Siete lagartijas

Cuentos y poemas infantiles

Godofredo, el poeta pizzero

¿Veis aquello que se mueve entre el tráfico tan lento? ¿Esa moto azul y blanca con estuche de pizzero? La pilota nuestro amigo el sonriente Godofredo que reparte ricas pizzas y también muchos sonetos.

Nunca tiene prisa, siempre llega a tiempo. Pizzas y poesías lleva Godofredo.

Romances con base fina, peperoni con tercetos. Si no te gusta esta estrofa ponle un poco más de beicon. Champis en rima asonante, piña, jamón o cangrejo. Versos que llegan calientes y metáforas con queso.

Nunca tiene prisa, siempre llega a tiempo. Pizzas y poesías lleva Godofredo.

Una vez, ¡qué mala suerte!, se atascó con un soneto, y llevó tarde un pedido, no pudo llegar a tiempo. Cuando llegó al domicilio, que era un decimotercero, ya no llevaba una pizza: llevaba un bloque de hielo. El cliente, muy furioso, mandó a Godo a paseo. Y en la pizzería, al jefe le llegó su gran momento: «Eres lento con la moto y aunque siempre estás contento, ¿si la gente pide pizzas para qué quiero tus versos?» El trabajo así perdió nuestro amigo Godofredo. Pero no perdió su sueño: él siguió escribiendo versos. (Hoy le salen más ligeros, porque no son cuatro quesos.)
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Guillermo y yo

Guillermo me trata bien, de eso no me puedo quejar. Me da comida abundante y me habla muy cariñoso. Incluso a veces hace algún chiste bueno. Casi nunca, todo hay que decirlo.

Guillermo sabe muy bien, porque se pasa horas leyendo libros, que como azor soy una ave rapaz diurna, rápida y muy buena cazadora. También Guillermo quiere que yo sea feliz. Por eso, casi todas las tardes me lleva fuera de casa. Yo me pongo nerviosa cuando veo que se acerca la hora y enseguida salto sobre su muñeca. Él se ha puesto un guante que me encanta, al que me sujeto fuerte con mis garras.

En la calle, pasamos un poco con prisa la aburrida parte sin árboles, eso que Guillermo llama edificios. ¿Cómo podéis vivir así? Pero llegamos enseguida. Veo los árboles y se me abre el pico de la emoción. Guillermo me acaricia mientras me dice unas últimas palabras. Luego me suelta.

¡Qué felicidad volando entre los árboles! Sé que este bosque de ciudad no tiene nada que ver con el auténtico Bosque, aunque no lo recuerde muy bien. Pero cuando vuelo entre los árboles, me siento libre.

Todo lo bueno se acaba rápido. Guillermo tiene un silbato que oigo desde lejos y sé que es hora de volver. Aunque este recreo siempre me parece corto, vuelvo enseguida al guante de Guillermo. Me han adiestrado para hacerlo así, y no me quejo de la vida que llevo.

Ocurrió una tarde normal, una de tantas. Yo acababa de saltar del guante de Guillermo y volaba entre los árboles. Sin pensar, solo disfrutando del momento. Entonces sentí algo en el pecho. Luego en la cabeza ¡¡fiummmmmm!! El Bosque dejó de ser un recuerdo lejano y se convirtió en muchas imágenes. ¡Recordé todo! Cómo era yo de pequeño, a mamá y a papá, el viaje hasta la ciudad. Todo lo recordé.

De repente, aquellos cuatro árboles ya no eran suficientes. Empecé a volar más rápido que nunca y salí a cielo abierto. No hacia Guillermo sino hacia el lado contrario.

Batía con fuerza mis alas y algo me indicaba hacia dónde tenía que ir.

Volé.

Volé y volé.

Tardé horas en llegar pero al final llegué. Era un precioso bosque que me abría sus puertas. Entré feliz, haciendo giros complicados entre los troncos y las ramas. Vi otras aves, mucha comida, ¡eso sí que era un hogar!

Nunca más volví a ver a Guillermo, y esa parte me dio un poco de pena. Pero ahora soy mucho más feliz. Vuelo, busco comida, tengo mis compinches. Y hace poco he conocido a un amigo que se está convirtiendo en un amigo especial. No digáis nada, pero un día de estos le voy a pedir que vivamos juntos. Por ahora, es una sorpresa.
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El secreto del pirata Josefino

El pirata Josefino tenía un sombrero negro y gastado, un parche en el ojo y un amigo loro durmiendo en alguna parte de su camarote. El pirata Josefino tenía, también, mucho mal genio, mal aliento y un mal despertar muy conocido por todos los que navegaban con él.

Pero el pirata Josefino tenía, sobre todo, una espada clavada en el pecho. «No es una espada grande —decía él quitándole importancia—, no duele mucho».

Aunque la verdad es que llamaba bastante la atención. Por eso, todo el mundo cuando estaba cerca le miraba la espada con disimulo. Esto enfadaba mucho al pirata, que rugía:

—¿Es que no has visto nunca una espada, mastuerzo?

Y si tenía el día torcido, cogía al desgraciado y lo tiraba a los tiburones o, como poco, lo ponía a fregar toda la cubierta.

Nadie sabía por qué tenía una espada en el pecho el pirata Josefino. Solo se sabía que debía de ser una vieja historia, porque ni siquiera lo sabía Emilio, que llevaba unos mil años siendo el cocinero del barco pirata.

Aunque suene raro, el pirata Josefino podía hacer vida normal con la espada en el pecho. Podía dirigir salvajes abordajes y desvalijar grandes galeones llenos de oro. Podía subir y bajar hasta el palo más alto. Podía beber ron y pasarse toda la noche cantando canciones de piratas.

El pirata Josefino tenía un enemigo total que se llamaba Cara de Burro. Podéis imaginar por qué le llamaban así. Además de una gran cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, Cara de Burro tenía un morro que parecía un hocico de un burro. A pesar de todo, el pirata Josefino no le tenía miedo. (Aquí hay que decir que no le tenía miedo a nadie.)

Como Cara de Burro y Josefino eran los dos piratas más temidos de los siete mares, no se peleaban entre ellos. Había negocio para todos. Pero esto no quiere decir que se llevaran bien. Cuando los dos barcos piratas se veían desde lejos, hacían siempre lo mismo: giraban sus timones y se acercaban lo suficiente como para poder examinarse. Y los dos capitanes se subían a lo más alto del puente para ver mejor al rival:

—¡Con esas velas muy rápido no irás! —se reía Cara de Burro.

—¡Vaya tripulación! ¡Hay más patas de palo que piernas! ¿No tienes a nadie sano? —contraatacaba Josefino.

Estas y otras muchas lindezas se regalaban, pero ninguno de los dos hacía referencia a los temas tabú: la espada en el pecho de uno y la cara de burro del otro. Porque incluso los enemigos tienen sus códigos y saben respetarlos.

Una noche de verano, muy calurosa y con luna llena, el pirata Josefino se puso melancólico y se abrazó a una botella de ron. Le acompañaba, sin mucho convencimiento, el contramaestre Sánchez.

—Si no bebes conmigo, te tiro a los tiburones —le decía el pirata Josefino cada vez que le pasaba la botella.

La conversación dio paso a viejas historias del mar, y luego a ruidosas canciones, primero conocidas y después inventadas por el pirata Josefino. Y si el contramaestre Sánchez empezaba a levantarse, le decía:

—Como intentes dejarme solo, te tiro a los tiburones.

Lo siguiente, ya muy tarde, fue que el pirata Josefino comenzó a hablar con los peces. Estos por supuesto ni le oían ni le contestaban. El pobre contramaestre Sánchez tenía la esperanza de que se durmiera pronto, así cuando empezara a roncar —normalmente lo hacía con tanto ruido y fuerza que llenaba las velas— podría irse a dormir de una vez.

Resultó que no andaba lejos un grumete joven. Se llamaba Ambrosio Dey pero todos le llamaban A.Dey para abreviar. A.Dey se acercó hasta la pareja con una cancioncilla bailando en la boca.

El pirata Josefino se había quedado dormido y estaba empezando a roncar, todavía a poco volumen. La luna llena brillaba en lo alto del cielo negro. A.Dey soltó de golpe:

—Voy a sacarle la espada.

El contramaestre Sánchez dio un salto.

—¡Qué dices, insensato! En cuanto se dé cuenta te tirará los tiburones.

—Voy a sacarle la espada —repitió el joven acercándose.

Como podéis ver, A.Dey era de ideas bastante fijas.

—¡Vete ahora mismo al camarote a dormir!

—No tengo sueño.

Y sin esperar respuesta, A.Dey empuñó la espada y la sacó. Fue un movimiento rápido y limpio. Después, la levantó y la espada no brilló a la luz de la luna porque era de madera. El pirata Josefino se despertó:

—¡Qué demonios ha pasado aquí? ¡Mi espada!

Como se dio cuenta de que se sentía mucho mejor, el pirata habló así:

—¿Cómo te llamas, mequetrefe?

—Ambrosio Dey, mi capitán.

—Muy bien, Ambrosio. Me has librado de esta espada que era un poco molesta, sobre todo para dormir boca abajo. Pero ahora tienes que irte a dormir pitando, o te tiro a los tiburones.

—¿Puedo quedarme la espada?

—¡Cómo está la tripulación! ¡Todo el día pidiendo! —dijo el pirata Josefino pero al final gruñó un poco más y se la regaló.

En cambio, al contramaestre Sánchez le dio una patada en el trasero y le gritó:

—¡Y tú, zopenco, baja a la bodega y súbeme un poco de cecina.

El pirata Josefino se tumbó y cruzó las manos detrás de la cabeza. Se encontraba muy bien. Para cuando Sánchez subió de la bodega, el pirata estaba otra vez dormido y roncaba tan fuerte que las velas empezaban a mover el barco. El contramaestre suspiró, se sentó al lado de su capitán y partió un trozo de cecina. Sin comerlo siquiera, se quedó mirando hipnotizado la estela de la luna en el mar.
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Salivalberto

¡Cuidado! ¡Mucho cuidado! Corred todos a cubierto que aquello que se aproxima y parece un aspersor se llama Salivalberto y, ante todo, es un señor. Es persona muy normal con la boca bien cerrada pero si empieza a hablar ya puedes llevar paraguas. ¡Pobre Salivalberto! Moja sin querer a todos aunque pasen a tres metros. Con esto de tanta baba la gente no se le acerca, a no ser que lleven puestas la ropa y las botas de agua. Un día con poca suerte para nuestro Salivalberto le echaron de su trabajo y se fue al paro obrero. ¡Entonces cambió su vida! Porque encontró otro empleo donde sí que aplaudían su dominio del babeo. ¡Qué primor en sus tareas! ¡Qué elegancia y qué salero! Da gloria ver trabajar a este ufano jardinero. Unas veces riega lejos, y otras veces, más cerca. Por allá por donde pasa no queda una planta seca. ¡Qué feliz, Salivalberto, tiene el trabajo perfecto! Y aquí termina la historia del señor Salivalberto. (No la creáis, es un cuento.)

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Balada solitaria de Pulpo Joe

En las aguas del puerto de mi ciudad, bajo la superficie con restos de suciedad flotando, el ambiente es bastante peligroso. Hay bandas de lucios que pululan por ahí dándose empujones y buscando bronca. Hay rodaballos mafiosos traficando con gasolina. Congrios dispuestos a darte un buen susto. Pero también en ese barrio, en pleno centro aunque tranquilo porque todos lo conocen, vive Pulpo Joe.

Sabes que te acercas a casa de Pulpo Joe porque lo primero que oyes es su piano. Se pasa el día entero tocando. Su casa está junto a las rocas y la construyó con viejas chapas metálicas y sus habilidosos ocho tentáculos. Se puede definir como una casa destartalada pero él piensa que es más que suficiente. Los artistas son así. Pulpo Joe no necesita más para vivir tranquilo, tocar el piano, y alguna noche que otra, tomarse unos vasos de gasolina con soda.

Pulpo Joe toca viejas baladas de blues. Y ¡ah!, es una gozada oírle. La mayoría de los que se mueven por esa zona del puerto no aprecian su arte, pero si te gusta un poco la buena música lo disfrutarás.

Una noche de viernes, con el típico ajetreo por el barrio marino, Pulpo Joe estaba tocando una buena versión de Long Distance Call de Muddy Waters. Estaba tan feliz con los ojos cerrados, viviendo cada nota, cuando oyó que alguien llamaba a su puerta de lata. Siguió tocando, esperando que fuera algún gamberro pero no: volvieron a llamar.

Pulpo Joe chasqueó con la boca, dejó de tocar y fue hasta la puerta. La abrió con su tentáculo número tres, pero él no pensaba en números, igual que tú no piensas en brazo uno y brazo dos. Abrió la puerta y punto. Allí fuera estaba un mero repeinado y con gafas de sol.

—¿El auténtico Pulpo Joe?

El viejo pianista no contestó, solo miró de arriba abajo al visitante y al final asintió. El mero hizo una pequeña reverencia y se presentó como Tino Varela, representante musical de artistas. Se recolocó las gafas de sol y le dijo que tenía una buena oferta para él, pero ¿podía pasar?

Pulpo Joe consideraba que ya no tenía edad para muchas ofertas pero aun así le invitó a entrar. Un tema de educación. Además, no sabía por qué pero aquel mero le había caído bien. Se sentaron a la única mesa que había en la casa de lata y tomaron café mientras Tino el representante hablaba, hablaba y hablaba.

Le contó que alguien con el talento de Pulpo Joe no podía estar en casa tocando viejas baladas, que por cierto sonaba de perfeeeeeeecto cuando él llegaba, pero que tenía que estar atento a las oportunidades y él, Tino Varela, conocido representante de grandes estrellas de música submarina, tenía una gran oportunidad para él.

Pulpo Joe asentía y estaba empezando a aburrirse. Entonces Tino se pasó la mano por el pelo engominado y se puso serio:

—¿Has oído hablar de Laura and The Fabulous Krills? ¿No? Es imposible.

El mero tomó aire y continuó: era una banda que estaba subiendo como la espuma. Al frente estaba Laura, una ballena joven con una voz excepcional, y la acompañaba un coro de krills que cantaban desde dentro de su boca. Algo impresionante, tenía que verlo, el público se volvía loco en los conciertos. Peeeeero andaban siempre cambiando de músicos, por cosas que no venían al caso, y ahora mismo necesitaban un pianista, un buen pianista con experiencia. Pulpo Joe no dijo nada. El mero estiró una sonrisa que casi se salía de la caseta.

—Es una oferta única. ¿Preparado para el rocanrol?

Pulpo Joe abrió la boca al fin y dijo que lo iba a pensar, que pasara al día siguiente. El mero no supo que contestar, cosa muy rara, y se quedó abriendo y cerrando la boca. Pulpo Joe aprovechó para levantarse e indicarle la puerta disimuladamente (tentáculo 4).

Finalmente el visitante se fue y Pulpo Joe pudo volver a su tranquilidad.

Se sentó al piano y estuvo un rato jugueteando con las teclas. Después, volvió a tocar desde el principio Long Distance Call de Muddy Waters.

Para cuando volvió el mero Varela al día siguiente, Pulpo Joe tenía más que pensada su respuesta.

—Muchas gracias pero creo que estoy viejo para el rocanrol.

A Tino Varela se le movió el peinado del disgusto. ¿Pero pero pero estaba seguro de lo que decía?

Educadamente, Pulpo Joe cerró la puerta. Qué le iba a hacer, si le gustaban más las baladas. Qué le iba a hacer, si era un pulpo solitario.

Se sentó al piano y empezó a tocar. Y aunque llevaba un tiempo sin hacerlo, sonrió.

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El interruptor

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. Sube, baja, sube, ¡cero diversión!

Solo en la pared, ¡ay, qué aburrimiento! Espera el momento en el que se acerque el ansiado dedo que al fin le permita estirar el cuerpo. (Y tampoco cambia demasiado el cuento.)

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. ¡Si al menos fueras un ventilador!

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En la Taberna del Salmón Dorado

Eran diecisiete los osos que estaban tomando un refrigerio aquella tarde en la Taberna del Salmón Dorado, y se respiraba entre ellos, entre los diecisiete, un ambiente raro.

Se acercaba la temporada de salmón y se rumoreaba que apenas se iba a poder pescar. Que si había pocos salmones, que si del valle subían negras noticias de ríos medio vacíos…

Así, los diecisiete osos estaban cabizbajos cuando entró en la Taberna del Salmón Dorado un pequeño armadillo que llevaba en la mano un maletín. Al principio nadie se dio cuenta, pero cuando el armadillo pidió un vasito de vino y empezó a hablar con el tabernero, su voz aflautada resonó y rebotó por toda la taberna. Y lo que contaba hizo que los osos fueran levantando las miradas de las mesas, y que sus orejas se fueran poniendo en punta.

—Un río vacío, ciertamente —aseguraba el armadillo—. Eso es lo que viene esta temporada. Y nadie sabe por qué. Pero el caso es que no va a haber salmón más que para unos pocos.

Los osos se sintieron aún más apesadumbrados. El armadillo, que hablaba con mucho aplomo, continuó:

—Claro que si uno sabe cómo hacer salir a los salmones del agua…

Uno de los osos se acercó de un salto y le preguntó:

—¿CÓMO?

—Hombre, bueno —respondió el armadillo haciéndose el remolón—, yo es que soy vendedor de medicamentos, sabe usted, para las farmacias. Y yo creo que si uno es un poco astuto y pone una pizquita de un producto, concretamente en este caso de bencemato de politonelo en el agua, donde va a pescar, pues…

En menos de tres segundos, el armadillo tenía a los diecisiete osos rodeándole. Los diecisiete osos querían saber qué pasaba si se ponía un poco de bencemato de politonelo en el agua.

—Lo descubrí un día de casualidad —siguió el armadillo completamente rodeado por los osos—. Resulta que si tú pones un poco de bencemato de politonelo en el agua… ¡Alehop! ¡El salmón salta fuera del agua!

Los osos saltaron también al oírlo. ¡El salmón saltaba fuera del agua! Uno de los osos preguntó con voz muy fuerte si el armadillo tenía bencemato de politonelo en su maletín. Quería comprárselo. Automáticamente, a muchos otros también les pareció una buena idea.

—Aaaaaah no, no, lo siento, muy señores míos. No llevo bencemato de politonelo. Bueno sí, la verdad es que un poco sí que llevo, pero este material es para las farmacias…

No pudo hacer mucho más. Enseguida todos los osos le quisieron comprar el bencemato de politonelo. Y se pusieron tan insistentes que al final, el armadillo casi se vio obligado a vendérselo.

En pocos minutos, cada uno de los diecisiete osos tenía su cápsula de bencemato de politonelo en el bolsillo. Después de esto, el bar no tardó en quedarse vacío, mientras que la cartera del armadillo estaba llena, rebosante de billetes. Se pidió un segundo vinito y el tabernero, que era un tejón ya entrado en años, le miró con el ojo un poco torcido.

El armadillo se bebió el vino tranquilamente y se marchó.

Un par de días después comenzó la temporada de salmón y allá fueron los diecisiete osos con sus diecisiete cápsulas de bencemato de politinelo. Cada uno se colocó en su recoveco, su roca, su zona del río favorita para la pesca. Y esperaron. Y no tardaron en ver que, en efecto, por el río subían muy pocos salmones. Así que cada uno de los diecisiete osos sacó su cápsula de bencemato de politinelo y la colocó en el fondo del río.

El río se llenó de espuma, de más y más espuma, porque las pastillas no eran otra cosa que detergente concentrado. ¡Vaya engañifa! ¡Y pobre río, como sufrió con tanta limpieza que no necesitaba! Por suerte, se le quitó pronto toda aquella espuma.

Cuando los diecisiete osos comprendieron que habían sido timados, lanzaron ruidosos gruñidos hacia el cielo y dieron zarpazos de rabia al agua. Y enseguida fueron todos corriendo hasta la Taberna del Salmón Dorado.

Nuestro amigo el armadillo, como podéis imaginar, estaba muy pero que MUY lejos de allí, y al tejón tabernero le dio un ataque de risa cuando le contaron lo que había pasado. En cambio, a los diecisiete osos todo aquello no les hacía ni pizca de gracia…

Los diecisiete osos buscaron durante mucho tiempo al armadillo y a su maletín, pero nunca jamás lo volvieron a ver por aquellas tierras.
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Los Nariz y Media

Es colmado muy curioso el de los Nariz y Media. Pides uno y llevas dos, quieres veinte y llevas treinta.

Llámese de ultramarinos o tienda de todo un poco, lleva tu lista bien clara que van a volverte loco.

«Mire, señora, no olvide probar estos pepinillos; no diga que quiere quince, que quiere usted veinticinco».

«Oiga, señor Aniceto, aquí está su coliflor. ¡Cómo le mira ese pavo! Se lo pongo con arroz».

Sumando, siempre sumando hacen negocio estos vivos, pero ya muchos clientes lo comentan en corrillos:

«Yo pedí cuatro melones y me dieron dieciséis». «Pues yo vine a por dos fresas y me fui con un pastel».

«Una lata de sardinas buscaba para mi tía, y salí con tres merluzas, ¡no entraban en la cocina!»

Pues así es este colmado, el de los Nariz y Media: puedes pedir veinte olivas y llevarte mil trescientas.

(Si no te gusta, no vayas; y si entras, pues te arriesgas.)

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Camino del exprimidor

Caminaba una naranja, triste y cabizbaja, camino del exprimidor.

Caminaba escoltada por dos altos y serios plátanos, que bajo su casco negro miraban al frente y que hacían resonar su botas —clac, clac— sobre la repisa de la cocina. La repisa era larga y estaba llena de frutas, todas tristes, reunidas allí para despedir a la pobre naranja. Los más compungidos eran, claro está, los familiares: los Naránjez, los Pérez-Limón y la señá Marieta, una lima que iba toda vestida de negro como si aquello fuera ya el funeral.

No faltaba nadie aquella mañana: estaba la cuadrilla de fresas, el elegante Don Melón, Cebollín y familia, también los Ruiz-Pepino. Incluso se contaba con la presencia de Johnny Puerro, flaco y melenudo rockero.

Caminaba la naranja y cada vez estaba más cerca el exprimidor. El aparato esperaba, reluciente, plateado y siniestro, preparado para empezar a rugir. Sin decirlo, todo el mundo se preguntaba: «¿Por qué tiene que ocurrir este estropicio cada día?». De pronto, entre la muchedumbre alguien levantó la voz:

—¡Hoy no queremos este crimen matutino! ¿Qué ha hecho esta pobre naranja?

Le respondió raudo un guisante joven, pero con mente de viejo:

—No es lo que haya hecho o dejado de hacer. Lo dice la Ley del Desayuno y la ley está para cumplir.

—Pero ¿quién se inventó esa ley? ¡Cambiémosla! —gritó alguien levantando furioso su gorra.

Se armó un gran revuelo, todo el mundo gritaba y quería hablar a la vez. Aunque no se entendía nada, el mensaje de todos era claro: nadie quería que la naranja fuese exprimida aquella mañana. Sobra decir que los menos interesados eran la propia naranja y su familia cítrica. Los más interesados: los dos plátanos altos, que llamaban al orden pero no conseguían nada.

Entonces ocurrió algo inaudito: alguien (tal vez Johnny Puerro o algún escurridizo espárrago) corrió hasta el cable del exprimidor, estiró de él con todas sus fuerzas y consiguió desenchufarlo.

Se hizo un silencio total. Los plátanos corrieron e intentaron volver a enchufarlo, pero tardaron demasiado en conseguirlo: para cuando se dieron la vuelta, la naranja se había escabullido y escondido entre la multitud. Los plátanos se pusieron a gritar y a tocar sus silbatos, pero allí no apareció naranja ninguna. Y por mucho que buscaron y buscaron, no consiguieron encontrarla por ninguna parte. ¿Qué paso entonces? Pues obvio, que aquella mañana alguien se quedó sin zumo en el desayuno…

(Después de este episodio, el pueblo consiguió hablar con el Presidente de la República de las Frutas y Verduras y, tras algunas negociaciones, se dejó de aplicar aquella ley tan antigua y violenta. En su lugar, se redactó la Nueva Ley del Zumo en Tetrabrick, mucho más justa para todos y que, por lo que se ve, sigue aún vigente hoy en día.)

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¡No se desmonte tanto, señor Leandro!

Lo que más hace el señor Leandro es estar sentado en su sofá, con la manta sobre las piernas y el pelo blanco despeinado. Siempre está viendo películas antiguas. Le encantan. A veces, tiene algún ataque de tos (esto le gusta menos).

El señor Leandro vive solo y, cada dos o tres días, recibe la visita de su vecina Sara, que a veces viene con su hija Leyla, de ocho años. Al señor Leandro le gusta mucho que venga Leyla porque juega con ella y se hacen bromas, la una al otro y el otro a la una.

(No sabemos apenas nada de las visitas de los hijos del señor Leandro, ni siquiera sabemos si tiene hijos.)

Cuando no está viendo películas antiguas, al señor Leandro le gusta mirar por su ventana, que da al patio. Allá arriba ve un trozo de cielo y así pasa un poco el rato. Tiene mucho tiempo, el señor Leandro.

Una tarde, el señor Leandro estaba viendo Los Goonies cuando le entró un ataque de tos. El ataque era de los buenos. De los buenos malos, se entiende. De los morrocotudos.

Cof, cof.

Y no podía parar de toser.

Cof, cof, cof.

Tosía tanto que hasta tuvo que parar la película.

COF, COF, COF.

El señor Leandro no podía detener aquel ataque de tos. Tosía tanto que por el patio no se oía otra cosa. No se oían las cumbias del primero, ni las conversaciones del tercero: solo las toses del señor Leandro.

¡¡COF, COF, COF!!

El señor Leandro sintió algo raro y vio cómo su pierna derecha se había separado de su cuerpo. Él seguía en el sofá y su pierna estaba caída en el suelo, pero no le dolía. «Vaya, ahora no podré ir muy lejos», pensó el señor Leandro en su sofá, pero la tos no paraba.

¡¡COF, COF, COF!!

Entonces vio cómo su brazo izquierdo también se caía al suelo. El señor Leandro lo miró pero tampoco se puede decir que se quedara perplejo. No había dolor, y lo de la pierna, al parecer, lo había preparado. «Al menos puedo seguir manejando los mandos de la tele y del vídeo», pensó el señor Leandro de forma bastante optimista. Y como la tos había remitido un poco, el señor Leandro volvió a la película.

Vio Los Goonies una vez más —podía haberla visto casi cien veces en toda su vida— y no pasó nada (a este lado de la pantalla, claro).

Ya era casi de noche y el señor Leandro intentó levantarse para ir a la cama. Pero no pudo. Es que no era fácil solo con una pierna y un brazo. Como era un abuelo de buen dormir, no se preocupó: se colocó bien la manta con una mano y se durmió en el sofá.

Durante la noche, el señor Leandro soñó que era un pez y que el mar era un bello lugar donde vivir.

Por la mañana, sonó el timbre. ¡Qué oportuna la visita! «¡Entre con sus llaves, querida vecina!», le gritó desde el sofá.

—Pero señor Leandro, ¡no se desmonte tanto! —le dijo Sara cuando entró y vio el panorama, el brazo y la pierna por los suelos.

—Ya ve, hija, la tos. Que cuando empiezo no puedo parar.

Sara le ayudó a recolocarse la pierna y el brazo y entre los dos consiguieron que se pusiera de otra vez en pie.

—¡Me encuentro como nuevo! —dijo el abuelo.

Y para celebrarlo, el señor Leandro empezó a bailar, haciendo el gamberro. Sara se rio con ganas y su risa rebotó por todo el patio, arriba y abajo.

En medio segundo, el señor Leandro pidió a Sara permiso para sacarla a bailar, y en dos segundos más ya estaban bailando juntos. Bailaban una bella y animada música imaginaria, y Sara sonreía mucho mientras pensaba que el señor Leandro era un gran bailarín.

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