Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 23, 2025

No se lo habría dicho a nadie, ni siquiera aunque le hubieran preguntado: no quería preocupar a nadie. Por suerte o por desgracia, quién sabe, nadie le preguntaba. La cosa es que un miedo preocupantemente tangible le había calado los huesos y le asaltaba de forma recurrente: iba a acabar su vida solo. Con suerte eso no pasaría pronto: sus padres gozaban de buena salud, al igual que sus hermanas, pero un día, si tenía suerte (de la buena o de la mala, a saber) se vería solo en el mundo.

Había abandonado toda esperanza de que fuera de otra manera. Por eso, cuando eligió las lámparas para su nuevo dormitorio, el del piso que había comprado y que creía demasiado grande para él (al fin y al cabo iba a vivir en él siempre solo), compró la lámpara de techo y una lamparita para la mesilla de noche. Solo una. Nadie, ni siquiera su madre, que tenía opiniones firmes sobre casi todo, dijo nada. Tal vez ellos también tenían perdida la esperanza.

Fue extrañísima la sensación que le embargó cuando la vio tumbada en el lado izquierdo de su cama, cegateando para poder leer. Claro: no había lamparita para ella. Se sintió estúpido, descuidado, un mal anfitrión. ¡A ella le encantaba leer en la cama! Tartamudeando le ofreció su lámpara, pero ella se negó. Veía bien con la claridad que le llegaba desde la lamparita del lado derecho, la única que había en la habitación. Él sabía que no podía ser cierto, así que se sintió aún peor. Pero, al mismo tiempo, de alguna retorcida forma, estaba encantado de estar teniendo ese problema.

Lo mismo ocurrió cada una de las tres veces que se plantó en la zona de iluminación de aquella enorme tienda de bricolaje, esa sensación extraña (ella llegó trayendo todo tipo de sensaciones extrañas): indecisión, frustración, algo de enfado, pero ese calorcito en el fondo del pecho que le decía “bueno chico, todos los problemas fueran como este”. A la tercera asumió que no iba a encontrar una lámpara como la que tenía, ni siquiera remotamente parecida. Y ella merecía su propia luz para leer, una especie de retribución por toda la luz que había traído a su vida. Así que cogió un pie blanco, básico, y una pantalla blanca, básica, y se los llevó.

Cuando llegó a casa se dio cuenta de que las lámparas hacían una pareja ridícula. Evidentemente, alguien había intentado buscar parecido, pero de una manera muy torpe: ambas eran blancas, pie y pantalla, pero una era mucho más alta que la otra, la pantalla de una era cilíndrica mientras que la de la otra era cónica, una tenía un relieve calado mientras que la otra no. Y, evidentemente, una iba emparejada con la lámpara de techo y la otra en absoluto.

Podría pensarse que la operación había sido un fracaso y, en cualquier otro momento, tan apegado como era al orden y la simetría, lo habría pensado. Pero sonrió ante el pequeño desastre y pensó que estaba bien que, si algo tenía que estar desparejado en su vida, ese algo fuesen ahora las lámparas del dormitorio.


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Published on Mar 17, 2026

Para que te hagas una idea: hoy he salido de un bazar sin comprar lo que había ido a buscar porque no tenía las fuerzas necesarias para preguntar el precio. Y no, no es un capricho, no es una extravagancia, no es timidez. Es que no podía hacerlo. Sin más. Supongo que esto para muchas personas (o no para tantas, si venís de Mastodon, la red más autista del interné, jejé) sonará rarísimo, muy marciano, pero así son las cosas y así te las estoy contando.

Por lo que sea, la gente suele asumir que no sé qué es lo mejor para mí. La semana pasada una compañera de trabajo me invitó a una comida que tendrá lugar el próximo viernes y a la que acudirán compañeros de mi anterior centro y también de este. Es gente que me cae bien, de verdad, pero no quise comprometerme: “Ya te digo algo la semana que viene, lo mismo llego al viernes tan hecha polvo que lo único que quiero es descansar”.

-Pues precisamente por eso -indicó ella-, lo que tienes que hacer es venirte.

Pues insistí: “Para mí descansar es irme a casa y quedarme en penumbra y en silencio”. Creo que el mensaje estaba claro pero no: siguió insistiendo.

La idea, te lo prometo, era ir. De hecho, cuando planifiqué mis menús la semana pasada, dejé el viernes libre. “Comida fuera”, escribí. Pero a medida que transcurre la semana

Jodía, estamos a martes

a medida que transcurre la semana, he dicho, y eso que es solo martes, me estoy dando cuenta de que no voy a llegar con ganas ni fuerzas de socializar en un restaurante ruidoso (porque lo es). Y menos aún si, como parece, el viernes va a estar lloviendo con ganas. Así que ahí ando, pensando si lo explico, si ensayo una mentira o cómo me las gobierno para que se respete mi decisión de no ir a comer.

Durante toda mi vida he asimilado que no merece la pena explicarme. Pensaba que el problema era yo, claro. Un seré yo, señor en toda regla. Pero luego me he dado cuenta de que, por muy clara que sea, la gente va a interpretar lo que digo desde su prisma. Y como para ellos lo de “estoy tan cansada que no me apetecen unas cañas después de trabajar” suena a invento, pues así lo leen. O como “no puedo quedar hoy, tengo que hacer la compra” les parece una excusa absurda (porque no necesitan mi organización para que la vida no se les desmorone) eso es lo que creen: que no quiero verles.

Y lo mismo ocurre con los consejos, cuando manifiesto alguna incapacidad: lo interpretan como una petición de consejo. No, mira: no puedo. No es que no sepa, no es que no haya encontrado la forma, porque si fuera así preguntaría. Lo que te digo es que no puedo.

A veces les envidio. Ya me gustaría a mí no entender estas movidas. O no, porque la verdad es que es bastante desagradable. No sé si es que es tan difícil que se antoja imposible, pero creo que respetar lo que dice una persona sin presionarla y creer en que tiene buenas razones para decir lo que dice o hacer lo que hace no es tan complicado. Y, si se trata de una persona que no ha dado muestras de lo contrario, suponer que no hay maldad en sus palabras ni acciones tampoco me parece especialmente complejo.

Pero qué sabré yo.


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Published on Jun 15, 2025

Este post podría ir de lo importante que es estar ahí para la gente cuando nos necesita, pero no, no va de eso: va de la importancia de estar en el relato de los hechos, en el discurso de agradecimiento, en los créditos de la película. ¿Por qué? Porque a lo mejor así, poco a poco, acabamos con el discurso falso y maldito de la meritocracia, con las historias de triunfo de hombres hechos a sí mismos (mientras sus grandes mujeres están detrás lavándoles los calzoncillos, criando a sus hijos, corrigiéndoles los discursos...) y con la épica del lobo solitario, que ya han hecho bastante daño.

#Nadie triunfa solo.

En los últimos tiempos he tenido el orgullo ajeno de ver cómo un par de estudiantes han aparecido en medios locales por sus logros académicos. Ese orgullo ajeno se ha visto tremendamente incrementado al ver cómo mis chavales no ahorraban palabras de reconocimiento para las personas que les han ayudado por el camino. Uno de ellos, cuando le pidieron una fotografía para ilustrar su entrevista, envió un selfie que se había hecho con su profesora porque quería que tú también aparecieras en el periódico, profesora, sin ti no habría podido (cita literal, me lo contó la profesora implicada). Me alegra ver que estos chavales no ceden a la dialéctica del triunfador solitario, del lo he conseguido todo con mi esfuerzo, del no debo nada a nadie ni tampoco al sesgo del superviviente. Son perfectamente conscientes de que han llegado donde están aupados por otros, apoyados por otros, de la mano de otros. Y lo honran con sus palabras, porque...

#...lo que no se nombra no existe.

Aunque no me gusta esa frase, en esencia es cierta. Lo que no se nombra existe, claro, pero es como si no existiera. Permanece invisible e invisibilizado (porque se oculta deliberadamente) y eso tiene un impacto en la realidad. A lo mejor si los grandes hombres que triunfan diesen las gracias a la no-tan-gran mujer que les lava los calzoncillos las cosas nos habrían pintado de otra forma. No me digas que no molaría que, en cada artículo científico, cada novela, cada plano de un edificio, apareciese un apartado de agradecimientos: a las personas que me lavaron la ropa, que me prepararon la comida, que despejaron mi día de ciertas tareas para que yo pudiera dedicarme a hacer esto, que aguantaron mis ataques de nervios y mis caídas. Y, ¿por qué no? También cada evento cotidiano: el ascenso en el trabajo, la finalización de una tarea, la resolución de un problema, la superación de un conflicto. Nada de eso (si tenemos suerte) lo hacemos del todo solos. Probablemente nuestra vida se parecería a una gala de premios, con tanto discurso, pero tal vez es eso justo lo que hace falta porque...

#...el discurso construye el pensamiento.

Nos han educado en una lógica individualista: en la naturaleza sobrevive el más fuerte, o el más apto, o lo que sea, pero hablamos de un el (jeje, no obviemos el masculino genérico, claro). La fecundación se produce porque hay una competición de espermatozoides que acaba con el triunfo de uno de ellos. El mundo tiene que ser un lugar cruel, inhóspito y competitivo porque la naturaleza también es así: uno está solo consigo mismo. ¿O es así el mundo porque decidimos contarnos esos relatos? Se sabe, por ejemplo, que la colaboración en la naturaleza es importantísima, incluso entre especies, y que los espermatozoides colaboran al desplazarse hasta encontrar al óvulo, por ejemplo. Habría que preguntarse a quién benefician esas narraciones épicas de guerreros solitarios y su transposición a nuestro mundo.

¿Qué pasaría si empezásemos a incluir en nuestro discurso el reconocimiento a quienes estuvieron, de modo que su presencia esté en nuestra vida y en nuestras narraciones? A lo mejor no pasaba nada, es posible. Pero también es posible que se normalizase la idea de que todas las personas necesitan ayuda, que la necesitamos con muchísima frecuencia, para cosas simples y complejas, para superar una enfermedad o para configurar el wifi del trabajo en el móvil. Entonces, a lo mejor, pudiera o pudiese ser, que dejásemos de sentirnos débiles, incapaces e inadecuadas por no ser superpersonas que pueden hacerlo todo solas mientras siguen manteniendo el cutis perfecto y la sonrisa en alto. Quién sabe.

Ya digo, lo mismo daba igual, lo mismo no cambiaba nada, pero ¿qué puede perderse? Tal vez valga la pena intentarlo, ¿no? “Pues el otro día me compré un vestido y me vino súper bien que menganita me aconsejara”, “Madre mía, qué sitio más chulo me descubrió fulanita”, “Si no llega a ser por zutanita, me tiro toda la semana trabajando en una cosa que luego no iba a valer para nada”. No queda tan raro, no queda tan forzado. Y reconoce la importancia de la gente que nos ayuda. Si eso, además, ayuda a cambiar, aunque sea levemente, el relato dominante y a hacer de nuestro entorno un lugar algo más acogedor...

Sí, ya sé. Demasiada pasión por lo mío. Créeme que nunca he sido ambiciosa, pero no puedo dejar de fantasear con que pequeños gestos de este tipo pueden suponer cambios enormes. Déjame soñar, anda.


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Published on Feb 18, 2026

Mi amiga Míriam me regaló La novia grulla de CJ Hauser para mi cumpleaños. Fue una cosa así un poco serendípica, porque ella nunca regala libros que no haya leído, pero el librero se lo recomendó muy fuerte y aquí estamos.

No sabía que el libro me iba a dar tanto. Desde el principio, además. Es una especie de conjunto de ensayos autobiográficos sobre el amor, las relaciones, el autoconocimiento, los deseos y planes de futuro, el proyecto de vida, la autoestima... No sé, mil cosas que interseccionan en mil puntos y que creo que muchísimas mujeres de mi generación (la autora también escribió el libro acercándose a los 40) van a entender. Y me atrevo a decir que también muchas de otras generaciones.

El libro me ha tocado tantísimas teclas, tantas... Pero hoy quiero centrarme en una. Hay un momento en el que la autora, tras una ruptura, reflexiona sobre qué hacer con todo el espacio de su casa: la autora cancela su boda y rompe con su pareja, así que él se pira de la casa que habían comprado para formar una familia y ella se queda con una casa enorme y endeudada. Finalmente aprende que no hay una sola forma de llenar una casa de amor (y eso también me encanta, el hueco que da el libro a otros amores de la vida de una: padres, amigas, hijos de amigos o parejas...) y claro, cuando empieza a conocer potenciales parejas otra vez se ve en la disyuntiva de volver a vivir con alguien. Y tremenda disyuntiva.

A decir verdad, eso le pasa en varios momentos del libro. En uno de ellos, cuando deja su casita alquilada de soltera para mudarse con su pareja, la casera le cuenta que no vende esa casa porque cree que su matrimonio y su familia funcionan en buena medida porque ella sabe que tiene esa casa. Que no está atrapada. Que podría irse si quisiera. Y entonces mira a su familia y no quiere.

Creo que las personas que rara vez nos hemos sentido seguras en algún sitio tendemos a necesitar un plan de huida. Por eso yo quise que mi casa fuera mía. Por eso, cuando mi relación de pareja y convivencia se rompió, me esforcé en llenar los huecos y me expandí tanto que ahora no siento que pudiera volver a contraerme. Y tiempo después, cuando, contra todo pronóstico y contra mi voluntad inicial, acabé empezando una relación sentimental, me negué en redondo a renunciar a este espacio en favor de una coexistencia que en otras ocasiones no me ha funcionado.

Tal vez sea otra más de mis taras, pero necesito vivir con una puerta abierta y un plan alternativo. Un ejemplo clarísimo lo tengo en mi trabajo: me lo jugué todo a opositar y ser profesora y, cuando paso por malos momentos en mi profesión, sufro la mitad por el problema o problemas en sí de lo que sufro por sentirme atrapada en ese trabajo y sin capacidad real de salir de él. Necesito lo mismo en todos los sentidos, creo: saber que me quedo porque quiero, que podría irme pero elijo no hacerlo.

Esta mañana, mientras hablaba de esto con mi amiga Mariache entendí el final de Los puentes de Madison County. Más el del libro que el de la peli: Francesca está atrapada en un país que no es el suyo, se casó con un soldado estadounidense para salir de una Italia arrasada y ahora está atrapada en su decisión. Pero cuando aparece Kincaid y le da la opción de irse, de cambiar de vida y ella decide quedarse supongo, no sé, que tal vez su vida le parece menos opresiva porque, teniendo la oportunidad de irse, ha vuelto a elegirla.

Pues eso es lo que yo quiero: Ventanas abiertas para que entre el aire, puertas sin llaves para entrar y salir a placer. Y, a pesar de todo, una vida acogedora y agradable de la que, sabiendo que tengo la posibilidad, no quiera irme.


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Published on Dec 23, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Alguna vez te han dicho que no eres «como las demás» o lo has dicho a alguien?

¿Qué pensabas en ese momento? ¿Piensas ahora lo mismo?

Y ahora, el poema:

Las demás de María Sánchez-Saorín

Tú no eres como las demás —dijiste

queriendo enamorarme,

y pensé de repente en mis amigas,

que son maravillosas,

en las protagonistas de los libros,

en la chica del tiempo y en mi profesora

de lengua,

que me enseñó a contar.

Pensé en mis compañeras de trabajo,

en las kellys y en Uma Thurman,

y me di cuenta entonces:

a mí sí me gustaban las mujeres.


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Published on May 4, 2025

Hoy estuve un rato escuchando un programa de radio que me gusta mucho, La Tarataña, dedicado a la música tradicional ibérica. La primera parte del programa de hoy estuvo dedicado a las madres y las celebraron poniendo unas cuantas nanas. Y ahí me he quedado pinchada, tomándome el aperitivo mientras lloraba y moqueaba (en parte por el llanto, en parte por la alergia).

Sé que en otro mundo yo habría cantado nanas, que habría habido ya seguramente una criatura acurrucada en mi pecho aguantando mis cantos incesantes. Y sé que habría leído cuentos, poniendo voces torpemente. Sé que habría cambiado pañales y pasado noches en vela observando la fiebre de un ser diminuto completamente dependiente de mí. Sé que habría justificado mi cansancio viendo su sueño sereno. Y sé que me habría emocionado viendo cómo miraba al mundo como se mira a algo nuevo, brillante y sorprendente.

Pero el mundo en el que vivo no lo pone fácil. El peaje que pagamos las mujeres es muy alto y yo no he estado dispuesta a pagarlo. Hay atenuantes, claro, como tener una buena red de apoyo o un compañero con el que pagar el peaje. O ambas. Y ese nunca ha sido mi caso. Hace poco tuve una epifanía. Aun sabiendo que para una mujer no es falta ninguna el no haber tenido hijas a veces me contemplo y me pregunto si no lamentaré haber andado los pasos que he andado, al menos en ese sentido. Pero la última vez no llegó a doler porque fui consciente de que no me habría querido reproducir con ninguna de mis parejas y que, de haberlo hecho, me habría arrepentido. No porque todos fueran malas personas, qué va. Pero para ser un buen padre y un buen compañero de crianza hace falta algo más que ser, en general, buena persona. Lo mismo que para ser buena madre. Pero esa es una historia para otro día.

Así que, en este mundo, no suelo cantar nanas. No porque no me gusten, que me encantan, sino porque cuando lo hago siento cómo vuelve a abrírseme una grieta en el corazón.


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Published on May 10, 2026

Hace ya bastante tiempo que se viene demonizando el deseo, la necesidad o el interés en ser validada por terceras personas. Y cuando digo bastante tiempo, me refiero a bastante. Desde el aparentemente inocuo “si no te quieres tú cómo te va a querer nadie” al supuestamente empoderante “es que no te tiene que importar lo que piensen los demás”.

El individualismo está servido, señoras. La vida es para los Juan Palomo del mundo: ellos se lo guisan, ellos se lo comen. Normalmente no son ellos quienes limpian sus cagadas, pero bueno, eso no quedaba bien en el refrán. La cosa es que hay que ser autárquico, una isla capaz de proporcionarse todo lo necesario no solo para sobrevivir sino para ser feliz. Si tu felicidad depende de otras personas estás haciendo lo de vivir: MAL.

Esto es especialmente dañino para nosotras: se nos ha educado para entender que nuestro valor depende de la mirada del otro (masculino no genérico, claro) y luego cuando buscamos que nos miren somos dependientes, tóxicas, débiles...

Pero siendo, como casi siempre, las más perjudicadas, en esto hay bastante reparto. Hemos llegado a un punto en el que echar la caña para ver si alguien nos presta atención se considera un fracaso. Desear esa atención y buscarla es un signo de la peor de las flaquezas. ¿Cómo hemos caído en esta trampa? Bueno, supongo que igual que en tantas otras. Pero leñe: somos seres sociales, afectivos, el apego es una parte fundamental de nuestra socialización y bienestar, ¿cómo no vamos a querer que se nos quiera, acepte, vea, valore, extrañe...?

Así que, del mismo modo que cuando tenemos hambre intentamos comer, cuando tenemos sed intentamos beber, cuando tenemos sueño intentamos dormir, cuando algo nos molesta intentamos liberarnos del malestar... Pues cuando nos sentimos invisibles, solos, poco valorados, poco queridos o deseados... buscamos casito. Y eso, per se, no tiene nada de malo. Desde luego, puede haber conductas problemáticas, igual que las hay con la comida, con el sexo, casi con lo que se nos ocurra. Pero el hecho de querer atención no es ningún fracaso. Es lo normal. Y está más que justificado en un mundo en el que todos vamos tan rápido que prácticamente no reparamos en las personas con las que nos cruzamos.

Así que, sí, persona al otro lado de esta pantalla: tú lo que quieres es casito. Como yo. Y como todos en algún momento. Y no pasa nada.


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Published on Nov 30, 2025

¡Hola, hola!

Aunque parezca mentira, debido a que hace dos meses que hay polvorones en los supermercados, mañana empieza diciembre. Mientras pensaba en que me gustaría tener un calendario de adviento cuqui, pero no sabía muy bien de qué o cómo, se me ocurrió poner en el mundo algo bonito, algo que a mí me gustaría encontrarme, en definitiva, hacer un poco más agradable este mundo que habito y que tan inhóspito me parece a veces.

La poesía me ha acompañado en diversidad de sentimientos y situaciones, haciendo los malos tragos más llevaderos y los buenos aún más dulces. Así que bueno, he pensado compartir 24 poemas a lo largo de estos primeros días de diciembre, acompañadas de unas cuántas preguntas para animarte a reflexionar antes de la lectura, si te apetece, y llegar al poema con una cierta apertura o predisposición (esta parte te la puedes saltar, por supuesto, si así lo deseas).

Puedes ir «abriendo» tus sobrecitos de adviento acudiendo aquí al blog, suscribiéndote por RSS o email o a través de mi cuenta de mastodon, @bettie@masto.es, aunque ahí encontrarás bastantes más cosas que probablemente no te interesen.

Sin más, te invito a volver mañana y ver qué tengo para ti.

Espero que lo disfrutes.


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Published on Mar 18, 2025

Estoy deseando muyfuertemuyfuertemuyfuerte. A ratos hasta me concentro cerrando los ojos hasta que mis cuencas se convierten en dos arrugas con multitud de pliegues y mis párpados casi desaparecen. Así de fuerte estoy deseando lo que deseo y que no puedo decir porque entonces no se cumplirá.

Bueno, eso es la esperanza hablando, la muy cruel. En el fondo sé que no se cumplirá porque hoy tampoco va a leerme nadie la mente y cumplir mis deseos. Que mira que son sencillos, mira que son asequibles, mira que me vale una cosita chica, una chispa de atención, una miaja de cariño. Pues nada. De qué vale ser una mujer con deseos pequeñitos si ni una ni el resto del mundo tienen el poder de la telepatía, a ver.

Y sí, no te molestes: ya sé que esto es infantil, estúpido, injusto y casi egoísta (o sin el casi, pero mira, ahora mismo ser egoísta es lo que menos me preocupa). Y sé que es imposible que alguien pueda leerme la mente (aunque a veces, muy de cuando en cuando, me ha parecido que lo conseguían). Pero, joder, a una le gustaría poder volver a creer en la magia, incluso en los milagros, aunque fuese un rato.


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Published on Oct 16, 2025

O, al menos, no todavía.

Que no, que no me muero es el cómic de mi amiga Mariache, que he acabado de leer hoy mismo y que os recomiendo muy fuerte a pesar de que, oh inyustisia, está tremendamente descatalogado. Pero, quién sabe, lo mismo hay suerte y lo encuentras en alguna biblioteca o similar. Me ha encantado y me ha sacado risas y sonrisas en momentos en los que tenía bien pocas ganas.

Pero ya llevo dos días sin querer morirme. Dos días enteros. Es un montón. Cuando ayer, a pesar de lo largo y ajetreado del día, de la reunión terrible de la tarde y demás, llegué a casa cansada pero serena casi no podía creerlo. No estaba contenta, no tenía un estado de ánimo positivo, pero yo estoy con Epicuro de Samos: la ausencia de dolor es un placer inmenso. Ya el día había empezado prometedor: me levanté calmada, tras haber dormido del tirón y profundamente (lorazepam mediante, el martes fue un día horroroso). De alguna manera estaba esperando que el día se torciese, pero no ocurrió. Y mira que es fácil que en situaciones así un día se tuerza.

Hoy el día ha empezado peor: anoche una leve punzada de ansiedad se me ancló al pecho y no fui capaz de deshacerme de ella, así que he dormido a saltos y superficialmente (el calor no ha ayudado, vaya otoño llevamos...). Cuando me he levantado la leve punzada de ansiedad seguía allí. No obstante una, que es una niña responsable, se ha encaminado al trabajo a ver qué cojones tenía pensado el mundo echarme encima hoy y, sobre todo, si yo iba a ser capaz de soportarlo. Pero se ve que sí. El día ha venido intenso, complicado, con imprevistos y ajetreo sin descanso y, a pesar de todo, aquí estoy, relativamente serena y sin querer morirme. Repito: sin querer morirme. Es cierto que la punzadita de ansiedad, que había desaparecido, ha vuelto, y que tengo algo tensa la espalda. Pero no quiero morirme y van dos días.

Voy a permitirme fantasear con que esto es el principio del fin de este túnel horroroso en el que llevo metida más de mes y medio. Voy a canturrear «024» de Tulsa subiendo la voz y sonriendo en la estrofa final. Y voy a desear con todas mis fuerzas que así sea porque lo que es esforzarme, eso no he dejado de hacerlo.

Cómo me gustaría hacer un monumento a mi fortaleza...


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