Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Jan 20, 2025

A mi madre le gusta un hombre que no es mi padre. Cada vez que coinciden a ella se le ilumina la cara y le cambia la postura corporal. De pronto no puede resistir el impulso de piropearlo. Son cosas inocentes, nada fuera de lugar: «No pasa el tiempo por ti», por ejemplo. Se conocen desde que eran jóvenes y, quién sabe, tal vez le haya gustado desde siempre. He de reconocer, por mucho que quiera a mi padre, que mi madre no tiene mal gusto.

No es la primera vez que caigo en esto: como he dicho, me doy cuenta cada vez que coinciden. Pero nunca antes este pensamiento me había llevado a empatizar tanto con mi madre (a la que he intentado e intento no parecerme, en general, con la fuerza de mil soles). Y es que resulta que ambas somos unas románticas.

No conozco mucho de la vida amorosa de mi madre antes de mi padre, pero sí sé que dejó a su prometido para ennoviarse con él. Aquello, en los años 80, en el rural-rural, fue un escándalo. El prometido, en un intento desesperado de mantenerla a su lado, decidió secuestrarle el ajuar, que ya estaba en la casa que iban a compartir, a lo que ella le contestó que podía metérselo por el culo (palabras literales). La decisión le valió una paliza de mi abuelo y la censura de buena parte de la familia y del pueblo. Había dejado a un señor con cierto poderío a pocos meses de la boda para ennoviarse con un campesino sin tierra y, encima, feo.

Pero lo hizo. No sé si quería a mi padre o no. Tal vez lo hizo porque se sintió atrapada (y esa es otra cosa con la que puedo empatizar: la de tonterías que he hecho para romper alguna jaula en la que sentía que estaba metida). La cosa es que hizo lo que le pidió el cuerpo, el corazón o lo que fuera, lo hizo de manera apasionada y pagando su buena ración de consecuencias. A esa mujer salvaje, rebelde y apasionada, que no se parece demasiado a la que yo he conocido, sí creo parecerme. O, al menos, me gustaría.

He hecho cosas parecidas y, aunque a mí nadie me ha dado una paliza, sí he cargado con juicios, opiniones y rechazo. Por suerte, vivo en una época en la que he podido alcanzar el privilegio de tener independencia económica y no necesitar el beneplácito de nadie para ser y hacer lo que yo quiera. Y, habiendo sido rara toda mi vida, la aprobación social me resulta más bien prescindible.

Lo que sé es que no quiero vivir sin eso, sin esa pasión. Que no me voy a resignar a vivir sin que el estómago me salte o me dé vueltas de vez en cuando y que estoy dispuesta a pagar el precio que haga falta por mantener la pasión en mi vida.

Hace poco vi en el telediario un reportaje sobre un cortometraje documental titulado Las novias del sur, en el que Elena Riera acude a mujeres maduras que fueron novias en su día para hablar de su experiencia. En ese reportaje una de ellas contaba que se enamoró años después de enviudar. Que entonces, a los setenta y muchos descubrió el amor. Y el sexo. La pasión, en definitiva. Ella reconocía haberse casado con un hombre al que no quería (a saber por qué razones, seguro que las tenía) pero, por suerte, la vida le dio la ocasión de enamorarse y de disfrutar de ese enamoramiento, de las caricias deseadas, de los orgasmos. Me alegré mucho por ella. Me emocioné. Y pensé que yo, que he tenido la oportunidad de saber de eso desde bien pronto, tengo la obligación moral de no conformarme con menos. No quiero hacerlo.

(Por cierto, si alguien se entera de dónde ver Las novias del sur, que me lo diga. Tengo mucho, mucho, mucho interés).


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Published on Dec 22, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Cuál es tu actitud respecto de la tentación?

¿Sueles hacer siempre lo correcto o te dejas llevar a veces?

¿Cuál es la mayor locura que hayas hecho y de la que te enorgullezcas?

Y ahora, el poema:

Decir no de Idea Vilariño

Decir no

decir no

atarme al mástil

pero

deseando que el viento lo voltee

que la sirena suba y con los dientes

corte las cuerdas y me arrastre al fondo

diciendo no no no

pero siguiéndola.


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Published on Jul 19, 2025

Odio ese meme, lo odio con todas mis fuerzas. Supongo que no te sorprende: en la época de la inmediatez y los micromensajes yo sigo escribiendo en un blog. Pero la cosa es que es un meme por algo y eso me aterroriza. Como docente he constatado que mis alumnos concen muy poco vocabulario de su propio idioma (o, al menos, vocabulario del que yo supongo que deberían conocer, que esa es otra cuestión) y que usan muy pocas palabras distintas. Su expresión, tanto oral como escrita, carece en buena medida de matices: cuentan habitando lugares comunes, con términos neblinosos y poco precisos, a pesar de servirse de una comunicación directa hasta la tosquedad. Esto me preocupa.

Pero no vengo aquí a hablar de los adolescentes, no es este un post sobre una señora pollavieja lamentándose de que todo tiempo pasado fue mejor. En absoluto. Este post surge de una conversación con un amigo sobre un libro. Hablábamos de Olvidado Rey Gudú. de Ana María Matute, que es la lectura de verano de un club en el que estamos juntos. Venía a preguntarme por mis opiniones y, en un determinado momento, yo dije que lo que me había mantenido leyendo hasta que la trama empezó a interesarme (lo cual tardó un rato en suceder) había sido el estilo. Entonces él me comentó que no le estaba gustando nada el estilo porque «usa demasiadas palabras para decir las cosas». Y te puedo jurar que ahí me partió por medio.

Si nos ponemos así, casi todo el lenguaje es redundante. Podríamos comunicarnos con gruñidos, prescindir de las canciones, de la literatura, conservar unas pocas palabras para escribir el equivalente a telegramas y gastarlas hasta que dejasen de tener sentido. Pero el lenguaje nos permite nombrar cosas atendiendo a los matices, a la forma, al detalle más nimio. Le puse el ejemplo de la canción «Dentro» de Luis Eduardo Aute: uno podría decir «Peazo pajotes me hago pensando en ti» y estaría diciendo lo mismo que la canción-poema. Bueno, lo mismo, pero no lo mismo.

No sé si es la prisa, el cansancio o qué cojones, pero me da la sensación de que el mundo se está rindiendo: ni quiere entender ni esforzarse en hacerse entender. O quizá no quiere invertir esfuerzo en expresar algo que siente que va a ser desdeñado. Por eso odio el puñetero meme del «Mucho texto»: hijodemilhienas, estoy haciendo el esfuerzo de encontrar las palabras justas para contar algo, para expresarlo, para que lo entiendas, no me jodas.

Y aquí estoy, descorazonada, buscando las palabras, cayendo en el mucho texto, pensando si será verdad que no vale (que no tiene valor) escribir un poema que dice «soy una pareja de mierda, pero esto es lo que hay» con demasiadas palabras o leer un libro con demasiadas palabras, muy bien escogidas, juntadas de una forma muy hermosa, pero que podría resumirse en «señores en un reino de fantasía medieval haciendo cosas de señores y alguna señora intentando hacerlo lo mejor que puede en medio del tinglao».

Yo qué sé. Últimamente todo me da mucha pena.


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Published on Dec 17, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Si pudieras ser cualquier otra cosa, ¿qué serías?

¿Cómo sería para ti un momento de perfecta placidez?

¿Qué puedes hacer para hacer esa sensación más presente en tu día a día?

Y ahora, el poema:

Soy vertical, de Sylvia Plath.

Soy Vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con mis raíces en la tierra

succionando minerales y amor maternal

para que cada marzo pueda resplandecer en hojas,

ni soy la belleza de un lecho de jardín

atrayendo mi cuota de admiraciones y estando espectacularmente pintada,

sin saber que pronto debo perder mis pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal

y la cabeza de una flor no es alta, pero más impactante,

y quiero la longevidad del primero y la audacia de la segunda.

Esta noche, a la luz infinitesimal de las estrellas,

los árboles y las flores han esparcido sus frescos olores.

Camino entre ellos, pero ninguno me está notando.

A veces pienso que cuando estoy durmiendo

debo parecerme perfectamente a ellos,

pensamientos desvanecidos.

Para mí, es más natural estar acostada.

Entonces el cielo y yo estamos en conversación abierta,

y seré útil cuando finalmente me acueste:

entonces los árboles puede que me toquen por una vez, y las flores

tendrán tiempo para mí.


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Published on Feb 22, 2026

Hoy me compré mi vestido de novia. Mientras la trabajadora de la tienda subía cremalleras y abrochaba botones yo pensaba que mi madre no estaba allí y menos mal. Habría hecho lo que hace casi siempre: empeorar las situaciones a las que llega. No sé qué habría podido aportar ella a las lágrimas emocionadas de mi amiga M, el dedo más rápido a este lado del Guadalquivir para sacar fotos de mi amiga R o la mirada embobada de mi futuro marido. Ahí, en ese probador, me he sentido querida sin reservas, tal y como soy, lejos de ser perfecta pero perfectamente suficiente.

Pero claro, ¿cómo iba la figura de mi madre a no hacer acto de aparición en un día como este? No podía faltar. Y ha aparecido ensombreciendo un día feliz, emponzoñando mi dicha, como tantas otras veces. Lo único que me consuela ahora mismo de toda esta situación es que así, quién sabe, quizá, tal vez, tenga la posibilidad de no tener que tenerla en mi boda, de vivir ese día sin la preocupación de en qué momento va a estropearme el día. Ojalá.

Puede que ahora mismo estés pensando barbaridades de mí. Bueno, párate y piensa cómo ha debido de ser la cosa para que alguien no quiera compartir con su madre un día así. Hay que hablar de esto: de que no todas las madres quieren, de que no todas las familias son lugar seguro, de que la sangre no une si no hay nada más. Pero también de que hay otros amores, otras personas que llorarán contigo en los momentos de felicidad, que sabrán acompañarte en tu camino sin querer dirigirte, que desafiarán cualquier prohibición para hacerte fotos mientras te pruebas vestidos, que estarán pendientes del móvil en el trabajo queriendo estar contigo de la manera que la vida les permite. Y que un día piensas en que has dejado de echar de menos lo que nunca has tenido con mucha más alegría que pena.


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Published on Oct 11, 2025

Esta mañana me he despertado e inmediatamente he empezado a sentirme mal: pensamientos intrusivos, desazón, presión en el pecho. He intentado domar al dragón respirando hondo, concentrándome en la luz que se filtraba por los huecos de la persiana, en el calor que emanaba el hombre que amo, tumbado a mi lado. No ha habido manera. He recordado, con horror, el estadio final de la maldición de la pena, ese en el que la cama deja de ser un refugio, un remedo de pacífico ataúd al menos, para convertirse en una balsa a la deriva que se agita sin cesar y en la que es imposible encontrar la paz. Resignada y derrotada he decidido levantarme.

Él ha subido la persiana y se ha sentado en el borde de la cama a vestirse. Yo me he dirigido hacia él y he empezado a relatarle mis miedos. Entonces he dirigido la vista al exterior a través de la ventana, intentando huir y he me he visto obligada a interrumpir mi relato de penas.

—¿Hay un michi ahí?

Ahí, en un balcón del edificio de enfrente, había una señora sentada desayunando. El sol todavía no bañaba su balcón pero se iba acercando. Frente a ella se alzaba lo que parecía una gata tricolor, eso sí, demasiado inmóvil para dar fe de que lo fuese. Entonces la gata ha inclinado la cabeza hacia el plato de su humana, mientras ella daba un sorbo a un vaso de lo que parecía zumo. Acto seguido ha extendido las patas y se ha estirado majestuosamente, desde las uñas delanteras hasta el último extremo del rabo. En ese momento, al unísono, él y yo hemos gritado la confirmación:

-¡Hay un michi!

Y entonces yo he roto a llorar violentamente. El llanto me ha atravesado como un relámpago y me ha desbordado. Yo he seguido mirando la escena. La mujer llevándose la tostada a la boca con una mano mientras con la otra acariciaba de manera tenue a su minina. La gata paseándose de un lado a otro del balcón, olisqueando las migajas de la mesa, buscando, de tanto en tanto, gestos de atención y cariño. Y yo lloraba sin parar, sin poder intentarlo siquiera.

Eran solo una mujer y su gata, nada más. Una escena de lo más cotidiana: el balcón, la luminosidad de una mañana soleada, una gata curiosa, un desayuno, la ausencia de prisa. Pero me ha parecido tan hermosa en un momento en el que todo me parece tan hostil y desagradable que no he podido soportarlo.

Él, que ya empieza a conocerme, se ha sentado a mi lado y me ha acariciado la espalda. De tanto en tanto ha dejado caer un beso en mi cabeza mientras yo musitaba, desconsolada:

—Es tan bonito...

Y es verdad que lo era. Y yo no solo he sido tan afortunada como para ver esa hermosura sino que, además, he sido capaz de conmoverme hasta el llanto. Puede que la cama ahora sea una balsa, pero todavía queda en mí fuerzas para sentir y, por tanto, esperanza de volver a ganar la batalla.


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Published on Mar 20, 2026

Decía Aristóteles que los humanos tenemos de especial, respecto de los animales, que, además de tener voz, tenemos palabra. Por eso somos sociales: la naturaleza no hace nada en vano y si nos ha dado palabras será para que las usemos. Unos con otros, se entiende.

Y qué maravilla de don, la palabra. No porque lo diga Aristóteles, sino porque lo digo yo. ¿O acaso no te han dicho nunca la palabra precisa? O la más inoportuna. Seguro que sabes de qué te hablo.

Últimamente he desbloqueado un miedo. He estado leyendo Las gratitudes de Delphine de Vigan. Si no lo has leído y te apetece, para aquí, porque te voy a destripar un trozo.

En él hay un personaje entrañabilísimo, Michka, que en su vejez desarrolla afasia. Ahora entiendo la gravedad de una de las escenas del principio: Michka buscando por el suelo, bajo la cama, por todas partes, algo que no sabía qué era. Y eran las palabras que estaba perdiendo.

Qué atroz ser capaz de pensar y no poder decir, ni escribir, lo que hay dentro de nosotros. Qué horror irse convirtiendo en una isla sin conexión con el resto de la humanidad poco a poco.

Ya me jode darle la razón a Aristóteles, pero en esto creo que la tiene. Puedo tolerar (no de buena gana) perder la voz. Pero no me merecería la pena seguir viviendo si no pudiese echar mano a las palabras.


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Published on Feb 16, 2025

Tengo una amiga con la que nunca me he tomado un café, ni una caña. Sí, otra. Empiezo a pensar que a lo mejor lo que ocurre es que en persona soy inaguantable. En fin, que me pierdo. Decía que tengo una amiga con la que nunca he coincidido pero con la que comparto una historia de bastantes años. Diez, probablemente. Quizá más. Durante ese tiempo nos hemos contado de todo, nos hemos consolado, nos hemos reñido (aunque poco), nos hemos aconsejado... Y anda que no nos han pasado cosas... Buf.

Hoy mi amiga me hablaba de que tenía que controlar ciertas emociones. Me decía que no podía dejar que una cosa le afectase tanto. Y su afirmación y su empeño me ha hecho pensar en una idea, no por extendida, menos errónea (según yo lo veo): la de que las emociones se pueden controlar.

Hay algo que he aprendido en los últimos años y que, como señora intensísima que soy, me ha venido muy bien aprender: que las emociones son como el oleaje. Si te paras a pensarlo hay bastante parecido. Pueden ser suaves o bien violentas. Pueden acunarte o revolcarte. Pueden acariciarte o hacerte daño. Pero lo que vayan a ser, lo que vayan a hacerte, está fuera de tu alcance. Una no puede plantarse delante del mar y pedirle que no le pegue fuerte (o que sí), pues lo mismo con las emociones.

Durante bastante tiempo servidora, que tiene unos poquitos de problemas con eso de querer controlarlo todo, también creyó que podía controlar las emociones, que podía doblegarlas o resistirse a ellas. Eso es algo parecido a pararse en el mar bien firme cuando las olas te golpean: acabas revolcada y, a veces, haciéndote bastante daño. Con el tiempo he aprendido que vale más no resistirse: dejarse mecer o arrastrar, sea lo que sea. Y, cuando la marea se calme, ver que puede hacerse de una.

Tengo la sospecha de que ese no dejar que las cosas nos afecten, ese no dejarnos llevar por las emociones tiene que ver más con lo que es bueno para el sistema que con lo que es bueno para nosotras. Para una es mucho más sano sentir las cosas que reprimirlas, estoy convencida. Pero para el sistema no tanto: no puedes permitirte estar triste si trabajas cara al público, no puedes sentir la rabia que necesitas sentir si tienes que atender a 37 adolescentes por hora, no puedes dejar que la euforia te revuelque si tienes que parecer profesional y serena durante 8 horas al día ni puedes dejar que la excitación te llene si mañana el despertador suena a las 7 de la mañana y son más de las 12 de la noche.

Resulta que sentir también va a ser un lujo. Normal que no perder la cabeza del todo también lo sea.

En fin, voy a dejar que la pena me revuelque un rato más (eso sí, mientras limpio el polvo, que es la tarea doméstica que me queda pendiente para este finde).

Cuídate mucho. Y siente tanto como puedas: sentir es punk.


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Published on Mar 24, 2025

No sé hasta qué punto Yeguas exhaustas es ficción pura y dura y hasta dónde se han colado las vivencias de Bibiana Collado Cabrera. Si tengo que apostar, diría que hay mucha verdad en ese invento. Tal vez porque hay mucha de mi realidad ahí. A saber. Sea como sea, ha conseguido contar una verdad con maestría, independientemente de cuál sea su grado de correspondencia con los hechos.

Al acabar el libro he deseado tener la maestría que tiene ella para contar cosas tan crudas y tan dolorosas. Yo, por no tener ese talento, he preferido durante mucho tiempo callarme. Contar la verdad desnuda, con todo el dolor, con todo el daño, a la gente cercana, pasado ya mucho tiempo. Pero, para los demás, ser la víctima perfecta que guarda silencio y que, por tanto, al callar, otorga que no es víctima de nada, que es la caricatura que su maltratador hizo de ella. Porque la mejor defensa es un buen ataque, y quién va a creer la defensa de alguien que ya se supone loco, manipulado, desquiciado y difícil. Quién va a creer que el entregado novio perfecto era un maltratador y forzaba sus deseos sobre ella a pesar de su llanto. Luego pedía perdón, eso sí. Pero, ¿perdón por qué? Si él era, es y será un caballero de brillante armadura que no ha hecho otra cosa que amarla y que, al parecer, nunca jamás hará otra cosa.

En fin. Cómo me gustaría tener la paciencia y el arte para hacerlo doloroso, real, pero también hermoso. Para decir algo que no convierta la experiencia en patética o en banal. Pero como no creo poder hacerlo, como no tengo las fuerzas para intentarlo, tiro la piedra, escondo la mano y mastico la pena que se siente como arena en la boca.


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Published on Jul 17, 2025

Estoy volviendo a ver una de mis series favoritas: «Call the Midwife». Se trata de una serie de la BBC con chorrocientas temporadas basada en las memorias de Jennifer Worth, que sirvió como comadrona en el East End Londinense tras la II Guerra Mundial. Ahí es ná. Recuerdo que leí el primer libro (creo que son tres) y bueno, bien, pero no me daba la mandanga que me daba la serie. Eso por no hablar del clasismo condescendiente que se le escapa a veces a la señora y del cacao mental que tenía sobre lo que había sido la Guerra Civil Española (que para ella era un enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, siendo los republicanos gente malísima que iba persiguiendo a la nobleza). En fin, cosas de ingleses.

Pero la serie, como digo, me da mandanga de la buena: es mi tratamiento de llanto. Me pongo mi capitulito y sé que voy a llorar y moquear de emoción pura hasta quedarme suavecita como el terciopelo. Estoy con la temporada 14, creo, y eso no cambia. Maravilla.

Evidentemente, tiene su cosita social y de repaso de la historia de iukei, una defensa tochísima del NHS, un recorrido por la evolución de la Sanidad Pública británica, el tratamiento de ciertos problemas como la crisis de la talidomida o los desalojos y reubicaciones de los habitantes del East End... Vamos, que pa mí lo tiene todo. Incluida la ropita de la época, que me puto flipa.

Pues bien, en el capítulo que he visto hoy se mencionaba la posibilidad de movilizaciones y protestas por parte de las enfermeras para reclamar un salario digno, ya que les pagaban básicamente en cacahuetes. ¿Tendría que ver algo que fuese una profesión femenina? Quién sabe, esas cosas no pueden saberse.

Una personaja (no despectivo, por marcar el femenino, simplemente) que vive en un convento (parte de las comadronas son monjas) y que solo recientemente ha conseguido llevarse allí a su hija (es madre soltera) porque no puede permitirse una vivienda para ambas manifiesta a una compañera más veterana su inquietud sobre el tema del salario tras vivir unas compañeras una situación muy problemática. Dice algo así como que las enfermeras de distrito y las comadronas viven situaciones muy complejas, hacen un trabajo muy difícil y no son remuneradas con justicia. Su compañera adopta un rictus entre apesadumbrado y escandalizado, así muy inglesa ella, y dice que cuidar de los demás es un privilegio y patatín patatán y que no quiere oír nada más al respecto. Je.

He oído ese discurso: soy docente. Cuando me quejo de las condiciones me replican que es un trabajo muy bonito, que tenemos mucha influencia, que hacemos mucho bien. Y todo eso es verdad. Pero a mí me gustaría que hacer ese trabajo no fuese a costa de mi malestar, de comerse mi tiempo libre, de hacer más de lo que puedo o de maltratar mi salud.

No niego que realizar ciertas profesiones tiene un algo de «privilegio», con todas las comillas del mundo, porque te pone en situaciones que poca gente puede vivir (ojo, que esto es para bien y para fatal). Pero, ¿en qué ley natural dice que esa «recompensa» (que muchas veces no lo es) es incompatible con unas condiciones laborales dignas (o un poco más que dignas, que tampoco pasa nada por apuntar alto)?

Yo me niego a comprar la idea de que pringar sea un privilegio y, por eso, se pueda escatimar en la retribución a las pringadas. Perdon't.


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