Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 17, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Si pudieras ser cualquier otra cosa, ¿qué serías?

¿Cómo sería para ti un momento de perfecta placidez?

¿Qué puedes hacer para hacer esa sensación más presente en tu día a día?

Y ahora, el poema:

Soy vertical, de Sylvia Plath.

Soy Vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con mis raíces en la tierra

succionando minerales y amor maternal

para que cada marzo pueda resplandecer en hojas,

ni soy la belleza de un lecho de jardín

atrayendo mi cuota de admiraciones y estando espectacularmente pintada,

sin saber que pronto debo perder mis pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal

y la cabeza de una flor no es alta, pero más impactante,

y quiero la longevidad del primero y la audacia de la segunda.

Esta noche, a la luz infinitesimal de las estrellas,

los árboles y las flores han esparcido sus frescos olores.

Camino entre ellos, pero ninguno me está notando.

A veces pienso que cuando estoy durmiendo

debo parecerme perfectamente a ellos,

pensamientos desvanecidos.

Para mí, es más natural estar acostada.

Entonces el cielo y yo estamos en conversación abierta,

y seré útil cuando finalmente me acueste:

entonces los árboles puede que me toquen por una vez, y las flores

tendrán tiempo para mí.


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Published on Dec 12, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Cómo vives los días de la semana? ¿Afecta el paso de la semana a tu ánimo?

¿Qué cosas haces para que los días laborables también «cuenten»?

Y ahora, leamos el poema:

Sencillo, de Karmelo C. Iribarren

Verás,

es muy sencillo:

los lunes

martes

miércoles

jueves

viernes,

son la vida.

Los sábados

no son más

que una efímera ilusión.

Y los domingos

nos sirven

para encajar

bien

todo esto.


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Published on Apr 6, 2026

El título de este post no es muy efectista y lo que escriba dará lo que el título promete. Vengo a hablar de lo orgullosa que estoy de mi padre. Resulta que por eventos eventuantes mi padre se ha visto de golpe y porrazo solo en casa, haciendo el solterismo absoluto. Yo quiero mucho a mi padre y confío mucho en él, pero decir que no me preocupaba la situación sería mentir.

Cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a mi casa y verla más que decente. Sí, un ojo que quisiera sacar pegas habría sacado el polvo por aquí y por allá, pero poco más. La cama perfectamente hecha, la ropa limpia, comida en la nevera, los suelos sin una pelusa... Mi padre ha encontrado su rutina y sus maneras para tener una casa perfectamente habitable y sobrevivir como un adulto funcional.

Supongo que esto no debería ser motivo de celebración, pero mi padre, como muchos hombres, se crió en un sistema en el que el hombre trabajaba y la mujer cuidaba (y trabajaba), en el que llegabas a casa y la comida estaba caliente bajo la estufa, en el que te despertabas y la ropa estaba lista. En el que la casa era un entorno mágico en el que las cosas, simplemente, estaban hechas.

Pues bien, cero problemas: ha empezado a hacer lo que sabía hacer, ha pedido ayuda para aprender a hacer lo que no, ha buscado soluciones a sus problemas (la mopa que usaba mi madre no le resultaba cómoda, habló con mi hermano y este le consiguió una que le apañaba mucho mejor), ha buscado la ayuda que necesita para llegar donde él no llega. Y yo soy una hija orgullosísima. Una vez más mi padre ha hecho lo que siempre hace, la cualidad que más envidio de él: ante un problema, soluciona y sigue adelante. Siempre. Es la persona más resiliente que conozco.

Conclusión de esto, porque si no le atizo a un señor en un post desaparezco: si un señor de 75 años criado en el patriarcado de la posguerra, es capaz, cualquier HorseLuis también.


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Published on Jul 25, 2025

Hay dos cambios que hacen que me tiemblen los cimientos: cuando alguien dice tu nombre de manera distinta a como solía (para bien y para mal) y cuando alguien deja de mirarte como solía (para bien y para mal). Hoy quiero hablar de lo segundo.

¿Has leído El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba? Es un libro maravilloso. En él el autor escribe una larga carta en la que pone por escrito todo lo que sabe sobre el amor. En uno de los primeros capítulos habla de las señales del amor, es decir, de cómo saber cuándo alguien está enamorado. Una de las señales es la mirada: los ojos del amante siguen al amado como un imán. De hecho, esa metáfora misma utiliza, porque acompaña sus reflexiones con versos propios. Como estos:

Mis ojos no se paran sino donde estás tú.

Debes tener las propiedades que dicen del imán.

Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,

como en gramática el atributo sigue al nombre.

Es bonito, ¿verdad? Y además cierto. Me encanta ver en mis adolescentes cómo se miran cuando empiezan a gustarse. Y me gusta cómo me miran cuando me aman. No soy muy buena dándome cuenta de estas cosas cuando concierne a mí misma: alguien puede mirarme con todo el amor o el deseo del mundo y probablemente no me dé cuenta. Eso sí: me doy perfecta cuenta de cuando alguien deja de mirarme así. Otra cosa es que haya jugado a hacerme la tonta. Eso también se me da bien.

Pero, por algún motivo que no consigo precisar, tolero con más gracia dejar de encontrar amor en la mirada de alguien que dejar de encontrar deseo. Probablemente sea mera vanidad. O tal vez entienda que el amor es mucho más complejo que el deseo. O quizá una mezcla de ambas.

Hace algo de tiempo me habría torturado mi superficialidad: he aquí a una casi cuarentona lamentándose porque alguien ha dejado de encontrarla deseable, que llamen a la buambulancia. Pero ahora ya no. Puede que sea un duelo estúpido, pero es mi duelo. Hace poco creí ver en la mirada de alguien ese cambio. Y no en alguien cualquiera: la primera persona que me consideró real y honestamente amable (digna de ser amada) y deseable, que me deseó (y tal vez me amó) cuando ya no debía, que no se olvidó de mí a pesar de que pasaron años y años sin saber de mí y que, cuando volvimos a encontrarnos, me demostró que todavía me deseaba tanto como cuando éramos adolescentes. Una habría querido que ese deseo envejeciese con nosotros, que a pesar de todo, de la distancia y las dificultades, tal vez de lo poco apropiado del sentimiento, que siguiese ahí, indómito e irreductible. Una es egoísta a veces, qué le voy a hacer. Eso no cambia que, desde que él ya no me desea, y a pesar de que haya quien sí lo hace (y mucho, y bien) me sienta bastante menos hermosa y dé por finalmente transmutada una historia de amor y hambre de 20 años de duración en amistad. Que, no me malinterpretes, es maravilloso, casi un milagro. Pero, como cualquier cambio o pérdida, conlleva un duelo y, como ya he dicho, puede ser superficial o estúpido, pero es mi duelo.

El título de este post me ha venido no sé muy bien por qué. Pero me parece que pega. Sale de esta canción: Flor del Mal – María Rodés. Espero que la disfrutes, a mí me encanta.


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Published on Aug 8, 2026

«Quien pierde las formas pierde la razón». ¿Te suena? Yo lo habré escuchado enecientas veces y, lo que es peor: me lo he creído. Me ha hecho sentir mejor moralmente no perder las formas mientras otros me pisaban. Me ha consolado que mis «verdugos» vencieran pero no convencieran, porque, ¿quién puede convencer sin razón? Y yo podría estar maltrecha y vencida, pero había hecho lo correcto.

El gilipollas. Eso es lo que había hecho: el gilipollas.

Menuda trampa, amigas. ¿Quién sale beneficiado de mantener las formas? El privilegiado. Siempre. Bueno, el privilegiado, como la banca, siempre gana, pero al menos hagamos su victoria incómoda, ¿no?

¿Quién puede permitirse no gritar cuando le pisan? Aquel a quien no le duele de verdad. ¿Quién puede permitirse permanecer impasible mientras le apuñalan? Quien no es humano. ¿Quién puede permanecer sereno mientras le humillan? Nadie.

Que nos traguemos que hay que mantener las formas como requisito moral es la forma de que no demos la batalla, aguantemos los golpes en silencio y, de paso, dominar el discurso para poder desacreditarnos si damos una voz más alta que otra. Sirve para cortar la lucha haciendo que nos conformemos con la pírrica victoria de no haber perdido los papeles. Para descanso de los verdaderos vencedores, claro.

Estoy muy harta del discurso del dominio de las pasiones, como si ser capaz de contener las lágrimas o de sofocar la rabia hiciese a alguien mejor persona y no, simplemente, más insensible. Me lleva a un funeral en el que estuve y en el que se empeñaban en empastillar a las hijas de la difunta cuando «perdían los nervios». Ahora hasta en los funerales hay que llorar bajito si es inevitable y, si se puede, permanecer entera y serena.

Menuda mierda de trayecto llevamos, caris, si el cénit de la humanidad parece ser parecer lo menos humanas posible.

La bruja tarada agita su varita mágica

˚ ༘ ೀ⋆。˚. ݁₊ ⊹ . ݁˖ . ݁✧₊⁺ Te doy ⋆⭒˚.⋆
⋆⭒˚.⋆ el derecho✧₊⁺✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧
✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de cagarte✧₊⁺
✧₊⁺ en los muertos ✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
⋆⭒˚.⋆ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de quien ⋆⭒˚.⋆✶⋆.˚
✶⋆.˚ te toque el coño ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧

De nada.


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Published on Jan 9, 2025

Hace unos meses, en la Feria del Libro de Madrid, vendí un libro. No el mío, otro. Se titula ¿Dónde está mi tribu? y su autora es Carolina del Olmo. Lo más gracioso de todo es que no he leído el libro (lo tengo pendiente, eso sí).

El señor de la editorial En clave intelectual, que es quien edita el libro, que allí estaba empezó a glosar a una señora que curioseaba el contenido del libro. Y allá que fui yo, a meter mi discursito subversivo que puede resumirse en que «la culpa de todo es del capitalismo y del patriarcado». El libro explora las dificultades de la crianza en la sociedad actual, en la que ya no hay tribu: las mujeres criamos solas. Si hay suerte, contamos con nuestras madres o suegras. Si hay mucha suerte, con el padre de la criatura. Perdon't.

No ha habido tiempos como estos para criar. (Nunca hay un tiempo como otro, claro). A mi abuela paterna se le murieron 5 hijos. A mi abuela materna una, que yo sepa (porque de eso me enteré hace poco y de aquella manera) y, de los que le han llegado a adultos, dos de ellos, especialmente uno, lo ha hecho en unas condiciones de vida bastante duras. Imagina ser autista en los años 60 Pero había una cierta tribu. Los patios, las corralas, las calles, los barrios. La madre de un amigo me habló más de una vez de una «tía» suya, que no era más que una vecina que ayudó a criarla. La abuela de mi pareja nombra a veces a una querida amiga, con la que entabló relación porque sus maridos eran compañeros de trabajo. Yo, cuando me he planteado la maternidad, me he respondido que no podía porque asumía que iba a tener que hacerlo sola. Y hacerlo sola tal vez sea posible, pero es algo heroico y no estoy yo para heroicidades.

Estamos muy solas (y muy solos, pero voy a usar el femenino genérico, porque why not). No voy a entretenerme a contar el drama de elegir quién iba a ser mi contacto de emergencia después de romper una relación larga. A quién le iba a encomendar el marrón de acudir al hospital si me pasaba algo o de identificar mi cadáver. Porque menudo marrón. No es que no tenga amigas, es que pienso en ellas, en sus vidas frenéticas y/o precarias, en sus energías al límite... Y no soy capaz de pedirles nada. Pienso en quién me acompañaría al hospital si tuvieran que darme un tratamiento largo, o hacerme pruebas difíciles. Y no sé a quién se lo pediría. Diría que me siento sola, pero no creo que sea un mero sentimiento. Creo que, pasado cierto límite, estoy sola. Eso no significa que, en caso de necesidad, no vaya a haber quien dé un paso adelante. Quiero pensar que lo habría. Pero a qué coste para ella. O para él.

Estoy pensando mucho en la soledad desde que ví la película All of us strangers, tengo que reconocerlo. Me arañó todos los miedos. Y se nota. Pero es que estoy convencida de que, y sé que me repito, estamos muy solas.

Y la culpa es del capitalismo, que nos ha atomizado, que nos ha robado las energías y el tiempo de trenzar redes, de tejer comunidades.

Y la culpa es del patriarcado, que ha depositado el peso de los cuidados en las espaldas de las mujeres, lo cual ha hecho que se entiendan como algo menor (salvo cuando da dinero, claro: cocinear todos los días para alimentar un familia es una chominá, pero nojequé de las estrellas michelín).

Pero la soledad, en sí misma, merece formar parte de mi lema. Tiene entidad propia, casi sustancia. En los últimos tiempos creo que puedo palparla en las relaciones de las personas, en sus estados de ánimo, en cómo reaccionan cuando piden una cita o esperan un paquete. Y los que más solos están son los más vulnerables: las migrantes, las precarias, las enfermas, las de los márgenes. Hoy leía en el monográfico de cuidados de la Revista Píkara un artículo en el que hablaban de la asistencia personal para personas con problemas de salud mental, y describía la cara de desolación de estas personas cuando se hablaba de las redes de apoyo y cuidado. «¿Qué redes?», parecían decir. Y creo que aunque hubiese menos capitalismo y menos patriarcado, esto no se solucionaría. Porque las raras, las desarraigadas, las locas... siempre estarían más solas.

Este post, el primero de este blog, no tiene mucho más, no va a ningún sitio profundo. Solo escribo, porque puedo, porque me apetece. Porque he identificado a otro jinete del apocalipsis. Así que ahora mi lema cambia.

La culpa es del capitalismo. Del patriarcado. Y/o de la soledad.


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Published on Apr 10, 2025

No sé si, siguiendo la coña que surgió hace unos meses, Mastodon será divertido o no. Lo que sí sé es que me resulta de lo más interesante, especialmente en los últimos tiempos, en los que cada vez más mujeres hablamos de nuestras movidas en dicha red social. Hace poco mi querida tirasdenaranja planteó qué cosas no consideramos machistas en otro momento pero ahora sí eramos conscientes de que lo eran. Esto a mí me llevó directamente a mi adolescencia, a mi renegar del color rosa, a mi dejarme conquistar por frases tan pochas como “tú no eres como las demás” o a la que más me molesta aún hoy, con diferencia: “Me llevo mejor con los chicos que con las chicas” o la variante “tengo muchos más amigos que amigas”.

Miro atrás y me horrorizo. Yo, que hoy tengo infinitamente más amigas que amigos y que me precio de ello, quiero volver, coger a la Bettie adolescente por las solapas y zarandearla fortísimo. Pero no puedo decir que no lo entiendo, claro. Yo también he sido una sana hija del patriarcado (hasta cuando creía que me estaba rebelando).

Nunca fui una niña como las demás (siendo justos, nunca fui como los demás, en general, pero esa extrañeza se acentuaba cuando veía que no encajaba entre las chicas, mis supuestamente iguales), así que hice de la necesidad virtud. Fue fácil en una sociedad en la que lo femenino es inferior por defecto: mi estatus, fuera del grupo de las chicas, debía de ser un avance, un acercarme a lo mejor, representado por lo masculino. No ser como ellas tenía que significar que me parecía más a ellos. Y eso no deja de horrorizarme: los chicos eran horribles. Pero todos los mensajes incidían en que lo masculino era lo bueno, que las opiniones de los hombres eran más respetables, sus trabajos más importantes, sus cualidades mejores. Y yo, evidentemente, no lo cuestionaba.

Además, un pensamiento que flotaba en el ambiente era el de que las mujeres somos muy malas entre nosotras. Yo había visto a los chicos martirizar al maricón de la clase, gastarse bromas pesadísimas (que, evidentemente, no eran bromas) o humillarse por haber fallado un penalti o por haber hecho una mala elección de zapatillas. Pero bueno, eso no era malo, eso era normal. Lo malo era cómo nos tratábamos las mujeres, nuestra crueldad, lo retorcidas y sibilinas que éramos para hacernos daño (ellos no, claro, ellos nunca). Escuché en un montón de ocasiones a mis mayores (familiares, vecinas, maestras, femenino no tan genérico aquí) decir que los niños se pelean y se pegan pero al rato tan amigos, pero las niñas son más retorcidas y más crueles. Siendo nuestra violencia, evidentemente, peor que la física que ellos ejercían.

Lo que nadie se planteaba, claro, es que nosotras ejercíamos la violencia las unas con las otras de la forma que se nos permitía. Que dos chicos se peleasen era una cosa normal por la que nadie levantaba una ceja. Se les separaba y en paz. Pero pelearse no era propio de una niña, como tampoco lo era correr, o saltar, o revolcarse por el suelo, o mil cosas más. Así que purgábamos nuestras emociones negativas hacia nuestras iguales de formas más o menos aceptadas porque, como ya he dicho en otras ocasiones, el lugar de la mujer está siempre en el error y nunca hacemos nada lo suficientemente bien.

Total: que si las chicas iban a ser malas conmigo, si, de hecho, yo estaba convencida de que lo eran, y de que eran peores que los chicos, pues evidentemente era una buena cosa que me apartase de ellas y me acercase a ellos. Y, cuando aprendí a relacionarme de forma más o menos torpe, así lo hice. Y me enorgullecí de tener más amigos que amigas.

La cosa es que, cuando miro en retrospectiva, no tenía amigos. Mis amigos me dejaron tirada en el pueblo de al lado. Mis amigos (varios de ellos) se intentaron aprovechar de mis borracheras o de las de otras amigas para enrollarse con ellas. Mis amigos me instrumentalizaron para conseguir acercarse a mis amigas. Mis amigos no respetaron mis límites intentando forzarme, por ejemplo, a consumir drogas. Mis amigos me trataron con condescendencia y se rieron de mí. Mis amigos dejaron que otros hombres me tratasen mal (muy mal). Podría seguir.

Así que la cosa es que, ahora me doy cuenta, esa afirmación era mentira. Siempre he tenido más amigas que amigos. Incluso cuando mis amigas eran muy, muy pocas.

Me alegra ver, no obstante, que las adolescentes de ahora tienen esto bastante más claro.


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Published on Sep 18, 2025

Hoy estaba leyendo mastodon un poco por encima cuando me he encontrado un toot con un concepto muy gracioso. He ido a ver si lo encontraba pero, para variar, no me he guardado el toot, soy un desastre. El post hablaba del concepto de «personas prepucio», que se retiran cuando la cosa se pone dura. Insertar risa amarga

Es cierto que esa gente existe. Seguro que la cabeza se te ha ido a alguien o a alguna situación cuando has entendido el concepto. En el mensaje se referían a esos amigos que te dejan de lado en lo peor de tu depresión porque eres un rollo o a esos señores que dejan a sus parejas cuando se les detecta una enfermedad grave y, en lugar de cuidar 24/7, empiezan a necesitar cuidados.

Este post, desde luego, no va para las malas personas, con todos los matices, porque nadie somos santos y muy pocos son demonios: no lo necesitan. Aquellos que se mueven solo por su interés personal y que se abrazan únicamente al beneficio se van cuando quieren y les da la gana, sin problema. Pero esa idea de que irse es de mala persona hace que las personas buenas sientan que no pueden irse. Y, a mi modo de ver, eso es un problema.

Nadie debería permanecer al lado de otro cuando ya no quiere estar, y puede haber razones válidas para eso. Cada vez que recuerdo la historia de una amiga me invade el terror: tenía una relación que iba mal, ya no estaba enamorada, estaba buscando el mejor momento, la mejor manera para dejar a su pareja... y entonces a él le detectaron una enfermedad grave. Y ella se quedó, aunque no le quería, siguió unida a él y le cuidó día, tras día, tras día, tras día. Aunque era infeliz cada día lo hizo. Y habrá quien piense que mi amiga es una santa con admiración (es más que una santa, es una señora estupenda), pero yo lo que pienso es que no tenía por qué hacerlo. Que podría haber seguido apoyando a esa persona como amiga, que podría haber hecho otras cosas que no fueran cargarse con la totalidad del cuidado de un hombre al que ya no quería. Bueno, al menos, debería haber podido.

Lo mismo hay alguien que piensa que esto es muy fácil y que lo digo desde el lado de las que dejan o quieren dejar. Claro, a veces estoy en ese lado. Pero también he sido dejada. También hay amistades que no han podido gestionar mi carácter, mis depresiones, mi falta de contacto (porque necesito estar sola para recargar energías). Y lo entiendo. Y no les culpo. Y no creo que sean malas personas. Es más, ahora mismo que estoy atravesando por un proceso depresivo leve, me gustaría decir explícitamente a la gente de mi alrededor (que tampoco es mucha) que puede irse cuando quiera, que puede, incluso, retirarse temporalmente si quiere, aunque luego quiera volver cuando la tempestad amaine. No lo hago por no parecer dramática y porque tampoco quiero que piensen que son prescindibles o que no me importaría perderles. Pero no quiero que mi tristeza sea una cadena o un secuestro. No quiero que mi necesidad les ate de ninguna manera en ningún momento. Tienen derecho a irse cuando así lo sientan o lo consideren: su cariño, su afecto, su apoyo, está suficientemente evidenciado. No tiene que ser eterno para haber sido real.

Siento que esta es una cosa que no se dice demasiado y no está de más, de vez en cuando, recordarlo. A mí misma, por ejemplo.


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Published on Mar 17, 2026

Para que te hagas una idea: hoy he salido de un bazar sin comprar lo que había ido a buscar porque no tenía las fuerzas necesarias para preguntar el precio. Y no, no es un capricho, no es una extravagancia, no es timidez. Es que no podía hacerlo. Sin más. Supongo que esto para muchas personas (o no para tantas, si venís de Mastodon, la red más autista del interné, jejé) sonará rarísimo, muy marciano, pero así son las cosas y así te las estoy contando.

Por lo que sea, la gente suele asumir que no sé qué es lo mejor para mí. La semana pasada una compañera de trabajo me invitó a una comida que tendrá lugar el próximo viernes y a la que acudirán compañeros de mi anterior centro y también de este. Es gente que me cae bien, de verdad, pero no quise comprometerme: “Ya te digo algo la semana que viene, lo mismo llego al viernes tan hecha polvo que lo único que quiero es descansar”.

-Pues precisamente por eso -indicó ella-, lo que tienes que hacer es venirte.

Pues insistí: “Para mí descansar es irme a casa y quedarme en penumbra y en silencio”. Creo que el mensaje estaba claro pero no: siguió insistiendo.

La idea, te lo prometo, era ir. De hecho, cuando planifiqué mis menús la semana pasada, dejé el viernes libre. “Comida fuera”, escribí. Pero a medida que transcurre la semana

Jodía, estamos a martes

a medida que transcurre la semana, he dicho, y eso que es solo martes, me estoy dando cuenta de que no voy a llegar con ganas ni fuerzas de socializar en un restaurante ruidoso (porque lo es). Y menos aún si, como parece, el viernes va a estar lloviendo con ganas. Así que ahí ando, pensando si lo explico, si ensayo una mentira o cómo me las gobierno para que se respete mi decisión de no ir a comer.

Durante toda mi vida he asimilado que no merece la pena explicarme. Pensaba que el problema era yo, claro. Un seré yo, señor en toda regla. Pero luego me he dado cuenta de que, por muy clara que sea, la gente va a interpretar lo que digo desde su prisma. Y como para ellos lo de “estoy tan cansada que no me apetecen unas cañas después de trabajar” suena a invento, pues así lo leen. O como “no puedo quedar hoy, tengo que hacer la compra” les parece una excusa absurda (porque no necesitan mi organización para que la vida no se les desmorone) eso es lo que creen: que no quiero verles.

Y lo mismo ocurre con los consejos, cuando manifiesto alguna incapacidad: lo interpretan como una petición de consejo. No, mira: no puedo. No es que no sepa, no es que no haya encontrado la forma, porque si fuera así preguntaría. Lo que te digo es que no puedo.

A veces les envidio. Ya me gustaría a mí no entender estas movidas. O no, porque la verdad es que es bastante desagradable. No sé si es que es tan difícil que se antoja imposible, pero creo que respetar lo que dice una persona sin presionarla y creer en que tiene buenas razones para decir lo que dice o hacer lo que hace no es tan complicado. Y, si se trata de una persona que no ha dado muestras de lo contrario, suponer que no hay maldad en sus palabras ni acciones tampoco me parece especialmente complejo.

Pero qué sabré yo.


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Published on Feb 12, 2025

Tengo varios grupos de señoras. Cuando hablo de grupos, no me refiero a grupos de personas como podemos entenderlos colocialmente, círculos sociales con los que interactúo con distinta frecuencia. No, me refiero a grupos en aplicaciones de mensajería. En los últimos años se han ido construyendo y desarrollando por distintos motivos y se han mantenido ahí, con finalidades más o menos difusas que han ido cambiando con el tiempo.

Uno de ellos surgió porque una señora dijo en una red social que le gustaría tener un grupo de mujeres con el que compartir cosas, con el que hablar. Una especie de red de apoyo virtual en la que expresar inquietudes, comentar dificultades o victorias... En fin, lo que es un grupo de amigas pero, dada la dificultad de construir eso en modo presencial, pues hacerlo en versión virtual: reunir a varias mujeres y dejar que la interacción obre su magia.

Somos cinco, cada una con su idiosincrasia, desde la romántica empedernida, a la que apaliza nazis, pasando por la señora prudente que siempre sabe qué decir en cada situación. En común tenemos que todas estamos siempre muy cansadas, por lo que sea.

Hoy, una de ellas, la que es una baliza de luz y color en nuestro grupo, pidió ayuda. En los últimos tiempos ha tenido un drama sobrevenido que ha cambiado su vida de forma drástica, y buena parte de su energía está dedicándose a lidiar con esos cambios, a procesarlos, a hacer lo necesario para adaptarse a ellos (cuidando mientras, claro). Y si siempre estamos todas cansadas, os podéis imaginar cómo está ella. Así que hoy ha venido a pedir ayuda. Tenía una reunión, se sentía aturullada, temía que se le olvidara algo importante: ¿alguien podía acompañarla por teléfono o videollamada? Simplemente para estar ahí y sentir la compañía y el apoyo.

Yo trabajaba a la hora de la reunión, pero acto seguido, después de mí, ha llegado la señora que apaliza nazis a decir que contase con ella. Sin problema. “¿Tengo que cambiarme?”, ha preguntado, que para mí es un gesto máximo de afecto.

Nunca hemos coincidido, nunca hemos compartido espacio. Tiempo sí, porque en alguna ocasión hemos hecho una videollamada para gestionar dramas de unas y otras, pero nada más. Aun así, nos damos los buenos días, nos mandamos chistes, información interesante, postales de Navidad, nos consolamos cuando lo necesitamos y estamos dando apoyo (tan concreto como este) en momentos vitales complicados.

Qué suerte que en este mundo en el que todo se privatiza, en el que todo es tan hostil, todavía pueda transmitirse la sororidad, en su sentido más amplio y más profundo, a través de Interné.

(Post escrito a salto de mata en un momentito, perdonen las erratas y la precipitación, pero es que me parece que la ternura es un bien de primera necesidad y andamos un poquito faltos).


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