Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Mar 27, 2026

Hace bastantes años leí una novela juvenil titulada Si decido quedarme, en la que una adolescente que ha quedado en coma tras un accidente parece tener la decisión de caminar hacia el lado de la muerte o el de la vida. El título me ha vuelto a la mente en los últimos días, supongo que porque nunca es tan fácil tomar la decisión. Y parece que mucho menos llevarla a cabo, ni siquiera cuando la ley te ampara.

Pienso en Noelia, claro. Pienso en que, una vez autorizada su petición de eutanasia por los profesionales pertinentes, tuvo que pelear contra su propio padre, que llevó su decisión (la decisión de una mujer adulta) a los tribunales una y otra y otra y otra vez. Todos los tribunales le han dado la razón, claro, pero los dos años y pico que se ha prolongado e incrementado el sufrimiento de Noelia no pueden repararse.

Si decido marcharme, si me veo en esa tesitura, llevada no por un impulso irreflexivo, sino por una determinación bien meditada, espero que quienes me quieren sepan quererme también entonces. Y si no puedo tomar esa decisión y alguien se ve llevado a tomarla por mí, espero sepa anteponer mis deseos a su dolor y hacer lo que yo hubiera querido. Debe de ser duro descubrir, en el momento de mayor vulnerabilidad de tu vida, que el amor que creías tener era condicional.


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Published on Aug 4, 2026

Supongo que habré entendido mil cosas mal del relato, queda pendiente una (o varias) relecturas. Dadme cancha: esto no es un comentario crítico del texto de Le Guin, sino una reflexión personal sobre la felicidad que lo usa como excusa


«El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por gente pedante y rebuscada, de cosndierar la felicidad como algo bastante estúpido. Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante.» Quienes se marchan de Omelas, de Úrsula K. Le Guin


He ido descubriendo a Úrsula K. Le Guin de a pocos. Leí La mano izquierda de la oscuridad en un club de lectura y, aunque me llamó la atención, la cosa quedó ahí. Cogí Contar es escuchar en un intercambio de libros y lo aparqué en la estantería año y pico. Lo leí hace unos meses y decidí que esa señora era verdaderamente interesante (debía serlo, excepcionalmente, porque una señora mediocre no tiene nada que hacer en este mundo, tiene que ser excepcionalmente algo). Y en un arrebato ayer decidí leer un relato harto citado en Mastodon: Quienes se marchan de Omelas. El relato da para mucho, pero no creo haber extraído todo el jugo que la historia da, así que me reservo todavía ese proceso. De lo que vengo a hablar es de la felicidad, como si fuese un tema más sencillo.

Pero, de alguna manera, lo es. Sencillo, digo. No simple, sencillo. Al menos, de entender. Alcanzarla ya es otra cosa. Entonces, si tan sencillo es de entender, ¿por qué llevan corriendo ríos de tinta desde hace siglos sobre el tema? ¿Por qué hay estantes y estantes de libros de autoayuda con recetas mágicas para ser felices? ¿Por qué, con frecuencia, alguno de estos libros ocupa un puesto en el estante de los más vendidos en no-ficción (jeje)? Porque nuestro cerebro se resiste a aceptar la sencillez de la felicidad justo por lo que dice en la cita que incluyo al principio de este texto, una cita que Le Guin deja ahí, como si nada, en las primeras líneas del relato, como si no tuviese una carga de profundidad que pudiese suscitar ensayos y hasta tesis doctorales.

Recuerdo que, salvando las distancias, hice una reflexión parecida en privado hace años, con el boom de los superhéroes y su oscurecimiento progresivo en Marvel y la «batmanización» de Superman. Sobre todo con esto. DC, en su intento de hacer a Superman complejo, interesante, elevado, elimina su sencillez de muchacho de campo del medio oeste estadounidense y lo convierte en una especie de reflejo de Batman: atormentado, ceñudo, mortalmente serio. ¿Por qué? Porque un superhéroe sencillo, con una jerarquía de valoes clara, que no vive en un conflicto permanente consigo mismo y con el mundo no puede interesarle a nadie más que a los niños. Demasiado simple. (Ah, de nuevo, la confusión). Solo el dolor es intelectual, solo la maldad es interesante. En mi opinión, se cargaron a Superman, pero bueno, mi opinión a nadie le importa, porque la gente compra esa premisa. Y todos tan infelices.

Desde dentro de esta trampa no se puede ser feliz, queridas. Somos felices y no lo vemos porque estamos esperando algún tipo de épica o porque repasamos para ver si hemos derrotado a suficientes monstruos para merecer estar bien. Y nunca es suficiente. Porque la felicidad no está en la gloria, en la celebración de las victorias sobre los demonios, sino, como también dice Úrsula K. Le Guin en su relato, la victoria que celebran las personas felices es la de la vida.

La felicidad es sencilla y creo que, precisamente por eso, queda anulada por lo complejo. Nadie leería el diario de una persona feliz porque sería tremendamente aburrido: disfrutar del desayuno después de una noche de sueño tranquilo, ir cumpliendo con el día y sus quehaceres de manera más o menos serena, enfrentar las dificultades desde la estabilidad que da tener un suelo firme desde el que hacerlo, charlar con amigos, hacer el amor con la persona amada, comer algo sabroso, mover el cuerpo con gozo, dejarse sorprender por una libélula roja o por los colores del atardecer. Y dormirse de nuevo, con la sonrisa en los labios. Qué tostón, ¿verdad? Qué naif. Y así un día tras otro.

Pero si lo pensamos quitándonos esos prejuicios, es la lucha la que nos priva del goce. La enfermedad. El consumo de nuestro tiempo por otros. La incapacidad de disfrutar de esos pequeños placeres. Y, de alguna manera, creo que la cosa va calando: cada vez más personas, tras uno de esos acontecimientos épicos, de esos eventos canónicos, piden dejar de vivir tiempos interesantes.

No sé hacia donde van quienes se marchan de Omelas, parece que ellos sí. Lo que sí creo saber es que, aunque avancen empujados por la justicia, lo hacen con el corazón roto.


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Published on Dec 19, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Has normalizado cosas que no deberían ser normales?

¿Crees que podemos evitar acostumbrarnos a cosas que no deberíamos tolerar?

En una escala de 0 a 10, ¿cuánto malestar crees que toleras en tu día a día, de forma cotidiana?

Y ahora, el poema:

Nos acostumbramos a la Oscuridad de Emily Dickinson

Nos acostumbramos a la Oscuridad

Cuando se apaga la Luz—

Como cuando la Vecina sostiene la Lámpara

Para presenciar la Despedida—

.

Hay un momento—el Paso es titubeante

Por la novedad de la Noche—

Después—acostumbrados los Ojos a la Oscuridad—

Afrontamos el Camino—con firmeza—

.

Y así es en las más densas—Oscuridades—

Esas Noches de la Mente—

Cuando no hay Luna que nos dé un signo—

O Estrella—que salga—de ahí dentro.

.

Las más Valientes –avanzan a tientas—

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente—

Pero a medida que aprenden a ver—

.

O bien la Oscuridad se altera—

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada—

Y la Vida camina casi recta.


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Published on Feb 17, 2026

Cuando empecé a explorar el autismo como una posibilidad, como una categoría que podía hacerme comprensible para mí misma y para otros (pero sobre todo para mí misma) tuve que luchar, en primer lugar, contra mis propios prejuicios. ¿Cómo iba a ser yo autista? Autista era mi tío, que aprendió unas pocas palabras en toda su vida y que utilizaba más o menos aleatoriamente salvo tabaco para conseguir un cigarro y guapa, dirigido a mi tía, también para conseguir un cigarro. (Luego, claro, he visto que en mi familia había y hay más neurodivergentes pero bueno, ellos, como yo, pasaron por raros, sin más).

Pero vencí esa resistencia: mi trabajo me ha puesto en contacto con muchos niños y jóvenes autistas que no se parecen a mi tío o, al menos, no demasiado. Tampoco se parecían demasiado al resto de sus compañeros en multitud de cosas. Pero me di cuenta de que en esas cosas sí se parecían a mí. O yo a ellos. Me dio mucho que pensar. Y pensé. E investigué. Es lo que hago. Lo que he hecho siempre para entender lo que me resultaba incomprensible.

Después, cuando tras leer mucho, investigar mucho, hacer muchos tests y consultar con personas autistas, incluso tras acudir a una asociación tras haber seguido un proceso de autodiagnóstico (el demonio para los alistas, claro, que denuncian que queremos apropiarnos de alguna cosa especial que pertenece a los pobres autistas de verdad que, curiosamente, no parecen manifestarse demasiado en contra de esa vía de autoconocimiento) para recibir algo de orientación y validación, decía, después, cuando tras todo un proceso y bastante refuerzo, decidí empezar a explorar el reconocerme como autista con algunas personas la cosa no mejoró. Muchos pero cómo vas a ser tú autista, bastantes miradas de otra queriendo hacerse la especial u otra queriendo ponerse excusas para no adaptarse, y unas cuantas afirmaciones en ese sentido, sin filtro. E infinitos ¿pero tienes diagnóstico oficial?. Y no, no tenía diagnóstico oficial, así que no tenía derecho a que, como persona, se tomasen en cuenta mis necesidades (por lo demás, bastante poco peregrinas). Porque parece ser que, si no hay un papelito de por medio, no tenemos por qué ser considerados con nuestros amigos, conocidos y seres queridos. O «queridos», debería decir.

Así que al final acabé acudiendo a especialistas: tras un burnout que me llevó a tener un meltdown de 8 horas de llanto, temblores y malestar continuo y, de ahí, a estar medicada (otra vez) y a una baja médica por salud mental quise confirmarme si era yo, que era una floja incapaz de hacer lo que había que hacer, incapaz de soportar lo que había que soportar, o si es que mi cerebro estaba cableado de otra forma y yo procesaba el mundo de otra manera. A decir verdad, acudí antes de la baja y del meltdown. Vi venir que algo no estaba yendo nada, nada bien. Pero no llegué a tiempo.

Y al final, tras 15 horas de entrevistas, tests, pruebas y demás, más casi 2 horas de entrevistas a alguien de mi entorno, llegó el papelito. Bueno, no es un papelito: es un informe de casi 20 páginas en las que la neuropsicóloga que me atendió durante el proceso detalla, con muchísimo mimo, mi condición y mi idiosincrasia. Y resulta que no me lo estaba inventando: soy autista. Poca sorpresa, la verdad. Pero también resulta que, a pesar de sentirme bastante tonta buena parte del tiempo, tengo altas capacidades. Bastante altas. Lo que me ha permitido estudiar el comportamiento, aprender fórmulas, investigar lo que se esperaba de mí, deducir rápidamente a partir de gestos, señales, comentarios y demás cómo reaccionar ante situaciones nuevas y demás parafernalia. Lo que me ha permitido pasar por una niña peculiar, una adolescente rara e histriónica y una mujer particular, sin más. Lo que ha hecho que nadie sienta que tiene que hacer un mínimo esfuerzo para conmigo y que soy yo la que tiene que salvar el vacío de mi peculiaridad, rareza, histrionismo o particularidad. Pues qué bien.

Así que nada. Ya puedo ser especial, ya tengo el papelito. Supongo que pronto empezaré a darle en el hocico a todos los que dejaron caer que lo que quería era casito y sentirme especial con el informe de casi 20 páginas enrollado.

A ver qué pasa.


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Published on Oct 7, 2025

Pocas cosas más incómodas que el llanto. Creo que si nos encontrásemos a un grupo de personas follando en plena calle nos resultaría mucho más fácil mirar que si nos cruzásemos con una persona llorando. El llanto nos descoloca, nos hace conectar con nuestra propia vulnerabilidad y nos pone de frente con lo incomunicable: el dolor. El dolor es de las cosas más privadas e inefables que existen, no importa cuánto lo intente una: la otra persona puede llegar a atisbar cómo te sientes, pero nunca llega a saberlo del todo. Supongo que esa parecela de misterio queda en cualquier cosa que se comunica, pero el dolor parece tan importante...

Es cierto que no siempre se llora por dolor, pero supongo que el llanto suele llevarnos ahí. Sea por lo que sea las personas, por lo general, cuando ven a alguien llorando, parecen necesitar encontrar con urgencia un agujero bien profundo en el que meterse.

En ese sentido, soy una persona bastante incómoda que tener cerca (cuando cerca significa espacial y espiritualmente). Especialmente en los últimos tiempos. Lloro mucho. Muchísimo. Y no lloro más porque en el trabajo hago lo imposible y lo imposible por evitarlo (no es que a veces no me den ganas). Pero en casa... uf. Y lloro porque me duele mucho todo (no voy a entrar en detalles, esto se haría demasiado largo) pero también lloro por las cosas que atenúan un poco el dolor. Así que ando hecha una fuente.

Ayer me eché a llorar como una magdalena al leer la carta de una amiga en la que decía que hablar conmigo le aporta lucidez. Me tiré llorando un buen rato por eso. Pero claro, es que eso, para mí, significa mucho. Significa que hay alguien en el mundo a quien mi existencia le sirve, para quien, que yo exista, supone una mejora en su vida, por leve que sea. Y, qué te digo, con lo irrelevante que me siento últimamente en términos absolutos no me queda otra que agarrarme a estas pequeñas cosas que no son, en absoluto, tan pequeñas. Siento que, si desapareciera, la gente no me echaría mucho de menos,salvo alguna excepción. Así que intento sobredimensionar el peso de las excepciones, por mi propio bien.

Y se ve que ayer fue el día de las excepciones. Porque también me hicieron ver que se me echa de menos. Una amiga con la que no tengo demasiado contacto (ella empezó a descolgarse de las redes sociales, luego volvió, pero yo me estaba descolgando de esas redes sociales, después volvió a Substack pero yo enseguida cerré mi cuenta... En fin) pero con la que siempre he sentido una conexión especial me escribió un correo. Sin más, por nada: «Me he despertado esta mañana a las 5 pensando en que tenía que escribirte». Y así lo hizo. Me puso al día de su vida en los últimos meses, me contó algunos pormenores y me resumió su estado de ánimo. Poco más. Pero también lloré. Porque se acordara de mí, porque se tomara el tiempo de sentarse a escribirme, porque me contara pormenores de su vida. Porque alguien que no obtiene nada de mí, que nunca obtuvo nada de mí, me echase de menos y se acordase de mí.

En fin, que lloro por todo. Por cómo me duele lo hostil del mundo y por el alivio breve que me proporcionan los gestos de amabilidad y cariño, los momentos de conexión. Necesito un permiso laboral por motivos de llanto, a ver si me quedo vacía y a gusto de una vez.


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Published on Aug 19, 2025

Hoy, mientras veía The last of us he vuelto a darme cuenta por enésima vez de algo que me deja tranquilísima: en las ficciones audiovisuales postapocalípticas nunca falta el rímel. ¿Te habías fijado? Y fíjate que The last of us es una serie que se precia por no querer presentar a sus personajAs como monísimas y estupendísimas, pero aún así las pestañas de Abby tenían que verse infinitas. Y bueno, no juzgo a nadie, todas sabemos lo que hacen unas pestañas maquilladas a un rostro, por muy en el fin del mundo que tenga que estar una.

Ya, ya lo sé, es ficción, pero la ficción también nos mete goles y configura nuestro mundo, moldea nuestras creencias, afecta a nuestro sistema de valoración y, por supuesto, a nuestro criterio estético.

Claro, luego una se tiene que reír (por no llorar) cuando cualquier BRO se pone a pontificar en una red social, en el perfil de una app para ligar o incluso en un bar, delante de tu puta cara, sobre cómo las mujeres (je, todas) están más guapas (objetivamente, es un estudio de la universidad de Susco, en el condado de Jones) sin maquillaje. Ay, José Luis, que te has tragao hasta el fondo lo del no-makeup makeup y te has creído que las mujeres se levantan sin ojeras, sin granos, sin rojeces, con las pestañas larguísimas, las cejas definidas y un saludable tono sonrosado en las mejillas. Luego aparece una así, sin más, a cara lavada y con el pelo recogido moño en alto y le toca comerse un: «¿Estás bien? Tienes mala cara...» No querido, no, esta es mi cara de sin maquillaje. Y la de cualquiera. Que luego viene el shock cuando encuentras a la actriz con la que te pajeas en un post de celebrities without makeup.

Pero claro, cómo va una a tener esperanza en reivindicación alguna, si, como ya he dicho, hasta en el apocalipsis hay rímel...


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Published on Aug 13, 2026

Nos la liaron bien liada, amigas. Recuerdo antaño aquello del Día de la mujer trabajadora, y esa distinción que se hacía entre las trabajadoras asalariadas y las no asalariadas. La meta era ser independiente y eso significaba trabajar a sueldo, esto es, fuera de casa, para no depender del salario del padre, marido o lo que fuera. ¿Y qué ocurrió? Que doblamos la jornada, porque el trabajo no asalariado, el trabajo de limpieza, cuidados varios, crianza y demás tenía que seguir haciéndolo alguien. Y los señores no iban a pringarse en eso.

Así que como el sistema no se fue al carajo, como las mujeres decidieron doblar jornada para seguir siendo independientes (je), lo suyo era empeorar las condiciones materiales de existencia hasta hacer virtualmente imposible la subsistencia sin dos salarios. Eso sí, introduciendo la idea de que los señores tienen que ayudar en casa. Hablaremos de corresponsabilidad para parecer radicales. Cualquier cosa menos reconocer que el trabajo que se hace en casa es trabajo, que contribuye a sostener el sistema capitalista y que, por tanto, debería ser remunerado. Pero claro, el capitalismo siempre ha requerido su cuota de esclavitud, además de la de miseria.

Pongamos, imaginemos, teoricemos, que alguien que requiera mis cuidados, supongamos mi padre, se pone enfermo. Yo, mujer independiente, que ha tenido que irse lejos de la familia para ganarse el sueldo, sujeta a un contrato y a una jornada laboral, ¿qué tengo que hacer? Por supuesto, tengo permisos: unos días si hay operación con ingreso, o si mi padre requiere cuidados ambulatorios. Los alrededor de 400km de distancia entre servidora y mi padre no son tenidos en cuenta, así que el tiempo de desplazamiento hay que retraerlo del permiso. ¿Y si tengo que cuidar más? Vigilar alimentación, limpieza, curas. Acompañar a citas médicas (que, por supuesto, tienen lugar a bastantes kilómetros de donde mi padre vive y que, por supuesto, requieren traslado en coche). ¿Cómo lo hago? ¿Cómo compatibilizo mi independencia económica con el cuidado de las personas que quiero?

Bueno, podríais decir que no tiene por qué tocarme a mí. Que estoy lejos. Pero ¿a quién entonces? Mi hermano trabaja. Mi cuñada trabaja más horas de las que son sanas para cualquier persona. Todos trabajamos. ¿Quién cuida?

Y ahí está la carambola, la ampliación del negocio: los cuidados se venden. Hay profesionales dedicados a ellos. Y como no somos rentistas y tenemos que trabajar para vivir de todas todas, hay que hacer el sacrificio posible o el imposible para poder pagar eso que no podemos hacer por nosotros mismos. Y pagar a una persona que limpie. O a una empresa que traiga la comida. A una persona que cuide y vigile en la convalecencia.

El amor, la cercanía de los seres queridos, la paz que da saber que has estado cuando los tuyos te necesitaban es un lujo que la mayoría no nos podemos permitir. No podemos pagarlo.

Disclaimer: es probable que no conteste a las interacciones con este post, ni aquí ni en redes sociales. Disculpas adelantadas.


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Published on Aug 4, 2025

Ya. Ya sé. Porque elegimos tener ricos.

La cosa es que últimamente digo mucho esa frase: «No podemos tener cosas bonitas». Y la verdad es que me gustaría tener la esperanza necesaria para plantearme hasta qué punto es una buena estrategia, para creer que llegado un cierto punto vamos a plantarnos de alguna manera. Pero qué va.

Hoy un compañero (ya excompañero, en realidad :( ) me mandaba un vídeo en el que se citaba a Netanyahu diciendo que para evitar la formación de un Estado Palestino solo había que financiar a Hamás. A raíz de eso hemos hablado de la impotencia que sentimos. Cada vez que hablo con él, que sabe mucho de historia y de política, mi sensación de ser una mota de polvo en el tablero de ajedrez se acrecenta. Es descorazonador.

Y no es que él me lo induzca: es que sé que no puedo hacer demasiado, o así lo siento. Pero tengo otra compañera (también excompañera) que es su contrapunto: también sabe mucho de historia y de política, pero mantiene la esperanza y eso la mueve a hacer, a resistir, a empujar.

Yo supongo que soy el tercer tazón que encuentra Ricitos de Oro: no tengo esperanza, pero no quiero irme sin haber pataleado algo. Aunque sé que soy cómplice de multitud de desmanes, aunque sé que me beneficio de los malestares de otros, intento ejercer mi poder en lo que siento posible para resistir. Por eso acabo de cerrar mi cuenta en Substack y, por consiguiente, cesar indefinidamente la actividad en mi newsletter poética. Por mucho que Substack se disculpe ahora por haber enviado una notificación animando a la gente a suscribirse a un blog neonazi, su política respecto de gente que promueve discursos de odio ya era una vergüenza. Esto ha sido solo la gota que ha colmado el vaso para mí.

Y me da pena. Empecé la newsletter unos meses antes de la pandemia. La pandemia y el confinamiento contribuyeron a consolidarla (incluso me grababa leyéndola para añadir cercanía) y, salvo algún parón puntual, la publicación semanal de un poema con un poquito de reflexión ha sido constante. Me gustaba, me hacía bien. Y me ha permitido recibir abrazos y palmaditas en al espalda en forma de palabras de gente chulísima. Me permitía conectar, que es lo que pasa cuando una abre su corazón y pasa por allí gente buena.

La intención cuando empecé era, simplemente, perder la vergüenza a enseñar mis poemas. Luego, combinado con eso, poner algo «bonito» ahí fuera y hacer algo bonito y bueno por mí. Sin más. No quería dinero, no quería difusión, nada. Simplemente conectar y compartir algo que me gusta. Entonces cerró Tinyletter, el servicio simplísimo que usaba. la empresa que lo gestionaba, Mailchimp, decidió centrarse en su servicio de pago (la avaricia y eso). Me mudé una temporada, pero me cansé de pagar para hacer algo que me gusta (y eso que hubo quien arrimaba el hombro con kofis para que siguiera). Cambié a Substack con ciertas reticencias: sin ser lo que yo quería, era lo que más se ajustaba. Y hace unas semanas me di cuenta de que mis poemas habitaban un bar nazi. Aguanté un poco, no quería renunciar a mi newsletter, pero ya con la última de Substack no he podido aguantar. Y estoy bastante cansada de informarme, buscar servicios, migrar, adaptarme a algo para acabar descubriendo que el CEO come bebés o que lo cierren para sacarle más pasta o a saber.

La newsletter me ha dado mucho. Gracias a ella he conseguido mi sueño de publicar un libro, por ejemplo. De firmar en la Feria del Libro de Madrid (tres años, nada más y nada menos). Pero, sobre todo, gracias a ella la gente me ha leído, ha conectado conmigo, ha dialogado conmigo. Eso es lo que más feliz me ha hecho. Y me entristece tremendamente dejarlo.

Pero no es solo la newsletter: es que Internet se está convirtiendo en una mierda, en un centro comercial donde no se puede estar si no es para consumir. De un tiempo a esta parte estoy intentando usarlo de forma más consciente en lo que puedo: he dejado las redes sociales comerciales/privadas (no sin consecuencias), he vuelto a escribir en un blog (no sin reticencias porque no me gusta estar educando a LLM para que me puteen), he vuelto a tener un lector RSS para leer a otra gente que sigue poniendo su mente ahí fuera desinteresadamente. Pero todo eso es agotador. No debería serlo, pero lo es porque la enmierdificación de Internet es colosal. A veces pienso en mi yo de 16 años, conectándose por primera vez a Internet con un módem de 56k, en los chats, los blogs abiertos, el IRC... y me da mucha pena. En otros momentos he pensado que es porque entonces era joven e inocente, pero lo cierto es que Internet no era la mierda de conglomerado de clubes privados que es ahora. No es solo nostalgia.

Así que bueno, a partir de hoy hay una cosa bonita menos en internet. Sé que he hecho lo que mi conciencia me pedía pero aun así lo siento como una derrota o como una rendición. Probablemente porque no haya manera de ganar.

Perdona el caos, no estoy en mi mejor momento y, como ves, las circunstancias[^justifica] no dejan de mejorar.

Se agradecen razones para mantener la esperanza.

[^justifica]: Que sí, que cerrar un proyecto gratuito que no me reportaba nada económico, que tampoco es que estuviese salvando la vida de nadie y que probablemente era en su mayor parte «pornografía emocional», como lo llamó el señor triste de la última newsletter, no es el fin del mundo. Pero para mí es importante y me afecta.


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Published on Mar 7, 2025

Hoy he tenido flashes de Vietnam tras hacer un gesto de lo más inocente y cotidiano. He ido a la panadería, a comprar mi hogaza de pan de chía y algún capricho para el día (el elegido ha sido un rollo de canela). Cuando ya iba a pagar otra clienta ha pedido un producto y, evidentemente, yo he tenido que preguntar qué era. “Una barra artesana rústica con cebolla y curry”. QUÉ ME DICES. Pregunto si se puede encargar y me dicen que no, que ha sido una ida de cabeza del panadero. Así que, con resignación, he pedido que me pusieran una barra. Cuando la he metido en mi tote bordada, dentro de su bolsa de papel, he visto que el pico de la barra sobresalía y, claro, no me ha quedado más remedio que pegarle un pellizco y comérmelo mientras esperaba el autobús. ¡Placer de diosas!

Pero en ese momento he oído la voz de mi madre (mi voz interna crítica siempre suena como mi madre): “Si comes pan por la calle nunca te va a salir novio”. Imposible llevar la cuenta de la veces que mi madre, cuando llegaba a casa con la barra pellizcada por roer el pico por el camino, me sentenciaba con esa frase. Las primeras veces que fui sola a por el pan, antes de ir al colegio, debía de tener 7 u 8 años. Pues desde ese momento la estuve oyendo día sí y día también (porque, por algún motivo, en ese momento la perspectiva de no tener nunca novio me resultaba mucho más tolerable que la de no disfrutar del pan caliente).

Qué necesidad. Cuando me paro a pensar en la cantidad de amenazas y chantajes que padecemos para disciplinarnos por las razones más peregrinas... Sé que lo que había tras esa amenaza de mi madre era el miedo a que engordase (más, porque aparentemente desde bien pronto he ocupado más espacio del que me correspondía), pero la asociación de ideas me parece terrible. Gracias a ese tipo de comentarios (no solo por su parte, aunque sí en buena) he ido incorporando una lista de miedos bien grande: a las minifaldas, a los escotes, a hablar demasiado, a reírme fuerte, a moverme demasiado, a moverme demasiado poco, a descansar, a salir de noche, a los hombres pero también a quedarme soltera, a incomodar, a no gustar, a gustar demasiado, a la ropa de colores, a la ropa ajustada... En fin, podría seguir hasta intentar encontrar el límite de caracteres a este blog, creo. No sé si habéis visto alguna vez esos vídeos de: “¿Qué llevo en mi bolso?”. Pues lo que llevamos son miedos. Fundamentalmente.

La lista era tan inmensa, la mochila tan pesada, que en un determinado momento tuve que empezar a deshacerme de carga. Bendito momento. Ahora, a mis treinta y muchos, llevo corsé, uso minifalda, ropa de colores absolutamente estrafalarios, me río fuerte... y como pan en la calle sin culpa.

Qué maravilla crecer y derramarse por encima de los moldes en los que quisieron encerrarnos.


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Published on Dec 9, 2025

Como espacio habitable el mundo, así, sin más, siempre me ha parecido un poco meh. No sé si es porque nunca he entendido demasiado bien cómo funciona la generalidad de las cosas o si simplemente es que no he nacido para la cordura, pero desde que tengo uso de razón mi perspectiva sobre lo que me rodea ha sido una especie de realismo mágico. No descarto haberlo hecho como una forma de escapismo: mi vida, y supongo que la de casi cualquiera, habría sido intragable sin un algo de fantasía.

Si tengo que preferir, me quedo con la lógica de las historias. En el día a día mundano los malos ganan con frecuencia, los inocentes sacrificados no son vengados, la justicia es prostituída en boca de los injustos, las personas de corazón puro y noble son vilipendiadas y parasitadas, los tramposos medran y los honrados se quedan atrás... En fin, hay excepciones y, supongo, esto podría cambiarse si nos pusiésemos todos de acuerdo en cambiar la narrativa, pero me da la sensación de que la mayoría no está por la labor.

Y, para qué voy a engañarme, la realidad, con frecuencia, me ha traído más dolor y desencanto que otra cosa. Así que he solido vivir en las historias más o menos basadas en hechos reales que he ido construyendo. He idealizado, he romantizado, he fabulado y he fantaseado con cosas que, con bastante probabilidad, no iban a cumplirse (y que no se han cumplido). Lo he hecho asumiendo, de manera máso menos inconsciente, que la burbuja iba a pincharse, pero así suele ser: los cuentos se acaban. Lo único que había que hacer, si las circunstancias y la distancia lo permitían, era poner el punto y final en el lugar adecuado. Al fin y al cabo, toda historia tiene final feliz si sabes dónde parar.

Pero ahora no quiero que el cuento se acabe. No sé hasta dónde llega la realidad y dónde empieza mi inventiva, soy incapaz de decirlo, pero es demasiado bonito como para no haber salido, al menos en parte, de mi imaginación. Cuando caigo en la cuenta de esto recuerdo que, como he dicho, todos los cuentos se acaban y esa voz, mi propio villano interior, me dice que no hay más feliz que un final a tiempo. Y, por mucho que me apene reconocerlo, me dejo vencer, porque no creo que alguien como yo pueda ser la princesa de la historia, que los vaqueros puedan convertirse en un vestido encantado y las deportivas en zapatos de cristal y que, finalmente, lo que soñaba siendo una cenicienta más llegue a cumplirse. Ahí la pena me emborracha y no tengo la capacidad de seguir inventando, así que se lo pido a él, aunque cuente fatal las historias, aunque no tenga ni idea de lo que le pido realmente ni por qué: «Anda, cuéntame una historia. Una del futuro, del nuestro. Háblame de nuestra boda. Háblame de nuestra niña. Háblame de cuando seamos viejitos jubilados. Háblame de cuando vayamos a Venecia.» Y así espero a que se me olvide que no hay nada en mi vida exento de literatura, a poder volver a creerme mis cuentos de nuevo.

Esta vez la fantasía me está gustando tanto que me gustaría enloquecer para no tener que abandonarla.


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