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Cosas que se le pasan por la cabeza a uno.

Escribo estas líneas el día de mi cumpleaños. Uno de abril. Coincide además que es el día de los inocentes en bastantes partes del mundo. Eso lo podría corroborar mi madre o mi compañera, porque menuda inocentada llevan aguantando todos estos años.

Y es que son ya unos cuantos días los que llevo por aquí. Cincuenta añazos me caen hoy. Suena fuerte, ¿eh? Medio siglo. Tiene además este número la cualidad de que suena a mitad perfecta, pero no nos engañemos, que a estas alturas ya le he dado la vuelta al jamón.

Tengo tendencia a la negatividad. La salud mental, ya sabéis. La percepción. Esa especie de filtro que oscurece las imágenes de nuestra propia vida. Pero quiero aprovechar hoy este rincón para afirmar alguna cosa, para decir algo positivo.

He tenido hasta ahora cincuenta años de vida muy feliz.

Unos padres que se querían y un entorno seguro donde crecer.

Unos amigos que me siguen aguantando a pesar de ser un agonías.

Una compañera a la que le rezuma la paciencia por los poros y me sigue queriendo aunque sea un gilipollas en ocasiones.

Unos hijos que, para ser adolescentes, he de reconocer que no me han salido mal. Es broma. Van a ser muy buenas personas.

Una casa donde vivir y un trabajo que me permite ganarme la vida y darme algún capricho de vez en cuando.

Pensando en todo esto, creo que he tenido suerte. Y eso es algo que a veces se me olvida. Hay gente en el mundo pasándolo muy mal, y yo soy un privilegiado. Mi objetivo para lo que me queda es ser consciente, darme cuenta de una vez de que la felicidad son las cosas pequeñas, y seguir tratando de ayudar a todos los que lo necesitan más que yo.

Creo que con eso ya tengo bastante para estar ocupado.


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En todo grupo que se precie hay una persona al mando. Al menos. Nos guste o no, las dinámicas sociológicas parecen converger hacia ese desequilibrio. Puede ser que les cabecillas de turno lo hayan deseado, y esa situación sea para elles un éxito. Se sabe que hay gente que nace con el gen de la cabeza de pelotón, que necesita atención para desayunar y algo de sumisión para excitarse. Felicidad en cómodos plazos, bien sea organizando un trabajo, una boda, o la lista de regalos de reyes.

Sin embargo, hay otras personas que acaban ocupando puestos de liderazgo sin querer. La mayor parte de las veces, por incomparecencia del resto. El maravilloso arte de dar un pasito atrás todes a la vez y abandonar una carga de infelicidad, con premeditación y alevosía, sobre los hombros de alguien que nunca la deseó.

Existe a su vez una tercera vía, la del acumular responsabilidades poco a poco sin darse apenas cuenta. Como la rana que muere hervida al no percibir un aumento gradual de la temperatura del agua en el que flota. La gente se acostumbra con facilidad a lo cómodo del asiento de acompañante. En otros países, más asertivos, es posible que se valore la iniciativa y se perdonen los errores, pero estamos hablando de nuestra España, la de las luces y las sombras.

Aquí tenemos por costumbre, y a mucha honra, el criticar. Es el deporte nacional aficionado por excelencia. Raro es no conocer a habituales de la puya oral, la puñalada por la espalda o el doble sentido; gente que ha hecho de la herida un verso, y del resto de la humanidad un eterno objetivo. A esta banda se les hace la boca agua al ver a alguien tratando de pastorear voluntades.

El concurso suele comenzar bien ante una necesidad, como un viaje o evento, bien tras la desaparición de la persona que ostentaba la responsabilidad anterior. Tras las bambalinas se extienden los largos dedos de la miseria moral y se manipulan las elecciones que nunca se celebrarán. Todo en beneficio del mínimo esfuerzo y la máxima superficie de exposición al escrutinio de los demás.

En mi caso, por circunstancias personales, me vi hace años encargado de responsabilidades para las que no había entrenado. No muy importantes, cierto es, pero sí poco compatibles con mi personalidad, bastante alejada del liderazgo y del protagonismo. Suelo vivir mis aficiones con cierta intimidad, y asomo la patita por contados agujeros, como pueden ser estos textos. Me gusta contar historias, y que los focos me iluminen un par de minutos. Pero ya. Hasta ahí. Luego vuelvo al rincón donde no necesito organizar nada ni decidir por los demás.

Procede una aclaración. No se me da mal el organizar un sarao. Lo admito, y con cierta sonrisilla de satisfacción además. Puede ser que mi ansiedad, mi perfeccionismo, o mi necesidad de aceptación jueguen un papel. Lo que quizás no llevo bien es el exponerme después a la intemperie, a que la gente proteste, critique, o simplemente no quede satisfecha. Estoy más a gusto en el rincón oscuro con mis juguetes que en primera línea del frente.

El origen de la fricción, en mi caso, es que la gente alrededor se haya acomodado a la hora de organizar y tomar decisiones. No es culpa suya. Ya he confesado que yo haría lo mismo. El problema es que este sistema tiende a perpetuarse y reforzarse, con el consiguiente gasto de energía para un introvertido como yo. De alguna forma deberíamos organizarnos para que las responsabilidades rotaran de una forma proporcional y adecuada a las necesidades de cada uno.

Es pura salud cognitiva. Las personas que han nacido para mascarón de proa deben dejar el bastón de mando en ocasiones, para que así florezcan otras ideas y el suelo sobre el que se asienta el grupo pueda respirar. Y la suma de vampiros sociales, entre los que me incluyo, que no queremos salir de la bodega ni decidir el rumbo, tenemos que sentir que nuestras acciones son voluntarias y no impuestas por agentes de fuera.


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La oscuridad amenaza con invadir el interior del coche. El tiempo abandona nuestro templado refugio al compás irregular que marcan las gotas de lluvia en una síncopa de reflejos distorsionados sobre el cristal. El calor restante no tardará en seguir sus pasos y arrancarnos del delicado abrazo del silencio.

Vemos borroso porque llevamos las gafas en la frente, justo en la linde que separa al pasado zagal del viejo en construcción. El paso a nivel de la vida, donde los chasis gastados por el uso se atascan e intentan adivinar de qué lado vendrá el tren.

Puede ser que esta vez haya suerte, y el tren sea de vía estrecha. Esos hacen menos daño al pasarte por encima, no como un martes desbocado en nuestro cubículo de color blanco sucio.


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Tengo una relación un poco extraña con los viajes. De joven, viajé bastante por España y por Europa, cuando era más difícil viajar. ¿Difícil? Bueno... caro, lento, sin móviles, sin Internet, etc. Nos hacemos a la idea. Les cuento a mis hijos ahora que me iba a la República Checa en autobús, dos días y medio de viaje, y que luego allí hacíamos llamadas a cobro revertido o buscábamos la tarjeta de teléfono más barata, y les queda a los pobres cara de dibujo animado, con la boca abierta hasta el suelo.

Ahora, sin embargo, me da una pereza que me muero. El sofá, la manta y un buen libro o una serie, ejercen un poder erótico e hipnótico sobre mí. Mi compañera de vida lo sabe, y cuando quiere que hagamos un pequeño viaje, comienza una campaña de acoso y derribo paulatino, hasta que no me queda más remedio que claudicar, aceptar que es bueno que me dé un poco el aire, y levantarme del sofá. Eso sí, lo hago despacito y, cuando ella no me ve, le guiño un ojo al sofá y le susurro un tórrido “ahora vuelvo”.

Me he hecho mayor, sí, pero no creo ser el único culpable de todo esto. El mundo del viajar ha cambiado también. Ahora, ser turista es una necesidad. Los medios y las redes sociales nos acosan hasta hacernos creer que si no pasamos la semana santa en Roma (plan que no me puede atraer menos) no somos más que parias. O que gastarse el diez por ciento de tu sueldo anual en un viaje de cuatro días es un “caprichito” que hay que darse, una alegría para el cuerpo. Cuerpo que luego será alimentado a base de pan y agua, porque de algún sitio habrá que recuperar el efectivo.

Legiones de influencers señalan con el dedo y todos agarramos nuestra maleta de cabina y acudimos a la llamada de nuestros amos. La diferencia es que ellos no pagan, cobran. Recuerdo mi última visita a Lisboa, en la que éramos (me incluyo) tantos turistas, que en un tranvía casi sale mi hija pequeña despedida cual rubia bala perdida. Si en algún sitio hay que hacer cola para sacar una foto sin que te estorbe nadie el encuadre, igual deberías preguntarte quién ha decidido ir allí, si tú o el inconsciente colectivo que habita tu teléfono móvil.

Por si todo esto no fuera bastante, tengo que añadir además que hace ya unos cuantos años que vengo padeciendo de problemas intestinales crónicos, lo que dificulta algo más todavía el hecho de viajar, especialmente si te vas a sitios donde el cambio de dieta se note más. Yo, además, tengo por costumbre comer todo lo comible, vaya donde vaya. Mis diarreas me ha costado ser tan abierto de mente (y de esfínter, para qué negarlo).

Todavía recuerdo con cierta ternura a un matrimonio con el que coincidimos en un viaje organizado a China. Como no les gustaba la comida de allí, se las habían ingeniado para llevarse pan de molde y paquetes de jamón serrano envasados al vacío en la maleta. No sé si iba en serio, o si se trataba de una performance sobre los efectos laterales del turbocapitalismo. Les guardo cariño porque pertenecían al sector sanitario y acudieron a mí con Fortasec cuando más lo necesitaba.

Conocí a un señor muy majete en uno de mis viajes de trabajo a Brasil que tenía por costumbre, desde su jubilación, vivir seis meses al año en otro país. Cada año, uno diferente. Acompañado de su esposa, alquilaban un piso en algún pueblo, y se dedicaban a hacer vida de jubilados por allí. Compraban, comían y tomaban el café donde lo hacían los lugareños, ya que evitaban vivir en sitios turísticos. Esto sí que me parece una forma mejor de viajar, pero claro, hay que estar jubilado y tener una pensión que te lo permita.

Porque cuando nos ponemos el disfraz de turista, ¿realmente estamos viajando? ¿Estamos conociendo otra cultura? ¿O sólo la postal artificial creada a propósito para el consumo? Yo mismo me he sentido así en alguna visita guiada, un bulto más dentro de una masa informe que circula, ríe, se asombra, hace fotos y consume. ¿Puede un documental decente, visto en la comodidad de nuestro salón, enseñarnos más sobre un país que el hecho de ir hasta allí? Parece ridículo, pero este mundo en el que vivimos no deja de sorprendernos para mal.

Los centros de nuestras ciudades cada vez se parecen más entre sí. Las mismas tiendas, los mismos bares, los mismos turistas. El viajar, paradigma de la experiencia cultural, se ha convertido en una mercancía más, algo con lo que regatear y conseguir más por menos. Además, nuestros queridos amigos los bancos, siempre pendientes de nuestro bienestar, lanzan líneas de financiación para que no pases el mal trago de ser el único de tu barrio que no se ha ido a París este puente.

¿Sueñan los turistas con franquicias eléctricas? Esto es, ¿tanta ganancia económica nos dejan al visitar nuestras ciudades? Cuando no somos turistas, pero sí lugareños, es cuando le vemos las costuras al fenómeno. Tengo la sensación de que el sistema económico asociado al turismo se parece cada vez más a una economía circular, pero en el mal sentido. Gente que viene de fuera y consume en franquicias de fuera, para gran solaz de la hostelería. Pero más allá de la barra del bar, ¿cuál es el impacto real en una ciudad y en la comodidad de sus ciudadanos?

Nosotros cuando viajamos tratamos de ser conscientes del problema. Compramos en comercios locales, nos interesamos por la cultura, la historia y la gastronomía de la zona. Intentamos no molestar a los que tienen que vivir y trabajar en la misma línea temporal en la que nosotros nos rascamos la barriga. Incluso así, tengo la sensación de que no somos más que turistillas de nivel regular tirando a cutre, pues el sistema deja poco margen a la improvisación.

Quizás por eso muchos de nuestros viajes de los últimos años han estado asociados a la “España vaciada”. Por todo esto, o simplemente porque soy un tiquismiquis y la única manera de que alguien me aguante es yéndome a un erial solitario y quejándome a los pájaros.


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(Lo que sigue es el resultado de mi primera partida a un juego de rol en solitario. En concreto, al Alone Among the Stars. Siempre había tenido curiosidad, y he aprovechado el formato del blog para compartir esta experiencia. Me ha sorprendido para bien, a pesar de su minimalismo.)

Día 1

Tras grandes esfuerzos, por fin logramos encontrar un punto en la pared del glaciar Aguas Revueltas 7 con el grosor adecuado para la perforación. El resto del equipo apenas podía contener la emoción cuando logramos entrar por primera vez en las viejas ruinas. Tal y como sospechábamos, estas paredes plagadas de símbolos extraños, ahora silenciosas, acogieron en su día algún tipo de civilización. ¿Qué fue de ellos? ¿Encontraremos algún vestigio más que nos pueda ayudar a entender mejor su cultura y costumbres?

Día 2

Los técnicos especialistas del equipo de la doctora Flores han avanzado a buen ritmo en la catalogación de los diferentes símbolos que hemos encontrado, no sólo en las paredes de las ruinas iniciales, sino también en cualquier superficie que haya soportado dignamente el paso de tanto tiempo. Al parecer, nuestros amigos desaparecidos tenían cierta tendencia a escribir en cualquier sitio. Confiamos en que esto nos ayude en nuestra misión.

Lo más complicado ha sido acceder al pequeño templo sumergido en lo que pensábamos al principio que era una especie de piscina. Al carecer del equipamiento adecuado, hemos tenido que improvisar y tirar de ingenio para lograr acceder al mismo usando uno de los drones defensivos con algunas modificaciones.

Día 3

Esta noche apenas hemos logrado conciliar el sueño. La intensidad de la tormenta nos ha pillado por sorpresa. Algunos de mis compañeros perdieron el control y se echaron a llorar. Tengo que reconocer que en todos mis años en el servicio, jamás me había sentido tan frágil, tan a merced del capricho de la naturaleza.

Lo más extraño fue cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando con los rayos. Uno de los centinelas del campamento dio la voz de alarma y señaló con el dedo, alzando la voz por encima del ruido. En mi vida había visto algo igual. Todos los rayos de la tormenta caían sobre el mismo punto, en la cima de uno de los picos nevados que rodean al valle Descanso 19. ¿A qué se deberá ese fenómeno?

Día 4

Las imágenes del templo submarino capturadas por el dron nos guiaron a un arroyo cercano dentro del mismo glaciar. Una pequeña corriente de agua circulando a través de puro hielo. Por un instante creí estar ante una arteria que alimentaba a este gigantesco ser de hielo.

He prohibido cualquier tipo de perforación en el conducto de agua, pues tengo la intuición de que algo malo podría ocurrir si perturbamos su estado. Sobre todo, tras comprobar en las imágenes que el interior del mismo está forrado de lo que parece una especie de musgo azulado y brillante. Tal y como prometimos cuando empezamos este viaje, es preferible marcharnos con las manos vacías a trastocar el equilibrio de un ecosistema.

Día 5

Esta noche, acosado por el insomnio, abandoné la tienda y salí a estirar las piernas. La luz reflejada por las tres lunas resaltaba el contorno del paisaje alrededor del campamento, dotándolo de geometrías extrañas. Me asusté cuando vi algo brillante moverse cerca de mis pies, a pesar de que no hemos visto nada parecido a un animal durante nuestra estancia aquí. Al final, resultó ser algún tipo de veta mineral que discurre por la superficie en múltiples líneas. Los destellos eran rítmicos, como si el propio planeta estuviera comunicándose con sus lunas.

Día 6

Hoy nos hemos despedido del planeta Tranquilidad X32. La misión ha tocado a su fin. Nos vamos contentos con las muestras obtenidas e impresionados por la delicadeza de sus paisajes. Por otro lado, nuestro viaje debe continuar. Escribo estas líneas ya tumbado en mi cómodo asiento de observación, echando un último vistazo a todo ese azul brillante. Veo alejarse el planeta y contemplo, a la distancia, la maraña que dibujan sus ríos parpadeantes. Al lado de los mismos, decenas de ruinas abandonadas parecen despedirse en silencio. Me voy con más preguntas que respuestas, pero ya me voy dando cuenta de que en eso consiste mi trabajo.


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Aunque el título de esta entrada recuerde a un tubérculo, en realidad va del día del padre. En Mieres, mi ciudad (casi) natal, tenemos un acento muy marcado y una forma de hablar sobre la que cualquier asturiano sabe hacer un chiste. Entre otras distorsiones lingüísticas, yo siempre llamaba a mi padre así, “papa”, con acento (no ortográfico) en la primera “a”.

Todavía puedo sentir el sabor dulce de esas dos sílabas. Cuando tenía algún problema, duda, o simplemente ganas de cariño, sólo tenía que pronunciarlas y esperar a que me alegrara con su sabiduría vital y su increíble capacidad para ser una bella persona. Si mi “mama” estaba por allí, pues miel sobre hojuelas, ya que no puedo dar las gracias suficientes por la suerte que tuve con ellos dos.

Lo que pasa es que hoy quiero tener un pequeño detalle para con mi padre. Nos dejó hace tiempo ya, demasiado pronto, y cualquier cosa que diga no es más que una ceremonia, un gesto íntimo entre nosotros. Él ya no lo va a escuchar.

Sólo quería darte las gracias, “papa”. Fuiste un ejemplo de comportamiento, un trabajador incansable. A base de sudor e interminables jornadas poniendo cristales, sacaste a esta pequeña familia adelante. Si yo he vivido bien ha sido gracias a tu esfuerzo y al amor que, junto a mi madre, me dedicaste.

Espero algún día llegar a parecerme a ti. Mientras tanto, brindemos por lo que tuvimos y por lo que vendrá. Ojalá estuvieras aquí para verlo.


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Cada vez se me hace más bola soportar el auge de la IA. En el trabajo, me siento arrinconado debido a mi forma de pensar. Las personas a mi alrededor, bien gozan de más resiliencia que yo y aceptan su uso sin cuestionar nada, bien se convierten a la nueva religión del más rápido todavía. Yo, que siempre hice del paso a paso mi ley, que siempre he disfrutado mucho del apoyar un pie sabiendo que su contrario tiene un asiento firme, me estoy quedando solo.

Ojalá fuera un luchador, uno de esos encantadores nerds que dedican sus energías a divulgar o desarrollar alternativas a este mundo de mierda que nos está quedando. Me encantaría. Sin embargo, he de confesar que últimamente me resulta difícil escapar del cálido abrazo del nihilismo. Tengo la sensación de que nada merece la pena, de que no se puede hacer nada, y mucho menos un pringado como yo.

Leo cosas sobre permacomputación y TinyML, sigo a mucha gente con más energía que yo en Mastodon y otras redes. Me maravillo con sus ideas y su espíritu de lucha. Pero yo no hago nada. A veces pienso que el trabajar desde casa no me está ayudando a motivarme. Mis dolores de espalda y mi estado de ánimo tampoco. Excusas. Hay mucha gente que está peor que yo y saca energía de donde no la hay para intentar construir una sociedad mejor.

Estos días les han pasado cosas malas a gente cercana a nuestra familia. Muy malas. De estas que hacen que tus hijos te hagan preguntas muy incómodas sobre la muerte y el destino. Chicos jóvenes que reciben de sopetón una dosis de dolorosa realidad. Cosas que no deberían de pasar, que no son lo normal, pero que acaban ocurriendo y jodiendo la vida a gente buena. Por azar. Por puto azar.

No hago más que pensar estos días que mis penas, estos pensamientos tristones que vuelco cada poco en este espacio, no son más que problemillas del primer mundo. ¿Cómo quejarse cuando hay gente que lo está pasando mucho peor? A veces no hay mejor terapia que una indigestión de realidad. No eliminará todo el veneno que habita mi mente, pero sí que puede dibujar un marco, una ventana a la que asomarse y contemplar. Darse cuenta, en fin, de que no somos más que motas de polvo.

Tengo un nuevo proyecto. Quiero buscar, en los próximos meses, una forma de ayudar a los demás. No sé si el camino me llevará de nuevo al voluntariado, al activismo o la docencia. O si acabaré plantando un huerto o creando una comunidad. No sé siquiera si llegaré a hacer nada de esto. Quizás en unos meses vuelva a estar llorando en este mismo rincón. Como un puto privilegiado. Tenéis mi permiso para echármelo en cara.


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Esa es la sensación que tengo hoy. Ganas de saltar por la borda y escapar de este barco cuyo destino no me atrae especialmente. El mar da miedo. Sin tierra a la vista, las aguas se erigen como incertidumbre infinita. A pesar de ello, la profunda oscuridad tira de mí y me llama. Sabe que estoy atrapado en esta nave, y que ya me he cansado de dar vueltas por sus cubiertas.

Mi empresa ha tirado la casa por la ventana y ha decidido apostarlo todo a la IA. Si te gusta, perfecto. Si no, dos tazas. Muchos proyectos de software libre han decidido subirse al carro también, en lo que a mí personalmente me parece un tiro en el pie. Los gurús vibran programando y generan producto tras producto, no vayan a quedar segundos. La basura ya la limpiarán otros. Y yo estoy tocando fondo.

Como buen veterano de la lucha contra la depresión, sé reconocer su presencia. Y esta última temporada la noto agazapada en una esquina, esperando por el momento adecuado para saltarme al pescuezo. Y gran parte de culpa la tiene esta maldita transformación de mi sector laboral. La tecnología, mal que nos pese, ha tenido siempre efectos devastadores sobre cierto tipo de trabajos, dejando a mucha gente en la calle. Pero es la primera vez en la que noto que no sólo está cambiando la forma de trabajar, sino también los principios mismos de la forma en que razonamos y nos enfrentamos a los problemas.

Si pienso, por ejemplo, en un alfarero, me doy cuenta de que la producción en masa de contenedores, envases y botellas de plástico supuso un antes y un después para su trabajo, cambiando drásticamente el valor de su producto. Sin embargo, creo que todos seguimos apreciando su labor y dedicación. De hecho, ya no lo consideramos producción, sino artesanía.

En el caso de mi trabajo, tengo la sensación de que ocurre al revés. No sólo se está despreciando la calidad de un trabajo bien hecho. También se está sugiriendo que internemos a todos los artesanos en campos de re-educación. Detecto cierto tono revanchista, algo de odio acumulado por años de incompetencia tecnológica, y una falta de escrúpulos tan tremenda que ha logrado que ya nadie hable de los medios, sino sólo de los fines.

Yo he dedicado mi vida profesional a ser un artesano de lo mío. Me gusta hacer las cosas despacio y bien. Nunca me he creído el discurso capitalista de la velocidad y la innovación. Y el tiempo me ha dado la razón. Miro un rato Internet y sólo veo gente enganchada a producir y producir usando un servicio privado de una empresa estadounidense (con algunas excepciones). Ahí es donde querían llegar.

Pero, ¿de qué me sirve la razón si mi apuesta es perdedora? Cuando todos van en una dirección, ¿cómo convencerlos de que corren hacia su propia perdición como pollos sin cabeza? He intentado adaptarme, pero me aburre. Las partes atractivas de mi trabajo ya no están. Lo que yo sabía hacer bien ya no le interesa a nadie.

Quizás sea hora de cambiar de aires. Y saltar por la borda.


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En Asturias tenemos, como en muchas otras regiones, una variedad lingüística que afecta, queramos o no, a nuestra forma de ser. El lenguaje está pegado a nuestra vida, a nuestra cultura, y presente en todos los actos y consecuencias que conforman nuestra existencia dentro de un territorio. Por supuesto, como en tantas otras lenguas, no somos ajenos al fenómeno de los “falsos amigos”. Y hoy me gustaría hablar de uno de mis favoritos.

La palabra “repunante”, así escrita, perdiendo esa g tan agresiva que venía en medio del vagón, se usa mucho en la sociedad asturiana. A pesar de que nuestra lengua no es mayoritaria, y que todavía queda mucho por andar para recuperarnos del maltrato y persecución que sufrió a manos de aquellos que odian la diversidad, esta palabra es bastante utilizada a día de hoy.

Su significado, sin embargo, no es tan despectivo como el de su versión castellana, donde goza de sinónimos como repulsivo, asqueroso, nauseabundo, inmundo, desagradable, hediondo, infecto, pútrido o mugriento (los que pone la RAE). Todo muy bonito, ya ven.

En Asturias usamos la palabra “repunante” para describir a alguien tiquismiquis o pejiguero. Pero, y he aquí lo más importante, en un contexto mucho más familiar y cariñoso. ¿No te gusta la comida que preparé? Ay, qué repunante yes. ¿Cómo que no quieres ir al cine a ver la última de Joachim Trier porque no es de risa? Tas fechu un repunantin.

Los asturianos usamos mucho esta expresión, así que no es raro oírla en cualquier rincón de esta tierra, tanto por gente que habla asturiano como los que no. Una dato simpático, la palabra se define en base al verbo repunar de la siguiente forma (según el Diccionario de la Llingua Asturiana):

repunante: ax. Que repuna. 2 Que-y repuna too [una persona].

repunar: v. Producir sensación de refugu [una cosa, una persona]. Repúname lo dulce. 2 Sentir una sensación de refugu por [una cosa], por [una persona]. Repuné les fabes.

¿Qué tiene esto de curioso? Que el verbo repunar se puede usar de forma activa (yo repuno) como pasiva/reflexiva (me repuna). Que me perdonen los filólogos que no sé si se dice así, pero creo que se me entiende. ¿No es bonito?

Hoy me dio por escribir sobre esta palabra porque ayer le estaba explicando a un compañero de trabajo de fuera de Asturias cómo evolucionaba mi lesión de espalda. En un momento dado, la comparé con un dolor de muelas. No suelen ser muy graves, pero ambos interfieren en tu vida diaria y te agrian el carácter. En concreto, le dije que me había vuelto todavía más “repunante”. Su cara fue un poema.


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Hoy es 8 de marzo y celebramos el día internacional de la mujer. Poco me parece un día. Deberíamos dar gracias a cada minuto por gozar de la compañía de esa mitad de la humanidad que siempre ha estado ahí, sobre todo en los mejores momentos de nuestras vidas. Y ha estado ahí en segundo plano, relegada siempre de forma sibilina por las normas heteropatriarcales no escritas que gobiernan nuestras sociedades modernas.

No hay debate. El que niega la existencia de la brecha lo hace por ignorancia o porque no desea que las cosas cambien. Te basta hablar con una mujer, interesarte por la historia de su vida, para entender los obstáculos diarios a los que se enfrenta. Las mierdas que tiene y ha tenido que aguantar, sólo por pertenecer al bando “equivocado” de la historia.

Tengo la suerte de haber vivido rodeado de muchas mujeres. Ello me ha permitido añadir su perspectiva vital a muchos de los aspectos que gobiernan mi día a día. Ellas tienen que ser las protagonistas de su victoria final, y es por eso que sé que mi rol es de aliado. No quiero caer en esas trampas mortales de la retórica en las que un grupo de machirulos glosa la figura de la mujer sin tener ninguna cerca. Eso sí, ellas saben que cuentan con mi hacha.

A mi madre, con quien tengo una relación nueve meses más larga que con todas los demás, que me crió y educó con todo el amor del mundo, y que tuvo la mala suerte de vivir su juventud en una época en la que las mujeres no eran ciudadanas de pleno derecho en este país. Gracias.

A mi compañera, maravillosa en todo lo que hace. Madre, amiga, trabajadora, pilar de esta familia. Que me dio la oportunidad y me permitió crecer como persona a su lado. Gracias.

A mis hijas, a quienes les he dicho siempre que no se arruguen, que defiendan sus derechos y que por favor hagan de este mundo un lugar mejor. Vuestro es el futuro. Gracias.

A mis amigas y compañeras de trabajo, de las cuales aprendo de continuo. Mi propósito es escucharos todavía más y apoyar la consecución de esos derechos que os ganáis día tras día. Gracias.

Gracias a todas. Porque un mundo mejor con las mujeres es un mundo mejor para todes. A ver si nos entra en la cabeza de una puta vez, y nos olvidamos de los malditos privilegios.


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