Disfunción, ejecución y fines de semana
Estoy intentando adquirir el hábito de escribir otra vez. Tras terminar mi novela, hace ya unos años, creo que no volví a derramar ni una línea sobre lo blanco. Es por eso que las entradas recientes de este humilde diario huelen a dejadez, a motor que no acaba de arrancar. A un aparato de radio que coge polvo en la esquina de un salón gris.
Me he propuesto un trato. Yo solo, pues soy lo bastante demonio como para cerrar acuerdos sobre mi alma. Si escribo quince minutos al día me gano una recompensa, un churu en exclusiva para mí. Pero que la imaginación y las hipérboles no nos lleven a extraños parajes de placeres inigualables. Me vale con un poco de chocolate y un abrazo.
Tengo varios proyectos en mente, siempre al mismo tiempo y peleándose todos entre sí. Es la forma natural en que funciona mi cabeza. Me satura de ideas y personajes, de historias maravillosas que se dividen a su vez en innumerables arcos argumentales que sostienen los más maravillosos de los finales. Cada clímax es mejor que el anterior, y las muertes son de las de humedecer las páginas del libro con tus lágrimas.
El problema es que no llegan a ver la luz. Se quedan ahí, en el limbo de las historias no nacidas. En búsqueda de un autor más constante que yo. Como los seis personajes de Pirandello, abandonados y desesperados por contar su historia. Mis historias se merecen a alguien mejor que yo. Alguien que, cuando llega el fin de semana, no entre en un bloqueo absoluto. Alguien que sepa qué le apetece hacer con su vida y cómo disfrutar de esos momentos, escasos, que la vida nos regala de vez en cuando, y en los que podemos escuchar los latidos de nuestro pensamiento.
Mi apuesta ahora mismo es la del hábito. Si todos los días me derrito un poco sobre el papel, a lo mejor, quién sabe, llegará el día en que mi autoestima dejará de doler. En el que pensaré que lo puedo hacer. Que puedo volver a escribir y contar una historia como es debido. Algo que emocione a las personas y les permita acompañarme, aunque sea un ratito, en un paseo por los bajos fondos de mi imaginación.
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