Guillermo y yo

Guillermo me trata bien, de eso no me puedo quejar. Me da comida abundante y me habla muy cariñoso. Incluso a veces hace algún chiste bueno. Casi nunca, todo hay que decirlo.

Guillermo sabe muy bien, porque se pasa horas leyendo libros, que como azor soy una ave rapaz diurna, rápida y muy buena cazadora. También Guillermo quiere que yo sea feliz. Por eso, casi todas las tardes me lleva fuera de casa. Yo me pongo nerviosa cuando veo que se acerca la hora y enseguida salto sobre su muñeca. Él se ha puesto un guante que me encanta, al que me sujeto fuerte con mis garras.

En la calle, pasamos un poco con prisa la aburrida parte sin árboles, eso que Guillermo llama edificios. ¿Cómo podéis vivir así? Pero llegamos enseguida. Veo los árboles y se me abre el pico de la emoción. Guillermo me acaricia mientras me dice unas últimas palabras. Luego me suelta.

¡Qué felicidad volando entre los árboles! Sé que este bosque de ciudad no tiene nada que ver con el auténtico Bosque, aunque no lo recuerde muy bien. Pero cuando vuelo entre los árboles, me siento libre.

Todo lo bueno se acaba rápido. Guillermo tiene un silbato que oigo desde lejos y sé que es hora de volver. Aunque este recreo siempre me parece corto, vuelvo enseguida al guante de Guillermo. Me han adiestrado para hacerlo así, y no me quejo de la vida que llevo.

Ocurrió una tarde normal, una de tantas. Yo acababa de saltar del guante de Guillermo y volaba entre los árboles. Sin pensar, solo disfrutando del momento. Entonces sentí algo en el pecho. Luego en la cabeza ¡¡fiummmmmm!! El Bosque dejó de ser un recuerdo lejano y se convirtió en muchas imágenes. ¡Recordé todo! Cómo era yo de pequeño, a mamá y a papá, el viaje hasta la ciudad. Todo lo recordé.

De repente, aquellos cuatro árboles ya no eran suficientes. Empecé a volar más rápido que nunca y salí a cielo abierto. No hacia Guillermo sino hacia el lado contrario.

Batía con fuerza mis alas y algo me indicaba hacia dónde tenía que ir.

Volé.

Volé y volé.

Tardé horas en llegar pero al final llegué. Era un precioso bosque que me abría sus puertas. Entré feliz, haciendo giros complicados entre los troncos y las ramas. Vi otras aves, mucha comida, ¡eso sí que era un hogar!

Nunca más volví a ver a Guillermo, y esa parte me dio un poco de pena. Pero ahora soy mucho más feliz. Vuelo, busco comida, tengo mis compinches. Y hace poco he conocido a un amigo que se está convirtiendo en un amigo especial. No digáis nada, pero un día de estos le voy a pedir que vivamos juntos. Por ahora, es una sorpresa.
#cuentos


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