Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Jan 10, 2025

Hay en mi instituto un adolescente guapísimo. Lo pongo en cursiva no solo porque me mole mucho escribir usando markdown, sino porque es guapo, pero guapo de veras. Escandalosamente guapo. Me atrevería incluso a decir que es el adolescente más guapo que he tenido delante en mi vida. Pero parece que nadie se da cuenta. Desde luego no sus iguales.

Le conocí el curso pasado, durante una guardia. El alumno forma parte de un grupo de diversificación curricular. Para quien no esté familiarizado, son grupos destinados a atender a alumnado que presenta dificultades de aprendizaje que se acentúan en el aula ordinaria y que cubren 3º y 4º de ESO. Algunas de sus particularidades es que son grupos muy reducidos y que las materias se imparten por ámbitos (agrupando varias asignaturas para que se estudien de manera más interdisciplinar y atendiendo a saberes mínimos). Se trata de grupos bastante heterogéneos, donde puedes encontrarte a alumnado neurodivergente, alumnado que se ha incorporado de forma tardía al sistema educativo y no ha sido capaz de alcanzar el nivel requerido (normalmente por cuestiones de idioma), el alumnado que coloquialmente se dice que trabaja pero no llega, alumnado que fuera de clase no tiene un ambiente que le permita estudiar... En fin, que entre los hasta 15 alumnos que puede tener el grupo puede haber hasta 15 circunstancias muy distintas.

Te cuento esto para que entiendas que entrar de guardia a un aula de diversificación es toda una experiencia. No lo digo en un sentido negativo, en absoluto. Me encanta hacer guardias en diversificación. Primero, porque son poquitos alumnos. Y segundo, porque en esos grupos reducidos de marginados (por la razón que sea) se forma un ecosistema chulísimo. Así que siempre entro muy emocionada.

Cuando le conocí, de hecho, entré hablando en inglés (pues era la asignatura que tenían)

̣̣—Hello, darlings. How are you?

Y bueno, saltó la sorpresa, claro. Primero porque una seño que no era la de inglés estaba hablando en inglés y segundo porque si falta la seño de inglés no se da clase de inglés. Eso qué era.

̣̣—mAEstraaaaaa ̣̣—con acento en la primera sílabạ̣̣̣—, ¿qué haces hablando inglés? ̣̣—me espetó una alumna con mucho arte desde la fila del fondo.

̣̣—Bueno, como os tocaba inglés... ̣̣—dije, sonriendo.

Y entonces él, el alumno guapísimo, me miró levantando los ojos pero no la cabeza y me dijo:

̣̣—Hello, teacher.

Desde entonces cada vez que me lo cruzo, arrastrando su mochila con ruedas por los pasillos, no falta ese dulce y amable «Hello, teacher». Al que yo, por supuesto, contesto siempre en inglés. Y, si bien en aquel momento yo tampoco me dí cuenta de lo guapísimo que era este alumno (a mi favor diré que prácticamente no levantó la mirada de la mesa, a pesar de estar hablando conmigo buena parte de la hora), a fuerza de irme cruzando con él lo he ido viendo.

Tiene los ojos claros, preciosos. No sabría decir exactamente de qué color (¿azules? ¿grises?) porque son bastante esquivos, pero destacan mucho en su cara, de piel bastante morena. Sus facciones están bastante marcadas: una mandíbula fuerte, unos labios bien dibujados, los ojos (ya he dicho que son preciosos) bien enmarcados por unas pestañas oscuras y unas cejas naturalmente perfectas. Pero todas estas cosas no solían verse porque suele ir mirando al suelo y el pelo, largo, le tapaba casi siempre la cara. Además, aunque no se le note, porque camina siempre encorvado, es alto y, sospecho que tiene un cuerpo bastante normativo (tampoco puedo afirmarlo porque suele llevar ropa ancha e ir bastante desaliñado.

Así que podríamos decir que mi adolescente es guapo, canónicamente guapo, normativamente guapo (aunque no se le vea). Pero no se nota porque es raro. Estoy segura de que sus compañeros y compañeras (y no me refiero solo a los de su clase) no han reparado en él lo más mínimo. Y si no han visto que es guapo, cuando es una cosa que se detecta a simple vista, imagino que no se habrán dado cuenta de lo agradable que es charlar con él, de lo interesante que es y de lo bonita que es su voz.

Pues bien, aun sabiendo todo esto, el miércoles me llevé el sorpresón. Iba de camino a clase cuando me lo crucé, pero no lo reconocí hasta su clásico «Hi, teacher!». Entonces frené en seco y lo miré. ¡Se había cortado el pelo! ¡Ahora se veía lo bellísimo que es a simple vista, sin forma de ocultarlo! ¡Pero bueno! Evidentemente, no pude contener mi entusiasmo.

̣̣—God, I didn't recognise you! You look so handsome! The haircut really suits you, darling!

(O en castellano de Castilla: Dios, ¡no te había reconocido! ¡Qué guapo estás! ¡El corte de pelo te queda realmente bien, cariño!

Él se removió, miró al suelo, me dio las gracias. Yo insistí: estás muy, muy guapo. Él se puso rojo. No suelo incidir tanto en estas cosas (cuestiones físicas o apariencia) de mis alumnos, pero que mis niños y niñas no sean conscientes de las cualidades positivas que tienen me parece una injusticia cósmica con la que, en lo que a mí respecta, no estoy dispuesta a colaborar.

No obstante, creo que no ha cambiado gran cosa: me parece que la rareza, que no se quita por mucho que los raros lo intentemos, tapa el resto de sus cualidades. Espero que, al menos, otros raros, como la profesora que entró de guardia aquel día en su clase, sean capaces de verlo. Pareciera que los raros somos gente guay de incógnito, reconocible solo para otros como nosotros. Y bueno, yo he llegado a estar conforme con esto. Hasta agradecida.


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Published on Apr 1, 2025

Esta tarde, haciendo scroll en Mastodon he visto este toot.

Captura de pantalla de un toot de Mastodon

Lo traduzco, por si alguien lo necesita:

Vi una confesión hace poco sobre una pareja dándose la mano antes de dormir. Mi esposa y yo hemos estado distanciándonos durante los últimos 6 meses, así que anoche le cogí la mano mientras nos dormíamos. Esta mañana he follado. Gracias, tío.

Cómo te cuento la mala leche que se me pone con esto, porque es que me da en la cicatriz de señora difícil (como todas las señoras que han osado tener alguna necesidad y manifestarla en algún momento).

Claro, si es que yo lo entiendo. Somos muy difíciles. Las mujeres somos tan misteriantes y complejistas que cómo va a saber un señor que comparte su vida con nosotras y que nos conoce (al menos supuestamente) lo que queremos. Luego, cuando la relación se acaba, probablemente por un donut, se preguntan cómo ha podido ser y aceptan la conclusión con impotencia. No había nada que ellos pudieran hacer. Si al menos hubiésemos tenido la consideración de dar un aviso... (y esto es «Exile» de Taylor Swift una y otra vez). Si acaso se lamentan por ese regalo que nunca nos harán ya o ese viaje soñado que nunca llegará a hacerse realidad. HABERLO PENSADO ANTES, JOSÉ LUIS

De verdad que me parece ABSOLUTAMENTE DEMENCIAL que el personaje de esa confesión haya tenido que leer en Mastodon un mensaje para darle la mano a su mujer. ¿En serio? ¿No se te ocurre a ti solito que lo mismo un gesto de afecto hacia tu esposa es bueno para tu matrimonio? ¿Con qué poyete te diste de pequeño que te quedaste así, corazón mío?

Y luego, la contrapartida. Las mujeres somos tan misteriantes que cuando nuestro consorto hace un mínimo esfuerzo nos ponemos a hacer volteretas y triples tirabuzones con salto mortal. A esta hermana su marido le cogió la mano por la noche mientras se dormían y se vino tan arriba que a la mañana siguiente tuvieron sexo. El listón en el puto infierno, hermanas.

Voy a concluir esta entrada hablando en términos más generales, para que no todo gire alrededor de mis traumas vitales. Haced el puto favor de valorar a las personas que están en vuestra vida y no os hagáis el muerto cuando veáis que las vais perdiendo, anda. Y recuerda: si no te das cuenta de que la estás perdiendo, pos lo mismo no estabas prestando toda la atención que la situación requiere.

PD: Dale la sorpresa antes de que te deje. Así, como consejo loco.


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Published on Nov 5, 2025

Tengo un pequeño lunar en la mano derecha. Me parece bastante mono, creo que da personalidada mi mano. Mi sobrina, en cambio, parece que no opina lo mismo. Cuando estuve con ella hace un par de semanas empezó a señalarlo y a decir «pupa, pupa». Acto seguido se fue hacia mi padre, su abuelo, y le repitió «pupa, pupa». Mi hermano, su padre, entendió entonces: quería jugar a las enfermeras. Así que el abuelo sacó un rollo de cinta aislante y empezó a cortarle trozos, que hacían las veces de tiritas, y empezó a curarnos a todos. Lo primero que curó fue mi lunar. Después un arañazo en la misma mano que no sé de dónde salió. Luego, el muñón que su abuelo tiene en el dedo corazón de la mano izquierda, al que le falta la última falange. Al final todos empezamos a sufrir muchísimo para que aquella enfermerita de año y nueve meses nos curase a todos los males fingidos. Y ella tan feliz.

Ahora, cada vez que me veo el lunar pienso en ella. En sus ojos enormes y en cómo, aunque parezca imposible, se hacen más grandes cuando le canto. En cómo me miraba intrigada mientras hacía música en la mesa a ritmo de panaderas y en cómo intentó imitarme moviendo sus manitas de forma caótica y graciosísima. En cómo camina con torpeza por el suelo irregular de la huerta llamando a Lulú, su gatita. En cómo sabe dónde está el pienso y el pan para las gallinas y en cómo recoge los huevos y dice con voz firme «buelo, buelo», consciente de que está haciendo esa tarea para ayudar a su abuelo. En cómo hizo conmigo los gestos, incluyendo tirarme del pelo, cuando le canté «Pimpón». Y en cómo me hizo repetirle quinientas veces la estrofa final:

Apenas las estrellas

comienzan a lucir

Pimpón se va a la cama,

se acuesta y a dormir

Al final, yo apoyaba la cabeza sobre mis brazos cruzados en la mesa y ella hacía lo mismo sobre mis rodillas. «Ven, ven, que te vamos a dormir, ven», le dije. Y alargó sus bracitos para que la cogiese en brazos y la acunase como si fuera un bebé. Yo le cantaba la «Nana del roble» de Eliseo Parra:

Esta niña tiene sueño, tiene ganas de dormir

tiene un ojito cerrado, el otro no lo puede abrir.

Pero sus ojos no estaban cerrados, qué va: redondos y enormes me miraban. «¡Pero esta niña tiene los ojos abiertos, no está dormida!» y ella, pilla, cerró los ojos fuerte, fuerte, con media sonrisa, haciendo explotar mi corazón. Yo seguía cantando mientras miraba su carita, los ojos apretadísimos, su naricilla con ese hueco en la punta, y advertía que si dejaba de cantar, abría los ojos un poco como diciendo: «Si paras de cantar no podemos seguir el juego».

Qué dulce su peso en mis brazos, su olor, su risa y su libertad salvaje. Que bálsamo su voz, su forma de decir gracias cuando da y cuando recibe indistintamente, su tacto que siempre quiere ser cuidadoso aunque a veces no lo consigue. Qué esperanzadora su fuerza y su carácter, su genio y su firmeza. Cuantísimo la quiero, cuántísimo me fascina lo que ya es y todas las posibilidades que orbitan a su alrededor. Y qué miedo, claro.

Mi sobrina siempre me señala una herida que no creía tener. Ojalá pudiese curarse con una tirita hecha de cinta aislante negra.


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Published on Jan 20, 2025

A mi madre le gusta un hombre que no es mi padre. Cada vez que coinciden a ella se le ilumina la cara y le cambia la postura corporal. De pronto no puede resistir el impulso de piropearlo. Son cosas inocentes, nada fuera de lugar: «No pasa el tiempo por ti», por ejemplo. Se conocen desde que eran jóvenes y, quién sabe, tal vez le haya gustado desde siempre. He de reconocer, por mucho que quiera a mi padre, que mi madre no tiene mal gusto.

No es la primera vez que caigo en esto: como he dicho, me doy cuenta cada vez que coinciden. Pero nunca antes este pensamiento me había llevado a empatizar tanto con mi madre (a la que he intentado e intento no parecerme, en general, con la fuerza de mil soles). Y es que resulta que ambas somos unas románticas.

No conozco mucho de la vida amorosa de mi madre antes de mi padre, pero sí sé que dejó a su prometido para ennoviarse con él. Aquello, en los años 80, en el rural-rural, fue un escándalo. El prometido, en un intento desesperado de mantenerla a su lado, decidió secuestrarle el ajuar, que ya estaba en la casa que iban a compartir, a lo que ella le contestó que podía metérselo por el culo (palabras literales). La decisión le valió una paliza de mi abuelo y la censura de buena parte de la familia y del pueblo. Había dejado a un señor con cierto poderío a pocos meses de la boda para ennoviarse con un campesino sin tierra y, encima, feo.

Pero lo hizo. No sé si quería a mi padre o no. Tal vez lo hizo porque se sintió atrapada (y esa es otra cosa con la que puedo empatizar: la de tonterías que he hecho para romper alguna jaula en la que sentía que estaba metida). La cosa es que hizo lo que le pidió el cuerpo, el corazón o lo que fuera, lo hizo de manera apasionada y pagando su buena ración de consecuencias. A esa mujer salvaje, rebelde y apasionada, que no se parece demasiado a la que yo he conocido, sí creo parecerme. O, al menos, me gustaría.

He hecho cosas parecidas y, aunque a mí nadie me ha dado una paliza, sí he cargado con juicios, opiniones y rechazo. Por suerte, vivo en una época en la que he podido alcanzar el privilegio de tener independencia económica y no necesitar el beneplácito de nadie para ser y hacer lo que yo quiera. Y, habiendo sido rara toda mi vida, la aprobación social me resulta más bien prescindible.

Lo que sé es que no quiero vivir sin eso, sin esa pasión. Que no me voy a resignar a vivir sin que el estómago me salte o me dé vueltas de vez en cuando y que estoy dispuesta a pagar el precio que haga falta por mantener la pasión en mi vida.

Hace poco vi en el telediario un reportaje sobre un cortometraje documental titulado Las novias del sur, en el que Elena Riera acude a mujeres maduras que fueron novias en su día para hablar de su experiencia. En ese reportaje una de ellas contaba que se enamoró años después de enviudar. Que entonces, a los setenta y muchos descubrió el amor. Y el sexo. La pasión, en definitiva. Ella reconocía haberse casado con un hombre al que no quería (a saber por qué razones, seguro que las tenía) pero, por suerte, la vida le dio la ocasión de enamorarse y de disfrutar de ese enamoramiento, de las caricias deseadas, de los orgasmos. Me alegré mucho por ella. Me emocioné. Y pensé que yo, que he tenido la oportunidad de saber de eso desde bien pronto, tengo la obligación moral de no conformarme con menos. No quiero hacerlo.

(Por cierto, si alguien se entera de dónde ver Las novias del sur, que me lo diga. Tengo mucho, mucho, mucho interés).


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Published on Dec 18, 2025

Antes de leer el poema, para pensar un poco...

La rebeldía puede residir en actos cotidianos. ¿Se te ocurre alguno?

Cuando piensas en la palabra felicidad, ¿qué se te viene a la mente?

¿Cómo te gustaría que te recordasen cuando ya no estés?

Y ahora, el poema:

Vamos a ser felices de Luis Alberto de Cuenca

Vamos a ser felices un rato, vida mía,

aunque no haya motivos para serlo, y el mundo

sea un globo de gas letal, y nuestra historia

una cutre película de brujas y vampiros.

Felices porque sí, para que luego graben

en nuestra sepultura la siguiente leyenda:

“Aquí yacen los huesos de una mujer y un hombre

que, no se sabe cómo, lograron ser felices

diez minutos seguidos.”


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Published on Jun 11, 2026

Haber vivido con personas, y no meramente entre ellas, supone ir por la vida cargada de huellas y marcas, de restos de su presencia cuando se marchan. Quique González siempre será cosa de D., igual que Terry Pratchett. Sandman, por más mío que lo haya hecho, siempre tendrá restos de C. Zoo o La Fúmiga me llevarán siempre a A. Podría seguir con facilidad, mucho, mucho rato.

Esto ocurre también con los lugares, siento que de una manera especial. ¿No os resulta raro volver con un nuevo amor al lugar que visitasteis con otro? Como si algo estuviese fuera de lugar o como cuando un actor o actriz aparece en la misma serie interpretando a otro personaje. Es extraño. Por supuesto, la intensidad también varía: puede ocurrir que haya lugares en los que este efecto no se da en absoluto y otros que una no se siente con fuerzas de volver a visitar. Hoy me he sorprendido viéndome en una de estas. En el último caso, concretamente.

Hoy vi a alguien triste en Mastodon. Se quejaba de que la gente no le visita y yo, medio en broma medio en serio, iba a decirle que me iba a obligar a que, en alguna de las visitas al pueblo, me escapase a Murcia, le secuestrase y le llevase a ver el mundo desaparecer en el faro de Cabo de Palos. Pero no lo he escrito porque me he quedado paralizada: no podría volver a ese lugar, no quiero hacerlo. Está demasiado impregnado de la presencia de otra persona y de su recuerdo.

Y no es por algo negativo, no te asustes. Es cierto que la persona acabó siendo un cucaracho pero no ha sido siquiera de los peores que me he cruzado. Ni en el top 10 está. Es por todo lo contrario. Llegué al faro de Cabo de Palos en el coche de un señor que conocía desde hacía menos de un mes, sin saber a dónde me llevaba, muerta de expectación y con dolor en las mejillas de tanto sonreír durante un día que había empezado mojando los pies en diciembre en el Mediterráneo. Qué día. Y yo entonces no sabía que lo mejor estaba por llegar.

Cuando vi aparecer el faro no lo podía creer. Mi primer faro. Estaba atardeciendo y en el rato que estuvimos allí, hablando de un futuro que ya entonces sabía que no iba a ser (aunque por razones distintas a las que acabó no siendo), diciendo cursiladas como dos adolescentes intensos, vimos la oscuridad cernirse sobre el mundo, el mar tornarse del color del cielo nocturno (cómo me gusta ese efecto) y, de repente, sentir que no había nada más, que allí se acababa el mundo. Quedarnos en silencio viendo como la luz del faro apuntaba a la aparente nada. Si pudiese hacer una composición con polaroids de momentos estelares de mi vida, ese sería uno sin dudarlo. Uno de los primeros, además.

No creo que vuelva en breve (ni tampoco a medio plazo) a Cabo de Palos. Puede que no lo haga nunca. Pero probablemente, aun así, en todos los faros del mundo encuentre la huella de esa persona que pasó por mi vida breve pero intensamente y dejó una marca indeleble. Conservar esa huella en mi recuerdo sin amargura, querer salvarla del olvido, la podredumbre y el cinismo, es un favor que nos hago: a mí, porque me merezco cosas bonitas; a él, porque mantengo vivo el testimonio de un amor que, estoy segura, fue irrepetible para ambos. Aunque él haya decidido no querer saberlo. Él se lo pierde.


Lo siento, persona de mastodon que puede que sí o puede que no haya pillado la referencia. No te puedo raptar y llevarte al faro de Cabo de Palos. Pero puedo fingir que no sé cómo se comen los paparajotes y probarlos por primera vez contigo, por ejemplo.


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Published on Apr 15, 2026

Nunca, desde que salí de casa de mis padres, he conocido a mis vecinos. No sé cómo se llaman, no sé apenas nada de sus vidas, más allá de lo que pueda deducir cuando me los cruzo por la escalera... ¡Qué leches! Si ni siquiera sé a qué piso van cuando me los cruzo en el ascensor... Mi mente no es capaz de retenerlo. Sé que se me lee como una persona reservada, algo arisca, que no tiene interés en relacionarse demasiado. Yo no lo intento, ellos no lo intentan... Y ahí queda la cosa.

A veces, muchas, me da pena. Siento que en esto también he sido vencida por el turbocapitalismo: aislamiento, individualismo, atomización. Lo que es peor: me he dejado vencer, porque #IngeñeroPrometido sí tiene conocimiento de sus vecinos y es tan reservado socialmente como yo, o más. Pero no sé, no me sale hacerlo de otra manera, no sé cómo se hace.

Lo bueno es que a veces me permito fantasear con que vivo en un patio de vecino, de estos cuadrados y cuajados de geranios, de vida comunal y crianza tribal de las criaturas. Es mucho fantasear, lo sé, pero no puedo evitarlo cuando vuelvo a casa en las horas previas a la hora de comer, cuando por las puertas de las casas se filtran el olor a cocido de una vivienda, las lentejas de otra, la pizza casera de la de más allá y los (probablemente) flamenquines fritos de otra. Que buena parte de las viviendas estén haciendo lo mismo al mismo tiempo me permite soñar con cierta comunidad. Al menos aquí todavía se cocina. No es poco.


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Published on Dec 3, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

Piensa en alguna cosa que te arrepientes de no haber hecho. ¿Por qué no la hiciste?

¿Cuánto peso tiene en tu vida la opinión de los demás?

¿Te has planteado alguna vez la diferencia entre lo correcto y lo aceptado?

Y ahora, el poema...

4 (Ciclo satánico), de Carmen Jodra Davó

¿Cómo pude dudar? ¿Cómo he podido

vivir sin vida todos estos años?

Por evitarme daños, tuve daños,

y huyendo penas, penas me han venido.

.

¡Cuánto tiempo, cuánto placer, perdido

en virtud, muerte, ritos tan extraños

como inflexibles, místicos engaños,

humillaciones, Dios! ¡Qué buena he sido!

.

Me arrepiento del tiempo en que fui buena,

viviendo sin gozar el prodigioso

fulgor del mal, quebrando mi destino.

.

Y ahora que su goce me envenena,

¿cómo negarse, si es tan delicioso,

o cómo retornar al buen camino?


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Published on Apr 7, 2026

Hoy he escrito un poema con el mismo título que este post. Ya, ya sé, es un poco exagerado. Pero el poema ha venido a cuenta de la disonancia que me provoca vivir últimamente[^ultimamente]. Una vive su vida normal, va al trabajo, tiene conflictos familiares, se regala algún capricho, sale a tomar una caña, va al parque a ver los renacuajos, lee libros... En fin, hace lo que suele hacer como si no pasara nada. Pero entonces una pone la televisión, enciende la radio o se mete en cualquier red social y se da cuenta de lo jodidamente mal que van un montón de cosas: dementes amenazando con hacer desaparecer civilizaciones enteras (y con el poder para hacerlo), guerra, hambre, aumento de la temperatura global, movimientos económicos frenéticos, aumento de los precios de todo, ...

La disonancia es aún mayor si cabe ahora. He vuelto a casa embriagada de olor a azahar, disfrutando del escándalo que es la primavera en mi ciudad, con flores haciendo lo suyo locamente en cada esquina, después de tener un encuentro con adolescentes para hablar de poesía, tras haberme encontrado, por sorpresa, con un exalumno que me ha dado un par de abrazos que me han dado ganas de vivir para varios días. Y entonces, las noticias. Los mensajes del tarado ese que se cree el rey del mundo, los desplazados de Líbano, las mentiras [^mentiras] de la IA... ¿Cómo se navega la situación actual desde la cotidianidad sin perder la cabeza? Si alguien lo sabe, que me lo cuente.

[^ultimamente]: quien dice últimamente dice en los últimos años. [^mentiras]: una se pregunta si los conceptos de mentira y verdad conservan algo de la solidez que tuvieron en otro momento. Una chispa, siquiera.


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Published on Apr 7, 2026

Hoy he escrito un poema con el mismo título que este post. Ya, ya sé, es un poco exagerado. Pero el poema ha venido a cuenta de la disonancia que me provoca vivir últimamente[^ultimamente]. Una vive su vida normal, va al trabajo, tiene conflictos familiares, se regala algún capricho, sale a tomar una caña, va al parque a ver los renacuajos, lee libros... En fin, hace lo que suele hacer como si no pasara nada. Pero entonces una pone la televisión, enciende la radio o se mete en cualquier red social y se da cuenta de lo jodidamente mal que van un montón de cosas: dementes amenazando con hacer desaparecer civilizaciones enteras (y con el poder para hacerlo), guerra, hambre, aumento de la temperatura global, movimientos económicos frenéticos, aumento de los precios de todo, ...

La disonancia es aún mayor si cabe ahora. He vuelto a casa embriagada de olor a azahar, disfrutando del escándalo que es la primavera en mi ciudad, con flores haciendo lo suyo locamente en cada esquina, después de tener un encuentro con adolescentes para hablar de poesía, tras haberme encontrado, por sorpresa, con un exalumno que me ha dado un par de abrazos que me han dado ganas de vivir para varios días. Y entonces, las noticias. Los mensajes del tarado ese que se cree el rey del mundo, los desplazados de Líbano, las mentiras [^mentiras] de la IA... ¿Cómo se navega la situación actual desde la cotidianidad sin perder la cabeza? Si alguien lo sabe, que me lo cuente.

[^ultimamente]: quien dice últimamente dice en los últimos años. [^mentiras]: una se pregunta si los conceptos de mentira y verdad conservan algo de la solidez que tuvieron en otro momento. Una chispa, siquiera.


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