Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jul 19, 2025

Odio ese meme, lo odio con todas mis fuerzas. Supongo que no te sorprende: en la época de la inmediatez y los micromensajes yo sigo escribiendo en un blog. Pero la cosa es que es un meme por algo y eso me aterroriza. Como docente he constatado que mis alumnos concen muy poco vocabulario de su propio idioma (o, al menos, vocabulario del que yo supongo que deberían conocer, que esa es otra cuestión) y que usan muy pocas palabras distintas. Su expresión, tanto oral como escrita, carece en buena medida de matices: cuentan habitando lugares comunes, con términos neblinosos y poco precisos, a pesar de servirse de una comunicación directa hasta la tosquedad. Esto me preocupa.

Pero no vengo aquí a hablar de los adolescentes, no es este un post sobre una señora pollavieja lamentándose de que todo tiempo pasado fue mejor. En absoluto. Este post surge de una conversación con un amigo sobre un libro. Hablábamos de Olvidado Rey Gudú. de Ana María Matute, que es la lectura de verano de un club en el que estamos juntos. Venía a preguntarme por mis opiniones y, en un determinado momento, yo dije que lo que me había mantenido leyendo hasta que la trama empezó a interesarme (lo cual tardó un rato en suceder) había sido el estilo. Entonces él me comentó que no le estaba gustando nada el estilo porque «usa demasiadas palabras para decir las cosas». Y te puedo jurar que ahí me partió por medio.

Si nos ponemos así, casi todo el lenguaje es redundante. Podríamos comunicarnos con gruñidos, prescindir de las canciones, de la literatura, conservar unas pocas palabras para escribir el equivalente a telegramas y gastarlas hasta que dejasen de tener sentido. Pero el lenguaje nos permite nombrar cosas atendiendo a los matices, a la forma, al detalle más nimio. Le puse el ejemplo de la canción «Dentro» de Luis Eduardo Aute: uno podría decir «Peazo pajotes me hago pensando en ti» y estaría diciendo lo mismo que la canción-poema. Bueno, lo mismo, pero no lo mismo.

No sé si es la prisa, el cansancio o qué cojones, pero me da la sensación de que el mundo se está rindiendo: ni quiere entender ni esforzarse en hacerse entender. O quizá no quiere invertir esfuerzo en expresar algo que siente que va a ser desdeñado. Por eso odio el puñetero meme del «Mucho texto»: hijodemilhienas, estoy haciendo el esfuerzo de encontrar las palabras justas para contar algo, para expresarlo, para que lo entiendas, no me jodas.

Y aquí estoy, descorazonada, buscando las palabras, cayendo en el mucho texto, pensando si será verdad que no vale (que no tiene valor) escribir un poema que dice «soy una pareja de mierda, pero esto es lo que hay» con demasiadas palabras o leer un libro con demasiadas palabras, muy bien escogidas, juntadas de una forma muy hermosa, pero que podría resumirse en «señores en un reino de fantasía medieval haciendo cosas de señores y alguna señora intentando hacerlo lo mejor que puede en medio del tinglao».

Yo qué sé. Últimamente todo me da mucha pena.


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Published on Mar 8, 2026

... faltan las muertas.

Es uno de los lemas que recuerdo de mis primeras manifestaciones del Día de la Mujer, el 8 de marzo. Siempre me ha gustado esa manifestación (aunque en los últimos años todas las manifestaciones hayan tenido algún momento de incomodidad para mí, pero es también convivir, gestionar las incomodidades). Me resulta catártico verme ahí, entre un montón de mujeres de todas las edades, compartiendo espacio y tiempo, exorcizando la frustración y la rabia, trabajando la esperanza. No soy muy de multitudes (por decirlo suave), pero la manifestación del 8 de marzo es una de las pocas multitudes de las que vuelvo con más energía de la que salí.

Volviendo al lema: me gustaba pensar que las que teníamos la suerte de sí estar allí recordábamos que había otras mujeres que no podían estar. Que no habían sobrevivido al patriarcado.

Poco a poco se fueron incorporando otros lemas. El año pasado escuché No estamos todas, faltan las locas, en recuerdo a las mujeres psiquiatrizadas, internas en centros o recluidas en sus casas, tuteladas por terceros o adormecidas por la medicación. Me gustó también que se las trajera a ellas.

Este año no he ido a la manifestación del 8 de marzo. Estoy exhausta. La lucha con el mundo me resulta agotadora, y en esa lucha hay una ración bien grande de lucha contra el patriarcado. Mi trabajo es más difícil para mí porque soy mujer. Tengo que demostrar mi valía más porque soy mujer. Y cada día es una batalla porque soy mujer y elijo batallar. Elijo no callarme ante los comentarios machistas u homófobos de mis alumnos. Elijo desafiar los desprecios que me hacen. Elijo blindarme ante la condescendencia de mis compañeros. Es agotador.

Así que este fin de semana he dormido casi 10 horas del viernes al sábado y casi 10 horas del sábado al domingo. Y han sido solo casi 10 horas porque el despertador ha intervenido. Mi cuerpo y mi mente están al límite y tirando de reservas. Así que he tenido que renunciar a la catarsis, a la compañía, a uno de esos momentos del año en los que la batalla cotidiana se siente menos solitaria.

Así que tal vez habría que ir empezando a ampliar las consignas. No estamos todas, faltan las... cansadas, asustadas, precarias, amenazadas, enfermas, y otras cuantas, supongo.

Y me cuento esto para consolarme. Hago mi parte desde mi poder cada día del año. Pero no puedo evitar que me entristezca no tener las fuerzas de haber salido a la calle hoy.

Hermanas, os he echado de menos.


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Published on May 4, 2025

Hoy estuve un rato escuchando un programa de radio que me gusta mucho, La Tarataña, dedicado a la música tradicional ibérica. La primera parte del programa de hoy estuvo dedicado a las madres y las celebraron poniendo unas cuantas nanas. Y ahí me he quedado pinchada, tomándome el aperitivo mientras lloraba y moqueaba (en parte por el llanto, en parte por la alergia).

Sé que en otro mundo yo habría cantado nanas, que habría habido ya seguramente una criatura acurrucada en mi pecho aguantando mis cantos incesantes. Y sé que habría leído cuentos, poniendo voces torpemente. Sé que habría cambiado pañales y pasado noches en vela observando la fiebre de un ser diminuto completamente dependiente de mí. Sé que habría justificado mi cansancio viendo su sueño sereno. Y sé que me habría emocionado viendo cómo miraba al mundo como se mira a algo nuevo, brillante y sorprendente.

Pero el mundo en el que vivo no lo pone fácil. El peaje que pagamos las mujeres es muy alto y yo no he estado dispuesta a pagarlo. Hay atenuantes, claro, como tener una buena red de apoyo o un compañero con el que pagar el peaje. O ambas. Y ese nunca ha sido mi caso. Hace poco tuve una epifanía. Aun sabiendo que para una mujer no es falta ninguna el no haber tenido hijas a veces me contemplo y me pregunto si no lamentaré haber andado los pasos que he andado, al menos en ese sentido. Pero la última vez no llegó a doler porque fui consciente de que no me habría querido reproducir con ninguna de mis parejas y que, de haberlo hecho, me habría arrepentido. No porque todos fueran malas personas, qué va. Pero para ser un buen padre y un buen compañero de crianza hace falta algo más que ser, en general, buena persona. Lo mismo que para ser buena madre. Pero esa es una historia para otro día.

Así que, en este mundo, no suelo cantar nanas. No porque no me gusten, que me encantan, sino porque cuando lo hago siento cómo vuelve a abrírseme una grieta en el corazón.


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Published on Feb 12, 2025

Tengo varios grupos de señoras. Cuando hablo de grupos, no me refiero a grupos de personas como podemos entenderlos colocialmente, círculos sociales con los que interactúo con distinta frecuencia. No, me refiero a grupos en aplicaciones de mensajería. En los últimos años se han ido construyendo y desarrollando por distintos motivos y se han mantenido ahí, con finalidades más o menos difusas que han ido cambiando con el tiempo.

Uno de ellos surgió porque una señora dijo en una red social que le gustaría tener un grupo de mujeres con el que compartir cosas, con el que hablar. Una especie de red de apoyo virtual en la que expresar inquietudes, comentar dificultades o victorias... En fin, lo que es un grupo de amigas pero, dada la dificultad de construir eso en modo presencial, pues hacerlo en versión virtual: reunir a varias mujeres y dejar que la interacción obre su magia.

Somos cinco, cada una con su idiosincrasia, desde la romántica empedernida, a la que apaliza nazis, pasando por la señora prudente que siempre sabe qué decir en cada situación. En común tenemos que todas estamos siempre muy cansadas, por lo que sea.

Hoy, una de ellas, la que es una baliza de luz y color en nuestro grupo, pidió ayuda. En los últimos tiempos ha tenido un drama sobrevenido que ha cambiado su vida de forma drástica, y buena parte de su energía está dedicándose a lidiar con esos cambios, a procesarlos, a hacer lo necesario para adaptarse a ellos (cuidando mientras, claro). Y si siempre estamos todas cansadas, os podéis imaginar cómo está ella. Así que hoy ha venido a pedir ayuda. Tenía una reunión, se sentía aturullada, temía que se le olvidara algo importante: ¿alguien podía acompañarla por teléfono o videollamada? Simplemente para estar ahí y sentir la compañía y el apoyo.

Yo trabajaba a la hora de la reunión, pero acto seguido, después de mí, ha llegado la señora que apaliza nazis a decir que contase con ella. Sin problema. “¿Tengo que cambiarme?”, ha preguntado, que para mí es un gesto máximo de afecto.

Nunca hemos coincidido, nunca hemos compartido espacio. Tiempo sí, porque en alguna ocasión hemos hecho una videollamada para gestionar dramas de unas y otras, pero nada más. Aun así, nos damos los buenos días, nos mandamos chistes, información interesante, postales de Navidad, nos consolamos cuando lo necesitamos y estamos dando apoyo (tan concreto como este) en momentos vitales complicados.

Qué suerte que en este mundo en el que todo se privatiza, en el que todo es tan hostil, todavía pueda transmitirse la sororidad, en su sentido más amplio y más profundo, a través de Interné.

(Post escrito a salto de mata en un momentito, perdonen las erratas y la precipitación, pero es que me parece que la ternura es un bien de primera necesidad y andamos un poquito faltos).


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Published on Dec 7, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Cantaba Sabina que «al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver». ¿Estás de acuerdo?

¿Crees en las segundas partes en lo que respecta a historias de amor?

¿Prefieres la incertidumbre del recuerdo y su romantización o la certidumbre del conocimiento y su posible decepción?

Y ahora, el poema:

Oración, de Cristina Peri Rossi.

Líbranos, Señor,

de encontrarnos,

años después,

con nuestros grandes amores.


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Published on Oct 11, 2025

Esta mañana me he despertado e inmediatamente he empezado a sentirme mal: pensamientos intrusivos, desazón, presión en el pecho. He intentado domar al dragón respirando hondo, concentrándome en la luz que se filtraba por los huecos de la persiana, en el calor que emanaba el hombre que amo, tumbado a mi lado. No ha habido manera. He recordado, con horror, el estadio final de la maldición de la pena, ese en el que la cama deja de ser un refugio, un remedo de pacífico ataúd al menos, para convertirse en una balsa a la deriva que se agita sin cesar y en la que es imposible encontrar la paz. Resignada y derrotada he decidido levantarme.

Él ha subido la persiana y se ha sentado en el borde de la cama a vestirse. Yo me he dirigido hacia él y he empezado a relatarle mis miedos. Entonces he dirigido la vista al exterior a través de la ventana, intentando huir y he me he visto obligada a interrumpir mi relato de penas.

—¿Hay un michi ahí?

Ahí, en un balcón del edificio de enfrente, había una señora sentada desayunando. El sol todavía no bañaba su balcón pero se iba acercando. Frente a ella se alzaba lo que parecía una gata tricolor, eso sí, demasiado inmóvil para dar fe de que lo fuese. Entonces la gata ha inclinado la cabeza hacia el plato de su humana, mientras ella daba un sorbo a un vaso de lo que parecía zumo. Acto seguido ha extendido las patas y se ha estirado majestuosamente, desde las uñas delanteras hasta el último extremo del rabo. En ese momento, al unísono, él y yo hemos gritado la confirmación:

-¡Hay un michi!

Y entonces yo he roto a llorar violentamente. El llanto me ha atravesado como un relámpago y me ha desbordado. Yo he seguido mirando la escena. La mujer llevándose la tostada a la boca con una mano mientras con la otra acariciaba de manera tenue a su minina. La gata paseándose de un lado a otro del balcón, olisqueando las migajas de la mesa, buscando, de tanto en tanto, gestos de atención y cariño. Y yo lloraba sin parar, sin poder intentarlo siquiera.

Eran solo una mujer y su gata, nada más. Una escena de lo más cotidiana: el balcón, la luminosidad de una mañana soleada, una gata curiosa, un desayuno, la ausencia de prisa. Pero me ha parecido tan hermosa en un momento en el que todo me parece tan hostil y desagradable que no he podido soportarlo.

Él, que ya empieza a conocerme, se ha sentado a mi lado y me ha acariciado la espalda. De tanto en tanto ha dejado caer un beso en mi cabeza mientras yo musitaba, desconsolada:

—Es tan bonito...

Y es verdad que lo era. Y yo no solo he sido tan afortunada como para ver esa hermosura sino que, además, he sido capaz de conmoverme hasta el llanto. Puede que la cama ahora sea una balsa, pero todavía queda en mí fuerzas para sentir y, por tanto, esperanza de volver a ganar la batalla.


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Published on Feb 21, 2025

Como decía mi querida Gloria Fuertes en su poemario Poeta de guardia: “Hago versos, señores, hago versos”. Lo hago de forma inevitable, porque es una de las maneras que tengo de ordenar mi mundo, mi experiencia. Y lo comparto porque en la poesía de otros he aprendido que nunca se está del todo sola si se encuentra refugio en un poema y, quién sabe, tal vez los míos puedan resguardar a alguien.

No obstante, cumplido ya el sueño de mi infancia de verme publicada, no anhelo el reconocimiento, ni quiero ver mis versos estampados en merchandising o que se usen en anuncios publicitarios. Me gusta que vivan fuera de mí, pero en hogares cálidos y acogedores. Y me gusta que se paseen por el mundo, pero llevados de la mano de alguien que nos quiera (a ellos y a mí): me gusta que me lean y que me lleven mis amigas.

Mi amiga Sonia ha bordado mis versos en bolsas, neceseres, fundas para libros y cualquier pedazo de tela que se le haya puesto por delante. Lo hace con cariño, pasión y mimo, porque le sale del alma. Mi amiga Coru ha caligrafiado mis versos con tintas preciosas y todo el arte que tiene en su cuerpo serrano, y lo ha hecho desde la comprensión profunda de lo que significaban. Mi amiga Sam ha decidido que las dos (Coru y yo) la acompañemos, bordando un verso mío en su flamante chaqueta bordada, expresión de todo su brillo y su originalidad indómita. Y me encanta. Me encanta que sean ellas las que nos lleven a mí y a mis palabras de la mano, de modo que, si alguien les pregunta, sean ellas quienes hablen de mí y digan: “¿Te gusta? Lo escribió una amiga mía”. Siento que así, con sus hebras de hilo, sus tintas, sus lápices y otros útiles que para el ojo no entrenado no encierran magia alguna, consiguen mantenerme pegada a este mundo del que mi espíritu en fuga (esto es de Chantal Maillard) quiere escapar con tanta frecuencia.


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Published on Dec 5, 2025

Para pensar, antes de leer...

¿Sueles habitar tus emociones negativas o te apresuras por salir de ese estado?

¿Crees que las emociones negativas pueden aportarte algo valioso?

¿Puede que en ocasiones te hayas quedado más tiempo del necesario en un «mal lugar» conocido por el miedo que te daba explorar para buscar algo mejor?

Y ahora, el poema:

Spell, de Andrea Cohen

When she left we halved

everything but absence.

I didn’t buy another bed,

but slept on the floor.

It was good for a spell

to have nothing to fall out of.


(traducción pocha hecha por mí)

Por un tiempo

Cuando se fue lo dividimos

todo excepto la ausencia.

No me compré otra cama,

sino que dormí en el suelo.

Estuvo bien por un tiempo

no tener de dónde caerme.

En inglés cuando una se enamora «cae en el amor» (fall in love) y cuando se desenamora «se cae (fuera) del amor» (fall out of love). De ahí el juego de palabras difícil de traducir con desenamorarse y caerse de la cama.


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Published on Aug 13, 2026

Nos la liaron bien liada, amigas. Recuerdo antaño aquello del Día de la mujer trabajadora, y esa distinción que se hacía entre las trabajadoras asalariadas y las no asalariadas. La meta era ser independiente y eso significaba trabajar a sueldo, esto es, fuera de casa, para no depender del salario del padre, marido o lo que fuera. ¿Y qué ocurrió? Que doblamos la jornada, porque el trabajo no asalariado, el trabajo de limpieza, cuidados varios, crianza y demás tenía que seguir haciéndolo alguien. Y los señores no iban a pringarse en eso.

Así que como el sistema no se fue al carajo, como las mujeres decidieron doblar jornada para seguir siendo independientes (je), lo suyo era empeorar las condiciones materiales de existencia hasta hacer virtualmente imposible la subsistencia sin dos salarios. Eso sí, introduciendo la idea de que los señores tienen que ayudar en casa. Hablaremos de corresponsabilidad para parecer radicales. Cualquier cosa menos reconocer que el trabajo que se hace en casa es trabajo, que contribuye a sostener el sistema capitalista y que, por tanto, debería ser remunerado. Pero claro, el capitalismo siempre ha requerido su cuota de esclavitud, además de la de miseria.

Pongamos, imaginemos, teoricemos, que alguien que requiera mis cuidados, supongamos mi padre, se pone enfermo. Yo, mujer independiente, que ha tenido que irse lejos de la familia para ganarse el sueldo, sujeta a un contrato y a una jornada laboral, ¿qué tengo que hacer? Por supuesto, tengo permisos: unos días si hay operación con ingreso, o si mi padre requiere cuidados ambulatorios. Los alrededor de 400km de distancia entre servidora y mi padre no son tenidos en cuenta, así que el tiempo de desplazamiento hay que retraerlo del permiso. ¿Y si tengo que cuidar más? Vigilar alimentación, limpieza, curas. Acompañar a citas médicas (que, por supuesto, tienen lugar a bastantes kilómetros de donde mi padre vive y que, por supuesto, requieren traslado en coche). ¿Cómo lo hago? ¿Cómo compatibilizo mi independencia económica con el cuidado de las personas que quiero?

Bueno, podríais decir que no tiene por qué tocarme a mí. Que estoy lejos. Pero ¿a quién entonces? Mi hermano trabaja. Mi cuñada trabaja más horas de las que son sanas para cualquier persona. Todos trabajamos. ¿Quién cuida?

Y ahí está la carambola, la ampliación del negocio: los cuidados se venden. Hay profesionales dedicados a ellos. Y como no somos rentistas y tenemos que trabajar para vivir de todas todas, hay que hacer el sacrificio posible o el imposible para poder pagar eso que no podemos hacer por nosotros mismos. Y pagar a una persona que limpie. O a una empresa que traiga la comida. A una persona que cuide y vigile en la convalecencia.

El amor, la cercanía de los seres queridos, la paz que da saber que has estado cuando los tuyos te necesitaban es un lujo que la mayoría no nos podemos permitir. No podemos pagarlo.

Disclaimer: es probable que no conteste a las interacciones con este post, ni aquí ni en redes sociales. Disculpas adelantadas.


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Published on May 26, 2026

En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso

Son fragmentos del Evangelio de Lucas. Una, que ha aprendido de pe a pa el catecismo y que ha estado más metida en la Iglesia de lo que es bueno para cualquier persona, no puede evitar que, cuando escucha, lee o vive según qué cosas, se le vengan encima citas bíblicas.

Hace poco leí algo que me hizo pensar en esta en concreto. Para las que no sepáis de qué leches se habla aquí (he constatado en los últimos tiempos con cierta estupefacción que hay gente que no tiene ni idea de algunos de los episodios más célebres de las historias de la Biblia), es la breve conversación que se da entre «el buen ladrón», uno de los dos que crucificaron junto a Cristo, y este. Mientras el otro crucificado se ve que tiene energías y ánimo de mofarse de Jesús, el otro se lo reprocha y le dice que al menos ellos están allí pagando por su crimen, mientras que Jesús no ha hecho nada malo. Es entonces cuando le pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino y cuando Jesús le contesta que le guarda sitio, que no se preocupe.

Nunca he sabido muy bien qué pensar de esta escena. La entiendo, pero hay algo que me incomoda. ¿Tal vez el mandato, la petición en forma de imperativo? No sé.

El otro día lo tuve más claro. Vi una petición de este estilo que pedía a las personas que habían conseguido algo por lo que habían batallado mucho que recordasen que había gente que todavía estaba en la lucha. Qué necesidad, me pregunto. Si la persona es tan individualista como para olvidarse del resto en cuanto consiga su objetivo, de nada sirve ese mensaje. Y si no lo es probablemente consiga simplemente amargar su momento feliz con una chispita más o menos grande de remordimiento, culpabilidad o mala conciencia (tal vez sea el exceso de catolicismo, ojo, no lo descarto).

Y sé que está feo señalar a quien lo está pasando mal, lo sé, y puede que esto sea problemático de alguna manera que no llego a ver ahora, pero me parece egoísta querer estar presente en los dulces momentos de gozo de otras personas como una gotita de vinagre. Son tan pocos los buenos momentos, tan pocos los motivos de celebración... ¿Por qué remarcar el hecho de que el mundo no es perfecto, de que, aunque tu sufrimiento haya menguado, hay gente que sigue sufriendo? Como si fuese fácil de ignorar. Al menos el buen ladrón no tenía otro momento para elevar su petición: estaba ante alguien con contactos para permitirle acceder al Paraíso y ese alguien estaba a punto de espichar: era entonces o nunca. Pero, ¿por qué dirigir nuestra reivindicación justo a quien acaba de conseguir algo? ¿Por qué alguien sacaría la pancarta «Hoy no es mi cumpleaños» en el cumpleaños de alguien? Sí, lo sé, es una simplifiación que espero me sepas perdonar.

No sé, no me parece una postura del todo sana. No seré yo quien censure la rabia, pero intento seleccionar a quién quiero dirigirla. A las personas que han conseguido, generalmente después de mucha lucha y sacrificio, lo que quiero para mí sin hacerle daño a nadie, en definitiva, a las que han sido mis compañeras de batalla, prefiero verlas no como salvadoras sino como recordatorio de que lo que ansío es posible (incluso aunque puede que yo no lo consiga). Y lo hago desde la alegría y la celebración de que lo hayan logrado.

Más que exigirles que piensen en mí desde su Paraíso escojo pensar en ellas mientras transito mi Purgatorio.


Sí, sé que este post es muy pseudo y ha quedado bastante deslavazado, lo mismo no he conseguido expresar bien lo que quería decir, pero esto llevaba muchos días dando vueltas en mi cabeza y necesitaba sacarlo fuera, que ya estaba un poco hartita de la cita bíblica en cuestión. Si has llegado hasta aquí, admiro tu capacidad de tener esperanza. En este caso, de que la cosa mejoraba al final :P


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