Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Mar 11, 2025

Soy una mujer de pocas certezas, creo. Lejos quedan esos tiempos de mi arrogante adolescencia en los que creía tenerlo todo muy claro, transparente. El paso por la carrera de Filosofía y por la crisis económica de 2008, con todo lo que supuso, me bajaron los humitos a fuerza de lecturas y hostias. Los años que vinieron después, con sus correspondientes experiencias, me sirvieron para darme cuenta que la realidad rara vez es tan simple como para poder decir, con honestidad, que una está segura de algo.

Pero me aferro a alguna certeza que, más que una certeza en sí, es un compromiso con algo que creo firmemente que es bueno para mí, que es lo que me conviene. Doy margen sobre lo que quiero, porque sé que los deseos cambian, pero lo que es bueno o conveniente, en términos generales, es menos mutable. Asimismo, tengo bien fijos en mi brújula moral unos cuantos valores, apunto a unas cuantas virtudes. No muchas, pero cardinales e ineludibles.

Pues me resulta curioso que, siendo una persona que vive entre tantos tonos de gris, esas poquísimas certezas acaben suponiendo un escollo, algo con lo que chocar, que acaben llevándome por la calle de la amargura porque, si bien tiendo a adaptarme a muchas cosas, con esas certezas soy inflexible. Y oye, por lo que sea, tienden a ser requisitos prácticamente inaceptables.

Recuerdo ese pasaje de Cyrano de Bergerac en el que le aconsejan que sea menos brusco, que se congracie con adulaciones con los poderosos, que no sea tan inflexible con sus principios. Y él acaba, en un monólogo genial, diciendo que prefiere quedar más bajo, pero solo. Siempre solo.

Parece ser que ese es el precio...Qué caras se pagan mis pocas certezas.


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Published on Mar 27, 2026

Hace bastantes años leí una novela juvenil titulada Si decido quedarme, en la que una adolescente que ha quedado en coma tras un accidente parece tener la decisión de caminar hacia el lado de la muerte o el de la vida. El título me ha vuelto a la mente en los últimos días, supongo que porque nunca es tan fácil tomar la decisión. Y parece que mucho menos llevarla a cabo, ni siquiera cuando la ley te ampara.

Pienso en Noelia, claro. Pienso en que, una vez autorizada su petición de eutanasia por los profesionales pertinentes, tuvo que pelear contra su propio padre, que llevó su decisión (la decisión de una mujer adulta) a los tribunales una y otra y otra y otra vez. Todos los tribunales le han dado la razón, claro, pero los dos años y pico que se ha prolongado e incrementado el sufrimiento de Noelia no pueden repararse.

Si decido marcharme, si me veo en esa tesitura, llevada no por un impulso irreflexivo, sino por una determinación bien meditada, espero que quienes me quieren sepan quererme también entonces. Y si no puedo tomar esa decisión y alguien se ve llevado a tomarla por mí, espero sepa anteponer mis deseos a su dolor y hacer lo que yo hubiera querido. Debe de ser duro descubrir, en el momento de mayor vulnerabilidad de tu vida, que el amor que creías tener era condicional.


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Published on May 18, 2025

El día que me separé cambié las sábanas. No tocaba hacerlo, era miércoles, creo, y yo siempre cambio las sábanas en fin de semana, pero no importó: cuando él se fue lo primero que hice fue cambiar las sábanas. Puse unas con una bajera malva y las almohadas y la sábana superior estampada con un horror vacui de flores que tenía muchas ganas de estrenar. Eran de algodón bueno, de las que se arrugan una barbaridad, pero que son bien suaves. Hice la cama con primor y la perfumé con agua de rosas. Esa noche cuando, a las tantas, me metí en la cama, aspiré el aroma a rosas, me tumbé en el centro de mi cama de 1.50 y me dormí sin llorar.

Desde 2016 he estado preparándome para habitar la soledad, aprendiendo a transitar el cable tendido entre ser capaz de valerme por mí misma y aceptar la conexión con los demás (con éxito apenas moderado). Ese año fue cuando tuvo lugar mi caída del caballo, cuando, a lo Scarlett O'Hara, me puse a mí misma por testigo de que no iba a volver a perderme. Y eso implicaba gobernarme como una autarquía para gantizar mi libertad, empezando, como buena materialista, por las condiciones materiales de existencia. Y, aunque pueda parecer un chiste, eso fue, para mí, lo fácil: conseguido el trabajo fijo y decentemente pagado, del ahorro se encargaron años y años de austeridad impuesta por la pobreza. Pude pagar mi alquiler, mis gastos, mis pocos caprichos. Al cabo de unos años pude dar la entrada para un piso que pagué con bastantes agonías durante dos años mientras seguía pagando alquiler. Cuando me lo entregaron, pude amueblarlo y empezar a habitarlo. La princesa se había procurado un castillo y unos ingresos más o menos estables. La princesa podía ser libre. Por eso, cuando por fin se dio cuenta de que había tenido el corazón roto y que ya estaba casi recompuesto, pudo dormir envuelta en sus sábanas de flores en el medio de su cama.

Como digo, eso fue lo fácil. Lo difícil lo vine haciendo antes de esa ruptura. Porque prepararse para habitar la soledad no consiste solo en ser independiente económicamente, sino en ser independiente emocionalmente porque resulta que, como dice Valeria Castro, «resulta que la compañía es deseo del ser humano» y lo de asumir que una tiene que prepararse para estar en el mundo consigo misma (en muchos momentos), cuesta. Especialmente en una sociedad en la que todo orbita alrededor de la familia nuclear y la pareja. Pero a la fuerza ahorcan: en un determinado momento decidí que lo que merece la pena vivir también merece la pena vivirlo sola. Empecé a ir a exposiciones sola, a conciertos, a pasear... y basculé mi emocionalidad en otros lados (benditas amigas, benditas sean). Por eso, y porque ya le había echado mucho de menos, la princesa pudo dormir sin llorar en el centro de su cama disfrutando del olor a rosas.

Cuando una llega a ese punto el problema es que a una tiene que compensarle dejar a otros entrar en su vida porque ya no es una cuestión de necesidad sino de querencia: para que entres o permanezcas en mi vida tengo que querer lo que me ofreces, tu presencia en mi vida tiene que merecer la alegría (me gusta haber cambiado esa expresión), porque sé que puedo estar razonablemente bien sola. Incluso muy bien.

Así que resulta que, al final, el castillo de la princesa (con su parte material y su parte emocional) acaba siendo una fortaleza inexpugnable (o casi inexpugnable) y ella una señora difícil [^difícil] de satisfacer. A la princesa le han dicho que estas cosas se pueden tratar en terapia, pero ella no ve cuál es el problema. A lo mejor el problema lo tiene el mundo, porque la princesa ha descubierto que no se necesita más que a sí misma para sentirse una reina y que, por lo tanto, ya no es fácil engañarla con cuentos.

*la princesa le da un sorbito a su refresco de cola con sabor a cereza y hace clic en publicar post

[^difícil]: el término difícil es relativo, entre otras cosas, al esfuerzo que una persona está dispuesta a poner en la tarea, también, no es absolutamente objetivo.


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Published on Dec 11, 2025

Para pensar un poco, antes de leer.

¿Cómo te sientes cuando se acerca tu cumpleaños?

¿Qué te gustaría hacer para celebrar tu próximo cumpleaños?

Piensa en algunas situaciones que hayas superado en este último año y felicítate por ellas.

Y ahora, leamos el poema:

Cumpleaños, de Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo

menos cierto, confuso,

disolviéndome en aire

cotidiano, burdo

jirón de mí, deshilachado

y roto por los puños.

.

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

¡Mover el corazón todos los días

casi cien veces por minuto!

.

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.


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Published on Feb 18, 2025

Aquí ando, umbría por la pena, cubierta del hollín de la apatía, incapaz de encontrar en los instantes que se tienden ante mí algo que me seduzca lo suficiente para levantarme y andar, parar resucitar de esta muerte en la que me siento hundida. Aquí ando, viviendo por costumbre, por inercia, porque la vida me lleva cuesta abajo y no soy capaz de echar la mano al freno. Todavía.

En esta pena me quedo sola y una, porque no hay quien pueda apenarse de mis champagne problems, de mis quejas desde el privilegio. Porque mi pena, aunque pesa, no parece tan seria, tan solemne, como las penas de otros, así que me arrastro por la vida con dos perros enganchados a la carne, royéndome el pecho: el más insistente, la pena; el más feroz, la culpa. Y mi pecho no consigue saciar a ninguno de ellos.

Por donde voy, la pena me acompaña. Tiñe mi mirada y mi sonrisa, mis palabras dulces, mis amables gestos. También mi rabia, que apenas es una queja cansada, prácticamente inaudible. Pronto no quedará nada que no haga con pena, porque la pena habrá permeado en mí como calan las humedades, destruyendo en silencio y con parsimonia, no dejando bueno hueso alguno.

Temo que no vaya a poder con ella, que la rendición o la derrota (tanto da, en este caso) son, a mi pesar, ya cosa hecha. No me cabe, en este asunto, un contrafáctico. Lo veo claro como el agua, lo único que veo claro en mi futuro: no podrá con la pena mi persona.

Entonces, ¿a qué viene tanto esfuerzo? ¿Qué sentido tiene intentarlo, mantener el corazón latiendo como si sirviese para algo? ¿A qué seguir andando si el rumbo queda lejos del alcance de mis fuerzas? Qué terrible absurdo esta vida...¡Cuánto penar para morirse una! [^¡Tanto penar para morirse una!]

[^¡Tanto penar para morirse una!]: Este post toma prestadas expresiones (incluso versos enteros) de Miguel Hernández en su poema «Umbrío por la pena», que puedes leer aquí.


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Published on Aug 9, 2026

Tengo el pelo rizado. Lo mismo esto dicho así no te da mucha información, pero el pelo rizado es: delicao. De lavar, de “arreglar”, de mantener “arreglao”... Durante mucho tiempo yo me he apañado sola con él incluso para cortarlo: imagina los desastres que me habrán hecho que prefería cortarlo yo, que no tengo ni pajolera idea de cortar pelo.

Y no obstante, fantaseo (y soy consciente de que no soy la única) con que me lavan el pelo. Esta conversación ha surgido en mastodon varias veces, y varias mastodontas hemos entrado al trapo como locas. Buah, que te laven el pelo. Buah.

Hace mucho tiempo mi pareja me dijo que querría lavarme el pelo. Yo le dije que en algún momento. Desde ese momento han pasado semanas, meses y más un año seguro. Puede que hasta dos. Pero el día ha llegado hoy, que se ve que tenía yo ganas de emociones fuertes: si iba mal me iba a arruinar una expectativa; si iba bien, ay, si iba bien.

Y ha ido bien. No sé por qué me sigue sorprendiendo, pero me sorprende. Supongo que por falta de hábito de que los señores hagan ciertas cosas bien-bien. Qué dulzura, qué cuidado, qué agradable. ¿Y sabéis qué es lo mejor? La atención, amigas. En sus gestos he adivinado que me ha estado mirando todo este tiempo, que se ha estado fijando de verdad para hacerlo bien cuando le llegara el turno. Porque sabía que iba a llegarle el turno: este señor tiene línea directa con la fuente de la esperanza.

“¿Lo he hecho bien?”, me ha preguntado luego. Y yo le he dicho que sí, por no exagerar. Por no decirle que hoy hemos descendido varios metros al pozo de la intimidad. Por no decirle que hoy estoy un poco más tranquila: cuando en alguna de mis torpezas caiga rodando por unas escaleras (probablemente en el trabajo y delante de decenas de alumnos) y me rompa un brazo, no tendré por qué llevar el pelo asqueroso. Por no decirle que no creía que existiesen personas como él. Por no decirle que no soñaba yo con que, en el caso de existir, fuese a tocarme a mí la lotería. Por no decir tantas cosas le he sonreído y le he dicho que sí, que muy bien. Que otro día tiene que probar a definirme los rizos, a ver qué pasa. Cuando ha dicho “vale”, decidido, casi me derrito. Porque creo que lo dice de verdad. Porque está consiguiendo hacerme creer que respiraría por mí si hiciera falta. Y esas ideas, en mi experiencia, son una alucinación preludio de una catástrofe.

Pero aceptemos los dones de hoy: hoy mi prometido me ha lavado el pelo y sigue habiendo boda por delante. ¡Albricias!


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Published on Feb 11, 2025

La mayor parte de la gente que conozco, y me incluyo, somos conservantes (qué difícil es medio inventarse esta palabra): queremos mantener las cosas, perservarlas. Tenemos una tendencia obsesiva a guardar, a atesorar. Puede que no en todos los sentidos (yo misma estoy aprendiendo a dejar ir cosas), pero nos cuesta dejar ir. Así, tenemos cajones atiborrados de cables que ya no vamos a usar porsiacaso, una caja con viejas cartas de amor, o postales, un jersey que ya no nos sirve (o un montón de ropa, para el caso), zapatos que nunca nos hemos vuelto a poner, libros que jamás volveremos a leer...

Y bueno, cada quien con sus manías y allá con el uso de su espacio, claro. Pero es que a veces también lo hacemos con las personas por la misma razón: porsiacaso me vuelve a hacer feliz. O, peor aún: porque hubo un tiempo en el que me hizo feliz, aunque no albergue muchas esperanzas de que eso vuelva a ocurrir.

Hay multitud de relaciones interpersonales que se sustentan en ese hubo un tiempo, tal es el poder de la nostalgia. Y la muy puta, encima, nos hace sentir mal cuando por fin decidimos dar el paso y dejar ir: «Pero mujer, ¿cómo vas a distanciarte de esta persona, si te llevó a una biblioteca por primera vez?» o «¿En serio quieres romper esta relación, ¡si has sido muy feliz en ella! (aunque de eso haga bastante tiempo)», o quizá «¡Cómo vas a cortar la relación con esta amiga, si fue a la primera que le contaste que se te había caído un diente!».

Todo porque hubo un tiempo. Y aguantamos, y conservamos, y guardamos, y nos aferramos, sin darnos cuenta que en ese empeño estamos impidiendo que haya un tiempo feliz que podamos recordar en el futuro.

Será que más vale pájaro en mano que ciento volando, claro... Siempre que te valga renunciar a ver cien pájaros volar.


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Published on Oct 18, 2025

Ayer me enteré de lo tuyo y aún no se me pasa el coraje. De entrada, cuando me enteré, casi por accidente (lo de no estar en las redes sociales mainstream tiene estas cosas, de que ibas a parar tu gira por salud mental no me sorprendió: siempre me has parecido una di noi, esto es, una de esas personas demasiado sensibles para esta mierda de mundo. A mí también se me hace bola lo del vivir, qué te voy a contar. Así que bueno, me dio pena pero, en última instancia, me alegré de que pudieses tomar esa decisión y cuidarte.

Lo comenté en Mastodon y alguien me contestó haciendo referencia a la actuación de OT y a la avalancha de críticas crueles que se hicieron tras la misma. La busqué, quería entender qué cosa tan terrible habías hecho para merecer tal escarnio. Y lo que vi fue una mujer nerviosa, tensa, que estaba pasando un mal rato y a la que apenas le salía la voz hasta que su compañero de actuación la acoge, la arropa y la ayuda a soltarse con su compañía. Reconozco esa sensación, me es familiar. Supe lo que estaba pasando desde el primer momento.

No creo que jamás hubieses podido hacer nada que justificase tal escarnio y violencia pero me sorprendió ver que lo que la provocó fue un momento de vulnerabilidad, un momento de imperfección, un momento real como la vida misma en el que, aunque una no esté al 100% tiene que seguir adelante porque el mundo ni perdona ni espera.

Como digo, aún no se me pasa el coraje. Y mira que están pasando cosas en el mundo para encorajinarse, pero esto tuyo se me ha quedado clavado. Quizá porque ando en carne viva con lo que late de fondo en toda esta historia, que también está detrás de algunos de mis malestares y de los de otras muchas personas parecidas a ti y a mí: ser bueno, sensible, amable, no te protege del daño, es más, con frecuencia te hace el objetivo preferido de los que dañan. Y en este mundo se escoge con tanta frecuencia el ataque... Luego pasa lo que pasa: las niñas se suicidan, las personas no queremos seguir adelante y nos preguntamos qué sentido tiene, los mejores de entre nosotros bajan los brazos agotados de sacar mierda de este estercolero... Y cuando las cosas pasan los que llevan los bolsillos llenos de mierda para lanzarla en cuanto encuentran ocasión ponen cara de pikachu sorprendido.

Nos salva y nos castiga que no podemos ser de otra manera, Valeria. O eso creo. No podemos ser como ellos, así que seguimos yendo así por la vida, sin escudo antibalas, y, cuando nos hieren de gravedad, hacemos lo que podemos para recomponernos y seguimos, si nos quedan fuerzas. Pero así van las cosas, claro.

Y de ahí el título de este blog, que no para de amortizarse. Con lo tuyo, Valeria, como con tantas otras cosas: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Dec 5, 2025

Para pensar, antes de leer...

¿Sueles habitar tus emociones negativas o te apresuras por salir de ese estado?

¿Crees que las emociones negativas pueden aportarte algo valioso?

¿Puede que en ocasiones te hayas quedado más tiempo del necesario en un «mal lugar» conocido por el miedo que te daba explorar para buscar algo mejor?

Y ahora, el poema:

Spell, de Andrea Cohen

When she left we halved

everything but absence.

I didn’t buy another bed,

but slept on the floor.

It was good for a spell

to have nothing to fall out of.


(traducción pocha hecha por mí)

Por un tiempo

Cuando se fue lo dividimos

todo excepto la ausencia.

No me compré otra cama,

sino que dormí en el suelo.

Estuvo bien por un tiempo

no tener de dónde caerme.

En inglés cuando una se enamora «cae en el amor» (fall in love) y cuando se desenamora «se cae (fuera) del amor» (fall out of love). De ahí el juego de palabras difícil de traducir con desenamorarse y caerse de la cama.


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Published on Apr 2, 2025

El otro día tuve una interacción que me resultó bastante dolorosa. Nadie pretendía hacerme daño, pero cada vez que una esquirla de esperanza me es arrancada me duele como si no me quedase más. Te cuento (si te quedas).

En el club de lectura de fantasía, ciencia-ficción y terror en el que estoy este año la coordinadora ha programado la lectura de La educación física de Rosario Villajos. Llama la atención, porque, a priori, no cae bajo ninguno de esos géneros, pero, en efecto, es una novela de terror y ha conseguido mantenerme en tensión y provocarme miedo más que muchas novelas de Stephen King, por poner un poner. La premisa: una chica ha tenido que volverse a la ciudad repentinamente, después de que haya pasado algo en casa de una amiga, y no le queda más opción que hacerlo haciendo autostop. Como dato para enriquecer el contexto, son los 90, poco después del crimen de las chicas de Alcàsser.

¿Te provoca a ti una punzada de inquietud? A mí desde el principio. Tenía terror, porque la sospecha de que a esa chica que iba a pasar algo (algo más, en realidad), de que no iba a llegar sana y salva a casa no se me iba de la cabeza. A esto podemos sumarle una madre que es la versión realista de la madre de Carrie (sin el fanatismo religioso, que no hace falta para dar mucho miedo). El libro consigue transmitirte perfectamente la sensación de no estar a salvo en ningún sitio (en ninguno) de esa chavala de 16 o 17 años.

No pude acudir a la reunión en la que se comentó el libro por estar haciendo la estúpida trabajaceón para ganarme la estúpida vida (qué expresión más horrible), pero me han contado que fue movidita, no solo por el señoro de turno (si en su grupo de lectura o de lo que sea no hay un señoro, se le asignará uno de oficio) sino porque una componente del grupo reaccionó tan mal al libro que, al principio, incluso se negó a comentarlo. Acabó finalmente diciendo que ese tipo de libros nos enfrentan, que esas cosas en realidad no pasan (recuerdo que una cosa a la que se refiere el libro es el crimen de Alcàsser, que supongo que yo recuerdo porque estoy alucinando, como cuando recuerdo a Marta del Castillo, a Nagore Laffage o a Diana Quer, por poner un poner). Pero esto no es lo que me dolió. Qué va. Con esto cuento.

Estaba comentando la reunión con un amigo y miembro del club de lectura. Me contaba que el señoro de turno había buscado apoyo en él y en otro chaval, y que no lo había encontrado (bien), que la otra compañera parecía más enfervorecida incluso que el señoro y me decía que le habría encantado que yo estuviera allí. También me lo ha dicho mi amiga, que es la coordinadora: todos contaban con la señora difícil, con la feminista que ya está hasta el mismísimo coño de hacer pedagogía y guardar las formas. Casi que siento un cierto orgullo de que eso sea lo que piensan de mí. La cosa es que después de todo eso le pregunté por el libro. Y ahí empezó el problema.

Mi amigo, que no se tiene por un señoro, que no es un machista militante, me dijo con muy buenas palabras que entendía por qué ese libro era necesario, que estaba muy bien que se hubiese escrito, pero que no le había dicho gran cosa, que no había empatizado. Le miré con horror. «A ver» añadió, supongo que para arreglarlo, «es que yo no puedo empatizar con el libro como vosotras».

Supongo que no ve problema en creer que toda obra, para que resulte significativa, tiene que permitirle empatizar. Que no tiene por qué. Puedes introducirte en la historia de esa chavala que puede que no llegue entera a su casa sin necesidad de empatizar. Si necesitas sentir algo mientras lees (como me pasa a mí, cuando leo por placer) puede ser compasión, preocupación, miedo u otras cosas. No obstante, manda cojones que los señores puedan empatizar con superhéroes o personajes de fantasía que son nobles, ricos y fieros guerreros, pero no con una adolescente normal. A ver si es que no les sale de los huevos empatizar con ella...

Lo cual me lleva a la segunda cuestión a tener en cuenta y a mi contestación. «¿Me estás diciendo» respondí, creo que evidentemente dolida aunque intenté esconderlo, «que nosotras tenemos que conseguir empatizar con los miles y miles de protagonistas masculinos, con las historias de señores, porque siempre se han entendido que representan lo humano universal, y vosotros no sois capaces de hacer el esfuerzo intelectual y emocional de poneros en el lugar de un personaje femenino de lo más normal y corriente? Manda huevos, querido...» Mi amigo intentó seguir hablando del tema, pero yo lo dejé. De verdad que me dolió como una puñalada: tuve la sensación de que en realidad no contamos con nadie, que seguimos estando solas, y que lo de ser aliados, en el mejor de los casos, solo supone que no nos van a putear activamente, pero esfuerzos los justitos. Ni siquiera intentar meterse en un libro.

Y es que, de verdad, me toca profundamente la moral, por no mencionar otras cosas: yo no soy un hidalgo que se vuelve loco por leer demasiadas novelas de caballerías, ni un joven ambicioso que intenta medrar en la alta sociedad francesa, ni un héroe griego que se escuda en [un pobre sentido de la orientación] la voluntad de los dioses para quedarse por ahí ciscándose señoras y viviendo aventuras en lugar de volver a su puñetera casa... Bueno, creo que se pilla la idea. Sin embargo, se ha esperado de mí (de nosotras) que saque enseñanzas y aprendizajes de esas novelas, que me deje conducir por esos señores protagonistas, que empatice, simpatice o me compadezca de ellos, sin importar cuál sea mi condición porque, por supuesto esos héroes o antihéroes, esos protagonistas, esbozan algún aspecto universal de la humanidad. Cosa que, por supuesto, no puede hacer una protagonista femenina. Al parecer.

Gloria Fuertes renegaba del término poetisa, porque se utilizaba ese vocablo para referirse a las mujeres que escribían poesía para mujeres: cosas sentimentales (los poemas son sentimentales si los escriben señoras, si los escriben señores son grandes poemas de amor), cuquis, ya me entiendes, cosas de mujeres. Ella siempre prefirió que la llamaran poeta (como yo, por la misma razón). Durante mucho tiempo la literatura escrita por mujeres ha parecido estar escrita también para mujeres: no escribíamos cosas que los hombres encontrasen de interés. Y, al parecer, la cosa sigue siendo así.

A lo mejor es que no les interesa nada que no hable bien de ellos. Para qué vamos a hacer el esfuerzo de mirarnos al espejo, ¿verdad? Así evitamos el riesgo de ver algo que no nos guste.

PD: Disculpa las erratas, no tengo tiempo de repasar el post. Tengo que acudir a una estúpida reunión de mi estúpido trabajo.


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