Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 19, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Has normalizado cosas que no deberían ser normales?

¿Crees que podemos evitar acostumbrarnos a cosas que no deberíamos tolerar?

En una escala de 0 a 10, ¿cuánto malestar crees que toleras en tu día a día, de forma cotidiana?

Y ahora, el poema:

Nos acostumbramos a la Oscuridad de Emily Dickinson

Nos acostumbramos a la Oscuridad

Cuando se apaga la Luz—

Como cuando la Vecina sostiene la Lámpara

Para presenciar la Despedida—

.

Hay un momento—el Paso es titubeante

Por la novedad de la Noche—

Después—acostumbrados los Ojos a la Oscuridad—

Afrontamos el Camino—con firmeza—

.

Y así es en las más densas—Oscuridades—

Esas Noches de la Mente—

Cuando no hay Luna que nos dé un signo—

O Estrella—que salga—de ahí dentro.

.

Las más Valientes –avanzan a tientas—

Y a veces se dan contra un árbol

Directamente en la Frente—

Pero a medida que aprenden a ver—

.

O bien la Oscuridad se altera—

O algo en la vista

Se adapta a la Noche cerrada—

Y la Vida camina casi recta.


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Published on Sep 4, 2025

Esta entrada destripa partes (bastantes) de la peli «El 47». Léela bajo tu propia responsabilidad.

Hace poco vi la película El 47. Conocía la historia, más o menos, la trama principal. Pero me ha sorprendido una trama que no es ni secundaria, un arco prácticamente anecdótico pero con una fuerza tremenda o, al menos, que a mí me ha dado una patada giratoria en el esternón.

Resulta que Juana, posteriormente Joana, la hija del protagonista, canta en un coro. En su primera aparición la vemos cantando «El rossinyol» con su coro. En esa misma escena la directora del coro le asigna el solo. Una compañera a su lado intenta quejarse, pero la directora no da lugar a réplicas. Pregunta a Joana si está conforme y ella dice que sí, ilusionada. El plano se detiene en ambas cuando el coro se disuelve. La compañera lleva un pañuelo en el pelo, tiene los ojos azules, es menos vulgar que Joana. También lleva ropa más vistosa y, a todas luces, más nueva: un jerseycito de punto monísimo, por ejemplo. Joana viste unos pantalones pardos de ¿pana? que han visto tiempos mejores, una camiseta desgastada y una camisa marrón también bastante usada. La compañera, cargada de falsa buena voluntad le dice que todo va a ir bien, que ella lo ha hecho muchas veces, y le pregunta si quiere que le preste algo de ropa, para no actuar vestida así. A Joana se le borra la sonrisa y se mira antes de asentir: sí, agradece que le preste algo de ropa. Y ahí se queda, sintiéndose inadecuada, avergonzada de lo que es. Porque el espejismo de que es una más, incluso de que puede destacar entre ellos, ha durado unos instantes. Y la culpa, la responsabilidad, es suya. Suya y de los suyos: de su padre extremeño, hijo de un represaliado, de su madre muerta, de su barrio chabolista. Un poco todo.

Así que Joana vuelve a casa. Tarde. Embriagada todavía por el dulce rossinyol que va a França apaga el tocadiscos de su padre, en el que suena «Gallo rojo, gallo negro» de Chicho Sánchez Ferlosio. «Sempre la mateixa cançoneta», murmura. Su padre la reprende por no haber estado en la reunión de vecinos, porque en esa casa se han enseñado valores, se ha enseñado compromiso, se ha enseñado lucha. Ella dice que no sirve para nada y expresa su vergüenza. Sale al balcón y empieza a ensayar su solo en voz bajita. No es una de ellos, de los que cantan solos, pero tal vez, si se esfuerza... Su padre sale, le halaga el canto. En tono reconciliador intenta recordarle que no tiene que avergonzarse de quién es, intenta poner en valor sus raíces y sus circunstancias pero son interrumpidos por unos actos que desencadenan ciertas circunstancias. Pasan cosas.

Siguiente escena del arco. Joana está ensayando de nuevo con el coro. Toca cantar el solo. Lo intenta, suena un poco ahogado en los agudos, un poco apagado en general. La directora se lo indica, le pide que lo repita. Lo repite. Y lo repite. Y la directora, cada vez más frustrada, la reprende por no ensayar, por no tomárselo en serio. No sabe, ni le importa, ni puede sospechar siquiera lo que está pasando en la vida de Joana: cuánto tarda en llegar al ensayo, cuánto tiene que caminar montaña abajo y montaña arriba, en qué condiciones vive, los conflictos que hay en su barrio, lo inadecuada que se siente rodeada de clasemedistas. Qué más da. Ha tenido la oportunidad pero no se ha esforzado lo suficiente. Joana lo intenta de nuevo, se le caen las lágrimas. Probablemente la directora siga pensando que no transmite nada.

Tercera escena del arco y final. Joana está actuando con el coro. Su madrastra está entre el público y, al lado de ella, hay una silla vacía: su padre está preso por «secuestrar» un autobús y subirlo a su barrio del extrarradio para demostrar que podía hacerse. Suena «El Rossinyol», y suena precioso. Llega el momento del solo: la compañera empieza a cantar con seguridad, con potencia, con decisión, como cantaría alguien que sabe que merece estar ahí. Suena bonito. A su lado Joana se limita a cantar su parte. Una esperaría que se una al solo, que por fin cante con potencia, que transmita todo lo que tiene que transmitir, que les dé su merecido a la directora y a la compañera. Pero no lo hace. La canción acaba y el coro se retira. Pero Joana no. Joana se queda plantada en medio del escenario. La directora la llama susurrando. Pero Joana no se mueve. Entonces empieza a cantar de una manera abrumadoramente hermosa «Gallo rojo, gallo negro». Joana toma conciencia del orgullo de ser quién es, del valor de su clase y de la lucha. Tal vez incluso de que nunca va a ser una de ellos y de que hacernos creer que podemos conseguirlo es otro de sus crueles juegos de manipulación. Así que cambia la canción y transmite. Claro que transmite. Cuando acaba se retira corriendo. Nadie aplaude.

Me ha recordado a Yeguas exhaustas de Bibiana Collado Cabrera, y me ha recordado a mi vida. A cómo existimos algunas que no cantamos solos y pensamos que es porque no tenemos la voz suficientemente bonita, o no hemos ensayado bastante, o tal vez no lo merecemos, sin más, cuando lo que pasa es que...

Bah, qué importa. Lo que importa es que pasa. Que sigue pasando. Y, para colmo de males, creo que ya ni siquiera recordamos cuáles eran nuestras canciones: parece que solo nos queda bailar al son de las suyas.


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Published on Jan 26, 2025

Hace unos días, por algo que no viene mucho al caso, recordé este concepto que ha sido definido en mi cabeza de forma un cierto tosca y a base de acumulación de experiencias propias y compartidas conmigo por amigas. Dije en Mastodon que tenía que hablar del tema y, sin dar mucha más explicación, varias mujeres supieron de qué iba la cosa. Interesante, ¿no?

¿Pero qué es eso del «privilegio» de follabilidad?

Llamo «privilegio» de follabilidad al falso privilegio de trato digno que los hombres otorgan a las mujeres en tanto en cuanto las consideran follables. Este ser follable no tiene por qué referirse al deseo efectivo de tener sexo con ellas (aunque con frecuencia es así), sino que puede consistir en que las consideran elementos de sus fantasías, por ejemplo. Digo que es un falso privilegio porque está condicionado al hecho de ser considerada follable, por lo que decae cuando esa situación cambia, hecho que no depende de la mujer. En ese sentido, no se trata de un privilegio que se tenga, sino que es otorgado por otro a su voluntad.

Explicado en modo sencillo: el «privilegio» de follabilidad es lo que pasa cuando un señor te trata como a una persona porque eres objeto de su deseo sexual.

Es una cosa bastante pocha, porque yo no sé cómo lo habrán llevado otras mujeres, pero a mí, que no soy el lapicero más afilado del estuche en lo que a comportamiento social respecta, me costó bastante descubrir qué pasaba. Además de mi torpeza, contribuyó a ello que nunca he sido una mujer normativa, por lo que, en general, los señores me trataban bastante regular: no me escuchaban, me trataban con condescendencia, ignoraban mis propuestas (aunque si luego las hacía un hombre les parecían estupendas) y en fin, la experiencia femenina genérica.

Pero de pronto y de repente aparecía algún señor que te trataba bien. Te escuchaba. Dialogaba contigo mostrando interés. Era considerado. «¡Coño, por fin!» pensaba yo. A veces ocurría que una recibía un trato diferencial respecto del resto de personas: por ejemplo, ante un error, las consecuencias o represalias que una afrontaba eran más leves que las que afrontaban otras personas. La cosa se prolongaba hasta que las intenciones del mozo se hacían explícitas: le gustabas, quería algo contigo. Si, por lo que fuera, ese interés no era correspondido, a tomar por culo la bicicleta: la actitud cordial, respetuosa y considerada cesaba. Y si no acababa la interación con un «pues no eres tan guapa, zorra» encima podías dar gracias.

Podría listar muchos casos. Un profesor del instituto (sí, así de problemático), un compañero de trabajo encantador que dejó de hablarme cuando se enteró de que salía con alguien, un amigo que cambió su trato hacia mí en cuanto empezó a gustarle otra chica (yo no era consciente siquiera de que le gustaba hasta que no se le pasó xD)...

Ya digo que me tuvo que pasar MUCHAS, pero MUCHAS veces para que me diera cuenta: al principio piensas que esa persona que parecía maja no era más que otro cucaracho y, cuando volvía a ocurrir que un señor te trataba bien simplemente dabas las gracias hasta que, claro, volvía a destaparse el pastel. Además, a veces es que una servidora caía, porque que te traten bien es sexy. En estos casos, además de desencantada acababas con el corazón roto, porque no hay que privarse de nada.

He utilizado las comillas en la palabra privilegio todo el rato porque de privilegio tiene poca cosa. Primero porque, como ya he dicho, no es algo que una tenga, sino que le dan condicionalmente en virtud a algo que no depende de ella (porque el deseo está en el sujeto, no en el objeto). Y segundo, porque te sientes como una puñetera mierda. Cuando te ha pasado n-cientas veces te planteas si es que no tienes valor si no es en términos de interés sexoafectivo. Es una putada. Como siempre, el secreto está en relacionarse con señoras y ver la diferencia. Es desde ahí desde donde pude empezar a teorizar esta experiencia y a detectarla.

Y no es una cosa mía. Está presente en la cultura popular, aunque no se le haya puesto un nombre. Todos hemos visto películas en las que un personaje defiende a la chica que le gusta aunque haya dicho una soberana gilipollez (cosa que no hace por otros personajes), por ejemplo.

Sí, sí, ya sé. Siempre estoy igual con lo del feminismo, viendo patriarcado por todas partes. Pero solo es porque está por todas partes y una vez lo ves, es imposible desverlo. Qué le voy a hacer yo, si solo soy una chica (espero que pilles la referencia millenial).


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Published on Jun 8, 2026

Me gustaría que esta entrada fuese a tratar de Ajuar, el duo de señoras madrileñas que hacen una actualización del folclore tradicional bien chula, fresca y feminista. Echadle un vistazo a su Bandcamp, ahí enlazado, porque merecen mucho la pena.

Pero no, no vengo a hablar de ellas. Vengo a hablar, cómo no, de mis traumas. Bueno, no lo sé. Vengo a intentar descubrir si tengo que tener un trauma nuevo, o mejor dicho, si hay una nueva manifestación de mis traumas antiguos. Yo qué sé. Demasiao bien me mantengo.

La cosa es la siguiente: ¿a vosotras os han preparado ajuar vuestras familias? Ya sabéis: enseres domésticos, menaje, ropa de cama, toallas... Esas cosas que una persona necesita cuando se va de casa. Sé que lo tradicional era que se les preparase a las muchachas (y que ellas mismas empezasen a contribuir en cuanto tuviesen edad, ya fuera bordando, tejiendo, lo que fuese), pero ya he conocido casos en los que se les prepara también a los hijos, ya no con tanto componente utilitario, sino como una especie de ofrenda o gesto cuando salen del nido para volar por su cuenta.

Es que el otro día hablaba con la familia de mi pareja, y contaban que ellos habían comprado ajuar por igual a mi pareja y a su hermana. Y entonces caí yo en que yo no tengo ajuar. Nunca lo he tenido. Al menos no viniendo de mi madre. Recuerdo que cuando estaba a punto de mudarme a mi piso, la madre de mi entonces pareja empezó a preparar un ajuar mínimo, de manera informal. Iba comprando cosas que veía útiles y las iba guardando. Salvo esos regalos, todo lo demás que hay en mi casa lo he comprado yo.

No es por la cuestión material, por supuesto. Puedo comprarme unas sábanas o un juego de toallas si los necesito (no siempre ha sido así). Es por el cuidado. Por el cariño. Por ese pensar en el futuro de la hija o del hijo que supone preparar algo para cuando sea mayor, para cuando se case. Para cuando le haga falta.

Sea como sea, no tengo ajuar. Mi dote es más pequeña que la de Inesilla y el Brillante.... Sobre todo porque en su caso, «aunque el dote era pequeño el cariño era muy grande».

Estar en un punto de mi vida en el que me voy sintiendo conforme, segura, querida, cómoda cuidada tiene su parte buena, muy buena, excelente... Pero también la mala, y es que me estoy haciendo consciente de que mirar a mi pasado, a mi infancia, adolescencia y primera juventud, es mirar a la cara a la carencia. Y de eso nadie sale indemne. Como ya he dicho antes: demasiao bien estamos.


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Published on Mar 20, 2026

Decía Aristóteles que los humanos tenemos de especial, respecto de los animales, que, además de tener voz, tenemos palabra. Por eso somos sociales: la naturaleza no hace nada en vano y si nos ha dado palabras será para que las usemos. Unos con otros, se entiende.

Y qué maravilla de don, la palabra. No porque lo diga Aristóteles, sino porque lo digo yo. ¿O acaso no te han dicho nunca la palabra precisa? O la más inoportuna. Seguro que sabes de qué te hablo.

Últimamente he desbloqueado un miedo. He estado leyendo Las gratitudes de Delphine de Vigan. Si no lo has leído y te apetece, para aquí, porque te voy a destripar un trozo.

En él hay un personaje entrañabilísimo, Michka, que en su vejez desarrolla afasia. Ahora entiendo la gravedad de una de las escenas del principio: Michka buscando por el suelo, bajo la cama, por todas partes, algo que no sabía qué era. Y eran las palabras que estaba perdiendo.

Qué atroz ser capaz de pensar y no poder decir, ni escribir, lo que hay dentro de nosotros. Qué horror irse convirtiendo en una isla sin conexión con el resto de la humanidad poco a poco.

Ya me jode darle la razón a Aristóteles, pero en esto creo que la tiene. Puedo tolerar (no de buena gana) perder la voz. Pero no me merecería la pena seguir viviendo si no pudiese echar mano a las palabras.


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Published on Dec 20, 2025

Para pensar un poco antes de leer...

¿Piensas en el mundo que está habitando la infancia y el que habitará cuando crezca?

¿Cómo conseguimos hacer habitable un mundo que es, al menos, medio horrible?

Y ahora, el poema (y su traducción libérrima perpetrada por servidora):

Good Bones de Maggie Smith

Life is short, though I keep this from my children.

Life is short, and I’ve shortened mine

in a thousand delicious, ill-advised ways,

a thousand deliciously ill-advised ways

I’ll keep from my children. The world is at least

fifty percent terrible, and that’s a conservative

estimate, though I keep this from my children.

For every bird there is a stone thrown at a bird.

For every loved child, a child broken, bagged,

sunk in a lake. Life is short and the world

is at least half terrible, and for every kind

stranger, there is one who would break you,

though I keep this from my children. I am trying

to sell them the world. Any decent realtor,

walking you through a real shithole, chirps on

about good bones: This place could be beautiful,

right? You could make this place beautiful.

*******

Buenos cimientos de Maggie Smith

La vida es corta, pero no se lo cuento a mis hijos.

La vida es corta, y yo he acortado la mía

de un millar de insensatas y deliciosas maneras,

un millar de insensatas y deliciosas maneras

que no cuento a mis hijos. El mundo es al menos

terrible al cincuenta por ciento, y eso tirando

por lo bajo, pero no se lo cuento a mis hijos.

Por cada pájaro, una piedra se lanza a un pájaro.

Por cada criatura amada, una rota, en un saco,

ahogada en un lago. La vida es corta y el mundo

es al menos medio terrible, y por cada extraño

amable, hay uno que te destrozará,

pero no cuento esto a mis hijos. Estoy intentando

venderles bien el mundo. Cualquier agente inmobiliario decente

mientras te pasea por un cuchitril, parlotea

sobre buenos cimientos: Este lugar podría ser bonito,

¿no crees? Podrías hacer de este lugar algo bonito.


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Published on Jul 30, 2025

Esta mañana en Mastodon una usuaria hablaba de que una amiga le había enseñado la apertura de conversación de Tinder de un muchacho como siendo esta la gran cosa. «Amiga», contestó la MastodontA, «esto huele a ChatGPT». A lo que la moza en cuestión contestó que ella también le había contestado con ChatGPT. La MastodontA acababa la reflexión señalando lo curioso de que dos manifestaciones del mismo LLM estuviesen ligando mientras dos humanos estaban allí a verlas venir.

Otro usuario contestaba diciendo que ya había señorEs, masculino no genérico, que decían que para qué necesitaban parejas si ya tenían a ChatGPT.

¿No te parece ultra distópico? Me hace pensar en cómo el turbocapitalismo ha influido ya y de forma aparentemente irreversible en nuestra forma de relacionarnos eróticamente (en sentido amplio, no solo en lo que respecta al sexo). Me gustaría mucho ser la gran Jana del Bosco, tener su tesón investigador y su paciencia para desgranar ideas, buscar referencias y argumentar mis pensamientos. Pero no lo soy, así que te vas a tener que conformar con mi manera chusca de escupir mis ideas. Perdon't.

Una de la cosas curiosísimas que se han llevado hasta el extremo es la performatividad (el parecer, el aparentar) en todo lo que respecta al amor. A ver, esto no es, en esencia, nuevo. Siempre ha existido lo que yo llamaba «campaña electoral»: ese periodo de la relación, al inicio, en el que intentamos dar nuestra mejor cara, impresionar, convencer de que nos compren. Y el lenguaje comercial no es inocente. Esto está motivado por una concepción de la vinculación amorosa basada en la seducción, en el tener que manipular o engañar a la otra persona para que se interese por una (femenino genérico). Pero lo realmente perverso es que ahora ya no hacemos el esfuerzo ni de pensar en cómo organizar la pantomima: que lo piense un LLM, que yo estoy muy liada. Liada para conectar. Ojú.

De verdad que es loquísimo lo muchísimo que se ha asimilado el ligar/enamorarse a la compra de productos. Desde las aplicaciones manejadas por algoritmos que te «recomiendan» a tu alma gemela hasta el pedir a un LLM que nos diga qué buscar en una pareja, cómo convencerla de que inicie una conversación con nosotros o a saber.

Aunque yo soy muy fan de la responsabilidad individual, no creo que esto sea una cosa por la que podamos culparnos al 100%. Por ejemplo, más de una persona, sobre todo hombres, me han manifestado lo difícil que es conseguir hablar con alguien en las aplicaciones de citas: «Si empiezas con un “Hola, ¿qué tal?” estás condenado». Ya digo: no es un temor individual. Parece ser que, en este mundo de hiperestimulación constante, necesitamos que nos dejen con la boca abierta todo el puñetero rato, en cada jodido momento. Qué agotador. Ante esa presión, mucho mejor que las impresione ChatGPT, ese Cyrano devorador de recursos y trabajo ajeno. Lo que vaya a pasar después ya es un problema de nuestro yo del futuro, ¿no?

Hasta aquí, aunque horrorizada, puedo ser comprensiva. Conectar es difícil, conocer gente complicado, la vida muy rápida, el mundo difícil. Yo qué sé. Pero lo de los señores abandonando la búsqueda de pareja porque ChatGPT les da lo que necesitan. Creo que esto puede resultar bastante esclarecedor para hablar de la epidemia de soledad masculina: las mujeres tienen cada vez unos estándares más exigentes en lo que quieren/necesitan en un compañero (lo cual no está mal, porque el listón estaba en el infierno) y los señores se conforman con tan poco que a algunos les vale un LLM que finja escucharles y les dé la razón amablemente.

Esta situación me recuerda al auge del Satisfyer. Las bondades del aparatejo corrieron de boca en boca entre grupos de amigas, llegaron a las redes sociales y a los medios. Rápidamente había opiniones a raudales sobre las maldades del aparatejo: que si adicción, que si insensibilidad, que si incapacidad de disfrutar del sexo sin el cacharro. Una cosa loquísima. De eso, de cómo asusta nuestra independencia para el placer, hablamos otro día si quieres. Pero lo más loco fue la marabunta de señores quejándose de que iban a ser sustituidos por el dichoso aparatejo. Y yo, qué quieres que te diga, no paraba de querer decirles a esos contrariados señores, cogiéndoles de los hombritos: «Cari, si tu desempeño como pareja, incluso como pareja meramente sexual, puede ser sustituido por un Satisfyer, el problema no es el Satisfyer, eres tú».

Así que, bueno, como mujer no me vas a oir lamentarme por que los señores nos estén sustituyendo por ChatGPT (aunque sí me lamente amargamente de la omnipresencia de los LLM y cómo se están obviando los problemas éticos y medioambientales que comportan). Tengo claro que lo que yo puedo aportar a una relación no hay LLM que lo sustituya: sé que el problema no está en mí. Y, honestamente, a los hombres que consideran que una mujer puede ser sustituida por ChatGPT y que esto les compensa los prefiero entretenidos con el ordenador que importunando a mis hermanas.


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Published on Jan 14, 2026

Mi compañero me hace marcaje como el que me hacían las dependientas de El Corte Inglés cuando tenía 20 años y pinta de ir a su tienda más a robar que a comprar. Vaya, que el señor no se fía de mí, no lo ha hecho en ningún momento, e intenta hacer control de daños periódicamente [^porqueyo]. Intenta ser sutil, pero le sale bastante mal, porque para que yo me dé cuenta de estas cosas tienen que ser tremendamente obvias. O tal vez es tremendamente obvio para que yo me dé cuenta de que me está vigilando y solo finge que intenta ser sutil. En fin, me importa más bien poco. Tampoco es importante para lo que quiero contarte. Solo pretendía dar contexto y mira...

La cosa es que la última vez que me hizo marcaje sutilmente (empezó a hablarme así, como quien no quiere la cosa, de por dónde iba y qué iba a hacer después y a plantearme su planificación de la materia como la mejor de las planificaciones posibles, porque cómo no) y en un determinado momentro la siguiente afirmación salió de su boca:

—¡Porque cómo va a acabar alguien 2º de Bachillerato sin haber estudiado la Crítica de la Razón Pura! ¡Es inconcebible!

Y lo dijo mientras gesticulaba señalando los dos tomos del año de la picor que hay de la obra de Kant en el departamento.

Yo no sé si es el salto generacional, que yo me tomo a los señores filósofos muertos mucho menos en serio o que yo me siento, antes que otra cosa, maestra y, en ningún caso, experta en filosofía, pero, sea como sea, la frase me pareció tremendamente ridícula.

No se puede ver todo, eso lo tenemos claro: hay que seleccionar. Y a Kant le ha tocado que veamos su filosofía práctica, qué le vamos a hacer. Me puede parecer mejor o peor, pero nadie se muere por no estudiar la Crítica de la Razón Pura y, si me apuras, se puede vivir perfectamente sin estudiar a Kant.

No me malinterpretéis: claro que defiendo la educación filosófica, incluido el estudio de autores (que prácticamente nadie cuestiona) y de autoras (que es cuestionadísimo, claro, porque parece que si estudiamos a María Zambrano o a Mary Wollstonecraft hay que quitar a Platón ¡Y CÓMO VAMOS A QUITAR A PLATÓN! En fin. Pero no fetichizo a los autores: me parece importante lo que se aprende a través de ellos, pero se puede llegar a esos aprendizajes de muchas maneras, por muchos caminos. Puede que incluso los que marca el canon no sean los mejores.

Y luego, lo otro. Yo entiendo que para esta persona la Crítica de la Razón Pura sea la cosa más importante y necesaria del mundo para un adolescente (sí, sé que estoy haciendo un poco de hombre de paja con esto, pero permíteme la exageración), pero de ahí a pretender que esa creencia es la verdad, que lo que a él le parece importante es LO importante va un trecho.

Podría hacer sin pensar demasiado una lista de al menos 20 cosas que un adolescente tiene que saber al acabar el instituto y que siento que no acaba sabiendo, empezando por el hecho de que las cosas que no ha elegido y que le han tocado en suerte (raza, familia, estatus socioeconómico, sexo, etc.) no le hacen mejor o peor persona. Pero qué sabré yo: solo soy una chica a la que su compañero siente tiene que hacerle marcaje.

[^porqueyo]: El por qué me hace marcajea mí y no a mi otra compañera que ha tenido que robarme los apuntes para saber cómo impartir la materia tiene su guasa, pero oye, esto es lo que hay.


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Published on Jun 30, 2025

Suelo decir que soy una persona rencorosa cuando lo que ocurre en realidad es que tengo buena memoria. No me olvido fácilmente de quién y cómo me hizo daño y eso, evidentemente, afecta a la confianza. Pero no suelo desear mal a la gente y, con frecuencia, si hay algo que se puede salvar en la historia que tuve con quien me hizo daño intento salvarlo porque en mi buena memoria también influye lo de ser una sentimental.

Así me van las cosas, claro. Cuando hace tres o cuatro días escribí a un ex con el que compartí una historia breve pero intensísima (y un tanto tormentosa) para preguntarle qué tal le había ido el curso (consciente de que estaría por irse de la ciudad definitivamente) estaba haciendo valer lo bueno de aquella historia, la parte que me gustaría contar a los nietos que no voy a tener para sacarles los colores dejando claro que su abuela era una señora de armas tomar. Le hablaba desde la certeza de que no pudo ser, y es bueno que no pudiera ser, que no éramos el uno para la otra y viceversa, pero que bueno, que lo que fuésemos o dejásemos de ser juntos no habla de lo que somos o dejamos de ser individualmente. Aunque bueno, podría matizar, porque al final de nuestra historia fue un absoluto cucaracho, pero bueno, no quise centrarme en eso.

¡Mal, Jodía, mal! Piensa mal y acertarás y todo eso, desgraciá, que no has aprendido nada de la vida. En fin, la cosa es que, después de intercambiar unos 7 mensajes de lo más civilizados hoy, dos días después del último mensaje, me encuentro esto:

Captura de conversación. Un interlocutor pide a otra que no se escriban más y la otra dice que preguntaría por qué, pero que no va a obtener respuesta. El otro interlocutor le dice que es el curso natural

«Te agradecería que no nos contactemos más», dice. Y espera más de un año desde su gran cagada para decírmelo. Casualmente, elige para hacerlo el momento en el que se va de mi ciudad para siempre. Una podría pensar que dejó la puerta abierta por si pudiera sacar algo de mí pero ahora, que ya no va a pasar, pues le es demasiada molestia que nos escribamos para felicitarnos el Año Nuevo y el cumpleaños, que es lo que ha pasado este año.

Evidentemente, no le voy a echar en falta: ya no era parte de mi vida. Pero me joden las ínfulas, esos aires de no sé exactamente qué. Y me jode un poco haber creado la situación para que me dé la patada, como queriendo quedar triunfante. Sé lo que buscaba: drama. Ese «si no tienes nada que objetar» no es gratuito. Esperaba que entrase al trapo, que me enzarzase con él de alguna manera para sentirse vivo, para sentir que todavía tiene algún peso en mi vida. As if.

Por eso no le he respondido más y he sido casi tan fría y descorazonada como él. Casi. Pero me habría gustado contestarle y ser cruel, como he aprendido a ser en los últimos tiempos (aunque no lo ponga en práctica porque no está en mi naturaleza). Decirle, por ejemplo, que es un hombre triste, como los del poema de Piedad Bonnett y que admiro su compromiso con tomar malas decisiones y apartar de su lado a cualquier buena persona. Podría haberle hecho mucho daño. Pero, como digo, no está en mi naturaleza clavar puñales en las grietas de otros. Sé que, en cuanto se me pase la rabia, volveré a encontrar consuelo en la misma idea que lo encontré hace año y pico y que se ha ido confirmando con el paso del tiempo. Jamás, en su triste y miserable vida, va a tener a su lado a nadie mejor que yo ni le van a ofrecer lo que yo le ofrecí. Y para que yo diga algo así mi convicción tiene que ser profunda: ya sabéis que no es que yo tenga un ego muy hinchado.

Bon vent i barca nova, persona a la que quise. Qué pena que no supieras qué hacer con todo lo hermoso que te di.


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Published on Dec 6, 2025

Antes de leer, para pensar un poco....

¿Te has sorprendido a veces haciendo «cálculos» a la hora de relacionarte con otra persona?

¿Qué crees que hay detrás de esas personas que, habiéndose amado mucho, se convierten en extraños?

¿Qué cosas (actitudes, miedos, prejuicios...) pueden boicotear una relación? ¿Cómo las evitamos?

#Y ahora, el poema:

Ajedrez, de Rosario Castellanos

Porque éramos amigos y a ratos, nos amábamos,

quizá para añadir otro interés

a los muchos que ya nos obligaban

decidimos jugar juegos de inteligencia.

.

Pusimos un tablero enfrente

equitativo en piezas, en valores,

en posibilidad de movimientos.

.

Aprendimos las reglas, les juramos respeto

y empezó la partida.

.

Henos aquí hace un siglo, sentados,

meditando encarnizadamente

como dar el zarpazo último que aniquile

de modo inapelable, y para siempre, al otro.


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