Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 19, 2025

Hoy, mientras veía The last of us he vuelto a darme cuenta por enésima vez de algo que me deja tranquilísima: en las ficciones audiovisuales postapocalípticas nunca falta el rímel. ¿Te habías fijado? Y fíjate que The last of us es una serie que se precia por no querer presentar a sus personajAs como monísimas y estupendísimas, pero aún así las pestañas de Abby tenían que verse infinitas. Y bueno, no juzgo a nadie, todas sabemos lo que hacen unas pestañas maquilladas a un rostro, por muy en el fin del mundo que tenga que estar una.

Ya, ya lo sé, es ficción, pero la ficción también nos mete goles y configura nuestro mundo, moldea nuestras creencias, afecta a nuestro sistema de valoración y, por supuesto, a nuestro criterio estético.

Claro, luego una se tiene que reír (por no llorar) cuando cualquier BRO se pone a pontificar en una red social, en el perfil de una app para ligar o incluso en un bar, delante de tu puta cara, sobre cómo las mujeres (je, todas) están más guapas (objetivamente, es un estudio de la universidad de Susco, en el condado de Jones) sin maquillaje. Ay, José Luis, que te has tragao hasta el fondo lo del no-makeup makeup y te has creído que las mujeres se levantan sin ojeras, sin granos, sin rojeces, con las pestañas larguísimas, las cejas definidas y un saludable tono sonrosado en las mejillas. Luego aparece una así, sin más, a cara lavada y con el pelo recogido moño en alto y le toca comerse un: «¿Estás bien? Tienes mala cara...» No querido, no, esta es mi cara de sin maquillaje. Y la de cualquiera. Que luego viene el shock cuando encuentras a la actriz con la que te pajeas en un post de celebrities without makeup.

Pero claro, cómo va una a tener esperanza en reivindicación alguna, si, como ya he dicho, hasta en el apocalipsis hay rímel...


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Published on May 17, 2025

El otro día hablaba con compañeras de trabajo cómo pesa a los andaluces la etiqueta de vagos. En el sistema educativo, por ejemplo: la particularidad del sistema educativo andaluz es que el recreo es no lectivo, por lo que nuestros adolescentes están media hora más en el instituto: de 8.30 a 15.00. También somos de los que acabamos el curso más tarde, por ejemplo. En fin, que por mucho que nos resistamos, intentamos sobrecompensar la fama de vagos. Que es eso, mera fama.

Lo mismo nos ha pasado a las mujeres. Con eso de que somos el sexo débil hemos tenido que hacernos las fuertes en exceso. Algunas mujeres, especialmente en la generación anterior a la mía, han tenido que desprenderse de mucho de lo que se identificaba como femenino y empaparse de masculinidad de la peor calaña para constituirse en mujeres fuertes, capaces e independientes.

En los últimos tiempos trato de vez en cuando con una de esas mujeres fuertes. Estudió una ingeniería en los 70, la única mujer de su promoción. Cuando le pregunté por las dificultades: ninguna. Ella estaba estupendamente entre hombres. Cuando hablamos de salud mental despacha la depresión como un signo de debilidad, especialmente en las mujeres. Y hoy me preguntó qué tal estaba y yo me quejé. Porque yo también hubo un tiempo en el que me creí que tenía que ser una mujer fuerte, esto es, fingir que no me dolía nada, que todo iba bien, que podía con todo sin problema. Pero no, ya no más. Ya me quejo, y lloro, y pataleo. Y acabo haciéndolo, porque no hay quien me lo haga, pero que se sepa lo que duele. Después le pregunté a ella, porque le está pasando de todo últimamente. Y por últimamente vendrá siendo durante el último año. «Cansada», me dijo, sin más. Yo quise interesarme más, dejar que se desahogara, yo qué sé. Pero ella se ha cambido el tono de voz y su energía, lo he notado hasta a través del teléfono, he sentido cómo forzaba la sonrisa, y ha dicho:

—Bueno, nada, nos pintamos los labios y como si no pasara nada.

Pues yo lo siento. Renuncio al título de mujer fuerte si hace falta. Pero yo ya estoy harta de fingir que no pasa nada. Porque pasa. Y, aunque sea incómodo, va a verse. Por lo menos, por mi parte.


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Published on Mar 19, 2025

La voz de mi padre es recia y profunda. Suena a tierra arada, al romperse los gasones, al silencio sobre el trigo recién segado bajo el sol inclemente de agosto. Recuerdo que, cuando yo era pequeña, otros niños le tenían miedo. Yo no lo entendía: mi padre era grande, sí, y su voz era gruesa y rotunda, pero sus ojos siempre se reían (o al menos así era cuando me miraba a mí). No voy a decir que, pese a no entenderlo, no me gustase. Guardaba ese temor de otros niños hacia mi padre como un arma secreta: si el tormento que me causaban se me hacía insoportable, él sería mi vengador. ¡Se iban a enterar!

Hoy hablé con mi padre. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras ni yo de esas personas a las que les resulta fácil la charla insustancial. «Si no hablamos, mejor, eso es porque no pasa ná» suele decirme. Pero en los últimos tiempos me he propuesto hablarle más. Estas semanas se me ha hecho difícil, no he encontrado el tiempo ni la energía. Pero hoy tocaba. Hoy sí. Hemos hablado, como casi siempre, del tiempo. De si llueve, si no, de cómo lo hace, de si causa o no estragos, del cauce de los ríos y los arroyos, de si están soltando algua en el trasvase o han abierto los pantanos. También de su huerta, de la hoya que está preparando y que tiene que tapar para que no se agüe y destapar para que se oree. No son cosas de las que yo sepa demasiado, solo lo que he aprendido por una suerte de ósmosis, pero es lo que él conoce, y me gusta hacer como que yo aprendo y él me enseña.

También hoy acabé 80.000 soldados de terracota de Maribel Llamero Andrés, un poemario que habla de la enfermedad, muerte y duelo por su padre. Su padre no se parece en nada al mío, que no sabe quién fue Sócrates ni ha leído a Séneca ni a Epicuro. Bueno, a decir verdad, mi padre nunca ha leído nada. Aprendió a leer para sacarse el carnet de conducir y ya fue suerte. A mi padre le gusta la música, pero no entiende, así que tampoco hablamos de eso. Creo que no le gusta porque es consciente de todo lo que podría haber aprendido de haber tenido la oportunidad. Pero me quiere con una ternura similar a la que la poeta deja entrever que la quería su padre. Más tosca, sí, pero igual de tierna.

Y estas circunstancias han dado un poco la vuelta al día. He empezado la mañana llorando al escuchar su voz, echándole de menos. Lo he acabado sintiéndome afortunada porque todavía puedo escucharle hablar de ltiempo, de la lluvia y su ausencia, de los frutos que planea obtener de la tierra, si ella se deja. Y eso es mucho.


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Published on Sep 18, 2025

Hoy estaba leyendo mastodon un poco por encima cuando me he encontrado un toot con un concepto muy gracioso. He ido a ver si lo encontraba pero, para variar, no me he guardado el toot, soy un desastre. El post hablaba del concepto de «personas prepucio», que se retiran cuando la cosa se pone dura. Insertar risa amarga

Es cierto que esa gente existe. Seguro que la cabeza se te ha ido a alguien o a alguna situación cuando has entendido el concepto. En el mensaje se referían a esos amigos que te dejan de lado en lo peor de tu depresión porque eres un rollo o a esos señores que dejan a sus parejas cuando se les detecta una enfermedad grave y, en lugar de cuidar 24/7, empiezan a necesitar cuidados.

Este post, desde luego, no va para las malas personas, con todos los matices, porque nadie somos santos y muy pocos son demonios: no lo necesitan. Aquellos que se mueven solo por su interés personal y que se abrazan únicamente al beneficio se van cuando quieren y les da la gana, sin problema. Pero esa idea de que irse es de mala persona hace que las personas buenas sientan que no pueden irse. Y, a mi modo de ver, eso es un problema.

Nadie debería permanecer al lado de otro cuando ya no quiere estar, y puede haber razones válidas para eso. Cada vez que recuerdo la historia de una amiga me invade el terror: tenía una relación que iba mal, ya no estaba enamorada, estaba buscando el mejor momento, la mejor manera para dejar a su pareja... y entonces a él le detectaron una enfermedad grave. Y ella se quedó, aunque no le quería, siguió unida a él y le cuidó día, tras día, tras día, tras día. Aunque era infeliz cada día lo hizo. Y habrá quien piense que mi amiga es una santa con admiración (es más que una santa, es una señora estupenda), pero yo lo que pienso es que no tenía por qué hacerlo. Que podría haber seguido apoyando a esa persona como amiga, que podría haber hecho otras cosas que no fueran cargarse con la totalidad del cuidado de un hombre al que ya no quería. Bueno, al menos, debería haber podido.

Lo mismo hay alguien que piensa que esto es muy fácil y que lo digo desde el lado de las que dejan o quieren dejar. Claro, a veces estoy en ese lado. Pero también he sido dejada. También hay amistades que no han podido gestionar mi carácter, mis depresiones, mi falta de contacto (porque necesito estar sola para recargar energías). Y lo entiendo. Y no les culpo. Y no creo que sean malas personas. Es más, ahora mismo que estoy atravesando por un proceso depresivo leve, me gustaría decir explícitamente a la gente de mi alrededor (que tampoco es mucha) que puede irse cuando quiera, que puede, incluso, retirarse temporalmente si quiere, aunque luego quiera volver cuando la tempestad amaine. No lo hago por no parecer dramática y porque tampoco quiero que piensen que son prescindibles o que no me importaría perderles. Pero no quiero que mi tristeza sea una cadena o un secuestro. No quiero que mi necesidad les ate de ninguna manera en ningún momento. Tienen derecho a irse cuando así lo sientan o lo consideren: su cariño, su afecto, su apoyo, está suficientemente evidenciado. No tiene que ser eterno para haber sido real.

Siento que esta es una cosa que no se dice demasiado y no está de más, de vez en cuando, recordarlo. A mí misma, por ejemplo.


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Published on Dec 15, 2025

Qué será, esta cifra. Si digo 21 gramos diremos: el supuesto peso del alma. Si digo 15 años tal vez tarareemos la canción del Dúo Dinámico (sobre todo si tenemos una edad). Si digo 7 tal vez nos vengan los pecados capitales y si digo 10, los mandamientos. O yo qué sé.

Pues bien: 57 han sido los segundos que ha durado la llamada de seguimiento de mi tratamiento con antidepresivos con mi doctora. Ha incluido la presentación por su parte y la presentación del caso por la mía. Me ha dicho que me renovaba la receta. También le he preguntado cuánto tiempo tendría que mantener el tratamiento y me ha respondido.

Lo que no ha ocurrido ha sido que me haya preguntado cómo estoy, si estoy mejor, si me va bien la medicación, si estoy adaptada al trabajo (recordemos que tuve que estar de baja), en fin, cualquier pregunta que tuviera que ver con mi salud y bienestar.

Y luego que la salud mental nojequé y nojecuántos.

En fin.


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Published on Sep 2, 2025

En uno de mis libros de Conocimiento del Medio del colegio decían algo así como que los dos inventos que transformaron de forma más radical la sociedad en la modernidad fueron la imprenta y el reloj mecánico. Manda narices: la imprenta, que popularizó el acceso a los libros, una de mis cosas favoritas, y el reloj, que nos impuso un yugo de tiempo que rara vez nos podemos sacudir, una de mis cosas menos favoritas.

Si la vuelta de la rutina (odio esa expresión, porque soy perfectamente capaz de llevar una rutina sin que nadie disponga de mi tiempo) me trastoca tantísimo es porque mi tiempo deja de ser mío y de estar gobernado por mis plazos y apetencias y empieza a ser gobernado por otros agentes. El trabajo empieza a ocupar una gran parte de mis días y contenerlo lo máximo posible (mi trabajo tiende a expandirse por tu tiempo libre de una forma salvaje) me requiere un esfuerzo tremendo. Eso conlleva que las cosas que me gustan ya no puedan ser llevadas a cabo cuando me apetecen: tengo que encontrar hueco en la agenda para el gimnasio, para la lectura, para ver a la gente que quiero, para escribir, para tomar un café, para mirar mi red social, para revisar los blogs que sigo. También vuelven otras cosas que me gusta hacer, como los ensayos del coro, pero que ocupan un espacio en la agenda inamovible, lo que implica que las mire más desde la mentalidad de escasez que desde el goce que me producen.

Eso por no hablar de las funciones biológicas. Cuando estuve yendo a mi nutricionista una cuestión básica sobre la que trabajamos es comer cuando tienes hambre. No comer por anticipación (no tengo hambre pero no voy a tener un hueco hasta las 13.00) ni sostener el hambre durante mucho tiempo (porque eso puede llevar a comer de forma atropellada y por tanto a comer más de lo que necesitamos). Eso es más fácil de decir que de hacer, claro. En mi trabajo se come en los huecos, que están marcados de forma inamovible (eso si alguna tarea sobrevenida no los ocupa). Por ejemplo, el curso pasado llegaba a casa a las 16.00 y acababa comiendo, como pronto, a las 16.15. Imaginad mi estado. Eso trastocaba la hora de mi cena, pues, evidentemente, a las 20.30 o 21.00 no tenía hambre. Pero tenía que cenar pronto, porque muchos días me levantaba a las 6.30 y claro, si no has hecho la digestión y disminuído revoluciones, ¿quién se duerme a las 23.30 para conseguir dormir, al menos, unas 7 horitas? Bueno, esa batalla la di por perdida.

Pues lo mismo que con la comida ocurre con el sueño. Durante el verano, igual que como cuando tengo hambre duermo cuando tengo sueño. Al principio la cosa se descontrola un poco, pero acabo terminando por dormir mis 8 horas o poco más diariamente. Durante el curso si consigo dormir 6 horas y media los días que trabajo lo considero un logro.

Total, que me doy cuenta que, cuando trabajo, casi cada instante de mi vida consiste en forzarme para funcionar sin tener mis necesidades básicas cubiertas adecuadamente. ¿Cómo no voy a detestarlo? ¿Cómo no voy a desear que sea posible otra forma de habitar el mundo?

:(


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Published on May 14, 2026

Hace unos días tuve una conversación con una alumna a la que admiro y respeto mucho. Es una alumna de 10, en todos los sentidos: educada, simpática, inteligente, creativa, con sentido del humor... Y hasta ahora no la había visto sufrir académicamente. Daba la sensación (jeje, las sensaciones, esa cosa) de que la alumna estaba petándolo sin demasiado esfuerzo emocional, al menos. Pero el otro día, al verse sin tiempo en un examen para realizar una parte del mismo, colapsó: se agobió tanto que se puso a llorar en clase, no sabía por dónde tenía que tirar, escribía y tachaba... Finalmente no llegó la sangre al río, pudo acabar el examen, pero yo me quedé preocupada y la cité: “Cuando puedas, cuando te sientas cómoda haciéndolo, quiero hablar contigo en privado sobre lo que ha pasado hoy, ¿vale?”.

Acudió al día siguiente. Allí hablamos de salud mental, de autoexigencia desmedida (me alegró constatar que nadie la presiona, salvo ella misma, que no es poco), del derecho al error, de cómo lo perfecto es enemigo de lo bueno con frecuencia, de que debería trabajar en ciertas actitudes y formas de tratarse de cara al futuro porque pueden hacerle mucho daño. Me despedí con un: “Cuídate mucho, ¿vale?”, y lo que motiva este post es su respuesta. Se giró, me miró desde la puerta, me sonrió y me dijo: “Nos cuidamos unas a otras, profe”.

Y es verdad. Y eso me está dando mucha paz estos días. No es extraño que me sienta imbécil, que sienta que mi “bondad”, con todas las comillas del mundo, es echar margaritas a los cerdos, que las cosas que tanto esfuerzo me cuestan no dan ningún fruto. Y no es que yo sea una paranoica exageradamente pesimista, es que con frecuencia, como suele decirse, ni agradecío ni pagao y, algunas veces, malinterpretao. Pero eso es lo más evidente. Lo otro, los brotes que han ido germinando y creciendo lentos pero seguros, suelen pasar desapercibidos, a veces hasta que se les ven las flores.

Me doy cuenta de que mi actitud de cuidado, de cariño, de conexión, aunque muchas veces me drena, genera a mi alrededor un espacio amable (en tanto que es posible). Por ejemplo, tengo unas alumnas en segundo de bachillerato que han ido mostrándome más y más cariño con el paso del curso y solo ahora, al final, me han explicitado por qué, qué ha significado para ellas mi manera de estar en su mundo, mi manera de ser y hacer. Y es emocionante. Ellas fueron las primeras en mandarme un mensaje cuando me dieron la baja por un episodio de ansiedad tremendo, me mandaron un vídeo que yo no tomé como algo especialmente significativo: “Vuelve, profesora, que si no no va a haber manera de que aprobemos tu asignatura”. Pero entonces volví, y tras la primera clase, me persiguieron al departamento y me pidieron permiso para abrazarme.

Su presencia en mis días no ha sido percibida como algo significativo, era una presencia cordial, agradable, sin más. Pero ahora miro atrás y veo cuánto nos hemos cuidado sin hacerlo explícito. En las últimas semanas de curso me han hecho regalos (flores, una foto, una caja con sobres que abrir cada mes antes de mi boda), han tenido detalles brutales conmigo (fueron a un concierto del coro con una pancarta, a pesar de que diluviaba), me han ayudado a gestionar la clase, a organizar cosas, han mediado con sus compañeros... Todo un dispositivo de amabilidad y cuidados del que casi no era consciente o, más bien, debo decir que no era consciente de todo su alcance y profundidad.

Lo mismo ocurre con otra alumna, poco integrada en su grupo, en primera fila, que ha estado recibiendo mis bromas y guiños que presentaba como privadas entre las dos como pequeños salvavidas. O con otra alumna que ha atesorado el interés que he mostrado por ella, por su progreso académico y por su cultura como un regalo preciado, devolviéndome el favor con sonrisas esquivas que antes no existían. Podría poner muchísimos ejemplos solo de mi entorno de trabajo.

Te animo a pensar en esto. A intentar activar esa sensibilidad que la prisa nos tiene atrofiada, a notar esos cambios sutiles, esa alteración de los campos gravitatorios alrededor de las personas que cuidan, que se implican, que se interesan, que respetan, que quieren. Intenta abrir los ojos y los oídos, procura atender a los detalles mínimos. Verás como de pronto el mundo parece mucho más suave y amable, más hospitalario y habitable.


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Published on May 26, 2025

Cuando estudiaba el máster, el profesor de psicología nos habló de que uno de los signos de madurez en el niño es el desarrollo de la capacidad de postergación del deseo, es decir, de entender que lo que deseo ahora no va a ser recibido ahora, incluso aunque sea posible. Es tener la capacidad de esperar a acabar de hacer la compra para que mamá me compre el huevo Kinder o de esperar a que todos acaben de comer para irme a jugar. También es la capacidad de ir a trabajar todos los días para recibir la nómina a final de mes.

Es curioso ver esa conexión. No voy a ser yo una señora absolutamente cumbayá, pero es cierto que lo que interpretamos como «madurar» generalmente coincide con conductas que son adaptativas porque son útiles para el sistema. Y bueno, sí, no siempre podemos tener lo que queremos en el momento que lo queremos, patatín, patatán. Pero, ¿dónde está el límite? ¿No estaremos postergando el deseo demasiado? ¿No estaremos poniendo al final de la lista de cosas por hacer la nimiedad esa de intentar ser felices? Espoiler: efectivamente y sí. Porque claro, luego va una y lee a Epicuro sin ninguna motivación particular y se encuentra, en medio de las Sentencias Vaticanas esta joyita, la número 14:

Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.

Y la realidad te pega en toda la cara: nacemos una sola vez y no nos es dado nacer dos. No somos eternos. Y tú, sabiendo esto (aunque, probablemente, decidiendo olvidarlo convenientemente), decides (en mayor o menor medida, con mayor o menor libertad) poner lo que te hace feliz al final de la lista: no tomar esa cerveza con una amiga, no dar ese paseo al anochecer, no sacar ese rato para leer. Pues que sepas que eso de «no tengo tiempo ni pa' morirme» es mentira. Con tiempo o sin tiempo te mueres. Y lo que no hayas disfrutado no se recupera en vida, y mucho menos después de cerrar sesión.

No te estoy echando la bronca desde ningún tipo de superioridad. Sé que los deberes se cuelan con demasiada facilidad dejando los quereres al final de la cola. Sé que vamos con la agenda en la mano a todas horas. Que encontrar huecos en esa agenda se parece a encontrar la cuadratura del círculo. Lo sé. Tal vez el problema sea que no creemos en agendar la felicidad. Laura Morán en Por qué (no) deseo habla de eso: a veces las parejas acuden a su consulta de sexología quejándose de que el deseo «no les viene» y ella les señala que no están dejando tiempo para que llegue, ni espacio, ni están creando las condiciones necesarias para que eso ocurra. Cuando ella les sugiere que tal vez tengan que reservar espacios en la agenda para el erotismo la primera reacción es la resistencia: ¿cómo vamos a agendar el amor, el cariño, el erotismo? Pues mira, como lo agendamos todo.

Por ejemplo, yo hoy he agendado follar. Con toda la claridad del mundo: «Amor, tengo muchísimas ganas de ti. ¿Te parece si esta noche te vienes a cenar y justo después nos ponemos a follar como si no fuese a haber un mañana?». Algo así ha sido. Y lejos de ser antierótico, el suspirito de mi consorto ha dejado ver que la idea le parecía estupenda. Así que, amigas, salvo imprevisto, aquí esta noche se folla. Porque sí, hay que postergar el deseo a veces. Pero no indefinidamente. La felicidad es importante, así que si ahora no se puede, se le busca hueco.

A lo mejor esa agenda que ha funcionado como instrumento de opresión puede convertirse en herramienta de resistencia.

Ya, lo sé, aunque agendo el sexo no dejo de ser una romántica idealista...


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Published on Aug 1, 2025

En junio estuve en la Feria del Libro de Madrid. No es un evento que me guste demasiado como lectora: demasiado masificado. Supongo que por eso, porque no me gusta demasiado estar paseándome entre la marabunta de gente, mi botín no fue significativo. La joya de la corona, de hecho, no fue cosa mía. #Ingeñero aprovechó para dar un paseo mientras yo firmaba y traerme un regalo: Las hijas horribles de Blanca Lacasa Carralón, publicado por Libros el KO. No sé cómo leches llegó al libro, pero que lo viese y de alguna manera pensase en mí, que no apartase la mirada de mi herida sino que la acepte, me hace quererle más todavía.

¿Qué encontrarás en Las hijas horribles?

Las hijas horribles no es un libro autocomplaciente: no va a decirte que pobrecita tú y qué mal lo hizo tu madre. Tampoco lo contrario: en absoluto va a salvar a las madres o a justificarlas en el daño que han hecho. He de decir, no obstante, que desde donde yo me alzo y me sostengo, no siempre ha sido el libro que yo necesitaba leer, precisamente por eso: intenta que las hijas entendamos que no somos hijas horribles poniendo en contexto a las madres para dejar claro que no hay nada malo en nosotras, que la culpa no es nuestra. En ese ejercicio puede parecer que se las justifica, sobre todo si se lee el libro desde el trauma, como me pasa a mí. Supongo que si se toma cierta distancia se comprende la postura de la autora. Por otro lado, intenta alejar a las hijas de la victimización en la que, lo reconozco, es fácil caer: la culpa de todo es de mi madre. En ese proceso incide en la necesidad de hacernos cargo de nuestro presente y de tomar las decisiones necesarias y poner en práctica las acciones convenientes para nosotras. Y eso también, a veces, puede escocer. En fin, si te has sentido una hija horrible no es un libro cómodo. Tampoco creo que nadie esperase un libro cómodo viendo el título y la temática, claro.

La autora desgrana a lo largo del libro multitud de referencias de especialistas en psicología, sociología, feminismo, etcétera. He de decir que, me congratula, además, que entre las obras citadas haya varias lecturas que ya tenía pendientes: se ve que el libro está en mi campo de interés. Asimismo, recoge testimonios de hijas horribles, bien de la literatura, bien de mujeres entrevistadas que cuentan sus vivencias personales con sus madres (y, en menor medida, con sus hijas e hijos). Y esto sí me ha parecido verdaderamente reparador. Sé que mal de muchas, consuelo de tontas, pero es que no se trata de un consuelo: se trata de que un dolor así, compartido, permite retirar el foco de una. Es verdad que la culpa no era mía porque la madre de esta señora con la que probablemente no tengo nada en común le hizo lo mismo, le dijo lo mismo. También es interesante, si eres amante del cine, analizar las referencias cinematográficas a las que la autora hace mención. He de decir que como no soy una gran cinéfila, esa parte me ha pasado más por lo alto, aunque reconozca su interés.

##¿Qué he echado en falta en Las hijas horribles?

Un poco más de claridad y distinción, que diría Descartes. En el libro se entremezclan historias de dependencia un tanto problemática, historias de maltrato psicológico, historias de abandono. Y aunque todas ellas comporten relaciones complicadas con la madre, no todas son lo mismo. A lo mejor esta soy yo resistiéndome al mensaje del libro, no lo sé, pero creo que no acaba de distinguir bien entre lo que puede ser una relación problemática o poco sana entre madres e hijas de lo que puede ser una relación de maltrato o abuso y, en ese sentido, algunas recomendaciones o posturas me parecen poco adecuadas. ¿Que debería estar claro cuando algo es maltrato o abuso y cuándo no, especialmente para una mujer adulta? Puede, pero no siempre lo está, y menos en lo que respecta a la familia, que es lo que normalizas desde pequeña. He de reconocer que en más de un momento me he encontrado reevaluando mi experiencia y diciéndome “¿Y si estás siendo una exagerada? ¿Y si no fue para tanto?”. Y mira, no. Por ahí sí que no, nada de volver a hacerme luz de gas.

##¿Recomiendo Las hijas horribles?

Pues sí. Sí porque da mucha información sobre cómo se construye el vínculo entre madres e hijes, cómo los roles de género configuran de forma especialmente tortuosa la relación entre madres e hijas, cómo el patriarcado ha amputado la vida de las mujeres desde generaciones y cómo ese trauma se perpetúa si no se hace nada para pararlo (y creo, chavalas, que esa misión es la que le toca a nuestra generación). Además, lo hace desde un tono muy atractivo: no especialmente serio, aunque no banal, no es tedioso, de vez en cuando hay toques de humor, pero no deja de ser respetuoso... Y, sobre todo, porque creo que nos puede ayudar a reconciliarnos con nosotras mismas como hijas (lo de reconciliarnos con nuestras madres lo dejo para cada una). Incluso si tu relación con tu madre es estupenda, puede ser interesante leerlo para entender e identificar qué pasa a algunas amigas tuyas, a otras mujeres de tu vida.

En fin, me parece que este va a ser un libro que voy a regalar mucho (de hecho, ya he empezado a hacerlo).

Espero que, si llegas a leerlo, me cuentes qué te ha parecido.


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Published on Sep 24, 2025

Eran otros tiempos (siempre son otros tiempos), hace tanto y tanto que a veces casi pienso que me lo inventé. Entonces la noche me prendía como una antorcha. Cuando todo parecía apagarse yo brillaba. En el silencio y el reposo del mundo encontraba yo la música que marcaba mi ritmo y me ponía a bailar. Recuerdo la sonrisa perenne y la actividad (inútil sí, y qué) frenética. Puede que en el mundo diurno, con sus cláxones, sus risas estridentes, sus prisas y sus multitudes no encajase pero la noche me pertenecía.

Ahora la noche me pone triste. Ya no es como antes. Sigo sin pertenecer al día, pero he sido desterrada de la noche. Cada día, al oscurecer, siento que me quedo plantada a las puertas de la ciudadela de marfil oyendo toda la nada de dentro pero sin poder entrar. Tengo mi tiempo empeñado al imperio del sol. «Yo no quería», me digo. «No me quedó más remedio», me digo. «Tal vez no fui suficiente lista, o valiente», me digo.

Yo lo entiendo, aunque me mate de pena. No hay manera más triste de amar que con un ojo en el reloj. Para hacerlo mal mejor quedarse con las ganas. Al menos me quedan las ganas.

Qué viva estaba. Qué hermosa era. Y qué ignorante de mi fortuna.

Desde que no soy una lechuza se me han ido achicando las alas y ya no sé volar. Y no me gusta cómo se ve el mundo desde aquí abajo.


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