Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Sep 30, 2025

No sé cómo estará ahora la cosa, pero hace una década no era extraño encontrarse señores en interné que daban lecciones sobre cómo seducir a mujeres. Evidentemente, ellos se presentaban como grandes triunfadores entre las féminas, verdaderos conquistadores. Solían demostrarlo poniendo en práctica algunos de sus trucos, que en el mejor de los casos eran cutres y en el peor acoso sexual, y las muchachas de los vídeos que para nada eran actrices, o amigas, o a saber, caían a sus pies sin demasiado esfuerzo. Un poco de esfuerzo sí había que hacer, claro, porque ya se sabe que las mujeres, cuando dicen que no, lo que quieren decir es «insiste hasta que te diga que sí»[^chorrada]. Estos ejemplos no eran más que el aperitivo porque, por supuesto, estos donjuanes cibernéticos vendían cursos, webinars y toda clase de mierdas para enseñar a chavales con poco éxito entre las mujeres, habilidades sociales regulinchis y demás y, así, forrarse.

Intuyo que el éxito de estos cursos era relativo. Bajo. Prácticamente nulo. Sobre todo si uno es capaz de distinguir cuándo una mujer te está demostrando interés genuino de cuándo te está siguiendo el rollo porque está acojonada y está intentando salir de la situación de la mejor manera posible. La cosa es que esos señores con necesidad de formación para relacionarse con mujeres (vaya tela) no tenían más recurso que acudir a otros hombres porque preguntar a las mujeres qué les gusta o qué esperan debía ser algo demasiado rompedor.

Vaaaale, vale. Puede que no tuvieran mujeres a las que preguntarles. Puede que ese fuera el origen del problema[^amigas]. Pero a lo mejor hay lugares donde buscar, ¿no? Me pregunto por qué a esos señores no se les ocurrió la idea de acudir a ficción femenina, por ejemplo, hecha para mujeres pero, sobre todo, por mujeres. Y sí, me estoy refiriendo a la novela romántica adulta o, como suele conocérsela despectivamente, a la novela rosa.

El otro día estaba leyendo una novela (Guía de brujas para citas falsas con un demonio, de Sarah Hawley) en la que una bruja torpe invoca por accidente a un demonio y la cosa resulta en que están condenados a estar juntos porque el demonio no puede volver a casa hasta que no haga un pacto por el alma de la bruja, cosa que ella no está dispuesta a hacer. Pues bien, mientras, en pleno ataque de ira, ella se pone a limpiar, el otro, apabullado por el desorden, le hace la cama y le dobla la ropa. Buah. Hoy, por ejemplo, he leído que el cortejo de los demonios incluye actos de servicio, tales como cocinar para la persona a la que cortejan o hacer tareas que necesiten para demostrar sus habilidades. Buah. Y hombre, evidentemente, yo no quiero que un señor que acabo de conocer se ponga a doblarme las bragas o me instale un ventilador de techo (o a lo mejor sí), pero ahí está una de las fantasías femeninas: alguien que cuide, que se haga cargo de la casa, que no se haga el muerto y haga las cosas sin que tengas que irlas pidiendo todo el rato, por ejemplo. Que a lo mejor a uno no le sale así, sin pensar, una frase del tipo «You are the bane of my existence», pero sí que hay otras cosas que se pueden aprender.

En general, hay ficción escrita por mujeres en la que los señores son absolutamente estupendos. Sí, algunos de ellos son escoceses fornidos y otros vampiros o demonios, pero el carácter está ahí. Incluso hay libros en los que los protagonistas son señores normales que no se dan cuenta de las indirectas y, aun así, consiguen enamorar a la prota.

Pues no, a nadie se le ocurrió mirar ahí. Supongo que porque son cosas de chicas, dicho así, como si oliese mal. Porque se trata de ficción menor (evidentemente una historia en la que se plasman inseguridades, miedos, deseos y ansiedades de una mujer tiene que ser algo menor, que interpele a la mitad del género humano es una minucia), de tonterías románticas (cuando la historia de amor la escribe un señor es un romance atemporal, claro). O a lo mejor es que culpar a las mujeres de ser incomprensibles y absolutamente misteriantes es mucho más sencillo que preguntarles a ellas o ir a buscar en los lugares donde se sienten libres y seguras para expresarse.

No sé, José Luis, por 20 euros aproximadamente tienes dos novelas de bolsillo que lo mismo te enseñan más cosas (y sobre todo, mejores) que el curso de Seduct0rInfalible en Youtube. Pero qué sabré yo: solo soy una chica :)

[^chorrada]: supongo que asumir que las personas dicen lo que quieren decir es una cosa demasiado subversiva. [^amigas]: y es tan problema que yo, en los últimos tiempos, he decidido no relacionarme demasiado con señores que no tengan amigas. Tal vez esto lo desarrolle otro día.


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Published on Mar 3, 2025

Ayer estuve viendo fotos antiguas, viajando como una vulgar polizona por las memorias de alguien que ha tenido una vida interesantísima a través de sus álbumes de fotos.

Me encanta ver esas fotos de tiempos pasados, detenerme en los peinados, los maquillajes, los vestidos, la decoración: todo eso que hace que una misma escena (un niño echando una siesta, una foto escolar, un bautizo, una comunión, una boda) sea distinta. Lo disfruto mucho. Siento debilidad por esas fotos que llegaban dedicadas en cartas, que hablan de la nostalgia, el echar en falta, la distancia y el recuerdo (el volver a traer a alguien al corazón).

En el álbum había unas cuantas de esas: fotos de hermanas, de sobrinas... De hecho, yo misma le llevé a esta mujer fantástica una foto mía (con su nieto) para que la añadiese a sus álbumes o a sus portarretratos. «¿No viene dedicada?», me preguntó. Y por supuesto que se la dediqué en el instante, encantada de ser partícipe de la tradición. Pero me llamó la atención, en concreto, una de ellas, porque la cabra tira al monte y no puedo resistirme al romanticismo (ni siquiera al peor entendido, lo reconozco). En ella aparecía un hombre joven (probablemente mucho más joven de lo qu podría decirse por la foto), de perfil, bien peinado, con su traje elegante (aunque humilde). Sobre la esquina inferior derecha de la foto, unas letras en una caligrafía pulcrísima, preciosa: «De tu amorcito...¡que cuánto te quiere!» Y, bajo la dedicatoria, el nombre del amante caballero.

Me imaginé a la mujer joven que fue la señora que me enseñaba los álbumes leyendo esa dedicatoria (con esa letra tan bonita) y llevándose la foto al pecho, arrebatada de amor. Y me imaginé al joven, escribiendo a su novia tras la larga jornada de trabajo, poniéndole una dedicatoria de lo más cursi en la foto, con esa falta de pudor que nos imbuye cuando estamos enamorados. Y me enternecí mucho... durante un rato.

No me cuesta imaginármela a ella porque, por lo que la he llegado a conocer, creo que se parece a mí en algunas cosas: es una amante de las historias y, si algo es hermoso, la verdad o la fidelidad a los hechos queda en un segundo plano. Es, como yo, una romántica (y yo lo digo a mi pesar, no creas). Pero a él... Me cuesta. Me sorprendió encontrarme esa dedicatoria, la verdad. Lo que he sabido de él (que ya murió) me ha llegado de distintos testimonios y todos ellos hablan de un hombre recto, riguroso en exceso, muy chapado a la antigua, dominante, curtido y endurecido como requería la época y, durante buena parte de su vida, poco cariñoso (cosa que cambió algo, parece ser, con la llegada de los nietos y en relación a ellos: en las fotos rara vez sonríe, salvo si en ellas está con sus nietos). Pero ese hombre, en algún momento, se sintió tan arrebatado por el amor como para escribir una dedicatoria cursi y azucarada a su novia a la que, seguro, echaba de menos.

Esa idea me obsesionó: la de la desaparición de ese joven para que apareciera el marido firme y autoritario. Le pregunté a su nieto qué podía haber pasado, me bebí con atención sus teorías y le rogué que él no desapareciera. Me aterroriza que él, que es un cursi, un romanticón, una persona absurdamente cariñosa que parece beber los vientos por mí (todo ello cualidades que me encantan) se convierta en algún momento en un señor indiferente, masculino en el peor de los sentidos, uno de esos hombres que hacen comentarios sobre la parienta, como si esta les hubiese caído de oficio, como si nunca la hubiesen buscado, deseado o querido.

Él me dijo «Tranquila, nosotros no somos como ellos» para acto seguido añadir «aunque supongo que eso es lo que piensa todo el mundo en algún momento». Y es justo lo que yo estaba pensando. Probablemente las personas con la relación más agria y tormentosa que puedas pensar estuvieron en algún momento enamorados o, al menos, creyeron que lo estaban. No sé a ti, pero a mí me inquieta mucho: veo la deriva de algunas relaciones y buf.

Menos mal que estamos en el siglo XXI y existen el no casarse, el romper relaciones y el divorcio... de momento.


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Published on Dec 2, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Crees que el dolor es justificable? ¿Tiene sentido?

¿Qué historias nos contamos para tolerar el dolor?

¿Crees que se invierte más esfuerzo en hacer el dolor tolerable que en actuar sobre sus causas?

¿Qué sientes cuando alguien intenta justificar tu dolor?

Y ahora, el poema:

El dolor, por Amalia Bautista

El dolor no humaniza, no ennoblece

no nos hace mejores ni nos salva,

nada lo justifica ni lo anula.

El dolor no perdona ni inmuniza,

no fortalece o dulcifica el alma,

no crea nada y nada lo destruye.

El dolor siempre existe y siempre vuelve,

ninguno de sus actos es el último

y todos pueden ser definitivos.

El dolor más horrible siempre puede

ser más intenso aún y ser eterno.

Siempre va acompañado por el miedo

y los dos se alimentan uno a otro


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Published on Nov 30, 2025

¡Hola, hola!

Aunque parezca mentira, debido a que hace dos meses que hay polvorones en los supermercados, mañana empieza diciembre. Mientras pensaba en que me gustaría tener un calendario de adviento cuqui, pero no sabía muy bien de qué o cómo, se me ocurrió poner en el mundo algo bonito, algo que a mí me gustaría encontrarme, en definitiva, hacer un poco más agradable este mundo que habito y que tan inhóspito me parece a veces.

La poesía me ha acompañado en diversidad de sentimientos y situaciones, haciendo los malos tragos más llevaderos y los buenos aún más dulces. Así que bueno, he pensado compartir 24 poemas a lo largo de estos primeros días de diciembre, acompañadas de unas cuántas preguntas para animarte a reflexionar antes de la lectura, si te apetece, y llegar al poema con una cierta apertura o predisposición (esta parte te la puedes saltar, por supuesto, si así lo deseas).

Puedes ir «abriendo» tus sobrecitos de adviento acudiendo aquí al blog, suscribiéndote por RSS o email o a través de mi cuenta de mastodon, @bettie@masto.es, aunque ahí encontrarás bastantes más cosas que probablemente no te interesen.

Sin más, te invito a volver mañana y ver qué tengo para ti.

Espero que lo disfrutes.


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Published on Jan 26, 2025

Hace unos días, por algo que no viene mucho al caso, recordé este concepto que ha sido definido en mi cabeza de forma un cierto tosca y a base de acumulación de experiencias propias y compartidas conmigo por amigas. Dije en Mastodon que tenía que hablar del tema y, sin dar mucha más explicación, varias mujeres supieron de qué iba la cosa. Interesante, ¿no?

¿Pero qué es eso del «privilegio» de follabilidad?

Llamo «privilegio» de follabilidad al falso privilegio de trato digno que los hombres otorgan a las mujeres en tanto en cuanto las consideran follables. Este ser follable no tiene por qué referirse al deseo efectivo de tener sexo con ellas (aunque con frecuencia es así), sino que puede consistir en que las consideran elementos de sus fantasías, por ejemplo. Digo que es un falso privilegio porque está condicionado al hecho de ser considerada follable, por lo que decae cuando esa situación cambia, hecho que no depende de la mujer. En ese sentido, no se trata de un privilegio que se tenga, sino que es otorgado por otro a su voluntad.

Explicado en modo sencillo: el «privilegio» de follabilidad es lo que pasa cuando un señor te trata como a una persona porque eres objeto de su deseo sexual.

Es una cosa bastante pocha, porque yo no sé cómo lo habrán llevado otras mujeres, pero a mí, que no soy el lapicero más afilado del estuche en lo que a comportamiento social respecta, me costó bastante descubrir qué pasaba. Además de mi torpeza, contribuyó a ello que nunca he sido una mujer normativa, por lo que, en general, los señores me trataban bastante regular: no me escuchaban, me trataban con condescendencia, ignoraban mis propuestas (aunque si luego las hacía un hombre les parecían estupendas) y en fin, la experiencia femenina genérica.

Pero de pronto y de repente aparecía algún señor que te trataba bien. Te escuchaba. Dialogaba contigo mostrando interés. Era considerado. «¡Coño, por fin!» pensaba yo. A veces ocurría que una recibía un trato diferencial respecto del resto de personas: por ejemplo, ante un error, las consecuencias o represalias que una afrontaba eran más leves que las que afrontaban otras personas. La cosa se prolongaba hasta que las intenciones del mozo se hacían explícitas: le gustabas, quería algo contigo. Si, por lo que fuera, ese interés no era correspondido, a tomar por culo la bicicleta: la actitud cordial, respetuosa y considerada cesaba. Y si no acababa la interación con un «pues no eres tan guapa, zorra» encima podías dar gracias.

Podría listar muchos casos. Un profesor del instituto (sí, así de problemático), un compañero de trabajo encantador que dejó de hablarme cuando se enteró de que salía con alguien, un amigo que cambió su trato hacia mí en cuanto empezó a gustarle otra chica (yo no era consciente siquiera de que le gustaba hasta que no se le pasó xD)...

Ya digo que me tuvo que pasar MUCHAS, pero MUCHAS veces para que me diera cuenta: al principio piensas que esa persona que parecía maja no era más que otro cucaracho y, cuando volvía a ocurrir que un señor te trataba bien simplemente dabas las gracias hasta que, claro, volvía a destaparse el pastel. Además, a veces es que una servidora caía, porque que te traten bien es sexy. En estos casos, además de desencantada acababas con el corazón roto, porque no hay que privarse de nada.

He utilizado las comillas en la palabra privilegio todo el rato porque de privilegio tiene poca cosa. Primero porque, como ya he dicho, no es algo que una tenga, sino que le dan condicionalmente en virtud a algo que no depende de ella (porque el deseo está en el sujeto, no en el objeto). Y segundo, porque te sientes como una puñetera mierda. Cuando te ha pasado n-cientas veces te planteas si es que no tienes valor si no es en términos de interés sexoafectivo. Es una putada. Como siempre, el secreto está en relacionarse con señoras y ver la diferencia. Es desde ahí desde donde pude empezar a teorizar esta experiencia y a detectarla.

Y no es una cosa mía. Está presente en la cultura popular, aunque no se le haya puesto un nombre. Todos hemos visto películas en las que un personaje defiende a la chica que le gusta aunque haya dicho una soberana gilipollez (cosa que no hace por otros personajes), por ejemplo.

Sí, sí, ya sé. Siempre estoy igual con lo del feminismo, viendo patriarcado por todas partes. Pero solo es porque está por todas partes y una vez lo ves, es imposible desverlo. Qué le voy a hacer yo, si solo soy una chica (espero que pilles la referencia millenial).


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Published on Mar 7, 2025

Hoy he tenido flashes de Vietnam tras hacer un gesto de lo más inocente y cotidiano. He ido a la panadería, a comprar mi hogaza de pan de chía y algún capricho para el día (el elegido ha sido un rollo de canela). Cuando ya iba a pagar otra clienta ha pedido un producto y, evidentemente, yo he tenido que preguntar qué era. “Una barra artesana rústica con cebolla y curry”. QUÉ ME DICES. Pregunto si se puede encargar y me dicen que no, que ha sido una ida de cabeza del panadero. Así que, con resignación, he pedido que me pusieran una barra. Cuando la he metido en mi tote bordada, dentro de su bolsa de papel, he visto que el pico de la barra sobresalía y, claro, no me ha quedado más remedio que pegarle un pellizco y comérmelo mientras esperaba el autobús. ¡Placer de diosas!

Pero en ese momento he oído la voz de mi madre (mi voz interna crítica siempre suena como mi madre): “Si comes pan por la calle nunca te va a salir novio”. Imposible llevar la cuenta de la veces que mi madre, cuando llegaba a casa con la barra pellizcada por roer el pico por el camino, me sentenciaba con esa frase. Las primeras veces que fui sola a por el pan, antes de ir al colegio, debía de tener 7 u 8 años. Pues desde ese momento la estuve oyendo día sí y día también (porque, por algún motivo, en ese momento la perspectiva de no tener nunca novio me resultaba mucho más tolerable que la de no disfrutar del pan caliente).

Qué necesidad. Cuando me paro a pensar en la cantidad de amenazas y chantajes que padecemos para disciplinarnos por las razones más peregrinas... Sé que lo que había tras esa amenaza de mi madre era el miedo a que engordase (más, porque aparentemente desde bien pronto he ocupado más espacio del que me correspondía), pero la asociación de ideas me parece terrible. Gracias a ese tipo de comentarios (no solo por su parte, aunque sí en buena) he ido incorporando una lista de miedos bien grande: a las minifaldas, a los escotes, a hablar demasiado, a reírme fuerte, a moverme demasiado, a moverme demasiado poco, a descansar, a salir de noche, a los hombres pero también a quedarme soltera, a incomodar, a no gustar, a gustar demasiado, a la ropa de colores, a la ropa ajustada... En fin, podría seguir hasta intentar encontrar el límite de caracteres a este blog, creo. No sé si habéis visto alguna vez esos vídeos de: “¿Qué llevo en mi bolso?”. Pues lo que llevamos son miedos. Fundamentalmente.

La lista era tan inmensa, la mochila tan pesada, que en un determinado momento tuve que empezar a deshacerme de carga. Bendito momento. Ahora, a mis treinta y muchos, llevo corsé, uso minifalda, ropa de colores absolutamente estrafalarios, me río fuerte... y como pan en la calle sin culpa.

Qué maravilla crecer y derramarse por encima de los moldes en los que quisieron encerrarnos.


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Published on Dec 16, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Te has planteado alguna vez la maternidad como un problema?

¿Crees que esa decisión es cada vez más difícil de tomar?

¿Qué cosas deberían cambiar para que el mundo invitase a tener hijos?

Y ahora, el poema.

NO-MO de Rosa Berbel

«no hay poesía capaz de hacer bella esta guerra»

Carlos Catena Cózar

Les digo a otras mujeres

que en realidad no sé si quiero hijos.

Porque el mundo es hostil,

igual que siempre,

pero la resistencia de la piel,

su solidez, es cada vez más débil.

.

No hay poesía capaz de hablar

de esto:

de los niños dormidos y de los padres muertos,

de tanta lucidez

guardada en los armarios.

.

Y siento entre mis piernas

el peso de la vida con sus dudas,

gritando a todas horas

sin consuelo.


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Published on Jul 31, 2025

Hace un par de años trabajé con una señora estadounidense listísima. Se encargaba de, cada dos semanas, dinamizar una clase con mis criaturas hablando de algún tema de interés para mí, en tanto que docente titular, para ella, como auxiliar de conversación, y para las criaturas, que tenían que animarse a hablar en inglés. Se lo curró tela y yo disfruté mucho de esas clases, por no hablar de lo mucho que me dio que pensar. Por ejemplo, en el tema que te traigo hoy.

En los alrededores de San Valentín le pedí que preparase una clase sobre el amor romántico, problematizándolo en la medida que le fuera posible. Bueno, lo clavó. La presentación y la clase fueron interesantísimas. A mí se me clavó una pregunta: ¿Crees que te has enamorado alguna vez de la expectativa que tienes de alguien en lugar de enamorarte de esa persona? A ver, ella lo formuló mejor y en inglés, pero yo no recuerdo exactamente cómo lo hizo.

La cosa es que me hizo pensar: ¡Culpable! Cuántas veces me he enamorado del potencial de una persona y no de la persona en sí. Y qué injusta he sido conmigo y con esas personas. Con ellas, porque no he sido capaz de quererlas por lo que eran en ese momento, sino por lo que yo esperaba que llegasen a ser, empujándolas siempre a ser más, ser mejores, en definitiva, a ser otras. Y conmigo porque he asumido la responsabilidad de llevar de la mano a esas personas por el camino de superación personal de los cojones. No niego que puede que de fondo estuviese la idea de que no puedo tener lo que quiero si no le pongo trabajo. Yo qué sé, estoy rotísima.

La cosa es que yo no lo había pensado hasta ese momento y me da que es una idea que merece la pena examinar, porque creo que es algo en lo que muchas mujeres caemos con frecuencia. No es todo responsabilidad nuestra: nos han dicho que el amor lo puede todo y ahí están los referentes culturales, desde La Bella y la Bestia hasta Los Simpson, en los que una mujer inteligente se deja la vida en intentar arreglar a un patán, con mayor o menor éxito. Si te paras a pensarlo es una mentalidad muy especulativa: cojo algo que necesita una reforma, le meto trabajito y genero plusvalía. La materia prima unida a mi trabajo ha dado algo que ha incrementado mucho su valor. Je. Da miedo, ¿eh? Hasta qué punto el capitalismo está en todo.

En fin, no hay mucho más que decir. Si mantienes vínculos en los que, con frecuencia, sientes el impulso de arreglar a la gente...Dale una pensada a esto. Por si te sirve.


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Published on Feb 17, 2026

Cuando empecé a explorar el autismo como una posibilidad, como una categoría que podía hacerme comprensible para mí misma y para otros (pero sobre todo para mí misma) tuve que luchar, en primer lugar, contra mis propios prejuicios. ¿Cómo iba a ser yo autista? Autista era mi tío, que aprendió unas pocas palabras en toda su vida y que utilizaba más o menos aleatoriamente salvo tabaco para conseguir un cigarro y guapa, dirigido a mi tía, también para conseguir un cigarro. (Luego, claro, he visto que en mi familia había y hay más neurodivergentes pero bueno, ellos, como yo, pasaron por raros, sin más).

Pero vencí esa resistencia: mi trabajo me ha puesto en contacto con muchos niños y jóvenes autistas que no se parecen a mi tío o, al menos, no demasiado. Tampoco se parecían demasiado al resto de sus compañeros en multitud de cosas. Pero me di cuenta de que en esas cosas sí se parecían a mí. O yo a ellos. Me dio mucho que pensar. Y pensé. E investigué. Es lo que hago. Lo que he hecho siempre para entender lo que me resultaba incomprensible.

Después, cuando tras leer mucho, investigar mucho, hacer muchos tests y consultar con personas autistas, incluso tras acudir a una asociación tras haber seguido un proceso de autodiagnóstico (el demonio para los alistas, claro, que denuncian que queremos apropiarnos de alguna cosa especial que pertenece a los pobres autistas de verdad que, curiosamente, no parecen manifestarse demasiado en contra de esa vía de autoconocimiento) para recibir algo de orientación y validación, decía, después, cuando tras todo un proceso y bastante refuerzo, decidí empezar a explorar el reconocerme como autista con algunas personas la cosa no mejoró. Muchos pero cómo vas a ser tú autista, bastantes miradas de otra queriendo hacerse la especial u otra queriendo ponerse excusas para no adaptarse, y unas cuantas afirmaciones en ese sentido, sin filtro. E infinitos ¿pero tienes diagnóstico oficial?. Y no, no tenía diagnóstico oficial, así que no tenía derecho a que, como persona, se tomasen en cuenta mis necesidades (por lo demás, bastante poco peregrinas). Porque parece ser que, si no hay un papelito de por medio, no tenemos por qué ser considerados con nuestros amigos, conocidos y seres queridos. O «queridos», debería decir.

Así que al final acabé acudiendo a especialistas: tras un burnout que me llevó a tener un meltdown de 8 horas de llanto, temblores y malestar continuo y, de ahí, a estar medicada (otra vez) y a una baja médica por salud mental quise confirmarme si era yo, que era una floja incapaz de hacer lo que había que hacer, incapaz de soportar lo que había que soportar, o si es que mi cerebro estaba cableado de otra forma y yo procesaba el mundo de otra manera. A decir verdad, acudí antes de la baja y del meltdown. Vi venir que algo no estaba yendo nada, nada bien. Pero no llegué a tiempo.

Y al final, tras 15 horas de entrevistas, tests, pruebas y demás, más casi 2 horas de entrevistas a alguien de mi entorno, llegó el papelito. Bueno, no es un papelito: es un informe de casi 20 páginas en las que la neuropsicóloga que me atendió durante el proceso detalla, con muchísimo mimo, mi condición y mi idiosincrasia. Y resulta que no me lo estaba inventando: soy autista. Poca sorpresa, la verdad. Pero también resulta que, a pesar de sentirme bastante tonta buena parte del tiempo, tengo altas capacidades. Bastante altas. Lo que me ha permitido estudiar el comportamiento, aprender fórmulas, investigar lo que se esperaba de mí, deducir rápidamente a partir de gestos, señales, comentarios y demás cómo reaccionar ante situaciones nuevas y demás parafernalia. Lo que me ha permitido pasar por una niña peculiar, una adolescente rara e histriónica y una mujer particular, sin más. Lo que ha hecho que nadie sienta que tiene que hacer un mínimo esfuerzo para conmigo y que soy yo la que tiene que salvar el vacío de mi peculiaridad, rareza, histrionismo o particularidad. Pues qué bien.

Así que nada. Ya puedo ser especial, ya tengo el papelito. Supongo que pronto empezaré a darle en el hocico a todos los que dejaron caer que lo que quería era casito y sentirme especial con el informe de casi 20 páginas enrollado.

A ver qué pasa.


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Published on Jun 15, 2026

Aviso de contenido: imagen corporal, peso, ideales de belleza, TCA y dismorfia corporal


Llevo unos cuantos días con el guapo subido. Los paseos de ida y vuelta al trabajo, a pesar de la protección solar, me han dorado un poco la piel de la cara, lo cual ha provocado un efecto en cadena maravilloso: disimula mis ojeras, resalta mis ojos y ha dotado a mis mejillas de un tono que no recuerdo haber tenido nunca y que, en cualquier caso, es muy favorecedor.

Supongo que será por eso que, cuando me miro al espejo del baño, pelo recogido y todo, me veo guapa. Me gustan mis pómulos, mis labios, mis ojos, mi barbilla. No me veo ninguna pega (y no me apetece ponerme a buscarla). Estoy guapa. Y me sonrío.

Pero luego se amplía el plano y todo se viene abajo. Cuando me miro en un espejo de cuerpo entero me veo enorme. Mis muslos, dos ballenas blancas. Mis piernas completas dos deformes columnas sin pizca de elegancia que, para colmo, están bien ribeteadas de arañas vasculares. Vientre, hinchado. Mis caderas y mi trasero, enormes, apretados en los pantalones que hace un par de años me quedaban perfectos. Mis pechos caídos y sin gracia, demasiado grandes siempre, pero si en algún momento la juventud y la tersura les salvó, ahora no hay manera de salvarles. Los brazos, flácidos. Bueno, no del todo. Están fuertes, hay músculo debajo. Pero... no se nota. Me veo como cuando pesaba 40 kilos más. Y no puede ser, en el peor de los casos llevo 4 o 5 tallas menos. Pero me veo así. Los espejos me devuelven esa imagen.

Sé que es una racha, que desde que mi peso se «estabilizó» las he ido teniendo. Que tener que pelear un poco más para abrocharme el pantalón las desencadena, igual que notar que la blusa del uniforme del coro me aprieta en el pecho o sentir que la cremallera de un vestido se atasca (aunque no tenga que ver nada con la anchura o estrechura del vestido). Pero que sea una racha no elimina el sufrimiento: en los días buenos no me gusto. En los días malos me doy asco.

Y la puñalada estos días está siendo especialmente dolorosa, porque verme tan bonita cuando me miro a la cara y tan horrible cuando me veo al completo me lleva a una frase bien odiosa de mi infancia, que me hizo daño hasta lo indecible y que me repitieron unas y otras como si me estuvieran diciendo un piropo y no señalando mis carencias: «Con lo bonica que eres de cara, si adelgazaras un poco...»

Así que ahora ya no me siento guapa de cara siquiera. Me siento como una mierda. Y entonces me abrazo: delgada, gorda, guapa o fea, me han hecho mucho daño, a la niña y adolescente que fui le hicieron mucho daño, y la mujer que soy sigue curando heridas de aquella época que aún palpitan.

Demasiado bien estamos.


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