Debate sobre el estado de lo gris
Llevo algunos días con muchos ataques de ansiedad. Y no es una experiencia agradable. Ayer me volvió a pasar viendo jugar a mi hijo al baloncesto. Tuve que abandonar la grada e irme a respirar aire fresco al exterior del pabellón cuando noté que no podía controlar los temblores de mis brazos y la sensación de opresión en mi pecho. Me hubiera gustado poder disfrutar del partido, de la derrota incluso, pues así fue como acabó, y aislarme de todo. Pero no pudo ser.
Escribo estas líneas, parte terapia, parte desahogo, con la ilusión del esperanzado, del que cree que las cosas todavía pueden mejorar. Pero no lo tengo muy claro esta vez. Sigo con presión en mi pecho, la respiración es dificultosa y, para colmo de males, no he dormido nada bien. A lo mejor si escribo otro párrafo más, esa pequeña muerte en vida, esa pérdida de control, se acobarda y sale con el rabo entre las piernas.
Intento relativizar. Mejor tener ansiedad que una enfermedad más grave. Por supuesto. Utilizo dicho pensamiento como punto de anclaje. Respiro con profundidad usando mi diafragma, tal y como mi psicóloga me ha enseñado. Pero la ansiedad no se va. Se esconde. Aunque mejoro, la puedo sentir agazapada tras unos arbustos, juzgando y evaluando cuál será el mejor momento para abalanzarse de nuevo sobre mi pecho.
Mi ansiedad gusta mucho de los fines de semana. Se ve que me ha salido juerguista. O sádica, ya que es en esos momentos cuando más posibilidades tiene uno de satisfacerse persiguiendo sus aficiones, por simplonas que éstas sean. Ese horizonte lleno de oportunidades, esa tierra prometida a la que se aferran millones de espíritus encadenados a la rueda del tener que ganarse el pan con el sudor de sus frentes, se está convirtiendo en mi caso en una pesadilla recurrente.
No voy a presumir de nada, ni echar de menos algo que nunca ha estado ahí en primer lugar. Si dijera que en algún momento he sacado adelante algún proyecto importante a base de constancia y esfuerzo, estaría mintiendo. Pero sí que siempre había sido curioso. Si tuviera que definirme, sería un diletante de manual. Siempre haciendo algo, aprendiendo cosas nuevas, embarcándome en cursos y formaciones de dudosa utilidad práctica pero que, siempre me he dicho, me aportaban muchos intangibles.
Pero eso ha cambiado. Quizás se trate de la edad. Los años pesan cada vez más. O la crianza de tres adolescentes. O que el mundo cada vez parezca más inhóspito, más alejado de la visión idealista y humana con la que me eduqué. Cada día se convierte en una odisea, navegando entre la negatividad y la falta de esperanza, y sin un puerto claro hacia el que poner rumbo. Lo único que sé es que, ante cualquier idea que en el pasado me hubiera provocado cosquilleos en el cerebro, mi yo interior sólo sabe encogerse de hombros y, como Bartleby, preferir no hacerlo. Si alguien acercara la oreja a mi pecho en esos momentos, escucharía el eco repetido de un “Total, ¿para qué?”.
(Pausa de tres días)
Aquí sigo, todavía sin entender los mecanismos que han activado este bloqueo total. Han pasado ya unos días y sigo sin dormir, sin concentrarme en el trabajo, sin ganas de nada. Lo que es peor, ni siquiera aparezco en mi rol habitual de padre y compañero. No sólo entierro la cabeza con el fin de no ver los problemas, sino que además parece ser que la escondo allí donde nadie más puede verla.
Mi compañera trata de animarme. Me ayuda a relativizar las cosas pero, por encima de todo, me cubre con su manto protector de amor y me hace sentir seguro. Cuando estoy con ella, siento que nada en el mundo puede alcanzarme. Ningún problema me importa cuando estoy entre sus brazos. Ella es mi refugio ante la tempestad.
Sin embargo, y a pesar de la calma pasajera, el tiempo se sigue evaporando ante mis ojos. Y con él, todas las promesas rotas que un día me hice. ¿Qué es, si no, la disfunción ejecutiva más que una traición a uno mismo? No hay placer, sino vergüenza, en esa agridulce quietud.
Me gustaría acabar esta entrada diciendo que tengo un plan. Que voy a crear nuevos hábitos, abandonar los vicios dañinos y despedirme de las conductas que sólo me hacen descender surcando espirales en tonos de gris. Que voy a empezar a llamar a mis amigos, a estar más presente. Que volveré a ser el padre de antes, el hijo, el compañero y el amigo en quién se podía confiar. Que voy a ponerme en marcha.
Pero hoy no es ese día. No me siento con fuerzas.
Si te ha gustado esta entrada, puedes enviarme tus comentarios en Mastodon: @keyeoh@qoto.org