Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Dec 23, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Alguna vez te han dicho que no eres «como las demás» o lo has dicho a alguien?

¿Qué pensabas en ese momento? ¿Piensas ahora lo mismo?

Y ahora, el poema:

Las demás de María Sánchez-Saorín

Tú no eres como las demás —dijiste

queriendo enamorarme,

y pensé de repente en mis amigas,

que son maravillosas,

en las protagonistas de los libros,

en la chica del tiempo y en mi profesora

de lengua,

que me enseñó a contar.

Pensé en mis compañeras de trabajo,

en las kellys y en Uma Thurman,

y me di cuenta entonces:

a mí sí me gustaban las mujeres.


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Published on May 4, 2025

Hoy estuve un rato escuchando un programa de radio que me gusta mucho, La Tarataña, dedicado a la música tradicional ibérica. La primera parte del programa de hoy estuvo dedicado a las madres y las celebraron poniendo unas cuantas nanas. Y ahí me he quedado pinchada, tomándome el aperitivo mientras lloraba y moqueaba (en parte por el llanto, en parte por la alergia).

Sé que en otro mundo yo habría cantado nanas, que habría habido ya seguramente una criatura acurrucada en mi pecho aguantando mis cantos incesantes. Y sé que habría leído cuentos, poniendo voces torpemente. Sé que habría cambiado pañales y pasado noches en vela observando la fiebre de un ser diminuto completamente dependiente de mí. Sé que habría justificado mi cansancio viendo su sueño sereno. Y sé que me habría emocionado viendo cómo miraba al mundo como se mira a algo nuevo, brillante y sorprendente.

Pero el mundo en el que vivo no lo pone fácil. El peaje que pagamos las mujeres es muy alto y yo no he estado dispuesta a pagarlo. Hay atenuantes, claro, como tener una buena red de apoyo o un compañero con el que pagar el peaje. O ambas. Y ese nunca ha sido mi caso. Hace poco tuve una epifanía. Aun sabiendo que para una mujer no es falta ninguna el no haber tenido hijas a veces me contemplo y me pregunto si no lamentaré haber andado los pasos que he andado, al menos en ese sentido. Pero la última vez no llegó a doler porque fui consciente de que no me habría querido reproducir con ninguna de mis parejas y que, de haberlo hecho, me habría arrepentido. No porque todos fueran malas personas, qué va. Pero para ser un buen padre y un buen compañero de crianza hace falta algo más que ser, en general, buena persona. Lo mismo que para ser buena madre. Pero esa es una historia para otro día.

Así que, en este mundo, no suelo cantar nanas. No porque no me gusten, que me encantan, sino porque cuando lo hago siento cómo vuelve a abrírseme una grieta en el corazón.


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Published on May 10, 2026

Hace ya bastante tiempo que se viene demonizando el deseo, la necesidad o el interés en ser validada por terceras personas. Y cuando digo bastante tiempo, me refiero a bastante. Desde el aparentemente inocuo “si no te quieres tú cómo te va a querer nadie” al supuestamente empoderante “es que no te tiene que importar lo que piensen los demás”.

El individualismo está servido, señoras. La vida es para los Juan Palomo del mundo: ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Normalmente no son ellos quienes limpian sus cagadas, pero bueno, eso no quedaba bien en el refrán. La cosa es que hay que ser autárquico, una isla capaz de proporcionarse todo lo necesario no solo para sobrevivir sino para ser feliz. Si tu felicidad depende de otras personas estás haciendo lo de vivir: MAL.

Esto es especialmente dañino para nosotras: se nos ha educado para entender que nuestro valor depende de la mirada del otro (masculino no genérico, claro) y luego cuando buscamos que nos miren somos dependientes, tóxicas, débiles...

Pero siendo, como casi siempre, las más perjudicadas, en esto hay bastante reparto. Hemos llegado a un punto en el que echar la caña para ver si alguien nos presta atención se considera un fracaso. Desear esa atención y buscarla es un signo de la peor de las flaquezas. ¿Cómo hemos caído en esta trampa? Bueno, supongo que igual que en tantas otras. Pero leñe: somos seres sociales, afectivos, el apego es una parte fundamental de nuestra socialización y bienestar, ¿cómo no vamos a querer que se nos quiera, acepte, vea, valore, extrañe...?

Así que, del mismo modo que cuando tenemos hambre intentamos comer, cuando tenemos sed intentamos beber, cuando tenemos sueño intentamos dormir, cuando algo nos molesta intentamos liberarnos del malestar... Pues cuando nos sentimos invisibles, solos, poco valorados, poco queridos o deseados... buscamos casito. Y eso, per se, no tiene nada de malo. Desde luego, puede haber conductas problemáticas, igual que las hay con la comida, con el sexo, casi con lo que se nos ocurra. Pero el hecho de querer atención no es ningún fracaso. Es lo normal. Y está más que justificado en un mundo en el que todos vamos tan rápido que prácticamente no reparamos en las personas con las que nos cruzamos.

Así que, sí, persona al otro lado de esta pantalla: tú lo que quieres es casito. Como yo. Y como todos en algún momento. Y no pasa nada.


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Published on Nov 30, 2025

¡Hola, hola!

Aunque parezca mentira, debido a que hace dos meses que hay polvorones en los supermercados, mañana empieza diciembre. Mientras pensaba en que me gustaría tener un calendario de adviento cuqui, pero no sabía muy bien de qué o cómo, se me ocurrió poner en el mundo algo bonito, algo que a mí me gustaría encontrarme, en definitiva, hacer un poco más agradable este mundo que habito y que tan inhóspito me parece a veces.

La poesía me ha acompañado en diversidad de sentimientos y situaciones, haciendo los malos tragos más llevaderos y los buenos aún más dulces. Así que bueno, he pensado compartir 24 poemas a lo largo de estos primeros días de diciembre, acompañadas de unas cuántas preguntas para animarte a reflexionar antes de la lectura, si te apetece, y llegar al poema con una cierta apertura o predisposición (esta parte te la puedes saltar, por supuesto, si así lo deseas).

Puedes ir «abriendo» tus sobrecitos de adviento acudiendo aquí al blog, suscribiéndote por RSS o email o a través de mi cuenta de mastodon, @bettie@masto.es, aunque ahí encontrarás bastantes más cosas que probablemente no te interesen.

Sin más, te invito a volver mañana y ver qué tengo para ti.

Espero que lo disfrutes.


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Published on Mar 18, 2025

Estoy deseando muyfuertemuyfuertemuyfuerte. A ratos hasta me concentro cerrando los ojos hasta que mis cuencas se convierten en dos arrugas con multitud de pliegues y mis párpados casi desaparecen. Así de fuerte estoy deseando lo que deseo y que no puedo decir porque entonces no se cumplirá.

Bueno, eso es la esperanza hablando, la muy cruel. En el fondo que no se cumplirá porque hoy tampoco va a leerme nadie la mente y cumplir mis deseos. Que mira que son sencillos, mira que son asequibles, mira que me vale una cosita chica, una chispa de atención, una miaja de cariño. Pues nada. De qué vale ser una mujer con deseos pequeñitos si ni una ni el resto del mundo tienen el poder de la telepatía, a ver.

Y sí, no te molestes: ya sé que esto es infantil, estúpido, injusto y casi egoísta (o sin el casi, pero mira, ahora mismo ser egoísta es lo que menos me preocupa). Y sé que es imposible que alguien pueda leerme la mente (aunque a veces, muy de cuando en cuando, me ha parecido que lo conseguían). Pero, joder, a una le gustaría poder volver a creer en la magia, incluso en los milagros, aunque fuese un rato.


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Published on Oct 16, 2025

O, al menos, no todavía.

Que no, que no me muero es el cómic de mi amiga Mariache, que he acabado de leer hoy mismo y que os recomiendo muy fuerte a pesar de que, oh inyustisia, está tremendamente descatalogado. Pero, quién sabe, lo mismo hay suerte y lo encuentras en alguna biblioteca o similar. Me ha encantado y me ha sacado risas y sonrisas en momentos en los que tenía bien pocas ganas.

Pero ya llevo dos días sin querer morirme. Dos días enteros. Es un montón. Cuando ayer, a pesar de lo largo y ajetreado del día, de la reunión terrible de la tarde y demás, llegué a casa cansada pero serena casi no podía creerlo. No estaba contenta, no tenía un estado de ánimo positivo, pero yo estoy con Epicuro de Samos: la ausencia de dolor es un placer inmenso. Ya el día había empezado prometedor: me levanté calmada, tras haber dormido del tirón y profundamente (lorazepam mediante, el martes fue un día horroroso). De alguna manera estaba esperando que el día se torciese, pero no ocurrió. Y mira que es fácil que en situaciones así un día se tuerza.

Hoy el día ha empezado peor: anoche una leve punzada de ansiedad se me ancló al pecho y no fui capaz de deshacerme de ella, así que he dormido a saltos y superficialmente (el calor no ha ayudado, vaya otoño llevamos...). Cuando me he levantado la leve punzada de ansiedad seguía allí. No obstante una, que es una niña responsable, se ha encaminado al trabajo a ver qué cojones tenía pensado el mundo echarme encima hoy y, sobre todo, si yo iba a ser capaz de soportarlo. Pero se ve que sí. El día ha venido intenso, complicado, con imprevistos y ajetreo sin descanso y, a pesar de todo, aquí estoy, relativamente serena y sin querer morirme. Repito: sin querer morirme. Es cierto que la punzadita de ansiedad, que había desaparecido, ha vuelto, y que tengo algo tensa la espalda. Pero no quiero morirme y van dos días.

Voy a permitirme fantasear con que esto es el principio del fin de este túnel horroroso en el que llevo metida más de mes y medio. Voy a canturrear «024» de Tulsa subiendo la voz y sonriendo en la estrofa final. Y voy a desear con todas mis fuerzas que así sea porque lo que es esforzarme, eso no he dejado de hacerlo.

Cómo me gustaría hacer un monumento a mi fortaleza...


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Published on Aug 3, 2025

El otro día así, de la nada, me dieron ganas de hacer puto yoga. Todos mis respetos a la gente que disfruta del yoga, pero yo lo detesto: me pone de muy mala leche, me frustra, me ennerva. Pero el otro día, por lo que sea, el cuerpo me pedía hacer una sesión de yoga (o lo que sea que performa la señora Xuan Lan). Me sentó bien a pesar de pasarme lo de siempre, que acabé de los nervios, frustrada, sintiéndome una mezcla de patata y alcayata sudada y torpe. Supongo que porque hice lo que me pedía el cuerpo.

No ha sido hasta hace poco, un mes después prácticamente de dejar de trabajar (porque dejar de trabajar y empezar las vacaciones son cosas bien distintas), que he empezado a escuchar mi cuerpo. Porque ese es un mandato que nos recordamos mucho: “Escucha a tu cuerpo o acabará gritando”, “Haz lo que te pida el cuerpo”, “Si tu cuerpo te pide parar, tienes que parar o lo hará por la fuerza”. En fin, esas cosas bienintencionadas que nos decimos las amigas. Y es verdad. Pero, ¿tú de verdad escuchas a tu cuerpo?

Porque yo, generalmente, no. No sé si es una cosa mía, relacionada con mi caprichosa propriocepción, o si es una cosa sistémica. Puede que no tenga que elegir y sea un poco de cada. Sea como sea, durante la mayor parte del año estoy en una inercia de aceleración y rutinas apretadas que mi cuerpo no tiene tiempo ni espacio para decir ni mú. Tal vez pienses: “Bueno, basta con hacer ese tiempo, con buscar ese espacio, entonces probablemente sepas lo que necesitas”. Je. Ojalá.

La mayor parte del tiempo de mi vida, cuando escucho a mi cuerpo, lo que quiere es parar de forma más o menos permanente. A veces siento que quiero dormir 12 horas seguidas, otras una semana, otras para siempre. A veces, con demasiada frecuencia, desearía que un adulto responsable se hiciera cargo de mi vida mientras yo me tumbo en el sofá a mirar el techo. La cosa es que durante la mayor parte de mi tiempo estoy tan cansada que mi carne no tiene energía ni para desear. Así que no es solo que no escuche lo que dice: es que no tiene mucho que decir.

Es atroz vivir así, ¿no? Ya, ya sé: champagne problems. Otros viven asediados bajo bombas, o habitan en una hambruna inducida, y se mueren. Por desgracia los dolores no se anulan. Y todo eso no hace menos atroz que mi vida (y supongo que no solo la mía) consista, básicamente, en estar cansada, en avanzar en piloto automático, en seguir pedaleando por inercia porque, si paras, te vas al suelo.

Me ha quedado un post muy triste y, aun así, el fondo es positivo: aún me queda algo de verano para que mi cuerpo tenga las energías de pedir cosas y yo tenga el tiempo de dárselas. Aunque lo que me pida sea hacer puto yoga. Ains.

Lo del día que el cuerpo me pidió hacer yoga aunque lo odio, o como la pandemia me pedía moverme... en comparación a cuando estoy tan hasta el coño que el cuerpo no me pide nada. La dificultad de escuchar al cuerpo cuando se nos imponen unos ritmos insoportables.


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Published on Jan 15, 2025

Hace muchos, muchos años, en otra vida (esa sí que era otra vida) y en otro blog escribí sobre la ruptura de los padres de una amiga. Todo se desencadenó por el profundo impacto que me causó ver solo un cepillo de dientes en el baño del dormitorio de sus padres.

Ya, ya lo sé, soy una persona bastante impresionable. Cualquier cosa puede provocarme una emoción intensísima. Y eso es lo que me ha salvado al vida en multitud de ocasiones.

Volviendo al tema. Los hechos incontestables es que el señor en cuestión era un cucharacho, una persona terrible, un señor de esos que hoy salen en los periódicos digitales con referencia al #MeToo. Yo, que entonces era una cría de 17 años, lo sabía. El pueblo entero lo sabía. El universo lo sabía. Y aún así, a mí, en aquel momento, la visión de aquella casa tan grande y tan vacía, lo que me provocó fue pena, mucha pena. Hoy, con veinte años más, lo veo distinto: independencia, liberación, intimidad, autonomía... Pero entonces era una cría con el seso comido por el mito del amor romántico.

No fui yo sola: el pueblo entero pensó que pobrecita ella, la mujer abandonada por otra, la que se quedaba sola (su hija, al parecer, no era una persona, tampoco su hermana, ni sus padres). Lo peor de todo es que ella también llegó a creérselo. No voy a entrar en detalles ahí, pero digamos que la travesía hasta salir de ese mar de concepciones erróneas fue larga y difícil.

Pero llegó. Y parece ser que en aquella casa tan grande y solitaria no vio un problema, sino una oportunidad: montó una pequeña pensión con las habitaciones vacías. Ahora tiene un cucaracho menos y una fuente de ingresos más. Y no sé qué pensará el pueblo, ni ella, pero yo lo tengo claro: la que salió ganando de toda aquella historia fue ella. Aunque le haya costado verlo (porque lo que el resto viéramos o dejáramos de ver carece totalmente de importancia).

Me encantan las historias de señoras con final feliz.


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Published on Aug 1, 2025

En junio estuve en la Feria del Libro de Madrid. No es un evento que me guste demasiado como lectora: demasiado masificado. Supongo que por eso, porque no me gusta demasiado estar paseándome entre la marabunta de gente, mi botín no fue significativo. La joya de la corona, de hecho, no fue cosa mía. #Ingeñero aprovechó para dar un paseo mientras yo firmaba y traerme un regalo: Las hijas horribles de Blanca Lacasa Carralón, publicado por Libros el KO. No sé cómo leches llegó al libro, pero que lo viese y de alguna manera pensase en mí, que no apartase la mirada de mi herida sino que la acepte, me hace quererle más todavía.

¿Qué encontrarás en Las hijas horribles?

Las hijas horribles no es un libro autocomplaciente: no va a decirte que pobrecita tú y qué mal lo hizo tu madre. Tampoco lo contrario: en absoluto va a salvar a las madres o a justificarlas en el daño que han hecho. He de decir, no obstante, que desde donde yo me alzo y me sostengo, no siempre ha sido el libro que yo necesitaba leer, precisamente por eso: intenta que las hijas entendamos que no somos hijas horribles poniendo en contexto a las madres para dejar claro que no hay nada malo en nosotras, que la culpa no es nuestra. En ese ejercicio puede parecer que se las justifica, sobre todo si se lee el libro desde el trauma, como me pasa a mí. Supongo que si se toma cierta distancia se comprende la postura de la autora. Por otro lado, intenta alejar a las hijas de la victimización en la que, lo reconozco, es fácil caer: la culpa de todo es de mi madre. En ese proceso incide en la necesidad de hacernos cargo de nuestro presente y de tomar las decisiones necesarias y poner en práctica las acciones convenientes para nosotras. Y eso también, a veces, puede escocer. En fin, si te has sentido una hija horrible no es un libro cómodo. Tampoco creo que nadie esperase un libro cómodo viendo el título y la temática, claro.

La autora desgrana a lo largo del libro multitud de referencias de especialistas en psicología, sociología, feminismo, etcétera. He de decir que, me congratula, además, que entre las obras citadas haya varias lecturas que ya tenía pendientes: se ve que el libro está en mi campo de interés. Asimismo, recoge testimonios de hijas horribles, bien de la literatura, bien de mujeres entrevistadas que cuentan sus vivencias personales con sus madres (y, en menor medida, con sus hijas e hijos). Y esto sí me ha parecido verdaderamente reparador. Sé que mal de muchas, consuelo de tontas, pero es que no se trata de un consuelo: se trata de que un dolor así, compartido, permite retirar el foco de una. Es verdad que la culpa no era mía porque la madre de esta señora con la que probablemente no tengo nada en común le hizo lo mismo, le dijo lo mismo. También es interesante, si eres amante del cine, analizar las referencias cinematográficas a las que la autora hace mención. He de decir que como no soy una gran cinéfila, esa parte me ha pasado más por lo alto, aunque reconozca su interés.

##¿Qué he echado en falta en Las hijas horribles?

Un poco más de claridad y distinción, que diría Descartes. En el libro se entremezclan historias de dependencia un tanto problemática, historias de maltrato psicológico, historias de abandono. Y aunque todas ellas comporten relaciones complicadas con la madre, no todas son lo mismo. A lo mejor esta soy yo resistiéndome al mensaje del libro, no lo sé, pero creo que no acaba de distinguir bien entre lo que puede ser una relación problemática o poco sana entre madres e hijas de lo que puede ser una relación de maltrato o abuso y, en ese sentido, algunas recomendaciones o posturas me parecen poco adecuadas. ¿Que debería estar claro cuando algo es maltrato o abuso y cuándo no, especialmente para una mujer adulta? Puede, pero no siempre lo está, y menos en lo que respecta a la familia, que es lo que normalizas desde pequeña. He de reconocer que en más de un momento me he encontrado reevaluando mi experiencia y diciéndome “¿Y si estás siendo una exagerada? ¿Y si no fue para tanto?”. Y mira, no. Por ahí sí que no, nada de volver a hacerme luz de gas.

##¿Recomiendo Las hijas horribles?

Pues sí. Sí porque da mucha información sobre cómo se construye el vínculo entre madres e hijes, cómo los roles de género configuran de forma especialmente tortuosa la relación entre madres e hijas, cómo el patriarcado ha amputado la vida de las mujeres desde generaciones y cómo ese trauma se perpetúa si no se hace nada para pararlo (y creo, chavalas, que esa misión es la que le toca a nuestra generación). Además, lo hace desde un tono muy atractivo: no especialmente serio, aunque no banal, no es tedioso, de vez en cuando hay toques de humor, pero no deja de ser respetuoso... Y, sobre todo, porque creo que nos puede ayudar a reconciliarnos con nosotras mismas como hijas (lo de reconciliarnos con nuestras madres lo dejo para cada una). Incluso si tu relación con tu madre es estupenda, puede ser interesante leerlo para entender e identificar qué pasa a algunas amigas tuyas, a otras mujeres de tu vida.

En fin, me parece que este va a ser un libro que voy a regalar mucho (de hecho, ya he empezado a hacerlo).

Espero que, si llegas a leerlo, me cuentes qué te ha parecido.


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Published on Apr 10, 2026

Me quejo mucho de mi profesión. Al fin y al cabo:

  1. No me gusta trabajar y
  2. Es una profesión dura.

Pero, probablemente no es dura por lo que la mayor parte de la gente piensa. Cuando digo que soy profesora de instituto, lo primero que suelen mencionar es a los adolescentes. Y bueno, no voy a negar que en los últimos tiempos nos enfrentamos a situaciones y retos bastante complejos, que desgastan mucho. Y tampoco voy a negar que ser mujer, progresista y docente supone recibir violencia de mayor o menor intensidad de forma cotidiana. Peeeeeeero los adolescentes son la razón por la que me apunté a esta movida y siguen siendo la razón por la que sigo (junto a que no hay otra cosa por la que me paguen como para sobrevivir, claro).

Cuando hablo con amigas maestras me dicen que ellas disfrutan mucho del trato con sus alumnos porque son más inocentes, más niños, más entusiastas y menos rácanos con el afecto. Es cierto que los adolescentes son otro estadio de la evolución del pokémon humano y, como tal, tienen sus particularidades. La apatía y la incapacidad de sentir no son dos de ellos: los adolescentes sienten y sienten con intensidad, en mi experiencia. Lo que pasa es que, en buena medida, se ocupan y preocupan mucho de ocultarlo. Hay que tener una mirada entrenada para darse cuenta de su afecto.

También es cierto que el adolescente es más selectivo que el niño a la hora de querer a un adulto, porque los adultos no entienden, no saben, les miran por encima del hombro, etc. Que un adolescente se sienta respetado, escuchado y seguro con una es el premio gordo: Incluso aunque no llegue a demostrarlo abiertamente.

Me siento muy afortunada. Puedo decir, aunque esto suponga pecar de arrogancia, que soy una persona querida por sus alumnos (no por todos, claro, pero sí en buena medida). Estas últimas semanas he tenido haciendo las prácticas del Máster de profesorado a un alumno al que le di clase en bachillerato. De vez en cuando me entran en el correo mensajes de antiguos alumnos preguntando por mí, pidiendo algún favor, invitándome a sus graduaciones si ya no estoy en su instituto... Y algún día que otro pasan cosas. Últimamente me han pasado dos que quiero compartir.

Hace unos días fui de visita a dar una charla en calidad de escritora. Mientras esperaba allí en la entrada del centro con la coordinadora de la actividad veo aparecer por el rabillo del ojo una figura que se acerca a mí con mucha velocidad. Cuando me giro y le veo de frente veo que viene con los brazos abiertos hacia mí, y le reconozco. Es R., fue alumno mío el curso pasado, en Bachillerato, pero la cosa no cuajó. R. no era un “buen estudiante” porque no estaba donde él quería estar. Pues bien, cuando vio los carteles de mi visita, el menda lerenda se fue a Jefatura a pedir permiso para salir de su clase y venir a la charla a saludarme. Finalmente lo pudo hacer al final de la clase anterior, lo que nos permitió hablar un buen rato. Se le veía tan contento de verme, me pareció tan lindo que se tomara esa molestia... Y bueno, eso por no hablar del par de abrazos, el de bienvenida y el de despedida, que me dio, que me dejaron la pila recargada para tres días. ¿No os parece lindísimo, y más viniendo de un ex alumnO? Porque en esto me da que el género también importa...

Pues hoy[^picaso] he tenido otro momento. Unas alumnas me buscan, me dicen que si pueden hablar conmigo en el recreo. Les digo que claro, que por supuesto. En el recreo vienen y nos vamos a un aula, yo pensando que tienen alguna duda... Y me dan una caja. “Ábrela”, dice una. “Pero lee primero el interior de la tapa”, dice la otra. Y escucho: “Espero no haberme equivocado con la fecha...”. Pues bien, leo la tapa y hay una carta preciosa y unas instrucciones. Básicamente me dicen cosas bonitas y que, como me caso en un año, han preparado 13 sobres, empezando justo un año antes de la fecha de la boda, siguiendo ese mismo día de cada mes faltante, y acabando el día de la boda. Cada uno contiene una vela e intuyo que algo más. No puedo esperar a abrir el primero (pero lo haré).

Me parece un currazo. Una molestia tremenda cuando en 2º de Bachillerato tienen cosas mejores y más urgentes que hacer, cuando el tiempo libre escasea y seguro que hay mil opciones mejores para dedicarlo que prepararle una sorpresa a tu profesora. Pero lo han hecho. Me parece tan precioso...

Como decíamos ayer... Que me siento querida, que siento que hay adolescentes que me consideran digna de su afecto, de su confianza, de su consideración y cariño. Y que eso, aún después de muchos años, sigue pareciéndome una bendición, y espero que no cambie nunca.

[^picaso]: tuve que interrumpir la escritura de este post porque mi tranquila guardia en el aula de expulsados se vio interrumpida por la llegada de una estudiante... Que llegó muy enfadada pero llegó contándome toda su movida, pidiéndome consejo y despidiéndose con gratitud al irse. Tengo talento para esto, se ve.


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