Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on May 26, 2026

En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso

Son fragmentos del Evangelio de Lucas. Una, que ha aprendido de pe a pa el catecismo y que ha estado más metida en la Iglesia de lo que es bueno para cualquier persona, no puede evitar que, cuando escucha, lee o vive según qué cosas, se le vengan encima citas bíblicas.

Hace poco leí algo que me hizo pensar en esta en concreto. Para las que no sepáis de qué leches se habla aquí (he constatado en los últimos tiempos con cierta estupefacción que hay gente que no tiene ni idea de algunos de los episodios más célebres de las historias de la Biblia), es la breve conversación que se da entre «el buen ladrón», uno de los dos que crucificaron junto a Cristo, y este. Mientras el otro crucificado se ve que tiene energías y ánimo de mofarse de Jesús, el otro se lo reprocha y le dice que al menos ellos están allí pagando por su crimen, mientras que Jesús no ha hecho nada malo. Es entonces cuando le pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino y cuando Jesús le contesta que le guarda sitio, que no se preocupe.

Nunca he sabido muy bien qué pensar de esta escena. La entiendo, pero hay algo que me incomoda. ¿Tal vez el mandato, la petición en forma de imperativo? No sé.

El otro día lo tuve más claro. Vi una petición de este estilo que pedía a las personas que habían conseguido algo por lo que habían batallado mucho que recordasen que había gente que todavía estaba en la lucha. Qué necesidad, me pregunto. Si la persona es tan individualista como para olvidarse del resto en cuanto consiga su objetivo, de nada sirve ese mensaje. Y si no lo es probablemente consiga simplemente amargar su momento feliz con una chispita más o menos grande de remordimiento, culpabilidad o mala conciencia (tal vez sea el exceso de catolicismo, ojo, no lo descarto).

Y sé que está feo señalar a quien lo está pasando mal, lo sé, y puede que esto sea problemático de alguna manera que no llego a ver ahora, pero me parece egoísta querer estar presente en los dulces momentos de gozo de otras personas como una gotita de vinagre. Son tan pocos los buenos momentos, tan pocos los motivos de celebración... ¿Por qué remarcar el hecho de que el mundo no es perfecto, de que, aunque tu sufrimiento haya menguado, hay gente que sigue sufriendo? Como si fuese fácil de ignorar. Al menos el buen ladrón no tenía otro momento para elevar su petición: estaba ante alguien con contactos para permitirle acceder al Paraíso y ese alguien estaba a punto de espichar: era entonces o nunca. Pero, ¿por qué dirigir nuestra reivindicación justo a quien acaba de conseguir algo? ¿Por qué alguien sacaría la pancarta «Hoy no es mi cumpleaños» en el cumpleaños de alguien? Sí, lo sé, es una simplifiación que espero me sepas perdonar.

No sé, no me parece una postura del todo sana. No seré yo quien censure la rabia, pero intento seleccionar a quién quiero dirigirla. A las personas que han conseguido, generalmente después de mucha lucha y sacrificio, lo que quiero para mí sin hacerle daño a nadie, en definitiva, a las que han sido mis compañeras de batalla, prefiero verlas no como salvadoras sino como recordatorio de que lo que ansío es posible (incluso aunque puede que yo no lo consiga). Y lo hago desde la alegría y la celebración de que lo hayan logrado.

Más que exigirles que piensen en mí desde su Paraíso escojo pensar en ellas mientras transito mi Purgatorio.


Sí, sé que este post es muy pseudo y ha quedado bastante deslavazado, lo mismo no he conseguido expresar bien lo que quería decir, pero esto llevaba muchos días dando vueltas en mi cabeza y necesitaba sacarlo fuera, que ya estaba un poco hartita de la cita bíblica en cuestión. Si has llegado hasta aquí, admiro tu capacidad de tener esperanza. En este caso, de que la cosa mejoraba al final :P


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Published on Mar 26, 2026

Me encanta mi pareja. Es un hombre maravilloso, en buena medida por todo lo que se distancia del arquetipo de hombre. Y es una persona estupenda, sobre todo por lo mucho que se distancia del comportamiento habitual de las personas.

Es una persona extraña y, aunque sus extrañezas no encajan exactamente con las mías, creo que eso nos hace bastante conscientes de las dificultades del otro, así que nos cuidamos. Es estupendo. Y, además, es muy divertido.

Nuestras casas son un cúmulo de ruiditos raros, comunicación no verbal, caras de tontos al concentrarnos, rutinas particulares, humor absurdo, correteos y otros movimientos que no vienen mucho a cuento y todo tipo de marcianadas. No tenemos que disimular y eso nos hace sentir libres y en paz. A veces pienso en cómo nos lo montaremos si un día tenemos un hijo, porque si aprende nuestros comportamientos por imitación no va a ser la persona más popular del cole, eso desde luego. Pero, mientras tanto, lo pasamos bien.

A veces, cuando una u otro decimos algo del estilo de por qué no puedo ser normal, el otro o la otra le contesta: “Porque si fueses normal no estaría aquí contigo”. Y es tan maravillosamente cierto que la rareza deja de doler casi del todo.

Hoy he llamado un instante a mi pareja. Cuando me ha cogido el teléfono su voz sonaba normal, su tono era normal ... y he sabido que no estaba bien. La normalidad en nosotros es una mala señal. Siempre. El grado puede variar, pero siempre es malo.

Así que el deseo que le pido hoy a la vida es que nos permita mantenernos adecuadamente extraños. Eso significará que las cosas marchan bien.


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Published on Aug 10, 2025

«Qué mal repartido está el mundo desde el primer mes de enero». Estopa, Vacaciones.

Son palabras de Estopa, pero las hago mías porque son muy sabias y, además, porque la canción viene al tema del que voy a hablar hoy: las vacaciones.

El otro día ví en el telediario un reportaje que me hizo volver a plantearme si yo habito en un mundo distinto al resto de españoles o si (lo más probable) he sido toda la vida parte del porcentaje de gente corta de bienes y, como las clases sociales existen, la gente de la que me he rodeado ha sido, en general, más o menos igual de corta de bienes que yo.

El reportaje decía que un tercio de los españoles no va a poder irse de vacaciones ni siquiera una semana. Dedicaba un buen rato a hablar de lo terrible que es eso para la salud mental y para todo, el no poder salir del entorno cotidiano, el no poder cambiar de aires. Un verdadero drama. Mientras tanto, yo en mi casa me quedé con la boca tan abierta que casi se me cae la ensaladilla rusa de la boca: en mi vida, y tengo 37 años y medio, me he ido de vacaciones una semana, hulio. Este es el primer año que voy a hacerlo y me estoy cuestionando si no será el último. Lo que te decía el otro día de que las cicatrices de la pobreza no se van.

Me quedé pensándolo seriamente. Jamás me fui de vacaciones mientras estuve viviendo con mis padres (lo máximo, unos días, dos o tres, en casa de mi tía en València, conviviendo con mis tíos y mis cuatro primos, en total, diez personas en un piso, no recuerdo cómo lo hacíamos). Después, cuando me fui de casa bastante tenía yo con no morirme de hambre o frío como para pensar en vacaciones. De hecho, eran un buen periodo para trabajar dando clases particulares a criaturinchis. Cuando, por fin, conseguí la plaza de funcionaria, tras superar el año de prácticas, decidí tirar la casa por la ventana y concederme un deseo: ir a ver el Museo del Prado. Así que me regalé 4 o 5 días en Madrid en agosto, . No llega a una semana. Nótese: Tenía 29 años la primera vez que visité el Museo del Prado. El año pasado volví a salir, pero tampoco llegó a una semana: unos 5 días en Cazorla. Ahora, mientras escribo, dudo si un verano llegué a pasar 1 semana en el apartamento de Fuengirola de los padres de mi ex. Puede que sí, no estoy segura. Si llegó fue por los pelos.

Normalizamos lo que es normal (habitual) en nuestro entorno. En mi mundo lo normal ha sido que la gente no se vaya de vacaciones. Es cierto que algunos compañeros de clase del cole lo hacían, pero no sé, para mí era una absoluta extravagancia. Han tenido que pasar años y años para que el telediario me saque de mi error: la extravagancia era la mía. Aun así, un tercio de extravagantes que no pueden permitirse irse de vacaciones (y a saber qué más cosa) son demasiados, ¿no te parece?


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Published on Dec 22, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Cuál es tu actitud respecto de la tentación?

¿Sueles hacer siempre lo correcto o te dejas llevar a veces?

¿Cuál es la mayor locura que hayas hecho y de la que te enorgullezcas?

Y ahora, el poema:

Decir no de Idea Vilariño

Decir no

decir no

atarme al mástil

pero

deseando que el viento lo voltee

que la sirena suba y con los dientes

corte las cuerdas y me arrastre al fondo

diciendo no no no

pero siguiéndola.


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Published on Jan 10, 2025

Hay en mi instituto un adolescente guapísimo. Lo pongo en cursiva no solo porque me mole mucho escribir usando markdown, sino porque es guapo, pero guapo de veras. Escandalosamente guapo. Me atrevería incluso a decir que es el adolescente más guapo que he tenido delante en mi vida. Pero parece que nadie se da cuenta. Desde luego no sus iguales.

Le conocí el curso pasado, durante una guardia. El alumno forma parte de un grupo de diversificación curricular. Para quien no esté familiarizado, son grupos destinados a atender a alumnado que presenta dificultades de aprendizaje que se acentúan en el aula ordinaria y que cubren 3º y 4º de ESO. Algunas de sus particularidades es que son grupos muy reducidos y que las materias se imparten por ámbitos (agrupando varias asignaturas para que se estudien de manera más interdisciplinar y atendiendo a saberes mínimos). Se trata de grupos bastante heterogéneos, donde puedes encontrarte a alumnado neurodivergente, alumnado que se ha incorporado de forma tardía al sistema educativo y no ha sido capaz de alcanzar el nivel requerido (normalmente por cuestiones de idioma), el alumnado que coloquialmente se dice que trabaja pero no llega, alumnado que fuera de clase no tiene un ambiente que le permita estudiar... En fin, que entre los hasta 15 alumnos que puede tener el grupo puede haber hasta 15 circunstancias muy distintas.

Te cuento esto para que entiendas que entrar de guardia a un aula de diversificación es toda una experiencia. No lo digo en un sentido negativo, en absoluto. Me encanta hacer guardias en diversificación. Primero, porque son poquitos alumnos. Y segundo, porque en esos grupos reducidos de marginados (por la razón que sea) se forma un ecosistema chulísimo. Así que siempre entro muy emocionada.

Cuando le conocí, de hecho, entré hablando en inglés (pues era la asignatura que tenían)

̣̣—Hello, darlings. How are you?

Y bueno, saltó la sorpresa, claro. Primero porque una seño que no era la de inglés estaba hablando en inglés y segundo porque si falta la seño de inglés no se da clase de inglés. Eso qué era.

̣̣—mAEstraaaaaa ̣̣—con acento en la primera sílabạ̣̣̣—, ¿qué haces hablando inglés? ̣̣—me espetó una alumna con mucho arte desde la fila del fondo.

̣̣—Bueno, como os tocaba inglés... ̣̣—dije, sonriendo.

Y entonces él, el alumno guapísimo, me miró levantando los ojos pero no la cabeza y me dijo:

̣̣—Hello, teacher.

Desde entonces cada vez que me lo cruzo, arrastrando su mochila con ruedas por los pasillos, no falta ese dulce y amable «Hello, teacher». Al que yo, por supuesto, contesto siempre en inglés. Y, si bien en aquel momento yo tampoco me dí cuenta de lo guapísimo que era este alumno (a mi favor diré que prácticamente no levantó la mirada de la mesa, a pesar de estar hablando conmigo buena parte de la hora), a fuerza de irme cruzando con él lo he ido viendo.

Tiene los ojos claros, preciosos. No sabría decir exactamente de qué color (¿azules? ¿grises?) porque son bastante esquivos, pero destacan mucho en su cara, de piel bastante morena. Sus facciones están bastante marcadas: una mandíbula fuerte, unos labios bien dibujados, los ojos (ya he dicho que son preciosos) bien enmarcados por unas pestañas oscuras y unas cejas naturalmente perfectas. Pero todas estas cosas no solían verse porque suele ir mirando al suelo y el pelo, largo, le tapaba casi siempre la cara. Además, aunque no se le note, porque camina siempre encorvado, es alto y, sospecho que tiene un cuerpo bastante normativo (tampoco puedo afirmarlo porque suele llevar ropa ancha e ir bastante desaliñado.

Así que podríamos decir que mi adolescente es guapo, canónicamente guapo, normativamente guapo (aunque no se le vea). Pero no se nota porque es raro. Estoy segura de que sus compañeros y compañeras (y no me refiero solo a los de su clase) no han reparado en él lo más mínimo. Y si no han visto que es guapo, cuando es una cosa que se detecta a simple vista, imagino que no se habrán dado cuenta de lo agradable que es charlar con él, de lo interesante que es y de lo bonita que es su voz.

Pues bien, aun sabiendo todo esto, el miércoles me llevé el sorpresón. Iba de camino a clase cuando me lo crucé, pero no lo reconocí hasta su clásico «Hi, teacher!». Entonces frené en seco y lo miré. ¡Se había cortado el pelo! ¡Ahora se veía lo bellísimo que es a simple vista, sin forma de ocultarlo! ¡Pero bueno! Evidentemente, no pude contener mi entusiasmo.

̣̣—God, I didn't recognise you! You look so handsome! The haircut really suits you, darling!

(O en castellano de Castilla: Dios, ¡no te había reconocido! ¡Qué guapo estás! ¡El corte de pelo te queda realmente bien, cariño!

Él se removió, miró al suelo, me dio las gracias. Yo insistí: estás muy, muy guapo. Él se puso rojo. No suelo incidir tanto en estas cosas (cuestiones físicas o apariencia) de mis alumnos, pero que mis niños y niñas no sean conscientes de las cualidades positivas que tienen me parece una injusticia cósmica con la que, en lo que a mí respecta, no estoy dispuesta a colaborar.

No obstante, creo que no ha cambiado gran cosa: me parece que la rareza, que no se quita por mucho que los raros lo intentemos, tapa el resto de sus cualidades. Espero que, al menos, otros raros, como la profesora que entró de guardia aquel día en su clase, sean capaces de verlo. Pareciera que los raros somos gente guay de incógnito, reconocible solo para otros como nosotros. Y bueno, yo he llegado a estar conforme con esto. Hasta agradecida.


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Published on Dec 24, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Has pensado alguna vez que las cosas pierden valor por no ser eternas?

¿Has dejado de hacer cosas que te hacían bien por el pensamiento de que «no merece la pena»?

Si hoy tuvieras que hacer del mundo un lugar mejor, ¿qué harías que esté a tu alcance?

Y ahora, el poema:

Y aun así de Beatriz Minaya

«Ya nunca podré amar ni aun en el sueño

porque una voz insobornable grita

y su grito vacía mis entrañas:

“¡El amor es también polvo y ceniza!“»

Rosario Castellanos, VI, Trayectoria del polvo.

Fuera de nuestro alcance lo divino.

Nada inmaculado tras rozarlo nuestros dedos.

Todo lo humano huele a hollín;

su aspereza constante, cuando disminuye,

es justo lo que llamamos suavidad

porque hemos florecido en la batalla

—nacer es ser arrojado a una guerra—

y sabemos que ha habido y habrá tiempos peores.

Incluso el amor no es más que ceniza y polvo

cuando observamos lo que queda tras la llama.

Aun así, en el fango, buscamos la belleza

y elegimos arder porque es hermoso.


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Published on Aug 23, 2025

No se lo habría dicho a nadie, ni siquiera aunque le hubieran preguntado: no quería preocupar a nadie. Por suerte o por desgracia, quién sabe, nadie le preguntaba. La cosa es que un miedo preocupantemente tangible le había calado los huesos y le asaltaba de forma recurrente: iba a acabar su vida solo. Con suerte eso no pasaría pronto: sus padres gozaban de buena salud, al igual que sus hermanas, pero un día, si tenía suerte (de la buena o de la mala, a saber) se vería solo en el mundo.

Había abandonado toda esperanza de que fuera de otra manera. Por eso, cuando eligió las lámparas para su nuevo dormitorio, el del piso que había comprado y que creía demasiado grande para él (al fin y al cabo iba a vivir en él siempre solo), compró la lámpara de techo y una lamparita para la mesilla de noche. Solo una. Nadie, ni siquiera su madre, que tenía opiniones firmes sobre casi todo, dijo nada. Tal vez ellos también tenían perdida la esperanza.

Fue extrañísima la sensación que le embargó cuando la vio tumbada en el lado izquierdo de su cama, cegateando para poder leer. Claro: no había lamparita para ella. Se sintió estúpido, descuidado, un mal anfitrión. ¡A ella le encantaba leer en la cama! Tartamudeando le ofreció su lámpara, pero ella se negó. Veía bien con la claridad que le llegaba desde la lamparita del lado derecho, la única que había en la habitación. Él sabía que no podía ser cierto, así que se sintió aún peor. Pero, al mismo tiempo, de alguna retorcida forma, estaba encantado de estar teniendo ese problema.

Lo mismo ocurrió cada una de las tres veces que se plantó en la zona de iluminación de aquella enorme tienda de bricolaje, esa sensación extraña (ella llegó trayendo todo tipo de sensaciones extrañas): indecisión, frustración, algo de enfado, pero ese calorcito en el fondo del pecho que le decía “bueno chico, todos los problemas fueran como este”. A la tercera asumió que no iba a encontrar una lámpara como la que tenía, ni siquiera remotamente parecida. Y ella merecía su propia luz para leer, una especie de retribución por toda la luz que había traído a su vida. Así que cogió un pie blanco, básico, y una pantalla blanca, básica, y se los llevó.

Cuando llegó a casa se dio cuenta de que las lámparas hacían una pareja ridícula. Evidentemente, alguien había intentado buscar parecido, pero de una manera muy torpe: ambas eran blancas, pie y pantalla, pero una era mucho más alta que la otra, la pantalla de una era cilíndrica mientras que la de la otra era cónica, una tenía un relieve calado mientras que la otra no. Y, evidentemente, una iba emparejada con la lámpara de techo y la otra en absoluto.

Podría pensarse que la operación había sido un fracaso y, en cualquier otro momento, tan apegado como era al orden y la simetría, lo habría pensado. Pero sonrió ante el pequeño desastre y pensó que estaba bien que, si algo tenía que estar desparejado en su vida, ese algo fuesen ahora las lámparas del dormitorio.


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Published on Mar 17, 2026

Para que te hagas una idea: hoy he salido de un bazar sin comprar lo que había ido a buscar porque no tenía las fuerzas necesarias para preguntar el precio. Y no, no es un capricho, no es una extravagancia, no es timidez. Es que no podía hacerlo. Sin más. Supongo que esto para muchas personas (o no para tantas, si venís de Mastodon, la red más autista del interné, jejé) sonará rarísimo, muy marciano, pero así son las cosas y así te las estoy contando.

Por lo que sea, la gente suele asumir que no sé qué es lo mejor para mí. La semana pasada una compañera de trabajo me invitó a una comida que tendrá lugar el próximo viernes y a la que acudirán compañeros de mi anterior centro y también de este. Es gente que me cae bien, de verdad, pero no quise comprometerme: “Ya te digo algo la semana que viene, lo mismo llego al viernes tan hecha polvo que lo único que quiero es descansar”.

-Pues precisamente por eso -indicó ella-, lo que tienes que hacer es venirte.

Pues insistí: “Para mí descansar es irme a casa y quedarme en penumbra y en silencio”. Creo que el mensaje estaba claro pero no: siguió insistiendo.

La idea, te lo prometo, era ir. De hecho, cuando planifiqué mis menús la semana pasada, dejé el viernes libre. “Comida fuera”, escribí. Pero a medida que transcurre la semana

Jodía, estamos a martes

a medida que transcurre la semana, he dicho, y eso que es solo martes, me estoy dando cuenta de que no voy a llegar con ganas ni fuerzas de socializar en un restaurante ruidoso (porque lo es). Y menos aún si, como parece, el viernes va a estar lloviendo con ganas. Así que ahí ando, pensando si lo explico, si ensayo una mentira o cómo me las gobierno para que se respete mi decisión de no ir a comer.

Durante toda mi vida he asimilado que no merece la pena explicarme. Pensaba que el problema era yo, claro. Un seré yo, señor en toda regla. Pero luego me he dado cuenta de que, por muy clara que sea, la gente va a interpretar lo que digo desde su prisma. Y como para ellos lo de “estoy tan cansada que no me apetecen unas cañas después de trabajar” suena a invento, pues así lo leen. O como “no puedo quedar hoy, tengo que hacer la compra” les parece una excusa absurda (porque no necesitan mi organización para que la vida no se les desmorone) eso es lo que creen: que no quiero verles.

Y lo mismo ocurre con los consejos, cuando manifiesto alguna incapacidad: lo interpretan como una petición de consejo. No, mira: no puedo. No es que no sepa, no es que no haya encontrado la forma, porque si fuera así preguntaría. Lo que te digo es que no puedo.

A veces les envidio. Ya me gustaría a mí no entender estas movidas. O no, porque la verdad es que es bastante desagradable. No sé si es que es tan difícil que se antoja imposible, pero creo que respetar lo que dice una persona sin presionarla y creer en que tiene buenas razones para decir lo que dice o hacer lo que hace no es tan complicado. Y, si se trata de una persona que no ha dado muestras de lo contrario, suponer que no hay maldad en sus palabras ni acciones tampoco me parece especialmente complejo.

Pero qué sabré yo.


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Published on Jun 15, 2025

Este post podría ir de lo importante que es estar ahí para la gente cuando nos necesita, pero no, no va de eso: va de la importancia de estar en el relato de los hechos, en el discurso de agradecimiento, en los créditos de la película. ¿Por qué? Porque a lo mejor así, poco a poco, acabamos con el discurso falso y maldito de la meritocracia, con las historias de triunfo de hombres hechos a sí mismos (mientras sus grandes mujeres están detrás lavándoles los calzoncillos, criando a sus hijos, corrigiéndoles los discursos...) y con la épica del lobo solitario, que ya han hecho bastante daño.

#Nadie triunfa solo.

En los últimos tiempos he tenido el orgullo ajeno de ver cómo un par de estudiantes han aparecido en medios locales por sus logros académicos. Ese orgullo ajeno se ha visto tremendamente incrementado al ver cómo mis chavales no ahorraban palabras de reconocimiento para las personas que les han ayudado por el camino. Uno de ellos, cuando le pidieron una fotografía para ilustrar su entrevista, envió un selfie que se había hecho con su profesora porque quería que tú también aparecieras en el periódico, profesora, sin ti no habría podido (cita literal, me lo contó la profesora implicada). Me alegra ver que estos chavales no ceden a la dialéctica del triunfador solitario, del lo he conseguido todo con mi esfuerzo, del no debo nada a nadie ni tampoco al sesgo del superviviente. Son perfectamente conscientes de que han llegado donde están aupados por otros, apoyados por otros, de la mano de otros. Y lo honran con sus palabras, porque...

#...lo que no se nombra no existe.

Aunque no me gusta esa frase, en esencia es cierta. Lo que no se nombra existe, claro, pero es como si no existiera. Permanece invisible e invisibilizado (porque se oculta deliberadamente) y eso tiene un impacto en la realidad. A lo mejor si los grandes hombres que triunfan diesen las gracias a la no-tan-gran mujer que les lava los calzoncillos las cosas nos habrían pintado de otra forma. No me digas que no molaría que, en cada artículo científico, cada novela, cada plano de un edificio, apareciese un apartado de agradecimientos: a las personas que me lavaron la ropa, que me prepararon la comida, que despejaron mi día de ciertas tareas para que yo pudiera dedicarme a hacer esto, que aguantaron mis ataques de nervios y mis caídas. Y, ¿por qué no? También cada evento cotidiano: el ascenso en el trabajo, la finalización de una tarea, la resolución de un problema, la superación de un conflicto. Nada de eso (si tenemos suerte) lo hacemos del todo solos. Probablemente nuestra vida se parecería a una gala de premios, con tanto discurso, pero tal vez es eso justo lo que hace falta porque...

#...el discurso construye el pensamiento.

Nos han educado en una lógica individualista: en la naturaleza sobrevive el más fuerte, o el más apto, o lo que sea, pero hablamos de un el (jeje, no obviemos el masculino genérico, claro). La fecundación se produce porque hay una competición de espermatozoides que acaba con el triunfo de uno de ellos. El mundo tiene que ser un lugar cruel, inhóspito y competitivo porque la naturaleza también es así: uno está solo consigo mismo. ¿O es así el mundo porque decidimos contarnos esos relatos? Se sabe, por ejemplo, que la colaboración en la naturaleza es importantísima, incluso entre especies, y que los espermatozoides colaboran al desplazarse hasta encontrar al óvulo, por ejemplo. Habría que preguntarse a quién benefician esas narraciones épicas de guerreros solitarios y su transposición a nuestro mundo.

¿Qué pasaría si empezásemos a incluir en nuestro discurso el reconocimiento a quienes estuvieron, de modo que su presencia esté en nuestra vida y en nuestras narraciones? A lo mejor no pasaba nada, es posible. Pero también es posible que se normalizase la idea de que todas las personas necesitan ayuda, que la necesitamos con muchísima frecuencia, para cosas simples y complejas, para superar una enfermedad o para configurar el wifi del trabajo en el móvil. Entonces, a lo mejor, pudiera o pudiese ser, que dejásemos de sentirnos débiles, incapaces e inadecuadas por no ser superpersonas que pueden hacerlo todo solas mientras siguen manteniendo el cutis perfecto y la sonrisa en alto. Quién sabe.

Ya digo, lo mismo daba igual, lo mismo no cambiaba nada, pero ¿qué puede perderse? Tal vez valga la pena intentarlo, ¿no? “Pues el otro día me compré un vestido y me vino súper bien que menganita me aconsejara”, “Madre mía, qué sitio más chulo me descubrió fulanita”, “Si no llega a ser por zutanita, me tiro toda la semana trabajando en una cosa que luego no iba a valer para nada”. No queda tan raro, no queda tan forzado. Y reconoce la importancia de la gente que nos ayuda. Si eso, además, ayuda a cambiar, aunque sea levemente, el relato dominante y a hacer de nuestro entorno un lugar algo más acogedor...

Sí, ya sé. Demasiada pasión por lo mío. Créeme que nunca he sido ambiciosa, pero no puedo dejar de fantasear con que pequeños gestos de este tipo pueden suponer cambios enormes. Déjame soñar, anda.


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Published on Feb 18, 2026

Mi amiga Míriam me regaló La novia grulla de CJ Hauser para mi cumpleaños. Fue una cosa así un poco serendípica, porque ella nunca regala libros que no haya leído, pero el librero se lo recomendó muy fuerte y aquí estamos.

No sabía que el libro me iba a dar tanto. Desde el principio, además. Es una especie de conjunto de ensayos autobiográficos sobre el amor, las relaciones, el autoconocimiento, los deseos y planes de futuro, el proyecto de vida, la autoestima... No sé, mil cosas que interseccionan en mil puntos y que creo que muchísimas mujeres de mi generación (la autora también escribió el libro acercándose a los 40) van a entender. Y me atrevo a decir que también muchas de otras generaciones.

El libro me ha tocado tantísimas teclas, tantas... Pero hoy quiero centrarme en una. Hay un momento en el que la autora, tras una ruptura, reflexiona sobre qué hacer con todo el espacio de su casa: la autora cancela su boda y rompe con su pareja, así que él se pira de la casa que habían comprado para formar una familia y ella se queda con una casa enorme y endeudada. Finalmente aprende que no hay una sola forma de llenar una casa de amor (y eso también me encanta, el hueco que da el libro a otros amores de la vida de una: padres, amigas, hijos de amigos o parejas...) y claro, cuando empieza a conocer potenciales parejas otra vez se ve en la disyuntiva de volver a vivir con alguien. Y tremenda disyuntiva.

A decir verdad, eso le pasa en varios momentos del libro. En uno de ellos, cuando deja su casita alquilada de soltera para mudarse con su pareja, la casera le cuenta que no vende esa casa porque cree que su matrimonio y su familia funcionan en buena medida porque ella sabe que tiene esa casa. Que no está atrapada. Que podría irse si quisiera. Y entonces mira a su familia y no quiere.

Creo que las personas que rara vez nos hemos sentido seguras en algún sitio tendemos a necesitar un plan de huida. Por eso yo quise que mi casa fuera mía. Por eso, cuando mi relación de pareja y convivencia se rompió, me esforcé en llenar los huecos y me expandí tanto que ahora no siento que pudiera volver a contraerme. Y tiempo después, cuando, contra todo pronóstico y contra mi voluntad inicial, acabé empezando una relación sentimental, me negué en redondo a renunciar a este espacio en favor de una coexistencia que en otras ocasiones no me ha funcionado.

Tal vez sea otra más de mis taras, pero necesito vivir con una puerta abierta y un plan alternativo. Un ejemplo clarísimo lo tengo en mi trabajo: me lo jugué todo a opositar y ser profesora y, cuando paso por malos momentos en mi profesión, sufro la mitad por el problema o problemas en sí de lo que sufro por sentirme atrapada en ese trabajo y sin capacidad real de salir de él. Necesito lo mismo en todos los sentidos, creo: saber que me quedo porque quiero, que podría irme pero elijo no hacerlo.

Esta mañana, mientras hablaba de esto con mi amiga Mariache entendí el final de Los puentes de Madison County. Más el del libro que el de la peli: Francesca está atrapada en un país que no es el suyo, se casó con un soldado estadounidense para salir de una Italia arrasada y ahora está atrapada en su decisión. Pero cuando aparece Kincaid y le da la opción de irse, de cambiar de vida y ella decide quedarse supongo, no sé, que tal vez su vida le parece menos opresiva porque, teniendo la oportunidad de irse, ha vuelto a elegirla.

Pues eso es lo que yo quiero: Ventanas abiertas para que entre el aire, puertas sin llaves para entrar y salir a placer. Y, a pesar de todo, una vida acogedora y agradable de la que, sabiendo que tengo la posibilidad, no quiera irme.


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