¡No se desmonte tanto, señor Leandro!

Lo que más hace el señor Leandro es estar sentado en su sofá, con la manta sobre las piernas y el pelo blanco despeinado. Siempre está viendo películas antiguas. Le encantan. A veces, tiene algún ataque de tos (esto le gusta menos).

El señor Leandro vive solo y, cada dos o tres días, recibe la visita de su vecina Sara, que a veces viene con su hija Leyla, de ocho años. Al señor Leandro le gusta mucho que venga Leyla porque juega con ella y se hacen bromas, la una al otro y el otro a la una.

(No sabemos apenas nada de las visitas de los hijos del señor Leandro, ni siquiera sabemos si tiene hijos.)

Cuando no está viendo películas antiguas, al señor Leandro le gusta mirar por su ventana, que da al patio. Allá arriba ve un trozo de cielo y así pasa un poco el rato. Tiene mucho tiempo, el señor Leandro.

Una tarde, el señor Leandro estaba viendo Los Goonies cuando le entró un ataque de tos. El ataque era de los buenos. De los buenos malos, se entiende. De los morrocotudos.

Cof, cof.

Y no podía parar de toser.

Cof, cof, cof.

Tosía tanto que hasta tuvo que parar la película.

COF, COF, COF.

El señor Leandro no podía detener aquel ataque de tos. Tosía tanto que por el patio no se oía otra cosa. No se oían las cumbias del primero, ni las conversaciones del tercero: solo las toses del señor Leandro.

¡¡COF, COF, COF!!

El señor Leandro sintió algo raro y vio cómo su pierna derecha se había separado de su cuerpo. Él seguía en el sofá y su pierna estaba caída en el suelo, pero no le dolía. «Vaya, ahora no podré ir muy lejos», pensó el señor Leandro en su sofá, pero la tos no paraba.

¡¡COF, COF, COF!!

Entonces vio cómo su brazo izquierdo también se caía al suelo. El señor Leandro lo miró pero tampoco se puede decir que se quedara perplejo. No había dolor, y lo de la pierna, al parecer, lo había preparado. «Al menos puedo seguir manejando los mandos de la tele y del vídeo», pensó el señor Leandro de forma bastante optimista. Y como la tos había remitido un poco, el señor Leandro volvió a la película.

Vio Los Goonies una vez más —podía haberla visto casi cien veces en toda su vida— y no pasó nada (a este lado de la pantalla, claro).

Ya era casi de noche y el señor Leandro intentó levantarse para ir a la cama. Pero no pudo. Es que no era fácil solo con una pierna y un brazo. Como era un abuelo de buen dormir, no se preocupó: se colocó bien la manta con una mano y se durmió en el sofá.

Durante la noche, el señor Leandro soñó que era un pez y que el mar era un bello lugar donde vivir.

Por la mañana, sonó el timbre. ¡Qué oportuna la visita! «¡Entre con sus llaves, querida vecina!», le gritó desde el sofá.

—Pero señor Leandro, ¡no se desmonte tanto! —le dijo Sara cuando entró y vio el panorama, el brazo y la pierna por los suelos.

—Ya ve, hija, la tos. Que cuando empiezo no puedo parar.

Sara le ayudó a recolocarse la pierna y el brazo y entre los dos consiguieron que se pusiera de otra vez en pie.

—¡Me encuentro como nuevo! —dijo el abuelo.

Y para celebrarlo, el señor Leandro empezó a bailar, haciendo el gamberro. Sara se rio con ganas y su risa rebotó por todo el patio, arriba y abajo.

En medio segundo, el señor Leandro pidió a Sara permiso para sacarla a bailar, y en dos segundos más ya estaban bailando juntos. Bailaban una bella y animada música imaginaria, y Sara sonreía mucho mientras pensaba que el señor Leandro era un gran bailarín.


publicado bajo licencia Creative Commons por Ignatius Oscoz. Comentarios y saludos siempre bienvenidos.