Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on May 5, 2025

Se me había olvidado lo que era tener una relación afectiva de corte romántico sin que los celos estuviesen de por medio. Te lo prometo. Creo que la última vez que vivi algo así fue a los 16 años. No me había vuelto a pasar. Durante toda mi vida mis relaciones han estado marcadas por la sombra de la inseguridad de mis parejas o su deseo de control sobre mí. O ambas, que lo descortés no quita lo cobarde. Hasta tal punto llega la historia que ahora mismo no para de sonar en mi cabeza ese trozo de «Bohemian Rhapsody» que dice is this the real life or is it just fantasy?

(si ahora estás canturreando «Bohemian Rhapsody» eres mi tipo de gente xD)

El sábado pasado salí a airearme. Mi intención era darme un paseo por algunas cruces escogidas, bailar un poco, beberme el primer rebujito de la temporada... Ya sabéis, el deseo este de tener una noche entre folklórica y rumbera que nos asalta de vez en cuando. La cosa salió medio qué, porque bueno, a pesar de la lluvia, del viento, del fresquete, al final conseguí cumplir parte de mis propósitos. Y hasta tuve una sorpresa: volví a ver al chico de las castañuelas (inserte aquí mirada arrobada)

El chico de las castañuelas es un muchacho que vi el año pasado, en cruces también, bailando sevillanas mientras tocaba las castañuelas. En verdad os digo que los calores que me dieron no fueron normales. Pues bien, este año VOLVÍA A ESTAR AHÍ, con sus castañuelas, bailando con una señora preciosa, con un arte... Abuf. El stendhalazo fue una cosa tremenda y, pa qué negarlo, muy poco elegante: empecé a babear por lo bajini, a resoplar, a mirar fijamente... Esas cosas que no deben hacerse pero es que NO LO PODÍA EVITAR. Todo esto al lado de #ingeñero.

Ahora me imagino la escena con algunas de mis ex-parejas. No acaba bien. Acaba en distintos grados de mal, desde muy mal hasta regulinchi. Pero nunca bien. Pero #ingeñero estaba divertido viéndome disfrutar de la belleza de esa pareja de bailarines.

Ya nos íbamos cuando empezaron a bailar, así que al acabar el baile le dije a #ingeñero: «No me puedo ir sin decirles lo que me han hecho sentir, lo bonito que lo han hecho». «Vale, ve, aquí te espero», respondió él. Y cuando, después de declarar mi devoción a los artistas involuntarios volví a su lado, me pasó la manita por la espalda como diciendo: «Estoy orgulloso de que hayas hecho eso, bravo por ti».

Una vez alguien me dijo que tenía que dar gracias por los celos, que es mucho peor dejar de importarles,. Pues mira, ocurre que puedes seguir padeciendo celos cuando ya no les importas, y eso ya lo sabía. Pero es que ahora sé también que la ausencia de celos no hace que una sienta que importa menos.

Señoras, de esta sensación ya no se vuelve.


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Published on Apr 26, 2026

«Los hombres llevan siglos narrando el largo y venturoso regreso a casa después de la guerra, las mujeres estamos contando la larga y angustiosa vuelta a nosotras mismas despuś del amor. Lucía Solla Sobral ha escrito nuestra Odisea». Bibiana Collado Cabrera

En mi trabajo hicimos un amigo invisible de libros el pasado día 23. Como una de mis pistas para mi amigo-librero invisible fue «literatura contemporánea escrita por mujeres» era inevitable que cayese el omnipresente Comerás flores de Lucía Solla Sobral, del que ya te hablé en la primera entrega de «Señoras haciendo cosas». No me importó, realmente. Lo leí en digital y me apetece mucho tenerlo, porque me provocó una sensación parecida a Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera, la de «esta señora sabe de qué está hablando; sabe contarlo, sí, pero sabe lo que hay que contar». Es uan especie de sensación de hermanamiento con la escritora, la sospecha de que ambas podemos encontrarnos en ese relato de ojalá-más-ficción.

Pues no veas la ilusión que me hizo encontrarme la cita con la que abro esta entrada en la contraportada del libro. Bibiana Collado hablando del libro de Lucía Solla Sobral. Evidentemente, tenía que haber cierta sintonía, igual que la hay entre sus obras. Pero la sorpresa no quedó ahí: fue el contenido de la cita en sí el que me golpeó en la barbilla, elevándome unos centímetros por encima del mundo durante un buen rato. La revelación estaba servida.

Ahora no puedo dejar de darle vueltas. Para Odisea, la nuestra. Me da poca pena Ulises, nunca he podido empatizar con él. Si tantas ganas tenía de volver a casa, ¿qué hacía ciscándose a unas y a otras por aquí y por allá? Que sí, que los dioses, nojequé. Pero él también sabía entretenerse en misiones secundarias, no me jodas. Pero incluso si Ulises no fuera un cucaracho, la historia no es del todo trágica: la esperanza de llegar al hogar siempre está ahí, hay una motivación para enfrentarse a sirenas y lestrigones: volver al sitio en el que a uno se lo espera. Y al final, baño de sangre y media de chorra mediante, final feliz (salvo para las criadas que ahorcaron, claro, je).

Pero, ¿a dónde volvemos nosotras cuando nos perdemos? Hemos desaparecido hasta para nosotras mismas, no hay otra-yo[^antes], previa al descarrilamiento, esperándome en ninguna parte. Nuestra odisea es volver a reconstruirnos tras el terremoto, empezar casi de cero. O sin el casi.

Y debería ser posible amar de otra manera, supongo que lo es, pero no es la forma de amar que nos enseñan a las mujeres. las mujeres tenemos que ser blandas, mullidas, cómodas y plásticas, adaptarnos a las particularidades y manías de nuestros amados, a sus horarios de trabajo y sus aspiraciones, mudarnos por amor, sacrificar lo personal para dar vida a lo compartido de forma que, por lo general, tras la ruptura el hombre ha perdido una esclava con funciones de criada, odalisca, ama de llaves y más, pero la mujer ha perdido su vida (si hay suerte, solo metafóricamente). Ya me diréis qué es más difícil de sustituir.

Así que, y pasa a las más listas de entre nosotras, a las más feministas e ilustradas, vamos cediendo espacio. Un poquito cada vez. Algo apenas significativo. Vamos perdonando y acomodándonos en una vida cada vez menos nuestra. Vamos abandonando hobbies que molestan, viendo menos a amistades que desagradan, sintiéndonos cada vez menos valiosas y menos adecuadas, menos merecedoras de amor y de respeto, más atrapadas y huecas. Y solas.

Así que, cuando una se escapa de las garras del cíclope o del lestrigón, si es que consigue hacerlo, con frecuencia no hay ningún sitio al que volver, ninguna persona a la que pedir ayuda y tampoco hay una identidad sobre la que levantarse. Porque en ese momento apenas eres persona. Intentas volver a parecerte a la que recuerdas que eras pero eso, tras años de vivir en la cueva de una bestia mitológica, no sirve. Así que empiezas a andar, a reconstruirte sobre la marcha, entendiendo que los fantasmas existen y que están entre nosotros pero que nadie se da cuenta, porque nadie parece haber notado tu muerte ni sorprenderse de tu precaria y penosa resurrección[^resurrección] (que ojalá llevara solo tres días).

Ahora ando esperando a que alguna de nosotras escriba el equivalente a la «Ítaca» de Kavafis, pero para nuestra Odisea. Las mujeres lo necesitamos.

[^antes]: y, con frecuencia, tampoco hay otras-otras. Una de las cosas que hacen estos monstruos es separarte de todo el mundo, de forma que no haya nadie para cogerte la mano cuando, sin aliento, llegues a la orilla. [^resurrección]: yo lo visualizo un poco como el Doctor Manhattan intentando reconstruirse tras el accidente en la cámara de campos intrínsecos: un sistema nervioso caminando por la base para desintegrarse luego y volver a intentarlo en otro momento. Algo así es volver a la vida tras una relación abusiva y de maltrato.


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Published on Dec 23, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Alguna vez te han dicho que no eres «como las demás» o lo has dicho a alguien?

¿Qué pensabas en ese momento? ¿Piensas ahora lo mismo?

Y ahora, el poema:

Las demás de María Sánchez-Saorín

Tú no eres como las demás —dijiste

queriendo enamorarme,

y pensé de repente en mis amigas,

que son maravillosas,

en las protagonistas de los libros,

en la chica del tiempo y en mi profesora

de lengua,

que me enseñó a contar.

Pensé en mis compañeras de trabajo,

en las kellys y en Uma Thurman,

y me di cuenta entonces:

a mí sí me gustaban las mujeres.


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Published on Sep 13, 2025

Aviso de contenido: depresión, ideaciones suicidas, medicación

No iba a poner el taco, pero mira, sí. Porque así es como suena la pregunta en mi cabeza. Me está dando otra de mis célebres (solo para mí y quien está muy cerca de mí, que por suerte no es mucha gente) bajonas. Creo. Se acerca a una racha de 10 días y lo que empezó como una mezcla informe de tristeza, desánimo, cansancio y desfici está sumando dos síntomas que en mí son inequívocamente preocupantes: apatía y anhedonia. Nada me interesa ni me apetece y nada me hace sentir bien. No os voy a mentir: pinta mal.

Desde la última gran bajona he empezado a apuntar en una página de mi agenda cuándo se inician y su duración como intentando encontrar algún tipo de patrón. La última empezó pasada la mitad de febrero y duró hasta mediados de mayo. Tuve que acudir a la medicación que, para colmo de males, en esta ocasión tuvo bastantes efectos negativos y ninguno positivo. Esta empezó a principios de septiembre (a mí aún me queda una pequeñísima esperanza que sea pena postvacacional y que en unas semanas, cuando haya incorporado la rutina, esté tan cansada que no tenga fuerzas ni para estar deprimida, ojo) y no sé cuánto durará. Lo mismo no es nada y la hipervigilancia que caracteriza a los que hemos estado mal de la cabeza me está jugando una mala pasada. Ojalá. Pero es muy incómodo echarse a llorar en cualquier momento, estar irritable, agotada, alejar a la gente que te quiere, desear no despertarte y, en definitiva, que tu mente rechace todo lo que podría hacerte bien. No me gusta. Me siento ajena a mí misma, falta de control y de agencia en lo que me pasa. Es un mojón.

¿Y por qué lo cuento? ¿Por qué escribo esta mierda de post que no dice nada? Porque he vivido toda mi vida en un mundo en el que parecía que estas cosas no pasaban más que a los tarados (no estoy diciendo que yo no lo sea), que eran infrecuentes, que eran un problema individual que denotaba falta de carácter. En fin, todas esas mierdas. Y bueno, yo soy una mujer que sigue saliendo al mundo cada día, sonriendo a los desconocidos, abrazando a sus ex alumnos cuando se los cruza, haciendo ejercicio, queriendo hacerlo lo mejor que puede... aunque por dentro todo duela. Si eso no es ser fuerte, yo qué sé.

No eres la única, de verdad. Ojalá fuese más evidente que muchos atravesamos la vida a duras penas, que aunque hagamos que parezca fácil no lo es. Yo, desde luego, lo siento muchas veces como un esfuerzo titánico, aunque desde fuera parezca otra cosa.

En fin, como hace ya semanas que no comparto poemas, voy a dejar uno aquí, que viene al caso. Me apeteció escribir un poco tras leer a Gloria Fuertes, así que este poema es un homenaje. En cursiva, los versos que le robo.

GLORIA BENDITA

Nací para poeta o para muerto y mientras en lo primero mi éxito es escaso, tímido, mediocre, en fin, nada notable, en lo segundo voy de maravilla: no pasa un día sin que tache un día y esté un día más cerca de dar la última tos.

Nací para curiosa y para gato y no es, ya lo sabemos, una buena combinación. Escogí mal y me quedé con lo de «curiosa». Ni así escapo de mi destino: cuando una sabe poco se va al cine, si llega a saber mucho se suicida.

Nací para poeta o para muerto y últimamente ya apenas escribo.

Espero que Santa Gloria me asista.


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Published on Apr 14, 2025

No me gusta demasiado volver al pueblo: aquí hay poca cosa para mí. No soy una de esas personas que se han ido de su pueblo sin querer, cuando querían quedarse por todos los medios. Yo siempre quise huir y, allá donde quien sea esté romantizando la vida rural, estaré yo aguando la fiesta.

Además, volver aquí me provoca una cierta regresión que no me gusta en absoluto. Cuando vuelvo aquí, a medida que llevo días, voy convirtiéndome en la adolescente que fui con todo lo que eso implica: todas las cosas que he ido trabajando y superando, todos esos patrones que me he ido esforzando en cambiar, vuelven.Vuelvo a ser una Bettie que no es que no me guste, pero no es la persona que quiero ser. Esa Bettie lo hizo lo mejor que pudo con lo que tenía, pero en algo se tienen que notar los 20 años más que tengo ahora, ¿no?

No obstante, hay algo que sí me gusta (además de pasar tiempo con mi padre): que me vuelve el acento. Soy una persona ya con un acento indefinido: la manchuela, Valencia, Andalucía. He ido tomando y soltando a medida que me he ido moviendo. Pero mi acento, el que es verdaderamente mío, es el de aquí, el del pueblo. El que la gente me señala, divertida, cuando me escucha tras haber hablado con mi padre. Y el que me sale del fondo del estómago, de las entrañas, cuando voy caminando por el pueblo y me selañan señoras que ya no conozco, si es que alguna vez llegué a conocer. Hoy una de mis vecinas, a la que adoré de pequeña, se despidió de mí con un “Adiós, mozona” y me emocioné. Qué cosas.

Mientras volvía a casa, tras ese evento, recordé una entrevista a Hannah Arendt que estuve viendo con mis alumnos antes de la vacaciones. Cuando el entrevistador le preguntaba si echaba de menos la Alemania de antes del Reich ella decía que no había mucho que echar de menos. Pero decía que sí echaba de menos la lengua materna y que significaba mucho para ella escuchar alemán por las calles.

Salvando las distancias, algo así me pasa a mí. Me alegra mucho poder hablar mi lengua materna tal y como la aprendí, y no tener que ajustar inconscientemente el vocabulario o el registro porque sé que aquí lo que diga se va a entender.

Hoy elijo regodearme en este goce.


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Published on Sep 30, 2025

No sé cómo estará ahora la cosa, pero hace una década no era extraño encontrarse señores en interné que daban lecciones sobre cómo seducir a mujeres. Evidentemente, ellos se presentaban como grandes triunfadores entre las féminas, verdaderos conquistadores. Solían demostrarlo poniendo en práctica algunos de sus trucos, que en el mejor de los casos eran cutres y en el peor acoso sexual, y las muchachas de los vídeos que para nada eran actrices, o amigas, o a saber, caían a sus pies sin demasiado esfuerzo. Un poco de esfuerzo sí había que hacer, claro, porque ya se sabe que las mujeres, cuando dicen que no, lo que quieren decir es «insiste hasta que te diga que sí»[^chorrada]. Estos ejemplos no eran más que el aperitivo porque, por supuesto, estos donjuanes cibernéticos vendían cursos, webinars y toda clase de mierdas para enseñar a chavales con poco éxito entre las mujeres, habilidades sociales regulinchis y demás y, así, forrarse.

Intuyo que el éxito de estos cursos era relativo. Bajo. Prácticamente nulo. Sobre todo si uno es capaz de distinguir cuándo una mujer te está demostrando interés genuino de cuándo te está siguiendo el rollo porque está acojonada y está intentando salir de la situación de la mejor manera posible. La cosa es que esos señores con necesidad de formación para relacionarse con mujeres (vaya tela) no tenían más recurso que acudir a otros hombres porque preguntar a las mujeres qué les gusta o qué esperan debía ser algo demasiado rompedor.

Vaaaale, vale. Puede que no tuvieran mujeres a las que preguntarles. Puede que ese fuera el origen del problema[^amigas]. Pero a lo mejor hay lugares donde buscar, ¿no? Me pregunto por qué a esos señores no se les ocurrió la idea de acudir a ficción femenina, por ejemplo, hecha para mujeres pero, sobre todo, por mujeres. Y sí, me estoy refiriendo a la novela romántica adulta o, como suele conocérsela despectivamente, a la novela rosa.

El otro día estaba leyendo una novela (Guía de brujas para citas falsas con un demonio, de Sarah Hawley) en la que una bruja torpe invoca por accidente a un demonio y la cosa resulta en que están condenados a estar juntos porque el demonio no puede volver a casa hasta que no haga un pacto por el alma de la bruja, cosa que ella no está dispuesta a hacer. Pues bien, mientras, en pleno ataque de ira, ella se pone a limpiar, el otro, apabullado por el desorden, le hace la cama y le dobla la ropa. Buah. Hoy, por ejemplo, he leído que el cortejo de los demonios incluye actos de servicio, tales como cocinar para la persona a la que cortejan o hacer tareas que necesiten para demostrar sus habilidades. Buah. Y hombre, evidentemente, yo no quiero que un señor que acabo de conocer se ponga a doblarme las bragas o me instale un ventilador de techo (o a lo mejor sí), pero ahí está una de las fantasías femeninas: alguien que cuide, que se haga cargo de la casa, que no se haga el muerto y haga las cosas sin que tengas que irlas pidiendo todo el rato, por ejemplo. Que a lo mejor a uno no le sale así, sin pensar, una frase del tipo «You are the bane of my existence», pero sí que hay otras cosas que se pueden aprender.

En general, hay ficción escrita por mujeres en la que los señores son absolutamente estupendos. Sí, algunos de ellos son escoceses fornidos y otros vampiros o demonios, pero el carácter está ahí. Incluso hay libros en los que los protagonistas son señores normales que no se dan cuenta de las indirectas y, aun así, consiguen enamorar a la prota.

Pues no, a nadie se le ocurrió mirar ahí. Supongo que porque son cosas de chicas, dicho así, como si oliese mal. Porque se trata de ficción menor (evidentemente una historia en la que se plasman inseguridades, miedos, deseos y ansiedades de una mujer tiene que ser algo menor, que interpele a la mitad del género humano es una minucia), de tonterías románticas (cuando la historia de amor la escribe un señor es un romance atemporal, claro). O a lo mejor es que culpar a las mujeres de ser incomprensibles y absolutamente misteriantes es mucho más sencillo que preguntarles a ellas o ir a buscar en los lugares donde se sienten libres y seguras para expresarse.

No sé, José Luis, por 20 euros aproximadamente tienes dos novelas de bolsillo que lo mismo te enseñan más cosas (y sobre todo, mejores) que el curso de Seduct0rInfalible en Youtube. Pero qué sabré yo: solo soy una chica :)

[^chorrada]: supongo que asumir que las personas dicen lo que quieren decir es una cosa demasiado subversiva. [^amigas]: y es tan problema que yo, en los últimos tiempos, he decidido no relacionarme demasiado con señores que no tengan amigas. Tal vez esto lo desarrolle otro día.


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Published on Apr 21, 2026

Este post contiene spoilers de la novela Hamnet, aunque sean como mera excusa para iniciar el razonamiento, así que si no la has leído y no te gusta que te destripen detalles, deberías parar de leer aquí.


Ayer acabé de leer Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell. Hacia el final de la novela hay dos grandes gestos. El primero, cuando un Shakespeare ausente le desvela a su mujer, con la que no convive, que tiene mucho dinero y que le va a comprar una casa para que viva lejos de su familia política. Y le compra un casoplón. El segundo, cuando escribe y representa Hamlet, un homenaje a su hijo muerto prematuramente, en la cual él “se cambia” por el hijo para permitirle “vivir”. Oh, qué hermosura, qué sublime.

La cosa es que yo no puedo dejar de ver que la casa es un gran gesto para apaciguar a Agnes, su mujer, por haber tenido diversas amantes en Londres y por la ausencia prolongada en exceso y las escasas visitas. Y la obra, un gran gesto para apaciguar su conciencia, para sentir que ha hecho algo, ya que ni estuvo acompañando a su hijo en su muerte ni estuvo acompañando a su familia en el duelo. Se fue, a seguir viviendo su sueño, su vida de dramaturgo, mientras el luto envolvía a la familia entera (a su mujer y a sus hijas sobre todo) y Agnes apenas es capaz de salir de una depresión que por poco acaba con ella.

Por cosas he aprendido a desconfiar de los grandes gestos. Hay veces que no son más que detalles bienintencionados, fuegos artificiales que acompañan un cariño constante, un esfuerzo sostenido, una presencia estable. Y no tengo nada contra eso, a muchos nos gustan los fuegos artificiales[^fuegos]. Sin embargo, la mayor parte de las veces son remedos de excusas vacíos, mera espectacularidad. Y así los fuegos artificiales no compensan, porque no cuidan, no quieren y no sostienen, por mucho que impresionen.

Lo terrible es que esa impresión nos obnubila y nos fascina, con frecuencia hasta el punto de hacernos olvidar lo demás, lo que nos falta. Pero luego, cuando el sonido desaparece, y los brillos, y ese encantamiento, nos quedamos otra vez solas, otra vez en la carencia.

Hay que tener especial cuidado con la pirotecnia y los pirotécnicos, porque los hay que saben manejar muy bien los tiempos y las explosiones, ubicándolos estratégicamente para desviar nuestra atención de las razones y envolviéndonos en las excusas. Debemos recordar que cualquier gran gesto, por enorme que sea, es más fácil que estar. Siempre. E intentar sustituir lo último con lo primero es un acto miserable.

No he podido dejar de ver en la parte final de Hamnet la obra de un experimentado pirotécnico. Y me enfada, me enfada soberanamente, que Agnes, tan salvaje, tan sabia, tan fiera, tan clarividente, se haya dejado engañar por los colores y los destellos. Si a ella cae, ¿cómo íbamos a escaparnos el resto?

[^fuegos]: al menos como metáfora.


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Published on Feb 16, 2025

Tengo una amiga con la que nunca me he tomado un café, ni una caña. Sí, otra. Empiezo a pensar que a lo mejor lo que ocurre es que en persona soy inaguantable. En fin, que me pierdo. Decía que tengo una amiga con la que nunca he coincidido pero con la que comparto una historia de bastantes años. Diez, probablemente. Quizá más. Durante ese tiempo nos hemos contado de todo, nos hemos consolado, nos hemos reñido (aunque poco), nos hemos aconsejado... Y anda que no nos han pasado cosas... Buf.

Hoy mi amiga me hablaba de que tenía que controlar ciertas emociones. Me decía que no podía dejar que una cosa le afectase tanto. Y su afirmación y su empeño me ha hecho pensar en una idea, no por extendida, menos errónea (según yo lo veo): la de que las emociones se pueden controlar.

Hay algo que he aprendido en los últimos años y que, como señora intensísima que soy, me ha venido muy bien aprender: que las emociones son como el oleaje. Si te paras a pensarlo hay bastante parecido. Pueden ser suaves o bien violentas. Pueden acunarte o revolcarte. Pueden acariciarte o hacerte daño. Pero lo que vayan a ser, lo que vayan a hacerte, está fuera de tu alcance. Una no puede plantarse delante del mar y pedirle que no le pegue fuerte (o que sí), pues lo mismo con las emociones.

Durante bastante tiempo servidora, que tiene unos poquitos de problemas con eso de querer controlarlo todo, también creyó que podía controlar las emociones, que podía doblegarlas o resistirse a ellas. Eso es algo parecido a pararse en el mar bien firme cuando las olas te golpean: acabas revolcada y, a veces, haciéndote bastante daño. Con el tiempo he aprendido que vale más no resistirse: dejarse mecer o arrastrar, sea lo que sea. Y, cuando la marea se calme, ver que puede hacerse de una.

Tengo la sospecha de que ese no dejar que las cosas nos afecten, ese no dejarnos llevar por las emociones tiene que ver más con lo que es bueno para el sistema que con lo que es bueno para nosotras. Para una es mucho más sano sentir las cosas que reprimirlas, estoy convencida. Pero para el sistema no tanto: no puedes permitirte estar triste si trabajas cara al público, no puedes sentir la rabia que necesitas sentir si tienes que atender a 37 adolescentes por hora, no puedes dejar que la euforia te revuelque si tienes que parecer profesional y serena durante 8 horas al día ni puedes dejar que la excitación te llene si mañana el despertador suena a las 7 de la mañana y son más de las 12 de la noche.

Resulta que sentir también va a ser un lujo. Normal que no perder la cabeza del todo también lo sea.

En fin, voy a dejar que la pena me revuelque un rato más (eso sí, mientras limpio el polvo, que es la tarea doméstica que me queda pendiente para este finde).

Cuídate mucho. Y siente tanto como puedas: sentir es punk.


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Published on Jan 27, 2025

Nunca he sido normal. Siempre he sido una niña rara. Una adolescente rara. Una joven rara. Una mujer rara. En mi intento por encajar, mis rarezas han ido cambiando, pero nunca he conseguido esconderlas del todo. Siempre han acabado viéndolas. Así que, por fuerza, he acabado por llegar a un punto en el que no me queda más que asumir que lo normal y yo no somos compatibles.

Y aun así... qué gozo sentirse normal. Hay un verso de la canción que Chica Sobresalto lleva al Benidorm Fest que dice «a veces quisiera ser más como ellas, un poco menos yo y más como cualquiera, me vale cualquiera». El resto de la canción, meh, pero esa frase me resuena mucho. Dejar de sentirse extraña un rato es como poder bajar el fusil con el que voy por la vida de forma inconsciente. Además una se siente validada: estoy haciendo lo que todo el mundo, sintiendo lo que todo el mundo, viviendo como todo el mundo. Aunque sea por una vez, aunque sepa que tomar al mundo como criterio es una soberana estupidez, no puedo evitarlo: cuando ocurre eso de sentirme normal es como un chute de alguna droga tranquilizadora y placentera.

Imagino que al resto de la gente le pasará algo parecido. Y precisamente por eso empiezo a creerme que la normatividad es una performance. Piénsalo: si diez personas piden café en una cafetería, cada una pide el café distinto pero luego todas deciden organizar su vida personal de la misma forma, con muy leves variaciones. Todas (o casi todas) eligen compartir vivienda con su pareja, tener una relación monógama, un trabajo normal, casarse en una ceremonia normal, formar una familia normal, ir de vacaciones a los sitios normales, hacer por ocio lo que hace todo el mundo y así. ¿No te parece que no tiene sentido?

Es una trampa. Moverse en el marco de la normatividad nos da una cierta seguridad, nos hace sentir que lo estamos haciendo bien, aunque ese bien no lo sea para nosotros. Pero seguimos haciéndolo porque, bueno... ¿Quién vive fuera de la normatividad? Los locos, los marginados, los parias, los raritos. Y no queremos ser eso. O no queremos aceptar que somos eso. Pero eso hace que no se aprecie diferencia, que la diferencia sea disidencia salvaje y minoritaria. Así que cuando alguien desea algo distinto a lo normativo se siente roto, defectuoso. Me he sentido así muchas veces. Me sigo sintiendo así muchas veces.

Hace unos días convoqué un cónclave de señoras porque me estaba ahogando en un vaso de agua. La manera en la que quiero llevar mi relación me estaba haciendo dudar de si realmente siento lo que creo que siento por mi pareja porque el amor, si no es normativo, si no está disciplinado, institucionalizado y pautado, parece que no es amor, que es otra cosa. Algún día tendríamos que hablar de esto, de como una fuerza tan arrebatadora como el amor ha acabado metida en cajitas y archivadores tan pequeños y rígidos.

La cosa es que mis amigas me calmaron enseguida. Claro que estoy enamorada (amar fuera de las normas sigue siendo amar) y claro que lo que yo deseo no es una locura. Me tiraron unos cuantos referentes de gente que había vivido como yo quería vivir (referentes que yo no tenía porque de donde yo vengo o eres normal y vives en la normatividad más absoluta o sufres mucho) y me sentí en paz: no estoy rota, solo soy rara. Buf. Qué alivio.

La normatividad nos está robando los referentes de rareza que pueden darnos paz a los que somos incapaces de vivir según dicta el canon. Por eso me gusta moverme en los márgenes, porque allí veo cosas distintas. Veo gente que habla de situaciones que son normales (en términos de frecuencia con la que suceden) pero que, por no ser normativas, permanecen ocultas. Veo gente que expresa maneras distintas de vivir las relaciones amistosas y erótico afectivas. Veo personas que no se sienten satisfechas con la manera en la que se supone que tienen que hacerse las cosas y que, aunque no encuentren la manera de hacerlo distinto, expresan su insatisfacción, que no es poco (anda que no ayuda saber que no todo el mundo es feliz en una situación que, supuestamente, es la deseable).

No sé si me estoy explicando, creo que no demasiado a estas alturas, así que voy a ir acabando con un ruego (que nunca te pido nada).

Sé una persona orgullosamente rara si puedes. Pero si no, si es demasiado difícil para ti, al menos no entres dócilmente y en silencio en la cárcel de la normatividad. Golpea un poco los barrotes, para que el resto de raras sepamos que no estamos solas. Tal vez entre todas consigamos hacer unos cuantos boquetes...


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Published on Mar 18, 2025

Estoy deseando muyfuertemuyfuertemuyfuerte. A ratos hasta me concentro cerrando los ojos hasta que mis cuencas se convierten en dos arrugas con multitud de pliegues y mis párpados casi desaparecen. Así de fuerte estoy deseando lo que deseo y que no puedo decir porque entonces no se cumplirá.

Bueno, eso es la esperanza hablando, la muy cruel. En el fondo que no se cumplirá porque hoy tampoco va a leerme nadie la mente y cumplir mis deseos. Que mira que son sencillos, mira que son asequibles, mira que me vale una cosita chica, una chispa de atención, una miaja de cariño. Pues nada. De qué vale ser una mujer con deseos pequeñitos si ni una ni el resto del mundo tienen el poder de la telepatía, a ver.

Y sí, no te molestes: ya sé que esto es infantil, estúpido, injusto y casi egoísta (o sin el casi, pero mira, ahora mismo ser egoísta es lo que menos me preocupa). Y sé que es imposible que alguien pueda leerme la mente (aunque a veces, muy de cuando en cuando, me ha parecido que lo conseguían). Pero, joder, a una le gustaría poder volver a creer en la magia, incluso en los milagros, aunque fuese un rato.


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