Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 19, 2025

Hoy, mientras veía The last of us he vuelto a darme cuenta por enésima vez de algo que me deja tranquilísima: en las ficciones audiovisuales postapocalípticas nunca falta el rímel. ¿Te habías fijado? Y fíjate que The last of us es una serie que se precia por no querer presentar a sus personajAs como monísimas y estupendísimas, pero aún así las pestañas de Abby tenían que verse infinitas. Y bueno, no juzgo a nadie, todas sabemos lo que hacen unas pestañas maquilladas a un rostro, por muy en el fin del mundo que tenga que estar una.

Ya, ya lo sé, es ficción, pero la ficción también nos mete goles y configura nuestro mundo, moldea nuestras creencias, afecta a nuestro sistema de valoración y, por supuesto, a nuestro criterio estético.

Claro, luego una se tiene que reír (por no llorar) cuando cualquier BRO se pone a pontificar en una red social, en el perfil de una app para ligar o incluso en un bar, delante de tu puta cara, sobre cómo las mujeres (je, todas) están más guapas (objetivamente, es un estudio de la universidad de Susco, en el condado de Jones) sin maquillaje. Ay, José Luis, que te has tragao hasta el fondo lo del no-makeup makeup y te has creído que las mujeres se levantan sin ojeras, sin granos, sin rojeces, con las pestañas larguísimas, las cejas definidas y un saludable tono sonrosado en las mejillas. Luego aparece una así, sin más, a cara lavada y con el pelo recogido moño en alto y le toca comerse un: «¿Estás bien? Tienes mala cara...» No querido, no, esta es mi cara de sin maquillaje. Y la de cualquiera. Que luego viene el shock cuando encuentras a la actriz con la que te pajeas en un post de celebrities without makeup.

Pero claro, cómo va una a tener esperanza en reivindicación alguna, si, como ya he dicho, hasta en el apocalipsis hay rímel...


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Published on Aug 13, 2026

Nos la liaron bien liada, amigas. Recuerdo antaño aquello del Día de la mujer trabajadora, y esa distinción que se hacía entre las trabajadoras asalariadas y las no asalariadas. La meta era ser independiente y eso significaba trabajar a sueldo, esto es, fuera de casa, para no depender del salario del padre, marido o lo que fuera. ¿Y qué ocurrió? Que doblamos la jornada, porque el trabajo no asalariado, el trabajo de limpieza, cuidados varios, crianza y demás tenía que seguir haciéndolo alguien. Y los señores no iban a pringarse en eso.

Así que como el sistema no se fue al carajo, como las mujeres decidieron doblar jornada para seguir siendo independientes (je), lo suyo era empeorar las condiciones materiales de existencia hasta hacer virtualmente imposible la subsistencia sin dos salarios. Eso sí, introduciendo la idea de que los señores tienen que ayudar en casa. Hablaremos de corresponsabilidad para parecer radicales. Cualquier cosa menos reconocer que el trabajo que se hace en casa es trabajo, que contribuye a sostener el sistema capitalista y que, por tanto, debería ser remunerado. Pero claro, el capitalismo siempre ha requerido su cuota de esclavitud, además de la de miseria.

Pongamos, imaginemos, teoricemos, que alguien que requiera mis cuidados, supongamos mi padre, se pone enfermo. Yo, mujer independiente, que ha tenido que irse lejos de la familia para ganarse el sueldo, sujeta a un contrato y a una jornada laboral, ¿qué tengo que hacer? Por supuesto, tengo permisos: unos días si hay operación con ingreso, o si mi padre requiere cuidados ambulatorios. Los alrededor de 400km de distancia entre servidora y mi padre no son tenidos en cuenta, así que el tiempo de desplazamiento hay que retraerlo del permiso. ¿Y si tengo que cuidar más? Vigilar alimentación, limpieza, curas. Acompañar a citas médicas (que, por supuesto, tienen lugar a bastantes kilómetros de donde mi padre vive y que, por supuesto, requieren traslado en coche). ¿Cómo lo hago? ¿Cómo compatibilizo mi independencia económica con el cuidado de las personas que quiero?

Bueno, podríais decir que no tiene por qué tocarme a mí. Que estoy lejos. Pero ¿a quién entonces? Mi hermano trabaja. Mi cuñada trabaja más horas de las que son sanas para cualquier persona. Todos trabajamos. ¿Quién cuida?

Y ahí está la carambola, la ampliación del negocio: los cuidados se venden. Hay profesionales dedicados a ellos. Y como no somos rentistas y tenemos que trabajar para vivir de todas todas, hay que hacer el sacrificio posible o el imposible para poder pagar eso que no podemos hacer por nosotros mismos. Y pagar a una persona que limpie. O a una empresa que traiga la comida. A una persona que cuide y vigile en la convalecencia.

El amor, la cercanía de los seres queridos, la paz que da saber que has estado cuando los tuyos te necesitaban es un lujo que la mayoría no nos podemos permitir. No podemos pagarlo.

Disclaimer: es probable que no conteste a las interacciones con este post, ni aquí ni en redes sociales. Disculpas adelantadas.


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Published on Aug 4, 2025

Ya. Ya sé. Porque elegimos tener ricos.

La cosa es que últimamente digo mucho esa frase: «No podemos tener cosas bonitas». Y la verdad es que me gustaría tener la esperanza necesaria para plantearme hasta qué punto es una buena estrategia, para creer que llegado un cierto punto vamos a plantarnos de alguna manera. Pero qué va.

Hoy un compañero (ya excompañero, en realidad :( ) me mandaba un vídeo en el que se citaba a Netanyahu diciendo que para evitar la formación de un Estado Palestino solo había que financiar a Hamás. A raíz de eso hemos hablado de la impotencia que sentimos. Cada vez que hablo con él, que sabe mucho de historia y de política, mi sensación de ser una mota de polvo en el tablero de ajedrez se acrecenta. Es descorazonador.

Y no es que él me lo induzca: es que sé que no puedo hacer demasiado, o así lo siento. Pero tengo otra compañera (también excompañera) que es su contrapunto: también sabe mucho de historia y de política, pero mantiene la esperanza y eso la mueve a hacer, a resistir, a empujar.

Yo supongo que soy el tercer tazón que encuentra Ricitos de Oro: no tengo esperanza, pero no quiero irme sin haber pataleado algo. Aunque sé que soy cómplice de multitud de desmanes, aunque sé que me beneficio de los malestares de otros, intento ejercer mi poder en lo que siento posible para resistir. Por eso acabo de cerrar mi cuenta en Substack y, por consiguiente, cesar indefinidamente la actividad en mi newsletter poética. Por mucho que Substack se disculpe ahora por haber enviado una notificación animando a la gente a suscribirse a un blog neonazi, su política respecto de gente que promueve discursos de odio ya era una vergüenza. Esto ha sido solo la gota que ha colmado el vaso para mí.

Y me da pena. Empecé la newsletter unos meses antes de la pandemia. La pandemia y el confinamiento contribuyeron a consolidarla (incluso me grababa leyéndola para añadir cercanía) y, salvo algún parón puntual, la publicación semanal de un poema con un poquito de reflexión ha sido constante. Me gustaba, me hacía bien. Y me ha permitido recibir abrazos y palmaditas en al espalda en forma de palabras de gente chulísima. Me permitía conectar, que es lo que pasa cuando una abre su corazón y pasa por allí gente buena.

La intención cuando empecé era, simplemente, perder la vergüenza a enseñar mis poemas. Luego, combinado con eso, poner algo «bonito» ahí fuera y hacer algo bonito y bueno por mí. Sin más. No quería dinero, no quería difusión, nada. Simplemente conectar y compartir algo que me gusta. Entonces cerró Tinyletter, el servicio simplísimo que usaba. la empresa que lo gestionaba, Mailchimp, decidió centrarse en su servicio de pago (la avaricia y eso). Me mudé una temporada, pero me cansé de pagar para hacer algo que me gusta (y eso que hubo quien arrimaba el hombro con kofis para que siguiera). Cambié a Substack con ciertas reticencias: sin ser lo que yo quería, era lo que más se ajustaba. Y hace unas semanas me di cuenta de que mis poemas habitaban un bar nazi. Aguanté un poco, no quería renunciar a mi newsletter, pero ya con la última de Substack no he podido aguantar. Y estoy bastante cansada de informarme, buscar servicios, migrar, adaptarme a algo para acabar descubriendo que el CEO come bebés o que lo cierren para sacarle más pasta o a saber.

La newsletter me ha dado mucho. Gracias a ella he conseguido mi sueño de publicar un libro, por ejemplo. De firmar en la Feria del Libro de Madrid (tres años, nada más y nada menos). Pero, sobre todo, gracias a ella la gente me ha leído, ha conectado conmigo, ha dialogado conmigo. Eso es lo que más feliz me ha hecho. Y me entristece tremendamente dejarlo.

Pero no es solo la newsletter: es que Internet se está convirtiendo en una mierda, en un centro comercial donde no se puede estar si no es para consumir. De un tiempo a esta parte estoy intentando usarlo de forma más consciente en lo que puedo: he dejado las redes sociales comerciales/privadas (no sin consecuencias), he vuelto a escribir en un blog (no sin reticencias porque no me gusta estar educando a LLM para que me puteen), he vuelto a tener un lector RSS para leer a otra gente que sigue poniendo su mente ahí fuera desinteresadamente. Pero todo eso es agotador. No debería serlo, pero lo es porque la enmierdificación de Internet es colosal. A veces pienso en mi yo de 16 años, conectándose por primera vez a Internet con un módem de 56k, en los chats, los blogs abiertos, el IRC... y me da mucha pena. En otros momentos he pensado que es porque entonces era joven e inocente, pero lo cierto es que Internet no era la mierda de conglomerado de clubes privados que es ahora. No es solo nostalgia.

Así que bueno, a partir de hoy hay una cosa bonita menos en internet. Sé que he hecho lo que mi conciencia me pedía pero aun así lo siento como una derrota o como una rendición. Probablemente porque no haya manera de ganar.

Perdona el caos, no estoy en mi mejor momento y, como ves, las circunstancias[^justifica] no dejan de mejorar.

Se agradecen razones para mantener la esperanza.

[^justifica]: Que sí, que cerrar un proyecto gratuito que no me reportaba nada económico, que tampoco es que estuviese salvando la vida de nadie y que probablemente era en su mayor parte «pornografía emocional», como lo llamó el señor triste de la última newsletter, no es el fin del mundo. Pero para mí es importante y me afecta.


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Published on Mar 7, 2025

Hoy he tenido flashes de Vietnam tras hacer un gesto de lo más inocente y cotidiano. He ido a la panadería, a comprar mi hogaza de pan de chía y algún capricho para el día (el elegido ha sido un rollo de canela). Cuando ya iba a pagar otra clienta ha pedido un producto y, evidentemente, yo he tenido que preguntar qué era. “Una barra artesana rústica con cebolla y curry”. QUÉ ME DICES. Pregunto si se puede encargar y me dicen que no, que ha sido una ida de cabeza del panadero. Así que, con resignación, he pedido que me pusieran una barra. Cuando la he metido en mi tote bordada, dentro de su bolsa de papel, he visto que el pico de la barra sobresalía y, claro, no me ha quedado más remedio que pegarle un pellizco y comérmelo mientras esperaba el autobús. ¡Placer de diosas!

Pero en ese momento he oído la voz de mi madre (mi voz interna crítica siempre suena como mi madre): “Si comes pan por la calle nunca te va a salir novio”. Imposible llevar la cuenta de la veces que mi madre, cuando llegaba a casa con la barra pellizcada por roer el pico por el camino, me sentenciaba con esa frase. Las primeras veces que fui sola a por el pan, antes de ir al colegio, debía de tener 7 u 8 años. Pues desde ese momento la estuve oyendo día sí y día también (porque, por algún motivo, en ese momento la perspectiva de no tener nunca novio me resultaba mucho más tolerable que la de no disfrutar del pan caliente).

Qué necesidad. Cuando me paro a pensar en la cantidad de amenazas y chantajes que padecemos para disciplinarnos por las razones más peregrinas... Sé que lo que había tras esa amenaza de mi madre era el miedo a que engordase (más, porque aparentemente desde bien pronto he ocupado más espacio del que me correspondía), pero la asociación de ideas me parece terrible. Gracias a ese tipo de comentarios (no solo por su parte, aunque sí en buena) he ido incorporando una lista de miedos bien grande: a las minifaldas, a los escotes, a hablar demasiado, a reírme fuerte, a moverme demasiado, a moverme demasiado poco, a descansar, a salir de noche, a los hombres pero también a quedarme soltera, a incomodar, a no gustar, a gustar demasiado, a la ropa de colores, a la ropa ajustada... En fin, podría seguir hasta intentar encontrar el límite de caracteres a este blog, creo. No sé si habéis visto alguna vez esos vídeos de: “¿Qué llevo en mi bolso?”. Pues lo que llevamos son miedos. Fundamentalmente.

La lista era tan inmensa, la mochila tan pesada, que en un determinado momento tuve que empezar a deshacerme de carga. Bendito momento. Ahora, a mis treinta y muchos, llevo corsé, uso minifalda, ropa de colores absolutamente estrafalarios, me río fuerte... y como pan en la calle sin culpa.

Qué maravilla crecer y derramarse por encima de los moldes en los que quisieron encerrarnos.


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Published on Dec 9, 2025

Como espacio habitable el mundo, así, sin más, siempre me ha parecido un poco meh. No sé si es porque nunca he entendido demasiado bien cómo funciona la generalidad de las cosas o si simplemente es que no he nacido para la cordura, pero desde que tengo uso de razón mi perspectiva sobre lo que me rodea ha sido una especie de realismo mágico. No descarto haberlo hecho como una forma de escapismo: mi vida, y supongo que la de casi cualquiera, habría sido intragable sin un algo de fantasía.

Si tengo que preferir, me quedo con la lógica de las historias. En el día a día mundano los malos ganan con frecuencia, los inocentes sacrificados no son vengados, la justicia es prostituída en boca de los injustos, las personas de corazón puro y noble son vilipendiadas y parasitadas, los tramposos medran y los honrados se quedan atrás... En fin, hay excepciones y, supongo, esto podría cambiarse si nos pusiésemos todos de acuerdo en cambiar la narrativa, pero me da la sensación de que la mayoría no está por la labor.

Y, para qué voy a engañarme, la realidad, con frecuencia, me ha traído más dolor y desencanto que otra cosa. Así que he solido vivir en las historias más o menos basadas en hechos reales que he ido construyendo. He idealizado, he romantizado, he fabulado y he fantaseado con cosas que, con bastante probabilidad, no iban a cumplirse (y que no se han cumplido). Lo he hecho asumiendo, de manera máso menos inconsciente, que la burbuja iba a pincharse, pero así suele ser: los cuentos se acaban. Lo único que había que hacer, si las circunstancias y la distancia lo permitían, era poner el punto y final en el lugar adecuado. Al fin y al cabo, toda historia tiene final feliz si sabes dónde parar.

Pero ahora no quiero que el cuento se acabe. No sé hasta dónde llega la realidad y dónde empieza mi inventiva, soy incapaz de decirlo, pero es demasiado bonito como para no haber salido, al menos en parte, de mi imaginación. Cuando caigo en la cuenta de esto recuerdo que, como he dicho, todos los cuentos se acaban y esa voz, mi propio villano interior, me dice que no hay más feliz que un final a tiempo. Y, por mucho que me apene reconocerlo, me dejo vencer, porque no creo que alguien como yo pueda ser la princesa de la historia, que los vaqueros puedan convertirse en un vestido encantado y las deportivas en zapatos de cristal y que, finalmente, lo que soñaba siendo una cenicienta más llegue a cumplirse. Ahí la pena me emborracha y no tengo la capacidad de seguir inventando, así que se lo pido a él, aunque cuente fatal las historias, aunque no tenga ni idea de lo que le pido realmente ni por qué: «Anda, cuéntame una historia. Una del futuro, del nuestro. Háblame de nuestra boda. Háblame de nuestra niña. Háblame de cuando seamos viejitos jubilados. Háblame de cuando vayamos a Venecia.» Y así espero a que se me olvide que no hay nada en mi vida exento de literatura, a poder volver a creerme mis cuentos de nuevo.

Esta vez la fantasía me está gustando tanto que me gustaría enloquecer para no tener que abandonarla.


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Published on May 17, 2025

El otro día hablaba con compañeras de trabajo cómo pesa a los andaluces la etiqueta de vagos. En el sistema educativo, por ejemplo: la particularidad del sistema educativo andaluz es que el recreo es no lectivo, por lo que nuestros adolescentes están media hora más en el instituto: de 8.30 a 15.00. También somos de los que acabamos el curso más tarde, por ejemplo. En fin, que por mucho que nos resistamos, intentamos sobrecompensar la fama de vagos. Que es eso, mera fama.

Lo mismo nos ha pasado a las mujeres. Con eso de que somos el sexo débil hemos tenido que hacernos las fuertes en exceso. Algunas mujeres, especialmente en la generación anterior a la mía, han tenido que desprenderse de mucho de lo que se identificaba como femenino y empaparse de masculinidad de la peor calaña para constituirse en mujeres fuertes, capaces e independientes.

En los últimos tiempos trato de vez en cuando con una de esas mujeres fuertes. Estudió una ingeniería en los 70, la única mujer de su promoción. Cuando le pregunté por las dificultades: ninguna. Ella estaba estupendamente entre hombres. Cuando hablamos de salud mental despacha la depresión como un signo de debilidad, especialmente en las mujeres. Y hoy me preguntó qué tal estaba y yo me quejé. Porque yo también hubo un tiempo en el que me creí que tenía que ser una mujer fuerte, esto es, fingir que no me dolía nada, que todo iba bien, que podía con todo sin problema. Pero no, ya no más. Ya me quejo, y lloro, y pataleo. Y acabo haciéndolo, porque no hay quien me lo haga, pero que se sepa lo que duele. Después le pregunté a ella, porque le está pasando de todo últimamente. Y por últimamente vendrá siendo durante el último año. «Cansada», me dijo, sin más. Yo quise interesarme más, dejar que se desahogara, yo qué sé. Pero ella se ha cambido el tono de voz y su energía, lo he notado hasta a través del teléfono, he sentido cómo forzaba la sonrisa, y ha dicho:

—Bueno, nada, nos pintamos los labios y como si no pasara nada.

Pues yo lo siento. Renuncio al título de mujer fuerte si hace falta. Pero yo ya estoy harta de fingir que no pasa nada. Porque pasa. Y, aunque sea incómodo, va a verse. Por lo menos, por mi parte.


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Published on Sep 24, 2025

Eran otros tiempos (siempre son otros tiempos), hace tanto y tanto que a veces casi pienso que me lo inventé. Entonces la noche me prendía como una antorcha. Cuando todo parecía apagarse yo brillaba. En el silencio y el reposo del mundo encontraba yo la música que marcaba mi ritmo y me ponía a bailar. Recuerdo la sonrisa perenne y la actividad (inútil sí, y qué) frenética. Puede que en el mundo diurno, con sus cláxones, sus risas estridentes, sus prisas y sus multitudes no encajase pero la noche me pertenecía.

Ahora la noche me pone triste. Ya no es como antes. Sigo sin pertenecer al día, pero he sido desterrada de la noche. Cada día, al oscurecer, siento que me quedo plantada a las puertas de la ciudadela de marfil oyendo toda la nada de dentro pero sin poder entrar. Tengo mi tiempo empeñado al imperio del sol. «Yo no quería», me digo. «No me quedó más remedio», me digo. «Tal vez no fui suficiente lista, o valiente», me digo.

Yo lo entiendo, aunque me mate de pena. No hay manera más triste de amar que con un ojo en el reloj. Para hacerlo mal mejor quedarse con las ganas. Al menos me quedan las ganas.

Qué viva estaba. Qué hermosa era. Y qué ignorante de mi fortuna.

Desde que no soy una lechuza se me han ido achicando las alas y ya no sé volar. Y no me gusta cómo se ve el mundo desde aquí abajo.


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Published on Dec 15, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has tenido siempre las cosas claras o eres más de dudar?

Cuando la gente cree que estás en un error, ¿tiendes a ceder o prefieres arriesgarte a equivocarte?

¿Has hecho muchas cosas porque se suponía que era lo que había que hacer? ¿Volverías a hacerlo?

Y ahora, el poema:

Callejón sin salida de Carmen Martín Gaite

Ya sé que no hay salida,

pero dejad que siga por aquí.

No me pidáis que vuelva.

Se han clavado mis ojos y mi carne,

y no puedo volver.

Y no quiero volver.

Ya no me gritéis más que no hay salida

creyendo que no oigo,

que no entiendo.

Vuestras voces tropiezan en mi costra

y se caen como cáscaras

y las piso al andar.

Avanzo alegre y sola

en la exacta mañana

por el camino mío que he encontrado

aunque no haya salida.


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Published on May 26, 2025

Cuando estudiaba el máster, el profesor de psicología nos habló de que uno de los signos de madurez en el niño es el desarrollo de la capacidad de postergación del deseo, es decir, de entender que lo que deseo ahora no va a ser recibido ahora, incluso aunque sea posible. Es tener la capacidad de esperar a acabar de hacer la compra para que mamá me compre el huevo Kinder o de esperar a que todos acaben de comer para irme a jugar. También es la capacidad de ir a trabajar todos los días para recibir la nómina a final de mes.

Es curioso ver esa conexión. No voy a ser yo una señora absolutamente cumbayá, pero es cierto que lo que interpretamos como «madurar» generalmente coincide con conductas que son adaptativas porque son útiles para el sistema. Y bueno, sí, no siempre podemos tener lo que queremos en el momento que lo queremos, patatín, patatán. Pero, ¿dónde está el límite? ¿No estaremos postergando el deseo demasiado? ¿No estaremos poniendo al final de la lista de cosas por hacer la nimiedad esa de intentar ser felices? Espoiler: efectivamente y sí. Porque claro, luego va una y lee a Epicuro sin ninguna motivación particular y se encuentra, en medio de las Sentencias Vaticanas esta joyita, la número 14:

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.

Y la realidad te pega en toda la cara: nacemos una sola vez y no nos es dado nacer dos. No somos eternos. Y tú, sabiendo esto (aunque, probablemente, decidiendo olvidarlo convenientemente), decides (en mayor o menor medida, con mayor o menor libertad) poner lo que te hace feliz al final de la lista: no tomar esa cerveza con una amiga, no dar ese paseo al anochecer, no sacar ese rato para leer. Pues que sepas que eso de «no tengo tiempo ni pa' morirme» es mentira. Con tiempo o sin tiempo te mueres. Y lo que no hayas disfrutado no se recupera en vida, y mucho menos después de cerrar sesión.

No te estoy echando la bronca desde ningún tipo de superioridad. Sé que los deberes se cuelan con demasiada facilidad dejando los quereres al final de la cola. Sé que vamos con la agenda en la mano a todas horas. Que encontrar huecos en esa agenda se parece a encontrar la cuadratura del círculo. Lo sé. Tal vez el problema sea que no creemos en agendar la felicidad. Laura Morán en Por qué (no) deseo habla de eso: a veces las parejas acuden a su consulta de sexología quejándose de que el deseo «no les viene» y ella les señala que no están dejando tiempo para que llegue, ni espacio, ni están creando las condiciones necesarias para que eso ocurra. Cuando ella les sugiere que tal vez tengan que reservar espacios en la agenda para el erotismo la primera reacción es la resistencia: ¿cómo vamos a agendar el amor, el cariño, el erotismo? Pues mira, como lo agendamos todo.

Por ejemplo, yo hoy he agendado follar. Con toda la claridad del mundo: «Amor, tengo muchísimas ganas de ti. ¿Te parece si esta noche te vienes a cenar y justo después nos ponemos a follar como si no fuese a haber un mañana?». Algo así ha sido. Y lejos de ser antierótico, el suspirito de mi consorto ha dejado ver que la idea le parecía estupenda. Así que, amigas, salvo imprevisto, aquí esta noche se folla. Porque sí, hay que postergar el deseo a veces. Pero no indefinidamente. La felicidad es importante, así que si ahora no se puede, se le busca hueco.

A lo mejor esa agenda que ha funcionado como instrumento de opresión puede convertirse en herramienta de resistencia.

Ya, lo sé, aunque agendo el sexo no dejo de ser una romántica idealista...


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Published on Jul 18, 2025

Esta mañana un amigo me mandaba ese mensaje. Paradójico, ¿no? Que alguien se disculpe por haber perdido el contacto requiere contacto, por lo tanto no estará tan perdido el contacto, ¿no? Entiendo el sentido. Mi amigo es una persona con la que he tenido contacto de mayor o menor intensidad a lo largo de varios años: periodos de mucho contacto seguidos de semanas o meses de silencio absoluto. Antes no era tan llamativo porque, aunque no hablábamos por privado, nos veíamos en las redes sociales, lo cual nos situaba en una cierta ilusión: la de saber cómo le iba la vida al otro o a la otra. En fin, él ha abandonado finalmente mastodon y yo paso de bluesky y he cerrado mis otras redes. Así que bueno, solo nos queda Telegram, de momento. Y ahí había bastante silencio de radio. Pero se ha acordado de mí, y me ha escrito, me ha preguntado por la vida, yo he hecho lo propio y ha sido bonito saber que alguien me piensa. No me hace falta más. Por supuesto, le he contestado muy seriamente a su disculpa y, para eso, me ha venido muy bien una conversación que tuve el sábado pasado.

##Lo que se ve desde detrás del visillo no es la vida.

El sábado estaba de reunión anual con mis amigos de la adolescencia. La vida nos pone difícil vernos más, por desgracia. La cosa es que salió el tema de Instagram y un amigo decía que se resistía a cerrar Insta porque tenía la sensación de que se iba a descolgar de la vida de muchos vínculos que tiene en otras ciudades y con los que no mantiene un contacto diario: son gente que le importa, quiere que les vaya bien, quiere saber que les va bien, pero no tiene la capacidad de estar escribiéndoles mensajes y demás.

Yo entiendo que eso dé miedo, de verdad. Intentaba, no obstante, hacerle ver que ver Instagram es parecido a lo que hacen las «viejas del visillo» en los pueblos: lo que ves no es lo que hay, es lo que captas en un instante. Menos real es todavía Instagram: yo decido qué pongo, cuándo, cómo. Puedes estudiarte el Instagram de una persona de arriba a abajo y estar más alejada de saber cómo va su vida que antes de empezar. No obstante, como digo, entiendo el miedo y el «mejor eso que nada». Sobre eso nada tenía que decir.

Entonces otra amiga dijo algo que me pareció muy interesante:

##«No podemos sostener todos nuestros vínculos de la misma forma»

Ella ha vivido en varias ciudades de dentro y fuera de España y contó que, después de vivir en Chile, al volver, no vivía ni aquí ni allí: estaba constantemente pendiente del ordenador, de los correos electrónicos y las comunicaciones de la gente de allá, durmiendo poquísimo para vivir aquí, en España, y, a la vez, mantener el contacto sincrónico con su gente de allá. «Un día», dijo, «me dí cuenta de que tenía que dejar ir, porque la vida es eso: no se pueden sostener todos los vínculos de la misma forma, simplemente no se puede».

Me hacía falta escuchar eso, ¿sabes? Siempre he tenido la sensación de que había algo defectuoso en mí por no mantener demasiadas relaciones de larga duración, pero es que a veces la vida lo pone complicado y yo no tengo especial habilidad para eso. Antes era más sencillo de asimilar: si te mudabas de ciudad se asumía que el contacto se iba a perder. Quizá podías mandar cartas de vez en cuando, o llamar por teléfono alguna vez. Pero el tiempo y la distancia iban haciendo lo suyo. Si, por una casualidad, volvías al lugar de origen y te cruzabas con esos seres queridos probablemente os saludaríais con alegría, nostalgia y emoción. Incluso propondríais tomar algo y poneros al día. Y al volver a marchar, pues cada persona volvería a su vida y en paz. Es bonito, es orgánico.

Ahora, sin embargo, con eso de estar hiperconectados parece que esa opción ya no existe: hay que hablar con todo el mundo, todo el rato, una no puede bajar la guardia, dejar de escribir mensajes, dejar de dar likes, dejar de estar al día de los más nimios detalles de la vida de todo el mundo al que quiere o aprecia. ¡Es agotador!

##No hacía falta una disculpa.

Por eso le he dicho a mi amigo que no hacía falta una disculpa. Que se ha acordado de mí y me ha escrito, por lo tanto no hay contacto perdido que valga. Que no se pueden sostener en plano de igualdad todos los vínculos (lo siento, Tània, me quedo tu frase) y que en todo caso debería darle las gracias por pensarme y hacérmelo saber.

No sé, ¿no os parece que vivir como se supone que se debe es complicadísimo y absolutamente agotador? Lo mismo esto ya no tocaba en este post, pero es que te prometo que estoy que no doy más de mí. Vamos a dejarlo aquí, supongo.


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