Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on May 14, 2025

La semana pasada estuve en una boda. No una boda cualquiera: la boda de una gran amiga. Incluso (todavía no me lo creo) fui bendecida con una distinción especial junto con otras pocas personas, un agradecimiento por, no sé, supuestamente haberla apoyado y acompañarla durante la locura que ha sido la preparación de esto. Ya ves tú, la compañía que le he podido hacer, a más de 2500 kilómetros de distancia... Pero bueno, sirva el detalle para dejar claro que fue una boda especial, la boda de alguien importante en mi vida, una de esas bodas por las que te coges el coche al salir de currar y te tiras 6 horas en carretera. Eso.

La cosa es que la primera vez que yo vi a mi amiga en vivo y en directo llevaba el traje de novia puesto. Y no porque la acompañase a una prueba: qué va. Mi amiga y yo coincidimos espaciotemporalmente por primera vez el día de su boda. Conocí a su marido el día de su boda (mención especial a mi broma recurrente de repetir «me gusta mucho pa mi amiga este señor, ojalá se casen»). La abracé, por primera vez, el día de su boda. Curioso, ¿eh?

Bueno, probablemente a ti no te lo parezca tanto. Si estás leyendo esto es porque, probablemente, eres una persona acostumbrada a habitar las aguas del interné de una forma poco mainstream y, me atrevo a deducir que esa idea de querer mucho a alguien con quien nunca te has tomao ni medio café no te es ajena. Pero cuando contaba la movida recibía miradas raras. Y yo lo entiendo, ojo. Pero no me importa, ni me molesta. Lo que me siento es muy afortunada de haber podido encontrar a gente tan estupenda, con la que vibro tan bien, y que vayan a enriquecer mi vida durante el tiempo que sea. Y eso, sin Interné, no podría ser posible.

No recuerdo cuándo conocí a Ana, ni cómo. Sé que fue en Twitter, pero no me preguntes más de las circunstancias. Tampoco sé cómo empezamos a hablar más, y más, y cómo acabamos tejiendo esa intimidad que tenemos (y que consiste básicamente en que mi amiga, que es la reina de la socialización y que controla el calendario vacunal, las vacaciones y la talla de pie de todo el mundo, me hace el seguimiento y yo, una vez hecho eso, le doy conversación y la quiero mucho xD) ni cómo llegó a posicionarse entre las personas importantes de mi vida. Sé que ocurrió, y aunque me dé un poco de coraje no tener los elementos necesarios para reconstruir nuestra historia completa, el relato de esto, me vale con que sea real.

Porque es real. Esa distinción «amigas de la vida real» vs. «amigas de interné» no hace referencia a ningún elemento cualitativo, sino más bien a una cuestión circunstancial: tengo amistades con las que he acabado compartiendo espacio físico y tiempo y otras con las que solo he podido compartir tiempo y espacios virtuales. Y no me da vergüenza decir que, en multitud de ocasiones, han sido estos últimos los que me han salvado el momento, el día, la semana, el curso o incluso la vida.

En estos días he mirado mi palomita de cerámica mucho (el detalle que te decía que los novios nos dieron a unos cuantos afortunados) y he pensado cómo todo fue normal. Cómo la abracé como si fuera lo lógico, cómo hablamos como si no fuera la primera vez que nos escuchábamos las voces sin mediación de un aparato, como lloré de felicidad en varios momentos viéndola feliz y enamorada, sabiéndola valorada y querida. Y, aunque no es mi primer rodeo en esto de las amistades de interné, no deja de sorprenderme a ratos.

Escribo esto pensando en ella, en mi Ana, a la que le huele el culito a luna de miel ahora mismo, pero pienso en mi comuna sáfica, en mi Rosa (años y años y años de amistad, más de una década, y aún esa Estrella Galicia pendiente), en Mariache, en mis señoras taradas, en mi Alberto... En gente que es parte de mi día a día, porque lo es, sin que el espacio nos haya juntado. Y me alegro muchísimo del potencial de la tecnología para unirnos, para dejar que nos queramos, a pesar de los impedimentos.

Y mira, entre tanta IA y tanta cosa, no todo iba a ser malo.

Lo que ha unido interné, no hay mundo que lo separe.


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Published on Mar 23, 2026

o El diario de Noah, versión folklórica.

El sábado pasado escuché por primera vez el nuevo disco de Rodrigo Cuevas, Manual de Belleza. Empecé como lo hago con muchas cosas, dando un bocado al azar, por enmedio. La canción elegida, ésa en la que cayó mi atención y mi dedo índice, fue «Sácame a bailar». Pensaba que era una versión de otra de Collado que tiene el mismo título. Pero no. Cuando le di a reproducir empezó a sonar mi nuevo pasodoble favorito.

Me eché a llorar antes de entender qué estaba escuchando, tal es el poderío y la fuerza de la música. Pero es que la letra habla de una anciana que le pide a su pareja que la saque a bailar un pasodoble, que eso es lo único que la hace recordar (se intuye que la mujer ha perdido la memoria en cierta medida). Y bueno, por ahí transcurre la historia hasta llegar a la última estrofa, cantada a dúo por Rodrigo Cuevas y Ana Belén como en un susurro, sonando algo más la voz de esta, de la que no os digo nada porque es que te acaba de destruir si no estabas destruida de antes.

La canción me transportó de golpe y porrazo a las noches de verbena en mi pueblo. Fuese cual fuese la ocasión siempre había unas cuantas personas bien mayores que, con dificultad, llegaban siguiendo la música a donde quiera que estuviese la fuente de esta. Algunos llegaban solos y una podía leerles la añoranza en los ojos: de volver a bailar, de la pareja con la que hacerlo era fácil. Otros, afortunados, llegaban en pareja y, al sonar el primer pasodoble (siempre era un pasodoble), se levantaban del asiento que hubiesen encontrado y caminaban a la pista con lentitud y torpeza, la misma lentitud y torpeza con la que empezaban a bailar, desfasados del 4/4 de la música. Pero entonces, a medida que iban entrando en materia, a medida que se acercaba el primer estribillo, tal vez porque sus cuerpos iban recordando que aún estaban vivos, tal vez porque lograban acceder a la energía que guardaban para las grandes ocasiones, tal vez porque se sabían apoyados por su partenaire, sus pasos se iban haciendo más veloces, más enérgicos, más solemnes y gráciles. Y entonces la sonrisa, contando mil y un secretos compartidos sin palabras.

Lo recuerdo y me emociono. Y me pasa cada vez.

Un día, si las fuerzas y la suerte me acompañan, yo también me haré vieja. ¿Con qué rejuveneceré yo? ¿Con qué me volverán las fuerzas? Porque ahora mismo, si puedo pedir un deseo, me gustaría que fuese con este pasodoble. ¿Quién me saca a bailar?


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Published on Dec 16, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Te has planteado alguna vez la maternidad como un problema?

¿Crees que esa decisión es cada vez más difícil de tomar?

¿Qué cosas deberían cambiar para que el mundo invitase a tener hijos?

Y ahora, el poema.

NO-MO de Rosa Berbel

«no hay poesía capaz de hacer bella esta guerra»

Carlos Catena Cózar

Les digo a otras mujeres

que en realidad no sé si quiero hijos.

Porque el mundo es hostil,

igual que siempre,

pero la resistencia de la piel,

su solidez, es cada vez más débil.

.

No hay poesía capaz de hablar

de esto:

de los niños dormidos y de los padres muertos,

de tanta lucidez

guardada en los armarios.

.

Y siento entre mis piernas

el peso de la vida con sus dudas,

gritando a todas horas

sin consuelo.


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Published on Feb 23, 2025

Ayer estuve celebrando la vida. Una amiga ha cumplido 50 años y decidió celebrarlo juntando a sus gente (la mayoría mujeres, qué cosas) para comer, beber, bailar, charlar, abrazarse y divertirse. Honrada por estar entre las invitadas, allá que me fui, aunque eso me supuso levantarme a las 6 de la mañana y volver a casa sobre las 23.30, con dos viajes de tren por medio.

Lo pasé fenomenal. Estuve rodeada de (sobre todo) mujeres estupendas, tuve charlas interesantísimas, compartí tiempo, espacio, comida, bebida y charla con señoras a las que leía e idolatraba en mis tempranos 20 años (estaba fangirl perdida), con una científica que ha estado hablando en la sede de la fucking ONU de Nueva York (es mi amiga, colegas) y con otras muchas que, aunque a lo mejor no tienen credenciales tan impactantes son inteligentísimas, dulces, compasivas, divertidas... En fin, con la que da gusto estar (a pesar del cansancio, del dolor que me provoca la vida últimamente).

Cuando volvía en el tren, arrasada pero con una sonrisa de oreja a oreja, me decía que eso debía ser la vida. Es justo lo contrario de lo que te dicen los psicólogos: «no puedes vivir la vida esperando lo extraordinario, tienes que encontrar felicidad en las pequeñas cosas, la vida no puede ser lo que pasa entre el sábado y el mediodía del domingo». Y no digo que no sea cierto. Evidentemente no hay que esperar lo extraordinario todo el rato, pero tener el tiempo (e, idealmente, la energía) para reunirme con unas cuantas amigas no debería serlo. Tener tiempo para pasear al sol sin prisa no debería serlo. Poder hacer el amor sin estar pendiente del reloj no debería serlo. Esos mensajes, como muchos de los que nos dan los terapeutas, son más bien analgésicos: calman el dolor (si hay suerte) pero no curan la enfermedad.

Pero mi cerebro no los procesa, no importa cuánto lo intente. Me digo que este es el precio que tengo que pagar por haber salido del pueblo, por ser una mujer independiente, por tener una casa (a medias con el banco, claro), por la paz de saber que el mes que viene voy a poder pagar todos los gastos. Me digo que hay tiempos donde pueden florecer las amapolas (aunque eso suponga que la mayor parte del tiempo lo que tenga ante mis ojos sea un erial). Pero no cala, porque yo quiero presente, porque el futuro es una promesa que no siempre se cumple. Yo quiero vivir, no invertir.

En días como hoy el vacío tras experimentar la vida es más aterrador que nunca y lo llena todo. Como el silencio que sigue al trueno.


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Published on Apr 14, 2025

No me gusta demasiado volver al pueblo: aquí hay poca cosa para mí. No soy una de esas personas que se han ido de su pueblo sin querer, cuando querían quedarse por todos los medios. Yo siempre quise huir y, allá donde quien sea esté romantizando la vida rural, estaré yo aguando la fiesta.

Además, volver aquí me provoca una cierta regresión que no me gusta en absoluto. Cuando vuelvo aquí, a medida que llevo días, voy convirtiéndome en la adolescente que fui con todo lo que eso implica: todas las cosas que he ido trabajando y superando, todos esos patrones que me he ido esforzando en cambiar, vuelven.Vuelvo a ser una Bettie que no es que no me guste, pero no es la persona que quiero ser. Esa Bettie lo hizo lo mejor que pudo con lo que tenía, pero en algo se tienen que notar los 20 años más que tengo ahora, ¿no?

No obstante, hay algo que sí me gusta (además de pasar tiempo con mi padre): que me vuelve el acento. Soy una persona ya con un acento indefinido: la manchuela, Valencia, Andalucía. He ido tomando y soltando a medida que me he ido moviendo. Pero mi acento, el que es verdaderamente mío, es el de aquí, el del pueblo. El que la gente me señala, divertida, cuando me escucha tras haber hablado con mi padre. Y el que me sale del fondo del estómago, de las entrañas, cuando voy caminando por el pueblo y me selañan señoras que ya no conozco, si es que alguna vez llegué a conocer. Hoy una de mis vecinas, a la que adoré de pequeña, se despidió de mí con un “Adiós, mozona” y me emocioné. Qué cosas.

Mientras volvía a casa, tras ese evento, recordé una entrevista a Hannah Arendt que estuve viendo con mis alumnos antes de la vacaciones. Cuando el entrevistador le preguntaba si echaba de menos la Alemania de antes del Reich ella decía que no había mucho que echar de menos. Pero decía que sí echaba de menos la lengua materna y que significaba mucho para ella escuchar alemán por las calles.

Salvando las distancias, algo así me pasa a mí. Me alegra mucho poder hablar mi lengua materna tal y como la aprendí, y no tener que ajustar inconscientemente el vocabulario o el registro porque sé que aquí lo que diga se va a entender.

Hoy elijo regodearme en este goce.


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Published on Apr 8, 2025

Me conozco. Ya sé que tengo mis rachas. Me conozco en las buenas, en las malas y en las peores. Tengo asumido que mi supervivencia y funcionalidad requiere de un montón de protocolos, rituales y atención a señales. Ya no me importa, si consigue mantenerme en marcha y con vida.

Por ejemplo, para los momentos verdaderamente oscuros tengo mi protocolo de prevención del suicidio que consiste, básicamente, en decir a gente muy cercana que empiezo a tener ideaciones suicidas, ganas de morirme o que fantaseo con que me pasa algo malo, incapacitante al menos. Acto seguido les pido que, por favor, al menos un par de veces a la semana o tres me escriban y me pregunten qué tal van las ganas de morirme. Así, tal cual. Esa pregunta honesta y desenfadada me da pie a decir la verdad y a pedir ayuda si lo necesito verdaderamente. O, al menos, a pedir ánimos para pedir la ayuda: muchas de estas personas están bien lejos físicamente de mí.

En los últimos tiempos he estado bastante pocha. Una depresión está intentando comerme por los pies con la inestimable colaboración del capitalismo y otras bolas de malabares, lo típico. Muchos de mis días me siento absolutamente desesperanzada y desconsolada y sé que de ahí al protocolo de prevención del suicidio hay poquito. Es como si no hubiera nada en el mundo en donde encontrar esperanza o belleza y que fuese capaz de reconfortarme. ¡Ya ves! Cuando precisamente ese es uno de mis talentos cuando no estoy así. De hecho, creo que es el talento que hace que no esté así a menudo. Pero ahora mismo, como otras cosas que me hacen feliz de mí misma, parece estar fuera de servicio.

Así que, habida cuenta de mi dependencia de los protocolos, se me ha ocurrido diseñar uno que consiste en nombrar un responsable (#ingeñero) de proporcionarme felicidad reciclada. Le he pedido que haga una lista de momentos en los que hemos sido felices y, además, que incluya algunas vivencias que han hecho que se avive mi esperanza aunque sea un poquito. La verdad es que se está tomando su nuevo cometido muy en serio, como todo aquello con lo que se compromete.

Hoy estaba tirada en un banco, al volver del trabajo, con él, porque hemos conseguido coincidir unos minutos.

—Estoy teniendo pensamientos feos —le he dicho.

—¿Cómo de feos? —contestó.

—Bastante. Como 7 de 10.

—¿Como el culo de un babuino?

Yo me he reído aunque no tuviese ganas, porque es muy payaso.

—Sí, más o menos. El culo de los babuinos es bastante feo pero el color sería bonito si no estuviese pegado al culo de un babuino.

—Eso —me ha dicho sonriendo—. Y... Los pensamientos... ¿Son peligrosos?

—No. Todavía no —he reconocido, con los ojos inundados.

—Vale. Recuerda que la semana pasada dos alumnos te ofrecieron sus paraguas porque tú te habías olvidado el tuyo, dispuestos a mojarse ellos para que tú no te mojases.

Y rompo a llorar. Por todo. Porque es verdad. Porque fueron muy amables. Porque eso debería hacerme sentir mejor. Porque en otro momento eso me llenaría de esperanza y ahora... Ahora son solo clavos al rojo a los que me agarro para no perderme. Pero hago el esfuerzo de, aunque no sienta nada, recordarlo, al menos racionalmente. Para no olvidar que he sido feliz antes (y volveré a serlo) y que en el mundo sigue habiendo razones para seguir viva.

Seguiré intentando hacerme trampas y esperando que, en algún momento, funcione. Como dijo aquella sabia, es mejor eso que morirse...


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Published on Dec 12, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Cómo vives los días de la semana? ¿Afecta el paso de la semana a tu ánimo?

¿Qué cosas haces para que los días laborables también «cuenten»?

Y ahora, leamos el poema:

Sencillo, de Karmelo C. Iribarren

Verás,

es muy sencillo:

los lunes

martes

miércoles

jueves

viernes,

son la vida.

Los sábados

no son más

que una efímera ilusión.

Y los domingos

nos sirven

para encajar

bien

todo esto.


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Published on Jun 4, 2025

Cuando rompí mi última relación larga empecé un proceso de replanteamiento del amor, las relaciones eróticas y sexuales, la jerarquización de los afectos y un montón de cuestiones de ese área de interés. Hasta ese momento mis relaciones habían sido bastante normativas, salvo quizá por el hecho de que se habían extendido demasiado en el tiempo sin «cuajar» en un matrimonio. De hecho, en esta última llegué a plantearlo a raíz de un problema familiar, por tener papeles que nos permitiesen cuidar de nuestras respectivas familias y hacernos compañía en este tipo de situaciones. Evidentemente la cosa no cuajó porque la relación no iba bien, y menos mal: me veo proponiendo la boda como un trámite más, como quien contrata un seguro, ¡yo, que soy el apasionamiento hecho persona! Pero claro, era el paso lógico, ¿no?

Como digo, cuando eso acabó empecé a replantearme muchísimas cosas. Me vi con 35 años, soltera, con el arroz ya cerca de las últimas, el autoconcepto erótico por los suelos (aunque la autoestima más o menos fuerte) y me sentí, de alguna forma, liberada del canon. Ya no me daba tiempo a según qué cosas. Ya iba tarde. Ya no aspiraba a conseguir la relación/familia estereotípica, a subir la escalera de las relaciones hasta el último peldaño. Así que podía, por fin, vivir las cosas como yo quisiera. Para eso tuve que descubrir qué era lo que quería, claro.

Y una vez descubierto me di de bruces con la realidad: lo que yo quería era rarísimo. La gente de mi edad o quería echar un casquete rápido sin ningún tipo de responsabilidad afectiva o quería encontrar a la madre de sus hijos. Yo, que estaba en un espacio gris en algún lugar entre esos extremos, delimitándolo poco a poco, me sentía un perro verde cada vez que intentaba explicitar mis expectativas, deseos y límites. Intentando navegar mi supuesta rareza, intentando decidir si era yo la que era extrañísima o si es que lo normativo me estaba ahogando, hablé con mucha gente, vi películas, leí y pensé mucho. Y esas experiencias me han ido ayudando a afianzar el espacio que quiero habitar en este sentido. Sí, era la normatividad, que era una talla S cuando mi espíritu es una XXXL.

Una de las lecturas que ha llegado recientemente a poner guindas en pasteles que ya estaban más o menos horneados es el fanzine Repensando el enamoramiento más allá de lo romántico de Raquel Luna Serra. En él la autora apuesta decididamente por dignificar los amores que escapan del estándar romántico ajustado al canon y que, por ese motivo, no son considerados amores de verdad. Yo misma me he cuestionado si amaba de verdad por no desear encajar en ciertos moldes en los últimos tiempos. Por eso, leer a Raquel ha sido como recibir un abrazo que me decía: «Estás bien. Lo que quieres está bien. No pasa nada por no querer lo que los demás». Parece una tontería, pero para mí eso ha sido un tormento en muchos momentos de mi vida.

Como no sé ser sistemática, voy a repasar las anotaciones que tomé en el texto de Raquel y os voy a glosar algunas de las ideas que me parecieron más importantes:

#1. A la mierda la amatonorma.

La amatonorma es la visión normativa (por normal y por constituir una norma o mandato) que se tiene respecto del amor. En nuestra cultura esta se corresponde con la pareja (dos personas) monógama (esto es, que supone que cada miembro de la pareja solo tiene relaciones eróticas y/o sexuales con el otro miembro) que acaba desembocando en la estabilización y la formación de una familia. ¿El problema? Que la transmisión de la cultura se hace con frecuencia de forma más o menos coactiva: si no te ajustas a la norma (en este caso a la amatonorma) se te censura. Y esta censura puede ocurrir de forma externa pero también interna. Si tu deseo amoroso no tacha los checks de la relación arquetípica la veracidad de tus sentimientos es puesta en entredicho por el resto pero puede que incluso por ti misma. Esto se ve claramente en modelos relacionales como el poliamor o la anarquía relacional: si no estás solo con una persona o si no estableces que esa persona es prioritaria sobre el resto de tus vínculos no la querrás tanto. El problema de esto es que estamos mirando el amor desde una perspectiva de escasez: como el amor es un bien limitado tenemos que dosificarlo adecuadamente. Pero el amor no es limitado, se puede querer hasta la extenuación a muchas personas. Otra cosa es que el tiempo sí lo sea, y las energías que nos deja el capitalismo. Pero ahí el problema no es del amor.

Raquel, además, explicita como la monogamia es una estructura social tan normativa que se extiende a formas relacionales que han sido consideradas no normativas, como por ejemplo las relaciones LGTBIQ+. Esto implica que todas las personas que no caen o caemos dentro de ese modelo (amparado legalmente, no olvidemos, porque la forma de unirse legalmente y constituirse como familia es el matrimonio) quedan marginadas, estigmatizadas y en un vacío legal gigante que se manifiesta, por ejemplo, a la hora de poder pedir permisos laborales para ejercer cuidados.

#2. Puesta en cuestión de la distinción entre enamoramiento y amor verdadero.

A mí me da mucho coraje cuando me distinguen entre amor verdadero y enamoramiento en base, por ejemplo, a la duración temporal. Solo es amor verdadero si esa situación inicial que, como dice Raquel, es bastante disruptiva, acaba encauzándose dentro del orden socialmente admitido durante un tiempo determinado (¿Cuánto? Ni idea). No comulgo con esa idea y leyendo a Raquel me he dado cuenta de que esa distinción parte de un intento de domesticar el amor, degradando ese apasionamiento a una cuestión de menor valor y madurez. Pues no me da la gana de comulgar con esa mierda.

(Me doy cuenta de que me estoy enfadando, pero es que este tema me remueve mucho).

#3. El enamoramiento más allá de los límites de lo romántico.

Yo solía decir que me enamoraba todos los días. Algunos incluso varias veces. Siempre he sido una persona muy apasionada e intensa y he llegado a sentir flechazos de una fuerza abrumadora en situaciones cotidianas, como por ejemplo el metro. He utilizado la palabra enamoramiento para referirme a libros, a amigas, a obras artísticas... Y también he utilizado la palabra amor (cómo se me ocurre) con mucha ligereza. La gente se escandaliza cuando digo que aún quiero a mi primer novio y que probablemente le voy a querer siempre. Y es que le quiero sin necesidad de compartir un proyecto vital exclusivo con él. Lo mismo que quiero a mis amigas. En ocasiones he sentido una fascinación por alguna de ellas tan intensa como un enamoramiento porque era un tipo de enamoramiento que, bien, no incluía el deseo sexual, pero sí ese deseo de hablar con ella todo el rato, de pasar tiempo juntas, de conocerla en profundidad... Creo que el ejercicio de análisis que hace Raquel para concluir en el acto de difuminar esas fronteras que separan el amor y el enamoramiento romántico de otras formas de amor y enamoramiento es maravilloso, verdaderamente liberador y subversivo. Y por eso, incluso aunque tu forma de querer se acople perfectamente y sin contorsión alguna a la amatonorma, te recomiendo que leas su ensayo.

#En resumen...

... que el amor es una cosa demasiado hermosa y demasiado grandiosa como para intentar comprimirla en cajitas y mutilarla si no cabe en ellas. Yo, al menos, me niego a hacerlo.

Quered, quered mucho, que a este mundo lo que no le sobra es amor. Al contrario.


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Published on Jan 23, 2025

El otro día, mientras explicaba algo en clase, no recuerdo qué, un grupo de alumnos puso de ejemplo a un compañero que no estaba presente. Decían, básicamente, que el compañero quería dar la nota todo el rato, llamar la atención, darse importancia. Todo ello, claro, respondiendo preguntas, saiendo a la pizarra, haciendo intervenciones que demuestran que es muy listo y muy leído (porque el crío lo es, qué le vamos a hacer).

Como creo que se desprende de lo último dicho, yo conozco al muchacho, es más, tengo verdadera debilidad por él. He sido su profesora varios cursos y le he visto mudar de un adolescente perdido que intentaba conseguir atención de la peor manera posible a un joven inteligente, educado y cariñoso que consigue llamar la atención de una manera positiva y sana. Y sí, mis alumnos tienen razón: este chico quiere llamar la atención. El problema es que para ellos hay algún tipo de interés oscuro, alguna vanidad, alguna maldad en su forma de proceder. Claro, ellos no saben, no entienden. La mayor parte de la gente no sabe o no entiende, porque cree que el resto del mundo vive, siente y se comporta como ellos lo harían. Y, vaya usted a saber por qué, eso suele traducirse en que, cuando algún comportamiento les resulta irritante, deducen que hay una intención oscura de incomodar o molestar, que hay algún grado de maldad en esa acción.

Desde hace tiempo llevo a cabo (o lo intento) lo que llamo amabilidad militante. Consiste en ser buena gente por defecto, hasta que se demuestre que las personas merecen lo contrario. Me ha sido bastante útil, si no a nivel de beneficio social, si a nivel de paz mental. Y, al menos en mi trabajo, me ha venido muy bien.

Uno de los principios que pongo en práctica en mi ejercicio de la amabilidad militante es el siguiente: Las acciones de las personas están generalmente motivada por sus necesidades y no por tocarme los ovarios a mí. Otro, relacionado con este, es: En general, la gente no hace daño de manera gratuita, sino porque no sabe cómo hacerlo mejor para cubrir una necesidad.

Ayuda a no tomarse las cosas de forma personal por defecto y a hacer un ejercicio de comprensión y compasión cuando tratas con el resto de personas. Como digo, donde más fácil me ha resultado llevarlo a cabo y donde más beneficios me ha reportado ha sido en mi trabajo.

Un ejemplo es el chico del que hablaban mis alumnos. Cuando llegó al instituto, como he dicho, llamaba la atención de la peor manera posible (que es la más fácil): interrumpía las clases, molestaba de todas las maneras posible, exponía tesis controvertidas y provocadoras ... Algunos compañeros hablaban de él como un alumno que tenía como objetivo reventar sus clases. Yo supuse, como suelo hacer, que la motivación del comportamiento del alumno no era joderme a mí, sino satisfacer alguna necesidad. Sí, me dañaba a mí (y a algunos compañeros suyos): interrumpía las clases, las retrasaba, me llegó a faltar al respeto... Pero no creo que ese fuera el fin de su acción. ¿Qué necesitaba? Atención. Así que me esforcé mucho en darle esa atención sin necesidad de que la liase parda. Empecé a recompensar sus buenas prácticas con atención. Y su comportamiento fue cambiando.

Este alumno sigue necesitando atención, y no me extraña: sus circunstancias vitales y su historia son tremendas. Así que cuando el año pasado tenía que retrasar la clase para debatir con él sobre una noción física sobre la que yo no tengo ni idea (es decir, para que me la explicara), intentaba ser flexible, que esa necesidad se cubriera (sin afectar demasiado al desarrollo de las clases, porque no estaba él solo). Creo que es una forma de cuidado.

Mis alumnos actuales no lo entienden, como le pasa a mucha gente. Intenté hacérselo ver, al fin y al cabo educarles es mi trabajo. No sé qué grado de éxito alcanzaría...

Con frecuencia me he visto malinterpretada al actuar: mis intentos de satisfacer mis necesidades se han leído como intentos de hacer mal. Por ejemplo, si decidía no salir y quedarme en casa, la gente lo interpretaba como un desprecio. No entendían que yo necesitaba descansar, estar sola, lo que fuese. Me gustaría que eso pasase cada vez menos.

Por eso también me he animado a contarlo aquí. Por si, al menos en alguna situación, ayuda. Y recuerda: “Kindness is punk” (La amabilidad es punk).

PD: Este post ha sido escrito a toda prisa en 15 minutos libres que me han quedado en el recreo. Ten comprensión con los posibles fallos y erratas, porfis. :P


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Published on Aug 4, 2026

Supongo que habré entendido mil cosas mal del relato, queda pendiente una (o varias) relecturas. Dadme cancha: esto no es un comentario crítico del texto de Le Guin, sino una reflexión personal sobre la felicidad que lo usa como excusa


«El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por gente pedante y rebuscada, de cosndierar la felicidad como algo bastante estúpido. Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante.» Quienes se marchan de Omelas, de Úrsula K. Le Guin


He ido descubriendo a Úrsula K. Le Guin de a pocos. Leí La mano izquierda de la oscuridad en un club de lectura y, aunque me llamó la atención, la cosa quedó ahí. Cogí Contar es escuchar en un intercambio de libros y lo aparqué en la estantería año y pico. Lo leí hace unos meses y decidí que esa señora era verdaderamente interesante (debía serlo, excepcionalmente, porque una señora mediocre no tiene nada que hacer en este mundo, tiene que ser excepcionalmente algo). Y en un arrebato ayer decidí leer un relato harto citado en Mastodon: Quienes se marchan de Omelas. El relato da para mucho, pero no creo haber extraído todo el jugo que la historia da, así que me reservo todavía ese proceso. De lo que vengo a hablar es de la felicidad, como si fuese un tema más sencillo.

Pero, de alguna manera, lo es. Sencillo, digo. No simple, sencillo. Al menos, de entender. Alcanzarla ya es otra cosa. Entonces, si tan sencillo es de entender, ¿por qué llevan corriendo ríos de tinta desde hace siglos sobre el tema? ¿Por qué hay estantes y estantes de libros de autoayuda con recetas mágicas para ser felices? ¿Por qué, con frecuencia, alguno de estos libros ocupa un puesto en el estante de los más vendidos en no-ficción (jeje)? Porque nuestro cerebro se resiste a aceptar la sencillez de la felicidad justo por lo que dice en la cita que incluyo al principio de este texto, una cita que Le Guin deja ahí, como si nada, en las primeras líneas del relato, como si no tuviese una carga de profundidad que pudiese suscitar ensayos y hasta tesis doctorales.

Recuerdo que, salvando las distancias, hice una reflexión parecida en privado hace años, con el boom de los superhéroes y su oscurecimiento progresivo en Marvel y la «batmanización» de Superman. Sobre todo con esto. DC, en su intento de hacer a Superman complejo, interesante, elevado, elimina su sencillez de muchacho de campo del medio oeste estadounidense y lo convierte en una especie de reflejo de Batman: atormentado, ceñudo, mortalmente serio. ¿Por qué? Porque un superhéroe sencillo, con una jerarquía de valoes clara, que no vive en un conflicto permanente consigo mismo y con el mundo no puede interesarle a nadie más que a los niños. Demasiado simple. (Ah, de nuevo, la confusión). Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante. En mi opinión, se cargaron a Superman, pero bueno, mi opinión a nadie le importa, porque la gente compra esa premisa. Y todos tan infelices.

Desde dentro de esta trampa no se puede ser feliz, queridas. Somos felices y no lo vemos porque estamos esperando algún tipo de épica o porque repasamos para ver si hemos derrotado a suficientes monstruos para merecer estar bien. Y nunca es suficiente. Porque la felicidad no está en la gloria, en la celebración de las victorias sobre los demonios, sino, como también dice Úrsula K. Le Guin en su relato, la victoria que celebran las personas felices es la de la vida.

La felicidad es sencilla y creo que, precisamente por eso, queda anulada por lo complejo. Nadie leería el diario de una persona feliz porque sería tremendamente aburrido: disfrutar del desayuno después de una noche de sueño tranquilo, ir cumpliendo con el día y sus quehaceres de manera más o menos serena, enfrentar las dificultades desde la estabilidad que da tener un suelo firme desde el que hacerlo, charlar con amigos, hacer el amor con la persona amada, comer algo sabroso, mover el cuerpo con gozo, dejarse sorprender por una libélula roja o por los colores del atardecer. Y dormirse de nuevo, con la sonrisa en los labios. Qué tostón, ¿verdad? Qué naif. Y así un día tras otro.

Pero si lo pensamos quitándonos esos prejuicios, es la lucha la que nos priva del goce. La enfermedad. El consumo de nuestro tiempo por otros. La incapacidad de disfrutar de esos pequeños placeres. Y, de alguna manera, creo que la cosa va calando: cada vez más personas, tras uno de esos acontecimientos épicos, de esos eventos canónicos, piden dejar de vivir tiempos interesantes.

No sé hacia donde van quienes se marchan de Omelas, parece que ellos sí. Lo que sí creo saber es que, aunque avancen empujados por la justicia, lo hacen con el corazón roto.


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