El secreto del pirata Josefino
El pirata Josefino tenía un sombrero negro y gastado, un parche en el ojo y un amigo loro durmiendo en alguna parte de su camarote. El pirata Josefino tenía, también, mucho mal genio, mal aliento y un mal despertar muy conocido por todos los que navegaban con él.
Pero el pirata Josefino tenía, sobre todo, una espada clavada en el pecho. «No es una espada grande —decía él quitándole importancia—, no duele mucho».
Aunque la verdad es que llamaba bastante la atención. Por eso, todo el mundo cuando estaba cerca le miraba la espada con disimulo. Esto enfadaba mucho al pirata, que rugía:
—¿Es que no has visto nunca una espada, mastuerzo?
Y si tenía el día torcido, cogía al desgraciado y lo tiraba a los tiburones o, como poco, lo ponía a fregar toda la cubierta.
Nadie sabía por qué tenía una espada en el pecho el pirata Josefino. Solo se sabía que debía de ser una vieja historia, porque ni siquiera lo sabía Emilio, que llevaba unos mil años siendo el cocinero del barco pirata.
Aunque suene raro, el pirata Josefino podía hacer vida normal con la espada en el pecho. Podía dirigir salvajes abordajes y desvalijar grandes galeones llenos de oro. Podía subir y bajar hasta el palo más alto. Podía beber ron y pasarse toda la noche cantando canciones de piratas.
El pirata Josefino tenía un enemigo total que se llamaba Cara de Burro. Podéis imaginar por qué le llamaban así. Además de una gran cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, Cara de Burro tenía un morro que parecía un hocico de un burro. A pesar de todo, el pirata Josefino no le tenía miedo. (Aquí hay que decir que no le tenía miedo a nadie.)
Como Cara de Burro y Josefino eran los dos piratas más temidos de los siete mares, no se peleaban entre ellos. Había negocio para todos. Pero esto no quiere decir que se llevaran bien. Cuando los dos barcos piratas se veían desde lejos, hacían siempre lo mismo: giraban sus timones y se acercaban lo suficiente como para poder examinarse. Y los dos capitanes se subían a lo más alto del puente para ver mejor al rival:
—¡Con esas velas muy rápido no irás! —se reía Cara de Burro.
—¡Vaya tripulación! ¡Hay más patas de palo que piernas! ¿No tienes a nadie sano? —contraatacaba Josefino.
Estas y otras muchas lindezas se regalaban, pero ninguno de los dos hacía referencia a los temas tabú: la espada en el pecho de uno y la cara de burro del otro. Porque incluso los enemigos tienen sus códigos y saben respetarlos.
Una noche de verano, muy calurosa y con luna llena, el pirata Josefino se puso melancólico y se abrazó a una botella de ron. Le acompañaba, sin mucho convencimiento, el contramaestre Sánchez.
—Si no bebes conmigo, te tiro a los tiburones —le decía el pirata Josefino cada vez que le pasaba la botella.
La conversación dio paso a viejas historias del mar, y luego a ruidosas canciones, primero conocidas y después inventadas por el pirata Josefino. Y si el contramaestre Sánchez empezaba a levantarse, le decía:
—Como intentes dejarme solo, te tiro a los tiburones.
Lo siguiente, ya muy tarde, fue que el pirata Josefino comenzó a hablar con los peces. Estos por supuesto ni le oían ni le contestaban. El pobre contramaestre Sánchez tenía la esperanza de que se durmiera pronto, así cuando empezara a roncar —normalmente lo hacía con tanto ruido y fuerza que llenaba las velas— podría irse a dormir de una vez.
Resultó que no andaba lejos un grumete joven. Se llamaba Ambrosio Dey pero todos le llamaban A.Dey para abreviar. A.Dey se acercó hasta la pareja con una cancioncilla bailando en la boca.
El pirata Josefino se había quedado dormido y estaba empezando a roncar, todavía a poco volumen. La luna llena brillaba en lo alto del cielo negro. A.Dey soltó de golpe:
—Voy a sacarle la espada.
El contramaestre Sánchez dio un salto.
—¡Qué dices, insensato! En cuanto se dé cuenta te tirará los tiburones.
—Voy a sacarle la espada —repitió el joven acercándose.
Como podéis ver, A.Dey era de ideas bastante fijas.
—¡Vete ahora mismo al camarote a dormir!
—No tengo sueño.
Y sin esperar respuesta, A.Dey empuñó la espada y la sacó. Fue un movimiento rápido y limpio. Después, la levantó y la espada no brilló a la luz de la luna porque era de madera. El pirata Josefino se despertó:
—¡Qué demonios ha pasado aquí? ¡Mi espada!
Como se dio cuenta de que se sentía mucho mejor, el pirata habló así:
—¿Cómo te llamas, mequetrefe?
—Ambrosio Dey, mi capitán.
—Muy bien, Ambrosio. Me has librado de esta espada que era un poco molesta, sobre todo para dormir boca abajo. Pero ahora tienes que irte a dormir pitando, o te tiro a los tiburones.
—¿Puedo quedarme la espada?
—¡Cómo está la tripulación! ¡Todo el día pidiendo! —dijo el pirata Josefino pero al final gruñó un poco más y se la regaló.
En cambio, al contramaestre Sánchez le dio una patada en el trasero y le gritó:
—¡Y tú, zopenco, baja a la bodega y súbeme un poco de cecina.
El pirata Josefino se tumbó y cruzó las manos detrás de la cabeza. Se encontraba muy bien. Para cuando Sánchez subió de la bodega, el pirata estaba otra vez dormido y roncaba tan fuerte que las velas empezaban a mover el barco. El contramaestre suspiró, se sentó al lado de su capitán y partió un trozo de cecina. Sin comerlo siquiera, se quedó mirando hipnotizado la estela de la luna en el mar.
#cuentos
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