Camino del exprimidor

Caminaba una naranja, triste y cabizbaja, camino del exprimidor.

Caminaba escoltada por dos altos y serios plátanos, que bajo su casco negro miraban al frente y que hacían resonar su botas —clac, clac— sobre la repisa de la cocina. La repisa era larga y estaba llena de frutas, todas tristes, reunidas allí para despedir a la pobre naranja. Los más compungidos eran, claro está, los familiares: los Naránjez, los Pérez-Limón y la señá Marieta, una lima que iba toda vestida de negro como si aquello fuera ya el funeral.

No faltaba nadie aquella mañana: estaba la cuadrilla de fresas, el elegante Don Melón, Cebollín y familia, también los Ruiz-Pepino. Incluso se contaba con la presencia de Johnny Puerro, flaco y melenudo rockero.

Caminaba la naranja y cada vez estaba más cerca el exprimidor. El aparato esperaba, reluciente, plateado y siniestro, preparado para empezar a rugir. Sin decirlo, todo el mundo se preguntaba: «¿Por qué tiene que ocurrir este estropicio cada día?». De pronto, entre la muchedumbre alguien levantó la voz:

—¡Hoy no queremos este crimen matutino! ¿Qué ha hecho esta pobre naranja?

Le respondió raudo un guisante joven, pero con mente de viejo:

—No es lo que haya hecho o dejado de hacer. Lo dice la Ley del Desayuno y la ley está para cumplir.

—Pero ¿quién se inventó esa ley? ¡Cambiémosla! —gritó alguien levantando furioso su gorra.

Se armó un gran revuelo, todo el mundo gritaba y quería hablar a la vez. Aunque no se entendía nada, el mensaje de todos era claro: nadie quería que la naranja fuese exprimida aquella mañana. Sobra decir que los menos interesados eran la propia naranja y su familia cítrica. Los más interesados: los dos plátanos altos, que llamaban al orden pero no conseguían nada.

Entonces ocurrió algo inaudito: alguien (tal vez Johnny Puerro o algún escurridizo espárrago) corrió hasta el cable del exprimidor, estiró de él con todas sus fuerzas y consiguió desenchufarlo.

Se hizo un silencio total. Los plátanos corrieron e intentaron volver a enchufarlo, pero tardaron demasiado en conseguirlo: para cuando se dieron la vuelta, la naranja se había escabullido y escondido entre la multitud. Los plátanos se pusieron a gritar y a tocar sus silbatos, pero allí no apareció naranja ninguna. Y por mucho que buscaron y buscaron, no consiguieron encontrarla por ninguna parte. ¿Qué paso entonces? Pues obvio, que aquella mañana alguien se quedó sin zumo en el desayuno…

(Después de este episodio, el pueblo consiguió hablar con el Presidente de la República de las Frutas y Verduras y, tras algunas negociaciones, se dejó de aplicar aquella ley tan antigua y violenta. En su lugar, se redactó la Nueva Ley del Zumo en Tetrabrick, mucho más justa para todos y que, por lo que se ve, sigue aún vigente hoy en día.)


publicado bajo licencia Creative Commons por Ignatius Oscoz. Comentarios y saludos siempre bienvenidos.