Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Dec 9, 2025

Como espacio habitable el mundo, así, sin más, siempre me ha parecido un poco meh. No sé si es porque nunca he entendido demasiado bien cómo funciona la generalidad de las cosas o si simplemente es que no he nacido para la cordura, pero desde que tengo uso de razón mi perspectiva sobre lo que me rodea ha sido una especie de realismo mágico. No descarto haberlo hecho como una forma de escapismo: mi vida, y supongo que la de casi cualquiera, habría sido intragable sin un algo de fantasía.

Si tengo que preferir, me quedo con la lógica de las historias. En el día a día mundano los malos ganan con frecuencia, los inocentes sacrificados no son vengados, la justicia es prostituída en boca de los injustos, las personas de corazón puro y noble son vilipendiadas y parasitadas, los tramposos medran y los honrados se quedan atrás... En fin, hay excepciones y, supongo, esto podría cambiarse si nos pusiésemos todos de acuerdo en cambiar la narrativa, pero me da la sensación de que la mayoría no está por la labor.

Y, para qué voy a engañarme, la realidad, con frecuencia, me ha traído más dolor y desencanto que otra cosa. Así que he solido vivir en las historias más o menos basadas en hechos reales que he ido construyendo. He idealizado, he romantizado, he fabulado y he fantaseado con cosas que, con bastante probabilidad, no iban a cumplirse (y que no se han cumplido). Lo he hecho asumiendo, de manera máso menos inconsciente, que la burbuja iba a pincharse, pero así suele ser: los cuentos se acaban. Lo único que había que hacer, si las circunstancias y la distancia lo permitían, era poner el punto y final en el lugar adecuado. Al fin y al cabo, toda historia tiene final feliz si sabes dónde parar.

Pero ahora no quiero que el cuento se acabe. No sé hasta dónde llega la realidad y dónde empieza mi inventiva, soy incapaz de decirlo, pero es demasiado bonito como para no haber salido, al menos en parte, de mi imaginación. Cuando caigo en la cuenta de esto recuerdo que, como he dicho, todos los cuentos se acaban y esa voz, mi propio villano interior, me dice que no hay más feliz que un final a tiempo. Y, por mucho que me apene reconocerlo, me dejo vencer, porque no creo que alguien como yo pueda ser la princesa de la historia, que los vaqueros puedan convertirse en un vestido encantado y las deportivas en zapatos de cristal y que, finalmente, lo que soñaba siendo una cenicienta más llegue a cumplirse. Ahí la pena me emborracha y no tengo la capacidad de seguir inventando, así que se lo pido a él, aunque cuente fatal las historias, aunque no tenga ni idea de lo que le pido realmente ni por qué: «Anda, cuéntame una historia. Una del futuro, del nuestro. Háblame de nuestra boda. Háblame de nuestra niña. Háblame de cuando seamos viejitos jubilados. Háblame de cuando vayamos a Venecia.» Y así espero a que se me olvide que no hay nada en mi vida exento de literatura, a poder volver a creerme mis cuentos de nuevo.

Esta vez la fantasía me está gustando tanto que me gustaría enloquecer para no tener que abandonarla.


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Published on May 17, 2025

El otro día hablaba con compañeras de trabajo cómo pesa a los andaluces la etiqueta de vagos. En el sistema educativo, por ejemplo: la particularidad del sistema educativo andaluz es que el recreo es no lectivo, por lo que nuestros adolescentes están media hora más en el instituto: de 8.30 a 15.00. También somos de los que acabamos el curso más tarde, por ejemplo. En fin, que por mucho que nos resistamos, intentamos sobrecompensar la fama de vagos. Que es eso, mera fama.

Lo mismo nos ha pasado a las mujeres. Con eso de que somos el sexo débil hemos tenido que hacernos las fuertes en exceso. Algunas mujeres, especialmente en la generación anterior a la mía, han tenido que desprenderse de mucho de lo que se identificaba como femenino y empaparse de masculinidad de la peor calaña para constituirse en mujeres fuertes, capaces e independientes.

En los últimos tiempos trato de vez en cuando con una de esas mujeres fuertes. Estudió una ingeniería en los 70, la única mujer de su promoción. Cuando le pregunté por las dificultades: ninguna. Ella estaba estupendamente entre hombres. Cuando hablamos de salud mental despacha la depresión como un signo de debilidad, especialmente en las mujeres. Y hoy me preguntó qué tal estaba y yo me quejé. Porque yo también hubo un tiempo en el que me creí que tenía que ser una mujer fuerte, esto es, fingir que no me dolía nada, que todo iba bien, que podía con todo sin problema. Pero no, ya no más. Ya me quejo, y lloro, y pataleo. Y acabo haciéndolo, porque no hay quien me lo haga, pero que se sepa lo que duele. Después le pregunté a ella, porque le está pasando de todo últimamente. Y por últimamente vendrá siendo durante el último año. «Cansada», me dijo, sin más. Yo quise interesarme más, dejar que se desahogara, yo qué sé. Pero ella se ha cambido el tono de voz y su energía, lo he notado hasta a través del teléfono, he sentido cómo forzaba la sonrisa, y ha dicho:

—Bueno, nada, nos pintamos los labios y como si no pasara nada.

Pues yo lo siento. Renuncio al título de mujer fuerte si hace falta. Pero yo ya estoy harta de fingir que no pasa nada. Porque pasa. Y, aunque sea incómodo, va a verse. Por lo menos, por mi parte.


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Published on Sep 24, 2025

Eran otros tiempos (siempre son otros tiempos), hace tanto y tanto que a veces casi pienso que me lo inventé. Entonces la noche me prendía como una antorcha. Cuando todo parecía apagarse yo brillaba. En el silencio y el reposo del mundo encontraba yo la música que marcaba mi ritmo y me ponía a bailar. Recuerdo la sonrisa perenne y la actividad (inútil sí, y qué) frenética. Puede que en el mundo diurno, con sus cláxones, sus risas estridentes, sus prisas y sus multitudes no encajase pero la noche me pertenecía.

Ahora la noche me pone triste. Ya no es como antes. Sigo sin pertenecer al día, pero he sido desterrada de la noche. Cada día, al oscurecer, siento que me quedo plantada a las puertas de la ciudadela de marfil oyendo toda la nada de dentro pero sin poder entrar. Tengo mi tiempo empeñado al imperio del sol. «Yo no quería», me digo. «No me quedó más remedio», me digo. «Tal vez no fui suficiente lista, o valiente», me digo.

Yo lo entiendo, aunque me mate de pena. No hay manera más triste de amar que con un ojo en el reloj. Para hacerlo mal mejor quedarse con las ganas. Al menos me quedan las ganas.

Qué viva estaba. Qué hermosa era. Y qué ignorante de mi fortuna.

Desde que no soy una lechuza se me han ido achicando las alas y ya no sé volar. Y no me gusta cómo se ve el mundo desde aquí abajo.


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Published on Dec 15, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has tenido siempre las cosas claras o eres más de dudar?

Cuando la gente cree que estás en un error, ¿tiendes a ceder o prefieres arriesgarte a equivocarte?

¿Has hecho muchas cosas porque se suponía que era lo que había que hacer? ¿Volverías a hacerlo?

Y ahora, el poema:

Callejón sin salida de Carmen Martín Gaite

Ya sé que no hay salida,

pero dejad que siga por aquí.

No me pidáis que vuelva.

Se han clavado mis ojos y mi carne,

y no puedo volver.

Y no quiero volver.

Ya no me gritéis más que no hay salida

creyendo que no oigo,

que no entiendo.

Vuestras voces tropiezan en mi costra

y se caen como cáscaras

y las piso al andar.

Avanzo alegre y sola

en la exacta mañana

por el camino mío que he encontrado

aunque no haya salida.


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Published on May 26, 2025

Cuando estudiaba el máster, el profesor de psicología nos habló de que uno de los signos de madurez en el niño es el desarrollo de la capacidad de postergación del deseo, es decir, de entender que lo que deseo ahora no va a ser recibido ahora, incluso aunque sea posible. Es tener la capacidad de esperar a acabar de hacer la compra para que mamá me compre el huevo Kinder o de esperar a que todos acaben de comer para irme a jugar. También es la capacidad de ir a trabajar todos los días para recibir la nómina a final de mes.

Es curioso ver esa conexión. No voy a ser yo una señora absolutamente cumbayá, pero es cierto que lo que interpretamos como «madurar» generalmente coincide con conductas que son adaptativas porque son útiles para el sistema. Y bueno, sí, no siempre podemos tener lo que queremos en el momento que lo queremos, patatín, patatán. Pero, ¿dónde está el límite? ¿No estaremos postergando el deseo demasiado? ¿No estaremos poniendo al final de la lista de cosas por hacer la nimiedad esa de intentar ser felices? Espoiler: efectivamente y sí. Porque claro, luego va una y lee a Epicuro sin ninguna motivación particular y se encuentra, en medio de las Sentencias Vaticanas esta joyita, la número 14:

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.

Y la realidad te pega en toda la cara: nacemos una sola vez y no nos es dado nacer dos. No somos eternos. Y tú, sabiendo esto (aunque, probablemente, decidiendo olvidarlo convenientemente), decides (en mayor o menor medida, con mayor o menor libertad) poner lo que te hace feliz al final de la lista: no tomar esa cerveza con una amiga, no dar ese paseo al anochecer, no sacar ese rato para leer. Pues que sepas que eso de «no tengo tiempo ni pa' morirme» es mentira. Con tiempo o sin tiempo te mueres. Y lo que no hayas disfrutado no se recupera en vida, y mucho menos después de cerrar sesión.

No te estoy echando la bronca desde ningún tipo de superioridad. Sé que los deberes se cuelan con demasiada facilidad dejando los quereres al final de la cola. Sé que vamos con la agenda en la mano a todas horas. Que encontrar huecos en esa agenda se parece a encontrar la cuadratura del círculo. Lo sé. Tal vez el problema sea que no creemos en agendar la felicidad. Laura Morán en Por qué (no) deseo habla de eso: a veces las parejas acuden a su consulta de sexología quejándose de que el deseo «no les viene» y ella les señala que no están dejando tiempo para que llegue, ni espacio, ni están creando las condiciones necesarias para que eso ocurra. Cuando ella les sugiere que tal vez tengan que reservar espacios en la agenda para el erotismo la primera reacción es la resistencia: ¿cómo vamos a agendar el amor, el cariño, el erotismo? Pues mira, como lo agendamos todo.

Por ejemplo, yo hoy he agendado follar. Con toda la claridad del mundo: «Amor, tengo muchísimas ganas de ti. ¿Te parece si esta noche te vienes a cenar y justo después nos ponemos a follar como si no fuese a haber un mañana?». Algo así ha sido. Y lejos de ser antierótico, el suspirito de mi consorto ha dejado ver que la idea le parecía estupenda. Así que, amigas, salvo imprevisto, aquí esta noche se folla. Porque sí, hay que postergar el deseo a veces. Pero no indefinidamente. La felicidad es importante, así que si ahora no se puede, se le busca hueco.

A lo mejor esa agenda que ha funcionado como instrumento de opresión puede convertirse en herramienta de resistencia.

Ya, lo sé, aunque agendo el sexo no dejo de ser una romántica idealista...


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Published on Jul 18, 2025

Esta mañana un amigo me mandaba ese mensaje. Paradójico, ¿no? Que alguien se disculpe por haber perdido el contacto requiere contacto, por lo tanto no estará tan perdido el contacto, ¿no? Entiendo el sentido. Mi amigo es una persona con la que he tenido contacto de mayor o menor intensidad a lo largo de varios años: periodos de mucho contacto seguidos de semanas o meses de silencio absoluto. Antes no era tan llamativo porque, aunque no hablábamos por privado, nos veíamos en las redes sociales, lo cual nos situaba en una cierta ilusión: la de saber cómo le iba la vida al otro o a la otra. En fin, él ha abandonado finalmente mastodon y yo paso de bluesky y he cerrado mis otras redes. Así que bueno, solo nos queda Telegram, de momento. Y ahí había bastante silencio de radio. Pero se ha acordado de mí, y me ha escrito, me ha preguntado por la vida, yo he hecho lo propio y ha sido bonito saber que alguien me piensa. No me hace falta más. Por supuesto, le he contestado muy seriamente a su disculpa y, para eso, me ha venido muy bien una conversación que tuve el sábado pasado.

##Lo que se ve desde detrás del visillo no es la vida.

El sábado estaba de reunión anual con mis amigos de la adolescencia. La vida nos pone difícil vernos más, por desgracia. La cosa es que salió el tema de Instagram y un amigo decía que se resistía a cerrar Insta porque tenía la sensación de que se iba a descolgar de la vida de muchos vínculos que tiene en otras ciudades y con los que no mantiene un contacto diario: son gente que le importa, quiere que les vaya bien, quiere saber que les va bien, pero no tiene la capacidad de estar escribiéndoles mensajes y demás.

Yo entiendo que eso dé miedo, de verdad. Intentaba, no obstante, hacerle ver que ver Instagram es parecido a lo que hacen las «viejas del visillo» en los pueblos: lo que ves no es lo que hay, es lo que captas en un instante. Menos real es todavía Instagram: yo decido qué pongo, cuándo, cómo. Puedes estudiarte el Instagram de una persona de arriba a abajo y estar más alejada de saber cómo va su vida que antes de empezar. No obstante, como digo, entiendo el miedo y el «mejor eso que nada». Sobre eso nada tenía que decir.

Entonces otra amiga dijo algo que me pareció muy interesante:

##«No podemos sostener todos nuestros vínculos de la misma forma»

Ella ha vivido en varias ciudades de dentro y fuera de España y contó que, después de vivir en Chile, al volver, no vivía ni aquí ni allí: estaba constantemente pendiente del ordenador, de los correos electrónicos y las comunicaciones de la gente de allá, durmiendo poquísimo para vivir aquí, en España, y, a la vez, mantener el contacto sincrónico con su gente de allá. «Un día», dijo, «me dí cuenta de que tenía que dejar ir, porque la vida es eso: no se pueden sostener todos los vínculos de la misma forma, simplemente no se puede».

Me hacía falta escuchar eso, ¿sabes? Siempre he tenido la sensación de que había algo defectuoso en mí por no mantener demasiadas relaciones de larga duración, pero es que a veces la vida lo pone complicado y yo no tengo especial habilidad para eso. Antes era más sencillo de asimilar: si te mudabas de ciudad se asumía que el contacto se iba a perder. Quizá podías mandar cartas de vez en cuando, o llamar por teléfono alguna vez. Pero el tiempo y la distancia iban haciendo lo suyo. Si, por una casualidad, volvías al lugar de origen y te cruzabas con esos seres queridos probablemente os saludaríais con alegría, nostalgia y emoción. Incluso propondríais tomar algo y poneros al día. Y al volver a marchar, pues cada persona volvería a su vida y en paz. Es bonito, es orgánico.

Ahora, sin embargo, con eso de estar hiperconectados parece que esa opción ya no existe: hay que hablar con todo el mundo, todo el rato, una no puede bajar la guardia, dejar de escribir mensajes, dejar de dar likes, dejar de estar al día de los más nimios detalles de la vida de todo el mundo al que quiere o aprecia. ¡Es agotador!

##No hacía falta una disculpa.

Por eso le he dicho a mi amigo que no hacía falta una disculpa. Que se ha acordado de mí y me ha escrito, por lo tanto no hay contacto perdido que valga. Que no se pueden sostener en plano de igualdad todos los vínculos (lo siento, Tània, me quedo tu frase) y que en todo caso debería darle las gracias por pensarme y hacérmelo saber.

No sé, ¿no os parece que vivir como se supone que se debe es complicadísimo y absolutamente agotador? Lo mismo esto ya no tocaba en este post, pero es que te prometo que estoy que no doy más de mí. Vamos a dejarlo aquí, supongo.


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Published on Jun 7, 2025

La historia que se transmite en este post, aunque tiene base en la realidad, ha sido ficcionalizada, es decir, los detalles han sido cambiados para proteger la identidad de las personas implicadas

Cuando supe que había intentado suicidarse habían pasado dos semanas del intento, con su correspondiente ingreso. No había dejado de venir a clase y no había dejado de ser en clase el estereotipo de adolescente despreocupada y feliz que bromea con sus amigas, lanza indirectas al chico que le gusta y salpica agua en el laboratorio cuando la profesora no mira. Hay que joderse: morirse un sábado, resucitar el domingo, volver a clase el lunes. Como si nada.

Si me hubiesen pedido que hiciese una apuesta macabra y dijese, de las personas de mi entorno, quién sería la primera en intentar suicidarse, ella no habría estado ni siquiera entre las cincuenta primeras: parecía tan feliz.

Una di noi pienso cuando veo su silla vacía. Otra de esas superheroínas que nadie necesita (que no necesitamos ser), tremendamente capaces de seguir sosteniendo la sonrisa y tirando del carro mientras por dentro todo se nos llena de carcoma. Así, ¿cómo van a protegernos?


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Published on Mar 16, 2025

Miedo, tengo miedo.

Miedo de quererte.

Miedo, tengo miedo.

Miedo de perderte.

Sueño noche y día

que sin ti me quedo.

Tengo, vida mía,

miedo...Ay, mucho miedo.

«Tengo miedo», por Rocío Jurado.

No sé dónde lo leí, pero estoy absolutamente de acuerdo: «Amar es dar a alguien el poder de hacerte daño (y confiar en que no lo hará)». Aunque eso es mucho confiar. Las personas somos como erizos (esta metáfora sí recuerdo dónde la leí, fue en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery), intentando encontrar el ajuste correcto, ese en el que no nos muramos de frío por la distancia ni nos hagamos daño por la estrechura de demasiada cercanía. Y en lo que encontramos ese punto o nos reajustamos acabamos haciéndonos daño sin querer. Es inevitable.

Pero hay verdad en esa frase, algo al menos. En La condición vulnerable (un ensayo que recomiendo encarecidamente, una filosofía en la que de verdad me he sentido a gusto), Joan-Carles Mèlich dice «Nunca somos tan vulnerables como cuando queremos, pero también nunca estamos tan protegidos de la vulnerabilidad como cuando nos quieren». Amar, amar de veras, no puede hacerse con escudos y armaduras. Amar (a quien sea y como sea) es abrir el pecho y decir: «esto soy». En el baile de máscaras que es la vida no es poca cosa.

Pero ser vulnerables es terrorífico, especialmente en este mundo en el que hemos aprendido que cualquier debilidad podrá ser utilizada en nuestra contra. Hay que escoger bien ante quien nos permitimos ser vulnerables, hacer control de daños. ¿Cómo no va a dar miedo amar entonces? Una se arriesga doblemente: se pone en una situación de vulnerabilidad al querer y vive en un estado de precariedad permanente por poder perder esa protección que da ser querida.

En ese punto estoy, consciente de la precariedad del amor al que me he entregado por completo y que me ha cubierto de las inclemencias hasta ahora, recordando que ningún amor es incondicional y que, oh sorpresa, el amor no lo puede (ni debe poderlo) todo. En ese punto estoy, sí. Muerta de miedo.

Pero ahora no me sale decir «si esta vez no, nunca más». Sé que no tengo remedio, que si esta vez no (que ojalá sí) volveré a intentarlo mientras me quede corazón. Tampoco me sale hacer control de daños, replegarme, adoptar una estructura defensiva y minimizar las bajas. Nada. Sigo con el pecho abierto: «Esto soy, toma lo que te aproveche». Ya iré recogiendo los restos como buenamente pueda.

Habrá merecido la pena.


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Published on Apr 13, 2026

Este año la editorial que publica mi libro no me ha llamado para acudir a la Feria del Libro de Madrid, como los tres anteriores. A decir verdad, yo no tenía muy claro lo de querer ir: el año pasado me salió por un pico y, como autista, ese rato de parecer normal y sentirme expuesta se me hace bola, por mucho que el balance siempre haya sido positivo. Pero aun así, me jode.

Y a ver, no puedo decir que me pille por sorpresa, sino que no lo había pensado: solo con ver las ventas del libro el pasado año, lo que he cobrado por esas ventas, una tiene que hacerse a la idea de que está ya amortizada. Y no me extraña. No me promociono en absoluto. Ni siquiera he tenido una presentación: esperé y esperé hasta ver si la editorial decía algo y nada, supongo que por eso de ser de provincias, en parte. Pero que yo también podría haber tenido algo de nervio, algo de iniciativa. Yo qué sé. Pero... En fin, no voy a justificarme, aunque podría.

Tampoco se me da bien dar la turra con mi libro. Me gusta que la gente me lea, conectar con otros a través de lo que escribo, pero no meterle a la gente mis versos por los ojos a presión. Yo no valgo para teletienda. Menos mal que me gano la vida sin necesidad de hacerme promo, porque si no me moría de hambre.

Y luego, lo poco que hago, tampoco lo muestro, porque no sé darme bombo. La semana pasada estuve dando una charla sobre mis poemas en un instituto. Esta semana voy a otro. La siguiente, a otro. Pero no voy a hacer promoción de mi libro: voy a hablar con adolescentes de poesía, de escritura, de emociones... Voy a resolver sus dudas y a que vean que la gente que escribe es... gente. A veces, al menos.

No estoy en camarillas poéticas ni en círculos culturetas, nunca me he sentido cómoda en esos lugares, no he sabido desenvolverme en ellos. Lo mío ha sido, como decía el Cyrano de Rostand, «llegar más bajo, pero sola, siempre sola». Una diría que no me meto en saraos y agrupaciones porque no me da la gana: en mi ciudad hay un movimiento poético bastante fértil, pero los pocos acercamientos que he tenido con él me han llevado a replegarme y no querer acercarme nunca, nunca, nunca más.

Así que, si lo esperaba, si es culpa mía, si no he hecho nada para evitarlo, ¿por qué me hace sentir tan descorazonada este final?


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Published on Apr 5, 2026

Ha pasado ya una semana desde que te marchaste y ahora, ahora que ya no estás, me pongo yo a escribirte. Ya ves. Ahora que ya no estás lamento lo que no te he dicho. Ahora que no estás, ahora que diga lo que diga será por mí y no para ti, me apetece reconocerte. Menuda gilipollas estoy hecha.

Seguro que tú dirías que no. Siempre fuiste amable conmigo. Siempre fuiste amable, en realidad. Eras una de esas escasas personas que tienen la rabia perfectamente calibrada, perfectamente dirigida: contra los que oprimen, contra los que dañan, contra los que estigmatizan, contra los que patologizan, contra los que avergüenzan. Para todos los demás siempre tenías una palabra amable, una frase de ánimo, un gesto de acompañamiento en la dirección adecuada. Me habría gustado que supieses cuánto significaban para mí esas palabras, especialmente viniendo de ti.

No he dejado de pensar en ti ni un día desde que no estás, y esto a veces me parece dramático por mi parte, me siento una impostora, como si estuviera usurpándole el duelo a tu gente. Porque yo no era nada tuyo, ni tú nada mío: yo era una señora random de interné y tú una mujer y activista a la que admiraba y a la que nunca di un abrazo. Lo pensé, ¿sabes? Estuve sentada detrás de ti durante una charla entera de la TacitaCon (primera edición). Empecé preguntándome si eras tú (por aquel entonces te seguía en Twitter y, sobre todo, leía con pasión tus publicaciones de Instagram (tan crudas, tan intensas, tan auténticas, tan dispares). Quería decirte que te leía, que me alucinabas, darte un abrazo si me dejabas. Pero mi timidez, mis dobles, triples y cuadruples pensamientos y mi torpeza social me frenaron. «Dónde vas, payasa, que ni sabe quién eres». Lamento no haberte dado ese abrazo. No porque hubiese cambiado nada, sino porque los abrazos que no se dan no se recuperan. Nunca.

Decía que no dejo de pensar en ti porque, de alguna manera, pensaba que eras de esas personas que siempre resurgían de sus propias cenizas. Estaba acostumbrada a verte hundirte en el dolor más profundo (en tu cama, a oscuras) y a resurgir luchando, no como si nunca te hubiese dolido nada (los que nunca han sentido dolor no luchan con esa rabia, con esa fuerza, con esa urgencia), sino como si hubieses conseguido transformar ese dolor en combustible. Escribías, dabas charlas, hacías activismo, ... Parecía que esos ciclos te hacían eterna. Lamento infinito que no haya sido así. Era mucho pedir en este mundo.

Desde que no estás hay una frase que antes me consolaba y que ahora me da coraje. En mis propias travesías por el infierno suelo aferrarme a la canción El tiempo que no estés, de Valeria Castro. Me ha acompañado y me ha dado aliento en el patalear para salir de las arenas movedizas. Pues en esa canción hay una frase, «que la valentía me aguante si no soy lo fuerte que creía», que me repetía como un mantra, como un deseo. «Si me faltan las fuerzas, que tenga el valor suficiente para seguir». Pero ahora me da coraje. Porque hay otra frase interesante: «No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista». Cuando el mal dura tanto, no hay fuerzas, ni valor, ni nada, que valgan: una se agota, no puede más, y si en el momento más oscuro no hay un destellito de luz, en ese momento exacto, breve y necesario, pues ya está. Creo que no voy a poder volver a escuchar esa canción sin pensar en ti, como excepción: no queda invalidada, pero me hace recordar que los deseos no son certezas, que los sueños no hacen promesas.

Me parece mentira que no estés. Ando compartiendo cada artículo tuyo que veo, cada mensaje de tus seres queridos honrándote, entro en lso comentarios de todos como esperando verte dando las gracias. Qué pena tan grande, Marta, cuánto vacío has dejado. No sé si te hacías una idea.

Y, como ya he dicho, me siento culpable, indigna de esta pena, del llanto, de secuestrar tu recuerdo varias veces al día... Pero aquellos que hemos florecido en la penumbra no podemos más que llorar cuando se apaga una luz tan cálida y amable como la tuya. Aunque sea desde el agradecimiento por haber conocido tu existencia y, por tanto, notar tu falta ahora, ¿cómo no me voy a doler por tu pérdida?


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