Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Dec 15, 2025

Qué será, esta cifra. Si digo 21 gramos diremos: el supuesto peso del alma. Si digo 15 años tal vez tarareemos la canción del Dúo Dinámico (sobre todo si tenemos una edad). Si digo 7 tal vez nos vengan los pecados capitales y si digo 10, los mandamientos. O yo qué sé.

Pues bien: 57 han sido los segundos que ha durado la llamada de seguimiento de mi tratamiento con antidepresivos con mi doctora. Ha incluido la presentación por su parte y la presentación del caso por la mía. Me ha dicho que me renovaba la receta. También le he preguntado cuánto tiempo tendría que mantener el tratamiento y me ha respondido.

Lo que no ha ocurrido ha sido que me haya preguntado cómo estoy, si estoy mejor, si me va bien la medicación, si estoy adaptada al trabajo (recordemos que tuve que estar de baja), en fin, cualquier pregunta que tuviera que ver con mi salud y bienestar.

Y luego que la salud mental nojequé y nojecuántos.

En fin.


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Published on Sep 2, 2025

En uno de mis libros de Conocimiento del Medio del colegio decían algo así como que los dos inventos que transformaron de forma más radical la sociedad en la modernidad fueron la imprenta y el reloj mecánico. Manda narices: la imprenta, que popularizó el acceso a los libros, una de mis cosas favoritas, y el reloj, que nos impuso un yugo de tiempo que rara vez nos podemos sacudir, una de mis cosas menos favoritas.

Si la vuelta de la rutina (odio esa expresión, porque soy perfectamente capaz de llevar una rutina sin que nadie disponga de mi tiempo) me trastoca tantísimo es porque mi tiempo deja de ser mío y de estar gobernado por mis plazos y apetencias y empieza a ser gobernado por otros agentes. El trabajo empieza a ocupar una gran parte de mis días y contenerlo lo máximo posible (mi trabajo tiende a expandirse por tu tiempo libre de una forma salvaje) me requiere un esfuerzo tremendo. Eso conlleva que las cosas que me gustan ya no puedan ser llevadas a cabo cuando me apetecen: tengo que encontrar hueco en la agenda para el gimnasio, para la lectura, para ver a la gente que quiero, para escribir, para tomar un café, para mirar mi red social, para revisar los blogs que sigo. También vuelven otras cosas que me gusta hacer, como los ensayos del coro, pero que ocupan un espacio en la agenda inamovible, lo que implica que las mire más desde la mentalidad de escasez que desde el goce que me producen.

Eso por no hablar de las funciones biológicas. Cuando estuve yendo a mi nutricionista una cuestión básica sobre la que trabajamos es comer cuando tienes hambre. No comer por anticipación (no tengo hambre pero no voy a tener un hueco hasta las 13.00) ni sostener el hambre durante mucho tiempo (porque eso puede llevar a comer de forma atropellada y por tanto a comer más de lo que necesitamos). Eso es más fácil de decir que de hacer, claro. En mi trabajo se come en los huecos, que están marcados de forma inamovible (eso si alguna tarea sobrevenida no los ocupa). Por ejemplo, el curso pasado llegaba a casa a las 16.00 y acababa comiendo, como pronto, a las 16.15. Imaginad mi estado. Eso trastocaba la hora de mi cena, pues, evidentemente, a las 20.30 o 21.00 no tenía hambre. Pero tenía que cenar pronto, porque muchos días me levantaba a las 6.30 y claro, si no has hecho la digestión y disminuído revoluciones, ¿quién se duerme a las 23.30 para conseguir dormir, al menos, unas 7 horitas? Bueno, esa batalla la di por perdida.

Pues lo mismo que con la comida ocurre con el sueño. Durante el verano, igual que como cuando tengo hambre duermo cuando tengo sueño. Al principio la cosa se descontrola un poco, pero acabo terminando por dormir mis 8 horas o poco más diariamente. Durante el curso si consigo dormir 6 horas y media los días que trabajo lo considero un logro.

Total, que me doy cuenta que, cuando trabajo, casi cada instante de mi vida consiste en forzarme para funcionar sin tener mis necesidades básicas cubiertas adecuadamente. ¿Cómo no voy a detestarlo? ¿Cómo no voy a desear que sea posible otra forma de habitar el mundo?

:(


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Published on May 14, 2026

Hace unos días tuve una conversación con una alumna a la que admiro y respeto mucho. Es una alumna de 10, en todos los sentidos: educada, simpática, inteligente, creativa, con sentido del humor... Y hasta ahora no la había visto sufrir académicamente. Daba la sensación (jeje, las sensaciones, esa cosa) de que la alumna estaba petándolo sin demasiado esfuerzo emocional, al menos. Pero el otro día, al verse sin tiempo en un examen para realizar una parte del mismo, colapsó: se agobió tanto que se puso a llorar en clase, no sabía por dónde tenía que tirar, escribía y tachaba... Finalmente no llegó la sangre al río, pudo acabar el examen, pero yo me quedé preocupada y la cité: “Cuando puedas, cuando te sientas cómoda haciéndolo, quiero hablar contigo en privado sobre lo que ha pasado hoy, ¿vale?”.

Acudió al día siguiente. Allí hablamos de salud mental, de autoexigencia desmedida (me alegró constatar que nadie la presiona, salvo ella misma, que no es poco), del derecho al error, de cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno con frecuencia, de que debería trabajar en ciertas actitudes y formas de tratarse de cara al futuro porque pueden hacerle mucho daño. Me despedí con un: “Cuídate mucho, ¿vale?”, y lo que motiva este post es su respuesta. Se giró, me miró desde la puerta, me sonrió y me dijo: “Nos cuidamos unas a otras, profe”.

Y es verdad. Y eso me está dando mucha paz estos días. No es extraño que me sienta imbécil, que sienta que mi “bondad”, con todas las comillas del mundo, es echar margaritas a los cerdos, que las cosas que tanto esfuerzo me cuestan no dan ningún fruto. Y no es que yo sea una paranoica exageradamente pesimista, es que con frecuencia, como suele decirse, ni agradecío ni pagao y, algunas veces, malinterpretao. Pero eso es lo más evidente. Lo otro, los brotes que han ido germinando y creciendo lentos pero seguros, suelen pasar desapercibidos, a veces hasta que se les ven las flores.

Me doy cuenta de que mi actitud de cuidado, de cariño, de conexión, aunque muchas veces me drena, genera a mi alrededor un espacio amable (en tanto que es posible). Por ejemplo, tengo unas alumnas en segundo de bachillerato que han ido mostrándome más y más cariño con el paso del curso y solo ahora, al final, me han explicitado por qué, qué ha significado para ellas mi manera de estar en su mundo, mi manera de ser y hacer. Y es emocionante. Ellas fueron las primeras en mandarme un mensaje cuando me dieron la baja por un episodio de ansiedad tremendo, me mandaron un vídeo que yo no tomé como algo especialmente significativo: “Vuelve, profesora, que si no no va a haber manera de que aprobemos tu asignatura”. Pero entonces volví, y tras la primera clase, me persiguieron al departamento y me pidieron permiso para abrazarme.

Su presencia en mis días no ha sido percibida como algo significativo, era una presencia cordial, agradable, sin más. Pero ahora miro atrás y veo cuánto nos hemos cuidado sin hacerlo explícito. En las últimas semanas de curso me han hecho regalos (flores, una foto, una caja con sobres que abrir cada mes antes de mi boda), han tenido detalles brutales conmigo (fueron a un concierto del coro con una pancarta, a pesar de que diluviaba), me han ayudado a gestionar la clase, a organizar cosas, han mediado con sus compañeros... Todo un dispositivo de amabilidad y cuidados del que casi no era consciente o, más bien, debo decir que no era consciente de todo su alcance y profundidad.

Lo mismo ocurre con otra alumna, poco integrada en su grupo, en primera fila, que ha estado recibiendo mis bromas y guiños que presentaba como privadas entre las dos como pequeños salvavidas. O con otra alumna que ha atesorado el interés que he mostrado por ella, por su progreso académico y por su cultura como un regalo preciado, devolviéndome el favor con sonrisas esquivas que antes no existían. Podría poner muchísimos ejemplos solo de mi entorno de trabajo.

Te animo a pensar en esto. A intentar activar esa sensibilidad que la prisa nos tiene atrofiada, a notar esos cambios sutiles, esa alteración de los campos gravitatorios alrededor de las personas que cuidan, que se implican, que se interesan, que respetan, que quieren. Intenta abrir los ojos y los oídos, procura atender a los detalles mínimos. Verás como de pronto el mundo parece mucho más suave y amable, más hospitalario y habitable.


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Published on May 26, 2025

Cuando estudiaba el máster, el profesor de psicología nos habló de que uno de los signos de madurez en el niño es el desarrollo de la capacidad de postergación del deseo, es decir, de entender que lo que deseo ahora no va a ser recibido ahora, incluso aunque sea posible. Es tener la capacidad de esperar a acabar de hacer la compra para que mamá me compre el huevo Kinder o de esperar a que todos acaben de comer para irme a jugar. También es la capacidad de ir a trabajar todos los días para recibir la nómina a final de mes.

Es curioso ver esa conexión. No voy a ser yo una señora absolutamente cumbayá, pero es cierto que lo que interpretamos como «madurar» generalmente coincide con conductas que son adaptativas porque son útiles para el sistema. Y bueno, sí, no siempre podemos tener lo que queremos en el momento que lo queremos, patatín, patatán. Pero, ¿dónde está el límite? ¿No estaremos postergando el deseo demasiado? ¿No estaremos poniendo al final de la lista de cosas por hacer la nimiedad esa de intentar ser felices? Espoiler: efectivamente y sí. Porque claro, luego va una y lee a Epicuro sin ninguna motivación particular y se encuentra, en medio de las Sentencias Vaticanas esta joyita, la número 14:

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.

Y la realidad te pega en toda la cara: nacemos una sola vez y no nos es dado nacer dos. No somos eternos. Y tú, sabiendo esto (aunque, probablemente, decidiendo olvidarlo convenientemente), decides (en mayor o menor medida, con mayor o menor libertad) poner lo que te hace feliz al final de la lista: no tomar esa cerveza con una amiga, no dar ese paseo al anochecer, no sacar ese rato para leer. Pues que sepas que eso de «no tengo tiempo ni pa' morirme» es mentira. Con tiempo o sin tiempo te mueres. Y lo que no hayas disfrutado no se recupera en vida, y mucho menos después de cerrar sesión.

No te estoy echando la bronca desde ningún tipo de superioridad. Sé que los deberes se cuelan con demasiada facilidad dejando los quereres al final de la cola. Sé que vamos con la agenda en la mano a todas horas. Que encontrar huecos en esa agenda se parece a encontrar la cuadratura del círculo. Lo sé. Tal vez el problema sea que no creemos en agendar la felicidad. Laura Morán en Por qué (no) deseo habla de eso: a veces las parejas acuden a su consulta de sexología quejándose de que el deseo «no les viene» y ella les señala que no están dejando tiempo para que llegue, ni espacio, ni están creando las condiciones necesarias para que eso ocurra. Cuando ella les sugiere que tal vez tengan que reservar espacios en la agenda para el erotismo la primera reacción es la resistencia: ¿cómo vamos a agendar el amor, el cariño, el erotismo? Pues mira, como lo agendamos todo.

Por ejemplo, yo hoy he agendado follar. Con toda la claridad del mundo: «Amor, tengo muchísimas ganas de ti. ¿Te parece si esta noche te vienes a cenar y justo después nos ponemos a follar como si no fuese a haber un mañana?». Algo así ha sido. Y lejos de ser antierótico, el suspirito de mi consorto ha dejado ver que la idea le parecía estupenda. Así que, amigas, salvo imprevisto, aquí esta noche se folla. Porque sí, hay que postergar el deseo a veces. Pero no indefinidamente. La felicidad es importante, así que si ahora no se puede, se le busca hueco.

A lo mejor esa agenda que ha funcionado como instrumento de opresión puede convertirse en herramienta de resistencia.

Ya, lo sé, aunque agendo el sexo no dejo de ser una romántica idealista...


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Published on Aug 1, 2025

En junio estuve en la Feria del Libro de Madrid. No es un evento que me guste demasiado como lectora: demasiado masificado. Supongo que por eso, porque no me gusta demasiado estar paseándome entre la marabunta de gente, mi botín no fue significativo. La joya de la corona, de hecho, no fue cosa mía. #Ingeñero aprovechó para dar un paseo mientras yo firmaba y traerme un regalo: Las hijas horribles de Blanca Lacasa Carralón, publicado por Libros el KO. No sé cómo leches llegó al libro, pero que lo viese y de alguna manera pensase en mí, que no apartase la mirada de mi herida sino que la acepte, me hace quererle más todavía.

¿Qué encontrarás en Las hijas horribles?

Las hijas horribles no es un libro autocomplaciente: no va a decirte que pobrecita tú y qué mal lo hizo tu madre. Tampoco lo contrario: en absoluto va a salvar a las madres o a justificarlas en el daño que han hecho. He de decir, no obstante, que desde donde yo me alzo y me sostengo, no siempre ha sido el libro que yo necesitaba leer, precisamente por eso: intenta que las hijas entendamos que no somos hijas horribles poniendo en contexto a las madres para dejar claro que no hay nada malo en nosotras, que la culpa no es nuestra. En ese ejercicio puede parecer que se las justifica, sobre todo si se lee el libro desde el trauma, como me pasa a mí. Supongo que si se toma cierta distancia se comprende la postura de la autora. Por otro lado, intenta alejar a las hijas de la victimización en la que, lo reconozco, es fácil caer: la culpa de todo es de mi madre. En ese proceso incide en la necesidad de hacernos cargo de nuestro presente y de tomar las decisiones necesarias y poner en práctica las acciones convenientes para nosotras. Y eso también, a veces, puede escocer. En fin, si te has sentido una hija horrible no es un libro cómodo. Tampoco creo que nadie esperase un libro cómodo viendo el título y la temática, claro.

La autora desgrana a lo largo del libro multitud de referencias de especialistas en psicología, sociología, feminismo, etcétera. He de decir que, me congratula, además, que entre las obras citadas haya varias lecturas que ya tenía pendientes: se ve que el libro está en mi campo de interés. Asimismo, recoge testimonios de hijas horribles, bien de la literatura, bien de mujeres entrevistadas que cuentan sus vivencias personales con sus madres (y, en menor medida, con sus hijas e hijos). Y esto sí me ha parecido verdaderamente reparador. Sé que mal de muchas, consuelo de tontas, pero es que no se trata de un consuelo: se trata de que un dolor así, compartido, permite retirar el foco de una. Es verdad que la culpa no era mía porque la madre de esta señora con la que probablemente no tengo nada en común le hizo lo mismo, le dijo lo mismo. También es interesante, si eres amante del cine, analizar las referencias cinematográficas a las que la autora hace mención. He de decir que como no soy una gran cinéfila, esa parte me ha pasado más por lo alto, aunque reconozca su interés.

##¿Qué he echado en falta en Las hijas horribles?

Un poco más de claridad y distinción, que diría Descartes. En el libro se entremezclan historias de dependencia un tanto problemática, historias de maltrato psicológico, historias de abandono. Y aunque todas ellas comporten relaciones complicadas con la madre, no todas son lo mismo. A lo mejor esta soy yo resistiéndome al mensaje del libro, no lo sé, pero creo que no acaba de distinguir bien entre lo que puede ser una relación problemática o poco sana entre madres e hijas de lo que puede ser una relación de maltrato o abuso y, en ese sentido, algunas recomendaciones o posturas me parecen poco adecuadas. ¿Que debería estar claro cuando algo es maltrato o abuso y cuándo no, especialmente para una mujer adulta? Puede, pero no siempre lo está, y menos en lo que respecta a la familia, que es lo que normalizas desde pequeña. He de reconocer que en más de un momento me he encontrado reevaluando mi experiencia y diciéndome “¿Y si estás siendo una exagerada? ¿Y si no fue para tanto?”. Y mira, no. Por ahí sí que no, nada de volver a hacerme luz de gas.

##¿Recomiendo Las hijas horribles?

Pues sí. Sí porque da mucha información sobre cómo se construye el vínculo entre madres e hijes, cómo los roles de género configuran de forma especialmente tortuosa la relación entre madres e hijas, cómo el patriarcado ha amputado la vida de las mujeres desde generaciones y cómo ese trauma se perpetúa si no se hace nada para pararlo (y creo, chavalas, que esa misión es la que le toca a nuestra generación). Además, lo hace desde un tono muy atractivo: no especialmente serio, aunque no banal, no es tedioso, de vez en cuando hay toques de humor, pero no deja de ser respetuoso... Y, sobre todo, porque creo que nos puede ayudar a reconciliarnos con nosotras mismas como hijas (lo de reconciliarnos con nuestras madres lo dejo para cada una). Incluso si tu relación con tu madre es estupenda, puede ser interesante leerlo para entender e identificar qué pasa a algunas amigas tuyas, a otras mujeres de tu vida.

En fin, me parece que este va a ser un libro que voy a regalar mucho (de hecho, ya he empezado a hacerlo).

Espero que, si llegas a leerlo, me cuentes qué te ha parecido.


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Published on Sep 24, 2025

Eran otros tiempos (siempre son otros tiempos), hace tanto y tanto que a veces casi pienso que me lo inventé. Entonces la noche me prendía como una antorcha. Cuando todo parecía apagarse yo brillaba. En el silencio y el reposo del mundo encontraba yo la música que marcaba mi ritmo y me ponía a bailar. Recuerdo la sonrisa perenne y la actividad (inútil sí, y qué) frenética. Puede que en el mundo diurno, con sus cláxones, sus risas estridentes, sus prisas y sus multitudes no encajase pero la noche me pertenecía.

Ahora la noche me pone triste. Ya no es como antes. Sigo sin pertenecer al día, pero he sido desterrada de la noche. Cada día, al oscurecer, siento que me quedo plantada a las puertas de la ciudadela de marfil oyendo toda la nada de dentro pero sin poder entrar. Tengo mi tiempo empeñado al imperio del sol. «Yo no quería», me digo. «No me quedó más remedio», me digo. «Tal vez no fui suficiente lista, o valiente», me digo.

Yo lo entiendo, aunque me mate de pena. No hay manera más triste de amar que con un ojo en el reloj. Para hacerlo mal mejor quedarse con las ganas. Al menos me quedan las ganas.

Qué viva estaba. Qué hermosa era. Y qué ignorante de mi fortuna.

Desde que no soy una lechuza se me han ido achicando las alas y ya no sé volar. Y no me gusta cómo se ve el mundo desde aquí abajo.


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Published on Aug 8, 2026

«Quien pierde las formas pierde la razón». ¿Te suena? Yo lo habré escuchado enecientas veces y, lo que es peor: me lo he creído. Me ha hecho sentir mejor moralmente no perder las formas mientras otros me pisaban. Me ha consolado que mis «verdugos» vencieran pero no convencieran, porque, ¿quién puede convencer sin razón? Y yo podría estar maltrecha y vencida, pero había hecho lo correcto.

El gilipollas. Eso es lo que había hecho: el gilipollas.

Menuda trampa, amigas. ¿Quién sale beneficiado de mantener las formas? El privilegiado. Siempre. Bueno, el privilegiado, como la banca, siempre gana, pero al menos hagamos su victoria incómoda, ¿no?

¿Quién puede permitirse no gritar cuando le pisan? Aquel a quien no le duele de verdad. ¿Quién puede permitirse permanecer impasible mientras le apuñalan? Quien no es humano. ¿Quién puede permanecer sereno mientras le humillan? Nadie.

Que nos traguemos que hay que mantener las formas como requisito moral es la forma de que no demos la batalla, aguantemos los golpes en silencio y, de paso, dominar el discurso para poder desacreditarnos si damos una voz más alta que otra. Sirve para cortar la lucha haciendo que nos conformemos con la pírrica victoria de no haber perdido los papeles. Para descanso de los verdaderos vencedores, claro.

Estoy muy harta del discurso del dominio de las pasiones, como si ser capaz de contener las lágrimas o de sofocar la rabia hiciese a alguien mejor persona y no, simplemente, más insensible. Me lleva a un funeral en el que estuve y en el que se empeñaban en empastillar a las hijas de la difunta cuando «perdían los nervios». Ahora hasta en los funerales hay que llorar bajito si es inevitable y, si se puede, permanecer entera y serena.

Menuda mierda de trayecto llevamos, caris, si el cénit de la humanidad parece ser parecer lo menos humanas posible.

La bruja tarada agita su varita mágica

˚ ༘ ೀ⋆。˚. ݁₊ ⊹ . ݁˖ . ݁✧₊⁺ Te doy ⋆⭒˚.⋆
⋆⭒˚.⋆ el derecho✧₊⁺✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧
✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de cagarte✧₊⁺
✧₊⁺ en los muertos ✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
⋆⭒˚.⋆ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de quien ⋆⭒˚.⋆✶⋆.˚
✶⋆.˚ te toque el coño ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧

De nada.


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Published on Apr 21, 2026

Este post contiene spoilers de la novela Hamnet, aunque sean como mera excusa para iniciar el razonamiento, así que si no la has leído y no te gusta que te destripen detalles, deberías parar de leer aquí.


Ayer acabé de leer Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell. Hacia el final de la novela hay dos grandes gestos. El primero, cuando un Shakespeare ausente le desvela a su mujer, con la que no convive, que tiene mucho dinero y que le va a comprar una casa para que viva lejos de su familia política. Y le compra un casoplón. El segundo, cuando escribe y representa Hamlet, un homenaje a su hijo muerto prematuramente, en la cual él “se cambia” por el hijo para permitirle “vivir”. Oh, qué hermosura, qué sublime.

La cosa es que yo no puedo dejar de ver que la casa es un gran gesto para apaciguar a Agnes, su mujer, por haber tenido diversas amantes en Londres y por la ausencia prolongada en exceso y las escasas visitas. Y la obra, un gran gesto para apaciguar su conciencia, para sentir que ha hecho algo, ya que ni estuvo acompañando a su hijo en su muerte ni estuvo acompañando a su familia en el duelo. Se fue, a seguir viviendo su sueño, su vida de dramaturgo, mientras el luto envolvía a la familia entera (a su mujer y a sus hijas sobre todo) y Agnes apenas es capaz de salir de una depresión que por poco acaba con ella.

Por cosas he aprendido a desconfiar de los grandes gestos. Hay veces que no son más que detalles bienintencionados, fuegos artificiales que acompañan un cariño constante, un esfuerzo sostenido, una presencia estable. Y no tengo nada contra eso, a muchos nos gustan los fuegos artificiales[^fuegos]. Sin embargo, la mayor parte de las veces son remedos de excusas vacíos, mera espectacularidad. Y así los fuegos artificiales no compensan, porque no cuidan, no quieren y no sostienen, por mucho que impresionen.

Lo terrible es que esa impresión nos obnubila y nos fascina, con frecuencia hasta el punto de hacernos olvidar lo demás, lo que nos falta. Pero luego, cuando el sonido desaparece, y los brillos, y ese encantamiento, nos quedamos otra vez solas, otra vez en la carencia.

Hay que tener especial cuidado con la pirotecnia y los pirotécnicos, porque los hay que saben manejar muy bien los tiempos y las explosiones, ubicándolos estratégicamente para desviar nuestra atención de las razones y envolviéndonos en las excusas. Debemos recordar que cualquier gran gesto, por enorme que sea, es más fácil que estar. Siempre. E intentar sustituir lo último con lo primero es un acto miserable.

No he podido dejar de ver en la parte final de Hamnet la obra de un experimentado pirotécnico. Y me enfada, me enfada soberanamente, que Agnes, tan salvaje, tan sabia, tan fiera, tan clarividente, se haya dejado engañar por los colores y los destellos. Si a ella cae, ¿cómo íbamos a escaparnos el resto?

[^fuegos]: al menos como metáfora.


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Published on Sep 25, 2025

Aviso de contenido: escatología, descripción explícita de desnudo masculino

Nunca me han vuelto loca los cuerpos masculinos. El de las mujeres, a mi modo de ver, es infinitamente superior estéticamente. Muy pocas veces en mi vida, y cuando digo muy pocas lo que quiero decir es «me sobran varios dedos en una mano pa contarlas» me ha ocurrido que yo contemple el cuerpo de un hombre y experimente placer estético, sensación de belleza. Y no hablo solo de hombres normales y corrientes, mortales de los que te cruzas en tu día a día y en tu vida. No, o no solo. Incluyo también a deportistas, actores, modelos, cantantes... Me refiero a todos los hombres. Sus cuerpos han podido excitarme, atraerme, divertirme... Pero no he experimentado casi nunca el deseo de contemplarlos sin parar. Esto es: hasta ahora.

Esta mañana lo único que me ha impedido quedarme horas y horas mirando el cuerpo desnudo de mi pareja ha sido el ferreo anclaje con el que el capitalismo nos tiene cogidos a ambos. Otro motivo más para odiarlo con fuerza infinita.

Como cada mañana laborable, ha sonado el despertador y yo me he dirigido hacia el baño con los ojos cerrados: me sé el camino. Me he sentado en el váter y, mientras orinaba, he resoplado pensando «venga, un día más, un día menos». Pero al volver... Uf, al volver. Mi pareja estaba de pie, de perfil, preparando la ropa para vestirse, con su gloriosa erección matutina lista para revista (tampoco he sido nunca muy fan de las erecciones a nivel visual, os lo prometo). El pecho se me ha encogido, de verdad. Y él, sin darse cuenta de nada de esto, ha dejado la ropa lista sobre la cama y se ha ido al baño, ignorando que yo me quedaba allí como si hubiera visto un Caravaggio caminando con marco y todo.

Al volver me ha encontrado todavía ahí parada, sentada en el borde de la cama, haciendo por vestirme. He soltado la falda y he abierto los brazos. Él se ha acercado a mí y yo he devorado con los ojos cada punto visible de su anatomía: sus piernas fuertes y musculosas, los surcos bajo sus caderas que conducen a su entrepierna, ahora más calmada (para descanso de mi pobre corazón), su vientre, en el que empiezan a asomar los músculos abdominales, su pecho suave, esos brazos cubiertos de un vello fino y agradable en los que tanto me gusta perderme... Y su cara: esos ojos oscuros rodeados de bien de pestañas, la barba que tanto me gusta tocar y esa forma de sonreír con todo lo que es. A veces creo que, cuando le miro, se me olvida respirar.

Al entrar en mi rango de acción le he abrazado muy fuerte, apoyando la cabeza sobre su vientre, besando su cadera, deseando que por algún conjuro nos quedásemos unidos y nos diesen la incapacidad a los dos para poder quedarnos así el resto de nuestra vida.

Como podrás sospechar, no ha ocurrido, así que tendré que esperar las más de 24 horas que faltan para poder volver a verlo y acariciarlo desnudo. Intentaré que se me haga más llevadero recordando la sensación de rapto que me asalta cuando le veo así.


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Published on Jun 13, 2025

Hace aproximadamente un siglo[^uno] recibí este mini cómic sobre los errores titulado «Erasers are wonderful» (las gomas de borrar son maravillosas) y guardé el enlace aquí, en un borrador del blog, porque me apetecía mucho escribir sobre este tema. Y bueno, yo qué sé: más vale tarde que nunca.

En el cómic el autor habla sobre lo mucho que se avergonzaba de borrar mucho porque borrar estaba asociado a cometer errores y los errores eran algo intrínsecamente malo. Supongo que porque acertar es algo intrínsecamente bueno, así que si no estás acertando (que es lo que está bien) pues estás cometiendo un error (que está mal). Esto podría tener sentido si cuando tomamos una decisión, justo antes de hacer nada, sonase una campanita feliz o triste que nos indicase si la decisión es correcta o incorrecta, por ejemplo. A veces no sabes si algo es un acierto o un error hasta que no lo intentas. A veces algo que parece un error acaba siendo un acierto. A veces algo que empieza siendo un acierto se convierte en un error. Y otras veces una se va de cabeza hacia el error, viendo el letrero de neón rosa gigante que dice «ERROR!» porque bueno, el Nobel de Tener La Vida Perfecta no existe y hay errores que una no quiere dejarse sin cometer. Y no pasa nada[^dos].

Parece que tenemos que vivir la vida como un recado: ir del punto A al punto B de la forma más directa y eficiente posible. Pues lamento deciros que si ese es el plan mejor nos pegamos un tiro nada más nacer, porque al final ese es el punto al que llegamos todas, ¿no? Si queremos ser consecuentes ese sería el procedimiento. Pero es que la vida no es un recado sino un paseo: sales, caminas, cambias de calle, descubres mapa, entras en una tienda de cosas que no te puedes permitir aunque finges que sí, acaricias un perrito ajeno, te sientas en un banco a ver atardecer y luego a ver levantarse la luna aunque al día siguiente trabajes... Creo que se entiende lo que quiero decir: vivir no es acertar sino explorar. Y cuando estás explorando no te equivocas: descubres, aprendes, y sí, a veces tienes que arreglar algún desastre, cosas de hacer la exploraceón.

Y diréis: que sí, jodía, que todo eso de explorar está muy bien, pero los errores en la vida tienen consecuencias. Y sí, no lo niego. Sobre todo cuando una no es parte de los grupos privilegiados los errores pesan mucho. Un error puede dejarte sin beca. Un error puede hacer que no te cojan en ese trabajo que necesitas desesperadamente para que no te echen del piso de alquiler. Que yo lo entiendo: para poder seguir explorando el mapa tenemos que ir cumpliendo misiones en el videojuego, al menos en cosas importantes que tienen que ver con la supervivencia material. Pero, ¿equivocarte de pareja? Pos se rompe. ¿Equivocarte de libro para leer? Pues lo dejas. ¿Equivocarte haciendo la tortilla de patata? Pues a la próxima saldrá mejor.

Equivocarse no es fracasar. El tiempo invertido en algo que acaba no siendo «un acierto» no es tiempo perdido. Y ya, dicho sea de paso, desconfiad de quienes dicen no equivocarse nunca y tener siempre la respuesta correcta. Primero, porque eso no hay quien se lo crea. Y segundo, porque probablemente sean un pozo de estulticia.

Y ya estaría. Estás bien. Tus errores tienen sentido. ¡Abrazos, abrazos!

[^uno]: Vale, puede que algo menos, pero hace más tiempo del que me gustaría. [^dos]: Sí, amiga, yo también la cagué de gordo sabiendo que la estaba cagando de gordo, no pasa nada, no hay nada mal en ti y te abrazo.


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