Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Dec 2, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Crees que el dolor es justificable? ¿Tiene sentido?

¿Qué historias nos contamos para tolerar el dolor?

¿Crees que se invierte más esfuerzo en hacer el dolor tolerable que en actuar sobre sus causas?

¿Qué sientes cuando alguien intenta justificar tu dolor?

Y ahora, el poema:

El dolor, por Amalia Bautista

El dolor no humaniza, no ennoblece

no nos hace mejores ni nos salva,

nada lo justifica ni lo anula.

El dolor no perdona ni inmuniza,

no fortalece o dulcifica el alma,

no crea nada y nada lo destruye.

El dolor siempre existe y siempre vuelve,

ninguno de sus actos es el último

y todos pueden ser definitivos.

El dolor más horrible siempre puede

ser más intenso aún y ser eterno.

Siempre va acompañado por el miedo

y los dos se alimentan uno a otro


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Published on Apr 25, 2026

Ea, con dificultad, pero he encontrado un ratito para contarte cosas de señoras que hacen cosas. Je.

  1. Alice Oseman – Heartstopper Heartstopper ha concluído y nos ha dejado un huequito en el corazón (a pesar de que las últimas tiras eran un poco ir estirando el chicle) porque son todos TAN monos, TAN tiernos, TAN sanos... Tan adolescentes intentando adolescentear como pueden... Qué penica. En fin, espero que les vaya bien en la vida. Ya, ya sé que no son reales. Me da igual.

  2. Querer, de Alauda Ruiz de Azúa. La estuve viendo en unos cuantos ratos tontos. Es otra cosa que Los domingos, que fui a ver muerta de ganas por las buenas críticas que había escuchado de Querer y de la que salí directa a vomitar al baño. Cosas fueron pasadas. Aquí sí consigue mostrar la violencia sin histrionismos, como una especie de contaminante que hace grueso e irrespirable el aire. Aquí sí ví sutilidad. En Los domingos solo vi tibieza.

  3. La selección española femenina de fútbol. El domingo pasado estuve viendo a la selección española femenina en vivo y en directo. Era mi primera vez en un estadio y lo disfruté mucho, no solo por el partido, que fue un poco un paseo por el campo para las muchachas, sino por el ambiente que había en el recinto. No me sentí incómoda, y eso es MUCHO. Y bueno, me parecía bien reconocer a estas señoras el mérito de su trabajo, sin ser yo futbolera ni nada de eso.

En fin, yo quería hacer esto así un poco bien, en serio, con cierta periodicidad. Pero la vida se me pone por medio, qué le vamos a hacer.


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Published on Aug 21, 2025

Esta noche he tenido un montón de pesadillas: una detrás de otra, sin parar, desde algo antes de las 4 de la madrugada. Lo peor de todo no han sido las pesadillas, sino mi mente entrando en modo centrifugado intenso tras cada una de ellas. Porque darle muchismas vueltas a las cosas is my passion.

Resulta que mis pesadillas eran perfectamente cotidianas y verosímiles. De hecho, se van a hacer reales más pronto o más tarde. En mis pesadillas no había fantasmas, vampiros, catástrofes naturales o sobrenaturales, no aparecía desnuda en el trabajo por un olvido... No. En mis pesadillas daban cita a mi padre para operarse y yo tenía que gestionar en el trabajo lo de irme al pueblo para echar una mano mientras mi madre se comportaba como ella se comporta, presionándome para gestionar sus mierdas y mi hermano me echaba en cara estar lejos y ser una mala hija, una mala hermana y una mala tía. Y yo, evidentemente, sobrepasada y queriendo desaparecer de la faz de la tierra. Si crees que estoy exagerando en lo de que se va a hacer realidad más pronto o más tarde: no. Porque ya ha sido realidad otras veces.

Pues mi mente en modo centrifugadora, aparte de intentar resolver un problema que aún no existe (porque mi padre no tiene fecha para la operación todavía) se ha puesto a contemplar la posibilidad de que toda mi inocencia haya sido sepultada por el peso del adulting. Porque, evidentemente, puesta a tener pesadillas, mejor demonios, dragones y vampiros que cosas que sabes que cualquier día se hacen realidad. Al menos con aquellas te queda el consuelo de, cuando despiertas, saber que estás a salvo.


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Published on Mar 19, 2025

La voz de mi padre es recia y profunda. Suena a tierra arada, al romperse los gasones, al silencio sobre el trigo recién segado bajo el sol inclemente de agosto. Recuerdo que, cuando yo era pequeña, otros niños le tenían miedo. Yo no lo entendía: mi padre era grande, sí, y su voz era gruesa y rotunda, pero sus ojos siempre se reían (o al menos así era cuando me miraba a mí). No voy a decir que, pese a no entenderlo, no me gustase. Guardaba ese temor de otros niños hacia mi padre como un arma secreta: si el tormento que me causaban se me hacía insoportable, él sería mi vengador. ¡Se iban a enterar!

Hoy hablé con mi padre. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras ni yo de esas personas a las que les resulta fácil la charla insustancial. «Si no hablamos, mejor, eso es porque no pasa » suele decirme. Pero en los últimos tiempos me he propuesto hablarle más. Estas semanas se me ha hecho difícil, no he encontrado el tiempo ni la energía. Pero hoy tocaba. Hoy sí. Hemos hablado, como casi siempre, del tiempo. De si llueve, si no, de cómo lo hace, de si causa o no estragos, del cauce de los ríos y los arroyos, de si están soltando algua en el trasvase o han abierto los pantanos. También de su huerta, de la hoya que está preparando y que tiene que tapar para que no se agüe y destapar para que se oree. No son cosas de las que yo sepa demasiado, solo lo que he aprendido por una suerte de ósmosis, pero es lo que él conoce, y me gusta hacer como que yo aprendo y él me enseña.

También hoy acabé 80.000 soldados de terracota de Maribel Llamero Andrés, un poemario que habla de la enfermedad, muerte y duelo por su padre. Su padre no se parece en nada al mío, que no sabe quién fue Sócrates ni ha leído a Séneca ni a Epicuro. Bueno, a decir verdad, mi padre nunca ha leído nada. Aprendió a leer para sacarse el carnet de conducir y ya fue suerte. A mi padre le gusta la música, pero no entiende, así que tampoco hablamos de eso. Creo que no le gusta porque es consciente de todo lo que podría haber aprendido de haber tenido la oportunidad. Pero me quiere con una ternura similar a la que la poeta deja entrever que la quería su padre. Más tosca, sí, pero igual de tierna.

Y estas circunstancias han dado un poco la vuelta al día. He empezado la mañana llorando al escuchar su voz, echándole de menos. Lo he acabado sintiéndome afortunada porque todavía puedo escucharle hablar de ltiempo, de la lluvia y su ausencia, de los frutos que planea obtener de la tierra, si ella se deja. Y eso es mucho.


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Published on Jun 9, 2025

No recuerdo muchas apreciaciones buenas de mi madre hacia mí. Sus supuestos cumplidos siempre iban seguidos de un pero que restaba todo el valor a cualquier cosa que lo hubiese precedido. Por ejemplo: «Ella es la lista pero su hermano es el bueno». A ver, qué necesidad había. Pues a causa de esa frase que no fue dicha una, ni dos, ni tres veces, he arrastrado un complejo de malapersona durante buena parte de mi vida.

Por suerte ya se me ha pasado: yo no sé si ha sido la edad o los palos, pero tengo claro que soy una persona razonablemente buena. En ocasiones soy un puto ser de luz. A medio día volvía del trabajo en autobús, hasta el mismísimo *oño (inserte aquí la consonante que le parezca bien), habiendo dormido apenas 3 horas, cuando he visto a una alumna secarse unas lágrimas furtivas. Ea. Allá que he ido a darle un pañuelito y preguntarle si necesitaba algo y a ofrecerle mi ayuda. Que sí, que lo mismo esto es decencia humana básica, pero es que tampoco es que la decencia humana básica abunde muchísimo. Intengo ser amable, empática, justa, hacer lo correcto y lidiar con mis contradicciones lo mejor que sé y puedo. La cago, por supuesto, pero en términos generales creo que soy bastante buena gente. Diga mi madre lo que diga. Chúpate esa, trauma infantil.

De ese complejo de ser mala se ha derivado un comportamiento bastante problemático para mi persona: para no ser mala me he dejado pisar, maltratar, utilizar... Ya lo captas. Como era mala no podía permitirme una salida de tiesto. Tenía que demostrar que era buenísima, poner la otra mejilla (lo de la educación católica, otro día). Curiosamente, cuando he asumido que no soy tan terrible he empezado a darme permiso para actuar como si no le debiera mi bondad incondicional al mundo. Es un proceso lento, pero he ido aprendiendo a decir que no, a manifestar desagrado, incluso enfado en entornos de confianza... Fuera, con extraños que no son espacio seguro es más complicado, fíjate. Es curioso, porque justo esa gente tendría que darme igual, pero mira, el selebro selebreando, yo qué sé.

Pues hoy he vuelto a cruzar ese puente, el de no deberle bondad incondicional a alguien que no es buena. Y lo he cruzado por todo lo alto. He sido deliberada y rotundamente desagradable con una señora que ha atacado mi trabajo (voluntario, pero trabajo) como coordinadora de un club de lectura. No es la primera vez que me ataca. En las anteriores he optado por la mesura, la diplomacia y la bondad. Hoy no. Y me he sentido tremendamente orgullosa de mí misma, tremendamente satisfecha.

Al fin y al cabo hemos aprendido recientemente que, por mucho que una sea un ser de luz, nadie está libre de un apagón, grande o pequeño. Ea.


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Published on Aug 30, 2025

Estaba limpiando el polvo de la casa con toda la pena pre-post-vacacional que he conseguido reunir cuando he llegado a mi otra mesilla de noche. Es la del lado contrario a la mía, pero también es mía, así que bueno. En ella he encontrado dos fotos. Una, en el Retiro de Madrid, con mujeres que había desvirtualizado ese día y con algunas que acababa de conocer. Pero qué día aquel... La otra, en la Feria de Córdoba, con algunas de mis amigas de aquí.

Cuando me separé de mi pareja y mi casa se quedó algo más vacía decidí tomar precauciones para que la tristeza no se acomodase demasiado. Una de ellas fue dejar recordatorios de que no estaba sola. Soltera sí, pero no sola. Así que imprimí unas cuantas fotos y rescaté algunas de los álbumes, compré algún marco más y dejé aquí y allá fotografías de gente que me acompañaba. La foto del Retiro fue una de las primeras. Casualmente (o más bien no) en esas fotografías aparecían mujeres. Pero también eran de mujeres las postales o ilustraciones que dejé aquí y allá para no dejarme creer que estaba sola en el mundo.

Hace ya dos años de eso y la presencia de algunas de esas mujeres en mi vida no es, ni de lejos, la misma que entonces. Lo mismo ocurre con mi presencia en la suya, claro. Pero no quito sus fotos, no hasta que no sea necesario. Porque la permanencia no es requisito para que algo sea real. Esas mujeres han sido mujeres de mi vida, me han salvado en algún momento, y por lo tanto, serán siempre mujeres de mi vida.

El otro día me daba cuenta, tras escribir aquí, de cómo lo más interesante y estimulante intelectualmente me está llegando desde hace tiempo de mujeres. Por ejemplo, yo hace unos años pensaba que no me gustaba leer ensayo, y lo que pasaba es que no me interesaba una mierda lo que tuviesen que contarme los ensayos del momento escritos por señores (en general). En los últimos tiempos estoy leyendo bastante más ensayo (no leía tanto desde la carrera, y entonces lo hacía por obligación) pero la mayoría están escritos por mujeres. Y me apasionan, y me estimulan, y me interesan. Y me dan ganas de discutir con ellos, incluso. Pongo por caso el libro que estoy leyendo actualmente: El buen sexo mañana de Katherine Angel. Llevo un capítulo y me tiene entregada. Me está haciendo pensar muchísimo. Pero es que ese libro me llegó porque vi que mi amiga Tania lo llevaba encima este verano. Lo mismo ocurre con recomendaciones de libros o películas. Y, desde luego, con ideas y conceptos: participar en conversaciones con mujeres o verlas expresarse en blogs y redes sociales es algo súper enriquecedor y que me está haciendo crecer inmensamente.

Me gustaría acabar este post de una manera efectista, que siempre queda bien, pero al final lo que quiero decir es: señoras de mi vida (presentes actualmente en ella o no): gracias. No os doy ni un poquito por sentado.


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Published on Dec 24, 2025

Antes de leer, para pensar...

¿Has pensado alguna vez que las cosas pierden valor por no ser eternas?

¿Has dejado de hacer cosas que te hacían bien por el pensamiento de que «no merece la pena»?

Si hoy tuvieras que hacer del mundo un lugar mejor, ¿qué harías que esté a tu alcance?

Y ahora, el poema:

Y aun así de Beatriz Minaya

«Ya nunca podré amar ni aun en el sueño

porque una voz insobornable grita

y su grito vacía mis entrañas:

“¡El amor es también polvo y ceniza!“»

Rosario Castellanos, VI, Trayectoria del polvo.

Fuera de nuestro alcance lo divino.

Nada inmaculado tras rozarlo nuestros dedos.

Todo lo humano huele a hollín;

su aspereza constante, cuando disminuye,

es justo lo que llamamos suavidad

porque hemos florecido en la batalla

—nacer es ser arrojado a una guerra—

y sabemos que ha habido y habrá tiempos peores.

Incluso el amor no es más que ceniza y polvo

cuando observamos lo que queda tras la llama.

Aun así, en el fango, buscamos la belleza

y elegimos arder porque es hermoso.


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Published on Apr 2, 2025

El otro día tuve una interacción que me resultó bastante dolorosa. Nadie pretendía hacerme daño, pero cada vez que una esquirla de esperanza me es arrancada me duele como si no me quedase más. Te cuento (si te quedas).

En el club de lectura de fantasía, ciencia-ficción y terror en el que estoy este año la coordinadora ha programado la lectura de La educación física de Rosario Villajos. Llama la atención, porque, a priori, no cae bajo ninguno de esos géneros, pero, en efecto, es una novela de terror y ha conseguido mantenerme en tensión y provocarme miedo más que muchas novelas de Stephen King, por poner un poner. La premisa: una chica ha tenido que volverse a la ciudad repentinamente, después de que haya pasado algo en casa de una amiga, y no le queda más opción que hacerlo haciendo autostop. Como dato para enriquecer el contexto, son los 90, poco después del crimen de las chicas de Alcàsser.

¿Te provoca a ti una punzada de inquietud? A mí desde el principio. Tenía terror, porque la sospecha de que a esa chica que iba a pasar algo (algo más, en realidad), de que no iba a llegar sana y salva a casa no se me iba de la cabeza. A esto podemos sumarle una madre que es la versión realista de la madre de Carrie (sin el fanatismo religioso, que no hace falta para dar mucho miedo). El libro consigue transmitirte perfectamente la sensación de no estar a salvo en ningún sitio (en ninguno) de esa chavala de 16 o 17 años.

No pude acudir a la reunión en la que se comentó el libro por estar haciendo la estúpida trabajaceón para ganarme la estúpida vida (qué expresión más horrible), pero me han contado que fue movidita, no solo por el señoro de turno (si en su grupo de lectura o de lo que sea no hay un señoro, se le asignará uno de oficio) sino porque una componente del grupo reaccionó tan mal al libro que, al principio, incluso se negó a comentarlo. Acabó finalmente diciendo que ese tipo de libros nos enfrentan, que esas cosas en realidad no pasan (recuerdo que una cosa a la que se refiere el libro es el crimen de Alcàsser, que supongo que yo recuerdo porque estoy alucinando, como cuando recuerdo a Marta del Castillo, a Nagore Laffage o a Diana Quer, por poner un poner). Pero esto no es lo que me dolió. Qué va. Con esto cuento.

Estaba comentando la reunión con un amigo y miembro del club de lectura. Me contaba que el señoro de turno había buscado apoyo en él y en otro chaval, y que no lo había encontrado (bien), que la otra compañera parecía más enfervorecida incluso que el señoro y me decía que le habría encantado que yo estuviera allí. También me lo ha dicho mi amiga, que es la coordinadora: todos contaban con la señora difícil, con la feminista que ya está hasta el mismísimo coño de hacer pedagogía y guardar las formas. Casi que siento un cierto orgullo de que eso sea lo que piensan de mí. La cosa es que después de todo eso le pregunté por el libro. Y ahí empezó el problema.

Mi amigo, que no se tiene por un señoro, que no es un machista militante, me dijo con muy buenas palabras que entendía por qué ese libro era necesario, que estaba muy bien que se hubiese escrito, pero que no le había dicho gran cosa, que no había empatizado. Le miré con horror. «A ver» añadió, supongo que para arreglarlo, «es que yo no puedo empatizar con el libro como vosotras».

Supongo que no ve problema en creer que toda obra, para que resulte significativa, tiene que permitirle empatizar. Que no tiene por qué. Puedes introducirte en la historia de esa chavala que puede que no llegue entera a su casa sin necesidad de empatizar. Si necesitas sentir algo mientras lees (como me pasa a mí, cuando leo por placer) puede ser compasión, preocupación, miedo u otras cosas. No obstante, manda cojones que los señores puedan empatizar con superhéroes o personajes de fantasía que son nobles, ricos y fieros guerreros, pero no con una adolescente normal. A ver si es que no les sale de los huevos empatizar con ella...

Lo cual me lleva a la segunda cuestión a tener en cuenta y a mi contestación. «¿Me estás diciendo» respondí, creo que evidentemente dolida aunque intenté esconderlo, «que nosotras tenemos que conseguir empatizar con los miles y miles de protagonistas masculinos, con las historias de señores, porque siempre se han entendido que representan lo humano universal, y vosotros no sois capaces de hacer el esfuerzo intelectual y emocional de poneros en el lugar de un personaje femenino de lo más normal y corriente? Manda huevos, querido...» Mi amigo intentó seguir hablando del tema, pero yo lo dejé. De verdad que me dolió como una puñalada: tuve la sensación de que en realidad no contamos con nadie, que seguimos estando solas, y que lo de ser aliados, en el mejor de los casos, solo supone que no nos van a putear activamente, pero esfuerzos los justitos. Ni siquiera intentar meterse en un libro.

Y es que, de verdad, me toca profundamente la moral, por no mencionar otras cosas: yo no soy un hidalgo que se vuelve loco por leer demasiadas novelas de caballerías, ni un joven ambicioso que intenta medrar en la alta sociedad francesa, ni un héroe griego que se escuda en [un pobre sentido de la orientación] la voluntad de los dioses para quedarse por ahí ciscándose señoras y viviendo aventuras en lugar de volver a su puñetera casa... Bueno, creo que se pilla la idea. Sin embargo, se ha esperado de mí (de nosotras) que saque enseñanzas y aprendizajes de esas novelas, que me deje conducir por esos señores protagonistas, que empatice, simpatice o me compadezca de ellos, sin importar cuál sea mi condición porque, por supuesto esos héroes o antihéroes, esos protagonistas, esbozan algún aspecto universal de la humanidad. Cosa que, por supuesto, no puede hacer una protagonista femenina. Al parecer.

Gloria Fuertes renegaba del término poetisa, porque se utilizaba ese vocablo para referirse a las mujeres que escribían poesía para mujeres: cosas sentimentales (los poemas son sentimentales si los escriben señoras, si los escriben señores son grandes poemas de amor), cuquis, ya me entiendes, cosas de mujeres. Ella siempre prefirió que la llamaran poeta (como yo, por la misma razón). Durante mucho tiempo la literatura escrita por mujeres ha parecido estar escrita también para mujeres: no escribíamos cosas que los hombres encontrasen de interés. Y, al parecer, la cosa sigue siendo así.

A lo mejor es que no les interesa nada que no hable bien de ellos. Para qué vamos a hacer el esfuerzo de mirarnos al espejo, ¿verdad? Así evitamos el riesgo de ver algo que no nos guste.

PD: Disculpa las erratas, no tengo tiempo de repasar el post. Tengo que acudir a una estúpida reunión de mi estúpido trabajo.


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Published on Jul 24, 2026

En los últimos tiempos estoy leyendo Calibán y la bruja de Silvia Federici. No paro de repetirlo y alguien podría pensar que lo hago para darme pisto, para ganar puntos de intelectual o algo así. Nada más lejos de la realidad: lo hago porque me está volando la cabeza. No puedo evitar citarlo porque ahora veo eso de lo que Federici habla en su libro por todas partes.

Por ejemplo, está la cosa de las mujeres que no han sido inventadas sino hasta recientemente, como decía Úrsula K. Le Guin. Leyendo Calibán y la bruja una se nutre de una serie de argumentos contra esa idea tan extendida. Las mujeres han hecho política SIEMPRE, porque no hacerla, ser efectivamente apolítico (esto es, no ser un derechista tibio, sino apolítico de veras) es algo que solo pueden permitirse los absurdamente privilegiados.

Últimamente me he cruzado con unos cuantos señores hablando de hacer política. Artículos de prensa sobre fantasía y ciencia ficción. Señores antologando a poetas jóvenes. El parroquiano de turno hablando de que ya no se hace política de verdad, activismo de verdad. Me pregunto si el hecho de que sean señores es una casualidad y la pregunta se vuelve retórica. Acabo por pensar que el problema es lingüístico (me cago en mi puta vida, tanta continentalidad para acabar con-cediendo a los analíticos): lo que se entiende por política. Para ellos, y soy consciente que se trata de un ellos difuso, el hacer política tiene que estar revestido de la cantidad justa de grandiosidad, de racionalidad fría e imperturbable, bien cargado de estrategia, similar a una partida de ajedrez y, por supuesto, orientado a los asuntos verdaderamente importantes que, oh, casualidad, son los que a ellos les parecen importantes. Desde esa atalaya es muy fácil decir que ya no se hace política, que tal o cual colectivo no la ha hecho, que no hay política en tal o cual manifestación literaria o artística.

¿Era política el motín del pan de Córdoba? A mí, indudablemente, me lo parece. Pero es fácil desdeñarlo como una insurrección motivada por las emociones de las mujeres, carente de organización formal, falta de miras más allá del presente (el hambre dificulta mirar demasiado hacia el futuro, cosas que pasan). Y así podemos decir que las mujeres no hacían política. Como si el hecho de estar metida hasta la garganta en la realidad que hay que cambiar hasta el punto de ser movida inevitablemente a la acción fuese una suerte de neutralizador de la política.

Hoy mismo, y cambiando de tema parcialmente, se hablaba de un festival de literatura de género que decía reivindicar la fantasía y ciencia-ficción políticas, desear revitalizarlas, como si estuvieran muertas. Y puede que desde esa atalaya que mencionaba lo parezcan. Bajad, queridos, bajad aquí con nosotras. Hablemos de La última mujer de la Mancha, de Enerio Dima, que habla de olvido del mundo rural. Hablemos de El poder de Naomi Alderman, una especie de Guerra Mundial Z que examina la naturaleza del poder a raíz de la subversión del peso que en él tiene el género. Nah, no es político porque son temas que no les interesan. ¿El género? ¿El olvido de los pueblos? ¿Qué mierda de cruzada política es esa? Pues la nuestra. Ni más ni menos. La de quienes no podemos permitirnos ser apolíticos, pero tampoco tenemos permitido hacer política según vuestras reglas [^libros].

Y bueno, luego está el señor antologador de poesía. Decía en su prólogo que él solo había seleccionado poesía política. Nada de sentimentalismos. Se permitía decir algo así como que si la camarera te ha llevado a escribir un poema, haznos un favor a todos, tú incluido, y no se lo enseñes a nadie. Me lo llevé a lo personal, claro. Es uno de mis defectos. Me llevó a un poema que escribí hace mucho, mucho tiempo, titulado «No me dejéis sola en el metro» en el que, a partir del flechazo que me provocó una muchacha con un vestido de flores, exalto la dignidad de los que entonces nos llamábamos «los de abajo» y afeo la insensibilidad de los que entonces llamábamos «los de arriba» que, casualmente y al parecer, eran los que hacían la política.

No estoy en ninguna antología de poetas jóvenes, normal y comprensible. Pero ese poema, como muchos de los míos, sería descartado por sensiblero, emocional, ñoño y, por tanto, no político, no social. Es fácil hacerlo desde la arrogancia de los que tienen y han tenido un estrado desde el que hablar. Yo, entonces estudiante, para la que viajar en metro era un lujo, no podía aspirar a hacer otra revolución que no fuera la de lo cercano, aunque entonces aún soñaba. Hoy lo tengo todavía más claro: somos muchas las que mantenemos vivas pequeñas revoluciones cada día, que no surgen de la estrategia ni se pierden en la big picture, sino que nacen del amor, del cuidado, de la necesidad de consolar y ser consoladas, de poner bonito nuestro rincón del mundo, nuestro patio de vecinas. Y si eso no es política, pues qué queréis que os diga: pueden coger su política y metérsela enterita por el culo. Eso sí, tendrán que sacarse la cabeza antes, claro.

[^libros]: No soy una lectora experimentada de ciencia ficción y fantasía, pero sin serlo he conseguido citar dos obras sin pensar demasiado. No es tan difícil encontrarlas.


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Published on Aug 9, 2026

Tengo el pelo rizado. Lo mismo esto dicho así no te da mucha información, pero el pelo rizado es: delicao. De lavar, de “arreglar”, de mantener “arreglao”... Durante mucho tiempo yo me he apañado sola con él incluso para cortarlo: imagina los desastres que me habrán hecho que prefería cortarlo yo, que no tengo ni pajolera idea de cortar pelo.

Y no obstante, fantaseo (y soy consciente de que no soy la única) con que me lavan el pelo. Esta conversación ha surgido en mastodon varias veces, y varias mastodontas hemos entrado al trapo como locas. Buah, que te laven el pelo. Buah.

Hace mucho tiempo mi pareja me dijo que querría lavarme el pelo. Yo le dije que en algún momento. Desde ese momento han pasado semanas, meses y más un año seguro. Puede que hasta dos. Pero el día ha llegado hoy, que se ve que tenía yo ganas de emociones fuertes: si iba mal me iba a arruinar una expectativa; si iba bien, ay, si iba bien.

Y ha ido bien. No sé por qué me sigue sorprendiendo, pero me sorprende. Supongo que por falta de hábito de que los señores hagan ciertas cosas bien-bien. Qué dulzura, qué cuidado, qué agradable. ¿Y sabéis qué es lo mejor? La atención, amigas. En sus gestos he adivinado que me ha estado mirando todo este tiempo, que se ha estado fijando de verdad para hacerlo bien cuando le llegara el turno. Porque sabía que iba a llegarle el turno: este señor tiene línea directa con la fuente de la esperanza.

“¿Lo he hecho bien?”, me ha preguntado luego. Y yo le he dicho que sí, por no exagerar. Por no decirle que hoy hemos descendido varios metros al pozo de la intimidad. Por no decirle que hoy estoy un poco más tranquila: cuando en alguna de mis torpezas caiga rodando por unas escaleras (probablemente en el trabajo y delante de decenas de alumnos) y me rompa un brazo, no tendré por qué llevar el pelo asqueroso. Por no decirle que no creía que existiesen personas como él. Por no decirle que no soñaba yo con que, en el caso de existir, fuese a tocarme a mí la lotería. Por no decir tantas cosas le he sonreído y le he dicho que sí, que muy bien. Que otro día tiene que probar a definirme los rizos, a ver qué pasa. Cuando ha dicho “vale”, decidido, casi me derrito. Porque creo que lo dice de verdad. Porque está consiguiendo hacerme creer que respiraría por mí si hiciera falta. Y esas ideas, en mi experiencia, son una alucinación preludio de una catástrofe.

Pero aceptemos los dones de hoy: hoy mi prometido me ha lavado el pelo y sigue habiendo boda por delante. ¡Albricias!


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