Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Aug 8, 2026

«Quien pierde las formas pierde la razón». ¿Te suena? Yo lo habré escuchado enecientas veces y, lo que es peor: me lo he creído. Me ha hecho sentir mejor moralmente no perder las formas mientras otros me pisaban. Me ha consolado que mis «verdugos» vencieran pero no convencieran, porque, ¿quién puede convencer sin razón? Y yo podría estar maltrecha y vencida, pero había hecho lo correcto.

El gilipollas. Eso es lo que había hecho: el gilipollas.

Menuda trampa, amigas. ¿Quién sale beneficiado de mantener las formas? El privilegiado. Siempre. Bueno, el privilegiado, como la banca, siempre gana, pero al menos hagamos su victoria incómoda, ¿no?

¿Quién puede permitirse no gritar cuando le pisan? Aquel a quien no le duele de verdad. ¿Quién puede permitirse permanecer impasible mientras le apuñalan? Quien no es humano. ¿Quién puede permanecer sereno mientras le humillan? Nadie.

Que nos traguemos que hay que mantener las formas como requisito moral es la forma de que no demos la batalla, aguantemos los golpes en silencio y, de paso, dominar el discurso para poder desacreditarnos si damos una voz más alta que otra. Sirve para cortar la lucha haciendo que nos conformemos con la pírrica victoria de no haber perdido los papeles. Para descanso de los verdaderos vencedores, claro.

Estoy muy harta del discurso del dominio de las pasiones, como si ser capaz de contener las lágrimas o de sofocar la rabia hiciese a alguien mejor persona y no, simplemente, más insensible. Me lleva a un funeral en el que estuve y en el que se empeñaban en empastillar a las hijas de la difunta cuando «perdían los nervios». Ahora hasta en los funerales hay que llorar bajito si es inevitable y, si se puede, permanecer entera y serena.

Menuda mierda de trayecto llevamos, caris, si el cénit de la humanidad parece ser parecer lo menos humanas posible.

La bruja tarada agita su varita mágica

˚ ༘ ೀ⋆。˚. ݁₊ ⊹ . ݁˖ . ݁✧₊⁺ Te doy ⋆⭒˚.⋆
⋆⭒˚.⋆ el derecho✧₊⁺✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧
✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de cagarte✧₊⁺
✧₊⁺ en los muertos ✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
⋆⭒˚.⋆ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de quien ⋆⭒˚.⋆✶⋆.˚
✶⋆.˚ te toque el coño ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧

De nada.


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Published on Jan 9, 2025

Hace unos meses, en la Feria del Libro de Madrid, vendí un libro. No el mío, otro. Se titula ¿Dónde está mi tribu? y su autora es Carolina del Olmo. Lo más gracioso de todo es que no he leído el libro (lo tengo pendiente, eso sí).

El señor de la editorial En clave intelectual, que es quien edita el libro, que allí estaba empezó a glosar a una señora que curioseaba el contenido del libro. Y allá que fui yo, a meter mi discursito subversivo que puede resumirse en que «la culpa de todo es del capitalismo y del patriarcado». El libro explora las dificultades de la crianza en la sociedad actual, en la que ya no hay tribu: las mujeres criamos solas. Si hay suerte, contamos con nuestras madres o suegras. Si hay mucha suerte, con el padre de la criatura. Perdon't.

No ha habido tiempos como estos para criar. (Nunca hay un tiempo como otro, claro). A mi abuela paterna se le murieron 5 hijos. A mi abuela materna una, que yo sepa (porque de eso me enteré hace poco y de aquella manera) y, de los que le han llegado a adultos, dos de ellos, especialmente uno, lo ha hecho en unas condiciones de vida bastante duras. Imagina ser autista en los años 60 Pero había una cierta tribu. Los patios, las corralas, las calles, los barrios. La madre de un amigo me habló más de una vez de una «tía» suya, que no era más que una vecina que ayudó a criarla. La abuela de mi pareja nombra a veces a una querida amiga, con la que entabló relación porque sus maridos eran compañeros de trabajo. Yo, cuando me he planteado la maternidad, me he respondido que no podía porque asumía que iba a tener que hacerlo sola. Y hacerlo sola tal vez sea posible, pero es algo heroico y no estoy yo para heroicidades.

Estamos muy solas (y muy solos, pero voy a usar el femenino genérico, porque why not). No voy a entretenerme a contar el drama de elegir quién iba a ser mi contacto de emergencia después de romper una relación larga. A quién le iba a encomendar el marrón de acudir al hospital si me pasaba algo o de identificar mi cadáver. Porque menudo marrón. No es que no tenga amigas, es que pienso en ellas, en sus vidas frenéticas y/o precarias, en sus energías al límite... Y no soy capaz de pedirles nada. Pienso en quién me acompañaría al hospital si tuvieran que darme un tratamiento largo, o hacerme pruebas difíciles. Y no sé a quién se lo pediría. Diría que me siento sola, pero no creo que sea un mero sentimiento. Creo que, pasado cierto límite, estoy sola. Eso no significa que, en caso de necesidad, no vaya a haber quien dé un paso adelante. Quiero pensar que lo habría. Pero a qué coste para ella. O para él.

Estoy pensando mucho en la soledad desde que ví la película All of us strangers, tengo que reconocerlo. Me arañó todos los miedos. Y se nota. Pero es que estoy convencida de que, y sé que me repito, estamos muy solas.

Y la culpa es del capitalismo, que nos ha atomizado, que nos ha robado las energías y el tiempo de trenzar redes, de tejer comunidades.

Y la culpa es del patriarcado, que ha depositado el peso de los cuidados en las espaldas de las mujeres, lo cual ha hecho que se entiendan como algo menor (salvo cuando da dinero, claro: cocinear todos los días para alimentar un familia es una chominá, pero nojequé de las estrellas michelín).

Pero la soledad, en sí misma, merece formar parte de mi lema. Tiene entidad propia, casi sustancia. En los últimos tiempos creo que puedo palparla en las relaciones de las personas, en sus estados de ánimo, en cómo reaccionan cuando piden una cita o esperan un paquete. Y los que más solos están son los más vulnerables: las migrantes, las precarias, las enfermas, las de los márgenes. Hoy leía en el monográfico de cuidados de la Revista Píkara un artículo en el que hablaban de la asistencia personal para personas con problemas de salud mental, y describía la cara de desolación de estas personas cuando se hablaba de las redes de apoyo y cuidado. «¿Qué redes?», parecían decir. Y creo que aunque hubiese menos capitalismo y menos patriarcado, esto no se solucionaría. Porque las raras, las desarraigadas, las locas... siempre estarían más solas.

Este post, el primero de este blog, no tiene mucho más, no va a ningún sitio profundo. Solo escribo, porque puedo, porque me apetece. Porque he identificado a otro jinete del apocalipsis. Así que ahora mi lema cambia.

La culpa es del capitalismo. Del patriarcado. Y/o de la soledad.


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Published on Apr 10, 2025

No sé si, siguiendo la coña que surgió hace unos meses, Mastodon será divertido o no. Lo que sí sé es que me resulta de lo más interesante, especialmente en los últimos tiempos, en los que cada vez más mujeres hablamos de nuestras movidas en dicha red social. Hace poco mi querida tirasdenaranja planteó qué cosas no consideramos machistas en otro momento pero ahora sí eramos conscientes de que lo eran. Esto a mí me llevó directamente a mi adolescencia, a mi renegar del color rosa, a mi dejarme conquistar por frases tan pochas como “tú no eres como las demás” o a la que más me molesta aún hoy, con diferencia: “Me llevo mejor con los chicos que con las chicas” o la variante “tengo muchos más amigos que amigas”.

Miro atrás y me horrorizo. Yo, que hoy tengo infinitamente más amigas que amigos y que me precio de ello, quiero volver, coger a la Bettie adolescente por las solapas y zarandearla fortísimo. Pero no puedo decir que no lo entiendo, claro. Yo también he sido una sana hija del patriarcado (hasta cuando creía que me estaba rebelando).

Nunca fui una niña como las demás (siendo justos, nunca fui como los demás, en general, pero esa extrañeza se acentuaba cuando veía que no encajaba entre las chicas, mis supuestamente iguales), así que hice de la necesidad virtud. Fue fácil en una sociedad en la que lo femenino es inferior por defecto: mi estatus, fuera del grupo de las chicas, debía de ser un avance, un acercarme a lo mejor, representado por lo masculino. No ser como ellas tenía que significar que me parecía más a ellos. Y eso no deja de horrorizarme: los chicos eran horribles. Pero todos los mensajes incidían en que lo masculino era lo bueno, que las opiniones de los hombres eran más respetables, sus trabajos más importantes, sus cualidades mejores. Y yo, evidentemente, no lo cuestionaba.

Además, un pensamiento que flotaba en el ambiente era el de que las mujeres somos muy malas entre nosotras. Yo había visto a los chicos martirizar al maricón de la clase, gastarse bromas pesadísimas (que, evidentemente, no eran bromas) o humillarse por haber fallado un penalti o por haber hecho una mala elección de zapatillas. Pero bueno, eso no era malo, eso era normal. Lo malo era cómo nos tratábamos las mujeres, nuestra crueldad, lo retorcidas y sibilinas que éramos para hacernos daño (ellos no, claro, ellos nunca). Escuché en un montón de ocasiones a mis mayores (familiares, vecinas, maestras, femenino no tan genérico aquí) decir que los niños se pelean y se pegan pero al rato tan amigos, pero las niñas son más retorcidas y más crueles. Siendo nuestra violencia, evidentemente, peor que la física que ellos ejercían.

Lo que nadie se planteaba, claro, es que nosotras ejercíamos la violencia las unas con las otras de la forma que se nos permitía. Que dos chicos se peleasen era una cosa normal por la que nadie levantaba una ceja. Se les separaba y en paz. Pero pelearse no era propio de una niña, como tampoco lo era correr, o saltar, o revolcarse por el suelo, o mil cosas más. Así que purgábamos nuestras emociones negativas hacia nuestras iguales de formas más o menos aceptadas porque, como ya he dicho en otras ocasiones, el lugar de la mujer está siempre en el error y nunca hacemos nada lo suficientemente bien.

Total: que si las chicas iban a ser malas conmigo, si, de hecho, yo estaba convencida de que lo eran, y de que eran peores que los chicos, pues evidentemente era una buena cosa que me apartase de ellas y me acercase a ellos. Y, cuando aprendí a relacionarme de forma más o menos torpe, así lo hice. Y me enorgullecí de tener más amigos que amigas.

La cosa es que, cuando miro en retrospectiva, no tenía amigos. Mis amigos me dejaron tirada en el pueblo de al lado. Mis amigos (varios de ellos) se intentaron aprovechar de mis borracheras o de las de otras amigas para enrollarse con ellas. Mis amigos me instrumentalizaron para conseguir acercarse a mis amigas. Mis amigos no respetaron mis límites intentando forzarme, por ejemplo, a consumir drogas. Mis amigos me trataron con condescendencia y se rieron de mí. Mis amigos dejaron que otros hombres me tratasen mal (muy mal). Podría seguir.

Así que la cosa es que, ahora me doy cuenta, esa afirmación era mentira. Siempre he tenido más amigas que amigos. Incluso cuando mis amigas eran muy, muy pocas.

Me alegra ver, no obstante, que las adolescentes de ahora tienen esto bastante más claro.


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Published on Sep 18, 2025

Hoy estaba leyendo mastodon un poco por encima cuando me he encontrado un toot con un concepto muy gracioso. He ido a ver si lo encontraba pero, para variar, no me he guardado el toot, soy un desastre. El post hablaba del concepto de «personas prepucio», que se retiran cuando la cosa se pone dura. Insertar risa amarga

Es cierto que esa gente existe. Seguro que la cabeza se te ha ido a alguien o a alguna situación cuando has entendido el concepto. En el mensaje se referían a esos amigos que te dejan de lado en lo peor de tu depresión porque eres un rollo o a esos señores que dejan a sus parejas cuando se les detecta una enfermedad grave y, en lugar de cuidar 24/7, empiezan a necesitar cuidados.

Este post, desde luego, no va para las malas personas, con todos los matices, porque nadie somos santos y muy pocos son demonios: no lo necesitan. Aquellos que se mueven solo por su interés personal y que se abrazan únicamente al beneficio se van cuando quieren y les da la gana, sin problema. Pero esa idea de que irse es de mala persona hace que las personas buenas sientan que no pueden irse. Y, a mi modo de ver, eso es un problema.

Nadie debería permanecer al lado de otro cuando ya no quiere estar, y puede haber razones válidas para eso. Cada vez que recuerdo la historia de una amiga me invade el terror: tenía una relación que iba mal, ya no estaba enamorada, estaba buscando el mejor momento, la mejor manera para dejar a su pareja... y entonces a él le detectaron una enfermedad grave. Y ella se quedó, aunque no le quería, siguió unida a él y le cuidó día, tras día, tras día, tras día. Aunque era infeliz cada día lo hizo. Y habrá quien piense que mi amiga es una santa con admiración (es más que una santa, es una señora estupenda), pero yo lo que pienso es que no tenía por qué hacerlo. Que podría haber seguido apoyando a esa persona como amiga, que podría haber hecho otras cosas que no fueran cargarse con la totalidad del cuidado de un hombre al que ya no quería. Bueno, al menos, debería haber podido.

Lo mismo hay alguien que piensa que esto es muy fácil y que lo digo desde el lado de las que dejan o quieren dejar. Claro, a veces estoy en ese lado. Pero también he sido dejada. También hay amistades que no han podido gestionar mi carácter, mis depresiones, mi falta de contacto (porque necesito estar sola para recargar energías). Y lo entiendo. Y no les culpo. Y no creo que sean malas personas. Es más, ahora mismo que estoy atravesando por un proceso depresivo leve, me gustaría decir explícitamente a la gente de mi alrededor (que tampoco es mucha) que puede irse cuando quiera, que puede, incluso, retirarse temporalmente si quiere, aunque luego quiera volver cuando la tempestad amaine. No lo hago por no parecer dramática y porque tampoco quiero que piensen que son prescindibles o que no me importaría perderles. Pero no quiero que mi tristeza sea una cadena o un secuestro. No quiero que mi necesidad les ate de ninguna manera en ningún momento. Tienen derecho a irse cuando así lo sientan o lo consideren: su cariño, su afecto, su apoyo, está suficientemente evidenciado. No tiene que ser eterno para haber sido real.

Siento que esta es una cosa que no se dice demasiado y no está de más, de vez en cuando, recordarlo. A mí misma, por ejemplo.


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Published on Mar 17, 2026

Para que te hagas una idea: hoy he salido de un bazar sin comprar lo que había ido a buscar porque no tenía las fuerzas necesarias para preguntar el precio. Y no, no es un capricho, no es una extravagancia, no es timidez. Es que no podía hacerlo. Sin más. Supongo que esto para muchas personas (o no para tantas, si venís de Mastodon, la red más autista del interné, jejé) sonará rarísimo, muy marciano, pero así son las cosas y así te las estoy contando.

Por lo que sea, la gente suele asumir que no sé qué es lo mejor para mí. La semana pasada una compañera de trabajo me invitó a una comida que tendrá lugar el próximo viernes y a la que acudirán compañeros de mi anterior centro y también de este. Es gente que me cae bien, de verdad, pero no quise comprometerme: “Ya te digo algo la semana que viene, lo mismo llego al viernes tan hecha polvo que lo único que quiero es descansar”.

-Pues precisamente por eso -indicó ella-, lo que tienes que hacer es venirte.

Pues insistí: “Para mí descansar es irme a casa y quedarme en penumbra y en silencio”. Creo que el mensaje estaba claro pero no: siguió insistiendo.

La idea, te lo prometo, era ir. De hecho, cuando planifiqué mis menús la semana pasada, dejé el viernes libre. “Comida fuera”, escribí. Pero a medida que transcurre la semana

Jodía, estamos a martes

a medida que transcurre la semana, he dicho, y eso que es solo martes, me estoy dando cuenta de que no voy a llegar con ganas ni fuerzas de socializar en un restaurante ruidoso (porque lo es). Y menos aún si, como parece, el viernes va a estar lloviendo con ganas. Así que ahí ando, pensando si lo explico, si ensayo una mentira o cómo me las gobierno para que se respete mi decisión de no ir a comer.

Durante toda mi vida he asimilado que no merece la pena explicarme. Pensaba que el problema era yo, claro. Un seré yo, señor en toda regla. Pero luego me he dado cuenta de que, por muy clara que sea, la gente va a interpretar lo que digo desde su prisma. Y como para ellos lo de “estoy tan cansada que no me apetecen unas cañas después de trabajar” suena a invento, pues así lo leen. O como “no puedo quedar hoy, tengo que hacer la compra” les parece una excusa absurda (porque no necesitan mi organización para que la vida no se les desmorone) eso es lo que creen: que no quiero verles.

Y lo mismo ocurre con los consejos, cuando manifiesto alguna incapacidad: lo interpretan como una petición de consejo. No, mira: no puedo. No es que no sepa, no es que no haya encontrado la forma, porque si fuera así preguntaría. Lo que te digo es que no puedo.

A veces les envidio. Ya me gustaría a mí no entender estas movidas. O no, porque la verdad es que es bastante desagradable. No sé si es que es tan difícil que se antoja imposible, pero creo que respetar lo que dice una persona sin presionarla y creer en que tiene buenas razones para decir lo que dice o hacer lo que hace no es tan complicado. Y, si se trata de una persona que no ha dado muestras de lo contrario, suponer que no hay maldad en sus palabras ni acciones tampoco me parece especialmente complejo.

Pero qué sabré yo.


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Published on Feb 12, 2025

Tengo varios grupos de señoras. Cuando hablo de grupos, no me refiero a grupos de personas como podemos entenderlos colocialmente, círculos sociales con los que interactúo con distinta frecuencia. No, me refiero a grupos en aplicaciones de mensajería. En los últimos años se han ido construyendo y desarrollando por distintos motivos y se han mantenido ahí, con finalidades más o menos difusas que han ido cambiando con el tiempo.

Uno de ellos surgió porque una señora dijo en una red social que le gustaría tener un grupo de mujeres con el que compartir cosas, con el que hablar. Una especie de red de apoyo virtual en la que expresar inquietudes, comentar dificultades o victorias... En fin, lo que es un grupo de amigas pero, dada la dificultad de construir eso en modo presencial, pues hacerlo en versión virtual: reunir a varias mujeres y dejar que la interacción obre su magia.

Somos cinco, cada una con su idiosincrasia, desde la romántica empedernida, a la que apaliza nazis, pasando por la señora prudente que siempre sabe qué decir en cada situación. En común tenemos que todas estamos siempre muy cansadas, por lo que sea.

Hoy, una de ellas, la que es una baliza de luz y color en nuestro grupo, pidió ayuda. En los últimos tiempos ha tenido un drama sobrevenido que ha cambiado su vida de forma drástica, y buena parte de su energía está dedicándose a lidiar con esos cambios, a procesarlos, a hacer lo necesario para adaptarse a ellos (cuidando mientras, claro). Y si siempre estamos todas cansadas, os podéis imaginar cómo está ella. Así que hoy ha venido a pedir ayuda. Tenía una reunión, se sentía aturullada, temía que se le olvidara algo importante: ¿alguien podía acompañarla por teléfono o videollamada? Simplemente para estar ahí y sentir la compañía y el apoyo.

Yo trabajaba a la hora de la reunión, pero acto seguido, después de mí, ha llegado la señora que apaliza nazis a decir que contase con ella. Sin problema. “¿Tengo que cambiarme?”, ha preguntado, que para mí es un gesto máximo de afecto.

Nunca hemos coincidido, nunca hemos compartido espacio. Tiempo sí, porque en alguna ocasión hemos hecho una videollamada para gestionar dramas de unas y otras, pero nada más. Aun así, nos damos los buenos días, nos mandamos chistes, información interesante, postales de Navidad, nos consolamos cuando lo necesitamos y estamos dando apoyo (tan concreto como este) en momentos vitales complicados.

Qué suerte que en este mundo en el que todo se privatiza, en el que todo es tan hostil, todavía pueda transmitirse la sororidad, en su sentido más amplio y más profundo, a través de Interné.

(Post escrito a salto de mata en un momentito, perdonen las erratas y la precipitación, pero es que me parece que la ternura es un bien de primera necesidad y andamos un poquito faltos).


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Published on Mar 8, 2026

... faltan las muertas.

Es uno de los lemas que recuerdo de mis primeras manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo. Siempre me ha gustado esa manifestación (aunque en los últimos años todas las manifestaciones hayan tenido algún momento de incomodidad para mí, pero es también convivir, gestionar las incomodidades). Me resulta catártico verme ahí, entre un montón de mujeres de todas las edades, compartiendo espacio y tiempo, exorcizando la frustración y la rabia, trabajando la esperanza. No soy muy de multitudes (por decirlo suave), pero la manifestación del 8 de marzo es una de las pocas multitudes de las que vuelvo con más energía de la que salí.

Volviendo al lema: me gustaba pensar que las que teníamos la suerte de sí estar allí recordábamos que había otras mujeres que no podían estar. Que no habían sobrevivido al patriarcado.

Poco a poco se fueron incorporando otros lemas. El año pasado escuché No estamos todas, faltan las locas, en recuerdo a las mujeres psiquiatrizadas, internas en centros o recluidas en sus casas, tuteladas por terceros o adormecidas por la medicación. Me gustó también que se las trajera a ellas.

Este año no he ido a la manifestación del 8 de marzo. Estoy exhausta. La lucha con el mundo me resulta agotadora, y en esa lucha hay una ración bien grande de lucha contra el patriarcado. Mi trabajo es más difícil para mí porque soy mujer. Tengo que demostrar mi valía más porque soy mujer. Y cada día es una batalla porque soy mujer y elijo batallar. Elijo no callarme ante los comentarios machistas u homófobos de mis alumnos. Elijo desafiar los desprecios que me hacen. Elijo blindarme ante la condescendencia de mis compañeros. Es agotador.

Así que este fin de semana he dormido casi 10 horas del viernes al sábado y casi 10 horas del sábado al domingo. Y han sido solo casi 10 horas porque el despertador ha intervenido. Mi cuerpo y mi mente están al límite y tirando de reservas. Así que he tenido que renunciar a la catarsis, a la compañía, a uno de esos momentos del año en los que la batalla cotidiana se siente menos solitaria.

Así que tal vez habría que ir empezando a ampliar las consignas. No estamos todas, faltan las... cansadas, asustadas, precarias, amenazadas, enfermas, y otras cuantas, supongo.

Y me cuento esto para consolarme. Hago mi parte desde mi poder cada día del año. Pero no puedo evitar que me entristezca no tener las fuerzas de haber salido a la calle hoy.

Hermanas, os he echado de menos.


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Published on Dec 4, 2025

Hoy me he cruzado en el supermercado, ya harta del día y de la semana (y aún queda el viernes) con el hermano de mi expareja y su esposa. No son personas que me cayesen nunca particularmente bien, pero durante el tiempo que tuve que hacerlo fui tremendamente cordial. Supongo, no sé, que lo de no gustarnos especialmente era mutuo. Tampoco me importa. Hoy todos hemos fingido no vernos o, mejor dicho, no conocernos y, honestamente, ha sido un alivio. No estaba yo para improvisar reacciones a situaciones incómodas en ese momento.

Pero como mi cabeza funciona como funciona, he pensado en la gente de esa familia que sí me caía bien y en como ahora no somos nada. Y me muero de la pena. Lo de que personas a las que has querido se conviertan en extraños de un día para otro es uan cosa que me desequilibra enormemente.

Y luego, claro, la cosa se ha puesto peor, porque para qué me voy a dar tregua, ¿verdad? Y he pensado en la penita que doy: la niña que he sido y que, para bien o para mal, sigue viva en mí, no tuvo ni tiene una familia ni medio funcional así que se va metiendo bien hasta el fondo en las familias de sus parejas. Je. La sed de amor, que es malísima. Pero claro, esas familias no son mi familia. Nunca llegan a serlo. Soy usufructuaria, no propietaria. El usufructo es el derecho al goce o disfrute de algo sin alterarlo durante el tiempo que el propietario estime. Pues bien: mi disfrute de esas personas acaba cuando la relación sentimental se acaba. Y esto, que supongo que todo el mundo ve lógico, a mí me parece de una crudeza inaudita.

Y, por supuesto, está el miedo: que vuelva a pasar, que estas personas a las que ahora quiero y que parecen quererme decidan, de un momento a otro, que ya nada.

Es doloroso sentir que vas por la vida siendo casi siempre el +1 de alguien (gracias infinitas a quienes me quieren por mí, sin más).


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Published on Sep 6, 2025

La gente no me toma en serio. No sé si es porque soy mujer, aunque algo de eso habrá (probablemente mucho). Lo de que es porque soy joven empiezo a descartarlo, porque aunque me muevo en ambientes en los que la gente suele ser mayor que yo, creo que ya tengo una edad como para que empiecen a darme crédito, digo yo. No sé si es por mis taras y rarezas. No lo sé. La cosa es que la gente no me toma en serio, tiende a infravalorarme. Y eso es una mierda.

Sería una mierda tolerable si una demostrase lo que vale una vez y ya está, hasta ahí. Pero no, no es así. Actualmente estoy cambiando de puesto de trabajo y cada día salgo de la oficina arrastrando el cuerpo como si le hubiese puesto un cascabel a una hidra. Me agota, física y mentalmente, existir en ese espacio en el que tengo que dejar claro que soy una buena profesional, a pesar de ser la más joven, a pesar de ser una mujer, a pesar de no tener un doctorado y a pesar de que los señores muertos que pensaron hace mucho me importen regulinchi.

El viernes pasado tuve escuchar que me decían a la cara que la metodología que utilizamos el curso pasado mi compañero y yo para preparar a los alumnos para selectividad no tenía lógica. Que los resultados de mis alumnos digan lo contrario importa más bien poco: soy una muchachita joven (con apenas diez años de experiencia, qué es eso), con la cabeza llena de pájaros e ideas peregrinas. Mi propuesta no fue tenida en cuenta ni levemente. Ni siquiera se consideró hacer menos exámenes porque bueno, ya se sabe que cuanto más exámenes se hace más se aprende, supongo. (emoji de cara de payaso aquí)

Evidentemente, aunque me hizo dudar, y mucho, voy a intentar repetir mi metodología del año pasado. ¿Con más exámenes? Pues con más exámenes. Pero creo que funciona y que tiene sentido, y me parece que está dentro de mi autonomía hacerlo. Tendré que proponerlo la semana que viene. Con suerte me dejarán hacer y condederán mirándome con condescendencia.

Pero funcionará: sé que funcionará. Acabará el curso y habrá funcionado. ¿Será suficiente entonces? ¿Mis propuestas seguirán siendo cosas de moderna con el seso sorbido por las nuevas corrientes pedagógicas? ¿En qué momento se me empezará a tener en cuenta si digo que dictar apuntes es un atentado contra la atención a la diversidad? ¿O si digo que la educación emocional no tiene nada que ver con dar abracitos y besitos?

¿En qué momento podré dejar dedicar buena parte de mi energía a afirmarme y dejar claro que estoy sobradamente capacitada para hacer el trabajo por el que me pagan para poder volver a dedicarla a hacer ese trabajo?

Llevo una semana de curso, no han empezado las clases y ya estoy: agotada. Que alguien, por favor, me retire. Prometo ser una compañía encantadora. Como puede verse, estoy acostumbradísima a actuar.


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Published on Jan 27, 2025

Nunca he sido normal. Siempre he sido una niña rara. Una adolescente rara. Una joven rara. Una mujer rara. En mi intento por encajar, mis rarezas han ido cambiando, pero nunca he conseguido esconderlas del todo. Siempre han acabado viéndolas. Así que, por fuerza, he acabado por llegar a un punto en el que no me queda más que asumir que lo normal y yo no somos compatibles.

Y aun así... qué gozo sentirse normal. Hay un verso de la canción que Chica Sobresalto lleva al Benidorm Fest que dice «a veces quisiera ser más como ellas, un poco menos yo y más como cualquiera, me vale cualquiera». El resto de la canción, meh, pero esa frase me resuena mucho. Dejar de sentirse extraña un rato es como poder bajar el fusil con el que voy por la vida de forma inconsciente. Además una se siente validada: estoy haciendo lo que todo el mundo, sintiendo lo que todo el mundo, viviendo como todo el mundo. Aunque sea por una vez, aunque sepa que tomar al mundo como criterio es una soberana estupidez, no puedo evitarlo: cuando ocurre eso de sentirme normal es como un chute de alguna droga tranquilizadora y placentera.

Imagino que al resto de la gente le pasará algo parecido. Y precisamente por eso empiezo a creerme que la normatividad es una performance. Piénsalo: si diez personas piden café en una cafetería, cada una pide el café distinto pero luego todas deciden organizar su vida personal de la misma forma, con muy leves variaciones. Todas (o casi todas) eligen compartir vivienda con su pareja, tener una relación monógama, un trabajo normal, casarse en una ceremonia normal, formar una familia normal, ir de vacaciones a los sitios normales, hacer por ocio lo que hace todo el mundo y así. ¿No te parece que no tiene sentido?

Es una trampa. Moverse en el marco de la normatividad nos da una cierta seguridad, nos hace sentir que lo estamos haciendo bien, aunque ese bien no lo sea para nosotros. Pero seguimos haciéndolo porque, bueno... ¿Quién vive fuera de la normatividad? Los locos, los marginados, los parias, los raritos. Y no queremos ser eso. O no queremos aceptar que somos eso. Pero eso hace que no se aprecie diferencia, que la diferencia sea disidencia salvaje y minoritaria. Así que cuando alguien desea algo distinto a lo normativo se siente roto, defectuoso. Me he sentido así muchas veces. Me sigo sintiendo así muchas veces.

Hace unos días convoqué un cónclave de señoras porque me estaba ahogando en un vaso de agua. La manera en la que quiero llevar mi relación me estaba haciendo dudar de si realmente siento lo que creo que siento por mi pareja porque el amor, si no es normativo, si no está disciplinado, institucionalizado y pautado, parece que no es amor, que es otra cosa. Algún día tendríamos que hablar de esto, de como una fuerza tan arrebatadora como el amor ha acabado metida en cajitas y archivadores tan pequeños y rígidos.

La cosa es que mis amigas me calmaron enseguida. Claro que estoy enamorada (amar fuera de las normas sigue siendo amar) y claro que lo que yo deseo no es una locura. Me tiraron unos cuantos referentes de gente que había vivido como yo quería vivir (referentes que yo no tenía porque de donde yo vengo o eres normal y vives en la normatividad más absoluta o sufres mucho) y me sentí en paz: no estoy rota, solo soy rara. Buf. Qué alivio.

La normatividad nos está robando los referentes de rareza que pueden darnos paz a los que somos incapaces de vivir según dicta el canon. Por eso me gusta moverme en los márgenes, porque allí veo cosas distintas. Veo gente que habla de situaciones que son normales (en términos de frecuencia con la que suceden) pero que, por no ser normativas, permanecen ocultas. Veo gente que expresa maneras distintas de vivir las relaciones amistosas y erótico afectivas. Veo personas que no se sienten satisfechas con la manera en la que se supone que tienen que hacerse las cosas y que, aunque no encuentren la manera de hacerlo distinto, expresan su insatisfacción, que no es poco (anda que no ayuda saber que no todo el mundo es feliz en una situación que, supuestamente, es la deseable).

No sé si me estoy explicando, creo que no demasiado a estas alturas, así que voy a ir acabando con un ruego (que nunca te pido nada).

Sé una persona orgullosamente rara si puedes. Pero si no, si es demasiado difícil para ti, al menos no entres dócilmente y en silencio en la cárcel de la normatividad. Golpea un poco los barrotes, para que el resto de raras sepamos que no estamos solas. Tal vez entre todas consigamos hacer unos cuantos boquetes...


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