Ejercicio de positividad
Me he dado cuenta de que mis últimas entradas en este cuaderno han estado cargadas de cierta negatividad. Vamos, que mi estado anímico se ha desparramado por el lienzo, tiñéndolo de oscuro. Y es que es lo que tocaba, pues estos días ando sumido en mis crisis habituales de gilipollas primermundista. El hermano de mi abuela, si estuviera vivo, me hubiera recetado una buena guerra civil. Era así de delicado, pero bueno, también es el que me llamó cobarde cuando me declaré objetor de conciencia. En fin. Otros tiempos.
El caso es que me he propuesto, para este texto, el explorar algún paisaje nuevo. Algo que pudiera servirme para demostrar que no todo está perdido. Algo -cuidado que viene- positivo. No voy a caer en lo fácil, esto es, poner alguna foto de la gata y dedicarme a loar su gran capacidad para ronronear de puro placer y acto seguido dejarme la mano como un acerico. Voy a hablar del mundo exterior, ese gran desconocido. Del aire y la luz, y las criaturas que los habitan. Vamos, que he salido a tomar un café con unos amigos a media mañana y me ha sentado bien.
Cuando uno está con el ánimo bajo, es fácil olvidarse de los pequeños placeres de la vida. Y uno de los más baratos, asequibles y eficaces es el de una buena conversación. El problema reside en que nuestro cerebro, con la sana intención de protegernos, nos lleva a querer aislarnos cada vez más, a evitar cualquier contacto innecesario con la raza humana. Incluso consigue, de forma pausada, engañarnos para que nosotros mismos nos engañemos y pensemos que es eso lo que deseamos. Si encima, como es el caso, uno trabaja en remoto a tiempo completo, la situación no puede más que empeorar.
Hoy recibí un mensaje de un amigo que trabaja cerca de mi casa. En él nos convocaba (a los miembros habituales de un grupo de Whatsapp dedicado a odiar el trabajo con todas nuestras fuerzas) para un café de emergencia. Lo primero que me vino a la mente fue decir que no o inventar alguna excusa, pues en esos momentos la imaginación se desboca y cualquier cosa es válida para prolongar nuestro sufrir. Y por supuesto, no se me olvide, está el tema de los pequeños baches cotidianos. Ponerse unos pantalones o calzarse se convierten en desafíos sólo a la altura de héroes legendarios.
El caso es que dije que sí. Y me alegro. La conversación me sentó bien. Hablamos del trabajo, cómo no, pero también de series, películas, música y videojuegos. Y con cada palabra, la oscuridad retrocedía. Qué tontería, pensé. Ni respiración diafragmática, ni pastillas, ni técnicas de relajación. Lo que a mí me hacía falta era una conversación. El contacto con otros seres humanos.
Mi querido amigo Juan, experto en sacarme de mis casillas y enfrentarme a mis miedos y contradicciones (gracias, Cholo, te quiero un montón aunque te encante tocarme las narices) siempre me discutía la idoneidad del trabajo remoto total, pues en su opinión somos animales sociales y no estamos hechos para vivir en soledad. Me jode, porque yo soy una persona muy cuadriculada, y soy muy feliz trabajando desde casa, pero creo que igual tiene razón.
Vuelvo al tema central, con la intención de salir de este embrollo con un doble tirabuzón hacia atrás. Salí a tomar un café en compañía. Y disfruté como un enano. Ahora sé lo que tengo que hacer. Dejar de navegar tanto tiempo por las redes y retomar el contacto con seres de carne y hueso. No es un camino fácil, pues mi cabeza es una hábil saboteadora, y logra que yo mismo boicotee cualquier intento, por inocente y sencillo que sea.
Pero las cartas están sobre la mesa y la apuesta parece a mi alcance.
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