres ser. Al culto a la productividad y al salseo de los emprendedores. Pero eso sería injusto, pues soy yo el que, voluntario, se adentra en esos callejones sin salida. Caigo bajo el embrujo del placer fácil y barato, del humo con sabor a colorante alimentario y aroma dulzón. Yo también puedo ser un evangelista o un hijo de papá con tiempo libre suficiente como para jugar a la ruleta con el dinero de otros.

Pero, ¿acaso son esos mis referentes? Ni de lejos. Siempre fui un niño introvertido, con mucha imaginación, que disfrutaba de largos ratos de soledad y de la calidez de una manta ya gastada en una tarde de invierno. ¿En qué momento comencé a compararme con los demás? En algún momento no identificado sucumbí a la carrera de las ratas y empecé a preocuparme por mi sitio en esta sociedad. Alguna razón tenía que tener mi presencia aquí.

Estaba equivocado. O lo estoy, pues no tengo claro que mi adicción a ser querido pertenezca ya al pasado. Quiero y no quiero. Disfruto de la introspección pero envidio a los que tienen muchos amigos y navegan con facilidad por eventos multitudinarios. Tengo un grupo reducido de grandes amigos, y saboteo de forma semiconsciente cualquier oportunidad de contacto, en un intento desesperado por quedarme solo. No se puede tener todo.

Voy a hacer cincuenta años. Medio siglo sobre la tierra. Mentiría si dijera que no me produce cierta melancolía. Sin embargo, en algunos momentos, logro abrir algún claro a base de mirarme fijamente en el espejo. Escarbo en el fondo de mis ojos e intento recuperar la amistad de aquel que mejor me conoce. Allí reside la verdad. No soy mala persona. Sólo un ser imperfecto y algo roto. Como todas las personas a las que quiero y admiro.


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¿A dónde se va el tiempo libre? Es posible que exista un lugar, libre de las leyes de la física, similar a un cementerio de elefantes. Nuestro tiempo, nuestras horas muertas, sienten un día la llamada de la naturaleza y el tic-tac agónico de un reloj hecho de exhalaciones, y se ponen en marcha, cogiditos de la mano, hacia el mismo centro del universo.

Cuando dispones de tiempo libre, a menudo no eres consciente de su presencia. Comparte esa característica con mi gato. Yo no me llamo Schrodinger, pero estoy casi seguro de que mi gatete es cuántico, ya que aparece detrás de mí cuando menos me lo espero, materializándose donde un instante antes juraría que no había más que un coqueto perchero.

Basta la observación, esto es, el darte cuenta de que un poco de tiempo libre te vendría bien, o el hecho de ojear tu lista de tareas pendientes —todas taaaan importantes— para consumar su desvanecimiento. Ya no está. Ya se fue. ¿Querías escribir aquel correo tan importante? No tienes tiempo. ¿Querías organizar tu escritorio? Mala suerte. ¿Querías limpiar el baño y organizar tus toallas por gamas de colores? Ya llegas tarde a la consulta del psicólogo.

Cuando eres adolescente, sin embargo, pareces vivir en una especie de agujero de gusano. Y con eso no quiero decir que tu cerebro esté podre —aunque se trate de una hipótesis de trabajo que no podemos descartar. A esa tierna edad, el tiempo parece infinito. Salvo tres o cuatro obligaciones, siendo generoso, el resto de tus días no es más que tierra para sembrar.

Como padre de tres criaturas que atraviesan dicha etapa oscura de la vida, llena de granos, desamores e intensidad de todos los colores, vivo cada día en la trinchera, cerca del sonido que hacen las hormonas al explotar. Y por supuesto, me pierdo a diario en batallas que en el fondo sé que nunca podré ganar. Porque hacerlo sería ir en contra de las leyes que rigen nuestro universo.

Al final, discutir con tus hijos sobre el aprovechamiento del tiempo es como enfrentarte a tu yo del pasado. Porque, no hay que perderlo de vista en ningún momento, todos fuimos así de gilipollas. Todos dispusimos de cantidades ingentes de tiempo que en su momento invertimos en bienes intangibles de diverso aspecto, importantes en el allí y el entonces, pero que se han convertido en polvo con el tiempo.

Han tenido que pasar años, muchos para algunos, para darnos cuenta de lo que tuvimos entre las manos. Quién pudiera volver al pasado y recuperar dicho tiempo huérfano para darle una nueva vida, un futuro con esperanza, una utilidad concreta. Pero no se puede tener todo. Y eso, aunque me joda, quizás sea el conocimiento más valioso que he adquirido en toda mi vida. Invierte tu tiempo en lo que quieras, pero sé siempre consciente de que no vas a disponer del número de vidas necesarias para todo lo que anhelas.

Busquemos refugio en las cosas sencillas, en las buenas compañías y en el placer de una buena conversación. Volvamos a ser un poco adolescentes, perdamos el tiempo en cosas intrascendentes. No nos olvidemos de ser adultos, y cuidemos de nuestros seres queridos. Tendamos un puente entre el joven que fuimos y el proyecto de ser funcional en el que nos hemos convertido.

Quizás ahí resida el secreto de la felicidad, y encontremos el tiempo que habíamos perdido.


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Estoy intentando adquirir el hábito de escribir otra vez. Tras terminar mi novela, hace ya unos años, creo que no volví a derramar ni una línea sobre lo blanco. Es por eso que las entradas recientes de este humilde diario huelen a dejadez, a motor que no acaba de arrancar. A un aparato de radio que coge polvo en la esquina de un salón gris.

Me he propuesto un trato. Yo solo, pues soy lo bastante demonio como para cerrar acuerdos sobre mi alma. Si escribo quince minutos al día me gano una recompensa, un churu en exclusiva para mí. Pero que la imaginación y las hipérboles no nos lleven a extraños parajes de placeres inigualables. Me vale con un poco de chocolate y un abrazo.

Tengo varios proyectos en mente, siempre al mismo tiempo y peleándose todos entre sí. Es la forma natural en que funciona mi cabeza. Me satura de ideas y personajes, de historias maravillosas que se dividen a su vez en innumerables arcos argumentales que sostienen los más maravillosos de los finales. Cada clímax es mejor que el anterior, y las muertes son de las de humedecer las páginas del libro con tus lágrimas.

El problema es que no llegan a ver la luz. Se quedan ahí, en el limbo de las historias no nacidas. En búsqueda de un autor más constante que yo. Como los seis personajes de Pirandello, abandonados y desesperados por contar su historia. Mis historias se merecen a alguien mejor que yo. Alguien que, cuando llega el fin de semana, no entre en un bloqueo absoluto. Alguien que sepa qué le apetece hacer con su vida y cómo disfrutar de esos momentos, escasos, que la vida nos regala de vez en cuando, y en los que podemos escuchar los latidos de nuestro pensamiento.

Mi apuesta ahora mismo es la del hábito. Si todos los días me derrito un poco sobre el papel, a lo mejor, quién sabe, llegará el día en que mi autoestima dejará de doler. En el que pensaré que lo puedo hacer. Que puedo volver a escribir y contar una historia como es debido. Algo que emocione a las personas y les permita acompañarme, aunque sea un ratito, en un paseo por los bajos fondos de mi imaginación.


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Hoy por la mañana salí a tomar un café y un pincho de tortilla a mi bar de cabecera. Este ritual placentero se ha convertido para mí en una forma de suavizar algunos de los efectos negativos del teletrabajo. A ser posible, quedo con algún amigo que trabaja cerca, para charlar un rato. Pero si no se puede, me vale con el hecho de salir y tomar el aire un poco. Además, la tortilla de este sitio está buenísima (no pienso decir cuál es, que luego se gentrifica).

El caso es que mi cerebro nunca puede estarse quieto. Siempre cavilando, siempre imaginando. La pena es que nunca suelen ser ideas geniales, de esas que te hacen millonario. Son más bien de nivel medio, apropiadas para un relato, un pequeño proyecto personal o simplemente como chiste o chascarrillo.

Voy al grano, sí. Que me pierdo. Hoy se me ocurrió una idea tremenda. Una red social donde el número de seguidores tuviera un límite superior. Y ya está.

Algunas cosas que me vienen a la cabeza:

  • No existirían los influencers o tuitstars. Nada de gente que pudiera usar legiones de seguidores para cualquier propósito (bueno o malo). No habría manera de conseguir una revolución en esta red social. Por definición, no podría existir el acoso, ya que no habría manera de conseguir la masa crítica suficiente para ello.
  • La topología de la red estaría escalonada. Es decir, si Pepito tiene ya sus cincuenta seguidores, nosotros ya no lo podríamos seguir. Pero oye, si seguimos a alguno de sus seguidores, y éste comparte una publicación del primero, pues nosotros la podríamos ver.
  • El mensaje se diluye. Si estoy a muchos saltos de distancia, para ver un mensaje de otra persona, debe darse la condición de que exista una cadena continuada de boosts, retoots o lo que sea. Como eso es poco probable, los mensajes importantes o de interés general no conseguirían cobertura.
  • El azar pasa a formar parte del núcleo de la red, ya que no queda más remedio que conectar con gente distinta a la que conectan los demás. Y si quieres conectar con esa persona especial, tienes que dejar de estar conectado con otra para seguir manteniendo tu cuota máxima. Más que azar, estoy pensando en un problema de optimización de contactos.

En resumen, sería una mierda de red social para vender cosas, difundir noticias o derrocar a un rey, pero quizás sí sería buena para organizar grupetes de colegas afines con cierto contacto ocasional con el mundo exterior. Y si quieres hacer amigos nuevos, pues te va a tocar anunciarte en algún tablón.

Cuanto más lo pienso, más me recuerda al mundo antes de Internet.


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Hay partes de mi carácter que nunca me han gustado. Como le estará pasando a tantas otras personas, imagino. Una de ellas es el hecho de ser un tibio. Siempre me ha costado posicionarme, tomar partido por una entre varias opciones. Hay cosas, por supuesto, por las que no paso. Un código ético oculto entre los arbustos, con miedo a salir y ser pisoteado, mantiene con vida a la poca cordura que me queda.

Me ha pasado estos días con la última batalla en el mundo del Mastodon hispano. Al parecer, no es algo nuevo, sino una más dentro de una guerra ya histórica. No voy a entrar en detalles, pero ha habido conflicto y la cosa ha acabado con una instancia bloqueando a otra.

Cuando me abrí, sin idea alguna, mi cuenta en una instancia extranjera, no me di cuenta de lo que hacía. El lado malo es que me perdía un entorno local en el que descubrir gente interesante. El bueno lo he visto estos días, y es que he asistido al conflicto con cierta distancia, como un observador o reportero en tiempos de guerra.

He leído mensajes de ambas partes. A veces pienso que los del equipo de los Tigres llevan razón. Otras veces me pongo en lugar de los Leones y los comprendo. También, por supuesto, aplico el mismo rasero para las cosas malas, que también se pueden repartir. ¿Mi mayor pena? Pues que hay gente muy decente en ambos lados y esos son los que pierden al final siempre. La famosa “tercera vía”, eterna olvidada de la historia (en su día me gustó mucho un libro de Paul Preston que hablaba de las tres Españas de la Guerra Civil).

Pienso que la tibieza, o cobardía, que me caracteriza no es más que una estrategia de supervivencia. Nunca, desde pequeño, me ha gustado el conflicto. Tengo muchos problemas de ansiedad y cualquier alteración, bronca o discusión fuerte a mi alrededor me provoca una reacción muy fuerte. A veces, de joven, llegué a perder el control y actuar de forma violenta (le pegué un puñetazo a un matón de instituto cuando me sentí acorralado). Que sí, que pegarle al matón o al nazi está bien, pero no fue por valentía. No nos equivoquemos. Fue por escapar de allí.

Con el tiempo, me he acostumbrado a controlar los nervios, a tratar de que nada me afecte ni me hiera. Y eso quizás es lo que ha hecho que haya encontrado refugio en el punto medio, allí donde habitan los cobardes. Vamos a ver, si ni siquiera soy capaz de escoger mi película, juego o disco favoritos. Ni dónde ir a comer. Ni qué hacer este fin de semana.

Intento informarme siempre, pero en este mundo de hoy en día, con tanto think tank en un sentido o en otro, es cada vez más difícil disponer de la información necesaria y que no esté sesgada de alguna manera. Vas dudando de todo, y ese relativismo te acaba matando y enterrando. Aparece la parálisis por (excesivo) análisis y toda tu vida empieza a derrapar.

Y no me gusta. Lo reitero, si no ha quedado claro. Tengo mis líneas rojas: soy de izquierdas porque pienso que la vida es azar, y que los privilegiados tenemos un deber moral para con aquellos que no lo han sido. Soy ecologista porque me parece imposible que haya gente que pueda creer que un crecimiento exponencial es posible en un sistema con recursos finitos. Soy feminista porque me he criado entre mujeres y he sido testigo de las agresiones que sufren a diario, etc, etc.

Pero sigue sin gustarme. En el conflicto al que he asistido, yo no hubiera bloqueado la instancia sin haber agotado más vías antes. Oye, y a lo mejor es que me falta mucho contexto. Lo que me gustaría sería coger a todos los implicados de ambos bandos, sentarlos un ratito en el rincón de pensar, hablar con ellos sobre empatía y luego tratar de juntarlos en algún rincón virtual y hablar sobre lo ocurrido como adultos funcionales y civilizados. Porque si de algo estoy seguro, es de que cualquier acción o decisión tomada en caliente va a ser mala por definición, ya que responde a nuestra parte más emocional, y no a nada razonable.

Uno, dos y tres. Cuatro, cinco y seis. Yo me calmaré. Todos lo veréis.

¿Suena paternalista? Es que soy padre de tres adolescentes. Y antes fui monitor de campamento. Y sé algo de cómo surgen estas dinámicas y sobre su carácter inevitable. El “y tú más” es una estrategia muy útil para ciertas acciones políticas, pero nada eficaz a la hora de construir comunidad.

Yo seguiré siendo tibio, aunque no me guste, porque a estas alturas ya no sé hacer otra cosa.


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Cuando se despertó, perdido entre los temblores y el desasosiego, todavía estaba allí. Como el dinosaurio. Casi consumido por el cabreo y una estúpida e inocente sensación de justicia, alcanzó a apagar la alarma de su teléfono móvil al segundo o tercer intento. Los ojos llenos de arena no se lo estaban poniendo fácil.

Sus noches más recientes no habían sido malas, sino crueles. Una noche mala es aquella en la que el sueño escasea pero que sigue cierta lógica, aunque ésta sea rastrera. Sin embargo, una noche cruel era aquella que le dejaba probar la miel del buen sueño, del que repara y reconforta, para un momento después rasgar toda tregua y arrancarle a zarpazos la ilusión de descansar.

Había probado ya cien formas de mantener alejada a la vigilia. Cien fracasos que sumar a la ya poblada saca de malos hábitos y pensamientos autodestructivos. La solución se resistía y lo esquivaba como un cerdo engrasado se resbala entre los dedos de un joven en una fiesta de verano del siglo pasado.

La espalda le quemaba. La mitad superior de su cuerpo se enfadaba con la inferior y trataba de seguir un camino distinto. Su mandíbula expresaba resentimiento y los dientes chirriaban de dolor. El techo, inmóvil, contemplaba la escena como un juez distraído al que su pareja acaba de abandonar. El ventilador de techo giraba sin descanso. El aire se había vuelto irrespirable. Ni siquiera leer, el viejo hábito compañero de tantas noches en vela, se le hacía fácil esa noche.

No podía aflojar los brazos y seguir así. Saltó de la cama, chorreando sudor y mala hostia, apretó los puños y gritó. Las paredes se agrietaron y una fina lluvia de escayola le dio a la escena un extraño aire invernal. Sorprendido, se tomó unos segundos para recuperar el aire perdido y tratar de entender qué había pasado. No podía ser.

Una sonrisa maliciosa brotó con timidez en su cara. Hinchó el pecho a base de rabia acumulada y volvió a gritar. Esta vez, las paredes no aguantaron. Tras las grietas apareció la oscuridad. La nada. El suelo desapareció bajo sus pies. Flotando en la negrura de lo infinito, y ante la ausencia de cualquier punto en el que fijar su mirada, su cuerpo se rindió y aceptó dejarse llevar.

Allí vio lo que no está escrito. Se enfrentó a aquello que lo acechaba desde las esquinas más oscuras de sus miedos infantiles. No había escapatoria. Quiso cerrar los ojos y descubrió que no tenía ya párpados. Obligado a mirar al vacío, pasó sus últimos instantes tratando de recordar quién era y cómo había llegado hasta allí.


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Chomsky derided researchers in machine learning who use purely statistical methods to produce behavior that mimics something in the world, but who don’t try to understand the meaning of that behavior. Chomsky compared such researchers to scientists who might study the dance made by a bee returning to the hive, and who could produce a statistically based simulation of such a dance without attempting to understand why the bee behaved that way

No suelo escribir sobre cosas relacionadas con mi trabajo en los ratos libres. Para eso ya está la jornada laboral. Pero me viene pasando últimamente algo bastante curioso, y es que cada poco tiempo me encuentro matizando mi postura sobre las (mal llamadas) IAs y su papel en nuestra sociedad. Bien en el trabajo, bien en una tertulia regada con cerveza, no es raro que surja el tema o que alguien quiera discutir conmigo sobre ello.

El otro día, tras otra de esas conversaciones, me acordé de las sabias palabras de mi amigo Jesús, una de las personas más inteligentes que conozco. En una de las últimas veces que coincidimos me contó que se había hecho un blog precisamente para no estar exponiendo su opinión sobre el mismo tema una y otra vez. Pensé entonces: ¿Por qué no? Y he aquí que me encuentro en este lío.

En primer lugar, toca algo de contexto profesional. Mi trabajo actual es el de científico de datos (sea lo que sea eso), y llevo dedicándome al tema de la Inteligencia Artificial (bien llamada esta vez) y Aprendizaje Automático desde principios de los dos mil. Tengo un doctorado y he dedicado parte de mi carrera profesional a analizar datos -o mirar fijamente numerinchis– en uno u otro ámbito.

Lo raro es que me hayáis visto u oído en algún sitio, porque suelo ser bastante introvertido y escapar de networkings, datathones, y demás ceremonias de medida de genitales y celebraciones en LinkedIn. Eso no significa que no me guste mi trabajo, y he acudido a congresos donde he escuchado fascinado a gente mucho más lista que yo y aprendido montones de cosas. También he publicado cosas interesantes, pero casi siempre ha sido porque estaba rodeado de gente muy competente (mi autoestima habitual me impide pensar que yo pueda haber hecho algo bien. Acostumbraos, porque es lo que hay).

Después de más de veinte años de carrera profesional, con muchas más canas y menos paciencia, he desarrollado un cierto escepticismo ante algunas tecnologías y/o modas que lo están petando últimamente (todos sabemos de lo que estoy hablando, ¿verdad?). Y a veces me cuesta explicarlo o posicionarme, porque tiendo a dar la razón a todo el mundo a poco que me insistan. Así de blando soy. Tomad, entonces, estas palabras como una gran hazaña, pues ni estoy muy seguro de nada, ni me es fácil exponerme así, a pecho descubierto.

El término IA es una usurpación por motivos comerciales

Los que sean de mi quinta, y hayan estudiado informática o cualquier cosa relacionada con las ciencias de la computación, recordarán que bajo el paraguas del término IA se estudiaban muchas cosas. Sólo mirando el índice del famoso clásico de Russell y Norvig, podemos encontrar cosas tan heterogéneas como algoritmos de búsqueda, programación lógica, problemas de satisfacción de restricciones, robótica, aprendizaje por refuerzo, etc.

Lo que la mayor parte de la sociedad conoce hoy en día como IA no es más que un tipo en concreto de tecnologías. Vamos, un subconjunto del aprendizaje automático, y a su vez del aprendizaje profundo (que es lo anterior pero a cañonazos), aplicado al procesamiento del lenguaje natural a una escala no vista hasta ahora.

Creo que detrás de esta ¿confusión? no hay más que el interés comercial, ya que no podemos negar que el término IA, y los debates sobre la AGI (el Skynet de Terminator, para entendernos), tienen mucho tirón. Todo vende más si lleva una ración extra de IA. Para entendernos a partir de ahora, que quede claro que a lo que me refiero en este texto es a los LLM (Large Language Models, o modelos grandes de lenguaje), que es a lo que se refiere tu cuñado Paco cuando te dice que le pide a ChatGPT que le escriba la felicitación de Año Nuevo para el WhatsApp.

Estamos en medio de una burbuja de los LLM

No me considero el más listo de la clase. Ni siquiera se me da bien predecir el futuro. Para que os hagáis una idea, en su día no fui capaz de verle el sex appeal a Internet, ni pensaba que iba a servir para ganar dinero (tened piedad, pues era joven e inexperto en la tecnología y en el amor).

Pero lo que sí tengo son años. Unos cuantos ya. Y me ha tocado vivir varias burbujas. Mi primer trabajo fue un chanchullo en medio de la burbuja de las “punto com”. Sí, aquella burbuja que al reventar se llevó los ahorros de mucha gente (Terra, te estoy mirando a ti). En los últimos años ha habido burbujas de muchos tipos (web3, blockchain, etc.), casi siempre siguiendo el mismo esquema: aparece una tecnología útil y, acto seguido, te viene el capital riesgo y te obliga a tragar toda la papilla hasta que te atragantas.

Así, estamos forzando la maquinaria y metiendo LLMs hasta en la sopa. No nos paramos a plantearnos si tiene sentido o no. Es lo que dice el mercado, y éste nunca se equivoca (ejem). Insisto: la tecnología subyacente es en muchas ocasiones muy interesante desde el punto de vista técnico, pero eso al capital riesgo ni le importa. Sólo busca crear expectación, una falsa necesidad y su consiguiente demanda irracional.

Los LLM son como la heroína, pero para directivos

Me acuerdo mucho estos días de un jefe que tuve hace tiempo, cuyo cometido y funciones nunca tuve demasiado claros, pero que estaba muy bien considerado dentro de la profesión (por otros jefes y palmeros). Es de esas personas que medran muy bien en este nuestro sistema, que se sabe mover con soltura y que está destinado a seguir mostrando su falta de empatía e incompetencia desde cimas cada vez más elevadas.

Pues bien, me acuerdo de él porque siempre tenía en la boca la expresión “vendor lock-in”. Esto es, la dependencia de un proveedor específico. Era su excusa favorita para boicotear cualquier petición de mejora en un proyecto. Usando este comodín, era capaz de frenar cualquier iniciativa que no fuera gratis.

Pero, mira tú por donde, esta persona ahora está entusiasmada con los LLMs, predicando sus bondades y tratando de meterlos hasta en la sopa. ¿Que los modelos que está proponiendo son más cerrados que un convento de clausura? Da igual, no me seas retrógrado. ¿Que estamos insuflando la dependencia de un servicio que posiblemente suba de precio a corto o medio plazo? No te motives, viejales alarmista. ¿Que algunas de estas grandes empresas están ahora mismo a pérdidas y van a jugar a recuperar la inversión utilizando las tácticas trileras habituales? ¡Ludita!

Dada la respuesta del directivo medio, parecemos estar rodeados de auténticos yonquis de los LLM, adictos al subidón dulce, rápido e intenso. Pero luego, los más cercanos y los últimos monos, como siempre, seremos los que suframos las consecuencias de sus excesos.

Los LLM tienen sus cositas buenas

Creo que a estas alturas del texto me toca aparcar el vinagre un poco, y tratar de conciliar posturas. No todo va a consistir en mi famosa interpretación de “señor mayor le grita a una nube”. Además, de esta manera, puedo ponerme más gruñón todavía en lo que queda de texto y usar lo que voy a decir ahora como excusa.

Para mí, la mayor ventaja de los LLM es que nos permiten trabajar con datos no estructurados con una eficacia nunca vista. ¿Qué son datos no estructurados? Aquellos que no se pueden representar sin algo de esfuerzo como la clásica tabla en estadística. Para entendernos, estoy hablando de imágenes, sonido, textos, etc. Para las imágenes y el sonido ya habíamos tenido éxito con modelos de aprendizaje profundo, pero los LLM han sido una auténtica revolución en el campo del procesamiento del lenguaje natural.

Tradicionalmente, trabajar con textos ha sido siempre una pesadilla. Y una de las cosas que estos modelos hacen muy bien es extraer información importante de un texto y estructurarla siguiendo nuestras instrucciones. No hay nada más aterrador para un desarrollador que un campo de entrada que permita texto libre. Y es que los usuarios somos muy imaginativos a la hora de encontrar formas más o menos poéticas de expresar lo que queremos.

También lo están petando fuerte a la hora de generar datos artificiales. En algunos problemas, es complicado (o costoso) conseguir datos. En estos casos, nos pueden servir para generar datos fake que nos permitan ajustar algún modelo y así obtener algún tipo de información con la que decidir si seguimos adelante o no. Aquí podríamos debatir sobre la idoneidad de entrenar con dato artificial o sobre los posibles sesgos que introducimos. Pero bueno, ya sabemos que este tipo de comentarios es lo que hace que alguien te llame “purista” o “excesivamente académico”.

Personalmente, miro de reojo el desarrollo de los LLM open source, ya que creo que para muchos problemas nos pueden valer de sobra, y no presentan los problemas éticos que muchos vemos en los modelos comerciales más conocidos de Google u OpenAI. Sin embargo, la definición de open source en estos casos se queda un poco coja, y es necesario actualizarla para acomodar las características de estos modelos (No sólo soy ludita, sino que además voy a empezar a dar la turra con la ética).

https://www.filosofieinactie.nl/blog/2023/9/5/open-source-large-language-models-an-ethical-reflection

Los LLM tienen un impacto ecológico

Leí el otro día a un tech-bro argumentar que esto era mentira. Que decirlo equivalía a admitir que no se tenía ni idea de cómo funcionaban estos modelos. Todo ello basado en el argumento de que los modelos se entrenan una única vez y luego la inferencia no es tan costosa en términos ambientales. Sólo le faltó decir que los centros de proceso de datos no existen y que los Gradient Boosted Trees son woke.

En fin. ¿Se entrenan una única vez? Ni de coña. Estas empresas quieren tener sus modelos actualizados, y por lo tanto los re-entrenan de vez en cuando. ¿La inferencia no es costosa? Pues menos que el entrenamiento, sí señor, pero si estos servicios están recibiendo millones de peticiones por minuto, igual empieza a subir la factura. ¿Y el coste económico y de recursos computacionales que implica la red de crawlers que utilizan para fusilar todo el contenido de Internet? Ahora resultará que el robots.txt es woke también.

¿Y qué decir del consumo de agua de los centros de proceso de datos? Es verdad que no sólo se usan para los LLM, pero el aumento exponencial de usuarios de estas tecnologías está propiciando un salto de escala considerable. Y todo ello, recordemos, para que tu cuñado le pida a ChatGPT que le escriba la felicitación de fin de año. Porque no nos engañemos, la mayoría no están usando GPTs y demás para curar el cáncer o descubrir un nuevo antibiótico, sino para hacer chatbots (tan necesarios para despedir a gente en atención al cliente) o generar contenido en páginas de Internet (con la consiguiente enmierdificación).

Los LLM están sesgados

Todos los modelos están sesgados. Y nuestro ideal, como trabajadores del dato, es entender las relaciones entre las variables y la distribución de nuestras observaciones con el fin de eliminar o controlar todo aquello que no hace más que confundir. De hecho, esa me parece una de las tareas más importantes dentro de mi trabajo. Casualmente, en el mundo empresarial de hoy en día, es una de las tareas que menos atención recibe.

Los LLM están siendo entrenados con bases documentales gigantescas. Una escala no vista antes en la historia de las ciencias de la computación. Hablamos de modelos con billones de parámetros como si fueran pequeños árboles de decisión sobre cuatro variables sueltas. Trabajando a esta escala, es difícil verificar los sesgos de los que antes hablaba, o tratar de corregirlos. Sobre todo, sabiendo que la recopilación de datos se está haciendo de forma masiva y descontrolada.

Tristemente, el contenido basura es mayoritario en Internet. Por cada artículo interesante sobre una dolencia en PubMed o Cochrane, existen cientos o miles de sitios recomendando rezar el rosario o caerse de un balcón como métodos infalibles para curar un resfriado. Luego no nos extrañemos si el GPT de turno nos escupe cualquier anormalidad, eso sí, con mucha autoridad y empatía. Nuestros sesgos y vergüenzas son el alimento de futuras decisiones. Miedo.

Los conjuntos de entrenamiento se van degradando

El basurero que es Internet hoy en día, descrito en el punto anterior, no es estático. Cada vez hay más sitios generados automáticamente usando estos mismos modelos. Prueba si no a buscar el típico artículo de “los mejores teléfonos del año 2024”, o cualquier comparativa entre productos.

La basura regurgitada por los LLM está volviendo al punto de origen. Y, por lo tanto, está siendo usada como ejemplos de entrenamiento para las futuras versiones. Esto también está ocurriendo a menor escala en modelos de este tipo desplegados en producción en algunos sectores, y está relacionado con la capacidad de los mismos para la generación de conjuntos de datos artificiales.

Estamos cambiando nuestra forma de trabajar

Hace ya unos cuantos años que vengo observando un fenómeno que siempre me ha llamado la atención. Gente más joven que yo, al acudir a las reuniones en la empresa, siempre va con el portátil. De ahí pasé a fijarme en que las nuevas generaciones también toman apuntes en clase usando su ordenador.

Superado el shock inicial, o crisis de los casi 50, y acompañado en las reuniones por mi libreta y mi bolígrafo, me dio por divagar sobre el tema. Está claro que ha habido un cambio de paradigma. Y reconozco que tiene sus ventajas. Pero, ¿qué hay de la parte intangible del proceso de escuchar, entender, resumir y contextualizar que un recurso limitado como el papel nos obliga a realizar? ¿Puede ser que estemos perdiendo algo en el camino?

Pero vayamos un poco más allá. Hoy en día, la gente joven que entra a trabajar conmigo son ávidos usuarios de ChatGPT. A la hora de hacer algo, evitan la tediosa etapa inicial (que consiste en pensar y organizar, casi nada) y se arrojan directamente a los brazos de los LLM. A veces esto sale bien, y consiguen el resultado deseado. A veces no. Otras veces, las más peligrosas, creen que lo han conseguido pero en realidad no es así.

Parece ser que hoy en día lo único que importa es ser el primero o el mejor. La retórica neoliberal consistente en tomárselo todo como una carrera de velocidad, y no de fondo, ha calado de tal forma en nuestra sociedad que ha afectado hasta a nuestras formas de trabajar.

Yo siempre he disfrutado más del viaje que del destino. Del mero hecho de aprender, antes que del resultado. Soy un paria en esta nueva sociedad de la velocidad, porque me gusta saber las razones que hay detrás de cada paso que damos. Porque me siento responsable de las cosas que construyo o diseño, y no las veo como hitos o indicadores de mi productividad.

Hablemos de ética. ¿Es que nadie va a pensar en les niñes?

Hace unos años, todavía tuve la oportunidad de ir a algún congreso relevante dentro de mi campo. Yo me saturo con facilidad en estos saraos, pero es verdad que siempre puedes sacar algo interesante, o conocer a gente relevante del mundillo.

En esos mis últimos congresos, uno de los temas más de moda era el de la ética en la IA. Muchos talleres mostraban nombres como “Ethical AI”, “AI for good”, “Fairness in AI”, “Explainability & accountability of AI”, etc. Para mí, estas áreas representan conceptos muy importantes ya que las herramientas con las que trabajamos tienen la capacidad de influir en la sociedad y, como tales, no deben perder de vista la perspectiva ética y política de nuestras contribuciones.

Sin embargo, desde la irrupción de los LLM, todos estos temas han pasado al segundo plano informativo. ¿Casualidad? Yo creo que no. Preguntarse por los sesgos de un modelo, asegurarse de que hace lo que promete, estudiar bien las consecuencias de su aplicación en la sociedad, etc., es poner hoy en día el dedo en la llaga y visibilizar las prácticas deshonestas que muchos de los gigantes tecnológicos están llevando a cabo delante de nuestras narices.

Los LLM están quitando ya puestos de trabajo

Lo sé. Suena alarmista. Pero es algo que poco a poco nos está calando cual lluvia fina. Sólo hay que mirar a sectores como el periodismo, la proliferación de libros infantiles con el mismo sospechoso estilo o el aumento exponencial de escritores de novelas románticas (les ha costado superar la productividad en libros/mes de mucho escritor franquista revisionista, eso es cierto).

Es verdad que los que están cayendo son sectores que ya estaban muy precarizados. Pero eso no es lo más importante. Para mí, la clave del asunto está en que cualquiera se considera capacitado para hacer cualquier cosa, aunque no tenga la formación o la experiencia adecuada para ello. El proceso natural de aprendizaje por ensayo y error se ve suplantado por un mercado ultra-liberal donde todos podemos llegar a ser lo que queramos. ¿Acaso hay algo más americano (y por consiguiente molón) que esa libertad? (Bueno sí, el morirse porque tu seguro médico se niega a pagarte el tratamiento para tu cáncer).

No veo ningún LLM usurpando auténticos trabajos innecesarios, como los de muchos jefecillos que lo único que saben hacer es montar reuniones y micro-gestionarte a base de sanas puñaladas por la espalda. ¿Por qué pueden sustituir a esos profesionales que citaba antes? Fácil. Porque ya antes habían precarizado y ridiculizado sus profesiones hasta convertirlas en caricaturas.

Vete despacio y cuida de tu jardín

Es fácil darse cuenta de que todo el texto anterior huele a algo reconocible. El aroma dulzón del neoliberalismo desenfrenado impregna todos mis pensamientos sobre el tema. “Muévete rápido y rompe cosas”, dijeron, pero ninguno pensamos en su día que para los enunciantes de dicha máxima, nosotros, los últimos monos, pertenecemos al reino de las “cosas”, así en general. Y vaya si nos han roto.

Llevamos ya unos cuantos años sucumbiendo al encanto de lo inmediato. En el trabajo, competimos por ser los primeros en llevar el modelo a producción. Que el modelo no sea el adecuado, o que no haya sido suficientemente probado, es lo de menos. Lo que importa es la POLE. ¿Para qué hacer pruebas sobre un subconjunto de usuarios seleccionados e informados y recoger su experiencia, pudiendo soltar una bomba de neutrones y reventar todo lo reventable sin mirar atrás?

Hacer las cosas bien y con calma está infravalorado. Huele a naftalina y a rancio. Es algo que decimos los boomers para defender nuestros puestos de trabajo, y resistir la asimilación por parte de las máquinas. O eso es lo que entiendo. Cada vez que abro LinkedIn (morboso que es uno), me encuentro con la amenaza de la extinción. De mi extinción.

Tengo casi 50 años y tres hijos adolescentes, y no tengo tiempo para estar al día de todos los LLMs que salen a la semana. Culpable. Los fanáticos de los LLMs, ¿no recuerdan un poco a esos colegas que todos tenemos que se sabían las especificaciones de todas las tarjetas gráficas a partir de su número de serie? Gente obsesionada en almacenar conocimiento con fecha de caducidad, y que desprecia lo esencial, lo clásico, por viejo y no por diablo.

Quien hace el KPI/OKR hace la trampa

Claro que no toda la culpa la van a tener los LLM. Los pobres modelos del lenguaje, maravilla tecnológica de nuestro tiempo y auténtica revolución en el campo del Procesamiento del Lenguaje Natural, no tienen responsabilidad ni voto en el hecho de ser el capricho actual de los tech-bros, paladines que pasaron del pañal a la defensa de la libertad en menos tiempo del que tarda OpenAI en sacar un nuevo modelo.

Vivimos en una sociedad orientada a la maximización de objetivos. Nuestras vidas son problemas de optimización. En el trabajo buscamos maximizar los beneficios. En nuestra vida buscamos minimizar el tiempo desocupado o maximizar nuestra felicidad, como si eso fuera tan fácil.

Maximizar una única variable no es complicado. En el caso de las empresas, el único límite que yo veo es el de la ética. Y la ética puede venir de dentro (los valores del empresario) o de fuera (la regulación). Siempre he comentado con mis amigos que el tráfico de armas o la trata de blancas son negocios muy lucrativos, pero que los valores compartidos por la mayoría nos impiden dedicarnos a esos negocios.

Donde de verdad empieza lo duro es en la optimización multi-objetivo. Cuando queremos hacer algo lo suficientemente flexible que gane dinero, pero que no deje de lado otras cuestiones, todo se convierte en un problema de equilibrio. ¿Qué es más importante? ¿A qué le doy más peso?

Pongo un ejemplo tonto. Tenemos dos fábricas, A y B. Las dos producen anchoas (es mi ejemplo y me gustan mucho). La fábrica A produce 1000 tarros al día y la B, 500. A priori, apostaríamos todo nuestro dinero a la fábrica A. Pero pongamos que la fábrica B tiene un diseño modular que le permite adaptarse a fabricar más cosas, por un coste despreciable. Pues llega una pandemia (es un decir, son cosas que sólo pasan en el cine), y resulta que la fábrica A se come una mierda, porque no puede hacer nada. Y la fábrica B la podemos convertir a fábrica de frascos de gel hidroalcohólico o mascarillas.

¿Adonde quiero llegar con el ejemplo tonto? A que maximizar un objetivo a muerte no es más que el ya manido “pan para hoy, hambre para mañana”. Y que una cierta flexibilidad nos convierte en un jugador polivalente, que puede adaptarse a circunstancias no previstas. Apostar todo nuestro futuro a tecnologías como las LLM, por buenas que sean, no es más que un regreso a la optimización del “objetivo único”.

La deuda técnica es invisible

Imposible cerrar este monólogo sin hablar del vibe coding. Reconozco que yo, que siempre he sido desarrollador de los de mirar muchas veces el código, y que encuentro mucho placer en pensar sobre lo que estoy haciendo, por mecánico que pueda llegar a parecer, me siento amenazado por la plaga de desarrolladores “asistidos” que inunda nuestras redes con obras “maestras” de la arquitectura de software.

Yo soy lento. Me gusta pensar en las implicaciones de mi código, y en el lugar que ocupa el mismo dentro de un sistema complejo. Soy un dinosaurio para toda esta generación de cyborgs del desarrollo. Puede que esté equivocado, por supuesto, y estas líneas no sean más que mi testimonio final. “Aquí yace el último boomer que programaba a mano, sin usar Copilot, Cursor, o lo que toque cuando leas esto”.

Volvemos a hablar de rapidez. Pero nadie está hablando de la gran olvidada de nuestra industria: la deuda técnica. Estas prácticas tan molonas tienen un coste. Pero éste -piensan muchos gestores de proyectos- no es de los nuestros. Es un problema que ya pagarán nuestros nietos, es decir, los últimos mindundis que tendrán que resolver las chapuzas y agujeros de seguridad creados por un ejército de monos que trata de escribir una obra de Shakespeare pero acaba vomitando un libro de Ana Rosa Quintana.

¿Realmente nos merece la pena ir tan rápido? Que cada uno mire dentro de sí, sea sincero y ponga todas estas reflexiones en contexto. Yo estoy mayor para este ritmo y sólo aspiro a tratar de poner un poco de cordura en los proyectos en los que me quieran escuchar.

Yo no quiero ser una máquina en una cadena de montaje. No quiero que me juzguen por la rapidez con la que pongo modelos en producción. Quiero ser un artesano y que cada uno de mis modelos sea único, fruto de su momento y de las condiciones particulares de cada proyecto y equipo.


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Ayer fui a caminar por la mañana. Una hora y media. Ni mucho ni poco. Es algo que suelo hacer a menudo, aunque no con la frecuencia que me gustaría. Pero ya se sabe, a veces la vida te pasa por encima y convierte todo tu tiempo libre en una sesión interminable de vacío y remordimientos. Malditas plataformas de streaming y su abundante catálogo de deshechos intelectuales perfumados y bien empaquetados.

Me gusta ir temprano, porque uno de mis objetivos en las caminatas es alejarme lo más posible de esa nube oscura que habita en un rincón de mi cerebro. Y para ello es muy importante, en mi caso, el no meterse en grandes aglomeraciones de gente. Si ya de paso puedo evitar los ambientes ruidosos, pues miel sobre hojuelas.

¿Por qué caminar y no correr? Mi relación con el oficio de ir más rápido de lo normal siempre ha sido, digamos, especial. Me gusta, he de admitir, trotar un poco de vez en cuando. Creo que es una muy buena forma de aclarar la cabeza, quemar calorías y acabar cuanto antes con el sufrimiento asociado a la práctica deportiva. Me lo apunto para otra entrada en este diario, pues ahí tengo mucho hilo del que tirar.

Tengo unas cuantas sendas marcadas como favoritas. Una de las más especiales para mí es la pista finlandesa de Oviedo. Algún día os hablaré de la pista, del señor con el que siempre me cruzaba por las mañanas y de la yegua que, paciendo tranquila, se convirtió en mi confesora. Por cierto, ¿alguien sabe lo que es una pista finlandesa? Pensaba que era un concepto estándar, algo presente en mi vida ya desde aquellos veranos con mis abuelos en Perlora. Pero un compañero de trabajo -y gran amigo- me hizo dudar ya de adulto, pensar que todo había sido un sueño y que aquella pista ni era especial ni de Finlandia.

Aclaremos conceptos. Una pista finlandesa no es más que un camino, sendero o circuito en el que, a determinados intervalos, se intercalan aparatos para hacer diversos ejercicios. Que si unas barras para pasar de un lado a otro cual chimpancé, un pequeño banco para hacer abdominales, o cualquier otro potro de tortura. Los aparatos suelen acabar convertidos con el tiempo en sitios muy agradables para hacer botellones o fumarse unos porros, que no hay que dejar tampoco de lado los ejercicios espirituales.

Me gusta madrugar para que la música de los pájaros destaque sobre el ruido de las personas. No soy ningún experto en aves. Admiro a esas personas capaces de reconocer a una especie por su canto. Me parece un superpoder, algo inalcanzable para mis oídos de mierda. Aunque no sepa distinguir más que dos o tres tipos de pajarillos, me encanta verlos afanados por las mañanas. Disfruto con sus saltos, formas de volar y retorcidas melodías con las que se comunican y buscan la recompensa de la cópula.

No me gustan los dueños maleducados de perros. Sobre todo cuando, armados de correas extensibles, deciden ocupar todo el ancho del camino. No es un asunto de perros ni de correas. Es simplemente una actitud egoísta, tan de moda hoy en día, por la que muchos seres reclaman la propiedad de todo aquel sitio por el que pasan. Vivimos en la época del Yo, del Mi y de lo Mío. El neoliberalismo me molesta hasta para caminar.

Me gustan los perretes. Por lo general más que sus dueños. Y he caminado mucho hasta llegar a esta colina, pues cuando era pequeño les tenía un pánico atroz. Todo desde que el perro de unos vecinos de mi abuela me mordió cuando lo intenté acariciar. Perro que estaba sin cuidar, medio abandonado en vida, que apostaría me mordió porque en su cabeza no podía concebir que alguna persona se le acercara con buenas intenciones. Aquello acabó en una serie de pinchazos, vacunas que dolieron más que la mordida. Pasé años con miedo a los perros, hasta que empecé a salir con una chica que tenía un pequinés. Pero eso os lo cuento otro día.

No me gustan los conductores estresados y con prisa. Para llegar hasta los pájaros, la finlandesa y la libertad, he de caminar un cuarto de hora por una avenida -el nombre le viene grande, pues es pequeñita y estrecha- con bastante tráfico. Hay una calle con un semáforo y mucha pendiente, donde no es raro que a los noveles se les cale el coche. Gran pecado mortal, se puede deducir de las sinfonías de claxon e improperios que suelen recibir los desdichados. No soporto esas prisas por ir a ningún sitio.

Me gusta vivir cerca de un monte. Tener la tranquilidad a tiro de piedra. Poder, en un momento de flaqueza, jugar a disfrutar de un día de furia y cagarme en todo el tráfico, los coches y la gente que habla a voces por la calle. Subir y olvidarme de la ciudad y de su velocidad. Tenemos derecho a vivir despacio, a perder el tiempo y a ser felices sin necesidad de estar corriendo de un lado para el otro. Me ha costado muchos años entender que en lo sencillo y lo cercano puede estar el secreto para ser feliz. Y en esa receta siempre hay una montaña o un mar.

No me gusta la gente que va con una radio a todo volumen. Son fáciles de reconocer. Son los mismos que luego se sentarán en la barra de un bar y tendrán la solución a todos nuestros problemas como sociedad. Cuando están en el bar piden mano dura contra todo indeseable que no piensa como ellos, y cuando están paseando suelen llevar sintonizada una emisora que vomita basura ultraderechista. Células cancerígenas de la sociedad que aún no han descubierto los auriculares, o que desconocen que sus doctrinas nos importan una mierda.

Me gustan las vistas desde la finlandesa. En días despejados, puedo ver toda la sierra del Aramo. Y delante de sus picos, a veces cubiertos de nieve, se aprecia con claridad el Monsacro, observando tranquilo Oviedo desde la media distancia. Incluso en los días grises, cuando esos montes juegan al escondite y se convierten en ecos y sensaciones tras una barrera de nubes, puedo respirar hondo y contemplar cómo la ciudad en la que vivo se acuesta sobre el verde paisaje de mi tierra.

Especial mención de disgusto tengo para esas manadas de gymbros hipertrofiados que, no contentos con exhibir su evidente superioridad física, tienen que hacerlo en grupo. En grupos de a doce, claro, y a ser posible ocupando todo el camino a lo ancho. Arrollando a los seres físicamente inferiores como yo que osamos poner un pie en sus dominios. A veces los imagino marcando con orines las pistas de atletismo y las máquinas del gimnasio, delimitando sus posesiones cual terrateniente celoso de su vecino.

Los árboles son mucho más fuertes que los cachitas del párrafo anterior. Y además, mucho más bonitos. Me reciben con colores y brillos distintos cada vez que subo a caminar. Cuando sus hojas se caen, paso a caminar sobre un terreno acolchado, y éste hace más amable al sendero. Me protegen de la lluvia en momentos de necesidad. Y no hay sonido que insufle más paz en mis pulmones que el del viento silbando entre las ramas. Alrededor de la pista finlandesa se han plantado nuevos ejemplares en los últimos años, y me gustaría vivir tres vidas más para verlos convertirse en colosos que quizás protejan algún día, con su sombra, la siesta de alguno de mis bisnietos.

No me gusta que la gente no sea consciente de su momento lineal. Ya me lo dijo Carlos, un gran profesor de física que tuve en el instituto. Que no subestimara la hostia que un autobús me podía dar a veinte kilómetros por hora. En la pista finlandesa no me puedo encontrar con autobuses, claro está, pero sí con ciclistas que pasan muy cerca y a velocidad inadecuada. La bicicleta es el medio de transporte por excelencia. Es sano, divertido y eficiente. Pero en las manos equivocadas se puede convertir en un arma, sobre todo si te patinan las neuronas y te dedicas a pasar rozando a señoras mayores con triple prótesis de cadera.

Una de las cosas que más me gustan de una buena caminata tempranera es la posibilidad de desayunar fuera de casa. Sentarme en la mesa de un bar, leer la prensa envuelto en el abrazo de un café caliente y disfrutar de la tranquilidad y la compañía de otros introvertidos que han salido a vigilar las calles mientras el resto de sus vecinos duermen. A veces, suelo rematar el desayuno comprando algo en la pastelería para mis hijos. Si hay algo mejor que desayunar fuera, es desayunar en casa y que te traigan unos cruasanes o unos churros.

Voy llegando al final de esta lista, y creo que he sido muy transparente. Si a estas alturas, no te has hecho una idea de mí y de mis manías, quizás deberías ver menos la televisión. Soy una persona que adora la tranquilidad. Evito los sobresaltos, los ruidos fuertes, el tráfico, las obras y los coches con ventanillas bajadas desde las que se escupen ritmos de dudoso valor nutricional. Hay gente para la que cualquier cosa se convierte en una competición. Yo, sin embargo, soy feliz cuando me inhibo, me siento en el arcén de la vida y contemplo el paso de la aguja del reloj.

Me gusta el silencio. Madrugar el fin de semana para leer con tranquilidad en el mismo sofá desde el que escribo estas líneas estúpidas. Tal y como he leído en un libro hace poco, a los madrugadores nos embarga la sensación de que estamos al cuidado de los demás. Cuidamos de los adoquines de tu calle mientras tú no estás, y nos encargamos de que todo esté listo para cuando la gente de verdad, la masa crítica de esta nuestra sociedad, decida salir a comerse el mundo.

Para mí, una caminata es lo mismo que no ir a ningún lado. Los opuestos se entretejen. El fin es la vuelta a casa, al sitio desde el que salí. Es el tiempo, el camino, el aire en mi cara. Sentirse pequeño ante la gran mole formada por miles de pequeños detalles que hacen de nuestros pasos una experiencia distinta cada día. Porque el camino cambia a cada segundo, está vivo, y ninguno de nosotros es el mismo que fue ayer. No somos más que ríos, agua al fin y al cabo, que fluyen de forma distraída, filtrándonos por toda grieta hasta convertirnos en alimento de los peces.


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Advertencia de contenido: esta entrada responde a la necesidad de probarme en otro tipo de registro, y como respuesta a un reto personal. Contiene lenguaje soez, chistes de cacas y alguna que otra referencia a Sevilla, la Pantoja y Twitter.

Hoy vengo a confesar que me he aburguesado (léase con música de la condenada Pantoja). Sobre todo con las cosas del descomer. Vamos, del cagar de toda la vida, que puede ser que por aquí asome el morrete gente de ciencias, y esos suelen considerar que los sinónimos son palabras superfluas. ¿Qué es lo que me ha llevado a enfangar este diario con temas tan mundanos? ¿Acaso he decidido alejarme del lirismo y la angustia existencial, y abrazar las más bajas simas del caca-culo-pedo-pis de patio de primaria?

Pues no, querido valiente que has logrado llegar hasta este párrafo. Es mucho más sencillo que todo eso. Mi compañera, mi eterna sufridora, me ha retado de forma bastante disimulada.

—¿Por qué no dejas de dar por el culo— me dijo, tal cual, en la sobremesa— con tus depresiones de cuarentón cis-hetero-caucásico-privilegiado y escribes algo más divertido?

(Licencia poética arriba o abajo, que ahora mismo no recuerdo bien).

Y he aquí que a mí me ponen mucho los retos. Bueno, los cortitos. Que no sean muy cansados. Y si no hay que salir de casa y tratar con seres humanos, pues mejor todavía. Además, por que por una vez no hable de mi salud mental, tampoco es que vaya a pasar nada. Es más, hasta puede venirme bien. En fin, voy a intentar no dar más vueltas, y centrarme en el tema principal que me ha traído hasta este teclado: son las cosas de la vida, son las cosas del cagar (hoy me ha dado por lo folclórico y coplero, mira tú, que yo siempre suelo salirme más por el rock sinfónico y progresivo).

La premisa principal que quiero exponer es la siguiente: creo que la mayor parte de seres humanos defecantes sufrimos una progresiva inclinación por la intimidad según vamos dando vueltas al Sol.

Puede que recuerde, o que sea mentira, que una vez fuera de viaje de estudios de la EGB (se hacía en el octavo curso, equivalente al segundo de la ESO actual) y acabara en un hotel más bien discretito en una calle estrecha de Sevilla. Hasta ahí, ningún problema, pues no venía yo de familia de lujos y de aquella no sabía lo que eran las chinches.

El caso es que teníamos una habitación para seis o siete adolescentes de género masculino y un único baño. La intimidad sexual propia de la edad no era algo importante en aquella época, ya que lo habitual era que no hubiera menos de dos personas masturbándose en público y a la vez en cualquier momento del día o de la noche. Bendita juventud de los 90. Y luego todavía hay gente que siente nostalgia, en fin...

Sin embargo, el hecho de cagar era otra cosa. Algo más importante, y para lo que se necesita cierta capacidad de concentración y de entrenamiento. ¿Cuál era el problema? Que nuestra habitación no contaba con un cuarto de baño. Un solitario retrete nos saludó desde una esquina. Lo que es peor, alguien había pensado que era buena idea colocar una cortina de baño en forma circular, rodeando el trono, como única medida de separación.

Y ahí es donde nuestro querido hotel perdió para siempre la quinta estrella de nuestro amor. Es broma. De aquella no había estrellas ni portales de viajes. Ni tampoco chinches. El acto de defecar, tan natural en sí mismo, se convirtió en un desafío, una prueba del héroe, ya que eran muchos los peligros que acechaban.

El menor de los males era sufrir una colisión. Descorrer la cortina llena de moho y encontrar a alguno de tus compañeros de habitación dando lo mejor de sí mismo mientras besaba sus rodillas. No es lo mismo llamar a una puerta con mesura y recibir unas palabras amables informando sobre el estado de ocupación de tan ansiado recurso, que encontrarte de pie, sin palabras y apretando el esfínter delante de otra persona, también sin palabras, mirándote desde abajo. Grandes diálogos de la historia de la humanidad han tenido lugar en momentos tan intensos, pero pocos fueron registrados y sobrevivieron hasta nuestros días.

En otras ocasiones, la suerte estaba de tu lado y llegabas el primero a conquistar la colina de la hamburguesa, a desplegar una avanzadilla que te permitiera liderar con éxito la contienda. Es en estas ocasiones cuando la cortina demostraba su eficiencia como dispositivo de contención de gases no tan nobles. Al mínimo contacto con dichos gases, solían comenzar las revueltas populares y el lanzamiento de objetos contundentes contra (o por encima de) nuestra ya famosa cortina.

Pongo al Monstruo del Espagueti Volador por testigo de que yo he visto lanzar navajas de abanico en situaciones que se hubieran resuelto de forma pacífica con una mayor ingesta de fibra. Otro día podría escribir sobre la extraña querencia que los chavales de mi generación tuvimos por dichas navajas, shurikens, y objetos punzantes de todo tipo. Pero eso es otra historia y me estoy desviando de nuevo.

Otra de las opciones es que alguien decidiera invertir todas las posibilidades artísticas de una máquina de fotos desechable para conseguir un bonito álbum lleno de estampas familiares. Una foto de la Giralda, otra en Plaza de España, y veinte de compañeros cagando. Y, por supuesto, la reprimenda de sus progenitores por haber sido tan idiota. Estoy seguro de que muchos paparazzi y periodistas de la prensa rosa sintieron la llamada y encontraron su vocación en un momento como aquel.

Lo que está claro es que el acto de ir al baño era algo social, divertido y entrañable. Cuántas amistades se forjaron a fuego en aquellos momentos. No sólo en aquel hotel de Sevilla, sino también en todos aquellos campamentos de verano en los que tenías que hacer tus necesidades en el bosque, armado de una pequeña pala para cavar un agujero y algo apañado para limpiarte. O los baños infectos de bares, discotecas y gasolineras en noches de juerga eterna y juventud desmelenada. A día de hoy, me río del WC de la película de Trainspotting cuando veo el de algunos áreas de servicio en nuestras carreteras.

¿Qué nos pasó entonces? ¿En qué momento nos volvimos tan burgueses como para escoger con premeditación y alevosía el lugar y el momento de cualquier futurible deposición?

Quizás fue el mayor nivel adquisitivo. Cuando éramos jóvenes, cagábamos donde podíamos, no donde queríamos. Pero una vez que trepas por la pirámide social (aunque sea un poquito) y encuentras el trono de tus sueños, es difícil volver atrás. Cuando no conoces más que el papel higiénico del elefante, aquella versión descafeinada del papel de lija, ignoras los placeres reservados a los usuarios de las dobles y triples capas diseñadas por cachorritos de Labrador.

También está el tema del envejecimiento. Con la edad, todo son peros. Dificultades para ir al baño. Las terribles hemorroides y otras patologías anales que, como las chinches, no existen cuando eres joven. Prueben a decirle a su hijo de quince años que si está mucho tiempo sentado en el inodoro viendo vídeos de TikTok se le acabará saliendo parte del recto por el ojal, y verán la cara de incredulidad que se le pone. Angelitos.

Quizás cuando el acto de ir al baño se convierte en un pilar de tu bienestar, en un pronóstico del resto de tu día, no estás tan dispuesto a compartirlo con amigos como antes. A lo mejor todo esto no es más que el reflejo de nuestra forma actual de socializar, tan dependiente de nuestros teléfonos móviles y de las redes sociales. Quizás ya no estemos dispuestos a cagar en sociedad por la misma razón por la que hablamos por videoconferencia o ligamos gracias a aplicaciones en el móvil.

La solución a todo esto pasaría por la creación de una red social destinada a compartir nuestros movimientos intestinales vía texto, imágenes o vídeos en directo o diferido, y algún que otro algoritmo de recomendación que nos propusiera defecadores afines, o esfínteres gemelos. Espera un momento. A lo mejor es esto lo que está planeando Elon Musk con sus maniobras en la red antes conocida como Twitter. Ahora que lo pienso, el contenido de la misma lleva ya mucho tiempo desprendiendo olor a mierda.


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