Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Mar 26, 2026

Me encanta mi pareja. Es un hombre maravilloso, en buena medida por todo lo que se distancia del arquetipo de hombre. Y es una persona estupenda, sobre todo por lo mucho que se distancia del comportamiento habitual de las personas.

Es una persona extraña y, aunque sus extrañezas no encajan exactamente con las mías, creo que eso nos hace bastante conscientes de las dificultades del otro, así que nos cuidamos. Es estupendo. Y, además, es muy divertido.

Nuestras casas son un cúmulo de ruiditos raros, comunicación no verbal, caras de tontos al concentrarnos, rutinas particulares, humor absurdo, correteos y otros movimientos que no vienen mucho a cuento y todo tipo de marcianadas. No tenemos que disimular y eso nos hace sentir libres y en paz. A veces pienso en cómo nos lo montaremos si un día tenemos un hijo, porque si aprende nuestros comportamientos por imitación no va a ser la persona más popular del cole, eso desde luego. Pero, mientras tanto, lo pasamos bien.

A veces, cuando una u otro decimos algo del estilo de por qué no puedo ser normal, el otro o la otra le contesta: “Porque si fueses normal no estaría aquí contigo”. Y es tan maravillosamente cierto que la rareza deja de doler casi del todo.

Hoy he llamado un instante a mi pareja. Cuando me ha cogido el teléfono su voz sonaba normal, su tono era normal ... y he sabido que no estaba bien. La normalidad en nosotros es una mala señal. Siempre. El grado puede variar, pero siempre es malo.

Así que el deseo que le pido hoy a la vida es que nos permita mantenernos adecuadamente extraños. Eso significará que las cosas marchan bien.


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Published on Jun 15, 2026

Aviso de contenido: imagen corporal, peso, ideales de belleza, TCA y dismorfia corporal


Llevo unos cuantos días con el guapo subido. Los paseos de ida y vuelta al trabajo, a pesar de la protección solar, me han dorado un poco la piel de la cara, lo cual ha provocado un efecto en cadena maravilloso: disimula mis ojeras, resalta mis ojos y ha dotado a mis mejillas de un tono que no recuerdo haber tenido nunca y que, en cualquier caso, es muy favorecedor.

Supongo que será por eso que, cuando me miro al espejo del baño, pelo recogido y todo, me veo guapa. Me gustan mis pómulos, mis labios, mis ojos, mi barbilla. No me veo ninguna pega (y no me apetece ponerme a buscarla). Estoy guapa. Y me sonrío.

Pero luego se amplía el plano y todo se viene abajo. Cuando me miro en un espejo de cuerpo entero me veo enorme. Mis muslos, dos ballenas blancas. Mis piernas completas dos deformes columnas sin pizca de elegancia que, para colmo, están bien ribeteadas de arañas vasculares. Vientre, hinchado. Mis caderas y mi trasero, enormes, apretados en los pantalones que hace un par de años me quedaban perfectos. Mis pechos caídos y sin gracia, demasiado grandes siempre, pero si en algún momento la juventud y la tersura les salvó, ahora no hay manera de salvarles. Los brazos, flácidos. Bueno, no del todo. Están fuertes, hay músculo debajo. Pero... no se nota. Me veo como cuando pesaba 40 kilos más. Y no puede ser, en el peor de los casos llevo 4 o 5 tallas menos. Pero me veo así. Los espejos me devuelven esa imagen.

Sé que es una racha, que desde que mi peso se «estabilizó» las he ido teniendo. Que tener que pelear un poco más para abrocharme el pantalón las desencadena, igual que notar que la blusa del uniforme del coro me aprieta en el pecho o sentir que la cremallera de un vestido se atasca (aunque no tenga que ver nada con la anchura o estrechura del vestido). Pero que sea una racha no elimina el sufrimiento: en los días buenos no me gusto. En los días malos me doy asco.

Y la puñalada estos días está siendo especialmente dolorosa, porque verme tan bonita cuando me miro a la cara y tan horrible cuando me veo al completo me lleva a una frase bien odiosa de mi infancia, que me hizo daño hasta lo indecible y que me repitieron unas y otras como si me estuvieran diciendo un piropo y no señalando mis carencias: «Con lo bonica que eres de cara, si adelgazaras un poco...»

Así que ahora ya no me siento guapa de cara siquiera. Me siento como una mierda. Y entonces me abrazo: delgada, gorda, guapa o fea, me han hecho mucho daño, a la niña y adolescente que fui le hicieron mucho daño, y la mujer que soy sigue curando heridas de aquella época que aún palpitan.

Demasiado bien estamos.


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Published on Oct 16, 2025

O, al menos, no todavía.

Que no, que no me muero es el cómic de mi amiga Mariache, que he acabado de leer hoy mismo y que os recomiendo muy fuerte a pesar de que, oh inyustisia, está tremendamente descatalogado. Pero, quién sabe, lo mismo hay suerte y lo encuentras en alguna biblioteca o similar. Me ha encantado y me ha sacado risas y sonrisas en momentos en los que tenía bien pocas ganas.

Pero ya llevo dos días sin querer morirme. Dos días enteros. Es un montón. Cuando ayer, a pesar de lo largo y ajetreado del día, de la reunión terrible de la tarde y demás, llegué a casa cansada pero serena casi no podía creerlo. No estaba contenta, no tenía un estado de ánimo positivo, pero yo estoy con Epicuro de Samos: la ausencia de dolor es un placer inmenso. Ya el día había empezado prometedor: me levanté calmada, tras haber dormido del tirón y profundamente (lorazepam mediante, el martes fue un día horroroso). De alguna manera estaba esperando que el día se torciese, pero no ocurrió. Y mira que es fácil que en situaciones así un día se tuerza.

Hoy el día ha empezado peor: anoche una leve punzada de ansiedad se me ancló al pecho y no fui capaz de deshacerme de ella, así que he dormido a saltos y superficialmente (el calor no ha ayudado, vaya otoño llevamos...). Cuando me he levantado la leve punzada de ansiedad seguía allí. No obstante una, que es una niña responsable, se ha encaminado al trabajo a ver qué cojones tenía pensado el mundo echarme encima hoy y, sobre todo, si yo iba a ser capaz de soportarlo. Pero se ve que sí. El día ha venido intenso, complicado, con imprevistos y ajetreo sin descanso y, a pesar de todo, aquí estoy, relativamente serena y sin querer morirme. Repito: sin querer morirme. Es cierto que la punzadita de ansiedad, que había desaparecido, ha vuelto, y que tengo algo tensa la espalda. Pero no quiero morirme y van dos días.

Voy a permitirme fantasear con que esto es el principio del fin de este túnel horroroso en el que llevo metida más de mes y medio. Voy a canturrear «024» de Tulsa subiendo la voz y sonriendo en la estrofa final. Y voy a desear con todas mis fuerzas que así sea porque lo que es esforzarme, eso no he dejado de hacerlo.

Cómo me gustaría hacer un monumento a mi fortaleza...


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Published on Nov 5, 2025

Tengo un pequeño lunar en la mano derecha. Me parece bastante mono, creo que da personalidada mi mano. Mi sobrina, en cambio, parece que no opina lo mismo. Cuando estuve con ella hace un par de semanas empezó a señalarlo y a decir «pupa, pupa». Acto seguido se fue hacia mi padre, su abuelo, y le repitió «pupa, pupa». Mi hermano, su padre, entendió entonces: quería jugar a las enfermeras. Así que el abuelo sacó un rollo de cinta aislante y empezó a cortarle trozos, que hacían las veces de tiritas, y empezó a curarnos a todos. Lo primero que curó fue mi lunar. Después un arañazo en la misma mano que no sé de dónde salió. Luego, el muñón que su abuelo tiene en el dedo corazón de la mano izquierda, al que le falta la última falange. Al final todos empezamos a sufrir muchísimo para que aquella enfermerita de año y nueve meses nos curase a todos los males fingidos. Y ella tan feliz.

Ahora, cada vez que me veo el lunar pienso en ella. En sus ojos enormes y en cómo, aunque parezca imposible, se hacen más grandes cuando le canto. En cómo me miraba intrigada mientras hacía música en la mesa a ritmo de panaderas y en cómo intentó imitarme moviendo sus manitas de forma caótica y graciosísima. En cómo camina con torpeza por el suelo irregular de la huerta llamando a Lulú, su gatita. En cómo sabe dónde está el pienso y el pan para las gallinas y en cómo recoge los huevos y dice con voz firme «buelo, buelo», consciente de que está haciendo esa tarea para ayudar a su abuelo. En cómo hizo conmigo los gestos, incluyendo tirarme del pelo, cuando le canté «Pimpón». Y en cómo me hizo repetirle quinientas veces la estrofa final:

Apenas las estrellas

comienzan a lucir

Pimpón se va a la cama,

se acuesta y a dormir

Al final, yo apoyaba la cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa y ella hacía lo mismo sobre mis rodillas. «Ven, ven, que te vamos a dormir, ven», le dije. Y alargó sus bracitos para que la cogiese en brazos y la acunase como si fuera un bebé. Yo le cantaba la «Nana del roble» de Eliseo Parra:

Esta niña tiene sueño, tiene ganas de dormir

tiene un ojito cerrado, el otro no lo puede abrir.

Pero sus ojos no estaban cerrados, qué va: redondos y enormes me miraban. «¡Pero esta niña tiene los ojos abiertos, no está dormida!» y ella, pilla, cerró los ojos fuerte, fuerte, con media sonrisa, haciendo explotar mi corazón. Yo seguía cantando mientras miraba su carita, los ojos apretadísimos, su naricilla con ese hueco en la punta, y advertía que si dejaba de cantar, abría los ojos un poco como diciendo: «Si paras de cantar no podemos seguir el juego».

Qué dulce su peso en mis brazos, su olor, su risa y su libertad salvaje. Que bálsamo su voz, su forma de decir gracias cuando da y cuando recibe indistintamente, su tacto que siempre quiere ser cuidadoso aunque a veces no lo consigue. Qué esperanzadora su fuerza y su carácter, su genio y su firmeza. Cuantísimo la quiero, cuántísimo me fascina lo que ya es y todas las posibilidades que orbitan a su alrededor. Y qué miedo, claro.

Mi sobrina siempre me señala una herida que no creía tener. Ojalá pudiese curarse con una tirita hecha de cinta aislante negra.


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Published on Apr 11, 2026

Tengo mono de newsletter. No puedo evitarlo. Y mientras pienso qué hago con eso, se me ocurrió que podría publicar de forma periódica (periodicidad por determinar) un pequeño boletín con recomendaciones de señoras haciendo cosas o de cosas hechas por señoras. Por aquello de aúpar a las otras, cada una desde su poder.

Vamos con la de hoy.

  1. Lorena Álvarez – Increíble. Esta canción es una de las que está en mi lista “Sí, soy”. Me define muchísimo. La voz lírica se dirige a un señor que la ha dejado, enumerando sus “defectos”, pero dándole también caña al señor en cuestión por no atreverse a quererla bien.

  2. Lucía Solla Sobral – Comerás flores. Puede ser que hayas visto este libro en escaparates aqui, allá y acullá. Pues, si tienes la oportunidad, léelo. Representa perfectamente cómo se teje la telaraña del maltrato psicológico y cómo ... me callo, que no quiero hacer spoiler, pero merece muchísimo la pena.

  3. Taylor Tomlinson – “Prodigal Daughter”. Es un espectáculo de stand up comedy de una hora disponible en Netflix. La temática es fundamentalmente religiosa y la humorista se sirve mucho de su experiencia vital habiéndose criado en un entorno religioso. Es bastante interesante pero también muy divertido.

Yo creo que con eso vamos bien de momento. ¡A disfrutar!


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Published on Dec 21, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Ves en el porvenir una motivación o una fuente de frustración?

¿Crees que es más beneficioso soñar a lo grande o tener sueños realistas?

¿Eres realista o sueles pasarte o quedarte corta en las expectativas?

Y ahora, el poema:

Los días venideros de Aurora Luque

Los días venideros no llegaron.

Se agotaron, fulgentes, en los brindis.

Lo por venir ya estaba caducado

a la hora de soñar.

Os pido, dioses,

sólo sueños portátiles, menudos,

cinta para medir el horizonte,

y días que no engañen, desde lejos,

como veleros gráciles

cargados de ataúdes.


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Published on Jan 11, 2025

Hace tiempo, en otra vida y en otro blog, escribí una entrada titulada «El amor se hace». Hablaba en él de cómo el amor no es una cosa que te viene y ya está, sino que el amor es para quien se lo trabaja (o debería serlo, como la tierra). En el amor no bastan las palabras, son necesarios los actos. Pero claro, es que las palabras sin actos que las acompañen se parecen bastante a las mentiras, ¿no?

Ahora ando leyendo bastante sobre el amor. En concreto, entre otras lecturas, ando enredada con El amor es imposible, de Darío Sztajnszrajber. He llegado ya a la tercera tesis, que se titula así: «El amor es imposible porque es inefable». En su estilo un tanto pocho, de afirmar cosas sin justificarlas, Darío (me niego a escribir más veces su apellido) afirma que el amor no puede decirse, no puede definirse. Y lo liga con la última proposición del Tractatus de Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar se debe guardar silencio». Luego, por supuesto, no se calla. Señores...

Pero yo no estoy de acuerdo con que el amor sea inefable. Podría estar de acuerdo con que el lenguaje no agota el amor. ¡Pero es que el lenguaje no agota nada! Intenta explicar el dolor. O lo que sientes cuando te rascan la parte de la espalda que te pica. Ni siquiera agota las cosas: describir los objetos no es más que escoger ciertas cualidades a las que pensamos que nos estamos refiriendo con ciertos símbolos. Y ya si esperamos que quien nos escucha entienda lo mismo que nosotras...

Pero que el lenguaje no agote aquello que queremos decir no hace que las cosas sean inefables. Tampoco el amor. De hecho, creo que para algunas personas, en el amor, es importantísimo el lenguaje. Me cuento entre ellas.

Sí, los actos son fundamentales. Pero, ¿y las palabras? Creo que con eso de asumir que los actos son lo verdaderamente importante nos estamos olvidando de las palabras. Y nos cuesta decir el amor, pero no porque sea inefable sino porque no estamos acostumbrados, porque no se hace, y una especie de pudor absurdo se apodera de nosotras cuando tenemos que decire a un ser querido (creo que hasta ahora no había aclarado que no hablaba exclusivamente de amor en el sentido erótico) que le estamos muy agradecido por lo que ha hecho por nosotras, que apreciamos mucho su compañía, que nos alegramos mucho de sus triunfos, que su presencia en nuestra fiesta nos ha hecho muy felices o, en definitiva, que le queremos.

Cuesta, ¿verdad? Cuesta mucho menos decir «te quiero» que decir el amor, a pesar del drama estúpido de las ficciones románticas alrededor de ese momento. Imagino que porque ese «te quiero» se nos está desgastando un poco y, como decía Nietzsche, se parece cada vez más a una moneda que ha perdido su troquel y ya no sirve como dinero sino como metal. Pero decir «tu presencia hace mi vida mejor» cuesta. O decir «me has devuelto sueños que creía muertos». O «esto me dolería mucho más si tú no me estuvieras cogiendo la mano».

Y todo eso es decir el amor. Porque el amor se hace, se compone de actos, y esos actos pueden decirse, nombrarse, ponerse en valor, destacarlos del resto de las cosas mundanas. Y hace falta. Con frecuencia nos excusamos pensando que esa persona ya sabe que la queremos, ya sabe que es importante para nosotras. Pero nunca está de más. Nunca sobra. Y no hace daño, al contrario.

Si el sentimiento amoroso se parece al sentimiento religioso, que decirlo, nombralo, sea nuestra oración. Y si bien se puede rezar en silencio porque supuestamente Dios lo sabe todo, las personas que amamos no son Dios (aunque puedan ser mejores). Recémosles en voz alta, reconozcamos nuestro amor en voz alta. Al mundo no le va a venir mal un poco (o un mucho) más de amor.


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Published on Jul 30, 2025

Esta mañana en Mastodon una usuaria hablaba de que una amiga le había enseñado la apertura de conversación de Tinder de un muchacho como siendo esta la gran cosa. «Amiga», contestó la MastodontA, «esto huele a ChatGPT». A lo que la moza en cuestión contestó que ella también le había contestado con ChatGPT. La MastodontA acababa la reflexión señalando lo curioso de que dos manifestaciones del mismo LLM estuviesen ligando mientras dos humanos estaban allí a verlas venir.

Otro usuario contestaba diciendo que ya había señorEs, masculino no genérico, que decían que para qué necesitaban parejas si ya tenían a ChatGPT.

¿No te parece ultra distópico? Me hace pensar en cómo el turbocapitalismo ha influido ya y de forma aparentemente irreversible en nuestra forma de relacionarnos eróticamente (en sentido amplio, no solo en lo que respecta al sexo). Me gustaría mucho ser la gran Jana del Bosco, tener su tesón investigador y su paciencia para desgranar ideas, buscar referencias y argumentar mis pensamientos. Pero no lo soy, así que te vas a tener que conformar con mi manera chusca de escupir mis ideas. Perdon't.

Una de la cosas curiosísimas que se han llevado hasta el extremo es la performatividad (el parecer, el aparentar) en todo lo que respecta al amor. A ver, esto no es, en esencia, nuevo. Siempre ha existido lo que yo llamaba «campaña electoral»: ese periodo de la relación, al inicio, en el que intentamos dar nuestra mejor cara, impresionar, convencer de que nos compren. Y el lenguaje comercial no es inocente. Esto está motivado por una concepción de la vinculación amorosa basada en la seducción, en el tener que manipular o engañar a la otra persona para que se interese por una (femenino genérico). Pero lo realmente perverso es que ahora ya no hacemos el esfuerzo ni de pensar en cómo organizar la pantomima: que lo piense un LLM, que yo estoy muy liada. Liada para conectar. Ojú.

De verdad que es loquísimo lo muchísimo que se ha asimilado el ligar/enamorarse a la compra de productos. Desde las aplicaciones manejadas por algoritmos que te «recomiendan» a tu alma gemela hasta el pedir a un LLM que nos diga qué buscar en una pareja, cómo convencerla de que inicie una conversación con nosotros o a saber.

Aunque yo soy muy fan de la responsabilidad individual, no creo que esto sea una cosa por la que podamos culparnos al 100%. Por ejemplo, más de una persona, sobre todo hombres, me han manifestado lo difícil que es conseguir hablar con alguien en las aplicaciones de citas: «Si empiezas con un “Hola, ¿qué tal?” estás condenado». Ya digo: no es un temor individual. Parece ser que, en este mundo de hiperestimulación constante, necesitamos que nos dejen con la boca abierta todo el puñetero rato, en cada jodido momento. Qué agotador. Ante esa presión, mucho mejor que las impresione ChatGPT, ese Cyrano devorador de recursos y trabajo ajeno. Lo que vaya a pasar después ya es un problema de nuestro yo del futuro, ¿no?

Hasta aquí, aunque horrorizada, puedo ser comprensiva. Conectar es difícil, conocer gente complicado, la vida muy rápida, el mundo difícil. Yo qué sé. Pero lo de los señores abandonando la búsqueda de pareja porque ChatGPT les da lo que necesitan. Creo que esto puede resultar bastante esclarecedor para hablar de la epidemia de soledad masculina: las mujeres tienen cada vez unos estándares más exigentes en lo que quieren/necesitan en un compañero (lo cual no está mal, porque el listón estaba en el infierno) y los señores se conforman con tan poco que a algunos les vale un LLM que finja escucharles y les dé la razón amablemente.

Esta situación me recuerda al auge del Satisfyer. Las bondades del aparatejo corrieron de boca en boca entre grupos de amigas, llegaron a las redes sociales y a los medios. Rápidamente había opiniones a raudales sobre las maldades del aparatejo: que si adicción, que si insensibilidad, que si incapacidad de disfrutar del sexo sin el cacharro. Una cosa loquísima. De eso, de cómo asusta nuestra independencia para el placer, hablamos otro día si quieres. Pero lo más loco fue la marabunta de señores quejándose de que iban a ser sustituidos por el dichoso aparatejo. Y yo, qué quieres que te diga, no paraba de querer decirles a esos contrariados señores, cogiéndoles de los hombritos: «Cari, si tu desempeño como pareja, incluso como pareja meramente sexual, puede ser sustituido por un Satisfyer, el problema no es el Satisfyer, eres tú».

Así que, bueno, como mujer no me vas a oir lamentarme por que los señores nos estén sustituyendo por ChatGPT (aunque sí me lamente amargamente de la omnipresencia de los LLM y cómo se están obviando los problemas éticos y medioambientales que comportan). Tengo claro que lo que yo puedo aportar a una relación no hay LLM que lo sustituya: sé que el problema no está en mí. Y, honestamente, a los hombres que consideran que una mujer puede ser sustituida por ChatGPT y que esto les compensa los prefiero entretenidos con el ordenador que importunando a mis hermanas.


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Published on Feb 6, 2025

Aviso de contenido: menciones a procedimientos odontológicos y a ideaciones suicidas

 

 

 

 

 

Ayer, ni un mes después de mi trigesimoséptimo cumpleaños, me sacaron mi primera muela. Hasta ayer conservaba todas mis piezas dentales, incluídas las cuatro muelas del juicio (la última de las cuales está todavía acabando de colocarse y, de pronto, se va a encontrar un hueco hermosísimo que aprovechar). Una de ellas, eso sí, estaba bastante maltrecha, pero ya sabes cómo me siento yo respecto de las cosas rotas: intento salvarlas porque me identifico con ellas.

Pero no pudo ser, no más. Mi muela rota, la que me partí a base de apretar los dientes para dejar salir el estrés durante el desconfinamiento, se acabó de estropear sin posibilidad de arreglo.

«¿Qué hacemos, la sacamos?» preguntó el dentista, con ese tono de voz tan acogedor que tiene. «Ya que hemos venío», contesté yo, fingiendo desenfado aunque llevaba todo el día asimilando la posibilidad de acabar el día con una pieza dental menos.

Y pasó. Allí estaba mi dentista, dulce, cordial, encantador, aparentando que todo iba bien (aunque la cosa tuvo su complicación). También la auxiliar, maravillosa, que consiguió sacarme un hueco de lo imposible, sujetándome la cabeza para que yo estuviera más cómoda. Y yo, sin sentir dolor alguno pero intentando aguantar la inmensa repugnancia que me producía ir sintiendo como mi muela se desprendía de mi carne. Todavía me da escalofríos pensarlo. En fin, al menos el dentista me dijo, literalmente, que me había portado muy bien. Anda que no me gusta a mí un poquito de validación, un «good girl» suavito...

Me imagino cómo son estas cosas para otra gente. Si en realidad existen esas personas que yo me imagino y que, tras la intervención, piensan «Bueno, una menos», y se centran simplemente en las molestias de la recuperación. A lo mejor no. A lo mejor esas personas son una especie de fantasía mía, de aspiración. A lo mejor todo el mundo padece como yo ante algo tan mundano y relativamente trivial como es la extracción aparentemente poco problemática de una muela rota.

Por ejemplo, yo también pienso «una menos», pero no con desenfado. Para mí es como si se hubiese iniciado, de alguna forma, la cuenta atrás de la decadencia: de aquí en adelante todo va a ser decrepitud. Sé que es un pensamiento absurdo situar mi decadencia física en ese detalle. Sé, además, que en muchos sentidos estoy mejor que hace diez años, por ejemplo. Y sé y entiendo que decaer es una señal buenísima si ocurre a su debido tiempo, porque es la señal de que no te has muerto. Pero no sé, me parece una imagen potente: una boca sana con un hueco, el inicio del fin. No lo puedo evitar: soy una contadora de historias de las peores, esto es, una poeta, así que veo señales en todas partes. Es agotador.

Pero no es solo el hecho de haber perdido una muela, qué va. Todo lo que ha rodeado este evento ha sido de lo más ominoso. Cuando la madre de mi pareja preguntó en el grupo que compartimos los tres qué tal íbamos, aproveché para informarle de que iba a faltar al ensayo de esa tarde porque tenía dentista. Muy diligentemente la señora se ofreció a acompañarme «No hace falta, ya se ha ofrecido mi caballero de brillante armadura», contesté. Era cierto: su hijo se había ofrecido a acompañarme tan pronto supo la hora a la que tenía el dentista.

Lo que realmente quería era decir: «No hace falta, puedo hacerlo sola». Hola, apego evitativo, pasa, ponte cómodo. Soy perfectamente consciente de que me da mucha más seguridad cuidar de mí misma (yo no voy a fallarme más que en una situación muy, muy extraordinaria) que permitirme mostrarme vulnerable y ponerme, al menos parcialmente, en manos de otros. De hecho, intenté resistirme, pero mi novio no me dejó. Y yo, a decir verdad, tenía demasiado miedo y pocas fuerzas para hacerme la dura. Lo siento, apego evitativo, no estoy en el mejor momento para seguirte el juego. Pero la cosa es que estoy tan poco acostumbrada a que me cuiden que durante buena parte del trayecto de autobús hasta el dentista se me fueron cayendo unos lagrimones como garbanzos, como si fuese una niña pequeña, igual.

Pero me he desviado (aunque esto también es una muestra de la dimensión disparatada que adquiere cualquier cosilla en mi vida, lo cual explica bastante bien por qué los momentos de tranquilidad no son más que breves oasis). Lo que yo quería contar es que, tras hablar con la madre de mi novio me sentí muy afortunada. Hace menos de un año nadie se habría ofrecido a acompañarme al dentista, muy probablemente porque no se lo habría dicho a nadie cercano para no molestar. Y ahora no solo tenía uan figura parejil ofreciéndose sino, además, una figura materna, con el hueco tan grande que yo tengo en ese sentido.

En eso iba yo pensando, sintiéndome afortunada, cuando se me ocurrió pensar cómo sería cuando dejasen de estar. No si dejaban de estar, sino cuando, porque en mi vida la gente siempre deja de estar en algún momento. Y me vi en un instante haciéndome vieja sola, yendo a hospitales sola, haciéndolo todo sola, sola, sola y pensando en un determinado momento, cuando todo fuera demasiado para mí sola, en acabar con todo y, total, una menos.

Qué gratuito, de verdad. Qué necesidad había de ese curso de pensamiento, a ver.

En fin. De momento lo único que tengo de menos es una muela. Y, quien sabe, tal vez buscar las señales, por lúgubres que sean, y convertirlas en relato de hechos, como vengo haciendo desde que aprendí a pensar, sea mi método para seguir manteniendo a raya, malquebién, a los monstruos. Y contarlo, no revestirlos del encanto del secreto: estos males son de los que medran en las sombras.

(gracias por formar parte de mi luz)


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Published on Apr 10, 2025

No sé si, siguiendo la coña que surgió hace unos meses, Mastodon será divertido o no. Lo que sí sé es que me resulta de lo más interesante, especialmente en los últimos tiempos, en los que cada vez más mujeres hablamos de nuestras movidas en dicha red social. Hace poco mi querida tirasdenaranja planteó qué cosas no consideramos machistas en otro momento pero ahora sí eramos conscientes de que lo eran. Esto a mí me llevó directamente a mi adolescencia, a mi renegar del color rosa, a mi dejarme conquistar por frases tan pochas como “tú no eres como las demás” o a la que más me molesta aún hoy, con diferencia: “Me llevo mejor con los chicos que con las chicas” o la variante “tengo muchos más amigos que amigas”.

Miro atrás y me horrorizo. Yo, que hoy tengo infinitamente más amigas que amigos y que me precio de ello, quiero volver, coger a la Bettie adolescente por las solapas y zarandearla fortísimo. Pero no puedo decir que no lo entiendo, claro. Yo también he sido una sana hija del patriarcado (hasta cuando creía que me estaba rebelando).

Nunca fui una niña como las demás (siendo justos, nunca fui como los demás, en general, pero esa extrañeza se acentuaba cuando veía que no encajaba entre las chicas, mis supuestamente iguales), así que hice de la necesidad virtud. Fue fácil en una sociedad en la que lo femenino es inferior por defecto: mi estatus, fuera del grupo de las chicas, debía de ser un avance, un acercarme a lo mejor, representado por lo masculino. No ser como ellas tenía que significar que me parecía más a ellos. Y eso no deja de horrorizarme: los chicos eran horribles. Pero todos los mensajes incidían en que lo masculino era lo bueno, que las opiniones de los hombres eran más respetables, sus trabajos más importantes, sus cualidades mejores. Y yo, evidentemente, no lo cuestionaba.

Además, un pensamiento que flotaba en el ambiente era el de que las mujeres somos muy malas entre nosotras. Yo había visto a los chicos martirizar al maricón de la clase, gastarse bromas pesadísimas (que, evidentemente, no eran bromas) o humillarse por haber fallado un penalti o por haber hecho una mala elección de zapatillas. Pero bueno, eso no era malo, eso era normal. Lo malo era cómo nos tratábamos las mujeres, nuestra crueldad, lo retorcidas y sibilinas que éramos para hacernos daño (ellos no, claro, ellos nunca). Escuché en un montón de ocasiones a mis mayores (familiares, vecinas, maestras, femenino no tan genérico aquí) decir que los niños se pelean y se pegan pero al rato tan amigos, pero las niñas son más retorcidas y más crueles. Siendo nuestra violencia, evidentemente, peor que la física que ellos ejercían.

Lo que nadie se planteaba, claro, es que nosotras ejercíamos la violencia las unas con las otras de la forma que se nos permitía. Que dos chicos se peleasen era una cosa normal por la que nadie levantaba una ceja. Se les separaba y en paz. Pero pelearse no era propio de una niña, como tampoco lo era correr, o saltar, o revolcarse por el suelo, o mil cosas más. Así que purgábamos nuestras emociones negativas hacia nuestras iguales de formas más o menos aceptadas porque, como ya he dicho en otras ocasiones, el lugar de la mujer está siempre en el error y nunca hacemos nada lo suficientemente bien.

Total: que si las chicas iban a ser malas conmigo, si, de hecho, yo estaba convencida de que lo eran, y de que eran peores que los chicos, pues evidentemente era una buena cosa que me apartase de ellas y me acercase a ellos. Y, cuando aprendí a relacionarme de forma más o menos torpe, así lo hice. Y me enorgullecí de tener más amigos que amigas.

La cosa es que, cuando miro en retrospectiva, no tenía amigos. Mis amigos me dejaron tirada en el pueblo de al lado. Mis amigos (varios de ellos) se intentaron aprovechar de mis borracheras o de las de otras amigas para enrollarse con ellas. Mis amigos me instrumentalizaron para conseguir acercarse a mis amigas. Mis amigos no respetaron mis límites intentando forzarme, por ejemplo, a consumir drogas. Mis amigos me trataron con condescendencia y se rieron de mí. Mis amigos dejaron que otros hombres me tratasen mal (muy mal). Podría seguir.

Así que la cosa es que, ahora me doy cuenta, esa afirmación era mentira. Siempre he tenido más amigas que amigos. Incluso cuando mis amigas eran muy, muy pocas.

Me alegra ver, no obstante, que las adolescentes de ahora tienen esto bastante más claro.


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