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Cosas que se le pasan por la cabeza a uno.

A veces siento que el aire está hecho de pequeñas criaturas de colores. Que toda una civilización, con sus normas y costumbres, es aniquilada cada vez que inspiro. Millares de sueños y esperanzas compartidas, trazadas con tiza sobre la acera sucia y húmeda de una calle de Nueva York, se topan de bruces con un final inesperado.

La oscuridad que habita el interior de mis pulmones se convierte en inesperado creador. De sus invisibles dedos surge la magia que planta la luz necesaria para encontrar el camino a un nuevo día. Pequeños seres reptan a la vera del camino, y sus cuerpos luminosos alertan de futuras malas decisiones, forzándome a escoger, a tomar partido por algo y perderlo todo, mientras el aire se sigue escapando por las aberturas que mis dedos imperfectos no pueden sellar.

Sueño parece, y es, la historia que ahora vomito. De mis dedos surgen rayos, destellos sin sentido, razones y desazones que afectan a este cuerpo marchito. El tic tac es cada vez más fuerte, la pared no aguantará. El tiempo del reloj se desprende, y el ahora se va por el desagüe mientras nos hace gestos obscenos con el dedo.

Largo de mi casa, seres estúpidos de colores. Mi color, aunque pastel, no deja de ser mío. En la oscuridad me siento a silbar mi melodía. Mientras tanto, pienso, tenderé mis dudas en las ventanas y esperaré a empezar esta botella que tanto me gusta.


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LinkedIn siempre ha dado mucha grima. Ha tenido épocas mejores, cierto es, en las que podíamos considerarlo como una herramienta útil, pero su proceso de enmierdificación ha pisado tanto el acelerador que está desgastando la planta del pie contra el asfalto. Hace ya bastantes años, yo mismo defendía su utilidad como red, ya que conseguí un puesto de trabajo gracias a las funcionalidades que daba para conocer a gente en empresas a base de que colegas tuyos fueran pasándose tu currículum de mano en mano hasta llegar al objetivo. Como era de esperar, esta funcionalidad desapareció hace tiempo, pues era demasiado práctica y no favorecía el compromiso (término muy actual con el que en las empresas tecnológicas hablan de agarrar al usuario por los bajos del pantalón y no dejarle salir de la plataforma).

A pesar de tener alguna virtud, ya abundaba por aquel entonces algo de la fauna que a día de hoy puebla esa santa casa. Siendo sinceros, se trataba de la misma fauna que antes alardeaba en clase o en la barra del bar, exagerando sus logros y adornándolos con anglicismos y palabras rebuscadas. Todos los conocemos. Pero ahora les habían dado una plataforma profesional. Ya no se trataba de un Facebook o similar, en el que podían presumir de su última foto en Tailandia con un animal salvaje, o de sus rutinas de entrenamiento y relajación en su humilde jardín de media hectárea (metro cuadrado arriba o abajo). Ahora podían contar, con pelos y señales, sus maravillosos logros en lo laboral.

Salvo honrosas excepciones, que seguro existen, por lo general la mayor parte de los que se sacan el miembro viril en las redes no son más que gente acomplejada. Si su trabajo fuera en realidad tan interesante o revolucionario, la comunicación de sus resultados se haría en otro contexto. O si tan importante es su aportación, y ellos tan indispensables, no sé en qué momento trabajan pues no parece que salgan del escaparate deslizante en el que se han convertido las redes sociales.

Si el párrafo anterior ha soltado un cierto olor a patriarcado rancio, es porque es lo que contiene. He usado a propósito el masculino, pues mi experiencia me dice que este tipo de comportamiento abunda más entre los de mi género. Por supuesto que hay mujeres que pecan de todo esto, pero por algo el término que ha calado cual meme con libre albedrío ha sido el de techbro.

Todo este exhibicionismo de galería, de emprendedores con dineros, y de gente con mucho tiempo libre, ha encontrado su El Dorado con el auge de las IA generativas y el vibe coding. Habían ensayado sus fórmulas de comunicación durante años, con la web3 y el blockchain, pero algo no iba bien. Y el chiringuito no acababa de despegar. Pero ahora los vientos de las grandes tecnológicas y los billonarios nazis soplan como nunca se había visto antes, y todos en la misma dirección.

Tradicionalmente se nos ha tildado a los linuxeros (informáticos, roleros, etc.) de ser evangelistas más pesados que los Testigos de Jehová. Siempre alabando las virtudes de la deidad correspondiente ante gente más o menos (más bien menos) interesada. Pero ahora, a diario, nos enfrentamos a hordas de cultistas de la IA y el vibe coding. Ríete tú de la capacidad de penetración de mercados de Antonio Lobato. Pobres linuxeros. Para lo que hemos quedado.

Para esta gente todo es maravilloso. No existe la crítica. Sólo la competición por ver quién tiene más capacidad de asombro y dinero para pagar todas las cuentas de Claude. Y mientras, la creatividad se nos muere, el software libre empieza a desmotivarse por falta de incentivos, y los bros, sus discursos y sus chorrocientas pruebas de concepto hechas en cinco minutos son cada vez más parecidas entre sí.

Soy bastante escéptico con este triste panorama. Si ya antes se sacrificaba la calidad por entregas rápidas y productos a medio hacer, imaginemos lo que nos espera. Todo en aras de la productividad. Ese concepto que ha eludido durante años una buena definición. Hemos vuelto a evaluar desarrollos por el número de líneas de código por unidad de tiempo. A escritores por la cantidad de tiempo que tardan en escribir un libro. Carreras de galgos que luego serán sacrificados.

Lo peor de todo, y lo que me llevó a escribir esto, es que nos niegan a los escépticos la autonomía de pensamiento. Es decir, si no me parece bien lo que está pasando, o emito una opinión discordante, enseguida me tildarán de no haberlo entendido, me pedirán que abra mi mente o me acusarán de estar usándolo mal. Encima de adictos e iluminados, paternalistas con ínfulas y sobredosis de feromonas transhumanistas.


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Me he dado cuenta de que mis últimas entradas en este cuaderno han estado cargadas de cierta negatividad. Vamos, que mi estado anímico se ha desparramado por el lienzo, tiñéndolo de oscuro. Y es que es lo que tocaba, pues estos días ando sumido en mis crisis habituales de gilipollas primermundista. El hermano de mi abuela, si estuviera vivo, me hubiera recetado una buena guerra civil. Era así de delicado, pero bueno, también es el que me llamó cobarde cuando me declaré objetor de conciencia. En fin. Otros tiempos.

El caso es que me he propuesto, para este texto, el explorar algún paisaje nuevo. Algo que pudiera servirme para demostrar que no todo está perdido. Algo -cuidado que viene- positivo. No voy a caer en lo fácil, esto es, poner alguna foto de la gata y dedicarme a loar su gran capacidad para ronronear de puro placer y acto seguido dejarme la mano como un acerico. Voy a hablar del mundo exterior, ese gran desconocido. Del aire y la luz, y las criaturas que los habitan. Vamos, que he salido a tomar un café con unos amigos a media mañana y me ha sentado bien.

Cuando uno está con el ánimo bajo, es fácil olvidarse de los pequeños placeres de la vida. Y uno de los más baratos, asequibles y eficaces es el de una buena conversación. El problema reside en que nuestro cerebro, con la sana intención de protegernos, nos lleva a querer aislarnos cada vez más, a evitar cualquier contacto innecesario con la raza humana. Incluso consigue, de forma pausada, engañarnos para que nosotros mismos nos engañemos y pensemos que es eso lo que deseamos. Si encima, como es el caso, uno trabaja en remoto a tiempo completo, la situación no puede más que empeorar.

Hoy recibí un mensaje de un amigo que trabaja cerca de mi casa. En él nos convocaba (a los miembros habituales de un grupo de Whatsapp dedicado a odiar el trabajo con todas nuestras fuerzas) para un café de emergencia. Lo primero que me vino a la mente fue decir que no o inventar alguna excusa, pues en esos momentos la imaginación se desboca y cualquier cosa es válida para prolongar nuestro sufrir. Y por supuesto, no se me olvide, está el tema de los pequeños baches cotidianos. Ponerse unos pantalones o calzarse se convierten en desafíos sólo a la altura de héroes legendarios.

El caso es que dije que sí. Y me alegro. La conversación me sentó bien. Hablamos del trabajo, cómo no, pero también de series, películas, música y videojuegos. Y con cada palabra, la oscuridad retrocedía. Qué tontería, pensé. Ni respiración diafragmática, ni pastillas, ni técnicas de relajación. Lo que a mí me hacía falta era una conversación. El contacto con otros seres humanos.

Mi querido amigo Juan, experto en sacarme de mis casillas y enfrentarme a mis miedos y contradicciones (gracias, Cholo, te quiero un montón aunque te encante tocarme las narices) siempre me discutía la idoneidad del trabajo remoto total, pues en su opinión somos animales sociales y no estamos hechos para vivir en soledad. Me jode, porque yo soy una persona muy cuadriculada, y soy muy feliz trabajando desde casa, pero creo que igual tiene razón.

Vuelvo al tema central, con la intención de salir de este embrollo con un doble tirabuzón hacia atrás. Salí a tomar un café en compañía. Y disfruté como un enano. Ahora sé lo que tengo que hacer. Dejar de navegar tanto tiempo por las redes y retomar el contacto con seres de carne y hueso. No es un camino fácil, pues mi cabeza es una hábil saboteadora, y logra que yo mismo boicotee cualquier intento, por inocente y sencillo que sea.

Pero las cartas están sobre la mesa y la apuesta parece a mi alcance.


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Llevo algunos días con muchos ataques de ansiedad. Y no es una experiencia agradable. Ayer me volvió a pasar viendo jugar a mi hijo al baloncesto. Tuve que abandonar la grada e irme a respirar aire fresco al exterior del pabellón cuando noté que no podía controlar los temblores de mis brazos y la sensación de opresión en mi pecho. Me hubiera gustado poder disfrutar del partido, de la derrota incluso, pues así fue como acabó, y aislarme de todo. Pero no pudo ser.

Escribo estas líneas, parte terapia, parte desahogo, con la ilusión del esperanzado, del que cree que las cosas todavía pueden mejorar. Pero no lo tengo muy claro esta vez. Sigo con presión en mi pecho, la respiración es dificultosa y, para colmo de males, no he dormido nada bien. A lo mejor si escribo otro párrafo más, esa pequeña muerte en vida, esa pérdida de control, se acobarda y sale con el rabo entre las piernas.

Intento relativizar. Mejor tener ansiedad que una enfermedad más grave. Por supuesto. Utilizo dicho pensamiento como punto de anclaje. Respiro con profundidad usando mi diafragma, tal y como mi psicóloga me ha enseñado. Pero la ansiedad no se va. Se esconde. Aunque mejoro, la puedo sentir agazapada tras unos arbustos, juzgando y evaluando cuál será el mejor momento para abalanzarse de nuevo sobre mi pecho.

Mi ansiedad gusta mucho de los fines de semana. Se ve que me ha salido juerguista. O sádica, ya que es en esos momentos cuando más posibilidades tiene uno de satisfacerse persiguiendo sus aficiones, por simplonas que éstas sean. Ese horizonte lleno de oportunidades, esa tierra prometida a la que se aferran millones de espíritus encadenados a la rueda del tener que ganarse el pan con el sudor de sus frentes, se está convirtiendo en mi caso en una pesadilla recurrente.

No voy a presumir de nada, ni echar de menos algo que nunca ha estado ahí en primer lugar. Si dijera que en algún momento he sacado adelante algún proyecto importante a base de constancia y esfuerzo, estaría mintiendo. Pero sí que siempre había sido curioso. Si tuviera que definirme, sería un diletante de manual. Siempre haciendo algo, aprendiendo cosas nuevas, embarcándome en cursos y formaciones de dudosa utilidad práctica pero que, siempre me he dicho, me aportaban muchos intangibles.

Pero eso ha cambiado. Quizás se trate de la edad. Los años pesan cada vez más. O la crianza de tres adolescentes. O que el mundo cada vez parezca más inhóspito, más alejado de la visión idealista y humana con la que me eduqué. Cada día se convierte en una odisea, navegando entre la negatividad y la falta de esperanza, y sin un puerto claro hacia el que poner rumbo. Lo único que sé es que, ante cualquier idea que en el pasado me hubiera provocado cosquilleos en el cerebro, mi yo interior sólo sabe encogerse de hombros y, como Bartleby, preferir no hacerlo. Si alguien acercara la oreja a mi pecho en esos momentos, escucharía el eco repetido de un “Total, ¿para qué?”.

(Pausa de tres días)

Aquí sigo, todavía sin entender los mecanismos que han activado este bloqueo total. Han pasado ya unos días y sigo sin dormir, sin concentrarme en el trabajo, sin ganas de nada. Lo que es peor, ni siquiera aparezco en mi rol habitual de padre y compañero. No sólo entierro la cabeza con el fin de no ver los problemas, sino que además parece ser que la escondo allí donde nadie más puede verla.

Mi compañera trata de animarme. Me ayuda a relativizar las cosas pero, por encima de todo, me cubre con su manto protector de amor y me hace sentir seguro. Cuando estoy con ella, siento que nada en el mundo puede alcanzarme. Ningún problema me importa cuando estoy entre sus brazos. Ella es mi refugio ante la tempestad.

Sin embargo, y a pesar de la calma pasajera, el tiempo se sigue evaporando ante mis ojos. Y con él, todas las promesas rotas que un día me hice. ¿Qué es, si no, la disfunción ejecutiva más que una traición a uno mismo? No hay placer, sino vergüenza, en esa agridulce quietud.

Me gustaría acabar esta entrada diciendo que tengo un plan. Que voy a crear nuevos hábitos, abandonar los vicios dañinos y despedirme de las conductas que sólo me hacen descender surcando espirales en tonos de gris. Que voy a empezar a llamar a mis amigos, a estar más presente. Que volveré a ser el padre de antes, el hijo, el compañero y el amigo en quién se podía confiar. Que voy a ponerme en marcha.

Pero hoy no es ese día. No me siento con fuerzas.


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A veces tengo la sensación de ser una mala persona. Que antepongo mis necesidades más idiotas al bienestar de aquellos que me rodean. Que no entiendo de prioridades vitales, y confundo lo importante con lo satisfactorio. Un patán aislado del mundo que, a pesar de ser lo suficientemente sagaz como para darse cuenta de su posición privilegiada en el orden de las cosas, obvia los hechos bajo su nariz sólo para revolcarse un rato más en el fango de la ignorancia y el vacío de aquello cuya única cualidad es la de ser basura apta para el consumo humano.

Saber con exactitud lo que tienes que hacer, y aún así ignorarlo y dedicarte a la contemplación, en especial si te pagan por ello, no deja de ser un síntoma. ¿De una enfermedad mental? Puede, pero ya no me queda sitio en la frente para todas las etiquetas que me he asignado. Quizás se trate de vagancia. Pero eso es otro melón. La vagancia puede tener múltiples significados, en función de la cultura y el contexto. En mi opinión, intrépida y poco basada en hechos, para que una conducta pueda ser etiquetada como vagancia, de ésta debiera derivarse una cantidad no desdeñable de placer. El vago disfruta de su inactividad.

A lo mejor estamos hablando de un sabotaje. Una forma de renunciar en vida, agarrar por el cuello a tu ilusión y decirle que en esta ciudad ya no hay sitio para los dos. El cuerpo puede estar mandando señales sin rumbo, botellas con mensajes envenenados cuyo único propósito es el de naufragar. Quizás cual faro, nuestra alma nos está enviando una señal con la sana intención de mantenernos alejados de las rocas y el fracaso. Pero en mi caso, llamadme suspicaz, tengo la sensación de que el farero está borracho.

Me gustaría poder echarle todas las culpas a la sociedad. A las redes sociales y a los medios de comunicación. Al continuo bombardeo de mensajes insistentes y contradictorios que te dicen que no eres la persona que quieres ser. Al culto a la productividad y al salseo de los emprendedores. Pero eso sería injusto, pues soy yo el que, voluntario, se adentra en esos callejones sin salida. Caigo bajo el embrujo del placer fácil y barato, del humo con sabor a colorante alimentario y aroma dulzón. Yo también puedo ser un evangelista o un hijo de papá con tiempo libre suficiente como para jugar a la ruleta con el dinero de otros.

Pero, ¿acaso son esos mis referentes? Ni de lejos. Siempre fui un niño introvertido, con mucha imaginación, que disfrutaba de largos ratos de soledad y de la calidez de una manta ya gastada en una tarde de invierno. ¿En qué momento comencé a compararme con los demás? En algún momento no identificado sucumbí a la carrera de las ratas y empecé a preocuparme por mi sitio en esta sociedad. Alguna razón tenía que tener mi presencia aquí.

Estaba equivocado. O lo estoy, pues no tengo claro que mi adicción a ser querido pertenezca ya al pasado. Quiero y no quiero. Disfruto de la introspección pero envidio a los que tienen muchos amigos y navegan con facilidad por eventos multitudinarios. Tengo un grupo reducido de grandes amigos, y saboteo de forma semiconsciente cualquier oportunidad de contacto, en un intento desesperado por quedarme solo. No se puede tener todo.

Voy a hacer cincuenta años. Medio siglo sobre la tierra. Mentiría si dijera que no me produce cierta melancolía. Sin embargo, en algunos momentos, logro abrir algún claro a base de mirarme fijamente en el espejo. Escarbo en el fondo de mis ojos e intento recuperar la amistad de aquel que mejor me conoce. Allí reside la verdad. No soy mala persona. Sólo un ser imperfecto y algo roto. Como todas las personas a las que quiero y admiro.


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¿A dónde se va el tiempo libre? Es posible que exista un lugar, libre de las leyes de la física, similar a un cementerio de elefantes. Nuestro tiempo, nuestras horas muertas, sienten un día la llamada de la naturaleza y el tic-tac agónico de un reloj hecho de exhalaciones, y se ponen en marcha, cogiditos de la mano, hacia el mismo centro del universo.

Cuando dispones de tiempo libre, a menudo no eres consciente de su presencia. Comparte esa característica con mi gato. Yo no me llamo Schrodinger, pero estoy casi seguro de que mi gatete es cuántico, ya que aparece detrás de mí cuando menos me lo espero, materializándose donde un instante antes juraría que no había más que un coqueto perchero.

Basta la observación, esto es, el darte cuenta de que un poco de tiempo libre te vendría bien, o el hecho de ojear tu lista de tareas pendientes —todas taaaan importantes— para consumar su desvanecimiento. Ya no está. Ya se fue. ¿Querías escribir aquel correo tan importante? No tienes tiempo. ¿Querías organizar tu escritorio? Mala suerte. ¿Querías limpiar el baño y organizar tus toallas por gamas de colores? Ya llegas tarde a la consulta del psicólogo.

Cuando eres adolescente, sin embargo, pareces vivir en una especie de agujero de gusano. Y con eso no quiero decir que tu cerebro esté podre —aunque se trate de una hipótesis de trabajo que no podemos descartar. A esa tierna edad, el tiempo parece infinito. Salvo tres o cuatro obligaciones, siendo generoso, el resto de tus días no es más que tierra para sembrar.

Como padre de tres criaturas que atraviesan dicha etapa oscura de la vida, llena de granos, desamores e intensidad de todos los colores, vivo cada día en la trinchera, cerca del sonido que hacen las hormonas al explotar. Y por supuesto, me pierdo a diario en batallas que en el fondo sé que nunca podré ganar. Porque hacerlo sería ir en contra de las leyes que rigen nuestro universo.

Al final, discutir con tus hijos sobre el aprovechamiento del tiempo es como enfrentarte a tu yo del pasado. Porque, no hay que perderlo de vista en ningún momento, todos fuimos así de gilipollas. Todos dispusimos de cantidades ingentes de tiempo que en su momento invertimos en bienes intangibles de diverso aspecto, importantes en el allí y el entonces, pero que se han convertido en polvo con el tiempo.

Han tenido que pasar años, muchos para algunos, para darnos cuenta de lo que tuvimos entre las manos. Quién pudiera volver al pasado y recuperar dicho tiempo huérfano para darle una nueva vida, un futuro con esperanza, una utilidad concreta. Pero no se puede tener todo. Y eso, aunque me joda, quizás sea el conocimiento más valioso que he adquirido en toda mi vida. Invierte tu tiempo en lo que quieras, pero sé siempre consciente de que no vas a disponer del número de vidas necesarias para todo lo que anhelas.

Busquemos refugio en las cosas sencillas, en las buenas compañías y en el placer de una buena conversación. Volvamos a ser un poco adolescentes, perdamos el tiempo en cosas intrascendentes. No nos olvidemos de ser adultos, y cuidemos de nuestros seres queridos. Tendamos un puente entre el joven que fuimos y el proyecto de ser funcional en el que nos hemos convertido.

Quizás ahí resida el secreto de la felicidad, y encontremos el tiempo que habíamos perdido.


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Estoy intentando adquirir el hábito de escribir otra vez. Tras terminar mi novela, hace ya unos años, creo que no volví a derramar ni una línea sobre lo blanco. Es por eso que las entradas recientes de este humilde diario huelen a dejadez, a motor que no acaba de arrancar. A un aparato de radio que coge polvo en la esquina de un salón gris.

Me he propuesto un trato. Yo solo, pues soy lo bastante demonio como para cerrar acuerdos sobre mi alma. Si escribo quince minutos al día me gano una recompensa, un churu en exclusiva para mí. Pero que la imaginación y las hipérboles no nos lleven a extraños parajes de placeres inigualables. Me vale con un poco de chocolate y un abrazo.

Tengo varios proyectos en mente, siempre al mismo tiempo y peleándose todos entre sí. Es la forma natural en que funciona mi cabeza. Me satura de ideas y personajes, de historias maravillosas que se dividen a su vez en innumerables arcos argumentales que sostienen los más maravillosos de los finales. Cada clímax es mejor que el anterior, y las muertes son de las de humedecer las páginas del libro con tus lágrimas.

El problema es que no llegan a ver la luz. Se quedan ahí, en el limbo de las historias no nacidas. En búsqueda de un autor más constante que yo. Como los seis personajes de Pirandello, abandonados y desesperados por contar su historia. Mis historias se merecen a alguien mejor que yo. Alguien que, cuando llega el fin de semana, no entre en un bloqueo absoluto. Alguien que sepa qué le apetece hacer con su vida y cómo disfrutar de esos momentos, escasos, que la vida nos regala de vez en cuando, y en los que podemos escuchar los latidos de nuestro pensamiento.

Mi apuesta ahora mismo es la del hábito. Si todos los días me derrito un poco sobre el papel, a lo mejor, quién sabe, llegará el día en que mi autoestima dejará de doler. En el que pensaré que lo puedo hacer. Que puedo volver a escribir y contar una historia como es debido. Algo que emocione a las personas y les permita acompañarme, aunque sea un ratito, en un paseo por los bajos fondos de mi imaginación.


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Hoy por la mañana salí a tomar un café y un pincho de tortilla a mi bar de cabecera. Este ritual placentero se ha convertido para mí en una forma de suavizar algunos de los efectos negativos del teletrabajo. A ser posible, quedo con algún amigo que trabaja cerca, para charlar un rato. Pero si no se puede, me vale con el hecho de salir y tomar el aire un poco. Además, la tortilla de este sitio está buenísima (no pienso decir cuál es, que luego se gentrifica).

El caso es que mi cerebro nunca puede estarse quieto. Siempre cavilando, siempre imaginando. La pena es que nunca suelen ser ideas geniales, de esas que te hacen millonario. Son más bien de nivel medio, apropiadas para un relato, un pequeño proyecto personal o simplemente como chiste o chascarrillo.

Voy al grano, sí. Que me pierdo. Hoy se me ocurrió una idea tremenda. Una red social donde el número de seguidores tuviera un límite superior. Y ya está.

Algunas cosas que me vienen a la cabeza:

  • No existirían los influencers o tuitstars. Nada de gente que pudiera usar legiones de seguidores para cualquier propósito (bueno o malo). No habría manera de conseguir una revolución en esta red social. Por definición, no podría existir el acoso, ya que no habría manera de conseguir la masa crítica suficiente para ello.
  • La topología de la red estaría escalonada. Es decir, si Pepito tiene ya sus cincuenta seguidores, nosotros ya no lo podríamos seguir. Pero oye, si seguimos a alguno de sus seguidores, y éste comparte una publicación del primero, pues nosotros la podríamos ver.
  • El mensaje se diluye. Si estoy a muchos saltos de distancia, para ver un mensaje de otra persona, debe darse la condición de que exista una cadena continuada de boosts, retoots o lo que sea. Como eso es poco probable, los mensajes importantes o de interés general no conseguirían cobertura.
  • El azar pasa a formar parte del núcleo de la red, ya que no queda más remedio que conectar con gente distinta a la que conectan los demás. Y si quieres conectar con esa persona especial, tienes que dejar de estar conectado con otra para seguir manteniendo tu cuota máxima. Más que azar, estoy pensando en un problema de optimización de contactos.

En resumen, sería una mierda de red social para vender cosas, difundir noticias o derrocar a un rey, pero quizás sí sería buena para organizar grupetes de colegas afines con cierto contacto ocasional con el mundo exterior. Y si quieres hacer amigos nuevos, pues te va a tocar anunciarte en algún tablón.

Cuanto más lo pienso, más me recuerda al mundo antes de Internet.


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Hay partes de mi carácter que nunca me han gustado. Como le estará pasando a tantas otras personas, imagino. Una de ellas es el hecho de ser un tibio. Siempre me ha costado posicionarme, tomar partido por una entre varias opciones. Hay cosas, por supuesto, por las que no paso. Un código ético oculto entre los arbustos, con miedo a salir y ser pisoteado, mantiene con vida a la poca cordura que me queda.

Me ha pasado estos días con la última batalla en el mundo del Mastodon hispano. Al parecer, no es algo nuevo, sino una más dentro de una guerra ya histórica. No voy a entrar en detalles, pero ha habido conflicto y la cosa ha acabado con una instancia bloqueando a otra.

Cuando me abrí, sin idea alguna, mi cuenta en una instancia extranjera, no me di cuenta de lo que hacía. El lado malo es que me perdía un entorno local en el que descubrir gente interesante. El bueno lo he visto estos días, y es que he asistido al conflicto con cierta distancia, como un observador o reportero en tiempos de guerra.

He leído mensajes de ambas partes. A veces pienso que los del equipo de los Tigres llevan razón. Otras veces me pongo en lugar de los Leones y los comprendo. También, por supuesto, aplico el mismo rasero para las cosas malas, que también se pueden repartir. ¿Mi mayor pena? Pues que hay gente muy decente en ambos lados y esos son los que pierden al final siempre. La famosa “tercera vía”, eterna olvidada de la historia (en su día me gustó mucho un libro de Paul Preston que hablaba de las tres Españas de la Guerra Civil).

Pienso que la tibieza, o cobardía, que me caracteriza no es más que una estrategia de supervivencia. Nunca, desde pequeño, me ha gustado el conflicto. Tengo muchos problemas de ansiedad y cualquier alteración, bronca o discusión fuerte a mi alrededor me provoca una reacción muy fuerte. A veces, de joven, llegué a perder el control y actuar de forma violenta (le pegué un puñetazo a un matón de instituto cuando me sentí acorralado). Que sí, que pegarle al matón o al nazi está bien, pero no fue por valentía. No nos equivoquemos. Fue por escapar de allí.

Con el tiempo, me he acostumbrado a controlar los nervios, a tratar de que nada me afecte ni me hiera. Y eso quizás es lo que ha hecho que haya encontrado refugio en el punto medio, allí donde habitan los cobardes. Vamos a ver, si ni siquiera soy capaz de escoger mi película, juego o disco favoritos. Ni dónde ir a comer. Ni qué hacer este fin de semana.

Intento informarme siempre, pero en este mundo de hoy en día, con tanto think tank en un sentido o en otro, es cada vez más difícil disponer de la información necesaria y que no esté sesgada de alguna manera. Vas dudando de todo, y ese relativismo te acaba matando y enterrando. Aparece la parálisis por (excesivo) análisis y toda tu vida empieza a derrapar.

Y no me gusta. Lo reitero, si no ha quedado claro. Tengo mis líneas rojas: soy de izquierdas porque pienso que la vida es azar, y que los privilegiados tenemos un deber moral para con aquellos que no lo han sido. Soy ecologista porque me parece imposible que haya gente que pueda creer que un crecimiento exponencial es posible en un sistema con recursos finitos. Soy feminista porque me he criado entre mujeres y he sido testigo de las agresiones que sufren a diario, etc, etc.

Pero sigue sin gustarme. En el conflicto al que he asistido, yo no hubiera bloqueado la instancia sin haber agotado más vías antes. Oye, y a lo mejor es que me falta mucho contexto. Lo que me gustaría sería coger a todos los implicados de ambos bandos, sentarlos un ratito en el rincón de pensar, hablar con ellos sobre empatía y luego tratar de juntarlos en algún rincón virtual y hablar sobre lo ocurrido como adultos funcionales y civilizados. Porque si de algo estoy seguro, es de que cualquier acción o decisión tomada en caliente va a ser mala por definición, ya que responde a nuestra parte más emocional, y no a nada razonable.

Uno, dos y tres. Cuatro, cinco y seis. Yo me calmaré. Todos lo veréis.

¿Suena paternalista? Es que soy padre de tres adolescentes. Y antes fui monitor de campamento. Y sé algo de cómo surgen estas dinámicas y sobre su carácter inevitable. El “y tú más” es una estrategia muy útil para ciertas acciones políticas, pero nada eficaz a la hora de construir comunidad.

Yo seguiré siendo tibio, aunque no me guste, porque a estas alturas ya no sé hacer otra cosa.


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Cuando se despertó, perdido entre los temblores y el desasosiego, todavía estaba allí. Como el dinosaurio. Casi consumido por el cabreo y una estúpida e inocente sensación de justicia, alcanzó a apagar la alarma de su teléfono móvil al segundo o tercer intento. Los ojos llenos de arena no se lo estaban poniendo fácil.

Sus noches más recientes no habían sido malas, sino crueles. Una noche mala es aquella en la que el sueño escasea pero que sigue cierta lógica, aunque ésta sea rastrera. Sin embargo, una noche cruel era aquella que le dejaba probar la miel del buen sueño, del que repara y reconforta, para un momento después rasgar toda tregua y arrancarle a zarpazos la ilusión de descansar.

Había probado ya cien formas de mantener alejada a la vigilia. Cien fracasos que sumar a la ya poblada saca de malos hábitos y pensamientos autodestructivos. La solución se resistía y lo esquivaba como un cerdo engrasado se resbala entre los dedos de un joven en una fiesta de verano del siglo pasado.

La espalda le quemaba. La mitad superior de su cuerpo se enfadaba con la inferior y trataba de seguir un camino distinto. Su mandíbula expresaba resentimiento y los dientes chirriaban de dolor. El techo, inmóvil, contemplaba la escena como un juez distraído al que su pareja acaba de abandonar. El ventilador de techo giraba sin descanso. El aire se había vuelto irrespirable. Ni siquiera leer, el viejo hábito compañero de tantas noches en vela, se le hacía fácil esa noche.

No podía aflojar los brazos y seguir así. Saltó de la cama, chorreando sudor y mala hostia, apretó los puños y gritó. Las paredes se agrietaron y una fina lluvia de escayola le dio a la escena un extraño aire invernal. Sorprendido, se tomó unos segundos para recuperar el aire perdido y tratar de entender qué había pasado. No podía ser.

Una sonrisa maliciosa brotó con timidez en su cara. Hinchó el pecho a base de rabia acumulada y volvió a gritar. Esta vez, las paredes no aguantaron. Tras las grietas apareció la oscuridad. La nada. El suelo desapareció bajo sus pies. Flotando en la negrura de lo infinito, y ante la ausencia de cualquier punto en el que fijar su mirada, su cuerpo se rindió y aceptó dejarse llevar.

Allí vio lo que no está escrito. Se enfrentó a aquello que lo acechaba desde las esquinas más oscuras de sus miedos infantiles. No había escapatoria. Quiso cerrar los ojos y descubrió que no tenía ya párpados. Obligado a mirar al vacío, pasó sus últimos instantes tratando de recordar quién era y cómo había llegado hasta allí.


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