Siete lagartijas

Cuentos y poemas infantiles

El interruptor

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. Sube, baja, sube, ¡cero diversión!

Solo en la pared, ¡ay, qué aburrimiento! Espera el momento en el que se acerque el ansiado dedo que al fin le permita estirar el cuerpo. (Y tampoco cambia demasiado el cuento.)

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. ¡Si al menos fueras un ventilador!


publicado bajo licencia Creative Commons por Ignatius Oscoz. Comentarios y saludos siempre bienvenidos.

En la Taberna del Salmón Dorado

Eran diecisiete los osos que estaban tomando un refrigerio aquella tarde en la Taberna del Salmón Dorado, y se respiraba entre ellos, entre los diecisiete, un ambiente raro.

Se acercaba la temporada de salmón y se rumoreaba que apenas se iba a poder pescar. Que si había pocos salmones, que si del valle subían negras noticias de ríos medio vacíos…

Así, los diecisiete osos estaban cabizbajos cuando entró en la Taberna del Salmón Dorado un pequeño armadillo que llevaba en la mano un maletín. Al principio nadie se dio cuenta, pero cuando el armadillo pidió un vasito de vino y empezó a hablar con el tabernero, su voz aflautada resonó y rebotó por toda la taberna. Y lo que contaba hizo que los osos fueran levantando las miradas de las mesas, y que sus orejas se fueran poniendo en punta.

—Un río vacío, ciertamente —aseguraba el armadillo—. Eso es lo que viene esta temporada. Y nadie sabe por qué. Pero el caso es que no va a haber salmón más que para unos pocos.

Los osos se sintieron aún más apesadumbrados. El armadillo, que hablaba con mucho aplomo, continuó:

—Claro que si uno sabe cómo hacer salir a los salmones del agua…

Uno de los osos se acercó de un salto y le preguntó:

—¿CÓMO?

—Hombre, bueno —respondió el armadillo haciéndose el remolón—, yo es que soy vendedor de medicamentos, sabe usted, para las farmacias. Y yo creo que si uno es un poco astuto y pone una pizquita de un producto, concretamente en este caso de bencemato de politonelo en el agua, donde va a pescar, pues…

En menos de tres segundos, el armadillo tenía a los diecisiete osos rodeándole. Los diecisiete osos querían saber qué pasaba si se ponía un poco de bencemato de politonelo en el agua.

—Lo descubrí un día de casualidad —siguió el armadillo completamente rodeado por los osos—. Resulta que si tú pones un poco de bencemato de politonelo en el agua… ¡Alehop! ¡El salmón salta fuera del agua!

Los osos saltaron también al oírlo. ¡El salmón saltaba fuera del agua! Uno de los osos preguntó con voz muy fuerte si el armadillo tenía bencemato de politonelo en su maletín. Quería comprárselo. Automáticamente, a muchos otros también les pareció una buena idea.

—Aaaaaah no, no, lo siento, muy señores míos. No llevo bencemato de politonelo. Bueno sí, la verdad es que un poco sí que llevo, pero este material es para las farmacias…

No pudo hacer mucho más. Enseguida todos los osos le quisieron comprar el bencemato de politonelo. Y se pusieron tan insistentes que al final, el armadillo casi se vio obligado a vendérselo.

En pocos minutos, cada uno de los diecisiete osos tenía su cápsula de bencemato de politonelo en el bolsillo. Después de esto, el bar no tardó en quedarse vacío, mientras que la cartera del armadillo estaba llena, rebosante de billetes. Se pidió un segundo vinito y el tabernero, que era un tejón ya entrado en años, le miró con el ojo un poco torcido.

El armadillo se bebió el vino tranquilamente y se marchó.

Un par de días después comenzó la temporada de salmón y allá fueron los diecisiete osos con sus diecisiete cápsulas de bencemato de politinelo. Cada uno se colocó en su recoveco, su roca, su zona del río favorita para la pesca. Y esperaron. Y no tardaron en ver que, en efecto, por el río subían muy pocos salmones. Así que cada uno de los diecisiete osos sacó su cápsula de bencemato de politinelo y la colocó en el fondo del río.

El río se llenó de espuma, de más y más espuma, porque las pastillas no eran otra cosa que detergente concentrado. ¡Vaya engañifa! ¡Y pobre río, como sufrió con tanta limpieza que no necesitaba! Por suerte, se le quitó pronto toda aquella espuma.

Cuando los diecisiete osos comprendieron que habían sido timados, lanzaron ruidosos gruñidos hacia el cielo y dieron zarpazos de rabia al agua. Y enseguida fueron todos corriendo hasta la Taberna del Salmón Dorado.

Nuestro amigo el armadillo, como podéis imaginar, estaba muy pero que MUY lejos de allí, y al tejón tabernero le dio un ataque de risa cuando le contaron lo que había pasado. En cambio, a los diecisiete osos todo aquello no les hacía ni pizca de gracia…

Los diecisiete osos buscaron durante mucho tiempo al armadillo y a su maletín, pero nunca jamás lo volvieron a ver por aquellas tierras.


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Los Nariz y Media

Es colmado muy curioso el de los Nariz y Media. Pides uno y llevas dos, quieres veinte y llevas treinta.

Llámese de ultramarinos o tienda de todo un poco, lleva tu lista bien clara que van a volverte loco.

«Mire, señora, no olvide probar estos pepinillos; no diga que quiere quince, que quiere usted veinticinco».

«Oiga, señor Aniceto, aquí está su coliflor. ¡Cómo le mira ese pavo! Se lo pongo con arroz».

Sumando, siempre sumando hacen negocio estos vivos, pero ya muchos clientes lo comentan en corrillos:

«Yo pedí cuatro melones y me dieron dieciséis». «Pues yo vine a por dos fresas y me fui con un pastel».

«Una lata de sardinas buscaba para mi tía, y salí con tres merluzas, ¡no entraban en la cocina!»

Pues así es este colmado, el de los Nariz y Media: puedes pedir veinte olivas y llevarte mil trescientas.

(Si no te gusta, no vayas; y si entras, pues te arriesgas.)


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Camino del exprimidor

Caminaba una naranja, triste y cabizbaja, camino del exprimidor.

Caminaba escoltada por dos altos y serios plátanos, que bajo su casco negro miraban al frente y que hacían resonar su botas —clac, clac— sobre la repisa de la cocina. La repisa era larga y estaba llena de frutas, todas tristes, reunidas allí para despedir a la pobre naranja. Los más compungidos eran, claro está, los familiares: los Naránjez, los Pérez-Limón y la señá Marieta, una lima que iba toda vestida de negro como si aquello fuera ya el funeral.

No faltaba nadie aquella mañana: estaba la cuadrilla de fresas, el elegante Don Melón, Cebollín y familia, también los Ruiz-Pepino. Incluso se contaba con la presencia de Johnny Puerro, flaco y melenudo rockero.

Caminaba la naranja y cada vez estaba más cerca el exprimidor. El aparato esperaba, reluciente, plateado y siniestro, preparado para empezar a rugir. Sin decirlo, todo el mundo se preguntaba: «¿Por qué tiene que ocurrir este estropicio cada día?». De pronto, entre la muchedumbre alguien levantó la voz:

—¡Hoy no queremos este crimen matutino! ¿Qué ha hecho esta pobre naranja?

Le respondió raudo un guisante joven, pero con mente de viejo:

—No es lo que haya hecho o dejado de hacer. Lo dice la Ley del Desayuno y la ley está para cumplir.

—Pero ¿quién se inventó esa ley? ¡Cambiémosla! —gritó alguien levantando furioso su gorra.

Se armó un gran revuelo, todo el mundo gritaba y quería hablar a la vez. Aunque no se entendía nada, el mensaje de todos era claro: nadie quería que la naranja fuese exprimida aquella mañana. Sobra decir que los menos interesados eran la propia naranja y su familia cítrica. Los más interesados: los dos plátanos altos, que llamaban al orden pero no conseguían nada.

Entonces ocurrió algo inaudito: alguien (tal vez Johnny Puerro o algún escurridizo espárrago) corrió hasta el cable del exprimidor, estiró de él con todas sus fuerzas y consiguió desenchufarlo.

Se hizo un silencio total. Los plátanos corrieron e intentaron volver a enchufarlo, pero tardaron demasiado en conseguirlo: para cuando se dieron la vuelta, la naranja se había escabullido y escondido entre la multitud. Los plátanos se pusieron a gritar y a tocar sus silbatos, pero allí no apareció naranja ninguna. Y por mucho que buscaron y buscaron, no consiguieron encontrarla por ninguna parte. ¿Qué paso entonces? Pues obvio, que aquella mañana alguien se quedó sin zumo en el desayuno…

(Después de este episodio, el pueblo consiguió hablar con el Presidente de la República de las Frutas y Verduras y, tras algunas negociaciones, se dejó de aplicar aquella ley tan antigua y violenta. En su lugar, se redactó la Nueva Ley del Zumo en Tetrabrick, mucho más justa para todos y que, por lo que se ve, sigue aún vigente hoy en día.)


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¡No se desmonte tanto, señor Leandro!

Lo que más hace el señor Leandro es estar sentado en su sofá, con la manta sobre las piernas y el pelo blanco despeinado. Siempre está viendo películas antiguas. Le encantan. A veces, tiene algún ataque de tos (esto le gusta menos).

El señor Leandro vive solo y, cada dos o tres días, recibe la visita de su vecina Sara, que a veces viene con su hija Leyla, de ocho años. Al señor Leandro le gusta mucho que venga Leyla porque juega con ella y se hacen bromas, la una al otro y el otro a la una.

(No sabemos apenas nada de las visitas de los hijos del señor Leandro, ni siquiera sabemos si tiene hijos.)

Cuando no está viendo películas antiguas, al señor Leandro le gusta mirar por su ventana, que da al patio. Allá arriba ve un trozo de cielo y así pasa un poco el rato. Tiene mucho tiempo, el señor Leandro.

Una tarde, el señor Leandro estaba viendo Los Goonies cuando le entró un ataque de tos. El ataque era de los buenos. De los buenos malos, se entiende. De los morrocotudos.

Cof, cof.

Y no podía parar de toser.

Cof, cof, cof.

Tosía tanto que hasta tuvo que parar la película.

COF, COF, COF.

El señor Leandro no podía detener aquel ataque de tos. Tosía tanto que por el patio no se oía otra cosa. No se oían las cumbias del primero, ni las conversaciones del tercero: solo las toses del señor Leandro.

¡¡COF, COF, COF!!

El señor Leandro sintió algo raro y vio cómo su pierna derecha se había separado de su cuerpo. Él seguía en el sofá y su pierna estaba caída en el suelo, pero no le dolía. «Vaya, ahora no podré ir muy lejos», pensó el señor Leandro en su sofá, pero la tos no paraba.

¡¡COF, COF, COF!!

Entonces vio cómo su brazo izquierdo también se caía al suelo. El señor Leandro lo miró pero tampoco se puede decir que se quedara perplejo. No había dolor, y lo de la pierna, al parecer, lo había preparado. «Al menos puedo seguir manejando los mandos de la tele y del vídeo», pensó el señor Leandro de forma bastante optimista. Y como la tos había remitido un poco, el señor Leandro volvió a la película.

Vio Los Goonies una vez más —podía haberla visto casi cien veces en toda su vida— y no pasó nada (a este lado de la pantalla, claro).

Ya era casi de noche y el señor Leandro intentó levantarse para ir a la cama. Pero no pudo. Es que no era fácil solo con una pierna y un brazo. Como era un abuelo de buen dormir, no se preocupó: se colocó bien la manta con una mano y se durmió en el sofá.

Durante la noche, el señor Leandro soñó que era un pez y que el mar era un bello lugar donde vivir.

Por la mañana, sonó el timbre. ¡Qué oportuna la visita! «¡Entre con sus llaves, querida vecina!», le gritó desde el sofá.

—Pero señor Leandro, ¡no se desmonte tanto! —le dijo Sara cuando entró y vio el panorama, el brazo y la pierna por los suelos.

—Ya ve, hija, la tos. Que cuando empiezo no puedo parar.

Sara le ayudó a recolocarse la pierna y el brazo y entre los dos consiguieron que se pusiera de otra vez en pie.

—¡Me encuentro como nuevo! —dijo el abuelo.

Y para celebrarlo, el señor Leandro empezó a bailar, haciendo el gamberro. Sara se rio con ganas y su risa rebotó por todo el patio, arriba y abajo.

En medio segundo, el señor Leandro pidió a Sara permiso para sacarla a bailar, y en dos segundos más ya estaban bailando juntos. Bailaban una bella y animada música imaginaria, y Sara sonreía mucho mientras pensaba que el señor Leandro era un gran bailarín.


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Se busca dragón

Se busca dragón. Un dragón casero que entre sin problemas en una habitación. Digamos doméstico, pero no domesticado y que sepa convivir como un buen ciudadano.

Se busca dragón. Un dragón dragonero que ejerza de mi amigo (tengo cinco años y medio). Será, pues, un dragón abierto, experto en jugar, y que tenga título de charlatán.

Se busca dragón. Un dragón bombero que use su cola para apagar fuegos. Se le presta casco y uniforme entero. Pero mejor... jugamos sin fuego.

Se busca dragón, un dragón que acompañe. Por la mañana al cole y después al parque. Que acompañe también a inglés y a baile. Y que en la ducha no se resbale.

Se busca dragón. Un dragón majareta que cante fatal, y que le guste hablar con las estrellas. Y que en las noches de luna llena me cuente mil cuentos hasta que me duerma.

Se busca dragón. Un dragón dormilón que a las ocho y media ya esté preparado con su pijama y los dientes lavados. Y con dos bostezos, uno en cada mano. Un dragón que ronque cuando todos duermen y que cada mañana me despierte, a la hora de siempre, con una sonrisa de trescientos dientes.


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Todo lo que salió de mi nariz

Era verano pero yo me había cogido un resfriado tan grande como un piano. ¿El culpable? Algún aire acondicionado traidor o tal vez un viento que me pilló sin avisar. Qué sé yo. El caso es que fuera de casa hacía casi cuarenta grados y yo estaba en mi habitación, metido en la cama y sin dejar de estornudar

¡Aaaaaaachís!

Eran estornudos cada vez más fuertes. Uno de ellos fue atronador.

¡¡AAAAACHÍS!!

No podía creer lo que vi. ¡Había estornudado una goma de borrar! Me acerqué despacio y la toqué. Sí, era real. Acababa de estornudar una goma de borrar.

¡¡AAAAACHÍS!!

Estornudé dos lápices sin punta. Seguí estornudando y estornudé un sacapuntas. Estornudé una vez más y estornudé un estuche. Todo un detalle: así podía guardarlo todo. Me quedé tan sorprendido que ni llamé a mamá. Empecé a sacar punta a un lápiz, pero enseguida noté que venía otro estornudo de los gordos.

¡¡AAAAAAAACHÍÍÍÍS!!

Había estornudado algo verde y me alegré pensando que sería un moco gigante pero no: era un calabacín. Estornudé dos cebolletas. Estornudé un manojo de puerros. Estornudé un poco de apio y estornudé unas hojas de acelga.

¡¡AAAAAAAACHÍÍÍÍS!!

Estornudé media calabaza y aquello me pareció demasiado. Pero pensé que, al menos, con todo aquello podríamos hacer un buen puré de verduras. No era muy fan del puré de verduras pero me lo solía comer, sobre todo por mamá. Desde luego, ella se iba a poner contenta por ahorrarse una compra en el mercado.

¡¡AAAAAAAAAAACHÍS!!

Estornudé una silla sin mesa. Estornudé una mesa para cuatro personas. Estornudé otra silla. Estornudé una lámpara muy bonita. Estornudé una lámpara menos bonita, pero sabía a quién se la podía regalar. Estornudé, estornudé y estornudé. Enseguida tenía en mi habitación muebles suficientes como para montar un mercadillo: un sofá pequeño, una mecedora, una cuna para mellizos, dos alfombras, un cabecero de madera y una radio antigua.

Entonces llegó mamá y casi no podía entrar en el cuarto. Empujó la puerta hasta que la mecedora cedió y pudo entrar. Miró a todas partes abriendo mucho los ojos. Preguntó qué era todo aquello. Yo le dije que no podía parar de estornudar.

—Martín, nos vamos a urgencias.

En la calle, mamá me preguntó si podía elegir lo que estornudaba. Si era capaz de estornudar un coche, llegaríamos antes al hospital. Lo intenté pero estornudé un perro pequeño que se fue sin ni siquiera despedirse.

Cogimos el autobús y, como llevaba el aire acondicionado a tope, empecé a estornudar todo el rato.

Estornudé un señor que sentó a nuestro lado. Estornudé dos hermanos que se peleaban. Estornudé un obrero que llegaba muy tarde a trabajar. El chófer del bus miraba por el espejo y se estaba mosqueando. ¿Dónde estaban los billetes de toda esa gente? Estornudé una señora muy mayor que empezó a hablarnos de sus hijos. Estornudé un joven melenudo y por suerte al fin llegamos al hospital y nos bajamos del bus.

—Vaya vaya vaya —dijo el doctor en la consulta—. Con esto estarás como nuevo en un santiamén. —Y nos dio una receta con unos garabatos que no se entendían.

Salimos del hospital y nos miramos. Mamá y yo sabíamos que el doctor no nos había creído ni una palabra.

Aunque no nos sobra el dinero, cogimos un taxi para volver a casa. No nos apetecía llenar otra vez un autobús de gente sin billete.

Fuimos a la farmacia de la esquina y después directos a la cocina. Preparamos un puré con todas las verduras y nos salió muy rico. Al día siguiente, montamos un mercadillo con todos los muebles.

Lo vendimos todo.


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