Mala persona
A veces tengo la sensación de ser una mala persona. Que antepongo mis necesidades más idiotas al bienestar de aquellos que me rodean. Que no entiendo de prioridades vitales, y confundo lo importante con lo satisfactorio. Un patán aislado del mundo que, a pesar de ser lo suficientemente sagaz como para darse cuenta de su posición privilegiada en el orden de las cosas, obvia los hechos bajo su nariz sólo para revolcarse un rato más en el fango de la ignorancia y el vacío de aquello cuya única cualidad es la de ser basura apta para el consumo humano.
Saber con exactitud lo que tienes que hacer, y aún así ignorarlo y dedicarte a la contemplación, en especial si te pagan por ello, no deja de ser un síntoma. ¿De una enfermedad mental? Puede, pero ya no me queda sitio en la frente para todas las etiquetas que me he asignado. Quizás se trate de vagancia. Pero eso es otro melón. La vagancia puede tener múltiples significados, en función de la cultura y el contexto. En mi opinión, intrépida y poco basada en hechos, para que una conducta pueda ser etiquetada como vagancia, de ésta debiera derivarse una cantidad no desdeñable de placer. El vago disfruta de su inactividad.
A lo mejor estamos hablando de un sabotaje. Una forma de renunciar en vida, agarrar por el cuello a tu ilusión y decirle que en esta ciudad ya no hay sitio para los dos. El cuerpo puede estar mandando señales sin rumbo, botellas con mensajes envenenados cuyo único propósito es el de naufragar. Quizás cual faro, nuestra alma nos está enviando una señal con la sana intención de mantenernos alejados de las rocas y el fracaso. Pero en mi caso, llamadme suspicaz, tengo la sensación de que el farero está borracho.
Me gustaría poder echarle todas las culpas a la sociedad. A las redes sociales y a los medios de comunicación. Al continuo bombardeo de mensajes insistentes y contradictorios que te dicen que no eres la persona que quieres ser. Al culto a la productividad y al salseo de los emprendedores. Pero eso sería injusto, pues soy yo el que, voluntario, se adentra en esos callejones sin salida. Caigo bajo el embrujo del placer fácil y barato, del humo con sabor a colorante alimentario y aroma dulzón. Yo también puedo ser un evangelista o un hijo de papá con tiempo libre suficiente como para jugar a la ruleta con el dinero de otros.
Pero, ¿acaso son esos mis referentes? Ni de lejos. Siempre fui un niño introvertido, con mucha imaginación, que disfrutaba de largos ratos de soledad y de la calidez de una manta ya gastada en una tarde de invierno. ¿En qué momento comencé a compararme con los demás? En algún momento no identificado sucumbí a la carrera de las ratas y empecé a preocuparme por mi sitio en esta sociedad. Alguna razón tenía que tener mi presencia aquí.
Estaba equivocado. O lo estoy, pues no tengo claro que mi adicción a ser querido pertenezca ya al pasado. Quiero y no quiero. Disfruto de la introspección pero envidio a los que tienen muchos amigos y navegan con facilidad por eventos multitudinarios. Tengo un grupo reducido de grandes amigos, y saboteo de forma semiconsciente cualquier oportunidad de contacto, en un intento desesperado por quedarme solo. No se puede tener todo.
Voy a hacer cincuenta años. Medio siglo sobre la tierra. Mentiría si dijera que no me produce cierta melancolía. Sin embargo, en algunos momentos, logro abrir algún claro a base de mirarme fijamente en el espejo. Escarbo en el fondo de mis ojos e intento recuperar la amistad de aquel que mejor me conoce. Allí reside la verdad. No soy mala persona. Sólo un ser imperfecto y algo roto. Como todas las personas a las que quiero y admiro.
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