Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 3, 2025

El otro día así, de la nada, me dieron ganas de hacer puto yoga. Todos mis respetos a la gente que disfruta del yoga, pero yo lo detesto: me pone de muy mala leche, me frustra, me ennerva. Pero el otro día, por lo que sea, el cuerpo me pedía hacer una sesión de yoga (o lo que sea que performa la señora Xuan Lan). Me sentó bien a pesar de pasarme lo de siempre, que acabé de los nervios, frustrada, sintiéndome una mezcla de patata y alcayata sudada y torpe. Supongo que porque hice lo que me pedía el cuerpo.

No ha sido hasta hace poco, un mes después prácticamente de dejar de trabajar (porque dejar de trabajar y empezar las vacaciones son cosas bien distintas), que he empezado a escuchar mi cuerpo. Porque ese es un mandato que nos recordamos mucho: “Escucha a tu cuerpo o acabará gritando”, “Haz lo que te pida el cuerpo”, “Si tu cuerpo te pide parar, tienes que parar o lo hará por la fuerza”. En fin, esas cosas bienintencionadas que nos decimos las amigas. Y es verdad. Pero, ¿tú de verdad escuchas a tu cuerpo?

Porque yo, generalmente, no. No sé si es una cosa mía, relacionada con mi caprichosa propriocepción, o si es una cosa sistémica. Puede que no tenga que elegir y sea un poco de cada. Sea como sea, durante la mayor parte del año estoy en una inercia de aceleración y rutinas apretadas que mi cuerpo no tiene tiempo ni espacio para decir ni mú. Tal vez pienses: “Bueno, basta con hacer ese tiempo, con buscar ese espacio, entonces probablemente sepas lo que necesitas”. Je. Ojalá.

La mayor parte del tiempo de mi vida, cuando escucho a mi cuerpo, lo que quiere es parar de forma más o menos permanente. A veces siento que quiero dormir 12 horas seguidas, otras una semana, otras para siempre. A veces, con demasiada frecuencia, desearía que un adulto responsable se hiciera cargo de mi vida mientras yo me tumbo en el sofá a mirar el techo. La cosa es que durante la mayor parte de mi tiempo estoy tan cansada que mi carne no tiene energía ni para desear. Así que no es solo que no escuche lo que dice: es que no tiene mucho que decir.

Es atroz vivir así, ¿no? Ya, ya sé: champagne problems. Otros viven asediados bajo bombas, o habitan en una hambruna inducida, y se mueren. Por desgracia los dolores no se anulan. Y todo eso no hace menos atroz que mi vida (y supongo que no solo la mía) consista, básicamente, en estar cansada, en avanzar en piloto automático, en seguir pedaleando por inercia porque, si paras, te vas al suelo.

Me ha quedado un post muy triste y, aun así, el fondo es positivo: aún me queda algo de verano para que mi cuerpo tenga las energías de pedir cosas y yo tenga el tiempo de dárselas. Aunque lo que me pida sea hacer puto yoga. Ains.

Lo del día que el cuerpo me pidió hacer yoga aunque lo odio, o como la pandemia me pedía moverme... en comparación a cuando estoy tan hasta el coño que el cuerpo no me pide nada. La dificultad de escuchar al cuerpo cuando se nos imponen unos ritmos insoportables.


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Published on Jan 15, 2025

Hace muchos, muchos años, en otra vida (esa sí que era otra vida) y en otro blog escribí sobre la ruptura de los padres de una amiga. Todo se desencadenó por el profundo impacto que me causó ver solo un cepillo de dientes en el baño del dormitorio de sus padres.

Ya, ya lo sé, soy una persona bastante impresionable. Cualquier cosa puede provocarme una emoción intensísima. Y eso es lo que me ha salvado al vida en multitud de ocasiones.

Volviendo al tema. Los hechos incontestables es que el señor en cuestión era un cucharacho, una persona terrible, un señor de esos que hoy salen en los periódicos digitales con referencia al #MeToo. Yo, que entonces era una cría de 17 años, lo sabía. El pueblo entero lo sabía. El universo lo sabía. Y aún así, a mí, en aquel momento, la visión de aquella casa tan grande y tan vacía, lo que me provocó fue pena, mucha pena. Hoy, con veinte años más, lo veo distinto: independencia, liberación, intimidad, autonomía... Pero entonces era una cría con el seso comido por el mito del amor romántico.

No fui yo sola: el pueblo entero pensó que pobrecita ella, la mujer abandonada por otra, la que se quedaba sola (su hija, al parecer, no era una persona, tampoco su hermana, ni sus padres). Lo peor de todo es que ella también llegó a creérselo. No voy a entrar en detalles ahí, pero digamos que la travesía hasta salir de ese mar de concepciones erróneas fue larga y difícil.

Pero llegó. Y parece ser que en aquella casa tan grande y solitaria no vio un problema, sino una oportunidad: montó una pequeña pensión con las habitaciones vacías. Ahora tiene un cucaracho menos y una fuente de ingresos más. Y no sé qué pensará el pueblo, ni ella, pero yo lo tengo claro: la que salió ganando de toda aquella historia fue ella. Aunque le haya costado verlo (porque lo que el resto viéramos o dejáramos de ver carece totalmente de importancia).

Me encantan las historias de señoras con final feliz.


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Published on Aug 1, 2025

En junio estuve en la Feria del Libro de Madrid. No es un evento que me guste demasiado como lectora: demasiado masificado. Supongo que por eso, porque no me gusta demasiado estar paseándome entre la marabunta de gente, mi botín no fue significativo. La joya de la corona, de hecho, no fue cosa mía. #Ingeñero aprovechó para dar un paseo mientras yo firmaba y traerme un regalo: Las hijas horribles de Blanca Lacasa Carralón, publicado por Libros el KO. No sé cómo leches llegó al libro, pero que lo viese y de alguna manera pensase en mí, que no apartase la mirada de mi herida sino que la acepte, me hace quererle más todavía.

¿Qué encontrarás en Las hijas horribles?

Las hijas horribles no es un libro autocomplaciente: no va a decirte que pobrecita tú y qué mal lo hizo tu madre. Tampoco lo contrario: en absoluto va a salvar a las madres o a justificarlas en el daño que han hecho. He de decir, no obstante, que desde donde yo me alzo y me sostengo, no siempre ha sido el libro que yo necesitaba leer, precisamente por eso: intenta que las hijas entendamos que no somos hijas horribles poniendo en contexto a las madres para dejar claro que no hay nada malo en nosotras, que la culpa no es nuestra. En ese ejercicio puede parecer que se las justifica, sobre todo si se lee el libro desde el trauma, como me pasa a mí. Supongo que si se toma cierta distancia se comprende la postura de la autora. Por otro lado, intenta alejar a las hijas de la victimización en la que, lo reconozco, es fácil caer: la culpa de todo es de mi madre. En ese proceso incide en la necesidad de hacernos cargo de nuestro presente y de tomar las decisiones necesarias y poner en práctica las acciones convenientes para nosotras. Y eso también, a veces, puede escocer. En fin, si te has sentido una hija horrible no es un libro cómodo. Tampoco creo que nadie esperase un libro cómodo viendo el título y la temática, claro.

La autora desgrana a lo largo del libro multitud de referencias de especialistas en psicología, sociología, feminismo, etcétera. He de decir que, me congratula, además, que entre las obras citadas haya varias lecturas que ya tenía pendientes: se ve que el libro está en mi campo de interés. Asimismo, recoge testimonios de hijas horribles, bien de la literatura, bien de mujeres entrevistadas que cuentan sus vivencias personales con sus madres (y, en menor medida, con sus hijas e hijos). Y esto sí me ha parecido verdaderamente reparador. Sé que mal de muchas, consuelo de tontas, pero es que no se trata de un consuelo: se trata de que un dolor así, compartido, permite retirar el foco de una. Es verdad que la culpa no era mía porque la madre de esta señora con la que probablemente no tengo nada en común le hizo lo mismo, le dijo lo mismo. También es interesante, si eres amante del cine, analizar las referencias cinematográficas a las que la autora hace mención. He de decir que como no soy una gran cinéfila, esa parte me ha pasado más por lo alto, aunque reconozca su interés.

##¿Qué he echado en falta en Las hijas horribles?

Un poco más de claridad y distinción, que diría Descartes. En el libro se entremezclan historias de dependencia un tanto problemática, historias de maltrato psicológico, historias de abandono. Y aunque todas ellas comporten relaciones complicadas con la madre, no todas son lo mismo. A lo mejor esta soy yo resistiéndome al mensaje del libro, no lo sé, pero creo que no acaba de distinguir bien entre lo que puede ser una relación problemática o poco sana entre madres e hijas de lo que puede ser una relación de maltrato o abuso y, en ese sentido, algunas recomendaciones o posturas me parecen poco adecuadas. ¿Que debería estar claro cuando algo es maltrato o abuso y cuándo no, especialmente para una mujer adulta? Puede, pero no siempre lo está, y menos en lo que respecta a la familia, que es lo que normalizas desde pequeña. He de reconocer que en más de un momento me he encontrado reevaluando mi experiencia y diciéndome “¿Y si estás siendo una exagerada? ¿Y si no fue para tanto?”. Y mira, no. Por ahí sí que no, nada de volver a hacerme luz de gas.

##¿Recomiendo Las hijas horribles?

Pues sí. Sí porque da mucha información sobre cómo se construye el vínculo entre madres e hijes, cómo los roles de género configuran de forma especialmente tortuosa la relación entre madres e hijas, cómo el patriarcado ha amputado la vida de las mujeres desde generaciones y cómo ese trauma se perpetúa si no se hace nada para pararlo (y creo, chavalas, que esa misión es la que le toca a nuestra generación). Además, lo hace desde un tono muy atractivo: no especialmente serio, aunque no banal, no es tedioso, de vez en cuando hay toques de humor, pero no deja de ser respetuoso... Y, sobre todo, porque creo que nos puede ayudar a reconciliarnos con nosotras mismas como hijas (lo de reconciliarnos con nuestras madres lo dejo para cada una). Incluso si tu relación con tu madre es estupenda, puede ser interesante leerlo para entender e identificar qué pasa a algunas amigas tuyas, a otras mujeres de tu vida.

En fin, me parece que este va a ser un libro que voy a regalar mucho (de hecho, ya he empezado a hacerlo).

Espero que, si llegas a leerlo, me cuentes qué te ha parecido.


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Published on Apr 10, 2026

Me quejo mucho de mi profesión. Al fin y al cabo:

  1. No me gusta trabajar y
  2. Es una profesión dura.

Pero, probablemente no es dura por lo que la mayor parte de la gente piensa. Cuando digo que soy profesora de instituto, lo primero que suelen mencionar es a los adolescentes. Y bueno, no voy a negar que en los últimos tiempos nos enfrentamos a situaciones y retos bastante complejos, que desgastan mucho. Y tampoco voy a negar que ser mujer, progresista y docente supone recibir violencia de mayor o menor intensidad de forma cotidiana. Peeeeeeero los adolescentes son la razón por la que me apunté a esta movida y siguen siendo la razón por la que sigo (junto a que no hay otra cosa por la que me paguen como para sobrevivir, claro).

Cuando hablo con amigas maestras me dicen que ellas disfrutan mucho del trato con sus alumnos porque son más inocentes, más niños, más entusiastas y menos rácanos con el afecto. Es cierto que los adolescentes son otro estadio de la evolución del pokémon humano y, como tal, tienen sus particularidades. La apatía y la incapacidad de sentir no son dos de ellos: los adolescentes sienten y sienten con intensidad, en mi experiencia. Lo que pasa es que, en buena medida, se ocupan y preocupan mucho de ocultarlo. Hay que tener una mirada entrenada para darse cuenta de su afecto.

También es cierto que el adolescente es más selectivo que el niño a la hora de querer a un adulto, porque los adultos no entienden, no saben, les miran por encima del hombro, etc. Que un adolescente se sienta respetado, escuchado y seguro con una es el premio gordo: Incluso aunque no llegue a demostrarlo abiertamente.

Me siento muy afortunada. Puedo decir, aunque esto suponga pecar de arrogancia, que soy una persona querida por sus alumnos (no por todos, claro, pero sí en buena medida). Estas últimas semanas he tenido haciendo las prácticas del Máster de profesorado a un alumno al que le di clase en bachillerato. De vez en cuando me entran en el correo mensajes de antiguos alumnos preguntando por mí, pidiendo algún favor, invitándome a sus graduaciones si ya no estoy en su instituto... Y algún día que otro pasan cosas. Últimamente me han pasado dos que quiero compartir.

Hace unos días fui de visita a dar una charla en calidad de escritora. Mientras esperaba allí en la entrada del centro con la coordinadora de la actividad veo aparecer por el rabillo del ojo una figura que se acerca a mí con mucha velocidad. Cuando me giro y le veo de frente veo que viene con los brazos abiertos hacia mí, y le reconozco. Es R., fue alumno mío el curso pasado, en Bachillerato, pero la cosa no cuajó. R. no era un “buen estudiante” porque no estaba donde él quería estar. Pues bien, cuando vio los carteles de mi visita, el menda lerenda se fue a Jefatura a pedir permiso para salir de su clase y venir a la charla a saludarme. Finalmente lo pudo hacer al final de la clase anterior, lo que nos permitió hablar un buen rato. Se le veía tan contento de verme, me pareció tan lindo que se tomara esa molestia... Y bueno, eso por no hablar del par de abrazos, el de bienvenida y el de despedida, que me dio, que me dejaron la pila recargada para tres días. ¿No os parece lindísimo, y más viniendo de un ex alumnO? Porque en esto me da que el género también importa...

Pues hoy[^picaso] he tenido otro momento. Unas alumnas me buscan, me dicen que si pueden hablar conmigo en el recreo. Les digo que claro, que por supuesto. En el recreo vienen y nos vamos a un aula, yo pensando que tienen alguna duda... Y me dan una caja. “Ábrela”, dice una. “Pero lee primero el interior de la tapa”, dice la otra. Y escucho: “Espero no haberme equivocado con la fecha...”. Pues bien, leo la tapa y hay una carta preciosa y unas instrucciones. Básicamente me dicen cosas bonitas y que, como me caso en un año, han preparado 13 sobres, empezando justo un año antes de la fecha de la boda, siguiendo ese mismo día de cada mes faltante, y acabando el día de la boda. Cada uno contiene una vela e intuyo que algo más. No puedo esperar a abrir el primero (pero lo haré).

Me parece un currazo. Una molestia tremenda cuando en 2º de Bachillerato tienen cosas mejores y más urgentes que hacer, cuando el tiempo libre escasea y seguro que hay mil opciones mejores para dedicarlo que prepararle una sorpresa a tu profesora. Pero lo han hecho. Me parece tan precioso...

Como decíamos ayer... Que me siento querida, que siento que hay adolescentes que me consideran digna de su afecto, de su confianza, de su consideración y cariño. Y que eso, aún después de muchos años, sigue pareciéndome una bendición, y espero que no cambie nunca.

[^picaso]: tuve que interrumpir la escritura de este post porque mi tranquila guardia en el aula de expulsados se vio interrumpida por la llegada de una estudiante... Que llegó muy enfadada pero llegó contándome toda su movida, pidiéndome consejo y despidiéndose con gratitud al irse. Tengo talento para esto, se ve.


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Published on Mar 11, 2025

Soy una mujer de pocas certezas, creo. Lejos quedan esos tiempos de mi arrogante adolescencia en los que creía tenerlo todo muy claro, transparente. El paso por la carrera de Filosofía y por la crisis económica de 2008, con todo lo que supuso, me bajaron los humitos a fuerza de lecturas y hostias. Los años que vinieron después, con sus correspondientes experiencias, me sirvieron para darme cuenta que la realidad rara vez es tan simple como para poder decir, con honestidad, que una está segura de algo.

Pero me aferro a alguna certeza que, más que una certeza en sí, es un compromiso con algo que creo firmemente que es bueno para mí, que es lo que me conviene. Doy margen sobre lo que quiero, porque sé que los deseos cambian, pero lo que es bueno o conveniente, en términos generales, es menos mutable. Asimismo, tengo bien fijos en mi brújula moral unos cuantos valores, apunto a unas cuantas virtudes. No muchas, pero cardinales e ineludibles.

Pues me resulta curioso que, siendo una persona que vive entre tantos tonos de gris, esas poquísimas certezas acaben suponiendo un escollo, algo con lo que chocar, que acaben llevándome por la calle de la amargura porque, si bien tiendo a adaptarme a muchas cosas, con esas certezas soy inflexible. Y oye, por lo que sea, tienden a ser requisitos prácticamente inaceptables.

Recuerdo ese pasaje de Cyrano de Bergerac en el que le aconsejan que sea menos brusco, que se congracie con adulaciones con los poderosos, que no sea tan inflexible con sus principios. Y él acaba, en un monólogo genial, diciendo que prefiere quedar más bajo, pero solo. Siempre solo.

Parece ser que ese es el precio...Qué caras se pagan mis pocas certezas.


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Published on Mar 27, 2026

Hace bastantes años leí una novela juvenil titulada Si decido quedarme, en la que una adolescente que ha quedado en coma tras un accidente parece tener la decisión de caminar hacia el lado de la muerte o el de la vida. El título me ha vuelto a la mente en los últimos días, supongo que porque nunca es tan fácil tomar la decisión. Y parece que mucho menos llevarla a cabo, ni siquiera cuando la ley te ampara.

Pienso en Noelia, claro. Pienso en que, una vez autorizada su petición de eutanasia por los profesionales pertinentes, tuvo que pelear contra su propio padre, que llevó su decisión (la decisión de una mujer adulta) a los tribunales una y otra y otra y otra vez. Todos los tribunales le han dado la razón, claro, pero los dos años y pico que se ha prolongado e incrementado el sufrimiento de Noelia no pueden repararse.

Si decido marcharme, si me veo en esa tesitura, llevada no por un impulso irreflexivo, sino por una determinación bien meditada, espero que quienes me quieren sepan quererme también entonces. Y si no puedo tomar esa decisión y alguien se ve llevado a tomarla por mí, espero sepa anteponer mis deseos a su dolor y hacer lo que yo hubiera querido. Debe de ser duro descubrir, en el momento de mayor vulnerabilidad de tu vida, que el amor que creías tener era condicional.


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Published on May 18, 2025

El día que me separé cambié las sábanas. No tocaba hacerlo, era miércoles, creo, y yo siempre cambio las sábanas en fin de semana, pero no importó: cuando él se fue lo primero que hice fue cambiar las sábanas. Puse unas con una bajera malva y las almohadas y la sábana superior estampada con un horror vacui de flores que tenía muchas ganas de estrenar. Eran de algodón bueno, de las que se arrugan una barbaridad, pero que son bien suaves. Hice la cama con primor y la perfumé con agua de rosas. Esa noche cuando, a las tantas, me metí en la cama, aspiré el aroma a rosas, me tumbé en el centro de mi cama de 1.50 y me dormí sin llorar.

Desde 2016 he estado preparándome para habitar la soledad, aprendiendo a transitar el cable tendido entre ser capaz de valerme por mí misma y aceptar la conexión con los demás (con éxito apenas moderado). Ese año fue cuando tuvo lugar mi caída del caballo, cuando, a lo Scarlett O'Hara, me puse a mí misma por testigo de que no iba a volver a perderme. Y eso implicaba gobernarme como una autarquía para gantizar mi libertad, empezando, como buena materialista, por las condiciones materiales de existencia. Y, aunque pueda parecer un chiste, eso fue, para mí, lo fácil: conseguido el trabajo fijo y decentemente pagado, del ahorro se encargaron años y años de austeridad impuesta por la pobreza. Pude pagar mi alquiler, mis gastos, mis pocos caprichos. Al cabo de unos años pude dar la entrada para un piso que pagué con bastantes agonías durante dos años mientras seguía pagando alquiler. Cuando me lo entregaron, pude amueblarlo y empezar a habitarlo. La princesa se había procurado un castillo y unos ingresos más o menos estables. La princesa podía ser libre. Por eso, cuando por fin se dio cuenta de que había tenido el corazón roto y que ya estaba casi recompuesto, pudo dormir envuelta en sus sábanas de flores en el medio de su cama.

Como digo, eso fue lo fácil. Lo difícil lo vine haciendo antes de esa ruptura. Porque prepararse para habitar la soledad no consiste solo en ser independiente económicamente, sino en ser independiente emocionalmente porque resulta que, como dice Valeria Castro, «resulta que la compañía es deseo del ser humano» y lo de asumir que una tiene que prepararse para estar en el mundo consigo misma (en muchos momentos), cuesta. Especialmente en una sociedad en la que todo orbita alrededor de la familia nuclear y la pareja. Pero a la fuerza ahorcan: en un determinado momento decidí que lo que merece la pena vivir también merece la pena vivirlo sola. Empecé a ir a exposiciones sola, a conciertos, a pasear... y basculé mi emocionalidad en otros lados (benditas amigas, benditas sean). Por eso, y porque ya le había echado mucho de menos, la princesa pudo dormir sin llorar en el centro de su cama disfrutando del olor a rosas.

Cuando una llega a ese punto el problema es que a una tiene que compensarle dejar a otros entrar en su vida porque ya no es una cuestión de necesidad sino de querencia: para que entres o permanezcas en mi vida tengo que querer lo que me ofreces, tu presencia en mi vida tiene que merecer la alegría (me gusta haber cambiado esa expresión), porque sé que puedo estar razonablemente bien sola. Incluso muy bien.

Así que resulta que, al final, el castillo de la princesa (con su parte material y su parte emocional) acaba siendo una fortaleza inexpugnable (o casi inexpugnable) y ella una señora difícil [^difícil] de satisfacer. A la princesa le han dicho que estas cosas se pueden tratar en terapia, pero ella no ve cuál es el problema. A lo mejor el problema lo tiene el mundo, porque la princesa ha descubierto que no se necesita más que a sí misma para sentirse una reina y que, por lo tanto, ya no es fácil engañarla con cuentos.

*la princesa le da un sorbito a su refresco de cola con sabor a cereza y hace clic en publicar post

[^difícil]: el término difícil es relativo, entre otras cosas, al esfuerzo que una persona está dispuesta a poner en la tarea, también, no es absolutamente objetivo.


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Published on Dec 11, 2025

Para pensar un poco, antes de leer.

¿Cómo te sientes cuando se acerca tu cumpleaños?

¿Qué te gustaría hacer para celebrar tu próximo cumpleaños?

Piensa en algunas situaciones que hayas superado en este último año y felicítate por ellas.

Y ahora, leamos el poema:

Cumpleaños, de Ángel González

Yo lo noto: cómo me voy volviendo

menos cierto, confuso,

disolviéndome en aire

cotidiano, burdo

jirón de mí, deshilachado

y roto por los puños.

.

Yo comprendo: he vivido

un año más, y eso es muy duro.

¡Mover el corazón todos los días

casi cien veces por minuto!

.

Para vivir un año es necesario

morirse muchas veces mucho.


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Published on Feb 18, 2025

Aquí ando, umbría por la pena, cubierta del hollín de la apatía, incapaz de encontrar en los instantes que se tienden ante mí algo que me seduzca lo suficiente para levantarme y andar, parar resucitar de esta muerte en la que me siento hundida. Aquí ando, viviendo por costumbre, por inercia, porque la vida me lleva cuesta abajo y no soy capaz de echar la mano al freno. Todavía.

En esta pena me quedo sola y una, porque no hay quien pueda apenarse de mis champagne problems, de mis quejas desde el privilegio. Porque mi pena, aunque pesa, no parece tan seria, tan solemne, como las penas de otros, así que me arrastro por la vida con dos perros enganchados a la carne, royéndome el pecho: el más insistente, la pena; el más feroz, la culpa. Y mi pecho no consigue saciar a ninguno de ellos.

Por donde voy, la pena me acompaña. Tiñe mi mirada y mi sonrisa, mis palabras dulces, mis amables gestos. También mi rabia, que apenas es una queja cansada, prácticamente inaudible. Pronto no quedará nada que no haga con pena, porque la pena habrá permeado en mí como calan las humedades, destruyendo en silencio y con parsimonia, no dejando bueno hueso alguno.

Temo que no vaya a poder con ella, que la rendición o la derrota (tanto da, en este caso) son, a mi pesar, ya cosa hecha. No me cabe, en este asunto, un contrafáctico. Lo veo claro como el agua, lo único que veo claro en mi futuro: no podrá con la pena mi persona.

Entonces, ¿a qué viene tanto esfuerzo? ¿Qué sentido tiene intentarlo, mantener el corazón latiendo como si sirviese para algo? ¿A qué seguir andando si el rumbo queda lejos del alcance de mis fuerzas? Qué terrible absurdo esta vida...¡Cuánto penar para morirse una! [^¡Tanto penar para morirse una!]

[^¡Tanto penar para morirse una!]: Este post toma prestadas expresiones (incluso versos enteros) de Miguel Hernández en su poema «Umbrío por la pena», que puedes leer aquí.


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Published on Aug 9, 2026

Tengo el pelo rizado. Lo mismo esto dicho así no te da mucha información, pero el pelo rizado es: delicao. De lavar, de “arreglar”, de mantener “arreglao”... Durante mucho tiempo yo me he apañado sola con él incluso para cortarlo: imagina los desastres que me habrán hecho que prefería cortarlo yo, que no tengo ni pajolera idea de cortar pelo.

Y no obstante, fantaseo (y soy consciente de que no soy la única) con que me lavan el pelo. Esta conversación ha surgido en mastodon varias veces, y varias mastodontas hemos entrado al trapo como locas. Buah, que te laven el pelo. Buah.

Hace mucho tiempo mi pareja me dijo que querría lavarme el pelo. Yo le dije que en algún momento. Desde ese momento han pasado semanas, meses y más un año seguro. Puede que hasta dos. Pero el día ha llegado hoy, que se ve que tenía yo ganas de emociones fuertes: si iba mal me iba a arruinar una expectativa; si iba bien, ay, si iba bien.

Y ha ido bien. No sé por qué me sigue sorprendiendo, pero me sorprende. Supongo que por falta de hábito de que los señores hagan ciertas cosas bien-bien. Qué dulzura, qué cuidado, qué agradable. ¿Y sabéis qué es lo mejor? La atención, amigas. En sus gestos he adivinado que me ha estado mirando todo este tiempo, que se ha estado fijando de verdad para hacerlo bien cuando le llegara el turno. Porque sabía que iba a llegarle el turno: este señor tiene línea directa con la fuente de la esperanza.

“¿Lo he hecho bien?”, me ha preguntado luego. Y yo le he dicho que sí, por no exagerar. Por no decirle que hoy hemos descendido varios metros al pozo de la intimidad. Por no decirle que hoy estoy un poco más tranquila: cuando en alguna de mis torpezas caiga rodando por unas escaleras (probablemente en el trabajo y delante de decenas de alumnos) y me rompa un brazo, no tendré por qué llevar el pelo asqueroso. Por no decirle que no creía que existiesen personas como él. Por no decirle que no soñaba yo con que, en el caso de existir, fuese a tocarme a mí la lotería. Por no decir tantas cosas le he sonreído y le he dicho que sí, que muy bien. Que otro día tiene que probar a definirme los rizos, a ver qué pasa. Cuando ha dicho “vale”, decidido, casi me derrito. Porque creo que lo dice de verdad. Porque está consiguiendo hacerme creer que respiraría por mí si hiciera falta. Y esas ideas, en mi experiencia, son una alucinación preludio de una catástrofe.

Pero aceptemos los dones de hoy: hoy mi prometido me ha lavado el pelo y sigue habiendo boda por delante. ¡Albricias!


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