Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 21, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Ves en el porvenir una motivación o una fuente de frustración?

¿Crees que es más beneficioso soñar a lo grande o tener sueños realistas?

¿Eres realista o sueles pasarte o quedarte corta en las expectativas?

Y ahora, el poema:

Los días venideros de Aurora Luque

Los días venideros no llegaron.

Se agotaron, fulgentes, en los brindis.

Lo por venir ya estaba caducado

a la hora de soñar.

Os pido, dioses,

sólo sueños portátiles, menudos,

cinta para medir el horizonte,

y días que no engañen, desde lejos,

como veleros gráciles

cargados de ataúdes.


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Published on Oct 23, 2025

Lo típico. Es necesario que alguien muera y llegue a los medios (porque leyendo sobre el tema he llegado al caso de Dani, que se quitó la vida en julio tras sufrir acoso escolar de forma persistente) para que esto vuelva a «importar». Y digo «importar», con bien de comillas, porque todos estamos consternadísimos y con cara de Pikachu sorprendido, como si no hubiese explicación a por qué pasan estas cosas. Pero bueno, todo en orden, en unos meses, si no en unas semanas, Sandra caerá en el olvido y el mundo tendrá la conciencia tranquila porque se escandalizó de forma pública y conveniente. Y en las escuelas y los institutos todo seguirá igual.

¿Por qué? Pues porque las escuelas son microcosmos reflejo de la sociedad. Ni más, ni menos. Y nuestra sociedad, me van a disculpar, es UNA PUÑETERA MIERDA. Una sociedad en la que más vale ser malo que vulnerable, es preferible ser victimario que víctima y la ley del más fuerte, se entienda la fuerza como se entienda, es al final lo que prima. Una sociedad que no sabe qué cojones significa la palabra cuidado.

Y no es que yo vaya a defender la inacción de los centros educativos, no se me ocurriría. Pero como parte de la comunidad educativa tengo una visión bastante clara de las limitaciones existentes. El acoso escolar, a pesar de lo que pueda indicar su nombre, no es un problema circunscrito al ámbito escolar: es un problema social. Por eso creo que dejar el peso de su abordaje encima de los centros educativos, o al menos en su mayor parte, no va a ser efectivo. ¿Y si nos planteamos un Pacto de Estado contra el acoso escolar? Uno que implique a todos los agentes de la sociedad: sanitarios, policía, adultos de referencia (monitores deportivos, profesores de academias, etc.), con unidades de intervención especializadas y dedicadas y con medidas que protejan a las víctimas de forma eficaz y lo menos traumática posible. Ojo, que tampoco renuncio a lo mío: la inversión en recursos en educación, fundamentalmente en profesionales, también ayudaría. Grupos más pequeños permitirían una relación más cercana al alumnado y una posibilidad mayor de detectar problemas. Profesores menos sobrecargados también podrían dedicar más atención a cuestiones relacionales entre alumnos o a dinámicas grupales. Yo qué sé.

Pero bueno, parece que eso no va a pasar, que al final la clave de todo es la educación, entendiéndose por educación dar talleres. Señoras, señores, llevamos con el tema del bullying ya añitos, ¿eh? He perdido la cuenta de las veces que he impartido o visto impartir talleres sobre el tema, he perdido la cuenta de las veces que he hecho menciones relacionadas a la importancia del respeto, el buen trato y el cuidado en clase, y he perdido la cuenta de las veces que he intervenido en situaciones de acoso o que podían parecerse a acoso. Y seguimos igual o peor. Y tengo una teoría: ¿Os habéis dado cuenta de cómo los malos casi siempre piensan que están haciendo lo correcto, aunque sea de alguna forma retorcida? Pues con los acosadores pasa igual. Así que podemos predicar todo lo que queramos que, si no se dan por aludidos, poco puede mejorar el problema.


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Published on Mar 29, 2026

Llevo días queriendo escribir esta entrada, pero hoy hablaba con mi amiga Ana cuando le ha saltado una notificación de su ex: He visto esto y me he acordado de ti. “A ver qué puerta hemos abierto, amiga”, me ha dicho ella. Pues resulta que el mensaje contenía un fragmento de un concierto de música clásica en la Ciudad Prohibida. He visto esto y me he acordado de ti: qué maravilla esa frase unida a algo tan hermoso.

Hace unos días estaba yo pensando en alguien. No se lo dije, claro, porque, si bien es cierto que suelo defender que si piensas algo bonito de alguien tienes que decírselo, también es cierto que he crecido lo suficiente como para saber que esos avances no siempre son bienvenidos, que a veces suponen poner a palpitar una cicatriz apenas curada. Y no a todo el mundo le gusta llevar la lengua al hueco que deja el diente. Pero le pensé con cariño, con ternura. Deseé que ojalá su vida esté yendo bien, que esté haciendo cosas que le apasionan, que sienta que está andando un buen camino. Le recordé para desearle lo mejor, aunque esa persona no lo vaya a saber nunca.

Volvió a pasarme hace poco: leía un poema que comenzaba con el verso Escuchar a Bach. Y entonces pensé en él. Que ojo: no se lo merece. Pero no puedo evitar pensar en él cuando escucho a Bach o cuando alguien lo mienta, cuando salta en mi playlist alguna de las piezas que él me enseñó (Corcovado, Chick, Morente). O cuando alguien nombra Murcia. Y le recuerdo sin rencor (y tendría motivos), sin desearle mal y sin pensar en primer lugar en lo malo. Recuerdo los conciertos privados, perder la noción del tiempo, aquel mes que viví sin dormir y sin sueño, el Faro de Cabo de Palos, las ruinas de Cartagena y aquellos días en que la cara me dolió de sonreír. Y a pesar de todos los momentos grises y de todos los dardos venenosos, agradezco.

No solo me pasa con los ex: también con las amigas. Con casi cualquier persona que haya sido importante en mi vida y ya no esté: de pronto cualquier cosa les trae a mi mente y mi corazón se llena de buenos deseos y alegría. Será porque la luz viaja más rápido que cualquier otra cosa. Solo más tarde recuerdo, y no siempre, el daño, si es que lo hubo.

Hay únicamente dos personas en mi vida a las que recuerdo siempre con rencor. Una más que a otra, porque de la primera puedo recordar, si me esfuerzo, algún buen momento y suelo asegurarme de recordar algunas cosas que tengo que agradecerle. Pero de la segunda, con la que compartí casi 10 años de mi vida, no recuerdo nada bueno. Nada. Y cuando la pienso no queda en mi espíritu un ápice de buenas intenciones. Esas son mis dos únicas excepciones.

Estas son mis estadísticas. Así que si, haciendo un ejercicio salvaje de generalización indebida, extrapolamos los datos a tu vida, a toda la gente con la que te has cruzado, incluso a aquella de la que acabaste separándote de malas maneras, estoy segura, segurísima, de que hoy alguien te ha recordado con amor, cariño, ternura o cualquier otro sentimiento de la familia.

Espero que el pensamiento te resulte reconfortante.


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Published on Apr 15, 2026

Nunca, desde que salí de casa de mis padres, he conocido a mis vecinos. No sé cómo se llaman, no sé apenas nada de sus vidas, más allá de lo que pueda deducir cuando me los cruzo por la escalera... ¡Qué leches! Si ni siquiera sé a qué piso van cuando me los cruzo en el ascensor... Mi mente no es capaz de retenerlo. Sé que se me lee como una persona reservada, algo arisca, que no tiene interés en relacionarse demasiado. Yo no lo intento, ellos no lo intentan... Y ahí queda la cosa.

A veces, muchas, me da pena. Siento que en esto también he sido vencida por el turbocapitalismo: aislamiento, individualismo, atomización. Lo que es peor: me he dejado vencer, porque #IngeñeroPrometido sí tiene conocimiento de sus vecinos y es tan reservado socialmente como yo, o más. Pero no sé, no me sale hacerlo de otra manera, no sé cómo se hace.

Lo bueno es que a veces me permito fantasear con que vivo en un patio de vecino, de estos cuadrados y cuajados de geranios, de vida comunal y crianza tribal de las criaturas. Es mucho fantasear, lo sé, pero no puedo evitarlo cuando vuelvo a casa en las horas previas a la hora de comer, cuando por las puertas de las casas se filtran el olor a cocido de una vivienda, las lentejas de otra, la pizza casera de la de más allá y los (probablemente) flamenquines fritos de otra. Que buena parte de las viviendas estén haciendo lo mismo al mismo tiempo me permite soñar con cierta comunidad. Al menos aquí todavía se cocina. No es poco.


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Published on Apr 12, 2026

Llevo días queriendo sentarme a escribir un post tierno, esperanzador, pero hoy me siento a llorar en este rincón de Internet[^internet]. En días como hoy entiendo muchas cosas. No voy a ser yo la libre de pecado que lance piedra alguna, hace ya tiempo que no se me ocurre.

Es curioso. Una está bien. Ha tenido unos días agradables (salvo alguna cosa). Ha quedado con sus amigas después de tiempo, y se han reído mucho. Ha recibido regalos muy considerados. Sigue encajando piezas de un proyecto ilusionante. Ha hecho el amor con su pareja. Ha recibido sol. Su planta parece no querer morirse. Tiene mil y un motivos por los que dar gracias (y algunos por los que maldecir, claro, pero ¿quién no?). Está bien, es fin de semana y se ha dado permiso para holgazanear un poco y posponer alguna tarea. Puede permitirse también ver la tele o leer sin mirar el reloj. Está bien. Y entonces...

Entonces el temporal que sorprende mientras tomas el sol en la playa. Las sombrillas volando, la arena arañándote la piel, metiéndose en los ojos, el caos y las carreras. Entonces lo que parece el fin del mundo. Y no es el fin del mundo un mal domingo, una crisis emocional sin causa aparente, igual que no lo es que se levante una tormenta de verano. Pero a veces lo parece. Y, lo que es peor, a veces una desea que lo fuera[^fuera].

[^internet]: hay cosas que no cambian. Llevo haciendo lo mismo desde los 16: llorar en un blog o sucedáneo.

[^fuera]: Creo que nunca me han encerrado, que nunca me han tomado en serio cuando hablo de estas cosas por la manera de contarlas. La metáfora despista, despreocupa, quita peso. Casi parece que me lo estoy inventando, ¿verdad?

Ojalá.


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Published on Jul 25, 2025

Hay dos cambios que hacen que me tiemblen los cimientos: cuando alguien dice tu nombre de manera distinta a como solía (para bien y para mal) y cuando alguien deja de mirarte como solía (para bien y para mal). Hoy quiero hablar de lo segundo.

¿Has leído El collar de la paloma de Ibn Hazm de Córdoba? Es un libro maravilloso. En él el autor escribe una larga carta en la que pone por escrito todo lo que sabe sobre el amor. En uno de los primeros capítulos habla de las señales del amor, es decir, de cómo saber cuándo alguien está enamorado. Una de las señales es la mirada: los ojos del amante siguen al amado como un imán. De hecho, esa metáfora misma utiliza, porque acompaña sus reflexiones con versos propios. Como estos:

Mis ojos no se paran sino donde estás tú.

Debes tener las propiedades que dicen del imán.

Los llevo adonde tú vas y conforme te mueves,

como en gramática el atributo sigue al nombre.

Es bonito, ¿verdad? Y además cierto. Me encanta ver en mis adolescentes cómo se miran cuando empiezan a gustarse. Y me gusta cómo me miran cuando me aman. No soy muy buena dándome cuenta de estas cosas cuando concierne a mí misma: alguien puede mirarme con todo el amor o el deseo del mundo y probablemente no me dé cuenta. Eso sí: me doy perfecta cuenta de cuando alguien deja de mirarme así. Otra cosa es que haya jugado a hacerme la tonta. Eso también se me da bien.

Pero, por algún motivo que no consigo precisar, tolero con más gracia dejar de encontrar amor en la mirada de alguien que dejar de encontrar deseo. Probablemente sea mera vanidad. O tal vez entienda que el amor es mucho más complejo que el deseo. O quizá una mezcla de ambas.

Hace algo de tiempo me habría torturado mi superficialidad: he aquí a una casi cuarentona lamentándose porque alguien ha dejado de encontrarla deseable, que llamen a la buambulancia. Pero ahora ya no. Puede que sea un duelo estúpido, pero es mi duelo. Hace poco creí ver en la mirada de alguien ese cambio. Y no en alguien cualquiera: la primera persona que me consideró real y honestamente amable (digna de ser amada) y deseable, que me deseó (y tal vez me amó) cuando ya no debía, que no se olvidó de mí a pesar de que pasaron años y años sin saber de mí y que, cuando volvimos a encontrarnos, me demostró que todavía me deseaba tanto como cuando éramos adolescentes. Una habría querido que ese deseo envejeciese con nosotros, que a pesar de todo, de la distancia y las dificultades, tal vez de lo poco apropiado del sentimiento, que siguiese ahí, indómito e irreductible. Una es egoísta a veces, qué le voy a hacer. Eso no cambia que, desde que él ya no me desea, y a pesar de que haya quien sí lo hace (y mucho, y bien) me sienta bastante menos hermosa y dé por finalmente transmutada una historia de amor y hambre de 20 años de duración en amistad. Que, no me malinterpretes, es maravilloso, casi un milagro. Pero, como cualquier cambio o pérdida, conlleva un duelo y, como ya he dicho, puede ser superficial o estúpido, pero es mi duelo.

El título de este post me ha venido no sé muy bien por qué. Pero me parece que pega. Sale de esta canción: Flor del Mal – María Rodés. Espero que la disfrutes, a mí me encanta.


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Published on Oct 18, 2025

Ayer me enteré de lo tuyo y aún no se me pasa el coraje. De entrada, cuando me enteré, casi por accidente (lo de no estar en las redes sociales mainstream tiene estas cosas, de que ibas a parar tu gira por salud mental no me sorprendió: siempre me has parecido una di noi, esto es, una de esas personas demasiado sensibles para esta mierda de mundo. A mí también se me hace bola lo del vivir, qué te voy a contar. Así que bueno, me dio pena pero, en última instancia, me alegré de que pudieses tomar esa decisión y cuidarte.

Lo comenté en Mastodon y alguien me contestó haciendo referencia a la actuación de OT y a la avalancha de críticas crueles que se hicieron tras la misma. La busqué, quería entender qué cosa tan terrible habías hecho para merecer tal escarnio. Y lo que vi fue una mujer nerviosa, tensa, que estaba pasando un mal rato y a la que apenas le salía la voz hasta que su compañero de actuación la acoge, la arropa y la ayuda a soltarse con su compañía. Reconozco esa sensación, me es familiar. Supe lo que estaba pasando desde el primer momento.

No creo que jamás hubieses podido hacer nada que justificase tal escarnio y violencia pero me sorprendió ver que lo que la provocó fue un momento de vulnerabilidad, un momento de imperfección, un momento real como la vida misma en el que, aunque una no esté al 100% tiene que seguir adelante porque el mundo ni perdona ni espera.

Como digo, aún no se me pasa el coraje. Y mira que están pasando cosas en el mundo para encorajinarse, pero esto tuyo se me ha quedado clavado. Quizá porque ando en carne viva con lo que late de fondo en toda esta historia, que también está detrás de algunos de mis malestares y de los de otras muchas personas parecidas a ti y a mí: ser bueno, sensible, amable, no te protege del daño, es más, con frecuencia te hace el objetivo preferido de los que dañan. Y en este mundo se escoge con tanta frecuencia el ataque... Luego pasa lo que pasa: las niñas se suicidan, las personas no queremos seguir adelante y nos preguntamos qué sentido tiene, los mejores de entre nosotros bajan los brazos agotados de sacar mierda de este estercolero... Y cuando las cosas pasan los que llevan los bolsillos llenos de mierda para lanzarla en cuanto encuentran ocasión ponen cara de pikachu sorprendido.

Nos salva y nos castiga que no podemos ser de otra manera, Valeria. O eso creo. No podemos ser como ellos, así que seguimos yendo así por la vida, sin escudo antibalas, y, cuando nos hieren de gravedad, hacemos lo que podemos para recomponernos y seguimos, si nos quedan fuerzas. Pero así van las cosas, claro.

Y de ahí el título de este blog, que no para de amortizarse. Con lo tuyo, Valeria, como con tantas otras cosas: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Aug 28, 2025

...si ni siquiera entienden mi idioma?

Hace unas semanas me quejaba exagerada y amargamente de que jo, yo sé que nadie puede leerme la mente, que tengo que pedir lo que quiero, lo que necesito, pero que estaría bien que la gente pudiera leerme la mente alguna vez y no tener que estar pidiendo yo cosas todo el rato, jo. En fin, soy una mujer empoderada, una mujer moderna, una mujer asertiva: tengo que responsabilizarme de mis movaidas y verbalizar claramente lo que quiero, claro que sí.

Pero es tan cansado... A veces una querría que alguien hiciera por ella justo lo que necesita sin tener que decirlo, pero claro, es cierto, nadie puede leerte la mente. Eso es lo que te enseñan en terapia, ¿no?

Y entonces una señora estupenda, creo recordar que fue tirasdenaranja vino a decirme algo como: Buenoaver, ¿esperas que te lean la mente o simplemente que sean conscientes de que tienes ciertas necesidades y las atiendan sin necesidad de estar pidiendo todo el tiempo que te cuiden? BOOOOOOOOOOM, hermanas. Hostiaputa, de nuevo el patriarcado colándose en nuestras mierdas.

Y es que, si te paras a pensarlo, lo de no te pueden leer la mente es otra de las muchas formas que usamos para hacernos luz de gas. Yo no sé tú, pero yo cuido de mi gente sin parar sin necesidad de que me digan nada. Sé cuando una amiga ha tenido un mal día, cuando noto rara a mi pareja, cuando un alumno necesita que le dejen solo, cuando alguien quiere decirme algo difícil. No lo sé siempre, claro, no soy omnisciente por muy diosa que sea, puedo equivocarme. Pero en muchísimas ocasiones sí lo sé. Y cuando se dan las circunstancias, intento actuar para atender esas necesidades. De hecho, sí hay gente que me lee la mente: MIS AMIGAS. Ellas sí saben cuándo me pasa algo (aunque no ocurra siempre, de nuevo, son diosas pero no infalibles), y sí que intentan atender esas necesidades aunque no siempre sepan la mejor manera de hacerlo. Pero se dan cuenta. Así que, de nuevo, va a resultar que las señoras no somos tan misteriantes y, en general, tenemos un ejemplo más (y van enecientos) de señores haciéndose el muerto y no llegando al punto de reciprocidad ni de lejos. Ajam.

Me explotó el selebro, la verdad. No pido realmente que me lean la mente, pero sí que me lean un poco a mí como yo lo hago con los demás. Y que obren en consecuencia. No es tanto, no debería ser tanto. Así que estop hacerse luz de gas. Ser asertiva, bien, pero que eso no sea excusa para que el resto baje los brazos.

Pero claro, hoy mi querida Anushka me ha mandado una newsletter en la que se hacía referencia a unas declaraciones de Meryl Streep (en este enlace unidas a las de la estupenda Hannah Waddingham) en las que dice que hombres y mujeres tenemos idiomas distintos, nos expresamos de forma diferente (y esto ocurre por multitud de factores y circunstancias que pueden ser discutidos, pero creo firmemente que es así, que ocurre). Dice también que las mujeres hablamos el idioma de los hombres con fluidez (normal, nos han hecho inmersión lingüística en la escuela del patriarcado, je), pero los hombres, en general, no hablan el idioma de las mujeres, no lo entienden y, en muchos casos, creo que ni siquiera son conscientes de su existencia.

Los chistes son infinitos, claro. Las bromas sobre lo difíciles de entender que son las mujeres, je, lo que quiere decir la parienta, el por qué se ha pillao tremendo cabreo cuando dijo nojequé y yo hice nojecuantos... Pero el tema se zanja en que las mujeres somos complicadas, jeje. El esfuerzo de intentar sondear lo insondable ni se plantea. Ya veis: alguno se ha aventurado a intentar desentrañar la naturaleza misma de la belleza, la verdad o la justicia antes que intentar entender a su propia esposa. El género de los grandes filósofos, los grandes diplomáticos, los grandes exploradores... impotente ante la naturaleza femenina. Anda ya a zurrir mierdas con un látigo, hombre.

Hoy estoy poco diplomática: si los hombres no entienden a las mujeres, si no chapurrean siquiera su idioma es porque, dos puntos, no les da la gana. Pues bien, como dice la estupenda, maravillosa, reina, faraona Hannah Waddingham, ya es hora de que lo vayan aprendiendo.

Me imagino si el señor del donut y todos los de su club habrán tenido ya la epifanía o seguirán preguntándose qué cojones queremos las mujeres.

Dice Luis García Montero que “el amor, como todo, es cuestión de palabras” pero se equivoca en lo de que amarse es crear un idioma: amarse es entenderse, y eso funciona en los dos sentidos[^poema]. Me parece que durante demasiado tiempo una parte de los amantes ha estado renunciando a su lengua materna. Pues nada, señores, aquí tienen la oportunidad de hacer un gran gesto de amor: si de verdad aman a las mujeres, aprendan su lengua materna. Y a ver qué pasa.[^disclaimer]

[^poema]: Puedes leer el poema al que me refiero aquí. [^disclaimer]: Este post ha sido escrito desde la certeza visceral pero sin demasiado tiempo para ordenar ideas ni para revisar, así que se publica tal cual fue parido, y así lo quiero, con sus virtudes y defectos. Que conste en acta.


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Published on Feb 21, 2025

Como decía mi querida Gloria Fuertes en su poemario Poeta de guardia: “Hago versos, señores, hago versos”. Lo hago de forma inevitable, porque es una de las maneras que tengo de ordenar mi mundo, mi experiencia. Y lo comparto porque en la poesía de otros he aprendido que nunca se está del todo sola si se encuentra refugio en un poema y, quién sabe, tal vez los míos puedan resguardar a alguien.

No obstante, cumplido ya el sueño de mi infancia de verme publicada, no anhelo el reconocimiento, ni quiero ver mis versos estampados en merchandising o que se usen en anuncios publicitarios. Me gusta que vivan fuera de mí, pero en hogares cálidos y acogedores. Y me gusta que se paseen por el mundo, pero llevados de la mano de alguien que nos quiera (a ellos y a mí): me gusta que me lean y que me lleven mis amigas.

Mi amiga Sonia ha bordado mis versos en bolsas, neceseres, fundas para libros y cualquier pedazo de tela que se le haya puesto por delante. Lo hace con cariño, pasión y mimo, porque le sale del alma. Mi amiga Coru ha caligrafiado mis versos con tintas preciosas y todo el arte que tiene en su cuerpo serrano, y lo ha hecho desde la comprensión profunda de lo que significaban. Mi amiga Sam ha decidido que las dos (Coru y yo) la acompañemos, bordando un verso mío en su flamante chaqueta bordada, expresión de todo su brillo y su originalidad indómita. Y me encanta. Me encanta que sean ellas las que nos lleven a mí y a mis palabras de la mano, de modo que, si alguien les pregunta, sean ellas quienes hablen de mí y digan: “¿Te gusta? Lo escribió una amiga mía”. Siento que así, con sus hebras de hilo, sus tintas, sus lápices y otros útiles que para el ojo no entrenado no encierran magia alguna, consiguen mantenerme pegada a este mundo del que mi espíritu en fuga (esto es de Chantal Maillard) quiere escapar con tanta frecuencia.


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Published on Aug 28, 2025

...si ni siquiera entienden mi idioma?

Hace unas semanas me quejaba exagerada y amargamente de que jo, yo sé que nadie puede leerme la mente, que tengo que pedir lo que quiero, lo que necesito, pero que estaría bien que la gente pudiera leerme la mente alguna vez y no tener que estar pidiendo yo cosas todo el rato, jo. En fin, soy una mujer empoderada, una mujer moderna, una mujer asertiva: tengo que responsabilizarme de mis movaidas y verbalizar claramente lo que quiero, claro que sí.

Pero es tan cansado... A veces una querría que alguien hiciera por ella justo lo que necesita sin tener que decirlo, pero claro, es cierto, nadie puede leerte la mente. Eso es lo que te enseñan en terapia, ¿no?

Y entonces una señora estupenda, creo recordar que fue tirasdenaranja vino a decirme algo como: Buenoaver, ¿esperas que te lean la mente o simplemente que sean conscientes de que tienes ciertas necesidades y las atiendan sin necesidad de estar pidiendo todo el tiempo que te cuiden? BOOOOOOOOOOM, hermanas. Hostiaputa, de nuevo el patriarcado colándose en nuestras mierdas.

Y es que, si te paras a pensarlo, lo de no te pueden leer la mente es otra de las muchas formas que usamos para hacernos luz de gas. Yo no sé tú, pero yo cuido de mi gente sin parar sin necesidad de que me digan nada. Sé cuando una amiga ha tenido un mal día, cuando noto rara a mi pareja, cuando un alumno necesita que le dejen solo, cuando alguien quiere decirme algo difícil. No lo sé siempre, claro, no soy omnisciente por muy diosa que sea, puedo equivocarme. Pero en muchísimas ocasiones sí lo sé. Y cuando se dan las circunstancias, intento actuar para atender esas necesidades. De hecho, sí hay gente que me lee la mente: MIS AMIGAS. Ellas sí saben cuándo me pasa algo (aunque no ocurra siempre, de nuevo, son diosas pero no infalibles), y sí que intentan atender esas necesidades aunque no siempre sepan la mejor manera de hacerlo. Pero se dan cuenta. Así que, de nuevo, va a resultar que las señoras no somos tan misteriantes y, en general, tenemos un ejemplo más (y van enecientos) de señores haciéndose el muerto y no llegando al punto de reciprocidad ni de lejos. Ajam.

Me explotó el selebro, la verdad. No pido realmente que me lean la mente, pero sí que me lean un poco a mí como yo lo hago con los demás. Y que obren en consecuencia. No es tanto, no debería ser tanto. Así que estop hacerse luz de gas. Ser asertiva, bien, pero que eso no sea excusa para que el resto baje los brazos.

Pero claro, hoy mi querida Anushka me ha mandado una newsletter en la que se hacía referencia a unas declaraciones de Meryl Streep (en este enlace unidas a las de la estupenda Hannah Waddingham) en las que dice que hombres y mujeres tenemos idiomas distintos, nos expresamos de forma diferente (y esto ocurre por multitud de factores y circunstancias que pueden ser discutidos, pero creo firmemente que es así, que ocurre). Dice también que las mujeres hablamos el idioma de los hombres con fluidez (normal, nos han hecho inmersión lingüística en la escuela del patriarcado, je), pero los hombres, en general, no hablan el idioma de las mujeres, no lo entienden y, en muchos casos, creo que ni siquiera son conscientes de su existencia.

Los chistes son infinitos, claro. Las bromas sobre lo difíciles de entender que son las mujeres, je, lo que quiere decir la parienta, el por qué se ha pillao tremendo cabreo cuando dijo nojequé y yo hice nojecuantos... Pero el tema se zanja en que las mujeres somos complicadas, jeje. El esfuerzo de intentar sondear lo insondable ni se plantea. Ya veis: alguno se ha aventurado a intentar desentrañar la naturaleza misma de la belleza, la verdad o la justicia antes que intentar entender a su propia esposa. El género de los grandes filósofos, los grandes diplomáticos, los grandes exploradores... impotente ante la naturaleza femenina. Anda ya a zurrir mierdas con un látigo, hombre.

Hoy estoy poco diplomática: si los hombres no entienden a las mujeres, si no chapurrean siquiera su idioma es porque, dos puntos, no les da la gana. Pues bien, como dice la estupenda, maravillosa, reina, faraona Hannah Waddingham, ya es hora de que lo vayan aprendiendo.

Me imagino si el señor del donut y todos los de su club habrán tenido ya la epifanía o seguirán preguntándose qué cojones queremos las mujeres.

Dice Luis García Montero que “el amor, como todo, es cuestión de palabras” pero se equivoca en lo de que amarse es crear un idioma: amarse es entenderse, y eso funciona en los dos sentidos[^poema]. Me parece que durante demasiado tiempo una parte de los amantes ha estado renunciando a su lengua materna. Pues nada, señores, aquí tienen la oportunidad de hacer un gran gesto de amor: si de verdad aman a las mujeres, aprendan su lengua materna. Y a ver qué pasa.[^disclaimer]

[^poema]: Puedes leer el poema al que me refiero aquí. [^disclaimer]: Este post ha sido escrito desde la certeza visceral pero sin demasiado tiempo para ordenar ideas ni para revisar, así que se publica tal cual fue parido, y así lo quiero, con sus virtudes y defectos. Que conste en acta.


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