Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Dec 2, 2025

Últimamente ando muy satisfecha conmigo misma. Estoy manejando mi ansiedad estupendamente (hay poco que manejar, me encuentro en un estado de calma inaudito en mí, ni siquiera en vacaciones alcanzo este nivel de zen). Llego al final del día y de la semana laboral con un nivel de energía que no recuerdo haber tenido desde que estudiaba en la universidad. Estoy dicharachera, divertida, ingeniosa. Disfruto de las cosas buenas y puedo abordar las malas de una manera serena. Me gustaría poder acabar este párrafo echándome flores, pero me temo que el nombre de la responsable de esta transformación no es el mío, sino otro bien distinto: sertralina.

Así que esto era lo de ser la mejor versión de una misma, ¿eh? Curioso. Interesante. Jodidamente agradable. Yo quiero que esto dure para siempre. Esta quietud, este bienestar, me hacen ser consciente del nivel de malestar con el que funciono normalmente. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto? ¿Cómo no me he roto antes? No logro concebirlo. Tan maravillosa es esta sensación, esta manera de estar en mi piel, que se me ha pasado por la cabeza no dejar las drogas nunca, jamás, never-ever. Y no es que no estén teniendo efectos secundarios, qué va: el más acusado es el que me ha robado algo que me hacía felicísima, el intensísimo disfrute del sexo en el mejor momento erótico de mi vida. Manda cojones. Pero si ese es el precio a pagar por esta ligereza, por esta liviandad, sea.

Pero claro, esto no es sostenible: no puedo abrazarme a las pastillas durante lo que me resta de vida. Cada día que pasa es un día menos que le queda de vida a esta versión de mí que tanto me gusta, un día menos para volver a sentir el mundo en la totalidad de su estrundoso volumen. Espero que, al menos, también sea un día menos para volver a encontrarme con mis esplendorosos orgasmos aunque, ahora mismo, no sé si me compensa.


Nota de la autora: Claro que sé que lo idoneo sería que el mundo bajara el volumen, pero eso no pasa. Soy yo la que tiene que estar con tapones en los restauratnes si no quiere pasarse la vida encerrada en casa. Soy yo la que tiene que tomar psicofármacos si quiero volver a ser funcional después de una crisis. Y soy yo la que no quiere volver a la situación en la que cada día era una carrera de obstáculos. Esto es, al parecer, lo que hay.


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Published on May 10, 2026

Hace ya bastante tiempo que se viene demonizando el deseo, la necesidad o el interés en ser validada por terceras personas. Y cuando digo bastante tiempo, me refiero a bastante. Desde el aparentemente inocuo “si no te quieres tú cómo te va a querer nadie” al supuestamente empoderante “es que no te tiene que importar lo que piensen los demás”.

El individualismo está servido, señoras. La vida es para los Juan Palomo del mundo: ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Normalmente no son ellos quienes limpian sus cagadas, pero bueno, eso no quedaba bien en el refrán. La cosa es que hay que ser autárquico, una isla capaz de proporcionarse todo lo necesario no solo para sobrevivir sino para ser feliz. Si tu felicidad depende de otras personas estás haciendo lo de vivir: MAL.

Esto es especialmente dañino para nosotras: se nos ha educado para entender que nuestro valor depende de la mirada del otro (masculino no genérico, claro) y luego cuando buscamos que nos miren somos dependientes, tóxicas, débiles...

Pero siendo, como casi siempre, las más perjudicadas, en esto hay bastante reparto. Hemos llegado a un punto en el que echar la caña para ver si alguien nos presta atención se considera un fracaso. Desear esa atención y buscarla es un signo de la peor de las flaquezas. ¿Cómo hemos caído en esta trampa? Bueno, supongo que igual que en tantas otras. Pero leñe: somos seres sociales, afectivos, el apego es una parte fundamental de nuestra socialización y bienestar, ¿cómo no vamos a querer que se nos quiera, acepte, vea, valore, extrañe...?

Así que, del mismo modo que cuando tenemos hambre intentamos comer, cuando tenemos sed intentamos beber, cuando tenemos sueño intentamos dormir, cuando algo nos molesta intentamos liberarnos del malestar... Pues cuando nos sentimos invisibles, solos, poco valorados, poco queridos o deseados... buscamos casito. Y eso, per se, no tiene nada de malo. Desde luego, puede haber conductas problemáticas, igual que las hay con la comida, con el sexo, casi con lo que se nos ocurra. Pero el hecho de querer atención no es ningún fracaso. Es lo normal. Y está más que justificado en un mundo en el que todos vamos tan rápido que prácticamente no reparamos en las personas con las que nos cruzamos.

Así que, sí, persona al otro lado de esta pantalla: tú lo que quieres es casito. Como yo. Y como todos en algún momento. Y no pasa nada.


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Published on Mar 29, 2026

Llevo días queriendo escribir esta entrada, pero hoy hablaba con mi amiga Ana cuando le ha saltado una notificación de su ex: He visto esto y me he acordado de ti. “A ver qué puerta hemos abierto, amiga”, me ha dicho ella. Pues resulta que el mensaje contenía un fragmento de un concierto de música clásica en la Ciudad Prohibida. He visto esto y me he acordado de ti: qué maravilla esa frase unida a algo tan hermoso.

Hace unos días estaba yo pensando en alguien. No se lo dije, claro, porque, si bien es cierto que suelo defender que si piensas algo bonito de alguien tienes que decírselo, también es cierto que he crecido lo suficiente como para saber que esos avances no siempre son bienvenidos, que a veces suponen poner a palpitar una cicatriz apenas curada. Y no a todo el mundo le gusta llevar la lengua al hueco que deja el diente. Pero le pensé con cariño, con ternura. Deseé que ojalá su vida esté yendo bien, que esté haciendo cosas que le apasionan, que sienta que está andando un buen camino. Le recordé para desearle lo mejor, aunque esa persona no lo vaya a saber nunca.

Volvió a pasarme hace poco: leía un poema que comenzaba con el verso Escuchar a Bach. Y entonces pensé en él. Que ojo: no se lo merece. Pero no puedo evitar pensar en él cuando escucho a Bach o cuando alguien lo mienta, cuando salta en mi playlist alguna de las piezas que él me enseñó (Corcovado, Chick, Morente). O cuando alguien nombra Murcia. Y le recuerdo sin rencor (y tendría motivos), sin desearle mal y sin pensar en primer lugar en lo malo. Recuerdo los conciertos privados, perder la noción del tiempo, aquel mes que viví sin dormir y sin sueño, el Faro de Cabo de Palos, las ruinas de Cartagena y aquellos días en que la cara me dolió de sonreír. Y a pesar de todos los momentos grises y de todos los dardos venenosos, agradezco.

No solo me pasa con los ex: también con las amigas. Con casi cualquier persona que haya sido importante en mi vida y ya no esté: de pronto cualquier cosa les trae a mi mente y mi corazón se llena de buenos deseos y alegría. Será porque la luz viaja más rápido que cualquier otra cosa. Solo más tarde recuerdo, y no siempre, el daño, si es que lo hubo.

Hay únicamente dos personas en mi vida a las que recuerdo siempre con rencor. Una más que a otra, porque de la primera puedo recordar, si me esfuerzo, algún buen momento y suelo asegurarme de recordar algunas cosas que tengo que agradecerle. Pero de la segunda, con la que compartí casi 10 años de mi vida, no recuerdo nada bueno. Nada. Y cuando la pienso no queda en mi espíritu un ápice de buenas intenciones. Esas son mis dos únicas excepciones.

Estas son mis estadísticas. Así que si, haciendo un ejercicio salvaje de generalización indebida, extrapolamos los datos a tu vida, a toda la gente con la que te has cruzado, incluso a aquella de la que acabaste separándote de malas maneras, estoy segura, segurísima, de que hoy alguien te ha recordado con amor, cariño, ternura o cualquier otro sentimiento de la familia.

Espero que el pensamiento te resulte reconfortante.


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Published on Jan 13, 2025

El otro día una amiga trajo al grupo de Telegram unos mensajes de una red social que no frecuento. En ellos una madre instaba a los padres a no llevar a los niños de muy pequeños a Disneyland porque no iban a recordarlo. A estos, otra madre respondía diciendo que mejor no llevarlos en absoluto, invertir el dinero y, cuando tengan la edad de conducir, con los beneficios que haya dado, regalarles un coche. Mantenía algo así como que la experiencia Disney no es rentable. O, al menos, que es mucho menos rentable que un coche.

Me parecen argumentos bastante estúpidos, la verdad. Y me entristecen, porque veo con desazón como la idea de la rentabilidad se lo está comiendo todo. A mí misma, no me excluyo.

Todo lo que hacemos tiene que tener una contraprestación de algún tipo que va más allá del goce que obtenemos de la misma. Tiene que contribuir a un bonito feed de Instagram, o perfeccionarnos como personas, o proporcionarnos algún aprendizaje. Tiene que enriquecernos (en el sentido que sea), abrirnos puertas o constituir los cimientos de algo postrero. Hemos llegado a un punto en el que parece que el goce tiene que compensar. Como si gozar, disfrutar, en este mundo cada vez más inhóspito fuese poca cosa.

Hoy vuelven a preguntarme por qué no monetizo más. Por qué no busco la manera de hacer rentable lo que hago. Y la respuesta es clara: porque me haría menos feliz. Porque sería absolutamente dichosa si pudiese dedicar la mayor parte de mi tiempo a hacer cosas inútiles sin ninguna rentabilidad.

Así que mi deseo de hoy es este: que tu goce, o al menos parte del mismo, sea lo suficientemente intenso como para que no necesites que sea rentable. Que los destellos de felicidad vuelvan a ser suficiente.


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Published on Dec 15, 2025

Qué será, esta cifra. Si digo 21 gramos diremos: el supuesto peso del alma. Si digo 15 años tal vez tarareemos la canción del Dúo Dinámico (sobre todo si tenemos una edad). Si digo 7 tal vez nos vengan los pecados capitales y si digo 10, los mandamientos. O yo qué sé.

Pues bien: 57 han sido los segundos que ha durado la llamada de seguimiento de mi tratamiento con antidepresivos con mi doctora. Ha incluido la presentación por su parte y la presentación del caso por la mía. Me ha dicho que me renovaba la receta. También le he preguntado cuánto tiempo tendría que mantener el tratamiento y me ha respondido.

Lo que no ha ocurrido ha sido que me haya preguntado cómo estoy, si estoy mejor, si me va bien la medicación, si estoy adaptada al trabajo (recordemos que tuve que estar de baja), en fin, cualquier pregunta que tuviera que ver con mi salud y bienestar.

Y luego que la salud mental nojequé y nojecuántos.

En fin.


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Published on Aug 10, 2025

«Qué mal repartido está el mundo desde el primer mes de enero». Estopa, Vacaciones.

Son palabras de Estopa, pero las hago mías porque son muy sabias y, además, porque la canción viene al tema del que voy a hablar hoy: las vacaciones.

El otro día ví en el telediario un reportaje que me hizo volver a plantearme si yo habito en un mundo distinto al resto de españoles o si (lo más probable) he sido toda la vida parte del porcentaje de gente corta de bienes y, como las clases sociales existen, la gente de la que me he rodeado ha sido, en general, más o menos igual de corta de bienes que yo.

El reportaje decía que un tercio de los españoles no va a poder irse de vacaciones ni siquiera una semana. Dedicaba un buen rato a hablar de lo terrible que es eso para la salud mental y para todo, el no poder salir del entorno cotidiano, el no poder cambiar de aires. Un verdadero drama. Mientras tanto, yo en mi casa me quedé con la boca tan abierta que casi se me cae la ensaladilla rusa de la boca: en mi vida, y tengo 37 años y medio, me he ido de vacaciones una semana, hulio. Este es el primer año que voy a hacerlo y me estoy cuestionando si no será el último. Lo que te decía el otro día de que las cicatrices de la pobreza no se van.

Me quedé pensándolo seriamente. Jamás me fui de vacaciones mientras estuve viviendo con mis padres (lo máximo, unos días, dos o tres, en casa de mi tía en València, conviviendo con mis tíos y mis cuatro primos, en total, diez personas en un piso, no recuerdo cómo lo hacíamos). Después, cuando me fui de casa bastante tenía yo con no morirme de hambre o frío como para pensar en vacaciones. De hecho, eran un buen periodo para trabajar dando clases particulares a criaturinchis. Cuando, por fin, conseguí la plaza de funcionaria, tras superar el año de prácticas, decidí tirar la casa por la ventana y concederme un deseo: ir a ver el Museo del Prado. Así que me regalé 4 o 5 días en Madrid en agosto, . No llega a una semana. Nótese: Tenía 29 años la primera vez que visité el Museo del Prado. El año pasado volví a salir, pero tampoco llegó a una semana: unos 5 días en Cazorla. Ahora, mientras escribo, dudo si un verano llegué a pasar 1 semana en el apartamento de Fuengirola de los padres de mi ex. Puede que sí, no estoy segura. Si llegó fue por los pelos.

Normalizamos lo que es normal (habitual) en nuestro entorno. En mi mundo lo normal ha sido que la gente no se vaya de vacaciones. Es cierto que algunos compañeros de clase del cole lo hacían, pero no sé, para mí era una absoluta extravagancia. Han tenido que pasar años y años para que el telediario me saque de mi error: la extravagancia era la mía. Aun así, un tercio de extravagantes que no pueden permitirse irse de vacaciones (y a saber qué más cosa) son demasiados, ¿no te parece?


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Published on Mar 26, 2026

Me encanta mi pareja. Es un hombre maravilloso, en buena medida por todo lo que se distancia del arquetipo de hombre. Y es una persona estupenda, sobre todo por lo mucho que se distancia del comportamiento habitual de las personas.

Es una persona extraña y, aunque sus extrañezas no encajan exactamente con las mías, creo que eso nos hace bastante conscientes de las dificultades del otro, así que nos cuidamos. Es estupendo. Y, además, es muy divertido.

Nuestras casas son un cúmulo de ruiditos raros, comunicación no verbal, caras de tontos al concentrarnos, rutinas particulares, humor absurdo, correteos y otros movimientos que no vienen mucho a cuento y todo tipo de marcianadas. No tenemos que disimular y eso nos hace sentir libres y en paz. A veces pienso en cómo nos lo montaremos si un día tenemos un hijo, porque si aprende nuestros comportamientos por imitación no va a ser la persona más popular del cole, eso desde luego. Pero, mientras tanto, lo pasamos bien.

A veces, cuando una u otro decimos algo del estilo de por qué no puedo ser normal, el otro o la otra le contesta: “Porque si fueses normal no estaría aquí contigo”. Y es tan maravillosamente cierto que la rareza deja de doler casi del todo.

Hoy he llamado un instante a mi pareja. Cuando me ha cogido el teléfono su voz sonaba normal, su tono era normal ... y he sabido que no estaba bien. La normalidad en nosotros es una mala señal. Siempre. El grado puede variar, pero siempre es malo.

Así que el deseo que le pido hoy a la vida es que nos permita mantenernos adecuadamente extraños. Eso significará que las cosas marchan bien.


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Published on Jun 15, 2026

Aviso de contenido: imagen corporal, peso, ideales de belleza, TCA y dismorfia corporal


Llevo unos cuantos días con el guapo subido. Los paseos de ida y vuelta al trabajo, a pesar de la protección solar, me han dorado un poco la piel de la cara, lo cual ha provocado un efecto en cadena maravilloso: disimula mis ojeras, resalta mis ojos y ha dotado a mis mejillas de un tono que no recuerdo haber tenido nunca y que, en cualquier caso, es muy favorecedor.

Supongo que será por eso que, cuando me miro al espejo del baño, pelo recogido y todo, me veo guapa. Me gustan mis pómulos, mis labios, mis ojos, mi barbilla. No me veo ninguna pega (y no me apetece ponerme a buscarla). Estoy guapa. Y me sonrío.

Pero luego se amplía el plano y todo se viene abajo. Cuando me miro en un espejo de cuerpo entero me veo enorme. Mis muslos, dos ballenas blancas. Mis piernas completas dos deformes columnas sin pizca de elegancia que, para colmo, están bien ribeteadas de arañas vasculares. Vientre, hinchado. Mis caderas y mi trasero, enormes, apretados en los pantalones que hace un par de años me quedaban perfectos. Mis pechos caídos y sin gracia, demasiado grandes siempre, pero si en algún momento la juventud y la tersura les salvó, ahora no hay manera de salvarles. Los brazos, flácidos. Bueno, no del todo. Están fuertes, hay músculo debajo. Pero... no se nota. Me veo como cuando pesaba 40 kilos más. Y no puede ser, en el peor de los casos llevo 4 o 5 tallas menos. Pero me veo así. Los espejos me devuelven esa imagen.

Sé que es una racha, que desde que mi peso se «estabilizó» las he ido teniendo. Que tener que pelear un poco más para abrocharme el pantalón las desencadena, igual que notar que la blusa del uniforme del coro me aprieta en el pecho o sentir que la cremallera de un vestido se atasca (aunque no tenga que ver nada con la anchura o estrechura del vestido). Pero que sea una racha no elimina el sufrimiento: en los días buenos no me gusto. En los días malos me doy asco.

Y la puñalada estos días está siendo especialmente dolorosa, porque verme tan bonita cuando me miro a la cara y tan horrible cuando me veo al completo me lleva a una frase bien odiosa de mi infancia, que me hizo daño hasta lo indecible y que me repitieron unas y otras como si me estuvieran diciendo un piropo y no señalando mis carencias: «Con lo bonica que eres de cara, si adelgazaras un poco...»

Así que ahora ya no me siento guapa de cara siquiera. Me siento como una mierda. Y entonces me abrazo: delgada, gorda, guapa o fea, me han hecho mucho daño, a la niña y adolescente que fui le hicieron mucho daño, y la mujer que soy sigue curando heridas de aquella época que aún palpitan.

Demasiado bien estamos.


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Published on Oct 16, 2025

O, al menos, no todavía.

Que no, que no me muero es el cómic de mi amiga Mariache, que he acabado de leer hoy mismo y que os recomiendo muy fuerte a pesar de que, oh inyustisia, está tremendamente descatalogado. Pero, quién sabe, lo mismo hay suerte y lo encuentras en alguna biblioteca o similar. Me ha encantado y me ha sacado risas y sonrisas en momentos en los que tenía bien pocas ganas.

Pero ya llevo dos días sin querer morirme. Dos días enteros. Es un montón. Cuando ayer, a pesar de lo largo y ajetreado del día, de la reunión terrible de la tarde y demás, llegué a casa cansada pero serena casi no podía creerlo. No estaba contenta, no tenía un estado de ánimo positivo, pero yo estoy con Epicuro de Samos: la ausencia de dolor es un placer inmenso. Ya el día había empezado prometedor: me levanté calmada, tras haber dormido del tirón y profundamente (lorazepam mediante, el martes fue un día horroroso). De alguna manera estaba esperando que el día se torciese, pero no ocurrió. Y mira que es fácil que en situaciones así un día se tuerza.

Hoy el día ha empezado peor: anoche una leve punzada de ansiedad se me ancló al pecho y no fui capaz de deshacerme de ella, así que he dormido a saltos y superficialmente (el calor no ha ayudado, vaya otoño llevamos...). Cuando me he levantado la leve punzada de ansiedad seguía allí. No obstante una, que es una niña responsable, se ha encaminado al trabajo a ver qué cojones tenía pensado el mundo echarme encima hoy y, sobre todo, si yo iba a ser capaz de soportarlo. Pero se ve que sí. El día ha venido intenso, complicado, con imprevistos y ajetreo sin descanso y, a pesar de todo, aquí estoy, relativamente serena y sin querer morirme. Repito: sin querer morirme. Es cierto que la punzadita de ansiedad, que había desaparecido, ha vuelto, y que tengo algo tensa la espalda. Pero no quiero morirme y van dos días.

Voy a permitirme fantasear con que esto es el principio del fin de este túnel horroroso en el que llevo metida más de mes y medio. Voy a canturrear «024» de Tulsa subiendo la voz y sonriendo en la estrofa final. Y voy a desear con todas mis fuerzas que así sea porque lo que es esforzarme, eso no he dejado de hacerlo.

Cómo me gustaría hacer un monumento a mi fortaleza...


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Published on Nov 5, 2025

Tengo un pequeño lunar en la mano derecha. Me parece bastante mono, creo que da personalidada mi mano. Mi sobrina, en cambio, parece que no opina lo mismo. Cuando estuve con ella hace un par de semanas empezó a señalarlo y a decir «pupa, pupa». Acto seguido se fue hacia mi padre, su abuelo, y le repitió «pupa, pupa». Mi hermano, su padre, entendió entonces: quería jugar a las enfermeras. Así que el abuelo sacó un rollo de cinta aislante y empezó a cortarle trozos, que hacían las veces de tiritas, y empezó a curarnos a todos. Lo primero que curó fue mi lunar. Después un arañazo en la misma mano que no sé de dónde salió. Luego, el muñón que su abuelo tiene en el dedo corazón de la mano izquierda, al que le falta la última falange. Al final todos empezamos a sufrir muchísimo para que aquella enfermerita de año y nueve meses nos curase a todos los males fingidos. Y ella tan feliz.

Ahora, cada vez que me veo el lunar pienso en ella. En sus ojos enormes y en cómo, aunque parezca imposible, se hacen más grandes cuando le canto. En cómo me miraba intrigada mientras hacía música en la mesa a ritmo de panaderas y en cómo intentó imitarme moviendo sus manitas de forma caótica y graciosísima. En cómo camina con torpeza por el suelo irregular de la huerta llamando a Lulú, su gatita. En cómo sabe dónde está el pienso y el pan para las gallinas y en cómo recoge los huevos y dice con voz firme «buelo, buelo», consciente de que está haciendo esa tarea para ayudar a su abuelo. En cómo hizo conmigo los gestos, incluyendo tirarme del pelo, cuando le canté «Pimpón». Y en cómo me hizo repetirle quinientas veces la estrofa final:

Apenas las estrellas

comienzan a lucir

Pimpón se va a la cama,

se acuesta y a dormir

Al final, yo apoyaba la cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa y ella hacía lo mismo sobre mis rodillas. «Ven, ven, que te vamos a dormir, ven», le dije. Y alargó sus bracitos para que la cogiese en brazos y la acunase como si fuera un bebé. Yo le cantaba la «Nana del roble» de Eliseo Parra:

Esta niña tiene sueño, tiene ganas de dormir

tiene un ojito cerrado, el otro no lo puede abrir.

Pero sus ojos no estaban cerrados, qué va: redondos y enormes me miraban. «¡Pero esta niña tiene los ojos abiertos, no está dormida!» y ella, pilla, cerró los ojos fuerte, fuerte, con media sonrisa, haciendo explotar mi corazón. Yo seguía cantando mientras miraba su carita, los ojos apretadísimos, su naricilla con ese hueco en la punta, y advertía que si dejaba de cantar, abría los ojos un poco como diciendo: «Si paras de cantar no podemos seguir el juego».

Qué dulce su peso en mis brazos, su olor, su risa y su libertad salvaje. Que bálsamo su voz, su forma de decir gracias cuando da y cuando recibe indistintamente, su tacto que siempre quiere ser cuidadoso aunque a veces no lo consigue. Qué esperanzadora su fuerza y su carácter, su genio y su firmeza. Cuantísimo la quiero, cuántísimo me fascina lo que ya es y todas las posibilidades que orbitan a su alrededor. Y qué miedo, claro.

Mi sobrina siempre me señala una herida que no creía tener. Ojalá pudiese curarse con una tirita hecha de cinta aislante negra.


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