Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jan 26, 2025

Hace unos días, por algo que no viene mucho al caso, recordé este concepto que ha sido definido en mi cabeza de forma un cierto tosca y a base de acumulación de experiencias propias y compartidas conmigo por amigas. Dije en Mastodon que tenía que hablar del tema y, sin dar mucha más explicación, varias mujeres supieron de qué iba la cosa. Interesante, ¿no?

¿Pero qué es eso del «privilegio» de follabilidad?

Llamo «privilegio» de follabilidad al falso privilegio de trato digno que los hombres otorgan a las mujeres en tanto en cuanto las consideran follables. Este ser follable no tiene por qué referirse al deseo efectivo de tener sexo con ellas (aunque con frecuencia es así), sino que puede consistir en que las consideran elementos de sus fantasías, por ejemplo. Digo que es un falso privilegio porque está condicionado al hecho de ser considerada follable, por lo que decae cuando esa situación cambia, hecho que no depende de la mujer. En ese sentido, no se trata de un privilegio que se tenga, sino que es otorgado por otro a su voluntad.

Explicado en modo sencillo: el «privilegio» de follabilidad es lo que pasa cuando un señor te trata como a una persona porque eres objeto de su deseo sexual.

Es una cosa bastante pocha, porque yo no sé cómo lo habrán llevado otras mujeres, pero a mí, que no soy el lapicero más afilado del estuche en lo que a comportamiento social respecta, me costó bastante descubrir qué pasaba. Además de mi torpeza, contribuyó a ello que nunca he sido una mujer normativa, por lo que, en general, los señores me trataban bastante regular: no me escuchaban, me trataban con condescendencia, ignoraban mis propuestas (aunque si luego las hacía un hombre les parecían estupendas) y en fin, la experiencia femenina genérica.

Pero de pronto y de repente aparecía algún señor que te trataba bien. Te escuchaba. Dialogaba contigo mostrando interés. Era considerado. «¡Coño, por fin!» pensaba yo. A veces ocurría que una recibía un trato diferencial respecto del resto de personas: por ejemplo, ante un error, las consecuencias o represalias que una afrontaba eran más leves que las que afrontaban otras personas. La cosa se prolongaba hasta que las intenciones del mozo se hacían explícitas: le gustabas, quería algo contigo. Si, por lo que fuera, ese interés no era correspondido, a tomar por culo la bicicleta: la actitud cordial, respetuosa y considerada cesaba. Y si no acababa la interación con un «pues no eres tan guapa, zorra» encima podías dar gracias.

Podría listar muchos casos. Un profesor del instituto (sí, así de problemático), un compañero de trabajo encantador que dejó de hablarme cuando se enteró de que salía con alguien, un amigo que cambió su trato hacia mí en cuanto empezó a gustarle otra chica (yo no era consciente siquiera de que le gustaba hasta que no se le pasó xD)...

Ya digo que me tuvo que pasar MUCHAS, pero MUCHAS veces para que me diera cuenta: al principio piensas que esa persona que parecía maja no era más que otro cucaracho y, cuando volvía a ocurrir que un señor te trataba bien simplemente dabas las gracias hasta que, claro, volvía a destaparse el pastel. Además, a veces es que una servidora caía, porque que te traten bien es sexy. En estos casos, además de desencantada acababas con el corazón roto, porque no hay que privarse de nada.

He utilizado las comillas en la palabra privilegio todo el rato porque de privilegio tiene poca cosa. Primero porque, como ya he dicho, no es algo que una tenga, sino que le dan condicionalmente en virtud a algo que no depende de ella (porque el deseo está en el sujeto, no en el objeto). Y segundo, porque te sientes como una puñetera mierda. Cuando te ha pasado n-cientas veces te planteas si es que no tienes valor si no es en términos de interés sexoafectivo. Es una putada. Como siempre, el secreto está en relacionarse con señoras y ver la diferencia. Es desde ahí desde donde pude empezar a teorizar esta experiencia y a detectarla.

Y no es una cosa mía. Está presente en la cultura popular, aunque no se le haya puesto un nombre. Todos hemos visto películas en las que un personaje defiende a la chica que le gusta aunque haya dicho una soberana gilipollez (cosa que no hace por otros personajes), por ejemplo.

Sí, sí, ya sé. Siempre estoy igual con lo del feminismo, viendo patriarcado por todas partes. Pero solo es porque está por todas partes y una vez lo ves, es imposible desverlo. Qué le voy a hacer yo, si solo soy una chica (espero que pilles la referencia millenial).


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Published on Mar 7, 2025

Hoy he tenido flashes de Vietnam tras hacer un gesto de lo más inocente y cotidiano. He ido a la panadería, a comprar mi hogaza de pan de chía y algún capricho para el día (el elegido ha sido un rollo de canela). Cuando ya iba a pagar otra clienta ha pedido un producto y, evidentemente, yo he tenido que preguntar qué era. “Una barra artesana rústica con cebolla y curry”. QUÉ ME DICES. Pregunto si se puede encargar y me dicen que no, que ha sido una ida de cabeza del panadero. Así que, con resignación, he pedido que me pusieran una barra. Cuando la he metido en mi tote bordada, dentro de su bolsa de papel, he visto que el pico de la barra sobresalía y, claro, no me ha quedado más remedio que pegarle un pellizco y comérmelo mientras esperaba el autobús. ¡Placer de diosas!

Pero en ese momento he oído la voz de mi madre (mi voz interna crítica siempre suena como mi madre): “Si comes pan por la calle nunca te va a salir novio”. Imposible llevar la cuenta de la veces que mi madre, cuando llegaba a casa con la barra pellizcada por roer el pico por el camino, me sentenciaba con esa frase. Las primeras veces que fui sola a por el pan, antes de ir al colegio, debía de tener 7 u 8 años. Pues desde ese momento la estuve oyendo día sí y día también (porque, por algún motivo, en ese momento la perspectiva de no tener nunca novio me resultaba mucho más tolerable que la de no disfrutar del pan caliente).

Qué necesidad. Cuando me paro a pensar en la cantidad de amenazas y chantajes que padecemos para disciplinarnos por las razones más peregrinas... Sé que lo que había tras esa amenaza de mi madre era el miedo a que engordase (más, porque aparentemente desde bien pronto he ocupado más espacio del que me correspondía), pero la asociación de ideas me parece terrible. Gracias a ese tipo de comentarios (no solo por su parte, aunque sí en buena) he ido incorporando una lista de miedos bien grande: a las minifaldas, a los escotes, a hablar demasiado, a reírme fuerte, a moverme demasiado, a moverme demasiado poco, a descansar, a salir de noche, a los hombres pero también a quedarme soltera, a incomodar, a no gustar, a gustar demasiado, a la ropa de colores, a la ropa ajustada... En fin, podría seguir hasta intentar encontrar el límite de caracteres a este blog, creo. No sé si habéis visto alguna vez esos vídeos de: “¿Qué llevo en mi bolso?”. Pues lo que llevamos son miedos. Fundamentalmente.

La lista era tan inmensa, la mochila tan pesada, que en un determinado momento tuve que empezar a deshacerme de carga. Bendito momento. Ahora, a mis treinta y muchos, llevo corsé, uso minifalda, ropa de colores absolutamente estrafalarios, me río fuerte... y como pan en la calle sin culpa.

Qué maravilla crecer y derramarse por encima de los moldes en los que quisieron encerrarnos.


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Published on Dec 16, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Te has planteado alguna vez la maternidad como un problema?

¿Crees que esa decisión es cada vez más difícil de tomar?

¿Qué cosas deberían cambiar para que el mundo invitase a tener hijos?

Y ahora, el poema.

NO-MO de Rosa Berbel

«no hay poesía capaz de hacer bella esta guerra»

Carlos Catena Cózar

Les digo a otras mujeres

que en realidad no sé si quiero hijos.

Porque el mundo es hostil,

igual que siempre,

pero la resistencia de la piel,

su solidez, es cada vez más débil.

.

No hay poesía capaz de hablar

de esto:

de los niños dormidos y de los padres muertos,

de tanta lucidez

guardada en los armarios.

.

Y siento entre mis piernas

el peso de la vida con sus dudas,

gritando a todas horas

sin consuelo.


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Published on Jul 31, 2025

Hace un par de años trabajé con una señora estadounidense listísima. Se encargaba de, cada dos semanas, dinamizar una clase con mis criaturas hablando de algún tema de interés para mí, en tanto que docente titular, para ella, como auxiliar de conversación, y para las criaturas, que tenían que animarse a hablar en inglés. Se lo curró tela y yo disfruté mucho de esas clases, por no hablar de lo mucho que me dio que pensar. Por ejemplo, en el tema que te traigo hoy.

En los alrededores de San Valentín le pedí que preparase una clase sobre el amor romántico, problematizándolo en la medida que le fuera posible. Bueno, lo clavó. La presentación y la clase fueron interesantísimas. A mí se me clavó una pregunta: ¿Crees que te has enamorado alguna vez de la expectativa que tienes de alguien en lugar de enamorarte de esa persona? A ver, ella lo formuló mejor y en inglés, pero yo no recuerdo exactamente cómo lo hizo.

La cosa es que me hizo pensar: ¡Culpable! Cuántas veces me he enamorado del potencial de una persona y no de la persona en sí. Y qué injusta he sido conmigo y con esas personas. Con ellas, porque no he sido capaz de quererlas por lo que eran en ese momento, sino por lo que yo esperaba que llegasen a ser, empujándolas siempre a ser más, ser mejores, en definitiva, a ser otras. Y conmigo porque he asumido la responsabilidad de llevar de la mano a esas personas por el camino de superación personal de los cojones. No niego que puede que de fondo estuviese la idea de que no puedo tener lo que quiero si no le pongo trabajo. Yo qué sé, estoy rotísima.

La cosa es que yo no lo había pensado hasta ese momento y me da que es una idea que merece la pena examinar, porque creo que es algo en lo que muchas mujeres caemos con frecuencia. No es todo responsabilidad nuestra: nos han dicho que el amor lo puede todo y ahí están los referentes culturales, desde La Bella y la Bestia hasta Los Simpson, en los que una mujer inteligente se deja la vida en intentar arreglar a un patán, con mayor o menor éxito. Si te paras a pensarlo es una mentalidad muy especulativa: cojo algo que necesita una reforma, le meto trabajito y genero plusvalía. La materia prima unida a mi trabajo ha dado algo que ha incrementado mucho su valor. Je. Da miedo, ¿eh? Hasta qué punto el capitalismo está en todo.

En fin, no hay mucho más que decir. Si mantienes vínculos en los que, con frecuencia, sientes el impulso de arreglar a la gente...Dale una pensada a esto. Por si te sirve.


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Published on Feb 17, 2026

Cuando empecé a explorar el autismo como una posibilidad, como una categoría que podía hacerme comprensible para mí misma y para otros (pero sobre todo para mí misma) tuve que luchar, en primer lugar, contra mis propios prejuicios. ¿Cómo iba a ser yo autista? Autista era mi tío, que aprendió unas pocas palabras en toda su vida y que utilizaba más o menos aleatoriamente salvo tabaco para conseguir un cigarro y guapa, dirigido a mi tía, también para conseguir un cigarro. (Luego, claro, he visto que en mi familia había y hay más neurodivergentes pero bueno, ellos, como yo, pasaron por raros, sin más).

Pero vencí esa resistencia: mi trabajo me ha puesto en contacto con muchos niños y jóvenes autistas que no se parecen a mi tío o, al menos, no demasiado. Tampoco se parecían demasiado al resto de sus compañeros en multitud de cosas. Pero me di cuenta de que en esas cosas sí se parecían a mí. O yo a ellos. Me dio mucho que pensar. Y pensé. E investigué. Es lo que hago. Lo que he hecho siempre para entender lo que me resultaba incomprensible.

Después, cuando tras leer mucho, investigar mucho, hacer muchos tests y consultar con personas autistas, incluso tras acudir a una asociación tras haber seguido un proceso de autodiagnóstico (el demonio para los alistas, claro, que denuncian que queremos apropiarnos de alguna cosa especial que pertenece a los pobres autistas de verdad que, curiosamente, no parecen manifestarse demasiado en contra de esa vía de autoconocimiento) para recibir algo de orientación y validación, decía, después, cuando tras todo un proceso y bastante refuerzo, decidí empezar a explorar el reconocerme como autista con algunas personas la cosa no mejoró. Muchos pero cómo vas a ser tú autista, bastantes miradas de otra queriendo hacerse la especial u otra queriendo ponerse excusas para no adaptarse, y unas cuantas afirmaciones en ese sentido, sin filtro. E infinitos ¿pero tienes diagnóstico oficial?. Y no, no tenía diagnóstico oficial, así que no tenía derecho a que, como persona, se tomasen en cuenta mis necesidades (por lo demás, bastante poco peregrinas). Porque parece ser que, si no hay un papelito de por medio, no tenemos por qué ser considerados con nuestros amigos, conocidos y seres queridos. O «queridos», debería decir.

Así que al final acabé acudiendo a especialistas: tras un burnout que me llevó a tener un meltdown de 8 horas de llanto, temblores y malestar continuo y, de ahí, a estar medicada (otra vez) y a una baja médica por salud mental quise confirmarme si era yo, que era una floja incapaz de hacer lo que había que hacer, incapaz de soportar lo que había que soportar, o si es que mi cerebro estaba cableado de otra forma y yo procesaba el mundo de otra manera. A decir verdad, acudí antes de la baja y del meltdown. Vi venir que algo no estaba yendo nada, nada bien. Pero no llegué a tiempo.

Y al final, tras 15 horas de entrevistas, tests, pruebas y demás, más casi 2 horas de entrevistas a alguien de mi entorno, llegó el papelito. Bueno, no es un papelito: es un informe de casi 20 páginas en las que la neuropsicóloga que me atendió durante el proceso detalla, con muchísimo mimo, mi condición y mi idiosincrasia. Y resulta que no me lo estaba inventando: soy autista. Poca sorpresa, la verdad. Pero también resulta que, a pesar de sentirme bastante tonta buena parte del tiempo, tengo altas capacidades. Bastante altas. Lo que me ha permitido estudiar el comportamiento, aprender fórmulas, investigar lo que se esperaba de mí, deducir rápidamente a partir de gestos, señales, comentarios y demás cómo reaccionar ante situaciones nuevas y demás parafernalia. Lo que me ha permitido pasar por una niña peculiar, una adolescente rara e histriónica y una mujer particular, sin más. Lo que ha hecho que nadie sienta que tiene que hacer un mínimo esfuerzo para conmigo y que soy yo la que tiene que salvar el vacío de mi peculiaridad, rareza, histrionismo o particularidad. Pues qué bien.

Así que nada. Ya puedo ser especial, ya tengo el papelito. Supongo que pronto empezaré a darle en el hocico a todos los que dejaron caer que lo que quería era casito y sentirme especial con el informe de casi 20 páginas enrollado.

A ver qué pasa.


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Published on Jun 15, 2026

Aviso de contenido: imagen corporal, peso, ideales de belleza, TCA y dismorfia corporal


Llevo unos cuantos días con el guapo subido. Los paseos de ida y vuelta al trabajo, a pesar de la protección solar, me han dorado un poco la piel de la cara, lo cual ha provocado un efecto en cadena maravilloso: disimula mis ojeras, resalta mis ojos y ha dotado a mis mejillas de un tono que no recuerdo haber tenido nunca y que, en cualquier caso, es muy favorecedor.

Supongo que será por eso que, cuando me miro al espejo del baño, pelo recogido y todo, me veo guapa. Me gustan mis pómulos, mis labios, mis ojos, mi barbilla. No me veo ninguna pega (y no me apetece ponerme a buscarla). Estoy guapa. Y me sonrío.

Pero luego se amplía el plano y todo se viene abajo. Cuando me miro en un espejo de cuerpo entero me veo enorme. Mis muslos, dos ballenas blancas. Mis piernas completas dos deformes columnas sin pizca de elegancia que, para colmo, están bien ribeteadas de arañas vasculares. Vientre, hinchado. Mis caderas y mi trasero, enormes, apretados en los pantalones que hace un par de años me quedaban perfectos. Mis pechos caídos y sin gracia, demasiado grandes siempre, pero si en algún momento la juventud y la tersura les salvó, ahora no hay manera de salvarles. Los brazos, flácidos. Bueno, no del todo. Están fuertes, hay músculo debajo. Pero... no se nota. Me veo como cuando pesaba 40 kilos más. Y no puede ser, en el peor de los casos llevo 4 o 5 tallas menos. Pero me veo así. Los espejos me devuelven esa imagen.

Sé que es una racha, que desde que mi peso se «estabilizó» las he ido teniendo. Que tener que pelear un poco más para abrocharme el pantalón las desencadena, igual que notar que la blusa del uniforme del coro me aprieta en el pecho o sentir que la cremallera de un vestido se atasca (aunque no tenga que ver nada con la anchura o estrechura del vestido). Pero que sea una racha no elimina el sufrimiento: en los días buenos no me gusto. En los días malos me doy asco.

Y la puñalada estos días está siendo especialmente dolorosa, porque verme tan bonita cuando me miro a la cara y tan horrible cuando me veo al completo me lleva a una frase bien odiosa de mi infancia, que me hizo daño hasta lo indecible y que me repitieron unas y otras como si me estuvieran diciendo un piropo y no señalando mis carencias: «Con lo bonica que eres de cara, si adelgazaras un poco...»

Así que ahora ya no me siento guapa de cara siquiera. Me siento como una mierda. Y entonces me abrazo: delgada, gorda, guapa o fea, me han hecho mucho daño, a la niña y adolescente que fui le hicieron mucho daño, y la mujer que soy sigue curando heridas de aquella época que aún palpitan.

Demasiado bien estamos.


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Published on Apr 6, 2026

El título de este post no es muy efectista y lo que escriba dará lo que el título promete. Vengo a hablar de lo orgullosa que estoy de mi padre. Resulta que por eventos eventuantes mi padre se ha visto de golpe y porrazo solo en casa, haciendo el solterismo absoluto. Yo quiero mucho a mi padre y confío mucho en él, pero decir que no me preocupaba la situación sería mentir.

Cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a mi casa y verla más que decente. Sí, un ojo que quisiera sacar pegas habría sacado el polvo por aquí y por allá, pero poco más. La cama perfectamente hecha, la ropa limpia, comida en la nevera, los suelos sin una pelusa... Mi padre ha encontrado su rutina y sus maneras para tener una casa perfectamente habitable y sobrevivir como un adulto funcional.

Supongo que esto no debería ser motivo de celebración, pero mi padre, como muchos hombres, se crió en un sistema en el que el hombre trabajaba y la mujer cuidaba (y trabajaba), en el que llegabas a casa y la comida estaba caliente bajo la estufa, en el que te despertabas y la ropa estaba lista. En el que la casa era un entorno mágico en el que las cosas, simplemente, estaban hechas.

Pues bien, cero problemas: ha empezado a hacer lo que sabía hacer, ha pedido ayuda para aprender a hacer lo que no, ha buscado soluciones a sus problemas (la mopa que usaba mi madre no le resultaba cómoda, habló con mi hermano y este le consiguió una que le apañaba mucho mejor), ha buscado la ayuda que necesita para llegar donde él no llega. Y yo soy una hija orgullosísima. Una vez más mi padre ha hecho lo que siempre hace, la cualidad que más envidio de él: ante un problema, soluciona y sigue adelante. Siempre. Es la persona más resiliente que conozco.

Conclusión de esto, porque si no le atizo a un señor en un post desaparezco: si un señor de 75 años criado en el patriarcado de la posguerra, es capaz, cualquier HorseLuis también.


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Published on Apr 3, 2025

En los últimos años he ido desprogramándome: estoy intentando atender a mis tripas, a esas sensaciones que me dicen que algo no está bien, que una persona no es trigo limpio o que me advierten de que tengo que alejarme de algo aunque no sepa explicar muy bien por qué. En el pasado he acallado a esa voz mediante la fría lógica de la razón y en la inmensísima mayoría de los casos me he equivocado y he acabado metida en un follón de tres pares de huevos. Me daba miedo, ya véis, parecer una histérica o una paranoica. Pero va a resultar que, como dicen las muchachas, ojo de loca no se equivoca.

Anoche caí en que la última bala que esquivé fue precisamente eso: una bala. Tuve una relación igual de intensa que de fugaz con un señor que, para mi propia sorpresa, no manifestó ninguna red flag en nuestras primeras citas. Pero, pasadas unas semanas, empecé a sentirme mal. Empecé a notar que sus preguntas se parecían a exámenes. Empecé a percibir cierta condescendencia en su voz cuando me respondía. Y si algo he ganado en los últimos tiempos es muy poca tolerancia a que me toquen las narices. Ante esas situaciones yo reaccionaba y él, claro, decía que estaba sacando las cosas de quicio.

A decir verdad a veces dudaba. Como yo me sentía incómoda, pero no sabía identificar del todo por qué, llegué a pensar que era una histérica que estaba sobreactuando y sacando la cosas de madre. Pero el ejercicio de escuchar a mis tripas ya estaba en marcha y eso me salvó.

Anoche me vino a la mente una conversación con él en la que, con la distancia, se me hizo la mar de claro que estaba examinándome, que me estaba poniendo a prueba. Me recordó a cómo el ex de Beatriz en Yeguas exhaustas la pone a prueba con la música, encontrando siempre la manera de ridiculizarla y empequeñecerla. En mi caso, en ese momento, yo me sentía tan bien conmigo misma que lo que me sale pensar es buena suerte intentando hacerme sentir inferior, querido.

Mientras repasaba todo esto (en el rato que me lavaba los dientes, no te vayas a creer), me sentí orgullosa: lo vi, y lo hice rápido. Esquivé la bala sin que me diera, sin que me hiciera daño. He aprendido: no me han hecho falta 9 años de humillaciones y maltrato esta vez, no le permití que me empequeñeciese ni un milímetro. ¡Bien por mí! He aprendido.

Pero hoy el pensamiento que me asalta es si he aprendido de verdad. Si no habrá modos sutiles de manipulación, humillación, control o maltrato que se me estén pasando. Si esa persona que yo creo que es buena persona, esa persona sobre la que mi sentido cucaráchido no me dice nada, lo será en realidad. Si no me quedarán tiros que recibir y heridas que sobrevivir todavía.

Y caigo en que esto es lo peor del trauma: que hasta la calma la tiñe del color de la sospecha.


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Published on Feb 23, 2025

Ayer estuve celebrando la vida. Una amiga ha cumplido 50 años y decidió celebrarlo juntando a sus gente (la mayoría mujeres, qué cosas) para comer, beber, bailar, charlar, abrazarse y divertirse. Honrada por estar entre las invitadas, allá que me fui, aunque eso me supuso levantarme a las 6 de la mañana y volver a casa sobre las 23.30, con dos viajes de tren por medio.

Lo pasé fenomenal. Estuve rodeada de (sobre todo) mujeres estupendas, tuve charlas interesantísimas, compartí tiempo, espacio, comida, bebida y charla con señoras a las que leía e idolatraba en mis tempranos 20 años (estaba fangirl perdida), con una científica que ha estado hablando en la sede de la fucking ONU de Nueva York (es mi amiga, colegas) y con otras muchas que, aunque a lo mejor no tienen credenciales tan impactantes son inteligentísimas, dulces, compasivas, divertidas... En fin, con la que da gusto estar (a pesar del cansancio, del dolor que me provoca la vida últimamente).

Cuando volvía en el tren, arrasada pero con una sonrisa de oreja a oreja, me decía que eso debía ser la vida. Es justo lo contrario de lo que te dicen los psicólogos: «no puedes vivir la vida esperando lo extraordinario, tienes que encontrar felicidad en las pequeñas cosas, la vida no puede ser lo que pasa entre el sábado y el mediodía del domingo». Y no digo que no sea cierto. Evidentemente no hay que esperar lo extraordinario todo el rato, pero tener el tiempo (e, idealmente, la energía) para reunirme con unas cuantas amigas no debería serlo. Tener tiempo para pasear al sol sin prisa no debería serlo. Poder hacer el amor sin estar pendiente del reloj no debería serlo. Esos mensajes, como muchos de los que nos dan los terapeutas, son más bien analgésicos: calman el dolor (si hay suerte) pero no curan la enfermedad.

Pero mi cerebro no los procesa, no importa cuánto lo intente. Me digo que este es el precio que tengo que pagar por haber salido del pueblo, por ser una mujer independiente, por tener una casa (a medias con el banco, claro), por la paz de saber que el mes que viene voy a poder pagar todos los gastos. Me digo que hay tiempos donde pueden florecer las amapolas (aunque eso suponga que la mayor parte del tiempo lo que tenga ante mis ojos sea un erial). Pero no cala, porque yo quiero presente, porque el futuro es una promesa que no siempre se cumple. Yo quiero vivir, no invertir.

En días como hoy el vacío tras experimentar la vida es más aterrador que nunca y lo llena todo. Como el silencio que sigue al trueno.


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Published on Feb 18, 2026

Mi amiga Míriam me regaló La novia grulla de CJ Hauser para mi cumpleaños. Fue una cosa así un poco serendípica, porque ella nunca regala libros que no haya leído, pero el librero se lo recomendó muy fuerte y aquí estamos.

No sabía que el libro me iba a dar tanto. Desde el principio, además. Es una especie de conjunto de ensayos autobiográficos sobre el amor, las relaciones, el autoconocimiento, los deseos y planes de futuro, el proyecto de vida, la autoestima... No sé, mil cosas que interseccionan en mil puntos y que creo que muchísimas mujeres de mi generación (la autora también escribió el libro acercándose a los 40) van a entender. Y me atrevo a decir que también muchas de otras generaciones.

El libro me ha tocado tantísimas teclas, tantas... Pero hoy quiero centrarme en una. Hay un momento en el que la autora, tras una ruptura, reflexiona sobre qué hacer con todo el espacio de su casa: la autora cancela su boda y rompe con su pareja, así que él se pira de la casa que habían comprado para formar una familia y ella se queda con una casa enorme y endeudada. Finalmente aprende que no hay una sola forma de llenar una casa de amor (y eso también me encanta, el hueco que da el libro a otros amores de la vida de una: padres, amigas, hijos de amigos o parejas...) y claro, cuando empieza a conocer potenciales parejas otra vez se ve en la disyuntiva de volver a vivir con alguien. Y tremenda disyuntiva.

A decir verdad, eso le pasa en varios momentos del libro. En uno de ellos, cuando deja su casita alquilada de soltera para mudarse con su pareja, la casera le cuenta que no vende esa casa porque cree que su matrimonio y su familia funcionan en buena medida porque ella sabe que tiene esa casa. Que no está atrapada. Que podría irse si quisiera. Y entonces mira a su familia y no quiere.

Creo que las personas que rara vez nos hemos sentido seguras en algún sitio tendemos a necesitar un plan de huida. Por eso yo quise que mi casa fuera mía. Por eso, cuando mi relación de pareja y convivencia se rompió, me esforcé en llenar los huecos y me expandí tanto que ahora no siento que pudiera volver a contraerme. Y tiempo después, cuando, contra todo pronóstico y contra mi voluntad inicial, acabé empezando una relación sentimental, me negué en redondo a renunciar a este espacio en favor de una coexistencia que en otras ocasiones no me ha funcionado.

Tal vez sea otra más de mis taras, pero necesito vivir con una puerta abierta y un plan alternativo. Un ejemplo clarísimo lo tengo en mi trabajo: me lo jugué todo a opositar y ser profesora y, cuando paso por malos momentos en mi profesión, sufro la mitad por el problema o problemas en sí de lo que sufro por sentirme atrapada en ese trabajo y sin capacidad real de salir de él. Necesito lo mismo en todos los sentidos, creo: saber que me quedo porque quiero, que podría irme pero elijo no hacerlo.

Esta mañana, mientras hablaba de esto con mi amiga Mariache entendí el final de Los puentes de Madison County. Más el del libro que el de la peli: Francesca está atrapada en un país que no es el suyo, se casó con un soldado estadounidense para salir de una Italia arrasada y ahora está atrapada en su decisión. Pero cuando aparece Kincaid y le da la opción de irse, de cambiar de vida y ella decide quedarse supongo, no sé, que tal vez su vida le parece menos opresiva porque, teniendo la oportunidad de irse, ha vuelto a elegirla.

Pues eso es lo que yo quiero: Ventanas abiertas para que entre el aire, puertas sin llaves para entrar y salir a placer. Y, a pesar de todo, una vida acogedora y agradable de la que, sabiendo que tengo la posibilidad, no quiera irme.


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