Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Mar 8, 2026

... faltan las muertas.

Es uno de los lemas que recuerdo de mis primeras manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo. Siempre me ha gustado esa manifestación (aunque en los últimos años todas las manifestaciones hayan tenido algún momento de incomodidad para mí, pero es también convivir, gestionar las incomodidades). Me resulta catártico verme ahí, entre un montón de mujeres de todas las edades, compartiendo espacio y tiempo, exorcizando la frustración y la rabia, trabajando la esperanza. No soy muy de multitudes (por decirlo suave), pero la manifestación del 8 de marzo es una de las pocas multitudes de las que vuelvo con más energía de la que salí.

Volviendo al lema: me gustaba pensar que las que teníamos la suerte de sí estar allí recordábamos que había otras mujeres que no podían estar. Que no habían sobrevivido al patriarcado.

Poco a poco se fueron incorporando otros lemas. El año pasado escuché No estamos todas, faltan las locas, en recuerdo a las mujeres psiquiatrizadas, internas en centros o recluidas en sus casas, tuteladas por terceros o adormecidas por la medicación. Me gustó también que se las trajera a ellas.

Este año no he ido a la manifestación del 8 de marzo. Estoy exhausta. La lucha con el mundo me resulta agotadora, y en esa lucha hay una ración bien grande de lucha contra el patriarcado. Mi trabajo es más difícil para mí porque soy mujer. Tengo que demostrar mi valía más porque soy mujer. Y cada día es una batalla porque soy mujer y elijo batallar. Elijo no callarme ante los comentarios machistas u homófobos de mis alumnos. Elijo desafiar los desprecios que me hacen. Elijo blindarme ante la condescendencia de mis compañeros. Es agotador.

Así que este fin de semana he dormido casi 10 horas del viernes al sábado y casi 10 horas del sábado al domingo. Y han sido solo casi 10 horas porque el despertador ha intervenido. Mi cuerpo y mi mente están al límite y tirando de reservas. Así que he tenido que renunciar a la catarsis, a la compañía, a uno de esos momentos del año en los que la batalla cotidiana se siente menos solitaria.

Así que tal vez habría que ir empezando a ampliar las consignas. No estamos todas, faltan las... cansadas, asustadas, precarias, amenazadas, enfermas, y otras cuantas, supongo.

Y me cuento esto para consolarme. Hago mi parte desde mi poder cada día del año. Pero no puedo evitar que me entristezca no tener las fuerzas de haber salido a la calle hoy.

Hermanas, os he echado de menos.


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Published on Dec 4, 2025

Hoy me he cruzado en el supermercado, ya harta del día y de la semana (y aún queda el viernes) con el hermano de mi expareja y su esposa. No son personas que me cayesen nunca particularmente bien, pero durante el tiempo que tuve que hacerlo fui tremendamente cordial. Supongo, no sé, que lo de no gustarnos especialmente era mutuo. Tampoco me importa. Hoy todos hemos fingido no vernos o, mejor dicho, no conocernos y, honestamente, ha sido un alivio. No estaba yo para improvisar reacciones a situaciones incómodas en ese momento.

Pero como mi cabeza funciona como funciona, he pensado en la gente de esa familia que sí me caía bien y en como ahora no somos nada. Y me muero de la pena. Lo de que personas a las que has querido se conviertan en extraños de un día para otro es uan cosa que me desequilibra enormemente.

Y luego, claro, la cosa se ha puesto peor, porque para qué me voy a dar tregua, ¿verdad? Y he pensado en la penita que doy: la niña que he sido y que, para bien o para mal, sigue viva en mí, no tuvo ni tiene una familia ni medio funcional así que se va metiendo bien hasta el fondo en las familias de sus parejas. Je. La sed de amor, que es malísima. Pero claro, esas familias no son mi familia. Nunca llegan a serlo. Soy usufructuaria, no propietaria. El usufructo es el derecho al goce o disfrute de algo sin alterarlo durante el tiempo que el propietario estime. Pues bien: mi disfrute de esas personas acaba cuando la relación sentimental se acaba. Y esto, que supongo que todo el mundo ve lógico, a mí me parece de una crudeza inaudita.

Y, por supuesto, está el miedo: que vuelva a pasar, que estas personas a las que ahora quiero y que parecen quererme decidan, de un momento a otro, que ya nada.

Es doloroso sentir que vas por la vida siendo casi siempre el +1 de alguien (gracias infinitas a quienes me quieren por mí, sin más).


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Published on Sep 6, 2025

La gente no me toma en serio. No sé si es porque soy mujer, aunque algo de eso habrá (probablemente mucho). Lo de que es porque soy joven empiezo a descartarlo, porque aunque me muevo en ambientes en los que la gente suele ser mayor que yo, creo que ya tengo una edad como para que empiecen a darme crédito, digo yo. No sé si es por mis taras y rarezas. No lo sé. La cosa es que la gente no me toma en serio, tiende a infravalorarme. Y eso es una mierda.

Sería una mierda tolerable si una demostrase lo que vale una vez y ya está, hasta ahí. Pero no, no es así. Actualmente estoy cambiando de puesto de trabajo y cada día salgo de la oficina arrastrando el cuerpo como si le hubiese puesto un cascabel a una hidra. Me agota, física y mentalmente, existir en ese espacio en el que tengo que dejar claro que soy una buena profesional, a pesar de ser la más joven, a pesar de ser una mujer, a pesar de no tener un doctorado y a pesar de que los señores muertos que pensaron hace mucho me importen regulinchi.

El viernes pasado tuve escuchar que me decían a la cara que la metodología que utilizamos el curso pasado mi compañero y yo para preparar a los alumnos para selectividad no tenía lógica. Que los resultados de mis alumnos digan lo contrario importa más bien poco: soy una muchachita joven (con apenas diez años de experiencia, qué es eso), con la cabeza llena de pájaros e ideas peregrinas. Mi propuesta no fue tenida en cuenta ni levemente. Ni siquiera se consideró hacer menos exámenes porque bueno, ya se sabe que cuanto más exámenes se hace más se aprende, supongo. (emoji de cara de payaso aquí)

Evidentemente, aunque me hizo dudar, y mucho, voy a intentar repetir mi metodología del año pasado. ¿Con más exámenes? Pues con más exámenes. Pero creo que funciona y que tiene sentido, y me parece que está dentro de mi autonomía hacerlo. Tendré que proponerlo la semana que viene. Con suerte me dejarán hacer y condederán mirándome con condescendencia.

Pero funcionará: sé que funcionará. Acabará el curso y habrá funcionado. ¿Será suficiente entonces? ¿Mis propuestas seguirán siendo cosas de moderna con el seso sorbido por las nuevas corrientes pedagógicas? ¿En qué momento se me empezará a tener en cuenta si digo que dictar apuntes es un atentado contra la atención a la diversidad? ¿O si digo que la educación emocional no tiene nada que ver con dar abracitos y besitos?

¿En qué momento podré dejar dedicar buena parte de mi energía a afirmarme y dejar claro que estoy sobradamente capacitada para hacer el trabajo por el que me pagan para poder volver a dedicarla a hacer ese trabajo?

Llevo una semana de curso, no han empezado las clases y ya estoy: agotada. Que alguien, por favor, me retire. Prometo ser una compañía encantadora. Como puede verse, estoy acostumbradísima a actuar.


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Published on Jan 27, 2025

Nunca he sido normal. Siempre he sido una niña rara. Una adolescente rara. Una joven rara. Una mujer rara. En mi intento por encajar, mis rarezas han ido cambiando, pero nunca he conseguido esconderlas del todo. Siempre han acabado viéndolas. Así que, por fuerza, he acabado por llegar a un punto en el que no me queda más que asumir que lo normal y yo no somos compatibles.

Y aun así... qué gozo sentirse normal. Hay un verso de la canción que Chica Sobresalto lleva al Benidorm Fest que dice «a veces quisiera ser más como ellas, un poco menos yo y más como cualquiera, me vale cualquiera». El resto de la canción, meh, pero esa frase me resuena mucho. Dejar de sentirse extraña un rato es como poder bajar el fusil con el que voy por la vida de forma inconsciente. Además una se siente validada: estoy haciendo lo que todo el mundo, sintiendo lo que todo el mundo, viviendo como todo el mundo. Aunque sea por una vez, aunque sepa que tomar al mundo como criterio es una soberana estupidez, no puedo evitarlo: cuando ocurre eso de sentirme normal es como un chute de alguna droga tranquilizadora y placentera.

Imagino que al resto de la gente le pasará algo parecido. Y precisamente por eso empiezo a creerme que la normatividad es una performance. Piénsalo: si diez personas piden café en una cafetería, cada una pide el café distinto pero luego todas deciden organizar su vida personal de la misma forma, con muy leves variaciones. Todas (o casi todas) eligen compartir vivienda con su pareja, tener una relación monógama, un trabajo normal, casarse en una ceremonia normal, formar una familia normal, ir de vacaciones a los sitios normales, hacer por ocio lo que hace todo el mundo y así. ¿No te parece que no tiene sentido?

Es una trampa. Moverse en el marco de la normatividad nos da una cierta seguridad, nos hace sentir que lo estamos haciendo bien, aunque ese bien no lo sea para nosotros. Pero seguimos haciéndolo porque, bueno... ¿Quién vive fuera de la normatividad? Los locos, los marginados, los parias, los raritos. Y no queremos ser eso. O no queremos aceptar que somos eso. Pero eso hace que no se aprecie diferencia, que la diferencia sea disidencia salvaje y minoritaria. Así que cuando alguien desea algo distinto a lo normativo se siente roto, defectuoso. Me he sentido así muchas veces. Me sigo sintiendo así muchas veces.

Hace unos días convoqué un cónclave de señoras porque me estaba ahogando en un vaso de agua. La manera en la que quiero llevar mi relación me estaba haciendo dudar de si realmente siento lo que creo que siento por mi pareja porque el amor, si no es normativo, si no está disciplinado, institucionalizado y pautado, parece que no es amor, que es otra cosa. Algún día tendríamos que hablar de esto, de como una fuerza tan arrebatadora como el amor ha acabado metida en cajitas y archivadores tan pequeños y rígidos.

La cosa es que mis amigas me calmaron enseguida. Claro que estoy enamorada (amar fuera de las normas sigue siendo amar) y claro que lo que yo deseo no es una locura. Me tiraron unos cuantos referentes de gente que había vivido como yo quería vivir (referentes que yo no tenía porque de donde yo vengo o eres normal y vives en la normatividad más absoluta o sufres mucho) y me sentí en paz: no estoy rota, solo soy rara. Buf. Qué alivio.

La normatividad nos está robando los referentes de rareza que pueden darnos paz a los que somos incapaces de vivir según dicta el canon. Por eso me gusta moverme en los márgenes, porque allí veo cosas distintas. Veo gente que habla de situaciones que son normales (en términos de frecuencia con la que suceden) pero que, por no ser normativas, permanecen ocultas. Veo gente que expresa maneras distintas de vivir las relaciones amistosas y erótico afectivas. Veo personas que no se sienten satisfechas con la manera en la que se supone que tienen que hacerse las cosas y que, aunque no encuentren la manera de hacerlo distinto, expresan su insatisfacción, que no es poco (anda que no ayuda saber que no todo el mundo es feliz en una situación que, supuestamente, es la deseable).

No sé si me estoy explicando, creo que no demasiado a estas alturas, así que voy a ir acabando con un ruego (que nunca te pido nada).

Sé una persona orgullosamente rara si puedes. Pero si no, si es demasiado difícil para ti, al menos no entres dócilmente y en silencio en la cárcel de la normatividad. Golpea un poco los barrotes, para que el resto de raras sepamos que no estamos solas. Tal vez entre todas consigamos hacer unos cuantos boquetes...


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Published on Dec 2, 2025

Últimamente ando muy satisfecha conmigo misma. Estoy manejando mi ansiedad estupendamente (hay poco que manejar, me encuentro en un estado de calma inaudito en mí, ni siquiera en vacaciones alcanzo este nivel de zen). Llego al final del día y de la semana laboral con un nivel de energía que no recuerdo haber tenido desde que estudiaba en la universidad. Estoy dicharachera, divertida, ingeniosa. Disfruto de las cosas buenas y puedo abordar las malas de una manera serena. Me gustaría poder acabar este párrafo echándome flores, pero me temo que el nombre de la responsable de esta transformación no es el mío, sino otro bien distinto: sertralina.

Así que esto era lo de ser la mejor versión de una misma, ¿eh? Curioso. Interesante. Jodidamente agradable. Yo quiero que esto dure para siempre. Esta quietud, este bienestar, me hacen ser consciente del nivel de malestar con el que funciono normalmente. ¿Cómo he sido capaz de aguantar tanto? ¿Cómo no me he roto antes? No logro concebirlo. Tan maravillosa es esta sensación, esta manera de estar en mi piel, que se me ha pasado por la cabeza no dejar las drogas nunca, jamás, never-ever. Y no es que no estén teniendo efectos secundarios, qué va: el más acusado es el que me ha robado algo que me hacía felicísima, el intensísimo disfrute del sexo en el mejor momento erótico de mi vida. Manda cojones. Pero si ese es el precio a pagar por esta ligereza, por esta liviandad, sea.

Pero claro, esto no es sostenible: no puedo abrazarme a las pastillas durante lo que me resta de vida. Cada día que pasa es un día menos que le queda de vida a esta versión de mí que tanto me gusta, un día menos para volver a sentir el mundo en la totalidad de su estrundoso volumen. Espero que, al menos, también sea un día menos para volver a encontrarme con mis esplendorosos orgasmos aunque, ahora mismo, no sé si me compensa.


Nota de la autora: Claro que sé que lo idoneo sería que el mundo bajara el volumen, pero eso no pasa. Soy yo la que tiene que estar con tapones en los restauratnes si no quiere pasarse la vida encerrada en casa. Soy yo la que tiene que tomar psicofármacos si quiero volver a ser funcional después de una crisis. Y soy yo la que no quiere volver a la situación en la que cada día era una carrera de obstáculos. Esto es, al parecer, lo que hay.


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Published on May 10, 2026

Hace ya bastante tiempo que se viene demonizando el deseo, la necesidad o el interés en ser validada por terceras personas. Y cuando digo bastante tiempo, me refiero a bastante. Desde el aparentemente inocuo “si no te quieres tú cómo te va a querer nadie” al supuestamente empoderante “es que no te tiene que importar lo que piensen los demás”.

El individualismo está servido, señoras. La vida es para los Juan Palomo del mundo: ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Normalmente no son ellos quienes limpian sus cagadas, pero bueno, eso no quedaba bien en el refrán. La cosa es que hay que ser autárquico, una isla capaz de proporcionarse todo lo necesario no solo para sobrevivir sino para ser feliz. Si tu felicidad depende de otras personas estás haciendo lo de vivir: MAL.

Esto es especialmente dañino para nosotras: se nos ha educado para entender que nuestro valor depende de la mirada del otro (masculino no genérico, claro) y luego cuando buscamos que nos miren somos dependientes, tóxicas, débiles...

Pero siendo, como casi siempre, las más perjudicadas, en esto hay bastante reparto. Hemos llegado a un punto en el que echar la caña para ver si alguien nos presta atención se considera un fracaso. Desear esa atención y buscarla es un signo de la peor de las flaquezas. ¿Cómo hemos caído en esta trampa? Bueno, supongo que igual que en tantas otras. Pero leñe: somos seres sociales, afectivos, el apego es una parte fundamental de nuestra socialización y bienestar, ¿cómo no vamos a querer que se nos quiera, acepte, vea, valore, extrañe...?

Así que, del mismo modo que cuando tenemos hambre intentamos comer, cuando tenemos sed intentamos beber, cuando tenemos sueño intentamos dormir, cuando algo nos molesta intentamos liberarnos del malestar... Pues cuando nos sentimos invisibles, solos, poco valorados, poco queridos o deseados... buscamos casito. Y eso, per se, no tiene nada de malo. Desde luego, puede haber conductas problemáticas, igual que las hay con la comida, con el sexo, casi con lo que se nos ocurra. Pero el hecho de querer atención no es ningún fracaso. Es lo normal. Y está más que justificado en un mundo en el que todos vamos tan rápido que prácticamente no reparamos en las personas con las que nos cruzamos.

Así que, sí, persona al otro lado de esta pantalla: tú lo que quieres es casito. Como yo. Y como todos en algún momento. Y no pasa nada.


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Published on Mar 29, 2026

Llevo días queriendo escribir esta entrada, pero hoy hablaba con mi amiga Ana cuando le ha saltado una notificación de su ex: He visto esto y me he acordado de ti. “A ver qué puerta hemos abierto, amiga”, me ha dicho ella. Pues resulta que el mensaje contenía un fragmento de un concierto de música clásica en la Ciudad Prohibida. He visto esto y me he acordado de ti: qué maravilla esa frase unida a algo tan hermoso.

Hace unos días estaba yo pensando en alguien. No se lo dije, claro, porque, si bien es cierto que suelo defender que si piensas algo bonito de alguien tienes que decírselo, también es cierto que he crecido lo suficiente como para saber que esos avances no siempre son bienvenidos, que a veces suponen poner a palpitar una cicatriz apenas curada. Y no a todo el mundo le gusta llevar la lengua al hueco que deja el diente. Pero le pensé con cariño, con ternura. Deseé que ojalá su vida esté yendo bien, que esté haciendo cosas que le apasionan, que sienta que está andando un buen camino. Le recordé para desearle lo mejor, aunque esa persona no lo vaya a saber nunca.

Volvió a pasarme hace poco: leía un poema que comenzaba con el verso Escuchar a Bach. Y entonces pensé en él. Que ojo: no se lo merece. Pero no puedo evitar pensar en él cuando escucho a Bach o cuando alguien lo mienta, cuando salta en mi playlist alguna de las piezas que él me enseñó (Corcovado, Chick, Morente). O cuando alguien nombra Murcia. Y le recuerdo sin rencor (y tendría motivos), sin desearle mal y sin pensar en primer lugar en lo malo. Recuerdo los conciertos privados, perder la noción del tiempo, aquel mes que viví sin dormir y sin sueño, el Faro de Cabo de Palos, las ruinas de Cartagena y aquellos días en que la cara me dolió de sonreír. Y a pesar de todos los momentos grises y de todos los dardos venenosos, agradezco.

No solo me pasa con los ex: también con las amigas. Con casi cualquier persona que haya sido importante en mi vida y ya no esté: de pronto cualquier cosa les trae a mi mente y mi corazón se llena de buenos deseos y alegría. Será porque la luz viaja más rápido que cualquier otra cosa. Solo más tarde recuerdo, y no siempre, el daño, si es que lo hubo.

Hay únicamente dos personas en mi vida a las que recuerdo siempre con rencor. Una más que a otra, porque de la primera puedo recordar, si me esfuerzo, algún buen momento y suelo asegurarme de recordar algunas cosas que tengo que agradecerle. Pero de la segunda, con la que compartí casi 10 años de mi vida, no recuerdo nada bueno. Nada. Y cuando la pienso no queda en mi espíritu un ápice de buenas intenciones. Esas son mis dos únicas excepciones.

Estas son mis estadísticas. Así que si, haciendo un ejercicio salvaje de generalización indebida, extrapolamos los datos a tu vida, a toda la gente con la que te has cruzado, incluso a aquella de la que acabaste separándote de malas maneras, estoy segura, segurísima, de que hoy alguien te ha recordado con amor, cariño, ternura o cualquier otro sentimiento de la familia.

Espero que el pensamiento te resulte reconfortante.


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Published on Jan 13, 2025

El otro día una amiga trajo al grupo de Telegram unos mensajes de una red social que no frecuento. En ellos una madre instaba a los padres a no llevar a los niños de muy pequeños a Disneyland porque no iban a recordarlo. A estos, otra madre respondía diciendo que mejor no llevarlos en absoluto, invertir el dinero y, cuando tengan la edad de conducir, con los beneficios que haya dado, regalarles un coche. Mantenía algo así como que la experiencia Disney no es rentable. O, al menos, que es mucho menos rentable que un coche.

Me parecen argumentos bastante estúpidos, la verdad. Y me entristecen, porque veo con desazón como la idea de la rentabilidad se lo está comiendo todo. A mí misma, no me excluyo.

Todo lo que hacemos tiene que tener una contraprestación de algún tipo que va más allá del goce que obtenemos de la misma. Tiene que contribuir a un bonito feed de Instagram, o perfeccionarnos como personas, o proporcionarnos algún aprendizaje. Tiene que enriquecernos (en el sentido que sea), abrirnos puertas o constituir los cimientos de algo postrero. Hemos llegado a un punto en el que parece que el goce tiene que compensar. Como si gozar, disfrutar, en este mundo cada vez más inhóspito fuese poca cosa.

Hoy vuelven a preguntarme por qué no monetizo más. Por qué no busco la manera de hacer rentable lo que hago. Y la respuesta es clara: porque me haría menos feliz. Porque sería absolutamente dichosa si pudiese dedicar la mayor parte de mi tiempo a hacer cosas inútiles sin ninguna rentabilidad.

Así que mi deseo de hoy es este: que tu goce, o al menos parte del mismo, sea lo suficientemente intenso como para que no necesites que sea rentable. Que los destellos de felicidad vuelvan a ser suficiente.


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Published on Dec 15, 2025

Qué será, esta cifra. Si digo 21 gramos diremos: el supuesto peso del alma. Si digo 15 años tal vez tarareemos la canción del Dúo Dinámico (sobre todo si tenemos una edad). Si digo 7 tal vez nos vengan los pecados capitales y si digo 10, los mandamientos. O yo qué sé.

Pues bien: 57 han sido los segundos que ha durado la llamada de seguimiento de mi tratamiento con antidepresivos con mi doctora. Ha incluido la presentación por su parte y la presentación del caso por la mía. Me ha dicho que me renovaba la receta. También le he preguntado cuánto tiempo tendría que mantener el tratamiento y me ha respondido.

Lo que no ha ocurrido ha sido que me haya preguntado cómo estoy, si estoy mejor, si me va bien la medicación, si estoy adaptada al trabajo (recordemos que tuve que estar de baja), en fin, cualquier pregunta que tuviera que ver con mi salud y bienestar.

Y luego que la salud mental nojequé y nojecuántos.

En fin.


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Published on Aug 10, 2025

«Qué mal repartido está el mundo desde el primer mes de enero». Estopa, Vacaciones.

Son palabras de Estopa, pero las hago mías porque son muy sabias y, además, porque la canción viene al tema del que voy a hablar hoy: las vacaciones.

El otro día ví en el telediario un reportaje que me hizo volver a plantearme si yo habito en un mundo distinto al resto de españoles o si (lo más probable) he sido toda la vida parte del porcentaje de gente corta de bienes y, como las clases sociales existen, la gente de la que me he rodeado ha sido, en general, más o menos igual de corta de bienes que yo.

El reportaje decía que un tercio de los españoles no va a poder irse de vacaciones ni siquiera una semana. Dedicaba un buen rato a hablar de lo terrible que es eso para la salud mental y para todo, el no poder salir del entorno cotidiano, el no poder cambiar de aires. Un verdadero drama. Mientras tanto, yo en mi casa me quedé con la boca tan abierta que casi se me cae la ensaladilla rusa de la boca: en mi vida, y tengo 37 años y medio, me he ido de vacaciones una semana, hulio. Este es el primer año que voy a hacerlo y me estoy cuestionando si no será el último. Lo que te decía el otro día de que las cicatrices de la pobreza no se van.

Me quedé pensándolo seriamente. Jamás me fui de vacaciones mientras estuve viviendo con mis padres (lo máximo, unos días, dos o tres, en casa de mi tía en València, conviviendo con mis tíos y mis cuatro primos, en total, diez personas en un piso, no recuerdo cómo lo hacíamos). Después, cuando me fui de casa bastante tenía yo con no morirme de hambre o frío como para pensar en vacaciones. De hecho, eran un buen periodo para trabajar dando clases particulares a criaturinchis. Cuando, por fin, conseguí la plaza de funcionaria, tras superar el año de prácticas, decidí tirar la casa por la ventana y concederme un deseo: ir a ver el Museo del Prado. Así que me regalé 4 o 5 días en Madrid en agosto, . No llega a una semana. Nótese: Tenía 29 años la primera vez que visité el Museo del Prado. El año pasado volví a salir, pero tampoco llegó a una semana: unos 5 días en Cazorla. Ahora, mientras escribo, dudo si un verano llegué a pasar 1 semana en el apartamento de Fuengirola de los padres de mi ex. Puede que sí, no estoy segura. Si llegó fue por los pelos.

Normalizamos lo que es normal (habitual) en nuestro entorno. En mi mundo lo normal ha sido que la gente no se vaya de vacaciones. Es cierto que algunos compañeros de clase del cole lo hacían, pero no sé, para mí era una absoluta extravagancia. Han tenido que pasar años y años para que el telediario me saque de mi error: la extravagancia era la mía. Aun así, un tercio de extravagantes que no pueden permitirse irse de vacaciones (y a saber qué más cosa) son demasiados, ¿no te parece?


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