Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 4, 2025

Antes del poema, para pensar un poco...

¿En qué piensas cuando escuchas la expersión carpe diem?

¿Crees que estás viviendo el momento lo mejor que te es posible?

¿Se te ocurre alguna cosa que puedas hacer hoy (o mañana) para sentir que estás haciendo tuyo parte del tiempo que se te ha dado?

Y ahora, el poema:

Si todo ha de acabar, por Eduardo García

Si todo ha de acabar, qué importa nada.

Si el río ha de arrastrar cuanto queremos,

días, amigos, cuerpos, libros, senos,

cavando a nuestro paso una hondonada;

.

si todo ha de anegar la mar helada

y al cabo nos aguardan crisantemos,

más vale no olvidar lo que seremos

y enterrar en olvido la alborada.

.

Mas si el destino está en quedar en nada

rema a contracorriente, a tumba abierta,

apurando los cauces, siempre alerta

al destello que inflama la mirada.

.

Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte

cada hora que le robas a la muerte.


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Published on Oct 23, 2025

Lo típico. Es necesario que alguien muera y llegue a los medios (porque leyendo sobre el tema he llegado al caso de Dani, que se quitó la vida en julio tras sufrir acoso escolar de forma persistente) para que esto vuelva a «importar». Y digo «importar», con bien de comillas, porque todos estamos consternadísimos y con cara de Pikachu sorprendido, como si no hubiese explicación a por qué pasan estas cosas. Pero bueno, todo en orden, en unos meses, si no en unas semanas, Sandra caerá en el olvido y el mundo tendrá la conciencia tranquila porque se escandalizó de forma pública y conveniente. Y en las escuelas y los institutos todo seguirá igual.

¿Por qué? Pues porque las escuelas son microcosmos reflejo de la sociedad. Ni más, ni menos. Y nuestra sociedad, me van a disculpar, es UNA PUÑETERA MIERDA. Una sociedad en la que más vale ser malo que vulnerable, es preferible ser victimario que víctima y la ley del más fuerte, se entienda la fuerza como se entienda, es al final lo que prima. Una sociedad que no sabe qué cojones significa la palabra cuidado.

Y no es que yo vaya a defender la inacción de los centros educativos, no se me ocurriría. Pero como parte de la comunidad educativa tengo una visión bastante clara de las limitaciones existentes. El acoso escolar, a pesar de lo que pueda indicar su nombre, no es un problema circunscrito al ámbito escolar: es un problema social. Por eso creo que dejar el peso de su abordaje encima de los centros educativos, o al menos en su mayor parte, no va a ser efectivo. ¿Y si nos planteamos un Pacto de Estado contra el acoso escolar? Uno que implique a todos los agentes de la sociedad: sanitarios, policía, adultos de referencia (monitores deportivos, profesores de academias, etc.), con unidades de intervención especializadas y dedicadas y con medidas que protejan a las víctimas de forma eficaz y lo menos traumática posible. Ojo, que tampoco renuncio a lo mío: la inversión en recursos en educación, fundamentalmente en profesionales, también ayudaría. Grupos más pequeños permitirían una relación más cercana al alumnado y una posibilidad mayor de detectar problemas. Profesores menos sobrecargados también podrían dedicar más atención a cuestiones relacionales entre alumnos o a dinámicas grupales. Yo qué sé.

Pero bueno, parece que eso no va a pasar, que al final la clave de todo es la educación, entendiéndose por educación dar talleres. Señoras, señores, llevamos con el tema del bullying ya añitos, ¿eh? He perdido la cuenta de las veces que he impartido o visto impartir talleres sobre el tema, he perdido la cuenta de las veces que he hecho menciones relacionadas a la importancia del respeto, el buen trato y el cuidado en clase, y he perdido la cuenta de las veces que he intervenido en situaciones de acoso o que podían parecerse a acoso. Y seguimos igual o peor. Y tengo una teoría: ¿Os habéis dado cuenta de cómo los malos casi siempre piensan que están haciendo lo correcto, aunque sea de alguna forma retorcida? Pues con los acosadores pasa igual. Así que podemos predicar todo lo que queramos que, si no se dan por aludidos, poco puede mejorar el problema.


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Published on Sep 22, 2025

Hoy al salir de trabajar tenía un mensaje de mi antiguo compañero de departamento al que debería empezar a referirme como «mi amigo N», porque supongo que eso es lo que es. Me decía que tenemos que quedar, que no podemos dejarlo estar, sin prisa pero sin pausa. Y me decía que este año tiene en clase a una alumna del año pasado que le ha pedido que me transmita un mensaje: que le encanta escribir, y que le encanta la poesía, y que ha leído mis poemas y que le han encantado, que nunca encontró el momento o la valentía de decírmelo el curso pasado.

Ha sido muy bonito. Y más en este momento en el que el cuerpo me pide hacer listas para seguir levantándome por las mañanas y en el que siento que soy una farsante en mi trabajo, una impostora y una inepta.

En esta ocasión el mensaje ha llegado, aunque sea de forma indirecta (es cierto que me habría gustado poder sonreír cuando me lo dijese ella, que viese que me había hecho feliz, hacerle preguntas, en fin, esas cosas) pero me planteo cuántas veces no nos decimos las cosas. Y, consciente de cómo una sola palabra puede desviar un cuerpo de su trayectoria, siento vértigo.


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Published on Dec 4, 2025

Hoy me he cruzado en el supermercado, ya harta del día y de la semana (y aún queda el viernes) con el hermano de mi expareja y su esposa. No son personas que me cayesen nunca particularmente bien, pero durante el tiempo que tuve que hacerlo fui tremendamente cordial. Supongo, no sé, que lo de no gustarnos especialmente era mutuo. Tampoco me importa. Hoy todos hemos fingido no vernos o, mejor dicho, no conocernos y, honestamente, ha sido un alivio. No estaba yo para improvisar reacciones a situaciones incómodas en ese momento.

Pero como mi cabeza funciona como funciona, he pensado en la gente de esa familia que sí me caía bien y en como ahora no somos nada. Y me muero de la pena. Lo de que personas a las que has querido se conviertan en extraños de un día para otro es uan cosa que me desequilibra enormemente.

Y luego, claro, la cosa se ha puesto peor, porque para qué me voy a dar tregua, ¿verdad? Y he pensado en la penita que doy: la niña que he sido y que, para bien o para mal, sigue viva en mí, no tuvo ni tiene una familia ni medio funcional así que se va metiendo bien hasta el fondo en las familias de sus parejas. Je. La sed de amor, que es malísima. Pero claro, esas familias no son mi familia. Nunca llegan a serlo. Soy usufructuaria, no propietaria. El usufructo es el derecho al goce o disfrute de algo sin alterarlo durante el tiempo que el propietario estime. Pues bien: mi disfrute de esas personas acaba cuando la relación sentimental se acaba. Y esto, que supongo que todo el mundo ve lógico, a mí me parece de una crudeza inaudita.

Y, por supuesto, está el miedo: que vuelva a pasar, que estas personas a las que ahora quiero y que parecen quererme decidan, de un momento a otro, que ya nada.

Es doloroso sentir que vas por la vida siendo casi siempre el +1 de alguien (gracias infinitas a quienes me quieren por mí, sin más).


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Published on Aug 17, 2025

Me encantan los museos: deambular tranquilamente con la carne abierta, esperando a ver qué decide darte una guantá de belleza de esas que te dejan temblando. Bueno, de belleza o de lo que sea. Yo solía ir por la vida dispuesta a dejarme emocionar, en todos los sentidos, a dejarme conmover, pero últimamente como esa capacidad la tengo un poco mermada (puede que porque me resulte demasiado peligroso). No obstante los museos suelen ser un espacio seguro para hacerlo. Así que eso: me encanta.

No obstante, en los últimos tiempos mis experiencias museísticas han dejado bastante que desear porque han sido en museos mainstream donde hay obras virales, lo que impide que una pueda deambular tranquila debido a la masificación del espacio y a la aglomeración alrededor de ciertas obras fotografiables[^foto]. Pero, de alguna manera, la necesidad de alejarme de los focos de «atención», por decir algo, a veces nos permiten también tener esa experiencia.

Me pasó hace poco en el Museo de Orsay. Mientras la multitud se aglomeraba alrededor de la «Noche estrellada» de Van Gogh (no la del MoMa, que es la viral-viral, sino la otra) o del autorretrato de Van Gogh (uno de ellos, este sí bastante famoso), yo tenía un flechazo con «Las bañistas» de Renoir.

Las bañistas.jpg

Allí estaban ellas, hermosísimas, descansando sobre la hierba y las flores. Sobre todo ella, con la cara soñadora apoyada en la mano, mirando al vacío, las mejillas sonrojadas por el sol. No puedo describir el impacto que causó la visión del cuadro en mí, espero que baste decir que me emocioné hasta las lágrimas. Mientras miraba el cuadro sonriendo y con los ojos encharcados, mientras la miraba a ella completamente enamorada, un pensamiento cruzó mi mente: «Podrías ser tú». Y sí, podría ser yo. Ese cuerpo es muy parecido al mío. Y en admirar ese cuadro con tal arrobo estaba admitiendo que tal vez en mi cuerpo, bajo la mirada adecuada (que no es, desde luego, la mía, parece ser) también hay belleza.

No son las primeras bañistas que Renoir pintó. Antes que este cuadro pintó otro, titulado «Las grandes bañistas» en el que los cuerpos, sin responder al ideal actual de belleza, son mucho más esbeltos, menos relajados, más pulidos. Por alguna razón, en los últimos momentos de su vida Renoir decidió pintar otras bañistas y pintarlas así, recreándose en la paz, en la felicidad, en el goce. Me resulta conmovedor y sanador.

Desde luego que, muy a pesar de Kant, prevalece la antinomia del gusto[^antinomia]: por todas partes se nos intentan imponer cánones estéticos (qué es lo elegante, qué es lo armónico, qué es lo bello) pero no dejamos de encontrar pruebas de que, en buena medida, la belleza está en la mirada y, como ocurre con Las bañistas, en la capacidad de proyectar y compartir la propia mirada. El problema, claro, es que nuestra mirada está llena de filtros de los que podemos ser conscientes a duras penas, imagina lo complicado que puede ser desprenderse de ellos. A veces la belleza está ahí, sin más, es el filtro Clarendon el que nos está impidiendo verla.

Ayer mismo hablaba de lo difícil que es verse a una misma con mi amiga Mariache. Nos referíamos a lo enfermizamente exigentes que somos con nosotras mismas, no especialmente en el caso estético, pero esto me llevó a tiene que ser más fácil de mi adorada Valeria Castro que sí habla principalmente del cuerpo, aunque creo que puede extrapolarse a esos otros ámbitos de autoexigencia. Conocía la canción, pero no había visto el videoclip (te animo a que lo hagas), que no hace más que potenciar el mensaje: la belleza de todas, diferentes como son entre sí[^cuerpos] y, a pesar de todo, la inseguridad y la sensación de estar constantemente a prueba, teniendo que demostrar algo. Al final del vídeo, el disfrute, el baile para una misma, el movimiento libre y despreocupado, el cuerpo como vehículo de goce y no como objeto de dolor, como sujeto a examen y disciplinamiento constante. Qué fantasía llegar ahí.

Tiene que ser más fácil el quererse,

no puede el cuerpo ser tan cruel al verse...

A veces me descubro en cierta disonancia porque ya he pasado, al menos conceptualmente, del todos los cuerpos son bellos al los cuerpos no le deben belleza a nadie: la exigencia estética sobre los cuerpos es agotadora, exagerada y alienante. Un cuerpo no tiene por qué ser hermoso, no está aquí para eso. Es un plus no demasiado relevante. Un cuerpo puede mantenerte con vida, permitirte tener orgasmos, bailar, acariciar y ser acariciada, escuchar música, ver el paisaje, saborear platos deliciosos y demás sin necesidad de ser hermoso. Peeeeeero... nos gustaría ser hermosas. A mí, al menos, me da paz intuirme hermosa a veces, como en esta ocasión. Creo que se trata de una aspiración difícil de extirpar. Así que, al menos, en los extremos de la antinomia del gusto, yo voy a empezar a intentar decantarme más por la subjetividad de las miradas que por la supuesta objetividad de los cánones, a confiar más en la amabilidad de quien mira al mundo dispuesto a encontrarle la hermosura y dar menos importancia a aquellos que quieren que el mundo encaje en el esquema que ellos han diseñado para darle el visto bueno.

Y me propongo intentar tener presentes, mucho, Las bañistas de Renoir.

[^foto]: A mí alguien va a tener que explicarme con esquemas y marionetas cuál es el sentido de abarullarse delante de un cuadro para llegar, hacerle una foto (o foto + selfie) y pirarte sin mirarlo. [^antinomia]: Por si el enlace de la Enciclopedia Herder no te lo deja claro, la antinomia del gusto se refiere a esa doble vertiente que parece tener la belleza. Por un lado, nos resistimos a creer que sea absolutamente objetiva porque entendemos que hay distintos gustos o sensibilidades y que ni siquiera las cosas que son casi universalmente aceptadas como bellas conmueven estéticamente a todo el mundo. Por el otro, nos negamos a creer que sea plenamente subjetiva y que todo valga: cuando decimos que algo es bello estamos diciendo algo distinto a que algo nos guste, ya que incluimos en esa afirmación un componente de universalidad (me gusta/me parece bello a mí, pero debería parecérselo a cualquiera). Esto puede relacionarse también con al cuestión de dónde reside la belleza: si es objetiva, es una cualidad del objeto, mientras que si es subjetiva es una cualidad del sujeto que la experimenta. [^cuerpos]: Me falta algún cuerpo disca (que también pueden bailar) y algún cuerpo gordo (que desde luego que podemos bailar), pero eso ya es ponerse tiquismiquis tal vez.


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Published on Jan 9, 2025

Hace unos meses, en la Feria del Libro de Madrid, vendí un libro. No el mío, otro. Se titula ¿Dónde está mi tribu? y su autora es Carolina del Olmo. Lo más gracioso de todo es que no he leído el libro (lo tengo pendiente, eso sí).

El señor de la editorial En clave intelectual, que es quien edita el libro, que allí estaba empezó a glosar a una señora que curioseaba el contenido del libro. Y allá que fui yo, a meter mi discursito subversivo que puede resumirse en que «la culpa de todo es del capitalismo y del patriarcado». El libro explora las dificultades de la crianza en la sociedad actual, en la que ya no hay tribu: las mujeres criamos solas. Si hay suerte, contamos con nuestras madres o suegras. Si hay mucha suerte, con el padre de la criatura. Perdon't.

No ha habido tiempos como estos para criar. (Nunca hay un tiempo como otro, claro). A mi abuela paterna se le murieron 5 hijos. A mi abuela materna una, que yo sepa (porque de eso me enteré hace poco y de aquella manera) y, de los que le han llegado a adultos, dos de ellos, especialmente uno, lo ha hecho en unas condiciones de vida bastante duras. Imagina ser autista en los años 60 Pero había una cierta tribu. Los patios, las corralas, las calles, los barrios. La madre de un amigo me habló más de una vez de una «tía» suya, que no era más que una vecina que ayudó a criarla. La abuela de mi pareja nombra a veces a una querida amiga, con la que entabló relación porque sus maridos eran compañeros de trabajo. Yo, cuando me he planteado la maternidad, me he respondido que no podía porque asumía que iba a tener que hacerlo sola. Y hacerlo sola tal vez sea posible, pero es algo heroico y no estoy yo para heroicidades.

Estamos muy solas (y muy solos, pero voy a usar el femenino genérico, porque why not). No voy a entretenerme a contar el drama de elegir quién iba a ser mi contacto de emergencia después de romper una relación larga. A quién le iba a encomendar el marrón de acudir al hospital si me pasaba algo o de identificar mi cadáver. Porque menudo marrón. No es que no tenga amigas, es que pienso en ellas, en sus vidas frenéticas y/o precarias, en sus energías al límite... Y no soy capaz de pedirles nada. Pienso en quién me acompañaría al hospital si tuvieran que darme un tratamiento largo, o hacerme pruebas difíciles. Y no sé a quién se lo pediría. Diría que me siento sola, pero no creo que sea un mero sentimiento. Creo que, pasado cierto límite, estoy sola. Eso no significa que, en caso de necesidad, no vaya a haber quien dé un paso adelante. Quiero pensar que lo habría. Pero a qué coste para ella. O para él.

Estoy pensando mucho en la soledad desde que ví la película All of us strangers, tengo que reconocerlo. Me arañó todos los miedos. Y se nota. Pero es que estoy convencida de que, y sé que me repito, estamos muy solas.

Y la culpa es del capitalismo, que nos ha atomizado, que nos ha robado las energías y el tiempo de trenzar redes, de tejer comunidades.

Y la culpa es del patriarcado, que ha depositado el peso de los cuidados en las espaldas de las mujeres, lo cual ha hecho que se entiendan como algo menor (salvo cuando da dinero, claro: cocinear todos los días para alimentar un familia es una chominá, pero nojequé de las estrellas michelín).

Pero la soledad, en sí misma, merece formar parte de mi lema. Tiene entidad propia, casi sustancia. En los últimos tiempos creo que puedo palparla en las relaciones de las personas, en sus estados de ánimo, en cómo reaccionan cuando piden una cita o esperan un paquete. Y los que más solos están son los más vulnerables: las migrantes, las precarias, las enfermas, las de los márgenes. Hoy leía en el monográfico de cuidados de la Revista Píkara un artículo en el que hablaban de la asistencia personal para personas con problemas de salud mental, y describía la cara de desolación de estas personas cuando se hablaba de las redes de apoyo y cuidado. «¿Qué redes?», parecían decir. Y creo que aunque hubiese menos capitalismo y menos patriarcado, esto no se solucionaría. Porque las raras, las desarraigadas, las locas... siempre estarían más solas.

Este post, el primero de este blog, no tiene mucho más, no va a ningún sitio profundo. Solo escribo, porque puedo, porque me apetece. Porque he identificado a otro jinete del apocalipsis. Así que ahora mi lema cambia.

La culpa es del capitalismo. Del patriarcado. Y/o de la soledad.


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Published on Dec 9, 2025

Como espacio habitable el mundo, así, sin más, siempre me ha parecido un poco meh. No sé si es porque nunca he entendido demasiado bien cómo funciona la generalidad de las cosas o si simplemente es que no he nacido para la cordura, pero desde que tengo uso de razón mi perspectiva sobre lo que me rodea ha sido una especie de realismo mágico. No descarto haberlo hecho como una forma de escapismo: mi vida, y supongo que la de casi cualquiera, habría sido intragable sin un algo de fantasía.

Si tengo que preferir, me quedo con la lógica de las historias. En el día a día mundano los malos ganan con frecuencia, los inocentes sacrificados no son vengados, la justicia es prostituída en boca de los injustos, las personas de corazón puro y noble son vilipendiadas y parasitadas, los tramposos medran y los honrados se quedan atrás... En fin, hay excepciones y, supongo, esto podría cambiarse si nos pusiésemos todos de acuerdo en cambiar la narrativa, pero me da la sensación de que la mayoría no está por la labor.

Y, para qué voy a engañarme, la realidad, con frecuencia, me ha traído más dolor y desencanto que otra cosa. Así que he solido vivir en las historias más o menos basadas en hechos reales que he ido construyendo. He idealizado, he romantizado, he fabulado y he fantaseado con cosas que, con bastante probabilidad, no iban a cumplirse (y que no se han cumplido). Lo he hecho asumiendo, de manera máso menos inconsciente, que la burbuja iba a pincharse, pero así suele ser: los cuentos se acaban. Lo único que había que hacer, si las circunstancias y la distancia lo permitían, era poner el punto y final en el lugar adecuado. Al fin y al cabo, toda historia tiene final feliz si sabes dónde parar.

Pero ahora no quiero que el cuento se acabe. No sé hasta dónde llega la realidad y dónde empieza mi inventiva, soy incapaz de decirlo, pero es demasiado bonito como para no haber salido, al menos en parte, de mi imaginación. Cuando caigo en la cuenta de esto recuerdo que, como he dicho, todos los cuentos se acaban y esa voz, mi propio villano interior, me dice que no hay más feliz que un final a tiempo. Y, por mucho que me apene reconocerlo, me dejo vencer, porque no creo que alguien como yo pueda ser la princesa de la historia, que los vaqueros puedan convertirse en un vestido encantado y las deportivas en zapatos de cristal y que, finalmente, lo que soñaba siendo una cenicienta más llegue a cumplirse. Ahí la pena me emborracha y no tengo la capacidad de seguir inventando, así que se lo pido a él, aunque cuente fatal las historias, aunque no tenga ni idea de lo que le pido realmente ni por qué: «Anda, cuéntame una historia. Una del futuro, del nuestro. Háblame de nuestra boda. Háblame de nuestra niña. Háblame de cuando seamos viejitos jubilados. Háblame de cuando vayamos a Venecia.» Y así espero a que se me olvide que no hay nada en mi vida exento de literatura, a poder volver a creerme mis cuentos de nuevo.

Esta vez la fantasía me está gustando tanto que me gustaría enloquecer para no tener que abandonarla.


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Published on Jun 5, 2026

Hace unos días asistí a una graduación de Bachillerato. Este año he tenido el dudoso honor de ser tutora de un grupo y profesora de dos completos y otros 2 parcialmente. No había manera de escaparse.

Tampoco tenía ganas de hacerlo, ojo. Aunque este tipo de eventos me dan una soberana pereza y suelo huir de alargarlos demasiado (ni cena después ni fiesta con ellos), sí me gusta participar de la ceremonia, de verlos con sus vestidos y sus trajes, de los discursos (o, al menos, de los detalles que se salen de lo manido), de la alegría y la celebración.

Hay un momento, no obstante, en el que lo paso regulinchis: el de la imposición de las becas. El contacto físico me genera incomodidad y ahí una tiene que hacer de tripas corazón y dar abrazos y besos. Pero tampoco sé si a todos los alumnos, o a unos sí y a otros no. Si abrazo y beso o solo abrazo, o solo beso, o mano o qué. Total: que es un momento tremendamente incómodo y rarísimo. Los que dicen que no se me nota el autismo deberían verme ahí.

Este año, además, hubo un momento intensísimo durante la imposición de becas. Los alumnos y alumnas intentan ponerse delante del profesor o profesora que mejor les cae, con el que más afinidad tienen... En fin, lo normal. Así que, para mi tremendo gozo (y para dificultar lo del contacto físico) suelo acabar teniendo delante a mi alumnado más particular, menos normativo. Por lo que sea. En uno de esos momentos tuve delante a una alumna trans, perfectamente enmascarada, con su traje impoluto, sus zapatos planos de vestir, etc. etc. que ya me había contado que ese día sería ella misma también de cara al exterior. Yo sabía que se había comprado un vestidazo y unos tacones eternos, que estaba ilusionadísima. Que el atuendo estaba esperándola en casa de una amiga, para ir a cambiarse luego, después de la cena. Necesitaba, me contó, tomar aire, coger fuerzas para contárselo a su familia. Está esperando a cumplir los 18 años en unas semanas.

Cuando estuvo delante de mí le susurré que estaba muy orgullosa de ella. Le puse su beca, le di un abrazo inmenso. Me respondió: “Me habría encantado poder hacer esto con mi vestido”. Y se me rompió el corazón. Podría haber llorado, pero tiendo a responder bien en estos momentos. Le dije: “Guarda bien la beca y cuando estés lista repetimos la foto”. Sonrió con tristeza. Pero sonrió.

No dejé de pensar en ella ese día y el siguiente. Aún de vez en cuando se me viene a la cabeza. ¿Cómo le habría ido? ¿Se habría atrevido a ponerse el vestido? Seguro que no le ha pasado nada, me lo habría contado cuando me escribió para contarme qué tal en la Selectividad. ¿Habrá hablado con su hermana?

Pero, sobre todo, pienso mucho en la necesaria subordinación de la teoría a las realidades. Esto es bastante problemático, pero como feminista, soy bastante crítica con el concepto de género y sus expresiones, con todo lo que implica en tanto que corsé para el desarrollo de las personas y para su discriminación y limitación. En el plano teórico, me apasiona el debate y me obsesionan los problemas que mi corpus ideológico tiene. Porque luego está la realidad. Y yo a mi alumna no puedo hablarle de la abolición del género, como si su sufrimiento fuera elegido. Ahí tengo a otra protagonista de otra versión de La mala costumbre llevando ropa en mochilas, cambiándose donde puede, batallando por ser. Y como persona, mi inclinación fundamental es intentar aliviar el dolor de quien sufre en la medida que puedo. Y esto me importa más que la teoría. Estoy segura que mi experienca humana es la que acaba modelando mis principios y convicciones y no a la inversa.

Escribo esto ahora porque hace un rato me he cruzado con un compañero que le dio clase y me ha dicho que la vio en la fiesta posterior, hecha una reina. Que él no sabía, que imaginaba, quizá. Que la saludó con alegría, que espera que no se sintiera incómoda. Que se alegra mucho de que esté dando esos pasos bien rodeada de sus amistades. Y al final de todo, aunque el momento de la graduación fue agridulce, me alegra saber que saltó esa barrera y que entre mis compañeros hay quien la ha visto y reconocido. Que el mundo es hostil, pero tal vez no tanto como imaginamos o esperamos. Y creo que tengo que repetirme esto, aunque tal vez sea mentira, para seguir creyendo.


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Published on Feb 6, 2025

Aviso de contenido: menciones a procedimientos odontológicos y a ideaciones suicidas

 

 

 

 

 

Ayer, ni un mes después de mi trigesimoséptimo cumpleaños, me sacaron mi primera muela. Hasta ayer conservaba todas mis piezas dentales, incluídas las cuatro muelas del juicio (la última de las cuales está todavía acabando de colocarse y, de pronto, se va a encontrar un hueco hermosísimo que aprovechar). Una de ellas, eso sí, estaba bastante maltrecha, pero ya sabes cómo me siento yo respecto de las cosas rotas: intento salvarlas porque me identifico con ellas.

Pero no pudo ser, no más. Mi muela rota, la que me partí a base de apretar los dientes para dejar salir el estrés durante el desconfinamiento, se acabó de estropear sin posibilidad de arreglo.

«¿Qué hacemos, la sacamos?» preguntó el dentista, con ese tono de voz tan acogedor que tiene. «Ya que hemos venío», contesté yo, fingiendo desenfado aunque llevaba todo el día asimilando la posibilidad de acabar el día con una pieza dental menos.

Y pasó. Allí estaba mi dentista, dulce, cordial, encantador, aparentando que todo iba bien (aunque la cosa tuvo su complicación). También la auxiliar, maravillosa, que consiguió sacarme un hueco de lo imposible, sujetándome la cabeza para que yo estuviera más cómoda. Y yo, sin sentir dolor alguno pero intentando aguantar la inmensa repugnancia que me producía ir sintiendo como mi muela se desprendía de mi carne. Todavía me da escalofríos pensarlo. En fin, al menos el dentista me dijo, literalmente, que me había portado muy bien. Anda que no me gusta a mí un poquito de validación, un «good girl» suavito...

Me imagino cómo son estas cosas para otra gente. Si en realidad existen esas personas que yo me imagino y que, tras la intervención, piensan «Bueno, una menos», y se centran simplemente en las molestias de la recuperación. A lo mejor no. A lo mejor esas personas son una especie de fantasía mía, de aspiración. A lo mejor todo el mundo padece como yo ante algo tan mundano y relativamente trivial como es la extracción aparentemente poco problemática de una muela rota.

Por ejemplo, yo también pienso «una menos», pero no con desenfado. Para mí es como si se hubiese iniciado, de alguna forma, la cuenta atrás de la decadencia: de aquí en adelante todo va a ser decrepitud. Sé que es un pensamiento absurdo situar mi decadencia física en ese detalle. Sé, además, que en muchos sentidos estoy mejor que hace diez años, por ejemplo. Y sé y entiendo que decaer es una señal buenísima si ocurre a su debido tiempo, porque es la señal de que no te has muerto. Pero no sé, me parece una imagen potente: una boca sana con un hueco, el inicio del fin. No lo puedo evitar: soy una contadora de historias de las peores, esto es, una poeta, así que veo señales en todas partes. Es agotador.

Pero no es solo el hecho de haber perdido una muela, qué va. Todo lo que ha rodeado este evento ha sido de lo más ominoso. Cuando la madre de mi pareja preguntó en el grupo que compartimos los tres qué tal íbamos, aproveché para informarle de que iba a faltar al ensayo de esa tarde porque tenía dentista. Muy diligentemente la señora se ofreció a acompañarme «No hace falta, ya se ha ofrecido mi caballero de brillante armadura», contesté. Era cierto: su hijo se había ofrecido a acompañarme tan pronto supo la hora a la que tenía el dentista.

Lo que realmente quería era decir: «No hace falta, puedo hacerlo sola». Hola, apego evitativo, pasa, ponte cómodo. Soy perfectamente consciente de que me da mucha más seguridad cuidar de mí misma (yo no voy a fallarme más que en una situación muy, muy extraordinaria) que permitirme mostrarme vulnerable y ponerme, al menos parcialmente, en manos de otros. De hecho, intenté resistirme, pero mi novio no me dejó. Y yo, a decir verdad, tenía demasiado miedo y pocas fuerzas para hacerme la dura. Lo siento, apego evitativo, no estoy en el mejor momento para seguirte el juego. Pero la cosa es que estoy tan poco acostumbrada a que me cuiden que durante buena parte del trayecto de autobús hasta el dentista se me fueron cayendo unos lagrimones como garbanzos, como si fuese una niña pequeña, igual.

Pero me he desviado (aunque esto también es una muestra de la dimensión disparatada que adquiere cualquier cosilla en mi vida, lo cual explica bastante bien por qué los momentos de tranquilidad no son más que breves oasis). Lo que yo quería contar es que, tras hablar con la madre de mi novio me sentí muy afortunada. Hace menos de un año nadie se habría ofrecido a acompañarme al dentista, muy probablemente porque no se lo habría dicho a nadie cercano para no molestar. Y ahora no solo tenía uan figura parejil ofreciéndose sino, además, una figura materna, con el hueco tan grande que yo tengo en ese sentido.

En eso iba yo pensando, sintiéndome afortunada, cuando se me ocurrió pensar cómo sería cuando dejasen de estar. No si dejaban de estar, sino cuando, porque en mi vida la gente siempre deja de estar en algún momento. Y me vi en un instante haciéndome vieja sola, yendo a hospitales sola, haciéndolo todo sola, sola, sola y pensando en un determinado momento, cuando todo fuera demasiado para mí sola, en acabar con todo y, total, una menos.

Qué gratuito, de verdad. Qué necesidad había de ese curso de pensamiento, a ver.

En fin. De momento lo único que tengo de menos es una muela. Y, quien sabe, tal vez buscar las señales, por lúgubres que sean, y convertirlas en relato de hechos, como vengo haciendo desde que aprendí a pensar, sea mi método para seguir manteniendo a raya, malquebién, a los monstruos. Y contarlo, no revestirlos del encanto del secreto: estos males son de los que medran en las sombras.

(gracias por formar parte de mi luz)


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Published on Dec 14, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Estás de acuerdo con la idea de que lo poco gusta y lo mucho cansa?

¿A veces te has sentido demasiado loquesea o has deseado ser menos loquesea?

Completa la frase: «Podría vivir con un poco menos de....»

Y ahora, el poema:

No mata la calidad sino la cantidad, de Gloria Fuertes

En demasía lo bueno se hace malo,

la píldora veneno

y vicio la caricia;

.

sabes de todo un poco y vas al cine,

sabes de todo mucho y te suicidas.

.

Mucha vida (cien años) es la muerte

-se hace malo lo bueno en demasía-.

La soledad, es ese gran espejo

donde acabas por verte monstruoso;

.

el silencio la tuerca en el oído

que se va ajustando al agujero,

demasiado silencio es igual que una bomba

y demasiado amor es igual que un entierro.


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