Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Mar 20, 2026

Decía Aristóteles que los humanos tenemos de especial, respecto de los animales, que, además de tener voz, tenemos palabra. Por eso somos sociales: la naturaleza no hace nada en vano y si nos ha dado palabras será para que las usemos. Unos con otros, se entiende.

Y qué maravilla de don, la palabra. No porque lo diga Aristóteles, sino porque lo digo yo. ¿O acaso no te han dicho nunca la palabra precisa? O la más inoportuna. Seguro que sabes de qué te hablo.

Últimamente he desbloqueado un miedo. He estado leyendo Las gratitudes de Delphine de Vigan. Si no lo has leído y te apetece, para aquí, porque te voy a destripar un trozo.

En él hay un personaje entrañabilísimo, Michka, que en su vejez desarrolla afasia. Ahora entiendo la gravedad de una de las escenas del principio: Michka buscando por el suelo, bajo la cama, por todas partes, algo que no sabía qué era. Y eran las palabras que estaba perdiendo.

Qué atroz ser capaz de pensar y no poder decir, ni escribir, lo que hay dentro de nosotros. Qué horror irse convirtiendo en una isla sin conexión con el resto de la humanidad poco a poco.

Ya me jode darle la razón a Aristóteles, pero en esto creo que la tiene. Puedo tolerar (no de buena gana) perder la voz. Pero no me merecería la pena seguir viviendo si no pudiese echar mano a las palabras.


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Published on Feb 16, 2025

Tengo una amiga con la que nunca me he tomado un café, ni una caña. Sí, otra. Empiezo a pensar que a lo mejor lo que ocurre es que en persona soy inaguantable. En fin, que me pierdo. Decía que tengo una amiga con la que nunca he coincidido pero con la que comparto una historia de bastantes años. Diez, probablemente. Quizá más. Durante ese tiempo nos hemos contado de todo, nos hemos consolado, nos hemos reñido (aunque poco), nos hemos aconsejado... Y anda que no nos han pasado cosas... Buf.

Hoy mi amiga me hablaba de que tenía que controlar ciertas emociones. Me decía que no podía dejar que una cosa le afectase tanto. Y su afirmación y su empeño me ha hecho pensar en una idea, no por extendida, menos errónea (según yo lo veo): la de que las emociones se pueden controlar.

Hay algo que he aprendido en los últimos años y que, como señora intensísima que soy, me ha venido muy bien aprender: que las emociones son como el oleaje. Si te paras a pensarlo hay bastante parecido. Pueden ser suaves o bien violentas. Pueden acunarte o revolcarte. Pueden acariciarte o hacerte daño. Pero lo que vayan a ser, lo que vayan a hacerte, está fuera de tu alcance. Una no puede plantarse delante del mar y pedirle que no le pegue fuerte (o que sí), pues lo mismo con las emociones.

Durante bastante tiempo servidora, que tiene unos poquitos de problemas con eso de querer controlarlo todo, también creyó que podía controlar las emociones, que podía doblegarlas o resistirse a ellas. Eso es algo parecido a pararse en el mar bien firme cuando las olas te golpean: acabas revolcada y, a veces, haciéndote bastante daño. Con el tiempo he aprendido que vale más no resistirse: dejarse mecer o arrastrar, sea lo que sea. Y, cuando la marea se calme, ver que puede hacerse de una.

Tengo la sospecha de que ese no dejar que las cosas nos afecten, ese no dejarnos llevar por las emociones tiene que ver más con lo que es bueno para el sistema que con lo que es bueno para nosotras. Para una es mucho más sano sentir las cosas que reprimirlas, estoy convencida. Pero para el sistema no tanto: no puedes permitirte estar triste si trabajas cara al público, no puedes sentir la rabia que necesitas sentir si tienes que atender a 37 adolescentes por hora, no puedes dejar que la euforia te revuelque si tienes que parecer profesional y serena durante 8 horas al día ni puedes dejar que la excitación te llene si mañana el despertador suena a las 7 de la mañana y son más de las 12 de la noche.

Resulta que sentir también va a ser un lujo. Normal que no perder la cabeza del todo también lo sea.

En fin, voy a dejar que la pena me revuelque un rato más (eso sí, mientras limpio el polvo, que es la tarea doméstica que me queda pendiente para este finde).

Cuídate mucho. Y siente tanto como puedas: sentir es punk.


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Published on Mar 24, 2025

No sé hasta qué punto Yeguas exhaustas es ficción pura y dura y hasta dónde se han colado las vivencias de Bibiana Collado Cabrera. Si tengo que apostar, diría que hay mucha verdad en ese invento. Tal vez porque hay mucha de mi realidad ahí. A saber. Sea como sea, ha conseguido contar una verdad con maestría, independientemente de cuál sea su grado de correspondencia con los hechos.

Al acabar el libro he deseado tener la maestría que tiene ella para contar cosas tan crudas y tan dolorosas. Yo, por no tener ese talento, he preferido durante mucho tiempo callarme. Contar la verdad desnuda, con todo el dolor, con todo el daño, a la gente cercana, pasado ya mucho tiempo. Pero, para los demás, ser la víctima perfecta que guarda silencio y que, por tanto, al callar, otorga que no es víctima de nada, que es la caricatura que su maltratador hizo de ella. Porque la mejor defensa es un buen ataque, y quién va a creer la defensa de alguien que ya se supone loco, manipulado, desquiciado y difícil. Quién va a creer que el entregado novio perfecto era un maltratador y forzaba sus deseos sobre ella a pesar de su llanto. Luego pedía perdón, eso sí. Pero, ¿perdón por qué? Si él era, es y será un caballero de brillante armadura que no ha hecho otra cosa que amarla y que, al parecer, nunca jamás hará otra cosa.

En fin. Cómo me gustaría tener la paciencia y el arte para hacerlo doloroso, real, pero también hermoso. Para decir algo que no convierta la experiencia en patética o en banal. Pero como no creo poder hacerlo, como no tengo las fuerzas para intentarlo, tiro la piedra, escondo la mano y mastico la pena que se siente como arena en la boca.


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Published on Jul 17, 2025

Estoy volviendo a ver una de mis series favoritas: «Call the Midwife». Se trata de una serie de la BBC con chorrocientas temporadas basada en las memorias de Jennifer Worth, que sirvió como comadrona en el East End Londinense tras la II Guerra Mundial. Ahí es ná. Recuerdo que leí el primer libro (creo que son tres) y bueno, bien, pero no me daba la mandanga que me daba la serie. Eso por no hablar del clasismo condescendiente que se le escapa a veces a la señora y del cacao mental que tenía sobre lo que había sido la Guerra Civil Española (que para ella era un enfrentamiento entre republicanos y monárquicos, siendo los republicanos gente malísima que iba persiguiendo a la nobleza). En fin, cosas de ingleses.

Pero la serie, como digo, me da mandanga de la buena: es mi tratamiento de llanto. Me pongo mi capitulito y sé que voy a llorar y moquear de emoción pura hasta quedarme suavecita como el terciopelo. Estoy con la temporada 14, creo, y eso no cambia. Maravilla.

Evidentemente, tiene su cosita social y de repaso de la historia de iukei, una defensa tochísima del NHS, un recorrido por la evolución de la Sanidad Pública británica, el tratamiento de ciertos problemas como la crisis de la talidomida o los desalojos y reubicaciones de los habitantes del East End... Vamos, que pa mí lo tiene todo. Incluida la ropita de la época, que me puto flipa.

Pues bien, en el capítulo que he visto hoy se mencionaba la posibilidad de movilizaciones y protestas por parte de las enfermeras para reclamar un salario digno, ya que les pagaban básicamente en cacahuetes. ¿Tendría que ver algo que fuese una profesión femenina? Quién sabe, esas cosas no pueden saberse.

Una personaja (no despectivo, por marcar el femenino, simplemente) que vive en un convento (parte de las comadronas son monjas) y que solo recientemente ha conseguido llevarse allí a su hija (es madre soltera) porque no puede permitirse una vivienda para ambas manifiesta a una compañera más veterana su inquietud sobre el tema del salario tras vivir unas compañeras una situación muy problemática. Dice algo así como que las enfermeras de distrito y las comadronas viven situaciones muy complejas, hacen un trabajo muy difícil y no son remuneradas con justicia. Su compañera adopta un rictus entre apesadumbrado y escandalizado, así muy inglesa ella, y dice que cuidar de los demás es un privilegio y patatín patatán y que no quiere oír nada más al respecto. Je.

He oído ese discurso: soy docente. Cuando me quejo de las condiciones me replican que es un trabajo muy bonito, que tenemos mucha influencia, que hacemos mucho bien. Y todo eso es verdad. Pero a mí me gustaría que hacer ese trabajo no fuese a costa de mi malestar, de comerse mi tiempo libre, de hacer más de lo que puedo o de maltratar mi salud.

No niego que realizar ciertas profesiones tiene un algo de «privilegio», con todas las comillas del mundo, porque te pone en situaciones que poca gente puede vivir (ojo, que esto es para bien y para fatal). Pero, ¿en qué ley natural dice que esa «recompensa» (que muchas veces no lo es) es incompatible con unas condiciones laborales dignas (o un poco más que dignas, que tampoco pasa nada por apuntar alto)?

Yo me niego a comprar la idea de que pringar sea un privilegio y, por eso, se pueda escatimar en la retribución a las pringadas. Perdon't.


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Published on Mar 11, 2025

Soy una mujer de pocas certezas, creo. Lejos quedan esos tiempos de mi arrogante adolescencia en los que creía tenerlo todo muy claro, transparente. El paso por la carrera de Filosofía y por la crisis económica de 2008, con todo lo que supuso, me bajaron los humitos a fuerza de lecturas y hostias. Los años que vinieron después, con sus correspondientes experiencias, me sirvieron para darme cuenta que la realidad rara vez es tan simple como para poder decir, con honestidad, que una está segura de algo.

Pero me aferro a alguna certeza que, más que una certeza en sí, es un compromiso con algo que creo firmemente que es bueno para mí, que es lo que me conviene. Doy margen sobre lo que quiero, porque sé que los deseos cambian, pero lo que es bueno o conveniente, en términos generales, es menos mutable. Asimismo, tengo bien fijos en mi brújula moral unos cuantos valores, apunto a unas cuantas virtudes. No muchas, pero cardinales e ineludibles.

Pues me resulta curioso que, siendo una persona que vive entre tantos tonos de gris, esas poquísimas certezas acaben suponiendo un escollo, algo con lo que chocar, que acaben llevándome por la calle de la amargura porque, si bien tiendo a adaptarme a muchas cosas, con esas certezas soy inflexible. Y oye, por lo que sea, tienden a ser requisitos prácticamente inaceptables.

Recuerdo ese pasaje de Cyrano de Bergerac en el que le aconsejan que sea menos brusco, que se congracie con adulaciones con los poderosos, que no sea tan inflexible con sus principios. Y él acaba, en un monólogo genial, diciendo que prefiere quedar más bajo, pero solo. Siempre solo.

Parece ser que ese es el precio...Qué caras se pagan mis pocas certezas.


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Published on Mar 21, 2025

Esta mañana me he despertado y he puesto la radio. Resulta que hoy es el Día Mundial de la Poesía, así que entrevistaban a una poeta a cuento de su último poemario. Esa poeta es compañera mía, de la misma editorial. Porque sí, yo también soy poeta, aunque no lo diga mucho, puede que porque no acabo de creérmelo. Pensaba que se me pasaría cuando consiguiera publicar, pero no ha ocurrido. Podría habérseme pasado ayer, cuando un compañero (ahora no de editorial, sino de trinchera, otro profesor) me mandó un trabajo que los alumnos de su instituto han hecho a partir de mis poemas. Voy a un encuentro con ellos la semana que viene (sí, soy una poeta que invitan a ir a institutos a hablar con la chavalería; en realidad, a un instituto, es la primera vez que me pasa, pero tampoco sé a qué viene tanta justificación, como si cuando hubiese ido a 10 o 30 institutos fuese a empezar a creérmelo). Ayer ese mural me pareció algo importantísimo. Hoy veo cómo otra poeta de mi misma editorial aparece en la radio (yo no voy a salir en la radio), cómo está metida hasta los sobacos en movidas culturales (yo no voy a estar jamás en ese plan, no puedo y me parece que tampoco quiero, aunque nunca se sabe, tal vez no quiera porque no puedo, como me ha pasado con el doctorado y con tantas otras cosas) y vuelvo a sentir, por enésima vez a lo largo de mi vida, que da igual cuánto lo intente y cuánto me esfuerce: hay una línea que la gente como yo, especialmente las mujeres como yo, no cruzan.

Esto que yo pensaba que era una cosa mía, de autoboicot o falta de confianza, he aprendido que no es así. En Yeguas exhaustas, Bibiana Collado Cabrera habla de esta misma situación que nos pesa a algunas durante toda la vida, a pesar del trabajo fijo, de los estudios, de los idiomas o de las lecturas. Ya, ya sé que lo he recomendado mucho. Aun así, no lo suficiente. Nunca hablo suficientemente de las mías. Tengo que compensar todo el tiempo de mi vida que me he pasado hablando de los otros.


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Published on Jan 29, 2025

Esta mañana me quejaba en Mastodon. Durante estos últimos días, puede que tres semanas, me he sentido bien. Muy bien incluso. Eso no significa que mi vida haya sido perfecta: he tenido mis problemas, mis aogbios, mis prisas, mis inconvenientes, mis obligaciones... En fin, las cosas de la vida. Pero mi ánimo tras todo ello era sereno. Podía sentir ese sosiego y era consciente de él. “Esto debe de ser la felicidad”, le dije a ingeñero el otro día. “Ojalá dure”, me dije a mí misma mentalmente.

Pero, por supuesto, ha durado lo que ha tenido que durar que no ha sido mucho: la felicidad nunca dura suficiente. Estoy acostumbrada a estas montañas rusas emocionales que van desde etapas de una cierta euforia y mucha energía hasta etapas de abatimiento absoluto y desánimo general. Y estoy acostumbrada a lidiar con mis cosas desde esos dos estados y todos los que pueden ubicarse entre medias.

Durante bastante tiempo pensaba que yo era la mujer enérgica y dinámica de los momentos altos. Interpretaba los momentos de bajón como momentos en los que yo era solo a medias o momentos en los que algo tomaba posesión de mí o me lastraba y no me dejaba ser mi verdadero yo. Pero si eso fuese cierto, yo sería yo muy poco tiempo de mi vida.

Ya no lo veo así, por supuesto. Sé que igual que el agua cambia de estado sin dejar de ser agua, yo paso por distintos estados sin dejar de ser yo. No soy menos yo cuando estoy triste que cuando estoy alegre, cuando estoy desanimada que cuando estoy esperanzada. Si lo pienso fríamente, es una idea absurda. Y, como casi todas mis ideas absurdas, viene del mismo sitio: la sociedad.

¿No te da la sensación de que en la sociedad se interpreta la tristeza, el cansancio y otras situaciones del estilo como un estado defectuoso, en el que a la persona le falta algo? No ocurre lo mismo con las emociones que leemos positivas: esas no sobran. Y, por supuesto, todos queremos estar bien, pero vaya, creo que es bastante intuitivo entender, cuando una se sustrae de esos prejuicios ambientales, que tan normal es estar bien como estar mal cuando ese estado está ajustado a las circunstancias (más o menos) o incluso cuando no, como es mi caso, que a veces mi ánimo se ensombrece durante una temporada sin motivo aparente (igual que se ilumina sin motivo aparente).

Pero no, no ocurre así. Supongo que porque la tristeza y el resto de sus primas tienen muy mala prensa y sospecho que eso tiene que ver, al menos en parte, con que la tristeza incomoda porque interpela: si alguien está mal y se le nota y yo no hago nada me siento mal. Y no quiero sentirme mal. Si alguien está mal y se le nota siento que tengo que hacer algo, pero puede que no sepa qué, y eso me incomoda, y no quiero sentirme incómoda. ¿Ves por dónde va el razonamiento?

Precisamente por eso hace años que lo veo necesario. Uno de mis microactivismos de hace unos años era visibilizar mis emociones, haciendo hincapié en las negativas, que son las que solemos esconder. El lema era «Bienvenidas las tristes». Pretendía identificarme como un espacio seguro, como una persona refugio, ante la cual se podía estar mal y, desde mi parcela, contribuir a esa normalización de las emociones negativas y animar a otras a interactuar con ellas para vencer ese malestar y esas incomodidades que provoca la falta de costumbre (porque todas nos hemos sentido muy violentas cuando alguien rompe a llorar delante de nosotras, ¿a que sí? Es que esos primeros auxilios no nos los enseñan: tenemos que aprenderlos solas).

He de reconocer que siempre me he tenido por una persona triste, melancólica, nostálgica. Por eso hubo algún tiempo en el que pensé que mi verdadero yo era el yo triste, que la mujer serena, alegre o risueña era una anomalía. Creo que eso se debe a que, como siempre estoy en mi presencia, me percibía más triste que el resto, más melancólica o nostálgica que el resto. Pero claro, es que yo solo veo lo que el resto deja ver y yo consigo percibir, que es algo bastante limitado. Sé que no soy la persona más feliz o más alegre del mundo, pero puede que no sea tampoco la más triste. Aun así, todo forma parte de lo que soy. Soy mi alegría, pero también soy mi tristeza. Soy mis victorias y mis dolores, mis ilusiones y mis abandonos. Lo soy todo. O, como decía Walt Witman en Song of Myself:

Do I contradict myself? Very well then I contradict myself, (I am large, I contain multitudes.)

Empiezo a asumir que nadie (ni siquiera yo misma) va a abarcarme. Y ya no me angustia.


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Published on Apr 11, 2026

Tengo mono de newsletter. No puedo evitarlo. Y mientras pienso qué hago con eso, se me ocurrió que podría publicar de forma periódica (periodicidad por determinar) un pequeño boletín con recomendaciones de señoras haciendo cosas o de cosas hechas por señoras. Por aquello de aúpar a las otras, cada una desde su poder.

Vamos con la de hoy.

  1. Lorena Álvarez – Increíble. Esta canción es una de las que está en mi lista “Sí, soy”. Me define muchísimo. La voz lírica se dirige a un señor que la ha dejado, enumerando sus “defectos”, pero dándole también caña al señor en cuestión por no atreverse a quererla bien.

  2. Lucía Solla Sobral – Comerás flores. Puede ser que hayas visto este libro en escaparates aqui, allá y acullá. Pues, si tienes la oportunidad, léelo. Representa perfectamente cómo se teje la telaraña del maltrato psicológico y cómo ... me callo, que no quiero hacer spoiler, pero merece muchísimo la pena.

  3. Taylor Tomlinson – “Prodigal Daughter”. Es un espectáculo de stand up comedy de una hora disponible en Netflix. La temática es fundamentalmente religiosa y la humorista se sirve mucho de su experiencia vital habiéndose criado en un entorno religioso. Es bastante interesante pero también muy divertido.

Yo creo que con eso vamos bien de momento. ¡A disfrutar!


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Published on Jun 24, 2025

... y nosotros nos enamoramos.

Qué frase tan dramática, pero qué hermosa. No puedo evitar pensar mucho en ella últimamente.

Hoy, por ejemplo, iba en el autobús. Dos filas delante de mí una pareja muy joven, prácticamente adolescentes, viajan juntos. Ella apoya la cabeza en su hombro, él le besa la coronilla y la abraza. Me conmueven mucho estos gestos en medio del devenir de la ciudad en los días laborables. Entre limpiadoras de uniforme, trabajadores de banca camino de la sucursal y jubilados camino de su revisión en el hospital privado allí están ellos, generando un vórtice que ralentiza el tiempo, inmersos en un paréntesis intangible. Y yo les amo por ello, por desviar con la gravedad de sus sentimientos mi mirada y abstraerme de la mecánica del fin del mundo.

Ayer leía a alguien hablar de la sensación de extrañeza que le provocaba estar mirando decoración para su baño mientras en Gaza moría la gente, mientras Estados Unidos bombardeaba Irán, mientras las vidas de millones de personas pendían de un hilo muy fino sostenido en el campo de juegos de unos niños caprichosos que se perseguían con tijeras.

Y sí, es extraño. Porque el sábado, después de parlamentar descorazonados sobre el ataque de Estados Unidos a Irán, desnudos sobre la cama para sobrellevar el calor, hicimos el amor como si el mundo no se estuviera acabando, como si tuviésemos que compensar todo el odio del mundo queriéndonos. Y me ataca la rabia cuando pienso en ello, pero también la esperanza. Porque el mundo se está acabando, tal vez desde siempre, pero lo mejor la vida se empeña en afirmarse y resistir, aunque sea en escaramuzas propias de guerrilla.


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Published on Aug 23, 2025

No se lo habría dicho a nadie, ni siquiera aunque le hubieran preguntado: no quería preocupar a nadie. Por suerte o por desgracia, quién sabe, nadie le preguntaba. La cosa es que un miedo preocupantemente tangible le había calado los huesos y le asaltaba de forma recurrente: iba a acabar su vida solo. Con suerte eso no pasaría pronto: sus padres gozaban de buena salud, al igual que sus hermanas, pero un día, si tenía suerte (de la buena o de la mala, a saber) se vería solo en el mundo.

Había abandonado toda esperanza de que fuera de otra manera. Por eso, cuando eligió las lámparas para su nuevo dormitorio, el del piso que había comprado y que creía demasiado grande para él (al fin y al cabo iba a vivir en él siempre solo), compró la lámpara de techo y una lamparita para la mesilla de noche. Solo una. Nadie, ni siquiera su madre, que tenía opiniones firmes sobre casi todo, dijo nada. Tal vez ellos también tenían perdida la esperanza.

Fue extrañísima la sensación que le embargó cuando la vio tumbada en el lado izquierdo de su cama, cegateando para poder leer. Claro: no había lamparita para ella. Se sintió estúpido, descuidado, un mal anfitrión. ¡A ella le encantaba leer en la cama! Tartamudeando le ofreció su lámpara, pero ella se negó. Veía bien con la claridad que le llegaba desde la lamparita del lado derecho, la única que había en la habitación. Él sabía que no podía ser cierto, así que se sintió aún peor. Pero, al mismo tiempo, de alguna retorcida forma, estaba encantado de estar teniendo ese problema.

Lo mismo ocurrió cada una de las tres veces que se plantó en la zona de iluminación de aquella enorme tienda de bricolaje, esa sensación extraña (ella llegó trayendo todo tipo de sensaciones extrañas): indecisión, frustración, algo de enfado, pero ese calorcito en el fondo del pecho que le decía “bueno chico, todos los problemas fueran como este”. A la tercera asumió que no iba a encontrar una lámpara como la que tenía, ni siquiera remotamente parecida. Y ella merecía su propia luz para leer, una especie de retribución por toda la luz que había traído a su vida. Así que cogió un pie blanco, básico, y una pantalla blanca, básica, y se los llevó.

Cuando llegó a casa se dio cuenta de que las lámparas hacían una pareja ridícula. Evidentemente, alguien había intentado buscar parecido, pero de una manera muy torpe: ambas eran blancas, pie y pantalla, pero una era mucho más alta que la otra, la pantalla de una era cilíndrica mientras que la de la otra era cónica, una tenía un relieve calado mientras que la otra no. Y, evidentemente, una iba emparejada con la lámpara de techo y la otra en absoluto.

Podría pensarse que la operación había sido un fracaso y, en cualquier otro momento, tan apegado como era al orden y la simetría, lo habría pensado. Pero sonrió ante el pequeño desastre y pensó que estaba bien que, si algo tenía que estar desparejado en su vida, ese algo fuesen ahora las lámparas del dormitorio.


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