Lo estás haciendo mal

LinkedIn siempre ha dado mucha grima. Ha tenido épocas mejores, cierto es, en las que podíamos considerarlo como una herramienta útil, pero su proceso de enmierdificación ha pisado tanto el acelerador que está desgastando la planta del pie contra el asfalto. Hace ya bastantes años, yo mismo defendía su utilidad como red, ya que conseguí un puesto de trabajo gracias a las funcionalidades que daba para conocer a gente en empresas a base de que colegas tuyos fueran pasándose tu currículum de mano en mano hasta llegar al objetivo. Como era de esperar, esta funcionalidad desapareció hace tiempo, pues era demasiado práctica y no favorecía el compromiso (término muy actual con el que en las empresas tecnológicas hablan de agarrar al usuario por los bajos del pantalón y no dejarle salir de la plataforma).

A pesar de tener alguna virtud, ya abundaba por aquel entonces algo de la fauna que a día de hoy puebla esa santa casa. Siendo sinceros, se trataba de la misma fauna que antes alardeaba en clase o en la barra del bar, exagerando sus logros y adornándolos con anglicismos y palabras rebuscadas. Todos los conocemos. Pero ahora les habían dado una plataforma profesional. Ya no se trataba de un Facebook o similar, en el que podían presumir de su última foto en Tailandia con un animal salvaje, o de sus rutinas de entrenamiento y relajación en su humilde jardín de media hectárea (metro cuadrado arriba o abajo). Ahora podían contar, con pelos y señales, sus maravillosos logros en lo laboral.

Salvo honrosas excepciones, que seguro existen, por lo general la mayor parte de los que se sacan el miembro viril en las redes no son más que gente acomplejada. Si su trabajo fuera en realidad tan interesante o revolucionario, la comunicación de sus resultados se haría en otro contexto. O si tan importante es su aportación, y ellos tan indispensables, no sé en qué momento trabajan pues no parece que salgan del escaparate deslizante en el que se han convertido las redes sociales.

Si el párrafo anterior ha soltado un cierto olor a patriarcado rancio, es porque es lo que contiene. He usado a propósito el masculino, pues mi experiencia me dice que este tipo de comportamiento abunda más entre los de mi género. Por supuesto que hay mujeres que pecan de todo esto, pero por algo el término que ha calado cual meme con libre albedrío ha sido el de techbro.

Todo este exhibicionismo de galería, de emprendedores con dineros, y de gente con mucho tiempo libre, ha encontrado su El Dorado con el auge de las IA generativas y el vibe coding. Habían ensayado sus fórmulas de comunicación durante años, con la web3 y el blockchain, pero algo no iba bien. Y el chiringuito no acababa de despegar. Pero ahora los vientos de las grandes tecnológicas y los billonarios nazis soplan como nunca se había visto antes, y todos en la misma dirección.

Tradicionalmente se nos ha tildado a los linuxeros (informáticos, roleros, etc.) de ser evangelistas más pesados que los Testigos de Jehová. Siempre alabando las virtudes de la deidad correspondiente ante gente más o menos (más bien menos) interesada. Pero ahora, a diario, nos enfrentamos a hordas de cultistas de la IA y el vibe coding. Ríete tú de la capacidad de penetración de mercados de Antonio Lobato. Pobres linuxeros. Para lo que hemos quedado.

Para esta gente todo es maravilloso. No existe la crítica. Sólo la competición por ver quién tiene más capacidad de asombro y dinero para pagar todas las cuentas de Claude. Y mientras, la creatividad se nos muere, el software libre empieza a desmotivarse por falta de incentivos, y los bros, sus discursos y sus chorrocientas pruebas de concepto hechas en cinco minutos son cada vez más parecidas entre sí.

Soy bastante escéptico con este triste panorama. Si ya antes se sacrificaba la calidad por entregas rápidas y productos a medio hacer, imaginemos lo que nos espera. Todo en aras de la productividad. Ese concepto que ha eludido durante años una buena definición. Hemos vuelto a evaluar desarrollos por el número de líneas de código por unidad de tiempo. A escritores por la cantidad de tiempo que tardan en escribir un libro. Carreras de galgos que luego serán sacrificados.

Lo peor de todo, y lo que me llevó a escribir esto, es que nos niegan a los escépticos la autonomía de pensamiento. Es decir, si no me parece bien lo que está pasando, o emito una opinión discordante, enseguida me tildarán de no haberlo entendido, me pedirán que abra mi mente o me acusarán de estar usándolo mal. Encima de adictos e iluminados, paternalistas con ínfulas y sobredosis de feromonas transhumanistas.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org