Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jun 7, 2025

La historia que se transmite en este post, aunque tiene base en la realidad, ha sido ficcionalizada, es decir, los detalles han sido cambiados para proteger la identidad de las personas implicadas

Cuando supe que había intentado suicidarse habían pasado dos semanas del intento, con su correspondiente ingreso. No había dejado de venir a clase y no había dejado de ser en clase el estereotipo de adolescente despreocupada y feliz que bromea con sus amigas, lanza indirectas al chico que le gusta y salpica agua en el laboratorio cuando la profesora no mira. Hay que joderse: morirse un sábado, resucitar el domingo, volver a clase el lunes. Como si nada.

Si me hubiesen pedido que hiciese una apuesta macabra y dijese, de las personas de mi entorno, quién sería la primera en intentar suicidarse, ella no habría estado ni siquiera entre las cincuenta primeras: parecía tan feliz.

Una di noi pienso cuando veo su silla vacía. Otra de esas superheroínas que nadie necesita (que no necesitamos ser), tremendamente capaces de seguir sosteniendo la sonrisa y tirando del carro mientras por dentro todo se nos llena de carcoma. Así, ¿cómo van a protegernos?


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Published on Mar 16, 2025

Miedo, tengo miedo.

Miedo de quererte.

Miedo, tengo miedo.

Miedo de perderte.

Sueño noche y día

que sin ti me quedo.

Tengo, vida mía,

miedo...Ay, mucho miedo.

«Tengo miedo», por Rocío Jurado.

No sé dónde lo leí, pero estoy absolutamente de acuerdo: «Amar es dar a alguien el poder de hacerte daño (y confiar en que no lo hará)». Aunque eso es mucho confiar. Las personas somos como erizos (esta metáfora sí recuerdo dónde la leí, fue en La elegancia del erizo, de Muriel Barbery), intentando encontrar el ajuste correcto, ese en el que no nos muramos de frío por la distancia ni nos hagamos daño por la estrechura de demasiada cercanía. Y en lo que encontramos ese punto o nos reajustamos acabamos haciéndonos daño sin querer. Es inevitable.

Pero hay verdad en esa frase, algo al menos. En La condición vulnerable (un ensayo que recomiendo encarecidamente, una filosofía en la que de verdad me he sentido a gusto), Joan-Carles Mèlich dice «Nunca somos tan vulnerables como cuando queremos, pero también nunca estamos tan protegidos de la vulnerabilidad como cuando nos quieren». Amar, amar de veras, no puede hacerse con escudos y armaduras. Amar (a quien sea y como sea) es abrir el pecho y decir: «esto soy». En el baile de máscaras que es la vida no es poca cosa.

Pero ser vulnerables es terrorífico, especialmente en este mundo en el que hemos aprendido que cualquier debilidad podrá ser utilizada en nuestra contra. Hay que escoger bien ante quien nos permitimos ser vulnerables, hacer control de daños. ¿Cómo no va a dar miedo amar entonces? Una se arriesga doblemente: se pone en una situación de vulnerabilidad al querer y vive en un estado de precariedad permanente por poder perder esa protección que da ser querida.

En ese punto estoy, consciente de la precariedad del amor al que me he entregado por completo y que me ha cubierto de las inclemencias hasta ahora, recordando que ningún amor es incondicional y que, oh sorpresa, el amor no lo puede (ni debe poderlo) todo. En ese punto estoy, sí. Muerta de miedo.

Pero ahora no me sale decir «si esta vez no, nunca más». Sé que no tengo remedio, que si esta vez no (que ojalá sí) volveré a intentarlo mientras me quede corazón. Tampoco me sale hacer control de daños, replegarme, adoptar una estructura defensiva y minimizar las bajas. Nada. Sigo con el pecho abierto: «Esto soy, toma lo que te aproveche». Ya iré recogiendo los restos como buenamente pueda.

Habrá merecido la pena.


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Published on Apr 13, 2026

Este año la editorial que publica mi libro no me ha llamado para acudir a la Feria del Libro de Madrid, como los tres anteriores. A decir verdad, yo no tenía muy claro lo de querer ir: el año pasado me salió por un pico y, como autista, ese rato de parecer normal y sentirme expuesta se me hace bola, por mucho que el balance siempre haya sido positivo. Pero aun así, me jode.

Y a ver, no puedo decir que me pille por sorpresa, sino que no lo había pensado: solo con ver las ventas del libro el pasado año, lo que he cobrado por esas ventas, una tiene que hacerse a la idea de que está ya amortizada. Y no me extraña. No me promociono en absoluto. Ni siquiera he tenido una presentación: esperé y esperé hasta ver si la editorial decía algo y nada, supongo que por eso de ser de provincias, en parte. Pero que yo también podría haber tenido algo de nervio, algo de iniciativa. Yo qué sé. Pero... En fin, no voy a justificarme, aunque podría.

Tampoco se me da bien dar la turra con mi libro. Me gusta que la gente me lea, conectar con otros a través de lo que escribo, pero no meterle a la gente mis versos por los ojos a presión. Yo no valgo para teletienda. Menos mal que me gano la vida sin necesidad de hacerme promo, porque si no me moría de hambre.

Y luego, lo poco que hago, tampoco lo muestro, porque no sé darme bombo. La semana pasada estuve dando una charla sobre mis poemas en un instituto. Esta semana voy a otro. La siguiente, a otro. Pero no voy a hacer promoción de mi libro: voy a hablar con adolescentes de poesía, de escritura, de emociones... Voy a resolver sus dudas y a que vean que la gente que escribe es... gente. A veces, al menos.

No estoy en camarillas poéticas ni en círculos culturetas, nunca me he sentido cómoda en esos lugares, no he sabido desenvolverme en ellos. Lo mío ha sido, como decía el Cyrano de Rostand, «llegar más bajo, pero sola, siempre sola». Una diría que no me meto en saraos y agrupaciones porque no me da la gana: en mi ciudad hay un movimiento poético bastante fértil, pero los pocos acercamientos que he tenido con él me han llevado a replegarme y no querer acercarme nunca, nunca, nunca más.

Así que, si lo esperaba, si es culpa mía, si no he hecho nada para evitarlo, ¿por qué me hace sentir tan descorazonada este final?


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Published on Apr 5, 2026

Ha pasado ya una semana desde que te marchaste y ahora, ahora que ya no estás, me pongo yo a escribirte. Ya ves. Ahora que ya no estás lamento lo que no te he dicho. Ahora que no estás, ahora que diga lo que diga será por mí y no para ti, me apetece reconocerte. Menuda gilipollas estoy hecha.

Seguro que tú dirías que no. Siempre fuiste amable conmigo. Siempre fuiste amable, en realidad. Eras una de esas escasas personas que tienen la rabia perfectamente calibrada, perfectamente dirigida: contra los que oprimen, contra los que dañan, contra los que estigmatizan, contra los que patologizan, contra los que avergüenzan. Para todos los demás siempre tenías una palabra amable, una frase de ánimo, un gesto de acompañamiento en la dirección adecuada. Me habría gustado que supieses cuánto significaban para mí esas palabras, especialmente viniendo de ti.

No he dejado de pensar en ti ni un día desde que no estás, y esto a veces me parece dramático por mi parte, me siento una impostora, como si estuviera usurpándole el duelo a tu gente. Porque yo no era nada tuyo, ni tú nada mío: yo era una señora random de interné y tú una mujer y activista a la que admiraba y a la que nunca di un abrazo. Lo pensé, ¿sabes? Estuve sentada detrás de ti durante una charla entera de la TacitaCon (primera edición). Empecé preguntándome si eras tú (por aquel entonces te seguía en Twitter y, sobre todo, leía con pasión tus publicaciones de Instagram (tan crudas, tan intensas, tan auténticas, tan dispares). Quería decirte que te leía, que me alucinabas, darte un abrazo si me dejabas. Pero mi timidez, mis dobles, triples y cuadruples pensamientos y mi torpeza social me frenaron. «Dónde vas, payasa, que ni sabe quién eres». Lamento no haberte dado ese abrazo. No porque hubiese cambiado nada, sino porque los abrazos que no se dan no se recuperan. Nunca.

Decía que no dejo de pensar en ti porque, de alguna manera, pensaba que eras de esas personas que siempre resurgían de sus propias cenizas. Estaba acostumbrada a verte hundirte en el dolor más profundo (en tu cama, a oscuras) y a resurgir luchando, no como si nunca te hubiese dolido nada (los que nunca han sentido dolor no luchan con esa rabia, con esa fuerza, con esa urgencia), sino como si hubieses conseguido transformar ese dolor en combustible. Escribías, dabas charlas, hacías activismo, ... Parecía que esos ciclos te hacían eterna. Lamento infinito que no haya sido así. Era mucho pedir en este mundo.

Desde que no estás hay una frase que antes me consolaba y que ahora me da coraje. En mis propias travesías por el infierno suelo aferrarme a la canción El tiempo que no estés, de Valeria Castro. Me ha acompañado y me ha dado aliento en el patalear para salir de las arenas movedizas. Pues en esa canción hay una frase, «que la valentía me aguante si no soy lo fuerte que creía», que me repetía como un mantra, como un deseo. «Si me faltan las fuerzas, que tenga el valor suficiente para seguir». Pero ahora me da coraje. Porque hay otra frase interesante: «No hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista». Cuando el mal dura tanto, no hay fuerzas, ni valor, ni nada, que valgan: una se agota, no puede más, y si en el momento más oscuro no hay un destellito de luz, en ese momento exacto, breve y necesario, pues ya está. Creo que no voy a poder volver a escuchar esa canción sin pensar en ti, como excepción: no queda invalidada, pero me hace recordar que los deseos no son certezas, que los sueños no hacen promesas.

Me parece mentira que no estés. Ando compartiendo cada artículo tuyo que veo, cada mensaje de tus seres queridos honrándote, entro en lso comentarios de todos como esperando verte dando las gracias. Qué pena tan grande, Marta, cuánto vacío has dejado. No sé si te hacías una idea.

Y, como ya he dicho, me siento culpable, indigna de esta pena, del llanto, de secuestrar tu recuerdo varias veces al día... Pero aquellos que hemos florecido en la penumbra no podemos más que llorar cuando se apaga una luz tan cálida y amable como la tuya. Aunque sea desde el agradecimiento por haber conocido tu existencia y, por tanto, notar tu falta ahora, ¿cómo no me voy a doler por tu pérdida?


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Published on Jun 13, 2026

El día 14 de junio se celebra en Andalucía el día de la Memoria Histórica y Democrática, conmemorando el inicio de la exhumación de la primera fosa común de la Guerra Civil, el 14 de junio de 2003. Por si a alguien le bailan las fechas, Francisco Franco murió en 1975 y la Constitución Española que establece que España es una democracia se votó y aprobó en 1978. Pero bueno, pasan que cosas.

Por cosas, este año han avisado al coro en el que estoy para poner música a la ofrenda floral de un acto conmemorativo. Las cosas: objeciones de conciencia por motivos políticos. Je. La transición ejemplar, nojequé.

Este tipo de actos son muy emocionantes en mi ciudad. Aquí todavía quedan fosas por excavar, hay gente que sabe que sus familiares están en cierto cementerio, que solo haría falta un presupuesto minúsculo y voluntad para poder recuperar sus restos, pero siguen esperando. Y acudiendo sin faltar a cada acto, con flores, con la bandera republicana, con la foto de sus antepasados desaparecidos y un manojito de flores. Que es más de lo que han podido hacer en otros momentos, pero no es suficiente.

Hasta que ha llegado nuestro turno de cantar hemos estado en un rinconcito, escuchando las intervenciones. Entretanto, dos compañeras hablaban de alguien o álguienes, no sé si de nuestro coro o del que no ha podido venir. El caso es que hablaban de que esa persona o personas no habían venido, justamente, por motivos políticos. Lo comentaban indignadas, pero cada una por un motivo. Una de ellas, desde el convencimiento democrático, que no puede ser más que antifascista. La otra, desde una postura apolítica que ya ha mostrado otras veces con comentarios como qué más da que no vayas a votar, si todos los políticos son iguales. Yo estaba callada, cerca, escuchando. Entonces, mi compañera la apolítica ha dejado caer una frase que me ha revuelto el mondongo: “¿Qué tiene que ver esta gente con todo eso?” ¿PERDONA? Dime que no entiendes de qué va el tema sin decirme que no entiendes de qué va el tema.

¿Que qué tienen que ver los familiares de los desaparecidos de la Guerra Civil con cuestiones políticas? Pues todo, querida. Todo. Porque los desaparecidos de según qué bando están enterrados en monumentos, han recibido homenajes durante décadas, sus hijos y viudas han sido atendidos y consolados. Sin embargo esa gente que hoy tenías delante había vivido humillada y con miedo, escuchando en susurros la historia de su tío o de su abuelo, y con más miedo y silencio habían vivido sus padres o madres, muchos de los cuales no pudieron dejar siquiera una flor sobre la tierra. No podemos salirnos por la tangente, despolitizando la Memoria y tachando de “cabezonería” el empeño de algunos en no ir a este tipo de eventos con su coro, no. Se trata de un evento profundamente político, comprometido con la democracia y la justicia. Y quien se opone no es cabezón, es antidemócrata, eso para empezar. Y para seguir, una mierda de persona, porque, si fuese posible despojar de connotaciones políticas este tipo de actos, la situación no mejora: ¿qué basura humana puede oponerse a la demanda de aquellos que quieren poder localizar y enterrar a sus muertos?

Que qué tiene que ver esta gente con nada de eso, dice. Otro día más el título del blog amortizándose: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Dec 13, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Se puede mantener la ternura en un mundo que exige dureza?

¿Cómo equilibramos protegernos con querer?

¿Qué preferirías sacrificar, tu «blandura» o tu «dureza»?

Y ahora, el poema:

Fuerte, de Ana Pérez Cañamares

“Los días duros se abren a mi quilla”.

Ángela Figuera Aymerich

Soy fuerte. Me rompo en esquirlas.

El problema es que voy

quedándome afilada

y ya no soy más

aquella mujer

habitable

mullida

blanda

yo.


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Published on Apr 10, 2026

Me quejo mucho de mi profesión. Al fin y al cabo:

  1. No me gusta trabajar y
  2. Es una profesión dura.

Pero, probablemente no es dura por lo que la mayor parte de la gente piensa. Cuando digo que soy profesora de instituto, lo primero que suelen mencionar es a los adolescentes. Y bueno, no voy a negar que en los últimos tiempos nos enfrentamos a situaciones y retos bastante complejos, que desgastan mucho. Y tampoco voy a negar que ser mujer, progresista y docente supone recibir violencia de mayor o menor intensidad de forma cotidiana. Peeeeeeero los adolescentes son la razón por la que me apunté a esta movida y siguen siendo la razón por la que sigo (junto a que no hay otra cosa por la que me paguen como para sobrevivir, claro).

Cuando hablo con amigas maestras me dicen que ellas disfrutan mucho del trato con sus alumnos porque son más inocentes, más niños, más entusiastas y menos rácanos con el afecto. Es cierto que los adolescentes son otro estadio de la evolución del pokémon humano y, como tal, tienen sus particularidades. La apatía y la incapacidad de sentir no son dos de ellos: los adolescentes sienten y sienten con intensidad, en mi experiencia. Lo que pasa es que, en buena medida, se ocupan y preocupan mucho de ocultarlo. Hay que tener una mirada entrenada para darse cuenta de su afecto.

También es cierto que el adolescente es más selectivo que el niño a la hora de querer a un adulto, porque los adultos no entienden, no saben, les miran por encima del hombro, etc. Que un adolescente se sienta respetado, escuchado y seguro con una es el premio gordo: Incluso aunque no llegue a demostrarlo abiertamente.

Me siento muy afortunada. Puedo decir, aunque esto suponga pecar de arrogancia, que soy una persona querida por sus alumnos (no por todos, claro, pero sí en buena medida). Estas últimas semanas he tenido haciendo las prácticas del Máster de profesorado a un alumno al que le di clase en bachillerato. De vez en cuando me entran en el correo mensajes de antiguos alumnos preguntando por mí, pidiendo algún favor, invitándome a sus graduaciones si ya no estoy en su instituto... Y algún día que otro pasan cosas. Últimamente me han pasado dos que quiero compartir.

Hace unos días fui de visita a dar una charla en calidad de escritora. Mientras esperaba allí en la entrada del centro con la coordinadora de la actividad veo aparecer por el rabillo del ojo una figura que se acerca a mí con mucha velocidad. Cuando me giro y le veo de frente veo que viene con los brazos abiertos hacia mí, y le reconozco. Es R., fue alumno mío el curso pasado, en Bachillerato, pero la cosa no cuajó. R. no era un “buen estudiante” porque no estaba donde él quería estar. Pues bien, cuando vio los carteles de mi visita, el menda lerenda se fue a Jefatura a pedir permiso para salir de su clase y venir a la charla a saludarme. Finalmente lo pudo hacer al final de la clase anterior, lo que nos permitió hablar un buen rato. Se le veía tan contento de verme, me pareció tan lindo que se tomara esa molestia... Y bueno, eso por no hablar del par de abrazos, el de bienvenida y el de despedida, que me dio, que me dejaron la pila recargada para tres días. ¿No os parece lindísimo, y más viniendo de un ex alumnO? Porque en esto me da que el género también importa...

Pues hoy[^picaso] he tenido otro momento. Unas alumnas me buscan, me dicen que si pueden hablar conmigo en el recreo. Les digo que claro, que por supuesto. En el recreo vienen y nos vamos a un aula, yo pensando que tienen alguna duda... Y me dan una caja. “Ábrela”, dice una. “Pero lee primero el interior de la tapa”, dice la otra. Y escucho: “Espero no haberme equivocado con la fecha...”. Pues bien, leo la tapa y hay una carta preciosa y unas instrucciones. Básicamente me dicen cosas bonitas y que, como me caso en un año, han preparado 13 sobres, empezando justo un año antes de la fecha de la boda, siguiendo ese mismo día de cada mes faltante, y acabando el día de la boda. Cada uno contiene una vela e intuyo que algo más. No puedo esperar a abrir el primero (pero lo haré).

Me parece un currazo. Una molestia tremenda cuando en 2º de Bachillerato tienen cosas mejores y más urgentes que hacer, cuando el tiempo libre escasea y seguro que hay mil opciones mejores para dedicarlo que prepararle una sorpresa a tu profesora. Pero lo han hecho. Me parece tan precioso...

Como decíamos ayer... Que me siento querida, que siento que hay adolescentes que me consideran digna de su afecto, de su confianza, de su consideración y cariño. Y que eso, aún después de muchos años, sigue pareciéndome una bendición, y espero que no cambie nunca.

[^picaso]: tuve que interrumpir la escritura de este post porque mi tranquila guardia en el aula de expulsados se vio interrumpida por la llegada de una estudiante... Que llegó muy enfadada pero llegó contándome toda su movida, pidiéndome consejo y despidiéndose con gratitud al irse. Tengo talento para esto, se ve.


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Published on Jan 14, 2026

Mi compañero me hace marcaje como el que me hacían las dependientas de El Corte Inglés cuando tenía 20 años y pinta de ir a su tienda más a robar que a comprar. Vaya, que el señor no se fía de mí, no lo ha hecho en ningún momento, e intenta hacer control de daños periódicamente [^porqueyo]. Intenta ser sutil, pero le sale bastante mal, porque para que yo me dé cuenta de estas cosas tienen que ser tremendamente obvias. O tal vez es tremendamente obvio para que yo me dé cuenta de que me está vigilando y solo finge que intenta ser sutil. En fin, me importa más bien poco. Tampoco es importante para lo que quiero contarte. Solo pretendía dar contexto y mira...

La cosa es que la última vez que me hizo marcaje sutilmente (empezó a hablarme así, como quien no quiere la cosa, de por dónde iba y qué iba a hacer después y a plantearme su planificación de la materia como la mejor de las planificaciones posibles, porque cómo no) y en un determinado momentro la siguiente afirmación salió de su boca:

—¡Porque cómo va a acabar alguien 2º de Bachillerato sin haber estudiado la Crítica de la Razón Pura! ¡Es inconcebible!

Y lo dijo mientras gesticulaba señalando los dos tomos del año de la picor que hay de la obra de Kant en el departamento.

Yo no sé si es el salto generacional, que yo me tomo a los señores filósofos muertos mucho menos en serio o que yo me siento, antes que otra cosa, maestra y, en ningún caso, experta en filosofía, pero, sea como sea, la frase me pareció tremendamente ridícula.

No se puede ver todo, eso lo tenemos claro: hay que seleccionar. Y a Kant le ha tocado que veamos su filosofía práctica, qué le vamos a hacer. Me puede parecer mejor o peor, pero nadie se muere por no estudiar la Crítica de la Razón Pura y, si me apuras, se puede vivir perfectamente sin estudiar a Kant.

No me malinterpretéis: claro que defiendo la educación filosófica, incluido el estudio de autores (que prácticamente nadie cuestiona) y de autoras (que es cuestionadísimo, claro, porque parece que si estudiamos a María Zambrano o a Mary Wollstonecraft hay que quitar a Platón ¡Y CÓMO VAMOS A QUITAR A PLATÓN! En fin. Pero no fetichizo a los autores: me parece importante lo que se aprende a través de ellos, pero se puede llegar a esos aprendizajes de muchas maneras, por muchos caminos. Puede que incluso los que marca el canon no sean los mejores.

Y luego, lo otro. Yo entiendo que para esta persona la Crítica de la Razón Pura sea la cosa más importante y necesaria del mundo para un adolescente (sí, sé que estoy haciendo un poco de hombre de paja con esto, pero permíteme la exageración), pero de ahí a pretender que esa creencia es la verdad, que lo que a él le parece importante es LO importante va un trecho.

Podría hacer sin pensar demasiado una lista de al menos 20 cosas que un adolescente tiene que saber al acabar el instituto y que siento que no acaba sabiendo, empezando por el hecho de que las cosas que no ha elegido y que le han tocado en suerte (raza, familia, estatus socioeconómico, sexo, etc.) no le hacen mejor o peor persona. Pero qué sabré yo: solo soy una chica a la que su compañero siente tiene que hacerle marcaje.

[^porqueyo]: El por qué me hace marcajea mí y no a mi otra compañera que ha tenido que robarme los apuntes para saber cómo impartir la materia tiene su guasa, pero oye, esto es lo que hay.


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Published on Dec 8, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Cómo te enfrentas a la contemplación de tu «mochila emocional»?

¿Crees que tratamos con justicia «lo roto»?

¿Se te ocurre alguna manera de dignificar lo imperfecto?

Y ahora, leamos el poema:

Las cicatrices, de Piedad Bonnett

No hay cicatriz, por brutal que parezca,

que no encierre belleza.

Una historia puntual se cuenta en ella,

algún dolor. Pero también su fin.

Las cicatrices, pues, son las costuras

de la memoria,

un remate imperfecto que nos sana

dañándonos. La forma

que el tiempo encuentra

de que nunca olvidemos las heridas.


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Published on Jun 9, 2025

No recuerdo muchas apreciaciones buenas de mi madre hacia mí. Sus supuestos cumplidos siempre iban seguidos de un pero que restaba todo el valor a cualquier cosa que lo hubiese precedido. Por ejemplo: «Ella es la lista pero su hermano es el bueno». A ver, qué necesidad había. Pues a causa de esa frase que no fue dicha una, ni dos, ni tres veces, he arrastrado un complejo de malapersona durante buena parte de mi vida.

Por suerte ya se me ha pasado: yo no sé si ha sido la edad o los palos, pero tengo claro que soy una persona razonablemente buena. En ocasiones soy un puto ser de luz. A medio día volvía del trabajo en autobús, hasta el mismísimo *oño (inserte aquí la consonante que le parezca bien), habiendo dormido apenas 3 horas, cuando he visto a una alumna secarse unas lágrimas furtivas. Ea. Allá que he ido a darle un pañuelito y preguntarle si necesitaba algo y a ofrecerle mi ayuda. Que sí, que lo mismo esto es decencia humana básica, pero es que tampoco es que la decencia humana básica abunde muchísimo. Intengo ser amable, empática, justa, hacer lo correcto y lidiar con mis contradicciones lo mejor que sé y puedo. La cago, por supuesto, pero en términos generales creo que soy bastante buena gente. Diga mi madre lo que diga. Chúpate esa, trauma infantil.

De ese complejo de ser mala se ha derivado un comportamiento bastante problemático para mi persona: para no ser mala me he dejado pisar, maltratar, utilizar... Ya lo captas. Como era mala no podía permitirme una salida de tiesto. Tenía que demostrar que era buenísima, poner la otra mejilla (lo de la educación católica, otro día). Curiosamente, cuando he asumido que no soy tan terrible he empezado a darme permiso para actuar como si no le debiera mi bondad incondicional al mundo. Es un proceso lento, pero he ido aprendiendo a decir que no, a manifestar desagrado, incluso enfado en entornos de confianza... Fuera, con extraños que no son espacio seguro es más complicado, fíjate. Es curioso, porque justo esa gente tendría que darme igual, pero mira, el selebro selebreando, yo qué sé.

Pues hoy he vuelto a cruzar ese puente, el de no deberle bondad incondicional a alguien que no es buena. Y lo he cruzado por todo lo alto. He sido deliberada y rotundamente desagradable con una señora que ha atacado mi trabajo (voluntario, pero trabajo) como coordinadora de un club de lectura. No es la primera vez que me ataca. En las anteriores he optado por la mesura, la diplomacia y la bondad. Hoy no. Y me he sentido tremendamente orgullosa de mí misma, tremendamente satisfecha.

Al fin y al cabo hemos aprendido recientemente que, por mucho que una sea un ser de luz, nadie está libre de un apagón, grande o pequeño. Ea.


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