Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Apr 11, 2026

Tengo mono de newsletter. No puedo evitarlo. Y mientras pienso qué hago con eso, se me ocurrió que podría publicar de forma periódica (periodicidad por determinar) un pequeño boletín con recomendaciones de señoras haciendo cosas o de cosas hechas por señoras. Por aquello de aúpar a las otras, cada una desde su poder.

Vamos con la de hoy.

  1. Lorena Álvarez – Increíble. Esta canción es una de las que está en mi lista “Sí, soy”. Me define muchísimo. La voz lírica se dirige a un señor que la ha dejado, enumerando sus “defectos”, pero dándole también caña al señor en cuestión por no atreverse a quererla bien.

  2. Lucía Solla Sobral – Comerás flores. Puede ser que hayas visto este libro en escaparates aqui, allá y acullá. Pues, si tienes la oportunidad, léelo. Representa perfectamente cómo se teje la telaraña del maltrato psicológico y cómo ... me callo, que no quiero hacer spoiler, pero merece muchísimo la pena.

  3. Taylor Tomlinson – “Prodigal Daughter”. Es un espectáculo de stand up comedy de una hora disponible en Netflix. La temática es fundamentalmente religiosa y la humorista se sirve mucho de su experiencia vital habiéndose criado en un entorno religioso. Es bastante interesante pero también muy divertido.

Yo creo que con eso vamos bien de momento. ¡A disfrutar!


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Published on Dec 21, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Ves en el porvenir una motivación o una fuente de frustración?

¿Crees que es más beneficioso soñar a lo grande o tener sueños realistas?

¿Eres realista o sueles pasarte o quedarte corta en las expectativas?

Y ahora, el poema:

Los días venideros de Aurora Luque

Los días venideros no llegaron.

Se agotaron, fulgentes, en los brindis.

Lo por venir ya estaba caducado

a la hora de soñar.

Os pido, dioses,

sólo sueños portátiles, menudos,

cinta para medir el horizonte,

y días que no engañen, desde lejos,

como veleros gráciles

cargados de ataúdes.


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Published on Jan 11, 2025

Hace tiempo, en otra vida y en otro blog, escribí una entrada titulada «El amor se hace». Hablaba en él de cómo el amor no es una cosa que te viene y ya está, sino que el amor es para quien se lo trabaja (o debería serlo, como la tierra). En el amor no bastan las palabras, son necesarios los actos. Pero claro, es que las palabras sin actos que las acompañen se parecen bastante a las mentiras, ¿no?

Ahora ando leyendo bastante sobre el amor. En concreto, entre otras lecturas, ando enredada con El amor es imposible, de Darío Sztajnszrajber. He llegado ya a la tercera tesis, que se titula así: «El amor es imposible porque es inefable». En su estilo un tanto pocho, de afirmar cosas sin justificarlas, Darío (me niego a escribir más veces su apellido) afirma que el amor no puede decirse, no puede definirse. Y lo liga con la última proposición del Tractatus de Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar se debe guardar silencio». Luego, por supuesto, no se calla. Señores...

Pero yo no estoy de acuerdo con que el amor sea inefable. Podría estar de acuerdo con que el lenguaje no agota el amor. ¡Pero es que el lenguaje no agota nada! Intenta explicar el dolor. O lo que sientes cuando te rascan la parte de la espalda que te pica. Ni siquiera agota las cosas: describir los objetos no es más que escoger ciertas cualidades a las que pensamos que nos estamos refiriendo con ciertos símbolos. Y ya si esperamos que quien nos escucha entienda lo mismo que nosotras...

Pero que el lenguaje no agote aquello que queremos decir no hace que las cosas sean inefables. Tampoco el amor. De hecho, creo que para algunas personas, en el amor, es importantísimo el lenguaje. Me cuento entre ellas.

Sí, los actos son fundamentales. Pero, ¿y las palabras? Creo que con eso de asumir que los actos son lo verdaderamente importante nos estamos olvidando de las palabras. Y nos cuesta decir el amor, pero no porque sea inefable sino porque no estamos acostumbrados, porque no se hace, y una especie de pudor absurdo se apodera de nosotras cuando tenemos que decire a un ser querido (creo que hasta ahora no había aclarado que no hablaba exclusivamente de amor en el sentido erótico) que le estamos muy agradecido por lo que ha hecho por nosotras, que apreciamos mucho su compañía, que nos alegramos mucho de sus triunfos, que su presencia en nuestra fiesta nos ha hecho muy felices o, en definitiva, que le queremos.

Cuesta, ¿verdad? Cuesta mucho menos decir «te quiero» que decir el amor, a pesar del drama estúpido de las ficciones románticas alrededor de ese momento. Imagino que porque ese «te quiero» se nos está desgastando un poco y, como decía Nietzsche, se parece cada vez más a una moneda que ha perdido su troquel y ya no sirve como dinero sino como metal. Pero decir «tu presencia hace mi vida mejor» cuesta. O decir «me has devuelto sueños que creía muertos». O «esto me dolería mucho más si tú no me estuvieras cogiendo la mano».

Y todo eso es decir el amor. Porque el amor se hace, se compone de actos, y esos actos pueden decirse, nombrarse, ponerse en valor, destacarlos del resto de las cosas mundanas. Y hace falta. Con frecuencia nos excusamos pensando que esa persona ya sabe que la queremos, ya sabe que es importante para nosotras. Pero nunca está de más. Nunca sobra. Y no hace daño, al contrario.

Si el sentimiento amoroso se parece al sentimiento religioso, que decirlo, nombralo, sea nuestra oración. Y si bien se puede rezar en silencio porque supuestamente Dios lo sabe todo, las personas que amamos no son Dios (aunque puedan ser mejores). Recémosles en voz alta, reconozcamos nuestro amor en voz alta. Al mundo no le va a venir mal un poco (o un mucho) más de amor.


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Published on Jul 30, 2025

Esta mañana en Mastodon una usuaria hablaba de que una amiga le había enseñado la apertura de conversación de Tinder de un muchacho como siendo esta la gran cosa. «Amiga», contestó la MastodontA, «esto huele a ChatGPT». A lo que la moza en cuestión contestó que ella también le había contestado con ChatGPT. La MastodontA acababa la reflexión señalando lo curioso de que dos manifestaciones del mismo LLM estuviesen ligando mientras dos humanos estaban allí a verlas venir.

Otro usuario contestaba diciendo que ya había señorEs, masculino no genérico, que decían que para qué necesitaban parejas si ya tenían a ChatGPT.

¿No te parece ultra distópico? Me hace pensar en cómo el turbocapitalismo ha influido ya y de forma aparentemente irreversible en nuestra forma de relacionarnos eróticamente (en sentido amplio, no solo en lo que respecta al sexo). Me gustaría mucho ser la gran Jana del Bosco, tener su tesón investigador y su paciencia para desgranar ideas, buscar referencias y argumentar mis pensamientos. Pero no lo soy, así que te vas a tener que conformar con mi manera chusca de escupir mis ideas. Perdon't.

Una de la cosas curiosísimas que se han llevado hasta el extremo es la performatividad (el parecer, el aparentar) en todo lo que respecta al amor. A ver, esto no es, en esencia, nuevo. Siempre ha existido lo que yo llamaba «campaña electoral»: ese periodo de la relación, al inicio, en el que intentamos dar nuestra mejor cara, impresionar, convencer de que nos compren. Y el lenguaje comercial no es inocente. Esto está motivado por una concepción de la vinculación amorosa basada en la seducción, en el tener que manipular o engañar a la otra persona para que se interese por una (femenino genérico). Pero lo realmente perverso es que ahora ya no hacemos el esfuerzo ni de pensar en cómo organizar la pantomima: que lo piense un LLM, que yo estoy muy liada. Liada para conectar. Ojú.

De verdad que es loquísimo lo muchísimo que se ha asimilado el ligar/enamorarse a la compra de productos. Desde las aplicaciones manejadas por algoritmos que te «recomiendan» a tu alma gemela hasta el pedir a un LLM que nos diga qué buscar en una pareja, cómo convencerla de que inicie una conversación con nosotros o a saber.

Aunque yo soy muy fan de la responsabilidad individual, no creo que esto sea una cosa por la que podamos culparnos al 100%. Por ejemplo, más de una persona, sobre todo hombres, me han manifestado lo difícil que es conseguir hablar con alguien en las aplicaciones de citas: «Si empiezas con un “Hola, ¿qué tal?” estás condenado». Ya digo: no es un temor individual. Parece ser que, en este mundo de hiperestimulación constante, necesitamos que nos dejen con la boca abierta todo el puñetero rato, en cada jodido momento. Qué agotador. Ante esa presión, mucho mejor que las impresione ChatGPT, ese Cyrano devorador de recursos y trabajo ajeno. Lo que vaya a pasar después ya es un problema de nuestro yo del futuro, ¿no?

Hasta aquí, aunque horrorizada, puedo ser comprensiva. Conectar es difícil, conocer gente complicado, la vida muy rápida, el mundo difícil. Yo qué sé. Pero lo de los señores abandonando la búsqueda de pareja porque ChatGPT les da lo que necesitan. Creo que esto puede resultar bastante esclarecedor para hablar de la epidemia de soledad masculina: las mujeres tienen cada vez unos estándares más exigentes en lo que quieren/necesitan en un compañero (lo cual no está mal, porque el listón estaba en el infierno) y los señores se conforman con tan poco que a algunos les vale un LLM que finja escucharles y les dé la razón amablemente.

Esta situación me recuerda al auge del Satisfyer. Las bondades del aparatejo corrieron de boca en boca entre grupos de amigas, llegaron a las redes sociales y a los medios. Rápidamente había opiniones a raudales sobre las maldades del aparatejo: que si adicción, que si insensibilidad, que si incapacidad de disfrutar del sexo sin el cacharro. Una cosa loquísima. De eso, de cómo asusta nuestra independencia para el placer, hablamos otro día si quieres. Pero lo más loco fue la marabunta de señores quejándose de que iban a ser sustituidos por el dichoso aparatejo. Y yo, qué quieres que te diga, no paraba de querer decirles a esos contrariados señores, cogiéndoles de los hombritos: «Cari, si tu desempeño como pareja, incluso como pareja meramente sexual, puede ser sustituido por un Satisfyer, el problema no es el Satisfyer, eres tú».

Así que, bueno, como mujer no me vas a oir lamentarme por que los señores nos estén sustituyendo por ChatGPT (aunque sí me lamente amargamente de la omnipresencia de los LLM y cómo se están obviando los problemas éticos y medioambientales que comportan). Tengo claro que lo que yo puedo aportar a una relación no hay LLM que lo sustituya: sé que el problema no está en mí. Y, honestamente, a los hombres que consideran que una mujer puede ser sustituida por ChatGPT y que esto les compensa los prefiero entretenidos con el ordenador que importunando a mis hermanas.


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Published on Feb 6, 2025

Aviso de contenido: menciones a procedimientos odontológicos y a ideaciones suicidas

 

 

 

 

 

Ayer, ni un mes después de mi trigesimoséptimo cumpleaños, me sacaron mi primera muela. Hasta ayer conservaba todas mis piezas dentales, incluídas las cuatro muelas del juicio (la última de las cuales está todavía acabando de colocarse y, de pronto, se va a encontrar un hueco hermosísimo que aprovechar). Una de ellas, eso sí, estaba bastante maltrecha, pero ya sabes cómo me siento yo respecto de las cosas rotas: intento salvarlas porque me identifico con ellas.

Pero no pudo ser, no más. Mi muela rota, la que me partí a base de apretar los dientes para dejar salir el estrés durante el desconfinamiento, se acabó de estropear sin posibilidad de arreglo.

«¿Qué hacemos, la sacamos?» preguntó el dentista, con ese tono de voz tan acogedor que tiene. «Ya que hemos venío», contesté yo, fingiendo desenfado aunque llevaba todo el día asimilando la posibilidad de acabar el día con una pieza dental menos.

Y pasó. Allí estaba mi dentista, dulce, cordial, encantador, aparentando que todo iba bien (aunque la cosa tuvo su complicación). También la auxiliar, maravillosa, que consiguió sacarme un hueco de lo imposible, sujetándome la cabeza para que yo estuviera más cómoda. Y yo, sin sentir dolor alguno pero intentando aguantar la inmensa repugnancia que me producía ir sintiendo como mi muela se desprendía de mi carne. Todavía me da escalofríos pensarlo. En fin, al menos el dentista me dijo, literalmente, que me había portado muy bien. Anda que no me gusta a mí un poquito de validación, un «good girl» suavito...

Me imagino cómo son estas cosas para otra gente. Si en realidad existen esas personas que yo me imagino y que, tras la intervención, piensan «Bueno, una menos», y se centran simplemente en las molestias de la recuperación. A lo mejor no. A lo mejor esas personas son una especie de fantasía mía, de aspiración. A lo mejor todo el mundo padece como yo ante algo tan mundano y relativamente trivial como es la extracción aparentemente poco problemática de una muela rota.

Por ejemplo, yo también pienso «una menos», pero no con desenfado. Para mí es como si se hubiese iniciado, de alguna forma, la cuenta atrás de la decadencia: de aquí en adelante todo va a ser decrepitud. Sé que es un pensamiento absurdo situar mi decadencia física en ese detalle. Sé, además, que en muchos sentidos estoy mejor que hace diez años, por ejemplo. Y sé y entiendo que decaer es una señal buenísima si ocurre a su debido tiempo, porque es la señal de que no te has muerto. Pero no sé, me parece una imagen potente: una boca sana con un hueco, el inicio del fin. No lo puedo evitar: soy una contadora de historias de las peores, esto es, una poeta, así que veo señales en todas partes. Es agotador.

Pero no es solo el hecho de haber perdido una muela, qué va. Todo lo que ha rodeado este evento ha sido de lo más ominoso. Cuando la madre de mi pareja preguntó en el grupo que compartimos los tres qué tal íbamos, aproveché para informarle de que iba a faltar al ensayo de esa tarde porque tenía dentista. Muy diligentemente la señora se ofreció a acompañarme «No hace falta, ya se ha ofrecido mi caballero de brillante armadura», contesté. Era cierto: su hijo se había ofrecido a acompañarme tan pronto supo la hora a la que tenía el dentista.

Lo que realmente quería era decir: «No hace falta, puedo hacerlo sola». Hola, apego evitativo, pasa, ponte cómodo. Soy perfectamente consciente de que me da mucha más seguridad cuidar de mí misma (yo no voy a fallarme más que en una situación muy, muy extraordinaria) que permitirme mostrarme vulnerable y ponerme, al menos parcialmente, en manos de otros. De hecho, intenté resistirme, pero mi novio no me dejó. Y yo, a decir verdad, tenía demasiado miedo y pocas fuerzas para hacerme la dura. Lo siento, apego evitativo, no estoy en el mejor momento para seguirte el juego. Pero la cosa es que estoy tan poco acostumbrada a que me cuiden que durante buena parte del trayecto de autobús hasta el dentista se me fueron cayendo unos lagrimones como garbanzos, como si fuese una niña pequeña, igual.

Pero me he desviado (aunque esto también es una muestra de la dimensión disparatada que adquiere cualquier cosilla en mi vida, lo cual explica bastante bien por qué los momentos de tranquilidad no son más que breves oasis). Lo que yo quería contar es que, tras hablar con la madre de mi novio me sentí muy afortunada. Hace menos de un año nadie se habría ofrecido a acompañarme al dentista, muy probablemente porque no se lo habría dicho a nadie cercano para no molestar. Y ahora no solo tenía uan figura parejil ofreciéndose sino, además, una figura materna, con el hueco tan grande que yo tengo en ese sentido.

En eso iba yo pensando, sintiéndome afortunada, cuando se me ocurrió pensar cómo sería cuando dejasen de estar. No si dejaban de estar, sino cuando, porque en mi vida la gente siempre deja de estar en algún momento. Y me vi en un instante haciéndome vieja sola, yendo a hospitales sola, haciéndolo todo sola, sola, sola y pensando en un determinado momento, cuando todo fuera demasiado para mí sola, en acabar con todo y, total, una menos.

Qué gratuito, de verdad. Qué necesidad había de ese curso de pensamiento, a ver.

En fin. De momento lo único que tengo de menos es una muela. Y, quien sabe, tal vez buscar las señales, por lúgubres que sean, y convertirlas en relato de hechos, como vengo haciendo desde que aprendí a pensar, sea mi método para seguir manteniendo a raya, malquebién, a los monstruos. Y contarlo, no revestirlos del encanto del secreto: estos males son de los que medran en las sombras.

(gracias por formar parte de mi luz)


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Published on Apr 10, 2025

No sé si, siguiendo la coña que surgió hace unos meses, Mastodon será divertido o no. Lo que sí sé es que me resulta de lo más interesante, especialmente en los últimos tiempos, en los que cada vez más mujeres hablamos de nuestras movidas en dicha red social. Hace poco mi querida tirasdenaranja planteó qué cosas no consideramos machistas en otro momento pero ahora sí eramos conscientes de que lo eran. Esto a mí me llevó directamente a mi adolescencia, a mi renegar del color rosa, a mi dejarme conquistar por frases tan pochas como “tú no eres como las demás” o a la que más me molesta aún hoy, con diferencia: “Me llevo mejor con los chicos que con las chicas” o la variante “tengo muchos más amigos que amigas”.

Miro atrás y me horrorizo. Yo, que hoy tengo infinitamente más amigas que amigos y que me precio de ello, quiero volver, coger a la Bettie adolescente por las solapas y zarandearla fortísimo. Pero no puedo decir que no lo entiendo, claro. Yo también he sido una sana hija del patriarcado (hasta cuando creía que me estaba rebelando).

Nunca fui una niña como las demás (siendo justos, nunca fui como los demás, en general, pero esa extrañeza se acentuaba cuando veía que no encajaba entre las chicas, mis supuestamente iguales), así que hice de la necesidad virtud. Fue fácil en una sociedad en la que lo femenino es inferior por defecto: mi estatus, fuera del grupo de las chicas, debía de ser un avance, un acercarme a lo mejor, representado por lo masculino. No ser como ellas tenía que significar que me parecía más a ellos. Y eso no deja de horrorizarme: los chicos eran horribles. Pero todos los mensajes incidían en que lo masculino era lo bueno, que las opiniones de los hombres eran más respetables, sus trabajos más importantes, sus cualidades mejores. Y yo, evidentemente, no lo cuestionaba.

Además, un pensamiento que flotaba en el ambiente era el de que las mujeres somos muy malas entre nosotras. Yo había visto a los chicos martirizar al maricón de la clase, gastarse bromas pesadísimas (que, evidentemente, no eran bromas) o humillarse por haber fallado un penalti o por haber hecho una mala elección de zapatillas. Pero bueno, eso no era malo, eso era normal. Lo malo era cómo nos tratábamos las mujeres, nuestra crueldad, lo retorcidas y sibilinas que éramos para hacernos daño (ellos no, claro, ellos nunca). Escuché en un montón de ocasiones a mis mayores (familiares, vecinas, maestras, femenino no tan genérico aquí) decir que los niños se pelean y se pegan pero al rato tan amigos, pero las niñas son más retorcidas y más crueles. Siendo nuestra violencia, evidentemente, peor que la física que ellos ejercían.

Lo que nadie se planteaba, claro, es que nosotras ejercíamos la violencia las unas con las otras de la forma que se nos permitía. Que dos chicos se peleasen era una cosa normal por la que nadie levantaba una ceja. Se les separaba y en paz. Pero pelearse no era propio de una niña, como tampoco lo era correr, o saltar, o revolcarse por el suelo, o mil cosas más. Así que purgábamos nuestras emociones negativas hacia nuestras iguales de formas más o menos aceptadas porque, como ya he dicho en otras ocasiones, el lugar de la mujer está siempre en el error y nunca hacemos nada lo suficientemente bien.

Total: que si las chicas iban a ser malas conmigo, si, de hecho, yo estaba convencida de que lo eran, y de que eran peores que los chicos, pues evidentemente era una buena cosa que me apartase de ellas y me acercase a ellos. Y, cuando aprendí a relacionarme de forma más o menos torpe, así lo hice. Y me enorgullecí de tener más amigos que amigas.

La cosa es que, cuando miro en retrospectiva, no tenía amigos. Mis amigos me dejaron tirada en el pueblo de al lado. Mis amigos (varios de ellos) se intentaron aprovechar de mis borracheras o de las de otras amigas para enrollarse con ellas. Mis amigos me instrumentalizaron para conseguir acercarse a mis amigas. Mis amigos no respetaron mis límites intentando forzarme, por ejemplo, a consumir drogas. Mis amigos me trataron con condescendencia y se rieron de mí. Mis amigos dejaron que otros hombres me tratasen mal (muy mal). Podría seguir.

Así que la cosa es que, ahora me doy cuenta, esa afirmación era mentira. Siempre he tenido más amigas que amigos. Incluso cuando mis amigas eran muy, muy pocas.

Me alegra ver, no obstante, que las adolescentes de ahora tienen esto bastante más claro.


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Published on Aug 19, 2025

Hoy, mientras veía The last of us he vuelto a darme cuenta por enésima vez de algo que me deja tranquilísima: en las ficciones audiovisuales postapocalípticas nunca falta el rímel. ¿Te habías fijado? Y fíjate que The last of us es una serie que se precia por no querer presentar a sus personajAs como monísimas y estupendísimas, pero aún así las pestañas de Abby tenían que verse infinitas. Y bueno, no juzgo a nadie, todas sabemos lo que hacen unas pestañas maquilladas a un rostro, por muy en el fin del mundo que tenga que estar una.

Ya, ya lo sé, es ficción, pero la ficción también nos mete goles y configura nuestro mundo, moldea nuestras creencias, afecta a nuestro sistema de valoración y, por supuesto, a nuestro criterio estético.

Claro, luego una se tiene que reír (por no llorar) cuando cualquier BRO se pone a pontificar en una red social, en el perfil de una app para ligar o incluso en un bar, delante de tu puta cara, sobre cómo las mujeres (je, todas) están más guapas (objetivamente, es un estudio de la universidad de Susco, en el condado de Jones) sin maquillaje. Ay, José Luis, que te has tragao hasta el fondo lo del no-makeup makeup y te has creído que las mujeres se levantan sin ojeras, sin granos, sin rojeces, con las pestañas larguísimas, las cejas definidas y un saludable tono sonrosado en las mejillas. Luego aparece una así, sin más, a cara lavada y con el pelo recogido moño en alto y le toca comerse un: «¿Estás bien? Tienes mala cara...» No querido, no, esta es mi cara de sin maquillaje. Y la de cualquiera. Que luego viene el shock cuando encuentras a la actriz con la que te pajeas en un post de celebrities without makeup.

Pero claro, cómo va una a tener esperanza en reivindicación alguna, si, como ya he dicho, hasta en el apocalipsis hay rímel...


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Published on May 17, 2025

El otro día hablaba con compañeras de trabajo cómo pesa a los andaluces la etiqueta de vagos. En el sistema educativo, por ejemplo: la particularidad del sistema educativo andaluz es que el recreo es no lectivo, por lo que nuestros adolescentes están media hora más en el instituto: de 8.30 a 15.00. También somos de los que acabamos el curso más tarde, por ejemplo. En fin, que por mucho que nos resistamos, intentamos sobrecompensar la fama de vagos. Que es eso, mera fama.

Lo mismo nos ha pasado a las mujeres. Con eso de que somos el sexo débil hemos tenido que hacernos las fuertes en exceso. Algunas mujeres, especialmente en la generación anterior a la mía, han tenido que desprenderse de mucho de lo que se identificaba como femenino y empaparse de masculinidad de la peor calaña para constituirse en mujeres fuertes, capaces e independientes.

En los últimos tiempos trato de vez en cuando con una de esas mujeres fuertes. Estudió una ingeniería en los 70, la única mujer de su promoción. Cuando le pregunté por las dificultades: ninguna. Ella estaba estupendamente entre hombres. Cuando hablamos de salud mental despacha la depresión como un signo de debilidad, especialmente en las mujeres. Y hoy me preguntó qué tal estaba y yo me quejé. Porque yo también hubo un tiempo en el que me creí que tenía que ser una mujer fuerte, esto es, fingir que no me dolía nada, que todo iba bien, que podía con todo sin problema. Pero no, ya no más. Ya me quejo, y lloro, y pataleo. Y acabo haciéndolo, porque no hay quien me lo haga, pero que se sepa lo que duele. Después le pregunté a ella, porque le está pasando de todo últimamente. Y por últimamente vendrá siendo durante el último año. «Cansada», me dijo, sin más. Yo quise interesarme más, dejar que se desahogara, yo qué sé. Pero ella se ha cambido el tono de voz y su energía, lo he notado hasta a través del teléfono, he sentido cómo forzaba la sonrisa, y ha dicho:

—Bueno, nada, nos pintamos los labios y como si no pasara nada.

Pues yo lo siento. Renuncio al título de mujer fuerte si hace falta. Pero yo ya estoy harta de fingir que no pasa nada. Porque pasa. Y, aunque sea incómodo, va a verse. Por lo menos, por mi parte.


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Published on Mar 19, 2025

La voz de mi padre es recia y profunda. Suena a tierra arada, al romperse los gasones, al silencio sobre el trigo recién segado bajo el sol inclemente de agosto. Recuerdo que, cuando yo era pequeña, otros niños le tenían miedo. Yo no lo entendía: mi padre era grande, sí, y su voz era gruesa y rotunda, pero sus ojos siempre se reían (o al menos así era cuando me miraba a mí). No voy a decir que, pese a no entenderlo, no me gustase. Guardaba ese temor de otros niños hacia mi padre como un arma secreta: si el tormento que me causaban se me hacía insoportable, él sería mi vengador. ¡Se iban a enterar!

Hoy hablé con mi padre. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras ni yo de esas personas a las que les resulta fácil la charla insustancial. «Si no hablamos, mejor, eso es porque no pasa » suele decirme. Pero en los últimos tiempos me he propuesto hablarle más. Estas semanas se me ha hecho difícil, no he encontrado el tiempo ni la energía. Pero hoy tocaba. Hoy sí. Hemos hablado, como casi siempre, del tiempo. De si llueve, si no, de cómo lo hace, de si causa o no estragos, del cauce de los ríos y los arroyos, de si están soltando algua en el trasvase o han abierto los pantanos. También de su huerta, de la hoya que está preparando y que tiene que tapar para que no se agüe y destapar para que se oree. No son cosas de las que yo sepa demasiado, solo lo que he aprendido por una suerte de ósmosis, pero es lo que él conoce, y me gusta hacer como que yo aprendo y él me enseña.

También hoy acabé 80.000 soldados de terracota de Maribel Llamero Andrés, un poemario que habla de la enfermedad, muerte y duelo por su padre. Su padre no se parece en nada al mío, que no sabe quién fue Sócrates ni ha leído a Séneca ni a Epicuro. Bueno, a decir verdad, mi padre nunca ha leído nada. Aprendió a leer para sacarse el carnet de conducir y ya fue suerte. A mi padre le gusta la música, pero no entiende, así que tampoco hablamos de eso. Creo que no le gusta porque es consciente de todo lo que podría haber aprendido de haber tenido la oportunidad. Pero me quiere con una ternura similar a la que la poeta deja entrever que la quería su padre. Más tosca, sí, pero igual de tierna.

Y estas circunstancias han dado un poco la vuelta al día. He empezado la mañana llorando al escuchar su voz, echándole de menos. Lo he acabado sintiéndome afortunada porque todavía puedo escucharle hablar de ltiempo, de la lluvia y su ausencia, de los frutos que planea obtener de la tierra, si ella se deja. Y eso es mucho.


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Published on Sep 18, 2025

Hoy estaba leyendo mastodon un poco por encima cuando me he encontrado un toot con un concepto muy gracioso. He ido a ver si lo encontraba pero, para variar, no me he guardado el toot, soy un desastre. El post hablaba del concepto de «personas prepucio», que se retiran cuando la cosa se pone dura. Insertar risa amarga

Es cierto que esa gente existe. Seguro que la cabeza se te ha ido a alguien o a alguna situación cuando has entendido el concepto. En el mensaje se referían a esos amigos que te dejan de lado en lo peor de tu depresión porque eres un rollo o a esos señores que dejan a sus parejas cuando se les detecta una enfermedad grave y, en lugar de cuidar 24/7, empiezan a necesitar cuidados.

Este post, desde luego, no va para las malas personas, con todos los matices, porque nadie somos santos y muy pocos son demonios: no lo necesitan. Aquellos que se mueven solo por su interés personal y que se abrazan únicamente al beneficio se van cuando quieren y les da la gana, sin problema. Pero esa idea de que irse es de mala persona hace que las personas buenas sientan que no pueden irse. Y, a mi modo de ver, eso es un problema.

Nadie debería permanecer al lado de otro cuando ya no quiere estar, y puede haber razones válidas para eso. Cada vez que recuerdo la historia de una amiga me invade el terror: tenía una relación que iba mal, ya no estaba enamorada, estaba buscando el mejor momento, la mejor manera para dejar a su pareja... y entonces a él le detectaron una enfermedad grave. Y ella se quedó, aunque no le quería, siguió unida a él y le cuidó día, tras día, tras día, tras día. Aunque era infeliz cada día lo hizo. Y habrá quien piense que mi amiga es una santa con admiración (es más que una santa, es una señora estupenda), pero yo lo que pienso es que no tenía por qué hacerlo. Que podría haber seguido apoyando a esa persona como amiga, que podría haber hecho otras cosas que no fueran cargarse con la totalidad del cuidado de un hombre al que ya no quería. Bueno, al menos, debería haber podido.

Lo mismo hay alguien que piensa que esto es muy fácil y que lo digo desde el lado de las que dejan o quieren dejar. Claro, a veces estoy en ese lado. Pero también he sido dejada. También hay amistades que no han podido gestionar mi carácter, mis depresiones, mi falta de contacto (porque necesito estar sola para recargar energías). Y lo entiendo. Y no les culpo. Y no creo que sean malas personas. Es más, ahora mismo que estoy atravesando por un proceso depresivo leve, me gustaría decir explícitamente a la gente de mi alrededor (que tampoco es mucha) que puede irse cuando quiera, que puede, incluso, retirarse temporalmente si quiere, aunque luego quiera volver cuando la tempestad amaine. No lo hago por no parecer dramática y porque tampoco quiero que piensen que son prescindibles o que no me importaría perderles. Pero no quiero que mi tristeza sea una cadena o un secuestro. No quiero que mi necesidad les ate de ninguna manera en ningún momento. Tienen derecho a irse cuando así lo sientan o lo consideren: su cariño, su afecto, su apoyo, está suficientemente evidenciado. No tiene que ser eterno para haber sido real.

Siento que esta es una cosa que no se dice demasiado y no está de más, de vez en cuando, recordarlo. A mí misma, por ejemplo.


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