Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Dec 7, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Cantaba Sabina que «al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Estás de acuerdo?

¿Crees en las segundas partes en lo que respecta a historias de amor?

¿Prefieres la incertidumbre del recuerdo y su romantización o la certidumbre del conocimiento y su posible decepción?

Y ahora, el poema:

Oración, de Cristina Peri Rossi.

Líbranos, Señor,

de encontrarnos,

años después,

con nuestros grandes amores.


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Published on Oct 11, 2025

Esta mañana me he despertado e inmediatamente he empezado a sentirme mal: pensamientos intrusivos, desazón, presión en el pecho. He intentado domar al dragón respirando hondo, concentrándome en la luz que se filtraba por los huecos de la persiana, en el calor que emanaba el hombre que amo, tumbado a mi lado. No ha habido manera. He recordado, con horror, el estadio final de la maldición de la pena, ese en el que la cama deja de ser un refugio, un remedo de pacífico ataúd al menos, para convertirse en una balsa a la deriva que se agita sin cesar y en la que es imposible encontrar la paz. Resignada y derrotada he decidido levantarme.

Él ha subido la persiana y se ha sentado en el borde de la cama a vestirse. Yo me he dirigido hacia él y he empezado a relatarle mis miedos. Entonces he dirigido la vista al exterior a través de la ventana, intentando huir y he me he visto obligada a interrumpir mi relato de penas.

—¿Hay un michi ahí?

Ahí, en un balcón del edificio de enfrente, había una señora sentada desayunando. El sol todavía no bañaba su balcón pero se iba acercando. Frente a ella se alzaba lo que parecía una gata tricolor, eso sí, demasiado inmóvil para dar fe de que lo fuese. Entonces la gata ha inclinado la cabeza hacia el plato de su humana, mientras ella daba un sorbo a un vaso de lo que parecía zumo. Acto seguido ha extendido las patas y se ha estirado majestuosamente, desde las uñas delanteras hasta el último extremo del rabo. En ese momento, al unísono, él y yo hemos gritado la confirmación:

-¡Hay un michi!

Y entonces yo he roto a llorar violentamente. El llanto me ha atravesado como un relámpago y me ha desbordado. Yo he seguido mirando la escena. La mujer llevándose la tostada a la boca con una mano mientras con la otra acariciaba de manera tenue a su minina. La gata paseándose de un lado a otro del balcón, olisqueando las migajas de la mesa, buscando, de tanto en tanto, gestos de atención y cariño. Y yo lloraba sin parar, sin poder intentarlo siquiera.

Eran solo una mujer y su gata, nada más. Una escena de lo más cotidiana: el balcón, la luminosidad de una mañana soleada, una gata curiosa, un desayuno, la ausencia de prisa. Pero me ha parecido tan hermosa en un momento en el que todo me parece tan hostil y desagradable que no he podido soportarlo.

Él, que ya empieza a conocerme, se ha sentado a mi lado y me ha acariciado la espalda. De tanto en tanto ha dejado caer un beso en mi cabeza mientras yo musitaba, desconsolada:

—Es tan bonito...

Y es verdad que lo era. Y yo no solo he sido tan afortunada como para ver esa hermosura sino que, además, he sido capaz de conmoverme hasta el llanto. Puede que la cama ahora sea una balsa, pero todavía queda en mí fuerzas para sentir y, por tanto, esperanza de volver a ganar la batalla.


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Published on Feb 21, 2025

Como decía mi querida Gloria Fuertes en su poemario Poeta de guardia: “Hago versos, señores, hago versos”. Lo hago de forma inevitable, porque es una de las maneras que tengo de ordenar mi mundo, mi experiencia. Y lo comparto porque en la poesía de otros he aprendido que nunca se está del todo sola si se encuentra refugio en un poema y, quién sabe, tal vez los míos puedan resguardar a alguien.

No obstante, cumplido ya el sueño de mi infancia de verme publicada, no anhelo el reconocimiento, ni quiero ver mis versos estampados en merchandising o que se usen en anuncios publicitarios. Me gusta que vivan fuera de mí, pero en hogares cálidos y acogedores. Y me gusta que se paseen por el mundo, pero llevados de la mano de alguien que nos quiera (a ellos y a mí): me gusta que me lean y que me lleven mis amigas.

Mi amiga Sonia ha bordado mis versos en bolsas, neceseres, fundas para libros y cualquier pedazo de tela que se le haya puesto por delante. Lo hace con cariño, pasión y mimo, porque le sale del alma. Mi amiga Coru ha caligrafiado mis versos con tintas preciosas y todo el arte que tiene en su cuerpo serrano, y lo ha hecho desde la comprensión profunda de lo que significaban. Mi amiga Sam ha decidido que las dos (Coru y yo) la acompañemos, bordando un verso mío en su flamante chaqueta bordada, expresión de todo su brillo y su originalidad indómita. Y me encanta. Me encanta que sean ellas las que nos lleven a mí y a mis palabras de la mano, de modo que, si alguien les pregunta, sean ellas quienes hablen de mí y digan: “¿Te gusta? Lo escribió una amiga mía”. Siento que así, con sus hebras de hilo, sus tintas, sus lápices y otros útiles que para el ojo no entrenado no encierran magia alguna, consiguen mantenerme pegada a este mundo del que mi espíritu en fuga (esto es de Chantal Maillard) quiere escapar con tanta frecuencia.


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Published on Dec 5, 2025

Para pensar, antes de leer...

¿Sueles habitar tus emociones negativas o te apresuras por salir de ese estado?

¿Crees que las emociones negativas pueden aportarte algo valioso?

¿Puede que en ocasiones te hayas quedado más tiempo del necesario en un «mal lugar» conocido por el miedo que te daba explorar para buscar algo mejor?

Y ahora, el poema:

Spell, de Andrea Cohen

When she left we halved

everything but absence.

I didn’t buy another bed,

but slept on the floor.

It was good for a spell

to have nothing to fall out of.


(traducción pocha hecha por mí)

Por un tiempo

Cuando se fue lo dividimos

todo excepto la ausencia.

No me compré otra cama,

sino que dormí en el suelo.

Estuvo bien por un tiempo

no tener de dónde caerme.

En inglés cuando una se enamora «cae en el amor» (fall in love) y cuando se desenamora «se cae (fuera) del amor» (fall out of love). De ahí el juego de palabras difícil de traducir con desenamorarse y caerse de la cama.


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Published on Aug 13, 2026

Nos la liaron bien liada, amigas. Recuerdo antaño aquello del Día de la mujer trabajadora, y esa distinción que se hacía entre las trabajadoras asalariadas y las no asalariadas. La meta era ser independiente y eso significaba trabajar a sueldo, esto es, fuera de casa, para no depender del salario del padre, marido o lo que fuera. ¿Y qué ocurrió? Que doblamos la jornada, porque el trabajo no asalariado, el trabajo de limpieza, cuidados varios, crianza y demás tenía que seguir haciéndolo alguien. Y los señores no iban a pringarse en eso.

Así que como el sistema no se fue al carajo, como las mujeres decidieron doblar jornada para seguir siendo independientes (je), lo suyo era empeorar las condiciones materiales de existencia hasta hacer virtualmente imposible la subsistencia sin dos salarios. Eso sí, introduciendo la idea de que los señores tienen que ayudar en casa. Hablaremos de corresponsabilidad para parecer radicales. Cualquier cosa menos reconocer que el trabajo que se hace en casa es trabajo, que contribuye a sostener el sistema capitalista y que, por tanto, debería ser remunerado. Pero claro, el capitalismo siempre ha requerido su cuota de esclavitud, además de la de miseria.

Pongamos, imaginemos, teoricemos, que alguien que requiera mis cuidados, supongamos mi padre, se pone enfermo. Yo, mujer independiente, que ha tenido que irse lejos de la familia para ganarse el sueldo, sujeta a un contrato y a una jornada laboral, ¿qué tengo que hacer? Por supuesto, tengo permisos: unos días si hay operación con ingreso, o si mi padre requiere cuidados ambulatorios. Los alrededor de 400km de distancia entre servidora y mi padre no son tenidos en cuenta, así que el tiempo de desplazamiento hay que retraerlo del permiso. ¿Y si tengo que cuidar más? Vigilar alimentación, limpieza, curas. Acompañar a citas médicas (que, por supuesto, tienen lugar a bastantes kilómetros de donde mi padre vive y que, por supuesto, requieren traslado en coche). ¿Cómo lo hago? ¿Cómo compatibilizo mi independencia económica con el cuidado de las personas que quiero?

Bueno, podríais decir que no tiene por qué tocarme a mí. Que estoy lejos. Pero ¿a quién entonces? Mi hermano trabaja. Mi cuñada trabaja más horas de las que son sanas para cualquier persona. Todos trabajamos. ¿Quién cuida?

Y ahí está la carambola, la ampliación del negocio: los cuidados se venden. Hay profesionales dedicados a ellos. Y como no somos rentistas y tenemos que trabajar para vivir de todas todas, hay que hacer el sacrificio posible o el imposible para poder pagar eso que no podemos hacer por nosotros mismos. Y pagar a una persona que limpie. O a una empresa que traiga la comida. A una persona que cuide y vigile en la convalecencia.

El amor, la cercanía de los seres queridos, la paz que da saber que has estado cuando los tuyos te necesitaban es un lujo que la mayoría no nos podemos permitir. No podemos pagarlo.

Disclaimer: es probable que no conteste a las interacciones con este post, ni aquí ni en redes sociales. Disculpas adelantadas.


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Published on May 26, 2026

En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso

Son fragmentos del Evangelio de Lucas. Una, que ha aprendido de pe a pa el catecismo y que ha estado más metida en la Iglesia de lo que es bueno para cualquier persona, no puede evitar que, cuando escucha, lee o vive según qué cosas, se le vengan encima citas bíblicas.

Hace poco leí algo que me hizo pensar en esta en concreto. Para las que no sepáis de qué leches se habla aquí (he constatado en los últimos tiempos con cierta estupefacción que hay gente que no tiene ni idea de algunos de los episodios más célebres de las historias de la Biblia), es la breve conversación que se da entre «el buen ladrón», uno de los dos que crucificaron junto a Cristo, y este. Mientras el otro crucificado se ve que tiene energías y ánimo de mofarse de Jesús, el otro se lo reprocha y le dice que al menos ellos están allí pagando por su crimen, mientras que Jesús no ha hecho nada malo. Es entonces cuando le pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino y cuando Jesús le contesta que le guarda sitio, que no se preocupe.

Nunca he sabido muy bien qué pensar de esta escena. La entiendo, pero hay algo que me incomoda. ¿Tal vez el mandato, la petición en forma de imperativo? No sé.

El otro día lo tuve más claro. Vi una petición de este estilo que pedía a las personas que habían conseguido algo por lo que habían batallado mucho que recordasen que había gente que todavía estaba en la lucha. Qué necesidad, me pregunto. Si la persona es tan individualista como para olvidarse del resto en cuanto consiga su objetivo, de nada sirve ese mensaje. Y si no lo es probablemente consiga simplemente amargar su momento feliz con una chispita más o menos grande de remordimiento, culpabilidad o mala conciencia (tal vez sea el exceso de catolicismo, ojo, no lo descarto).

Y sé que está feo señalar a quien lo está pasando mal, lo sé, y puede que esto sea problemático de alguna manera que no llego a ver ahora, pero me parece egoísta querer estar presente en los dulces momentos de gozo de otras personas como una gotita de vinagre. Son tan pocos los buenos momentos, tan pocos los motivos de celebración... ¿Por qué remarcar el hecho de que el mundo no es perfecto, de que, aunque tu sufrimiento haya menguado, hay gente que sigue sufriendo? Como si fuese fácil de ignorar. Al menos el buen ladrón no tenía otro momento para elevar su petición: estaba ante alguien con contactos para permitirle acceder al Paraíso y ese alguien estaba a punto de espichar: era entonces o nunca. Pero, ¿por qué dirigir nuestra reivindicación justo a quien acaba de conseguir algo? ¿Por qué alguien sacaría la pancarta «Hoy no es mi cumpleaños» en el cumpleaños de alguien? Sí, lo sé, es una simplifiación que espero me sepas perdonar.

No sé, no me parece una postura del todo sana. No seré yo quien censure la rabia, pero intento seleccionar a quién quiero dirigirla. A las personas que han conseguido, generalmente después de mucha lucha y sacrificio, lo que quiero para mí sin hacerle daño a nadie, en definitiva, a las que han sido mis compañeras de batalla, prefiero verlas no como salvadoras sino como recordatorio de que lo que ansío es posible (incluso aunque puede que yo no lo consiga). Y lo hago desde la alegría y la celebración de que lo hayan logrado.

Más que exigirles que piensen en mí desde su Paraíso escojo pensar en ellas mientras transito mi Purgatorio.


Sí, sé que este post es muy pseudo y ha quedado bastante deslavazado, lo mismo no he conseguido expresar bien lo que quería decir, pero esto llevaba muchos días dando vueltas en mi cabeza y necesitaba sacarlo fuera, que ya estaba un poco hartita de la cita bíblica en cuestión. Si has llegado hasta aquí, admiro tu capacidad de tener esperanza. En este caso, de que la cosa mejoraba al final :P


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Published on Dec 21, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Ves en el porvenir una motivación o una fuente de frustración?

¿Crees que es más beneficioso soñar a lo grande o tener sueños realistas?

¿Eres realista o sueles pasarte o quedarte corta en las expectativas?

Y ahora, el poema:

Los días venideros de Aurora Luque

Los días venideros no llegaron.

Se agotaron, fulgentes, en los brindis.

Lo por venir ya estaba caducado

a la hora de soñar.

Os pido, dioses,

sólo sueños portátiles, menudos,

cinta para medir el horizonte,

y días que no engañen, desde lejos,

como veleros gráciles

cargados de ataúdes.


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Published on Oct 23, 2025

Lo típico. Es necesario que alguien muera y llegue a los medios (porque leyendo sobre el tema he llegado al caso de Dani, que se quitó la vida en julio tras sufrir acoso escolar de forma persistente) para que esto vuelva a «importar». Y digo «importar», con bien de comillas, porque todos estamos consternadísimos y con cara de Pikachu sorprendido, como si no hubiese explicación a por qué pasan estas cosas. Pero bueno, todo en orden, en unos meses, si no en unas semanas, Sandra caerá en el olvido y el mundo tendrá la conciencia tranquila porque se escandalizó de forma pública y conveniente. Y en las escuelas y los institutos todo seguirá igual.

¿Por qué? Pues porque las escuelas son microcosmos reflejo de la sociedad. Ni más, ni menos. Y nuestra sociedad, me van a disculpar, es UNA PUÑETERA MIERDA. Una sociedad en la que más vale ser malo que vulnerable, es preferible ser victimario que víctima y la ley del más fuerte, se entienda la fuerza como se entienda, es al final lo que prima. Una sociedad que no sabe qué cojones significa la palabra cuidado.

Y no es que yo vaya a defender la inacción de los centros educativos, no se me ocurriría. Pero como parte de la comunidad educativa tengo una visión bastante clara de las limitaciones existentes. El acoso escolar, a pesar de lo que pueda indicar su nombre, no es un problema circunscrito al ámbito escolar: es un problema social. Por eso creo que dejar el peso de su abordaje encima de los centros educativos, o al menos en su mayor parte, no va a ser efectivo. ¿Y si nos planteamos un Pacto de Estado contra el acoso escolar? Uno que implique a todos los agentes de la sociedad: sanitarios, policía, adultos de referencia (monitores deportivos, profesores de academias, etc.), con unidades de intervención especializadas y dedicadas y con medidas que protejan a las víctimas de forma eficaz y lo menos traumática posible. Ojo, que tampoco renuncio a lo mío: la inversión en recursos en educación, fundamentalmente en profesionales, también ayudaría. Grupos más pequeños permitirían una relación más cercana al alumnado y una posibilidad mayor de detectar problemas. Profesores menos sobrecargados también podrían dedicar más atención a cuestiones relacionales entre alumnos o a dinámicas grupales. Yo qué sé.

Pero bueno, parece que eso no va a pasar, que al final la clave de todo es la educación, entendiéndose por educación dar talleres. Señoras, señores, llevamos con el tema del bullying ya añitos, ¿eh? He perdido la cuenta de las veces que he impartido o visto impartir talleres sobre el tema, he perdido la cuenta de las veces que he hecho menciones relacionadas a la importancia del respeto, el buen trato y el cuidado en clase, y he perdido la cuenta de las veces que he intervenido en situaciones de acoso o que podían parecerse a acoso. Y seguimos igual o peor. Y tengo una teoría: ¿Os habéis dado cuenta de cómo los malos casi siempre piensan que están haciendo lo correcto, aunque sea de alguna forma retorcida? Pues con los acosadores pasa igual. Así que podemos predicar todo lo que queramos que, si no se dan por aludidos, poco puede mejorar el problema.


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Published on Mar 29, 2026

Llevo días queriendo escribir esta entrada, pero hoy hablaba con mi amiga Ana cuando le ha saltado una notificación de su ex: He visto esto y me he acordado de ti. “A ver qué puerta hemos abierto, amiga”, me ha dicho ella. Pues resulta que el mensaje contenía un fragmento de un concierto de música clásica en la Ciudad Prohibida. He visto esto y me he acordado de ti: qué maravilla esa frase unida a algo tan hermoso.

Hace unos días estaba yo pensando en alguien. No se lo dije, claro, porque, si bien es cierto que suelo defender que si piensas algo bonito de alguien tienes que decírselo, también es cierto que he crecido lo suficiente como para saber que esos avances no siempre son bienvenidos, que a veces suponen poner a palpitar una cicatriz apenas curada. Y no a todo el mundo le gusta llevar la lengua al hueco que deja el diente. Pero le pensé con cariño, con ternura. Deseé que ojalá su vida esté yendo bien, que esté haciendo cosas que le apasionan, que sienta que está andando un buen camino. Le recordé para desearle lo mejor, aunque esa persona no lo vaya a saber nunca.

Volvió a pasarme hace poco: leía un poema que comenzaba con el verso Escuchar a Bach. Y entonces pensé en él. Que ojo: no se lo merece. Pero no puedo evitar pensar en él cuando escucho a Bach o cuando alguien lo mienta, cuando salta en mi playlist alguna de las piezas que él me enseñó (Corcovado, Chick, Morente). O cuando alguien nombra Murcia. Y le recuerdo sin rencor (y tendría motivos), sin desearle mal y sin pensar en primer lugar en lo malo. Recuerdo los conciertos privados, perder la noción del tiempo, aquel mes que viví sin dormir y sin sueño, el Faro de Cabo de Palos, las ruinas de Cartagena y aquellos días en que la cara me dolió de sonreír. Y a pesar de todos los momentos grises y de todos los dardos venenosos, agradezco.

No solo me pasa con los ex: también con las amigas. Con casi cualquier persona que haya sido importante en mi vida y ya no esté: de pronto cualquier cosa les trae a mi mente y mi corazón se llena de buenos deseos y alegría. Será porque la luz viaja más rápido que cualquier otra cosa. Solo más tarde recuerdo, y no siempre, el daño, si es que lo hubo.

Hay únicamente dos personas en mi vida a las que recuerdo siempre con rencor. Una más que a otra, porque de la primera puedo recordar, si me esfuerzo, algún buen momento y suelo asegurarme de recordar algunas cosas que tengo que agradecerle. Pero de la segunda, con la que compartí casi 10 años de mi vida, no recuerdo nada bueno. Nada. Y cuando la pienso no queda en mi espíritu un ápice de buenas intenciones. Esas son mis dos únicas excepciones.

Estas son mis estadísticas. Así que si, haciendo un ejercicio salvaje de generalización indebida, extrapolamos los datos a tu vida, a toda la gente con la que te has cruzado, incluso a aquella de la que acabaste separándote de malas maneras, estoy segura, segurísima, de que hoy alguien te ha recordado con amor, cariño, ternura o cualquier otro sentimiento de la familia.

Espero que el pensamiento te resulte reconfortante.


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Published on Apr 15, 2026

Nunca, desde que salí de casa de mis padres, he conocido a mis vecinos. No sé cómo se llaman, no sé apenas nada de sus vidas, más allá de lo que pueda deducir cuando me los cruzo por la escalera... ¡Qué leches! Si ni siquiera sé a qué piso van cuando me los cruzo en el ascensor... Mi mente no es capaz de retenerlo. Sé que se me lee como una persona reservada, algo arisca, que no tiene interés en relacionarse demasiado. Yo no lo intento, ellos no lo intentan... Y ahí queda la cosa.

A veces, muchas, me da pena. Siento que en esto también he sido vencida por el turbocapitalismo: aislamiento, individualismo, atomización. Lo que es peor: me he dejado vencer, porque #IngeñeroPrometido sí tiene conocimiento de sus vecinos y es tan reservado socialmente como yo, o más. Pero no sé, no me sale hacerlo de otra manera, no sé cómo se hace.

Lo bueno es que a veces me permito fantasear con que vivo en un patio de vecino, de estos cuadrados y cuajados de geranios, de vida comunal y crianza tribal de las criaturas. Es mucho fantasear, lo sé, pero no puedo evitarlo cuando vuelvo a casa en las horas previas a la hora de comer, cuando por las puertas de las casas se filtran el olor a cocido de una vivienda, las lentejas de otra, la pizza casera de la de más allá y los (probablemente) flamenquines fritos de otra. Que buena parte de las viviendas estén haciendo lo mismo al mismo tiempo me permite soñar con cierta comunidad. Al menos aquí todavía se cocina. No es poco.


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