Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Sep 13, 2025

Aviso de contenido: depresión, ideaciones suicidas, medicación

No iba a poner el taco, pero mira, sí. Porque así es como suena la pregunta en mi cabeza. Me está dando otra de mis célebres (solo para mí y quien está muy cerca de mí, que por suerte no es mucha gente) bajonas. Creo. Se acerca a una racha de 10 días y lo que empezó como una mezcla informe de tristeza, desánimo, cansancio y desfici está sumando dos síntomas que en mí son inequívocamente preocupantes: apatía y anhedonia. Nada me interesa ni me apetece y nada me hace sentir bien. No os voy a mentir: pinta mal.

Desde la última gran bajona he empezado a apuntar en una página de mi agenda cuándo se inician y su duración como intentando encontrar algún tipo de patrón. La última empezó pasada la mitad de febrero y duró hasta mediados de mayo. Tuve que acudir a la medicación que, para colmo de males, en esta ocasión tuvo bastantes efectos negativos y ninguno positivo. Esta empezó a principios de septiembre (a mí aún me queda una pequeñísima esperanza que sea pena postvacacional y que en unas semanas, cuando haya incorporado la rutina, esté tan cansada que no tenga fuerzas ni para estar deprimida, ojo) y no sé cuánto durará. Lo mismo no es nada y la hipervigilancia que caracteriza a los que hemos estado mal de la cabeza me está jugando una mala pasada. Ojalá. Pero es muy incómodo echarse a llorar en cualquier momento, estar irritable, agotada, alejar a la gente que te quiere, desear no despertarte y, en definitiva, que tu mente rechace todo lo que podría hacerte bien. No me gusta. Me siento ajena a mí misma, falta de control y de agencia en lo que me pasa. Es un mojón.

¿Y por qué lo cuento? ¿Por qué escribo esta mierda de post que no dice nada? Porque he vivido toda mi vida en un mundo en el que parecía que estas cosas no pasaban más que a los tarados (no estoy diciendo que yo no lo sea), que eran infrecuentes, que eran un problema individual que denotaba falta de carácter. En fin, todas esas mierdas. Y bueno, yo soy una mujer que sigue saliendo al mundo cada día, sonriendo a los desconocidos, abrazando a sus ex alumnos cuando se los cruza, haciendo ejercicio, queriendo hacerlo lo mejor que puede... aunque por dentro todo duela. Si eso no es ser fuerte, yo qué sé.

No eres la única, de verdad. Ojalá fuese más evidente que muchos atravesamos la vida a duras penas, que aunque hagamos que parezca fácil no lo es. Yo, desde luego, lo siento muchas veces como un esfuerzo titánico, aunque desde fuera parezca otra cosa.

En fin, como hace ya semanas que no comparto poemas, voy a dejar uno aquí, que viene al caso. Me apeteció escribir un poco tras leer a Gloria Fuertes, así que este poema es un homenaje. En cursiva, los versos que le robo.

GLORIA BENDITA

Nací para poeta o para muerto y mientras en lo primero mi éxito es escaso, tímido, mediocre, en fin, nada notable, en lo segundo voy de maravilla: no pasa un día sin que tache un día y esté un día más cerca de dar la última tos.

Nací para curiosa y para gato y no es, ya lo sabemos, una buena combinación. Escogí mal y me quedé con lo de «curiosa». Ni así escapo de mi destino: cuando una sabe poco se va al cine, si llega a saber mucho se suicida.

Nací para poeta o para muerto y últimamente ya apenas escribo.

Espero que Santa Gloria me asista.


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Published on Sep 30, 2025

No sé cómo estará ahora la cosa, pero hace una década no era extraño encontrarse señores en interné que daban lecciones sobre cómo seducir a mujeres. Evidentemente, ellos se presentaban como grandes triunfadores entre las féminas, verdaderos conquistadores. Solían demostrarlo poniendo en práctica algunos de sus trucos, que en el mejor de los casos eran cutres y en el peor acoso sexual, y las muchachas de los vídeos que para nada eran actrices, o amigas, o a saber, caían a sus pies sin demasiado esfuerzo. Un poco de esfuerzo sí había que hacer, claro, porque ya se sabe que las mujeres, cuando dicen que no, lo que quieren decir es «insiste hasta que te diga que sí»[^chorrada]. Estos ejemplos no eran más que el aperitivo porque, por supuesto, estos donjuanes cibernéticos vendían cursos, webinars y toda clase de mierdas para enseñar a chavales con poco éxito entre las mujeres, habilidades sociales regulinchis y demás y, así, forrarse.

Intuyo que el éxito de estos cursos era relativo. Bajo. Prácticamente nulo. Sobre todo si uno es capaz de distinguir cuándo una mujer te está demostrando interés genuino de cuándo te está siguiendo el rollo porque está acojonada y está intentando salir de la situación de la mejor manera posible. La cosa es que esos señores con necesidad de formación para relacionarse con mujeres (vaya tela) no tenían más recurso que acudir a otros hombres porque preguntar a las mujeres qué les gusta o qué esperan debía ser algo demasiado rompedor.

Vaaaale, vale. Puede que no tuvieran mujeres a las que preguntarles. Puede que ese fuera el origen del problema[^amigas]. Pero a lo mejor hay lugares donde buscar, ¿no? Me pregunto por qué a esos señores no se les ocurrió la idea de acudir a ficción femenina, por ejemplo, hecha para mujeres pero, sobre todo, por mujeres. Y sí, me estoy refiriendo a la novela romántica adulta o, como suele conocérsela despectivamente, a la novela rosa.

El otro día estaba leyendo una novela (Guía de brujas para citas falsas con un demonio, de Sarah Hawley) en la que una bruja torpe invoca por accidente a un demonio y la cosa resulta en que están condenados a estar juntos porque el demonio no puede volver a casa hasta que no haga un pacto por el alma de la bruja, cosa que ella no está dispuesta a hacer. Pues bien, mientras, en pleno ataque de ira, ella se pone a limpiar, el otro, apabullado por el desorden, le hace la cama y le dobla la ropa. Buah. Hoy, por ejemplo, he leído que el cortejo de los demonios incluye actos de servicio, tales como cocinar para la persona a la que cortejan o hacer tareas que necesiten para demostrar sus habilidades. Buah. Y hombre, evidentemente, yo no quiero que un señor que acabo de conocer se ponga a doblarme las bragas o me instale un ventilador de techo (o a lo mejor sí), pero ahí está una de las fantasías femeninas: alguien que cuide, que se haga cargo de la casa, que no se haga el muerto y haga las cosas sin que tengas que irlas pidiendo todo el rato, por ejemplo. Que a lo mejor a uno no le sale así, sin pensar, una frase del tipo «You are the bane of my existence», pero sí que hay otras cosas que se pueden aprender.

En general, hay ficción escrita por mujeres en la que los señores son absolutamente estupendos. Sí, algunos de ellos son escoceses fornidos y otros vampiros o demonios, pero el carácter está ahí. Incluso hay libros en los que los protagonistas son señores normales que no se dan cuenta de las indirectas y, aun así, consiguen enamorar a la prota.

Pues no, a nadie se le ocurrió mirar ahí. Supongo que porque son cosas de chicas, dicho así, como si oliese mal. Porque se trata de ficción menor (evidentemente una historia en la que se plasman inseguridades, miedos, deseos y ansiedades de una mujer tiene que ser algo menor, que interpele a la mitad del género humano es una minucia), de tonterías románticas (cuando la historia de amor la escribe un señor es un romance atemporal, claro). O a lo mejor es que culpar a las mujeres de ser incomprensibles y absolutamente misteriantes es mucho más sencillo que preguntarles a ellas o ir a buscar en los lugares donde se sienten libres y seguras para expresarse.

No sé, José Luis, por 20 euros aproximadamente tienes dos novelas de bolsillo que lo mismo te enseñan más cosas (y sobre todo, mejores) que el curso de Seduct0rInfalible en Youtube. Pero qué sabré yo: solo soy una chica :)

[^chorrada]: supongo que asumir que las personas dicen lo que quieren decir es una cosa demasiado subversiva. [^amigas]: y es tan problema que yo, en los últimos tiempos, he decidido no relacionarme demasiado con señores que no tengan amigas. Tal vez esto lo desarrolle otro día.


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Published on Apr 21, 2026

Este post contiene spoilers de la novela Hamnet, aunque sean como mera excusa para iniciar el razonamiento, así que si no la has leído y no te gusta que te destripen detalles, deberías parar de leer aquí.


Ayer acabé de leer Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell. Hacia el final de la novela hay dos grandes gestos. El primero, cuando un Shakespeare ausente le desvela a su mujer, con la que no convive, que tiene mucho dinero y que le va a comprar una casa para que viva lejos de su familia política. Y le compra un casoplón. El segundo, cuando escribe y representa Hamlet, un homenaje a su hijo muerto prematuramente, en la cual él “se cambia” por el hijo para permitirle “vivir”. Oh, qué hermosura, qué sublime.

La cosa es que yo no puedo dejar de ver que la casa es un gran gesto para apaciguar a Agnes, su mujer, por haber tenido diversas amantes en Londres y por la ausencia prolongada en exceso y las escasas visitas. Y la obra, un gran gesto para apaciguar su conciencia, para sentir que ha hecho algo, ya que ni estuvo acompañando a su hijo en su muerte ni estuvo acompañando a su familia en el duelo. Se fue, a seguir viviendo su sueño, su vida de dramaturgo, mientras el luto envolvía a la familia entera (a su mujer y a sus hijas sobre todo) y Agnes apenas es capaz de salir de una depresión que por poco acaba con ella.

Por cosas he aprendido a desconfiar de los grandes gestos. Hay veces que no son más que detalles bienintencionados, fuegos artificiales que acompañan un cariño constante, un esfuerzo sostenido, una presencia estable. Y no tengo nada contra eso, a muchos nos gustan los fuegos artificiales[^fuegos]. Sin embargo, la mayor parte de las veces son remedos de excusas vacíos, mera espectacularidad. Y así los fuegos artificiales no compensan, porque no cuidan, no quieren y no sostienen, por mucho que impresionen.

Lo terrible es que esa impresión nos obnubila y nos fascina, con frecuencia hasta el punto de hacernos olvidar lo demás, lo que nos falta. Pero luego, cuando el sonido desaparece, y los brillos, y ese encantamiento, nos quedamos otra vez solas, otra vez en la carencia.

Hay que tener especial cuidado con la pirotecnia y los pirotécnicos, porque los hay que saben manejar muy bien los tiempos y las explosiones, ubicándolos estratégicamente para desviar nuestra atención de las razones y envolviéndonos en las excusas. Debemos recordar que cualquier gran gesto, por enorme que sea, es más fácil que estar. Siempre. E intentar sustituir lo último con lo primero es un acto miserable.

No he podido dejar de ver en la parte final de Hamnet la obra de un experimentado pirotécnico. Y me enfada, me enfada soberanamente, que Agnes, tan salvaje, tan sabia, tan fiera, tan clarividente, se haya dejado engañar por los colores y los destellos. Si a ella cae, ¿cómo íbamos a escaparnos el resto?

[^fuegos]: al menos como metáfora.


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Published on Feb 16, 2025

Tengo una amiga con la que nunca me he tomado un café, ni una caña. Sí, otra. Empiezo a pensar que a lo mejor lo que ocurre es que en persona soy inaguantable. En fin, que me pierdo. Decía que tengo una amiga con la que nunca he coincidido pero con la que comparto una historia de bastantes años. Diez, probablemente. Quizá más. Durante ese tiempo nos hemos contado de todo, nos hemos consolado, nos hemos reñido (aunque poco), nos hemos aconsejado... Y anda que no nos han pasado cosas... Buf.

Hoy mi amiga me hablaba de que tenía que controlar ciertas emociones. Me decía que no podía dejar que una cosa le afectase tanto. Y su afirmación y su empeño me ha hecho pensar en una idea, no por extendida, menos errónea (según yo lo veo): la de que las emociones se pueden controlar.

Hay algo que he aprendido en los últimos años y que, como señora intensísima que soy, me ha venido muy bien aprender: que las emociones son como el oleaje. Si te paras a pensarlo hay bastante parecido. Pueden ser suaves o bien violentas. Pueden acunarte o revolcarte. Pueden acariciarte o hacerte daño. Pero lo que vayan a ser, lo que vayan a hacerte, está fuera de tu alcance. Una no puede plantarse delante del mar y pedirle que no le pegue fuerte (o que sí), pues lo mismo con las emociones.

Durante bastante tiempo servidora, que tiene unos poquitos de problemas con eso de querer controlarlo todo, también creyó que podía controlar las emociones, que podía doblegarlas o resistirse a ellas. Eso es algo parecido a pararse en el mar bien firme cuando las olas te golpean: acabas revolcada y, a veces, haciéndote bastante daño. Con el tiempo he aprendido que vale más no resistirse: dejarse mecer o arrastrar, sea lo que sea. Y, cuando la marea se calme, ver que puede hacerse de una.

Tengo la sospecha de que ese no dejar que las cosas nos afecten, ese no dejarnos llevar por las emociones tiene que ver más con lo que es bueno para el sistema que con lo que es bueno para nosotras. Para una es mucho más sano sentir las cosas que reprimirlas, estoy convencida. Pero para el sistema no tanto: no puedes permitirte estar triste si trabajas cara al público, no puedes sentir la rabia que necesitas sentir si tienes que atender a 37 adolescentes por hora, no puedes dejar que la euforia te revuelque si tienes que parecer profesional y serena durante 8 horas al día ni puedes dejar que la excitación te llene si mañana el despertador suena a las 7 de la mañana y son más de las 12 de la noche.

Resulta que sentir también va a ser un lujo. Normal que no perder la cabeza del todo también lo sea.

En fin, voy a dejar que la pena me revuelque un rato más (eso sí, mientras limpio el polvo, que es la tarea doméstica que me queda pendiente para este finde).

Cuídate mucho. Y siente tanto como puedas: sentir es punk.


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Published on Jan 27, 2025

Nunca he sido normal. Siempre he sido una niña rara. Una adolescente rara. Una joven rara. Una mujer rara. En mi intento por encajar, mis rarezas han ido cambiando, pero nunca he conseguido esconderlas del todo. Siempre han acabado viéndolas. Así que, por fuerza, he acabado por llegar a un punto en el que no me queda más que asumir que lo normal y yo no somos compatibles.

Y aun así... qué gozo sentirse normal. Hay un verso de la canción que Chica Sobresalto lleva al Benidorm Fest que dice «a veces quisiera ser más como ellas, un poco menos yo y más como cualquiera, me vale cualquiera». El resto de la canción, meh, pero esa frase me resuena mucho. Dejar de sentirse extraña un rato es como poder bajar el fusil con el que voy por la vida de forma inconsciente. Además una se siente validada: estoy haciendo lo que todo el mundo, sintiendo lo que todo el mundo, viviendo como todo el mundo. Aunque sea por una vez, aunque sepa que tomar al mundo como criterio es una soberana estupidez, no puedo evitarlo: cuando ocurre eso de sentirme normal es como un chute de alguna droga tranquilizadora y placentera.

Imagino que al resto de la gente le pasará algo parecido. Y precisamente por eso empiezo a creerme que la normatividad es una performance. Piénsalo: si diez personas piden café en una cafetería, cada una pide el café distinto pero luego todas deciden organizar su vida personal de la misma forma, con muy leves variaciones. Todas (o casi todas) eligen compartir vivienda con su pareja, tener una relación monógama, un trabajo normal, casarse en una ceremonia normal, formar una familia normal, ir de vacaciones a los sitios normales, hacer por ocio lo que hace todo el mundo y así. ¿No te parece que no tiene sentido?

Es una trampa. Moverse en el marco de la normatividad nos da una cierta seguridad, nos hace sentir que lo estamos haciendo bien, aunque ese bien no lo sea para nosotros. Pero seguimos haciéndolo porque, bueno... ¿Quién vive fuera de la normatividad? Los locos, los marginados, los parias, los raritos. Y no queremos ser eso. O no queremos aceptar que somos eso. Pero eso hace que no se aprecie diferencia, que la diferencia sea disidencia salvaje y minoritaria. Así que cuando alguien desea algo distinto a lo normativo se siente roto, defectuoso. Me he sentido así muchas veces. Me sigo sintiendo así muchas veces.

Hace unos días convoqué un cónclave de señoras porque me estaba ahogando en un vaso de agua. La manera en la que quiero llevar mi relación me estaba haciendo dudar de si realmente siento lo que creo que siento por mi pareja porque el amor, si no es normativo, si no está disciplinado, institucionalizado y pautado, parece que no es amor, que es otra cosa. Algún día tendríamos que hablar de esto, de como una fuerza tan arrebatadora como el amor ha acabado metida en cajitas y archivadores tan pequeños y rígidos.

La cosa es que mis amigas me calmaron enseguida. Claro que estoy enamorada (amar fuera de las normas sigue siendo amar) y claro que lo que yo deseo no es una locura. Me tiraron unos cuantos referentes de gente que había vivido como yo quería vivir (referentes que yo no tenía porque de donde yo vengo o eres normal y vives en la normatividad más absoluta o sufres mucho) y me sentí en paz: no estoy rota, solo soy rara. Buf. Qué alivio.

La normatividad nos está robando los referentes de rareza que pueden darnos paz a los que somos incapaces de vivir según dicta el canon. Por eso me gusta moverme en los márgenes, porque allí veo cosas distintas. Veo gente que habla de situaciones que son normales (en términos de frecuencia con la que suceden) pero que, por no ser normativas, permanecen ocultas. Veo gente que expresa maneras distintas de vivir las relaciones amistosas y erótico afectivas. Veo personas que no se sienten satisfechas con la manera en la que se supone que tienen que hacerse las cosas y que, aunque no encuentren la manera de hacerlo distinto, expresan su insatisfacción, que no es poco (anda que no ayuda saber que no todo el mundo es feliz en una situación que, supuestamente, es la deseable).

No sé si me estoy explicando, creo que no demasiado a estas alturas, así que voy a ir acabando con un ruego (que nunca te pido nada).

Sé una persona orgullosamente rara si puedes. Pero si no, si es demasiado difícil para ti, al menos no entres dócilmente y en silencio en la cárcel de la normatividad. Golpea un poco los barrotes, para que el resto de raras sepamos que no estamos solas. Tal vez entre todas consigamos hacer unos cuantos boquetes...


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Published on Mar 18, 2025

Estoy deseando muyfuertemuyfuertemuyfuerte. A ratos hasta me concentro cerrando los ojos hasta que mis cuencas se convierten en dos arrugas con multitud de pliegues y mis párpados casi desaparecen. Así de fuerte estoy deseando lo que deseo y que no puedo decir porque entonces no se cumplirá.

Bueno, eso es la esperanza hablando, la muy cruel. En el fondo sé que no se cumplirá porque hoy tampoco va a leerme nadie la mente y cumplir mis deseos. Que mira que son sencillos, mira que son asequibles, mira que me vale una cosita chica, una chispa de atención, una miaja de cariño. Pues nada. De qué vale ser una mujer con deseos pequeñitos si ni una ni el resto del mundo tienen el poder de la telepatía, a ver.

Y sí, no te molestes: ya sé que esto es infantil, estúpido, injusto y casi egoísta (o sin el casi, pero mira, ahora mismo ser egoísta es lo que menos me preocupa). Y sé que es imposible que alguien pueda leerme la mente (aunque a veces, muy de cuando en cuando, me ha parecido que lo conseguían). Pero, joder, a una le gustaría poder volver a creer en la magia, incluso en los milagros, aunque fuese un rato.


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Published on Mar 27, 2026

Hace bastantes años leí una novela juvenil titulada Si decido quedarme, en la que una adolescente que ha quedado en coma tras un accidente parece tener la decisión de caminar hacia el lado de la muerte o el de la vida. El título me ha vuelto a la mente en los últimos días, supongo que porque nunca es tan fácil tomar la decisión. Y parece que mucho menos llevarla a cabo, ni siquiera cuando la ley te ampara.

Pienso en Noelia, claro. Pienso en que, una vez autorizada su petición de eutanasia por los profesionales pertinentes, tuvo que pelear contra su propio padre, que llevó su decisión (la decisión de una mujer adulta) a los tribunales una y otra y otra y otra vez. Todos los tribunales le han dado la razón, claro, pero los dos años y pico que se ha prolongado e incrementado el sufrimiento de Noelia no pueden repararse.

Si decido marcharme, si me veo en esa tesitura, llevada no por un impulso irreflexivo, sino por una determinación bien meditada, espero que quienes me quieren sepan quererme también entonces. Y si no puedo tomar esa decisión y alguien se ve llevado a tomarla por mí, espero sepa anteponer mis deseos a su dolor y hacer lo que yo hubiera querido. Debe de ser duro descubrir, en el momento de mayor vulnerabilidad de tu vida, que el amor que creías tener era condicional.


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Published on Dec 19, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Has normalizado cosas que no deberían ser normales?

¿Crees que podemos evitar acostumbrarnos a cosas que no deberíamos tolerar?

En una escala de 0 a 10, ¿cuánto malestar crees que toleras en tu día a día, de forma cotidiana?

Y ahora, el poema:

Nos acostumbramos a la Oscuridad de Emily Dickinson

Nos acostumbramos a la Oscuridad

Cuando se apaga la Luz—

Como cuando la Vecina sostiene la Lámpara

Para presenciar la Despedida—

.

Hay un momento—el Paso es titubeante

Por la novedad de la Noche—

Después—acostumbrados los Ojos a la Oscuridad—

Afrontamos el Camino—con firmeza—

.

Y así es en las más densas—Oscuridades—

Esas Noches de la Mente—

Cuando no hay Luna que nos dé un signo—

O Estrella—que salga—de ahí dentro.

.

Las más Valientes –avanzan a tientas—

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente—

Pero a medida que aprenden a ver—

.

O bien la Oscuridad se altera—

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada—

Y la Vida camina casi recta.


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Published on Feb 17, 2026

Cuando empecé a explorar el autismo como una posibilidad, como una categoría que podía hacerme comprensible para mí misma y para otros (pero sobre todo para mí misma) tuve que luchar, en primer lugar, contra mis propios prejuicios. ¿Cómo iba a ser yo autista? Autista era mi tío, que aprendió unas pocas palabras en toda su vida y que utilizaba más o menos aleatoriamente salvo tabaco para conseguir un cigarro y guapa, dirigido a mi tía, también para conseguir un cigarro. (Luego, claro, he visto que en mi familia había y hay más neurodivergentes pero bueno, ellos, como yo, pasaron por raros, sin más).

Pero vencí esa resistencia: mi trabajo me ha puesto en contacto con muchos niños y jóvenes autistas que no se parecen a mi tío o, al menos, no demasiado. Tampoco se parecían demasiado al resto de sus compañeros en multitud de cosas. Pero me di cuenta de que en esas cosas sí se parecían a mí. O yo a ellos. Me dio mucho que pensar. Y pensé. E investigué. Es lo que hago. Lo que he hecho siempre para entender lo que me resultaba incomprensible.

Después, cuando tras leer mucho, investigar mucho, hacer muchos tests y consultar con personas autistas, incluso tras acudir a una asociación tras haber seguido un proceso de autodiagnóstico (el demonio para los alistas, claro, que denuncian que queremos apropiarnos de alguna cosa especial que pertenece a los pobres autistas de verdad que, curiosamente, no parecen manifestarse demasiado en contra de esa vía de autoconocimiento) para recibir algo de orientación y validación, decía, después, cuando tras todo un proceso y bastante refuerzo, decidí empezar a explorar el reconocerme como autista con algunas personas la cosa no mejoró. Muchos pero cómo vas a ser tú autista, bastantes miradas de otra queriendo hacerse la especial u otra queriendo ponerse excusas para no adaptarse, y unas cuantas afirmaciones en ese sentido, sin filtro. E infinitos ¿pero tienes diagnóstico oficial?. Y no, no tenía diagnóstico oficial, así que no tenía derecho a que, como persona, se tomasen en cuenta mis necesidades (por lo demás, bastante poco peregrinas). Porque parece ser que, si no hay un papelito de por medio, no tenemos por qué ser considerados con nuestros amigos, conocidos y seres queridos. O «queridos», debería decir.

Así que al final acabé acudiendo a especialistas: tras un burnout que me llevó a tener un meltdown de 8 horas de llanto, temblores y malestar continuo y, de ahí, a estar medicada (otra vez) y a una baja médica por salud mental quise confirmarme si era yo, que era una floja incapaz de hacer lo que había que hacer, incapaz de soportar lo que había que soportar, o si es que mi cerebro estaba cableado de otra forma y yo procesaba el mundo de otra manera. A decir verdad, acudí antes de la baja y del meltdown. Vi venir que algo no estaba yendo nada, nada bien. Pero no llegué a tiempo.

Y al final, tras 15 horas de entrevistas, tests, pruebas y demás, más casi 2 horas de entrevistas a alguien de mi entorno, llegó el papelito. Bueno, no es un papelito: es un informe de casi 20 páginas en las que la neuropsicóloga que me atendió durante el proceso detalla, con muchísimo mimo, mi condición y mi idiosincrasia. Y resulta que no me lo estaba inventando: soy autista. Poca sorpresa, la verdad. Pero también resulta que, a pesar de sentirme bastante tonta buena parte del tiempo, tengo altas capacidades. Bastante altas. Lo que me ha permitido estudiar el comportamiento, aprender fórmulas, investigar lo que se esperaba de mí, deducir rápidamente a partir de gestos, señales, comentarios y demás cómo reaccionar ante situaciones nuevas y demás parafernalia. Lo que me ha permitido pasar por una niña peculiar, una adolescente rara e histriónica y una mujer particular, sin más. Lo que ha hecho que nadie sienta que tiene que hacer un mínimo esfuerzo para conmigo y que soy yo la que tiene que salvar el vacío de mi peculiaridad, rareza, histrionismo o particularidad. Pues qué bien.

Así que nada. Ya puedo ser especial, ya tengo el papelito. Supongo que pronto empezaré a darle en el hocico a todos los que dejaron caer que lo que quería era casito y sentirme especial con el informe de casi 20 páginas enrollado.

A ver qué pasa.


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Published on Oct 7, 2025

Pocas cosas más incómodas que el llanto. Creo que si nos encontrásemos a un grupo de personas follando en plena calle nos resultaría mucho más fácil mirar que si nos cruzásemos con una persona llorando. El llanto nos descoloca, nos hace conectar con nuestra propia vulnerabilidad y nos pone de frente con lo incomunicable: el dolor. El dolor es de las cosas más privadas e inefables que existen, no importa cuánto lo intente una: la otra persona puede llegar a atisbar cómo te sientes, pero nunca llega a saberlo del todo. Supongo que esa parecela de misterio queda en cualquier cosa que se comunica, pero el dolor parece tan importante...

Es cierto que no siempre se llora por dolor, pero supongo que el llanto suele llevarnos ahí. Sea por lo que sea las personas, por lo general, cuando ven a alguien llorando, parecen necesitar encontrar con urgencia un agujero bien profundo en el que meterse.

En ese sentido, soy una persona bastante incómoda que tener cerca (cuando cerca significa espacial y espiritualmente). Especialmente en los últimos tiempos. Lloro mucho. Muchísimo. Y no lloro más porque en el trabajo hago lo imposible y lo imposible por evitarlo (no es que a veces no me den ganas). Pero en casa... uf. Y lloro porque me duele mucho todo (no voy a entrar en detalles, esto se haría demasiado largo) pero también lloro por las cosas que atenúan un poco el dolor. Así que ando hecha una fuente.

Ayer me eché a llorar como una magdalena al leer la carta de una amiga en la que decía que hablar conmigo le aporta lucidez. Me tiré llorando un buen rato por eso. Pero claro, es que eso, para mí, significa mucho. Significa que hay alguien en el mundo a quien mi existencia le sirve, para quien, que yo exista, supone una mejora en su vida, por leve que sea. Y, qué te digo, con lo irrelevante que me siento últimamente en términos absolutos no me queda otra que agarrarme a estas pequeñas cosas que no son, en absoluto, tan pequeñas. Siento que, si desapareciera, la gente no me echaría mucho de menos,salvo alguna excepción. Así que intento sobredimensionar el peso de las excepciones, por mi propio bien.

Y se ve que ayer fue el día de las excepciones. Porque también me hicieron ver que se me echa de menos. Una amiga con la que no tengo demasiado contacto (ella empezó a descolgarse de las redes sociales, luego volvió, pero yo me estaba descolgando de esas redes sociales, después volvió a Substack pero yo enseguida cerré mi cuenta... En fin) pero con la que siempre he sentido una conexión especial me escribió un correo. Sin más, por nada: «Me he despertado esta mañana a las 5 pensando en que tenía que escribirte». Y así lo hizo. Me puso al día de su vida en los últimos meses, me contó algunos pormenores y me resumió su estado de ánimo. Poco más. Pero también lloré. Porque se acordara de mí, porque se tomara el tiempo de sentarse a escribirme, porque me contara pormenores de su vida. Porque alguien que no obtiene nada de mí, que nunca obtuvo nada de mí, me echase de menos y se acordase de mí.

En fin, que lloro por todo. Por cómo me duele lo hostil del mundo y por el alivio breve que me proporcionan los gestos de amabilidad y cariño, los momentos de conexión. Necesito un permiso laboral por motivos de llanto, a ver si me quedo vacía y a gusto de una vez.


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