El tiempo libre y la cuántica

¿A dónde se va el tiempo libre? Es posible que exista un lugar, libre de las leyes de la física, similar a un cementerio de elefantes. Nuestro tiempo, nuestras horas muertas, sienten un día la llamada de la naturaleza y el tic-tac agónico de un reloj hecho de exhalaciones, y se ponen en marcha, cogiditos de la mano, hacia el mismo centro del universo.

Cuando dispones de tiempo libre, a menudo no eres consciente de su presencia. Comparte esa característica con mi gato. Yo no me llamo Schrodinger, pero estoy casi seguro de que mi gatete es cuántico, ya que aparece detrás de mí cuando menos me lo espero, materializándose donde un instante antes juraría que no había más que un coqueto perchero.

Basta la observación, esto es, el darte cuenta de que un poco de tiempo libre te vendría bien, o el hecho de ojear tu lista de tareas pendientes —todas taaaan importantes— para consumar su desvanecimiento. Ya no está. Ya se fue. ¿Querías escribir aquel correo tan importante? No tienes tiempo. ¿Querías organizar tu escritorio? Mala suerte. ¿Querías limpiar el baño y organizar tus toallas por gamas de colores? Ya llegas tarde a la consulta del psicólogo.

Cuando eres adolescente, sin embargo, pareces vivir en una especie de agujero de gusano. Y con eso no quiero decir que tu cerebro esté podre —aunque se trate de una hipótesis de trabajo que no podemos descartar. A esa tierna edad, el tiempo parece infinito. Salvo tres o cuatro obligaciones, siendo generoso, el resto de tus días no es más que tierra para sembrar.

Como padre de tres criaturas que atraviesan dicha etapa oscura de la vida, llena de granos, desamores e intensidad de todos los colores, vivo cada día en la trinchera, cerca del sonido que hacen las hormonas al explotar. Y por supuesto, me pierdo a diario en batallas que en el fondo sé que nunca podré ganar. Porque hacerlo sería ir en contra de las leyes que rigen nuestro universo.

Al final, discutir con tus hijos sobre el aprovechamiento del tiempo es como enfrentarte a tu yo del pasado. Porque, no hay que perderlo de vista en ningún momento, todos fuimos así de gilipollas. Todos dispusimos de cantidades ingentes de tiempo que en su momento invertimos en bienes intangibles de diverso aspecto, importantes en el allí y el entonces, pero que se han convertido en polvo con el tiempo.

Han tenido que pasar años, muchos para algunos, para darnos cuenta de lo que tuvimos entre las manos. Quién pudiera volver al pasado y recuperar dicho tiempo huérfano para darle una nueva vida, un futuro con esperanza, una utilidad concreta. Pero no se puede tener todo. Y eso, aunque me joda, quizás sea el conocimiento más valioso que he adquirido en toda mi vida. Invierte tu tiempo en lo que quieras, pero sé siempre consciente de que no vas a disponer del número de vidas necesarias para todo lo que anhelas.

Busquemos refugio en las cosas sencillas, en las buenas compañías y en el placer de una buena conversación. Volvamos a ser un poco adolescentes, perdamos el tiempo en cosas intrascendentes. No nos olvidemos de ser adultos, y cuidemos de nuestros seres queridos. Tendamos un puente entre el joven que fuimos y el proyecto de ser funcional en el que nos hemos convertido.

Quizás ahí resida el secreto de la felicidad, y encontremos el tiempo que habíamos perdido.


Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org