Pequeña pausa publicitaria

Hoy vengo menos literario y más personal. Me acabo de levantar, es un domingo por la mañana y he pasado una noche horrible. Me siento en este momento como si me hubieran pegado una paliza un alegre grupo de drugos vestidos de blanco y de gustos neoliberales extremos. De hecho, me ha costado mucho esfuerzo el sentarme aquí y cumplir con mi compromiso diario. Porque sí, tengo un propósito que empezó como hábito a adquirir en el 2026 y que ya se ha instalado en mi vida. Todos los días me siento y escribo durante un mínimo de quince minutos.

Y ya está. Así de simple. Lo único que quería era seguir los consejos del señor James Clear en su famoso libro “Hábitos Atómicos”. A saber, ponerse metas muy bajas pero frecuentes, anclar los hábitos a otros ya instalados en nuestra vida, y regalarme alguna recompensa una vez terminada mi incursión diaria. Lo último fue fácil. Chocolate.

Lo bueno es que parece que la cosa ha cuajado. Llevo ya muchos días escribiendo sin pretensiones. Una entrada del blog por aquí. Avanzando con algún proyecto aparcado por allí. Sin pretensiones. Sin metas. Sin plazos. Puedo decir que la cosa funciona cuando, hasta en días como hoy, me encuentro aquí asomado al teclado.

Hoy no he dormido bien. Me he levantado como cuatro veces al baño (mi vejiga debe de ser como la de un click de Playmobil, porque tengo menos autonomía que un móvil oxidado). Arrastro un dolor de espalda continuo desde hace meses que empeora mucho en la cama. Añadimos una pizca de mi habitual ansiedad y todo listo y en bandeja.

No tengo nada grave. Sobre todo, cuando lo comparo con el estado de salud de alguno de mis amigos. Según mi psicóloga, es necesario apreciar también esa condición, esto es, nuestro lugar en el mundo del sufrimiento físico y mental. La clave, sin embargo, está en el verbo “apreciar”. Aquellos que, como yo, no tengan la salud mental en la columna de las ventajas, sabrán entender que, precisamente, la parte de la percepción es donde reside la mayor vía de agua. ¿Cómo puede uno “apreciar” lo bien que está en comparación con los demás si sus sentidos le transmiten lo contrario?

Yo, además, siempre comparo el dolor de espalda con el de muelas o el de cabeza. Son situaciones que no tienen por qué ser provocadas por ninguna dolencia grave. Sin embargo, ese runrún continuo puede llegar a afectar con gran fuerza a una estructura mental ya de por sí frágil. Por otro lado, la pequeña parte de uno que sí es consciente del privilegio de estar sano se viene arriba y sube la apuesta añadiendo un quintal de culpa a la ecuación.

Para romper con este círculo vicioso, la psicología normalmente recurre a técnicas escritas. Parece ser que el hecho de escribir y razonar sobre nuestras distorsiones cognitivas ayuda bastante a ver con claridad. Por eso a veces escribo sobre estas cosas aquí, y abandono el tono más literario. Porque quiero desahogar, soltar alguna de estas pesadas alforjas llenas de mierda y meditar sobre la situación real y privilegiada en que me encuentro.


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