Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Mar 11, 2025

Soy una mujer de pocas certezas, creo. Lejos quedan esos tiempos de mi arrogante adolescencia en los que creía tenerlo todo muy claro, transparente. El paso por la carrera de Filosofía y por la crisis económica de 2008, con todo lo que supuso, me bajaron los humitos a fuerza de lecturas y hostias. Los años que vinieron después, con sus correspondientes experiencias, me sirvieron para darme cuenta que la realidad rara vez es tan simple como para poder decir, con honestidad, que una está segura de algo.

Pero me aferro a alguna certeza que, más que una certeza en sí, es un compromiso con algo que creo firmemente que es bueno para mí, que es lo que me conviene. Doy margen sobre lo que quiero, porque sé que los deseos cambian, pero lo que es bueno o conveniente, en términos generales, es menos mutable. Asimismo, tengo bien fijos en mi brújula moral unos cuantos valores, apunto a unas cuantas virtudes. No muchas, pero cardinales e ineludibles.

Pues me resulta curioso que, siendo una persona que vive entre tantos tonos de gris, esas poquísimas certezas acaben suponiendo un escollo, algo con lo que chocar, que acaben llevándome por la calle de la amargura porque, si bien tiendo a adaptarme a muchas cosas, con esas certezas soy inflexible. Y oye, por lo que sea, tienden a ser requisitos prácticamente inaceptables.

Recuerdo ese pasaje de Cyrano de Bergerac en el que le aconsejan que sea menos brusco, que se congracie con adulaciones con los poderosos, que no sea tan inflexible con sus principios. Y él acaba, en un monólogo genial, diciendo que prefiere quedar más bajo, pero solo. Siempre solo.

Parece ser que ese es el precio...Qué caras se pagan mis pocas certezas.


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Published on Mar 21, 2025

Esta mañana me he despertado y he puesto la radio. Resulta que hoy es el Día Mundial de la Poesía, así que entrevistaban a una poeta a cuento de su último poemario. Esa poeta es compañera mía, de la misma editorial. Porque sí, yo también soy poeta, aunque no lo diga mucho, puede que porque no acabo de creérmelo. Pensaba que se me pasaría cuando consiguiera publicar, pero no ha ocurrido. Podría habérseme pasado ayer, cuando un compañero (ahora no de editorial, sino de trinchera, otro profesor) me mandó un trabajo que los alumnos de su instituto han hecho a partir de mis poemas. Voy a un encuentro con ellos la semana que viene (sí, soy una poeta que invitan a ir a institutos a hablar con la chavalería; en realidad, a un instituto, es la primera vez que me pasa, pero tampoco sé a qué viene tanta justificación, como si cuando hubiese ido a 10 o 30 institutos fuese a empezar a creérmelo). Ayer ese mural me pareció algo importantísimo. Hoy veo cómo otra poeta de mi misma editorial aparece en la radio (yo no voy a salir en la radio), cómo está metida hasta los sobacos en movidas culturales (yo no voy a estar jamás en ese plan, no puedo y me parece que tampoco quiero, aunque nunca se sabe, tal vez no quiera porque no puedo, como me ha pasado con el doctorado y con tantas otras cosas) y vuelvo a sentir, por enésima vez a lo largo de mi vida, que da igual cuánto lo intente y cuánto me esfuerce: hay una línea que la gente como yo, especialmente las mujeres como yo, no cruzan.

Esto que yo pensaba que era una cosa mía, de autoboicot o falta de confianza, he aprendido que no es así. En Yeguas exhaustas, Bibiana Collado Cabrera habla de esta misma situación que nos pesa a algunas durante toda la vida, a pesar del trabajo fijo, de los estudios, de los idiomas o de las lecturas. Ya, ya sé que lo he recomendado mucho. Aun así, no lo suficiente. Nunca hablo suficientemente de las mías. Tengo que compensar todo el tiempo de mi vida que me he pasado hablando de los otros.


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Published on Jan 29, 2025

Esta mañana me quejaba en Mastodon. Durante estos últimos días, puede que tres semanas, me he sentido bien. Muy bien incluso. Eso no significa que mi vida haya sido perfecta: he tenido mis problemas, mis aogbios, mis prisas, mis inconvenientes, mis obligaciones... En fin, las cosas de la vida. Pero mi ánimo tras todo ello era sereno. Podía sentir ese sosiego y era consciente de él. “Esto debe de ser la felicidad”, le dije a ingeñero el otro día. “Ojalá dure”, me dije a mí misma mentalmente.

Pero, por supuesto, ha durado lo que ha tenido que durar que no ha sido mucho: la felicidad nunca dura suficiente. Estoy acostumbrada a estas montañas rusas emocionales que van desde etapas de una cierta euforia y mucha energía hasta etapas de abatimiento absoluto y desánimo general. Y estoy acostumbrada a lidiar con mis cosas desde esos dos estados y todos los que pueden ubicarse entre medias.

Durante bastante tiempo pensaba que yo era la mujer enérgica y dinámica de los momentos altos. Interpretaba los momentos de bajón como momentos en los que yo era solo a medias o momentos en los que algo tomaba posesión de mí o me lastraba y no me dejaba ser mi verdadero yo. Pero si eso fuese cierto, yo sería yo muy poco tiempo de mi vida.

Ya no lo veo así, por supuesto. Sé que igual que el agua cambia de estado sin dejar de ser agua, yo paso por distintos estados sin dejar de ser yo. No soy menos yo cuando estoy triste que cuando estoy alegre, cuando estoy desanimada que cuando estoy esperanzada. Si lo pienso fríamente, es una idea absurda. Y, como casi todas mis ideas absurdas, viene del mismo sitio: la sociedad.

¿No te da la sensación de que en la sociedad se interpreta la tristeza, el cansancio y otras situaciones del estilo como un estado defectuoso, en el que a la persona le falta algo? No ocurre lo mismo con las emociones que leemos positivas: esas no sobran. Y, por supuesto, todos queremos estar bien, pero vaya, creo que es bastante intuitivo entender, cuando una se sustrae de esos prejuicios ambientales, que tan normal es estar bien como estar mal cuando ese estado está ajustado a las circunstancias (más o menos) o incluso cuando no, como es mi caso, que a veces mi ánimo se ensombrece durante una temporada sin motivo aparente (igual que se ilumina sin motivo aparente).

Pero no, no ocurre así. Supongo que porque la tristeza y el resto de sus primas tienen muy mala prensa y sospecho que eso tiene que ver, al menos en parte, con que la tristeza incomoda porque interpela: si alguien está mal y se le nota y yo no hago nada me siento mal. Y no quiero sentirme mal. Si alguien está mal y se le nota siento que tengo que hacer algo, pero puede que no sepa qué, y eso me incomoda, y no quiero sentirme incómoda. ¿Ves por dónde va el razonamiento?

Precisamente por eso hace años que lo veo necesario. Uno de mis microactivismos de hace unos años era visibilizar mis emociones, haciendo hincapié en las negativas, que son las que solemos esconder. El lema era «Bienvenidas las tristes». Pretendía identificarme como un espacio seguro, como una persona refugio, ante la cual se podía estar mal y, desde mi parcela, contribuir a esa normalización de las emociones negativas y animar a otras a interactuar con ellas para vencer ese malestar y esas incomodidades que provoca la falta de costumbre (porque todas nos hemos sentido muy violentas cuando alguien rompe a llorar delante de nosotras, ¿a que sí? Es que esos primeros auxilios no nos los enseñan: tenemos que aprenderlos solas).

He de reconocer que siempre me he tenido por una persona triste, melancólica, nostálgica. Por eso hubo algún tiempo en el que pensé que mi verdadero yo era el yo triste, que la mujer serena, alegre o risueña era una anomalía. Creo que eso se debe a que, como siempre estoy en mi presencia, me percibía más triste que el resto, más melancólica o nostálgica que el resto. Pero claro, es que yo solo veo lo que el resto deja ver y yo consigo percibir, que es algo bastante limitado. Sé que no soy la persona más feliz o más alegre del mundo, pero puede que no sea tampoco la más triste. Aun así, todo forma parte de lo que soy. Soy mi alegría, pero también soy mi tristeza. Soy mis victorias y mis dolores, mis ilusiones y mis abandonos. Lo soy todo. O, como decía Walt Witman en Song of Myself:

Do I contradict myself? Very well then I contradict myself, (I am large, I contain multitudes.)

Empiezo a asumir que nadie (ni siquiera yo misma) va a abarcarme. Y ya no me angustia.


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Published on Apr 11, 2026

Tengo mono de newsletter. No puedo evitarlo. Y mientras pienso qué hago con eso, se me ocurrió que podría publicar de forma periódica (periodicidad por determinar) un pequeño boletín con recomendaciones de señoras haciendo cosas o de cosas hechas por señoras. Por aquello de aúpar a las otras, cada una desde su poder.

Vamos con la de hoy.

  1. Lorena Álvarez – Increíble. Esta canción es una de las que está en mi lista “Sí, soy”. Me define muchísimo. La voz lírica se dirige a un señor que la ha dejado, enumerando sus “defectos”, pero dándole también caña al señor en cuestión por no atreverse a quererla bien.

  2. Lucía Solla Sobral – Comerás flores. Puede ser que hayas visto este libro en escaparates aqui, allá y acullá. Pues, si tienes la oportunidad, léelo. Representa perfectamente cómo se teje la telaraña del maltrato psicológico y cómo ... me callo, que no quiero hacer spoiler, pero merece muchísimo la pena.

  3. Taylor Tomlinson – “Prodigal Daughter”. Es un espectáculo de stand up comedy de una hora disponible en Netflix. La temática es fundamentalmente religiosa y la humorista se sirve mucho de su experiencia vital habiéndose criado en un entorno religioso. Es bastante interesante pero también muy divertido.

Yo creo que con eso vamos bien de momento. ¡A disfrutar!


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Published on Jun 24, 2025

... y nosotros nos enamoramos.

Qué frase tan dramática, pero qué hermosa. No puedo evitar pensar mucho en ella últimamente.

Hoy, por ejemplo, iba en el autobús. Dos filas delante de mí una pareja muy joven, prácticamente adolescentes, viajan juntos. Ella apoya la cabeza en su hombro, él le besa la coronilla y la abraza. Me conmueven mucho estos gestos en medio del devenir de la ciudad en los días laborables. Entre limpiadoras de uniforme, trabajadores de banca camino de la sucursal y jubilados camino de su revisión en el hospital privado allí están ellos, generando un vórtice que ralentiza el tiempo, inmersos en un paréntesis intangible. Y yo les amo por ello, por desviar con la gravedad de sus sentimientos mi mirada y abstraerme de la mecánica del fin del mundo.

Ayer leía a alguien hablar de la sensación de extrañeza que le provocaba estar mirando decoración para su baño mientras en Gaza moría la gente, mientras Estados Unidos bombardeaba Irán, mientras las vidas de millones de personas pendían de un hilo muy fino sostenido en el campo de juegos de unos niños caprichosos que se perseguían con tijeras.

Y sí, es extraño. Porque el sábado, después de parlamentar descorazonados sobre el ataque de Estados Unidos a Irán, desnudos sobre la cama para sobrellevar el calor, hicimos el amor como si el mundo no se estuviera acabando, como si tuviésemos que compensar todo el odio del mundo queriéndonos. Y me ataca la rabia cuando pienso en ello, pero también la esperanza. Porque el mundo se está acabando, tal vez desde siempre, pero lo mejor la vida se empeña en afirmarse y resistir, aunque sea en escaramuzas propias de guerrilla.


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Published on Aug 23, 2025

No se lo habría dicho a nadie, ni siquiera aunque le hubieran preguntado: no quería preocupar a nadie. Por suerte o por desgracia, quién sabe, nadie le preguntaba. La cosa es que un miedo preocupantemente tangible le había calado los huesos y le asaltaba de forma recurrente: iba a acabar su vida solo. Con suerte eso no pasaría pronto: sus padres gozaban de buena salud, al igual que sus hermanas, pero un día, si tenía suerte (de la buena o de la mala, a saber) se vería solo en el mundo.

Había abandonado toda esperanza de que fuera de otra manera. Por eso, cuando eligió las lámparas para su nuevo dormitorio, el del piso que había comprado y que creía demasiado grande para él (al fin y al cabo iba a vivir en él siempre solo), compró la lámpara de techo y una lamparita para la mesilla de noche. Solo una. Nadie, ni siquiera su madre, que tenía opiniones firmes sobre casi todo, dijo nada. Tal vez ellos también tenían perdida la esperanza.

Fue extrañísima la sensación que le embargó cuando la vio tumbada en el lado izquierdo de su cama, cegateando para poder leer. Claro: no había lamparita para ella. Se sintió estúpido, descuidado, un mal anfitrión. ¡A ella le encantaba leer en la cama! Tartamudeando le ofreció su lámpara, pero ella se negó. Veía bien con la claridad que le llegaba desde la lamparita del lado derecho, la única que había en la habitación. Él sabía que no podía ser cierto, así que se sintió aún peor. Pero, al mismo tiempo, de alguna retorcida forma, estaba encantado de estar teniendo ese problema.

Lo mismo ocurrió cada una de las tres veces que se plantó en la zona de iluminación de aquella enorme tienda de bricolaje, esa sensación extraña (ella llegó trayendo todo tipo de sensaciones extrañas): indecisión, frustración, algo de enfado, pero ese calorcito en el fondo del pecho que le decía “bueno chico, todos los problemas fueran como este”. A la tercera asumió que no iba a encontrar una lámpara como la que tenía, ni siquiera remotamente parecida. Y ella merecía su propia luz para leer, una especie de retribución por toda la luz que había traído a su vida. Así que cogió un pie blanco, básico, y una pantalla blanca, básica, y se los llevó.

Cuando llegó a casa se dio cuenta de que las lámparas hacían una pareja ridícula. Evidentemente, alguien había intentado buscar parecido, pero de una manera muy torpe: ambas eran blancas, pie y pantalla, pero una era mucho más alta que la otra, la pantalla de una era cilíndrica mientras que la de la otra era cónica, una tenía un relieve calado mientras que la otra no. Y, evidentemente, una iba emparejada con la lámpara de techo y la otra en absoluto.

Podría pensarse que la operación había sido un fracaso y, en cualquier otro momento, tan apegado como era al orden y la simetría, lo habría pensado. Pero sonrió ante el pequeño desastre y pensó que estaba bien que, si algo tenía que estar desparejado en su vida, ese algo fuesen ahora las lámparas del dormitorio.


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Published on Dec 19, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Has normalizado cosas que no deberían ser normales?

¿Crees que podemos evitar acostumbrarnos a cosas que no deberíamos tolerar?

En una escala de 0 a 10, ¿cuánto malestar crees que toleras en tu día a día, de forma cotidiana?

Y ahora, el poema:

Nos acostumbramos a la Oscuridad de Emily Dickinson

Nos acostumbramos a la Oscuridad

Cuando se apaga la Luz—

Como cuando la Vecina sostiene la Lámpara

Para presenciar la Despedida—

.

Hay un momento—el Paso es titubeante

Por la novedad de la Noche—

Después—acostumbrados los Ojos a la Oscuridad—

Afrontamos el Camino—con firmeza—

.

Y así es en las más densas—Oscuridades—

Esas Noches de la Mente—

Cuando no hay Luna que nos dé un signo—

O Estrella—que salga—de ahí dentro.

.

Las más Valientes –avanzan a tientas—

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente—

Pero a medida que aprenden a ver—

.

O bien la Oscuridad se altera—

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada—

Y la Vida camina casi recta.


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Published on Sep 4, 2025

Esta entrada destripa partes (bastantes) de la peli «El 47». Léela bajo tu propia responsabilidad.

Hace poco vi la película El 47. Conocía la historia, más o menos, la trama principal. Pero me ha sorprendido una trama que no es ni secundaria, un arco prácticamente anecdótico pero con una fuerza tremenda o, al menos, que a mí me ha dado una patada giratoria en el esternón.

Resulta que Juana, posteriormente Joana, la hija del protagonista, canta en un coro. En su primera aparición la vemos cantando «El rossinyol» con su coro. En esa misma escena la directora del coro le asigna el solo. Una compañera a su lado intenta quejarse, pero la directora no da lugar a réplicas. Pregunta a Joana si está conforme y ella dice que sí, ilusionada. El plano se detiene en ambas cuando el coro se disuelve. La compañera lleva un pañuelo en el pelo, tiene los ojos azules, es menos vulgar que Joana. También lleva ropa más vistosa y, a todas luces, más nueva: un jerseycito de punto monísimo, por ejemplo. Joana viste unos pantalones pardos de ¿pana? que han visto tiempos mejores, una camiseta desgastada y una camisa marrón también bastante usada. La compañera, cargada de falsa buena voluntad le dice que todo va a ir bien, que ella lo ha hecho muchas veces, y le pregunta si quiere que le preste algo de ropa, para no actuar vestida así. A Joana se le borra la sonrisa y se mira antes de asentir: sí, agradece que le preste algo de ropa. Y ahí se queda, sintiéndose inadecuada, avergonzada de lo que es. Porque el espejismo de que es una más, incluso de que puede destacar entre ellos, ha durado unos instantes. Y la culpa, la responsabilidad, es suya. Suya y de los suyos: de su padre extremeño, hijo de un represaliado, de su madre muerta, de su barrio chabolista. Un poco todo.

Así que Joana vuelve a casa. Tarde. Embriagada todavía por el dulce rossinyol que va a França apaga el tocadiscos de su padre, en el que suena «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio. «Sempre la mateixa cançoneta», murmura. Su padre la reprende por no haber estado en la reunión de vecinos, porque en esa casa se han enseñado valores, se ha enseñado compromiso, se ha enseñado lucha. Ella dice que no sirve para nada y expresa su vergüenza. Sale al balcón y empieza a ensayar su solo en voz bajita. No es una de ellos, de los que cantan solos, pero tal vez, si se esfuerza... Su padre sale, le halaga el canto. En tono reconciliador intenta recordarle que no tiene que avergonzarse de quién es, intenta poner en valor sus raíces y sus circunstancias pero son interrumpidos por unos actos que desencadenan ciertas circunstancias. Pasan cosas.

Siguiente escena del arco. Joana está ensayando de nuevo con el coro. Toca cantar el solo. Lo intenta, suena un poco ahogado en los agudos, un poco apagado en general. La directora se lo indica, le pide que lo repita. Lo repite. Y lo repite. Y la directora, cada vez más frustrada, la reprende por no ensayar, por no tomárselo en serio. No sabe, ni le importa, ni puede sospechar siquiera lo que está pasando en la vida de Joana: cuánto tarda en llegar al ensayo, cuánto tiene que caminar montaña abajo y montaña arriba, en qué condiciones vive, los conflictos que hay en su barrio, lo inadecuada que se siente rodeada de clasemedistas. Qué más da. Ha tenido la oportunidad pero no se ha esforzado lo suficiente. Joana lo intenta de nuevo, se le caen las lágrimas. Probablemente la directora siga pensando que no transmite nada.

Tercera escena del arco y final. Joana está actuando con el coro. Su madrastra está entre el público y, al lado de ella, hay una silla vacía: su padre está preso por «secuestrar» un autobús y subirlo a su barrio del extrarradio para demostrar que podía hacerse. Suena «El Rossinyol», y suena precioso. Llega el momento del solo: la compañera empieza a cantar con seguridad, con potencia, con decisión, como cantaría alguien que sabe que merece estar ahí. Suena bonito. A su lado Joana se limita a cantar su parte. Una esperaría que se una al solo, que por fin cante con potencia, que transmita todo lo que tiene que transmitir, que les dé su merecido a la directora y a la compañera. Pero no lo hace. La canción acaba y el coro se retira. Pero Joana no. Joana se queda plantada en medio del escenario. La directora la llama susurrando. Pero Joana no se mueve. Entonces empieza a cantar de una manera abrumadoramente hermosa «Gallo rojo, gallo negro». Joana toma conciencia del orgullo de ser quién es, del valor de su clase y de la lucha. Tal vez incluso de que nunca va a ser una de ellos y de que hacernos creer que podemos conseguirlo es otro de sus crueles juegos de manipulación. Así que cambia la canción y transmite. Claro que transmite. Cuando acaba se retira corriendo. Nadie aplaude.

Me ha recordado a Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera, y me ha recordado a mi vida. A cómo existimos algunas que no cantamos solos y pensamos que es porque no tenemos la voz suficientemente bonita, o no hemos ensayado bastante, o tal vez no lo merecemos, sin más, cuando lo que pasa es que...

Bah, qué importa. Lo que importa es que pasa. Que sigue pasando. Y, para colmo de males, creo que ya ni siquiera recordamos cuáles eran nuestras canciones: parece que solo nos queda bailar al son de las suyas.


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Published on Jan 26, 2025

Hace unos días, por algo que no viene mucho al caso, recordé este concepto que ha sido definido en mi cabeza de forma un cierto tosca y a base de acumulación de experiencias propias y compartidas conmigo por amigas. Dije en Mastodon que tenía que hablar del tema y, sin dar mucha más explicación, varias mujeres supieron de qué iba la cosa. Interesante, ¿no?

¿Pero qué es eso del «privilegio» de follabilidad?

Llamo «privilegio» de follabilidad al falso privilegio de trato digno que los hombres otorgan a las mujeres en tanto en cuanto las consideran follables. Este ser follable no tiene por qué referirse al deseo efectivo de tener sexo con ellas (aunque con frecuencia es así), sino que puede consistir en que las consideran elementos de sus fantasías, por ejemplo. Digo que es un falso privilegio porque está condicionado al hecho de ser considerada follable, por lo que decae cuando esa situación cambia, hecho que no depende de la mujer. En ese sentido, no se trata de un privilegio que se tenga, sino que es otorgado por otro a su voluntad.

Explicado en modo sencillo: el «privilegio» de follabilidad es lo que pasa cuando un señor te trata como a una persona porque eres objeto de su deseo sexual.

Es una cosa bastante pocha, porque yo no sé cómo lo habrán llevado otras mujeres, pero a mí, que no soy el lapicero más afilado del estuche en lo que a comportamiento social respecta, me costó bastante descubrir qué pasaba. Además de mi torpeza, contribuyó a ello que nunca he sido una mujer normativa, por lo que, en general, los señores me trataban bastante regular: no me escuchaban, me trataban con condescendencia, ignoraban mis propuestas (aunque si luego las hacía un hombre les parecían estupendas) y en fin, la experiencia femenina genérica.

Pero de pronto y de repente aparecía algún señor que te trataba bien. Te escuchaba. Dialogaba contigo mostrando interés. Era considerado. «¡Coño, por fin!» pensaba yo. A veces ocurría que una recibía un trato diferencial respecto del resto de personas: por ejemplo, ante un error, las consecuencias o represalias que una afrontaba eran más leves que las que afrontaban otras personas. La cosa se prolongaba hasta que las intenciones del mozo se hacían explícitas: le gustabas, quería algo contigo. Si, por lo que fuera, ese interés no era correspondido, a tomar por culo la bicicleta: la actitud cordial, respetuosa y considerada cesaba. Y si no acababa la interación con un «pues no eres tan guapa, zorra» encima podías dar gracias.

Podría listar muchos casos. Un profesor del instituto (sí, así de problemático), un compañero de trabajo encantador que dejó de hablarme cuando se enteró de que salía con alguien, un amigo que cambió su trato hacia mí en cuanto empezó a gustarle otra chica (yo no era consciente siquiera de que le gustaba hasta que no se le pasó xD)...

Ya digo que me tuvo que pasar MUCHAS, pero MUCHAS veces para que me diera cuenta: al principio piensas que esa persona que parecía maja no era más que otro cucaracho y, cuando volvía a ocurrir que un señor te trataba bien simplemente dabas las gracias hasta que, claro, volvía a destaparse el pastel. Además, a veces es que una servidora caía, porque que te traten bien es sexy. En estos casos, además de desencantada acababas con el corazón roto, porque no hay que privarse de nada.

He utilizado las comillas en la palabra privilegio todo el rato porque de privilegio tiene poca cosa. Primero porque, como ya he dicho, no es algo que una tenga, sino que le dan condicionalmente en virtud a algo que no depende de ella (porque el deseo está en el sujeto, no en el objeto). Y segundo, porque te sientes como una puñetera mierda. Cuando te ha pasado n-cientas veces te planteas si es que no tienes valor si no es en términos de interés sexoafectivo. Es una putada. Como siempre, el secreto está en relacionarse con señoras y ver la diferencia. Es desde ahí desde donde pude empezar a teorizar esta experiencia y a detectarla.

Y no es una cosa mía. Está presente en la cultura popular, aunque no se le haya puesto un nombre. Todos hemos visto películas en las que un personaje defiende a la chica que le gusta aunque haya dicho una soberana gilipollez (cosa que no hace por otros personajes), por ejemplo.

Sí, sí, ya sé. Siempre estoy igual con lo del feminismo, viendo patriarcado por todas partes. Pero solo es porque está por todas partes y una vez lo ves, es imposible desverlo. Qué le voy a hacer yo, si solo soy una chica (espero que pilles la referencia millenial).


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Published on Jun 8, 2026

Me gustaría que esta entrada fuese a tratar de Ajuar, el duo de señoras madrileñas que hacen una actualización del folclore tradicional bien chula, fresca y feminista. Echadle un vistazo a su Bandcamp, ahí enlazado, porque merecen mucho la pena.

Pero no, no vengo a hablar de ellas. Vengo a hablar, cómo no, de mis traumas. Bueno, no lo sé. Vengo a intentar descubrir si tengo que tener un trauma nuevo, o mejor dicho, si hay una nueva manifestación de mis traumas antiguos. Yo qué sé. Demasiao bien me mantengo.

La cosa es la siguiente: ¿a vosotras os han preparado ajuar vuestras familias? Ya sabéis: enseres domésticos, menaje, ropa de cama, toallas... Esas cosas que una persona necesita cuando se va de casa. Sé que lo tradicional era que se les preparase a las muchachas (y que ellas mismas empezasen a contribuir en cuanto tuviesen edad, ya fuera bordando, tejiendo, lo que fuese), pero ya he conocido casos en los que se les prepara también a los hijos, ya no con tanto componente utilitario, sino como una especie de ofrenda o gesto cuando salen del nido para volar por su cuenta.

Es que el otro día hablaba con la familia de mi pareja, y contaban que ellos habían comprado ajuar por igual a mi pareja y a su hermana. Y entonces caí yo en que yo no tengo ajuar. Nunca lo he tenido. Al menos no viniendo de mi madre. Recuerdo que cuando estaba a punto de mudarme a mi piso, la madre de mi entonces pareja empezó a preparar un ajuar mínimo, de manera informal. Iba comprando cosas que veía útiles y las iba guardando. Salvo esos regalos, todo lo demás que hay en mi casa lo he comprado yo.

No es por la cuestión material, por supuesto. Puedo comprarme unas sábanas o un juego de toallas si los necesito (no siempre ha sido así). Es por el cuidado. Por el cariño. Por ese pensar en el futuro de la hija o del hijo que supone preparar algo para cuando sea mayor, para cuando se case. Para cuando le haga falta.

Sea como sea, no tengo ajuar. Mi dote es más pequeña que la de Inesilla y el Brillante.... Sobre todo porque en su caso, «aunque el dote era pequeño el cariño era muy grande».

Estar en un punto de mi vida en el que me voy sintiendo conforme, segura, querida, cómoda cuidada tiene su parte buena, muy buena, excelente... Pero también la mala, y es que me estoy haciendo consciente de que mirar a mi pasado, a mi infancia, adolescencia y primera juventud, es mirar a la cara a la carencia. Y de eso nadie sale indemne. Como ya he dicho antes: demasiao bien estamos.


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