Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Anoche estuve en un evento organizado con motivo de La noche europea de les investigadores. En mi ciudad se organizan lo que llaman «Patios de ciencia» en el que reúnen a un par de investigadoras o investigadores con unas 10 – 15 personas y les hablan de algo relacionado con sus investigaciones. El de anoche estaba relacionado con la mujer en la medicina y la ponente principal era Amelia Sanchís Vidal.

Apenas había empezado la charla cuando Amelia declaró que era algo así como una anciana, incapacitada, enferma y tarada. Defendió que había que reivindicar esos estados, ser honesta respecto a ellos, no camuflar, no enmascarar. Si estamos mal estamos mal. Hoy, serendipias de la vida, en un capítulo de Todas las criaturas grandes y pequeñas una cabra tardaba en ser diagnosticada porque para protegerse enmascaró el dolor que le causaba su lesión. No es una cosa demasiado inteligente, pero bueno es una cabra. ¿Cuál es nuestra excusa?

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En los últimos tiempos he vuelto a ver las películas de Los Juegos del Hambre. Quería enseñárselas a #Ingeñero. Lo suyo habría sido que leyese los libros, pero bueno. Sabía que le iban a gustar. Lo que no sabía era el viaje que iba a ser para mí ese revisionado.

Supongo que no rezumo cultura de la buena (es una expresión que he leído de un crítico literario hoy y todavía tengo urticaria), pero me he pasado acongojada las cuatro películas. No sé si por lo que está ahí o por lo que yo veo, tanto da. Creo que hoy en día la historia me dice mucho más que cuando la leí, hace 15 años, o que cuando vi las películas por primera vez. Lo mismo es por los paralelismos.

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No, no entran a un bar. No, no es el principio de un chiste. Tiene bastante menos gracia: soy yo. Parezco una mujer adulta pero soy tres bebés en una gabardina.

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Aviso de contenido: gordofobia explícita.

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Ha sido extraño. Estaba en medio de mi estúpida meditación por mi estúpida salud mental (vuelve septiembre, vuelven las rutinas para no chiflar, vuelve la ilusión /s) cuando de repente he notado algo raro. Diferente. Inusual. La señora de la meditación me guiaba con voz meliflua: «Mientras respiras intenta ver si sientes algo, si alguna emoción aflora». Normalmente no aflora nada: esto es como cuando me dices que te cuente un chiste, se me olvidan todos. Si me dices que sienta, no voy a sentir nada, me voy a bloquear. Pero hoy ha sido distinto.

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No hay modo de actuar honestamente, con el corazón limpio, en Urras. No hay nada que uno pueda hacer en que no intervenga el lucro y el miedo de perder, y el ansia de poder. [...] No puede actuar como un hermano con la gente, tiene que manipularlos, o mandarlos, obedecerles, o engañarlos. Los desposeídos, de Ursula K. LeGuin

Estoy acabando de leer Los desposeídos, recomendación que me hicieron cuando comenté la maravilla que me había parecido el relato Quienes se marchan de Omelas, también de LeGuin. Cuando he llegado a esa frase he tenido que frenar un momento y respirar. Se ha unido a que hace unos días me crucé con un toot en Mastodon que, hablando de un tema aparentemente no demasiado profundo (cómo Tidal había activado por defecto una opción respecto de la música hecha IA) resumió muy bien de qué va intentar ser bueno, tener algún cierto horizonte ético, hoy en día: “Todo lo que hacemos hoy en día es intentar escoger la opción menos malvada. Es agotador”. He aquí el enlace

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Es más fácil vivir desde el centro, desde ese equilibrio que nos da estar bien ancladas en el suelo, firmes. Desde ahí una puede resistir los vientos, esquivar los balonazos, manejar con cierta soltura las bolas de malabares y agacharse a recogerlas si se caen sin miedo a perder pie. Estar centrada no es la panacea, pero facilita las cosas.

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(o cómo mi cuerpo no entiende los múltiples condicionantes que atraviesan el hecho de ser madre en las sociedades patriarcales y tardocapitalistas)

Published on Feb 2, 2025

De vez en cuando escribo algo y alguna persona (generalmente mujeres) me dicen: «Qué bien que se hable de esto» o «Poco se habla de esta movida». Y es verdad. Tendemos a no hablar de las cosas que nos pasan por interpretarlas como algo propio, individual y, con frecuencia, causado por algún defecto nuestro. Nos avergonzamos o sentimos que lo que nos pasa no es importante, tal vez porque estamos acostumbradas a no identificarnos con el universal humano (que es masculino) o, más bien, que el universal humano obvie sistemáticamente nuestras experiencias.

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Published on Apr 3, 2025

En los últimos años he ido desprogramándome: estoy intentando atender a mis tripas, a esas sensaciones que me dicen que algo no está bien, que una persona no es trigo limpio o que me advierten de que tengo que alejarme de algo aunque no sepa explicar muy bien por qué. En el pasado he acallado a esa voz mediante la fría lógica de la razón y en la inmensísima mayoría de los casos me he equivocado y he acabado metida en un follón de tres pares de huevos. Me daba miedo, ya véis, parecer una histérica o una paranoica. Pero va a resultar que, como dicen las muchachas, ojo de loca no se equivoca.

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Published on Aug 6, 2025

He sido pobre. No lo digo con orgullo, realmente, ya que me habría gustado no serlo, pero lo digo porque es un hecho y porque, a pesar de ya no estar ahí, no se me olvida. Las lecciones de la pobreza no se te borran y el terror de volver a caer en el agujero solo empieza a atenuarse muchas y muchas nóminas después.

Por eso digo, simplificando pero con todo el sentimiento, que ser pobre es una mierda porque ser feliz no te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. Ni siquiera anestesiarte te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. O el escapismo. Solo puedes ser feliz sin gastar nada, en base a trucos psicológicos que permitan a los que son más afortunados esbozar una sonrisa contrita y beatífica y decir «¡Ay, son felices con tan poco!». Eso sí, no renuncian a la calefacción, ni a la cerveza de después del trabajo, ni al apartamento de la playa para ser felices con poco. Por lo que sea.

Y es una mierda. Porque te hacen sentir culpable por todo, porque la pobreza es una responsabilidad individual (mejor eso que sentirse cómplice del sistema que la permite y la fomenta). Y una se lo cree, claro.

Recuerdo una anecdota, que es la razón de que este post (o más bien, la idea del mismo) lleve semanas en borradores. Debía de tener yo 22 años o así y estaría acabando la carrera. Aquel año tocó beca pequeña, así que eso suponía tener que vivir durante 10 meses en una capital bastante cara con 3000 euros más lo que sacase trabajando aquí y allá (mayormente dando clases particulares). Vivía en un piso que era la antigua casa del portero y daba vergüenza: mal aislado (te asabas en verano y te congelabas en invierno), húmedo y frío hasta el punto de que la condensación hacía que chorrease agua por la pared del cabecero del dormitorio, que daba al norte. No exagero: si hubiese habido un salto, habría tenido cataratas. Comía lo que podía pero ya sabes, lo típico: mucho arroz, mucha pasta, mucha carne procesada de bajo precio y calidad... Mi ocio era escaso, más allá del que se pueda hacer sin pagar (poco) y mi socialización inexistente (lo cual venía muy bien a mi pareja de entonces para tenerme bien anuladita, claro, porque las desgracias nunca vienen solas y, de entre ellas, la pobreza menos).

Pues bien: se acercaba una fecha especial. Nada relevante, un aniversario. Yo me veía horrible y me sentía horrible, estaba deprimidísima y muerta de pena, mi espíritu totalmente en los huesos, sin ganas de nada. Pero una chispa de algo saltó en mí e hice un dispendio totalmente absurdo e irresponsable: me compré una sombra de ojos. Una en concreto que había estado viendo y de la que estaba absurdamente encaprichada. Era llamativa y cara (17.50 euros me costó, aún me acuerdo), pero me convencí: durará mucho, seguro que la uso un montón, ese dinero no me va a sacar de pobre, me merezco un regalo, etcétera etcétera. Así que la compré.

Cuando llegó el día me puse la ropa con la que me veía mejor (tela marinera, amigas...), me peiné lo mejor que supe (buf, buf) y me maquillé con mi maquillaje baratísimo y mi sombra nueva. Quedé bien contenta al ver los tornasoles de aquella sombra, satisfecha, me sentí bien (algo que hacía tiempo que no me pasaba). Así me fui a la calle, a recoger a mi entonces pareja de su trabajo mal pagado para tomar un helado (esa era toda la celebración que íbamos a permitirnos).

Fui andando, claro: los bonobuses debían ser utilizados con responsabilidad. Y ya cuando estaba casi llegando me crucé con un captador de ONG que me abordó y del que intenté zafarme diciendo que no podía colaborar, gracias. Eran insistentes, generalmente, pero no solían ser maleducados. Pero ese día tuve suerte de la mala porque el chaval, más o menos de mi edad, probablemente no mucho menos pobre que yo, me espetó:

-¿No puedes? Una familia podría comer una semana con lo que cuesta la sombra de ojos que llevas.

Me quedé congelada. Evidentemente, él no podía saber cuánto había costado la sombra. Podría ser tan barata como mi máscara de pestañas o mi colorete. Sé que disparó a lo que más llamaba la atención. Aun así, aunque ahora pienso que tendría que haberle montado un esto va a ser violento pero no por lo que tú pensabas y hablarle de mi piso/aquapark, de mi dieta, de cómo en invierno parecía el muñeco de Michelín con tantas capas como llevaba para no encender el calefactor, y gritarle a la cara que podría meterse su pasivoagresividad y su falsa preocupación por el puto culo y donar su salario a la ONG para la que trabajaba, lo que hice fue acelerar el paso, echarme a llorar y convertir esa pequeña celebración en un festival de la culpa porque cómo se me ocurría intentar invertir, gastar un puñetero céntimo, en un momento de alegría.

Por lo que sea esto, igual que lo que es ser pobre, aún no se me olvida. Puede que porque la aporofobia y el clasismo no se pasan ni se curan: hace unos días oía a alguien defendiendo el derecho a vivir en nuestras ciudades, a que los pisos sean para habitarlos y no para rentabilizarlos y especular con ellos en usos turísticos. Me parece una reivindicación importante. Pero justo cuando iba a apagar la televisión la persona que se quejaba dijo que había que luchar contra el turismo de ensalada del mercadona. Ah. De nuevo eso. El problema no son los especuladores, no: son los pobres que no pueden permitirse irse a un hotel a estar a pan y manteles pero osan a salir de casa y a visitar otra ciudad.

En fin.


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