Privilegiado

Cada vez se me hace más bola soportar el auge de la IA. En el trabajo, me siento arrinconado debido a mi forma de pensar. Las personas a mi alrededor, bien gozan de más resiliencia que yo y aceptan su uso sin cuestionar nada, bien se convierten a la nueva religión del más rápido todavía. Yo, que siempre hice del paso a paso mi ley, que siempre he disfrutado mucho del apoyar un pie sabiendo que su contrario tiene un asiento firme, me estoy quedando solo.

Ojalá fuera un luchador, uno de esos encantadores nerds que dedican sus energías a divulgar o desarrollar alternativas a este mundo de mierda que nos está quedando. Me encantaría. Sin embargo, he de confesar que últimamente me resulta difícil escapar del cálido abrazo del nihilismo. Tengo la sensación de que nada merece la pena, de que no se puede hacer nada, y mucho menos un pringado como yo.

Leo cosas sobre permacomputación y TinyML, sigo a mucha gente con más energía que yo en Mastodon y otras redes. Me maravillo con sus ideas y su espíritu de lucha. Pero yo no hago nada. A veces pienso que el trabajar desde casa no me está ayudando a motivarme. Mis dolores de espalda y mi estado de ánimo tampoco. Excusas. Hay mucha gente que está peor que yo y saca energía de donde no la hay para intentar construir una sociedad mejor.

Estos días les han pasado cosas malas a gente cercana a nuestra familia. Muy malas. De estas que hacen que tus hijos te hagan preguntas muy incómodas sobre la muerte y el destino. Chicos jóvenes que reciben de sopetón una dosis de dolorosa realidad. Cosas que no deberían de pasar, que no son lo normal, pero que acaban ocurriendo y jodiendo la vida a gente buena. Por azar. Por puto azar.

No hago más que pensar estos días que mis penas, estos pensamientos tristones que vuelco cada poco en este espacio, no son más que problemillas del primer mundo. ¿Cómo quejarse cuando hay gente que lo está pasando mucho peor? A veces no hay mejor terapia que una indigestión de realidad. No eliminará todo el veneno que habita mi mente, pero sí que puede dibujar un marco, una ventana a la que asomarse y contemplar. Darse cuenta, en fin, de que no somos más que motas de polvo.

Tengo un nuevo proyecto. Quiero buscar, en los próximos meses, una forma de ayudar a los demás. No sé si el camino me llevará de nuevo al voluntariado, al activismo o la docencia. O si acabaré plantando un huerto o creando una comunidad. No sé siquiera si llegaré a hacer nada de esto. Quizás en unos meses vuelva a estar llorando en este mismo rincón. Como un puto privilegiado. Tenéis mi permiso para echármelo en cara.


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