Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 8, 2026

«Quien pierde las formas pierde la razón». ¿Te suena? Yo lo habré escuchado enecientas veces y, lo que es peor: me lo he creído. Me ha hecho sentir mejor moralmente no perder las formas mientras otros me pisaban. Me ha consolado que mis «verdugos» vencieran pero no convencieran, porque, ¿quién puede convencer sin razón? Y yo podría estar maltrecha y vencida, pero había hecho lo correcto.

El gilipollas. Eso es lo que había hecho: el gilipollas.

Menuda trampa, amigas. ¿Quién sale beneficiado de mantener las formas? El privilegiado. Siempre. Bueno, el privilegiado, como la banca, siempre gana, pero al menos hagamos su victoria incómoda, ¿no?

¿Quién puede permitirse no gritar cuando le pisan? Aquel a quien no le duele de verdad. ¿Quién puede permitirse permanecer impasible mientras le apuñalan? Quien no es humano. ¿Quién puede permanecer sereno mientras le humillan? Nadie.

Que nos traguemos que hay que mantener las formas como requisito moral es la forma de que no demos la batalla, aguantemos los golpes en silencio y, de paso, dominar el discurso para poder desacreditarnos si damos una voz más alta que otra. Sirve para cortar la lucha haciendo que nos conformemos con la pírrica victoria de no haber perdido los papeles. Para descanso de los verdaderos vencedores, claro.

Estoy muy harta del discurso del dominio de las pasiones, como si ser capaz de contener las lágrimas o de sofocar la rabia hiciese a alguien mejor persona y no, simplemente, más insensible. Me lleva a un funeral en el que estuve y en el que se empeñaban en empastillar a las hijas de la difunta cuando «perdían los nervios». Ahora hasta en los funerales hay que llorar bajito si es inevitable y, si se puede, permanecer entera y serena.

Menuda mierda de trayecto llevamos, caris, si el cénit de la humanidad parece ser parecer lo menos humanas posible.

La bruja tarada agita su varita mágica

˚ ༘ ೀ⋆。˚. ݁₊ ⊹ . ݁˖ . ݁✧₊⁺ Te doy ⋆⭒˚.⋆
⋆⭒˚.⋆ el derecho✧₊⁺✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧
✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de cagarte✧₊⁺
✧₊⁺ en los muertos ✮ ⋆ ˚。𖦹 ⋆。°✩
⋆⭒˚.⋆ ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧ de quien ⋆⭒˚.⋆✶⋆.˚
✶⋆.˚ te toque el coño ✩₊˚.⋆☾⋆⁺₊✧

De nada.


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Published on Apr 21, 2026

Este post contiene spoilers de la novela Hamnet, aunque sean como mera excusa para iniciar el razonamiento, así que si no la has leído y no te gusta que te destripen detalles, deberías parar de leer aquí.


Ayer acabé de leer Hamnet, la novela de Maggie O'Farrell. Hacia el final de la novela hay dos grandes gestos. El primero, cuando un Shakespeare ausente le desvela a su mujer, con la que no convive, que tiene mucho dinero y que le va a comprar una casa para que viva lejos de su familia política. Y le compra un casoplón. El segundo, cuando escribe y representa Hamlet, un homenaje a su hijo muerto prematuramente, en la cual él “se cambia” por el hijo para permitirle “vivir”. Oh, qué hermosura, qué sublime.

La cosa es que yo no puedo dejar de ver que la casa es un gran gesto para apaciguar a Agnes, su mujer, por haber tenido diversas amantes en Londres y por la ausencia prolongada en exceso y las escasas visitas. Y la obra, un gran gesto para apaciguar su conciencia, para sentir que ha hecho algo, ya que ni estuvo acompañando a su hijo en su muerte ni estuvo acompañando a su familia en el duelo. Se fue, a seguir viviendo su sueño, su vida de dramaturgo, mientras el luto envolvía a la familia entera (a su mujer y a sus hijas sobre todo) y Agnes apenas es capaz de salir de una depresión que por poco acaba con ella.

Por cosas he aprendido a desconfiar de los grandes gestos. Hay veces que no son más que detalles bienintencionados, fuegos artificiales que acompañan un cariño constante, un esfuerzo sostenido, una presencia estable. Y no tengo nada contra eso, a muchos nos gustan los fuegos artificiales[^fuegos]. Sin embargo, la mayor parte de las veces son remedos de excusas vacíos, mera espectacularidad. Y así los fuegos artificiales no compensan, porque no cuidan, no quieren y no sostienen, por mucho que impresionen.

Lo terrible es que esa impresión nos obnubila y nos fascina, con frecuencia hasta el punto de hacernos olvidar lo demás, lo que nos falta. Pero luego, cuando el sonido desaparece, y los brillos, y ese encantamiento, nos quedamos otra vez solas, otra vez en la carencia.

Hay que tener especial cuidado con la pirotecnia y los pirotécnicos, porque los hay que saben manejar muy bien los tiempos y las explosiones, ubicándolos estratégicamente para desviar nuestra atención de las razones y envolviéndonos en las excusas. Debemos recordar que cualquier gran gesto, por enorme que sea, es más fácil que estar. Siempre. E intentar sustituir lo último con lo primero es un acto miserable.

No he podido dejar de ver en la parte final de Hamnet la obra de un experimentado pirotécnico. Y me enfada, me enfada soberanamente, que Agnes, tan salvaje, tan sabia, tan fiera, tan clarividente, se haya dejado engañar por los colores y los destellos. Si a ella cae, ¿cómo íbamos a escaparnos el resto?

[^fuegos]: al menos como metáfora.


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Published on Sep 25, 2025

Aviso de contenido: escatología, descripción explícita de desnudo masculino

Nunca me han vuelto loca los cuerpos masculinos. El de las mujeres, a mi modo de ver, es infinitamente superior estéticamente. Muy pocas veces en mi vida, y cuando digo muy pocas lo que quiero decir es «me sobran varios dedos en una mano pa contarlas» me ha ocurrido que yo contemple el cuerpo de un hombre y experimente placer estético, sensación de belleza. Y no hablo solo de hombres normales y corrientes, mortales de los que te cruzas en tu día a día y en tu vida. No, o no solo. Incluyo también a deportistas, actores, modelos, cantantes... Me refiero a todos los hombres. Sus cuerpos han podido excitarme, atraerme, divertirme... Pero no he experimentado casi nunca el deseo de contemplarlos sin parar. Esto es: hasta ahora.

Esta mañana lo único que me ha impedido quedarme horas y horas mirando el cuerpo desnudo de mi pareja ha sido el ferreo anclaje con el que el capitalismo nos tiene cogidos a ambos. Otro motivo más para odiarlo con fuerza infinita.

Como cada mañana laborable, ha sonado el despertador y yo me he dirigido hacia el baño con los ojos cerrados: me sé el camino. Me he sentado en el váter y, mientras orinaba, he resoplado pensando «venga, un día más, un día menos». Pero al volver... Uf, al volver. Mi pareja estaba de pie, de perfil, preparando la ropa para vestirse, con su gloriosa erección matutina lista para revista (tampoco he sido nunca muy fan de las erecciones a nivel visual, os lo prometo). El pecho se me ha encogido, de verdad. Y él, sin darse cuenta de nada de esto, ha dejado la ropa lista sobre la cama y se ha ido al baño, ignorando que yo me quedaba allí como si hubiera visto un Caravaggio caminando con marco y todo.

Al volver me ha encontrado todavía ahí parada, sentada en el borde de la cama, haciendo por vestirme. He soltado la falda y he abierto los brazos. Él se ha acercado a mí y yo he devorado con los ojos cada punto visible de su anatomía: sus piernas fuertes y musculosas, los surcos bajo sus caderas que conducen a su entrepierna, ahora más calmada (para descanso de mi pobre corazón), su vientre, en el que empiezan a asomar los músculos abdominales, su pecho suave, esos brazos cubiertos de un vello fino y agradable en los que tanto me gusta perderme... Y su cara: esos ojos oscuros rodeados de bien de pestañas, la barba que tanto me gusta tocar y esa forma de sonreír con todo lo que es. A veces creo que, cuando le miro, se me olvida respirar.

Al entrar en mi rango de acción le he abrazado muy fuerte, apoyando la cabeza sobre su vientre, besando su cadera, deseando que por algún conjuro nos quedásemos unidos y nos diesen la incapacidad a los dos para poder quedarnos así el resto de nuestra vida.

Como podrás sospechar, no ha ocurrido, así que tendré que esperar las más de 24 horas que faltan para poder volver a verlo y acariciarlo desnudo. Intentaré que se me haga más llevadero recordando la sensación de rapto que me asalta cuando le veo así.


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Published on Jun 13, 2025

Hace aproximadamente un siglo[^uno] recibí este mini cómic sobre los errores titulado «Erasers are wonderful» (las gomas de borrar son maravillosas) y guardé el enlace aquí, en un borrador del blog, porque me apetecía mucho escribir sobre este tema. Y bueno, yo qué sé: más vale tarde que nunca.

En el cómic el autor habla sobre lo mucho que se avergonzaba de borrar mucho porque borrar estaba asociado a cometer errores y los errores eran algo intrínsecamente malo. Supongo que porque acertar es algo intrínsecamente bueno, así que si no estás acertando (que es lo que está bien) pues estás cometiendo un error (que está mal). Esto podría tener sentido si cuando tomamos una decisión, justo antes de hacer nada, sonase una campanita feliz o triste que nos indicase si la decisión es correcta o incorrecta, por ejemplo. A veces no sabes si algo es un acierto o un error hasta que no lo intentas. A veces algo que parece un error acaba siendo un acierto. A veces algo que empieza siendo un acierto se convierte en un error. Y otras veces una se va de cabeza hacia el error, viendo el letrero de neón rosa gigante que dice «ERROR!» porque bueno, el Nobel de Tener La Vida Perfecta no existe y hay errores que una no quiere dejarse sin cometer. Y no pasa nada[^dos].

Parece que tenemos que vivir la vida como un recado: ir del punto A al punto B de la forma más directa y eficiente posible. Pues lamento deciros que si ese es el plan mejor nos pegamos un tiro nada más nacer, porque al final ese es el punto al que llegamos todas, ¿no? Si queremos ser consecuentes ese sería el procedimiento. Pero es que la vida no es un recado sino un paseo: sales, caminas, cambias de calle, descubres mapa, entras en una tienda de cosas que no te puedes permitir aunque finges que sí, acaricias un perrito ajeno, te sientas en un banco a ver atardecer y luego a ver levantarse la luna aunque al día siguiente trabajes... Creo que se entiende lo que quiero decir: vivir no es acertar sino explorar. Y cuando estás explorando no te equivocas: descubres, aprendes, y sí, a veces tienes que arreglar algún desastre, cosas de hacer la exploraceón.

Y diréis: que sí, jodía, que todo eso de explorar está muy bien, pero los errores en la vida tienen consecuencias. Y sí, no lo niego. Sobre todo cuando una no es parte de los grupos privilegiados los errores pesan mucho. Un error puede dejarte sin beca. Un error puede hacer que no te cojan en ese trabajo que necesitas desesperadamente para que no te echen del piso de alquiler. Que yo lo entiendo: para poder seguir explorando el mapa tenemos que ir cumpliendo misiones en el videojuego, al menos en cosas importantes que tienen que ver con la supervivencia material. Pero, ¿equivocarte de pareja? Pos se rompe. ¿Equivocarte de libro para leer? Pues lo dejas. ¿Equivocarte haciendo la tortilla de patata? Pues a la próxima saldrá mejor.

Equivocarse no es fracasar. El tiempo invertido en algo que acaba no siendo «un acierto» no es tiempo perdido. Y ya, dicho sea de paso, desconfiad de quienes dicen no equivocarse nunca y tener siempre la respuesta correcta. Primero, porque eso no hay quien se lo crea. Y segundo, porque probablemente sean un pozo de estulticia.

Y ya estaría. Estás bien. Tus errores tienen sentido. ¡Abrazos, abrazos!

[^uno]: Vale, puede que algo menos, pero hace más tiempo del que me gustaría. [^dos]: Sí, amiga, yo también la cagué de gordo sabiendo que la estaba cagando de gordo, no pasa nada, no hay nada mal en ti y te abrazo.


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Published on Jan 20, 2025

A mi madre le gusta un hombre que no es mi padre. Cada vez que coinciden a ella se le ilumina la cara y le cambia la postura corporal. De pronto no puede resistir el impulso de piropearlo. Son cosas inocentes, nada fuera de lugar: «No pasa el tiempo por ti», por ejemplo. Se conocen desde que eran jóvenes y, quién sabe, tal vez le haya gustado desde siempre. He de reconocer, por mucho que quiera a mi padre, que mi madre no tiene mal gusto.

No es la primera vez que caigo en esto: como he dicho, me doy cuenta cada vez que coinciden. Pero nunca antes este pensamiento me había llevado a empatizar tanto con mi madre (a la que he intentado e intento no parecerme, en general, con la fuerza de mil soles). Y es que resulta que ambas somos unas románticas.

No conozco mucho de la vida amorosa de mi madre antes de mi padre, pero sí sé que dejó a su prometido para ennoviarse con él. Aquello, en los años 80, en el rural-rural, fue un escándalo. El prometido, en un intento desesperado de mantenerla a su lado, decidió secuestrarle el ajuar, que ya estaba en la casa que iban a compartir, a lo que ella le contestó que podía metérselo por el culo (palabras literales). La decisión le valió una paliza de mi abuelo y la censura de buena parte de la familia y del pueblo. Había dejado a un señor con cierto poderío a pocos meses de la boda para ennoviarse con un campesino sin tierra y, encima, feo.

Pero lo hizo. No sé si quería a mi padre o no. Tal vez lo hizo porque se sintió atrapada (y esa es otra cosa con la que puedo empatizar: la de tonterías que he hecho para romper alguna jaula en la que sentía que estaba metida). La cosa es que hizo lo que le pidió el cuerpo, el corazón o lo que fuera, lo hizo de manera apasionada y pagando su buena ración de consecuencias. A esa mujer salvaje, rebelde y apasionada, que no se parece demasiado a la que yo he conocido, sí creo parecerme. O, al menos, me gustaría.

He hecho cosas parecidas y, aunque a mí nadie me ha dado una paliza, sí he cargado con juicios, opiniones y rechazo. Por suerte, vivo en una época en la que he podido alcanzar el privilegio de tener independencia económica y no necesitar el beneplácito de nadie para ser y hacer lo que yo quiera. Y, habiendo sido rara toda mi vida, la aprobación social me resulta más bien prescindible.

Lo que sé es que no quiero vivir sin eso, sin esa pasión. Que no me voy a resignar a vivir sin que el estómago me salte o me dé vueltas de vez en cuando y que estoy dispuesta a pagar el precio que haga falta por mantener la pasión en mi vida.

Hace poco vi en el telediario un reportaje sobre un cortometraje documental titulado Las novias del sur, en el que Elena Riera acude a mujeres maduras que fueron novias en su día para hablar de su experiencia. En ese reportaje una de ellas contaba que se enamoró años después de enviudar. Que entonces, a los setenta y muchos descubrió el amor. Y el sexo. La pasión, en definitiva. Ella reconocía haberse casado con un hombre al que no quería (a saber por qué razones, seguro que las tenía) pero, por suerte, la vida le dio la ocasión de enamorarse y de disfrutar de ese enamoramiento, de las caricias deseadas, de los orgasmos. Me alegré mucho por ella. Me emocioné. Y pensé que yo, que he tenido la oportunidad de saber de eso desde bien pronto, tengo la obligación moral de no conformarme con menos. No quiero hacerlo.

(Por cierto, si alguien se entera de dónde ver Las novias del sur, que me lo diga. Tengo mucho, mucho, mucho interés).


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Published on Dec 22, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Cuál es tu actitud respecto de la tentación?

¿Sueles hacer siempre lo correcto o te dejas llevar a veces?

¿Cuál es la mayor locura que hayas hecho y de la que te enorgullezcas?

Y ahora, el poema:

Decir no de Idea Vilariño

Decir no

decir no

atarme al mástil

pero

deseando que el viento lo voltee

que la sirena suba y con los dientes

corte las cuerdas y me arrastre al fondo

diciendo no no no

pero siguiéndola.


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Published on Jul 19, 2025

Odio ese meme, lo odio con todas mis fuerzas. Supongo que no te sorprende: en la época de la inmediatez y los micromensajes yo sigo escribiendo en un blog. Pero la cosa es que es un meme por algo y eso me aterroriza. Como docente he constatado que mis alumnos concen muy poco vocabulario de su propio idioma (o, al menos, vocabulario del que yo supongo que deberían conocer, que esa es otra cuestión) y que usan muy pocas palabras distintas. Su expresión, tanto oral como escrita, carece en buena medida de matices: cuentan habitando lugares comunes, con términos neblinosos y poco precisos, a pesar de servirse de una comunicación directa hasta la tosquedad. Esto me preocupa.

Pero no vengo aquí a hablar de los adolescentes, no es este un post sobre una señora pollavieja lamentándose de que todo tiempo pasado fue mejor. En absoluto. Este post surge de una conversación con un amigo sobre un libro. Hablábamos de Olvidado Rey Gudú. de Ana María Matute, que es la lectura de verano de un club en el que estamos juntos. Venía a preguntarme por mis opiniones y, en un determinado momento, yo dije que lo que me había mantenido leyendo hasta que la trama empezó a interesarme (lo cual tardó un rato en suceder) había sido el estilo. Entonces él me comentó que no le estaba gustando nada el estilo porque «usa demasiadas palabras para decir las cosas». Y te puedo jurar que ahí me partió por medio.

Si nos ponemos así, casi todo el lenguaje es redundante. Podríamos comunicarnos con gruñidos, prescindir de las canciones, de la literatura, conservar unas pocas palabras para escribir el equivalente a telegramas y gastarlas hasta que dejasen de tener sentido. Pero el lenguaje nos permite nombrar cosas atendiendo a los matices, a la forma, al detalle más nimio. Le puse el ejemplo de la canción «Dentro» de Luis Eduardo Aute: uno podría decir «Peazo pajotes me hago pensando en ti» y estaría diciendo lo mismo que la canción-poema. Bueno, lo mismo, pero no lo mismo.

No sé si es la prisa, el cansancio o qué cojones, pero me da la sensación de que el mundo se está rindiendo: ni quiere entender ni esforzarse en hacerse entender. O quizá no quiere invertir esfuerzo en expresar algo que siente que va a ser desdeñado. Por eso odio el puñetero meme del «Mucho texto»: hijodemilhienas, estoy haciendo el esfuerzo de encontrar las palabras justas para contar algo, para expresarlo, para que lo entiendas, no me jodas.

Y aquí estoy, descorazonada, buscando las palabras, cayendo en el mucho texto, pensando si será verdad que no vale (que no tiene valor) escribir un poema que dice «soy una pareja de mierda, pero esto es lo que hay» con demasiadas palabras o leer un libro con demasiadas palabras, muy bien escogidas, juntadas de una forma muy hermosa, pero que podría resumirse en «señores en un reino de fantasía medieval haciendo cosas de señores y alguna señora intentando hacerlo lo mejor que puede en medio del tinglao».

Yo qué sé. Últimamente todo me da mucha pena.


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Published on Dec 17, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Si pudieras ser cualquier otra cosa, ¿qué serías?

¿Cómo sería para ti un momento de perfecta placidez?

¿Qué puedes hacer para hacer esa sensación más presente en tu día a día?

Y ahora, el poema:

Soy vertical, de Sylvia Plath.

Soy Vertical

Pero preferiría ser horizontal.

No soy un árbol con mis raíces en la tierra

succionando minerales y amor maternal

para que cada marzo pueda resplandecer en hojas,

ni soy la belleza de un lecho de jardín

atrayendo mi cuota de admiraciones y estando espectacularmente pintada,

sin saber que pronto debo perder mis pétalos.

Comparado conmigo, un árbol es inmortal

y la cabeza de una flor no es alta, pero más impactante,

y quiero la longevidad del primero y la audacia de la segunda.

Esta noche, a la luz infinitesimal de las estrellas,

los árboles y las flores han esparcido sus frescos olores.

Camino entre ellos, pero ninguno me está notando.

A veces pienso que cuando estoy durmiendo

debo parecerme perfectamente a ellos,

pensamientos desvanecidos.

Para mí, es más natural estar acostada.

Entonces el cielo y yo estamos en conversación abierta,

y seré útil cuando finalmente me acueste:

entonces los árboles puede que me toquen por una vez, y las flores

tendrán tiempo para mí.


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Published on Feb 22, 2026

Hoy me compré mi vestido de novia. Mientras la trabajadora de la tienda subía cremalleras y abrochaba botones yo pensaba que mi madre no estaba allí y menos mal. Habría hecho lo que hace casi siempre: empeorar las situaciones a las que llega. No sé qué habría podido aportar ella a las lágrimas emocionadas de mi amiga M, el dedo más rápido a este lado del Guadalquivir para sacar fotos de mi amiga R o la mirada embobada de mi futuro marido. Ahí, en ese probador, me he sentido querida sin reservas, tal y como soy, lejos de ser perfecta pero perfectamente suficiente.

Pero claro, ¿cómo iba la figura de mi madre a no hacer acto de aparición en un día como este? No podía faltar. Y ha aparecido ensombreciendo un día feliz, emponzoñando mi dicha, como tantas otras veces. Lo único que me consuela ahora mismo de toda esta situación es que así, quién sabe, quizá, tal vez, tenga la posibilidad de no tener que tenerla en mi boda, de vivir ese día sin la preocupación de en qué momento va a estropearme el día. Ojalá.

Puede que ahora mismo estés pensando barbaridades de mí. Bueno, párate y piensa cómo ha debido de ser la cosa para que alguien no quiera compartir con su madre un día así. Hay que hablar de esto: de que no todas las madres quieren, de que no todas las familias son lugar seguro, de que la sangre no une si no hay nada más. Pero también de que hay otros amores, otras personas que llorarán contigo en los momentos de felicidad, que sabrán acompañarte en tu camino sin querer dirigirte, que desafiarán cualquier prohibición para hacerte fotos mientras te pruebas vestidos, que estarán pendientes del móvil en el trabajo queriendo estar contigo de la manera que la vida les permite. Y que un día piensas en que has dejado de echar de menos lo que nunca has tenido con mucha más alegría que pena.


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Published on Oct 11, 2025

Esta mañana me he despertado e inmediatamente he empezado a sentirme mal: pensamientos intrusivos, desazón, presión en el pecho. He intentado domar al dragón respirando hondo, concentrándome en la luz que se filtraba por los huecos de la persiana, en el calor que emanaba el hombre que amo, tumbado a mi lado. No ha habido manera. He recordado, con horror, el estadio final de la maldición de la pena, ese en el que la cama deja de ser un refugio, un remedo de pacífico ataúd al menos, para convertirse en una balsa a la deriva que se agita sin cesar y en la que es imposible encontrar la paz. Resignada y derrotada he decidido levantarme.

Él ha subido la persiana y se ha sentado en el borde de la cama a vestirse. Yo me he dirigido hacia él y he empezado a relatarle mis miedos. Entonces he dirigido la vista al exterior a través de la ventana, intentando huir y he me he visto obligada a interrumpir mi relato de penas.

—¿Hay un michi ahí?

Ahí, en un balcón del edificio de enfrente, había una señora sentada desayunando. El sol todavía no bañaba su balcón pero se iba acercando. Frente a ella se alzaba lo que parecía una gata tricolor, eso sí, demasiado inmóvil para dar fe de que lo fuese. Entonces la gata ha inclinado la cabeza hacia el plato de su humana, mientras ella daba un sorbo a un vaso de lo que parecía zumo. Acto seguido ha extendido las patas y se ha estirado majestuosamente, desde las uñas delanteras hasta el último extremo del rabo. En ese momento, al unísono, él y yo hemos gritado la confirmación:

-¡Hay un michi!

Y entonces yo he roto a llorar violentamente. El llanto me ha atravesado como un relámpago y me ha desbordado. Yo he seguido mirando la escena. La mujer llevándose la tostada a la boca con una mano mientras con la otra acariciaba de manera tenue a su minina. La gata paseándose de un lado a otro del balcón, olisqueando las migajas de la mesa, buscando, de tanto en tanto, gestos de atención y cariño. Y yo lloraba sin parar, sin poder intentarlo siquiera.

Eran solo una mujer y su gata, nada más. Una escena de lo más cotidiana: el balcón, la luminosidad de una mañana soleada, una gata curiosa, un desayuno, la ausencia de prisa. Pero me ha parecido tan hermosa en un momento en el que todo me parece tan hostil y desagradable que no he podido soportarlo.

Él, que ya empieza a conocerme, se ha sentado a mi lado y me ha acariciado la espalda. De tanto en tanto ha dejado caer un beso en mi cabeza mientras yo musitaba, desconsolada:

—Es tan bonito...

Y es verdad que lo era. Y yo no solo he sido tan afortunada como para ver esa hermosura sino que, además, he sido capaz de conmoverme hasta el llanto. Puede que la cama ahora sea una balsa, pero todavía queda en mí fuerzas para sentir y, por tanto, esperanza de volver a ganar la batalla.


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