¿Qué se puede contar sobre la procrastinación que no se haya contado ya? ¿Cómo puedes explicarle a otro ser humano que tu cuerpo se queda bloqueado a pesar de saber exactamente qué es lo que tiene que hacer para ser feliz? ¿Por qué contarlo aquí y ahora cuando podría hacerlo mañana?
Al final, es duro admitir que son los pasos que no damos los que determinan quién eres y en qué puedes convertirte.
Envidio a aquellas personas que, teniendo talento o no, se sientan y trabajan en aquello que les gusta. Espera un momento. Aquello que les gusta, o les hace sentir bien. Porque una afición puede tener tan sólo un afán terapéutico. A mí a veces me gustaría lanzarme a escribir sólo por mantener a mi cerebro lejos de las habituales nubes negras que me acompañan.
Antes de saber quién queremos ser, quizá deberíamos pararnos e identificar el lugar exacto del que partimos. ¿Quién soy? Admiro con locura a aquellos que lo tienen claro. O que creen tenerlo claro.
El camino es largo y tiene muchas etapas. En cada una de ellas, el punto de vista es distinto. A mis años, yo ya no tengo sueños de gloria. Sólo quiero disfrutar del camino, de cada paso, sin tener que pedir permiso.
Me gustaría saber dónde está el puto interruptor que controla este mecanismo de ¿defensa? Accionarlo y no mirar atrás. Escribir 50 palabras hoy, una poesía mañana, o quizás mi opinión desinformada sobre algún juego retro o de nicho que no le interesa a nadie.
Quiero hacerlo, y me gustaría que este fuera el sitio y el momento en que todas estas nubes negras se convirtieran en un recuerdo. En un eco de una etapa turbulenta, pero etapa, y finita, al fin y al cabo.
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Cobarde sintió todo el peso del sábado sobre sus hombros. Los remordimientos escupieron su veneno y lo cegaron, dejándolo solo y a oscuras. Entre las sombras, los ecos apagados de victorias pasadas se apagaban en el tiempo como estrellas moribundas. Abrazado a sus piernas, y aferrado a la poca ilusión que le quedaba, lloró y extendió su voz en busca de un punto de apoyo.
La oscuridad no contestó. Cobarde escuchó con atención, buscando alguna pista o una brizna de optimismo. Supo al momento que se encontraba solo. Pero no en el vacío común de los desfavorecidos y abandonados a sí mismos, sino en el pozo forjado por la incapacidad de enfrentarse a su naturaleza.
Cobarde quería salir de allí. Quería navegar. Sentir en la cara el viento que porta a aquellos que se atreven a coger el timón cuando el resto de la humanidad se agarra las tripas para no echarlas por la borda. Deslizarse hasta el amanecer de una nueva actitud. Lograr al fin calmar las voces. Aquellas que le recordaban que su vida no era más que una acumulación de proyectos inacabados.
Clavó las uñas de sus manos en el suelo frío y húmedo. Algo viscoso se movió entre sus dedos. Se puso de rodillas y sintió el peso de mil años de oscuridad sobre su espalda. Mil años sin saber a dónde ir. Mil años perdidos por no atreverse a dar un paso.
El dolor lo atravesó como una espada oxidada, arañando su alma e infectando toda su profundidad. Se desplomó contra el suelo y su rostro aterrizó sobre un charco de puro resentimiento. Provenientes del vacío que lo rodeaba, las risas se abrieron paso y se adueñaron de su cabeza. Se agarró, las dos manos cubriendo sus oídos, y agitó el avispero en que su ansiedad lo había convertido.
Cobarde lloró y se acurrucó de nuevo en su rincón favorito. Sus lágrimas formaron un humedal, una diminuta vía de esperanza bajo la línea de flotación. Pero Cobarde se estaba riendo. Lo hacía mientras contemplaba la uña rota en su mano derecha.
Esta vez tenía pruebas. Esta vez lo había intentado. Al día siguiente, miraría la uña cuarteada y recordaría que todavía le quedaban fuerzas para intentar salir de allí.
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