Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Jun 13, 2026

El día 14 de junio se celebra en Andalucía el día de la Memoria Histórica y Democrática, conmemorando el inicio de la exhumación de la primera fosa común de la Guerra Civil, el 14 de junio de 2003. Por si a alguien le bailan las fechas, Francisco Franco murió en 1975 y la Constitución Española que establece que España es una democracia se votó y aprobó en 1978. Pero bueno, pasan que cosas.

Por cosas, este año han avisado al coro en el que estoy para poner música a la ofrenda floral de un acto conmemorativo. Las cosas: objeciones de conciencia por motivos políticos. Je. La transición ejemplar, nojequé.

Este tipo de actos son muy emocionantes en mi ciudad. Aquí todavía quedan fosas por excavar, hay gente que sabe que sus familiares están en cierto cementerio, que solo haría falta un presupuesto minúsculo y voluntad para poder recuperar sus restos, pero siguen esperando. Y acudiendo sin faltar a cada acto, con flores, con la bandera republicana, con la foto de sus antepasados desaparecidos y un manojito de flores. Que es más de lo que han podido hacer en otros momentos, pero no es suficiente.

Hasta que ha llegado nuestro turno de cantar hemos estado en un rinconcito, escuchando las intervenciones. Entretanto, dos compañeras hablaban de alguien o álguienes, no sé si de nuestro coro o del que no ha podido venir. El caso es que hablaban de que esa persona o personas no habían venido, justamente, por motivos políticos. Lo comentaban indignadas, pero cada una por un motivo. Una de ellas, desde el convencimiento democrático, que no puede ser más que antifascista. La otra, desde una postura apolítica que ya ha mostrado otras veces con comentarios como qué más da que no vayas a votar, si todos los políticos son iguales. Yo estaba callada, cerca, escuchando. Entonces, mi compañera la apolítica ha dejado caer una frase que me ha revuelto el mondongo: “¿Qué tiene que ver esta gente con todo eso?” ¿PERDONA? Dime que no entiendes de qué va el tema sin decirme que no entiendes de qué va el tema.

¿Que qué tienen que ver los familiares de los desaparecidos de la Guerra Civil con cuestiones políticas? Pues todo, querida. Todo. Porque los desaparecidos de según qué bando están enterrados en monumentos, han recibido homenajes durante décadas, sus hijos y viudas han sido atendidos y consolados. Sin embargo esa gente que hoy tenías delante había vivido humillada y con miedo, escuchando en susurros la historia de su tío o de su abuelo, y con más miedo y silencio habían vivido sus padres o madres, muchos de los cuales no pudieron dejar siquiera una flor sobre la tierra. No podemos salirnos por la tangente, despolitizando la Memoria y tachando de “cabezonería” el empeño de algunos en no ir a este tipo de eventos con su coro, no. Se trata de un evento profundamente político, comprometido con la democracia y la justicia. Y quien se opone no es cabezón, es antidemócrata, eso para empezar. Y para seguir, una mierda de persona, porque, si fuese posible despojar de connotaciones políticas este tipo de actos, la situación no mejora: ¿qué basura humana puede oponerse a la demanda de aquellos que quieren poder localizar y enterrar a sus muertos?

Que qué tiene que ver esta gente con nada de eso, dice. Otro día más el título del blog amortizándose: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Dec 13, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Se puede mantener la ternura en un mundo que exige dureza?

¿Cómo equilibramos protegernos con querer?

¿Qué preferirías sacrificar, tu «blandura» o tu «dureza»?

Y ahora, el poema:

Fuerte, de Ana Pérez Cañamares

“Los días duros se abren a mi quilla”.

Ángela Figuera Aymerich

Soy fuerte. Me rompo en esquirlas.

El problema es que voy

quedándome afilada

y ya no soy más

aquella mujer

habitable

mullida

blanda

yo.


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Published on Apr 10, 2026

Me quejo mucho de mi profesión. Al fin y al cabo:

  1. No me gusta trabajar y
  2. Es una profesión dura.

Pero, probablemente no es dura por lo que la mayor parte de la gente piensa. Cuando digo que soy profesora de instituto, lo primero que suelen mencionar es a los adolescentes. Y bueno, no voy a negar que en los últimos tiempos nos enfrentamos a situaciones y retos bastante complejos, que desgastan mucho. Y tampoco voy a negar que ser mujer, progresista y docente supone recibir violencia de mayor o menor intensidad de forma cotidiana. Peeeeeeero los adolescentes son la razón por la que me apunté a esta movida y siguen siendo la razón por la que sigo (junto a que no hay otra cosa por la que me paguen como para sobrevivir, claro).

Cuando hablo con amigas maestras me dicen que ellas disfrutan mucho del trato con sus alumnos porque son más inocentes, más niños, más entusiastas y menos rácanos con el afecto. Es cierto que los adolescentes son otro estadio de la evolución del pokémon humano y, como tal, tienen sus particularidades. La apatía y la incapacidad de sentir no son dos de ellos: los adolescentes sienten y sienten con intensidad, en mi experiencia. Lo que pasa es que, en buena medida, se ocupan y preocupan mucho de ocultarlo. Hay que tener una mirada entrenada para darse cuenta de su afecto.

También es cierto que el adolescente es más selectivo que el niño a la hora de querer a un adulto, porque los adultos no entienden, no saben, les miran por encima del hombro, etc. Que un adolescente se sienta respetado, escuchado y seguro con una es el premio gordo: Incluso aunque no llegue a demostrarlo abiertamente.

Me siento muy afortunada. Puedo decir, aunque esto suponga pecar de arrogancia, que soy una persona querida por sus alumnos (no por todos, claro, pero sí en buena medida). Estas últimas semanas he tenido haciendo las prácticas del Máster de profesorado a un alumno al que le di clase en bachillerato. De vez en cuando me entran en el correo mensajes de antiguos alumnos preguntando por mí, pidiendo algún favor, invitándome a sus graduaciones si ya no estoy en su instituto... Y algún día que otro pasan cosas. Últimamente me han pasado dos que quiero compartir.

Hace unos días fui de visita a dar una charla en calidad de escritora. Mientras esperaba allí en la entrada del centro con la coordinadora de la actividad veo aparecer por el rabillo del ojo una figura que se acerca a mí con mucha velocidad. Cuando me giro y le veo de frente veo que viene con los brazos abiertos hacia mí, y le reconozco. Es R., fue alumno mío el curso pasado, en Bachillerato, pero la cosa no cuajó. R. no era un “buen estudiante” porque no estaba donde él quería estar. Pues bien, cuando vio los carteles de mi visita, el menda lerenda se fue a Jefatura a pedir permiso para salir de su clase y venir a la charla a saludarme. Finalmente lo pudo hacer al final de la clase anterior, lo que nos permitió hablar un buen rato. Se le veía tan contento de verme, me pareció tan lindo que se tomara esa molestia... Y bueno, eso por no hablar del par de abrazos, el de bienvenida y el de despedida, que me dio, que me dejaron la pila recargada para tres días. ¿No os parece lindísimo, y más viniendo de un ex alumnO? Porque en esto me da que el género también importa...

Pues hoy[^picaso] he tenido otro momento. Unas alumnas me buscan, me dicen que si pueden hablar conmigo en el recreo. Les digo que claro, que por supuesto. En el recreo vienen y nos vamos a un aula, yo pensando que tienen alguna duda... Y me dan una caja. “Ábrela”, dice una. “Pero lee primero el interior de la tapa”, dice la otra. Y escucho: “Espero no haberme equivocado con la fecha...”. Pues bien, leo la tapa y hay una carta preciosa y unas instrucciones. Básicamente me dicen cosas bonitas y que, como me caso en un año, han preparado 13 sobres, empezando justo un año antes de la fecha de la boda, siguiendo ese mismo día de cada mes faltante, y acabando el día de la boda. Cada uno contiene una vela e intuyo que algo más. No puedo esperar a abrir el primero (pero lo haré).

Me parece un currazo. Una molestia tremenda cuando en 2º de Bachillerato tienen cosas mejores y más urgentes que hacer, cuando el tiempo libre escasea y seguro que hay mil opciones mejores para dedicarlo que prepararle una sorpresa a tu profesora. Pero lo han hecho. Me parece tan precioso...

Como decíamos ayer... Que me siento querida, que siento que hay adolescentes que me consideran digna de su afecto, de su confianza, de su consideración y cariño. Y que eso, aún después de muchos años, sigue pareciéndome una bendición, y espero que no cambie nunca.

[^picaso]: tuve que interrumpir la escritura de este post porque mi tranquila guardia en el aula de expulsados se vio interrumpida por la llegada de una estudiante... Que llegó muy enfadada pero llegó contándome toda su movida, pidiéndome consejo y despidiéndose con gratitud al irse. Tengo talento para esto, se ve.


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Published on Jan 14, 2026

Mi compañero me hace marcaje como el que me hacían las dependientas de El Corte Inglés cuando tenía 20 años y pinta de ir a su tienda más a robar que a comprar. Vaya, que el señor no se fía de mí, no lo ha hecho en ningún momento, e intenta hacer control de daños periódicamente [^porqueyo]. Intenta ser sutil, pero le sale bastante mal, porque para que yo me dé cuenta de estas cosas tienen que ser tremendamente obvias. O tal vez es tremendamente obvio para que yo me dé cuenta de que me está vigilando y solo finge que intenta ser sutil. En fin, me importa más bien poco. Tampoco es importante para lo que quiero contarte. Solo pretendía dar contexto y mira...

La cosa es que la última vez que me hizo marcaje sutilmente (empezó a hablarme así, como quien no quiere la cosa, de por dónde iba y qué iba a hacer después y a plantearme su planificación de la materia como la mejor de las planificaciones posibles, porque cómo no) y en un determinado momentro la siguiente afirmación salió de su boca:

—¡Porque cómo va a acabar alguien 2º de Bachillerato sin haber estudiado la Crítica de la Razón Pura! ¡Es inconcebible!

Y lo dijo mientras gesticulaba señalando los dos tomos del año de la picor que hay de la obra de Kant en el departamento.

Yo no sé si es el salto generacional, que yo me tomo a los señores filósofos muertos mucho menos en serio o que yo me siento, antes que otra cosa, maestra y, en ningún caso, experta en filosofía, pero, sea como sea, la frase me pareció tremendamente ridícula.

No se puede ver todo, eso lo tenemos claro: hay que seleccionar. Y a Kant le ha tocado que veamos su filosofía práctica, qué le vamos a hacer. Me puede parecer mejor o peor, pero nadie se muere por no estudiar la Crítica de la Razón Pura y, si me apuras, se puede vivir perfectamente sin estudiar a Kant.

No me malinterpretéis: claro que defiendo la educación filosófica, incluido el estudio de autores (que prácticamente nadie cuestiona) y de autoras (que es cuestionadísimo, claro, porque parece que si estudiamos a María Zambrano o a Mary Wollstonecraft hay que quitar a Platón ¡Y CÓMO VAMOS A QUITAR A PLATÓN! En fin. Pero no fetichizo a los autores: me parece importante lo que se aprende a través de ellos, pero se puede llegar a esos aprendizajes de muchas maneras, por muchos caminos. Puede que incluso los que marca el canon no sean los mejores.

Y luego, lo otro. Yo entiendo que para esta persona la Crítica de la Razón Pura sea la cosa más importante y necesaria del mundo para un adolescente (sí, sé que estoy haciendo un poco de hombre de paja con esto, pero permíteme la exageración), pero de ahí a pretender que esa creencia es la verdad, que lo que a él le parece importante es LO importante va un trecho.

Podría hacer sin pensar demasiado una lista de al menos 20 cosas que un adolescente tiene que saber al acabar el instituto y que siento que no acaba sabiendo, empezando por el hecho de que las cosas que no ha elegido y que le han tocado en suerte (raza, familia, estatus socioeconómico, sexo, etc.) no le hacen mejor o peor persona. Pero qué sabré yo: solo soy una chica a la que su compañero siente tiene que hacerle marcaje.

[^porqueyo]: El por qué me hace marcajea mí y no a mi otra compañera que ha tenido que robarme los apuntes para saber cómo impartir la materia tiene su guasa, pero oye, esto es lo que hay.


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Published on Dec 8, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Cómo te enfrentas a la contemplación de tu «mochila emocional»?

¿Crees que tratamos con justicia «lo roto»?

¿Se te ocurre alguna manera de dignificar lo imperfecto?

Y ahora, leamos el poema:

Las cicatrices, de Piedad Bonnett

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.


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Published on Jun 9, 2025

No recuerdo muchas apreciaciones buenas de mi madre hacia mí. Sus supuestos cumplidos siempre iban seguidos de un pero que restaba todo el valor a cualquier cosa que lo hubiese precedido. Por ejemplo: «Ella es la lista pero su hermano es el bueno». A ver, qué necesidad había. Pues a causa de esa frase que no fue dicha una, ni dos, ni tres veces, he arrastrado un complejo de malapersona durante buena parte de mi vida.

Por suerte ya se me ha pasado: yo no sé si ha sido la edad o los palos, pero tengo claro que soy una persona razonablemente buena. En ocasiones soy un puto ser de luz. A medio día volvía del trabajo en autobús, hasta el mismísimo *oño (inserte aquí la consonante que le parezca bien), habiendo dormido apenas 3 horas, cuando he visto a una alumna secarse unas lágrimas furtivas. Ea. Allá que he ido a darle un pañuelito y preguntarle si necesitaba algo y a ofrecerle mi ayuda. Que sí, que lo mismo esto es decencia humana básica, pero es que tampoco es que la decencia humana básica abunde muchísimo. Intengo ser amable, empática, justa, hacer lo correcto y lidiar con mis contradicciones lo mejor que sé y puedo. La cago, por supuesto, pero en términos generales creo que soy bastante buena gente. Diga mi madre lo que diga. Chúpate esa, trauma infantil.

De ese complejo de ser mala se ha derivado un comportamiento bastante problemático para mi persona: para no ser mala me he dejado pisar, maltratar, utilizar... Ya lo captas. Como era mala no podía permitirme una salida de tiesto. Tenía que demostrar que era buenísima, poner la otra mejilla (lo de la educación católica, otro día). Curiosamente, cuando he asumido que no soy tan terrible he empezado a darme permiso para actuar como si no le debiera mi bondad incondicional al mundo. Es un proceso lento, pero he ido aprendiendo a decir que no, a manifestar desagrado, incluso enfado en entornos de confianza... Fuera, con extraños que no son espacio seguro es más complicado, fíjate. Es curioso, porque justo esa gente tendría que darme igual, pero mira, el selebro selebreando, yo qué sé.

Pues hoy he vuelto a cruzar ese puente, el de no deberle bondad incondicional a alguien que no es buena. Y lo he cruzado por todo lo alto. He sido deliberada y rotundamente desagradable con una señora que ha atacado mi trabajo (voluntario, pero trabajo) como coordinadora de un club de lectura. No es la primera vez que me ataca. En las anteriores he optado por la mesura, la diplomacia y la bondad. Hoy no. Y me he sentido tremendamente orgullosa de mí misma, tremendamente satisfecha.

Al fin y al cabo hemos aprendido recientemente que, por mucho que una sea un ser de luz, nadie está libre de un apagón, grande o pequeño. Ea.


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Published on Mar 25, 2025

Por alguna razón que no llego a entender (probablemente la esperanza, que siempre ha sido uno de mis vicios), de pequeña creía que, cuando fuese mayor la gente sería menos mala conmigo. Yo era una niña atormentada por el acoso de sus compañeros de colegio, sin amigas, marginada por todo el mundo, que se comía su bocadillito en una esquina del patio deseando que nadie reparase en ella (aprendí muy pronto que estar sola no es lo peor que te puede pasar). Pero eso era porque los niños son muy crueles. Cuando crecen, cuando maduran, seguro que dejan de tener tanta malicia.

Eso creía, y creo que no es algo que me pasara a mí, por ilusa. Creo que es una creencia generalizada: que las cosas de niños se curan cuando una se hace adulta, viéndose imbuida entonces de la sabiduría y la sensatez propias de la edad que la hacen a una moverse flotando cinco centímetros por encima del suelo, de lo mundano y de sus mezquindades.

Y una poca polla.

La edad no cura nada, no te reforma per se: una persona desgraciada, malvada, cruel, no deja de serlo simplemente por cumplir años. Es más: en más de una ocasión perfeccionan ese talento.

Esta es otra de las grandes decepciones de mi vida: los bullies no dejan de serlo cuando crecen, la crueldad no disminuye con los años y se puede ser igual de mezquino con 10 años que con 50.

Lo he recordado esta tarde.

Por suerte, creo, yo ahora soy un poco más lista. No estoy muy segura.


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Published on Jan 29, 2025

Esta mañana me quejaba en Mastodon. Durante estos últimos días, puede que tres semanas, me he sentido bien. Muy bien incluso. Eso no significa que mi vida haya sido perfecta: he tenido mis problemas, mis aogbios, mis prisas, mis inconvenientes, mis obligaciones... En fin, las cosas de la vida. Pero mi ánimo tras todo ello era sereno. Podía sentir ese sosiego y era consciente de él. “Esto debe de ser la felicidad”, le dije a ingeñero el otro día. “Ojalá dure”, me dije a mí misma mentalmente.

Pero, por supuesto, ha durado lo que ha tenido que durar que no ha sido mucho: la felicidad nunca dura suficiente. Estoy acostumbrada a estas montañas rusas emocionales que van desde etapas de una cierta euforia y mucha energía hasta etapas de abatimiento absoluto y desánimo general. Y estoy acostumbrada a lidiar con mis cosas desde esos dos estados y todos los que pueden ubicarse entre medias.

Durante bastante tiempo pensaba que yo era la mujer enérgica y dinámica de los momentos altos. Interpretaba los momentos de bajón como momentos en los que yo era solo a medias o momentos en los que algo tomaba posesión de mí o me lastraba y no me dejaba ser mi verdadero yo. Pero si eso fuese cierto, yo sería yo muy poco tiempo de mi vida.

Ya no lo veo así, por supuesto. Sé que igual que el agua cambia de estado sin dejar de ser agua, yo paso por distintos estados sin dejar de ser yo. No soy menos yo cuando estoy triste que cuando estoy alegre, cuando estoy desanimada que cuando estoy esperanzada. Si lo pienso fríamente, es una idea absurda. Y, como casi todas mis ideas absurdas, viene del mismo sitio: la sociedad.

¿No te da la sensación de que en la sociedad se interpreta la tristeza, el cansancio y otras situaciones del estilo como un estado defectuoso, en el que a la persona le falta algo? No ocurre lo mismo con las emociones que leemos positivas: esas no sobran. Y, por supuesto, todos queremos estar bien, pero vaya, creo que es bastante intuitivo entender, cuando una se sustrae de esos prejuicios ambientales, que tan normal es estar bien como estar mal cuando ese estado está ajustado a las circunstancias (más o menos) o incluso cuando no, como es mi caso, que a veces mi ánimo se ensombrece durante una temporada sin motivo aparente (igual que se ilumina sin motivo aparente).

Pero no, no ocurre así. Supongo que porque la tristeza y el resto de sus primas tienen muy mala prensa y sospecho que eso tiene que ver, al menos en parte, con que la tristeza incomoda porque interpela: si alguien está mal y se le nota y yo no hago nada me siento mal. Y no quiero sentirme mal. Si alguien está mal y se le nota siento que tengo que hacer algo, pero puede que no sepa qué, y eso me incomoda, y no quiero sentirme incómoda. ¿Ves por dónde va el razonamiento?

Precisamente por eso hace años que lo veo necesario. Uno de mis microactivismos de hace unos años era visibilizar mis emociones, haciendo hincapié en las negativas, que son las que solemos esconder. El lema era «Bienvenidas las tristes». Pretendía identificarme como un espacio seguro, como una persona refugio, ante la cual se podía estar mal y, desde mi parcela, contribuir a esa normalización de las emociones negativas y animar a otras a interactuar con ellas para vencer ese malestar y esas incomodidades que provoca la falta de costumbre (porque todas nos hemos sentido muy violentas cuando alguien rompe a llorar delante de nosotras, ¿a que sí? Es que esos primeros auxilios no nos los enseñan: tenemos que aprenderlos solas).

He de reconocer que siempre me he tenido por una persona triste, melancólica, nostálgica. Por eso hubo algún tiempo en el que pensé que mi verdadero yo era el yo triste, que la mujer serena, alegre o risueña era una anomalía. Creo que eso se debe a que, como siempre estoy en mi presencia, me percibía más triste que el resto, más melancólica o nostálgica que el resto. Pero claro, es que yo solo veo lo que el resto deja ver y yo consigo percibir, que es algo bastante limitado. Sé que no soy la persona más feliz o más alegre del mundo, pero puede que no sea tampoco la más triste. Aun así, todo forma parte de lo que soy. Soy mi alegría, pero también soy mi tristeza. Soy mis victorias y mis dolores, mis ilusiones y mis abandonos. Lo soy todo. O, como decía Walt Witman en Song of Myself:

Do I contradict myself? Very well then I contradict myself, (I am large, I contain multitudes.)

Empiezo a asumir que nadie (ni siquiera yo misma) va a abarcarme. Y ya no me angustia.


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Published on Jun 24, 2025

... y nosotros nos enamoramos.

Qué frase tan dramática, pero qué hermosa. No puedo evitar pensar mucho en ella últimamente.

Hoy, por ejemplo, iba en el autobús. Dos filas delante de mí una pareja muy joven, prácticamente adolescentes, viajan juntos. Ella apoya la cabeza en su hombro, él le besa la coronilla y la abraza. Me conmueven mucho estos gestos en medio del devenir de la ciudad en los días laborables. Entre limpiadoras de uniforme, trabajadores de banca camino de la sucursal y jubilados camino de su revisión en el hospital privado allí están ellos, generando un vórtice que ralentiza el tiempo, inmersos en un paréntesis intangible. Y yo les amo por ello, por desviar con la gravedad de sus sentimientos mi mirada y abstraerme de la mecánica del fin del mundo.

Ayer leía a alguien hablar de la sensación de extrañeza que le provocaba estar mirando decoración para su baño mientras en Gaza moría la gente, mientras Estados Unidos bombardeaba Irán, mientras las vidas de millones de personas pendían de un hilo muy fino sostenido en el campo de juegos de unos niños caprichosos que se perseguían con tijeras.

Y sí, es extraño. Porque el sábado, después de parlamentar descorazonados sobre el ataque de Estados Unidos a Irán, desnudos sobre la cama para sobrellevar el calor, hicimos el amor como si el mundo no se estuviera acabando, como si tuviésemos que compensar todo el odio del mundo queriéndonos. Y me ataca la rabia cuando pienso en ello, pero también la esperanza. Porque el mundo se está acabando, tal vez desde siempre, pero lo mejor la vida se empeña en afirmarse y resistir, aunque sea en escaramuzas propias de guerrilla.


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Published on Oct 7, 2025

Pocas cosas más incómodas que el llanto. Creo que si nos encontrásemos a un grupo de personas follando en plena calle nos resultaría mucho más fácil mirar que si nos cruzásemos con una persona llorando. El llanto nos descoloca, nos hace conectar con nuestra propia vulnerabilidad y nos pone de frente con lo incomunicable: el dolor. El dolor es de las cosas más privadas e inefables que existen, no importa cuánto lo intente una: la otra persona puede llegar a atisbar cómo te sientes, pero nunca llega a saberlo del todo. Supongo que esa parecela de misterio queda en cualquier cosa que se comunica, pero el dolor parece tan importante...

Es cierto que no siempre se llora por dolor, pero supongo que el llanto suele llevarnos ahí. Sea por lo que sea las personas, por lo general, cuando ven a alguien llorando, parecen necesitar encontrar con urgencia un agujero bien profundo en el que meterse.

En ese sentido, soy una persona bastante incómoda que tener cerca (cuando cerca significa espacial y espiritualmente). Especialmente en los últimos tiempos. Lloro mucho. Muchísimo. Y no lloro más porque en el trabajo hago lo imposible y lo imposible por evitarlo (no es que a veces no me den ganas). Pero en casa... uf. Y lloro porque me duele mucho todo (no voy a entrar en detalles, esto se haría demasiado largo) pero también lloro por las cosas que atenúan un poco el dolor. Así que ando hecha una fuente.

Ayer me eché a llorar como una magdalena al leer la carta de una amiga en la que decía que hablar conmigo le aporta lucidez. Me tiré llorando un buen rato por eso. Pero claro, es que eso, para mí, significa mucho. Significa que hay alguien en el mundo a quien mi existencia le sirve, para quien, que yo exista, supone una mejora en su vida, por leve que sea. Y, qué te digo, con lo irrelevante que me siento últimamente en términos absolutos no me queda otra que agarrarme a estas pequeñas cosas que no son, en absoluto, tan pequeñas. Siento que, si desapareciera, la gente no me echaría mucho de menos,salvo alguna excepción. Así que intento sobredimensionar el peso de las excepciones, por mi propio bien.

Y se ve que ayer fue el día de las excepciones. Porque también me hicieron ver que se me echa de menos. Una amiga con la que no tengo demasiado contacto (ella empezó a descolgarse de las redes sociales, luego volvió, pero yo me estaba descolgando de esas redes sociales, después volvió a Substack pero yo enseguida cerré mi cuenta... En fin) pero con la que siempre he sentido una conexión especial me escribió un correo. Sin más, por nada: «Me he despertado esta mañana a las 5 pensando en que tenía que escribirte». Y así lo hizo. Me puso al día de su vida en los últimos meses, me contó algunos pormenores y me resumió su estado de ánimo. Poco más. Pero también lloré. Porque se acordara de mí, porque se tomara el tiempo de sentarse a escribirme, porque me contara pormenores de su vida. Porque alguien que no obtiene nada de mí, que nunca obtuvo nada de mí, me echase de menos y se acordase de mí.

En fin, que lloro por todo. Por cómo me duele lo hostil del mundo y por el alivio breve que me proporcionan los gestos de amabilidad y cariño, los momentos de conexión. Necesito un permiso laboral por motivos de llanto, a ver si me quedo vacía y a gusto de una vez.


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