Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Jul 1, 2025

El otro día dije en Mastodon que abandonar las redes sociales mainstream había cambiado la manera en la que vivo mi ocio (me va a costar evitar el verbo consumir) y @laguiri@neopaquita.es">LaGuiri me comentó que le gustaría leer más sobre el tema. La cosa es que, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que ha sido un cambio más profundo que el que en un principio vislumbré. Así que nada, voy a ver si le doy un poco de orden a algunos de los aprendizajes adquiridos o intuiciones vislumbradas desde que dejé las redes sociales mainstream

##Nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing

No me tengo por una persona excesivamente impulsiva o caprichosa. Además, creo que tengo la cabeza relativamente bien amueblada y que, por distintas razones, suelo ver venir cuando alguien quiere venderme algo. No me considero, en definitiva, una víctima fácil para las estrategias de venta. Pues bien: me he dado cuenta de que estoy equivocada. Probablemente, eso no lo niego, presente algo más de resistencia que otras personas, pero nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing. Y eso lo sé porque ahora que he dejado de estar tan expuesta a las estrategias mercadotécnicas que imperan en las redes sociales comerciales deseo menos de forma inducida.

Aunque antes no se me antojase cualquier cosa que apareciese por mi feed, sí que he detectado que me pasaba con cierta frecuencia. La publicidad (con frecuencia transmitida por personas normales y corrientes inmersas en la dinámica de estas redes, como yo misma lo era) hacía que tuviese curiosidad por cosas, que las acabase deseando. Estas cosas eran, en la inmensísima mayoría de los casos, superfluas, nada necesario ni especialmente relevante para mí. Sin que yo me diera cuenta, incluso mientras yo creía que estaba haciendo un uso responsable de las redes sociales, mi deseo se estaba dirigiendo a productos concretos. ¿Que cómo me he dado cuenta? Pues porque lo que me interesa o quiero ya no coincide en tanta medida con lo que le interesa a la mayoría de gente que me rodea. Lo cual me lleva al segundo punto.

##Mi ocio estaba absolutamente mediatizado por la publicidad y lo viral.

Yo creía que veía una serie o una película, o que leía un libro, porque me interesaba de verdad. Que ese libro, película o serie fuese el que estaba viendo todo el mundo era una mera coincidencia (nunca lo es, pero vaya, no pensaba que tuviera tanto peso). No era así, porque al desaparecer de esas redes sociales (y al dejar las plataformas de streaming, también) he dejado de desear ver cosas que antes veía: honestamente, no me interesan, no siento que me esté perdiendo gran cosa por no verlas. Lo mismo ocurre con las novedades o booms editoriales: es que ya no me entero de cuáles son. No sé si es demasiado pretencioso decir que mis elecciones en relación al ocio son ahora más auténticas, probablemente sí, pero desde luego sí que están más dirigidas por una interacción más humana y menos publicitaria (lo viral no deja de ser una forma muy efectiva de publicidad).

Esto ha llegado a cosas muy pequeñas. El otro día un amigo me hizo referencia a un escándalo con la restauración de una virgen. Yo le dije que me había enterado, que algo había oído, pero que no me interesaba demasiado. Él insistió: cómo se nota que no estás en instagram, todo lo que rodea el caso es surrealista, propio de una película de tu paisano Cuerda. Y yo también insistí: le dije que, de verdad, podía vivir sin meterme en ese pozo, que no me interesaba nada en absoluto. Lo mismo pasó hace poco con la cancelación de un programa de Nickelodeon, el de Tiny Chef. Supe de ello porque una amiga me mandó un enlace a Bluesky. El vídeo me pareció del peor gusto porque apelaba a una emocionalidad profunda para manipular (que sí, que el muñequito es muy mono, pero me enfadó, porque vi una frivolidad tirar de lo que supone un despido de forma tan emocional para evitar la cancelación de un programa de tele). Luego, por dos lados más, me llegó un vídeo bastante gracioso del muñequito cocinando al ritmo de Billie Eilish. Ese sí me gustó. Pero ya está: no me interesaba. No quería saber más. Sin embargo, por alguna razón, medio Interné estaba a topísimo con la cancelación de un programa del que la mayoría no había oído hablar hasta un día o dos antes. ¿No es curioso?

Sin embargo, aunque esto me parece, en general, positivo, creo que tiene también su lado negativo.

##A las personas que quiero y a mí están dejando de interesarnos las mismas cosas.

Y eso me da miedo, porque sé que tengo cierta facilidad para aislarme y, sin esos nexos propios de la cultura popular, temo que ocurra. No es raro que mis amigos compartan en nuestros grupos de mensajería enlaces a Instagram o a Twitter que yo ya no me molesto en abrir: el 80% de las veces no puedo verlos por cómo las plataformas los limitan para obligarte a registrarte e instalar su app. Las bromas o referencias que hacen me pasan por encima. Cada vez más cuando hacen referencia a un pequeño evento canónico que ha tenido lugar en estas redes tengo que preguntar un sonoro qué porque no tengo la más mínima idea de de qué va el asunto. Imagino que pasaría lo mismo si yo les hablase del certamen #MissVentiladorDeTecho, claro. La cosa es que yo sé que estoy en redes de nicho, mientras que ellos sienten que todos estamos al tanto de lo que pasa en las grandes redes comerciales.

Tal vez sea un miedo infundado, pero no creo que lo sea del todo. En cualquier caso es un miedo que sirve a las empresas que manejan estas redes: «¿Vas a dejarnos y a perderte todo lo que pasa aquí? ¿De qué vas a hablar entonces con tus amigos?». Resulta que el FOMO funciona, amiguis.

En fin, espero sinceramente que mis relaciones sociales se sustenten sobre pilares que puedan resistir la eliminación del algoritmo y la mercadotecnia. Sé, sin embargo, que no todas lo harán.


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Published on Sep 22, 2025

Hoy al salir de trabajar tenía un mensaje de mi antiguo compañero de departamento al que debería empezar a referirme como «mi amigo N», porque supongo que eso es lo que es. Me decía que tenemos que quedar, que no podemos dejarlo estar, sin prisa pero sin pausa. Y me decía que este año tiene en clase a una alumna del año pasado que le ha pedido que me transmita un mensaje: que le encanta escribir, y que le encanta la poesía, y que ha leído mis poemas y que le han encantado, que nunca encontró el momento o la valentía de decírmelo el curso pasado.

Ha sido muy bonito. Y más en este momento en el que el cuerpo me pide hacer listas para seguir levantándome por las mañanas y en el que siento que soy una farsante en mi trabajo, una impostora y una inepta.

En esta ocasión el mensaje ha llegado, aunque sea de forma indirecta (es cierto que me habría gustado poder sonreír cuando me lo dijese ella, que viese que me había hecho feliz, hacerle preguntas, en fin, esas cosas) pero me planteo cuántas veces no nos decimos las cosas. Y, consciente de cómo una sola palabra puede desviar un cuerpo de su trayectoria, siento vértigo.


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Published on Aug 30, 2025

Estaba limpiando el polvo de la casa con toda la pena pre-post-vacacional que he conseguido reunir cuando he llegado a mi otra mesilla de noche. Es la del lado contrario a la mía, pero también es mía, así que bueno. En ella he encontrado dos fotos. Una, en el Retiro de Madrid, con mujeres que había desvirtualizado ese día y con algunas que acababa de conocer. Pero qué día aquel... La otra, en la Feria de Córdoba, con algunas de mis amigas de aquí.

Cuando me separé de mi pareja y mi casa se quedó algo más vacía decidí tomar precauciones para que la tristeza no se acomodase demasiado. Una de ellas fue dejar recordatorios de que no estaba sola. Soltera sí, pero no sola. Así que imprimí unas cuantas fotos y rescaté algunas de los álbumes, compré algún marco más y dejé aquí y allá fotografías de gente que me acompañaba. La foto del Retiro fue una de las primeras. Casualmente (o más bien no) en esas fotografías aparecían mujeres. Pero también eran de mujeres las postales o ilustraciones que dejé aquí y allá para no dejarme creer que estaba sola en el mundo.

Hace ya dos años de eso y la presencia de algunas de esas mujeres en mi vida no es, ni de lejos, la misma que entonces. Lo mismo ocurre con mi presencia en la suya, claro. Pero no quito sus fotos, no hasta que no sea necesario. Porque la permanencia no es requisito para que algo sea real. Esas mujeres han sido mujeres de mi vida, me han salvado en algún momento, y por lo tanto, serán siempre mujeres de mi vida.

El otro día me daba cuenta, tras escribir aquí, de cómo lo más interesante y estimulante intelectualmente me está llegando desde hace tiempo de mujeres. Por ejemplo, yo hace unos años pensaba que no me gustaba leer ensayo, y lo que pasaba es que no me interesaba una mierda lo que tuviesen que contarme los ensayos del momento escritos por señores (en general). En los últimos tiempos estoy leyendo bastante más ensayo (no leía tanto desde la carrera, y entonces lo hacía por obligación) pero la mayoría están escritos por mujeres. Y me apasionan, y me estimulan, y me interesan. Y me dan ganas de discutir con ellos, incluso. Pongo por caso el libro que estoy leyendo actualmente: El buen sexo mañana de Katherine Angel. Llevo un capítulo y me tiene entregada. Me está haciendo pensar muchísimo. Pero es que ese libro me llegó porque vi que mi amiga Tania lo llevaba encima este verano. Lo mismo ocurre con recomendaciones de libros o películas. Y, desde luego, con ideas y conceptos: participar en conversaciones con mujeres o verlas expresarse en blogs y redes sociales es algo súper enriquecedor y que me está haciendo crecer inmensamente.

Me gustaría acabar este post de una manera efectista, que siempre queda bien, pero al final lo que quiero decir es: señoras de mi vida (presentes actualmente en ella o no): gracias. No os doy ni un poquito por sentado.


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Published on Jul 17, 2025

Estoy volviendo a ver una de mis series favoritas: «Call the Midwife». Se trata de una serie de la BBC con chorrocientas temporadas basada en las memorias de Jennifer Worth, que sirvió como comadrona en el East End Londinense tras la II Guerra Mundial. Ahí es ná. Recuerdo que leí el primer libro (creo que son tres) y bueno, bien, pero no me daba la mandanga que me daba la serie. Eso por no hablar del clasismo condescendiente que se le escapa a veces a la señora y del cacao mental que tenía sobre lo que había sido la Guerra Civil Española (que para ella era un enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, siendo los republicanos gente malísima que iba persiguiendo a la nobleza). En fin, cosas de ingleses.

Pero la serie, como digo, me da mandanga de la buena: es mi tratamiento de llanto. Me pongo mi capitulito y sé que voy a llorar y moquear de emoción pura hasta quedarme suavecita como el terciopelo. Estoy con la temporada 14, creo, y eso no cambia. Maravilla.

Evidentemente, tiene su cosita social y de repaso de la historia de iukei, una defensa tochísima del NHS, un recorrido por la evolución de la Sanidad Pública británica, el tratamiento de ciertos problemas como la crisis de la talidomida o los desalojos y reubicaciones de los habitantes del East End... Vamos, que pa mí lo tiene todo. Incluida la ropita de la época, que me puto flipa.

Pues bien, en el capítulo que he visto hoy se mencionaba la posibilidad de movilizaciones y protestas por parte de las enfermeras para reclamar un salario digno, ya que les pagaban básicamente en cacahuetes. ¿Tendría que ver algo que fuese una profesión femenina? Quién sabe, esas cosas no pueden saberse.

Una personaja (no despectivo, por marcar el femenino, simplemente) que vive en un convento (parte de las comadronas son monjas) y que solo recientemente ha conseguido llevarse allí a su hija (es madre soltera) porque no puede permitirse una vivienda para ambas manifiesta a una compañera más veterana su inquietud sobre el tema del salario tras vivir unas compañeras una situación muy problemática. Dice algo así como que las enfermeras de distrito y las comadronas viven situaciones muy complejas, hacen un trabajo muy difícil y no son remuneradas con justicia. Su compañera adopta un rictus entre apesadumbrado y escandalizado, así muy inglesa ella, y dice que cuidar de los demás es un privilegio y patatín patatán y que no quiere oír nada más al respecto. Je.

He oído ese discurso: soy docente. Cuando me quejo de las condiciones me replican que es un trabajo muy bonito, que tenemos mucha influencia, que hacemos mucho bien. Y todo eso es verdad. Pero a mí me gustaría que hacer ese trabajo no fuese a costa de mi malestar, de comerse mi tiempo libre, de hacer más de lo que puedo o de maltratar mi salud.

No niego que realizar ciertas profesiones tiene un algo de «privilegio», con todas las comillas del mundo, porque te pone en situaciones que poca gente puede vivir (ojo, que esto es para bien y para fatal). Pero, ¿en qué ley natural dice que esa «recompensa» (que muchas veces no lo es) es incompatible con unas condiciones laborales dignas (o un poco más que dignas, que tampoco pasa nada por apuntar alto)?

Yo me niego a comprar la idea de que pringar sea un privilegio y, por eso, se pueda escatimar en la retribución a las pringadas. Perdon't.


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Published on Nov 17, 2025

Cuando empecé la terapia, después de hacer pum-cata-pum una de las cosas que le pedí a mi terapeuta fue estrategias para hacer que la violencia que padezco (ya sea dirigida a mí directamente, a mí como símbolo o a otros) me doliese menos porque no puedo pelear todas las batallas, no tengo energía, pero tampoco soy capaz de aguantar la cantidad de daño que el mundo me hace a veces.

Y ahí estoy, aprendiendo a respirar hondo de forma casi automática cuando duele. Diciéndome cosas para reconfortarme de forma muy tierna y muy lenta. Intentando reprogramar mi intensidad para no herirme a mí misma.

Y me da pena. Me da pena porque si algo sobra en el mundo es gente a la que no le importa. Pero yo ya no podía más. En mi dilema entre prenderle fuego a un mundo que no me permite ser como soy y limarme las aristas, ahora estoy limándome las aristas. Lo siento a veces como una traición, no te voy a mentir.

Hoy, por ejemplo, llevo todo el día desensibilizándome ante una situación que me ha parecido injusta, repitiéndome que lo que ha dicho un compañero sobre un alumno neurodivergente le describe a él, que enfrentarme a él y confrontarlo me habría dejado hecha polvo y no habría supuesto ningún triunfo, que mi energía está mejor puesta en atender a dicho alumno con todo el cariño, comprensión y compasión que sea capaz de reunir. Y más o menos está funcionando. No me estoy emputeciendo salvajemente. No se me acelera el pulso. Puedo seguir con mi vida y, cuando el pensamiento se me presenta, lo abordo y no se convierte en rumia. Y, de alguna manera, eso me disgusta. Porque en la misma situación, si al menos estuviese sufriendo, pataleando y rabiando sentiría que la injusticia no me es ajena, que no ha pasado por mí inadvertida. Supongo que algo de la cultura del sufrimiento católica y patriarcal hay en esto, porque eso no solucionaría nada tampoco y acabaría drenándome también.

Total, que a pesar de todo, a pesar de que consigo manejar la ansiedad, a pesar de que respiro, a pesar de que relativizo... No está siendo un buen día. Pero eso también es parte del trabajo que el terapeuta me encargó (supongo que en parte me ha calado con cierta precisión): no desmoronarnos cuando la vida nos supere, no rendirnos ante los malos días, no catastrofizar cuando mi ánimo empeore. Aquí estoy, intentándolo.

E intentando no ceder al miedo de que sobrevivir me suponga renunciar a parte de lo que soy.


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Published on Sep 13, 2025

Aviso de contenido: depresión, ideaciones suicidas, medicación

No iba a poner el taco, pero mira, sí. Porque así es como suena la pregunta en mi cabeza. Me está dando otra de mis célebres (solo para mí y quien está muy cerca de mí, que por suerte no es mucha gente) bajonas. Creo. Se acerca a una racha de 10 días y lo que empezó como una mezcla informe de tristeza, desánimo, cansancio y desfici está sumando dos síntomas que en mí son inequívocamente preocupantes: apatía y anhedonia. Nada me interesa ni me apetece y nada me hace sentir bien. No os voy a mentir: pinta mal.

Desde la última gran bajona he empezado a apuntar en una página de mi agenda cuándo se inician y su duración como intentando encontrar algún tipo de patrón. La última empezó pasada la mitad de febrero y duró hasta mediados de mayo. Tuve que acudir a la medicación que, para colmo de males, en esta ocasión tuvo bastantes efectos negativos y ninguno positivo. Esta empezó a principios de septiembre (a mí aún me queda una pequeñísima esperanza que sea pena postvacacional y que en unas semanas, cuando haya incorporado la rutina, esté tan cansada que no tenga fuerzas ni para estar deprimida, ojo) y no sé cuánto durará. Lo mismo no es nada y la hipervigilancia que caracteriza a los que hemos estado mal de la cabeza me está jugando una mala pasada. Ojalá. Pero es muy incómodo echarse a llorar en cualquier momento, estar irritable, agotada, alejar a la gente que te quiere, desear no despertarte y, en definitiva, que tu mente rechace todo lo que podría hacerte bien. No me gusta. Me siento ajena a mí misma, falta de control y de agencia en lo que me pasa. Es un mojón.

¿Y por qué lo cuento? ¿Por qué escribo esta mierda de post que no dice nada? Porque he vivido toda mi vida en un mundo en el que parecía que estas cosas no pasaban más que a los tarados (no estoy diciendo que yo no lo sea), que eran infrecuentes, que eran un problema individual que denotaba falta de carácter. En fin, todas esas mierdas. Y bueno, yo soy una mujer que sigue saliendo al mundo cada día, sonriendo a los desconocidos, abrazando a sus ex alumnos cuando se los cruza, haciendo ejercicio, queriendo hacerlo lo mejor que puede... aunque por dentro todo duela. Si eso no es ser fuerte, yo qué sé.

No eres la única, de verdad. Ojalá fuese más evidente que muchos atravesamos la vida a duras penas, que aunque hagamos que parezca fácil no lo es. Yo, desde luego, lo siento muchas veces como un esfuerzo titánico, aunque desde fuera parezca otra cosa.

En fin, como hace ya semanas que no comparto poemas, voy a dejar uno aquí, que viene al caso. Me apeteció escribir un poco tras leer a Gloria Fuertes, así que este poema es un homenaje. En cursiva, los versos que le robo.

GLORIA BENDITA

Nací para poeta o para muerto y mientras en lo primero mi éxito es escaso, tímido, mediocre, en fin, nada notable, en lo segundo voy de maravilla: no pasa un día sin que tache un día y esté un día más cerca de dar la última tos.

Nací para curiosa y para gato y no es, ya lo sabemos, una buena combinación. Escogí mal y me quedé con lo de «curiosa». Ni así escapo de mi destino: cuando una sabe poco se va al cine, si llega a saber mucho se suicida.

Nací para poeta o para muerto y últimamente ya apenas escribo.

Espero que Santa Gloria me asista.


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Published on Dec 17, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Si pudieras ser cualquier otra cosa, ¿qué serías?

¿Cómo sería para ti un momento de perfecta placidez?

¿Qué puedes hacer para hacer esa sensación más presente en tu día a día?

Y ahora, el poema:

Soy vertical, de Sylvia Plath.

Soy Vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con mis raíces en la tierra

succionando minerales y amor maternal

para que cada marzo pueda resplandecer en hojas,

ni soy la belleza de un lecho de jardín

atrayendo mi cuota de admiraciones y estando espectacularmente pintada,

sin saber que pronto debo perder mis pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal

y la cabeza de una flor no es alta, pero más impactante,

y quiero la longevidad del primero y la audacia de la segunda.

Esta noche, a la luz infinitesimal de las estrellas,

los árboles y las flores han esparcido sus frescos olores.

Camino entre ellos, pero ninguno me está notando.

A veces pienso que cuando estoy durmiendo

debo parecerme perfectamente a ellos,

pensamientos desvanecidos.

Para mí, es más natural estar acostada.

Entonces el cielo y yo estamos en conversación abierta,

y seré útil cuando finalmente me acueste:

entonces los árboles puede que me toquen por una vez, y las flores

tendrán tiempo para mí.


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Published on Dec 12, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Cómo vives los días de la semana? ¿Afecta el paso de la semana a tu ánimo?

¿Qué cosas haces para que los días laborables también «cuenten»?

Y ahora, leamos el poema:

Sencillo, de Karmelo C. Iribarren

Verás,

es muy sencillo:

los lunes

martes

miércoles

jueves

viernes,

son la vida.

Los sábados

no son más

que una efímera ilusión.

Y los domingos

nos sirven

para encajar

bien

todo esto.


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Published on Apr 6, 2026

El título de este post no es muy efectista y lo que escriba dará lo que el título promete. Vengo a hablar de lo orgullosa que estoy de mi padre. Resulta que por eventos eventuantes mi padre se ha visto de golpe y porrazo solo en casa, haciendo el solterismo absoluto. Yo quiero mucho a mi padre y confío mucho en él, pero decir que no me preocupaba la situación sería mentir.

Cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a mi casa y verla más que decente. Sí, un ojo que quisiera sacar pegas habría sacado el polvo por aquí y por allá, pero poco más. La cama perfectamente hecha, la ropa limpia, comida en la nevera, los suelos sin una pelusa... Mi padre ha encontrado su rutina y sus maneras para tener una casa perfectamente habitable y sobrevivir como un adulto funcional.

Supongo que esto no debería ser motivo de celebración, pero mi padre, como muchos hombres, se crió en un sistema en el que el hombre trabajaba y la mujer cuidaba (y trabajaba), en el que llegabas a casa y la comida estaba caliente bajo la estufa, en el que te despertabas y la ropa estaba lista. En el que la casa era un entorno mágico en el que las cosas, simplemente, estaban hechas.

Pues bien, cero problemas: ha empezado a hacer lo que sabía hacer, ha pedido ayuda para aprender a hacer lo que no, ha buscado soluciones a sus problemas (la mopa que usaba mi madre no le resultaba cómoda, habló con mi hermano y este le consiguió una que le apañaba mucho mejor), ha buscado la ayuda que necesita para llegar donde él no llega. Y yo soy una hija orgullosísima. Una vez más mi padre ha hecho lo que siempre hace, la cualidad que más envidio de él: ante un problema, soluciona y sigue adelante. Siempre. Es la persona más resiliente que conozco.

Conclusión de esto, porque si no le atizo a un señor en un post desaparezco: si un señor de 75 años criado en el patriarcado de la posguerra, es capaz, cualquier HorseLuis también.


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Published on Jul 25, 2025

Hay dos cambios que hacen que me tiemblen los cimientos: cuando alguien dice tu nombre de manera distinta a como solía (para bien y para mal) y cuando alguien deja de mirarte como solía (para bien y para mal). Hoy quiero hablar de lo segundo.

¿Has leído El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba? Es un libro maravilloso. En él el autor escribe una larga carta en la que pone por escrito todo lo que sabe sobre el amor. En uno de los primeros capítulos habla de las señales del amor, es decir, de cómo saber cuándo alguien está enamorado. Una de las señales es la mirada: los ojos del amante siguen al amado como un imán. De hecho, esa metáfora misma utiliza, porque acompaña sus reflexiones con versos propios. Como estos:

Mis ojos no se paran sino donde estás tú.

Debes tener las propiedades que dicen del imán.

Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,

como en gramática el atributo sigue al nombre.

Es bonito, ¿verdad? Y además cierto. Me encanta ver en mis adolescentes cómo se miran cuando empiezan a gustarse. Y me gusta cómo me miran cuando me aman. No soy muy buena dándome cuenta de estas cosas cuando concierne a mí misma: alguien puede mirarme con todo el amor o el deseo del mundo y probablemente no me dé cuenta. Eso sí: me doy perfecta cuenta de cuando alguien deja de mirarme así. Otra cosa es que haya jugado a hacerme la tonta. Eso también se me da bien.

Pero, por algún motivo que no consigo precisar, tolero con más gracia dejar de encontrar amor en la mirada de alguien que dejar de encontrar deseo. Probablemente sea mera vanidad. O tal vez entienda que el amor es mucho más complejo que el deseo. O quizá una mezcla de ambas.

Hace algo de tiempo me habría torturado mi superficialidad: he aquí a una casi cuarentona lamentándose porque alguien ha dejado de encontrarla deseable, que llamen a la buambulancia. Pero ahora ya no. Puede que sea un duelo estúpido, pero es mi duelo. Hace poco creí ver en la mirada de alguien ese cambio. Y no en alguien cualquiera: la primera persona que me consideró real y honestamente amable (digna de ser amada) y deseable, que me deseó (y tal vez me amó) cuando ya no debía, que no se olvidó de mí a pesar de que pasaron años y años sin saber de mí y que, cuando volvimos a encontrarnos, me demostró que todavía me deseaba tanto como cuando éramos adolescentes. Una habría querido que ese deseo envejeciese con nosotros, que a pesar de todo, de la distancia y las dificultades, tal vez de lo poco apropiado del sentimiento, que siguiese ahí, indómito e irreductible. Una es egoísta a veces, qué le voy a hacer. Eso no cambia que, desde que él ya no me desea, y a pesar de que haya quien sí lo hace (y mucho, y bien) me sienta bastante menos hermosa y dé por finalmente transmutada una historia de amor y hambre de 20 años de duración en amistad. Que, no me malinterpretes, es maravilloso, casi un milagro. Pero, como cualquier cambio o pérdida, conlleva un duelo y, como ya he dicho, puede ser superficial o estúpido, pero es mi duelo.

El título de este post me ha venido no sé muy bien por qué. Pero me parece que pega. Sale de esta canción: Flor del Mal – María Rodés. Espero que la disfrutes, a mí me encanta.


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