Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Aug 17, 2025

Me encantan los museos: deambular tranquilamente con la carne abierta, esperando a ver qué decide darte una guantá de belleza de esas que te dejan temblando. Bueno, de belleza o de lo que sea. Yo solía ir por la vida dispuesta a dejarme emocionar, en todos los sentidos, a dejarme conmover, pero últimamente como esa capacidad la tengo un poco mermada (puede que porque me resulte demasiado peligroso). No obstante los museos suelen ser un espacio seguro para hacerlo. Así que eso: me encanta.

No obstante, en los últimos tiempos mis experiencias museísticas han dejado bastante que desear porque han sido en museos mainstream donde hay obras virales, lo que impide que una pueda deambular tranquila debido a la masificación del espacio y a la aglomeración alrededor de ciertas obras fotografiables[^foto]. Pero, de alguna manera, la necesidad de alejarme de los focos de «atención», por decir algo, a veces nos permiten también tener esa experiencia.

Me pasó hace poco en el Museo de Orsay. Mientras la multitud se aglomeraba alrededor de la «Noche estrellada» de Van Gogh (no la del MoMa, que es la viral-viral, sino la otra) o del autorretrato de Van Gogh (uno de ellos, este sí bastante famoso), yo tenía un flechazo con «Las bañistas» de Renoir.

Las bañistas.jpg

Allí estaban ellas, hermosísimas, descansando sobre la hierba y las flores. Sobre todo ella, con la cara soñadora apoyada en la mano, mirando al vacío, las mejillas sonrojadas por el sol. No puedo describir el impacto que causó la visión del cuadro en mí, espero que baste decir que me emocioné hasta las lágrimas. Mientras miraba el cuadro sonriendo y con los ojos encharcados, mientras la miraba a ella completamente enamorada, un pensamiento cruzó mi mente: «Podrías ser tú». Y sí, podría ser yo. Ese cuerpo es muy parecido al mío. Y en admirar ese cuadro con tal arrobo estaba admitiendo que tal vez en mi cuerpo, bajo la mirada adecuada (que no es, desde luego, la mía, parece ser) también hay belleza.

No son las primeras bañistas que Renoir pintó. Antes que este cuadro pintó otro, titulado «Las grandes bañistas» en el que los cuerpos, sin responder al ideal actual de belleza, son mucho más esbeltos, menos relajados, más pulidos. Por alguna razón, en los últimos momentos de su vida Renoir decidió pintar otras bañistas y pintarlas así, recreándose en la paz, en la felicidad, en el goce. Me resulta conmovedor y sanador.

Desde luego que, muy a pesar de Kant, prevalece la antinomia del gusto[^antinomia]: por todas partes se nos intentan imponer cánones estéticos (qué es lo elegante, qué es lo armónico, qué es lo bello) pero no dejamos de encontrar pruebas de que, en buena medida, la belleza está en la mirada y, como ocurre con Las bañistas, en la capacidad de proyectar y compartir la propia mirada. El problema, claro, es que nuestra mirada está llena de filtros de los que podemos ser conscientes a duras penas, imagina lo complicado que puede ser desprenderse de ellos. A veces la belleza está ahí, sin más, es el filtro Clarendon el que nos está impidiendo verla.

Ayer mismo hablaba de lo difícil que es verse a una misma con mi amiga Mariache. Nos referíamos a lo enfermizamente exigentes que somos con nosotras mismas, no especialmente en el caso estético, pero esto me llevó a tiene que ser más fácil de mi adorada Valeria Castro que sí habla principalmente del cuerpo, aunque creo que puede extrapolarse a esos otros ámbitos de autoexigencia. Conocía la canción, pero no había visto el videoclip (te animo a que lo hagas), que no hace más que potenciar el mensaje: la belleza de todas, diferentes como son entre sí[^cuerpos] y, a pesar de todo, la inseguridad y la sensación de estar constantemente a prueba, teniendo que demostrar algo. Al final del vídeo, el disfrute, el baile para una misma, el movimiento libre y despreocupado, el cuerpo como vehículo de goce y no como objeto de dolor, como sujeto a examen y disciplinamiento constante. Qué fantasía llegar ahí.

Tiene que ser más fácil el quererse,

no puede el cuerpo ser tan cruel al verse...

A veces me descubro en cierta disonancia porque ya he pasado, al menos conceptualmente, del todos los cuerpos son bellos al los cuerpos no le deben belleza a nadie: la exigencia estética sobre los cuerpos es agotadora, exagerada y alienante. Un cuerpo no tiene por qué ser hermoso, no está aquí para eso. Es un plus no demasiado relevante. Un cuerpo puede mantenerte con vida, permitirte tener orgasmos, bailar, acariciar y ser acariciada, escuchar música, ver el paisaje, saborear platos deliciosos y demás sin necesidad de ser hermoso. Peeeeeero... nos gustaría ser hermosas. A mí, al menos, me da paz intuirme hermosa a veces, como en esta ocasión. Creo que se trata de una aspiración difícil de extirpar. Así que, al menos, en los extremos de la antinomia del gusto, yo voy a empezar a intentar decantarme más por la subjetividad de las miradas que por la supuesta objetividad de los cánones, a confiar más en la amabilidad de quien mira al mundo dispuesto a encontrarle la hermosura y dar menos importancia a aquellos que quieren que el mundo encaje en el esquema que ellos han diseñado para darle el visto bueno.

Y me propongo intentar tener presentes, mucho, Las bañistas de Renoir.

[^foto]: A mí alguien va a tener que explicarme con esquemas y marionetas cuál es el sentido de abarullarse delante de un cuadro para llegar, hacerle una foto (o foto + selfie) y pirarte sin mirarlo. [^antinomia]: Por si el enlace de la Enciclopedia Herder no te lo deja claro, la antinomia del gusto se refiere a esa doble vertiente que parece tener la belleza. Por un lado, nos resistimos a creer que sea absolutamente objetiva porque entendemos que hay distintos gustos o sensibilidades y que ni siquiera las cosas que son casi universalmente aceptadas como bellas conmueven estéticamente a todo el mundo. Por el otro, nos negamos a creer que sea plenamente subjetiva y que todo valga: cuando decimos que algo es bello estamos diciendo algo distinto a que algo nos guste, ya que incluimos en esa afirmación un componente de universalidad (me gusta/me parece bello a mí, pero debería parecérselo a cualquiera). Esto puede relacionarse también con al cuestión de dónde reside la belleza: si es objetiva, es una cualidad del objeto, mientras que si es subjetiva es una cualidad del sujeto que la experimenta. [^cuerpos]: Me falta algún cuerpo disca (que también pueden bailar) y algún cuerpo gordo (que desde luego que podemos bailar), pero eso ya es ponerse tiquismiquis tal vez.


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Published on Jan 9, 2025

Hace unos meses, en la Feria del Libro de Madrid, vendí un libro. No el mío, otro. Se titula ¿Dónde está mi tribu? y su autora es Carolina del Olmo. Lo más gracioso de todo es que no he leído el libro (lo tengo pendiente, eso sí).

El señor de la editorial En clave intelectual, que es quien edita el libro, que allí estaba empezó a glosar a una señora que curioseaba el contenido del libro. Y allá que fui yo, a meter mi discursito subversivo que puede resumirse en que «la culpa de todo es del capitalismo y del patriarcado». El libro explora las dificultades de la crianza en la sociedad actual, en la que ya no hay tribu: las mujeres criamos solas. Si hay suerte, contamos con nuestras madres o suegras. Si hay mucha suerte, con el padre de la criatura. Perdon't.

No ha habido tiempos como estos para criar. (Nunca hay un tiempo como otro, claro). A mi abuela paterna se le murieron 5 hijos. A mi abuela materna una, que yo sepa (porque de eso me enteré hace poco y de aquella manera) y, de los que le han llegado a adultos, dos de ellos, especialmente uno, lo ha hecho en unas condiciones de vida bastante duras. Imagina ser autista en los años 60 Pero había una cierta tribu. Los patios, las corralas, las calles, los barrios. La madre de un amigo me habló más de una vez de una «tía» suya, que no era más que una vecina que ayudó a criarla. La abuela de mi pareja nombra a veces a una querida amiga, con la que entabló relación porque sus maridos eran compañeros de trabajo. Yo, cuando me he planteado la maternidad, me he respondido que no podía porque asumía que iba a tener que hacerlo sola. Y hacerlo sola tal vez sea posible, pero es algo heroico y no estoy yo para heroicidades.

Estamos muy solas (y muy solos, pero voy a usar el femenino genérico, porque why not). No voy a entretenerme a contar el drama de elegir quién iba a ser mi contacto de emergencia después de romper una relación larga. A quién le iba a encomendar el marrón de acudir al hospital si me pasaba algo o de identificar mi cadáver. Porque menudo marrón. No es que no tenga amigas, es que pienso en ellas, en sus vidas frenéticas y/o precarias, en sus energías al límite... Y no soy capaz de pedirles nada. Pienso en quién me acompañaría al hospital si tuvieran que darme un tratamiento largo, o hacerme pruebas difíciles. Y no sé a quién se lo pediría. Diría que me siento sola, pero no creo que sea un mero sentimiento. Creo que, pasado cierto límite, estoy sola. Eso no significa que, en caso de necesidad, no vaya a haber quien dé un paso adelante. Quiero pensar que lo habría. Pero a qué coste para ella. O para él.

Estoy pensando mucho en la soledad desde que ví la película All of us strangers, tengo que reconocerlo. Me arañó todos los miedos. Y se nota. Pero es que estoy convencida de que, y sé que me repito, estamos muy solas.

Y la culpa es del capitalismo, que nos ha atomizado, que nos ha robado las energías y el tiempo de trenzar redes, de tejer comunidades.

Y la culpa es del patriarcado, que ha depositado el peso de los cuidados en las espaldas de las mujeres, lo cual ha hecho que se entiendan como algo menor (salvo cuando da dinero, claro: cocinear todos los días para alimentar un familia es una chominá, pero nojequé de las estrellas michelín).

Pero la soledad, en sí misma, merece formar parte de mi lema. Tiene entidad propia, casi sustancia. En los últimos tiempos creo que puedo palparla en las relaciones de las personas, en sus estados de ánimo, en cómo reaccionan cuando piden una cita o esperan un paquete. Y los que más solos están son los más vulnerables: las migrantes, las precarias, las enfermas, las de los márgenes. Hoy leía en el monográfico de cuidados de la Revista Píkara un artículo en el que hablaban de la asistencia personal para personas con problemas de salud mental, y describía la cara de desolación de estas personas cuando se hablaba de las redes de apoyo y cuidado. «¿Qué redes?», parecían decir. Y creo que aunque hubiese menos capitalismo y menos patriarcado, esto no se solucionaría. Porque las raras, las desarraigadas, las locas... siempre estarían más solas.

Este post, el primero de este blog, no tiene mucho más, no va a ningún sitio profundo. Solo escribo, porque puedo, porque me apetece. Porque he identificado a otro jinete del apocalipsis. Así que ahora mi lema cambia.

La culpa es del capitalismo. Del patriarcado. Y/o de la soledad.


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Published on Dec 9, 2025

Como espacio habitable el mundo, así, sin más, siempre me ha parecido un poco meh. No sé si es porque nunca he entendido demasiado bien cómo funciona la generalidad de las cosas o si simplemente es que no he nacido para la cordura, pero desde que tengo uso de razón mi perspectiva sobre lo que me rodea ha sido una especie de realismo mágico. No descarto haberlo hecho como una forma de escapismo: mi vida, y supongo que la de casi cualquiera, habría sido intragable sin un algo de fantasía.

Si tengo que preferir, me quedo con la lógica de las historias. En el día a día mundano los malos ganan con frecuencia, los inocentes sacrificados no son vengados, la justicia es prostituída en boca de los injustos, las personas de corazón puro y noble son vilipendiadas y parasitadas, los tramposos medran y los honrados se quedan atrás... En fin, hay excepciones y, supongo, esto podría cambiarse si nos pusiésemos todos de acuerdo en cambiar la narrativa, pero me da la sensación de que la mayoría no está por la labor.

Y, para qué voy a engañarme, la realidad, con frecuencia, me ha traído más dolor y desencanto que otra cosa. Así que he solido vivir en las historias más o menos basadas en hechos reales que he ido construyendo. He idealizado, he romantizado, he fabulado y he fantaseado con cosas que, con bastante probabilidad, no iban a cumplirse (y que no se han cumplido). Lo he hecho asumiendo, de manera máso menos inconsciente, que la burbuja iba a pincharse, pero así suele ser: los cuentos se acaban. Lo único que había que hacer, si las circunstancias y la distancia lo permitían, era poner el punto y final en el lugar adecuado. Al fin y al cabo, toda historia tiene final feliz si sabes dónde parar.

Pero ahora no quiero que el cuento se acabe. No sé hasta dónde llega la realidad y dónde empieza mi inventiva, soy incapaz de decirlo, pero es demasiado bonito como para no haber salido, al menos en parte, de mi imaginación. Cuando caigo en la cuenta de esto recuerdo que, como he dicho, todos los cuentos se acaban y esa voz, mi propio villano interior, me dice que no hay más feliz que un final a tiempo. Y, por mucho que me apene reconocerlo, me dejo vencer, porque no creo que alguien como yo pueda ser la princesa de la historia, que los vaqueros puedan convertirse en un vestido encantado y las deportivas en zapatos de cristal y que, finalmente, lo que soñaba siendo una cenicienta más llegue a cumplirse. Ahí la pena me emborracha y no tengo la capacidad de seguir inventando, así que se lo pido a él, aunque cuente fatal las historias, aunque no tenga ni idea de lo que le pido realmente ni por qué: «Anda, cuéntame una historia. Una del futuro, del nuestro. Háblame de nuestra boda. Háblame de nuestra niña. Háblame de cuando seamos viejitos jubilados. Háblame de cuando vayamos a Venecia.» Y así espero a que se me olvide que no hay nada en mi vida exento de literatura, a poder volver a creerme mis cuentos de nuevo.

Esta vez la fantasía me está gustando tanto que me gustaría enloquecer para no tener que abandonarla.


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Published on Jun 5, 2026

Hace unos días asistí a una graduación de Bachillerato. Este año he tenido el dudoso honor de ser tutora de un grupo y profesora de dos completos y otros 2 parcialmente. No había manera de escaparse.

Tampoco tenía ganas de hacerlo, ojo. Aunque este tipo de eventos me dan una soberana pereza y suelo huir de alargarlos demasiado (ni cena después ni fiesta con ellos), sí me gusta participar de la ceremonia, de verlos con sus vestidos y sus trajes, de los discursos (o, al menos, de los detalles que se salen de lo manido), de la alegría y la celebración.

Hay un momento, no obstante, en el que lo paso regulinchis: el de la imposición de las becas. El contacto físico me genera incomodidad y ahí una tiene que hacer de tripas corazón y dar abrazos y besos. Pero tampoco sé si a todos los alumnos, o a unos sí y a otros no. Si abrazo y beso o solo abrazo, o solo beso, o mano o qué. Total: que es un momento tremendamente incómodo y rarísimo. Los que dicen que no se me nota el autismo deberían verme ahí.

Este año, además, hubo un momento intensísimo durante la imposición de becas. Los alumnos y alumnas intentan ponerse delante del profesor o profesora que mejor les cae, con el que más afinidad tienen... En fin, lo normal. Así que, para mi tremendo gozo (y para dificultar lo del contacto físico) suelo acabar teniendo delante a mi alumnado más particular, menos normativo. Por lo que sea. En uno de esos momentos tuve delante a una alumna trans, perfectamente enmascarada, con su traje impoluto, sus zapatos planos de vestir, etc. etc. que ya me había contado que ese día sería ella misma también de cara al exterior. Yo sabía que se había comprado un vestidazo y unos tacones eternos, que estaba ilusionadísima. Que el atuendo estaba esperándola en casa de una amiga, para ir a cambiarse luego, después de la cena. Necesitaba, me contó, tomar aire, coger fuerzas para contárselo a su familia. Está esperando a cumplir los 18 años en unas semanas.

Cuando estuvo delante de mí le susurré que estaba muy orgullosa de ella. Le puse su beca, le di un abrazo inmenso. Me respondió: “Me habría encantado poder hacer esto con mi vestido”. Y se me rompió el corazón. Podría haber llorado, pero tiendo a responder bien en estos momentos. Le dije: “Guarda bien la beca y cuando estés lista repetimos la foto”. Sonrió con tristeza. Pero sonrió.

No dejé de pensar en ella ese día y el siguiente. Aún de vez en cuando se me viene a la cabeza. ¿Cómo le habría ido? ¿Se habría atrevido a ponerse el vestido? Seguro que no le ha pasado nada, me lo habría contado cuando me escribió para contarme qué tal en la Selectividad. ¿Habrá hablado con su hermana?

Pero, sobre todo, pienso mucho en la necesaria subordinación de la teoría a las realidades. Esto es bastante problemático, pero como feminista, soy bastante crítica con el concepto de género y sus expresiones, con todo lo que implica en tanto que corsé para el desarrollo de las personas y para su discriminación y limitación. En el plano teórico, me apasiona el debate y me obsesionan los problemas que mi corpus ideológico tiene. Porque luego está la realidad. Y yo a mi alumna no puedo hablarle de la abolición del género, como si su sufrimiento fuera elegido. Ahí tengo a otra protagonista de otra versión de La mala costumbre llevando ropa en mochilas, cambiándose donde puede, batallando por ser. Y como persona, mi inclinación fundamental es intentar aliviar el dolor de quien sufre en la medida que puedo. Y esto me importa más que la teoría. Estoy segura que mi experienca humana es la que acaba modelando mis principios y convicciones y no a la inversa.

Escribo esto ahora porque hace un rato me he cruzado con un compañero que le dio clase y me ha dicho que la vio en la fiesta posterior, hecha una reina. Que él no sabía, que imaginaba, quizá. Que la saludó con alegría, que espera que no se sintiera incómoda. Que se alegra mucho de que esté dando esos pasos bien rodeada de sus amistades. Y al final de todo, aunque el momento de la graduación fue agridulce, me alegra saber que saltó esa barrera y que entre mis compañeros hay quien la ha visto y reconocido. Que el mundo es hostil, pero tal vez no tanto como imaginamos o esperamos. Y creo que tengo que repetirme esto, aunque tal vez sea mentira, para seguir creyendo.


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Published on Feb 6, 2025

Aviso de contenido: menciones a procedimientos odontológicos y a ideaciones suicidas

 

 

 

 

 

Ayer, ni un mes después de mi trigesimoséptimo cumpleaños, me sacaron mi primera muela. Hasta ayer conservaba todas mis piezas dentales, incluídas las cuatro muelas del juicio (la última de las cuales está todavía acabando de colocarse y, de pronto, se va a encontrar un hueco hermosísimo que aprovechar). Una de ellas, eso sí, estaba bastante maltrecha, pero ya sabes cómo me siento yo respecto de las cosas rotas: intento salvarlas porque me identifico con ellas.

Pero no pudo ser, no más. Mi muela rota, la que me partí a base de apretar los dientes para dejar salir el estrés durante el desconfinamiento, se acabó de estropear sin posibilidad de arreglo.

«¿Qué hacemos, la sacamos?» preguntó el dentista, con ese tono de voz tan acogedor que tiene. «Ya que hemos venío», contesté yo, fingiendo desenfado aunque llevaba todo el día asimilando la posibilidad de acabar el día con una pieza dental menos.

Y pasó. Allí estaba mi dentista, dulce, cordial, encantador, aparentando que todo iba bien (aunque la cosa tuvo su complicación). También la auxiliar, maravillosa, que consiguió sacarme un hueco de lo imposible, sujetándome la cabeza para que yo estuviera más cómoda. Y yo, sin sentir dolor alguno pero intentando aguantar la inmensa repugnancia que me producía ir sintiendo como mi muela se desprendía de mi carne. Todavía me da escalofríos pensarlo. En fin, al menos el dentista me dijo, literalmente, que me había portado muy bien. Anda que no me gusta a mí un poquito de validación, un «good girl» suavito...

Me imagino cómo son estas cosas para otra gente. Si en realidad existen esas personas que yo me imagino y que, tras la intervención, piensan «Bueno, una menos», y se centran simplemente en las molestias de la recuperación. A lo mejor no. A lo mejor esas personas son una especie de fantasía mía, de aspiración. A lo mejor todo el mundo padece como yo ante algo tan mundano y relativamente trivial como es la extracción aparentemente poco problemática de una muela rota.

Por ejemplo, yo también pienso «una menos», pero no con desenfado. Para mí es como si se hubiese iniciado, de alguna forma, la cuenta atrás de la decadencia: de aquí en adelante todo va a ser decrepitud. Sé que es un pensamiento absurdo situar mi decadencia física en ese detalle. Sé, además, que en muchos sentidos estoy mejor que hace diez años, por ejemplo. Y sé y entiendo que decaer es una señal buenísima si ocurre a su debido tiempo, porque es la señal de que no te has muerto. Pero no sé, me parece una imagen potente: una boca sana con un hueco, el inicio del fin. No lo puedo evitar: soy una contadora de historias de las peores, esto es, una poeta, así que veo señales en todas partes. Es agotador.

Pero no es solo el hecho de haber perdido una muela, qué va. Todo lo que ha rodeado este evento ha sido de lo más ominoso. Cuando la madre de mi pareja preguntó en el grupo que compartimos los tres qué tal íbamos, aproveché para informarle de que iba a faltar al ensayo de esa tarde porque tenía dentista. Muy diligentemente la señora se ofreció a acompañarme «No hace falta, ya se ha ofrecido mi caballero de brillante armadura», contesté. Era cierto: su hijo se había ofrecido a acompañarme tan pronto supo la hora a la que tenía el dentista.

Lo que realmente quería era decir: «No hace falta, puedo hacerlo sola». Hola, apego evitativo, pasa, ponte cómodo. Soy perfectamente consciente de que me da mucha más seguridad cuidar de mí misma (yo no voy a fallarme más que en una situación muy, muy extraordinaria) que permitirme mostrarme vulnerable y ponerme, al menos parcialmente, en manos de otros. De hecho, intenté resistirme, pero mi novio no me dejó. Y yo, a decir verdad, tenía demasiado miedo y pocas fuerzas para hacerme la dura. Lo siento, apego evitativo, no estoy en el mejor momento para seguirte el juego. Pero la cosa es que estoy tan poco acostumbrada a que me cuiden que durante buena parte del trayecto de autobús hasta el dentista se me fueron cayendo unos lagrimones como garbanzos, como si fuese una niña pequeña, igual.

Pero me he desviado (aunque esto también es una muestra de la dimensión disparatada que adquiere cualquier cosilla en mi vida, lo cual explica bastante bien por qué los momentos de tranquilidad no son más que breves oasis). Lo que yo quería contar es que, tras hablar con la madre de mi novio me sentí muy afortunada. Hace menos de un año nadie se habría ofrecido a acompañarme al dentista, muy probablemente porque no se lo habría dicho a nadie cercano para no molestar. Y ahora no solo tenía uan figura parejil ofreciéndose sino, además, una figura materna, con el hueco tan grande que yo tengo en ese sentido.

En eso iba yo pensando, sintiéndome afortunada, cuando se me ocurrió pensar cómo sería cuando dejasen de estar. No si dejaban de estar, sino cuando, porque en mi vida la gente siempre deja de estar en algún momento. Y me vi en un instante haciéndome vieja sola, yendo a hospitales sola, haciéndolo todo sola, sola, sola y pensando en un determinado momento, cuando todo fuera demasiado para mí sola, en acabar con todo y, total, una menos.

Qué gratuito, de verdad. Qué necesidad había de ese curso de pensamiento, a ver.

En fin. De momento lo único que tengo de menos es una muela. Y, quien sabe, tal vez buscar las señales, por lúgubres que sean, y convertirlas en relato de hechos, como vengo haciendo desde que aprendí a pensar, sea mi método para seguir manteniendo a raya, malquebién, a los monstruos. Y contarlo, no revestirlos del encanto del secreto: estos males son de los que medran en las sombras.

(gracias por formar parte de mi luz)


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Published on Dec 14, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Estás de acuerdo con la idea de que lo poco gusta y lo mucho cansa?

¿A veces te has sentido demasiado loquesea o has deseado ser menos loquesea?

Completa la frase: «Podría vivir con un poco menos de....»

Y ahora, el poema:

No mata la calidad sino la cantidad, de Gloria Fuertes

En demasía lo bueno se hace malo,

la píldora veneno

y vicio la caricia;

.

sabes de todo un poco y vas al cine,

sabes de todo mucho y te suicidas.

.

Mucha vida (cien años) es la muerte

-se hace malo lo bueno en demasía-.

La soledad, es ese gran espejo

donde acabas por verte monstruoso;

.

el silencio la tuerca en el oído

que se va ajustando al agujero,

demasiado silencio es igual que una bomba

y demasiado amor es igual que un entierro.


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Published on Jul 19, 2025

Odio ese meme, lo odio con todas mis fuerzas. Supongo que no te sorprende: en la época de la inmediatez y los micromensajes yo sigo escribiendo en un blog. Pero la cosa es que es un meme por algo y eso me aterroriza. Como docente he constatado que mis alumnos concen muy poco vocabulario de su propio idioma (o, al menos, vocabulario del que yo supongo que deberían conocer, que esa es otra cuestión) y que usan muy pocas palabras distintas. Su expresión, tanto oral como escrita, carece en buena medida de matices: cuentan habitando lugares comunes, con términos neblinosos y poco precisos, a pesar de servirse de una comunicación directa hasta la tosquedad. Esto me preocupa.

Pero no vengo aquí a hablar de los adolescentes, no es este un post sobre una señora pollavieja lamentándose de que todo tiempo pasado fue mejor. En absoluto. Este post surge de una conversación con un amigo sobre un libro. Hablábamos de Olvidado Rey Gudú. de Ana María Matute, que es la lectura de verano de un club en el que estamos juntos. Venía a preguntarme por mis opiniones y, en un determinado momento, yo dije que lo que me había mantenido leyendo hasta que la trama empezó a interesarme (lo cual tardó un rato en suceder) había sido el estilo. Entonces él me comentó que no le estaba gustando nada el estilo porque «usa demasiadas palabras para decir las cosas». Y te puedo jurar que ahí me partió por medio.

Si nos ponemos así, casi todo el lenguaje es redundante. Podríamos comunicarnos con gruñidos, prescindir de las canciones, de la literatura, conservar unas pocas palabras para escribir el equivalente a telegramas y gastarlas hasta que dejasen de tener sentido. Pero el lenguaje nos permite nombrar cosas atendiendo a los matices, a la forma, al detalle más nimio. Le puse el ejemplo de la canción «Dentro» de Luis Eduardo Aute: uno podría decir «Peazo pajotes me hago pensando en ti» y estaría diciendo lo mismo que la canción-poema. Bueno, lo mismo, pero no lo mismo.

No sé si es la prisa, el cansancio o qué cojones, pero me da la sensación de que el mundo se está rindiendo: ni quiere entender ni esforzarse en hacerse entender. O quizá no quiere invertir esfuerzo en expresar algo que siente que va a ser desdeñado. Por eso odio el puñetero meme del «Mucho texto»: hijodemilhienas, estoy haciendo el esfuerzo de encontrar las palabras justas para contar algo, para expresarlo, para que lo entiendas, no me jodas.

Y aquí estoy, descorazonada, buscando las palabras, cayendo en el mucho texto, pensando si será verdad que no vale (que no tiene valor) escribir un poema que dice «soy una pareja de mierda, pero esto es lo que hay» con demasiadas palabras o leer un libro con demasiadas palabras, muy bien escogidas, juntadas de una forma muy hermosa, pero que podría resumirse en «señores en un reino de fantasía medieval haciendo cosas de señores y alguna señora intentando hacerlo lo mejor que puede en medio del tinglao».

Yo qué sé. Últimamente todo me da mucha pena.


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Published on Mar 8, 2026

... faltan las muertas.

Es uno de los lemas que recuerdo de mis primeras manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo. Siempre me ha gustado esa manifestación (aunque en los últimos años todas las manifestaciones hayan tenido algún momento de incomodidad para mí, pero es también convivir, gestionar las incomodidades). Me resulta catártico verme ahí, entre un montón de mujeres de todas las edades, compartiendo espacio y tiempo, exorcizando la frustración y la rabia, trabajando la esperanza. No soy muy de multitudes (por decirlo suave), pero la manifestación del 8 de marzo es una de las pocas multitudes de las que vuelvo con más energía de la que salí.

Volviendo al lema: me gustaba pensar que las que teníamos la suerte de sí estar allí recordábamos que había otras mujeres que no podían estar. Que no habían sobrevivido al patriarcado.

Poco a poco se fueron incorporando otros lemas. El año pasado escuché No estamos todas, faltan las locas, en recuerdo a las mujeres psiquiatrizadas, internas en centros o recluidas en sus casas, tuteladas por terceros o adormecidas por la medicación. Me gustó también que se las trajera a ellas.

Este año no he ido a la manifestación del 8 de marzo. Estoy exhausta. La lucha con el mundo me resulta agotadora, y en esa lucha hay una ración bien grande de lucha contra el patriarcado. Mi trabajo es más difícil para mí porque soy mujer. Tengo que demostrar mi valía más porque soy mujer. Y cada día es una batalla porque soy mujer y elijo batallar. Elijo no callarme ante los comentarios machistas u homófobos de mis alumnos. Elijo desafiar los desprecios que me hacen. Elijo blindarme ante la condescendencia de mis compañeros. Es agotador.

Así que este fin de semana he dormido casi 10 horas del viernes al sábado y casi 10 horas del sábado al domingo. Y han sido solo casi 10 horas porque el despertador ha intervenido. Mi cuerpo y mi mente están al límite y tirando de reservas. Así que he tenido que renunciar a la catarsis, a la compañía, a uno de esos momentos del año en los que la batalla cotidiana se siente menos solitaria.

Así que tal vez habría que ir empezando a ampliar las consignas. No estamos todas, faltan las... cansadas, asustadas, precarias, amenazadas, enfermas, y otras cuantas, supongo.

Y me cuento esto para consolarme. Hago mi parte desde mi poder cada día del año. Pero no puedo evitar que me entristezca no tener las fuerzas de haber salido a la calle hoy.

Hermanas, os he echado de menos.


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Published on May 4, 2025

Hoy estuve un rato escuchando un programa de radio que me gusta mucho, La Tarataña, dedicado a la música tradicional ibérica. La primera parte del programa de hoy estuvo dedicado a las madres y las celebraron poniendo unas cuantas nanas. Y ahí me he quedado pinchada, tomándome el aperitivo mientras lloraba y moqueaba (en parte por el llanto, en parte por la alergia).

Sé que en otro mundo yo habría cantado nanas, que habría habido ya seguramente una criatura acurrucada en mi pecho aguantando mis cantos incesantes. Y sé que habría leído cuentos, poniendo voces torpemente. Sé que habría cambiado pañales y pasado noches en vela observando la fiebre de un ser diminuto completamente dependiente de mí. Sé que habría justificado mi cansancio viendo su sueño sereno. Y sé que me habría emocionado viendo cómo miraba al mundo como se mira a algo nuevo, brillante y sorprendente.

Pero el mundo en el que vivo no lo pone fácil. El peaje que pagamos las mujeres es muy alto y yo no he estado dispuesta a pagarlo. Hay atenuantes, claro, como tener una buena red de apoyo o un compañero con el que pagar el peaje. O ambas. Y ese nunca ha sido mi caso. Hace poco tuve una epifanía. Aun sabiendo que para una mujer no es falta ninguna el no haber tenido hijas a veces me contemplo y me pregunto si no lamentaré haber andado los pasos que he andado, al menos en ese sentido. Pero la última vez no llegó a doler porque fui consciente de que no me habría querido reproducir con ninguna de mis parejas y que, de haberlo hecho, me habría arrepentido. No porque todos fueran malas personas, qué va. Pero para ser un buen padre y un buen compañero de crianza hace falta algo más que ser, en general, buena persona. Lo mismo que para ser buena madre. Pero esa es una historia para otro día.

Así que, en este mundo, no suelo cantar nanas. No porque no me gusten, que me encantan, sino porque cuando lo hago siento cómo vuelve a abrírseme una grieta en el corazón.


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Published on Feb 12, 2025

Tengo varios grupos de señoras. Cuando hablo de grupos, no me refiero a grupos de personas como podemos entenderlos colocialmente, círculos sociales con los que interactúo con distinta frecuencia. No, me refiero a grupos en aplicaciones de mensajería. En los últimos años se han ido construyendo y desarrollando por distintos motivos y se han mantenido ahí, con finalidades más o menos difusas que han ido cambiando con el tiempo.

Uno de ellos surgió porque una señora dijo en una red social que le gustaría tener un grupo de mujeres con el que compartir cosas, con el que hablar. Una especie de red de apoyo virtual en la que expresar inquietudes, comentar dificultades o victorias... En fin, lo que es un grupo de amigas pero, dada la dificultad de construir eso en modo presencial, pues hacerlo en versión virtual: reunir a varias mujeres y dejar que la interacción obre su magia.

Somos cinco, cada una con su idiosincrasia, desde la romántica empedernida, a la que apaliza nazis, pasando por la señora prudente que siempre sabe qué decir en cada situación. En común tenemos que todas estamos siempre muy cansadas, por lo que sea.

Hoy, una de ellas, la que es una baliza de luz y color en nuestro grupo, pidió ayuda. En los últimos tiempos ha tenido un drama sobrevenido que ha cambiado su vida de forma drástica, y buena parte de su energía está dedicándose a lidiar con esos cambios, a procesarlos, a hacer lo necesario para adaptarse a ellos (cuidando mientras, claro). Y si siempre estamos todas cansadas, os podéis imaginar cómo está ella. Así que hoy ha venido a pedir ayuda. Tenía una reunión, se sentía aturullada, temía que se le olvidara algo importante: ¿alguien podía acompañarla por teléfono o videollamada? Simplemente para estar ahí y sentir la compañía y el apoyo.

Yo trabajaba a la hora de la reunión, pero acto seguido, después de mí, ha llegado la señora que apaliza nazis a decir que contase con ella. Sin problema. “¿Tengo que cambiarme?”, ha preguntado, que para mí es un gesto máximo de afecto.

Nunca hemos coincidido, nunca hemos compartido espacio. Tiempo sí, porque en alguna ocasión hemos hecho una videollamada para gestionar dramas de unas y otras, pero nada más. Aun así, nos damos los buenos días, nos mandamos chistes, información interesante, postales de Navidad, nos consolamos cuando lo necesitamos y estamos dando apoyo (tan concreto como este) en momentos vitales complicados.

Qué suerte que en este mundo en el que todo se privatiza, en el que todo es tan hostil, todavía pueda transmitirse la sororidad, en su sentido más amplio y más profundo, a través de Interné.

(Post escrito a salto de mata en un momentito, perdonen las erratas y la precipitación, pero es que me parece que la ternura es un bien de primera necesidad y andamos un poquito faltos).


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