Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa. RSS

Published on Nov 18, 2025

Ahí es donde reside la virtud, en ese barrio residencial exclusivo al que tan pocos tienen acceso. Ahí es a donde todas queremos llegar: a que nos importe sin que nos duela demasiado, a aprovechar el tiempo sin cansarnos, a sentir sin saturarnos, a ... Bueno, creo que se pilla la idea.

Recuerdo la contractura mental cuando investigué sobre la ética del cuidado: resulta que las mujeres y los hombres no nos desarrollamos de igual forma en términos morales. Aunque en los primeros estadios, en la infancia, nuestra motivación para obedecer las normas morales sí es la misma, a medida que nos desarrollamos cambia. Y no, no es que los hombres sean de Marte y las mujeres de Venus, es que desde antes de nacer[^habitación] ya se nos está socializando de forma diferente, se nos somete a exigencias bien diferenciadas en cualidad e intensidad y en fin, qué te puedo explicar que no sepas ya o con lo que no vayas a estar de acuerdo. La cosa es que las mujeres, cuando pasan de los primeros estadios de desarrollo moral, empiezan a obedecer normas bajo el imperativo del cuidado: atender a las expectativas (que cuando se proyectan sobre ellas tienen que ver con poner a los otros primero) y asegurarse de procurar el bienestar de los que les rodean. Y claro, en ese proceso es inevitable perderse. Así que mientras en ellos la autonomía moral consiste en ser capaces de darse normas universales de forma absolutamente racional, para ellas consistiría en conjugar ese imperativo de cuidado a otros con el cuidado de sí. El puñetero término medio otra vez.

A mí me gustaría tener acceso a ese barrio, de verdad. Ser virtuosa, very mindful, very demure, pero no encuentro la manera, y el mero hecho de intentar buscar ese término medio me suele arrastrar a los excesos.

Por un lado, vivo en un mundo en el que tengo que demostrarlo todo mucho más que otras personas porque la capacidad a otros se les supone y a mí pues no tanto. En un mundo en el que tengo que ganarme el respeto de otros porque a mí no se me presupone. En un mundo en el que tengo que ser invencible porque cualquier falla o vulnerabilidad será considerada como una evidencia de que las mujeres nojequé.

Por otro, inevitablemente, todo lo que suponga no ser invencible me arroja al extremo opuesto: soy débil, blanda, inmadura, incapaz. Porque así me lo han hecho ver. Tengo que aguantar el dolor (especialmente durante la regla, que nadie pueda decir que un hombre rendiría más por eso), tengo que soportar el estrés, tengo que tirar p'alante con todo pase lo que pase, y si no lo hago, incluso si siento que no puedo aunque lo acabe haciendo, soy una fracasada. No soy apta.

¿Cómo coño consigo habitar el término medio si siento que hay fuerzas tirando de mí y si me planto me van a desgarrar?

Poco después de hacer pum-pam-catapum pensé que me lo había inventado. Como lo lees: pensaba que había fingido una crisis de ansiedad con llanto, temblores y toda la parafernalia que se dilató unas 8 horas. Cuando me dieron la baja, tras acabar de comunicar mi nueva situación en mi trabajo llorando, porque era incapaz de parar (y esto fue al día siguiente) uno de mis primeros pensamientos fue «¿en realidad estoy tan mal como para esto?» y los siguientes fueron, directamente, luz de gas: «¿Y si fingías porque eres una vaga y no quieres trabajar? ¿Y si estás tomando la salida fácil de quitarte de en medio porque eres una blanda?» Y por ahí seguía la cosa. Realmente me negaba esa experiencia, me negaba la posibilidad de haber apretado tanto los dientes y haber tirado tanto p'alante que me había roto. Las fuerzas me habían desgarrado.

Empecé a reconciliarme y a creerme que me había pasado lo que me había pasado cuando, un par de días más tarde, noté que aparecía un herpes en mi nariz, donde me salen siempre que me cojo un catarro monumental o en épocas de estrés absoluto o disgustos enormes. No tenía un catarro, así que algo tenía que haber pasado. Lo mismo no me había inventado la crisis. Lo mismo sí que estaba mal. Lo mismo había intentado ser tan dura que me había quebrado. Así que bueno, odio los herpes, son un coñazo, pero este sirvió para algo.

Aun hoy, en plena recuperación, estando medicada, en terapia y con mi vida condicionada a evitar la recaída, a veces me asalta la idea de que fui una dramática. Que lo mismo no era para tanto (repito, una crisis de ansiedad intensa de 8 horas). Cuando ocurre me voy al espejo y me miro la zona de la nariz donde la piel nueva aún se ve ligeramente rosada, de un tono distinto, ahí donde estuvieron las heridas del herpes. E intento, una vez más, intentar quedarme en el puñetero término medio.

[^habitación]: Antes de nacer ya se pinta la habitación, se compran los muebles, se compra la ropa, los primeros juguetes... Y generalmente el sesgo de género ya está ahí.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Apr 26, 2026

«Los hombres llevan siglos narrando el largo y venturoso regreso a casa después de la guerra, las mujeres estamos contando la larga y angustiosa vuelta a nosotras mismas despuś del amor. Lucía Solla Sobral ha escrito nuestra Odisea». Bibiana Collado Cabrera

En mi trabajo hicimos un amigo invisible de libros el pasado día 23. Como una de mis pistas para mi amigo-librero invisible fue «literatura contemporánea escrita por mujeres» era inevitable que cayese el omnipresente Comerás flores de Lucía Solla Sobral, del que ya te hablé en la primera entrega de «Señoras haciendo cosas». No me importó, realmente. Lo leí en digital y me apetece mucho tenerlo, porque me provocó una sensación parecida a Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera, la de «esta señora sabe de qué está hablando; sabe contarlo, sí, pero sabe lo que hay que contar». Es uan especie de sensación de hermanamiento con la escritora, la sospecha de que ambas podemos encontrarnos en ese relato de ojalá-más-ficción.

Pues no veas la ilusión que me hizo encontrarme la cita con la que abro esta entrada en la contraportada del libro. Bibiana Collado hablando del libro de Lucía Solla Sobral. Evidentemente, tenía que haber cierta sintonía, igual que la hay entre sus obras. Pero la sorpresa no quedó ahí: fue el contenido de la cita en sí el que me golpeó en la barbilla, elevándome unos centímetros por encima del mundo durante un buen rato. La revelación estaba servida.

Ahora no puedo dejar de darle vueltas. Para Odisea, la nuestra. Me da poca pena Ulises, nunca he podido empatizar con él. Si tantas ganas tenía de volver a casa, ¿qué hacía ciscándose a unas y a otras por aquí y por allá? Que sí, que los dioses, nojequé. Pero él también sabía entretenerse en misiones secundarias, no me jodas. Pero incluso si Ulises no fuera un cucaracho, la historia no es del todo trágica: la esperanza de llegar al hogar siempre está ahí, hay una motivación para enfrentarse a sirenas y lestrigones: volver al sitio en el que a uno se lo espera. Y al final, baño de sangre y media de chorra mediante, final feliz (salvo para las criadas que ahorcaron, claro, je).

Pero, ¿a dónde volvemos nosotras cuando nos perdemos? Hemos desaparecido hasta para nosotras mismas, no hay otra-yo[^antes], previa al descarrilamiento, esperándome en ninguna parte. Nuestra odisea es volver a reconstruirnos tras el terremoto, empezar casi de cero. O sin el casi.

Y debería ser posible amar de otra manera, supongo que lo es, pero no es la forma de amar que nos enseñan a las mujeres. las mujeres tenemos que ser blandas, mullidas, cómodas y plásticas, adaptarnos a las particularidades y manías de nuestros amados, a sus horarios de trabajo y sus aspiraciones, mudarnos por amor, sacrificar lo personal para dar vida a lo compartido de forma que, por lo general, tras la ruptura el hombre ha perdido una esclava con funciones de criada, odalisca, ama de llaves y más, pero la mujer ha perdido su vida (si hay suerte, solo metafóricamente). Ya me diréis qué es más difícil de sustituir.

Así que, y pasa a las más listas de entre nosotras, a las más feministas e ilustradas, vamos cediendo espacio. Un poquito cada vez. Algo apenas significativo. Vamos perdonando y acomodándonos en una vida cada vez menos nuestra. Vamos abandonando hobbies que molestan, viendo menos a amistades que desagradan, sintiéndonos cada vez menos valiosas y menos adecuadas, menos merecedoras de amor y de respeto, más atrapadas y huecas. Y solas.

Así que, cuando una se escapa de las garras del cíclope o del lestrigón, si es que consigue hacerlo, con frecuencia no hay ningún sitio al que volver, ninguna persona a la que pedir ayuda y tampoco hay una identidad sobre la que levantarse. Porque en ese momento apenas eres persona. Intentas volver a parecerte a la que recuerdas que eras pero eso, tras años de vivir en la cueva de una bestia mitológica, no sirve. Así que empiezas a andar, a reconstruirte sobre la marcha, entendiendo que los fantasmas existen y que están entre nosotros pero que nadie se da cuenta, porque nadie parece haber notado tu muerte ni sorprenderse de tu precaria y penosa resurrección[^resurrección] (que ojalá llevara solo tres días).

Ahora ando esperando a que alguna de nosotras escriba el equivalente a la «Ítaca» de Kavafis, pero para nuestra Odisea. Las mujeres lo necesitamos.

[^antes]: y, con frecuencia, tampoco hay otras-otras. Una de las cosas que hacen estos monstruos es separarte de todo el mundo, de forma que no haya nadie para cogerte la mano cuando, sin aliento, llegues a la orilla. [^resurrección]: yo lo visualizo un poco como el Doctor Manhattan intentando reconstruirse tras el accidente en la cámara de campos intrínsecos: un sistema nervioso caminando por la base para desintegrarse luego y volver a intentarlo en otro momento. Algo así es volver a la vida tras una relación abusiva y de maltrato.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on May 5, 2025

Se me había olvidado lo que era tener una relación afectiva de corte romántico sin que los celos estuviesen de por medio. Te lo prometo. Creo que la última vez que vivi algo así fue a los 16 años. No me había vuelto a pasar. Durante toda mi vida mis relaciones han estado marcadas por la sombra de la inseguridad de mis parejas o su deseo de control sobre mí. O ambas, que lo descortés no quita lo cobarde. Hasta tal punto llega la historia que ahora mismo no para de sonar en mi cabeza ese trozo de «Bohemian Rhapsody» que dice is this the real life or is it just fantasy?

(si ahora estás canturreando «Bohemian Rhapsody» eres mi tipo de gente xD)

El sábado pasado salí a airearme. Mi intención era darme un paseo por algunas cruces escogidas, bailar un poco, beberme el primer rebujito de la temporada... Ya sabéis, el deseo este de tener una noche entre folklórica y rumbera que nos asalta de vez en cuando. La cosa salió medio qué, porque bueno, a pesar de la lluvia, del viento, del fresquete, al final conseguí cumplir parte de mis propósitos. Y hasta tuve una sorpresa: volví a ver al chico de las castañuelas (inserte aquí mirada arrobada)

El chico de las castañuelas es un muchacho que vi el año pasado, en cruces también, bailando sevillanas mientras tocaba las castañuelas. En verdad os digo que los calores que me dieron no fueron normales. Pues bien, este año VOLVÍA A ESTAR AHÍ, con sus castañuelas, bailando con una señora preciosa, con un arte... Abuf. El stendhalazo fue una cosa tremenda y, pa qué negarlo, muy poco elegante: empecé a babear por lo bajini, a resoplar, a mirar fijamente... Esas cosas que no deben hacerse pero es que NO LO PODÍA EVITAR. Todo esto al lado de #ingeñero.

Ahora me imagino la escena con algunas de mis ex-parejas. No acaba bien. Acaba en distintos grados de mal, desde muy mal hasta regulinchi. Pero nunca bien. Pero #ingeñero estaba divertido viéndome disfrutar de la belleza de esa pareja de bailarines.

Ya nos íbamos cuando empezaron a bailar, así que al acabar el baile le dije a #ingeñero: «No me puedo ir sin decirles lo que me han hecho sentir, lo bonito que lo han hecho». «Vale, ve, aquí te espero», respondió él. Y cuando, después de declarar mi devoción a los artistas involuntarios volví a su lado, me pasó la manita por la espalda como diciendo: «Estoy orgulloso de que hayas hecho eso, bravo por ti».

Una vez alguien me dijo que tenía que dar gracias por los celos, que es mucho peor dejar de importarles,. Pues mira, ocurre que puedes seguir padeciendo celos cuando ya no les importas, y eso ya lo sabía. Pero es que ahora sé también que la ausencia de celos no hace que una sienta que importa menos.

Señoras, de esta sensación ya no se vuelve.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Feb 22, 2026

Hoy me compré mi vestido de novia. Mientras la trabajadora de la tienda subía cremalleras y abrochaba botones yo pensaba que mi madre no estaba allí y menos mal. Habría hecho lo que hace casi siempre: empeorar las situaciones a las que llega. No sé qué habría podido aportar ella a las lágrimas emocionadas de mi amiga M, el dedo más rápido a este lado del Guadalquivir para sacar fotos de mi amiga R o la mirada embobada de mi futuro marido. Ahí, en ese probador, me he sentido querida sin reservas, tal y como soy, lejos de ser perfecta pero perfectamente suficiente.

Pero claro, ¿cómo iba la figura de mi madre a no hacer acto de aparición en un día como este? No podía faltar. Y ha aparecido ensombreciendo un día feliz, emponzoñando mi dicha, como tantas otras veces. Lo único que me consuela ahora mismo de toda esta situación es que así, quién sabe, quizá, tal vez, tenga la posibilidad de no tener que tenerla en mi boda, de vivir ese día sin la preocupación de en qué momento va a estropearme el día. Ojalá.

Puede que ahora mismo estés pensando barbaridades de mí. Bueno, párate y piensa cómo ha debido de ser la cosa para que alguien no quiera compartir con su madre un día así. Hay que hablar de esto: de que no todas las madres quieren, de que no todas las familias son lugar seguro, de que la sangre no une si no hay nada más. Pero también de que hay otros amores, otras personas que llorarán contigo en los momentos de felicidad, que sabrán acompañarte en tu camino sin querer dirigirte, que desafiarán cualquier prohibición para hacerte fotos mientras te pruebas vestidos, que estarán pendientes del móvil en el trabajo queriendo estar contigo de la manera que la vida les permite. Y que un día piensas en que has dejado de echar de menos lo que nunca has tenido con mucha más alegría que pena.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Dec 10, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has pensado en la importancia de la salud mental?

¿Qué podemos hacer para que este mundo sea más habitable para la gente que sufre por cuestiones de salud mental?

¿Te has planteado que puedes tener a tu alrededor personas batallando con su salud mental sin saberlo?

#Y ahora, el poema:

Poema sin título de María Castrejón, incluido en su poemario La inutilidad de los miércoles

En muchas ocasiones parezco

muerta La gente se asusta

me mueve las manos que

caen inertes No saben que viajo

lejos de mi cuerpo que duele

y vuelo por encima de las casas

que siempre hay al lado de los

aeropuertos con jardines tristes

de piscinas cubiertas con lonas

y bicicletas tiradas en el suelo

Por encima de las cuadrículas

de tierra ese mundo ficticio

desde arriba que no hiere

Vuelo sobre las nubes

Siempre hace sol encima de

las nubes y el brillo de las alas

de los aviones me deja ciego

el estómago y nada hace daño

Hasta que un coche pasa o

alguien ríe debajo de la ventana

Me dan palmadas en la cara

Me echan agua en el rostro

y los brazos Yo no quiero

volver a este cuerpo que se

sienta en la consulta y se traga

las píldoras El miedo de los otros

me acerca a las cuchillas

a la muerte Yo solo quiero

volar pero el viaje siempre

termina cuando abro los ojos y una

voz triste que desconozco

me dice Thank you for flying


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Feb 18, 2025

Aquí ando, umbría por la pena, cubierta del hollín de la apatía, incapaz de encontrar en los instantes que se tienden ante mí algo que me seduzca lo suficiente para levantarme y andar, parar resucitar de esta muerte en la que me siento hundida. Aquí ando, viviendo por costumbre, por inercia, porque la vida me lleva cuesta abajo y no soy capaz de echar la mano al freno. Todavía.

En esta pena me quedo sola y una, porque no hay quien pueda apenarse de mis champagne problems, de mis quejas desde el privilegio. Porque mi pena, aunque pesa, no parece tan seria, tan solemne, como las penas de otros, así que me arrastro por la vida con dos perros enganchados a la carne, royéndome el pecho: el más insistente, la pena; el más feroz, la culpa. Y mi pecho no consigue saciar a ninguno de ellos.

Por donde voy, la pena me acompaña. Tiñe mi mirada y mi sonrisa, mis palabras dulces, mis amables gestos. También mi rabia, que apenas es una queja cansada, prácticamente inaudible. Pronto no quedará nada que no haga con pena, porque la pena habrá permeado en mí como calan las humedades, destruyendo en silencio y con parsimonia, no dejando bueno hueso alguno.

Temo que no vaya a poder con ella, que la rendición o la derrota (tanto da, en este caso) son, a mi pesar, ya cosa hecha. No me cabe, en este asunto, un contrafáctico. Lo veo claro como el agua, lo único que veo claro en mi futuro: no podrá con la pena mi persona.

Entonces, ¿a qué viene tanto esfuerzo? ¿Qué sentido tiene intentarlo, mantener el corazón latiendo como si sirviese para algo? ¿A qué seguir andando si el rumbo queda lejos del alcance de mis fuerzas? Qué terrible absurdo esta vida...¡Cuánto penar para morirse una! [^¡Tanto penar para morirse una!]

[^¡Tanto penar para morirse una!]: Este post toma prestadas expresiones (incluso versos enteros) de Miguel Hernández en su poema «Umbrío por la pena», que puedes leer aquí.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Jan 10, 2025

Hay en mi instituto un adolescente guapísimo. Lo pongo en cursiva no solo porque me mole mucho escribir usando markdown, sino porque es guapo, pero guapo de veras. Escandalosamente guapo. Me atrevería incluso a decir que es el adolescente más guapo que he tenido delante en mi vida. Pero parece que nadie se da cuenta. Desde luego no sus iguales.

Le conocí el curso pasado, durante una guardia. El alumno forma parte de un grupo de diversificación curricular. Para quien no esté familiarizado, son grupos destinados a atender a alumnado que presenta dificultades de aprendizaje que se acentúan en el aula ordinaria y que cubren 3º y 4º de ESO. Algunas de sus particularidades es que son grupos muy reducidos y que las materias se imparten por ámbitos (agrupando varias asignaturas para que se estudien de manera más interdisciplinar y atendiendo a saberes mínimos). Se trata de grupos bastante heterogéneos, donde puedes encontrarte a alumnado neurodivergente, alumnado que se ha incorporado de forma tardía al sistema educativo y no ha sido capaz de alcanzar el nivel requerido (normalmente por cuestiones de idioma), el alumnado que coloquialmente se dice que trabaja pero no llega, alumnado que fuera de clase no tiene un ambiente que le permita estudiar... En fin, que entre los hasta 15 alumnos que puede tener el grupo puede haber hasta 15 circunstancias muy distintas.

Te cuento esto para que entiendas que entrar de guardia a un aula de diversificación es toda una experiencia. No lo digo en un sentido negativo, en absoluto. Me encanta hacer guardias en diversificación. Primero, porque son poquitos alumnos. Y segundo, porque en esos grupos reducidos de marginados (por la razón que sea) se forma un ecosistema chulísimo. Así que siempre entro muy emocionada.

Cuando le conocí, de hecho, entré hablando en inglés (pues era la asignatura que tenían)

̣̣—Hello, darlings. How are you?

Y bueno, saltó la sorpresa, claro. Primero porque una seño que no era la de inglés estaba hablando en inglés y segundo porque si falta la seño de inglés no se da clase de inglés. Eso qué era.

̣̣—mAEstraaaaaa ̣̣—con acento en la primera sílabạ̣̣̣—, ¿qué haces hablando inglés? ̣̣—me espetó una alumna con mucho arte desde la fila del fondo.

̣̣—Bueno, como os tocaba inglés... ̣̣—dije, sonriendo.

Y entonces él, el alumno guapísimo, me miró levantando los ojos pero no la cabeza y me dijo:

̣̣—Hello, teacher.

Desde entonces cada vez que me lo cruzo, arrastrando su mochila con ruedas por los pasillos, no falta ese dulce y amable «Hello, teacher». Al que yo, por supuesto, contesto siempre en inglés. Y, si bien en aquel momento yo tampoco me dí cuenta de lo guapísimo que era este alumno (a mi favor diré que prácticamente no levantó la mirada de la mesa, a pesar de estar hablando conmigo buena parte de la hora), a fuerza de irme cruzando con él lo he ido viendo.

Tiene los ojos claros, preciosos. No sabría decir exactamente de qué color (¿azules? ¿grises?) porque son bastante esquivos, pero destacan mucho en su cara, de piel bastante morena. Sus facciones están bastante marcadas: una mandíbula fuerte, unos labios bien dibujados, los ojos (ya he dicho que son preciosos) bien enmarcados por unas pestañas oscuras y unas cejas naturalmente perfectas. Pero todas estas cosas no solían verse porque suele ir mirando al suelo y el pelo, largo, le tapaba casi siempre la cara. Además, aunque no se le note, porque camina siempre encorvado, es alto y, sospecho que tiene un cuerpo bastante normativo (tampoco puedo afirmarlo porque suele llevar ropa ancha e ir bastante desaliñado.

Así que podríamos decir que mi adolescente es guapo, canónicamente guapo, normativamente guapo (aunque no se le vea). Pero no se nota porque es raro. Estoy segura de que sus compañeros y compañeras (y no me refiero solo a los de su clase) no han reparado en él lo más mínimo. Y si no han visto que es guapo, cuando es una cosa que se detecta a simple vista, imagino que no se habrán dado cuenta de lo agradable que es charlar con él, de lo interesante que es y de lo bonita que es su voz.

Pues bien, aun sabiendo todo esto, el miércoles me llevé el sorpresón. Iba de camino a clase cuando me lo crucé, pero no lo reconocí hasta su clásico «Hi, teacher!». Entonces frené en seco y lo miré. ¡Se había cortado el pelo! ¡Ahora se veía lo bellísimo que es a simple vista, sin forma de ocultarlo! ¡Pero bueno! Evidentemente, no pude contener mi entusiasmo.

̣̣—God, I didn't recognise you! You look so handsome! The haircut really suits you, darling!

(O en castellano de Castilla: Dios, ¡no te había reconocido! ¡Qué guapo estás! ¡El corte de pelo te queda realmente bien, cariño!

Él se removió, miró al suelo, me dio las gracias. Yo insistí: estás muy, muy guapo. Él se puso rojo. No suelo incidir tanto en estas cosas (cuestiones físicas o apariencia) de mis alumnos, pero que mis niños y niñas no sean conscientes de las cualidades positivas que tienen me parece una injusticia cósmica con la que, en lo que a mí respecta, no estoy dispuesta a colaborar.

No obstante, creo que no ha cambiado gran cosa: me parece que la rareza, que no se quita por mucho que los raros lo intentemos, tapa el resto de sus cualidades. Espero que, al menos, otros raros, como la profesora que entró de guardia aquel día en su clase, sean capaces de verlo. Pareciera que los raros somos gente guay de incógnito, reconocible solo para otros como nosotros. Y bueno, yo he llegado a estar conforme con esto. Hasta agradecida.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Apr 1, 2025

Esta tarde, haciendo scroll en Mastodon he visto este toot.

Captura de pantalla de un toot de Mastodon

Lo traduzco, por si alguien lo necesita:

Vi una confesión hace poco sobre una pareja dándose la mano antes de dormir. Mi esposa y yo hemos estado distanciándonos durante los últimos 6 meses, así que anoche le cogí la mano mientras nos dormíamos. Esta mañana he follado. Gracias, tío.

Cómo te cuento la mala leche que se me pone con esto, porque es que me da en la cicatriz de señora difícil (como todas las señoras que han osado tener alguna necesidad y manifestarla en algún momento).

Claro, si es que yo lo entiendo. Somos muy difíciles. Las mujeres somos tan misteriantes y complejistas que cómo va a saber un señor que comparte su vida con nosotras y que nos conoce (al menos supuestamente) lo que queremos. Luego, cuando la relación se acaba, probablemente por un donut, se preguntan cómo ha podido ser y aceptan la conclusión con impotencia. No había nada que ellos pudieran hacer. Si al menos hubiésemos tenido la consideración de dar un aviso... (y esto es «Exile» de Taylor Swift una y otra vez). Si acaso se lamentan por ese regalo que nunca nos harán ya o ese viaje soñado que nunca llegará a hacerse realidad. HABERLO PENSADO ANTES, JOSÉ LUIS

De verdad que me parece ABSOLUTAMENTE DEMENCIAL que el personaje de esa confesión haya tenido que leer en Mastodon un mensaje para darle la mano a su mujer. ¿En serio? ¿No se te ocurre a ti solito que lo mismo un gesto de afecto hacia tu esposa es bueno para tu matrimonio? ¿Con qué poyete te diste de pequeño que te quedaste así, corazón mío?

Y luego, la contrapartida. Las mujeres somos tan misteriantes que cuando nuestro consorto hace un mínimo esfuerzo nos ponemos a hacer volteretas y triples tirabuzones con salto mortal. A esta hermana su marido le cogió la mano por la noche mientras se dormían y se vino tan arriba que a la mañana siguiente tuvieron sexo. El listón en el puto infierno, hermanas.

Voy a concluir esta entrada hablando en términos más generales, para que no todo gire alrededor de mis traumas vitales. Haced el puto favor de valorar a las personas que están en vuestra vida y no os hagáis el muerto cuando veáis que las vais perdiendo, anda. Y recuerda: si no te das cuenta de que la estás perdiendo, pos lo mismo no estabas prestando toda la atención que la situación requiere.

PD: Dale la sorpresa antes de que te deje. Así, como consejo loco.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Nov 5, 2025

Tengo un pequeño lunar en la mano derecha. Me parece bastante mono, creo que da personalidada mi mano. Mi sobrina, en cambio, parece que no opina lo mismo. Cuando estuve con ella hace un par de semanas empezó a señalarlo y a decir «pupa, pupa». Acto seguido se fue hacia mi padre, su abuelo, y le repitió «pupa, pupa». Mi hermano, su padre, entendió entonces: quería jugar a las enfermeras. Así que el abuelo sacó un rollo de cinta aislante y empezó a cortarle trozos, que hacían las veces de tiritas, y empezó a curarnos a todos. Lo primero que curó fue mi lunar. Después un arañazo en la misma mano que no sé de dónde salió. Luego, el muñón que su abuelo tiene en el dedo corazón de la mano izquierda, al que le falta la última falange. Al final todos empezamos a sufrir muchísimo para que aquella enfermerita de año y nueve meses nos curase a todos los males fingidos. Y ella tan feliz.

Ahora, cada vez que me veo el lunar pienso en ella. En sus ojos enormes y en cómo, aunque parezca imposible, se hacen más grandes cuando le canto. En cómo me miraba intrigada mientras hacía música en la mesa a ritmo de panaderas y en cómo intentó imitarme moviendo sus manitas de forma caótica y graciosísima. En cómo camina con torpeza por el suelo irregular de la huerta llamando a Lulú, su gatita. En cómo sabe dónde está el pienso y el pan para las gallinas y en cómo recoge los huevos y dice con voz firme «buelo, buelo», consciente de que está haciendo esa tarea para ayudar a su abuelo. En cómo hizo conmigo los gestos, incluyendo tirarme del pelo, cuando le canté «Pimpón». Y en cómo me hizo repetirle quinientas veces la estrofa final:

Apenas las estrellas

comienzan a lucir

Pimpón se va a la cama,

se acuesta y a dormir

Al final, yo apoyaba la cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa y ella hacía lo mismo sobre mis rodillas. «Ven, ven, que te vamos a dormir, ven», le dije. Y alargó sus bracitos para que la cogiese en brazos y la acunase como si fuera un bebé. Yo le cantaba la «Nana del roble» de Eliseo Parra:

Esta niña tiene sueño, tiene ganas de dormir

tiene un ojito cerrado, el otro no lo puede abrir.

Pero sus ojos no estaban cerrados, qué va: redondos y enormes me miraban. «¡Pero esta niña tiene los ojos abiertos, no está dormida!» y ella, pilla, cerró los ojos fuerte, fuerte, con media sonrisa, haciendo explotar mi corazón. Yo seguía cantando mientras miraba su carita, los ojos apretadísimos, su naricilla con ese hueco en la punta, y advertía que si dejaba de cantar, abría los ojos un poco como diciendo: «Si paras de cantar no podemos seguir el juego».

Qué dulce su peso en mis brazos, su olor, su risa y su libertad salvaje. Que bálsamo su voz, su forma de decir gracias cuando da y cuando recibe indistintamente, su tacto que siempre quiere ser cuidadoso aunque a veces no lo consigue. Qué esperanzadora su fuerza y su carácter, su genio y su firmeza. Cuantísimo la quiero, cuántísimo me fascina lo que ya es y todas las posibilidades que orbitan a su alrededor. Y qué miedo, claro.

Mi sobrina siempre me señala una herida que no creía tener. Ojalá pudiese curarse con una tirita hecha de cinta aislante negra.


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon

Published on Jan 20, 2025

A mi madre le gusta un hombre que no es mi padre. Cada vez que coinciden a ella se le ilumina la cara y le cambia la postura corporal. De pronto no puede resistir el impulso de piropearlo. Son cosas inocentes, nada fuera de lugar: «No pasa el tiempo por ti», por ejemplo. Se conocen desde que eran jóvenes y, quién sabe, tal vez le haya gustado desde siempre. He de reconocer, por mucho que quiera a mi padre, que mi madre no tiene mal gusto.

No es la primera vez que caigo en esto: como he dicho, me doy cuenta cada vez que coinciden. Pero nunca antes este pensamiento me había llevado a empatizar tanto con mi madre (a la que he intentado e intento no parecerme, en general, con la fuerza de mil soles). Y es que resulta que ambas somos unas románticas.

No conozco mucho de la vida amorosa de mi madre antes de mi padre, pero sí sé que dejó a su prometido para ennoviarse con él. Aquello, en los años 80, en el rural-rural, fue un escándalo. El prometido, en un intento desesperado de mantenerla a su lado, decidió secuestrarle el ajuar, que ya estaba en la casa que iban a compartir, a lo que ella le contestó que podía metérselo por el culo (palabras literales). La decisión le valió una paliza de mi abuelo y la censura de buena parte de la familia y del pueblo. Había dejado a un señor con cierto poderío a pocos meses de la boda para ennoviarse con un campesino sin tierra y, encima, feo.

Pero lo hizo. No sé si quería a mi padre o no. Tal vez lo hizo porque se sintió atrapada (y esa es otra cosa con la que puedo empatizar: la de tonterías que he hecho para romper alguna jaula en la que sentía que estaba metida). La cosa es que hizo lo que le pidió el cuerpo, el corazón o lo que fuera, lo hizo de manera apasionada y pagando su buena ración de consecuencias. A esa mujer salvaje, rebelde y apasionada, que no se parece demasiado a la que yo he conocido, sí creo parecerme. O, al menos, me gustaría.

He hecho cosas parecidas y, aunque a mí nadie me ha dado una paliza, sí he cargado con juicios, opiniones y rechazo. Por suerte, vivo en una época en la que he podido alcanzar el privilegio de tener independencia económica y no necesitar el beneplácito de nadie para ser y hacer lo que yo quiera. Y, habiendo sido rara toda mi vida, la aprobación social me resulta más bien prescindible.

Lo que sé es que no quiero vivir sin eso, sin esa pasión. Que no me voy a resignar a vivir sin que el estómago me salte o me dé vueltas de vez en cuando y que estoy dispuesta a pagar el precio que haga falta por mantener la pasión en mi vida.

Hace poco vi en el telediario un reportaje sobre un cortometraje documental titulado Las novias del sur, en el que Elena Riera acude a mujeres maduras que fueron novias en su día para hablar de su experiencia. En ese reportaje una de ellas contaba que se enamoró años después de enviudar. Que entonces, a los setenta y muchos descubrió el amor. Y el sexo. La pasión, en definitiva. Ella reconocía haberse casado con un hombre al que no quería (a saber por qué razones, seguro que las tenía) pero, por suerte, la vida le dio la ocasión de enamorarse y de disfrutar de ese enamoramiento, de las caricias deseadas, de los orgasmos. Me alegré mucho por ella. Me emocioné. Y pensé que yo, que he tenido la oportunidad de saber de eso desde bien pronto, tengo la obligación moral de no conformarme con menos. No quiero hacerlo.

(Por cierto, si alguien se entera de dónde ver Las novias del sur, que me lo diga. Tengo mucho, mucho, mucho interés).


Este post ha sido creado sin la intervención de Large Language Models/Inteligencia Artificial Generativa. Si quieres dejarme un comentario puedes hacerlo a través de mi correo electrónico o de mi cuenta de Mastodon