Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Feb 11, 2025

La mayor parte de la gente que conozco, y me incluyo, somos conservantes (qué difícil es medio inventarse esta palabra): queremos mantener las cosas, perservarlas. Tenemos una tendencia obsesiva a guardar, a atesorar. Puede que no en todos los sentidos (yo misma estoy aprendiendo a dejar ir cosas), pero nos cuesta dejar ir. Así, tenemos cajones atiborrados de cables que ya no vamos a usar porsiacaso, una caja con viejas cartas de amor, o postales, un jersey que ya no nos sirve (o un montón de ropa, para el caso), zapatos que nunca nos hemos vuelto a poner, libros que jamás volveremos a leer...

Y bueno, cada quien con sus manías y allá con el uso de su espacio, claro. Pero es que a veces también lo hacemos con las personas por la misma razón: porsiacaso me vuelve a hacer feliz. O, peor aún: porque hubo un tiempo en el que me hizo feliz, aunque no albergue muchas esperanzas de que eso vuelva a ocurrir.

Hay multitud de relaciones interpersonales que se sustentan en ese hubo un tiempo, tal es el poder de la nostalgia. Y la muy puta, encima, nos hace sentir mal cuando por fin decidimos dar el paso y dejar ir: «Pero mujer, ¿cómo vas a distanciarte de esta persona, si te llevó a una biblioteca por primera vez?» o «¿En serio quieres romper esta relación, ¡si has sido muy feliz en ella! (aunque de eso haga bastante tiempo)», o quizá «¡Cómo vas a cortar la relación con esta amiga, si fue a la primera que le contaste que se te había caído un diente!».

Todo porque hubo un tiempo. Y aguantamos, y conservamos, y guardamos, y nos aferramos, sin darnos cuenta que en ese empeño estamos impidiendo que haya un tiempo feliz que podamos recordar en el futuro.

Será que más vale pájaro en mano que ciento volando, claro... Siempre que te valga renunciar a ver cien pájaros volar.


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Published on Oct 18, 2025

Ayer me enteré de lo tuyo y aún no se me pasa el coraje. De entrada, cuando me enteré, casi por accidente (lo de no estar en las redes sociales mainstream tiene estas cosas, de que ibas a parar tu gira por salud mental no me sorprendió: siempre me has parecido una di noi, esto es, una de esas personas demasiado sensibles para esta mierda de mundo. A mí también se me hace bola lo del vivir, qué te voy a contar. Así que bueno, me dio pena pero, en última instancia, me alegré de que pudieses tomar esa decisión y cuidarte.

Lo comenté en Mastodon y alguien me contestó haciendo referencia a la actuación de OT y a la avalancha de críticas crueles que se hicieron tras la misma. La busqué, quería entender qué cosa tan terrible habías hecho para merecer tal escarnio. Y lo que vi fue una mujer nerviosa, tensa, que estaba pasando un mal rato y a la que apenas le salía la voz hasta que su compañero de actuación la acoge, la arropa y la ayuda a soltarse con su compañía. Reconozco esa sensación, me es familiar. Supe lo que estaba pasando desde el primer momento.

No creo que jamás hubieses podido hacer nada que justificase tal escarnio y violencia pero me sorprendió ver que lo que la provocó fue un momento de vulnerabilidad, un momento de imperfección, un momento real como la vida misma en el que, aunque una no esté al 100% tiene que seguir adelante porque el mundo ni perdona ni espera.

Como digo, aún no se me pasa el coraje. Y mira que están pasando cosas en el mundo para encorajinarse, pero esto tuyo se me ha quedado clavado. Quizá porque ando en carne viva con lo que late de fondo en toda esta historia, que también está detrás de algunos de mis malestares y de los de otras muchas personas parecidas a ti y a mí: ser bueno, sensible, amable, no te protege del daño, es más, con frecuencia te hace el objetivo preferido de los que dañan. Y en este mundo se escoge con tanta frecuencia el ataque... Luego pasa lo que pasa: las niñas se suicidan, las personas no queremos seguir adelante y nos preguntamos qué sentido tiene, los mejores de entre nosotros bajan los brazos agotados de sacar mierda de este estercolero... Y cuando las cosas pasan los que llevan los bolsillos llenos de mierda para lanzarla en cuanto encuentran ocasión ponen cara de pikachu sorprendido.

Nos salva y nos castiga que no podemos ser de otra manera, Valeria. O eso creo. No podemos ser como ellos, así que seguimos yendo así por la vida, sin escudo antibalas, y, cuando nos hieren de gravedad, hacemos lo que podemos para recomponernos y seguimos, si nos quedan fuerzas. Pero así van las cosas, claro.

Y de ahí el título de este blog, que no para de amortizarse. Con lo tuyo, Valeria, como con tantas otras cosas: jodida, pero no sorprendida.


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Published on Dec 5, 2025

Para pensar, antes de leer...

¿Sueles habitar tus emociones negativas o te apresuras por salir de ese estado?

¿Crees que las emociones negativas pueden aportarte algo valioso?

¿Puede que en ocasiones te hayas quedado más tiempo del necesario en un «mal lugar» conocido por el miedo que te daba explorar para buscar algo mejor?

Y ahora, el poema:

Spell, de Andrea Cohen

When she left we halved

everything but absence.

I didn’t buy another bed,

but slept on the floor.

It was good for a spell

to have nothing to fall out of.


(traducción pocha hecha por mí)

Por un tiempo

Cuando se fue lo dividimos

todo excepto la ausencia.

No me compré otra cama,

sino que dormí en el suelo.

Estuvo bien por un tiempo

no tener de dónde caerme.

En inglés cuando una se enamora «cae en el amor» (fall in love) y cuando se desenamora «se cae (fuera) del amor» (fall out of love). De ahí el juego de palabras difícil de traducir con desenamorarse y caerse de la cama.


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Published on Apr 2, 2025

El otro día tuve una interacción que me resultó bastante dolorosa. Nadie pretendía hacerme daño, pero cada vez que una esquirla de esperanza me es arrancada me duele como si no me quedase más. Te cuento (si te quedas).

En el club de lectura de fantasía, ciencia-ficción y terror en el que estoy este año la coordinadora ha programado la lectura de La educación física de Rosario Villajos. Llama la atención, porque, a priori, no cae bajo ninguno de esos géneros, pero, en efecto, es una novela de terror y ha conseguido mantenerme en tensión y provocarme miedo más que muchas novelas de Stephen King, por poner un poner. La premisa: una chica ha tenido que volverse a la ciudad repentinamente, después de que haya pasado algo en casa de una amiga, y no le queda más opción que hacerlo haciendo autostop. Como dato para enriquecer el contexto, son los 90, poco después del crimen de las chicas de Alcàsser.

¿Te provoca a ti una punzada de inquietud? A mí desde el principio. Tenía terror, porque la sospecha de que a esa chica que iba a pasar algo (algo más, en realidad), de que no iba a llegar sana y salva a casa no se me iba de la cabeza. A esto podemos sumarle una madre que es la versión realista de la madre de Carrie (sin el fanatismo religioso, que no hace falta para dar mucho miedo). El libro consigue transmitirte perfectamente la sensación de no estar a salvo en ningún sitio (en ninguno) de esa chavala de 16 o 17 años.

No pude acudir a la reunión en la que se comentó el libro por estar haciendo la estúpida trabajaceón para ganarme la estúpida vida (qué expresión más horrible), pero me han contado que fue movidita, no solo por el señoro de turno (si en su grupo de lectura o de lo que sea no hay un señoro, se le asignará uno de oficio) sino porque una componente del grupo reaccionó tan mal al libro que, al principio, incluso se negó a comentarlo. Acabó finalmente diciendo que ese tipo de libros nos enfrentan, que esas cosas en realidad no pasan (recuerdo que una cosa a la que se refiere el libro es el crimen de Alcàsser, que supongo que yo recuerdo porque estoy alucinando, como cuando recuerdo a Marta del Castillo, a Nagore Laffage o a Diana Quer, por poner un poner). Pero esto no es lo que me dolió. Qué va. Con esto cuento.

Estaba comentando la reunión con un amigo y miembro del club de lectura. Me contaba que el señoro de turno había buscado apoyo en él y en otro chaval, y que no lo había encontrado (bien), que la otra compañera parecía más enfervorecida incluso que el señoro y me decía que le habría encantado que yo estuviera allí. También me lo ha dicho mi amiga, que es la coordinadora: todos contaban con la señora difícil, con la feminista que ya está hasta el mismísimo coño de hacer pedagogía y guardar las formas. Casi que siento un cierto orgullo de que eso sea lo que piensan de mí. La cosa es que después de todo eso le pregunté por el libro. Y ahí empezó el problema.

Mi amigo, que no se tiene por un señoro, que no es un machista militante, me dijo con muy buenas palabras que entendía por qué ese libro era necesario, que estaba muy bien que se hubiese escrito, pero que no le había dicho gran cosa, que no había empatizado. Le miré con horror. «A ver» añadió, supongo que para arreglarlo, «es que yo no puedo empatizar con el libro como vosotras».

Supongo que no ve problema en creer que toda obra, para que resulte significativa, tiene que permitirle empatizar. Que no tiene por qué. Puedes introducirte en la historia de esa chavala que puede que no llegue entera a su casa sin necesidad de empatizar. Si necesitas sentir algo mientras lees (como me pasa a mí, cuando leo por placer) puede ser compasión, preocupación, miedo u otras cosas. No obstante, manda cojones que los señores puedan empatizar con superhéroes o personajes de fantasía que son nobles, ricos y fieros guerreros, pero no con una adolescente normal. A ver si es que no les sale de los huevos empatizar con ella...

Lo cual me lleva a la segunda cuestión a tener en cuenta y a mi contestación. «¿Me estás diciendo» respondí, creo que evidentemente dolida aunque intenté esconderlo, «que nosotras tenemos que conseguir empatizar con los miles y miles de protagonistas masculinos, con las historias de señores, porque siempre se han entendido que representan lo humano universal, y vosotros no sois capaces de hacer el esfuerzo intelectual y emocional de poneros en el lugar de un personaje femenino de lo más normal y corriente? Manda huevos, querido...» Mi amigo intentó seguir hablando del tema, pero yo lo dejé. De verdad que me dolió como una puñalada: tuve la sensación de que en realidad no contamos con nadie, que seguimos estando solas, y que lo de ser aliados, en el mejor de los casos, solo supone que no nos van a putear activamente, pero esfuerzos los justitos. Ni siquiera intentar meterse en un libro.

Y es que, de verdad, me toca profundamente la moral, por no mencionar otras cosas: yo no soy un hidalgo que se vuelve loco por leer demasiadas novelas de caballerías, ni un joven ambicioso que intenta medrar en la alta sociedad francesa, ni un héroe griego que se escuda en [un pobre sentido de la orientación] la voluntad de los dioses para quedarse por ahí ciscándose señoras y viviendo aventuras en lugar de volver a su puñetera casa... Bueno, creo que se pilla la idea. Sin embargo, se ha esperado de mí (de nosotras) que saque enseñanzas y aprendizajes de esas novelas, que me deje conducir por esos señores protagonistas, que empatice, simpatice o me compadezca de ellos, sin importar cuál sea mi condición porque, por supuesto esos héroes o antihéroes, esos protagonistas, esbozan algún aspecto universal de la humanidad. Cosa que, por supuesto, no puede hacer una protagonista femenina. Al parecer.

Gloria Fuertes renegaba del término poetisa, porque se utilizaba ese vocablo para referirse a las mujeres que escribían poesía para mujeres: cosas sentimentales (los poemas son sentimentales si los escriben señoras, si los escriben señores son grandes poemas de amor), cuquis, ya me entiendes, cosas de mujeres. Ella siempre prefirió que la llamaran poeta (como yo, por la misma razón). Durante mucho tiempo la literatura escrita por mujeres ha parecido estar escrita también para mujeres: no escribíamos cosas que los hombres encontrasen de interés. Y, al parecer, la cosa sigue siendo así.

A lo mejor es que no les interesa nada que no hable bien de ellos. Para qué vamos a hacer el esfuerzo de mirarnos al espejo, ¿verdad? Así evitamos el riesgo de ver algo que no nos guste.

PD: Disculpa las erratas, no tengo tiempo de repasar el post. Tengo que acudir a una estúpida reunión de mi estúpido trabajo.


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Published on Nov 18, 2025

Ahí es donde reside la virtud, en ese barrio residencial exclusivo al que tan pocos tienen acceso. Ahí es a donde todas queremos llegar: a que nos importe sin que nos duela demasiado, a aprovechar el tiempo sin cansarnos, a sentir sin saturarnos, a ... Bueno, creo que se pilla la idea.

Recuerdo la contractura mental cuando investigué sobre la ética del cuidado: resulta que las mujeres y los hombres no nos desarrollamos de igual forma en términos morales. Aunque en los primeros estadios, en la infancia, nuestra motivación para obedecer las normas morales sí es la misma, a medida que nos desarrollamos cambia. Y no, no es que los hombres sean de Marte y las mujeres de Venus, es que desde antes de nacer[^habitación] ya se nos está socializando de forma diferente, se nos somete a exigencias bien diferenciadas en cualidad e intensidad y en fin, qué te puedo explicar que no sepas ya o con lo que no vayas a estar de acuerdo. La cosa es que las mujeres, cuando pasan de los primeros estadios de desarrollo moral, empiezan a obedecer normas bajo el imperativo del cuidado: atender a las expectativas (que cuando se proyectan sobre ellas tienen que ver con poner a los otros primero) y asegurarse de procurar el bienestar de los que les rodean. Y claro, en ese proceso es inevitable perderse. Así que mientras en ellos la autonomía moral consiste en ser capaces de darse normas universales de forma absolutamente racional, para ellas consistiría en conjugar ese imperativo de cuidado a otros con el cuidado de sí. El puñetero término medio otra vez.

A mí me gustaría tener acceso a ese barrio, de verdad. Ser virtuosa, very mindful, very demure, pero no encuentro la manera, y el mero hecho de intentar buscar ese término medio me suele arrastrar a los excesos.

Por un lado, vivo en un mundo en el que tengo que demostrarlo todo mucho más que otras personas porque la capacidad a otros se les supone y a mí pues no tanto. En un mundo en el que tengo que ganarme el respeto de otros porque a mí no se me presupone. En un mundo en el que tengo que ser invencible porque cualquier falla o vulnerabilidad será considerada como una evidencia de que las mujeres nojequé.

Por otro, inevitablemente, todo lo que suponga no ser invencible me arroja al extremo opuesto: soy débil, blanda, inmadura, incapaz. Porque así me lo han hecho ver. Tengo que aguantar el dolor (especialmente durante la regla, que nadie pueda decir que un hombre rendiría más por eso), tengo que soportar el estrés, tengo que tirar p'alante con todo pase lo que pase, y si no lo hago, incluso si siento que no puedo aunque lo acabe haciendo, soy una fracasada. No soy apta.

¿Cómo coño consigo habitar el término medio si siento que hay fuerzas tirando de mí y si me planto me van a desgarrar?

Poco después de hacer pum-pam-catapum pensé que me lo había inventado. Como lo lees: pensaba que había fingido una crisis de ansiedad con llanto, temblores y toda la parafernalia que se dilató unas 8 horas. Cuando me dieron la baja, tras acabar de comunicar mi nueva situación en mi trabajo llorando, porque era incapaz de parar (y esto fue al día siguiente) uno de mis primeros pensamientos fue «¿en realidad estoy tan mal como para esto?» y los siguientes fueron, directamente, luz de gas: «¿Y si fingías porque eres una vaga y no quieres trabajar? ¿Y si estás tomando la salida fácil de quitarte de en medio porque eres una blanda?» Y por ahí seguía la cosa. Realmente me negaba esa experiencia, me negaba la posibilidad de haber apretado tanto los dientes y haber tirado tanto p'alante que me había roto. Las fuerzas me habían desgarrado.

Empecé a reconciliarme y a creerme que me había pasado lo que me había pasado cuando, un par de días más tarde, noté que aparecía un herpes en mi nariz, donde me salen siempre que me cojo un catarro monumental o en épocas de estrés absoluto o disgustos enormes. No tenía un catarro, así que algo tenía que haber pasado. Lo mismo no me había inventado la crisis. Lo mismo sí que estaba mal. Lo mismo había intentado ser tan dura que me había quebrado. Así que bueno, odio los herpes, son un coñazo, pero este sirvió para algo.

Aun hoy, en plena recuperación, estando medicada, en terapia y con mi vida condicionada a evitar la recaída, a veces me asalta la idea de que fui una dramática. Que lo mismo no era para tanto (repito, una crisis de ansiedad intensa de 8 horas). Cuando ocurre me voy al espejo y me miro la zona de la nariz donde la piel nueva aún se ve ligeramente rosada, de un tono distinto, ahí donde estuvieron las heridas del herpes. E intento, una vez más, intentar quedarme en el puñetero término medio.

[^habitación]: Antes de nacer ya se pinta la habitación, se compran los muebles, se compra la ropa, los primeros juguetes... Y generalmente el sesgo de género ya está ahí.


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Published on Apr 26, 2026

«Los hombres llevan siglos narrando el largo y venturoso regreso a casa después de la guerra, las mujeres estamos contando la larga y angustiosa vuelta a nosotras mismas despuś del amor. Lucía Solla Sobral ha escrito nuestra Odisea». Bibiana Collado Cabrera

En mi trabajo hicimos un amigo invisible de libros el pasado día 23. Como una de mis pistas para mi amigo-librero invisible fue «literatura contemporánea escrita por mujeres» era inevitable que cayese el omnipresente Comerás flores de Lucía Solla Sobral, del que ya te hablé en la primera entrega de «Señoras haciendo cosas». No me importó, realmente. Lo leí en digital y me apetece mucho tenerlo, porque me provocó una sensación parecida a Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera, la de «esta señora sabe de qué está hablando; sabe contarlo, sí, pero sabe lo que hay que contar». Es uan especie de sensación de hermanamiento con la escritora, la sospecha de que ambas podemos encontrarnos en ese relato de ojalá-más-ficción.

Pues no veas la ilusión que me hizo encontrarme la cita con la que abro esta entrada en la contraportada del libro. Bibiana Collado hablando del libro de Lucía Solla Sobral. Evidentemente, tenía que haber cierta sintonía, igual que la hay entre sus obras. Pero la sorpresa no quedó ahí: fue el contenido de la cita en sí el que me golpeó en la barbilla, elevándome unos centímetros por encima del mundo durante un buen rato. La revelación estaba servida.

Ahora no puedo dejar de darle vueltas. Para Odisea, la nuestra. Me da poca pena Ulises, nunca he podido empatizar con él. Si tantas ganas tenía de volver a casa, ¿qué hacía ciscándose a unas y a otras por aquí y por allá? Que sí, que los dioses, nojequé. Pero él también sabía entretenerse en misiones secundarias, no me jodas. Pero incluso si Ulises no fuera un cucaracho, la historia no es del todo trágica: la esperanza de llegar al hogar siempre está ahí, hay una motivación para enfrentarse a sirenas y lestrigones: volver al sitio en el que a uno se lo espera. Y al final, baño de sangre y media de chorra mediante, final feliz (salvo para las criadas que ahorcaron, claro, je).

Pero, ¿a dónde volvemos nosotras cuando nos perdemos? Hemos desaparecido hasta para nosotras mismas, no hay otra-yo[^antes], previa al descarrilamiento, esperándome en ninguna parte. Nuestra odisea es volver a reconstruirnos tras el terremoto, empezar casi de cero. O sin el casi.

Y debería ser posible amar de otra manera, supongo que lo es, pero no es la forma de amar que nos enseñan a las mujeres. las mujeres tenemos que ser blandas, mullidas, cómodas y plásticas, adaptarnos a las particularidades y manías de nuestros amados, a sus horarios de trabajo y sus aspiraciones, mudarnos por amor, sacrificar lo personal para dar vida a lo compartido de forma que, por lo general, tras la ruptura el hombre ha perdido una esclava con funciones de criada, odalisca, ama de llaves y más, pero la mujer ha perdido su vida (si hay suerte, solo metafóricamente). Ya me diréis qué es más difícil de sustituir.

Así que, y pasa a las más listas de entre nosotras, a las más feministas e ilustradas, vamos cediendo espacio. Un poquito cada vez. Algo apenas significativo. Vamos perdonando y acomodándonos en una vida cada vez menos nuestra. Vamos abandonando hobbies que molestan, viendo menos a amistades que desagradan, sintiéndonos cada vez menos valiosas y menos adecuadas, menos merecedoras de amor y de respeto, más atrapadas y huecas. Y solas.

Así que, cuando una se escapa de las garras del cíclope o del lestrigón, si es que consigue hacerlo, con frecuencia no hay ningún sitio al que volver, ninguna persona a la que pedir ayuda y tampoco hay una identidad sobre la que levantarse. Porque en ese momento apenas eres persona. Intentas volver a parecerte a la que recuerdas que eras pero eso, tras años de vivir en la cueva de una bestia mitológica, no sirve. Así que empiezas a andar, a reconstruirte sobre la marcha, entendiendo que los fantasmas existen y que están entre nosotros pero que nadie se da cuenta, porque nadie parece haber notado tu muerte ni sorprenderse de tu precaria y penosa resurrección[^resurrección] (que ojalá llevara solo tres días).

Ahora ando esperando a que alguna de nosotras escriba el equivalente a la «Ítaca» de Kavafis, pero para nuestra Odisea. Las mujeres lo necesitamos.

[^antes]: y, con frecuencia, tampoco hay otras-otras. Una de las cosas que hacen estos monstruos es separarte de todo el mundo, de forma que no haya nadie para cogerte la mano cuando, sin aliento, llegues a la orilla. [^resurrección]: yo lo visualizo un poco como el Doctor Manhattan intentando reconstruirse tras el accidente en la cámara de campos intrínsecos: un sistema nervioso caminando por la base para desintegrarse luego y volver a intentarlo en otro momento. Algo así es volver a la vida tras una relación abusiva y de maltrato.


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Published on May 5, 2025

Se me había olvidado lo que era tener una relación afectiva de corte romántico sin que los celos estuviesen de por medio. Te lo prometo. Creo que la última vez que vivi algo así fue a los 16 años. No me había vuelto a pasar. Durante toda mi vida mis relaciones han estado marcadas por la sombra de la inseguridad de mis parejas o su deseo de control sobre mí. O ambas, que lo descortés no quita lo cobarde. Hasta tal punto llega la historia que ahora mismo no para de sonar en mi cabeza ese trozo de «Bohemian Rhapsody» que dice is this the real life or is it just fantasy?

(si ahora estás canturreando «Bohemian Rhapsody» eres mi tipo de gente xD)

El sábado pasado salí a airearme. Mi intención era darme un paseo por algunas cruces escogidas, bailar un poco, beberme el primer rebujito de la temporada... Ya sabéis, el deseo este de tener una noche entre folklórica y rumbera que nos asalta de vez en cuando. La cosa salió medio qué, porque bueno, a pesar de la lluvia, del viento, del fresquete, al final conseguí cumplir parte de mis propósitos. Y hasta tuve una sorpresa: volví a ver al chico de las castañuelas (inserte aquí mirada arrobada)

El chico de las castañuelas es un muchacho que vi el año pasado, en cruces también, bailando sevillanas mientras tocaba las castañuelas. En verdad os digo que los calores que me dieron no fueron normales. Pues bien, este año VOLVÍA A ESTAR AHÍ, con sus castañuelas, bailando con una señora preciosa, con un arte... Abuf. El stendhalazo fue una cosa tremenda y, pa qué negarlo, muy poco elegante: empecé a babear por lo bajini, a resoplar, a mirar fijamente... Esas cosas que no deben hacerse pero es que NO LO PODÍA EVITAR. Todo esto al lado de #ingeñero.

Ahora me imagino la escena con algunas de mis ex-parejas. No acaba bien. Acaba en distintos grados de mal, desde muy mal hasta regulinchi. Pero nunca bien. Pero #ingeñero estaba divertido viéndome disfrutar de la belleza de esa pareja de bailarines.

Ya nos íbamos cuando empezaron a bailar, así que al acabar el baile le dije a #ingeñero: «No me puedo ir sin decirles lo que me han hecho sentir, lo bonito que lo han hecho». «Vale, ve, aquí te espero», respondió él. Y cuando, después de declarar mi devoción a los artistas involuntarios volví a su lado, me pasó la manita por la espalda como diciendo: «Estoy orgulloso de que hayas hecho eso, bravo por ti».

Una vez alguien me dijo que tenía que dar gracias por los celos, que es mucho peor dejar de importarles,. Pues mira, ocurre que puedes seguir padeciendo celos cuando ya no les importas, y eso ya lo sabía. Pero es que ahora sé también que la ausencia de celos no hace que una sienta que importa menos.

Señoras, de esta sensación ya no se vuelve.


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Published on Feb 22, 2026

Hoy me compré mi vestido de novia. Mientras la trabajadora de la tienda subía cremalleras y abrochaba botones yo pensaba que mi madre no estaba allí y menos mal. Habría hecho lo que hace casi siempre: empeorar las situaciones a las que llega. No sé qué habría podido aportar ella a las lágrimas emocionadas de mi amiga M, el dedo más rápido a este lado del Guadalquivir para sacar fotos de mi amiga R o la mirada embobada de mi futuro marido. Ahí, en ese probador, me he sentido querida sin reservas, tal y como soy, lejos de ser perfecta pero perfectamente suficiente.

Pero claro, ¿cómo iba la figura de mi madre a no hacer acto de aparición en un día como este? No podía faltar. Y ha aparecido ensombreciendo un día feliz, emponzoñando mi dicha, como tantas otras veces. Lo único que me consuela ahora mismo de toda esta situación es que así, quién sabe, quizá, tal vez, tenga la posibilidad de no tener que tenerla en mi boda, de vivir ese día sin la preocupación de en qué momento va a estropearme el día. Ojalá.

Puede que ahora mismo estés pensando barbaridades de mí. Bueno, párate y piensa cómo ha debido de ser la cosa para que alguien no quiera compartir con su madre un día así. Hay que hablar de esto: de que no todas las madres quieren, de que no todas las familias son lugar seguro, de que la sangre no une si no hay nada más. Pero también de que hay otros amores, otras personas que llorarán contigo en los momentos de felicidad, que sabrán acompañarte en tu camino sin querer dirigirte, que desafiarán cualquier prohibición para hacerte fotos mientras te pruebas vestidos, que estarán pendientes del móvil en el trabajo queriendo estar contigo de la manera que la vida les permite. Y que un día piensas en que has dejado de echar de menos lo que nunca has tenido con mucha más alegría que pena.


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Published on Dec 10, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has pensado en la importancia de la salud mental?

¿Qué podemos hacer para que este mundo sea más habitable para la gente que sufre por cuestiones de salud mental?

¿Te has planteado que puedes tener a tu alrededor personas batallando con su salud mental sin saberlo?

#Y ahora, el poema:

Poema sin título de María Castrejón, incluido en su poemario La inutilidad de los miércoles

En muchas ocasiones parezco

muerta La gente se asusta

me mueve las manos que

caen inertes No saben que viajo

lejos de mi cuerpo que duele

y vuelo por encima de las casas

que siempre hay al lado de los

aeropuertos con jardines tristes

de piscinas cubiertas con lonas

y bicicletas tiradas en el suelo

Por encima de las cuadrículas

de tierra ese mundo ficticio

desde arriba que no hiere

Vuelo sobre las nubes

Siempre hace sol encima de

las nubes y el brillo de las alas

de los aviones me deja ciego

el estómago y nada hace daño

Hasta que un coche pasa o

alguien ríe debajo de la ventana

Me dan palmadas en la cara

Me echan agua en el rostro

y los brazos Yo no quiero

volver a este cuerpo que se

sienta en la consulta y se traga

las píldoras El miedo de los otros

me acerca a las cuchillas

a la muerte Yo solo quiero

volar pero el viaje siempre

termina cuando abro los ojos y una

voz triste que desconozco

me dice Thank you for flying


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Published on Feb 18, 2025

Aquí ando, umbría por la pena, cubierta del hollín de la apatía, incapaz de encontrar en los instantes que se tienden ante mí algo que me seduzca lo suficiente para levantarme y andar, parar resucitar de esta muerte en la que me siento hundida. Aquí ando, viviendo por costumbre, por inercia, porque la vida me lleva cuesta abajo y no soy capaz de echar la mano al freno. Todavía.

En esta pena me quedo sola y una, porque no hay quien pueda apenarse de mis champagne problems, de mis quejas desde el privilegio. Porque mi pena, aunque pesa, no parece tan seria, tan solemne, como las penas de otros, así que me arrastro por la vida con dos perros enganchados a la carne, royéndome el pecho: el más insistente, la pena; el más feroz, la culpa. Y mi pecho no consigue saciar a ninguno de ellos.

Por donde voy, la pena me acompaña. Tiñe mi mirada y mi sonrisa, mis palabras dulces, mis amables gestos. También mi rabia, que apenas es una queja cansada, prácticamente inaudible. Pronto no quedará nada que no haga con pena, porque la pena habrá permeado en mí como calan las humedades, destruyendo en silencio y con parsimonia, no dejando bueno hueso alguno.

Temo que no vaya a poder con ella, que la rendición o la derrota (tanto da, en este caso) son, a mi pesar, ya cosa hecha. No me cabe, en este asunto, un contrafáctico. Lo veo claro como el agua, lo único que veo claro en mi futuro: no podrá con la pena mi persona.

Entonces, ¿a qué viene tanto esfuerzo? ¿Qué sentido tiene intentarlo, mantener el corazón latiendo como si sirviese para algo? ¿A qué seguir andando si el rumbo queda lejos del alcance de mis fuerzas? Qué terrible absurdo esta vida...¡Cuánto penar para morirse una! [^¡Tanto penar para morirse una!]

[^¡Tanto penar para morirse una!]: Este post toma prestadas expresiones (incluso versos enteros) de Miguel Hernández en su poema «Umbrío por la pena», que puedes leer aquí.


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