Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Aug 6, 2025

He sido pobre. No lo digo con orgullo, realmente, ya que me habría gustado no serlo, pero lo digo porque es un hecho y porque, a pesar de ya no estar ahí, no se me olvida. Las lecciones de la pobreza no se te borran y el terror de volver a caer en el agujero solo empieza a atenuarse muchas y muchas nóminas después.

Por eso digo, simplificando pero con todo el sentimiento, que ser pobre es una mierda porque ser feliz no te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. Ni siquiera anestesiarte te está permitido si eso supone gastar algo de dinero. O el escapismo. Solo puedes ser feliz sin gastar nada, en base a trucos psicológicos que permitan a los que son más afortunados esbozar una sonrisa contrita y beatífica y decir «¡Ay, son felices con tan poco!». Eso sí, no renuncian a la calefacción, ni a la cerveza de después del trabajo, ni al apartamento de la playa para ser felices con poco. Por lo que sea.

Y es una mierda. Porque te hacen sentir culpable por todo, porque la pobreza es una responsabilidad individual (mejor eso que sentirse cómplice del sistema que la permite y la fomenta). Y una se lo cree, claro.

Recuerdo una anecdota, que es la razón de que este post (o más bien, la idea del mismo) lleve semanas en borradores. Debía de tener yo 22 años o así y estaría acabando la carrera. Aquel año tocó beca pequeña, así que eso suponía tener que vivir durante 10 meses en una capital bastante cara con 3000 euros más lo que sacase trabajando aquí y allá (mayormente dando clases particulares). Vivía en un piso que era la antigua casa del portero y daba vergüenza: mal aislado (te asabas en verano y te congelabas en invierno), húmedo y frío hasta el punto de que la condensación hacía que chorrease agua por la pared del cabecero del dormitorio, que daba al norte. No exagero: si hubiese habido un salto, habría tenido cataratas. Comía lo que podía pero ya sabes, lo típico: mucho arroz, mucha pasta, mucha carne procesada de bajo precio y calidad... Mi ocio era escaso, más allá del que se pueda hacer sin pagar (poco) y mi socialización inexistente (lo cual venía muy bien a mi pareja de entonces para tenerme bien anuladita, claro, porque las desgracias nunca vienen solas y, de entre ellas, la pobreza menos).

Pues bien: se acercaba una fecha especial. Nada relevante, un aniversario. Yo me veía horrible y me sentía horrible, estaba deprimidísima y muerta de pena, mi espíritu totalmente en los huesos, sin ganas de nada. Pero una chispa de algo saltó en mí e hice un dispendio totalmente absurdo e irresponsable: me compré una sombra de ojos. Una en concreto que había estado viendo y de la que estaba absurdamente encaprichada. Era llamativa y cara (17.50 euros me costó, aún me acuerdo), pero me convencí: durará mucho, seguro que la uso un montón, ese dinero no me va a sacar de pobre, me merezco un regalo, etcétera etcétera. Así que la compré.

Cuando llegó el día me puse la ropa con la que me veía mejor (tela marinera, amigas...), me peiné lo mejor que supe (buf, buf) y me maquillé con mi maquillaje baratísimo y mi sombra nueva. Quedé bien contenta al ver los tornasoles de aquella sombra, satisfecha, me sentí bien (algo que hacía tiempo que no me pasaba). Así me fui a la calle, a recoger a mi entonces pareja de su trabajo mal pagado para tomar un helado (esa era toda la celebración que íbamos a permitirnos).

Fui andando, claro: los bonobuses debían ser utilizados con responsabilidad. Y ya cuando estaba casi llegando me crucé con un captador de ONG que me abordó y del que intenté zafarme diciendo que no podía colaborar, gracias. Eran insistentes, generalmente, pero no solían ser maleducados. Pero ese día tuve suerte de la mala porque el chaval, más o menos de mi edad, probablemente no mucho menos pobre que yo, me espetó:

-¿No puedes? Una familia podría comer una semana con lo que cuesta la sombra de ojos que llevas.

Me quedé congelada. Evidentemente, él no podía saber cuánto había costado la sombra. Podría ser tan barata como mi máscara de pestañas o mi colorete. Sé que disparó a lo que más llamaba la atención. Aun así, aunque ahora pienso que tendría que haberle montado un esto va a ser violento pero no por lo que tú pensabas y hablarle de mi piso/aquapark, de mi dieta, de cómo en invierno parecía el muñeco de Michelín con tantas capas como llevaba para no encender el calefactor, y gritarle a la cara que podría meterse su pasivoagresividad y su falsa preocupación por el puto culo y donar su salario a la ONG para la que trabajaba, lo que hice fue acelerar el paso, echarme a llorar y convertir esa pequeña celebración en un festival de la culpa porque cómo se me ocurría intentar invertir, gastar un puñetero céntimo, en un momento de alegría.

Por lo que sea esto, igual que lo que es ser pobre, aún no se me olvida. Puede que porque la aporofobia y el clasismo no se pasan ni se curan: hace unos días oía a alguien defendiendo el derecho a vivir en nuestras ciudades, a que los pisos sean para habitarlos y no para rentabilizarlos y especular con ellos en usos turísticos. Me parece una reivindicación importante. Pero justo cuando iba a apagar la televisión la persona que se quejaba dijo que había que luchar contra el turismo de ensalada del mercadona. Ah. De nuevo eso. El problema no son los especuladores, no: son los pobres que no pueden permitirse irse a un hotel a estar a pan y manteles pero osan a salir de casa y a visitar otra ciudad.

En fin.


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Published on Mar 12, 2025

Hace no demasiado me quejaba en Mastodon del servicio de los autobuses urbanos de Córdoba, sobre todo de su frecuencia de paso. Salgo con una hora de antelación de mi casa todos los días, y hay días que llego al trabajo con 25 minutos de adelanto y otros que llego con 5 de retraso. Es demasiado, especialmente para una ciudad de las dimensiones de Córdoba, o eso creo.

Hoy, no obstante, los autobuses de Córdoba me han dado la que viene siendo la gran alegría del día y de la semana.

Acababa de subirme al segundo autobús que cojo después de esperarlo 16 minutos y viendo ya que iba a llegar tarde al trabajo así que, como puedes imaginar, iba todo lo encabronada que mis escasas fuerzas me permitían y también, por cosas, bastante triste. En la parada siguiente veo (porque con los cascos escuchar escucho poco) cómo el conductor gesticula a una mujer con uniforme de trabajo para que suba mientras ella hace gestos de que no, que da igual. Él insiste. Finalmente ella sube, sin fichar, y él arranca casi haciendo derrapar las ruedas, detrás del autobús 9. Entonces entiendo lo que ha pasado: la mujer había perdido el autobús por poco y el conductor se ha ofrecido a acercarla a la siguiente parada (que también estaba en su ruta). Al llegar a la siguiente parada, efectivamente, el conductor ha abierto las puertas rapidísimo para que la mujer, en un último sprint, llegase a coger el 9.

Y yo me he echado a llorar. Me conmueven muchísimo las muestras de amabilidad en un mundo tan inhumano, frío y gris como el que habitamos (o así me lo parece, puede que sea una cuestión de perspectiva) y, en el estado en el que me encuentro últimamente, me hace falta un soplo de viento para que me eche a llorar. Pero qué bonito ha sido, qué cálido ese gesto de un trabajador auxiliando a otra, aunque ella defendía que daba igual, que cogía el siguiente. Cómo de vista ha debido sentirse esa mujer. Cuánto me alegro por ella.


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Published on May 20, 2026

Probablemente este post sea dramático en exceso, pero es mi blog y me lo follo como quiero. Y hoy, querda lectora, estoy en la mierda. ¿Lo necesitaba? Pues más bien no. Pero aquí estamos.

¿Sabéis cuál es la cosa que me da más miedo? Enfermar o envejecer. Normal, claro. Pero no es por el dolor, no es por la fealdad, no es por la amenaza silenciosa de la muerte. Qué va. Me da miedo porque yo siempre me he cuidado sola y en esas circunstancias no voy a poder hacerlo, y me da pánico. Porque asumo que voy a estar sola en esos momentos.

No estoy catastrofizando. La historia de mi vida es sentirme aislada, extraña, fuera de lugar. Pero incluso cuando consigo acercarme a alguien, sentir que pertenezco, con más frecuencia de la que a nadie podría gustarle, acabo viéndome reflejada en el retrovisor mientras se alejan.

Nah, eso ha sido muy patético. No abandonéis animales, porfi.

Más bien ha sido que he ido descolgándome, de forma más o menos orgánica, más o menos forzada. Acabo cayendo fuera. Esto (y el hecho de sentir que he tenido que trabajar siempre para merecer cariño) han hecho que sienta que quererme es algo costoso y que, por eso, la gente se cansa de hacerlo. Acaba por no compensar. Tengo demasiadas particularidades, demasiadas necesidades, soy demasiado tiquismiquis, estoy demasiado cansada, mis aficiones son demasiado raras, pongo demasiadas limitaciones. Al final que yo desaparezca acaba siendo una ganancia. Y la gente no suele echarme de menos. No voy a decir que soy fácilmente sustituible: es que la gente no siente la necesidad ni de sustituirme.

Y el amor propio está muy bien. El saber estar sola es estupendo: tengo un doctorado. Pero quién me va a recoger de las sesiones de quimioterapia o se va a salir a tomar el fresco conmigo si llego a vieja. Y hoy, y por favor no me llevéis la contraria, no puedo evitar sentir que si no deja de pasarme a mí mientras el resto de la gente consigue mantener sus grupos y sus relaciones, el problema soy yo.

Bueno, me voy a seguir llorando al sofá. Si has llegado hasta aquí: lo siento.


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Published on Sep 25, 2025

Aviso de contenido: escatología, descripción explícita de desnudo masculino

Nunca me han vuelto loca los cuerpos masculinos. El de las mujeres, a mi modo de ver, es infinitamente superior estéticamente. Muy pocas veces en mi vida, y cuando digo muy pocas lo que quiero decir es «me sobran varios dedos en una mano pa contarlas» me ha ocurrido que yo contemple el cuerpo de un hombre y experimente placer estético, sensación de belleza. Y no hablo solo de hombres normales y corrientes, mortales de los que te cruzas en tu día a día y en tu vida. No, o no solo. Incluyo también a deportistas, actores, modelos, cantantes... Me refiero a todos los hombres. Sus cuerpos han podido excitarme, atraerme, divertirme... Pero no he experimentado casi nunca el deseo de contemplarlos sin parar. Esto es: hasta ahora.

Esta mañana lo único que me ha impedido quedarme horas y horas mirando el cuerpo desnudo de mi pareja ha sido el ferreo anclaje con el que el capitalismo nos tiene cogidos a ambos. Otro motivo más para odiarlo con fuerza infinita.

Como cada mañana laborable, ha sonado el despertador y yo me he dirigido hacia el baño con los ojos cerrados: me sé el camino. Me he sentado en el váter y, mientras orinaba, he resoplado pensando «venga, un día más, un día menos». Pero al volver... Uf, al volver. Mi pareja estaba de pie, de perfil, preparando la ropa para vestirse, con su gloriosa erección matutina lista para revista (tampoco he sido nunca muy fan de las erecciones a nivel visual, os lo prometo). El pecho se me ha encogido, de verdad. Y él, sin darse cuenta de nada de esto, ha dejado la ropa lista sobre la cama y se ha ido al baño, ignorando que yo me quedaba allí como si hubiera visto un Caravaggio caminando con marco y todo.

Al volver me ha encontrado todavía ahí parada, sentada en el borde de la cama, haciendo por vestirme. He soltado la falda y he abierto los brazos. Él se ha acercado a mí y yo he devorado con los ojos cada punto visible de su anatomía: sus piernas fuertes y musculosas, los surcos bajo sus caderas que conducen a su entrepierna, ahora más calmada (para descanso de mi pobre corazón), su vientre, en el que empiezan a asomar los músculos abdominales, su pecho suave, esos brazos cubiertos de un vello fino y agradable en los que tanto me gusta perderme... Y su cara: esos ojos oscuros rodeados de bien de pestañas, la barba que tanto me gusta tocar y esa forma de sonreír con todo lo que es. A veces creo que, cuando le miro, se me olvida respirar.

Al entrar en mi rango de acción le he abrazado muy fuerte, apoyando la cabeza sobre su vientre, besando su cadera, deseando que por algún conjuro nos quedásemos unidos y nos diesen la incapacidad a los dos para poder quedarnos así el resto de nuestra vida.

Como podrás sospechar, no ha ocurrido, así que tendré que esperar las más de 24 horas que faltan para poder volver a verlo y acariciarlo desnudo. Intentaré que se me haga más llevadero recordando la sensación de rapto que me asalta cuando le veo así.


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Published on Jun 23, 2026

... ni me levanto de la cama».

Eso fue lo que soltó un alumno en voz alta y en tono de cachondeo mientras les explicaba cómo iba la movida de los permios extraordinarios de bachillerato. Levanté la ceja derecha hasta el cielo al mismo tiempo que el alma se me caía a los pies. Pero claro, suerte para la mayor parte de mis alumnos, no saben lo que cuesta ganar 500 euros. No les hace falta. Tienen una familia que puede permitirse cubrir sus gastos, pagarles los libros, los estudios, incluso alguna universidad privada local si no entran a la carrera que quieren. No obstante, un 25% menos de desprecio en el comentario no habría estado mal. Pero bueno, son chavales y, además, privilegiados como para no ser conscientes de sus privilegios.

Hoy, en cambio, quien me ha hecho el comentario ha sido un adulto, un profesor. «Es que 500 euros a estos chavales no les solucionan nada». Os juro que le he mirado con desprecio, no lo he podido evitar. Y voy ya tan sin filtros que le he contado mi vida para ver si se le caía la cara de vergüenza: «¿Sabes cuántos libros se compran con 500 euros y, por ende, cuántas horas de seleccionar y fotocopiar en la biblioteca me habría ahorrado? ¿Sabes cuántos abonos de transporte se compran y, por tanto, cuántas horas de cruzarme la ciudad a pata me habría podido evitar? ¿Sabes cuántas horas de clases particulares hay que trabajar para ganar 500 euros? ¿Cuántas peonadas de vendimia? ¿Cuántas horas en la hostelería? ¿Qué porción del salario mínimo interprofesional supone?» Spoiler: no ha funcionado.

La mitad de los años que fui universitaria mi beca fue de unos 2500 euros. Con eso tenía que vivir 10 meses en Valencia. 500 euros ahí importan. La otra mitad, la beca se elevaba a algo más de 4000 euros. No mucho más. De ahí tenía que guardar, claro, para los años de 2500. Aun así, 500 euros son mucho.

A ver si va a ser que ya se ha abolido la pobreza y yo no me he enterado...


PD: Entiendo el cansancio y entiendo muchas cosas, paso con los chavales y chavalas muchas horas. Puedo aceptar que uno ya esté cansado y no tenga ganas. Que se haya esforzado mucho durante meses y quiera desconectar. Puedo entender muchísimas cosas. Pero otras no. Y este año se ve que es el año en el que me rodeo de gente (alumnado, compañeros de trabajo, compañeros de tribunal) que piensa que 500 euros no son nada y lo defiende sin sonrojo. Yo qué sé: el Ingreso Mínimo Vital mensual para 1 persona es de poco más de 730 euros. Tápense un poco, que se les ven los privilegios.


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Published on Jun 19, 2025

Con frecuencia he sentido que el mundo no me sentaba bien. O me quedaba grande o chico, pero el resultado de eso, al final, es el mismo: si el zapato no es de tu talla, sea por grande o por pequeño, te roza. Una se acostumbra a ciertos niveles de inadecuación, supongo, pero de vez en cuando, no sé si porque baja el nivel de tolerancia o aumenta el nivel de extrañeza, la cosa se hace más traumática. Y ahí ando últimamente.

Me doy cuenta de que paso mucho tiempo enfadada con el mundo, enrabietada, peleando de una manera u otra para, al menos, denunciar las cuestiones que considero problemáticas, si es que considero que no puedo hacer nada para cambiarlas, aunque sea en ese momento. Eso lo veo normal: el mundo es, en buena medida, un mojón. Tiene sus cosas buenas, sí, pero hay tantas cosas que están mal... El problema viene cuando levanto la vista y miro alrededor y nadie parece entender por qué me enfado tanto, por qué me empeño tanto. Y entonces viene la pregunta: ¿estaré loca? ¿De verdad seré una señora histérica y difícil que ve problemas donde no los hay? No es retórico. Os prometo que a veces lo dudo de verdad y me planteo que, más pronto o más tarde, mis excentricidades acabarán aislándome de todo el mundo.

Me pasa con los LLM (Large language model) y los LIM (Large image model), esto es, la llamada «Inteligencia artificial generativa» de lenguaje e imágenes respectivamente. A veces tengo la energía de dar la turra: la «IA» consume muchísimos recursos y, en general, la estamos usando para cuestiones absolutamente absurdas como generar un avatar tipo Pixar o evitar hacer una búsqueda en Internet (bueno, ya depediendo de dónde busques ni siquiera así te libras). A veces simplemente nos ponemos a «charlar» con la IA para pasar el rato. Cuando me siento en un espacio lo suficientemente seguro, con gente que me importa lo suficiente, doy el paso y la turra, como decía. Pues indefectiblemente recibo la mirada de «¿y esta tarada?». Y duele, porque suele venir de gente que me quiere. Esa mirada transmite que estoy intentando vaciar el mar con un cubito, que soy una persona naïf, en el mejor de los casos, y en el peor, que duermo con un gorrito de papel de aluminio puesto.

Me pasa también con el dichoso Ozempic y derivados, y con esto soy absurdamente radical: se está produciendo un atentado a la salud de las personas gordas similar al que se produjo con la oxicodona en Estados Unidos. Se está recetando un medicamento a personas sanas (repitan conmigo, hasta que llegue al fondo: la obesidad o el sobrepeso no son una enfermedad per se, aunque pueda ser un factor que influya en el desarrollo o aparición de ciertas enfermedades, por no hablar de cómo se definen) con gran cantidad de efectos secundarios nada desdeñables simplemente para que adelgacen. ¿Sirve la excusa de «tienes que adelgazar por salud» si lo que estás usando para adelgazar destroza tu salud? Pues bien, en esta colina he de morir y lo haré prácticamente sola porque la gordofobia es tanta que el medicamento ha aparecido como la nueva poción mágica. Hablo también, por supuesto, de la gordofobia interiorizada, porque resulta que el bodypositive es en muchas ocasiones un «no me queda otra» pero ahora que existe el pinchacito mágico es maravilloso. Y mirad, no niego el sufrimiento, entiendo profundamente cómo una persona gorda acabaría pinchándose el Ozempic de los cojones, pero eso no lo convierte en bueno. Ni a mí en gordófoba por denunciarlo.

Pues bien, de nuevo esa mirada. Como si estuviera diciendo que los chemtrails nojequé o que la tierra está hueca y hay una civilización viviendo en el núcleo.

Bueno, y no hablemos de cuando sale el tema del género y el feminismo. Ahí soy la loca absoluta. Por suerte, ahí me siento algo menos sola, pero escuece incluso más, porque son cosas tan flagrantes... Ayer una amiga me contaba que iban tres días de la semana y había tenido que intervenir en tres situaciones de acoso en espacios públicos (autobuses, supermercado) sin que nadie más hiciera nada (salvo una señora mayor). Y cuando haces algo encima te miran a ti como si fueses tú el problema, la loca que está montando un escándalo. De verdad os digo que se queman pocas cosas.

Y claro. Luego me escucho pensar. O me leo. O identifico lo que siento y qué lo provoca. Y pienso si no será verdad, si no estaré loca. Recuerdo que una amiga psicóloga dice que no adaptarse a un mundo tóxico es un signo de salud mental. Pero, ¿no se dirán eso todos los locos? ¿No será mi amiga imaginaria? ¿No estaré, y lo digo de forma lo más literal que la metáfora permite, perdiendo la cabeza y los estribos?

Es una pregunta retórica. Mejor no me contestes.


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Published on Mar 12, 2025

Hace no demasiado me quejaba en Mastodon del servicio de los autobuses urbanos de Córdoba, sobre todo de su frecuencia de paso. Salgo con una hora de antelación de mi casa todos los días, y hay días que llego al trabajo con 25 minutos de adelanto y otros que llego con 5 de retraso. Es demasiado, especialmente para una ciudad de las dimensiones de Córdoba, o eso creo.

Hoy, no obstante, los autobuses de Córdoba me han dado la que viene siendo la gran alegría del día y de la semana.

Acababa de subirme al segundo autobús que cojo después de esperarlo 16 minutos y viendo ya que iba a llegar tarde al trabajo así que, como puedes imaginar, iba todo lo encabronada que mis escasas fuerzas me permitían y también, por cosas, bastante triste. En la parada siguiente veo (porque con los cascos escuchar escucho poco) cómo el conductor gesticula a una mujer con uniforme de trabajo para que suba mientras ella hace gestos de que no, que da igual. Él insiste. Finalmente ella sube, sin fichar, y él arranca casi haciendo derrapar las ruedas, detrás del autobús 9. Entonces entiendo lo que ha pasado: la mujer había perdido el autobús por poco y el conductor se ha ofrecido a acercarla a la siguiente parada (que también estaba en su ruta). Al llegar a la siguiente parada, efectivamente, el conductor ha abierto las puertas rapidísimo para que la mujer, en un último sprint, llegase a coger el 9.

Y yo me he echado a llorar. Me conmueven muchísimo las muestras de amabilidad en un mundo tan inhumano, frío y gris como el que habitamos (o así me lo parece, puede que sea una cuestión de perspectiva) y, en el estado en el que me encuentro últimamente, me hace falta un soplo de viento para que me eche a llorar. Pero qué bonito ha sido, qué cálido ese gesto de un trabajador auxiliando a otra, aunque ella defendía que daba igual, que cogía el siguiente. Cómo de vista ha debido sentirse esa mujer. Cuánto me alegro por ella.


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Published on Aug 21, 2025

Esta noche he tenido un montón de pesadillas: una detrás de otra, sin parar, desde algo antes de las 4 de la madrugada. Lo peor de todo no han sido las pesadillas, sino mi mente entrando en modo centrifugado intenso tras cada una de ellas. Porque darle muchismas vueltas a las cosas is my passion.

Resulta que mis pesadillas eran perfectamente cotidianas y verosímiles. De hecho, se van a hacer reales más pronto o más tarde. En mis pesadillas no había fantasmas, vampiros, catástrofes naturales o sobrenaturales, no aparecía desnuda en el trabajo por un olvido... No. En mis pesadillas daban cita a mi padre para operarse y yo tenía que gestionar en el trabajo lo de irme al pueblo para echar una mano mientras mi madre se comportaba como ella se comporta, presionándome para gestionar sus mierdas y mi hermano me echaba en cara estar lejos y ser una mala hija, una mala hermana y una mala tía. Y yo, evidentemente, sobrepasada y queriendo desaparecer de la faz de la tierra. Si crees que estoy exagerando en lo de que se va a hacer realidad más pronto o más tarde: no. Porque ya ha sido realidad otras veces.

Pues mi mente en modo centrifugadora, aparte de intentar resolver un problema que aún no existe (porque mi padre no tiene fecha para la operación todavía) se ha puesto a contemplar la posibilidad de que toda mi inocencia haya sido sepultada por el peso del adulting. Porque, evidentemente, puesta a tener pesadillas, mejor demonios, dragones y vampiros que cosas que sabes que cualquier día se hacen realidad. Al menos con aquellas te queda el consuelo de, cuando despiertas, saber que estás a salvo.


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Published on Apr 23, 2025

Tengo un superpoder: si una persona pasa suficiente tiempo en mi presencia acabará contándome sus secretos más oscuros. Es especialmente efectivo para personas de los bordes, poco adaptadas, por decirlo suave. Digo que es un superpoder con cierta sorna amarga, pero lo cierto es que en mi trabajo, aunque me supone un esfuerzo emocional enorme, es un gran arma porque me permite hacer mucho bien.

Por ejemplo, ayer. Un alumno me contó que durante las vacaciones había quedado con un chico del instituto un par de veces y que habían decidido empezar a salir. El chaval le dijo que podían actuar con normalidad, ir juntos al instituto, verse en los recreos, visitarse entre clase y clase... En fin, esas cosas que la adolescencia primaveral exige. Resulta, sin embargo, que cuando han empezado las clases nada de eso ha aparecido, que él hace como que no le conoce y que cuando mi chico ha insistido, el otro ha hecho broma de él o se ha puesto agresivo. No es su relato: he visto las conversaciones (como he dicho, se me revelan todos los secretos).

Mi chico es encantador. Es desgarbado, alto y delgaducho, pero sus ojos son muy vivos. Tiene un sentido del humor muy cocky y vacilón, es trabajador e inteligente. Está muy comprometido políticamente, no solo con la causa LGTBIQ+ sino también con el movimiento obrero. Y está desarmariado y sin complejos (con lo que eso sigue costando hoy en día). Es un luchador y cualquier persona estaría bendecida por tenerle cerca. Yo lo estoy. Pero no obstante este otro estudiante ha decidido esconderlo en las sombras, guardarlo en un cajón, bajo bastantes trastos, para que nadie lo vea, pero lo suficientemente a mano, para cuando le apetezca.

La historia me ha llevado a mi adolescencia y a mis primeros besos de prueba. Los llamo así porque he decidido que no contaron. Mi primer beso de verdad, no de prueba, fue a los 16. Es el primer beso que me dio alguien a quien gustaba sin peros, que no se avergonzaba de besarme en público ni de ir de mi mano a ningún sitio. Los que hubo antes de ese, y fueron unos cuantos, no cumplían ese requisito. Mi primer beso me lo dio a los 14 un compañero de colegio bajo las escaleras del polideportivo del pueblo, mientras intentaba meterme mano. Yo sentía que aquello no estaba bien, no era lo que yo quería: no se parecía en nada a los primeros besos idílicos de las películas y las novelas. Intenté zafarme torpemente pero aquello paró cuando él quiso. Se apartó de mí sin decir nada y su despedida fue: «Si dices algo de esto a alguien, te mato».

Mi segundo beso fue, en apariencia, algo mejor: estaba segura de que a aquel chaval le gustaba: no estaba enamorado de mí, no le interesaba como persona, pero, al menos, le gustaba mi cuerpo, deseaba hacer cosas con él. Sí, ya sé que esto es una mierda como aspiración, pero es que yo pensaba que lo máximo a lo que podía aspirar era a ser deseable, ese era el mensaje que me mandaba todo el mundo. Nos vimos unas cuantas veces a escondidas y, aunque un par de amigos suyos lo sabían, nunca nadie nos vio juntos en público. Bueno, lo normal, la vergüenza. En fin. Hasta que me enteré de que, cuando uno de esos amigos se rió de él por estar de rollo con una gorda, él me humilló en público de todas las maneras que se le ocurrierón y se preocupó de dejar claro que todo había sido un juego, que él se estaba riendo de mí. No obstante, volvió a mí, como si no pasara nada. De algún lado, no sé de dónde, saqué el coraje para decirle que no quería volver a verlo. No es que esto tenga mucho que ver con la historia, pero a ver si os pensáis que él era un chaval guapísimo, encantador y carismático. Nada más lejos de la realidad. Pero, de alguna manera, era yo la que tenía que ser escondida. Qué cosas.

Me han escondido infinidad de veces. Unas con crudeza, sin preocuparse en suavizar la situación. Otras sirviéndose, para aumentar el daño, de mentiras y falsas promesas. Todas y cada una de ellas han dejado heridas que me ha costado mucho, muchísimo (años y años) cerrar. Las cicatrices quedan: como dijo Piedad Bonnett, son «la forma que el tiempo encuentra de que nunca olvidemos las heridas». Y como defiendo yo misma, en prosa y en verso, la memoria es nuestra mejor defensa.

Como puedes imaginar, la historia me ha triggereado bastante. A mí ya se me escondió por mí, por mi niño y por todas mis compañeras, así que con mi muchacho de eso nada, mi ciela. El sermón motivacional y empoderante que le he echado a mi criatura deja al de Braveheart por los suelos (es el primero que se me ha venido a la cabeza). Mientras yo le iba dando argumentos y poniéndole ante los ojos verdades incómodas pero necesarias, sus ojos se iban encendiendo, como si realmente se estuviese creyendo que no merece vivir en las sombras solo porque haya quien no soporta la luz. Espero que así haya sido realmente.

Quien no esté listo para nuestro brillo puede apartarse, pero que ni se le ocurra apagarnos. Yo he aprendido a convertir la luz en fuego y estoy dispuesta a enseñar cómo se hace a quien haga falta.


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Published on Nov 17, 2025

Cuando empecé la terapia, después de hacer pum-cata-pum una de las cosas que le pedí a mi terapeuta fue estrategias para hacer que la violencia que padezco (ya sea dirigida a mí directamente, a mí como símbolo o a otros) me doliese menos porque no puedo pelear todas las batallas, no tengo energía, pero tampoco soy capaz de aguantar la cantidad de daño que el mundo me hace a veces.

Y ahí estoy, aprendiendo a respirar hondo de forma casi automática cuando duele. Diciéndome cosas para reconfortarme de forma muy tierna y muy lenta. Intentando reprogramar mi intensidad para no herirme a mí misma.

Y me da pena. Me da pena porque si algo sobra en el mundo es gente a la que no le importa. Pero yo ya no podía más. En mi dilema entre prenderle fuego a un mundo que no me permite ser como soy y limarme las aristas, ahora estoy limándome las aristas. Lo siento a veces como una traición, no te voy a mentir.

Hoy, por ejemplo, llevo todo el día desensibilizándome ante una situación que me ha parecido injusta, repitiéndome que lo que ha dicho un compañero sobre un alumno neurodivergente le describe a él, que enfrentarme a él y confrontarlo me habría dejado hecha polvo y no habría supuesto ningún triunfo, que mi energía está mejor puesta en atender a dicho alumno con todo el cariño, comprensión y compasión que sea capaz de reunir. Y más o menos está funcionando. No me estoy emputeciendo salvajemente. No se me acelera el pulso. Puedo seguir con mi vida y, cuando el pensamiento se me presenta, lo abordo y no se convierte en rumia. Y, de alguna manera, eso me disgusta. Porque en la misma situación, si al menos estuviese sufriendo, pataleando y rabiando sentiría que la injusticia no me es ajena, que no ha pasado por mí inadvertida. Supongo que algo de la cultura del sufrimiento católica y patriarcal hay en esto, porque eso no solucionaría nada tampoco y acabaría drenándome también.

Total, que a pesar de todo, a pesar de que consigo manejar la ansiedad, a pesar de que respiro, a pesar de que relativizo... No está siendo un buen día. Pero eso también es parte del trabajo que el terapeuta me encargó (supongo que en parte me ha calado con cierta precisión): no desmoronarnos cuando la vida nos supere, no rendirnos ante los malos días, no catastrofizar cuando mi ánimo empeore. Aquí estoy, intentándolo.

E intentando no ceder al miedo de que sobrevivir me suponga renunciar a parte de lo que soy.


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