keyeoh

Cosas que se le pasan por la cabeza a uno.

Pues resulta que tengo la espalda bastante tocada. Eso ha dicho el médico. Como buen coleccionista, me he hecho con unas cuantas hernias de diseño. Y luego he rematado con algo de artrosis porque lo de las hernias ya estaba muy visto. Un cuadro.

La verdad es que grave, grave, no es. Tengo en mi entorno a gente pasándolo mucho peor. Quizás lo que menos estoy llevando es el diálogo conmigo mismo. Ese en el que me recuerdo que ya tengo una edad, que la entropía es muy suya, y que al final todos vamos degenerando. Cada uno a su ritmo.

Ninguna crisis de la mediana edad sin sus achaques. Ningún medio siglo sin llegar al ralentí. Me tendré que poner en modo ahorro de batería, y olvidar todas las actividades que requieren de alegría y movimiento de cadera. Bueno, todas, todas, no.

A estas alturas poco importa si el culpable fue el deporte descontrolado, los entrenadores indocumentados, mi yo adolescente haciendo burradas, o el primo hermano de una dieta baja en calcio. Mi espalda ha dicho que necesita mimos y yo, obediente, voy a hacer todo lo posible por contentarla.

Porque se lo merece. No en vano lleva muchos años aguantándome.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Dejemos por hoy el narcisismo a un lado. Hablemos de ella. La razón por la que estoy vivo. El calor que me sirve de faro cuando vuelvo a casa entre la niebla. La que evita que todo se hunda y convierte en calma chicha lo que hace un momento eran tormentas.

Ella siempre ha estado ahí. Ha sido el pecho sobre el que derramar lágrimas, y la mirada que todo lo entiende y respeta. Eso en los momentos malos. Me cuesta por otro lado recordar algún instante de felicidad del que no haya sido cómplice.

A veces soy malo con ella. Discuto, critico, o simplemente la descuido. Los locos es lo que tenemos. Mordemos la mano que nos da de querer. Pero me basta un segundo sin ella para darme cuenta de lo mucho que la necesito. Y entonces lamento todas y cada una de mis acciones que hayan podido insinuar siquiera una tara en su comportamiento.

A lo mejor no es perfecta. No lo puedo ni imaginar. Pero sé que es la pieza del rompecabezas que vino a mostrarme el paisaje, la visión general de una vida que merece la pena. Es mi compañera de viaje y mi destino.

A veces, se marchita un poco y parece una película a cámara lenta. Me gusta en esos momentos ofrecerle un abrazo, tratar de devolverle una ínfima parte de todo lo que ella me ha dado. Creo que lo consigo.

Con ella he mejorado como hombre, como padre y como hijo. Como compañero y amigo. Es la mejor madre, amiga, compañera, confesora, cuidadora, asesora y persona con la que podía haber soñado.

Escribo esto desde un tren que me lleva a toda velocidad hacia sus brazos. Cada segundo se me hace bola. Cada parada es un pequeño martirio, tolerable porque sé que, al final de la vía, ella me espera.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Llevo ya dando vueltas un tiempo a una teoría loca. La de que el fenómeno de los vasos comunicantes puede servir para explicar muchas dinámicas dañinas que afectan a nuestro día a día. En mi caso, me sirve para explicar cierto patrón que estoy detectando en el entorno laboral en el que me muevo habitualmente. En concreto, estoy hablando de los “IA-bros”, acólitos de la tecnología disruptiva y de la programación basada en “vibras” (como diría algún adolescente).

Imaginemos a un equipo dentro de una empresa. El equipo A, como en la tele. Su función es la de mantener, remozar y actualizar proyectos muy complicados, con mucha lógica de negocio detrás. Esto, para los que no sean del gremio, es una labor muy tediosa, con mucha carga de trabajo y que requiere de mucho esfuerzo cognitivo. Mucho más si, como es el caso de nuestro equipo A, ninguno de los proyectos que manejan fue creado por ellos. Es decir, y esto es importante, su labor siempre es la de mantener productos desarrollados por otros.

Partimos entonces de una situación de, podríamos decir, “secuestro intelectual”. Me explico. Una persona del equipo A se enfrenta a diario a los errores derivados de decisiones tomadas por otra gente. Como bien dicen en algunos tratados de psicología, la combinación de una gran responsabilidad con una total falta de control es la ruta más corta hacia el estrés. Y no meto en la ecuación la desmotivación que eso conlleva porque ya sería jugar con mucha ventaja.

La gente que tomó las decisiones puede seguir o no en la empresa. Puede estar en otros equipos. No tienen por qué ser jefes o cargos intermedios. Su único rol en este escenario es el de perpetradores. Son los que tomaron una decisión. No entro en si esas decisiones son buenas o malas, pero sí en el proceso mediante el cual se toman.

Cuando uno tiene que decidir entre varias alternativas, son muchos los factores que podemos tener en cuenta. Es verdad que al final, muchas veces es nuestro cerebro reptiliano (por favor, discúlpenme los psicólogos por esta burda simplificación) el que la toma sin más, por alguna corazonada. Pero en general valoramos en nuestras cabezas el coste y el beneficio de cada posible camino a tomar.

Ahí es donde yo quería llegar. Tengo la sensación de que, en algunos casos, muchas personas toman decisiones sólo en base al beneficio (y a corto plazo, además) porque inconscientemente saben que el coste se lo va a comer otro. En el caso de nuestra empresa de ejemplo, los miembros del equipo A no tuvieron ni voz ni voto en las decisiones originales, pero ahora se comen a diario las consecuencias de aquellas.

Tristemente, me da la impresión de que esto es algo generalizado. Y que nuestro querido equipo A no está solo en su cofradía. Miramos alrededor y percibimos este patrón en muchas escenas cotidianas. Jefes que compran productos software que nunca van a tener que usar. Tenderos que te recomiendan productos que ellos no consumirían. Curanderos que te prescriben remedios cuyos efectos secundarios no van a sufrir. En general, consejos vendo que para mí no tengo.

En informática, el caso más paradigmático quizás es el de la gente que programa de manera descuidada, porque es consciente de que no va a tener que mantener dicho código. Suele ser la gente que se lleva las medallas, trabajadores del mes que deslumbran con su rapidez. Mi hipótesis es que esto no funcionaría si estas personas tuviesen que responder de sus decisiones, esto es, mantener, documentar y reparar el fruto de su entusiasmo digital. Ya vendrán otros. El equipo A, por ejemplo.

En determinados ámbitos, como el de la investigación, es normal crear engendros tecnológicos, porque normalmente quieres probar una idea de forma rápida. Pero en estos casos la persona que lo crea no tiene pensado ponerlo en producción. Se lo guisa y se lo come, con más o menos dolores de cabeza. Sólo hay que ver muchos de los programas o scripts que acompañan algunos artículos científicos.

No me quiero extender mucho más, así que voy a intentar ir al grano. Lo que planteo es que, cuando los fanáticos de la IA nos venden el aumento de productividad asociado, en realidad ese tiempo ahorrado no desaparece, sino que se transforma y traspasa a otro pringado. Cuando formas parte del equipo A, no te hace mucha gracia que ciertas personas cojan mucha velocidad.

Si alguien deja caer algo de basura al suelo, y nuestra labor es recogerla, se hace y punto. Sobre todo si te pagan por ello y las condiciones son dignas. Pero es que ahora ese alguien esparce la mierda en moto y te piden que lo sigas corriendo.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Hoy vengo menos literario y más personal. Me acabo de levantar, es un domingo por la mañana y he pasado una noche horrible. Me siento en este momento como si me hubieran pegado una paliza un alegre grupo de drugos vestidos de blanco y de gustos neoliberales extremos. De hecho, me ha costado mucho esfuerzo el sentarme aquí y cumplir con mi compromiso diario. Porque sí, tengo un propósito que empezó como hábito a adquirir en el 2026 y que ya se ha instalado en mi vida. Todos los días me siento y escribo durante un mínimo de quince minutos.

Y ya está. Así de simple. Lo único que quería era seguir los consejos del señor James Clear en su famoso libro “Hábitos Atómicos”. A saber, ponerse metas muy bajas pero frecuentes, anclar los hábitos a otros ya instalados en nuestra vida, y regalarme alguna recompensa una vez terminada mi incursión diaria. Lo último fue fácil. Chocolate.

Lo bueno es que parece que la cosa ha cuajado. Llevo ya muchos días escribiendo sin pretensiones. Una entrada del blog por aquí. Avanzando con algún proyecto aparcado por allí. Sin pretensiones. Sin metas. Sin plazos. Puedo decir que la cosa funciona cuando, hasta en días como hoy, me encuentro aquí asomado al teclado.

Hoy no he dormido bien. Me he levantado como cuatro veces al baño (mi vejiga debe de ser como la de un click de Playmobil, porque tengo menos autonomía que un móvil oxidado). Arrastro un dolor de espalda continuo desde hace meses que empeora mucho en la cama. Añadimos una pizca de mi habitual ansiedad y todo listo y en bandeja.

No tengo nada grave. Sobre todo, cuando lo comparo con el estado de salud de alguno de mis amigos. Según mi psicóloga, es necesario apreciar también esa condición, esto es, nuestro lugar en el mundo del sufrimiento físico y mental. La clave, sin embargo, está en el verbo “apreciar”. Aquellos que, como yo, no tengan la salud mental en la columna de las ventajas, sabrán entender que, precisamente, la parte de la percepción es donde reside la mayor vía de agua. ¿Cómo puede uno “apreciar” lo bien que está en comparación con los demás si sus sentidos le transmiten lo contrario?

Yo, además, siempre comparo el dolor de espalda con el de muelas o el de cabeza. Son situaciones que no tienen por qué ser provocadas por ninguna dolencia grave. Sin embargo, ese runrún continuo puede llegar a afectar con gran fuerza a una estructura mental ya de por sí frágil. Por otro lado, la pequeña parte de uno que sí es consciente del privilegio de estar sano se viene arriba y sube la apuesta añadiendo un quintal de culpa a la ecuación.

Para romper con este círculo vicioso, la psicología normalmente recurre a técnicas escritas. Parece ser que el hecho de escribir y razonar sobre nuestras distorsiones cognitivas ayuda bastante a ver con claridad. Por eso a veces escribo sobre estas cosas aquí, y abandono el tono más literario. Porque quiero desahogar, soltar alguna de estas pesadas alforjas llenas de mierda y meditar sobre la situación real y privilegiada en que me encuentro.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Mi forma de escribir es anárquica. No tengo constancia, ni mucho menos estilo, pues soy bastante flojo y nunca me lo he tomado tan en serio como se lo merece algo que, en el fondo de mi alma, sé que me gusta y me hace bien. Suelo escribir aquí, inspirado por cosas que me ocurren o que surgen cual chispa de encendido en alguna esquina de mi mente ansiosa. Me gusta jugar con las palabras, buscar sonidos más que palabras extrañas, colores y sensaciones antes que profundos significados.

No soy tan inteligente como para dotar a estos escritos de fondo, de sustancia. No creo que nada en este diario pueda ayudar a nadie. A veces me gustaría escribir sobre cosas sesudas, en las que mi opinión y mi conocimiento pudiera marcar una diferencia, pero no soy esa persona. Me pongo a rebuscar en el baúl de mis conocimientos a menudo, con el objetivo de escribir por aquí algo concreto, algún consejo o técnica que pudiera servir, y la única conclusión a la que llego es que me he quedado estancado en lo personal, laboral y emocional.

Como persona, y miembro de la comunidad, creo que nunca había estado en unos niveles tan bajos de aceptación. Al menos, en la encuesta que me hago a mí mismo unas diecisiete veces al día. Hubo épocas en mi vida en las que participé en asociaciones y ONGs, me impliqué con el objetivo de cambiar la sociedad, de forma limitada, y tuve ilusión por cambiar el mundo. Tenía ideales y creencias, más o menos acertadas, pero que me ayudaban a ir tirando.

Como trabajador, estoy atravesando una etapa de mucha desmotivación. Hubo épocas en mi vida laboral en que creía tener más claro lo que quería ser. Me gustaba el tema de los datos, y quería usarlos para ayudar a los demás. Quizás por eso recuerdo con especial cariño la etapa en la que trabajé de bioinformático en un laboratorio de investigación. Allí, rodeado de gente muy brillante, aprendí muchísimo sobre biología y sobre el proceso mediante el cual cultivamos conocimiento nuevo. Al igual que en otros muchos trabajos, también tuve mis momentos duros. Sobre todo, asociados a mi eterna inseguridad. Pero al final del día tenía un asidero. Pensaba en que mi trabajo tenía un fin, en esencia, bueno. Ojalá pudiera decir lo mismo ahora.

Como pareja, padre e hijo, creí durante largo tiempo tener mucho que decir o aportar. Sin embargo, a día de hoy, no alcanzo a ver en mí ninguna chispa que pueda iluminar las vidas de aquellos que me soportan en este viaje. Tengo la sensación de ser cada día más superfluo, más innecesario. Los hijos se hacen mayores y ya la suerte está echada. Espero haber plantado en ellos la semilla que algún día les hará convertirse en las personas buenas y honestas que sin duda serán. Pero mi rol es cada vez menos necesario.

Esta disfunción ejecutiva, que me agarra y me clava al suelo de forma violenta, acabará con mi vida de pareja o familiar si no encuentro pronto una solución. Porque cuando uno empieza por no verle ilusión a nada, no puede esperar que la ilusión le devuelva la mirada de forma altruista. Se empieza por hacer menos, y el día más inesperado, te encuentras con que no has hecho nada. Ni levantarte de la cama.

A lo mejor algún día de estos encuentro una identidad perdida en un contenedor. Quizás, con suerte, me encaje y pueda verme a mí mismo desde otra perspectiva. Experimentar la sorpresa y la ilusión de nuevo, descubrir un nuevo camino, sencillo pero inspirado, que me enseñe a ser feliz en mi mediocridad.

Sí. Eso estaría bien.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

A veces. Sólo a veces. Quiero ver el mundo arder.

A gente mala quiero ver consumida por las llamas.

Intolerancia y falta de empatía. Un buen combustible.

Sus lágrimas no pueden pararlo. No tienen. Fueron niños secos, sin agua ni recovecos.

Hoy gritan asustados. Su piel se cae a tiras. Las manos no vendrán del futuro a rescatarlos.

Ya no hay manos.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Hoy me he levantado algo pachucho. Mi cuerpo ha decidido declarar la revolución y abrazar a los invasores. Los muros han caído y, abrazado a un sanitario de color blanco sucio, he comenzado mi día. No se trata de nada grave, más bien parece algún tipo de proceso vírico intestinal de esos que tanto abundan. Ni me voy a morir ni quedarán secuelas. Mañana ya casi ni me acordaré.

Es curioso, sin embargo, como en ocasiones las dolencias más pequeñas nos convierten en auténticos caprichosos y quejicas. Una llamada de atención, quizás, que nos abstrae por un momento de esta adultez no solicitada y nos devuelve al niño que ya ni reconocemos en las fotos viejas. Siempre adscrito al rol de cuidador, un pequeño virus no es más que un salvoconducto para imbuirnos de un dulce e inocuo egoísmo. Por una tarde podemos volver a ser dependientes y privilegiados. Podemos ser mandones y exigir nuestra dosis de mimos.

Voy un poco más allá. Me fascina cómo una leve molestia de tripa puede afectar a mi equilibrio mental. Todo se relaciona con todo, y la falta de energía baja el listón de mi competencia a la hora de enfrentarme a mis responsabilidades diarias. Todo se me hace difícil, y me parece más lejano. Cualquier esfuerzo es insoportable. Y me tengo que recordar a cada segundo que no me estoy muriendo, que se trata sólo de un señal, un síntoma de ese capitalismo salvaje en el que vivimos, y que nos empuja cada día a dar la mejor versión (consumista) de nosotros mismos.

Vivimos al límite. En el trabajo, tenemos que usar lo último en tecnología para no quedarnos atrás. Formarnos en nuevos conocimientos que nos permitan, no ya comprender, pero sí entender, a nuestros compañeros más jóvenes. En casa debemos ponernos el traje de superhéroe y no sólo organizar compras, comidas e intendencia cual restaurante de bodas, sino también educar en valores a nuestros descendientes.

En caso de formar una pareja convencional, lo habitual ahora es que los dos tengan que trabajar para mantener el nidito. Si tu rollo es distinto en el amor y lo familiar, entiendo que tendrás que sumarle la incomprensión de los demás y la continua lucha por tu espacio en una sociedad que critica al diferente por deporte.

Hablemos de deportes. No vale con salir a caminar un rato por placer. Hay que decidirse por una actividad, comprar todo el outfit que toque y esforzarse en superarse día tras día. Porque quien no se mejora a sí mismo, se queda atrás, es un fracasado y además no ha entendido los principios básicos del capitalismo, en los que tenemos que crecer personalmente hasta reventar cual globo lleno de falsas promesas de superación.

¿Es extraño entonces que a la mínima señal de disconformidad queramos abandonar el barco? Este ritmo no hay quién lo aguante. Creo que me estoy mareando un poco al escribir. Me voy a bajar un ratito de la rueda a descansar. Por lo menos hasta que mi pareja me pida la vez.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

A veces siento que el aire está hecho de pequeñas criaturas de colores. Que toda una civilización, con sus normas y costumbres, es aniquilada cada vez que inspiro. Millares de sueños y esperanzas compartidas, trazadas con tiza sobre la acera sucia y húmeda de una calle de Nueva York, se topan de bruces con un final inesperado.

La oscuridad que habita el interior de mis pulmones se convierte en inesperado creador. De sus invisibles dedos surge la magia que planta la luz necesaria para encontrar el camino a un nuevo día. Pequeños seres reptan a la vera del camino, y sus cuerpos luminosos alertan de futuras malas decisiones, forzándome a escoger, a tomar partido por algo y perderlo todo, mientras el aire se sigue escapando por las aberturas que mis dedos imperfectos no pueden sellar.

Sueño parece, y es, la historia que ahora vomito. De mis dedos surgen rayos, destellos sin sentido, razones y desazones que afectan a este cuerpo marchito. El tic tac es cada vez más fuerte, la pared no aguantará. El tiempo del reloj se desprende, y el ahora se va por el desagüe mientras nos hace gestos obscenos con el dedo.

Largo de mi casa, seres estúpidos de colores. Mi color, aunque pastel, no deja de ser mío. En la oscuridad me siento a silbar mi melodía. Mientras tanto, pienso, tenderé mis dudas en las ventanas y esperaré a empezar esta botella que tanto me gusta.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

LinkedIn siempre ha dado mucha grima. Ha tenido épocas mejores, cierto es, en las que podíamos considerarlo como una herramienta útil, pero su proceso de enmierdificación ha pisado tanto el acelerador que está desgastando la planta del pie contra el asfalto. Hace ya bastantes años, yo mismo defendía su utilidad como red, ya que conseguí un puesto de trabajo gracias a las funcionalidades que daba para conocer a gente en empresas a base de que colegas tuyos fueran pasándose tu currículum de mano en mano hasta llegar al objetivo. Como era de esperar, esta funcionalidad desapareció hace tiempo, pues era demasiado práctica y no favorecía el compromiso (término muy actual con el que en las empresas tecnológicas hablan de agarrar al usuario por los bajos del pantalón y no dejarle salir de la plataforma).

A pesar de tener alguna virtud, ya abundaba por aquel entonces algo de la fauna que a día de hoy puebla esa santa casa. Siendo sinceros, se trataba de la misma fauna que antes alardeaba en clase o en la barra del bar, exagerando sus logros y adornándolos con anglicismos y palabras rebuscadas. Todos los conocemos. Pero ahora les habían dado una plataforma profesional. Ya no se trataba de un Facebook o similar, en el que podían presumir de su última foto en Tailandia con un animal salvaje, o de sus rutinas de entrenamiento y relajación en su humilde jardín de media hectárea (metro cuadrado arriba o abajo). Ahora podían contar, con pelos y señales, sus maravillosos logros en lo laboral.

Salvo honrosas excepciones, que seguro existen, por lo general la mayor parte de los que se sacan el miembro viril en las redes no son más que gente acomplejada. Si su trabajo fuera en realidad tan interesante o revolucionario, la comunicación de sus resultados se haría en otro contexto. O si tan importante es su aportación, y ellos tan indispensables, no sé en qué momento trabajan pues no parece que salgan del escaparate deslizante en el que se han convertido las redes sociales.

Si el párrafo anterior ha soltado un cierto olor a patriarcado rancio, es porque es lo que contiene. He usado a propósito el masculino, pues mi experiencia me dice que este tipo de comportamiento abunda más entre los de mi género. Por supuesto que hay mujeres que pecan de todo esto, pero por algo el término que ha calado cual meme con libre albedrío ha sido el de techbro.

Todo este exhibicionismo de galería, de emprendedores con dineros, y de gente con mucho tiempo libre, ha encontrado su El Dorado con el auge de las IA generativas y el vibe coding. Habían ensayado sus fórmulas de comunicación durante años, con la web3 y el blockchain, pero algo no iba bien. Y el chiringuito no acababa de despegar. Pero ahora los vientos de las grandes tecnológicas y los billonarios nazis soplan como nunca se había visto antes, y todos en la misma dirección.

Tradicionalmente se nos ha tildado a los linuxeros (informáticos, roleros, etc.) de ser evangelistas más pesados que los Testigos de Jehová. Siempre alabando las virtudes de la deidad correspondiente ante gente más o menos (más bien menos) interesada. Pero ahora, a diario, nos enfrentamos a hordas de cultistas de la IA y el vibe coding. Ríete tú de la capacidad de penetración de mercados de Antonio Lobato. Pobres linuxeros. Para lo que hemos quedado.

Para esta gente todo es maravilloso. No existe la crítica. Sólo la competición por ver quién tiene más capacidad de asombro y dinero para pagar todas las cuentas de Claude. Y mientras, la creatividad se nos muere, el software libre empieza a desmotivarse por falta de incentivos, y los bros, sus discursos y sus chorrocientas pruebas de concepto hechas en cinco minutos son cada vez más parecidas entre sí.

Soy bastante escéptico con este triste panorama. Si ya antes se sacrificaba la calidad por entregas rápidas y productos a medio hacer, imaginemos lo que nos espera. Todo en aras de la productividad. Ese concepto que ha eludido durante años una buena definición. Hemos vuelto a evaluar desarrollos por el número de líneas de código por unidad de tiempo. A escritores por la cantidad de tiempo que tardan en escribir un libro. Carreras de galgos que luego serán sacrificados.

Lo peor de todo, y lo que me llevó a escribir esto, es que nos niegan a los escépticos la autonomía de pensamiento. Es decir, si no me parece bien lo que está pasando, o emito una opinión discordante, enseguida me tildarán de no haberlo entendido, me pedirán que abra mi mente o me acusarán de estar usándolo mal. Encima de adictos e iluminados, paternalistas con ínfulas y sobredosis de feromonas transhumanistas.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org

Me he dado cuenta de que mis últimas entradas en este cuaderno han estado cargadas de cierta negatividad. Vamos, que mi estado anímico se ha desparramado por el lienzo, tiñéndolo de oscuro. Y es que es lo que tocaba, pues estos días ando sumido en mis crisis habituales de gilipollas primermundista. El hermano de mi abuela, si estuviera vivo, me hubiera recetado una buena guerra civil. Era así de delicado, pero bueno, también es el que me llamó cobarde cuando me declaré objetor de conciencia. En fin. Otros tiempos.

El caso es que me he propuesto, para este texto, el explorar algún paisaje nuevo. Algo que pudiera servirme para demostrar que no todo está perdido. Algo -cuidado que viene- positivo. No voy a caer en lo fácil, esto es, poner alguna foto de la gata y dedicarme a loar su gran capacidad para ronronear de puro placer y acto seguido dejarme la mano como un acerico. Voy a hablar del mundo exterior, ese gran desconocido. Del aire y la luz, y las criaturas que los habitan. Vamos, que he salido a tomar un café con unos amigos a media mañana y me ha sentado bien.

Cuando uno está con el ánimo bajo, es fácil olvidarse de los pequeños placeres de la vida. Y uno de los más baratos, asequibles y eficaces es el de una buena conversación. El problema reside en que nuestro cerebro, con la sana intención de protegernos, nos lleva a querer aislarnos cada vez más, a evitar cualquier contacto innecesario con la raza humana. Incluso consigue, de forma pausada, engañarnos para que nosotros mismos nos engañemos y pensemos que es eso lo que deseamos. Si encima, como es el caso, uno trabaja en remoto a tiempo completo, la situación no puede más que empeorar.

Hoy recibí un mensaje de un amigo que trabaja cerca de mi casa. En él nos convocaba (a los miembros habituales de un grupo de Whatsapp dedicado a odiar el trabajo con todas nuestras fuerzas) para un café de emergencia. Lo primero que me vino a la mente fue decir que no o inventar alguna excusa, pues en esos momentos la imaginación se desboca y cualquier cosa es válida para prolongar nuestro sufrir. Y por supuesto, no se me olvide, está el tema de los pequeños baches cotidianos. Ponerse unos pantalones o calzarse se convierten en desafíos sólo a la altura de héroes legendarios.

El caso es que dije que sí. Y me alegro. La conversación me sentó bien. Hablamos del trabajo, cómo no, pero también de series, películas, música y videojuegos. Y con cada palabra, la oscuridad retrocedía. Qué tontería, pensé. Ni respiración diafragmática, ni pastillas, ni técnicas de relajación. Lo que a mí me hacía falta era una conversación. El contacto con otros seres humanos.

Mi querido amigo Juan, experto en sacarme de mis casillas y enfrentarme a mis miedos y contradicciones (gracias, Cholo, te quiero un montón aunque te encante tocarme las narices) siempre me discutía la idoneidad del trabajo remoto total, pues en su opinión somos animales sociales y no estamos hechos para vivir en soledad. Me jode, porque yo soy una persona muy cuadriculada, y soy muy feliz trabajando desde casa, pero creo que igual tiene razón.

Vuelvo al tema central, con la intención de salir de este embrollo con un doble tirabuzón hacia atrás. Salí a tomar un café en compañía. Y disfruté como un enano. Ahora sé lo que tengo que hacer. Dejar de navegar tanto tiempo por las redes y retomar el contacto con seres de carne y hueso. No es un camino fácil, pues mi cabeza es una hábil saboteadora, y logra que yo mismo boicotee cualquier intento, por inocente y sencillo que sea.

Pero las cartas están sobre la mesa y la apuesta parece a mi alcance.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org