Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Disclaimer: puedo haber metido la pata en algo, perdonses de hantebraso. La base de esto es mi experiencia y aprendizaje personal

Disclaimer 2: mucho texto, pero de verdad que es sencillito

Holabuenas. Al habla los rizos que emocionaron a Mastodon (me he dado el título con bastante libertad y autobombo, pero oye, me hace ilusión :P). Ayer me abordó una compañera de trabajo preguntándome cómo me había peinado. Resulta que un día antes me había cortado el pelo y, por primera vez desde antes de verano, me lo dejé suelto. Mi compañera tiene (o ha tenido) un rizo prieto precioso, pequeñito. “Es que con la edad los rizos...” Y hombre, no digo que no. Las hormonas, las canas, blablá. Pero me dieron ganas de ponerme a contarle toda la movida. Lo que pasa es que tampoco me apetecía realmente. Así que nada, al blog.

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En los últimos días he estado leyendo el ensayo Decir el mal, de Ana Carrasco-Conde y, contra todo pronóstico, lo he disfrutado terriblemente. No suelo leer filosofía por gusto, me resulta demasiado estirada, demasiado ajena, se da demasiadas ínfulas. Me equivoqué de carrera. Pero de vez en cuando me encuentro con algún texto filosófico que es un gusto leer. Y este ha sido el caso.

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El otro día mi futuro marido trajo a mi mente una canción de Ismael Serrano. Me contaba que la sonda Voyager sigue por ahí dando vueltas. Entonces recordé la canción “Habitantes de Alfa Centauro encuentran la sonda Voyager” y le dije que me da una pena atroz. La canción va de que unos exiliados espaciales se cruzan con la Voyager y encuentran y examinan su disco dorado. En la nave espacial todo es alboroto y regocijo. Los sabios concluyen que esa civilización, tan tremendamente avanzada, debe vivir en paz y armonía, debe haber acabado con las desigualdades, debe habitar alegre un planeta hermoso y limpio. Así que se vienen para acá, para la Tierra, emocionados, incluso algunos lloran al avistar el Planeta Azul. La canción acaba con estos versos:

“Habitantes de la Tierra, nuestra pequeña divinidad: venimos en son de paz.”

Y ahí queda. ¿Qué les pasará a los pobres extraterrestres? Pues no les auguro nada bueno.

Me da tremenda congoja esta historia cantada. Por la decepción que les espera, sí, pero también porque los extraterrestres tienen motivos para sostener esas creencias. Si yo viese las imágenes de la Voyager, si escuchase las canciones que incluyeron, las decenas de voces saludando y mandando buenos deseos al espacio exterior... Yo también querría creer. Lo peor de todo es que no es mentira. Todo eso existe en la Tierra, los humanos han compuesto canciones, se comunican, son capaces de lanzar una botella al océano espacial. Pero supongo que el postureo no se inventó con las redes sociales: no daba aura mandar fotos de guerras, genocidios, contaminación, hambre, desigualdad...

Ando leyendo Decir el mal de Ana Carrasco-Conde y en medio de la lectura me encontré con la raíz de esta congoja: es cierto que somos capaces de hacer cosas buenas, honradas, amables, hermosas y también es cierto que somos capaces de hacer cosas atroces, corruptas, viles, horrendas. La clave es: ¿Por qué elegimos lo segundo? Por qué pudiendo hacer lo bueno elegimos el mal. ¿Por qué no estamos a la altura de lo que los pobres AlfaCentaurianos esperan de nosotros? :(


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y hagámoslo sin pedir perdón.

He empezado recientemente el poemario Chispitas de carne de Bibiana Collado Cabrera. Me gusta mucho lo que hace Bibiana Collado porque siento que me ahorra trabajo: ella lo ha dicho ya y lo ha dicho mejor de lo que yo lo diría. Y, además, a ella la gente la va a leer/escuchar. Pero cuando leo sus poemas, o cuando leí Yeguas exhaustas me sentí vista, representada. No me pasa demasiado. Y la cosa es que parece que no es flor de un día: me pasa con casi todo lo que hace.

Pues bien, Chispitas de carne también me está encantando. Por lo mismo que me gusta todo lo que hace Bibiana Collado Cabrera, incluido porque podría haberlo escrito yo si escribiese tan bien como ella, pero especialmente porque es un poemario de amor. Así, ni más ni menos. Sin estridencias, adjetivos rimbombantes, modificadores que den profundidad impostada al tema. Nada. Un poemario de amor. Resulta que la voz poética se ha enamorado, se ha dado cuenta de lo que es que la quieran bien, y se ha puesto a escribir de amor. Y ya está. Lo estoy saboreando a poquitos y disfrutando como una enana.

Me pregunto cómo habría librado este poemario si no lo hubiera escrito una poema ya consagrada e incluida en los etéreos y caprichosos círculos literarios, sino una mindundi cualquiera. Hablar de amor es una cosa ya agotada, poco original, propia de otros tiempos. La poesía (y la literatura) amorosa es una cosa con poco empaque y hablar de amor es algo que resuena a adolescencia y ñoñería. Y a mujer. De hecho, a mujer poco seria. La mujer seria se preocupa de cosas más importantes. Las mujeres que hablan de amor, que se deleitan con poemas amorosos o que de lo pasan pituti leyendo romántica adulta... Bueno, seguramente tengan que madurar. Espero que se haya notado la ironía. Me pregunto por qué, si Freud está tan superado, parece que el mundo se lo ha tragado y no para de repetirlo.

Me atrevo a decir, sin demasiados argumentos, que sacar el amor de la esfera de lo «reflexionable», de lo serio, tiene un alcance conceptual e ideológico bastante profundo. El amor no es subsumible a las lógicas del capitalismo (las relaciones sí, ojo, y si no mirad las apps de citas, por poner un poner). El amor no es productivo, de hecho, nos enajena y nos posee de tal forma que nos aparta con frecuencia de la productividad y los deberes. El amor nos envalentona: hablaba Platón de que un ejército de amados y amantes sería invencible, pues nadie toleraría abandonar a la persona que ama o parecer cobarde ante él. El amor es peligroso para el orden.

Por eso se le domestica, se le reduce a transacciones mercantiles (favores, por ejemplo), se le encierra en relaciones contractuales favorables al status quo y se criminaliza todo lo que salga de esos estrechos y angostos moldes. También, supongo, por eso se convierte el discurso sobre el amor como una cosa infantil, un divertimento, un pasatiempo, pero, al fin y al cabo, algo sin sustancia. No vaya a ser que, en el hablar de él, descubramos otros modos, otras formas, otras extensiones del amor.

Pues a mí me apetece leer sobre el amor. Escuchar canciones de amor. Ver cómo en redes sociales la gente debate sobre qué es y qué no es el amor. Y hablar de amor. Y disfrutar de arte relacionado con lo amoroso. Y presenciar cómo se despliegan sus distintos significados, las distintas comprensiones que tenemos de él, cómo escapa del corsé de lo romántico, cómo se extiende y nos infecta poco a poco.

Y me gusta ver actos de amor. Como los besos o las caricias. Como escuchar a alguien que sufre. Acompañar a quien lo necesita. Como parar un desahucio o acampar en las plazas.

Si esto es naïf, infantil e inmaduro, pues sea. Total, tampoco es que esos señores tan serios nos estén dejando un mundo muy habitable.


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... lo de estarse midiendo la chorra todo el rato, digo.

Me he dado cuenta, porque no me queda más remedio que estar cerca de algún ejemplar de esta especie, que hay personas que viven la vida como una competición perenne en la que lo de que lo que cuenta es participar es una patraña. Hay que ganar, individualmente o en equipo, pero hay que ganar siempre.

Debe de ser agotador percibir en cada situación un enfrentamiento. Empiezo a ser más consciente porque, sin querer yo nada de eso, he acabado en el equipo de una de estas personas. Es pura casualidad, ojo: estudiamos la misma carrera, hicimos la misma oposición, acabamos en el mismo centro. Pero no tenemos gran cosa en común y mis ganas de estar en su equipo, sea el que sea, son nulas, lo mismo que mi interés. Pero él ha decidido que sí, que el resto del departamento tiene que estar en su lucha. Por eso, alguien de departamento tiene que coger tal coordinación para que no la tenga otro departamento, por ejemplo. ¿Qué beneficios tiene esa coordinación? Unos puntillos para concursos de traslados y similares, a costa de mucho trabajo. Yo, que trabajo fatal en equipo, ya me lo han dicho alguna vez (casualmente siempre gente que quiere parasitar mi esfuerzo), me hice un poco la muerta. En parte porque no quiero rollos y en parte porque la razón «si no lo cogemos nosotros lo va a coger este otro departamento» para mí no es una razón válida per se. Ocurre, claro, que esta persona está en liza con ese otro departamento al completo (aunque probablemente ellos no se hayan dado cuenta) y claro: que ellos tuvieran algo que podríamos tener nosotros, aunque sea un marrón, es una derrota.

No te preocupes: si no le ves sentido es porque no lo tiene.

Total, que lo acabó cogendo otra persona que parece que este curso está acaparando cargos como si fueran cromos porque, voy a ser cruda con vosotros, como tampoco es que se esfuerce demasiado en ninguna tarea, un marrón más, uno menos, tanto da.

Y esto me lo tomo un poco a guasa. Intento impostar cierto desdén. Pero lo cierto es que estas cosillas minúsculas que conforman el ambiente en el que paso muchas horas de lunes a viernes me minan la moral con más frecuencia de la que me gustaría admitir. No puedo sustraerme a la situación: es como llevar una piedrecita en el zapato que no te puedes sacar. No es muy grande, no te va a hacer un daño brutal (o sí, dependerá de varios factores), pero cómo jode.

Así que nada, aquí estoy, escribiendo esto, que es el equivalente a sacudir el pie, a ver si la piedrecita cae en una posición donde moleste menos.


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El sábado pasado estuve viendo La hipótesis del amor. Paré la película para esbozar una idea a mi pareja: en las novelas románticas-adultas contemporáneas, al menos en las que yo leo, la relación con las amigas es tanto o más importante que el interés romántico. Precisamente las primeras son las que me hacen morir de envidia últimamente.

Me pongo a pensar y es así: en las novelas románticas que he leído en los últimos tiempos, o al menos en las que me han quedado en la memoria, de forma previa a la aparición del príncipe azul la protagonista tiene una red de apoyo preciosa, que suele ser una o varias amistades que la sostienen y que hacen que su vida sea una buena vida independientemente de los problemas. La vida de las protas de las novelas románticas actuales no cobra sentido con la aparición del maromo de turno: ya lo tenía. Pero ni siquiera el amor hace entrada en su vida con esa aparición: la protagonista ya tiene quien la quiera mucho y bien.

Me gusta eso. Me gusta que de forma muy explícita la amistad aparezca como un vínculo imprescindible, que se vean amistades sanas, leales, firmes y cariñosas, que cuidan y quieren en el sentido más amplio de la palabra. De hecho, casi parece que lo irreal es eso. Al fin y al cabo, hay michicientasmil apps para ligar y encontrar al “amor de tu vida”, pero lo de las amistades... Je. (Sí, ya sé que esto es mi ineptitud social hablando pero jo).

En fin, que muy bien. Y ya estaría. Eso es todo. Que me llamó la atención y quería dejarlo por aquí.


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El otro día me crucé con el nuevo anuncio del Citroën C3. En él, un señor (Omar Sy, parece ser, no tenía el gusto) lo flipa fuerte con el coche mientras una señora con bata blanca (¿ingeniera?) que trasluce cierta inseguridad le da datos sobre el espacio del coche y sus dimensiones para que él pregunte, acto seguido a su acompañante:

-¿Qué ha dicho Pitágoras?

Debe de ser alguna de esas afecciones femeninas propias de mi sexo, pero me tocó los ovarios el desprecio por el conocimiento y el hecho de que estuviese encarnado por una mujer. Porque oye, puestos a denostar podrían haber seguido con el científico-hombre-blanco, ¿no?

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No por mucho repetir una cosa se hace más verdad. ¿O sí? Tal vez basta con que mucha gente crea algo y actúe en consecuencia para que, aunque no sea verdad, tanto dé.

Una de las cosas que se está oyendo últimamente hasta la saciedad es que la IA no es ni buena ni mala: es una herramienta muy potente, pero todo depende del uso que se le dé. Da igual donde mires, la afirmación es la misma o muy parecida. Se escucha en telediarios, en cursos de formación, en la charla común... Que nadie se meta a determinar cuál es el uso correcto es otro melón que no voy a abrir hoy.

En realidad, no hay melón alguno que abrir. Lo que me fascina es que la gente caiga en esa afirmación tan naif. Que después de la bomba atómica o de los campos de exterminio haya gente que diga en serio que la tecnología es neutral, que todo depende del uso que se le dé.

Voy a ser breve, porque estoy escribiendo esto para desahogarme yo misma, pero también porque creo que la explicación es sencillísima. Puedo comprar que un descubrimiento científico sea algo parecido a neutro. La fisión nuclear, por ejemplo. Ahora, en el momento que decides aplicar ese descubrimiento para construir un arma que puede matar a millones de seres vivos y envenenar la tierra en la que cae durante generaciones, perdona que te diga, neutralidad: una mierda.

Los artefactos (las cosas que los seres humanos fabricamos) tienen una funcionalidad, una finalidad. Están hechas para algo. Eso no significa que no puedan usarse para otras cosas pero, en cualquier caso, será de forma menos efectiva y eficiente. ¿Puedo matar a alguien con un rascador de espalda y rascarme la espalda con un rifle de francotirador? Pues sí, supongo. Pero creo que no estaríamos conectando el objeto con su uso ni de lejos. Por lo tanto, no, la bomba atómica no es verdad que no sea ni buena ni mala, sino que dependa de cómo la uses, porque se la creó para algo específico, con una finalidad concreta. Y lo mismo que sirve para la bomba atómica o para un rascador de espalda sirve para los LLM o IA.

¿Cuáles son los intereses que subyacen a esa tecnología? ¿Para qué se ha creado? Porque no, HorseLuis, no se ha creado para hacerte la vida más fácil, igual que se está demostrando que las redes sociales no se crearon para que estuviésemos más conectados con nuestros seres queridos. Dale una vuelta. A ver cuál puede ser el interés en que dejemos de pensar y acudamos con todas nuestras dudas, grandes y pequeñas, a grandes corporaciones.

Jefe, estoy muy cansada. Yo pensaba que esto ya estaba, de verdad, superado. Que entendíamos que hay inventos/tecnologías buenas, malas, regulares y malvadas. Y que bajo el imperio del capitalismo nada de tales dimensiones se pone en circulación sin un interés. Pero se ve que no.

Toda persona que esté aquejada del síndrome de Casandra con esta movida, que venga y se funda conmigo en un gran abrazo. Porfi.


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Es curioso cómo hay recuerdos a los que volvemos una y otra vez. Momentos que en primera instancia no parecían tener tanto peso específico se convierten en parte de nuestra Banda Pensativa Original. Y, por supuesto, como adecuadamente sospechas, vengo a contarte uno.

Hace ya algún tiempo, varios años, acudí al psicólogo por segunda vez. La primera no había ido bien, así que pedí recomendaciones y allá que fui. El profesional al que acudí se me había recomendado como alternativo, muy punki, directo y honesto... Te haré spoiler: tuve que dejarlo después de que en un par de sesiones me atacase de forma personal y, en la última de ellas, lo viese clarísimamente. Lo reconoció cuando le dije que no iba a volver, pero no me devolvió el dinero. En fin.

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De verdad: qué hartura. Una se da cuenta de la fragilidad del status quo cuando aprecia la fiereza con la que se defiende. Si tan racional, sensata y provechosa fuese la forma correcta de hacer las cosas, ¿qué más da que alguna que otra persona lo haga diferente?

Hablemos de monogamia. Hablemos de heterosexualidad. Hablemos de maternidad. Hablemos de organización de la vida laboral. Da lo mismo. En el momento en el que pongas un pie fuera de la raya de lo socialmente aceptado te van a caer una cantidad de turras míticas que vas a acabar volviéndote conservador de pura pereza.

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