Siete lagartijas

poemas

Salivalberto

¡Cuidado! ¡Mucho cuidado! Corred todos a cubierto que aquello que se aproxima y parece un aspersor se llama Salivalberto y, ante todo, es un señor. Es persona muy normal con la boca bien cerrada pero si empieza a hablar ya puedes llevar paraguas. ¡Pobre Salivalberto! Moja sin querer a todos aunque pasen a tres metros. Con esto de tanta baba la gente no se le acerca, a no ser que lleven puestas la ropa y las botas de agua. Un día con poca suerte para nuestro Salivalberto le echaron de su trabajo y se fue al paro obrero. ¡Entonces cambió su vida! Porque encontró otro empleo donde sí que aplaudían su dominio del babeo. ¡Qué primor en sus tareas! ¡Qué elegancia y qué salero! Da gloria ver trabajar a este ufano jardinero. Unas veces riega lejos, y otras veces, más cerca. Por allá por donde pasa no queda una planta seca. ¡Qué feliz, Salivalberto, tiene el trabajo perfecto! Y aquí termina la historia del señor Salivalberto. (No la creáis, es un cuento.)

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El interruptor

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. Sube, baja, sube, ¡cero diversión!

Solo en la pared, ¡ay, qué aburrimiento! Espera el momento en el que se acerque el ansiado dedo que al fin le permita estirar el cuerpo. (Y tampoco cambia demasiado el cuento.)

Clic-cloc, clic-cloc, pobre interruptor. ¡Si al menos fueras un ventilador!

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Los Nariz y Media

Es colmado muy curioso el de los Nariz y Media. Pides uno y llevas dos, quieres veinte y llevas treinta.

Llámese de ultramarinos o tienda de todo un poco, lleva tu lista bien clara que van a volverte loco.

«Mire, señora, no olvide probar estos pepinillos; no diga que quiere quince, que quiere usted veinticinco».

«Oiga, señor Aniceto, aquí está su coliflor. ¡Cómo le mira ese pavo! Se lo pongo con arroz».

Sumando, siempre sumando hacen negocio estos vivos, pero ya muchos clientes lo comentan en corrillos:

«Yo pedí cuatro melones y me dieron dieciséis». «Pues yo vine a por dos fresas y me fui con un pastel».

«Una lata de sardinas buscaba para mi tía, y salí con tres merluzas, ¡no entraban en la cocina!»

Pues así es este colmado, el de los Nariz y Media: puedes pedir veinte olivas y llevarte mil trescientas.

(Si no te gusta, no vayas; y si entras, pues te arriesgas.)

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Se busca dragón

Se busca dragón. Un dragón casero que entre sin problemas en una habitación. Digamos doméstico, pero no domesticado y que sepa convivir como un buen ciudadano.

Se busca dragón. Un dragón dragonero que ejerza de mi amigo (tengo cinco años y medio). Será, pues, un dragón abierto, experto en jugar, y que tenga título de charlatán.

Se busca dragón. Un dragón bombero que use su cola para apagar fuegos. Se le presta casco y uniforme entero. Pero mejor... jugamos sin fuego.

Se busca dragón, un dragón que acompañe. Por la mañana al cole y después al parque. Que acompañe también a inglés y a baile. Y que en la ducha no se resbale.

Se busca dragón. Un dragón majareta que cante fatal, y que le guste hablar con las estrellas. Y que en las noches de luna llena me cuente mil cuentos hasta que me duerma.

Se busca dragón. Un dragón dormilón que a las ocho y media ya esté preparado con su pijama y los dientes lavados. Y con dos bostezos, uno en cada mano. Un dragón que ronque cuando todos duermen y que cada mañana me despierte, a la hora de siempre, con una sonrisa de trescientos dientes.
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