Jodida, pero no sorprendida

Esto es lo que me pasa.

Published on Apr 6, 2026

El título de este post no es muy efectista y lo que escriba dará lo que el título promete. Vengo a hablar de lo orgullosa que estoy de mi padre. Resulta que por eventos eventuantes mi padre se ha visto de golpe y porrazo solo en casa, haciendo el solterismo absoluto. Yo quiero mucho a mi padre y confío mucho en él, pero decir que no me preocupaba la situación sería mentir.

Cuál no ha sido mi sorpresa al llegar a mi casa y verla más que decente. Sí, un ojo que quisiera sacar pegas habría sacado el polvo por aquí y por allá, pero poco más. La cama perfectamente hecha, la ropa limpia, comida en la nevera, los suelos sin una pelusa... Mi padre ha encontrado su rutina y sus maneras para tener una casa perfectamente habitable y sobrevivir como un adulto funcional.

Supongo que esto no debería ser motivo de celebración, pero mi padre, como muchos hombres, se crió en un sistema en el que el hombre trabajaba y la mujer cuidaba (y trabajaba), en el que llegabas a casa y la comida estaba caliente bajo la estufa, en el que te despertabas y la ropa estaba lista. En el que la casa era un entorno mágico en el que las cosas, simplemente, estaban hechas.

Pues bien, cero problemas: ha empezado a hacer lo que sabía hacer, ha pedido ayuda para aprender a hacer lo que no, ha buscado soluciones a sus problemas (la mopa que usaba mi madre no le resultaba cómoda, habló con mi hermano y este le consiguió una que le apañaba mucho mejor), ha buscado la ayuda que necesita para llegar donde él no llega. Y yo soy una hija orgullosísima. Una vez más mi padre ha hecho lo que siempre hace, la cualidad que más envidio de él: ante un problema, soluciona y sigue adelante. Siempre. Es la persona más resiliente que conozco.

Conclusión de esto, porque si no le atizo a un señor en un post desaparezco: si un señor de 75 años criado en el patriarcado de la posguerra, es capaz, cualquier HorseLuis también.


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Published on Apr 3, 2025

En los últimos años he ido desprogramándome: estoy intentando atender a mis tripas, a esas sensaciones que me dicen que algo no está bien, que una persona no es trigo limpio o que me advierten de que tengo que alejarme de algo aunque no sepa explicar muy bien por qué. En el pasado he acallado a esa voz mediante la fría lógica de la razón y en la inmensísima mayoría de los casos me he equivocado y he acabado metida en un follón de tres pares de huevos. Me daba miedo, ya véis, parecer una histérica o una paranoica. Pero va a resultar que, como dicen las muchachas, ojo de loca no se equivoca.

Anoche caí en que la última bala que esquivé fue precisamente eso: una bala. Tuve una relación igual de intensa que de fugaz con un señor que, para mi propia sorpresa, no manifestó ninguna red flag en nuestras primeras citas. Pero, pasadas unas semanas, empecé a sentirme mal. Empecé a notar que sus preguntas se parecían a exámenes. Empecé a percibir cierta condescendencia en su voz cuando me respondía. Y si algo he ganado en los últimos tiempos es muy poca tolerancia a que me toquen las narices. Ante esas situaciones yo reaccionaba y él, claro, decía que estaba sacando las cosas de quicio.

A decir verdad a veces dudaba. Como yo me sentía incómoda, pero no sabía identificar del todo por qué, llegué a pensar que era una histérica que estaba sobreactuando y sacando la cosas de madre. Pero el ejercicio de escuchar a mis tripas ya estaba en marcha y eso me salvó.

Anoche me vino a la mente una conversación con él en la que, con la distancia, se me hizo la mar de claro que estaba examinándome, que me estaba poniendo a prueba. Me recordó a cómo el ex de Beatriz en Yeguas exhaustas la pone a prueba con la música, encontrando siempre la manera de ridiculizarla y empequeñecerla. En mi caso, en ese momento, yo me sentía tan bien conmigo misma que lo que me sale pensar es buena suerte intentando hacerme sentir inferior, querido.

Mientras repasaba todo esto (en el rato que me lavaba los dientes, no te vayas a creer), me sentí orgullosa: lo vi, y lo hice rápido. Esquivé la bala sin que me diera, sin que me hiciera daño. He aprendido: no me han hecho falta 9 años de humillaciones y maltrato esta vez, no le permití que me empequeñeciese ni un milímetro. ¡Bien por mí! He aprendido.

Pero hoy el pensamiento que me asalta es si he aprendido de verdad. Si no habrá modos sutiles de manipulación, humillación, control o maltrato que se me estén pasando. Si esa persona que yo creo que es buena persona, esa persona sobre la que mi sentido cucaráchido no me dice nada, lo será en realidad. Si no me quedarán tiros que recibir y heridas que sobrevivir todavía.

Y caigo en que esto es lo peor del trauma: que hasta la calma la tiñe del color de la sospecha.


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Published on Feb 23, 2025

Ayer estuve celebrando la vida. Una amiga ha cumplido 50 años y decidió celebrarlo juntando a sus gente (la mayoría mujeres, qué cosas) para comer, beber, bailar, charlar, abrazarse y divertirse. Honrada por estar entre las invitadas, allá que me fui, aunque eso me supuso levantarme a las 6 de la mañana y volver a casa sobre las 23.30, con dos viajes de tren por medio.

Lo pasé fenomenal. Estuve rodeada de (sobre todo) mujeres estupendas, tuve charlas interesantísimas, compartí tiempo, espacio, comida, bebida y charla con señoras a las que leía e idolatraba en mis tempranos 20 años (estaba fangirl perdida), con una científica que ha estado hablando en la sede de la fucking ONU de Nueva York (es mi amiga, colegas) y con otras muchas que, aunque a lo mejor no tienen credenciales tan impactantes son inteligentísimas, dulces, compasivas, divertidas... En fin, con la que da gusto estar (a pesar del cansancio, del dolor que me provoca la vida últimamente).

Cuando volvía en el tren, arrasada pero con una sonrisa de oreja a oreja, me decía que eso debía ser la vida. Es justo lo contrario de lo que te dicen los psicólogos: «no puedes vivir la vida esperando lo extraordinario, tienes que encontrar felicidad en las pequeñas cosas, la vida no puede ser lo que pasa entre el sábado y el mediodía del domingo». Y no digo que no sea cierto. Evidentemente no hay que esperar lo extraordinario todo el rato, pero tener el tiempo (e, idealmente, la energía) para reunirme con unas cuantas amigas no debería serlo. Tener tiempo para pasear al sol sin prisa no debería serlo. Poder hacer el amor sin estar pendiente del reloj no debería serlo. Esos mensajes, como muchos de los que nos dan los terapeutas, son más bien analgésicos: calman el dolor (si hay suerte) pero no curan la enfermedad.

Pero mi cerebro no los procesa, no importa cuánto lo intente. Me digo que este es el precio que tengo que pagar por haber salido del pueblo, por ser una mujer independiente, por tener una casa (a medias con el banco, claro), por la paz de saber que el mes que viene voy a poder pagar todos los gastos. Me digo que hay tiempos donde pueden florecer las amapolas (aunque eso suponga que la mayor parte del tiempo lo que tenga ante mis ojos sea un erial). Pero no cala, porque yo quiero presente, porque el futuro es una promesa que no siempre se cumple. Yo quiero vivir, no invertir.

En días como hoy el vacío tras experimentar la vida es más aterrador que nunca y lo llena todo. Como el silencio que sigue al trueno.


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Published on Feb 18, 2026

Mi amiga Míriam me regaló La novia grulla de CJ Hauser para mi cumpleaños. Fue una cosa así un poco serendípica, porque ella nunca regala libros que no haya leído, pero el librero se lo recomendó muy fuerte y aquí estamos.

No sabía que el libro me iba a dar tanto. Desde el principio, además. Es una especie de conjunto de ensayos autobiográficos sobre el amor, las relaciones, el autoconocimiento, los deseos y planes de futuro, el proyecto de vida, la autoestima... No sé, mil cosas que interseccionan en mil puntos y que creo que muchísimas mujeres de mi generación (la autora también escribió el libro acercándose a los 40) van a entender. Y me atrevo a decir que también muchas de otras generaciones.

El libro me ha tocado tantísimas teclas, tantas... Pero hoy quiero centrarme en una. Hay un momento en el que la autora, tras una ruptura, reflexiona sobre qué hacer con todo el espacio de su casa: la autora cancela su boda y rompe con su pareja, así que él se pira de la casa que habían comprado para formar una familia y ella se queda con una casa enorme y endeudada. Finalmente aprende que no hay una sola forma de llenar una casa de amor (y eso también me encanta, el hueco que da el libro a otros amores de la vida de una: padres, amigas, hijos de amigos o parejas...) y claro, cuando empieza a conocer potenciales parejas otra vez se ve en la disyuntiva de volver a vivir con alguien. Y tremenda disyuntiva.

A decir verdad, eso le pasa en varios momentos del libro. En uno de ellos, cuando deja su casita alquilada de soltera para mudarse con su pareja, la casera le cuenta que no vende esa casa porque cree que su matrimonio y su familia funcionan en buena medida porque ella sabe que tiene esa casa. Que no está atrapada. Que podría irse si quisiera. Y entonces mira a su familia y no quiere.

Creo que las personas que rara vez nos hemos sentido seguras en algún sitio tendemos a necesitar un plan de huida. Por eso yo quise que mi casa fuera mía. Por eso, cuando mi relación de pareja y convivencia se rompió, me esforcé en llenar los huecos y me expandí tanto que ahora no siento que pudiera volver a contraerme. Y tiempo después, cuando, contra todo pronóstico y contra mi voluntad inicial, acabé empezando una relación sentimental, me negué en redondo a renunciar a este espacio en favor de una coexistencia que en otras ocasiones no me ha funcionado.

Tal vez sea otra más de mis taras, pero necesito vivir con una puerta abierta y un plan alternativo. Un ejemplo clarísimo lo tengo en mi trabajo: me lo jugué todo a opositar y ser profesora y, cuando paso por malos momentos en mi profesión, sufro la mitad por el problema o problemas en sí de lo que sufro por sentirme atrapada en ese trabajo y sin capacidad real de salir de él. Necesito lo mismo en todos los sentidos, creo: saber que me quedo porque quiero, que podría irme pero elijo no hacerlo.

Esta mañana, mientras hablaba de esto con mi amiga Mariache entendí el final de Los puentes de Madison County. Más el del libro que el de la peli: Francesca está atrapada en un país que no es el suyo, se casó con un soldado estadounidense para salir de una Italia arrasada y ahora está atrapada en su decisión. Pero cuando aparece Kincaid y le da la opción de irse, de cambiar de vida y ella decide quedarse supongo, no sé, que tal vez su vida le parece menos opresiva porque, teniendo la oportunidad de irse, ha vuelto a elegirla.

Pues eso es lo que yo quiero: Ventanas abiertas para que entre el aire, puertas sin llaves para entrar y salir a placer. Y, a pesar de todo, una vida acogedora y agradable de la que, sabiendo que tengo la posibilidad, no quiera irme.


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Published on Dec 15, 2025

Para pensar antes de leer...

¿Has tenido siempre las cosas claras o eres más de dudar?

Cuando la gente cree que estás en un error, ¿tiendes a ceder o prefieres arriesgarte a equivocarte?

¿Has hecho muchas cosas porque se suponía que era lo que había que hacer? ¿Volverías a hacerlo?

Y ahora, el poema:

Callejón sin salida de Carmen Martín Gaite

Ya sé que no hay salida,

pero dejad que siga por aquí.

No me pidáis que vuelva.

Se han clavado mis ojos y mi carne,

y no puedo volver.

Y no quiero volver.

Ya no me gritéis más que no hay salida

creyendo que no oigo,

que no entiendo.

Vuestras voces tropiezan en mi costra

y se caen como cáscaras

y las piso al andar.

Avanzo alegre y sola

en la exacta mañana

por el camino mío que he encontrado

aunque no haya salida.


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Published on Jan 11, 2025

Hace tiempo, en otra vida y en otro blog, escribí una entrada titulada «El amor se hace». Hablaba en él de cómo el amor no es una cosa que te viene y ya está, sino que el amor es para quien se lo trabaja (o debería serlo, como la tierra). En el amor no bastan las palabras, son necesarios los actos. Pero claro, es que las palabras sin actos que las acompañen se parecen bastante a las mentiras, ¿no?

Ahora ando leyendo bastante sobre el amor. En concreto, entre otras lecturas, ando enredada con El amor es imposible, de Darío Sztajnszrajber. He llegado ya a la tercera tesis, que se titula así: «El amor es imposible porque es inefable». En su estilo un tanto pocho, de afirmar cosas sin justificarlas, Darío (me niego a escribir más veces su apellido) afirma que el amor no puede decirse, no puede definirse. Y lo liga con la última proposición del Tractatus de Wittgenstein: «Sobre lo que no se puede hablar se debe guardar silencio». Luego, por supuesto, no se calla. Señores...

Pero yo no estoy de acuerdo con que el amor sea inefable. Podría estar de acuerdo con que el lenguaje no agota el amor. ¡Pero es que el lenguaje no agota nada! Intenta explicar el dolor. O lo que sientes cuando te rascan la parte de la espalda que te pica. Ni siquiera agota las cosas: describir los objetos no es más que escoger ciertas cualidades a las que pensamos que nos estamos refiriendo con ciertos símbolos. Y ya si esperamos que quien nos escucha entienda lo mismo que nosotras...

Pero que el lenguaje no agote aquello que queremos decir no hace que las cosas sean inefables. Tampoco el amor. De hecho, creo que para algunas personas, en el amor, es importantísimo el lenguaje. Me cuento entre ellas.

Sí, los actos son fundamentales. Pero, ¿y las palabras? Creo que con eso de asumir que los actos son lo verdaderamente importante nos estamos olvidando de las palabras. Y nos cuesta decir el amor, pero no porque sea inefable sino porque no estamos acostumbrados, porque no se hace, y una especie de pudor absurdo se apodera de nosotras cuando tenemos que decire a un ser querido (creo que hasta ahora no había aclarado que no hablaba exclusivamente de amor en el sentido erótico) que le estamos muy agradecido por lo que ha hecho por nosotras, que apreciamos mucho su compañía, que nos alegramos mucho de sus triunfos, que su presencia en nuestra fiesta nos ha hecho muy felices o, en definitiva, que le queremos.

Cuesta, ¿verdad? Cuesta mucho menos decir «te quiero» que decir el amor, a pesar del drama estúpido de las ficciones románticas alrededor de ese momento. Imagino que porque ese «te quiero» se nos está desgastando un poco y, como decía Nietzsche, se parece cada vez más a una moneda que ha perdido su troquel y ya no sirve como dinero sino como metal. Pero decir «tu presencia hace mi vida mejor» cuesta. O decir «me has devuelto sueños que creía muertos». O «esto me dolería mucho más si tú no me estuvieras cogiendo la mano».

Y todo eso es decir el amor. Porque el amor se hace, se compone de actos, y esos actos pueden decirse, nombrarse, ponerse en valor, destacarlos del resto de las cosas mundanas. Y hace falta. Con frecuencia nos excusamos pensando que esa persona ya sabe que la queremos, ya sabe que es importante para nosotras. Pero nunca está de más. Nunca sobra. Y no hace daño, al contrario.

Si el sentimiento amoroso se parece al sentimiento religioso, que decirlo, nombralo, sea nuestra oración. Y si bien se puede rezar en silencio porque supuestamente Dios lo sabe todo, las personas que amamos no son Dios (aunque puedan ser mejores). Recémosles en voz alta, reconozcamos nuestro amor en voz alta. Al mundo no le va a venir mal un poco (o un mucho) más de amor.


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Published on Dec 2, 2025

Antes de leer, para pensar un poco...

¿Crees que el dolor es justificable? ¿Tiene sentido?

¿Qué historias nos contamos para tolerar el dolor?

¿Crees que se invierte más esfuerzo en hacer el dolor tolerable que en actuar sobre sus causas?

¿Qué sientes cuando alguien intenta justificar tu dolor?

Y ahora, el poema:

El dolor, por Amalia Bautista

El dolor no humaniza, no ennoblece

no nos hace mejores ni nos salva,

nada lo justifica ni lo anula.

El dolor no perdona ni inmuniza,

no fortalece o dulcifica el alma,

no crea nada y nada lo destruye.

El dolor siempre existe y siempre vuelve,

ninguno de sus actos es el último

y todos pueden ser definitivos.

El dolor más horrible siempre puede

ser más intenso aún y ser eterno.

Siempre va acompañado por el miedo

y los dos se alimentan uno a otro


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Published on Apr 25, 2026

Ea, con dificultad, pero he encontrado un ratito para contarte cosas de señoras que hacen cosas. Je.

  1. Alice Oseman – Heartstopper Heartstopper ha concluído y nos ha dejado un huequito en el corazón (a pesar de que las últimas tiras eran un poco ir estirando el chicle) porque son todos TAN monos, TAN tiernos, TAN sanos... Tan adolescentes intentando adolescentear como pueden... Qué penica. En fin, espero que les vaya bien en la vida. Ya, ya sé que no son reales. Me da igual.

  2. Querer, de Alauda Ruiz de Azúa. La estuve viendo en unos cuantos ratos tontos. Es otra cosa que Los domingos, que fui a ver muerta de ganas por las buenas críticas que había escuchado de Querer y de la que salí directa a vomitar al baño. Cosas fueron pasadas. Aquí sí consigue mostrar la violencia sin histrionismos, como una especie de contaminante que hace grueso e irrespirable el aire. Aquí sí ví sutilidad. En Los domingos solo vi tibieza.

  3. La selección española femenina de fútbol. El domingo pasado estuve viendo a la selección española femenina en vivo y en directo. Era mi primera vez en un estadio y lo disfruté mucho, no solo por el partido, que fue un poco un paseo por el campo para las muchachas, sino por el ambiente que había en el recinto. No me sentí incómoda, y eso es MUCHO. Y bueno, me parecía bien reconocer a estas señoras el mérito de su trabajo, sin ser yo futbolera ni nada de eso.

En fin, yo quería hacer esto así un poco bien, en serio, con cierta periodicidad. Pero la vida se me pone por medio, qué le vamos a hacer.


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Published on Aug 21, 2025

Esta noche he tenido un montón de pesadillas: una detrás de otra, sin parar, desde algo antes de las 4 de la madrugada. Lo peor de todo no han sido las pesadillas, sino mi mente entrando en modo centrifugado intenso tras cada una de ellas. Porque darle muchismas vueltas a las cosas is my passion.

Resulta que mis pesadillas eran perfectamente cotidianas y verosímiles. De hecho, se van a hacer reales más pronto o más tarde. En mis pesadillas no había fantasmas, vampiros, catástrofes naturales o sobrenaturales, no aparecía desnuda en el trabajo por un olvido... No. En mis pesadillas daban cita a mi padre para operarse y yo tenía que gestionar en el trabajo lo de irme al pueblo para echar una mano mientras mi madre se comportaba como ella se comporta, presionándome para gestionar sus mierdas y mi hermano me echaba en cara estar lejos y ser una mala hija, una mala hermana y una mala tía. Y yo, evidentemente, sobrepasada y queriendo desaparecer de la faz de la tierra. Si crees que estoy exagerando en lo de que se va a hacer realidad más pronto o más tarde: no. Porque ya ha sido realidad otras veces.

Pues mi mente en modo centrifugadora, aparte de intentar resolver un problema que aún no existe (porque mi padre no tiene fecha para la operación todavía) se ha puesto a contemplar la posibilidad de que toda mi inocencia haya sido sepultada por el peso del adulting. Porque, evidentemente, puesta a tener pesadillas, mejor demonios, dragones y vampiros que cosas que sabes que cualquier día se hacen realidad. Al menos con aquellas te queda el consuelo de, cuando despiertas, saber que estás a salvo.


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Published on Mar 19, 2025

La voz de mi padre es recia y profunda. Suena a tierra arada, al romperse los gasones, al silencio sobre el trigo recién segado bajo el sol inclemente de agosto. Recuerdo que, cuando yo era pequeña, otros niños le tenían miedo. Yo no lo entendía: mi padre era grande, sí, y su voz era gruesa y rotunda, pero sus ojos siempre se reían (o al menos así era cuando me miraba a mí). No voy a decir que, pese a no entenderlo, no me gustase. Guardaba ese temor de otros niños hacia mi padre como un arma secreta: si el tormento que me causaban se me hacía insoportable, él sería mi vengador. ¡Se iban a enterar!

Hoy hablé con mi padre. Nunca ha sido un hombre de muchas palabras ni yo de esas personas a las que les resulta fácil la charla insustancial. «Si no hablamos, mejor, eso es porque no pasa ná» suele decirme. Pero en los últimos tiempos me he propuesto hablarle más. Estas semanas se me ha hecho difícil, no he encontrado el tiempo ni la energía. Pero hoy tocaba. Hoy sí. Hemos hablado, como casi siempre, del tiempo. De si llueve, si no, de cómo lo hace, de si causa o no estragos, del cauce de los ríos y los arroyos, de si están soltando algua en el trasvase o han abierto los pantanos. También de su huerta, de la hoya que está preparando y que tiene que tapar para que no se agüe y destapar para que se oree. No son cosas de las que yo sepa demasiado, solo lo que he aprendido por una suerte de ósmosis, pero es lo que él conoce, y me gusta hacer como que yo aprendo y él me enseña.

También hoy acabé 80.000 soldados de terracota de Maribel Llamero Andrés, un poemario que habla de la enfermedad, muerte y duelo por su padre. Su padre no se parece en nada al mío, que no sabe quién fue Sócrates ni ha leído a Séneca ni a Epicuro. Bueno, a decir verdad, mi padre nunca ha leído nada. Aprendió a leer para sacarse el carnet de conducir y ya fue suerte. A mi padre le gusta la música, pero no entiende, así que tampoco hablamos de eso. Creo que no le gusta porque es consciente de todo lo que podría haber aprendido de haber tenido la oportunidad. Pero me quiere con una ternura similar a la que la poeta deja entrever que la quería su padre. Más tosca, sí, pero igual de tierna.

Y estas circunstancias han dado un poco la vuelta al día. He empezado la mañana llorando al escuchar su voz, echándole de menos. Lo he acabado sintiéndome afortunada porque todavía puedo escucharle hablar de ltiempo, de la lluvia y su ausencia, de los frutos que planea obtener de la tierra, si ella se deja. Y eso es mucho.


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