Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Mar 25, 2025

Por alguna razón que no llego a entender (probablemente la esperanza, que siempre ha sido uno de mis vicios), de pequeña creía que, cuando fuese mayor la gente sería menos mala conmigo. Yo era una niña atormentada por el acoso de sus compañeros de colegio, sin amigas, marginada por todo el mundo, que se comía su bocadillito en una esquina del patio deseando que nadie reparase en ella (aprendí muy pronto que estar sola no es lo peor que te puede pasar). Pero eso era porque los niños son muy crueles. Cuando crecen, cuando maduran, seguro que dejan de tener tanta malicia.

Eso creía, y creo que no es algo que me pasara a mí, por ilusa. Creo que es una creencia generalizada: que las cosas de niños se curan cuando una se hace adulta, viéndose imbuida entonces de la sabiduría y la sensatez propias de la edad que la hacen a una moverse flotando cinco centímetros por encima del suelo, de lo mundano y de sus mezquindades.

Y una poca polla.

La edad no cura nada, no te reforma per se: una persona desgraciada, malvada, cruel, no deja de serlo simplemente por cumplir años. Es más: en más de una ocasión perfeccionan ese talento.

Esta es otra de las grandes decepciones de mi vida: los bullies no dejan de serlo cuando crecen, la crueldad no disminuye con los años y se puede ser igual de mezquino con 10 años que con 50.

Lo he recordado esta tarde.

Por suerte, creo, yo ahora soy un poco más lista. No estoy muy segura.


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Published on Jan 29, 2025

Esta mañana me quejaba en Mastodon. Durante estos últimos días, puede que tres semanas, me he sentido bien. Muy bien incluso. Eso no significa que mi vida haya sido perfecta: he tenido mis problemas, mis aogbios, mis prisas, mis inconvenientes, mis obligaciones... En fin, las cosas de la vida. Pero mi ánimo tras todo ello era sereno. Podía sentir ese sosiego y era consciente de él. “Esto debe de ser la felicidad”, le dije a ingeñero el otro día. “Ojalá dure”, me dije a mí misma mentalmente.

Pero, por supuesto, ha durado lo que ha tenido que durar que no ha sido mucho: la felicidad nunca dura suficiente. Estoy acostumbrada a estas montañas rusas emocionales que van desde etapas de una cierta euforia y mucha energía hasta etapas de abatimiento absoluto y desánimo general. Y estoy acostumbrada a lidiar con mis cosas desde esos dos estados y todos los que pueden ubicarse entre medias.

Durante bastante tiempo pensaba que yo era la mujer enérgica y dinámica de los momentos altos. Interpretaba los momentos de bajón como momentos en los que yo era solo a medias o momentos en los que algo tomaba posesión de mí o me lastraba y no me dejaba ser mi verdadero yo. Pero si eso fuese cierto, yo sería yo muy poco tiempo de mi vida.

Ya no lo veo así, por supuesto. Sé que igual que el agua cambia de estado sin dejar de ser agua, yo paso por distintos estados sin dejar de ser yo. No soy menos yo cuando estoy triste que cuando estoy alegre, cuando estoy desanimada que cuando estoy esperanzada. Si lo pienso fríamente, es una idea absurda. Y, como casi todas mis ideas absurdas, viene del mismo sitio: la sociedad.

¿No te da la sensación de que en la sociedad se interpreta la tristeza, el cansancio y otras situaciones del estilo como un estado defectuoso, en el que a la persona le falta algo? No ocurre lo mismo con las emociones que leemos positivas: esas no sobran. Y, por supuesto, todos queremos estar bien, pero vaya, creo que es bastante intuitivo entender, cuando una se sustrae de esos prejuicios ambientales, que tan normal es estar bien como estar mal cuando ese estado está ajustado a las circunstancias (más o menos) o incluso cuando no, como es mi caso, que a veces mi ánimo se ensombrece durante una temporada sin motivo aparente (igual que se ilumina sin motivo aparente).

Pero no, no ocurre así. Supongo que porque la tristeza y el resto de sus primas tienen muy mala prensa y sospecho que eso tiene que ver, al menos en parte, con que la tristeza incomoda porque interpela: si alguien está mal y se le nota y yo no hago nada me siento mal. Y no quiero sentirme mal. Si alguien está mal y se le nota siento que tengo que hacer algo, pero puede que no sepa qué, y eso me incomoda, y no quiero sentirme incómoda. ¿Ves por dónde va el razonamiento?

Precisamente por eso hace años que lo veo necesario. Uno de mis microactivismos de hace unos años era visibilizar mis emociones, haciendo hincapié en las negativas, que son las que solemos esconder. El lema era «Bienvenidas las tristes». Pretendía identificarme como un espacio seguro, como una persona refugio, ante la cual se podía estar mal y, desde mi parcela, contribuir a esa normalización de las emociones negativas y animar a otras a interactuar con ellas para vencer ese malestar y esas incomodidades que provoca la falta de costumbre (porque todas nos hemos sentido muy violentas cuando alguien rompe a llorar delante de nosotras, ¿a que sí? Es que esos primeros auxilios no nos los enseñan: tenemos que aprenderlos solas).

He de reconocer que siempre me he tenido por una persona triste, melancólica, nostálgica. Por eso hubo algún tiempo en el que pensé que mi verdadero yo era el yo triste, que la mujer serena, alegre o risueña era una anomalía. Creo que eso se debe a que, como siempre estoy en mi presencia, me percibía más triste que el resto, más melancólica o nostálgica que el resto. Pero claro, es que yo solo veo lo que el resto deja ver y yo consigo percibir, que es algo bastante limitado. Sé que no soy la persona más feliz o más alegre del mundo, pero puede que no sea tampoco la más triste. Aun así, todo forma parte de lo que soy. Soy mi alegría, pero también soy mi tristeza. Soy mis victorias y mis dolores, mis ilusiones y mis abandonos. Lo soy todo. O, como decía Walt Witman en Song of Myself:

Do I contradict myself? Very well then I contradict myself, (I am large, I contain multitudes.)

Empiezo a asumir que nadie (ni siquiera yo misma) va a abarcarme. Y ya no me angustia.


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Published on Jun 24, 2025

... y nosotros nos enamoramos.

Qué frase tan dramática, pero qué hermosa. No puedo evitar pensar mucho en ella últimamente.

Hoy, por ejemplo, iba en el autobús. Dos filas delante de mí una pareja muy joven, prácticamente adolescentes, viajan juntos. Ella apoya la cabeza en su hombro, él le besa la coronilla y la abraza. Me conmueven mucho estos gestos en medio del devenir de la ciudad en los días laborables. Entre limpiadoras de uniforme, trabajadores de banca camino de la sucursal y jubilados camino de su revisión en el hospital privado allí están ellos, generando un vórtice que ralentiza el tiempo, inmersos en un paréntesis intangible. Y yo les amo por ello, por desviar con la gravedad de sus sentimientos mi mirada y abstraerme de la mecánica del fin del mundo.

Ayer leía a alguien hablar de la sensación de extrañeza que le provocaba estar mirando decoración para su baño mientras en Gaza moría la gente, mientras Estados Unidos bombardeaba Irán, mientras las vidas de millones de personas pendían de un hilo muy fino sostenido en el campo de juegos de unos niños caprichosos que se perseguían con tijeras.

Y sí, es extraño. Porque el sábado, después de parlamentar descorazonados sobre el ataque de Estados Unidos a Irán, desnudos sobre la cama para sobrellevar el calor, hicimos el amor como si el mundo no se estuviera acabando, como si tuviésemos que compensar todo el odio del mundo queriéndonos. Y me ataca la rabia cuando pienso en ello, pero también la esperanza. Porque el mundo se está acabando, tal vez desde siempre, pero lo mejor la vida se empeña en afirmarse y resistir, aunque sea en escaramuzas propias de guerrilla.


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Published on Oct 7, 2025

Pocas cosas más incómodas que el llanto. Creo que si nos encontrásemos a un grupo de personas follando en plena calle nos resultaría mucho más fácil mirar que si nos cruzásemos con una persona llorando. El llanto nos descoloca, nos hace conectar con nuestra propia vulnerabilidad y nos pone de frente con lo incomunicable: el dolor. El dolor es de las cosas más privadas e inefables que existen, no importa cuánto lo intente una: la otra persona puede llegar a atisbar cómo te sientes, pero nunca llega a saberlo del todo. Supongo que esa parecela de misterio queda en cualquier cosa que se comunica, pero el dolor parece tan importante...

Es cierto que no siempre se llora por dolor, pero supongo que el llanto suele llevarnos ahí. Sea por lo que sea las personas, por lo general, cuando ven a alguien llorando, parecen necesitar encontrar con urgencia un agujero bien profundo en el que meterse.

En ese sentido, soy una persona bastante incómoda que tener cerca (cuando cerca significa espacial y espiritualmente). Especialmente en los últimos tiempos. Lloro mucho. Muchísimo. Y no lloro más porque en el trabajo hago lo imposible y lo imposible por evitarlo (no es que a veces no me den ganas). Pero en casa... uf. Y lloro porque me duele mucho todo (no voy a entrar en detalles, esto se haría demasiado largo) pero también lloro por las cosas que atenúan un poco el dolor. Así que ando hecha una fuente.

Ayer me eché a llorar como una magdalena al leer la carta de una amiga en la que decía que hablar conmigo le aporta lucidez. Me tiré llorando un buen rato por eso. Pero claro, es que eso, para mí, significa mucho. Significa que hay alguien en el mundo a quien mi existencia le sirve, para quien, que yo exista, supone una mejora en su vida, por leve que sea. Y, qué te digo, con lo irrelevante que me siento últimamente en términos absolutos no me queda otra que agarrarme a estas pequeñas cosas que no son, en absoluto, tan pequeñas. Siento que, si desapareciera, la gente no me echaría mucho de menos,salvo alguna excepción. Así que intento sobredimensionar el peso de las excepciones, por mi propio bien.

Y se ve que ayer fue el día de las excepciones. Porque también me hicieron ver que se me echa de menos. Una amiga con la que no tengo demasiado contacto (ella empezó a descolgarse de las redes sociales, luego volvió, pero yo me estaba descolgando de esas redes sociales, después volvió a Substack pero yo enseguida cerré mi cuenta... En fin) pero con la que siempre he sentido una conexión especial me escribió un correo. Sin más, por nada: «Me he despertado esta mañana a las 5 pensando en que tenía que escribirte». Y así lo hizo. Me puso al día de su vida en los últimos meses, me contó algunos pormenores y me resumió su estado de ánimo. Poco más. Pero también lloré. Porque se acordara de mí, porque se tomara el tiempo de sentarse a escribirme, porque me contara pormenores de su vida. Porque alguien que no obtiene nada de mí, que nunca obtuvo nada de mí, me echase de menos y se acordase de mí.

En fin, que lloro por todo. Por cómo me duele lo hostil del mundo y por el alivio breve que me proporcionan los gestos de amabilidad y cariño, los momentos de conexión. Necesito un permiso laboral por motivos de llanto, a ver si me quedo vacía y a gusto de una vez.


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Published on Jul 1, 2025

El otro día dije en Mastodon que abandonar las redes sociales mainstream había cambiado la manera en la que vivo mi ocio (me va a costar evitar el verbo consumir) y @laguiri@neopaquita.es">LaGuiri me comentó que le gustaría leer más sobre el tema. La cosa es que, a medida que ha ido pasando el tiempo me he dado cuenta de que ha sido un cambio más profundo que el que en un principio vislumbré. Así que nada, voy a ver si le doy un poco de orden a algunos de los aprendizajes adquiridos o intuiciones vislumbradas desde que dejé las redes sociales mainstream

##Nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing

No me tengo por una persona excesivamente impulsiva o caprichosa. Además, creo que tengo la cabeza relativamente bien amueblada y que, por distintas razones, suelo ver venir cuando alguien quiere venderme algo. No me considero, en definitiva, una víctima fácil para las estrategias de venta. Pues bien: me he dado cuenta de que estoy equivocada. Probablemente, eso no lo niego, presente algo más de resistencia que otras personas, pero nadie expuesto al marketing puede sustraerse al marketing. Y eso lo sé porque ahora que he dejado de estar tan expuesta a las estrategias mercadotécnicas que imperan en las redes sociales comerciales deseo menos de forma inducida.

Aunque antes no se me antojase cualquier cosa que apareciese por mi feed, sí que he detectado que me pasaba con cierta frecuencia. La publicidad (con frecuencia transmitida por personas normales y corrientes inmersas en la dinámica de estas redes, como yo misma lo era) hacía que tuviese curiosidad por cosas, que las acabase deseando. Estas cosas eran, en la inmensísima mayoría de los casos, superfluas, nada necesario ni especialmente relevante para mí. Sin que yo me diera cuenta, incluso mientras yo creía que estaba haciendo un uso responsable de las redes sociales, mi deseo se estaba dirigiendo a productos concretos. ¿Que cómo me he dado cuenta? Pues porque lo que me interesa o quiero ya no coincide en tanta medida con lo que le interesa a la mayoría de gente que me rodea. Lo cual me lleva al segundo punto.

##Mi ocio estaba absolutamente mediatizado por la publicidad y lo viral.

Yo creía que veía una serie o una película, o que leía un libro, porque me interesaba de verdad. Que ese libro, película o serie fuese el que estaba viendo todo el mundo era una mera coincidencia (nunca lo es, pero vaya, no pensaba que tuviera tanto peso). No era así, porque al desaparecer de esas redes sociales (y al dejar las plataformas de streaming, también) he dejado de desear ver cosas que antes veía: honestamente, no me interesan, no siento que me esté perdiendo gran cosa por no verlas. Lo mismo ocurre con las novedades o booms editoriales: es que ya no me entero de cuáles son. No sé si es demasiado pretencioso decir que mis elecciones en relación al ocio son ahora más auténticas, probablemente sí, pero desde luego sí que están más dirigidas por una interacción más humana y menos publicitaria (lo viral no deja de ser una forma muy efectiva de publicidad).

Esto ha llegado a cosas muy pequeñas. El otro día un amigo me hizo referencia a un escándalo con la restauración de una virgen. Yo le dije que me había enterado, que algo había oído, pero que no me interesaba demasiado. Él insistió: cómo se nota que no estás en instagram, todo lo que rodea el caso es surrealista, propio de una película de tu paisano Cuerda. Y yo también insistí: le dije que, de verdad, podía vivir sin meterme en ese pozo, que no me interesaba nada en absoluto. Lo mismo pasó hace poco con la cancelación de un programa de Nickelodeon, el de Tiny Chef. Supe de ello porque una amiga me mandó un enlace a Bluesky. El vídeo me pareció del peor gusto porque apelaba a una emocionalidad profunda para manipular (que sí, que el muñequito es muy mono, pero me enfadó, porque vi una frivolidad tirar de lo que supone un despido de forma tan emocional para evitar la cancelación de un programa de tele). Luego, por dos lados más, me llegó un vídeo bastante gracioso del muñequito cocinando al ritmo de Billie Eilish. Ese sí me gustó. Pero ya está: no me interesaba. No quería saber más. Sin embargo, por alguna razón, medio Interné estaba a topísimo con la cancelación de un programa del que la mayoría no había oído hablar hasta un día o dos antes. ¿No es curioso?

Sin embargo, aunque esto me parece, en general, positivo, creo que tiene también su lado negativo.

##A las personas que quiero y a mí están dejando de interesarnos las mismas cosas.

Y eso me da miedo, porque sé que tengo cierta facilidad para aislarme y, sin esos nexos propios de la cultura popular, temo que ocurra. No es raro que mis amigos compartan en nuestros grupos de mensajería enlaces a Instagram o a Twitter que yo ya no me molesto en abrir: el 80% de las veces no puedo verlos por cómo las plataformas los limitan para obligarte a registrarte e instalar su app. Las bromas o referencias que hacen me pasan por encima. Cada vez más cuando hacen referencia a un pequeño evento canónico que ha tenido lugar en estas redes tengo que preguntar un sonoro qué porque no tengo la más mínima idea de de qué va el asunto. Imagino que pasaría lo mismo si yo les hablase del certamen #MissVentiladorDeTecho, claro. La cosa es que yo sé que estoy en redes de nicho, mientras que ellos sienten que todos estamos al tanto de lo que pasa en las grandes redes comerciales.

Tal vez sea un miedo infundado, pero no creo que lo sea del todo. En cualquier caso es un miedo que sirve a las empresas que manejan estas redes: «¿Vas a dejarnos y a perderte todo lo que pasa aquí? ¿De qué vas a hablar entonces con tus amigos?». Resulta que el FOMO funciona, amiguis.

En fin, espero sinceramente que mis relaciones sociales se sustenten sobre pilares que puedan resistir la eliminación del algoritmo y la mercadotecnia. Sé, sin embargo, que no todas lo harán.


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Published on Sep 22, 2025

Hoy al salir de trabajar tenía un mensaje de mi antiguo compañero de departamento al que debería empezar a referirme como «mi amigo N», porque supongo que eso es lo que es. Me decía que tenemos que quedar, que no podemos dejarlo estar, sin prisa pero sin pausa. Y me decía que este año tiene en clase a una alumna del año pasado que le ha pedido que me transmita un mensaje: que le encanta escribir, y que le encanta la poesía, y que ha leído mis poemas y que le han encantado, que nunca encontró el momento o la valentía de decírmelo el curso pasado.

Ha sido muy bonito. Y más en este momento en el que el cuerpo me pide hacer listas para seguir levantándome por las mañanas y en el que siento que soy una farsante en mi trabajo, una impostora y una inepta.

En esta ocasión el mensaje ha llegado, aunque sea de forma indirecta (es cierto que me habría gustado poder sonreír cuando me lo dijese ella, que viese que me había hecho feliz, hacerle preguntas, en fin, esas cosas) pero me planteo cuántas veces no nos decimos las cosas. Y, consciente de cómo una sola palabra puede desviar un cuerpo de su trayectoria, siento vértigo.


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Published on Aug 30, 2025

Estaba limpiando el polvo de la casa con toda la pena pre-post-vacacional que he conseguido reunir cuando he llegado a mi otra mesilla de noche. Es la del lado contrario a la mía, pero también es mía, así que bueno. En ella he encontrado dos fotos. Una, en el Retiro de Madrid, con mujeres que había desvirtualizado ese día y con algunas que acababa de conocer. Pero qué día aquel... La otra, en la Feria de Córdoba, con algunas de mis amigas de aquí.

Cuando me separé de mi pareja y mi casa se quedó algo más vacía decidí tomar precauciones para que la tristeza no se acomodase demasiado. Una de ellas fue dejar recordatorios de que no estaba sola. Soltera sí, pero no sola. Así que imprimí unas cuantas fotos y rescaté algunas de los álbumes, compré algún marco más y dejé aquí y allá fotografías de gente que me acompañaba. La foto del Retiro fue una de las primeras. Casualmente (o más bien no) en esas fotografías aparecían mujeres. Pero también eran de mujeres las postales o ilustraciones que dejé aquí y allá para no dejarme creer que estaba sola en el mundo.

Hace ya dos años de eso y la presencia de algunas de esas mujeres en mi vida no es, ni de lejos, la misma que entonces. Lo mismo ocurre con mi presencia en la suya, claro. Pero no quito sus fotos, no hasta que no sea necesario. Porque la permanencia no es requisito para que algo sea real. Esas mujeres han sido mujeres de mi vida, me han salvado en algún momento, y por lo tanto, serán siempre mujeres de mi vida.

El otro día me daba cuenta, tras escribir aquí, de cómo lo más interesante y estimulante intelectualmente me está llegando desde hace tiempo de mujeres. Por ejemplo, yo hace unos años pensaba que no me gustaba leer ensayo, y lo que pasaba es que no me interesaba una mierda lo que tuviesen que contarme los ensayos del momento escritos por señores (en general). En los últimos tiempos estoy leyendo bastante más ensayo (no leía tanto desde la carrera, y entonces lo hacía por obligación) pero la mayoría están escritos por mujeres. Y me apasionan, y me estimulan, y me interesan. Y me dan ganas de discutir con ellos, incluso. Pongo por caso el libro que estoy leyendo actualmente: El buen sexo mañana de Katherine Angel. Llevo un capítulo y me tiene entregada. Me está haciendo pensar muchísimo. Pero es que ese libro me llegó porque vi que mi amiga Tania lo llevaba encima este verano. Lo mismo ocurre con recomendaciones de libros o películas. Y, desde luego, con ideas y conceptos: participar en conversaciones con mujeres o verlas expresarse en blogs y redes sociales es algo súper enriquecedor y que me está haciendo crecer inmensamente.

Me gustaría acabar este post de una manera efectista, que siempre queda bien, pero al final lo que quiero decir es: señoras de mi vida (presentes actualmente en ella o no): gracias. No os doy ni un poquito por sentado.


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Published on Jul 17, 2025

Estoy volviendo a ver una de mis series favoritas: «Call the Midwife». Se trata de una serie de la BBC con chorrocientas temporadas basada en las memorias de Jennifer Worth, que sirvió como comadrona en el East End Londinense tras la II Guerra Mundial. Ahí es ná. Recuerdo que leí el primer libro (creo que son tres) y bueno, bien, pero no me daba la mandanga que me daba la serie. Eso por no hablar del clasismo condescendiente que se le escapa a veces a la señora y del cacao mental que tenía sobre lo que había sido la Guerra Civil Española (que para ella era un enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, siendo los republicanos gente malísima que iba persiguiendo a la nobleza). En fin, cosas de ingleses.

Pero la serie, como digo, me da mandanga de la buena: es mi tratamiento de llanto. Me pongo mi capitulito y sé que voy a llorar y moquear de emoción pura hasta quedarme suavecita como el terciopelo. Estoy con la temporada 14, creo, y eso no cambia. Maravilla.

Evidentemente, tiene su cosita social y de repaso de la historia de iukei, una defensa tochísima del NHS, un recorrido por la evolución de la Sanidad Pública británica, el tratamiento de ciertos problemas como la crisis de la talidomida o los desalojos y reubicaciones de los habitantes del East End... Vamos, que pa mí lo tiene todo. Incluida la ropita de la época, que me puto flipa.

Pues bien, en el capítulo que he visto hoy se mencionaba la posibilidad de movilizaciones y protestas por parte de las enfermeras para reclamar un salario digno, ya que les pagaban básicamente en cacahuetes. ¿Tendría que ver algo que fuese una profesión femenina? Quién sabe, esas cosas no pueden saberse.

Una personaja (no despectivo, por marcar el femenino, simplemente) que vive en un convento (parte de las comadronas son monjas) y que solo recientemente ha conseguido llevarse allí a su hija (es madre soltera) porque no puede permitirse una vivienda para ambas manifiesta a una compañera más veterana su inquietud sobre el tema del salario tras vivir unas compañeras una situación muy problemática. Dice algo así como que las enfermeras de distrito y las comadronas viven situaciones muy complejas, hacen un trabajo muy difícil y no son remuneradas con justicia. Su compañera adopta un rictus entre apesadumbrado y escandalizado, así muy inglesa ella, y dice que cuidar de los demás es un privilegio y patatín patatán y que no quiere oír nada más al respecto. Je.

He oído ese discurso: soy docente. Cuando me quejo de las condiciones me replican que es un trabajo muy bonito, que tenemos mucha influencia, que hacemos mucho bien. Y todo eso es verdad. Pero a mí me gustaría que hacer ese trabajo no fuese a costa de mi malestar, de comerse mi tiempo libre, de hacer más de lo que puedo o de maltratar mi salud.

No niego que realizar ciertas profesiones tiene un algo de «privilegio», con todas las comillas del mundo, porque te pone en situaciones que poca gente puede vivir (ojo, que esto es para bien y para fatal). Pero, ¿en qué ley natural dice que esa «recompensa» (que muchas veces no lo es) es incompatible con unas condiciones laborales dignas (o un poco más que dignas, que tampoco pasa nada por apuntar alto)?

Yo me niego a comprar la idea de que pringar sea un privilegio y, por eso, se pueda escatimar en la retribución a las pringadas. Perdon't.


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Published on Nov 17, 2025

Cuando empecé la terapia, después de hacer pum-cata-pum una de las cosas que le pedí a mi terapeuta fue estrategias para hacer que la violencia que padezco (ya sea dirigida a mí directamente, a mí como símbolo o a otros) me doliese menos porque no puedo pelear todas las batallas, no tengo energía, pero tampoco soy capaz de aguantar la cantidad de daño que el mundo me hace a veces.

Y ahí estoy, aprendiendo a respirar hondo de forma casi automática cuando duele. Diciéndome cosas para reconfortarme de forma muy tierna y muy lenta. Intentando reprogramar mi intensidad para no herirme a mí misma.

Y me da pena. Me da pena porque si algo sobra en el mundo es gente a la que no le importa. Pero yo ya no podía más. En mi dilema entre prenderle fuego a un mundo que no me permite ser como soy y limarme las aristas, ahora estoy limándome las aristas. Lo siento a veces como una traición, no te voy a mentir.

Hoy, por ejemplo, llevo todo el día desensibilizándome ante una situación que me ha parecido injusta, repitiéndome que lo que ha dicho un compañero sobre un alumno neurodivergente le describe a él, que enfrentarme a él y confrontarlo me habría dejado hecha polvo y no habría supuesto ningún triunfo, que mi energía está mejor puesta en atender a dicho alumno con todo el cariño, comprensión y compasión que sea capaz de reunir. Y más o menos está funcionando. No me estoy emputeciendo salvajemente. No se me acelera el pulso. Puedo seguir con mi vida y, cuando el pensamiento se me presenta, lo abordo y no se convierte en rumia. Y, de alguna manera, eso me disgusta. Porque en la misma situación, si al menos estuviese sufriendo, pataleando y rabiando sentiría que la injusticia no me es ajena, que no ha pasado por mí inadvertida. Supongo que algo de la cultura del sufrimiento católica y patriarcal hay en esto, porque eso no solucionaría nada tampoco y acabaría drenándome también.

Total, que a pesar de todo, a pesar de que consigo manejar la ansiedad, a pesar de que respiro, a pesar de que relativizo... No está siendo un buen día. Pero eso también es parte del trabajo que el terapeuta me encargó (supongo que en parte me ha calado con cierta precisión): no desmoronarnos cuando la vida nos supere, no rendirnos ante los malos días, no catastrofizar cuando mi ánimo empeore. Aquí estoy, intentándolo.

E intentando no ceder al miedo de que sobrevivir me suponga renunciar a parte de lo que soy.


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Published on Sep 13, 2025

Aviso de contenido: depresión, ideaciones suicidas, medicación

No iba a poner el taco, pero mira, sí. Porque así es como suena la pregunta en mi cabeza. Me está dando otra de mis célebres (solo para mí y quien está muy cerca de mí, que por suerte no es mucha gente) bajonas. Creo. Se acerca a una racha de 10 días y lo que empezó como una mezcla informe de tristeza, desánimo, cansancio y desfici está sumando dos síntomas que en mí son inequívocamente preocupantes: apatía y anhedonia. Nada me interesa ni me apetece y nada me hace sentir bien. No os voy a mentir: pinta mal.

Desde la última gran bajona he empezado a apuntar en una página de mi agenda cuándo se inician y su duración como intentando encontrar algún tipo de patrón. La última empezó pasada la mitad de febrero y duró hasta mediados de mayo. Tuve que acudir a la medicación que, para colmo de males, en esta ocasión tuvo bastantes efectos negativos y ninguno positivo. Esta empezó a principios de septiembre (a mí aún me queda una pequeñísima esperanza que sea pena postvacacional y que en unas semanas, cuando haya incorporado la rutina, esté tan cansada que no tenga fuerzas ni para estar deprimida, ojo) y no sé cuánto durará. Lo mismo no es nada y la hipervigilancia que caracteriza a los que hemos estado mal de la cabeza me está jugando una mala pasada. Ojalá. Pero es muy incómodo echarse a llorar en cualquier momento, estar irritable, agotada, alejar a la gente que te quiere, desear no despertarte y, en definitiva, que tu mente rechace todo lo que podría hacerte bien. No me gusta. Me siento ajena a mí misma, falta de control y de agencia en lo que me pasa. Es un mojón.

¿Y por qué lo cuento? ¿Por qué escribo esta mierda de post que no dice nada? Porque he vivido toda mi vida en un mundo en el que parecía que estas cosas no pasaban más que a los tarados (no estoy diciendo que yo no lo sea), que eran infrecuentes, que eran un problema individual que denotaba falta de carácter. En fin, todas esas mierdas. Y bueno, yo soy una mujer que sigue saliendo al mundo cada día, sonriendo a los desconocidos, abrazando a sus ex alumnos cuando se los cruza, haciendo ejercicio, queriendo hacerlo lo mejor que puede... aunque por dentro todo duela. Si eso no es ser fuerte, yo qué sé.

No eres la única, de verdad. Ojalá fuese más evidente que muchos atravesamos la vida a duras penas, que aunque hagamos que parezca fácil no lo es. Yo, desde luego, lo siento muchas veces como un esfuerzo titánico, aunque desde fuera parezca otra cosa.

En fin, como hace ya semanas que no comparto poemas, voy a dejar uno aquí, que viene al caso. Me apeteció escribir un poco tras leer a Gloria Fuertes, así que este poema es un homenaje. En cursiva, los versos que le robo.

GLORIA BENDITA

Nací para poeta o para muerto y mientras en lo primero mi éxito es escaso, tímido, mediocre, en fin, nada notable, en lo segundo voy de maravilla: no pasa un día sin que tache un día y esté un día más cerca de dar la última tos.

Nací para curiosa y para gato y no es, ya lo sabemos, una buena combinación. Escogí mal y me quedé con lo de «curiosa». Ni así escapo de mi destino: cuando una sabe poco se va al cine, si llega a saber mucho se suicida.

Nací para poeta o para muerto y últimamente ya apenas escribo.

Espero que Santa Gloria me asista.


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