Insomnio
Cuando se despertó, perdido entre los temblores y el desasosiego, todavía estaba allí. Como el dinosaurio. Casi consumido por el cabreo y una estúpida e inocente sensación de justicia, alcanzó a apagar la alarma de su teléfono móvil al segundo o tercer intento. Los ojos llenos de arena no se lo estaban poniendo fácil.
Sus noches más recientes no habían sido malas, sino crueles. Una noche mala es aquella en la que el sueño escasea pero que sigue cierta lógica, aunque ésta sea rastrera. Sin embargo, una noche cruel era aquella que le dejaba probar la miel del buen sueño, del que repara y reconforta, para un momento después rasgar toda tregua y arrancarle a zarpazos la ilusión de descansar.
Había probado ya cien formas de mantener alejada a la vigilia. Cien fracasos que sumar a la ya poblada saca de malos hábitos y pensamientos autodestructivos. La solución se resistía y lo esquivaba como un cerdo engrasado se resbala entre los dedos de un joven en una fiesta de verano del siglo pasado.
La espalda le quemaba. La mitad superior de su cuerpo se enfadaba con la inferior y trataba de seguir un camino distinto. Su mandíbula expresaba resentimiento y los dientes chirriaban de dolor. El techo, inmóvil, contemplaba la escena como un juez distraído al que su pareja acaba de abandonar. El ventilador de techo giraba sin descanso. El aire se había vuelto irrespirable. Ni siquiera leer, el viejo hábito compañero de tantas noches en vela, se le hacía fácil esa noche.
No podía aflojar los brazos y seguir así. Saltó de la cama, chorreando sudor y mala hostia, apretó los puños y gritó. Las paredes se agrietaron y una fina lluvia de escayola le dio a la escena un extraño aire invernal. Sorprendido, se tomó unos segundos para recuperar el aire perdido y tratar de entender qué había pasado. No podía ser.
Una sonrisa maliciosa brotó con timidez en su cara. Hinchó el pecho a base de rabia acumulada y volvió a gritar. Esta vez, las paredes no aguantaron. Tras las grietas apareció la oscuridad. La nada. El suelo desapareció bajo sus pies. Flotando en la negrura de lo infinito, y ante la ausencia de cualquier punto en el que fijar su mirada, su cuerpo se rindió y aceptó dejarse llevar.
Allí vio lo que no está escrito. Se enfrentó a aquello que lo acechaba desde las esquinas más oscuras de sus miedos infantiles. No había escapatoria. Quiso cerrar los ojos y descubrió que no tenía ya párpados. Obligado a mirar al vacío, pasó sus últimos instantes tratando de recordar quién era y cómo había llegado hasta allí.
Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org